El profesor Tanoira - Gonzalo Rubio - E-Book

El profesor Tanoira E-Book

Gonzalo Rubio

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Beschreibung

Un biólogo naturalista apasionado aprovecha la oportunidad de aventurarse en una excursión hacia el medio de la selva misionera. Allí se inicia una expedición científica en bote junto a colegas recientemente conocidos, partiendo desde un destacamento a orillas del río Iguazú. Los momentos compartidos entre ellos dan lugar al relato de historias paralelas entre quimeras y anécdotas vivenciales, que transcurren distantemente en el tiempo y el espacio. Pero, en medio de un armónico desarrollo, un infortunio rompe con la satisfacción de los navegantes; una gran cacería los avasalla marcando sus vidas para siempre, especialmente la de uno de ellos. Luego de varios años alejados, vuelven a encontrarse para recordar y desbaratar el resabio de aquella desdicha. El Profesor Tanoira es una obra de Gonzalo D. Rubio. Sus cuentos, aunque anacrónicos, están de alguna forma conectados en una única historia. Están basados en hechos reales con un tinte de fantasía, y fascinantes retoques que permiten una fácil y entretenida lectura, incluso aunque se lean por separado. El estupor, el humor, y los mecanismos del relator, sacarán siempre una sonrisa al lector.

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Seitenzahl: 97

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Rubio, Gonzalo Daniel

El profesor Tanoira : añoranza de una expedición / Gonzalo Daniel Rubio. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

92 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-541-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Aventuras. 3. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Rubio, Gonzalo Daniel

© 2020. Tinta Libre Ediciones

El Profesor TanoiraAñoranza de una Expedición

GONZALO D. RUBIO

Estos cuentos fueron escritos para:

mis familiares mendocinos y descendientes de italianos,y para mis colegas aventureros de la naturaleza

y están dedicados a:

mi hija Tefy y mi esposa Tamy

Agradezco a:

Maidrina Rubio y Olga Starzak,por sus valiosas correcciones a preliminares del manuscrito

Prólogo

Existe un dicho popular, o tal vez no tan popular, que dice: “No hay personas ignorantes, lo que ocurre es que no todas las personas se fijan en las mismas cosas”. De niño, recuerdo estar boca abajo en el suelo, con los codos apoyados para sostener mi cabeza y observar por mucho tiempo el detalle de cómo las hormigas ingresaban ordenadas, una a una, en un pequeño orificio que las conducía a su hormiguero. De la misma manera que algunos vecinos me observaban como el niño medio loco al no entender qué estaba haciendo allí tirado. Recuerdo también, estar en la finca de mi abuelo en Mendoza, y observar su trabajo mientras araba la tierra, un zorzal anidaba muy próximo sobre la rama de un olivo. El arado rompía los terrones, dando lugar a la desesperación y alboroto de cientos de animalitos epigeos, y subterráneos, de aquel paradójico inmenso microcosmos; apto para escribir una novela si la observación era adecuada.

Un recuerdo se conjuga en la sinergia de lo que captan todos nuestros sentidos, en una perspectiva dada a cualquier escala, y así perdurará para siempre en nuestra memoria.

En esta obra he plasmado hechos reales, fragmentos de mi memoria motivados en tiempos y lugares diferentes; he intentado adaptarlos en función de su conexión. La mayoría de las historias fueron vividas personalmente, la otra parte oídas de mis familiares entre los que se destaca mi abuelo Tíndaro La Rosa. Mientras escribía estuve inmerso en las historias y, de igual manera, espero que ustedes experimenten esa sensación al leerlas.

El autor

1

La Asíntota

“La sencillez, la sobriedad, lo que realmentees importante, será entendido y valorado por las personas que cargan una historia en sus espaldas...”

Reñaca, mañana de enero de 2027

Solía ser un rayo de luz el que todas las mañanas de días gemelos iniciaba la jornada de actividad, cual despertador más natural no podía existir. Pues el día empezaba un poco más tarde que en el resto de Sudamérica, ya que la cordillera cedía con su bondad un par de horas de más a Juan, seguramente para que descansara y repusiera las energías que cada doce horas había agotado. En la localidad chilena de Reñaca, finaliza una historia que envuelve un concepto de vida, el más valioso para quien lo pueda usufructuar. Allá arriba, en una cabaña de madera que desde el camino costero se podía divisar, aunque pocos se detuvieran a observarlo, allí nacía el sol, allí empezaba el día de Juan.

Por otro lado, a nivel del mar el profesor Tanoira; era uno de esos pocos buenos observadores, un biólogo apasionado que mostraba erudición por su profesión y teorías antropológicas, empero su poca experiencia con humanos, aunque a estas alturas ya tenía larga edad. Atento y pensativo, con una mirada acosadora se encontraba a la expectativa de que Juan saliera de su casa de troncos.

Juan prendió el fuego en una cocina a leña, aunque a veces solo bastaba con reavivarlo ya que una chispa vigía solía quedar durante la noche, era una cocina que trabajaba todo el día, y de noche como un centinela por si algo surgiera. Entonces, desde abajo el profesor divisó la chimenea soltando los primeros humos del día en esa cabaña, allá arriba en la cordillera, como les decía. Desde la carretera se podía apreciar toda la secuencia, y más abajo el mar Pacífico con sus frías aguas y cormoranes y gaviotas volando, como dando música al compás del oleaje. Juan acababa de preparar unos mates, insinuó, cuando se reveló su silueta sombría en aquel balcón de su humilde casa.

—Pero ¡quién no quisiera ese balcón! ¡Si tiene el mar a sus pies! —murmuró el profesor al divisar a Juan— Sí, efectivamente, está tomando unos mates. —aseveró.

Al parecer, la jornada se planificaba a diario desde arriba, contemplando el mar, con la mirada desenfocada como quien observa la lluvia caer, y degustando los mates con pan casero.

—En esta época del año hay buena pesca, así que uno más y me alisto para navegar. —expresó Juan sin advertir que estaba siendo vigilado a varios metros desde la costa.

Setenta y nueve escalones de piedra y alguno que otro remendado con madera lo descendían con un lento andar hacia su bote, “Madero” era su herramienta más preciada, la fuente de trabajo más fiel; y pese a que la marea se lo quería llevar cada noche, Madero resistía anclado a un viejo paraíso en el muelle. Juan llevó consigo unas redes, una caña, y varios metros de tanza. Bajar esos escalones implicaba más que una presentación, Juan era un gaucho de los de antes, trabajador sombrero a la espalda, bombacha y alpargatas de yute. Un cuchillo a su lado entendía ser su guarda espalda, y quizás su compañero más fiel. Después de despojar sus pies, guardó sus alpargatas en una bolsa, se arremangó los pantalones y se fundió mansamente con el agua fría del Pacífico dentro de su bote de madera.

Así era la rutina de Juan, dedujo el profesor que permanecía inadvertido y sin perderlo de vista. Hacía cincuenta años que no lo veía desde aquel mayo de 1977, y esa fue la primera vez que lo observó allí, pero permaneció desapercibido, apostado sobre aquella gran roca para ver qué más ocurría. Madero se hizo cada vez más pequeño, aunque no dejaba de verse allá a lo lejos.

Sensación única es la que el profesor vivió allí, el sonido del oleaje y el canto de las aves costeras eran la mejor terapia para descubrir la paz. El mar azul y una costa de varios kilómetros daban libertad absoluta para quien lo presencie. Los sentidos del ser humano se agudizaban, y hasta el aroma del mate era sentido en la tibieza de las manos juntas a su sostén.

Con pequeños peces y camarones, el vigilado hombre encarnó su anzuelo y libró a la suerte su carretel de hilo transparente. Al mismo tiempo que también trabajaba su red que fue soltada, momentos previos. De repente se hundió la boya. —Parece que tenemos algo. —murmuró Juan entre dientes masticando un trozo de tanza. Con suavidad trajo su anzuelo, el agua era cristalina por lo que no tardó mucho en develar su captura; la silueta de un gran pez se divisó, y parecía que el almuerzo iba a ser abundante. Pero no solo era el almuerzo del día lo que allí se ponía en juego, era más que eso, se cultivaba el esfuerzo del trabajo para disfrutar la satisfacción de lograr una gran cosecha. Juan era una persona intensa, como el aroma de un café bien hecho, porque todo en la vida era tomado a pleno, se notaba desde la distancia cómo volcaba sus energías en lo que hacía. La red, por su parte, trajo varios quilos de peces de todos los tamaños, lo que aseguraría el trueque en el mercado.

Fue en pleno enero, el sol se encontraba bien arriba sobre el paisaje, porque ya habían pasado unas cuantas horas y era tiempo de que aquel pescador regresara con los frutos del mar, de su trabajo. Y fue justamente lo que ocurrió, Juan y su bote se acercaron con parsimonia trayendo consigo alguna que otra historia que narrar.

—“Estar mar adentro es deslizarse a otra dimensión, el oleaje cesa, se manifiesta la tranquilidad en su estado puro”. —Solía expresar Juan.

Y así, remo a remo se acercó el navío a la costa rocosa, desplegando, quien lo conduce, un sombrero de paja orgulloso de su éxito.

Músculos activos, manos ásperas de un viejo experimentado anclaron el bote al muelle y descargaron dos bolsas de pescado, y algún que otro marisco que quedó atrapado en su red. Ante la mirada expectante de algún turista curioso, caminó frente a un pelícano que deseaba su motín, pero ignorándolo se dirigió a la ladera del camino. “Vendo pescado” decía un escueto cartel en su espalda; es que un tipo de pocas palabras no iba a andar gritando por ahí. Siguió caminando en la mano del tráfico hasta llegar al mercado donde parecía ser conocido por todos.

El profesor se apresuró. Guardó su equipo de mate y se dispuso con gran esmero a perseguirlo; no quería perderse detalle de los quehaceres de Juan.

—Aquí traigo unos cinco kilos de pescado, uno es para mí y el resto lo quisiera cambiar por algunas cosas que necesito. —expresó Juan— Por un quilo de azúcar, uno de harina y, si puede ser Don Vicente, el resto me lo guarda para la época desfavorable en esa heladera gigantesca que tiene usted, que es más grande que mi casa. —Prosiguió en tono bajo y riendo al final— Y por supuesto Don Vicente, un litro de vino patero tiene su nombre, lo estoy sacando la semana que viene de la bordelesa de roble. —Kilo por kilo y palabra de hombre, ¡qué más garantía que la que estos dos compadres acababan de pactar!

Tranquilo y con menos carga, Juan regresó unos cuantos metros hasta llegar a la escalera que lo conducía a su humilde vivienda. Descansó unos minutos y después emprendió el ascenso que, por supuesto, demandaría el triple de esfuerzo que aquel de esta mañana. Era ese el momento en donde parecía ser que tenía una tregua gentil con la cordillera por haberle dado un lugar paradero en el píe de cerro.

El profesor no le perdía pisada, aunque estuvo cerca de hacerlo al evitar ser visto.

Una vez arriba, la mujer de Juan fue quien lo esperó y salió al encuentro, pues claro, sus tres hijos ya tenían vidas separadas, aunque no muy lejos de allí. Recién sacado del horno, su mujer Nelly, le ofreció un trozo de pan y un mate calentitos. Minutos después, tras colgar las alpargatas en una soga para deshumedecerlas, una cazuela de mariscos estaba en marcha, y saldría en cincuenta minutos.

Terminado el almuerzo, aquel hombre de montaña durmió una siesta, pero antes de cerrar los ojos sobre su almohada de plumas, y fijando su vista, como observando más allá de las maderas del cielorraso, cada vez que se acostaba recapitulaba en pensamientos una historia que marcó su vida. Aquella Gran Cacería, de sensaciones únicas, miedo y desesperanza, de la que jamás quería hablar.

Abajo, en la costera, el profesor se volvió a incorporar con exactitud en el mismo lugar en donde amaneció con sus expectaciones. Durante la siesta aprovechó para comer unas galletitas untadas con picadillo de carne. Sin sacar la vista del objetivo.