El niño en mi puerta - Sam Vickery - E-Book

El niño en mi puerta E-Book

Sam Vickery

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Beschreibung

¿Quién es el niño en mi puerta? ¿Los últimos quince años de mi vida han sido una mentira?  He vivido en esta tranquila calle durante años, en la misma casa que compartí con mi marido y nuestra hija Chloe. Ahora los dos se han ido, y mi hogar, que antes rebosaba de risas, está demasiado silencioso, demasiado tranquilo. Un día, un niño pequeño, al que no reconozco y a quien no acompaña ningún adulto, llama a mi puerta. Sus manitas tiemblan de los nervios, y le digo que puedo ayudarlo a encontrar a su madre. Pero no estoy preparada para lo que dice a continuación.  —Mamá me ha dicho que te llame abuela. Me quedo en shock, con el corazón martilleándome en el pecho. No puede ser verdad. El niño de rizos oscuros que me mira desde abajo no tendrá más de cinco años… y mi hija murió hace quince. ¿O no? Si está viva, ¿qué ocurrió realmente el día que la perdí? ¿Y dónde está ahora? --- «¡Fantástica en todos los sentidos! Este libro literalmente me dejó sin aliento y no pude parar de leer hasta el final». Sharon Valler ⭐⭐⭐⭐⭐ «Fenomenal… Lleno de giros… Me enganchó hasta bien entrada la noche». Chicklit Central ⭐⭐⭐⭐⭐ «Una montaña rusa de emociones. Sonreí, me quedé en shock, se me llenaron los ojos de lágrimas… Y eso solo resume una parte de lo que me hizo sentir esta novela… Una historia estupenda que devoré». B for Bookreview ⭐⭐⭐⭐⭐ «Fue una lectura trepidante… Uno de los mejores libros que he leído». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «Fue todo lo que debe ser un thriller psicológico… Perfecto… Cada capítulo me dejó con la boca abierta con un giro inesperado». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐

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Seitenzahl: 446

Veröffentlichungsjahr: 2025

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El niño en mi puerta

Sam Vickery

El niño en mi puerta

Título original: The Child at My Door

Copyright © Sam Vickery, 2024. Reservados todos los derechos.

© 2025 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

Traducción: Enrique Barrasa, © Jentas A/S.

ePub: Jentas A/S

ISBN 978-87-428-1382-9

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.

First published in the English language in 2024 by Storyfire Ltd, trading as Bookouture.

___

Para Jax. Por su inagotable apoyo y ánimo.

PRÓLOGO

Hubo un momento, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, en el que tuve esa sensación incómoda de que no estaba solo. La cazadora que me había echado por encima en ausencia de una sábana se me había caído de los hombros, la habitación aún conservaba el calor persistente del día anterior, el aire mohoso y se oía el clic de un reloj de plástico barato que sonaba al otro lado de la puerta del dormitorio, pero había algo más. No era el sonido de otra persona respirando, era algo más sutil. La fría certeza de que alguien estaba al acecho. Observándome en la oscuridad.

Algo dentro de mí, un instinto de conservación, que me había acompañado toda la vida, me obligó a abrir los ojos. En ese mismo instante, una sensación punzante me abrasó el dedo gordo del pie, justo debajo de la uña. Vi una figura inmóvil a los pies de la cama, sujetándome el pie con una mano como si fuera una mordaza y el brillo plateado de una aguja sobresaliendo de la punta de una jeringuilla estrecha. Tardé un momento en enfocar la cara; estaba demasiado sorprendido para sentir el miedo que debería haber sentido.

—¡Tú! —exclamé. Seguí su mirada hasta mi pie y le di una patada, aunque su agarre era sorprendentemente fuerte.

—Yo no haría eso —me advirtió, presionando mi tobillo con más fuerza contra el colchón, con sus dedos aún agarrados alrededor de la jeringuilla introducida en mi carne. La aguja se movió bajo mi uña y me estremecí cuando el acero chocó con nervios sensibles; una sacudida de dolor subió por la parte posterior de mi pantorrilla.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Me dirigió una sonrisa y, antes de que pudiera detenerla, antes de que tuviera la oportunidad de pensar en una salida a ese aprieto, presionó con el pulgar el extremo de la jeringuilla. El efecto fue instantáneo, su voz se distorsionó en mis oídos mientras sentía que me hundía, que la pesadez se posaba en mi pecho, robándome la capacidad de respirar.

—Bien... —dijo con suavidad, aflojando su agarre mientras la aguja resbalaba lentamente de mi dedo—. Ya estás acabado.

Mis ojos se cerraron contra mi voluntad, la imagen de mi hijo de cuatro años apareció centelleando tras mis retinas y una agradable sensación de calor empezó a extenderse por mi piel mientras el recuerdo de su risa resonaba en mi mente. Estaba dando vueltas... ahogándome... muriendo. Me di cuenta de lo evidente que era y, sin embargo, no sentí miedo ni dolor. En algún recóndito lugar de mi mente, sabía que era un efecto secundario de las drogas que recorrían mi torrente sanguíneo, pero no podía luchar contra ello. No sabía cómo.

—No eres la primera persona de la que tengo que deshacerme —dijo, con la voz teñida por un tono etéreo y desconocido que me hacía preguntarme si aquello era real—, y no creo que seas la última.

No la creía capaz... No me esperaba eso de ella.

Oí el ruido de unos pasos alejándose mientras intentaba respirar sin éxito. Y entonces llegó la oscuridad.

UNO

CLARISSA

Estaba viendo a un fantasma. O eso, o me estaba volviendo loca. El chico —rubio, vestido con unas sandalias de velcro destrozadas, pantalones cortos azules de algodón y una camiseta de manga corta— me miró con los ojos muy abiertos, y sentí que me balanceaba y que el paño de cocina que sostenía flotaba hacia el suelo mientras me acercaba al marco de la puerta. Estaba preparando un bizcocho para la rifa del centro comunitario de ese fin de semana mientras escuchaba en la radio un interesante debate sobre las abejas. Era un viernes normal y corriente. Entonces, ¿por qué estaba ese niño en mi puerta con una mochila a reventar y un oso de peluche andrajoso agarrado con fuerza entre sus manitas?

Sus ojos eran un recuerdo inquietante de mi pasado, de alguien de quien me había despedido hacía mucho tiempo. Pero no eran solo los ojos. Lo era todo. La forma en que sus sandalias azules y rojas se metían hacia dentro en la zona de los dedos. El pequeño hoyuelo en el lado izquierdo de su boca. Las pecas de su nariz respingona. Incluso la forma de su barbilla. No tendría más de cuatro o cinco años.

Me miró fijamente, sin decir nada, y yo eché un vistazo por encima de su cabeza hacia el taxi que había al lado del bordillo. El conductor estaba de pie junto a él.

—Muy bien, me voy entonces. No se preocupe, la madre del pequeño ya ha pagado. —El taxista se dio la vuelta para entrar en el coche.

—¿Perdón?

Él, que ya tenía los dedos sobre la manilla de la puerta, se detuvo.

—Me dijo que me asegurara de que llegaba hasta su puerta. Ya he hecho mi parte. Debería estar orgullosa del muchacho. Es muy educado. —Miró su reloj—. Tengo que irme; debo recoger a un cliente en el aeropuerto de Southampton en veinte minutos, y a esta hora del día hay bastante tráfico.

—¿Qué? —Sacudí la cabeza, sintiéndome torpe y estúpida, mientras intentaba entender qué demonios estaba pasando.

El conductor, claramente frustrado, arrugó el ceño como si me estuviera perdiendo algo que era obvio. Se encogió de hombros y miró al niño.

—Pórtate bien con tu abuela, colega. —Le guiñó un ojo, volvió a subir al taxi, aceleró y se marchó.

—¡¿Abuela?! —exclamé, mirando atónita al coche, que ya estaba doblando la esquina, dejándome a solas con el silencioso niño. Volví a sacudir la cabeza, impotente y confusa, preguntándome por un breve instante si me estaba volviendo senil. Si de alguna manera debería haber estado esperando la llegada de ese niño, mi nieto. Pero eso era imposible. Yo no tenía nietos.

Me quedé mirando la carretera vacía, esperando que apareciera el taxi y que el conductor bajara corriendo para decirme, en tono de disculpa y avergonzado, que se había equivocado de casa, que había cometido un grave error. Pero la carretera permaneció silenciosa y vacía. Se había ido para no volver.

Me giré hacia el niño y vi que me miraba fijamente con esos ojos, esos familiares iris azules que desvelaban un cofre lleno de emociones a las que no estaba preparada para enfrentarme. Tragué saliva, me aclaré la garganta y respiré hondo.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

Se encogió de hombros y vi que le temblaba el labio. Me puse en cuclillas y sonreí, tratando de ocultar lo nerviosa que estaba. Los niños necesitan sentirse cuidados; en cualquier situación, necesitan estar seguros de que hay un adulto que sabe lo que hay que hacer.

—No pasa nada —lo tranquilicé—. ¿Cómo te llamas, cariño?

—Tommy.

—Ah. Hola, Tommy. Soy Clarissa.

Entornó la cara.

—Mamá me ha dicho que tengo que llamarte abuela.

—Ah, ¿sí? —Fruncí el ceño—. ¿Y cómo se llama tu mamá? —pregunté, conteniendo la respiración, sin atreverme a creer que pudiera decir la palabra que ansiaba oír.

Él sacudió la cabeza, avergonzado.

—Mamá —susurró—. Yo la llamo mamá, pero todos los demás dicen que se llama... —Hizo una pausa, mirándome como pidiendo permiso, y recordé que a mis hijos, cuando eran pequeños, les parecía el colmo de la desfachatez llamarme por mi nombre de pila.

—Puedes decirlo, no pasa nada —dije con otra sonrisa.

—La llaman Chloe. —Se encogió de hombros y empezó a mirarse las sandalias.

Me balanceé sobre los talones, el aire salió de mis pulmones en un soplo, mis dedos agarraron el marco de la puerta y las uñas se hundieron en la brillante pintura roja, dejando una marca que me recordaría este momento para siempre. No podía ser verdad. No había manera de que ese niño fuera el hijo de Chloe. Tenía que estar equivocado. Habían pasado quince años desde que había perdido a mis hijos. Era imposible.

DOS

CHLOE

El sabor caliente y metálico de la sangre me llenó la boca y giré la cabeza hacia un lado, dejando que el amargo líquido se derramara sobre la alfombra antes de tener la oportunidad de pensar. En cuanto lo hice, me arrepentí. Se extendió oscuro e implacable sobre la desgastada superficie de color crema, y el castigo fue instantáneo; la puntera de su bota chocó con mi omóplato y se me escapó un jadeo de entre los dientes.

—Será mejor que limpies ese desastre —dijo Scott, inclinándose sobre mí, y deslizó la mano por mi pelo para obligarme a mirar la sangre—. No trabajo mil horas a la semana para que tú faltes al respeto a nuestra casa de esa manera. Muestra un poco de decoro. —Volvió a golpearme la cabeza contra el suelo y yo intenté asentir, pero ya se estaba alejando por el pasillo; llegó hasta la entrada y oí como cerraba la puerta de golpe. Me había quedado sola.

Permanecí tendida y temblorosa sobre la alfombra, intentando respirar a pesar del dolor, evaluando los daños en una rutina que se me había hecho demasiado familiar. Con cautela, me presioné las costillas con los dedos: carne tierna y moratones nuevos que cubrían otros más antiguos. Un reguero de sangre y saliva seguía brotando de la comisura de mi labio hinchado y, sin querer tragar, sin atreverme a escupir más sobre la alfombra, me obligué a levantarme y me acerqué al fregadero de la cocina, abrí el grifo frío y metí la boca bajo el chorro, enjuagándome hasta que el agua salió limpia.

Me agarré al borde del fregadero mientras una sensación de vacío se extendía por mi cuerpo una vez que el miedo había pasado. Scott no volvería hasta dentro de unas horas. Nunca podía mirarme a la cara después. Se escabullía hasta el pub de la esquina, le sacaba una pinta tras otra a la joven e ingenua camarera que pensaba que era un regalo de Dios para las mujeres y luego volvía a entrar dando tumbos pasada la medianoche y se quedaba dormido en el sofá. Y, si podía quitar la mancha de la alfombra y borrar la evidencia de lo que había pasado, era posible que estuviera de buen humor por la mañana.

Abrí la nevera, saqué un paquete de queso —lo único que había aparte de un recipiente de yogur medio vacío— y me lo llevé a la boca hinchada, intentando ignorar el escozor, intentando no dejarme llevar por lo que acababa de ocurrir. El estómago se me revolvió por culpa de la adrenalina, el dolor y la rabia, y apreté los puños con fuerza, sintiéndome impotente y atrapada.

A través de la diminuta ventana que había sobre el fregadero, miré en dirección a la calle principal, donde estaba el hombre que alimentaba a las palomas a diario desde su sitio habitual en el banco que había delante de la farmacia. Un grupo de madres tomaba café y tarta con sus bebés al hombro mientras unos niños un poco más mayores, vestidos con sandalias y gorras, se colaban entre las mesas de acero inoxidable.

Giré la cabeza hacia otro lado, incapaz de soportar su visión. Esas madres no sabían lo afortunadas que eran. Qué regalo era tener tiempo, dinero y libertad para sentarse a charlar delante de unas caras porciones de tarta de coco mientras discutían cómo iban a hacer avanzar a sus pequeños en las listas de espera de los mejores colegios infantiles de la ciudad. Tener amigas que asentían, sonreían y simpatizaban con sus problemas. Lo que daría yo por intercambiarme con alguna de ellas; por no vivir en ese húmedo piso de una habitación, donde nunca había estado a salvo... donde no había sido capaz de mantenerlo a salvo. ¿No era eso lo mínimo que una madre debería ser capaz de proporcionar a su hijo?

Scott ni siquiera había preguntado por el niño. No parecía haber notado su ausencia, y yo, a pesar de sus patadas, no había dejado de pensar en él. Preocupada. Echándolo de menos. Meterlo en aquel taxi y besar sus dulces mejillas al despedirme había sido la experiencia más dolorosa de mi vida, pero no había tenido elección. Si hubiera podido ir con él, haber llegado a la puerta de mi madre y haberle pedido ayuda en persona, lo habría hecho, pero verla no era una opción. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a ella. Había preguntas para las que necesitaba respuestas que solo ella sabía. Y tendría que volver allí por Tommy. Solo esperaba que me hubiera perdonado por los errores que había cometido.

Pensé en mi dulce y sonriente hijo y en la vida que quería que tuviera; y, a pesar de lo duro que iba a ser estar separados, sabía que lo había dejado en buenas manos. Mi madre cuidaría bien de él. Por lo menos, mejor de lo que yo podía hacerlo.

Reviví el momento en que había vuelto al piso sola, sintiéndome como si me hubiera arrancado el corazón y lo hubiera enviado metido en una caja a un lugar de donde no podría recuperarlo. Había estado angustiada y, si era sincera, también enfadada. Scott nunca debió obligarme a tomar esa decisión. Sabía que lo había pasado mal. Que no había tenido una infancia de cuento de hadas como la mía. Su madre era una mujer dura y, por lo poco que Scott me había contado, estaba claro que había sido cruel. Estaba segura de que sus arrebatos violentos provenían de sus experiencias con ella. Pero ahora era padre. Se suponía que éramos una familia y, en las familias, no debían pasar esas cosas.

Esperaba... No sé lo que esperaba. Que al verme regresar sin nuestro hijo sufriría un shock y se daría cuenta de lo que iba a perder si no cambiaba. Que despertaría, que vería que yo había tomado una decisión y trasmitirle que habíamos llegado a una encrucijada. Que le exigía más.

Pero no había tenido el efecto deseado. No había mencionado a Tommy, y ahora que lo pensaba, a lo mejor mi nueva determinación era lo que lo había hecho estallar. Nunca se había tomado bien que lo arrinconaran: le gustaba que todo el mundo supiera que él mandaba.

Pero, por muy aterrorizada que estuviera, ya era demasiado tarde para retractarme de mi decisión. Y, por mucho que quisiera a Scott, quería más a mi hijo. Quería una vida mejor para él. Un mejor modelo a seguir. Quería que Scott fuera el hombre del que me había enamorado hacía ya tantos años, cuando nos habíamos conocido de adolescentes, los dos huyendo de algo, y con esa vertiginosa esperanza mágica de que juntos podríamos forjar un futuro mejor. Habíamos sido muy felices. Estábamos seguros de que nada podría con nosotros.

Todavía quería ese sueño. Quería darle la oportunidad de hacerlo mejor, de retractarse de los errores que había cometido. Pero Scott había llegado demasiado lejos, y aunque era probable que lo hubiera soportado si solo se hubiera tratado de mí, tenía que pensar en mi hijo. Nunca más presenciaría cómo su padre me ponía un dedo encima. Me había jurado a mí misma que no podía permitirlo. Una vez había sido suficiente. Scott había cruzado una línea y forzado mi mano. No cambiaría de opinión. O Scott cambiaba, o me iría, aunque me matara hacerlo. No había otra opción.

Pero había otra razón por la que había tenido que mandar lejos a Tommy.

Crucé la habitación, cogí mi bolso, que estaba en el suelo junto a la puerta del dormitorio, y fui a sentarme en el borde de la cama. Salió vaho de mi boca mientras deslizaba los dedos dentro del bolsillo interior, tocaba el suave sobre y lo sacaba.

Había llegado esa mañana con un sello de envío rápido y mi nombre completo y mi dirección impresos en el anverso. No quería admitir cuánto había contribuido la hoja de papel que había dentro a mi precipitada decisión de meter a mi hijo de cuatro años en la parte de atrás de un taxi y mandarlo lejos. Había sido instinto, una respuesta de pánico, una necesidad desesperada de alejarlo de allí y de lo que fuera que se avecinaba.

Desdoblé la carta y releí las palabras por enésima vez desde que había llegado.

Sé lo que hiciste. Y me aseguraré de que pagues por ello.

Cerré los ojos, preguntándome cómo era posible que alguien pudiera conocer mi horrible secreto si nunca se lo había contado a nadie.

TRES

CLARISSA

Saqué la lata de avena del estante superior de la despensa mientras miraba de forma disimulada por encima del hombro al niño que había sentado a mi mesa; tenía la mochila a los pies y el peluche apretado contra el pecho. Ahora que lo miraba más de cerca, estaba segura de que las similitudes que había pensado que compartía con mi hijo habían sido producto de una imaginación hiperactiva. Sin duda, fruto del shock de encontrármelo al abrir la puerta. Por supuesto, mi mente había ido directa a algo familiar, que me había hecho pensar en él. No significaba nada.

Y luego estaba lo otro. Eso de que su madre compartía nombre con mi hija. Era desconcertante. Una parte de mí pensaba que a lo mejor alguien me estaba gastando una broma muy pesada, pero ¿quién? ¿Y por qué? No podía imaginarme a ninguna de las personas de mi círculo —las amigas que había hecho en el grupo de mujeres del barrio, a la mayoría de las cuales conocía desde hacía décadas— ideando algo tan cruel. Así que solo quedaba una conclusión. Era un error.

Tendría que llamar a la policía para contarles lo que había pasado. Seguro que su verdadera abuela estaba muerta de preocupación.

Eché la avena en la sartén, añadí la leche y empecé a removerlo todo despacio, asegurándome de mantener el fuego bajo.

—Cuando mis hijos eran pequeños, si alguna vez estaban nerviosos por algo, porque tenían que ir al colegio, por ejemplo, o hacer un examen, siempre les preparaba gachas endulzadas con un chorrito de miel. Les llenaba la barriga y les quitaba esa sensación de nerviosismo que ocupaba espacio en su interior. ¿Te gustan las gachas, Tommy?

Me miró fijamente, en silencio y con los ojos muy abiertos, pero oí cómo le gruñía el estómago. Asentí como si esa hubiera sido su respuesta y serví la humeante mezcla en un cuenco. Lo dejé en el alféizar de la ventana para que se enfriara y, mientras, cogí una taza y la llené de leche; después, rocié miel sobre las gachas, me acerqué a donde estaba sentado y coloqué ambas cosas delante de él.

—Pruébalo y entenderás lo que quiero decir.

Me acerqué al fregadero para enjuagar el cazo y eché un vistazo por la ventana; el estómago se me tensó al ver pasar a Mirium, que había entrado por la puerta lateral. Maldita sea, no era un buen momento para tener visita.

—Toc, toc —llamó, entrando por la puerta de atrás, algo que hacía siempre y que normalmente no me importaba—. ¡Soy yo! —anunció con su voz cantarina—. Me ha llegado un ejemplar extra de la revista de jardinería y he pensado en dártelo. Este mes hablan del ruibarbo y sé que te gusta, aunque a mí me parece asqueroso.

—Gracias —le dije. Me sequé las manos y cogí la brillante revista.

Se giró y vio a Tommy en la mesa, que bajó la vista hacia su cuenco, ignorándola cuidadosamente mientras cogía la cuchara y empezaba a comer.

—¡Hola! ¿Quién es? —exclamó Mirium, mirándome con expresión perpleja.

—Este es Tommy.

—¿Tommy?

—Así es. Oye, ¿qué tal la visita de Jeff al médico? —pregunté, esperando que picara el anzuelo y se saliera por la tangente sobre los problemas intestinales de su marido.

Frunció el ceño y sacudió la cabeza como si se le hubiera escapado algo. Su mirada se detuvo un momento en el rostro de Tommy y la arruga que había entre sus ojos se hizo más profunda. Me aclaré la garganta, y ella se recompuso, lanzando una avalancha de quejas sobre el estado del Sistema Nacional de Salud.

—Y, después de tanto tiempo esperando, solo nos han atendido durante cinco minutos y estamos tan desorientados como antes. El médico le ha dicho que suprima tantas cosas de su dieta que más le valdría no comer, así que puedes imaginarte el ambiente que hay en mi casa ahora mismo.

Se oyó un ruido de metal golpeando loza cuando Tommy dejó caer la cuchara en el cuenco. Mirium, distraída, dejó de hablar y volvió a mirarlo fijamente.

—Gracias, abuela. —Esbozó una tímida sonrisita—. Sí que me ha ayudado. Me gusta la miel —añadió, mirando el cuenco con expresión anhelante, como si fuera a aparecer más en su interior.

—Ya puedes ir a ver la televisión al salón, Tommy. ¿Sabes cómo encenderla?

—Creo que sí.

—Bueno, iré a ayudarte en un minuto. Vete para allá, está al otro lado de esa puerta.

Tommy asintió con la cabeza y, aún con el oso en la mano, cruzó la puerta con un poco más de confianza. Miré a Mirium.

—¿Ha dicho «abuela»?

Me encogí de hombros, deseando que se fuera.

—Pero tu familia, tu marido, tus hijos... Ellos..., bueno, están muertos —dijo, pronunciando la última palabra como si no pudiera soportar decirla en voz alta.

Sentí que se me tensaba el estómago y me pregunté si tendría idea de lo insensible que era su sondeo.

—Sí —dije arrastrando las letras. Tomé aire—. Sé que lo están. Se trata de una confusión, es un simple malentendido.

—Yo... No entiendo nada.

Sacudí la cabeza, pensando que, en ese caso, ella y yo estábamos en el mismo barco. Cogí el paño que había junto al fregadero y empecé a pulir el grifo furiosamente, ya que necesitaba liberar la oleada de energía nerviosa que parecía acumularse en mi interior. ¿Cómo iba a explicarle la situación si yo estaba tan confundida como ella?

—Clarissa, ¿estás bien? Pareces... un poco... nerviosa. No pareces tú. ¿Ocurre algo?

—Es una larga historia. Y hoy tengo mucho que hacer.

—¿Quieres que te ayude? Hoy no tengo nada que hacer.

—No, no, gracias.

—Pero... el niño... ¿quién es? ¿Qué hace aquí? —Hizo una pausa, mirando hacia la puerta mientras parecía ordenar sus pensamientos. Despacio, levantó los ojos para mirarme y me di cuenta de que ella también lo había visto—. Se parece muchísimo a...

—Por favor —dije, levantando una mano, interrumpiéndola—. No lo digas. —No soportaba que se hubiera dado cuenta de las similitudes. No quería que la llevaran de vuelta a esa época. Noté que estaba pensando en ello, recordando el pasado. No pude evitar recordar el día en que tuve que decirle que Rhodri se había ido, y me pregunté si ella también estaría pensando en eso. No quería volver a sacar el tema, pero ella insistía en sacarlo y una oleada de rabia como hacía años que no sentía empezó a burbujear en mi interior, rechazando instintivamente sus preguntas, negándome a reconocer aquellos recuerdos. No quería mirar al niño y ver a mi hijo. Era demasiado duro. Insoportable.

—No te había visto así desde...

—Mirium, por favor, estoy bien —logré escupir—. El niño está perdido, eso es todo. Cuidaré de él hasta que... Hasta que lo recoja su madre.

—¿Perdido? Entonces, ¿por qué...?

—Abuela, la tele está rota —dijo Tommy desde el salón, y vi que Mirium enarcaba las cejas con los labios apretados. Miré hacia la puerta, esperando que captara la indirecta. Nunca era grosera, pero ese día no tenía paciencia para responder a sus preguntas. No cuando yo misma tenía tantas. Asintió brevemente con la cabeza y miró detrás de ella hacia el salón, como si quisiera preguntar algo más, pero se lo pensó mejor.

—Te dejo tranquila, entonces —dijo—. Si me necesitas, ya sabes dónde estoy.

—Gracias, Miri.

La vi marcharse con una sensación de alivio; la ira se iba disipando a cada paso que daba. No quería discutir con ella, pero me había puesto en un aprieto.

Tommy había dejado su mochila en el suelo. Miré por encima del hombro al oír la melodía de La patrulla canina sonando en la televisión, contenta de que hubiera aprendido a usarla sin mi ayuda, avancé en silencio por las baldosas, cogí la mochila y abrí la cremallera.

Uno a uno, saqué los objetos que había dentro. Un pijama de algodón desgastado, perfectamente doblado. Un cepillo de dientes rojo de tamaño infantil. Ropa y algunos cuentos. No había ningún álbum de fotos ni ninguna nota. Ninguna indicación de por qué había venido a mi casa ni de quién lo había enviado.

Cogí el teléfono, lo desbloqueé con el pulgar y marqué el número de emergencias... Luego me detuve, con el pulgar sobre el botón de llamada y la inquietud acumulándose en mis entrañas. Borré el número, puse el teléfono en la encimera y volví a guardarlo todo en la pequeña mochila. Había pasado mucho tiempo evitando a la policía. No iba a invitarlos a mi vida así por las buenas.

CUATRO

CHLOE

Oí a Scott irse a trabajar y esperé, haciéndome la dormida, a que la puerta se cerrara tras él. Estaba agarrotada por haber dormido de lado toda la noche, intentando encontrar una postura que no presionara las marcas y moratones recientes que salpicaban mi cuerpo. Tenía el cuello rígido y tenso, y me picaban los ojos por la sequedad que siempre acompañaba a una noche en vela. No había podido dejar de preocuparme por Tommy, preguntándome si lloraba por mí.

A la fría luz de la mañana, era casi imposible no ceder al pánico que amenazaba con abrumarme. Me picaba la piel por la ansiedad mientras daba rienda suelta a mis pensamientos. ¿Y si la repentina aparición de un nieto en su puerta había conmocionado a mi madre? Hacía quince años que no teníamos ningún contacto. Ni siquiera sabía con certeza que yo estaba viva, y mucho menos que había tenido un hijo. No tenía ni idea de dónde había estado y tampoco tenía ni idea de lo que había estado haciendo desde que me había ido. ¿Y si tenía un marido nuevo al que no le hacía gracia acoger a un niño bajo su techo? ¿Y si tenía otras responsabilidades, como un trabajo o un perro que odiaba a los niños? No tenía ni idea del caos que podía haber causado en sus rutinas, y era vergonzoso que solo estuviera considerando esas posibilidades en ese momento. Había actuado sin pensar, ya que mi único deseo era enviar a Tommy a un lugar seguro para poder arreglar las cosas con Scott y averiguar quién me había enviado aquella horrible carta. Y, cuando se trataba de mi noción de lo que significaba sentirse a salvo, dentro de un capullo cálido y lleno de amor que amortiguaba el dolor del mundo circundante, mi madre era lo primero que me venía a la cabeza. Quería que ella lo cuidara y sabía que, aunque tuviera otras obligaciones, nunca le fallaría. Simplemente no estaba en su naturaleza.

El taxista me había enviado un mensaje de texto como había prometido, haciéndome saber que le había entregado a Tommy, así que sabía que estaba a salvo. Y, sin embargo, todo era demasiado angustioso, me resultaba insoportable. Había actuado de una forma muy inconsciente; debería haberla llamado para avisarla de mis planes. Incluso después de todo lo que había pasado entre nosotras, no podía imaginar que me diera la espalda cuando más la necesitaba. Nunca lo había hecho, ni siquiera cuando me lo merecía. Mi cobardía había sido lo que me había impedido establecer contacto; la vergüenza de mi pasado era demasiado grande para superarla.

Rodé hacia el borde del colchón, colocando mi dolorido cuerpo en una posición sentada con un gemido que llevaba horas conteniendo. Scott había llegado tarde a casa, apestando a cerveza y a humo y se había tumbado en la cama a mi lado apoyando un brazo sobre mi cintura, sin ni siquiera lavarse los dientes. Me había susurrado al oído un «Te he echado de menos, Chlo» entrecortado por el alcohol, y luego se había quedado dormido, con la cara pegada a mi espalda, y yo me había puesto a llorar mientras deseaba que siempre fuera tan amable y cariñoso. Era capaz de mucho más de lo que me estaba dando, y odiaba que no consiguiera controlar la ira que había roto nuestra pequeña familia y que me había roto a mí también.

Me levanté, me acerqué a la ventana y la abrí de un empujón para desterrar el olor rancio a lúpulo y tabaco del piso. Era mediados de junio y, aunque en ese momento hacía fresco, estaba segura de que iba a ser otro día sofocante.

Mi bolso estaba en el suelo y le eché un vistazo, pensando en la carta que escondía dentro. Tenía que averiguar quién la había enviado. Había estado pensando en ello toda la noche. No había ningún nombre ni una pista sobre quién podría haberla escrito. Nunca le había dicho a nadie mi secreto. No le había contado a ninguna persona ni una palabra de lo que había hecho. Ni siquiera a Scott al principio de conocernos, cuando nos confiábamos todo el uno al otro. No podía soportar que me viera bajo una luz diferente ni que su amor por mí se evaporase delante de mis ojos. Era algo que, una vez dicho en voz alta, ya no se podía olvidar. Así que me había mordido la lengua. Siempre.

¿Cómo se había enterado alguien? ¿Y por qué me escribían en ese preciso momento? La única explicación posible era que esa noche hubiera ocurrido lo que siempre había temido: que alguien me hubiera visto.

CINCO

Entonces

Crucé la calle y me dirigí al estrecho callejón que conducía a la puerta trasera del edificio de viviendas que llevaban abandonadas, a medio terminar, más de un año. Desde que había abandonado el hogar familiar, hacía casi diez años, lugares como ese me habían salvado la vida. Me proporcionaban, como mínimo, un techo bajo el que cobijarme. En el edificio en el que me encontraba en ese momento, incluso había cocinas en algunos de los pisos, aunque no disponían de agua corriente ni electricidad.

Echaba de menos cosas sencillas como sentir la moqueta bajo los pies, una nevera, calefacción en invierno e incluso un edredón, pero sabía que era mil veces mejor que dormir en la puerta de una tienda dentro de un saco de dormir húmedo con gente mirando. Ya había pasado bastantes noches de ese tipo cuando nos habían desalojado a la fuerza del último lugar, y eso había hecho que apreciara más los placeres sencillos, como las paredes de ladrillo macizo y las puertas cerradas.

Scott y yo llevábamos casi nueve meses de okupas en ese edificio, jugando a las casitas, calentando fideos en un hornillo de camping que él había robado de una autocaravana sin cerrar aparcada en una estación de servicio. Vivíamos día a día. En realidad, seguíamos siendo niños, pero nos pasábamos las noches soñando con cómo sería el futuro. Yo siempre decía que quería una granja, dos o tres niños correteando, gallinas y un pequeño huerto; Scott se reía y me preguntaba qué demonios sabía yo de cultivar verduras. Luego se levantaba del colchón que habíamos traído de la calle y, completamente desnudo, se ponía en cuclillas y fingía irse en un tractor imaginario mientras decía con acento pueblerino:

—¿Te apetece dar una vuelta, preciosa? —Me guiñaba un ojo, y yo me reía tanto que casi no podía respirar. Soñábamos mucho, pero siempre me sentía agradecida por lo que teníamos.

Pero en ese momento, al volver a casa, entre la basura amontonada, las bolsas de comida podrida arrojadas desde las ventanas —en esa zona no hay recogida de basuras—, las colillas e incluso algunas agujas tiradas en el canalón, veía el lugar con otros ojos. La puerta de acero, cuya pintura roja estaba desconchada y dejaba al descubierto enormes manchas de óxido, se abrió de golpe y por ella salió un grupo de chicas con los ojos hundidos, faldas cortas y camisetas sin mangas, inquilinas de un piso que estaba dos plantas más abajo del nuestro. Mi mirada se fijó en las marcas que recorrían sus brazos. Ni siquiera se molestaban en intentar ocultarlas. Llevaban hombres a su casa noche tras noche; así conseguían dinero fácil para financiar su adicción a las drogas. No me gustaba, pero nunca había sido algo en lo que pensara demasiado. Pero ahora... ahora las cosas eran diferentes.

Sonreí para mis adentros con una sonrisita secreta y me rodeé el pecho con los brazos, abrazándome con fuerza. No podía esperar a ver la cara de Scott. Decirle que estábamos a punto de dar el primer paso para lograr la vida que habíamos soñado. Todo iba a cambiar. Era emocionante, pero también tenía miedo. Aplasté una oleada de emociones contradictorias, un pánico repentino de que no podía —no debía— hacerlo, y antes de que pudiera cambiar de opinión, subí corriendo las escaleras hasta el tercer piso y entré en nuestro piso.

Scott estaba sentado junto a la ventana, liándose un cigarrillo, vestido con unos calzoncillos y una camiseta negra desteñida. Yo tampoco pude evitar mirar el piso con otros ojos. Había mucho espacio, y si los albañiles hubieran terminado el trabajo, sería precioso. La cocina-comedor era de planta abierta, con un gran ventanal que daba a la carretera e inundaba la habitación de luz. El suelo consistía en tablones de madera desnudos —a menudo me clavaba astillas enormes procedentes de ellos— y un arcoíris de cables eléctricos colgaba suelto de donde se suponía que debían estar los enchufes y los interruptores. El lugar desprendía olor a humedad y, a pesar de mis esfuerzos, se había acumulado una capa de polvo y suciedad en los zócalos y las ventanas. Sentí una punzada de tristeza al darme cuenta de que, si los promotores hubieran encontrado los fondos necesarios para terminar la obra, el piso que yo llamaba hogar sería precioso, aunque por supuesto nunca habríamos podido permitirnos quedarnos allí si ese fuera el caso.

—¿Todo bien, nena? —preguntó Scott, mirando hacia arriba mientras yo cerraba la puerta. Se puso el cigarrillo entre los dientes y empezó a buscar un mechero.

—¡Estoy embarazada!

Apreté los labios. No quería soltarlo así. Quería prepararlo todo, contarle una historia, conseguir que se emocionara tanto como lo estaba yo, pero le había lanzado la noticia como si fuera una bomba y, mientras esperaba a que dijera algo, me sentía terriblemente expuesta y vulnerable.

Scott abrió la boca y el cigarrillo cayó al suelo. No pareció darse cuenta.

—Estás... —Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro y se levantó de un salto—. ¡Sí! —gritó, golpeando el aire con el puño—. ¡Ven con papá!

Abrió los brazos y me abalancé sobre ellos, segura de que íbamos a ser una familia perfecta. Scott iba a ser un padre maravilloso. Pero, cuando tiró de mí y apreté la cara contra su pecho, de repente, me vino a la mente una imagen, un recuerdo del que nunca había podido deshacerme.

Era curioso cómo una vez había parecido tan fácil, tan sencillo huir de casa, dejando atrás mis errores. Cuando tenía quince años, había sido lo bastante ingenua como para creer que era posible escapar del pasado si te esforzabas lo suficiente. Pero estaba equivocada. Y en ese momento, a menos de un año de convertirme en madre, responsable de la vida de una personita vulnerable, parecía que no podía contener las compuertas, los recuerdos que se abrían paso en mi mente, exigiendo reconocimiento.

Me aferré a Scott, reviviendo el terror ciego que había sentido las semanas anteriores a huir, tras darme cuenta de lo que había hecho, de lo que era capaz. La horrible comprensión de que hay cosas que no se pueden borrar, por mucho que desees desesperadamente una segunda oportunidad. Esa cama individual vacía, la sangre en la moqueta...

Apreté la cara contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba alejar las imágenes, y me di cuenta de que, por mucha confianza que tuviera en que Scott iba a hacer las cosas bien y a mantener a salvo a nuestro bebé, no podía evitar pensar que a lo mejor yo no iba a estar a la altura.

SEIS

—¿Despedida? ¡No puede despedirme! Necesito este trabajo.

El señor Privett me miró desde el otro lado de la mesa y sentí una oleada de odio en mi interior al ver la cara de suficiencia que ponía. Odiaba ese trabajo. Odiaba que, a pesar de ser solo ocho años mayor que yo, me hiciera llamarle señor Privett en lugar de Niall. Odiaba que, desde que había rechazado salir con él la primera semana de trabajo, me encargaba las peores tareas. ¿Que vomitaban en el baño? Mandaba a Chloe a limpiarlo. ¿Que hacían grafitis en la pared exterior? Chloe se quedaba hasta tarde para fregarla, hasta que sus manos se agrietaban y empezaban a sangrar.

La única razón por la que había aguantado, por la que me había obligado a mí misma a aparecer, sonreír y fingir que no oía sus insinuaciones sórdidas y nauseabundas, era porque necesitaba el dinero. Con un niño de tres años al que vestir y alimentar y un piso que mantener caliente, trabajar no era opcional, y dado que había dejado de estudiar a los quince años, antes de haber conseguido el título de secundaria, no estaba en condiciones de ser exigente. ¿Como era posible que, a pesar de todo lo que había hecho para ser amable, mantener la sonrisa y no morder su anzuelo, tuviera la osadía de intentar echarme? Era una buena trabajadora, no tenía derecho a despedirme.

—Te has tomado una semana libre sin avisar. He tenido que hacer malabarismos para cubrir tus turnos. No piensas en el bien común.

—¡Tommy tenía varicela! Ya se lo dije. No me dejaban llevarlo al colegio, y aunque lo hubieran hecho, se encontraba muy mal. Cogió el estreptococo A y tuvo que pasar tres días en cama. Sabe que no he tenido elección. Y es la primera vez que falto desde...

—Desde el mes pasado, cuando tuvo un virus estomacal.

Sacudí la cabeza.

—No puedo evitar que coja virus en el colegio. Y trabajé dos días extra para compensarlo.

Me había sentido obligada, aunque no era justo que me lo hubiera pedido. Había aceptado el trabajo de camarera dos semanas después de descubrir que estaba embarazada, con la esperanza de poder ahorrar lo suficiente para comprar lo básico, aunque el sueldo era bajo y se trabajaba muchas horas. Scott se lo había tomado con calma cuando le había dicho que no podríamos quedarnos en la casa okupada cuando llegara el bebé. Quería mucho más para nuestro hijo, para nuestra familia. Un hogar seguro. Unos padres como Dios manda: responsables y protectores.

Aceptó el primer trabajo que le ofrecieron: en la cadena de producción de una fábrica, montando electrodomésticos. Era un trabajo extenuante y de muchas horas, y sabía que preferiría estar sentado en el pub. Al principio, se había mostrado estoico, cumpliendo con su deber. Últimamente no era tan bueno ocultando el resentimiento que sentía por tener que mantenernos.

Estábamos en una etapa difícil de la vida. Todo el mundo decía que los primeros años eran los más duros y que había que superarlos día a día. Pero, cuando Tommy fuera un poco mayor, las cosas serían más fáciles. Me había aferrado a esa esperanza lo más fuerte que había podido, ya que necesitaba que fuera verdad. Pero me estaban despidiendo, injustamente..., e ilegalmente. No tenía derecho a despedirme porque mi hijo estuviera enfermo, ¿verdad? Y, a pesar de las largas jornadas de Scott, dependíamos de mis ingresos para salir adelante. Nuestro casero nos subía el alquiler de nuestro pequeño piso todos los años, y a Tommy se le quedaba pequeña la ropa más rápido de lo que yo podía comprársela. Me imaginé entrando en casa y diciéndole a Scott que teníamos que arreglárnoslas con sus ingresos hasta que yo encontrara otro trabajo —algo más fácil de decir que de hacer con mi endeble currículum— y sentí que se me caía el alma a los pies.

—Necesito trabajadores en los que pueda confiar —continuó el señor Privett—. Ya he cubierto tu puesto. Sarah se encargará de tus turnos a partir de mañana.

—¿Quién es Sarah?

Él se reclinó en la silla y sonrió.

—Tu sustituta.

Golpeó con la punta del bolígrafo una pila de papeles que tenía sobre la mesa y vi un formulario de solicitud de empleo, con una foto tamaño carnet de una guapa morena de labios rojos y mirada sexi pegada en la parte superior. Me preguntaba si tendría idea de la clase de criatura repugnante para la que había aceptado trabajar y si sabía que, al aceptar el trabajo, me estaba privando de mi seguridad y me estaba quitando la comida de la boca.

—No puedes esperar recibir dinero a cambio de nada, ¿verdad? —dijo, siguiendo mi mirada hacia la fotografía y con esa inconfundible expresión lasciva en los ojos.

Me levanté, sin justificarme ni decirle que trabajaba mucho más que nadie de ese maldito edificio. Por muy ingenua que fuera, no había renunciado a los sueños que Scott y yo habíamos compartido tumbados en aquel colchón del piso abandonado hacía tantos años. La granja en el campo. Las gallinas, los niños y el aire fresco, los campos verdes, el cielo azul... Un trocito del paraíso. Aún tenía la esperanza de llegar allí, aunque no tenía ni idea de cómo. Pero, al perder ese trabajo, estaba aún más lejos de alcanzar esa realidad.

—Es un despido improcedente —dije, con la emoción llenando mi voz, haciéndola temblar.

Se encogió de hombros de forma exasperante, y me sentí totalmente impotente, sabiendo que por mucho que quisiera luchar contra su decisión, no tenía dinero para abogados, y todo mi tiempo lo tenía que dedicar a buscar un nuevo trabajo con el que pagar el alquiler a final de mes.

—Vete a la mierda, Niall. Ella tampoco se acostará contigo. —Señalé con la cabeza a la chica guapa de la foto.

—Ya veremos —respondió, aunque su cara se sonrojó como si le hubiera leído el pensamiento, y apartó la mirada.

Cogí mi bolso, parpadeando para que no se me saltaran las lágrimas, y, antes de ponerme en ridículo y rogarle que lo reconsiderara, salí de su pequeño despacho con la cabeza bien alta.

Se suponía que el piso estaba vacío a esas horas, pero, al introducir la llave en la cerradura, oí sonar un bajo y sonreí. A veces, las máquinas de la fábrica se atascaban y, si había que arreglarlas, Scott podía volver a casa antes. Tenía muchísimas ganas de verlo. Quería decirle cómo me había tratado Niall para que se pusiera de mi parte.

Me quité el abrigo, me descalcé y me dirigí hacia el lugar de donde salía la música: el dormitorio que compartíamos los tres al otro lado del salón. La luz era escasa debido a la condensación de las ventanas, que eran muy viejas.

La moqueta, antaño de color crema, estaba desgastada y raída, y los pocos muebles que teníamos eran cosas que habíamos encontrado gratis, la mayoría de las veces después de que Scott las cogiera de un contenedor. Estaba muy lejos del acogedor hogar en el que había crecido y odiaba que Tommy se estuviera perdiendo las comodidades que yo daba por sentadas, por no hablar de la madre ama de casa, que cocinaba y cuidaba el jardín y parecía disponer de una cantidad infinita de tiempo para estar conmigo. Siempre me sentía muy estresada. Una parte de mí deseaba que Scott me dijera que podía olvidarme de buscar otro trabajo; que sacase a Tommy del colegio y que pasase esa preciosa etapa de su vida con él, disfrutando del tiempo antes de que se fuera para no volver. Pero no podíamos permitírnoslo. Todavía no.

—Hola —dije, mientras abría la puerta de la habitación.

Scott estaba tumbado en la cama, con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios, sosteniendo una caja de CD agrietada sobre la cara mientras leía el reverso. Me miró con cara inexpresiva.

—¿Qué haces aquí? Creía que trabajabas hasta las cuatro.

Asentí con la cabeza, sintiéndome agotada y emocionada.

—Niall me ha despedido.

Enarcó una ceja, dejó caer la caja del CD sobre la cama y se sentó.

—¿Qué? ¿Por qué?

—¿Necesita una razón? Es el jefe. —Negué con la cabeza—. Me ha acusado de no rendir al máximo porque tuve que ausentarme cuando Tommy estaba enfermo. Pero trabajo el doble que los demás cuando estoy allí. Lleva años buscando una excusa. Te dije que no le caía bien.

No era del todo verdad, pero nunca le había dicho a Scott que Niall estaba interesado en mí. A veces era muy celoso y, por mucho que me hubiera gustado confiar en él, no me habría extrañado que se presentara allí a darle una paliza a mi jefe, lo que nos habría causado problemas a todos.

Scott se inclinó hacia delante y dejó caer la cabeza sobre las manos.

—Oye, no pasa nada... Puedo... —Estaba a punto de decirle que lo primero que haría sería ir a la oficina de empleo, pero levantó la cabeza y, en lugar de la preocupación que esperaba ver grabada en sus facciones, vi algo que me hizo detenerme en seco: una mirada de rabia absoluta. ¿Iba a darle una paliza a Niall, después de todo lo que yo había hecho para mantener la paz? Que arrestaran a Scott era lo último que necesitábamos.

Abrí la boca para calmarlo, tranquilizarlo, pero se puso de pie de un salto y, antes de que me diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, tenía una mano en mi cuello y la espalda pegada a la pared del dormitorio. Instintivamente, agarré su muñeca, con las uñas clavadas en su piel, sin pensar en nada más que en recuperar el aliento. Cuando su agarre se hizo más fuerte, hice lo único que podía hacer. Levanté la rodilla con fuerza y le golpeé en la ingle.

El efecto fue instantáneo. Me soltó y yo me doblé, jadeando, con las manos en el cuello, conmocionada y estremecida.

Scott maldijo, se enderezó y, con los ojos vacíos y fríos clavados en los míos, me dio tal bofetada que la nuca me rebotó contra la pared. El dolor era cegador; pequeñas ráfagas de luz parpadeaban detrás de mis retinas. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Estaba colocado? Tenía que estarlo. Ese no era el hombre que yo conocía. Ni siquiera me había levantado nunca la voz.

—¡Scott! —jadeé—. ¡Para! ¡Para! —Las lágrimas corrían por mi cara, y tenía ganas de vomitar—. ¡Por favor! ¿Qué es lo que pasa? No entiendo lo que está pasando —dije, y mientras oía las palabras que salían de mi boca me sentía estúpida y patética.

Apretó la punta de la lengua contra los dientes. Su expresión era dura y enfadada.

—Sabía que eras demasiado buena para ser verdad. ¿Creías que podías atraparme en una vida que no quiero? ¿Eh? ¿Quedándote embarazada para que yo tenga que trabajar en una mierda que no soporto mientras tú te pavoneas por ahí gastándote mi dinero esperando que te sirva como a una reina? Déjame decirte algo, Chloe Phillips —continuó, acercándose tanto que pude sentir su aliento caliente contra mi mejilla—. No eres una reina. —Golpeó la pared con la palma de la mano y, con una mirada que hizo que se me encogiera el corazón de miedo, salió dando un portazo tan fuerte que pensé que la madera se iba a hacer añicos.

Me hundí en la moqueta, apretando las rodillas bajo la barbilla, incapaz de detener las lágrimas que salían de mis ojos. Me había pasado toda nuestra relación temiéndome a mí misma, por lo que yo podía hacerle... a Tommy. Por las cosas de las que yo era capaz. Pero ahora, sentada sola, sin nadie a quien pedir ayuda, sin ningún lugar al que huir, me di cuenta de que tal vez era yo la que estaba en peligro.

SIETE

CLARISSA

Caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano mientras lanzaba miradas furtivas hacia la ventana abierta. Hacía una hora que había visto a Mirium en la acera charlando con su vecina Rachel. Había señalado mi casa y, oculta por las persianas, me había dado cuenta de que hablaban de Tommy y de mí. Si al menos no me hubiera llamado abuela... Su presencia habría suscitado dudas dijera lo que dijera, pero había visto la expresión de Miri cuando había pronunciado la palabra, la confusión mientras intentaba y no lograba encajar todas las piezas del rompecabezas, solo para descubrir que faltaban la mitad de ellas.

Ella me había apoyado por aquel entonces. En esos momentos tan terribles. Llevaba más de cuarenta años viviendo en la misma casa, en esa calle tan tranquila, y no sabía si era una bendición o una maldición que la mayoría de los vecinos llevaran el mismo tiempo viviendo allí. Por un lado, significaba que la privacidad era escasa. Todos conocían los asuntos de todos. Había una cultura del cotilleo y, aunque todos éramos amigos, en esa calle no existían los secretos.

Sabía que la mujer de Bill le había enseñado los pechos de forma deliberada al limpiacristales desde su dormitorio, en sus tres últimas visitas. Sabía que Susan había pedido comida a domicilio cuando su marido estaba jugando al golf y que luego le había dicho que había estado en el gimnasio. Y el viejo Maurice, que vivía en la esquina, nunca recogía los excrementos de su perro a menos que viera que alguien lo estaba mirando. Si necesitabas a alguien que te ayudara con un paquete pesado o que te hiciera la compra cuando estabas enferma, era maravilloso, pero en otras ocasiones no se podía negar que podía resultar un lugar un poco claustrofóbico. Dicho esto, quizá no habría sobrevivido sin esas personas a mi alrededor en mis momentos más oscuros.

Los hijos de Mirium, junto con los de Rachel, Linda, Penelope y Fiona, habían jugado con los míos cuando eran pequeños, montados en triciclos y patinetes, subiendo y bajando por las aceras; una pequeña tribu ruidosa y llena de energía. Los seguía viendo ahora, ya mayores, cuando volvían a casa para las comidas de los domingos y las grandes celebraciones familiares navideñas. Era imposible no mirarlos y preguntarme cómo serían mis hijos de adultos. Algunos de ellos incluso tenían ya hijos propios. Carreras, maridos, casas que pagar, y me resultaba alucinante que hubieran crecido cuando mis hijos estaban congelados en el tiempo, adolescentes para toda la eternidad en mi mente.

Primero había perdido a mi marido, Reece, cuando Chloe tenía cinco años y Rhodri solo dos. El infarto había surgido de la nada; nadie lo esperaba de un hombre tan lleno de energía. Dicen que el corazón puede ser una bomba de relojería, ¿no? Estaba delgado, pero no en forma. Sus arterias estaban obstruidas por años y años de abuso del bacon y otras grasas saturadas. Cuando ocurrió, los vecinos me sacaron adelante. Me daban comida. Se llevaban a los niños para que yo pudiera recuperar el aliento. Podía sentir su lástima, pero me apoyé en ellos de todos modos. Tuve que hacerlo.

Pero cuando también me arrebataron a los niños, uno tras otro, apenas una década después, no pude soportar las miradas de horror que había en sus ojos. No pude aceptar su ayuda de buen grado. Estaba enfadada con ellos, con el mundo entero. Celosa de todo lo que tenían cuando a mí me habían arrebatado tanto. No me parecía justo que recayera tanto sobre mis hombros mientras mis vecinos celebraban aniversarios de boda y soñaban con el futuro de sus hijos.

Me metí en la cama y pasaron meses antes de que saliera de ella, con varios kilos menos a pesar de que Mirium y las demás mujeres prácticamente me alimentaban a la fuerza las veinticuatro horas del día. No hablamos de ello después. Yo nunca mencionaba sus nombres. Había guardado todas las fotografías en el desván y fingía que siempre había estado sola. Era la única manera de seguir adelante, de seguir viviendo.

No podía culpar a Mirium por hacerse preguntas sobre el niño. ¿Cómo no iba a hacérselas? Yo también me las hacía. Y sabía que tenía que llamar a la policía. Sin embargo, esos hoyuelos..., esos ojos... No podía evitar preguntarme..., tener la esperanza