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¿Alguna vez te preguntaste si Dios es bueno o si es malo? ¿Y si lo malo también viene de Dios y no es su contraparte, como solemos plasmarlo en la lógica? Adam Dyer, un abogado mercantil, está atormentado por un asesino que, al parecer, surgió de un plano sobrenatural. El sicario se acerca cada vez más a su entorno íntimo, aunque lo hace a través de episodios alejados de toda explicación lógica. Para encontrar una respuesta, Adam deberá empezar por tomar todo aquello como cierto, más allá de su propia sugestión.
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de ilustraciones de interior: Giuliana Paredes
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Sanabria, Oscar Matías
El sicario de Dios / Oscar Matías Sanabria. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
200 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-759-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Misterio. 3. Novelas de Suspenso. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Sanabria, Oscar Matías
© 2021. Tinta Libre Ediciones
El sicario de Dios
Oscar Matías Sanabria
Prólogo
Escribo con mucha alegría este prólogo para mi amigo, el joven escritor Matías Sanabria. Es un inmenso placer poder ser parte de esta aventura literaria.
En el libro El sicario de Dios se relata la aventura desmesurada de un artista de la escritura. La historia está marcada por relatos verosímiles y llenos de intriga. Va atrapando desde el comienzo y te va llevando por cuestionamientos que, en muchos casos, son casi impensables.
¿Y si la vida fuera de otra manera, si se la hubiera planteado de otra forma? ¿Y si existiera un mal o “genio maligno”, como planteaba el filósofo Descartes? ¿Si existiera una parte “no buena” en el mismo Dios? Planteos que son netamente herejías, pero que nos pueden llevar a afirmar un TODO personificado y humanizado que nos traslade a la transcendencia.
En este relato se ve el perfeccionismo en los detalles geopolíticos e históricos, marcados por un haz de textos bíblicos que corroboran dicha exactitud. Es realmente un nuevo mundo cargado de dichas y desdichas.
Es un texto que se entiende desde un pensamiento invertido. Es decir, se lo comprende desde una mentalidad distinta, me animo a decir —en muchos casos— “nueva”. Y vale destacar toda la trascendencia que encierra el pensar un poco distinto, sin descuidar los enraizamientos verídicos. Es así que el texto pasa a ser supra-texto, teniendo en cuenta el contexto.
El sicario de Dios es un escrito revolucionario, donde se observa el tamiz general de un escritor que siempre apuesta a más.
Darío Brandt
PresbíteroProfesor de FilosofíaLicenciado en EducaciónAsesor Fundación Kolping Argentina
Prólogo II
Esta es una historia de suspenso psicológico con un final de esos que tanto soslayamos los humanos. Pero no los quiero engañar, no es un relato remilgado que esté colmado de personajes o encuentros sobrenaturales. Más bien es un relato de suspenso consentido, permitido e incluso buscado. Una relación de terror-suspenso que no te dejará indiferente porque es tan extraña como cotidiana, es tan ordinaria como aterradora.
El libro te va a sorprender muchísimo, quizás no desees volver a leerlo nunca. Es un desnudo integral, una especie de leyenda que siempre han querido contar abiertamente pero, por oprobio, nunca se atrevieron a desvelar.
¿Te atreves a formar parte de ella? ¿Crees que aguantarás hasta el final? Espero que leas lo que no imaginabas y que te sorprenda cada palabra.
Joana Rojas
Profesora de Lengua y Literatura
Introducción
Inspirada y basada, casi en su totalidad, en los textos apócrifos El Libro de los Jubileos y El Libro de Enoc, libros que fueron extraídos de la Biblia, en su mayoría, por contener información que fue calificada como muy perturbadora para la época.
Esta historia encierra grandes misterios que han quedado sepultados durante años. Nada está puesto al azar. Absolutamente todos los detalles tienen su fundamento tanto apócrifo como bíblico y, en algunos casos, están inspirados en partes de otros libros que invito a descubrir. Esta mezcla de escritos trascendentes está encuadrada y adaptada perfectamente a la esencia de una historia que transcurre en la época contemporánea.
Los versículos citados de la Biblia cristiana son reales. No están modificados para beneficio de la historia, aunque pensándolo bien, la Biblia misma encierra cierta ambigüedad que para algunos es inexplicable.
1° Samuel 15, 3
“Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños y aun los de pecho, vacas ovejas, camellos y asnos”.
Génesis 22, 2
“Abraham, quiero que me ofrezcas como sacrificio a Isaac, tu único hijo, a quien tanto amas. Llévalo a la región de Moria, al cerro que te voy a enseñar”.
1° Juan 4, 8
“El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor”.
La notoria ambigüedad no parece tener un fundamento lógico, a no ser que Dios tuviera una “parte mala”; de otro modo, no se podría explicar la naturaleza de sus actos. Pero, ¿y si fuera así? ¿Y si Dios no fuera amor? ¿Y si tuviera una parte malvada? O peor aún, ¿y si existiese un sicario de Dios y no nos lo hubieran dicho?
Esta novela relata la historia de Adam Dyer, un abogado mercantil con un pasado religioso que ha adoptado una postura totalmente escéptica en los últimos años. De pronto, él se ve asechado por una amenaza de muerte por parte de alguien que afirma estar trabajando para Dios. Su única forma de salvarse es descubrir qué persona morirá en las próximas horas, apoyándose solo en los versículos que recibirá por parte del sicario. Al sufrir las consecuencias de aparentes hechos sobrenaturales, se ve presionado para tomar todo aquello como cierto, a pesar de que piense que todo es obra de su propia sugestión.
El sicario de Dios
Hasta hace no mucho tiempo, cuando a la palabra tecnología solamente la asociábamos con el futuro, pensaba que los suicidas eran personas estúpidas. Sin embargo, así como la tecnología se introdujo en nuestra vida cotidiana sin que nos diéramos cuenta, transformé aquel frío prejuicio que tenía sobre dichas personas sin percibir que, lentamente, me pondría en esa situación.
Es reconfortante que desde acá arriba se sienta mejor la brisa del viento, supongo que eso hace que mis piernas tengan un extraño bailoteo que algunos confundirían con temblor. Solía pararme en lugares así cuando era pequeño, al borde del abismo, solamente para pensar. En lugares donde podía apreciar cientos de vidas “bajo” mis pies, sin que ellas supieran de mi existencia.
Me costó mucho comprender la vida, y aun así creo que no tengo cimientos fuertes como para apoyarme en la lógica de mi propia conclusión. No obstante, vivía como si supiera exactamente lo que era vivir; porque eso es lo que hace la mayoría, fingir que lo saben todo y que todo tiene un porqué, negándose a aceptar que habrá cosas de fundamento ignoto dentro de su propia esencia. Asimilaba con frecuencia la palabra “Dios” con “debilidad” e “ignorancia”, alimentando mi propio ego al creerme superior que aquellas personas que centraban toda su vida en el que —para mí— se había vuelto solamente un personaje literario. Pero en el fondo solo sentía envidia al ver que aquellas personas gozaban de un placebo espiritual que utilizaban para afrontar cualquier situación adversa; parecía como un botón interior que, al presionarlo, renovara todo su estado de ánimo y su convicción de manera automática.
Creerme ateo, en cierta forma, era la auto-condenación a una intriga interminable y un vacío existencial que recaía sobre la idea de que somos una insignificante mezcla de cosas sistemáticamente fortuitas en este universo interminable.
En épocas de mi niñez y adolescencia en que era asidua mi participación en todo evento de carácter religioso al que tuviera acceso, solía preguntarme sobre la perfección de aquel personaje que, en ese entonces, era el “guía” de mis pasos y la asociación simultanea para todos los hechos de índole positiva de mi vida cotidiana. ¿Dios era perfecto? ¿Qué clase de perfección encerraba venganza o castigo? ¿Acaso eran buenas la ira… o la venganza? ¿Simplemente nos teníamos que conformar con el hecho de que aquella perfección era totalmente ajena a nuestro entendimiento? Había visto recaudar mucho dinero a todo tipo de religiosos, a punto tal que, cuando fui creciendo, se hizo menos extravagante la idea de que en el fondo todo esto era solo un excelente negocio rentable y una gran artimaña para manipular personas…
Es curioso, pero el viento que se genera en el abismo donde estoy parado en estos momentos me recuerda a aquellos hipócritas religiosos, tal vez porque siento la necesidad de pedirle a un ser superior que me ayude a enfrentar algo que parece encuadrar mejor con un plano sobrenatural.
Un edificio de siete pisos se ve extremadamente alto desde la terraza en comparación con lo que estoy acostumbrado a apreciar desde la calle. ¿Será el vértigo o será la oscuridad de la noche lo que genera esta leve sensación que mezcla miedo con asombro y ansiedad? El sudor en mis manos y la casi imperceptible sensación de que me estoy ahogando con la camisa son algo a lo que no estoy acostumbrado pero con lo que tengo que lidiar, afrontando el rechazo de mi propio ser, que genera este acto incongruente con mi forma de pensar. Tengo que hacerlo porque algo me persigue, y lo peor de todo es que parece que me conoce tan bien que sabe cómo exactamente me siento en este momento. Creo que lo escucho venir, el ruido metálico de las escaleras se va haciendo más fuerte. Imagino que así se escucha el sonido de la muerte; hierros metálicos que gritan tras los pasos de aquello que acabará conmigo apenas tenga la oportunidad.
¿Es el maldito destino? Creo que no… Y para ser franco, no creo que exista tal cosa. Solo somos el reflejo de nuestras acciones del presente, lo que hacemos en este momento es lo que nos define, no creo que exista una secuencia predeterminada por el universo que nos llevara irrefutablemente a ser determinadas personas.
A pesar de que está todo oscuro estoy viendo una silueta que se encuentra exactamente en la puerta de la escalera de ingreso en la azotea; creo que nos separan diez metros, exagerando un poco.
—¿Quién eres? ¡¿Quién eres?! Al menos dime tu nombre.
—Eso ya lo sabes.
—¡Basta de juegos estúpidos! Ya no quiero jugar con estos malditos acertijos.
—¿Acertijos? Creo que no has entendido nada… Esto no es ningún un juego, esto es real.
Por un instante alumbró aquel lugar una tenue luz emitida por una lámpara que volvió a brillar luego de que sus cables hicieran un cortocircuito provocado por el viento. En la puerta que daba hacia la terraza solo se encontraba un espejo que exhibía el reflejo de mi propia silueta.
—¡¿Escapaste?! ¡Cobarde!
—Sigo aquí, Adam. ¿Cobarde? Me lo dice alguien que durmió todas las noches con la luz encendida hasta los diecinueve años…
—¿Cómo sabes esas cosas de mi vida?
—Siempre estuve allí, Adam, solo recuérdame. Estuve allí esa mañana de abril mientras llorabas detrás del sillón, en 1977, con un rifle entre tus manos; debió ser duro para un niño de doce años… Y tiempo después… ¿quién lo diría? Te convertiste en un abogado, como tu padre. Te vi crecer. Recuérdame, Adam. No quiero ser pesimista, pero se te acaba el tiempo. Tic, tac…
—¿Acaso te hice algo malo?
—A mí no, necesariamente; pudiste haber lastimado a alguien más. La cuestión es que alguien me contrató para esto y, para serte sincero, pocas veces trabajé directamente con el jefe, digamos que Él tiene una gigantesca y extraña magnitud.
—¿A qué te refieres con “magnitud”?
—A que Él podría hacer el trabajo tranquilamente; sin embargo, ha optado por mis servicios, tal vez porque no quiere ensuciarse las manos. A decir verdad, me parece raro que no tengas una vaga idea de quién es Él.
—¿Y qué quiere? ¿Por qué a mí? ¿Qué quiere que haga?
—Has estado jugando sin asimilar las reglas, no has dado tu mayor esfuerzo. Creo que sabes bien a qué y a quién te estás enfrentando, solo que no lo aceptas.
—Esto no es real.
—Eso, precisamente, es un problema. Cuanto más pienses que no es real, menos podrás participar… Es tan real como aquellas partidas de ajedrez con tu primo, solo que las consecuencias son un poco más adversas que una ficha perdida.
—¿Y qué demonios tengo que hacer para ganar?
—Es una pregunta muy curiosa, Adam.
—¿Por qué?
—Porque hasta ahora nadie ha ganado.
Despertarme agitado, abrir mis ojos y ver el techo de mi habitación fueron tareas sencillas en comparación con el trabajo que me tomó asimilar que aquello —a pesar de que, bajo parámetros normales, sonaba como una simple pesadilla—había sido, tal vez, algo más que solo un sueño de mal gusto.
Primera parte
Un día oscuro
Varios días antes…
2012, Canadá. Ciudad de Montreal, Quebec.
Alrededor de sus cincuenta años, y al no tener esposa ni hijos, Adam vivía una vida un poco excéntrica en comparación con la mayoría de las personas de su misma edad. Para ser exactos, parecía diez años más joven en cuanto a lo físico se refería, pero su “madurez mental” o su aspecto filosófico daban un poco de margen para inducir que él ya había cumplido más de cuarenta años. Lo que nos lleva a pensar que Adam aparentaba diferentes edades según el ámbito en el que se desenvolvía; y al no ser un dato que compartiera con naturalidad, mayormente ponía su edad en tela de juicio para los que no se animaban a preguntársela.
Frecuentaba el gimnasio y realizaba actividades deportivas, por lo que gozaba de un aspecto esbelto y bien proporcionado que generaba el leve prejuicio, en las personas que lo veían por primera vez, de que él era un deportista nato.
A menudo, entre semana su agenda se encontraba repleta, a diferencia de los fines de semana en los que asiduamente visitaba a su madre, que se encontraba en un hospital psiquiátrico a las afueras de la ciudad donde Adam vivía. Su madre sufría de Alzheimer; a esta enfermedad solo le había tomado tres años y medio acabar con todo rastro de la vida cotidiana normal de la cual disfrutaba aquella señora que tenía poco más de setenta años.
Adam se levantaba religiosamente a las seis y media de la mañana para realizar una caminata de varios minutos antes de comenzar sus actividades laborales. Era un hombre socialmente agradable y no le representaba ningún inconveniente interactuar con las personas que lo rodeaban en los diferentes ámbitos. Cuidaba mucho su estética, causaba una buena primera impresión y eso, en ocasiones, favorecía enormemente el hecho de que lo contrataran para un nuevo trabajo. A pesar de que se asociaba rápido con las personas de su entorno, no consideraba a ninguno de sus conocidos más allegados un verdadero amigo, ya que pensaba que esa palabra abarcaba una gran dimensión respecto de la cual a las personas de su entorno las consideraba distantes. Siguiendo los pasos de su padre, ya fallecido, era un abogado exitoso y poseía una gran reputación por salir victorioso en negocios que a simple vista parecían imposibles; eso lo había llevado a construir una considerable fama en el ámbito jurídico. Todos sabían medianamente quién era él. Nadie subestimaba la gran capacidad profesional y la enorme garantía que significaba tener en la compañía a un abogado mercantil de la talla de Adam J. Dyer.
Aquella mañana se despertó, como de costumbre, por el sonido monótono que generaba aquel aparato que ya lucía arcaico frente a los demás dispositivos que se encontraban en su habitación. Sintió que algo no estaba bien. Una tenue sensación escalofriante recorrió sus brazos cuando se dio cuenta de que su armario se encontraba levemente abierto y una de sus camisas yacía sobre la alfombra al pie de su cama. Recogió aquella prenda de vestir; miró rápidamente si la puerta presentaba algún desperfecto que lo indujera a pensar que esta se hubiera abierto sola en el transcurso de la noche, pero no fue así. Comprobó varias veces el mecanismo de bisagras de la puerta y no presentaba ningún fallo, aunque no podía dejar pasar el hecho de que su camisa se encontrase en el suelo, algo así como una pieza de puzle extirpada de una simétrica pintura. La colgó rápidamente en el perchero e hizo un gesto de asombro y despreocupación, levantando sus cejas y hombros como si aquel evento fuera indiferente para él; como queriéndose convencer de que aquel episodio había sido normal, a pesar de que era un hombre estrictamente ordenado y detallista.
Luciendo sus prendas deportivas emprendió la caminata rutinaria por las calles que prácticamente conocía de memoria. Peroeste día todo le parecía extraño, la ciudad parecía estar enmudecida y el tinte grisáceo del cielo daba una ligera sensación de funeral que lo ponía incómodo al caminar. Trató de hacer caso omiso del ambiente de la mañana y apuró el paso para terminar de la forma más rápida y natural posible aquella caminata.
Al terminar el asiduo sendero, ingresó en su hogar con una leve sensación de inseguridad; la idea de que posiblemente alguien hubiera invadido su espacio personal era algo que no lo dejaba tranquilo a pesar de que se dijera a sí mismo que solo había sido un hecho fortuito.
Al cabo de una hora, luego de desayunar y ducharse, salió nuevamente al encuentro de aquel paisaje ligeramente tenebroso que ofrecían las calles ese día. Su oficina, en donde transcurría la mayor cantidad de tiempo de su actividad laboral, se situaba en un edificio en una de las manzanas céntricas de la ciudad, y a pesar de que arribando al lugar se percibía más movimiento de vehículos y personas, este edificio no le resultó muy diferente en comparación con la sensación que había tenido cuando transitó las primeras calles de la mañana. En la mayoría de los rostros de las personas se percibía una especie de preocupación o miedo que les impedía sonreír.
—Debe ser solo un producto de mi imaginación —exclamó Adam para sí mismo, mientras se dirigía hacia su trabajo.
Transitó por las extensas escaleras del edificio enfocando la mirada en algunos papeles que transportaba hacia su oficina, como si estuviera realmente ocupado con el contenido de aquellas hojas y sin querer saludar a nadie, pero solo lo hacía para obviar en cierta forma aquella situación que lo estaba incomodando. Ingresó apresuradamente en el edificio y accionó el botón para tomar el elevador, pero este parecía tardar más de lo normal, lo que lo motivó a presionar reiteradas veces el mismo botón como si este movimiento acelerara el mecanismo. Finalmente subió en el ascensor y respirando hondo se echó de espaldas contra uno de los grandes espejos que conformaban el interior. Pensaba que debía calmarse, que no era para tanto, que la tensión pública instaurada en el aire solo había sido una extraña sugestión. Al fin, ya en el piso en donde se encontraba su oficina, accedió a su recinto laboral y casi pasó por alto el saludo de su secretario, Ethan, quien como de costumbre se situaba en un escritorio grande en la antesala y con el cual tenía una relación más informal que formal.
—Buenos días, Adam.
Él solamente asintió con la cabeza, como para demostrar poca predisposición para una charla.
«Debió tener un mal día», pensó Ethan.
Ethan recién se había graduado de la universidad; el trabajar con alguien que era un referente en su materia le deba una cierta tranquilidad sobre que en un futuro tendría una buena carrera laboral. Era una amistad casi por conveniencia, a simple vista. Aun así sentía que no tenía la plena confianza de Adam, y en ocasiones toleraba algunos malos gestos cuando actuaba impulsivamente. A fin de cuentas no se olvidaba de que era su jefe, a pesar de que aquello no fuera algo de todos los días; él debía mantener la calma, aunque ya se hubiera asentado entre ellos una relación informal.
Adam reposó aliviado en el sillón grande de cuero negro que lucía su oficina, en la privacidad de aquel ámbito íntimo laboral; se rascaba la cabeza con el dedo índice de su mano izquierda y observaba la imagen que ofrecía el ventanal grande que daba hacia la calle. Su intuición le decía que algo no estaba bien en su entorno. Decidió llamar a su secretario para que este, tal vez, lo ayudase indirectamente a encontrar un poco más de calma. Presionó el intercomunicador que se encontraba en el margen de su escritorio.
—Ethan, ¿puedes acercarte un instante?
—Claro, enseguida —respondió el secretario con la misma predisposición de siempre, y luego de golpear suavemente la puerta varias veces, se incorporó a la oficina de su jefe—. ¿Sí? ¿Necesitas algo?
—Buenos días, Ethan, perdón por no saludarte como debía antes de ingresar, me desperté un poco apabullado, eso es todo. ¿Cómo estás? ¿Hay algo nuevo para hoy?
—Buenos días, no te preocupes, a todos nos ocurre de vez en cuando. De hecho recibí este sobre hoy, lo introdujeron por debajo de la puerta; no quise abrirlo debido a que no se especifica su procedencia, solo tiene una extraña inscripción. —Sacó un sobre marrón de entre algunas carpetas de oficios que yacían bajo su brazo y lo situó en el escritorio de Adam.
Adam tomó aquel sobre, que no parecía nada amenazador, y lo volteó varias veces cuidadosamente antes de abrirlo, fijándose en los detalles.
—Si no sabes de dónde procede, puedes retirarte, Ethan — Ethan accedió automáticamente sin decir nada.
Adam observó una y otra vez la insignia que llevaba impresa aquel envoltorio de color madera, “IHS”. Aquellas iniciales le resultaban muy familiares, como si en algún momento aquellas letras hubieran sido de continua aparición en su vida cotidiana. El sobre solo contenía una hoja con unos versos extraños escritos por una letra muy peculiar y en tinta roja:
Vamos a jugar a algo que no es un juego,
jugaremos con la almohada de nuestra conciencia.
Si aprendemos rápido a leer entre líneas,
descansar y dormir tendrán buena congruencia.
Te iré mostrando quién es el próximo de mi lista;
si no logras interpretar quién es, será su hora de partir.
Aunque tu trabajo ha sido defender intereses,
si no haces nada ahora, tal vez te toque partir a ti.
Lo que acababa de leer, sumado al extraño matiz de la ciudad que había mortificado su tranquilidad aquel día, lo incitó a permanecer en silencio por varios minutos. Respiraba hondo y entre cada exhalación flotaban miles de hipótesis en su mente, a partir de las cuales se podían distinguir dos grandes caminos por seguir: una forma era tomar lo sucedido como algo literal e irremediablemente afrontarlo como una extraña amenaza; otra forma era aceptarlo como una broma pesada por parte de alguna persona de su entorno que tuviera acceso a él.
Se puso de pie, desabrochó el primer botón de su camisa y aflojó su corbata; era una clara señal de que no se encontraba cómodo con la situación. Él era un hombre que estaba acostumbrado a la perfecta fluidez de los lineamientos en su vida cotidiana, y este episodio significaba una alteración relevante, como errar un acorde en una sinfonía.
