El puente misterioso - José Fernández Cubero - E-Book

El puente misterioso E-Book

José Fernández Cubero

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Beschreibung

Se trata de una novela que mezcla, de un lado, escenas y situaciones que se han producido realmente en la vida del autor y que pertenecen a un tiempo histórico concreto y, de otro lado, situaciones imaginarias generadas por el inconsciente del autor y que suman todos aquellos fantasmas, deseos, complejos, inseguridades, sobrecompensaciones y mecanismos de defensa más o menos empleados con mayor o menor eficacia frente a la cruda realidad en la que todos nos vemos inmersos. Se trata de una obra en dónde he pretendido plasmar dos planos, siempre existentes. Uno real y "supuestamente" objetivo (entendiendo la objetividad como lo tangible). Rememorando aquí a Descartes, podríamos decir que el mundo cartesiano es el mundo de la ciencia moderna, que elimina la cualidad y tiene en cuenta solamente lo que se puede medir. Para Descartes, la naturaleza está compuesta de puros mecanismos incluyendo al hombre, cuyas pasiones y emociones son ideas confusas y poco claras que no son reales. El protagonista José (el propio autor) se debate entre el "pienso luego existo" de Descartes y la conocida frase de otro filósofo, también francés, Blaise Pascal que dice así: "el corazón tiene razones que la razón desconoce". Se entremezclan o, así al menos lo he pretendido, varios planos a la vez: Lo tangible, más comúnmente aceptado como "objetivo". Lo inconsciente que, vilipendiado o no, ha subsistido y aún alentado y dado soporte no sólo al psicoanálisis como método filosófico y terapéutico, sino al arte, las ciencias ocultas y hasta nuestra manera de expresarnos cotidianamente. Lo imaginario, desde el punto de vista perceptivo, con más o menos diferencias según sea el sentido desde que se percibe (sobre ello recomiendo ver las distintas variedades diagnósticas existentes en psicopatología). Y, por último, ¡cómo no! Lo espiritual (para otros: lo parapsicológico) entendido en su doble sentido tanto platónico como basado en el alma.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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El puente misterioso

© José Cubero Fernández

© El puente misterioso

ISBN formato ePub: 978-84-685-3089-5

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

“A todos aquellos hombres y mujeres que no han encontrado la manera de rebelarse a tiempo contra la opresión, la dictadura y la sobreprotección social y familiar que deviene siempre en castración y que, finalmente, impide vivir de un modo libre de por vida aunque se haya conseguido, a cambio, otras cuestiones tales como: ser encantador, “adecuado” y educado a los ojos de los demás”

“Sirva también a los hombres <<castrados>> sexual o globalmente como vía de apoyo y orientación para “corregir” ese problema o, al menos, reflexionar sobre ello antes de que sea demasiado tarde.”

 

ÍNDICE

 

PRÓLOGO

Capitulo I. El comienzo.

Capítulo II. El análisis.

Capítulo III: ¿Y qué más da?

Capítulo IV: ¿Y ahora qué…?

Capítulo V: “La gran cascada” y la revelación.

Capítulo VI: ¿Qué hacemos hoy?

Capítulo VII: Un giro inesperado

Capítulo VIII: Reaprendiendo a caminar

Capítulo IX: La trascendente propuesta

Capítulo X: El puente misterioso

Capítulo XI: El juicio

Capítulo XI: La progresiva normalización

PRÓLOGO

Se trata de una novela que mezcla, de un lado, escenas y situaciones que se han producido realmente en la vida del autor y que pertenecen a un tiempo histórico concreto y, de otro lado, situaciones imaginarias generadas por el inconsciente del autor y que suman todos aquellos fantasmas, deseos, complejos, inseguridades, sobrecompensaciones y mecanismos de defensa más o menos empleados con mayor o menor eficacia frente a la cruda realidad en la que todos nos vemos inmersos.

Se trata de una obra en dónde he pretendido plasmar dos planos, siempre existentes. Uno real y “supuestamente” objetivo (entendiendo la objetividad como lo tangible). Rememorando aquí a Descartes, podríamos decir que el mundo cartesiano es el mundo de la ciencia moderna, que elimina la cualidad y tiene en cuenta solamente lo que se puede medir. Para Descartes, la naturaleza está compuesta de puros mecanismos incluyendo al hombre, cuyas pasiones y emociones son ideas confusas y poco claras que no son reales.

El protagonista José (el propio autor) se debate entre el “pienso luego existo” de Descartes y la conocida frase de otro filósofo, también francés, Blaise Pascal que dice así: “el corazón tiene razones que la razón desconoce”.

Se entremezclan o, así al menos lo he pretendido, varios planos a la vez: Lo tangible, más comúnmente aceptado como “objetivo”. Lo inconsciente que, vilipendiado o no, ha subsistido y aún alentado y dado soporte no sólo al psicoanálisis como método filosófico y terapéutico, sino al arte, las ciencias ocultas y hasta nuestra manera de expresarnos cotidianamente. Lo imaginario, desde el punto de vista perceptivo, con más o menos diferencias según sea el sentido desde que se percibe (sobre ello recomiendo ver las distintas variedades diagnósticas existentes en psicopatología). Y, por último, ¡cómo no! Lo espiritual (para otros: lo parapsicológico) entendido en su doble sentido tanto platónico como basado en el alma.

Como se dice en una parte del libro de Carlos Ruíz Zafón titulado <<Marina>>: “A veces, las cosas más reales sólo suceden en la imaginación. Sólo recordamos lo que nunca sucedió”.

Sin duda es un libro pretencioso, quizá incluso demasiado para un autor tan novel como yo. Es un reto apasionante que espero sinceramente, no sólo que te llegue a gustar sino que te sirva si es posible, de alguna manera, para tu propia vida.

El autor

 

 

 

 

 

Capitulo I. El comienzo.

 

 

Me encontraba en un taxi yo sólo, cargado de maletas llenas de libros, llovía en Madrid. Era septiembre de 1975. Me dirigía, muy a mi pesar, hacia el hostal “El Doncel” situado en el centro de la ciudad muy cerca de la Gran Vía. Mis padres habían decidido que me instalara allí a vivir hasta terminar la carrera. Yo cursaba entonces tercero de Filosofía. Me habían expulsado el curso anterior de un colegio mayor muy pijo en el que nos empeñamos un grupo (mis amigos y yo) en crear un seminario de marxismo y claro está, al terminar el curso nos enviaron una carta a cada uno de nosotros (mejor dicho a nuestros padres) diciendo que no es que fuéramos malos sino que “nuestra forma de ser no se ajustaba al ideario del centro y que, por tanto, nos invitaban a abandonarlo”. El colegio mayor era de una orden religiosa agustina.

Yo pretendía instalarme a vivir en algún piso de alquiler compartido con mis amigos pero mis padres, tan “abiertos” como siempre, se cerraron en banda. Y pensaron que el mejor sitio, dónde yo iba a estar más cuidado, alimentado y vigilado sería un hostal de toda confianza conocido por un tío mío. Mi tío Casimiro (primo de mi padre) que iba con alguna frecuencia a Madrid, por asuntos de trabajo, y siempre se hospedaba allí. Conocía pues a los dueños desde hacía mucho. El trato era, como él decía, “muy familiar”. Y mis padres vieron en tal expresión la mejor manera de prolongar su tutela sobre mí, alargando el marco familiar a una familia “de bien” en la capital.

El taxi paró en el número 20 de la calle Hortaleza, una placa en el portal anunciaba el hostal. Yo comencé a bajar los múltiples bultos llenos de libros y las maletas con mi ropa y objetos personales que iba dejando, como podía, en la acera al amparo de una marquesina de una tienda de arreglo de electrodomésticos que estaba al lado.

Llegué alrededor de las doce de la mañana. Fui depositando en el viejo ascensor todo y le di al piso segundo. Me recibió primero un perro que ladraba, al otro lado de la puerta, inquieto ante mi desconocida presencia. Por el pasillo se oía una voz femenina que decía:

—¡Dana calla ya! (era pues una perra, más concretamente una pastor alemán o belga de pelo largo como luego pude comprobar)

—Soy José el hijo de Pepe y Mª Carmen y sobrino de Casimiro.

—¡ah sí! Pasa hijo mío. ¡Pero que cargado vas! soy Carmen la dueña. ¡vaya día de perros con esta lluvia que no para!, ¿quieres un caldito caliente?

—No gracias, prefiero instalarme en mi habitación.

—Pasa por aquí. Te hemos dado la mejor, la primera a la izquierda después del comedor. Tiene una cama de matrimonio y hasta ducha propia.

—Gracias señora

—¡No me llames señora dime Carmen! Luego te presentaré al resto.

—De acuerdo.

Los muebles de mi habitación eran todos de madera y de un color oscuro tirando a rojizo, todo era viejo y desgastado, además de feo. La habitación era cuadrada con una cama grande, un lavabo, una mesilla, una lamparita, una mesa escritorio y tres puertas de armario empotradas. Dos constituían el armario para la ropa (a la derecha de la puerta de la habitación según se entra) y la otra era la ducha (a la izquierda de la puerta de entrada de la habitación también según se entra) Comencé a deshacer el equipaje y a guardar, como pude, los libros y la ropa en el armario. Tantos libros y cuadernos de apuntes me había traído que apenas quedaba sitio para la ropa. Las perchas eran escasas por eso le pedí a Carmen más. Acondicioné como pude la habitación para que la mesa escritorio pasase a ser una mesa de estudio, puse la lamparita como flexo y poco más.

—¿puedo pasar José?, te traigo un caldito caliente

—Muchas gracias, no hacía falta

Estuve hasta las dos o dos y veinte del mediodía acondicionando todo aquello y luego salí al pasillo. La casa era una casa vieja de primeros de siglo y el pasillo, como solía ser habitual en este tipo de casas, era largo y éste, en concreto, tenía forma de <<E>>. El palito horizontal superior de la E se correspondía (como pude comprobar en la visita a la casa que me organizó Carmen poco después del caldito) con la entrada-recibidor y había tres habitaciones a la derecha (un cuarto de estar dónde estaba una televisión, el dormitorio de Carmen y su marido y el dormitorio de sus dos hijos), el palito horizontal intermedio lo constituía el comedor, abierto con un arco, con cuatro mesas cuadradas. El palito horizontal inferior era dónde estaban las 2 últimas habitaciones de huéspedes y un baño con WC, bañera y ventana, este era de uso común para todos. Por último, el palito vertical tenía, en orden desde la puerta del piso y por la izquierda (según se viene de la entrada): 2 habitaciones, la cocina, el comedor abierto por un arco (ya antes mencionado) y 3 habitaciones más (la primera de las cuales era ahora la mía) En total 7 habitaciones para huéspedes, 2 habitaciones para la familia, una cocina, un cuarto de estar y un baño común. El abuelo Demetrio, Padre de Carmen, dormía en el sofá cama del salón según me enteré días después.

Cuando salí de mi cuarto, Carmelo (marido de Carmen) tenía preparadas ya las mesas para comer. Él se encargaba de la cocina, el comedor y el trato con los huéspedes.

—Luego te enseñamos la casa y te presentamos al resto, me dijo.

—Ya me la ha enseñado Carmen (le dije)

—De acuerdo. ¿Te llamas José no?

—Sí.

—Y ¿qué años tienes?

—Tengo 21.

—¿qué estudias?

—Tercero de Filosofía.

—¿para qué sirve eso?

—A mí me gusta.

—Espero que te sirva para algo en el futuro...

—Eso espero yo también.

Durante esta breve conversación observaba a Carmelo. Era un hombre alto y corpulento, sencillo y algo simple que tras su gran apariencia se dejaba notar, en la misma proporción su bondad y su fragilidad.

Se despidió de mí con el argumento de que tenía que preparar los aperitivos y dar vuelta por la comida. Yo me volví para “hacer tiempo” a mi habitación.

—¿qué tenemos hoy de comer?

—Hay caldo gallego y luego un filete de ternera con ensalada. ¿Te gusta el menú?

—A mí me gusta todo.

—¡Eso es bueno chaval!

—¿ya te has instalado en tu habitación?

—Más o menos... luego seguiré.

—Aquí estarás como en tu casa. Además hay dos estudiantes más: mi hijo Carmelo que empieza periodismo este año y Michael, el americano, que está dando clases de inglés en una academia aquí cerca en la Gran Vía. Si quieres os podéis sentar juntos a comer. Yo me siento con mi mujer Carmen, a la que ya has conocido, con mi hija Elena que tiene 8 años y con el padre de mi mujer Demetrio. Hoy prácticamente estamos solos.

Yo me volví para “hacer tiempo” a mi habitación. Pensé que Carmelo es de esas personas que “les gusta oírse”, bonachón pero cansino. Con la disculpa de continuar acomodándome en mi habitación me fui a seguir colocando las prendas de vestir, los libros, la mesa de estudio, (en definitiva estar solo) etc… Pude comprobar que tendría que ingeniármelas para colocar todos los libros en el armario y en una única estantería que había en la pared. La ropa, un tanto “apretada”, bien colgada en perchas, o bien en montones en el caso de los jerséis y los chalecos. Abrí la puerta del armario que se suponía era la ducha y efectivamente lo era, pero la duda radicaba en ¿cómo poder ver algo duchándote?, si cerrabas la puerta no había luz ninguna. La única ventana que había en la habitación, daba a un patio interior típico dónde se tendía la ropa por parte de todos los vecinos. Allí estaba tendiendo un chico que me saludó y se presentó como Nacho que trabajaba de sirviente en el hostal. Cantaba copla mientras pinzaba la ropa en las cuerdas y se le notaba, por sus gestos, un más que evidente amaneramiento.

—¿has llegado hoy verdad?

—Si me llamo José, soy de Zaragoza y soy sobrino de mi tío Casimiro que se suele hospedar aquí cuando viaja a Madrid.

—¡ah sí lo conozco!, yo me llamo Nacho, trabajo aquí.

—Bueno pues luego te veo.

Me quedé un rato a solas conmigo y tan sólo se oían los ruidos de platos que evidenciaban los preparativos de la comida. Me senté en la única silla de mi habitación y me dediqué a procurar “ordenar” mentalmente todo lo que me rodeaba.

Me preguntaba cómo son tan cerriles mis padres que no me han dejado hacer mi plan de estar con mis queridos amigos: Jóse, Manolo y Alberto en un piso, como era nuestra idea. Procuro no cabrearme mucho pensándolo y sigo repasando visualmente la estancia y las necesidades de acomodación que requiere para el día a día. Después mi pensamiento se va al mariquita de Nacho, reconozco que me inquieta su presencia diaria tan cercana. Siento que me produce cierta pereza las inevitables presentaciones de Michael (el americano) y de Carmelo (el hijo de los dueños y aspirante a periodista). Se instala en mí cierto nerviosismo, dada mi escasa sociabilidad e inclinación a la soledad.

Vuelvo de mi abstracción y me dedico a acondicionar, en lo posible, mi espacio para darle el mayor sentido práctico de cara a la tarea de estudiar y también para mi propia comodidad posterior.

A las dos y media en punto Carmelo toca mi puerta y me dice:

—¡José a comer!

—Ya voy.

De las cuatro mesas, ya preparadas con un plato de postre para cada uno que contiene aperitivos, hay una mesa con un matrimonio de mediana edad, únicos huéspedes, además del americano y de mí, otra vacía y las dos que restan, una es para la familia dueña del hostal y la otra para los jóvenes (Michael, Carmelo hijo y se supone que para mí). Me siento y comienzo a dar cuenta del platito de postre con los entremeses: embutido, queso, un tomate y una tostada con paté.

—Chicos ¿qué queréis de beber?

—¡Vino tinto y gaseosa!

—¡Ponme una botella de vino tinto para esta mesa y una gaseosa!

—Ok. Y (yendo hacia la cocina) se le oye gritar a Carmelo padre: ¡Nacho una de vino tinto y una gaseosa de litro marchando!

Viene y se sienta a mi lado Michael. Dice que es de Filadelfia, la ciudad más grande del estado de Pensilvania. Es inconfundible (alto, pelo castaño ensortijado tirando a rojizo, desgarbado y hablando poco español con un acento inconfundiblemente americano). Carmelo nos presenta. Protocolario saludo, palabras sobre el tiempo que hace, que si de dónde somos y qué hacemos etc... Llega unos diez minutos después Carmelo hijo (en adelante “Melito” que es como lo llaman sus padres “cariñosamente” aunque hay algo en esa forma de llamarlo que me desagrada). Viene de la facultad de periodismo y hoy ha habido, según nos cuenta, atasco en la carretera de la Coruña cerca ya de la Moncloa a causa de una manifestación de estudiantes “por la libertad” ¡cómo no! Cursa primero. Nuevas frases iniciales y nuevas presentaciones repetidas. Melito parece jovial y risueño, me intereso por su decisión de hacerse periodista y parece que se debe fundamentalmente al gusto por el deporte en general y al futbol en particular.

—En principio (nos cuenta) <<yo querría llegar a ser periodista deportivo>>.

—Pues a ver si lo consigues, le dije.

Yo le hablé de mi tercero de filosofía y de mi deseo de hacer luego Psicología también.

Al volver a la conversación sobre la lluvia del día de hoy derivamos los tres al tiempo y al clima de Pensilvania (muy frío) en comparación con el de Madrid. Una conversación, sin duda, apasionante.

Di buena cuenta de toda la comida y especialmente del caldo gallego que estaba bueno a la par que calentito y por último el filete de ternera (algo duro y con “nervios”) acompañado de unas hojitas de lechuga que aliñé con las vinagreras (esas vinagreras de cristal clásicas de la mesa unidas por un soporte metálico con un “ganchito” superior en el medio a modo de percha). Tenía hambre. Me despedí de ellos dos y me fui a la habitación a dormir la siesta un rato.

Mi estado de ánimo era turbulento oscilaba en una mezcla de sosiego monástico, tristeza, soledad, sumisión obligada y desubicación. Me metí en la cama y, como casi siempre en cuestiones de siesta me dormí muy pronto. Me puse el despertador a las cinco de la tarde y cuando me reencontré me lave la cara en el lavabo de la habitación, me vestí y salí al pasillo para ver quién había por allí. Me encontré a Carmen que me preguntó si quería algo.

—¿Dónde está el teléfono Carmen?

—Mira aquí, en la pared del pasillo, casi frente al comedor. (un lugar, desde luego, incompatible con la intimidad (era el típico teléfono de pared, negro, de baquelita con ruedecita para marcar los números y un papelito redondo casi amarillento donde estaba puesto a mano en un rectangulito en el centro el número de teléfono)

—¿Puedo hacer una llamada?

—¡Si claro, faltaría más!

—¿Y cómo se abona esto?

—Si no es una llamada internacional o, muy larga en el tiempo, puedes usarlo sin problema.

—Gracias Carmen.

—De nada hijo

Marqué el número que tenía apuntado del piso en el que se habían instalado mis amigos Manolo y Alberto después de la expulsión del Colegio Mayor dónde habíamos estado el año anterior. Nuestras ideas sobre marxismo y la posterior publicidad que hicimos por el campus sobre aquel “subversivo” seminario, las consecuencias de estas acciones siempre se pagaban en la España de 1973/1974 y por eso nos expulsaron a los tres. Sólo se salvó de aquel episodio Jóse que sigue en el Colegio Mayor porque no participó de modo activo en nada de todo aquello y la dirección del colegio lo sabía.

Después de varios tonos Manolo descolgó el teléfono y hablamos:

—¿Qué tal os va en el piso?

—Bien y tú en el hostal?

—No sé decirte todavía, estoy un poco extraño.

—Dime la dirección dónde estáis.

—Toma nota: calle Francos Rodríguez 40 1ºD.

—¿Qué te parece que os vaya a hacer una visita?

—Perfecto

—¿a qué hora quedamos?

—Cuando tú quieras.

—Pues entonces dentro de una hora o un poco más estoy allí y hablamos. Por cierto ¿dónde cae eso?

—Es una boca calle a la izquierda de Bravo Murillo a la altura del nº 185. Metro Estrecho.

Intenté darme una ducha en mi “armario” y comprobé, como ya había supuesto, que si te metes dentro y cierras la puerta no se ve nada. Resulta muy complicado encontrar el gel y jabonarte sin tener referencias visuales de tu alrededor. Pese a todo me duché. Me vestí y tras decirle a Carmen que me iba a ver a unos amigos me fui con tiempo. Tenía ganas de irme y respirar libremente sin la “tutela” de aquella nueva familia de “acogida” matritense.

—¡Llévate las llaves de la casa y luego las dejas en la mesita de la entrada! ¡Toma!

¿Carmen me entregaba las llaves de la casa por si venía tarde o como señal de familiaridad total? Se lo pregunté y me dijo que para que las tuviera disponibles. Que si venía ya de noche llamara al sereno y diera unas palmadas en la calle y que enseguida acudiría para abrirme el portal.

En el desconocimiento total de dónde se encontraba la calle esa cogí un taxi que me llevó en poco tiempo. Resulta que no distaba demasiado de la zona de Colegios Mayores (dónde habíamos estado el curso anterior) y del Instituto Politécnico de Oficios o Escuela de Formación Profesional “La Paloma” sólo que ésta calle quedaba a las espaldas de todo lo anterior.

La casa era un edificio de fachada blanca, una casa muy antigua sin ascensor. El portal olía a humedad y a meaos pero tenía un aire bohemio y romántico que me atraía (o sería mi deseo de haber compartido el piso con mis amigos). Al llegar al primer rellano busqué sin éxito el interruptor de la luz. Me dirigí, por intuición hacia la derecha y tras unos veinte metros de pasillo atisbé con alguna dificultad dos cosas: primera que el letrero que había encima de la puerta era una “D” y segundo que a la puerta, por debajo, le faltaban dos dedos hasta el suelo, lo que permitía ver la luz de su interior y “decía mucho” sobre su acabado. Llamé con los nudillos y salió a abrirme Alberto con una gran sonrisa. Me invitó a entrar y apareció al instante Manolo.

La casa era lo más parecido a una broma pesada: la entrada era irregular de no más de un metro cuadrado, de frente había un wáter “pigmeo” en el que había que entrar hasta la pared de enfrente, “pegarse” a ella y al espejo, si querías luego poder cerrar la puerta. Al lado izquierdo de la entrada había una salita con un sofá desvencijado y un mueble de madera horrible con un televisor haciendo “juego”. Volviendo a la entrada en el frente izquierda estaba una cocina pequeña de gas, un fregadero viejo y una mesa camilla redonda de aproximadamente 80 cms de circunferencia y algo coja. Si pasabas a la siguiente y última habitación había un dormitorio con dos literas, un armario de plástico de cremallera y las paredes llenas de humedad que habían llegado a enmohecerse claramente, dando a todo un tono verde rancio realmente asqueroso. Sólo había una ventana pequeña en cada estancia y una, algo más grande, en el “saloncito – estar”.

Manolo y Alberto se afanaban en clavetear y encolar unas tablas para crear una tosca librería que habían pintado en rojo brillo para poder poner luego sus respectivos libros y apuntes. (Alberto era miembro del PSOE y Manolo del Partido Comunista y después lo fue de la Chunta Aragonesista) La verdad es que el piso era “para tirar” pero es lo que habían conseguido para no pagar mucho y poder salir adelante dentro de las asignaciones que los padres de ambos les mandaban mensualmente.