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El Señor , un catedrático de renombre acostumbrado a tenerlo todo, tanto a las buenas como a las malas. Ella, la chica , una alumna del montón que había sido la elegida por su vulnerabilidad, entre otras cualidades. En esta novela descubrirás cómo el abuso de poder acaba degenerando en un acoso social, académico y sexual continuado, en un ámbito universitario encargado de proteger a su figura catedrática frente a una chica de carácter que no daba el perfil de víctima, pero si de guerrera. Los personajes y hechos retratados en esta novela son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
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Seitenzahl: 539
Veröffentlichungsjahr: 2019
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EL PODER
ANA ROCÍO RAMÍREZ
EL PODER
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2019
EL PODER
© Ana Rocío Ramírez
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2019.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-17845-36-0
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ANA ROCÍO RAMÍREZ
EL PODER
A quienes completan mi vida
Llevaba año y medio aquella chica pasando desapercibida entre el resto de los mortales, curso y medio de asistencia a clase de manera disimulada, sutil. Sus ausencias y su presencia carecían de importancia, tímida y retraída, para los ojos de sus compañeros y profesores.
Su interés académico era el justo y necesario para recordarle por qué eligió aquella carrera abocada al fracaso, su motivo para estudiar Historia. Su decisión sobre los estudios no solo le había llevado a un futuro incierto, sino a un cúmulo de problemas en casa, pues unos padres humildes, trabajadores y de pueblo no comprendían cómo se había pasado de una carrera más próspera como Veterinaria a Historia de un día para otro. No entendían ni compartían la decisión de aquella chica, quien era ni más ni menos que su propia hija.
Cada fin de semana bajaba a aquella pequeña ciudad costera para verlos, para hacerles ver que, a pesar de sus escasos apoyos, nunca olvidaría que la mitad de aquel sueño que estaba cumpliendo lo estaba consiguiendo gracias a ellos. Nunca oyó un «te quiero» o «estamos orgullosos», nunca escuchó de sus propios padres unas palabras que no fueran reproches. Por todo lo sufrido en lo tan poco vivido era como era, como le gustaba al Señor, sin ni siquiera ella saberlo.
Pese a todo, estaba ya a mediados de su segundo año. Su expediente no brillaba por sus notas; eran lo suficientemente vulgares para seguir avanzando sin arrastrar asignaturas y poder seguir manteniéndose con la mísera beca que le otorgaban, junto con los trabajos esporádicos.
Los exámenes finales de febrero se acercaban, provocando unas clases menos concurridas, sobre todo las impartidas por el Señor, un profesor famoso por su dureza, soberbia, chulería y por su elevado número de suspensos y repetidores. En esta rutina, cada clase que impartía era una lección de prepotencia y arrogancia en estado puro, donde los alumnos agachaban la cabeza en los momentos de debate, pues un solo cruce de mirada con él suponía competir verbalmente con una de las mayores mentes de la facultad, con plena conciencia su dueño de aquel potencial.
Pero esos momentos eran inevitables. El transcurso académico y sus variedades históricas siempre conducían a una diversidad de opiniones, donde la paz y la cordialidad pasaban a un segundo plano, dejando como protagonista a la terquedad de la razón, acompañada de un tono de voz chirriante para las personas como aquella chica, que pasaban ya no solo de pronunciarse, sino incluso de pensar en el tema de debate.
Hasta aquel día de principios de febrero, cuando el subconsciente la traicionó y habló en voz alta, pronunciando un breve pero irónico comentario, el cual fue tomado por sus compañeros como chiste, provocando risas y dejando al Señor en segundo plano. Mientras todas las mediocres miradas de sus compañeros se fijaban en ella, se acercó, pronunciando su nombre por primera vez, haciéndola dudar sobre su invisibilidad en la asignatura. Con un tono grave y castigador le pidió que se pusiera en pie y explicara aquel comentario.
Las piernas le temblaban mientras lo hacía. Los nervios le impedían hasta oír sus propias palabras. Solo sabía que su boca no paraba de hablar y que ello iba a conducir a un círculo vicioso donde todo era expresado mediante una leve pero notoria tartamudez, producida por el respeto y miedo que el Señor infundía. Efectivamente, entró en bucle, pero se había expresado competentemente bien para optar a una frase concisa y clara del Señor: «Una buena perspectiva de la realidad, pero ni una más». Se sentó y respiró con normalidad de nuevo. Acababa de pasar una prueba de fuego.
Sin ser conscientes de ello, ese episodio marcó un antes y un después en la vida de ambos. El Señor acababa de descubrir que esa chica callada y despistada no era quien aparentaba ser entre aquellas cuatro paredes, siendo su verdadero carácter no precisamente el de una niña; y que la timidez, junto al sonrojo de aquel momento, no eran parte de sus cualidades habituales.
La clase finalizó y al Señor se le encendió una llama pequeña, nacida de la curiosidad. Acababa de descubrir con aquella coletilla que había prejuzgado y fallado en su apreciación inicial, algo que su ego no podía permitirse. Debía investigar para averiguar más sobre la misteriosa chica, en la cual él mismo creía no haberse fijado nunca aunque, sin saber por qué, supiera su nombre.
Ocho horas al día durante trece días seguidos para un examen de tan solo ochenta folios de apuntes, cuando a asignaturas de densidad triplicada dedicaba la mitad de tiempo. La chica sabía que sería difícil, pero nadie le dijo que fuese imposible.
Los días previos al examen, tres días antes exactamente, se encontraron la chica y el Señor casualmente en un bar de mucha influencia académica, donde él no solía acudir. La curiosidad le estaba haciendo relacionarse, involucrarse con aquel ambiente que siempre odió, pues su llama necesitaba saber más sobre la chica y era el sitio perfecto para encontrarla.
Ella ni siquiera había notado su presencia; sin embargo, él tomaba sorbo tras sorbo de su café sin poder retirar su mirada de la mesa de aquella chica. Se dejó llevar por su impulso —algo que siempre había podido controlar— y se sentó junto a ella:
—¿Estos apuntes son sobre mi asignatura? —Curioseaba los folios de la mesa.
—Sí, Señor. Estoy rehaciéndolos por segunda vez a mano para repasar mejor. — Evitó mirarle directamente; no le daba buena espina.
—Es inútil. Lo sabes, ¿verdad? Ni tú ni la gran mayoría de tus compañeros aprobaréis. —Sonreía tras aquella mitad broma y mitad verdad.
—Si no lo intento dejaría de ser yo, Señor. No puedo tirar la toalla así, sin más, en la asignatura. Quien no arriesga, no gana. —Quería mostrarle su interés sobre la misma.
—Positiva y valiente. Me sorprende de una chica tan retraída como usted. Sin embargo, me acaba de dar una idea muy buena. Gracias.
—¿Qué idea, Señor? —La chica no lo comprendió.
—Un consejo: deje de estudiar y descanse; está mejor sin ojeras. Nos vemos el lunes.
Se alejó lentamente de ella para que no lo olvidara fácilmente. La chica, sin embargo, agachó rápidamente la cabeza. Sentía miedo y mucho respeto por el Señor, pero su carácter la traicionaba en cuanto veía una situación injusta frente a ella, aunque siempre desde el respeto y la educación.
Antes de cruzar la puerta, él se giró. Esperaba una mirada cómplice con ella, pero no obtuvo nada más que una frustración, no solo por no encontrar la respuesta esperada, sino con él mismo. No entendía por qué aquella obsesión de repente. Su mente se sentía desconcentrada desde aquel debate en clase.
Llegó aquel lunes. Los nervios de ella eran propios de una chica joven enfrentándose a un examen, pero los del Señor no eran por la evaluación, pues él mismo era quien la desarrollaba y lo llevaba haciendo desde hacía tres décadas. Estaba nervioso por verla ante su primera prueba.
Repartió los folios en primer lugar, dejando la bancada de la chica a la orden de su súbdito. No se acercó; no la miró todo lo que hubiese deseado. Sentía que en él estaba naciendo un descontrol impropio de su persona. La falta de información sobre aquella chica estaba desquiciándolo. Tras repartir a todos el papel, con tono firme y seguro dijo:
—Desarrollen cada uno de ustedes el tema que mejor se sepan.
Los alumnos se miraron entre ellos totalmente sorprendidos e incrédulos. No entendían cómo el Señor estaba concediendo ese privilegio. Nunca lo había hecho y mucho menos había sido tan benevolente. Ni él mismo sabía por qué había hecho eso. Se fue al baño a refrescarse y, cuando levantó la cabeza, contempló su reflejo y supo que algo dentro de él no estaba igual. La intriga le estaba haciendo dudar; no pensaba con claridad. Simplemente quería ponerla al límite y poder así observar de qué materia estaba hecha la chica.
Abandonó el examen dejando a sus súbditos con las labores de plebeyo y vigilancia. Se dirigió a su despacho con idea de comenzar a trabajar cuando miró el reloj y decidió irse a casa a desfogar con su esposa todos aquellos nuevos sentimientos que su cuerpo estaba experimentando, a regalarle el oído a la mujer que lo mantenía pero no lo hacía feliz. La chica, mientras tanto, ajena a los pensamientos retorcidos del Señor, tenía su mente concentrada en aquel examen, quizás de los más fáciles de su vida, sin poder imaginarse lo que todo aquello le depararía en su futuro.
Acabó el examen antes del tiempo límite, recogió sus cosas y dio las gracias al becario educadamente. Con su mochila colgada de un solo hombro, como siempre solía hacer, se marchó de la clase con su mejor sonrisa. Fuera de esta se encontró con sus compañeros, quienes también estaban asombrados por la generosidad y benevolencia del Señor en el examen. Juntos se fueron al bar a celebrarlo. Esperaban que para la semana siguiente estuvieran los resultados. Ninguno esperaba suspender esa evaluación tan asequible.
Efectivamente, las notas fueron excelentes y favorables para todos, salvo para ella. Ilógicamente, había suspendido con una nota un tanto llamativa: 4,9. Por tan solo una décima sus posibilidades de aprobar la asignatura se prorrogaban. Debía seguir intentando superarla o pasando pruebas, como luego descubriría. No lloró en aquel momento. No sintió que verdaderamente fuese injusto, a pesar de las buenas sensaciones tras acabar el examen, dudó incluso de si había fallado en algo grave, pues todos cometemos errores. Lo que no pensaba es que el suyo hubiera sido ser ella misma en todo momento.
Se citaron en tutoría dos semanas después. Algo tarde, pero el Señor, como en el futuro sería muy propio, quería forzar a la chica, situarla al límite de sus nervios para comprobar de primera mano cómo actuaba en cada una de las situaciones que la vida le brindara. Quería que el nerviosismo de por qué estaba suspensa y de si tenía opción a rascar esa décima que le faltaba le mostrara a la chica real, a la chica que se encontraba tras la fachada educada, tímida y simple que mostraba siempre en clase al profesorado.
La hora fijada para la tutoría era justo en medio de una clase, con lo cual tuvo que levantarse en mitad de ella e interrumpir con su salida a la profesora, quien la observaba mientras seguía explicando con gestos de curiosidad. No solo molestó para poder salir de clase. Levantó incluso a tres de sus compañeros para salir de la bancada, haciéndose notar sin querer.
Ahí estaba, un día cualquiera de marzo, esperando a que el Señor se desocupara para poder entrar en el despacho. Sus piernas volvían a temblar. No paraba de dar vueltas por el hall mientras oía las voces del Señor, siempre déspota, con uno de aquellos súbditos que rondaban por la torre. Este salió, con cara blanca y descompuesto por toda la humillación que allí acababa de sufrir; miró a la chica fijamente e incluso llegó a pararse frente a ella, pero sin pronunciarse, una mirada cómplice que la chica no entendía de ninguna manera, pero que en un futuro sería lo más humano que sentiría por aquellos pasillos.
Se acercó muy silenciosamente a la puerta; sin embargo, tocó de forma firme y segura para que el Señor supiese que estaba allí, esperando la orden de entrada. Para alargarle más la espera, contestó desde su cómoda silla:
—Un minuto.
De esta manera la hacía temblar un poco más mientras él disfrutaba de un cigarrillo cargado de imaginación sobre lo que podría pasar, sobre qué cara mostraría. Lo irónico fue que pasó lo único que no había pensado.
Tras su entrada al despacho, se quedó observándola de arriba abajo mientras ella permanecía en silencio, de pie, pues no pensó en ningún momento sentarse sin que el Señor se lo ofreciera.
—Siéntese, señorita. —Le señaló la silla—. Cuénteme en qué puedo ayudarla.
—Vengo para la revisión de mi examen. Teníamos la cita de tutoría fijada desde hace semanas.
—Disculpe, ni recordaba ese tema. Le busco el examen mientras me comenta qué percepción tuvo al hacerlo, si fue buena o mala, y por qué cree que está suspensa.
—Sinceramente, a esa última pregunta esperaba que usted me pudiera dar respuesta diciéndome en qué he fallado, qué debo mejorar y cómo puedo superar su asignatura. Yo salí del examen pensando que tenía un ocho como mínimo y aquí me hallo… —Aquella frase sonaba más humilde en su cabeza.
—No se preocupe. Su cara me suena de que es de las habituales en clase. Seguro que tiene solución el problema. Si no ahora, en septiembre. Aquí tengo su examen. Léaselo y pregúnteme lo que quiera sobre él.
Mientras la chica revisaba lo escrito semanas atrás, el Señor se encendió un cigarro contemplando su manera de sentarse, la forma en que pasaba las hojas. Pero sobre todo miraba sus ojos. Quería leer en ellos qué estaba sintiendo, qué ocultaba y qué pensaba. Tenía la necesidad de saber. Estaba tan absorto en ella y en sus interrogantes que no se dio cuenta de que la chica había acabado de leer y le hablaba. Se conectó a la conversación tarde, pero fue suficiente para no perder el hilo.
—No sé en qué he fallado. Me gustaría saberlo, porque no entiendo la letra de las anotaciones en rojo. Dígame, por favor, cómo puedo mejorar. Y no solo aprobar en septiembre, sino sacar nota.
—Mire, señorita, usted seguramente tendrá muy buenas notas en el resto de las asignaturas, pero en este departamento no somos de regalarlas. Si usted cree que su examen está aprobado, le hago una fotocopia ahora mismo y se lo lleva al decanato para reclamar una revisión distinta. Hágalo si tan segura está de su potencial. —Le devolvió la prepotencia anterior—. Ahora, le advierto que en esa revisión su nota se puede ver perjudicada, pues estará la profesora Úrsula, seguramente, y después dudo entre la asistencia de Facundo o Saúl, todos becarios y leales a mi persona.
—Estoy segura de que he aprobado, pero sé que tengo las de perder si reclamo; me marcaría para el resto de la carrera. Es de estas ocasiones en las que si volvieras atrás lo volverías a hacer exactamente igual. Pues así me siento, pero frente a su poder no puedo hacer nada, y más cuando usted mismo me dice que será inútil. —No pudo callar.
—Le repito que yo en su lugar iría a reclamar. Recuerdo el día que me dijo: «Quien no arriesga, no gana». Sin embargo, a las primeras de cambio saca la bandera blanca. Señorita, déjeme aconsejarle que estudie mucho en verano y se tranquilice; se está poniendo muy nerviosa. —Se encendió un cigarrillo y le ofreció.
—Me está diciendo claramente que estoy aprobada, pero que ni reclamando obtendré esa nota. Como comprenderá, no solo me pongo nerviosa, sino que me enfado por la injusticia que estoy padeciendo.
—No me malinterprete. ¿Le he dicho en algún momento que está aprobada? La he guiado hacia una oportunidad poco probable, pero la he ayudado. Señorita, no se victimice. Está suspensa. Asúmalo y póngase a estudiar, que es lo que debe hacer para aprobar. Viniendo aquí a intentar agradarme no lo conseguirá. No soy simple, no soy normal, no soy como el resto. Ya tendrá oportunidad de comprobarlo.
—No me victimizo, y mucho menos por un suspenso, pero voy a cruzar esa puerta más segura de mi aprobado que cuando entré, al igual que la cruzaré sabiendo que no ha sabido explicarme el motivo de mi suspenso. No tenemos nada más que hablar. Muchas gracias por su atención —dijo tan tajante y contundente que ella misma se asombró.
Y se fue, malhumorada y dejando con la palabra en la boca al Señor, quien no se la había imaginado nunca como una chica brusca, con temperamento y segura de sí misma. Si bien es cierto que había intuido ciertas aptitudes, las cuales le hacían pensar que la chica tenía carácter, era algo impulsiva e incluso bastante sincera, no sabía los niveles de cada uno de estos rasgos. Tampoco intuía qué más escondía tras cada uno de sus interrogantes. Una chica con un escudo de hierro, con el que intentaba aparentar que era fuerte, y él con una mente capaz de aflojar aquellos tornillos lentamente, pues el objetivo que se acababa de fijar era encontrar sus debilidades, saber por qué tenía aquella fachada cuando sus ojos no siempre mostraban felicidad, pues le enseñaban en cada segundo un sentimiento o pensamiento distinto. Tenía que descubrirlo para poder seguir pensando que era el mejor en lo suyo, analizando a las personas y poniéndolas a prueba.
La chica volvió a clase. Sin darse cuenta volvió a destacar con su entrada, su cara de enfadada y su portazo al entrar hicieron que todos centraran sus miradas en ella, incluso la profesora, Elena, la cual preguntó con un tono amable y empático:
—¿Todo bien, nena?
La chica, sorprendida por el interés de aquella profesora y con ganas de gritar que el Señor era un cabrón injusto, mintió y sonrió mientras decía:
—Todo bien, como siempre. Disculpe la interrupción de nuevo.
Volvió a su sitio, tras levantar a varios de sus compañeros, para sentarse junto a su fiel compañera desde el primer día, su amiga Laura, quien nada más verla sabía que todo había ido mal y venía con todo tipo de novedades, salvo con un aprobado. La chica aprovechaba cada minidebate que la profesora creaba en clase para contarle todo lo ocurrido y Laura se indignaba por la soberbia del Señor con cada palabra que su amiga refería sobre aquella tutoría.
La clase finalizó. Ambas seguían hablando, notándosele a la chica que tenía algún problema por la alteración con la que hablaba. Elena recogía lentamente. Intuía que lo estaba pasando mal y quería hacerle ver que estaba ahí para oírla si ella quería. Cuando pasaron frente a ella, con tono de orden les pidió que se quedaran las últimas. Ambas esperaron a que todos sus compañeros salieran para hablar más cómodamente.
Lo hicieron. Tanto Laura como la chica sabían que las palabras de Elena podrían servir de mucha ayuda en aquellos momentos. Una vez que todos estuvieron fuera, la profesora fue directa y clara:
—¿Qué te pasa? ¿Está todo bien? ¿Te puedo ayudar en algo?
La chica le contó todo lo que no hacía ni una hora acababa de suceder en el despacho del Señor, como si una amiga más fuese. Era la primera vez que hablaba con ella de algo que no fueran dudas o relacionado con la asignatura que impartía. Sería la primera de las muchas veces que hablarían juntas sobre el Señor.
Elena, como la propia chica, no se imaginaba las verdaderas intenciones del Señor, por lo que los consejos de la profesora hacia su alumna fueron típicos:
—Es así. Estudia y demuestra en septiembre que puedes con la asignatura. Si necesitas ayuda con cualquier cosa, ya sabes dónde tengo el despacho. Suerte y ánimo.
Unas pocas palabras que no pasaban de ser un mero y cordial consejo, el primero de muchos que Elena daría a la chica. El primero de muchos que la chica escuchó y no siguió.
Elena se marchó de clase, dejando a Laura y la chica juntas, las cuales decidieron no hablar más de aquel tema hasta que llegara septiembre, para lo que faltaban siete largos meses aún. Irónicamente, la chica tuvo la desgracia de hablarlo de nuevo con el propio Señor en los primeros encuentros casuales que se comenzarían a dar las semanas siguientes y que llegarían a hacerse habituales.
La chica volvió a casa con su típica sonrisa nerviosa. Allí estaría Cristina, impaciente, esperando noticias sobre la tutoría. Su mejor amiga era totalmente opuesta a ella: callada, noble, cariñosa, tranquila, entre muchos otros rasgos, ninguno de ellos compartidos, aunque juntas eran la combinación y el contraste perfectos. Sin duda alguna, Cristina era quien más la conocía. Seis años de amistad, entre los cuales cuatro eran de convivencia, habían dado pie a una confianza y un vínculo extremo de la una con la otra. Más que amigas, eran y son hermanas. La chica se sentía totalmente afortunada por poder contar con ella en su vida.
Desde este conocimiento, Cristina veía que la situación se estaba poniendo difícil, pues la preocupación en el semblante de su amiga era notoria. A la chica le rondaban muchas cosas por la cabeza. Tantas que ninguna le cuadraba.
Al día siguiente, como solía ser costumbre en la chica, se levantó con el tiempo justo para ir a clase y sin nada más en la cabeza que sus ganas de seguir a lo suyo y con su carrera. Laura ya había llegado. La esperaba impaciente y preocupada para preguntarle:
—¿Todo bien?
—Sí, no te preocupes. No pienso comerme la cabeza por una asignatura. —La chica tomó asiento.
—No merece la pena. Además, seguro que te la sacas en septiembre.
—Es lo mínimo. Me pondré a estudiar de lunes a jueves para después poder echar horas extras en el trabajo tranquilamente.
—Hoy también trabajas, ¿no? —Laura siempre estaba al tanto del trabajo de la chica para ayudarla en el día a día con los apuntes.
—Sí, ahora estoy de viernes a lunes. Suelo echar unas ocho horas en la cafetería y el resto de días entre semana solo las cenas por la noche.
Llegó el profesor. Casualmente, era uno de los becarios y súbditos del Señor. Ernesto, en clase, era incluso peor que su propio jefe, pues se le notaba que quería demostrar su valía para el trabajo. El problema era cuando su exceso de ego le hacía quedar peor. Los alumnos no lo criticaban por su escasa simpatía, dado que ya estaban acostumbrados a que todo por aquella torre fuera así, sino por la falta de flexibilidad a la hora de impartir sus clases. Un hombre esquemático que seguramente sabría más allá de lo apuntado en su folio, pero al que los nervios y el querer imponer su pensamiento sobre los alumnos le hacían quedar como un inútil más de los que daban clase por aquel campus.
Acabadas las clases, tanto Laura como la chica se despidieron en la cafetería de Alfonso, quien siempre lo hacía diciendo antes de cada fin de semana lo larguísimo que se le haría por no poder ver a sus niñas. Alfonso era un hombre peculiar donde los hubiera, de más de cincuenta años y estudiando de nuevo para matar el tiempo libre que la jubilación anticipada le había regalado. Si bien es cierto que en primero de carrera había congeniado mucho más con Laura, pues ambos eran los más brillantes de clase y, a pesar de sus evidentes diferencias políticas, se sentía como otro padre de ella; a lo largo del segundo curso la chica y él fueron teniendo mayor relación, sin querer fue asimilando su amistad con Alfonso como un sustituto anhelado de la escasa relación con su padre.
La chica estaba convirtiéndolo en su padre putativo, aunque a ojos de los demás no fuera más que un viejo de cincuenta años arrimándose a una joven. Quedaban al menos un día a la semana para tomar un café. Él estaba en uno de sus peores momentos: tenía tanto problemas de salud como personales en casa. Ella se estaba convirtiendo en su paño de lágrimas y él en un padre de verdad para la chica, de los que escuchan y apoyan.
Inmersos en la rutina, cada uno por su lado pero bajo un mismo techo académico donde el cruzarse se daba a menudo, y más si se intentaba a propósito, el Señor no tardó en ver a la chica tras la revisión. Solo dos semanas más tarde se encontraron en el centro de fotocopias y él se acercó a ella:
—Buenos días, señorita —dijo mientras se esforzaba en sacar una sonrisa de simpático.
—Buenos días, profesor.
—¿Ha seguido mis consejos de la asignatura?
—En este cuatrimestre me voy a centrar en el resto. Cuando llegue el verano me pondré en exclusividad con ello. —Los nervios de la chica eran esbozados en su sonrisa.
—Pero en verano no hay tutorías. Le recomiendo que se pase la semana siguiente por mi despacho para decirle el punto de unión entre el temario y las lecturas. La clave para comprender mi exigencia.
—Se lo agradezco, pero no es necesaria tanta molestia.
—No es molestia. Me supo mal suspenderla, pero sé que he hecho bien porque me lo dará todo en el siguiente examen. Y si no, pues en el siguiente. Quiero ver por qué eligió esta profesión. —Poco común ver frases de ánimo en él.
Y se fue sin dejar ni siquiera una oportunidad de contestación, pues sin duda le encantaba ser el último en hablar, que fueran sus palabras las últimas que hicieran eco en el lugar. La chica siguió con sus fotocopias, aunque más pensativa —unas palabras de ese estilo por parte del Señor eran todo un halago, sin duda—, al mismo tiempo que aliviada porque sus suposiciones malpensadas acababan de llegar a su fin. Pensó en la posibilidad de que su chulería y ceguera le impidieran apreciar sus propios errores. Realmente, dudaba si se había merecido aprobar pasándose con sus suspicacias en la revisión. Fue así, de esta manera tan fácil y sutil, como la chica bajó la guardia.
Finales de abril. Un mes después de aquella revisión y de nuevo en una clase con Elena, el Señor envió un correo a Laura y otro compañero, donde los citaba en quince días para un debate sobre un libro concreto, en el cual decidiría quién de los dos se merecía la matrícula de honor. Automáticamente, la chica comenzó a buscarle el libro a Laura por internet, dándose cuenta de que la biblioteca de la facultad solo contaba con un ejemplar. Sin dudarlo, se levantó de su sitio, dispuesta a ir a la biblioteca a por él. De nuevo en mitad de una clase de Elena, pensaba la chica mientras se sonrojaba y seguía su proceso de salida, pero no podía permitir que el libro acabara en otras manos que no fueran las de su amiga.
La chica quería a Laura, tanto que en numerosas ocasiones saltaba en su defensa cuando algunos de sus compañeros, y cada vez eran más, hacían referencia a la forma en que conseguía las cosas: mediante la práctica del «peloteo» a los profesores o del victimismo. No hacía oídos a los rumores, pues levantaba en la chica su instinto más protector y siempre había sido muy buena con ella, dándole igual el resto.
Cuando entró de nuevo en clase, Elena no pudo resistirse a preguntar delante de todos cuál era el motivo de su salida. La chica mintió, diciendo que había ido al baño, y se disculpó por molestar. Al sentarse le dio a su amiga dos besos y el libro, bajo la atenta mirada de la profesora, a la cual se le notaba el desconcierto. Al acabar la clase, ambas reían al ver correr hacia la biblioteca a su compañero, quien ilusamente creía, con su habitual estilo de superioridad y de suponerse más inteligente, que iba un paso por delante.
Esa misma tarde se vieron Alfonso y la chica en la cafetería de siempre, un sitio tranquilo, lo suficientemente cercano a la facultad, pero alejado del ruido y ajetreo universitario, perfecto para poder charlar tanto de cómo arreglar el mundo como de por qué el gatito de Alfonso estaba cojeando de nuevo. Llegando al lugar, mientras hablaban de la proximidad de los exámenes finales del curso, se encontraron con Elena sentada allí, leyendo lo que de lejos parecía un trabajo de un alumno. Al verlos se levantó a saludarlos, en especial a Alfonso, pues eran amigos fuera del ámbito académico, como estaba justo comprobando la chica, la cual se quedó un paso atrás, dispuesta a sentarse en una mesa aparte y alejada de su profesora. Sin embargo, Alfonso, con su habitual costumbre de pelotear, insistió en sentarse todos juntos y convertir aquello en algo cordial y ameno fuera de la facultad.
La chica, muy observadora como siempre, estaba notando que estaban acostumbrados a quedar. Ambos se apoyaban en sus problemas personales. Se notaba que no había nada más que un gabinete psicológico improvisado en la terraza de un bar. Aquella tarde se le hizo larguísima a la chica. No sabía qué decir ni hacer, cómo sentarse o expresarse. No estaba nada cómoda sentada frente a la profesora que a la mañana siguiente, a las nueve en punto, estaría dándole el temario en clase e incluso dos meses después tendría que examinarla. Hablaron de todo menos de la facultad. Elena parecía interesada en saber sobre la vida de la chica, de su procedencia y por qué había decidido elegir aquella carrera. Las respuestas que se encontraba eran de lo más trivial y secas. La chica estaba cortada y no daba pie a mucha conversación.
Dispuestos a alargar la tarde y quedarse a cenar, Alfonso y Elena llamaron al camarero para pedir. La chica aprovechó para excusarse con que había quedado para cenar y se le había hecho tarde. Tras levantarse, se despidió con un toque en el hombro, mientras que a Alfonso le dio dos besos y dinero para pagar su parte, cosa que rechazó, obligando a la chica a guardarlo. Mientras conducía camino al piso, no dejaba de pensar en la extraña situación de estar sentada en una cafetería fuera de la facultad junto a su profesora. Al llegar al piso se lo comentó a Cristina, que ante la cara de preocupación de su amiga no paraba de reírse.
—Yo no le encuentro la gracia, Cristina. Dime. —La chica se puso seria.
—Con lo poco que te gusta la gente que pelotea a los profesores y coges y te vas de cervezas con una. —Cristina no podía parar de burlarse.
—Pero yo no he peloteado en absoluto. Si no sabía ni qué decir. —Se sentía avergonzada sin tener claro el motivo.
—Si lo sé. Te conozco de sobra para saber que eres incapaz de pelotear incluso si necesitas aprobar, más que nada porque eres una borde de naturaleza.
—Gracias, cariño. Yo también te quiero.
—Te digo la verdad. Además, no te preocupa lo que repercuta en tu nota porque bien que me has dicho que la ves objetiva y, separando ambas cosas, porque ni siquiera habías notado que era amiga de Alfonso en clase.
—Ya sé lo que me vas a decir. Me preocupa que piensen que estoy peloteando cuando no es así. —Odiaba las versiones inventadas sobre su vida.
—Pero no puedes evitar que te sienten mal las injusticias y eso sería una. Sin embargo, te sientes mal porque ni tú misma lo ves bien. ¿O me equivoco?
—¿Hoy te has leído un libro de psicología o cómo va el tema? Cómo odio lo que me conoces.
—Te jodes. Venga, vamos a cenar, que encima vienes muerta de hambre.
Cristina se dirigió a la cocina riéndose sin parar; incluso ya dentro de ella se la seguía escuchando. Sabía que era una tontería lo que su amiga estaba pensando, pero que esta se preocuparía. Aun así, no estaba en la chica aceptar de buen grado las críticas falsas y sabía que si alguien los veía tomando café le caerían muchas. En aquel momento no sabía que sería el primero de muchos cafés y el comienzo de su madurez respecto al «qué dirán».
La chica se fue directa a la cama tras cenar, ya que al día siguiente le esperaba un buen madrugón y cuatro horas de clases seguidas con Elena. Ya en la cama, escuchó el timbre de la puerta. Extrañada, se levantó para que Cristina no abriera sola, pero era demasiado tarde: cuando salió al salón, Raúl ya estaba allí dentro, pidiendo hablar con ella. No pudo evitar agradecer en un leve susurro su presencia, pues esa noche no dormiría sola, sino abrazada a él.
Cinco años de relación de amor y odio. Ni podían estar juntos ni podían estar el uno sin el otro. Raúl, un chico bien acomodado, acostumbrado a no recibir ningún «no» por respuesta, se había planteado como reto acostarse con la chica cinco años atrás como uno más de sus juegos. Sin embargo, este acabaría marcando la vida de ambos.
Con diecisiete años ella y veintidós él se conocieron, irónicamente, en un hospital, en las sesiones de rehabilitación. Él había sufrido un accidente de moto y había sido operado de la rodilla, mientras que la chica tenía una hernia de disco y estaba en tratamiento físico preventivo para no empeorar su situación. El día que ella llegó por primera vez a la clínica, se quedó mirándolo imprudentemente. Raúl era atractivo y con una picardía que encandilaba a cualquiera, chulo y con un toque de arrogancia propia de un chaval de su edad que, hasta ese día, lo había conseguido todo con tan solo pestañear.
Ella era normal, del montón alejado del que él se solía fijar, pero no podía evitar la curiosidad al descubrir la sinceridad tan directa de la chica, quien estaba fijándose en su herida en vez de en él, llevándole a gastar una de sus insolentes bromas:
—La sonrisa y los ojos los tengo más bonitos, rubia —le dedicó con tono picarón.
A lo que ella respondió de una manera muy fría y distante, mirándole a los ojos:
—Es común, del montón. Pero la herida es original, al igual que tu falta de humildad y tu defecto visual, pues soy morena.
La cara de Raúl fue un auténtico cuadro. No supo ni qué responder ante semejante bordería de la chica. Sin embargo, eso mismo fue lo que le llamó la atención y, finalmente, lo que le enamoró.
Pasaron los tres meses correspondientes a la rehabilitación. Los pacientes que habían pasado todos juntos esa fase realizaron una cena de finalización, donde los flirteos entre la chica y Raúl eran cada vez más evidentes, pero él cometió el error de que siempre hablaba de más e incluso mantenía el mismo flirteo con otras. Por esta misma razón, cuando Raúl se ofreció a llevarla a casa paró en un parque cercano a la casa de la chica, donde poder hablar tranquilamente a solas.
—¿Por qué te caigo mal? —Sonreía mientras la miraba a los ojos.
—No me caes mal, Raúl. Si no, no estaría sentada aquí contigo.
Automáticamente, la besó de una manera un tanto fría y con las intenciones claras de querer algo más y, aprovechando el banco junto al parque y que era una zona totalmente oscura y poco transitada, acercó a la chica hacia él. En ningún momento habían dejado de besarse; la tensión sexual era muy evidente. Ella se sentó sobre él, dejando caer sus piernas por la parte de atrás del banco y acariciando la nuca de Raúl de una manera muy sensual. Se le notaba el erizamiento de los vellos cada vez más. Él aprovechó para coger con cada vez más fuerza la cintura de la chica. Era muy evidente el deseo carnal con cada gesto. Estaban a punto de entregarse, pues la chica estaba igual de desinhibida que él y con las mismas ganas de quitarle la ropa, pero de repente, a pesar de que en aquel momento fuera lo que más le apetecía, mordió el labio de Raúl y se levantó.
—Hoy no va a ser el día. Hoy no me apetece ser un número más.
—Estás de broma, ¿no? ¿De verdad me vas a dejar así? Pero si tú también quieres.
—Pero mi orgullo no me lo permite. Hasta pronto, rubio. —Se dio la vuelta sonriéndole y se fue.
—Hasta nunca, que eres una niñata chula y estúpida —le gritó enfadado y con cara de incrédulo.
Cada uno tiró hacia un lado. La chica se había preocupado con la última frase de él, pues realmente le apetecía, y mucho, estar con Raúl; pero no podía dejarse llevar. No era más que un niñato que solo quería un polvo, mientras que ella se acabaría pillando. Sabía que a pesar de estar culpándose por quedarse con las ganas, había hecho lo correcto para no sufrir.
Mientras tanto, Raúl no paraba de maldecirla por haberlo dejado tirado con el calentón. Su ego no se estaba creyendo lo que le acababa de pasar. Sin embargo, cuando llegó a su casa y encontró a su compañero de piso y amigo no paraba de reírse. Los nervios le hacían soltar una carcajada tras otra.
—Raúl, ¿qué te pasa? ¿Qué has fumado? —le preguntó Germán.
—Esa niña es una auténtica cabrona —le decía una y otra vez entre risas.
—No te has podido acostar con ella, ¿verdad? Pues me alegro. A ver si así se te bajan los humos. —Una frase que le dedicó mientras le golpeaba la rodilla.
—Llevo todo el camino pensando quién se cree. No está tan buena para que se lo tenga tan subido, pero ahora no puedo parar de reírme porque la hija de su madre sabe que no me voy a dar por vencido y la voy a llamar.
—Pues sin el número lo tienes difícil. —Ahora era Germán quien reía.
—Va a hacer que me lo curre. No será una noche de sexo sin más.
Y así fue. A los pocos días Raúl volvió a la clínica para sonsacarle el número de teléfono a la fisioterapeuta que los había tratado a los dos.
—Dolores, no seas así. No se lo voy a decir a nadie, pero necesito su número, por favor.
—Raúl, te conozco lo suficiente para saber que no te tomas nada en serio, empezando por tu propia salud. ¿Has seguido haciendo los ejercicios?
—No me cambies de tema. Después me regañas, pero dame el número.
—¿Por qué esa insistencia? Si ella no te soportaba. ¿No te has dado cuenta en estos tres meses? Siempre ha dicho que eras un niño de papá, un pijo repelente, prepotente y creído.
—Eso me está doliendo, así que merezco una recompensa por tus hirientes palabras —le dijo en tono irónico y con intento de poner cara de pena.
—Está bien, pero esta conversación nunca ha existido. Aquí lo tienes. Fotografía la tarjeta de paciente y vete.
—Dolores, eres la mejor. Sin duda, Dios te lo va a compensar con muchos hijos.
—Vete y no digas tonterías. Pero una cosa te digo, como mujer y como madre tuya que podría ser: no es de las tuyas, no es tu tipo.
—¿Y cuáles son de mi tipo? —Le dedicó la mejor sonrisa picarona.
—Sabes a lo que me refiero. Esta chica no te va a ser nada fácil. No es para nada hueca y es de las que te cortan el rollo rápido.
—Me gustan los retos —exclamó mientras le daba un beso en la frente y se fue de la consulta.
No esperó ni siquiera a salir por la puerta principal del hospital cuando ya estaba llamando; sin embargo, no tuvo fortuna y la chica no se lo cogió hasta el día siguiente por la noche. Tardó todo un día, para desesperación de Raúl, quien no pudo evitar que se le notara cuando por fin le cogió el teléfono:
—Sí, dígame.
—Rubia, ¿tú que pasa? ¿Que no sueles devolver las llamadas perdidas?
—¿Raúl? —La chica se mostró totalmente sorprendida.
—Así me llamo. ¿Qué tienes que hacer esta noche?
—Pues acostarme, mañana tengo clase. Te recuerdo que estoy en bachillerato y tengo selectividad en un mes.
—Es verdad, que eres toda una baby —bromeaba por la diferencia de cinco años.
—¿Me has llamado para decirme tonterías? ¿Qué quieres? ¿Y cómo tienes mi número?
—¿Te apetece ir a cenar este sábado?
—Prefiero comer. Por la noche he quedado para salir. ¿A qué hora?
—Te recojo a la una en el parque de la otra vez.
—Vale. —Colgó sin dar oportunidad de decirle nada más.
Durante mes y medio estuvieron quedando los sábados para comer y besarse a ratos. Se mandaban mensajes casi todos los días, cuyo contenido no era más que burlas del uno hacia el otro, junto con las trivialidades que les pasaban a lo largo del día, provocando el mismo efecto en ambos: una sonrisa pura, sincera, y la sensación de que algo más se estaba gestando.
El sábado siguiente de la Noche de San Juan quedaron a cenar y posteriormente decidieron irse a un mirador en la montaña donde poder hablar, hacer y deshacer sin dar explicaciones. Allí, nada más salir del coche, la chica se apoyó en el capó. Raúl, muy peliculero, comenzó diciendo lo bonitos que estaban el cielo y las estrellas hasta que, de repente, se giró hacia la chica y se colocó frente a ella, rozando nariz con nariz:
—¿Sabes una cosa? Eres como el vino: de las que mejoran cuando se las conoce y de las que van a madurar muy bien.
Acto seguido la besó, cogiendo con su mano derecha su cuello y mejilla mientras con la izquierda acercaba su cuerpo al suyo. Ella, totalmente receptiva, rodeó con sus piernas la cintura de él mientras le metía la mano en el bolsillo trasero para acercarlo aún más. Tras varios minutos en los que las chispas no paraban de saltar entre ambos, besándose en la boca y el cuello, de nuevo y de repente ella le mordió el labio; inmediatamente, él abrió los ojos y, con sus manos aún en su cuello y cintura, le dijo:
—Ni se te ocurra, rubia.
La chica, entre risas, le volvió a morder, pero esta vez más lentamente, y en un susurro le dijo:
—Era broma, rubio.
Cuando acabaron, Raúl se tumbó y rodeó con su brazo a la chica, besándola de nuevo en los labios y la frente; sin embargo, ella se levantó y comenzó a vestirse.
—¿Dónde vas? —preguntó con cara de preocupación.
—Ha valido la pena la espera, ¿no? Pero ya tienes lo que querías, ¿no? Pues entonces me voy.
—Yo no he dicho eso en ningún momento. —Se quedó totalmente incrédulo.
—Raúl, en todos estos meses te he escuchado decir mil barbaridades sobre todas aquellas chicas con las que te acuestas y cómo ninguna significaba nada. Sé que soy una más; soy consciente de ello desde la noche del parque. Pero no te preocupes. Cada uno lleva la vida que quiere.
—Pero… Pero… Rubia. —No podía decir una frase completa. Los nervios no le dejaban vocalizar bien; estaba totalmente sorprendido.
—No te preocupes, que hay una parada aquí. Aquí tienes una amiga para lo que necesites, ya lo sabes.
Le dio un beso y se fue.
Esa noche, al llegar a casa, la conversación entre los dos amigos fue totalmente distinta a la del comienzo:
—Me gusta la niñata, Germán. Y no sé qué hacer.
—Normalmente, y es algo que ya sabes porque no llevas soltero toda tu vida, cuando te gusta alguien intentas salir con esa persona. Seguramente se te habrá olvidado, pero yo te lo recuerdo. —Su tono irónico crispó a Raúl.
—Muy gracioso, pero ella no está receptiva a tener nada conmigo.
—No, Raúl. No está receptiva a ser una más. Simplemente te está diciendo que no es fácil; no es una chica de una noche. Tú eres quien debe decidir si lo es o no.
—Cuatro años estudiando Psicología para al final decidir yo, Germán. Así no se puede ir por la vida siendo psicólogo —le dedicó a su amigo en tono de broma.
La siguiente llamada para quedar de nuevo fue por parte de Raúl. Necesitaba verla, contarle sus cosas y que la chica formara parte de su vida. Se estaban enamorando el uno del otro entre flirteos y borderías, entre cenas y noches de pasión. Llevaron durante más de nueve meses vida de pareja sin llegar a serlo. No quedaban con otras personas, no se eran infieles, pero al mismo tiempo no paraban de justificarse el uno al otro que no eran nada. Hasta que llegó el día donde los sentimientos no pudieron ocultarse más, siendo Raúl de nuevo quien dio el paso. Tras otra noche juntos, donde ella ya no se vestía y se iba, sino que se quedaban hablando horas hasta dormirse, fue cuando, mirándola a los ojos, él le dedicó un «te quiero» sincero y puro, brillándole los ojos, encontrándose con una respuesta que lo dejó totalmente frío: «Gracias».
La chica se hizo la dormida de inmediato, al igual que él. Ambos estaban nerviosos y no paraban de moverse. Él no comprendía qué acababa de pasar. Sentía ser el mayor calzonazos del mundo por abrirse y por cómo ella estaba jugando con él, y eso no podía permitírselo. La chica no comprendía por qué le acababa de decir «gracias» cuando realmente quería gritarle que lo quería y amaba cada segundo que pasaban juntos. Sabía que había generado una fractura en aquella relación o intento de iniciarla.
Cuando a la mañana siguiente se fue para casa, notó la mirada vacía de Raúl, quien se despidió muy fríamente y sin casi mirarla a los ojos. Estuvieron toda aquella semana sin hablarse, cinco días exactamente, en los que él se negó a llamarla mientras que ella no paraba de pensar y planear algo perfecto para poder recuperar la confianza y confesarle su verdadero sentimiento. Ese mismo viernes, el vuelo de Madrid a Málaga aterrizaba a las 14:10, como era habitual. Raúl tardaría en llegar a casa una hora aproximadamente, por lo que el plan de la chica tenía que estar listo a las 15:00. Y así fue: la chica confió en que, como de costumbre, Raúl bajaría a Marbella el fin de semana y, cuando este abrió la puerta, tenía su comida favorita preparada en la mesa, todas las persianas bajadas y el salón alumbrado con un par de velas.
Ella se había vestido como miles de veces él le había dicho que le encantaba: con una camisa suya y solo unas bragas de encaje fino de color negro y el pelo totalmente suelto. Estaba de pie, en mitad del salón, esperándolo y mirándolo a los ojos desde que entró por la puerta.
—Rubia, ¿qué es todo esto? —No podía dejar de mirar a su alrededor y sonreír, pues estaba cuidado cada mínimo detalle, hasta el colchón en mitad del salón.
—La semana pasada metí la pata. No esperaba que lo que yo sentía tú también lo hicieras. Me dio miedo oírlo de tu boca. Solo estaba acostumbrada a escucharlo en mi mente cuando te miro, te beso o simplemente te abrazo. Raúl, te quiero, y no te lo he dicho antes porque me dio miedo; no pensaba que la felicidad fuese tan real y sentida a tal extremo hasta que te conocí. —Acababa de entregarle todo, su corazón en bandeja. Por eso mismo agachó la mirada.
—Pero ¿miedo por qué, mi rubia? —le dijo mientras le levantaba la cara para mirarla a los ojos—. Hemos empezado algo sin comenzar, estamos sin estar, nos queremos sin decírnoslo, nos buscamos el uno al otro en cada momento, ambos sabemos de la necesidad del otro por estar juntos. Por esto mismo debemos…
—Ya sé. Dejarnos llevar y sobre todo llevarlo a nuestra manera. Pero me sentí mal cuando no te respondí, cuando sentí que esto se acababa y era por mi culpa.
—Aquí estamos. Quedémonos con esto y comencemos por el postre.
Tres segundos después estaban de pie, apoyados en la pared, dejando salir toda la tensión acumulada. De nuevo les sobraba ropa y les faltaban besos por darse.
Comenzaron así cuatro años de idas y venidas, de un año de estabilidad y seis meses sin dirigirse palabra. Se querían y se amaban, pero las circunstancias y las familias los separaron aún más. Principalmente la de él: se oponía por las diferencias sociales, mientras que la de la chica tardó años en saberlo, pues ya de por sí la relación no era buena y ella siempre sentía que no debía dar en casa explicación alguna de su vida privada.
Cabezones, orgullosos, celosos, directos y sinceros, sin duda alguna estaban hechos el uno para el otro, pero en otra etapa de sus vidas, como ellos mismos decían. Más adelante, cuando ninguna de sus vidas dependiera del control paternal, cuando pudieran ser ellos mismos en público como lo eran en la intimidad. De cinco años, estuvieron uno y medio siendo egoístas y pensando solo en la relación. El resto del tiempo se dejaron influenciar por las malas lenguas, los celos, los familiares y amigos entrometidos. Aun así, se veían una vez a la semana como mínimo para que el mundo se parara alrededor de ellos, para poder entregarse el uno al otro al desnudo y sin tapujos, para poder seguir amándose en silencio y siempre a escondidas.
Y ahí seguían, años después, buscándose cuando los problemas les agobiaban, no podían dormir por las pesadillas o simplemente querían verse. Raúl pasó a la habitación de la chica. Cuando alzó la cabeza, se dio cuenta de que ella ya estaba en pijama y dormía con una de sus camisetas olvidadas de veces anteriores, algo que no pudo disimular que le había encantado comprobar.
—¿Qué te pasa, rubio? —le preguntó con un gesto de preocupación mientras le acariciaba la nuca, el cuello y los abdominales para relajarlo. Estaba totalmente tenso.
—La empresa se va a pique y creo que es por mi culpa. No estoy dando la talla como debiera. Siento que estoy descentrado.
—¿Por qué? ¿Has vuelto a discutir con tu padre?
—¿Cuándo no discuto con él? —lo repitió dos veces de manera irónica—. No para de decirme que soy el peor hijo que ha podido tener. Según él, no valgo ni para elegir una mujer de bien.
—Tu padre ya me mete hasta en vuestras discusiones. No tiene suficiente con que no estemos juntos por él.
—Tampoco estamos separados. —Aprovechó para guiñarle y robarle un beso.
—Descansa, cariño. Te noto agotado y mañana tienes reunión a primera hora.
Apagaron la luz y se fueron a dormir, ella apoyada en el pectoral de él y con las piernas entrelazadas mientras Raúl la abrazaba. Una postura muy romántica en la que duraban segundos. Ambos eran igual de nerviosos hasta durmiendo y siempre acababan de cualquier forma, dispersos sobre la cama y robándose las sábanas en época de frío. A la mañana siguiente, Cristina ya se había ido a clase cuando la chica se levantó a preparar el desayuno y llevarlo a la cama. Quedaron en verse para cenar y ponerse al día.
Tras despedirse con un par de achuchones, cada uno emprendió su camino hacia la rutina. La chica no se había dado cuenta de la hora, pero acababa de perderse la primera clase de Elena. Tendría que esperarse los veinte minutos del final y entrar de manera discreta, por si había suerte y no se había dado cuenta de su ausencia antes, como efectivamente ocurrió.
Las tardes en el café se repetían cada vez con más frecuencia. Es más, Elena hasta se atrevió un día a decirle a la chica, tras las clases y aprovechando que estaba sola:
—¿Te veo esta tarde? —le preguntó dándole un golpe en la cintura y dedicándole una sonrisa—. Le he dicho a Alfonso que os paséis sobre las ocho. Así puedo veros.
La chica se quedó muy cortada y se limitó a afirmar con la cabeza. A pesar de llevar semanas tomando café fuera de la facultad, en ningún momento el trato había sido diferente. Al contrario, la chica trataba a Elena de usted a pesar de que la propia profesora había mencionado en clase que se la tuteara sin problemas. Pero ella quería marcar distancia y dejar clara su postura de no aprovecharse de su buena relación fuera.
Camino al coche para volver a casa, pasaba la chica por el parking de motos cuando se encontró al Señor y este la paró con gesto preocupado:
—¿Cómo estás? ¿Cómo te va este cuatrimestre?
—Por ahora bien. Espero escapar mejor que el cuatrimestre anterior. Gracias por la preocupación. —Intentó proseguir.
—Espera —le dijo agarrándola por el brazo—. Tienes que tener cuidado. Te veo buena niña y por eso mismo quiero avisarte.
—¿Avisarme? ¿De qué? —Aprovechó para soltarse, pero ciertamente acababa de preocuparse al completo por aquella situación.
—De Elena. Es muy abierta con los alumnos. Esto acarrea muchas envidias y competencias entre los propios alumnos. Van a pensar mal por tu buena relación con ella.
—Pero mi relación con ella es cordial. Es más, nunca hemos hablado ni siquiera de sus clases.
—No seas inocente. Sabes de primera mano que pensarán mal. Solo te aconsejo que te alejes: no te va a venir bien. Únicamente puedo decirte eso hasta ahora. Es una compañera de trabajo y no puedo hablar más aunque quiera protegerte.
Se alejó de la chica mientras se ponía las gafas de sol, dejándola preocupada y pensativa al respecto. No cayó en reflexionar sobre cómo conocía esa relación ajena a la facultad. Tras unos minutos paralizada en mitad del parking, la chica siguió caminando hacia el coche y volvió a casa. Aquella tarde decidió no ir a tomar café. Tardaría cerca de semana y media en volver, por lo que Alfonso y Elena le preguntaron los motivos de su ausencia:
—Entre los estudios y que Raúl ha estado por aquí esta semana, pues no he tenido tiempo de quedar. —Justo al decir el nombre de Raúl se dio cuenta de que acababa de abrir la caja de Pandora y comenzó a intentar que lo olvidaran—. Pero contadme, ¿estáis los dos mejor con vuestros problemas? Ponedme al día.
—¿Tienes novio? —preguntó de inmediato Alfonso con cara de preocupación.
Ante el silencio de la chica por no saber qué responder a la pregunta —no eran novios, pero tampoco amigos «normales»—, Elena saltó a su rescate:
—Deja que la niña tenga lo que quiera —soltó de manera sarcástica.
—Pero nos tendrá que presentar a ese tal Raúl para nosotros darle el visto bueno. ¿Estudia o trabaja? ¿Qué edad tiene? ¿De dónde es? ¿Cuándo lo vas a traer una tarde? —Alfonso comenzó un tercer grado.
—Nunca —respondió de manera tajante y rotunda.
—¿Qué tiempo lleváis?
—No voy a responder nada, Alfonso. Son mis cosas.
—¿Tus cosas? Llevas dos meses escuchando las nuestras. Creo que nos merecemos que la confianza sea mutua porque sabes mucho de los dos.
—En eso lleva razón —apuntilló Elena en voz baja mientras asentía con la cabeza.
Un poco forzada, contó una historia muy ligera, de la cual cada uno de ellos sacó conclusiones totalmente distintas, siendo la de Alfonso la que más le molestó a la chica:
—Entonces llevas varios años siendo simplemente el juguete sexual de Raúl. Pues qué suerte tienen algunos —dijo mientras se acababa el cigarro, con un tono molesto.
—Yo no lo conozco a él —Elena intentó calmar la tensión creada con un tono suave y cariñoso—, pero como mujer y sin intención de ofenderte, te digo que tú sientes mucho más de lo contado por ese chico. Pero ojo, no te juzgo. Cada uno lleva su vida como quiere.
Salvada por la campana. Llegaba el camarero para traer una nueva ronda. Al volver a quedarse solos, Alfonso intentó sacar el tema de nuevo, ya que estaba realmente molesto con las últimas noticias de la chica. No entendía cómo podía estar involucrada en una relación así. Desde entonces ese nombre se convirtió en algo que le molestaba y agriaba su cara en todo momento. El odio hacia Raúl fue inmediato por su parte. Elena, muy rápida y ágil de pensamientos, captó la situación de inmediato, convirtiéndose en la mediadora cada vez que salía el tema de ahí en adelante.
La chica se fue de nuevo antes de cenar. Esta vez sí tenía planes y no era una excusa. Había quedado precisamente con Raúl, algo que remarcó al irse. Se despidió, esta vez con dos besos a Elena y con un toque en el hombro a Alfonso. Estaba disgustada y quería dejarlo claro.
Al llegar a la cena, la chica no pudo guardarse la pregunta que le rondaba en la cabeza sobre el tema y se la hizo a Raúl:
—¿Soy tu juguete sexual?
—¿O yo soy el tuyo? —preguntó Raúl entre risas, pensando que la chica estaba bromeando.
—Te lo estoy preguntando seriamente —dijo, esta vez de manera más rotunda.
—Ahora piensa: ¿le contarías tú a tu juguete sexual tus problemas? ¿Le mandarías cada noche un mensaje de buenas noches? ¿Tendrías a tu juguetito en la mente más que al propio trabajo?
—Lo siento. La conversación de esta tarde con Alfonso ha sido rara…
—¿Quién es Alfonso? —El nombre le sonaba, pero no caía en él.
La chica comenzó a refrescarle quién era Alfonso. Le había hablado de él en algunas ocasiones. Posteriormente le comentó la conversación que había tenido sobre la relación de ambos, ante lo que Raúl se mostró muy tajante:
—No pienso calentarme la cabeza por ese viejo, pero te digo que tengas cuidado. Tú lo ves como un padre y la reacción que te ha mostrado hoy es de celos. Ten cuidado, cariño.
Y sin conocerlo, lo caló al completo.
Tras la cena se fueron al hotel de Raúl. Querían pasar la noche juntos y despedirse, pues comenzaba la época de exámenes y no se verían en unos veinte días. No durmieron. Cuando se dieron cuenta de la hora, ya tocaba ducharse —juntos, por supuesto— e ir a sus respectivas rutinas. Raúl la dejó en la puerta del aulario. Al despedirse con un beso, vieron pasar a Elena, que se dirigía a la clase. Automáticamente, la chica se sonrojó y se metió corriendo en el aula. Primero tenían clase con Elena y después con Ernesto para poner fin al curso, y a su segundo año de carrera.
Fue uno de estos últimos días de clase cuando la chica le habló a Claudia, una compañera de clase con un carácter similar al de ella, pero con la que por distintas circunstancias nunca había cruzado palabra.
—También te han avisado de que estaba pasando lista de asistencia, ¿no? —comentó la chica en un tono amable para acercarse a conocerla.
