El Secreto del Yguazú - Hugo Benjamín López - E-Book

El Secreto del Yguazú E-Book

Hugo Benjamín López

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Beschreibung

Karova, un guaraní abandonado desde pequeño y criado por padres jesuitas, escucha que en su tierra natal, Yguazú, existe un tesoro secreto que podría cambiar la vida a cualquiera que lo encontrase. Decide ir tras ese tesoro, pero su tierra queda lejos y para llegar a ella debe sobreponer ríos caudalosos, una inmensa selva y además conseguir el permiso de los estrictos padres. Su aventura comienza cuando escucha a hurtadillas una conversación privada de los religiosos, en la que comentan que él ya tiene edad suficiente para acompañar a los padres Diego y Claudio, quienes van a fundar un nuevo pueblo, Santa María del Yguazú. Allí vivirá experiencias jamás esperadas.

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Seitenzahl: 259

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

López, Hugo Benjamín

El secreto del Yguazú / Hugo Benjamín López. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

212 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-019-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Aventuras. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. López, Hugo Benjamín

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Prólogo

Tengo el enorme agrado de presentar esta obra, cuyo autor no solo es un colega, sino la persona que admiro desde el momento de leer sus editoriales referidas a nuestra pasada historia tan rica y que aún debemos conocer. Si bien aprecio todo el trabajo realizado por este excelente escritor, considero importante confesar mi preferencia por esta última creación.

A continuación, explicaré por qué. Si bien sus trabajos anteriores se caracterizan por su realismo y brillante redacción, a esta obra se le suma una exquisita sensibilidad verbal sin caer en el exceso, la empatía, la soledad necesaria, la capacidad de observación, la ambición literaria. La naturaleza del escritor se palpa y se vivencia en la exhaustiva investigación que ha realizado.

Es notable la sencillez con que se explican los acontecimientos muy complejos que nos permiten a los lectores sin conocimientos específicos del tema comprender sin mayores dificultades el tópico elegido. La estructura y voces narrativas, tipología del relato y escenarios son algunos de los otros recursos bien aprovechados en la novela.

El título de la obra, El Secreto del Yguazú, es una incógnita que solo el lector podrá desenmarañar. El novelista con excelente creatividad extrae de la historia misma el personaje principal, con gran acierto del nombre elegido, Karova, y los personajes secundarios que conforman todo el relato. Esta es una novela que pueden disfrutar grandes y chicos, incluso una buena excusa para crear un vínculo. Confío en que este libro pasará a ser un clásico en las bibliotecas de muchas familias y un buen material de estudio en primarias, secundarias y universidades.

Esto se debe a la riqueza tanto en información que se nos brinda como en el plano artístico que nos ofrece el escritor. No seré yo quien adelante el argumento de la obra, pues corresponde al lector descubrirlo. Sí diré que es un libro ameno donde predomina, aunque no exclusivamente, la aventura. Tenemos historia, belleza de lenguaje y corazón y, con ello, la combinación perfecta para conseguir lo que esperamos al abordar la lectura, que mantenga atrapado y que produzca emociones. Contar una historia es contar bien esa historia. Y contar bien una historia es literatura. En esta novela, todo se complementa. Inclusive debo agregar que el uso del idioma guaraní hace notar una lingüística especial y nos muestra una redacción interesante.

Agradezco el espacio para compartir con los lectores los sentimientos que me generó esta obra y felicitar al escritor, Hugo López, por su excelente trabajo.

María Esther Rolón

Nota del autor

En la región de los ríos Paraná, Uruguay e Iguazú, en los actuales Nordeste argentino, Sur del Paraguay, Sur del Brasil y Norte del Uruguay, los jesuitas fundaron y dirigieron más de 30 pueblos o “reducciones” entre los años 1609 y 1768. En estos pueblos solamente podían vivir nativos y jesuitas por Real Orden de la Corona española.

Algunas reducciones llegaron a contar con 20 mil guaraníes como habitantes, quienes eran instruidos religiosa y académicamente por los padres jesuitas, que nunca eran más de dos o tres por pueblo. Registros históricos de quienes los visitaron dan fe de que estos pueblos eran verdaderos paraísos sin nada que envidiar a las ciudades europeas de la época.

La historia de Karova sucede en dos de tales pueblos: Nuestra Señora de Loreto, que funcionó hasta 1633 a las orillas del Río Paranapanema (actual estado de Paraná, Brasil), y en Santa María del Yguazú, que existió entre los años 1626 y 1633 en la margen argentina del río Iguazú, a 15 kilómetros río arriba de sus conocidas cataratas.

El secreto del Yguazú

I

De cómo conocí de dónde vengo

Fueron cuatro los varillazos que recibí esa vez por haber entrado sin permiso al sitio de los libros. Y aunque sobaba con rabia la mano que latía colorada y doliente, sonreía complacido mientras secaba mis lágrimas, porque había logrado añadir a mi memoria las letras que robé.

No entendía por qué era prohibido para mí leer los escritos en la reducción. No me alcanzaba la explicación de la falta de edad para comprender, menos cuando pensaba en que los mismos padres se habían esmerado en enseñarme a leer y a escribir.

Esa tarde, caliginosa y pesada, todos cayeron en una siesta casi obligada, excepto los que hacían oír sus martillazos en la cantera a lo lejos. Vi entonces la oportunidad perfecta para entrar al salón de los libros sin que lo advirtiera el padre Antonio1, quien en aquel momento dormitaba sobre la silla que ubicaba siempre en la galería de la iglesia, donde la escasa brisa calmaba su calor.

Entré sin ruido alguno, pues la cortina que oficiaba de puerta en aquellos días no representó obstáculo ni inconveniente. Parado frente a todos los libros, recorrí con la vista rápidamente los estantes donde ya había estado, y cuando el título Naufragios2 atrapó mi mente, lo agarré sin dudar para comenzar a deglutirlo desesperado. Mi corazón galopaba con las letras del aventurero mientras mi sangre bullía alerta para captar cualquier ruido sospechoso.

Quise esconderlo debajo de mi túnica, pero las marcas de los varillazos anteriores que perduraban en mis manos me dijeron que no. Busqué con prisa otros títulos. Cartas hizo que mis ojos se agrandaran; desaté con cuidado el lazo que las mantenía juntas, leí las primeras que venían de la España y, justo cuando vi los saludos de una proveniente de Roma, me sobresalté ante el grito del padre Antonio en la puerta-cortina.

—¡Karova! Dios te perdone esta desobediencia repetida. ¡Ven urgente a la sacristía!

Acudí dócil. Ya la excusa de no volver a hacerlo era inútil. La pena, pensaba yo, reiteraría lo de las veces anteriores: una larga exposición sobre por qué debo obedecer, y luego los varillazos en la mano a elección del padre que estuviera de turno para castigarme. Sin embargo, esa vez fue diferente.

La enorme silla de la sacristía dejaba mis pies colgando y me daba la altura para alcanzar la mesa que empezaba a verse más pequeña que cuando desayunaba en el regazo del padre Cataldino3. No quería sentir el rigor de las varas, pero suplicaba que todo pasara rápido, que no demoraran en llegar, que no me hicieran sufrir esperando mi propio dolor y que comprendieran que solo quería saber qué decían los libros, por si en alguno de ellos se encontraba alguna verdad sobre mi familia.

Recuerdo que en la galería retumbaban los pasos del padre Antonio y su diálogo con alguien sonaba cada vez más cerca. No lograba descifrar la voz del otro, que parecía más bien escuchar con atención y solo soltar alguna pregunta de vez en cuando con voz grave, dulce.

Esto aumentó mi ansiedad. Comencé a frotar mis manos, sintiendo que transpiraban con locura. Era la primera ocasión en la que dos padres venían a corregirme.

—Ahora vamos a hablar con él —dijo el padre Antonio justo al abrir la puerta.

La saliva trabó mi garganta por unos segundos.

No levanté la cabeza hasta que los padres me dijeron que así lo haga: era el hábito impuesto por ellos cuando de penitencia se trataba. La conversación la dirigió el padre Antonio, después de unos segundos de silencio aterrador.

—El tiempo es lo único que no podemos retener ni acelerar, Karova. Tú has visto cómo, desde sus cimientos, esta iglesia y las casas del pueblo se han levantado con el pasar del tiempo. Así también fuiste tomando forma tú. Los días te dieron más altura, más conocimiento, más amigos, más aventuras… Pero todo sin haberse detenido ni haberse acelerado un solo segundo. Y aun cuando pienses en esto como un elemento simple, es quizás el más difícil de aceptar, reconocer y entender en la vida. Vastas fueron las veces que hemos leído del Eclesiastés4 del predicador que todo tiene su tiempo debajo del sol, todo tiene su hora. También tiene su momento la lectura de los libros y escritos, algunos de ellos ya conocidos por ti, por habértelos leído yoo el padre Cataldino, desde que eras aún muy pequeño. Solo te hemos pedido que no los leas a solas sin nuestro permiso, porque no tienes edad para ello y la edad es tiempo, llega segundo a segundo, enseñando sobre todo la virtud más gloriosa, la paciencia. Esto lo sabesy has recibido decenas de advertencias, castigosy penas que debían ya haberte enseñado que no debes apurar los días. Sin embargo, te empeñas en leerlos a escondidas, sin habernos dado ninguna razón convincente de por qué lo haces. El padre Roque5, aquí conmigo, sabe de tu interés por las letras y élhablará contigo sobre tu responsabilidad de obedecer los preceptos que impartimos delante de Dios, Ñande Ru6. Quedarás aquí a solas con el padre y no saldrás hasta que de tu corazón salga la confesión que exige Dios de ti.

No hubo palabra alguna ni sonido después de que el padre Antonio cerrara la puerta tras él. Cabizbajo, frente a este recién conocido padre Roque, temblaba al pensar que el castigo podría ser desconocido y, por lo tanto, peor que los anteriores.

El augurio de alguna novedad hacía que mis venas se desvanecieran de tantos latidos; el estómago duro bloqueaba mi respiración, pero el respeto por la presencia de un padre delante de mí me mantenía estoico, sobando mis dedos con vehemencia, mirando cada ladrillo del piso —uno vertical, otro horizontal—, adivinando los canales de agua debajo de ellos, planificados con exactitud por el padre Cataldino, a quien vi desde mi caja de niño recitar solo cada uno de los detalles que transformaron al piso en uno muy mentado en todos los pueblos, por su frescura en verano y su calidez en invierno. Ahora, sin embargo, mis pies no alcanzaban su refrescante caricia. Como distracción momentánea, estiraba una de mis piernas con esfuerzo para rozar al menos uno de los ladrillos, sin notar la mansa atención del padre Roque, sentado inmóvil a poca distancia, que atajaba el mentón con una de sus manos y la cabeza levemente inclinada.

—Karova, ¿sabes que, de todos los que te conocen aquí, yo soy el que te conoce de más pequeño?—comenzó el padre Roque, confirmando mi leve sospecha sobre esta inesperada forma de castigarme.

—No —dije, moviendo la cabeza suavemente, y comenzó una vez más la pausa eterna que, descubrí luego, es inherente a las charlas del padre Roque.

—Hace ya unos cuantos años, cuando el Señor empujaba mis ansias hacia estos lares para conocer las gentes y lugares de estas regiones de los ríos, remonté desde el pueblo de Nuestra Señora de la Encarnación por el Paraná, con unos cuantos indios que me asistían como guías e intérpretes de lenguas aún desconocidas para mí, y llegué hasta una zona de aguas tan torrentosas como abrumadoras que los nativos del lugar llaman Yguazú7.—Fue entonces, al escuchar una vez más esa palabra mbya8, que fijé mis ojos en el religioso con mirada atenta en mí. Algo barruntaba mi corazón al oír ese nombre, “aguas grandes” en su traducción al castellano, como aquella vez que Tobatí me contó haber escuchado a su abuelo hablar de ese lugar de aguas tan grandes, que salpicaban el cielo y retumbaban a leguas del lugar. Algo había en ellas que me aturdía la mente.

El padre Roque notó inmediatamente mi interés y esbozó una sonrisa, muy difícil de interpretar, pues, más allá de ser alentadora, el gesto lo movió hacia mí con vara en mano y me pidió ubicar el brazo izquierdo sobre la mesa.

«Acá vienen los doce varillazos», pensé entregado, mientras mis labios comenzaban la danza del llanto, indomable para mí durante toda la vida.

—No debes actuar con desobediencia, Karova—me dijo y dio los primeros cuatro varillazos certeramente en mi mano izquierda. Los otros ocho dieron, a mi entender adrede, en la mesa justo al lado de mi mano.

Traté de esconder el llanto en tanto pude, pues no podía presentarme débil ante un hombre cuyo nombre resaltaba entre todos cuando lo mentaban y era respetado incluso por sus pares, quienes también lo llamaban “señor” al dirigirle la palabra. Lo trabado del lamento y la respiración dificultosa, tal vez, movieron al padre Roque hasta mi lado y usó sus manos para tomarme la cabeza con delicadeza fraternal. Esto movió mis tuétanos, por ser la segunda vez que unas manos me hacían sentir algo de familia terrenal.

La primera vez que sentí algo similar fue cuando el padre Cataldino me reconvino sobre mi conducta con una india de mi edad, quien, por tener diferencias conmigo en un juego de correteo, se había mofado de mí, diciendo que era un bastardo recogido y sin lugar en las familias del pueblo por no tener padre ni madre conocidos. Entonces, fuera de control, no hallé mejor manera de vengarme que describiendo a viva voz todos sus defectos, exagerándolos sin razón alguna, caminando con su chuequera, moviendo los labios hacia un costado al hablar y estirándome los ojos con las manos. Los niños alrededor lo encontraron tan gracioso que su risa llamó la atención del padre Cataldino, cuya presencia repentina me dejó perplejo, al descubrirme actuando de tal manera mientras la indiecita Mimbí lloraba desconsoladamente.

—Quod tibi fieri non vis, alteri ne feceris9—dijo a sabiendas que yo sería el único que comprendería la frase y deduciendo que era yo quien había ofendido únicamente.

Su voz suave pero firme me indicó el camino a la galería de la iglesia y allí, separados del resto, a las últimas luces rojizas del sol, el padre Cataldino se colocó en cuclillas y no dijo más nada: solo me abrazaba escuchando mi plañidera y llorosa explicación, que había sido ella quien había empezado la contienda, mofándose de mi orfandad. Quizás, en tal oportunidad, los ojos del padre, brillosos y apuntando al cielo, retorcieron mis entrañas para sentir ese abrazo de familia y el grito silencioso que pedía explicaciones a ese Dios que siempre tarda en responder.

Esa tarde de mi castigo en la sacristía, las manos pesadas pero tiernas del padre Roque revolvieron aquel recuerdo al asestarme un golpe emotivo profundo. Habían pasado casi cinco años de aquel abrazo del padre Cataldino y, desde entonces, solo añoraba ese cariño fraterno al mirar los afectos regalados a mis amigos.

No había mejor manera de calmar mis ansias y caprichos: hasta podía comprender cualquier castigo o penitencia, olvidar y perdonar cualquier ofensa. La transpiración en mi frente, esa vez, hizo retroceder al padre Roque para acercar su silla, pidió desde la puerta que trajeran agua para ambos y se sentó junto a mí. Otra vez el silencio.

Detrás del padre Roque la amplia ventana daba al patio de los padres, con solo algunos pasos rápidos de Jasy Porã10 que cruzaba para asistir en los menesteres de la cocina a mi querido Tatapytú11, encargado de alimentar a todos, especialmente a mí, en la reducción. La pesada cortina de kapií12 bailaba lento con la brisa caliente y solo dejaba ver siluetas que iban o venían casi sin hablar. Repentinamente apareció el incansable Katupyry13 con un kambuchi14 de agua y dos pocillos, que se encargó de llenar antes de salir pidiendo permiso.

—Gracias —dijo el padre Roque y empujó un pocillo hacia mí.

—Aquella vez, cuando los indios escucharon el sonido de las aguas a lo lejos—continuó su relato el padre Roque—, llevaron las ygaras15a la orilla sin pedir permiso alguno, aduciendo no querer seguir avanzando por el río de nombre Yguazú, por ser este uno de corrientes muy peligrosas cerca de los saltos, y por temer, según decían, la aparición de Mbóiañá16, el mismo diablo en forma de serpiente escondido debajo de las rocas negras, muy dispuesto a hundir a cualquier atrevido que se acercara a su guarida. Mucho debí apalabrarles para convencerlos de continuar hasta aguas arriba, pues además de no querer echar a perder el viaje de más de doscientas leguas desde la Encarnación con muchísimas penas, habíamos oído sobre un grupo de mbya guaraníes que moraba justo después de los saltos y que la pasaba mal, perseguidos por los bandeirantes17, cada vez más crueles en su cacería de indios. Según decires de adelantados y viajantes, este grupo de indios había elegido ubicarse allí para ocupar los grandes saltos como protección de quienes, como nosotros, vienen de río abajo, pero los astutos mamelucos bandeirantes encontraron la forma de llegar hasta ellos bajando por el Yguazú o siguiendo su curso a orillas de él. Y aunque los mbya supieron armarse cada vez mejor, con lanzas más fuertes de puntas de hierro, habidas en los enfrentamientos con los perseguidores o españoles, macanas de palo duro y cuantas flechas de tacuara18 pudiesen preparar, no podían contra los arcabuces, espadas, facones y los caballos de los bandeirantes cada vez más preparados para sus demoníacas persecuciones. Allí, en la desembocadura19 del Yguazú, bajo unos barrancos de árboles imponentes en la cima, estuvimos horas debatiendo los próximos pasos con los indios amedrentados por cuanta falacia pudiese haber sobre Mbóiañá y ahora los verdaderos miedos de quedar al alcance de un despiadado ataque de los buscadores de esclavos, cuya maldad solo tiene límite cuando ellos lo deciden. Nuestros víveres escaseaban, y las ygaras pesaban más por haber estado en las aguas por mucho tiempo. Tal era su peso que entre los tres indios y yo tuvimos mucho trabajo en subirlas al barranco para esconderlas. Decidimos ocultarlas para evitar cualquier rastro de nuestro paso por allí; además, como es común el uso de ygaras abandonadas por cualquiera que las necesite, no queríamos quedarnos sin ellas al regresar, pues habíamos decidido partir río arriba, pero por tierra, bordeando el Yguazú, cuidándonos de cualquier avance de bandeirantes con el follaje como escondrijo. Así, pues, partimos abriéndonos paso muy lentamente entre la interminable breña. Los pequeños caminos descubiertos por los indios eran solo perceptibles por ellos y daban espacio para movernos con sumo cuidado, pues las alforjas que cargábamos solían quedar atrapadas por cualquier espina, ysypó20o ramas a pocos centímetros de nuestros lados. Con nuestros ojos atentos, nuestros oídos alerta, el corazón acelerado, la piel sudada por la espesa humedad del monte y los infinitos zumbidos de los insectos volando, rozándonos, molestándonos, caminamos casi tres leguas hasta oír muy fuerte el golpe de las aguas en las rocas. Los indios una vez más pararon mientras yo buscaba ver los saltos con desesperación, quizás hasta atraído por ellos. Separando a un lado las ramas y malezas, llegué a verlos desde la cima ¡eran cientos de ellos cayendo libres y sonando imponentemente blancos! Su visión pudo atraparme absorto sin saber en qué posar mis ojos; cada caída era admirable, cada hilo de agua adornaba un paisaje hermoso, cada gotita hablaba de la mano de nuestro Dios, Ñande Ru. Mi corazón dio gritos de alabanzas al Creador, ¡allí estaba su obra!«¡¿Cómo podría morar en esta inmensa belleza un ser como Mbóiañá?!», me preguntaba.

La descripción del padre Roque aumentaba mi hambre de saber. Mis ojos se transformaban con los de él, mis piernas apretadas al apoyapié de la silla y todo mi cuerpo inclinado sobre la mesa absorbían cada palabra, digiriéndolas con ese sabor a miel de aventura. Recuerdo haber preguntado cada detalle de su relato.

—No sentí miedo, sí asombro—respondió a mi requerimiento— cuando, algún tiempo después, no sé cuánto, de estar embelesado con las aguas, los indios tuvieron que acercarse gritándome que debíamos partir, pues el día avanzaba y debíamos llegar al lugar indicado antes del anochecer. Reiniciamos la marcha, ellos tratando de mantener distancia de cien pies o más del río y yo intentando comprender por qué habíamos llegado hasta ahí, quizás para conocer cuánto podría utilizar Nuestro Señor ese lugar para bendecir nuestros pueblos y cómo al mismo tiempo un lugar tan bello amedrentaba tanto a los nativos. ¡Insondables son los misterios de Dios! Eso estaba manifestado en cada palmo en los que posaban nuestros ojos: hojas, flores, insectos diminutos y gigantescos, aves, árboles de grandísimo tamaño y aun animales de más cuidado, cuyo aroma advertía a los indios cualquier cercanía. Nos deteníamos para no toparnos con ellos repentinamente. Así, horas después, quedando el rugir de los saltos más lejos en cada paso, el río parecía meditar en una calma majestuosa, formando a veces lagunas tan quietas que reflejaban el cielo y el monte cual espejo, solo alteradas por algún aguapé21 que nada solemne, alguna hoja que cayera suave… Ya a un par de leguas de los saltos, un claro cerca de las orillas del Yguazú captura nuestros ojos; poco ruido había allí y esto daba a sospechar alguna trampa, alguna emboscada de los habitantes. Decidimos separarnos y envié a uno de los indios a adelantarse para darnos señal de algún avistaje. Los demás esperábamos mirando y oyendo todo. Los pájaros por momentos nos sobresaltaban, hasta que nuestra quietud tranquilizó todo alrededor. Sentíamos pesadas las miradas de los monos curiosos, la escasa brisa daba poco aire, el murmullo del agua mansa parecía adormecer nuestras pupilas, el aire agitado en el pecho arreciaba la sangre; podía pasar cualquier cosa. El llanto lejano de un niño delató la presencia de alguien. El indio delante de nosotros movió las manos señalando la posición de quien lloraba. Indiqué que prosiguiera hasta él para observar si alguno reclamaba a este pequeño, abandonado a su suerte, muy posible víctima de algún yaguareté22. Cuando ya el infante estaba en brazos de nuestro compañero, llorando aún más, no viendo a nadie reclamar por él, uno de los que conmigo estaban me advirtió que iría alrededor de unas chozas. El último y yo fuimos al encuentro del niño. No mucho después, justo desde el lado opuesto de donde salimos, una india harapienta, greñuda, llamativamente toda rasguñada en su espalda, su pómulo estaba sangrando, vino gritando y gimiendo.“¡Che piá, che piá!23 ¡Eguera’a! ¡Eguera’a!24 ¡Pya’e!25”,berraba sin parar casi echándonos de su lado. Quise calmarla sin éxito y miré angustiado a los indios conmigo. “Dice que es su hijo, que lo llevemos, que huyamos”, me dijo uno.

»Deduje que había habido un ataque y que debían estar cerca de un lado u otro. La mujer sin embargo no pudo aportarnos ningún cuento de lo sucedido, pues desfallecía famélica, sus fuerzas se apagaban, sangraba aunque menos entonces con la curación rápida hecha por uno de los indios y no podía hablar, solo decía sinsentidos.

Entendimos, por su hambre visible de un par de días, que el ataque podría haber ocurrido pasadas más de dos jornadas. Nos confirmó la conclusión el indio que volvía de detrás de las chozas; había encontrado pedazos de kambuchis26rotos, como indica la costumbre mbya para indicar lamento, algunos retazos de tela que ratificaban el paso de los bandidos del imperio, frutas esparcidas, canastas rasgadas; todo mostraba que debíamos partir sin esperar más.

»Como no podíamos aventurarnos nuevamente por la selva, di órdenes para utilizar las ygaras dejadas atrás por la tribu y aun cuando los indios se negaban a subir a ellas por miedo nuevamente de los saltos, yo actué subiendo a una con el niño y su madre y con la caña de apoyo empecé a navegar. Viendo mi resolución y miedo, uno de los indios saltó a mi ygara y los demás siguieron detrás con otra. La debilidad de la mujer, quien ya no podía sostenerse entera, complicaba nuestra navegación, tanto que el indio con nosotros la tuvo en sus brazos todo el tiempo, mientras el niño en la base de la ygara quedaba a su suerte.

»Entonces, pusimos al pequeño en la ygara que nos seguía y avanzamos imprudentemente río abajo, sin prestar atención alguna a la corriente ni a los ruidos alrededor. No fue hasta pasar mucho trabajo en evitar un rápido que nos arrastraba hacia el centro del río, que buscamos las orillas para seguir con cuidado. Los ojos de los indios mostraban terror, la india ya no respondía a los ánimos, el niño lloriqueaba y el ruido de los saltos aumentaba el drama.

»Ya muy cerca de ellos, bajamos dejando las ygaras escondidas entre güembés27, pero uno propuso bajar los saltos con una al menos nos serviría para cargar la india y al niño. Así lo hicimos. Con mucho penar, atamos una de las naves a ysypós y pedazos de cuerdas y hasta una de las alforjas, la más vacía, sirvió para añadir a nuestro montacargas. Cuando calculamos luego, el peñasco medíamás de doscientos pies28; por allí, con la humedad haciendo temblar cada músculo,atamos a la india a uno de nuestro grupo y los bajamos rogando a la Providencia fuerza y paciencia, pues los pies resbalaban y no teníamos más apoyo que nuestra disminuida fuerza y el extremo del cordel sujeto a un pequeño árbol al lado de nosotros.

»No recuerdo cuántas, pero habremos dedicado a ese descenso unas tres horas. El niño bajó atado a mí, y los otros dos bajaron luego, apresurados, pero con cuidado. A pocos metros de llegar adonde esperábamos, el último de los indios resbaló y sufrió un pequeño corte en las costas y decía sentir dolores muy fuertes dentro. Fue difícil ubicar a todos en la ygara. Dimos lugar primeramente a quienes estaban dolidos y débiles: subimos a la india, al niño junto a ella y al indio herido. Quedaba un solo lugar más para el cual no hubo discusión entre los tres restantes, porque con una sola señal firme, los dos indios me indicaron subir.

»Ellos, con su pericia de nadar, encontraron troncos suficientemente grandes para apoyarse y acompañarnos flotando corriente abajo, tirados a una orilla, para no dar vista a los perseguidores. El río nos dio cierta tranquilidad. Pero nos faltaba un buen trecho para llegar a un lugar donde pudiéramos ofrecer algo reconfortante a la mbya, un poco de remedios tal vez, y nosotros pudiéramos descansar.Personalmente pensaba en el cansancio de los indios que nadando con los troncos nos seguían, además de la moribunda cuyo semblante dejaba ver su poca vida. Llegamos sin mayores dificultades a la desembocadura del Yguazú, en donde el majestuoso Paraná nos ofrecía un escape y el último obstáculo a la vez.

»Las ygaras estaban intactas donde las habíamos escondido y ahora debíamos luchar con la potencia del Paraná, transponerla, para descansar al fin, rogando a Dios su protección de otros posibles maleantes. En mi nave la mujer dormitaba casi sin conocimiento y el niño dormía cansado. Entonces, obedeciendo la instrucción de los conocedores nativos, aseguramos otra ygara a la par y dos remaban en ella mientras el herido y yo en la otra.La corriente arreciaba vehemente, pero nuestro temor era mayor, ya no importaba que el sol se estuviese ocultando ni que deberíamos seguir caminando barranco arriba del otro lado. Remamos con todas nuestras fuerzas. En ocasiones algún remolino nos complicaba; otras, alguna corriente repentina, pero logramos atravesar el río. Una vez alcanzada la costa, bajamos todo y a todos y no pudimos evitar recostarnos un momento mirando el cielo rojizo, respirando acelerados, agradeciendo a Ñande Ru, sintiendo la brisa, viviendo la paz.

»Quiso entonces la mano misericordiosa de Nuestro Señor mostrar nuestra presencia allí a unos indios que pescaban, acercándose ofrecieron mandioca, jaboticabas29y pescado. Nos contaron ser de Acaray30, un puesto pequeño en donde en esos días también había padres dando el evangelio, y nuestros ánimos vivaron a Dios.No dudamos en partir hacia la dirección indicada, ahora con ellos como guías y ayuda más que necesaria. Partimos con nada de luz, solo una luna creciente nos mostraba el río. Acaray estaba a pocas leguas río arriba por el Paraná. Usamos, pues, las aguas tranquilas de las orillas para arrastrar las ygaras con los heridos y caminamos sin descanso hasta avistar sobre el barranco algunas antorchas prendidas a lo lejos. Con los últimos suspiros subimos, con las postreras fuerzas caminamos, con el alma esperanzada nos movíamos… En el puesto, pequeño, con una decena de chozas maltrechas, nos recibieron gustosos los padres Cataldino y Simón31, quienes en un viaje desde Nuestra Señora de Loreto revisaban la zona, por instrucciones del Padre Provincial. Pusieron a la india en el teko’a32, impusieron sobre ella sus manos pidiendo a Nuestro Señor que salve su alma y dejaron que el chamán le diera algo de beber para sus dolores. Mientras ella parecía recobrar el ánimo, algunos se acercaron a verla, entre ellos un hombre, a quien ella hizo un gran esfuerzo por abrazar con mucho cariño. Resultó ser Tucangua’i33, hijo del famoso Tucanguazu34, cacique de la zona, según explicaron los de allí y según cuentos de la india, su propio hermano. Por él conocimos que la india era de nombre Mainoí35. Toda la noche hicimos plegaria a Nuestro Padre a favor de la salud de la mujer. Mi persona casi no concilió sueño pensando en la vida del niño sin su madre. Ella, luego de abrazar e intentar amamantar a su hijo, durmió en la paz del Señor. Al darle santa sepultura al día siguiente, ya descansados, y con el niño de buen ánimo, comprendimos que la pena del viaje había valido, pues Dios había puesto en nuestras manos, entonces, a la hija de un renombrado cacique, una princesa, y a su hijo, a quien ella llamaba Karova36.

II

De búsqueda y encuentros

El pueblo de Nuestra Señora de Loreto contaba ya con la mayoría de las familias de morada fija cuando supe de quién y cómo había llegado hasta allí. En pocos días, tal vez cinco o seis, todos sabían lo mismo sin que yo haya contado nada a nadie. Supuse que, mientras duró su visita, el padre Roque había hecho el relato a los caciques y estos a cada uno de sus parientes.

Las miradas de todos se volvieron molestamente compasivas, las conversaciones con Tobatí37 no tenían otro tema, no encontraba razón a nada y ni siquiera los juegos me interesaban. Prefería entonces ayudar en las tareas a los mozos juntando los residuos y barriendo los talleres y patios. Me ofrecía a suavizar maderas para los tallados, a lustrar los santos recién hechos, a cargar agua hasta la cantera de piedras grandes o a los cultivos, para no ocupar mi mente en la princesa Mainoí y su dolor. El padre Antonio ya no tenía necesidad de repetir las órdenes de encender las lumbres de la galería de la iglesia al atardecer y ordenar los bancos dentro de ella, porque yo lo hacía incluso mucho tiempo antes de lo necesario. Mis días se habían transformado en un constante ajetreo de tareas, cuando solo poco tiempo atrás eran relajados y aventureros.

Empecé a disfrutar de la soledad. En un claro en el barranco del Paranapanema38, a escasos pies de donde acopiaban las rocas recién caladas, un tajy39 me acompañaba en los silencios más tristes. Una tarde, cuando los caladores dejaban sus puestos al sonar de la campana, una extraña sensación dominó mi mente: en un estado inexplicable veía cómo había sucedido todo el relato del padre Roque. Sentía los olores, las aguas me salpicaban, escuchaba su sonido, los oía hablar en susurros, mi llanto de niño retumbaba tan patente, tan real, que llevé las manos a mi cabeza, estrujándola para atajar la angustia y comencé a gemir pidiendo a Dios compasión. No muy pronto pude calmar los pensamientos y desde entonces tomé la costumbre de hundirme entre mis manos para rogar al Padre Celestial su protección y serenidad.