El poder de la conexión - Daniel Matías Halpern Jelin - E-Book

El poder de la conexión E-Book

Daniel Matías Halpern Jelin

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Beschreibung

Esteban tiene quince años y su mundo es una pantalla. Sus padres no entienden por qué ya no se junta con sus compañeros. "Si me va bien en el colegio… ¡Qué se meten!". Su vida transita entre Fortnite, YouTube e Instagram. No necesita más. "Déjalo, se le va a pasar". Pero no se le pasó. Y un día, todo cambió con cuatro palabras: "Me voy a matar". Esta no es solo la historia de Esteban. Es la de miles de jóvenes atrapados en un mundo digital sin límites, donde la hiperconexión esconde una profunda soledad, y también a padres desesperados que buscan conectarse con sus hijos. En El poder de la conexión Daniel Halpern explora, con datos, investigaciones y casos reales, cómo las redes sociales, los videojuegos y la pornografía impactan la salud emocional. Con un enfoque directo y revelador, este libro entrega herramientas para recuperar el control, fortalecer vínculos reales, construir una relación más sana con la tecnología y redescubrir el verdadero significado de la conexión.

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Seitenzahl: 295

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título: EL PODER DE LA CONEXIÓN: redes sociales, videojuegos y pornoAutor: Daniel Halpern. Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño de portada: Cristina Vergara Primera edición: marzo, 2025. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2025-A-1435 ISBN: Nº 9789563387940 eISBN: Nº 9789563387957

INTRODUCCIÓN ¿Qué va a pasar con mi Insta cuando me muera?

Mi interés por investigar el mundo digital comenzó el 2010, después de leer una entrevista a un juez en Estados Unidos que decía que la palabra más mencionada en los tribunales por casos de divorcio era “Facebook”. Ahí decidí explorar la relación entre esta red social y separación matrimonial. El resultado, publicado en una revista académica, se transformó en el primer estudio en mostrar que el uso de Facebook y las tasas de divorcio iban de la mano.

Para explicarlo, junto a mis colegas argumentamos que varias de las funcionalidades que ofrecía Facebook generaban: 1) mayores celos por el intercambio constante de mensajes y fotos con terceros, 2) facilidad para conectarse con personas con que se había tenido una relación anterior (“donde fuego hubo…”), y 3) bajaba los costos de encontrar pareja, lo que era consistente con investigaciones que indicaban que cuando el beneficio esperado de una nueva relación supera el costo de disolver la antigua, aumentaban las tasas de divorcio.

Lo interesante fue que a partir de esa publicación muchas personas reclamaron bajo el argumento de que habían encontrado pareja e incluso fortalecido su relación por el uso que hacían de la red social, mientras otros lo hicieron para llorar. ¿Qué he visto tras quince años de investigación? Una réplica de esa dualidad: las redes pueden sacar a relucir lo mejor de cada usuario potenciando su personalidad o también destruirlo afectando no solo su mundo virtual.

¿De qué depende? Del qué controla a qué: cuando lo digital es solo un medio y el foco está en el desarrollo del mundo presencial, se potencia la persona al profundizar sus conexiones y mejora su bienestar. Pero cuando la persona no se regula y prioriza el mundo digital, sus relaciones se empiezan a deteriorar.

El problema es que las redes hoy atrapan en el mundo perfecto de la imagen virtual y afectan a qué le damos prioridad. Hace un par de meses, en una charla a escolares de educación media, un estudiante me preguntó qué iba a pasar con su cuenta de Insta cuando se muera. “No te preocupes, un familiar la va a cerrar”, respondí. Sin embargo, aproveché de agregar: “¿Pero tú no te has preguntado para qué viniste a este mundo o qué va a pasar contigo cuando dejes de estar acá?”. Se quedó mirándome y me dijo: “No, en eso no tengo para qué pensar”.

Y es verdad, hoy las redes y los videojuegos, con su mundo perfecto y virtual, te dificultan ese “para qué pensar” al decirte qué cosas en tu vida debes priorizar. ¿Para qué pensar en algo con lo que no me puedo relacionar? Pero también por eso mismo me puse a investigar.

Este libro trae estudios, investigaciones y análisis de datos que demuestran cómo el regular nuestro mundo digital nos permite lograr mayor bienestar emocional. Pero más importante, habla de la espiritualidad que hoy se requiere para encontrarle sentido al mundo digital. Explica cómo reconocer las debilidades nos hace más fuertes y abrazar nuestras imperfecciones más felices.

Las personas que trabajan en educación saben que no hay recetas para ser padres perfectos, porque no existe ese tipo de padres. También sabemos que no hay hijos perfectos, porque si no tuvieran defectos se educarían solos. Ellos requieren de nuestra ayuda para poder desarrollar todo su potencial, y nosotros la de ellos para sacar nuestra mejor versión, que se produce solo cuando uno es capaz de dar. Es el poder que la conexión humana hoy sigue teniendo para sanar.

El mensaje es para adolescentes, padres y madres. Y el camino es largo, no tiene Apps ni tutoriales, tampoco atajos. Pero es el que más se echa de menos en la actual sociedad de la información: el del vínculo y la relación. Y acabas de comenzarlo. ¡Que lo disfrutes!

CAPÍTULO 1 La solicitud

Contacto para Asesoría

Recibidos

Francisco Arrollo Mejías. <[email protected]>

6 oct 2022, 21:19

Para: dmhalpern

Hola, Daniel,

Quería saber cómo contactarte para una orientación o asesoría sobre tema de smartphones. Tengo un hijo de quince años y ya está siendo mucho el tiempo que pasa conectado.

Tú diste una charla sobre pornografía digital en el colegio de mi hijo a la que lamentablemente no pudimos ir.

Mi teléfono es 917245051, nuestra idea es que nos puedas hacer una sesión de información / orientación en el tema.

Saludos,

Francisco Arrollo Mejías

Daniel Halpern. <dmhalpern>

8 oct 2022, 23:06

Para Francisco

Hola, Francisco, ojalá pudiera ayudarlos, pero la verdad es que no hago esto porque no soy terapeuta, feliz de orientarlos, pero no creo ser la persona indicada. Creo que hay profesionales que se dedican a esto, yo no tengo experiencia al respecto. Si quieres puedo recomendarte a alguien si me explicas mejor el caso.

Saludos y mucho éxito,

Daniel

Francisco Arrollo Mejías. <[email protected]>

12 oct 2022, 21:08

Para dmhalpern

Hola, Daniel,

Entiendo, pero ¿es posible que nos des un número al cual podamos llamarte? La verdad estamos un poco nerviosos como padres porque nos ha tocado ver muchas conductas extrañas y cosas que no habíamos visto antes. Te agradeceríamos mucho si nos pudieras llamar. Entendemos el límite con lo terapéutico, pero no nos ha funcionado, por eso preferimos conversarlo contigo.

Nos cuentas cómo lo hacemos. La reunión podría ser por zoom.

Saludos y mil gracias,

Francisco

No es fácil responder un email cuando te piden hacer algo que no quieres. Uno se incomoda y no sabe qué decir. Pero tampoco es culpa del otro: tendemos a evitar decir “no” de forma frontal y buscamos excusas para disimular la razón. Así además justificamos el rechazo. ¿Cómo reconocer cuando uno no lo quiere hacer? Porque es justo en ese proceso de convencimiento a uno mismo cuando aparecen las excusas, que si las viera un tercero nos advertiría que son falsas. Por eso mismo tendemos a callarlas, para que justamente no aparezca ese tercero.

Por esa razón, quizás, no le respondí. ¿Han probado el silencio como respuesta? Es por lejos la peor opción, pero la que más se utiliza. El email tampoco ayuda, genera poco compromiso. Yo sé lo que podrían estar pensando: “qué te importa, trabajo es trabajo, explícale lo que sabes, dale algunos consejos, mal que mal ¡para eso tienes un PhD y has estudiado por más de diez años el impacto de la tecnología en adolescentes! Si funciona van a estar agradecidos y si no, a lo sumo siguen como antes. ¿Por qué vas a negarte antes de empezar? Por lo menos inténtalo”.

Y, sí, tienen razón, pero no es que no quiera hablar con padres. De hecho, empatizo mucho con ellos, entiendo cómo los jóvenes comienzan perdiendo el interés por todo lo que no es online, luego aparece la falta de motivación, las peleas, la desesperación de los papás para que hagan algo y cómo van empeorando hasta que sienten que encajan más en el mundo digital que en el offline.

En todo eso estaba pensando cuando llegó el tercer mensaje:

Francisco Arrollo Mejías. <[email protected]>

12 oct 2022, 21:08

Para dmhalpern

Hola, Daniel,

Perdona, pero aún no recibimos noticias tuyas. Habíamos quedado en hablar hace dos meses y aún no nos llamas, la situación cada vez se está haciendo más compleja y ya no sabemos qué hacer. Se llama Esteban, tiene quince años, creemos que tiene toda una vida por delante y queremos acompañarlo, sin embargo, esta semana tuvo dos ideas suicidas, entiendo que no eres terapeuta, pero estamos convencidos de que el mundo digital tiene algo que ver y creemos que nos puedes ayudar. ¿Podemos hablar?

Muchas gracias,

Francisco

Nunca había estado tan seguro como en ese momento de que no tenía que responder el mensaje. “¿Viste?, menos mal que no los llamaste, es un campo que escapa de tu experticia. ¡¿Qué vas a hacer tú con ese caso? ¿Sabes acaso cómo tratar ideaciones suicidas? ¡Si no eres terapeuta!”, me dije a mí mismo convencido y tranquilo, así al menos podía seguir trabajando como académico en el área de las comunicaciones, en capacitaciones con colegios y en los programas de educación digital.

En la noche, después de acostar a los niños, preparé unas galletas con pasta y subí a la pieza con dos copas de vino.

—¿Y qué milagro fue este? Sin que te dijera nada subiste temprano y con una copa.

—Para celebrar que estoy contigo nomás, como siempre.

—Sí, claro. ¿Cómo te fue hoy en el trabajo? ¿Alguna novedad?

—Tú siempre me dices que no te gusta hablar de trabajo antes de acostarnos.

—Sí, pero hoy es diferente, hace tiempo que no hablamos y quiero saber cómo te ha ido.

—Bien, justo hoy me tocó hacer tres capacitaciones a colegios y salieron muy buenas, además se inscribieron veinticinco estudiantes en el diplomado de la universidad.

—¡Qué bueno, te felicito! ¿Algo más que me quieras decir?

—No mucho. Una familia que me pidió ayudar a su hijo, pero nada, así que no te preocupes, les dije que no.

—¿Cómo fue eso?

—Me están pidiendo que los ayude porque creen que los problemas de su hijo vienen del mundo digital, les dije ya dos veces que no, pero están insistiendo. Menos mal que no les respondí, porque ahora me escribió de vuelta el papá y me dijo que su hijo tuvo ideas suicidas.

—A ver, deja leer qué te mandó.

Mientras ella leía de mi teléfono yo me di vuelta, como orgulloso de lo que había hecho, pensando que obviamente me iba a encontrar la razón.

—No entiendo.

—¿Qué cosa?

—¿Por qué no le respondiste para conversar con él?

—¿Y qué le voy a decir si no soy terapeuta?

—Ellos también saben que no eres terapeuta, ¿qué tiene eso que ver?

—Que no entiendo para qué me escriben si se escapa de lo que puedo hacer.

—¿Cómo? Cuando te llaman para dar la charla, te haces la estrella y cuando lo hacen para pedirte ayuda, el desentendido. ¿O soy yo la que no está entendiendo?

—Es que no soy terapeuta.

—¿Y a ti quién te dijo que había que ser terapeuta para escuchar o ayudar a alguien?

—¿Y qué pasa si me pide que empiece a hablar con su hijo?

—¿Y qué pasa si hay otra pandemia o una Tercera Guerra Mundial? Córtala con los escenarios, nada de eso hoy existe: uno hace lo que tiene que hacer nomás, y eso ahora para ti es responder el email de papás que están sufriendo.

—Ok, ya, tienes razón, le voy a escribir mañana.

—No, lo vas a hacer ahora, pídele disculpa por la demora que tuviste, trata de que hablen mañana y después te vienes a acostar acá conmigo.

CAPÍTULO 2 Mi señora

Cada vez que explico el rol de ella como académico o en EducomLab las personas dicen: “Detrás de todo gran hombre hay una mujer”. Y yo sonrío y les doy la razón. ¿Qué otra cosa podría hacer? Pero el dicho es solo un lugar común. Está lejos de su rol. El siguiente chiste quizás refleja un poco más quién es de verdad. Dice así:

El alcalde de la ciudad iba junto a su señora a un evento y antes de llegar pasan por una bencinera a cargar el estanque. El bencinero se acerca a atenderlos y la mujer lo reconoce de forma inmediata. Cuando se va le dice a su esposo:

—¿Viste al bombero que nos atendió? Salimos un par de veces y casi fuimos novios.

—Mira, ¿te das cuenta? —le dice orgulloso y con ironía—. ¡Cómo nos ha cambiado la vida, ah, ah! Ahora estás casada con el alcalde de la ciudad.

—No entiendes nada, si hubiéramos seguido juntos él ahora sería el alcalde de la ciudad.

A veces no entendemos nada y creemos comprenderlo todo. ¿Por qué tenía que escribirle de vuelta a una familia que necesitaba a un terapeuta si yo no era terapeuta? Porque era lógico y obvio. Porque eso hacen los buenos profesionales: le ofrecen ayuda y soluciones a personas que tienen problemas. Y mi señora lo vio y yo no. Me dio lo mismo. Y sí, en verdad tenía cientos de excusas, pero en realidad ninguna razón.

Porque, además, la verdad es que mi carrera profesional se la debo a mi mujer. Mi esposa fue la que hace doce años me pidió que investigara sobre cyberbullying. Habíamos regresado recién de Estados Unidos donde hicimos nuestros postgrados. Yo había estudiado el impacto social del uso de tecnología y ella se especializó en psicología educacional. El tema era que como académico tenía que escoger un área temática para investigar. Ella estaba a cargo del área de psicología en una red de colegios y me dijo que se necesitaba material sobre cyberbullying ya que no había casi nada. Y cuando debía decidir mi línea de investigación ella apareció y me dijo que trabajara con jóvenes, que me iba a gustar.

—Pero, mi amor, me quiero focalizar en el mundo de las empresas, va a ser mejor para nosotros como familia, lo veo más estable y nos va a dar más seguridad económica. Hay que verlo también por un tema de futuro, no creo que sea bueno que los dos dependamos del mundo educacional.

—Te vas a aburrir, tienes otro perfil, no te veo en el mundo corporativo.

—No estoy seguro.

—Yo estoy segura, siempre fuiste líder de movimientos juveniles, te va a gustar el mundo escolar, en verdad se necesita. Hay muchos otros que lo pueden hacer en empresas, pero no sé cuántos pueden empatizar, conectarse y hablar con jóvenes. Te tengo además una pregunta: ¿A nuestros hijos también les vas a decir que se dediquen a lo que les asegure una mejor situación económica?

Me convenció por fuera, pero sentía que me faltaba aún aceptarlo por dentro. Por eso me costó tanto informarle a la decana que el ciberacoso sería mi temática de investigación. Tenía que autorizarme la solicitud para poder postular al Fondo Nacional de Investigación, que en la jerga académica se llama Fondecyt. Era el año 2013.

—Va a ser sobre el impacto de la tecnología en el mundo escolar.

—Daniel, nosotros acá estudiamos comunicaciones, lo que tú estás planteando es para la Facultad de Educación, esta Facultad es la de Comunicaciones. ¿Qué te dio por estudiar algo que escapa de nuestro campo de acción?

Nunca imaginé que me cuestionaría el tema. No estaba preparado. ¿Qué le iba a decir? “Sí. Mira, yo sé, lo que pasa es que mi esposa me lo pidió. Es que ella en verdad me conoce más que yo mismo y sabe qué es lo mejor para mí. Además, es la que toma las decisiones en la casa”.

—Porque ahí está el futuro, todo está cambiando muy rápido y lo mejor para entender el impacto en los adultos es saber cómo afecta a niños y jóvenes.

—¿Y no crees que en las empresas se puede estudiar mejor el fenómeno? Son los primeros en adoptar los cambios.

—Sí, pero ya adoptan lo que está de moda. Si logramos entender a los jóvenes en el colegio, saber lo que los afecta y entender sus respuestas, podremos saber cómo y dónde nacen las verdaderas tendencias.

—Bueno, trata entonces.

No sé de dónde salieron los argumentos. Eran lógicos, pero nunca los había pensado. Si no me hubieran resultado, habría tenido que darle el número de mi esposa para que la llamara y explicara. Aunque creo que después de eso me habrían despedido. “¿Un investigador estudiando temáticas para generar pensamiento para los demás, pero que es incapaz de pensar por sí mismo?”. Lo pensé, pero no lo dije.

Yo aún no entendía muy bien lo que decía que haría, pero a veces en la vida uno propone y son otras fuerzas las que disponen. Algunos dicen que es la suerte, otros creen que solo es mérito de su esfuerzo, y unos pocos, más religiosos, lo ven como una respuesta espiritual. Sea como sea, postulé a la temática que me sugirió mi esposa y un grupo de expertos decidió darme los fondos para estudiar a jóvenes. Fueron más de ocho mil escolares los que investigamos en total.

Así nació mi primer estudio y adivinen qué: mi esposa tenía razón. Logré reunir a un equipo de investigadores y estudiamos cómo el cyberbullying afectaba socioemocionalmente a los jóvenes. Con los resultados que obtuvimos hicimos las primeras capacitaciones a profesores de colegios y hubo mucho interés por parte de directores, encargados de convivencia y del área de formación en una decena de establecimientos educacionales. Hasta que un colegio me pidió hablarles a los apoderados.

—Pero no entiendo, ustedes tienen varios psicólogos que saben mucho más del tema que yo, nosotros solo estamos investigando hace dos años.

—Sí, pero tú tienes un PhD y te van a escuchar más.

Ese fue mi primer clic. El auditorio se llenó y cuando terminé de hablarles se acercó una apoderada que trabajaba en otro colegio y me pidió dar una charla también a sus estudiantes. Fue amor a primera vista. Lo increíble fue que recién ahí empezó a hacerme sentido lo que para mi esposa era obvio. Comencé a investigar para después comunicar, algo muy poco común en la academia. La verdad fue que disfruté cada actividad que tuve con escolares. Esperaba que me llamaran para hablarles. Me ponía contento. Me sentía como un adolescente con la ilusión de que sonara el teléfono. Pensaba todo el tiempo en nuevas formas de llegar y potenciales mensajes para crear mayor impacto. Por primera vez comencé a leer varios libros al mes para poder hablar un par de minutos a la semana: necesitaba entender de mejor forma lo que sucedía con los jóvenes.

Pero nunca imaginé que terminaría dedicando tantas horas en ello. Hasta el año 2018 en que se suicidó una escolar. Es muy extraño lo que les voy a decir, pero la experiencia de tener que hablar sobre la muerte transformó en gran parte lo que estaba haciendo en mi vida. Sí, fue un suicidio. Terrible. No solo por lo que pasó, sino porque también reveló muchas cosas de las que no se hablaban, pero sí pasaban en el mundo escolar. Se conocieron los mensajes que se enviaban, el cómo se trataban, lo que se decían y la forma con que se destruían. Tuve decenas de reflexiones con estudiantes sobre cómo las palabras podían ser utilizadas para construir personas, pero también para destruirlas, lo que me llevó a dejar de cuestionarme el porqué la muerte nos separa de los que se van, para comenzar a focalizarme en el porqué la vida nos une con los que se quedan.

Porque cuando, el 22 de mayo, la joven de dieciséis años Katherine Winter ingresó al Starbucks de avenida Ricardo Lyon en Providencia para terminar con su vida en el baño del segundo piso, su suicidio no hizo más que hacer público para el mundo de los adultos lo que todos los jóvenes ya sabían: cómo la toxicidad de las redes, especialmente los “perfiles de confesiones” y canales anónimos, estaban matando, literalmente, jóvenes.

Y sí, es cierto que fue ella misma la que se autoinflingió, pero también es una realidad que los últimos días de su vida tuvo que lidiar con mensajes que la denigraban de forma pública. De hecho, un reportaje mostró que gran parte de los ataques vinieron desde un grupo de Facebook que manejaban los alumnos en su colegio, que tenía un nombre secreto, Millard Forso, para que ningún padre o directivo pudiera detectarlo. Los estudiantes posteaban, entre otras cosas, mensajes de alumnos que se jactaban de sus conquistas, comentarios sobre los cuerpos de las estudiantes más chicas o situaciones de carácter sexual que ocurrían en las fiestas durante el fin de semana. Y fue en ese mismo espacio que a ella le habrían dicho en reiteradas oportunidades que era una “puta”.

¿Fue una novedad para nosotros? Ya sabíamos que el ciberacoso mataba, lo veíamos con los estudios. Pero esa tarde fue distinto: lo vimos de frente, sin datos ni números, en una sola realidad. Iósif Stalin decía que una única muerte es una tragedia, mientras que un millón de muertes es una estadística. Eso hizo un dictador que mató a millones de personas. Y de forma similar, ese día también me di cuenta de que no quería estudiar solo los números que entregaban los estudios: decidí parcialmente entrar en “el negocio” de las personas. En ese que uno escucha, trata de empatizar y responde emails para ayudar.

El acoso mata. Y si bien es cierto hay estudiantes que no se mueren con el cyberbullying, que aguantan estoicos y sin ningún tipo de rasguños, que se ven enteros, como si no les doliera, nadie sabe con certeza cómo quedan o están por dentro. Lo cierto es que en el momento en que comienzan los mensajes duros, que buscan destruir a los demás, porque al final eso es lo que hacen, destruir de forma pública a los demás en lo que hoy más les duele, como es su reputación digital, la ruleta rusa empieza a girar. Y nadie sabe con quién puede continuar.

Así al menos lo entendieron los colegios ese segundo semestre del año 2018, porque al parecer, el solo pensar que podía pasar también en su institución los aterró y comenzaron a llamarme para ir a hablar sobre ciberacoso. Fue en ese momento cuando mi esposa volvió a levantar su voz para decidir el próximo desarrollo profesional.

“Voy a renunciar a los colegios, creo que llegó el momento de hacer algo juntos. No tiene sentido que sigan muriendo niños. Hagamos un programa de ciberacoso para ayudar a detener esto. Yo ya tengo la expertiz desarrollando clases para los colegios en el área de psicología, tú tienes toda la investigación y los estudiantes te escuchan. Lo único es evitar hablar de trabajo en la noche, ¿vas a poder?”.

CAPÍTULO 3 El encuentro

Daniel Halpern<dmhalpern>

8 oct 2022, 23:06

Hola, Francisco, disculpa la demora. Lamento lo que me ha costado coordinar. Quedamos entonces para mañana a las 9. Te pido, por favor, que me mandes el link o agendes directamente en el calendar. Nos vemos.

Saludos y mucho éxito,

Daniel

—Daniel, muchas gracias por aceptar reunirte con nosotros, te lo agradecemos mucho.

—No, al contrario, les pido disculpas nuevamente por haberme demorado tanto en responder. Lo único eso sí, es que quiero ser honesto y advertirles que no sé si voy a poder ayudar.

—Daniel, quiero que sepas que nuestro hijo ya ha estado con psicólogos, sabemos cómo es y creemos que no tienes que ser terapeuta para ayudar.

—¿Qué es lo que esperan?

Los padres se miraron resignados. La madre lo iba a decir, pero él la tomó del brazo para impedírselo. Ella lo miró como diciendo que la dejara, que no tenía sentido callar. Después de unos tensos segundos ella abrió la boca y él miró hacia arriba, dejando salir el aire aprisionado en sus pulmones:

—Daniel, tienes que saber que hace unas semanas, después de una pelea conmigo en que le prohibí seguir jugando en la tarde si no hacía algo más durante el día, lo amenacé con castigarlo sin jugar el fin de semana. Sin sacar sus ojos de la pantalla me dijo que ya había hecho las tareas, “¡qué más quieres que haga, ya terminé con lo que tengo que hacer, ahora déjame!”, yo le respondí que no sabía pero que no podía seguir jugando y no hacer nada más de su vida.

Y en la desesperación de ver cómo perdía a mi hijo, le dije que hiciera lo que quisiera, pero fuera de la pantalla, que saliera a caminar, a andar en bicicleta o a juntarse con alguien. Me dijo que sus amigos estaban en el videojuego y que lo dejara. Le dije que en verdad lo iba a castigar. Me respondió que igual le daba lo mismo, porque al final nunca cumplía. Le dije que no me probara y ahí, sin más recursos que mis manos, le tiré los cables del computador hasta que la pantalla se fue a negro. Se quedó mirándome con ojos de odio, como nunca lo había hecho, y ahí me dijo, con la misma boca que lo vi nacer, que si lo volvía a hacer se iba a matar, “¿me escuchaste?”. Y yo solo atiné a repetirle que no me probara.

—Daniel, nos sentimos solos.

—Entiendo su dolor, pero de verdad no sé en qué podría ayudar.

—Ya sabemos, nos dijiste ya por email. De todas formas creemos que puedes tratar, sabes del tema y trabajas con jóvenes. Yo te he escuchado hablando en charlas a colegios, seguro vas a tener algo para decirle.

—Es distinto hablarles a muchas personas juntas que a una sola por separado.

—¿Pero vas a conversar con él?

—Lo voy a intentar.

—Por favor, creo que es mejor si vienes para acá, no le gusta mucho salir ni se siente cómodo fuera del colegio o de la casa.

—No hay problema, voy a ir para allá.

Debo reconocer que fui sin ganas. Estaba nervioso. Un poco molesto quizás también. No me gustaba la idea de ser terapeuta. Menos lidiar con la responsabilidad de que un niño, al que no conocía, se pudiera llegar a suicidar. Y son las cosas que justamente no me gusta pensar, por eso me costó tanto al comienzo ponerme en el lugar de los papás. Cuando llegué, estaban los dos en la entrada.

—Hola, Daniel, mucho gusto, muchas gracias por estar acá.

—Espero poder ayudar.

—Esteban ya sabe que vienes.

Toqué la puerta de su pieza, pero nadie respondió. Después de unos segundos, su mamá no aguantó y entró. “Esteban. Te dije que venía Daniel. Por favor, apaga ahora el computador. Los dejo, que les vaya bien”. Y se fue. Y yo me quedé ahí, solo con un adolescente, que obligado por la mamá había levantado su mirada de la pantalla.

“Hola”, le dije con voz tímida. “¿Cómo estás? Soy profesor en la Universidad Católica. Por lo que dijo tu mamá, entiendo que sabías que venía a conversar”.

“Hola”, me dijo en seco, sin ningún ánimo de hablar.

“Me pidieron que viniera para hablar del mundo digital. Lo he estudiado por años y creo que te puedo ayudar. ¿Te parece si nos sentamos a conversar?”.

“Sí, aunque no sé muy bien de qué podemos hablar”.

Cuando los padres me preguntaban qué hacer cuando tenían un hijo con dependencia digital, yo les recomendaba no criticar directamente el cómo su hijo se relacionaba con el mundo online, sino que, en vez de retarlo, hicieran juntos un test de adicción digital. Y la verdad era que en el 99 % de los casos el resultado era de dependencia, por lo que de esa forma los jóvenes se daban cuenta por sí solos de que tenían un problema. Dejen explicar de mejor forma lo que me ha dejado la experiencia: cuando uno les habla de forma directa sobre su problema, generalmente se niegan a escuchar y creen que uno es el que no entiende qué es vivir hoy en un ambiente de videojuegos. Pero cuando son ellos los que lo ven, sin que uno se los diga, miran el fenómeno de forma distinta y se motivaban un poco más para mejorar.

“Me interesa que hagamos algo en conjunto, ¿te parece hacer un test en Internet?”. Se quedó mirándome con lástima, de forma desinteresada, casi como si fuera un extraño que venía a molestarlo. Pensé que se iba a negar, pero cuando agregué: “Dura solo cinco minutos”, accedió y me dijo que sí, que lo podía tomar. Le expliqué cómo se tomaba y le dije que no había respuestas malas o buenas, y que lo único importante era su sinceridad. Me dijo que no había problema, y le expliqué que solo debía anotar el nivel de frecuencia con que le ocurría cada una de las situaciones que iba a leer. Así comenzamos:

Me resulta muy difícil parar una vez que comienzo a jugar.

He dejado de salir con amigos o hacer cosas con ellos para jugar.

Lo primero que hago cuando llego a casa después de clase es ponerme a jugar.

He fingido estar enfermo para evitar ir a clases o hacer tareas para poder jugar.

Cuando terminamos el test era evidente que Esteban tenía una dependencia a videojuegos. Salió alto en los tres aspectos del test: juego impulsivo, juego compulsivo y percepción de problemas asociados. Yo me quedé mirándolo, esperando que me comentara algo, pero la indiferencia era total.

—Esteban, no sé si pudiste ver los resultados. Mira, acá hay un test con puntaje normal y estos son los resultados que obtuviste, te pido que compares y leas las conclusiones que ves de lo que significa tu puntaje y dime, por favor, qué piensas de ello.

Después de leer la explicación y los resultados, si bien al comienzo puso un poco más atención al compararse con otros puntajes, poco a poco fue moviendo la cabeza de lado a lado, negando lo que las palabras decían, hasta que volvió a compararse con sus amigos gamers.

—Creo que soy igual que la mayoría de los jóvenes de mi edad, no veo por qué debería preocuparme.

—Pero lo que muestran los resultados es que justamente no eres igual al 99 % de las personas de tu edad, por algo tu test marca el máximo en casi todos los aspectos.

—Pero sí soy igual a todos los que conozco y con los que me relaciono.

—No te estoy diciendo que no, pero puede ser entonces que todo tu grupo de amigos tenga un grado de dependencia.

—O sea, déjame ver si entiendo bien, ¿me estás diciendo que yo y todos mis amigos, todos, tenemos problemas con los videojuegos? No te entiendo, ¿no será que este test es el que está mal o ustedes no saben cómo son los jóvenes hoy?

—Esteban: dos cosas. La primera es que ahora yo me estoy preocupando por ti, no por tus amigos, me interesa saber cómo estás tú, no lo que hacen ellos, ¿me entiendes?

—Sí, mi mamá me dice lo mismo, por supuesto que lo entiendo, son ustedes los que no entienden cómo son los jóvenes hoy.

—Ok, vamos con lo segundo que te quería decir. Muchas veces, cuando las personas piensan o actúan diferente al resto, en vez de aceptar que ellos son distintos, generalizan a partir de lo que ven y creen que el mundo es así. Por ejemplo, ¿has escuchado sobre el movimiento de los terraplanistas?

—Sí, los que piensan que la tierra es plana.

—Exacto, ellos se relacionan con gente que piensa igual a ellos, conversan e interactúan en las redes sociales con contactos que creen en lo mismo, por lo tanto, piensan que ese tipo de mirada frente a la vida es lo normal, ya que las redes sociales les muestra solo a personas que tienen sus mismas creencias, entonces les es más fácil creer que una persona está equivocada cuando piensa que la tierra es redonda, porque además está seguro de que la mayoría cree como ellos, ¿me entiendes la analogía?

—Sí, pero yo y mis amigos estamos bien.

Estuve a punto de llamar a mi esposa y decirle: “Te dije que tenía razón, que no sirvo para esto”. Sentía que todas mis palabras caían en el vacío. No sabía qué decirle, y en la desesperación le mencioné la posibilidad de que tuviera una adicción a los videojuegos, como lo decía el test, y le hablé sobre algunos de los estudios con datos que demostraban el efecto negativo de los videojuegos en la vida social de los adolescentes, y que entre otras cosas podían aumentar el riesgo de aislamiento social.

—Esteban, toda persona que cae en conductas extremas, por definición, cree que es equilibrado, sería muy extraño que una persona se viera a sí mismo como si tuviera un problema. ¿Y qué es lo que hace para sentirse equilibrada? Busca personas que están en los extremos para decir que lo que ella hace es lo normal, ven por ejemplo a niños que dejaron de ir al colegio por jugar y creen que ellos son los adictos “pero no yo, porque yo sí voy al colegio”. Así creen que sí están bien, ya que, al compararse con esos casos, sienten que sí pueden controlar lo que sucede a su alrededor. Hasta que se produce un quiebre y se dan cuenta de que es la adicción la que los controla. Los psicólogos lo llaman “tocar fondo”, el problema es que algunos tardan muchos años en darse cuenta de ello, por eso lo ideal es ver el problema antes de que uno caiga.

—No sé por qué me estás hablando de adicción, no consumo nada.

—¿Te refieres a drogas?

—Sí, no soy adicto, nunca he probado ni siquiera marihuana en mi vida.

—¿Y tú sabías que hay personas que son adictas a otras cosas, como por ejemplo a las apuestas o al juego? Son los ludópatas y por eso estoy yo acá, porque como vimos juntos en el test, al revisar la cantidad de tiempo que pasas en videojuegos, ese tipo de conductas también pueden denominarse una adicción, lo que generalmente sucede cuando dejas de controlar el tiempo que pasas jugando, y pasa a ser el juego el que te controla a ti.

—Si fuera así no iría al colegio y me quedaría jugando todo el día en mi casa.

—Pero quizás vas al colegio solamente porque sabes que estás obligado y no tienes otra posibilidad. Sin embargo, apenas llegas o puedes, sí te pones a jugar.

—Pero me va bien, tengo buenas notas, si fuera adicto me iría mal, ¿no es así?

—Eres inteligente, por eso te va bien, tienes potencial para ser lo que quieras ser, no dejes que te lo quite el videojuego.

—No entiendo lo que me estás diciendo.

—Déjame hacerte una sola pregunta: ¿cuántos amigos crees que tienes?

—¿Cómo? ¿Amigos? Para partir, todos con los que juego. ¿Por qué?

—Déjame definir entonces qué es un amigo. Si tienes un problema sobre algo íntimo, por ejemplo, que no podrías hablarlo de forma abierta con diferentes personas, pero quieres comentárselo a alguien porque sientes que necesitas hablarlo con una persona que pueda escucharte, o al revés, digamos que te arrepientes de algo que hiciste porque en verdad estuvo mal y quieres decírselo en privado a alguien porque es un tema sensible y sientes que necesitas conversarlo con un amigo, ¿a cuántas personas tendrías para decírselo?

—No lo sé.

—Podrías llamar, por ejemplo, por teléfono a uno de tus amigos con los que juegas, o juntarte en un lugar a tomar algo, y decirle que quieres conversar sobre algo serio.

—No lo sé.

—¿Puede ser que no tengas a nadie a quién llamar?

—No lo sé, ya te dije.

Fue una respuesta, pero no respondió lo que yo quería oír. No quiso responder. Me estaba diciendo que me callara. Fue la primera vez que lo vi bajar un poco la guardia y noté cómo se incomodaba al darse cuenta de su realidad. Hizo como que no le afectaba, pero era imposible no ver la molestia en su respuesta. Pensé que iba a poder apretarlo un poco, pero me equivoqué. Fue el comienzo del fin de nuestra relación.

—Esteban, me gustaría preguntarte algo, ¿tú sabes a qué me dedico?

—Sí, a molestar a niños que les gusta jugar videojuegos.

—Es cierto, pero además de eso, ¿sabes lo qué hago cuando no molesto a jóvenes como tú?

—No, y aún no sé por qué está acá, si mi mamá me dijo que íbamos a estar treinta minutos y ya se cumplieron.