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Franz kafka

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Beschreibung

«Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana.» Así empieza esta obra maestra de la literatura que fue publicada por primera vez en 1925 por Max Brod partiendo de los manuscritos que dejó Franz Kafka. Josef K., el protagonista, es acusado de un delito que nunca llegará a conocer y se ve envuelto en una maraña de la que no podrá salir. Nadie sabe quién dirige los engranajes que propician la detención y el posterior proceso. La situación en la que se encuentra el protagonista, a pesar de ser aparentemente absurda, se nos hace muy verosímil. En la novela aparecen abogados, jueces, ujieres, guardianes... que, en conjunto, dan una imagen impactante de los mecanismos de la Ley y del Estado. En Josef K. irá creciendo un sentimiento de culpa que conllevará su sumisión ante el proceso y que dará lugar al inesperado final del libro...

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Seitenzahl: 458

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Franz Kafka

El proceso

La reproducción del texto sigue el manuscrito del autor en su último estado reconocible. Incluye tanto los capítulos completos como los fragmentos de capítulos que se conservan. Los pasajes de texto suprimidos por Kafka no se incluyen en esta edición.

Arresto

Alguien debía de haber hablado mal de Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, una mañana lo arrestaron. La cocinera de la señora Grubach, su patrona, que todos los días hacia las ocho de la mañana le llevaba el desayuno, no acudió en esa ocasión. Aquello no había sucedido jamás. K. esperó aún un momento mirando desde su almohada a la anciana que vivía enfrente y que lo observaba con una curiosidad nada habitual en ella, pero luego, extrañado y hambriento a la vez, pulsó el timbre. Enseguida llamaron a la puerta y entró un hombre a quien jamás había visto en esa casa. Era delgado y de constitución fuerte, llevaba un traje negro y ceñido, provisto de diferentes pliegues, bolsillos, hebillas y botones, y de un cinturón igual que el de los trajes de viaje, por lo cual parecía especialmente práctico sin que uno supiera muy bien para qué servía todo aquello.

—¿Quién es usted? —preguntó K., incorporándose a medias en la cama.

Pero el hombre hizo caso omiso de la pregunta, como si hubiera que aceptar su presencia allí y se limitó a decir a su vez:

—¿Ha llamado usted?

—Anna tiene que traerme el desayuno —dijo K., tratando primero de averiguar en silencio, pensando atentamente, quién era en realidad aquel hombre.

Pero este no se expuso demasiado tiempo a sus miradas, sino que se volvió hacia la puerta que entreabrió un poco para decirle a alguien que, evidentemente, estaba tras ella:

—Quiere que Anna le traiga el desayuno.

Siguieron unas breves carcajadas en la habitación contigua, por el tono no era posible asegurar si se trataba de varias personas. Aunque por él el desconocido no hubiera podido enterarse de nada que no hubiera sabido ya de antemano, dijo a K. en tono de notificación:

—Es imposible.

—Pues eso sería algo nuevo —dijo K. saltando de la cama y poniéndose rápidamente los pantalones—. Voy a ver quién está en la habitación contigua y qué explicaciones me va a dar la señora Grubach por estas molestias.

Enseguida se dio cuenta de que no tenía que haber dicho eso en voz alta, pues con ello reconocía cierto derecho del desconocido a vigilarlo, pero en ese momento esto no le parecía importante. De todos modos, el desconocido lo interpretó así, porque dijo:

—¿No prefiere quedarse aquí?

—Ni quiero quedarme aquí ni que usted me dirija la palabra hasta que se haya presentado.

—Lo he dicho con buena intención —dijo el desconocido abriendo voluntariamente la puerta.

La habitación contigua, en la que K. entró más despacio de lo que quería, presentaba a primera vista casi el mismo aspecto que la noche anterior. Era el cuarto de estar de la señora Grubach; quizás había hoy un poco más de espacio que de ordinario en esa habitación repleta de muebles, tapetes, porcelana y fotografías; no podía apreciarse al instante, sobre todo porque el cambio principal consistía en la presencia de un hombre sentado junto a la ventana abierta con un libro del que levantó la vista justo en ese momento.

—¡Debería haberse quedado en su cuarto! ¿No se lo ha dicho Franz?

—Sí, ¿qué es lo que quiere usted? —dijo K. y, apartando la vista del individuo que acababa de conocer, miró al llamado Franz, que se había quedado de pie junto a la puerta, para volver a mirar luego al primero.

A través de la ventana abierta, se veía otra vez a la anciana que, con curiosidad verdaderamente senil, se había acercado a la ventana para poder seguir viéndolo todo.

—Pues quiero a la señora Grubach… —dijo K. y, haciendo un movimiento como si quisiera deshacerse de los dos hombres que, sin embargo, estaban a bastante distancia de él, trató de seguir andando.

—No —dijo el hombre que estaba junto a la ventana, arrojando el libro sobre la mesita y levantándose—. Usted no puede marcharse, está arrestado.

—Eso parece —dijo K.—. Y ¿por qué? —preguntó a continuación.

—No nos han encargado decírselo. Vaya a su cuarto y espere. El procedimiento acaba de iniciarse y se enterará de todo a su debido tiempo. Estoy sobrepasando mis atribuciones al hablarle con tanta amabilidad. Pero espero que no nos siga nadie más que Franz, él mismo es muy amable con usted en contra de toda norma. Si en adelante sigue teniendo tanta suerte como con la designación de sus guardianes, puede tener confianza.

K. quiso sentarse, pero entonces vio que en toda la habitación no había otro sitio donde sentarse más que la silla de la ventana.

—Ya verá como todo esto es cierto —dijo Franz y, junto con el otro hombre, se dirigió hacia él.

En particular este último era considerablemente más alto que K. y, a menudo, le daba palmaditas en los hombros. Ambos examinaron la camisa de dormir de K. y le dijeron que ahora tendría que ponerse una mucho peor, pero que se la guardarían igual que el resto de su ropa interior y que se la devolverían si su caso se resolvía favorablemente.

—Es mejor que nos dé las cosas a nosotros en vez de al almacén —dijeron—, porque en el almacén a menudo se producen fraudes y, además, allí todos los objetos se venden al cabo de un tiempo sin tener en cuenta si el proceso del que proceden ha terminado o no. ¡Y lo que duran los procesos así, sobre todo en los últimos tiempos! Al final usted recibiría del almacén el importe de la venta, pero este importe es, en primer lugar, bastante bajo, pues en la venta lo que decide no es lo alto de la oferta, sino lo alto del soborno, y, en segundo, por experiencia, tales importes van reduciéndose al pasar de mano en mano y de año en año.

K. apenas prestó atención a estas palabras; no valoraba demasiado el derecho, que quizá pudiera tener aún, a disponer de sus cosas; mucho más importante era para él obtener una información clara sobre su situación; en presencia de aquella gente, sin embargo, no podía siquiera reflexionar, y el segundo de los guardianes (pues solo podían ser guardianes) no dejaba de darle con la barriga de manera amablemente formal, pero si levantaba la vista veía una cara seca y huesuda con una nariz grande y torcida que en absoluto encajaba con aquel cuerpo obeso, una cara que, por encima de su cabeza, se entendía con la del otro guardián. ¿Qué hombres eran aquellos? ¿De qué hablaban? ¿De qué autoridades dependían? Porque K. vivía en un estado de derecho, la paz reinaba en todas partes, todas las leyes se respetaban, ¿quién se atrevía a asaltarlo en su propia casa? Siempre procuraba tomarse las cosas de la mejor manera posible, creyendo lo peor solo cuando sucedía, sin tomar ninguna precaución para el futuro, incluso cuando todo pareciera amenazarlo. Pero en este caso no le parecía lo acertado; sin duda podía verse todo como una broma, una broma pesada que, por razones desconocidas, quizá porque ese día cumplía treinta años, le habían preparado sus compañeros del banco; naturalmente era posible, quizá solo necesitaba reírse como fuera en las narices de sus guardianes para que ellos se rieran también, quizás no eran más que unos mozos contratados en la esquina de la calle, no eran muy distintos de ellos; a pesar de todo, esta vez estaba decidido, ya desde que había visto a Franz por primera vez, a no dejar escapar de sus manos la más mínima ventaja que pudiera tener sobre esa gente. K. veía poco peligro en el hecho de que después le dijeran que no había sabido entender una broma, pero se acordaba bien (sin que fuera su costumbre aprender de la experiencia) de algunos casos en sí insignificantes, en los cuales, a diferencia de sus amigos y sin la más mínima intuición para las posibles consecuencias, se había comportado deliberadamente de manera imprudente, y había sido castigado por ello. No debía suceder más, por lo menos no esta vez: si era una comedia, él también quería actuar.

Todavía era libre.

—Permítanme —dijo, y se fue rápidamente a su habitación pasando entre los guardianes.

—Parece sensato —oyó que decían a sus espaldas.

En su habitación abrió bruscamente los cajones del escritorio; allí todo estaba en perfecto orden, pero justamente en ese momento no pudo encontrar los papeles de identificación que buscaba a causa de su excitación. Al final encontró los papeles de la bicicleta y se disponía ya a llevárselos a los guardianes, pero entonces le parecieron demasiado insignificantes y siguió buscando hasta que encontró la partida de nacimiento. En el momento en que regresaba a la habitación contigua se abrió la puerta de enfrente y la señora Grubach se dispuso a entrar. No se la vio más que un momento, pues apenas K. la hubo reconocido, se quedó visiblemente turbada, pidió disculpas y desapareció cerrando la puerta con sumo cuidado. «Entre», hubiera podido decir K. Pero en ese momento se hallaba con sus papeles en medio de la habitación; miró hacia la puerta, que no se volvió a abrir, y únicamente lo sobresaltó una llamada de los guardianes que, sentados a la mesita que había junto a la ventana abierta, estaban devorando su desayuno, de lo cual K. se daba cuenta ahora.

—¿Por qué no ha entrado? —preguntó.

—No se le permite —dijo el guardián alto—. Está usted arrestado.

—Pero ¿cómo puedo estar arrestado? ¿Y además de este modo?

—Ya empieza usted otra vez —dijo el guardián, hundiendo un panecillo con mantequilla en el tarrito de la miel—. No respondemos a esas preguntas

—Tendrán que responderlas —dijo K.—. Aquí están mis documentos, enséñenme ustedes ahora los suyos y, sobre todo, la orden de arresto.

—¡Santo cielo! —dijo el guardián—. Que no sea usted capaz de aceptar su situación y que parezca empeñado en irritarnos inútilmente justo a nosotros, que tal vez seamos ahora las personas más próximas a usted de entre todos sus semejantes.

—Así es, créalo —dijo Franz sin llevarse a la boca la taza de café que tenía en la mano, sino dirigiendo a K. una larga mirada, probablemente significativa pero incomprensible.

K., sin quererlo, entabló un cruce de miradas con Franz, pero luego, golpeando sus papeles, dijo:

—Aquí están mis papeles.

—¿Y a nosotros qué nos importan? —gritó entonces el guardián más alto—. Se comporta usted peor que un niño. ¿Qué es lo que quiere? ¿Acaso quiere finiquitar rápidamente su maldito e ingente proceso discutiendo con nosotros, los guardianes, sobre los papeles y la orden de arresto? Somos simples empleados que no entendemos prácticamente nada de documentos de identificación y que no tenemos otra cosa que ver con su caso más que el hecho de que lo vigilamos diez horas diarias y nos pagan por ello. Eso es todo lo que somos, a pesar de que somos capaces de comprender que las altas autoridades a las que servimos se informan muy a fondo sobre los motivos y sobre la persona del arrestado antes de disponer un arresto así. En eso no hay ningún error. A nuestras autoridades, hasta donde yo las conozco, y conozco solo los grados inferiores, no se les ocurre buscar la culpa entre el pueblo, sino que, como dice la ley, es la culpa la que las atrae hacia ella y tienen que enviarnos a nosotros, los guardianes. Esto es ley. ¿Dónde cabría un error?

—No conozco esa ley —dijo K.

—Peor para usted —dijo el guardián.

—Debe existir únicamente en su cabeza —dijo K. tratando de meterse como fuera en los pensamientos de los guardianes para inclinarlos a su favor o adaptarse a ellos.

Pero el guardián se limitó a decir con un gesto de rechazo:

—Ya la sentirá en sus carnes.

Franz se metió en la conversación diciendo:

—Ya ves, Willem, admite que no conoce la ley y a la vez afirma ser inocente.

—Tienes toda la razón, pero a él no se le puede hacer comprender nada —dijo el otro.

K. ya no respondió. «¿Acaso debo —pensó— dejarme confundir por la palabrería de estos simples subalternos, tal como ellos mismos reconocen que son? En cualquier caso, hablan de cosas que ni siquiera entienden. Su seguridad solo es posible por su propia estupidez. Un par de palabras que intercambie con alguien de mi mismo nivel harán que todo resulte incomparablemente más claro que las conversaciones más largas con ellos». Recorrió unas cuantas veces el espacio libre de la habitación; al otro lado vio a la anciana, que había arrastrado hasta la ventana a un anciano mucho mayor que ella, al que tenía abrazado. K. tenía que poner fin a este espectáculo:

—Llévenme ante su superior —dijo.

—Cuando él lo desee, no antes —dijo el guardián llamado Willem—. Y ahora le aconsejo —añadió— que vaya a su habitación, se comporte con tranquilidad y espere a lo que se disponga sobre usted. Le aconsejamos que no se distraiga con pensamientos inútiles, sino que se concentre, serán muy exigentes con usted. No nos ha tratado como hubiera merecido nuestra buena disposición; ha olvidado usted que, seamos lo que seamos, al menos frente a usted somos hombres libres, y esto no es poca ventaja. A pesar de todo, si tiene dinero, estamos dispuestos a traerle un pequeño desayuno del café de enfrente.

Sin responder a esta oferta, K. permaneció un rato en silencio. Si abría la puerta de la habitación contigua o incluso la de la antesala, a lo mejor esos dos no se atreverían a impedírselo; es posible que la solución más fácil de todas fuera forzar la situación. Pero a lo mejor sí que lo cogían y, una vez arrojado al suelo, se habría perdido también toda la ventaja que, en determinado modo, mantenía sobre ellos. Por eso prefirió la seguridad de la solución que debía traer el curso natural de los acontecimientos y volvió a su cuarto sin mediar una palabra más entre él y los guardianes.

Se echó en la cama y cogió de la mesilla una espléndida manzana que se había preparado para el desayuno la noche anterior. Ahora era su único desayuno y, en cualquier caso, como pudo comprobar al primer bocado, mucho mejor de lo que habría sido el desayuno del sucio café nocturno que habría podido tener por la piedad de los guardianes. Se sentía bien y esperanzado; claro que en el banco no prestaría sus servicios aquella mañana, pero con el puesto relativamente alto que ocupaba allí, sería algo fácilmente disculpable. ¿Debía aducir la verdadera excusa? Pensó en hacerlo. Si no lo creían, cosa que en este caso era comprensible, entonces podría presentar a la señora Grubach como testigo o también a los dos ancianos de enfrente que, seguramente, estaban ahora de camino hacia la ventana que quedaba justo en el lado opuesto a la suya. A K. le extrañaba, al menos le extrañaba dada la forma de pensar de los guardianes, que lo hubiesen empujado a la habitación y lo hubiesen dejado allí solo, donde tenía diez veces más posibilidades de suicidarse. Sin embargo, al mismo tiempo se preguntaba, ateniéndose ahora a su propia forma de pensar, qué motivos podría tener para hacerlo. ¿Quizá porque aquellos dos estaban allí al lado y le habían quitado el desayuno? Habría sido tan absurdo suicidarse que él, aun cuando hubiera querido hacerlo, no habría sido capaz de ello precisamente por lo absurdo del hecho. Si la limitación intelectual de los guardianes no hubiese sido tan llamativa, habría podido suponerse que tampoco ellos, por ese mismo convencimiento, habrían visto peligro alguno en dejarlo solo. Que ahora vieran, si querían, cómo se dirigía hacia un armarito de pared, en el que guardaba un buen aguardiente, cómo vaciaba primero una copita en sustitución del desayuno y cómo destinaba una segunda a darse ánimos, esto último solo en previsión del caso improbable de que fuera necesario.

En ese momento un grito proveniente de la habitación contigua lo asustó de tal manera que dio con los dientes en el vaso.

—Lo llama el supervisor —dijeron.

Fue solo el grito lo que lo asustó, esa forma de gritar corta, seca, militar, de la que en absoluto habría creído capaz al guardián Franz. La orden en sí le resultaba muy grata.

—Por fin —respondió bien alto, cerró el armario de la pared y se dirigió a toda prisa hacia la habitación contigua. Allí estaban los dos guardianes que, como si fuera algo natural, volvieron a enviarlo a su habitación.

—¿Cómo se le ocurre? —gritaron—. ¿Quiere presentarse ante el supervisor en camisa de dormir? ¡Hará que le den de palos, y a nosotros también!

—Dejadme, maldita sea —exclamó K., que ya había retrocedido hasta su armario—, si me asaltan en la cama, no pueden esperar encontrarme de etiqueta.

—No sirve de nada —dijeron los guardianes que, siempre que K. gritaba, se quedaban muy tranquilos, casi tristes, confundiéndolo o haciendo que, en cierto modo, recobrase la compostura.

—¡Qué ceremonias tan ridículas! —gruñó aún, cogiendo, sin embargo, una chaqueta de la silla y levantándola un momentito con ambas manos, como si la sometiera al juicio de los guardianes.

Estos negaron con la cabeza.

—Tiene que ser una chaqueta negra —dijeron.

K. tiró entonces la chaqueta al suelo y dijo (sin saber él mismo siquiera en qué sentido lo decía):

—Pero si aún no es la vista oral.

Los guardianes sonrieron, pero se mantuvieron en su:

—Tiene que ser una chaqueta negra.

—Si de esa forma acelero el asunto, me parece bien —dijo K., abrió el armario de la ropa, buscó largo rato entre sus muchos trajes, escogió su mejor traje negro, un traje de vestir que, por su corte, casi había causado sensación entre sus conocidos, luego sacó también otra camisa y empezó a vestirse cuidadosamente.

En secreto creía haber conseguido acelerarlo todo por el hecho de que los guardianes habían olvidado obligarlo a ir al baño. Los observaba por si acaso sí se acordaran de ello, pero, naturalmente, no se les ocurrió; en cambio, Willem no se olvidó de enviar a Franz a decir al supervisor que K. se estaba vistiendo.

Cuando estuvo completamente vestido tuvo que pasar, casi pegado a Willem, por la habitación contigua, ahora vacía, hasta la habitación siguiente, cuya puerta de dos hojas se encontraba ya abierta. Como K. sabía muy bien, esa habitación la ocupaba desde hacía poco una tal señorita Bürstner, una mecanógrafa que acostumbraba a marcharse muy temprano al trabajo, que volvía tarde a casa y con la que K. no había intercambiado mucho más que algún que otro saludo. Ahora la mesilla que estaba junto a la cama se había puesto en el medio de la habitación cual mesa de sesiones y el supervisor estaba sentado tras ella. Tenía las piernas cruzadas y un brazo echado sobre el respaldo de la silla. En un rincón de la habitación había tres jóvenes mirando las fotografías de la señorita Bürstner, prendidas en la pared en una esterilla. Del picaporte de la ventana abierta colgaba una blusa blanca. En la ventana de enfrente volvían a estar los dos ancianos, si bien el grupo había aumentado porque detrás de ellos sobresalía un hombre con el pecho de la camisa desabrochado, que se mesaba y retorcía con los dedos una perilla rojiza.

—¿Josef K.? —preguntó el supervisor, quizá solo para atraer hacia sí la mirada distraída de K.

K. asintió con la cabeza.

—¿Está usted muy sorprendido con los acontecimientos de esta mañana? —preguntó el supervisor al tiempo que, con ambas manos, cambiaba de sitio los pocos objetos que había sobre la mesilla, la vela con las cerillitas, un libro y un acerico, como si fueran objetos que necesitara para la vista.

—Sin duda —dijo K., y lo sobrecogió la agradable sensación de estar por fin ante una persona razonable y poder hablar con él de sus asuntos—, sin duda estoy sorprendido, pero en absoluto muy sorprendido.

—¿No muy sorprendido? —preguntó el supervisor colocando la vela en el centro de la mesilla, mientras agrupaba el resto de las cosas a su alrededor.

—A lo mejor no me ha entendido bien —se apresuró a observar K.—. Quiero decir… —K. se interrumpió en este punto y miró a su alrededor buscando una silla—. Puedo sentarme, ¿no? —preguntó.

—No es lo habitual —respondió el supervisor.

—Quiero decir —dijo entonces K. sin más pausas— que sí estoy muy sorprendido, pero, cuando uno lleva treinta años en este mundo y ha tenido que abrirse camino solo, como me ha tocado a mí, se curte uno contra las sorpresas y no se las toma demasiado en serio. Sobre todo no la de hoy.

—¿Por qué sobre todo no la de hoy?

—No quiero decir que me tome todo esto como una broma, para ello me parecen un tanto excesivos los preparativos que se han dispuesto. Tendrían que haber participado todos los integrantes de la pensión y también todos ustedes, eso sobrepasaría los límites de una broma. Así que no quiero decir que sea una broma.

—Muy acertado —dijo el supervisor comprobando cuántas cerillas había en la cajita.

—Pero, por otra parte —continuó K. dirigiéndose a todos, e incluso le habría gustado dirigirse a los tres que estaban junto a las fotografías—, por otra parte el asunto no puede tener mucha importancia. Lo deduzco del hecho de que estoy acusado, pero no soy capaz de hallar la más mínima culpa por la que se me pudiera acusar. Pero esto también es secundario, la cuestión principal es: ¿quién me acusa? ¿Qué autoridad instruye la causa? ¿Son ustedes funcionarios? Ninguno de ustedes lleva uniforme, a menos que —y en este punto se volvió hacia Franz— se le quiera llamar uniforme a eso, pero más bien es un traje de viaje. Exijo claridad en lo tocante a estas cuestiones y estoy convencido de que, tras estas aclaraciones, podremos despedirnos con la mayor cordialidad.

El inspector golpeó la mesa con la caja de cerillas.

—Está usted en un grave error —dijo—. Estos señores y yo somos totalmente secundarios en lo que respecta a su caso, prácticamente no sabemos nada de él. Podríamos llevar los uniformes más reglamentarios y su caso no empeoraría. Tampoco puedo decirle si está usted acusado o, mejor aún, no sé si lo está. Usted está arrestado, eso es cierto, no sé nada más. A lo mejor los guardianes le han contado otra cosa, pero en ese caso no son más que cuentos. Así que si ahora no puedo contestar a sus preguntas, sí que puedo aconsejarle que piense menos en nosotros y en lo que le va a suceder, mejor piense más en usted. Y no arme tanto alboroto con sus sentimientos de inocencia, deteriora la impresión no precisamente mala que, por lo demás, da usted. También debería moderarse en general al hablar, casi todo lo que ha dicho antes, aunque no hubieran sido más que unas palabras, habría podido inferirse de su comportamiento, además no resultaba demasiado favorable para usted.

K. miró fijamente al inspector. ¿Le estaba dando lecciones elementales un hombre quizá más joven que él? ¿Lo castigaban con una reprimenda por su franqueza? ¿Y no le iban a decir nada del motivo de su arresto ni de quién lo había ordenado? Empezó a sentirse un poco nervioso, fue de un lado para otro, cosa que nadie le impidió, se subió los puños de la camisa, se tocó el pecho, se atusó el cabello, pasó ante los tres caballeros diciendo «esto no tiene sentido», a lo cual ellos se volvieron y lo miraron con deferencia, aunque con gesto serio, y, finalmente, se detuvo ante la mesa del supervisor.

—El fiscal Hasterer es un buen amigo mío —dijo—, ¿puedo llamarlo por teléfono?

—Claro —dijo el supervisor—, pero no sé qué sentido tiene, a no ser que tenga que hablar con él de un asunto privado.

—¿Qué sentido? —exclamó K. más perplejo que indignado—. Pero ¿quién es usted? Busca usted un sentido y hace la cosa más insensata que puede haber. ¿No es para clamar al cielo? Esos señores primero me han atropellado y ahora están ahí sentados o de pie dejándome hacer cabriolas ante usted. ¿Qué sentido tendría llamar a un fiscal cuando, supuestamente, estoy arrestado? Pues bien, no llamaré.

—Pues claro que sí —dijo el supervisor extendiendo la mano hacia la antesala, donde estaba el teléfono—, por favor, llame usted.

—No, ya no quiero —dijo K. y se dirigió a la ventana.

Junto a la de enfrente seguía aún aquel grupo que solo en ese momento pareció ver un poco alterada la calma de la contemplación por el hecho de que K. había aparecido en la ventana. Los ancianos intentaron levantarse, pero el hombre que estaba tras ellos los tranquilizó.

—Ahí también tenemos espectadores —le gritó K. bien alto al supervisor, señalando hacia fuera con el índice—. ¡Fuera de ahí! —gritó entonces hacia el otro lado.

Los tres retrocedieron enseguida unos pasos, los dos ancianos incluso detrás del hombre que los cubría con su ancho cuerpo y que, a deducir por los movimientos de sus labios, decía algo incomprensible debido a la distancia. Pero no desaparecieron del todo, sino que parecían esperar el momento en el que, sin ser advertidos, poder acercarse de nuevo a la ventana.

—¡Qué gente entrometida y desconsiderada! —dijo K. mientras regresaba a su habitación.

Posiblemente el supervisor estaba de acuerdo con él, como K. creyó percibir con una mirada de soslayo. Pero también era posible que no hubiera oído nada en absoluto, pues tenía una mano firmemente apretada contra la mesa y parecía estar comparando la longitud de sus dedos. Los dos guardianes estaban sentados sobre un baúl cubierto con un tapete, frotándose las rodillas. Los tres jóvenes se habían llevado las manos a la cadera y miraban a su alrededor sin objetivo fijo. Reinaba el silencio, como en cualquier despacho olvidado.

—Bueno, señores —exclamó K. y, por un momento, le pareció como si los llevara a todos sobre sus hombros—, a deducir por su aspecto mi asunto debería estar concluido. Soy de la opinión de que lo mejor es no pensar más en lo justificado o no de su conducta y dar al asunto un final conciliatorio con un apretón de manos. Si ustedes son de la misma opinión, entonces, por favor… —y se acercó hasta la mesa del supervisor y le tendió la mano.

El supervisor levantó la vista, se mordió los labios y miró la mano tendida de K.; K. seguía creyendo que el supervisor se la estrecharía. Pero se puso en pie, cogió un rígido bombín que estaba encima de la cama de la señorita Bürstner y se lo puso cuidadosamente con ambas manos, como se hace al probarse un sombrero nuevo.

—¡Qué fácil le parece a usted todo! —le dijo a K. entretanto—. ¿Decía usted que debíamos dar al asunto un final conciliador? No, no, eso es absolutamente imposible. Con lo que, por otra parte, no quiero decir que tenga usted que desesperar. No, ¿por qué habría de hacerlo? Usted solo está arrestado, nada más. Yo tenía que comunicárselo, lo he hecho y he visto también cómo se lo ha tomado. Con esto es suficiente por hoy y podemos despedirnos, aunque solo sea de momento. Ahora seguro que querrá ir al banco.

—¿Al banco? —preguntó K.—. Pensaba que estaba arrestado.

K. preguntó con cierto despecho, porque aunque su apretón de manos no había sido aceptado, se sentía cada vez más independiente de todas aquellas personas. Jugaba con ellos. En el caso de que se fueran, tenía la intención de echar a correr tras ellos hasta la puerta y proponerles que lo arrestaran. Por eso repitió:

—¿Cómo voy a ir al banco si estoy arrestado?

—Vaya —dijo el supervisor que estaba ya en la puerta—, me ha entendido usted mal. Usted está arrestado, claro que sí, pero eso no debe impedirle ejercer su profesión. Tampoco debe impedírsle que haga su vida normal.

—Entonces estar arrestado no es tan grave —dijo K. acercándose al supervisor.

—Nunca dije que lo fuera —dijo este.

—Pero entonces la notificación del arresto no parece que sea muy necesaria —dijo K. acercándose un poco más.

También los otros se habían acercado. Ahora todos estaban agrupados en un pequeño espacio junto a la puerta.

—Era mi obligación —dijo el supervisor.

—Una obligación estúpida —dijo K. inflexible.

—Puede ser —respondió el supervisor—, pero no vamos a perder el tiempo con tales conversaciones. Había supuesto que quería usted ir al banco. Pero ya que pone atención a toda palabra, añado: yo no le obligo a ir al banco, solo había supuesto que usted querría ir. Y para facilitárselo y hacer que su llegada al banco pase lo más inadvertida posible, he puesto aquí a estos tres caballeros, sus colegas, a su disposición.

—¿Cómo? —exclamó K. mirando asombrado a los tres.

Esos jóvenes tan impersonales y anémicos, a los que no recordaba más que como un grupo al lado de las fotografías, eran en efecto empleados de su banco, no colegas, eso era mucho decir y demostraba una laguna en la omnisciencia del supervisor, aunque en cualquier caso sí que eran empleados subordinados del banco. ¿Cómo es que K. no se había dado cuenta? Tenía que haber estado muy absorto en el supervisor y los guardianes para no reconocer a esos tres. Al estirado Rabensteiner, que no dejaba de mover las manos, a Kullich,[1] el rubio de ojos hundidos, y a Kaminer, con aquella sonrisa insoportable a causa de una deformación muscular crónica.

—Buenos días —dijo K. pasado un ratito, tendiendo la mano a aquellos caballeros, que se inclinaron cortésmente—. No los había reconocido. Ahora iremos a trabajar, ¿no?

Los caballeros asintieron sonriendo solícitamente, como si hubieran estado esperando aquello todo el tiempo; solo cuando K. echó de menos el sombrero, que se había quedado en su habitación, fueron todos juntos a cogerlo, uno tras otro, lo cual, al fin y al cabo, permitía deducir cierto bochorno. K. se quedó inmóvil viendo cómo pasaban por las dos puertas abiertas, el último, naturalmente, era Rabensteiner, el indiferente, que simplemente había empezado a andar con un elegante trote. Kaminer le alcanzó el sombrero y K. tuvo que decirse expresamente, como con frecuencia había tenido que hacer también en el banco, que la sonrisa de Kaminer no era intencionada, que no podía sonreír con intención. Entonces, en la antesala, la señora Grubach, que en absoluto parecía sentirse muy culpable, abrió a todo el grupo la puerta de la vivienda y K., como tantas veces, bajó la vista hasta la cinta de su delantal que, de manera tan innecesaria, se hundía con tanta profundidad en su enorme cuerpo. Abajo, con el reloj en la mano, K. decidió tomar un automóvil para no alargar innecesariamente la media hora que llevaba ya de retraso. Kaminer corrió hacia la esquina para coger el coche, los otros dos intentaban evidentemente distraer a K. cuando, de repente, Kullich señaló a la puerta de enfrente, en la que acababa de aparecer un hombre alto de perilla rubia que, en un primer momento un poco azorado por el hecho de que ahora se dejaba ver todo lo alto que era, retrocedió hacia la pared y se apoyó en ella. Los ancianos aún seguían en la escalera. A K. le molestó que Kullich le llamara la atención sobre aquel hombre, al que él ya había visto antes y al que incluso había estado esperando.

—No miren hacia allá —les impelió sin darse cuenta de lo llamativa que resultaba aquella forma de hablar con personas adultas.

Pero tampoco fue necesaria una explicación, pues en ese momento llegó el automóvil, se sentaron y se marcharon. Entonces K. se acordó de que no se había percatado de que el supervisor y los guardianes se habían ido: el supervisor le había ocultado a los empleados y los empleados habían hecho lo mismo con el supervisor. Esto no demostraba mucha lucidez, y K. se propuso ser más observador en ese sentido. Pero se volvió involuntariamente y se asomó por la parte trasera del vehículo, tal vez para ver todavía al supervisor y a los guardianes. Pero enseguida se volvió de nuevo sin haber intentado siquiera buscar a alguien, y se recostó cómodamente en su rincón del vehículo. Aunque no lo pareciera, precisamente ahora habría necesitado cualquier aliento, pero los caballeros parecían cansados: Rabensteiner miraba por el lado derecho del coche, Kullych por el izquierdo, y solo Kaminer quedaba a disposición con aquella sonrisa irónica, sobre la que, por desgracia, su humanidad le impedía gastar bromas.

Conversación con la señora Grubach,

Luego la señorita Bürstner

Aquella primavera K. solía pasar las noches de manera que, después del trabajo, si aún era posible (la mayoría de las veces se quedaba hasta las nueve en la oficina), daba un pequeño paseo solo o con algunos conocidos, y luego iba a una cervecería donde solía quedarse hasta las once en su mesa habitual junto con algunos caballeros, en su mayoría mayores que él. Sin embargo, había también excepciones a esta forma de repartir el tiempo, cuando, por ejemplo, el director del banco, que apreciaba mucho su laboriosidad y su confianza, invitaba a K. a un paseo en coche o a cenar en su mansión. Además, K. iba una vez por semana a ver a una chica llamada Elsa que de noche trabajaba de camarera en una taberna y de día solo recibía visitas en la cama.

Pero aquella noche (el día había pasado muy deprisa entre el trabajo agotador y las muchas felicitaciones, honrosas y amables, por su cumpleaños) K. quería irse a casa enseguida. Había pensado en ello durante las breves pausas del trabajo cotidiano; sin saber exactamente lo que pensaba, le parecía como si debido a los incidentes de la mañana se hubiera originado un gran desorden en toda la vivienda de la señora Grubach y que precisamente era a él a quien se necesitaba para volver a restablecer el orden. Pero una vez restablecido este orden, se borraría toda huella de aquellos incidentes y todo retomaría su antiguo curso. De los tres empleados en particular no había nada que temer, habían vuelto a sumergirse entre el ingente personal del banco, no se notaba ningún cambio en ellos. K. los había llamado varias veces a su despacho, juntos y por separado, sin otra intención que la de observarlos; siempre había podido despedirlos satisfecho.

Cuando a las nueve y media de la noche llegó a la casa en la que vivía, se encontró en la puerta a un joven con las piernas abiertas y fumando en pipa.

—¿Quién es usted? —preguntó K. acercando su rostro al del joven, no se veía demasiado en la penumbra del pasillo.

—Soy el hijo del portero, señor —respondió el joven quitándose la pipa de la boca y haciéndose a un lado.

—¿El hijo del portero? —preguntó K. golpeando impaciente con el bastón en el suelo.

—¿Desea algo el señor? ¿Quiere que llame a mi padre?

—No, no —dijo K., en su voz había un tono de indulgencia, como si el joven hubiera hecho algo malo y él se lo perdonase.

—Está bien —dijo entonces y siguió andando, pero antes de subir las escaleras se volvió una vez más.

Podría haber ido directamente a su habitación, pero como quería hablar con la señora Grubach, llamó sin demora a su puerta. Con una media de punto, estaba sentada a una mesa en la que había un montón de medias viejas. K. se disculpó distraídamente por ir a verla tan tarde, pero la señora Grubach era muy amable y no quería oír ninguna disculpa: que podía venir a hablar con ella a cualquier hora, que él sabía muy bien que era su mejor inquilino, y el más querido. K. echó un vistazo a la habitación, todo estaba de principio a fin en su antiguo estado, los cacharros del desayuno que antes estaban en la mesita de la ventana también se los habían llevado. «Unas manos de mujer hacen mucho trabajo en silencio», pensó, él tal vez habría roto los cacharros allí mismo, pero no habría sabido recogerlos. Contempló a la señora Grubach con cierto agradecimiento.

—¿Por qué trabaja usted hasta tan tarde? —preguntó.

Ahora ambos estaban sentados a la mesa y, de vez en cuando, K. metía una mano bajo las medias.

—Hay mucho trabajo —dijo—, durante el día me debo a los inquilinos; si quiero poner mis cosas en orden, solo me quedan las noches.

—Y encima yo le he dado hoy más trabajo de lo normal.

—¿Por qué? —preguntó volviéndose un poco más solícita, la labor descansaba sobre su regazo.

—Me refiero a los señores que estaban aquí esta mañana.

—Ah —dijo ella recobrando la serenidad—, eso no me ha dado ningún trabajo especial.

K. miró en silencio cómo volvía a coger la media. «Parece asombrarse de que le hable de ello —pensó—, es como si no le pareciera bien que lo hiciera. Por eso es mucho más importante que lo haga. Solo puedo hablar de ello con una anciana».

—Sí, seguro que le ha dado trabajo —dijo entonces—, pero no volverá a suceder.

—No, esto no puede volver a suceder —dijo ella reafirmando sus palabras y sonrió a K. casi con melancolía.

—¿Lo dice en serio? —preguntó K.

—Sí —dijo ella en un tono más bajo—, pero sobre todo no debe tomárselo demasiado en serio. ¡Qué cosas no pasan en este mundo! Ya que me habla usted con tanta confianza, señor K., puedo confesarle que escuché un poco detrás de la puerta y que los dos guardianes también me contaron algunas cosas. Se trata, en efecto, de su felicidad y eso es algo que me importa de veras, más quizá de lo que me corresponde, porque yo solo soy su patrona. Bueno, he oído algunas cosas, pero no puedo decir que sea algo especialmente malo. No. Cierto que está usted arrestado, pero no como se arresta a un ladrón. Si lo arrestan a uno como si fuera un ladrón la cosa es mala, pero este arresto… Me parece como si fuera algo de gente culta, que yo ni siquiera entiendo, pero que tampoco hay por qué entender.

—No es ninguna tontería lo que ha dicho, señora Grubach, al menos en parte yo también soy de su opinión, aunque lo juzgo todo con más rigor que usted y ni siquiera lo considero como algo de gente culta, sino como nada de nada. Me han cogido por sorpresa, eso es lo que ha pasado. Si me hubiera levantado inmediatamente después de despertarme sin haberme dejado desconcertar por la ausencia de Anna y, sin hacer caso a nadie que se hubiera cruzado en mi camino, hubiera ido a verla, hubiera desayunado excepcionalmente algo en la cocina y le hubiera pedido que me trajera la ropa de la habitación…, en resumen, si hubiera actuado con sensatez, no habría sucedido nada más, todo lo que hubiera de ocurrir se habría evitado. Pero uno está tan poco preparado… En el banco, por ejemplo, estoy preparado, allí sería imposible que me sucediera algo así, allí tengo mi propio ordenanza, en la mesa tengo delante el teléfono general y el teléfono del despacho, continuamente entra gente, clientes y empleados; pero además, y sobre todo allí, no dejo de estar en el entorno de trabajo y, por tanto, alerta, y sería un verdadero placer enfrentarme allí a algo así. Ahora ya ha pasado y en realidad no quería hablar más de ello, solo quería oír su juicio, el juicio de una mujer razonable, y estoy muy contento de que estemos de acuerdo. Pero ahora tiene usted que darme la mano, una coincidencia tal ha de reafirmarse con un apretón de manos.

«¿Me dará la mano? El supervisor no me la ha dado», pensó, mirando a la mujer de modo diferente, inquisitivo. Ella se levantó porque él también se había levantado, estaba un poco cohibida porque no había comprendido todo lo que había dicho K. Pero debido a esta cohibición dijo algo que en absoluto quería y que estaba totalmente fuera de lugar:

—No se lo tome tan en serio, señor K. —dijo con voz llorosa y, naturalmente, también se olvidó del apretón.

—No sabía que me lo tomaba tan en serio —dijo K., de repente cansado y comprendiendo lo inútil de cualquier aprobación de aquella mujer.

En la puerta preguntó aún:

—¿Está en casa la señorita Bürstner?

—No —dijo la señora Grubach, y, al dar tan seca información, sonrió con razonable simpatía, aunque un tanto retardada—. Está en el teatro. ¿Quería usted algo de ella? ¿Quiere que le diga algo?

—Bah, solo quería charlar un rato con ella.

—Lo siento, no sé cuándo vendrá; cuando va al teatro suele venir tarde.

—No tiene importancia —dijo K. volviéndose ya hacia la puerta, con la cabeza baja, para salir—, solo quería disculparme por haber utilizado hoy su cuarto.

—No es necesario, señor K., es usted demasiado considerado; la señorita no sabe nada, no ha estado en casa desde esta mañana temprano, además ya está todo ordenado, véalo usted mismo.

Y abrió la puerta del cuarto de la señorita Bürstner.

—Gracias, lo creo —dijo K. dirigiéndose, sin embargo, hacia la puerta abierta.

La luna brillaba en silencio en la oscura habitación. Hasta donde se podía ver, todo estaba ciertamente en su sitio, ni siquiera la blusa colgaba ya del picaporte de la ventana. Los almohadones de la cama parecían llamativamente altos, bañados en parte por la luz de la luna.

—La señorita a menudo vuelve tarde a casa —dijo K. mirando a la señora Grubach como si ella fuera la responsable.

—¡Los jóvenes son así! —dijo la señora Grubach disculpándose.

—Claro, claro —dijo K.—, pero la cosa puede ir demasiado lejos.

—Sí que puede —dijo la señora Grubach—, qué razón tiene usted, señor K. Incluso hasta en este caso. Claro que no quiero hablar mal de la señorita Bürstner, es una muchacha buena, encantadora, amable, ordenada, puntual y trabajadora, yo aprecio mucho todo eso, pero una cosa es cierta: debería ser más orgullosa, más reservada. Este mes ya la he visto dos veces en casas un poco apartadas y siempre con un hombre distinto. Me resulta muy bochornoso, por Dios todopoderoso que solo se lo cuento a usted, señor K., aunque no podré evitar hablar de ello también con la propia señorita. Por cierto que no es lo único que hace que me resulte sospechosa.

—Está usted totalmente equivocada —dijo K. furioso y prácticamente incapaz de ocultarlo—, además, es evidente que también ha entendido usted mal mi observación sobre la señorita, no era en ese sentido. Se lo advierto con toda franqueza, no le diga nada a la señorita, está usted en un absoluto error, conozco muy bien a la señorita, nada de lo que usted ha dicho es verdad. Pero quizá estoy yendo demasiado lejos, no quiero impedírselo, dígale lo que quiera. Buenas noches.

—Señor K. —dijo la señora Grubach con voz suplicante y se apresuró a seguir a K. hasta la puerta de su cuarto, que él ya había abierto—, aún no voy a hablar con la señorita, naturalmente quiero seguir observándola antes, solo le he confiado a usted lo que sabía. Al fin y al cabo todo huésped debe tenerlo en cuenta si de lo que se trata es de mantener el buen nombre de la pensión, y ese es mi único empeño en este caso.

—¡El buen nombre! —exclamó aún K. por la rendija de la puerta—. Si quiere usted mantener el buen nombre de la pensión, tendrá que echarme a mí primero.

Luego cerró de un portazo, sin hacer caso de unos leves golpes que sonaron después.

Por el contrario, como no tenía ganas de dormir, decidió permanecer aún despierto y aprovechar además la ocasión para comprobar a qué hora volvería a casa la señorita Bürstner. Tal vez entonces fuera posible, por inoportuno que pareciera, charlar con ella un momento. Mientras se apoyaba en la ventana y cerraba sus ojos cansados, pensó por un momento incluso en castigar a la señora Grubach y convencer a la señorita Bürstner para dejar la pensión con él. Pero al instante esto le pareció terriblemente exagerado, e incluso sospechaba que, por su parte, estaba dispuesto a cambiar de vivienda debido a los incidentes de esa mañana. Nada habría sido más absurdo y, sobre todo, más inútil y despreciable.

Cuando se hubo hartado de mirar a la calle vacía, se tumbó en el sofá tras haber entreabierto un poco la puerta que daba a la antesala para poder ver desde allí a cualquiera que entrase en la casa. Aproximadamente hasta las once estuvo tranquilamente tumbado en el sofá, fumando un puro. Pero a partir de ese momento ya no aguantó más y fue hacia el recibidor, como si así pudiera adelantar la llegada de la señorita Bürstner. No tenía ningún deseo especial de verla, ni siquiera podía recordar exactamente qué aspecto tenía, pero ahora quería hablar con ella y le irritaba que, por volver tan tarde, le trajera inquietud y desorden incluso al final de aquel día. Ella era también la culpable de que no hubiera cenado y de que hubiera renunciado a la visita a Elsa que tenía planeada para ese día. De todas formas aún podía remediar ambas cosas si iba a la taberna en la que trabajaba Elsa. Lo haría más tarde, tras la conversación con la señorita Bürstner.

Eran más de las doce y media cuando se oyó a alguien en la escalera. K., sumido en sus pensamientos, iba haciendo ruido de un lado a otro del vestíbulo como si fuese su propia habitación, corrió a esconderse detrás de su puerta. Era la señorita Bürstner, que había llegado. Tiritando de frío, se ciñó sobre sus estrechos hombros un chal de seda mientras cerraba la puerta con llave. Acto seguido tendría que ir a su habitación, en la que K., indudablemente, no podría entrar a media noche; así pues, tenía que hablarle ahora, aunque, por desgracia, había olvidado encender la luz eléctrica de su cuarto, de manera que su aparición, al salir de la habitación a oscuras, parecería un asalto o, cuando menos, le daría un buen susto. En medio de su desamparo, y como no había tiempo que perder, susurró por la rendija de la puerta:

—Señorita Bürstner.

Sonó como una súplica, no como una llamada.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó la señorita Bürstner mirando con los ojos muy abiertos a su alrededor.

—Soy yo —dijo K. adelantándose.

—¡Ah, señor K.! —dijo la señorita Bürstner sonriendo—. Buenas noches —y le tendió la mano.

—Quería hablar un momento con usted, ¿me permite hacerlo ahora?

—¿Ahora? —preguntó la señorita Bürstner—. ¿Tiene que ser ahora? Es un poco raro, ¿no?

—Llevo esperándola desde las nueve.

—Bueno, estaba en el teatro, no sabía nada de usted.

—El motivo de lo que quiero decirle ha tenido lugar hoy.

—Pues no tengo nada importante en contra, salvo que estoy muerta de cansancio. Así que pase un momento a mi habitación. Aquí no podemos conversar de ningún modo, despertaríamos a todos y eso sería más desagradable para nosotros que para ellos. Espere aquí a que haya encendido la luz de mi habitación y luego apague la de aquí.

K. así lo hizo, pero esperó aún a que la señorita Bürstner, desde su habitación, volviera a pedirle en voz baja que entrase.

—Siéntese —dijo ella señalándole la otomana; ella, a pesar del cansancio del que había hablado, se quedó en pie junto a los barrotes de la cama; ni siquiera se quitó el sombrero, pequeño pero adornado con multitud de flores—. Bueno, ¿qué quería? Verdaderamente tengo curiosidad.

Cruzó ligeramente las piernas.

—Es probable que diga —empezó diciendo K.— que la cosa no era tan urgente como para hablar de ello ahora, pero…

—Las introducciones siempre las paso por alto —dijo la señorita Bürstner.

—Eso me facilita la tarea —dijo K.—. Esta mañana, en cierto modo por mi culpa, han revuelto un poco su habitación, ha sido gente desconocida contra mi voluntad, pero, como digo, por mi culpa, por eso quería pedirle disculpas.

—¿Mi habitación? —preguntó la señorita Bürstner mirando inquisitivamente a K. en lugar de a la habitación.

—Así es —dijo K. y en ese momento los dos se miraron por primera vez a los ojos—, la forma en que ocurrió no merece una sola frase.

—Pero eso es realmente lo más interesante —dijo la señorita Bürstner.

—No —dijo K.

—Bueno —dijo la señorita Bürstner—, no quiero entrar en misterios, si usted insiste en que no es interesante, yo tampoco tengo nada que objetar. Las disculpas que pide, las acepto gustosa, sobre todo porque no soy capaz de encontrar el más mínimo rastro de desorden.

Dio una vuelta por la habitación con las palmas de las manos apoyadas en las caderas. Se detuvo junto a la esterilla de las fotografías.

—Pues mire —exclamó—, es verdad que mis fotografías están revueltas. Esto es muy feo. Así que alguien ha estado en mi habitación sin permiso.

K. asintió y maldijo en silencio al empleado Kaminer, que nunca era capaz de reprimir su monótono y estéril nerviosismo.

—Es extraño —dijo la señorita Bürstner— que yo me vea obligada a prohibirle algo que debería prohibirse usted mismo: entrar en mi habitación en mi ausencia.

—Ya le he explicado, señorita —dijo K. dirigiéndose también hacia las fotografías—, que no he sido yo quien ha hecho esto con sus fotografías, pero ya que usted no me cree, he de confesarle que la comisión instructora ha traído a tres empleados del banco, de los cuales uno, al que despediré a la primera ocasión, es probable que haya tocado las fotografías. Sí, ha estado aquí una comisión instructora —añadió puesto que la señorita lo observaba con una mirada inquisitiva.

—¿Por usted? —preguntó la señorita.

—Sí —respondió K.

—¡No! —exclamó la señorita riendo.

—Pues sí —dijo K.—, ¿acaso cree que soy inocente?

—Bueno, inocente… —dijo la señorita—, no quiero hacer ahora un juicio que quizá tenga graves consecuencias, además no lo conozco, pero tiene que ser un delincuente importante si le ponen con tanta rapidez una comisión instructora. Pero como está libre (al menos deduzco de su tranquilidad que no se ha escapado de la cárcel), no puede haber cometido usted un delito así.

—Sí — dijo K.—, pero la comisión instructora puede haberse dado cuenta de que soy inocente, o al menos no tan culpable como se suponía.

—Cierto, eso es posible —dijo la señorita Bürstner muy atenta.

—Mire —dijo K.—, usted no tiene mucha experiencia en asuntos judiciales.

—No, no la tengo —dijo la señorita Bürstner—, y también lo he lamentado a menudo, porque me gustaría saberlo todo, y precisamente las cuestiones judiciales me interesan mucho. Los tribunales tienen un atractivo peculiar, ¿no? Pero seguro que perfeccionaré mis conocimientos en ese sentido, porque el mes que viene entraré a trabajar como secretaria en un bufete de abogados.

—Eso está muy bien —dijo K.—, entonces podrá ayudarme un poco en mi proceso.

—Podría ser —dijo la señorita Bürstner—, ¿por qué no? Me gusta utilizar mis conocimientos.

—Lo digo en serio —dijo K.—, o, aunque sea, medio en serio, igual que usted. Para recurrir a un abogado el asunto es demasiado insignificante, pero sí que podría venirme bien un consejero.

—Bueno, pero si voy a ser su consejera, entonces debería saber de qué se trata —dijo la señorita Bürstner.

—Ese es precisamente el problema —dijo K.—, que yo mismo no lo sé.

—Entonces se ha estado burlando de mí —dijo la señorita Bürstner tremendamente decepcionada—, para eso no había necesidad de escoger estas horas de la noche.

Y se alejó de las fotografías, donde ambos habían estado juntos todo el rato.

—Pero no, señorita —dijo K.—, no me burlo. ¡Que usted no quiera creerme…! Lo que sé ya se lo he dicho. Incluso más de lo que sé, porque no era una comisión instructora, yo la llamo así, porque no sé qué otro nombre darle. No instruyeron nada, solo me arrestaron, pero lo hizo una comisión.

La señorita Bürstner estaba sentada en la otomana y volvió a reírse.

—¿Y entonces cómo fue? —preguntó.

—Horrible —dijo K., pero ahora ya no pensaba en eso, sino que estaba absolutamente impresionado de ver a la señorita Bürstner, que apoyaba el rostro en una mano (el codo descansaba sobre el cojín del sofá), mientras que la otra acariciaba lentamente la cadera.

—Eso es demasiado general —dijo la señorita Bürstner.

—¿Qué es demasiado general? —preguntó K. Entonces se acordó y preguntó—: ¿Quiere que le muestre cómo ha ocurrido?

Quería moverse, pero no marcharse.

—Estoy cansada —dijo la señorita Bürstner.

—Ha venido usted muy tarde —dijo K.

—Bueno, ya está bien de que me haga reproches, me lo tengo merecido porque no debería haberle dejado entrar. Además ha quedado claro que tampoco era necesario.

—Era necesario, ahora lo verá —dijo K.—. ¿Puedo acercar hasta aquí la mesilla de su cama?

—¿Cómo se le ocurre? —dijo la señorita Bürstner—. ¡Naturalmente que no!

—Entonces no puedo mostrárselo —dijo K. nervioso, como si ello le causara un daño desmesurado.

—Bueno, si lo necesita para la representación, entonces acérquela tranquilamente —dijo la señorita y, al cabo de un momento, añadió con voz más débil—: Estoy tan cansada que permito más de lo conveniente.

K. colocó la mesilla en el centro de la habitación y se sentó tras ella.

—Tiene que imaginarse exactamente la distribución de las personas, es muy interesante. Yo soy el supervisor, allí, sobre el baúl, hay dos guardianes sentados; al lado de las fotografías hay tres jóvenes en pie. En el picaporte de la ventana, esto solo lo digo de paso, hay colgada una blusa blanca. Y ahora empieza. Ah, me olvido de mí, la persona más importante, pues yo estoy aquí de pie, delante de la mesilla. El supervisor está cómodamente sentado, con las piernas cruzadas y el brazo colgando por encima del respaldo, un grosero sin igual. Y ahora sí que empieza la cosa de verdad. El supervisor grita como si tuviera que despertarme, me grita directamente, por desgracia yo también tendré que gritar si quiero hacérselo comprender, pero lo que grita es solo mi nombre.

La señorita Bürstner, que escuchaba riendo, se llevó el índice a la boca para impedir a K. que gritara, pero fue demasiado tarde porque K. estaba demasiado metido en su papel y gritó despacio: «¡Josef K.!», claro que no tan alto como había amenazado, aunque sí lo suficiente como para que el grito, tras haberse emitido de repente, pareciera propagarse poco a poco por la habitación.

Entonces dieron varios golpes, fuertes, breves y regulares, en la puerta de la habitación contigua. La señorita Bürstner palideció y se llevó la mano al corazón. Al oírlos K. se asustó sobremanera, porque por unos instantes había sido incapaz de pensar en otra cosa que en los incidentes de aquella mañana y en la muchacha ante la que los estaba representando. Apenas se hubo dominado, dio un salto hacia la señorita Bürstner y le cogió la mano.

—No tema nada —susurró—, lo arreglaré todo. Pero ¿quién puede ser? Aquí al lado solo está el cuarto de estar, en el que no duerme nadie.

—Sí —susurró la señorita Bürstner al oído de K.—, desde ayer duerme ahí un sobrino de la señora Grubach, un capitán. Ahora mismo no hay otra habitación libre. Yo también lo había olvidado. ¿Por qué ha tenido que gritar así? Me siento muy desgraciada.

—No hay motivo para ello —dijo K. y, mientras ella volvía a dejarse caer sobre la almohada, le besó la frente.