El secreto del faro - Jean E. Pendziwol - E-Book

El secreto del faro E-Book

Jean E. Pendziwol

0,0
7,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.
Mehr erfahren.
Beschreibung

Aunque la cabeza aún no le falla, los ojos de Elizabeth ya no son lo que eran. Como ya no es capaz de enfrascarse en sus adorados libros ni de contemplar los cuadros que la conmueven, llena ese vacío con música y los recuerdos de su familia, en especial de su amada hermana gemela, Emily. Cuando por azar se descubren los diarios de su padre después de un accidente, el pasado se vuelve omnipresente. Con la ayuda de Morgan, una adolescente problemática que realiza servicios comunitarios en su residencia de ancianos, Elizabeth estudia los diarios, un viaje a través del tiempo que acerca a ambas mujeres. Entrada tras entrada, esta improbable pareja de amigas se va sumergiendo en un mundo que dista mucho del que habitan: la isla Porphyry en el lago Superior, en Canadá, un lugar de naturaleza bellísima pero salvaje e incluso peligrosa, donde el padre de Elizabeth se encargó del faro setenta años atrás y creó su familia. Más que una evocación vívida de un tiempo y un lugar únicos, El secreto del faro es una exploración sensible y conmovedora de la naturaleza de la identidad, la importancia de la familia y las posibilidades de las segundas oportunidades. Heather Young, autora de la novela The Lost Girls, nominada al premio Edgar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 418

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

El secreto del faro

Título original: The Light Keeper’s Daughters

© 2017 by Jean E. Pendziwol

Published by arrangement with Lennart Sane Agency AB.

© 2017, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Traducción del inglés de María Porras Sánchez

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

 

Diseño de cubierta: lookatcia.com

Imagen de cubierta: Getty Images

 

ISBN: 978-84-9139-186-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Cita

Primera parte: Finales y principios

1. Arnie Richardson

2. Morgan

3. Elizabeth

4. Morgan

5. Elizabeth

6. Morgan

7. Elizabeth

8. Morgan

9. Elizabeth

10. Morgan

11. Elizabeth

12. Morgan

13. Elizabeth

14. Morgan

15. Elizabeth

16. Morgan

17. Elizabeth

18. Morgan

19. Elizabeth

20. Morgan

21. Elizabeth

22. Morgan

23. Elizabeth

24. Morgan

25. Elizabeth

Segunda parte: Fantasmas

26. Elizabeth

27. Elizabeth

28. Morgan

29. Elizabeth

30. Elizabeth

31. Elizabeth

32. Elizabeth

33. Elizabeth

34. Morgan

35. Elizabeth

36. Morgan

37. Elizabeth

38. Elizabeth

39. Morgan

40. Elizabeth

Tercera parte: El vuelo de las hermanas

41. Morgan

42. Elizabeth

43. Morgan

44. Elizabeth

45. Morgan

46. Elizabeth

47. Morgan

48. Elizabeth

49. Morgan

50. Elizabeth

51. Morgan

52. Elizabeth

53. Morgan

54. Elizabeth

55. Morgan

56. Arnie Richardson

57. Epílogo: Morgan

Nota de la autora

Agradecimientos

 

 

Para Richard

 

 

Tanta era de amable la soledad de su lago salvaje,

rodeado por negros peñascos y de altos

pinos que dominaban sus alrededores.

 

Edgar Allan Poe (1809-1849)

«El lago»

PRIMERA PARTE

 

 

 

 

 

FINALES Y PRINCIPIOS

1

ARNIE RICHARDSON

 

El labrador negro se está haciendo viejo. Camina con rigidez con sus patas artríticas por el trillado sendero, evitando cuidadosamente las raíces y pasando con su corpachón entre los troncos de las píceas y los álamos. Avanza con el hocico, moteado de gris, pegado al suelo, siguiendo el rastro de su amo.

Es un ritual matutino, uno que los lleva de las casitas de Silver Islet a través del bosque hasta la bahía de Middlebrun, un ritual que practican desde que el labrador era un cachorro de andares desgarbados. Pero, incluso entonces, tantos años atrás, el hombre tenía canas y los ojos enmarcados por patas de gallo, con la barba jaspeada de reflejos plateados. Ahora, hombre y perro caminan más despacio, con gesto de dolor por culpa de las articulaciones, con cuidado de dónde ponen el pie. Cada mañana, al partir con las primeras luces anaranjadas, se saludan con la simple satisfacción de saber que disponen de otro día para hacerlo.

El hombre se apoya cómodamente en un bastón, una vara de pino nudosa pulida por las olas del lago Superior y luego barnizada en su taller hasta obtener un gris reluciente. No lo necesita, no hasta que el sendero comienza a ascender, a partir de ahí se aferra al puño y la madera pasa a formar una parte necesaria e integral de su ser. Se detiene en lo alto de un risco. Aquí convergen dos caminos, el que ellos siguen desemboca en otro mucho más ancho, un sendero más frecuentado que forma parte de las rutas de senderismo del parque natural Sleeping Giant. En este momento, el parque está en silencio.

Esta península que se adentra en el lago Superior es un lugar místico: acantilados cincelados en roca y riscos erosionados, tallados misteriosamente por el viento, la lluvia y el tiempo, hasta adquirir la forma de un gigante durmiente sobre un lecho de agua gris helada. De ahí su nombre, el monte Sleeping Giant. Cuenta la leyenda que Nanibijou, el dios ojibwe, se tendió a la entrada de Thunder Bay y su majestuoso cuerpo se convirtió en piedra, protegiendo para la eternidad los ricos yacimientos de plata. Puede que sea un mito, pero la plata es real. Se construyó una mina con pozos que se adentran en las profundidades del lago, donde las vetas del mineral se explotaban bajo la amenaza constante de que las galerías se inundaran. La mina dio lugar al pueblo de Silver Islet, no más que una aldea al principio, con un puñado de casas de madera, una herrería y una tienda, abandonadas cuando el lago ganó la batalla y enterró la plata en una tumba helada. Unos años después, los habitantes regresaron, limpiaron los suelos y las mesas, sacaron brillo a las ventanas, recolocaron las tejas sueltas y Silver Islet volvió a la vida, si bien solo durante una temporada cada año. Durante generaciones, la familia de este hombre ha pasado los veranos en una de las casitas, además de días sueltos e incluso semanas en invierno, cuando el tiempo lo permite. Lleva recorriendo a pie este sendero desde que era niño.

El hombre y el perro comienzan su descenso hacia la orilla: el perro traza semicírculos en el aire con el rabo mientras el hombre atiza con el bastón la tierra húmeda y la piedra alternativamente, mientras el sendero discurre hacia la bahía. El lago comienza a desperezarse, sacudiéndose la bruma que lo ha cubierto como un manto durante la noche. Las sirenas de niebla de los faros de Trowbridge y Porphyry, ahora en silencio, pasan las horas previas al amanecer previniendo a los barcos invisibles que se adentran con precaución en el lago a través de Thunder Bay, más allá del cabo a los pies del monte Sleeping Giant, en dirección a Isle Royale y las vías navegables del lago Superior. Pero el sol naciente y el viento matutino han contribuido a hacer desaparecer los últimos retazos de niebla y, en lugar de la llamada poco halagüeña de las sirenas, el canto de los pájaros recibe a los caminantes.

La sirena habría sido una compañía más apropiada.

El perro aprieta el paso cuando percibe la cercanía del lago. Aunque tiene los huesos cansados y le falla la vista, es un labrador y el agua lo llama. Adelanta al hombre y se adentra en la playa de Middlebrun Bay a grandes saltos, haciéndose con un palo entre los desechos que las olas han arrastrado a la orilla durante una tormenta reciente. Corre junto al borde del agua, trazando un reguero de pisadas por la arena que el lago borra de inmediato.

El hombre no anda lejos, lo suficiente para que el perro la distinga antes de que su dueño pise la playa. Aunque el labrador tiene la vista nublada, siente su presencia y percibe la forma de la embarcación que emerge entre las rocas y los árboles, la playa y las olas. Se queda plantado ladrando. El palo, olvidado, yace en el suelo.

Tendrá unos ocho metros de eslora, el casco de madera está astillado y el costado de babor rajado, mientras la botavara se mece con las olas. Se levanta del fondo rocoso a cada embestida del lago y vuelve a caer con una sacudida. La vela mayor todavía está izada, pero ondea hecha jirones. El barco está escorado, hay vías en el pantoque y el lago circula libremente en su interior. El hombre no necesita ver el nombre pintado en la popa, sabe que pone Wind Dancer en letra cursiva.

La playa le atenaza los pies mientras se apresura a aproximarse al barco. El círculo que deja el extremo del bastón acentúa las pisadas, dando la impresión de un mensaje escrito en código morse. La bahía es poco profunda, pero hay escollos que sobresalen en el extremo, y ahí es donde se encuentra la embarcación. No presta atención a los ladridos del labrador, llama a gritos a cualquier superviviente que pueda encontrarse a bordo. Tropieza cuando llega al cabo y el agua helada le salpica. Nota un entumecimiento progresivo en las piernas que no le suelta, pero lo ignora y continúa avanzando hacia las rocas, evitando la cavidad entre el barco y la orilla, donde podría perecer aplastado, y logra auparse al puente de mando, tembloroso.

Aunque no había estado nunca a bordo delWind Dancer, le asalta una avalancha de recuerdos que amenaza con llevárselo por delante al contemplar el timón roto, la driza partida. Recuerda el fuerte que construyeron de niños los dos juntos con restos de madera hallados en la orilla; siente el tirón en la caña de cuando salieron solos a pescar por primera vez en Walker’s Channel a bordo del Sweet Pea, un balandro con vela cangreja; saborea la cerveza que compartieron, escamoteada de una cesta de pícnic y llevada hasta la playa de arena negra volcánica del extremo más lejano de la isla Porphyry. Oye nombres susurrados, Elizabeth y Emily.

—¡Maldita sea, Charlie! —exclama en voz alta, levantando la vista al mástil y la vela hecha jirones, con la silueta de dos gaviotas planeando en las alturas—. ¿Qué demonios has hecho?

Han pasado sesenta años desde que hablaron por última vez, sesenta años desde que la isla Porphyry fue pasto de las llamas. Ha visto el Wind Danceren muchas ocasiones, ha oído historias de su capitán, de Elizabeth. De Emily. Pero Charlie y él no se hablaban. Hacerlo equivaldría a admitir su complicidad; por buenas que hubieran sido sus intenciones, solo conseguirían alimentar la culpa. Es algo que le ha perseguido siempre. No ha pasado ni un día en todo ese tiempo en el que no haya pensado en ellos. Ni uno solo.

El anciano se agarra a una cornamusa para no perder el equilibrio y echa un vistazo por la escalerilla que conduce al camarote. Un cojín y una gorra de béisbol flotan en el agua estancada. En la mesa de derrota hay una pila de libros envuelta en una lona suelta, con un trozo de bramante enredado al lado.

Se sienta en el asiento del piloto. El labrador guarda silencio. Solo los pájaros, la cháchara queda del viento, el lago y los crujidos quejumbrosos del barco interrumpen sus pensamientos. Charlie Livingstone no se encuentra a bordo.

En el Wind Dancer no hay vida alguna, excepto el resplandor intermitente de un farol de queroseno, que arde débil pero desafiante, amarrado como un fanal a la botavara.

2

MORGAN

 

Qué puta pérdida de tiempo. Un puñado de meapilas, ahí sentados inventándose medidas estúpidas. «Estamos valorando…». ¿Cómo lo han llamado? «Programas de rehabilitación alternativos». Pueden decir que lo han intentado, que le han ofrecido su compasión a una pobre criatura desfavorecida, «fíjate qué brillantes y progresistas que somos». Encerrados en su pequeño mundo con sus hijos perfectos y educados que van a clase y hacen los deberes, que se manifiestan contra la comida basura y contra el hambre en África y juegan en el equipo de baloncesto y nunca vuelven a casa colocados el sábado por la noche. Y se dan palmaditas en la espalda y dicen: «Mira qué padres tan buenos somos. Mira qué buenos ciudadanos somos». Si supieran.

Deja que curen la herida con una tirita, deja que me guíen por el buen camino. Pediré disculpas y fingiré que acepto su compasión. La verdad es que no fue culpa mía. Fue el sistema el que me falló.

Qué puta pérdida de tiempo.

Registraron mi mochila. Debí haberme deshecho de ella antes de llegar al McDonald’s. Por lo menos de los espráis. Ahora no hay forma de librarse. «No, agente, no me encontraba en las inmediaciones de la residencia de ancianos Boreal. No, señor. No tengo nada que ver con esas pintadas. Eso no es mío. Solo se lo estaba guardando a un amigo. ¿A quién? Ah, bueno… No está aquí».

Cabrones. Ninguno dio la cara por mí. Ni uno. Todos bajaron la vista y continuaron tomándose su Coca-Cola light, con el mismo careto condescendiente que utilizan sus padres. «Pobrecilla. ¿Qué culpa tendrá ella?».

Por lo visto, mucha.

Cuando me llevaron a casa, noté que Laurie estaba cabreada. Me soltó la típica charla de lo «decepcionada» que estaba, pero solo consiguió que pusiera los ojos en blanco. Me mandaron con ella y con Bill hace poco más de un año. Hacen como si se preocuparan, pero a mí me resbala. No son mis padres y no tengo ningún interés en fingir que lo son. No seguiré aquí durante mucho tiempo. Solo soy una más de los muchos críos de acogida que pasarán por esta casa.

El autobús se detiene en seco delante de un extenso edificio y me deposita ante la residencia de ancianos Boreal, resuella y se larga. Me quedo sola en esa calle arbolada tranquila donde me asalta el viento frío. Aquí y allá, arrastra montones de hojas secas junto al arcén. Las sigo por la acera en dirección a la entrada.

Joder, cómo odio el otoño.

 

 

La puerta está cerrada y tiro de ella varias veces hasta que descubro el portero automático. Cómo no va a estar cerrada. Este sitio está lleno de viejos forrados, que se pueden permitir su propia enfermera, un chef a tiempo completo y vistas al río. Seguro que se la sopla. Probablemente no se acuerden ni de lo que desayunaron. Presiono el botón y responde una voz por el interfono. No he entendido ni una puta palabra, pero imagino que preguntan por mi nombre.

—Soy Morgan, Morgan Fletcher.

Hay una larga pausa antes de que la puerta se abra con un zumbido.

Encuentro el despacho administrativo y me detengo para llamar a la puerta abierta. Tras el escritorio, una mujer de mediana edad revisa unas carpetas.

—Siéntate, Morgan —me dice, sin molestarse en levantar la vista.

De modo que me siento en el borde de una de las sillas y espero. En un cartel, apenas visible entre los montones de papeles del escritorio, se lee: Anne Campbell, enfermera, directora ejecutiva. Supongo que ella es la encargada de gestionar mi «rehabilitación alternativa».

—Bien —suspira la señora Campbell, abriendo una de las carpetas—. Eres Morgan Fletcher. —Se quita las gafas y las coloca sobre el escritorio—. Ya veo.

Sé lo que ve. Ve lo que quiere ver. Ve la melena lisa y negra, teñida para que brille como la noche. Ve el perfilador negro que enmarca los ojos, los vaqueros ajustados y las botas negras altas, también la hilera de pendientes de plata que recorren el lóbulo de la oreja. Ve la tez pálida, que maquillo para que parezca aún más pálida, y los labios de un rojo brillante. No ve que quizá estoy un poco asustada. No le dejo que lo vea.

Me arrellano en la silla y me cruzo de piernas. Así es como va a ser la cosa. Bien.

La señora Campbell abre la carpeta.

—Bien, Morgan. Trabajos comunitarios, ¿no es así? Aquí dice que has accedido a limpiar la pintada y ayudar con otras tareas bajo la supervisión de nuestro encargado de mantenimiento. —Vuelve a mirarme—. Vendrás directamente después de clase todos los martes y jueves durante las próximas cuatro semanas.

—Bueno. —Doy varios golpecitos con la punta del pie en la parte delantera del escritorio y me miro las uñas. Las llevo pintadas de rojo, como los labios. Rojo sangre.

—Ya veo —repite. La señora Campbell se detiene un instante y sé que me está estudiando. Sé lo que contiene su carpeta. No quiero que me juzgue. O peor aún, no quiero su compasión. Me fijo en una maceta de cintas que hay encima de un archivador. Ella suspira—. Bien, de acuerdo, supongo que será mejor que te presente a Marty. —Deja la carpeta que contiene mi pasado sobre su escritorio y no me queda más opción que seguirla por el pasillo.

Marty es viejo, pero no tan viejo como la gente que vive aquí. Me recuerda a un Santa Claus imberbe, con barrigón y tirantes rojos incluidos. Las cejas, pobladas y níveas, tienen vida propia, con pelos rizados que salen disparados en todas direcciones. Compensan la ausencia de pelo en la cabeza, más calva que una bola de billar salvo por una franja greñuda que le va de oreja a oreja. Lo que más llama la atención son los ojos debajo de esas cejas salvajes: de un azul penetrante, el color del cielo en un día frío de invierno.

Marty está sentado en su escritorio, una vieja mesa de juego arrinconada contra la pared de un almacén de suministros. En la mesa hay una pila de periódicos y un libro con un cuadro de bailarinas en la portada. Reconozco al artista: Degas. Uno de mis favoritos. Tenemos un libro viejo y gastado con pinturas de todos los impresionistas, pero Degas es mi favorito. Probablemente Marty esté usando las páginas para limpiar brochas.

—Esta es Morgan —me presenta la señora Campbell.

Marty se levanta, se ajusta los tirantes y me observa con aquellos ojos azules glaciales hasta que no puedo sostenerle más la mirada y fijo la vista en el suelo de baldosas lleno de salpicaduras.

—Morgan —repite, asintiendo con la cabeza—. Estaba esperándote. Será mejor que te pongas un mono de trabajo.

La señora Campbell se da media vuelta y se marcha sin volver a pronunciar palabra.

Me da la sensación de que mi presencia aquí es más cosa de Marty que de ella.

3

ELIZABETH

 

El té llega con la puntualidad habitual. Es algo que admiro de este lugar.

Supongo que he heredado la propensión a la rutina de mi infancia en el faro. Durante muchos años, mi vida se midió en horas y minutos, segmentados en turnos de guardia y de descanso, marcada por el momento de encender la camisa incandescente, dar cuerda a los mecanismos, comprobar el nivel de combustible.

Me empiezo a sentir aquí como en casa. Después de tantos años. ¿Cuántos han pasado? Tres, posiblemente. Los días se confunden. Las estaciones se entremezclan unas con otras y he perdido la cuenta. Fue una suerte encontrar este lugar donde he sido capaz de mantener la independencia que ansío y tener acceso a los cuidados que preciso. Además, había llegado la hora de regresar, de dejar atrás la pequeña villa en la costa de la Toscana que ha sido nuestro refugio durante casi medio siglo. Nos decantamos por ella por su proximidad al mar, para oír las gaviotas y las olas rompiendo en la orilla. Aun así, el mar de Liguria nunca tuvo el temperamento caprichoso del lago, fue siempre un hogar sustitutivo. Éramos tan felices como cabía esperar, una extraña pareja, apartada de la mirada curiosa del mundo. Y ambas hemos dejado nuestra huella, un legado, si se puede llamar así. Obviamente el mío no es tan famoso: solo un puñado de libros, algunos de ellos aún a la venta en tiendas de recuerdos y galerías de arte de todo el mundo.

Estoy sentada en el sillón de padre, con la colcha de ganchillo tejida por Emily y por mí echada sobre las rodillas. Tengo la ventana abierta, una invitación a que la brisa otoñal inunde mi habitación.

Debo tener cuidado con el té para no escaldarme. Exploro la bandeja con los dedos, descubro la pequeña tetera y voy del pitón al asa. La otra mano encuentra la taza. Cuento mientras vierto el líquido. Sé que la taza puede contener hasta cinco. Hay sobrecitos de azúcar, siempre traen dos, aunque solo uso parte de uno. La cuchara no se encuentra en el lugar habitual y tanteo hasta encontrarla junto a la leche. Cuando termino, me llevo la taza a los labios, soplo suavemente, más por costumbre que por necesidad, y tomo un sorbo. Suspirando, me dejo envolver por el sillón de padre.

Me ha dado por soñar que soy joven de nuevo, con la melena color ala de cuervo y una vista excelente. En mis sueños, bailo. Regreso a la isla de mi juventud, a la playa de arena negra volcánica de Porphyry, donde el lago lame la orilla y el viento agita las ciperáceas. Me inclino a recoger vellosillas anaranjadas y ranúnculos para añadirlas al ramo de margaritas que llevo en la mano. También está Emily, la hermosa y silenciosa Emily, siempre con un pie en el mundo de los sueños. Nos tomamos de la mano, dos partes de un todo, y reímos y bailamos y giramos hasta caer sobre la arena cálida, sin aliento, para contemplar las nubes que discurren por el cielo de verano.

Pero, últimamente, un lobo se ha colado en mis sueños. Puedo ver cómo nos observa entre los árboles. Se desliza entre los troncos de los abedules y los abetos, bordea la orilla y nos contempla con unos fríos ojos amarillos mientras bailamos. Emily no se asusta del lobo. Lo mira fijamente hasta que él se tumba al borde de la playa, esperando. Pero a mí me da miedo. Sé por qué está aquí. Aún no ha llegado el momento. Pero, cada día, sé que estrecha el cerco y tarda más en apaciguarse.

Esta es una de las razones por las que decidí que había llegado el momento de mudarnos a la orilla del lago. Aquí, a pesar del dolor, a pesar de todos los recuerdos enterrados, estamos cerca de casa, cerca de la isla Porphyry y el faro, lo más cerca que he podido conseguir. Es lo que Emily habría querido.

Tomo otro sorbo de té. Ya está tibio. El sol de la tarde se cuela por la ventana, aportándome más calor que la infusión. Sostengo la taza con cuidado en el regazo y giro el rostro para recibir el haz de luz en su plenitud.

Oigo la voz de Marty en el exterior. Sé que es el alma de este lugar. Y cómo sabe de arte, casi tanto como yo. Antes de que me abandonara la vista, me traía libros de pintura y tomábamos el té juntos. Pasaba las páginas y comentábamos o criticábamos la obra, dependiendo del artista. Escuchaba ávidamente cuando yo compartía historias de mis viajes y anécdotas interesantes recopiladas a lo largo de una vida recorriendo galerías de arte y estudiando a los grandes maestros. «La mujer del cuadro era la amante del artista», decía mientras observábamos el trabajo de Monet. «Esta pintura», le conté, «fue robada a los judíos durante el Holocausto y fue hallada décadas después en un desván en Italia. El americano que la compró aseguraba que había pertenecido a su bisabuelo holandés antes de la guerra». A Marty y a mí nos encantan los impresionistas. «El artista contrató a tres personas para cuidar de sus jardines, unos jardines enormes, Marty, llenos de estanques y senderos y tantas flores que ni te imaginas. Mira todo ese color». Era uno de mis lugares favoritos de todos los que habíamos visitado. Nos quedamos en el puente, tocamos las glicinias. Pero el gentío era abrumador, allí y en todas partes, por eso desaparecimos.

Debería haber sabido que él reconocería su obra: las líneas sencillas, el movimiento y el uso del color. Inquiría con la mirada y yo le contestaba del mismo modo. Él ha sido la única persona con la que he compartido historias de mi pasado. No habla mucho, pero sabe escuchar. Eso me basta.

Marty también se dio cuenta de cuándo comencé a perder la vista. No pronunció ni una palabra. No dijo nada cuando advirtió mis movimientos torpes, mis pasos dubitativos. Simplemente dejó de traer libros y comenzó a traer discos. Chopin, Mozart, Beethoven. Y continuamos tomando té y escuchando, dejando que la música dibujase las pinturas que yo ya no podía ver.

Creo que lo entiende. Creo que sabe la pena que me causa lo de Emily, si es que se puede llamar así. Éramos Elizabeth y Emily, las mellizas, las hijas del farero. Es duro ser otra cosa. Es duro ser simplemente Elizabeth.

Siento que una nube eclipsa el rayo de sol, siento que la luz se disipa con la visión borrosa que me queda. La brisa hace susurrar las persianas y me recorre un escalofrío que se cuela con dedos helados entre los huecos de la colcha. Para mí, el otoño es una época encantada en la que el mundo se pinta con los colores de los grandes maestros. Hay mucha gente que teme a esta estación a pesar de su esplendor y su romance, pues la consideran la puerta que conduce al fin, al invierno de la muerte. En cambio, a mí el otoño me hace sentir viva. El otoño es al mismo tiempo el comienzo y el final.

A regañadientes, aparto el rostro del rayo de sol en declive y deposito con cuidado mi taza medio vacía en la bandeja. Doblo la colcha y la deposito en el brazo del sillón. Ya es la hora. Con un cuidado estudiado, me levanto y cruzo la habitación hasta la puerta, me detengo un instante en el umbral, con una mano en el marco, dudando. Es un ritual diario, uno que me hace sentir completa, aunque sea por poco tiempo. Salgo al pasillo y me alejo de mi habitación en dirección a la otra ala.

El lobo tendrá que esperar.

4

MORGAN

 

—Entonces, ¿lo hiciste tú sola?

Cuando Marty pregunta, parece que no está preguntando. Casi no se puede considerar una pregunta.

Estamos llenando un cubo con agua templada en el fregadero de su oficina. Marty acaba de llenar otro cubo con una colección de herramientas y brochas.

—Sí, claro —respondo. Tengo que obedecerle, pero no tengo que contarle más de lo que le conté a la poli. Sé que no cree que yo fuera la única implicada aquella noche.

—¿Usaste pintura en aerosol?

—Ajá.

Llevamos el cubo y las herramientas al exterior del jardín de los residentes. Para ser una cárcel de viejos, no está mal. Hay montones de plantas, senderos y una zona exterior cubierta con una pérgola de madera con sillas y mesas debajo. La mayoría de las plantas parecen que ya han florecido y han sido podadas. Todavía quedan algunas flores moradas. Se parecen a las margaritas, pero no son exactamente iguales. La valla recorre todo el perímetro trasero y lo separa del carril bici que discurre junto al río.

Marty se ha puesto una chaqueta de franela a cuadros rojos y yo llevo su mono azul. Rodeamos la valla y nos situamos en la cara exterior al edificio. Deposita el cubo en el césped y se queda de pie cruzado de brazos, mirando.

—No se va a borrar solo con lavarla —dice él.

—No jodas —murmuro, lo bastante alto como para que me oiga.

Marty continúa en el mismo sitio, contemplando la valla.

—¿Qué clase de pintura utilizaste?

¿Este tío está de coña?

—Espray.

—Sería de mala calidad.

Eso lo sé ahora. Era una mierda barata que goteaba y no tapaba el fondo como yo quería.

Me siento en la mesa de pícnic sin responder. Tengo todo el tiempo del mundo para sus preguntas.

—¿No terminaste?

—¿Qué?

—Ya sabes… ¿No lo terminaste?

Observo mi trabajo. Marty tiene razón. Está incompleto.

—No. Alguien debió de llamar a la poli, así que nos… me piré.

Era la primera vez que pintaba un grafiti tan grande. Quería demostrarles que era lo bastante buena como para formar parte de su panda, y esta era la única manera. Lo hice sola, pero Derrick me acompañó. Se suponía que tenía que vigilar, asegurarse de que no me pillaran.

Los conocí en una fiesta a la que me llevó Derrick. Estábamos sentados alrededor de la mesa de la cocina; yo estaba dibujando en una caja de pizza vacía cuando uno de ellos comenzó a observarme. Había dibujado lo mismo tantas veces, una y otra vez, que me salía sin pensar apenas en lo que estaba haciendo. No sé por qué ese dibujo en concreto había sido siempre uno de mis favoritos, pero me gustaba jugar con él, cambiarlo, hacerlo mío y mantenerlo como estaba al mismo tiempo. Cuando vi que estaba mirando mi dibujo, lo cubrí con la mano y traté de esconder la caja. Pero el chico me detuvo. Cogió la caja de pizza y lo estudió. Dijo que era bueno, bueno de verdad, y me preguntó si alguna vez me había planteado pintarlo a lo grande, si no me gustaría verlo en alguna pared. No sabía de qué me estaba hablando. Derrick me contó más tarde quién era, que formaba parte de una pandilla de grafiteros. Me enseñó algunas de sus obras en la ciudad y eran la hostia.

Nos volvimos a topar con ellos unas semanas más tarde, y después de tomarnos unas cervezas nos invitaron a Derrick y a mí a acompañarlos a la zona de entrevías junto a la estación. Me gusta pensar que fue porque les había gustado mi dibujo, pero sé que nunca nos lo habrían pedido de no ser por Derrick. En cualquier caso, me la sudaba. Simplemente me alegraba que hubieran contado conmigo. Los observé mientras avanzaba a hurtadillas con ellos junto al tren, cerca de unos silos de cereal abandonados, con el corazón a mil por hora y las manos sudorosas. Dios, era un subidón. Volcar tu alma en una pared o en un vagón y ser capaz de dar un paso atrás y ver reflejados tus miedos y tus esperanzas, tus sueños y tus fallos. Y ser capaz de caminar por la ciudad, recorrerla con otra gente, dejar tu huella en ella, demostrar que estás vivo. Quería formar parte de algo así. Robé unos botes de pintura de los almacenes Canadian Tire y comencé a trabajar en mi firma, a pensar en mi obra, haciendo algunas cositas aquí y allá. Me sentía como el puto Banksy.

Marty observa la valla como si estuviera en una galería de arte. Yo espero.

—Ejem —es todo lo que dice.

Se aproxima a la valla. La pintura está levantada, salvo en las zonas que yo tapé. Era un lugar absurdo para pintar, ahora lo sé. Marty rasca un desconchón con la uña y lo deja caer al suelo. Parece que la valla necesitaba una capa de pintura desde mucho antes de que yo me acercara a ella con mis espráis.

—Lo primero es rascarla. —Me pasa un rascador—. Por ambos lados. Luego la limpiaremos con un cepillo de alambre.

Da media vuelta y regresa a la entrada, silbando.

 

 

Derrick me ha comprado un iPod y unos cascos. Siempre me regala cosas. Bueno, quizá no siempre. Pero, a veces, se presenta sin avisar y dice como si nada: «Oye, te he comprado una cosa». Y todo es genial. Somos geniales. Otras veces paso días sin saber de él y me pregunto qué demonios habré hecho mal. Los regalos no me importan. Son bonitos, pero la verdad es que todo eso me la suda.

Con música, el tiempo pasa más rápido. Después de pasarme varias horas rascando la valla tiene una pinta desastrosa. La pintura de las zonas que no cubrí con mis colores brillantes sale con facilidad. El suelo y los jardines están llenos de restos de pintura.

Marty regresa al fin. No lo había visto desde que me dejó allí con el rascador. Pero a mí no me la pega. Sé que ha estado observándome todo el tiempo. Estoy segura de que Anne Campbell, enfermera, directora ejecutiva, también estaba espiándome a través de una de las ventanas.

—Es un comienzo —es todo lo que Marty dice.

Recoge el cubo, echa el agua en un arbusto y se dispone a regresar al interior, de manera que lo sigo con el resto de herramientas. Me desprendo del mono y lo cuelgo. Tengo las botas cubiertas de desconchones de pintura.

—La próxima vez quizá quieras ponerte otros zapatos. —Marty está de espaldas a mí, está colgando su chaqueta de cuadros en un gancho junto al mono. Sin girarse para mirarme siquiera, añade—: Hasta el jueves.

Qué puta pérdida de tiempo.

5

ELIZABETH

 

Le he pedido ayuda a una auxiliar para que me saque al jardín con la silla de ruedas. El día es demasiado hermoso para pasarlo enclaustrada entre cuatro paredes de cemento y conformarse con los rayos de sol que se filtran a través del cristal. Necesito que el aire fresco y la luz colmen mi cuerpo frágil, que me sustenten durante los largos meses de invierno que me esperan.

Supongo que podría haber salido utilizando el andador, pero se hace cada vez más y más difícil por culpa de la vista: ya solo distingo sombras que bailan ante mí como espíritus, que se niegan a tomar forma y perfilarse. Voy abrigada con un cálido forro polar y tengo una manta de lana calentita sobre las piernas. Llevo las gafas de sol que Marty me regaló en verano. Mis ojos son ahora sensibles al viento y a la luz. Qué ironía.

—¿Qué le parece aquí, señorita Livingstone? —me pregunta la auxiliar, después de llevarme hasta la pérgola. Es joven. Lo reconozco por la voz, pero es nueva y soy incapaz de asociarla con un rostro conservado en el recuerdo. No preciso mucha ayuda, pero cuando sí la necesito, me gusta saber que puedo disponer de ella.

—Si no le importa —le pido—, lléveme un poco más allá, donde pueda darme el sol. —La chica me complace.

Anoche estaba muy inquieta. Medio dormida, medio en vela, me adentré en el mundo de los sueños donde la mente consciente sufre engaños ilusorios. En esta ocasión no vi al lobo al acecho, pero noté su aliento cálido y húmedo contra la piel fría y seca del cuello. Trato de encontrar a Emily desesperadamente, la llamo, pero el fragor de las olas que se estrellan contra los acantilados de Porphyry se traga mis gritos. Resbalo con manos sudorosas en las ramas que cuelgan como cortinajes oscuros y velan el bosque. Desperté sobresaltada, con el corazón desbocado.

Aún no.

Me quedé tumbada un rato, sin hacer nada más que respirar. No me hizo falta encender la luz cuando salí de la cama. Conozco cada pulgada de mi habitación a la perfección. La cama individual cubierta con la colcha que Emily y yo confeccionamos tantos años atrás con retales de tela rescatados del montón de trapos o recortes de vestidos viejos. Un tocador pequeño colocado contra la pared más alejada, que contiene una vida entera de recuerdos encerrada en dos cajones. El sillón donde padre se sentaba a leer el periódico; el único que sobrevivió y que hizo el viaje de la casa del faro cuando abandonamos la isla. Nos esperó, guardado en el desván de Maijlis durante casi sesenta años, mientras Emily y yo recorríamos el mundo. Hay días en los que creo que aún puedo oler el humo que desprende el tejido raído.

Vestida solo con un camisón de algodón y descalza, crucé la habitación y abrí la ventana. La brisa, fría y húmeda, no tardó en colarse. El pelo, que se ha vuelto del color del búho níveo, se me pegó a la frente por el sudor, producto del ajetreo durante el duermevela. Mientras me acomodaba en el sillón de padre, la corriente me envolvió, llevándose consigo los leves retazos del sueño. En medio de la noche, los sonidos se perciben con nitidez: oí el clamor de los trenes al pasar y cambiar de vía, con los motores diésel quejándose del esfuerzo. Una sirena. Una ambulancia. Alguien que se las veía con la tragedia. Coches. No demasiados. Debía de ser tarde. O muy temprano. En ausencia del viento, los árboles no se habían sumado a la conversación. Fue entonces cuando lo escuché. Sí. Levísima, pero ahí estaba.

Una sirena de niebla.

Dormí un rato en el sillón hasta que me entró frío con aquel camisón tan fino. Entonces regresé bajo la colcha a esperar a que los pasillos se desperezaran con los sonidos de la mañana.

Ahora ya es media tarde. El sol ha borrado la humedad del aire y ha caldeado la tierra lo suficiente como para dejarme oler la riqueza del suelo. Todo es obra de Marty. Sabe mucho sobre fertilizantes orgánicos y mantillo. Y, como los pintores de sus preciados libros, es un experto del color. Las margaritas de otoño deben de haber florecido ya: color púrpura con el centro amarillo brillante. Quizá las anémonas japonesas hayan sobrevivido. Desde luego, los crisantemos están durando más de lo esperado. Y el áster.

Oigo a los gorriones buscando comida bajo la mesa de pícnic. También distingo otro sonido. Como si estuvieran rascando. Y un leve zumbido, el compás de una música distante que me recuerda vagamente a Mozart. Ah, sí. Marty lo ha mencionado. Una chica, me contó, Morgan. Hizo una pintada en la valla hace algunas semanas y ha despertado todo tipo de comentarios cascarrabias sobre la pereza y la falta de respeto de la juventud de hoy en día. Por parte de Marty no, desde luego. Me ha contado, con sus formas bruscas, que le intrigaba la pintada. A mí quien me intriga es Mozart.

Me doy cuenta de que me he quedado dormida cuando me despierto al oír el sonido de unas pisadas que se dirigen hacia mí por el camino enlosado. Doy por hecho que será la auxiliar, que ha regresado para volver a llevarme a mis dominios. Menuda viejecita estoy hecha. Dormida en una silla de ruedas, nada más y nada menos, envuelta como un bebé en mantas y arrullos. ¿Habré completado el ciclo de la vida?

Distingo tres pares de pies. Qué curioso. Los gorriones continúan piando, pero el sonido rítmico y enérgico de alguien raspando la valla ha enmudecido abruptamente.

—Señorita Livingstone. —La voz pertenece a la señora Campbell—. A estos dos agentes de policía les gustaría hablar con usted un momento. ¿Le apetecería volver al interior del edificio?

Debería haberlos reconocido por el sonido de sus zapatos. Seguro que son negros, tiesos y relucientes de tanto frotarlos.

—No. No, gracias, Anne. Estoy segura de que me pueden contar aquí mismo lo que hayan venido a decir. Por favor, siéntense. —Señalo con la cabeza las mesas de pícnic.

—Estupendo, entonces. Estaré en mi despacho si me necesita. —Los prácticos zapatos de la señora Campbell se retiran.

—Señorita Livingstone, soy el agente Ken Barry. Esta es mi compañera, la agente Cheryl Coombs.

No les tiendo la mano. No deseo ser maleducada, pero sé por experiencia que los agentes de la ley rara vez son portadores de buenas nuevas.

—Acabamos de tener una reunión con los guardacostas y… —El agente Barry parece tener dificultad de palabra—. Han encontrado un velero varado en la orilla, abandonado con grandes desperfectos en la bahía Middlebrun, cerca de Silver Islet. El nombre del barco es Wind Dancer. Está registrado a nombre de Charlie Livingstone. Su hermano.

Puedo oír a los gorriones. Me da la sensación de que se están peleando.

—Señorita Livingstone, existe una pequeña posibilidad de que fuera capaz de alcanzar la orilla a nado. El caballero que descubrió el barco –un hombre llamado Arnie Richardson, que dice conocerla– consiguió vadear el barco y subir a bordo. Cabe la posibilidad de que el señor Livingstone abandonase la embarcación indemne. —Se detiene—. Es posible, pero desafortunadamente no es probable. Nos ayudaría conocer el motivo de que estuviera navegando en esta época del año por el lago, saber adónde podía dirigirse. Así podríamos estrechar nuestra búsqueda. ¿Se le ocurre algo que pudiera servirnos de ayuda?

Debía de haber más de diez gorriones. Sonaba como si estuvieran posados en las hortensias del extremo más alejado de la valla, esperando para regresar al patio.

Uno de los agentes deposita algo sobre la mesa.

—Los encontramos a bordo. Parecen antiguos cuadernos de bitácora de Porphyry. Creemos que podrían haber pertenecido a su padre. Arnie Richardson pensó que debería tenerlos usted. Nos dijo que se había enterado de que se había mudado a Thunder Bay, que podríamos encontrarla aquí.

Los gorriones vuelven a la carga; se desplazan con un leve aleteo hasta las ramas del arbusto de lilas. Descansan un momento y permiten que un cuervo se haga notar a base de graznidos. Estoy cansada. Es la hora de mi té de la tarde. Y Marty me regaló una lata de galletas. Está junto al farol de aceite. El que se parece a la lámpara que siempre estuvo en la casa del ayudante en el faro Porphyry. Los gorriones disfrutarían con las migas de las galletas. Tengo que acordarme de traer una o dos mañana, si el tiempo lo permite y puedo volver a sentarme fuera.

Pero los agentes esperan. Aguardan mi respuesta. Han hablado con Arnie Richardson. Quieren saber más de Charlie. Quieren saber por qué iba a bordo del Wind Dancer. Quieren saber adónde se dirigía. No se dan cuenta de que para mí era prácticamente un extraño. Aun así, lo sé. Solo existe un lugar posible.

—Porphyry. Se dirigiría a la isla Porphyry.

6

MORGAN

 

Vuelvo a coger el rascador y comienzo por el otro lado de la valla. Esta vez llevo las botas de trabajo de Caleb, que me quedan dos tallas grandes. Lleva con Laurie y Bill más tiempo que yo, pero es un puto holgazán y probablemente no las echará en falta. Entre las botas y el mono azul de Marty, parezco un personaje de dibujos animados. Soy un chiste.

Los polis se han largado, pero la vieja se ha quedado en la silla de ruedas. Resulta de lo más ridícula con esas gafas de aviador y el pelo largo y lacio, tan blanco como la nieve, que le cae sobre los hombros. Debe tener al menos cien años. Ni me imagino cómo debe ser llegar a esa edad, a esas alturas ya no esperas nada de la vida. Probablemente te falle la memoria, de manera que también habrás perdido tu pasado. No te queda nada salvo el penúltimo aliento.

Tomo aire. Una inspiración larga y profunda. Casi no noto la ironía.

—Morgan, ¿no es así?

Me está hablando. Sabe mi nombre.

—Parece que dentro andan un poco ocupados. Seguro que la valla puede esperar unos momentos mientras me ayudas a volver a mi habitación. Bien sabe Dios que si continúas a ese ritmo pronto atravesarás la valla. Tampoco es que haya tanta pintura.

No me está mirando, pero no tengo manera de ignorarla.

—Se supone que no debo, creo… Ejem… Interactuar con los… residentes.

—¿Siempre haces lo que se espera de ti?

No suena como una pregunta. Está sentada en la silla con la espalda erguida y el mentón levantado, con las manos enguantadas en el regazo. Me gustaría poder ver los ojos que ocultan esas estúpidas gafas.

—Vale —acepto, dejando caer el rascador en el cubo con las otras herramientas—. Si nos pillan diré que ha sido cosa suya.

—El paquete —me dice, señalando la mesa con una de las manos—. El que han dejado. Tráemelo.

Obedezco. El paquete está envuelto en una especie de lona blanca desvaída y huele a tierra y a moho. Está atado con bramante, pero los nudos están flojos y la tela medio suelta deja ver el interior. Parece un montón de libros, libros con tapas de cuero y páginas amarillentas y rasgadas. Dejo todo sobre el regazo de la vieja.

Nunca había llevado una silla de ruedas, de modo que tengo que maniobrar un poco para pasar por la puerta.

—Es la tercera habitación por la izquierda.

Al pasar por delante de la oficina de Marty, le oigo silbar. No lo miro, continúo caminando, con la mirada al frente y arrastrando las botas prestadas por el suelo de baldosas.

Las habitaciones de los residentes no se parecen en nada a lo que había imaginado. Son como apartamentos de una sola habitación. Echo un vistazo rápido a nuestro alrededor mientras cruzo la puerta con la silla de ruedas. Hay una mesita de comedor además de una cama, un tocador con algunos dibujos enmarcados y un sillón que parece muy cómodo. La cama está cubierta con una colcha de retales. La tela está gastada e imagino que está hecha a mano, quizá sea una antigüedad. El mobiliario también es una reliquia. Como ella. Pero lo que capta mi atención es el farol. Nosotros teníamos uno así. Era rojo y el cristal se empañaba cuando lo encendíamos, yo solía limpiarlo con un trapo viejo.

La mujer suspira.

—Eso será todo, Morgan. Gracias.

—Vale. —Me doy la vuelta para marcharme.

La mujer recorre el paquete con las manos. Lo levanta y lo coloca sobre la mesa, y después comienza a doblar la manta con la que se arropaba en la silla.

—¿Pensabas que la policía había venido a por ti?

Me detengo junto a la puerta.

—¿Qué?

—¿Por qué te escondiste?

Me giro y me quedo mirándola.

—No estaba escondida. Los polis saben que estoy aquí.

La mujer coloca la silla en su sitio y acciona el freno, después se levanta con cuidado y deja la manta a los pies de la cama. Rozando el tocador con una mano, se dirige al sillón y se gira para sentarse. Se quita las gafas de sol y las deja sobre la mesa junto al paquete, apoyando la mano sobre la pila de libros.

—Elizabeth. Soy Elizabeth Livingstone.

Observo sus ojos color castaño oscuro, perspicaces y desafiantes, pero, al mismo tiempo, vacíos.

La anciana está ciega.

Hay algo en esos ojos vacíos que me causa desasosiego, aunque solo por un instante. Luego la sensación desaparece. Qué estupidez. Me la suda quién sea ella y no tengo ningún interés en entablar conversación. Paso.

—Pues vale. —Me giro y me marcho, dando pisotones por el pasillo.

7

ELIZABETH

 

Su marcha no me sorprende y no me la tomo a mal, pero me hace suspirar. El miedo puede convertirse en rabia con gran rapidez: la chica tiene miedo a lo que le pueda deparar la vida y está furiosa con el mundo por ese motivo.

Enrollo la tela encerada distraídamente. El borde está hecho jirones en los puntos donde el tejido se ha escapado entre el bramante anudado descuidadamente. Basta con un tironcito para que el cordel se afloje y se abra el envoltorio húmedo, revelando las tapas de cuero de los diarios. Los acaricio con las yemas de los dedos, explorando la superficie del primer volumen, deteniéndome un momento en el grabado en el centro de la tapa y recorriendo las iniciales A. L. repujadas.

Andrew Livingstone. Mi padre.

La última vez que tuve estos diarios en mis manos fue después de que Charlie regresara a la isla, antes del incendio. En ese preciso instante, me di cuenta de que el mundo furioso y atroz sumido en guerra y prejuicios había cambiado al hermano que yo conocía, al hermano que veía como otro defensor, como el protector de Emily. Debería haberlo adivinado entonces, debería haber sabido que él era capaz de volverse contra ella. ¿Vivió para lamentarlo? Siempre he creído que sí. Ahora es probable que nunca lo sepa.

Habían dicho que había sido Arnie Richardson quien había hallado el velero. Quien había pensado que yo debía quedarme con los diarios. Llevaba una vida entera sin oír ese nombre. En una ocasión nos mandó una carta. La recibimos años después de que fuera enviada, después de perseguirnos por medio mundo dentro de un paquete remitido por nuestro agente con la correspondencia sobre libros y derechos de autor e invitaciones a eventos a los que nunca asistíamos. En ella nos hablaba de su regreso a la isla semanas después del incendio, su regreso al faro de Porphyry para rescatar lo que pudo entre los restos calcinados de los edificios tiznados de humo. Si alguna vez decidíamos regresar a casa, nos decía, encontraríamos lo poco que se había salvado en el desván de la casa de Maijlis. Nunca contesté. ¿Qué diferencia suponía después de tanto tiempo? Lo habíamos dejado todo atrás. Habíamos vivido nuestras vidas. Aun así, no me sorprendía que supiera que habíamos vuelto a casa. A pesar de nuestro aislamiento, debía de haberse enterado de que las escasas posesiones que él había ayudado a conservar habían sido retiradas. Maijlis había fallecido hacía años, pero su hija tuvo a bien de enviárnoslas a la residencia de ancianos Boreal.

No había pensado en estos diarios durante muchos, muchos años, pero no había olvidado el momento en que los había visto por última vez. Fue a principios de primavera, supuestamente Emily había ido a buscar leña al cobertizo. Llevaba mucho rato fuera y por aquella época, después de lo sucedido, me sentía intranquila si se alejaba de mí. La encontré en la casa del ayudante. A veces iba allí, quizá por el mismo motivo que yo, para recordar. Estaba sentada en el sillón de padre, había retirado la tela encerada y tenía los libros abiertos en el regazo. En ese momento recordé los diarios. Recordé a padre sentado en su escritorio escribiendo, mientras sonaba música en la radio y crepitaba la estufa de leña. Después de su muerte habían desaparecido, pero su ausencia me había pasado desapercibida. Emily no sabía leer, pero observé cómo acariciaba las páginas con la mano, rozando las letras, oyendo su voz, por eso me entraron unas ganas irrefrenables de hacer lo mismo. Cogí uno de los libros, acaricié la tapa con la mano con el mismo gesto que hago ahora, repasando las iniciales A. L. grabadas en el cuero oscuro.

El chirrido del carrito de la cocina en el pasillo que anuncia la hora del té me saca de mi ensimismamiento. Llaman a la puerta.

—¿Le apetece un té, señorita Livingstone? —me pregunta la auxiliar. Deposita una bandeja en la mesa—. ¿Quiere que se lo sirva?

—No. No, gracias. —Acaricio los libros—. Me las arreglo bastante bien sola. Pero, si no le importa, deme la caja de galletas que hay junto al farol.

La auxiliar me la tiende con una mano.

—¿Hay algo más que pueda hacer por usted?

Noto el metal frío. He regresado a la casa del ayudante del farero de la mano del diario de mi padre. Emily había apilado el resto de los libros en la mesa junto a ella y había cogido una lata de galletas. La sostuvo en alto, suspendida entre ambas. Justo cuando fui a cogerla, la sombra de Charlie se cernió sobre la puerta. Se detuvo un momento, le bastó un instante para asimilarlo todo: los diarios, Emily, la caja.