Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El mundo del futuro se encuentra al borde del colapso: hay hambruna, guerras y el desatre ecológico es colosal. Para salvar al planeta, el nuevo gobierno global, a cargo de un robot, busca crear seres más resistentes y regenerar la naturaleza. Tras este fallido intento, optó por liberar las mentes de los cuerpos y reubicarlas en una nube virtual donde todos vivan como soñaron. ¿Alcanzarán la utopía o habrá que recapacitar y volver a los orígenes?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Thollot, LaetitiaUn mundo después/Laetitia Thollot. – México: Ediciones SM, 2019
Formato digital – Gran AngularISBN: 978-607-24-3635-0
1. Protección del medio ambiente – Literatura juvenil
Dewey 863 T85
GUÍA DE LECTURA
Este libro lo puedes leer como lo tienes en tus manos. También puedes disfrutarlo de la siguiente manera y descubrir aspectos diferentes de las historias. Los capítulos en negritas se repiten, pues ayudan a comprender lo que ocurre con distintos personajes y lugares.
•
Planeta Tierra: 3, 6, 11, 20, 22 (LIBRO I)
•
Rachel, Guillermo, Akhir: 7, 13, 16, 20, 25, 28, 31, 33, 37, 39 (LIBRO I) y 1, 22, 23, 24, 25, 28, 34 (LIBRO II)
•
Chaimiri-Ashwagandha, Junón y Farid: 2, 4, 8, 10, 12, 15, 17, 19, 21, 24, 27, 30, 34, 36, 40 (LIBRO I)
•
Ada (futura Hada): 1, 5, 9, 14, 18, 23, 26, 29, 32, 35, 38 (LIBRO I) y 28, 35 (LIBRO II)
•
Iván y Tila (los mangostanes, Igaia, Ada): 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 23, 24, 26, 27, 29, 30, 31, 32, 33 (LIBRO II)
El inquilino entregará la casa tal y como el contrato
estipula que la encontró.
CARLOS MONDRAGÓN,
agente inmobiliario
En verdad les digo, aquí tenemos al animal del sacrificio
y es admirable: una planta bioquímica donde
se forman las moléculas más complejas, una obra maestra
de la adaptabilidad que puso encima de todos
sus demás órganos a su hijo consentido:
el cerebro, soporte del Espíritu.
Pero muy pronto este cuerpo se vuelve endeble,
obsoleto. Llega a ser como esos enfermos incurables,
pesados de cargar, que amenazan con caerse
sobre quienes los cuidan para sofocarlos.
Al rato se desploma, llevándose consigo al Espíritu
que tanto tardó en construirse.
Despidámonos del cuerpo.
ENTE DE MENTE TOTAL
[INTRODUCCIÓN]
Al ser humano no le bastó ser un animal entre los animales.
Su ambición sin medida, su voluntad de poder y poseer, lo convirtió en una fiera de apetitos insaciables que no concebía otro límite que su imaginación. De apacible habitante de la Tierra, se volvió una especie invasora que se multiplicaba sin control, como una bacteria que infecta el organismo de su huésped hasta matarlo, para luego consumirse a sí misma.
El ser humano nunca descubrió la piedra filosofal, pero el sistema económico lo convirtió en un alquimista capaz de canjear elementos naturales por bienes de valor. Con su tecnología, hizo del planeta el jardín de sus deseos. Se considera que desde 1987 la raza humana empezó a gastar más recursos de lo que su planeta era capaz de producir. Mientras los créditos bancarios se popularizaban y el afán de consumo invadía las naciones más desarrolladas, la deuda ecológica empezó a crecer en silencio, solapada o justificada por los gobiernos.
Para el 2022 los medios de comunicación ya tenían una sección fija donde cada día contaban un nuevo desastre irremediable: complejos turísticos abandonados, costas sumergidas, faunas desaparecidas, islas de plástico flotando en los océanos. Cuando en 2027 la Global Footprint Network decretó que se necesitaba más de dos planetas como la Tierra para saciar el consumo anual, la noticia pasó casi desapercibida. La gente seguía evadiendo el sentimiento de culpabilidad, pretendiendo que la naturaleza era omnipotente y capaz de regenerarse ante las peores agresiones o que el ser humano era por esencia un animal incompleto, insaciable, atormentado por el deseo de novedad y que bastaba con estudiar al hombre de las cuevas para darse cuenta de que también había sido un destructor empedernido. “Sólo se vive una vez”, repetían sin cansarse, o bien, “Después de mí, el diluvio”. Sin embargo seguían poniendo hijos en el mundo. “El Universo proveerá a quienes lo adoran”, afirmaban. A quienes anunciaban la catástrofe los tachaban de pesimistas, de aguafiestas y los acusaban de “atraer negatividad”.
Tanto fue el cántaro al agua que se rompió.
Hacia 2040, cuando se dieron cuenta de la inmensidad de la deuda y la quisieron empezar a saldar, comenzaron a preguntarse si no era mejor dejar su hogar atrás o volver a los orígenes. Aunque nunca pudieron predecir lo que ocurriría después...
LIBRO IEL NUEVO PARADIGMA
1ADA, 2132
Déjese llevar en paz por el río del tiempo,
hacia el océano del porvenir.
BERNARDIN DE SAINT PIERRE,
Pablo y Virginia
La memoria que conservo de estos tiempos es turbia como el caldo saturado de nutrientes del ultraútero. El exterior era desconocido. Sólo percibíamos un intervalo de luces cambiantes y oscuridad que fingían el día y la noche. Flotábamos entre las alganodrizas que salían de nuestros ombligos y captaban en el líquido el oxígeno y las sustancias que necesitábamos. Rebosábamos de energía que usábamos para patear una y otra vez la pared elástica de nuestra vivienda. Cuando la impaciencia nos alborotaba demasiado sentíamos el roce de las algas trepando por nuestras piernas y brazos. Susurraban a nuestros oídos canciones inmemoriales que nos arrullaban hasta llevarnos al borde del sueño. El agua inmóvil se transformaba en un flujo apurado que nos arrastraba hacia la caída. “Cataratas del Iguazú, Brasil”, indicaba nuestra pantalla interna antes de que el sedante se apoderara de nosotros.
Nos beneficiamos de los últimos avances de la ectogénesis. Nos cultivaban al mismo tiempo que nos aculturaban mediante ondas que revelaban las proezas y equivocaciones de nuestros antepasados. Vivíamos con una sensación difusa de omnisciencia. Las imágenes que se sucedían dentro de nuestras cabezas y la voz que las comentaba se confundían con las sensaciones de nuestro existir. Asistidos en todas nuestras necesidades fisiológicas, dábamos vueltas enloquecidas dentro de nuestra antecámara líquida y, a menudo, nos atornillábamos en la pared porque el instinto nos decía que de ese modo encontraríamos la salida. Atormentados por el confinamiento, nos urgía desprendernos de la cáscara que nos rodeaba para sentir otra cosa que el agua sobre nuestra piel.
Cumplir quince años dentro del ultraútero era algo que iba en contra de las leyes de la Biología. Nos proyectaban imágenes de amaneceres radiantes, de riachuelos, de mariposas desplegando sus alas fuera del capullo y a punto de alzar el vuelo. Nos decían que pronto nos tocaría nacer. El eco de la voz de los ancestros sigue resonando en mi entidad, a veces, con palabras que nos insuflaban confianza, que nos repetían que éramos perfectos por tener la genética más deseable, que viviríamos ciento diez años o más y que, gracias a un conocimiento idóneo de la Historia no caeríamos en los errores cometidos por los prerracionales.
Ahora que todo ha pasado me da un poco de risa. Si hubiera sabido que las cosas terminarían así, tan pronto, tal vez no me hubiera dejado engañar por la voluntad de vivir. A veces pienso que aún no hemos salido, que las lámparas de plasma siguen alumbrándonos, mientras las cefalobacterias se comen nuestra piel muerta y el agua gana transparencia. Hay momentos en que mis oídos están al acecho y creo identificar las primeras notas de Las cuatro estaciones de Vivaldi o escucho gotas escurriéndose del vientre de la madre que sólo tuvimos en sueños, primicias de esa vida que nos prometieron.
2“PROYECTO FOREVER: NUEVA ENTREGA EN MALASIA” Artículo publicado en Lonelyflag.com, 6 de agosto de 2049
En su conferencia de prensa en Kuala Lumpur, el profesor Kilibankai dio a conocer imágenes de las dos criaturas a las que creó usando técnicas de bioingeniería. “Cleo y Leoboldo están entrando a su quinto mes sin experimentar problema alguno; crecen de manera regular y cada día adquieren nuevas habilidades”, declaró el profesor, que para llevar a cabo el desarrollo de ambos fetos recurrió a una matriz artificial de última generación bautizada como ultraútero, fruto de una colaboración científica entre Corea del Sur y China. Considera que, al alcanzar su madurez sexual, los especímenes deberían de ser aptos para la reproducción. Precavido, recalcó: “Las condiciones están reunidas para que se considere una especie nueva; aunque esto queda por demostrar.” Explicó también que el metabolismo de estas criaturas posee una sensibilidad descomunal a los nutrientes presentes dentro de su dieta. “El suceso abre perspectivas prometedoras para dilucidar los fenómenos epigenéticos, así como los mecanismos de envejecimiento en el ser humano.”
Para crear aquel ser híbrido se ocupó material genético procedente de un gran número de criaturas arborícolas como lémures (en especial Maki catta y Galeopterus variegates, este último conocido como lémur volador), ardillas tropicales, especies de insectos y medusas; pero también el actual Homo sapiens. En la edad adulta, el animal debería alcanzar el tamaño de un gato doméstico. Por ahora, el color del pelaje va del gris claro al café, con una marca blanca semicircular en la frente, mientras que la cola termina con un mechón rojo. Los ojos grandes y redondos, rodeados con un tono de pelaje más claro, lanzan miradas fijas y escrutadoras propias de los lémures. Las extremidades de las patas cuentan con membranas tegumentarias que separan los cuatro dedos. Los brazos y las piernas, así como las primeras vértebras de la cola, quedan unidos por el patagio, crecimiento de piel presente en murciélagos y ardillas voladoras que se considera una dotación evolutiva para facilitar el desplazamiento entre los árboles.
“Se trata de animales apacibles, desprovistos de garras o dientes afilados, idóneos para la experimentación”, aseguró el profesor. Añadió que la conformación de la cadera podría permitir bipedismo ocasional, aunque todavía haga falta averiguarlo. Capacidad craneal optimizada, posición vertical y pulgar oponible son características que comparten con los grandes simios y pronostican un desarrollo óptimo de las facultades cognitivas. Un encefaloscan mostró la peculiar conformación del tejido cerebral, desplegado en seis lóbulos de color blanquecino, cuya apariencia evoca los gajos de la fruta del árbol Garcinia mangostana. Acerca de esta rareza, se expresó en estos términos: “Fue una total sorpresa para nosotros. Podría tratarse del resurgimiento de una característica antigua. Hay que aclarar que, aunque seamos capaces de editar el ADN, muchas cosas siguen siendo impredecibles. Progresamos poco a poco en la comprensión del idioma de la vida, pero conforme avanzamos nos damos cuenta de su intricada complejidad y de lo mucho que resta por dilucidar.”
3COMUNICADO DE SEÚL, 6 DE JUNIO DE 2045
Amenazamos y somos amenazados. El Hombre, ente de negación, prepara su propia extinción. Ve recursos por doquier, procesa, manipula, transforma, agrede la biosfera, se pone en contra de las leyes primordiales, hasta atacarse a sí mismo.
¡Miren por cuánto tiempo amamantó aquel planeta a su hijo turbulento, hasta quedar demacrado, devastado, arruinado, agonizante! ¡Miren cómo esa cría mal agradecida mordió, rasguñó y humilló la tierra que la nutría! ¡Miren aquellos tanques de guerra con los que pretenden seguirla cultivando! Los suelos sobrexplotados carecen de minerales y por más químicos que les pongan, las plantas se encuentran tan endebles que, para que crezcan, prácticamente las tienen que jalar. Tallos y hojas no toleran ni la lluvia, ni el viento, ni el sol del mediodía. Fuera del invernadero, perecerían en pocas horas. ¿Creen de verdad, que al alimentarse con esta patología vegetal, puedan conseguir suficientes nutrientes para estar saludables?
Nos encontramos ya a pocos metros del abismo. Las predicciones son claras: si seguimos así, al cabo de dieciocho meses la inflación de los insumos alimenticios acarreará la muerte de la mitad de la población mundial. Necesitamos cortar por lo sano ahora mismo, para eludir la catástrofe planetaria.
Habrá quienes me malinterpreten, se presten a intenciones falsas, se refieran a tradiciones y se rehúsen a participar en esta unión sagrada a la cual los exhorto para transformar de manera radical sus métodos de producción y así restaurar el medioambiente. Muchos de ustedes se encuentran inmersos en ideas del pasado, incapaces de cambiar de rumbo. Un retrovisor no puede tener proyectos a futuro. Para eso me hicieron a mí, el Ente de Mente Total, por lo que ahora les pido que me den toda su confianza: soy el descendiente de la piedra de sílex, de la punta de flecha, del mazo con el cual sus antepasados esculpían imágenes en mármol: ¡soy la continuación de su brazo!
4CHAIMIRI, 2056
Chaimiri corría hasta perder el aliento por el pasillo del laboratorio. Tropezó con una raíz que había levantado las baldosas y cayó al piso. Un delgado listón vegetal corría entre los azulejos, donde los musgos habían degradado el concreto, transformándolo en sustrato donde germinaban las semillas. Al ver la sangre y el pedazo de piel que colgaba de su rodilla, más por desesperación que por dolor, el niño rompió en llanto. Le pareció escuchar algo que se movía entre las hojas del árbol de Koyoka y se asomó al patio. Al secarse la cara, se embarró los cachetes de sangre.
—¡Leo!
Afuera vibraba la jungla, las cacatúas cotorreaban, las moscas de lluvia volaban bajo un aire saturado de humedad. Era una mañana cualquiera en la selva de Malasia Oriental. Los habitantes de la zona desconocían las cumbres de las montañas, siempre extraviadas entre nubes.
—¡Leoboldo!
En la cabeza de Chaimiri resonaba la plática que acababa de tener con su padre, el profesor Kilibankai: “Ordenaron la destrucción del proyecto”, le dijo, pero el niño no quería entender y su corazón latía fuerte. “¿Quieres decir las muestras, los archivos?”, preguntó. “No, significa que los tenemos que dormir a todos”, aclaró el profesor. “Esto no puede ser, papá, no tan cerca de la meta. Leoboldo ya sabe leer...”, lamentó el chico. “Lo sé, hijo, pero este experimento lo estamos realizando por nuestra cuenta. El Proyecto Forever lo fomentaron ellos y lo dejaron de financiar hace más de dos años. Me acaban de mandar esta orden de clausura. Dentro de pocas horas estarán aquí para desmantelar los edificios. Estas criaturas no son parte de los ecosistemas naturales de la Tierra. Para ellos, sólo son fauna nociva susceptible de ocupar nichos de animales endémicos de la Reserva”, replicó Kilibankai. “¡No pueden hacer esto!”, exclamó Chaimiri con la cara bañada en lágrimas. El profesor se derrumbó en su escritorio.
El árbol se estremeció y un libro cayó a los pies descalzos del niño, era La odisea de las letras. Levantó la vista.
5ADA, 2132
Cuántas veces, al hablar conmigo misma, me doy cuenta de que en realidad te hablo a ti. Hace mucho, cada vez que encendían esta luz azul y tu cara difuminada, adormilada, llegaba a mis retinas, me preguntaba si en el afán por salir de aquí, había logrado escapar de mi propio cuerpo.
Creí vislumbrarme a mí misma. Fue casi a ciegas, tocándote, que poco a poco te fui esculpiendo. Afiné tus volúmenes, añadí relieve, textura. Resalté el molde de tu boca, tu sonrisa, los orificios de tu nariz y dibujé en tus uñas una media luna. Tomé los colores prestados de mi imaginación y me apropié de todo. Hice mías esas pupilas grises con destellos dorados, mía esa cabellera oscura, mía esa piel color cobre.
No sé si esta confusión ocurrió porque el fluido tenía la temperatura perfecta para que me diluyera en él. Yo era el agua que te acariciaba; tu existencia era mi única certidumbre.
Para ser alguien, tuve que robar tu cuerpo.
El pasillo de la sala de espera está lleno de imágenes extraídas de nuestras vivencias. Peces de escamas tornasoladas, huellas, recuerdos, reflejos, espejismos... Los primeros cuadros son monocromáticos. Supongo que se refieren a nuestra remota vida embrionaria, cuando aún éramos ciegos. Más adelante, vi un retrato tuyo entre las alganodrizas, con tu pelo tan crecido, que una vez se me enredó alrededor del cuello y casi me ahorcó. Fue cuando entendí que éramos dos en el acuario. Los demás recuerdos duelen como llagas, por eso clavo la mirada en la puerta del fondo y me paso de largo.
6CÁPSULA EDUCATIVA, CIRCA 2115(TIEMPO TERRESTRE)
Desde los orígenes, el cerebro humano ha sido un prestidigitador capaz de inventarse otros mundos, dotarlos de existencia e incluso habitar en ellos. Los prerracionales creían en la existencia de una vida después de la muerte e inventaron mundos de toda clase, algunos ubicados en la Tierra, otros en la estratósfera y más allá, en una realidad coexistente.
Alrededor de esta promesa de posmortalidad organizaron cultos complejos. Usaban un peculiar enfoque para entender por qué existía lo que existía y cómo había que gestionarlo. Produjeron mitos sobre el origen de las cosas donde intervenían entidades consideradas buenas si favorecían su existencia o malas si la amenazaban. Los encargados de fijar el culto presentaban un conjunto de dogmas que conformaban una ideología envolvente susceptible de trascender las certidumbres obtenidas por el conocimiento empírico. La audiencia asimilaba la enseñanza y la incorporaba dentro de su identidad individual y colectiva. Al compartir la misma fe, los practicantes se solidarizaban hasta formar un solo cuerpo. Se sabe también que estos cultos empezaron a menguar, víctimas del pensamiento científico. Se fosilizaron y perdieron credibilidad cuando la verdad empezó a volverse producto exclusivo de la investigación científica.
Como el ecologismo fue un simple asunto de protección de los ecosistemas, no logró imponerse a las demás ideologías. El intento de culto que los prerracionales dedicaron a la Madre Naturaleza en sus últimos tiempos, nunca desató pasiones sino burlas sin tregua por parte de grupos como los magicoliberales, que contaban con casi cinco millones de feligreses convencidos de que el capital se podía adquirir mediante el control mental de las leyes universales.
La postura de los ecologistas no sólo exasperaba a quienes no se tomaban en serio el deterioro del medioambiente, sino que también desagradaba a las corrientes más radicales de su tendencia, que pugnaban por detener el crecimiento económico. Los mares quedaron devastados, las tierras agrícolas se fueron transformando en un sustrato artificial que producía cada vez menos. Se especuló en los insumos alimenticios y la comida llegó a precios inverosímiles, como aquella lata de anchoas que se subastó al precio de 10 239 dotcoins. Una avasalladora inercia se había apoderado de la población, que prefería dejarse morir delante de sus pantallas antes que actuar en el mundo real. Tras las hambrunas que provocaron la muerte de la tercera parte de la población, las cosas todavía empeoraron, porque hacía falta mano de obra de bajo costo para seguir produciendo alimentos. Activistas y líderes de opinión se reunieron para formar la Liga del Decrecimiento Económico, un grupúsculo que, durante casi una década, se volvió una pesadilla para las industrias opuestas a la “involución económica” planteada por ellos. Tras la concentración del poder en manos de la inteligencia artificial, sus exigencias se llegaron a concretar, pero al abrirse la perspectiva de una vida eterna la doctrina alcanzó su apogeo.
El decrecimientismo nunca llegó a ser un culto en sentido propio, porque se apoyaba en los avances de la neurolingüística. Si se volvía posible generar prótesis susceptibles de ser integradas in situ e interactuar en un ambiente neuronal para sustituir, por ejemplo, un tejido lesionado, estaba al alcance de la ciencia reproducir los códigos proteínicos elaborados por el órgano cerebral dentro de una estructura ajena a las leyes de la biología. El cuerpo se empezó a considerar un simple ejecutante, al acecho de los impulsos generados por el cerebro como una fluctuante nube de datos, y se vislumbraba un porvenir en el cual se prescindiría por completo de él. Algunas voces, como la del filósofo Paolo Sastre, se elevaron para criticar los nuevos planteamientos. Su conferencia “El poshumanismo es un antihumanismo” alcanzó una fama efímera. Experimento tras experimento, la desmaterialización de la mente se convirtió en una opción para los enfermos terminales pertenecientes a la élite. Poco a poco, con el Nuevo Paradigma, el proceso se extendería a la totalidad de la población. “Aunque estemos ausentes, nuestra presencia espiritual en el planeta se reforzará, será la casa de campo llena de hierbas, fuera del tiempo, tantas veces añorada y que todos recuerdan con amor”, declararía el Ente de Mente Total a un periodista que pedía aclaraciones sobre el Comunicado de Brightbay.
7RACHEL, 2057
Así, al sentirse apretujados, los cangrejos ermitaños
se ponen en marcha. Al encontrar una concha más amplia
extraen su cuerpo de la vieja morada y se establecen en la nueva,
sin añoranzas ni resistencias, pero con el alma penetrada
por la certidumbre de que el cambio es necesario.
BERNARDO-ENRIQUE STRAUSS,
Homo Virtualis
Desde que a Rachel le habían dado fecha no tenía un instante libre. Le quedaban poco más de dos meses para hacerlo todo y había escrito una lista. Cediendo a la nostalgia, había apuntado lugares que quería volver a visitar. Para organizar su peregrinaje había reconstituido, hueso por hueso, los esqueletos de sus vidas pasadas. Regresar, impregnarse, meditar, decir adiós y desprenderse. Agotar sus ahorros en dotcoins. ¿Qué importaba si no le quedaba nada? ¿Quién podía afirmar, a ciencia cierta, que habría un después o que no habría una fuga de datos, una falla cualquiera...? Si algo así llegara a pasar, sin duda no lo harían público.
En la autopista se veía un gentío, pero para ganar tiempo ella había salido de su casa un par de horas antes de que amaneciera. En los últimos meses el tráfico se había vuelto impredecible. Con la entrada en aplicación de la Ley de Transición, casi todas las actividades que no tenían que ver con el Nuevo Paradigma se habían suspendido y la mayoría de los empleados habían sido despedidos de las empresas. Aunque la gente ya no trabajaba, tampoco descansaba ni dormía. Las noches se habían vuelto tan ajetreadas como los días. Cada quien prefería aprovechar su libertad para ir tachando puntos de su lista. Echarse un clavado en el pastel de crema más grande del mundo, check. Casarse consigo mismo según el ritual maorí, check. Visitar el mausoleo de Elvis Presley y zambullirse en su alberca de auténtico rock líquido, check. Pasar una noche de meditación en la arena de plancton fosforescente de las playas de Dubái, check. Hasta que el último humano se hubiera ido, no pararía la ronda macabra de las últimas veces. Tampoco dejarían de gritonear las letras grandes de los carteles: “SI NO TE HAN ASIGNADO FECHA, REPÓRTATE YA”, “¿SABES DE ALGÚN PRÓFUGO? AYÚDALO. AYÚDANOS. DENUNCIA”, “JUNTOS CERREMOS EL CICLO”. Debido a la falta de anunciantes también se podían ver carteles antiguos con imágenes de devastaciones, guerras, catástrofes ecológicas y especies extintas: “¿ESTÁS SEGURO DE NECESITAR ESE AUTO?”, “TENER YA PASÓ DE MODA, MEJOR CULTIVA TU JARDÍN”. Eran los testimonios de una época menos radical, en la que nada estaba decidido aún. Rachel recordaba los principios de la época ecologista, sus años libres de estudiante, el futuro que se extendía delante de ella como una llanura radiante; aquel espacio se había acortado y oscurecido, poco a poco. Ahora no quedaba más que un pasillo carcelario que desembocaba en una abismal enajenación.
En la mañana el despertar la sorprendía sumergida en un bienestar inconsciente; pero enseguida su mente se encendía y le hacía ver el destino ineluctable que se perfilaba, con esta sentencia de muerte que pendía sobre aquel cuerpo culpable del pecado de vivir. Los segundos, átomos del tiempo, eran un ejército que la acorralaba hacia una incógnita versión de sí misma. El pánico se apoderaba de ella, cortando su aliento. La semana anterior se había quedado en su cama, incapaz de mover un sólo músculo: le habían diagnosticado tetania.
Se estremeció al ver el primer anuncio que mostraba Neuvallée. ¡Cuántos recuerdos encerrados en este nombre! Ella tendría cinco o seis años cuando empezaron a veranear en ese lugar. Mientras sus papás estaban ocupados atendiendo a visitantes se escabullía al monte, comía frutos del bosque, jugaba a pescar renacuajos, recolectaba frambuesas, hacía cabañas... Abrió el quemacocos de su Teslamóvil para dejar entrar aire fresco. Pocas curvas después la casa estaba ahí, como una abuela, recibiéndola con su escalera exterior y sus piedras viejas recorridas por una vid que ostentaba racimos verdes de uvas que ya nunca volvería a probar.
Había llegado temprano para disfrutar del lugar. Sentada en la piedra del umbral aplicaba los consejos de su profesora de yoga. Aspiraba el aire oloroso a musgo, a madera, a flores silvestres. Todo debía quedar retenido dentro. Se agachó y apoyó la cabeza en la tierra. Soltó el aire, dejando vibrar su garganta en una especie de canturreo. “Nada es para siempre, todo fluye, corre y se va. Soltar los apegos.” Un grito repentino borró el jardín tibetano que intentaba visualizar. Una corriente de aire azotó un ventanal que no estaba cerrado por dentro. Uno de sus cristales estaba roto, dejando espacio suficiente para que alguien se metiera. Rachel prendió la luz de su celular para mirar dentro. Vio el rústico empedrado de siempre, la mesa cubierta con su tela de cuadros rojos, el tradicional reloj de madera. Se escuchó otro grito.
8LOS MANGOSTANES, 2056
“Los especímenes ya tienen conciencia propia”, había concluido el profesor Kilibankai tras anexar al expediente el video de la prueba de Gallup. Durante una semana los acostumbró a mirar su propia imagen en un espejo. Luego, mientras dormían, les dibujó puntos negros en la frente y los volvió a poner delante del espejo. Los animales repararon enseguida en las manchas y empezaron a tallárselas, ingresando al selecto círculo de las especies que habían pasado la prueba junto con el orangután, dos especies de chimpancés y el ser humano.
El salón de clases sin ventanas tenía las paredes cubiertas de letras proyectadas que formaban sílabas y palabras, como hipnóticas orugas que caminaban por la pared. Una bocina repetía: “PA, repite... PARA, repite... PARALE, repite... PARALELE, repite... PARALELEPÍ, repite... PARALELEPÍPE, repite... PARALELEPÍPEDO”. Las letras se reflejaban en los ojos cristalinos de gaseosa fosforescencia de las criaturas. “La enseñanza es el arte de la reiteración”, solía repetir el profesor. Se escuchaba de vez en cuando a un alumno que tarareaba la grabación: “paparapá, piparipú, palelepé...”
La luz se encendió y los mangostanes más jóvenes celebraron con gritos agudos la hora del receso. Hambrientos, esperaban que apareciera el profesor, con su canasta de mimbre llena con la fruta que encontraba en el patio. Únicamente apareció Leoboldo, que saltó y se encaramó sobre el cronólogo, aparato en desuso que había servido para analizar muestras de tejido en el marco del Proyecto Forever.
—Tchip, tchaap tchipitchap, tchipitchapi —anunció Leoboldo.
En un santiamén, los mangostanes estuvieron fuera del salón de clase.
—Tchipi, tchipitchip tchap, tchip tchipititchap tchooop.
