El sueño americano... - Mercedes Cano Jiménez - E-Book

El sueño americano... E-Book

Mercedes Cano Jiménez

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Beschreibung

¿Has soñado con vivir en Estados Unidos o piensas emigrar a ese país, pero no sabes por dónde empezar? ¡No te preocupes más!, este libro es la guía perfecta para ayudarte a construir un plan sólido para alcanzar tus metas y triunfar en la Gran Manzana, a partir de historias de la vida real, consejos prácticos, reflexiones profundas y análisis legales.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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MERCEDES CANO JIMÉNEZ

Título:

EL SUEÑO AMERICANO…

Autora:

Mercedes Cano Jiménez

Editor:

Édver Augusto Delgado Verano

Apoyo editorial:

Wilfer Pulgarín

Alina María Angel Torres

Edilberto Martínez Miranda QEPD

Daniela Cataño

Kelly J. Lizcano

Diagramación:

© Mercedes Cano Jiménez

© Editorial Libros para Pensar s.a.s — Cali – Valle del Cauca, Colombia 2023

Primera edición

ISBN: 978-958-49-9218-5

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia u otro método, sin el permiso previo y por escrito del autor.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

Queda hecho el Depósito Legal

Cali - Colombia

Prólogo 11

MI HISTORIA 15

TIPS PARA SOBREVIVIR

EL TRABAJO EN LOS EE. UU. 29

Trabajando con papeles falsos 29

La situación después del COVID-19 34

Una ventaja de trabajar con el nombre verdadero 38

Soluciones temporales y no tan arriesgadas para los indocumentados 40

¿Cómo se protege un trabajador sin documentos de abusos del empleador? 42

¿Por qué las personas se quedan indocumentadas en los EE. UU. y cómo trabajan? 44

Trabajando con autorización 46

¿Cuántos impuestos se deducen a un trabajador? 47

LA VISA DE TURISTA 55

Ecos sobre documentos falsos 55

Visas de turista, difícil conseguirlas, ¿mito o verdad? 56

¿Cómo mejorar las posibilidades de que me den una visa de turista? 59

Obtuve la visa, pero no me dejaron entrar al país 60

Los oficiales de inmigración me están poniendoproblema cada vez que entro como turista, ¿qué puedo hacer? 62

¿Pueden los oficiales de inmigración imputar cargos criminales y si sucede qué puedo hacer? 63

He vivido en los Estados Unidos sin papeles por varios años y quiero regresar a mi país, ¿cómo me regreso y podré volver a los EE. UU? 65

¿Si estoy de turista me pueden hacer una oferta de trabajo? 65

ENTRANDO POR EL “HUECO” 69

Una historia triste con un final triste 69

Una historia triste con un final feliz 72

Qué pasa cuando lo intercepta inmigración cruzando la frontera 74

EL ADULTO PROFESIONALQUE QUIERE TRIUNFAREN LOS EE. UU. 77

Mantener su visa de turista o estudiante al día parano incurrir en infracciones a su estatus migratorio 77

El inglés, ¿se puede aprender mejor en los EE. UU.? 78

¿Homologar la profesión es posible? Dónde encontrar la información 81

Si no se puede homologar, ¿en qué sepuede desempeñar el profesional? 84

Historias de profesionales que han luchadoen los EE. UU. 88

NEGOCIOS/INVERSIONESEN LOS EE. UU. 99

VISAS DE ESTUDIANTESNIÑERAS/ARTISTAS 103

ASILOS, EN DEFENSA Y AFIRMATIVOS 109

Asilo en defensa 109

Asilo afirmativo 113

El proceso de un asilo 116

EMERGENCIAS MÉDICAS Y BENEFICIOS PÚBLICOS PARA LOS RESIDENTES 121

Números de emergencia que necesitamos saber 121

Emergencia médica - Qué hacer 122

Asistencia social - De corto tiempo 123

ARRESTOS 127

El que nada debe, nada teme 127

Los hispanos y el sistema criminal 128

La policía y las minorías 130

Cómo evitar estas traumáticas experiencias 132

CASOS DE FAMILIA 135

Una noche sin condones en una trinchera lejana 135

Navegando las cortes de familia 136

Consecuencias de no pagar el mantenimientode los hijos 139

EL PROCESO DE DEPORTACIÓN 143

Consecuencias de una mentira sin necesidad 143

Un arresto por infracción de tráfico 145

¿Dónde empezar a resolver esta situación si nos pasa o le pasa a un familiar? 147

El actual proceso de detención 148

¿Tengo derecho a un abogado? 151

Caso pendiente en una corte estatal 156

VISAS U y T - VÍCTIMASDE DELITOS 159

Qué son las visas U y T 159

Un robo a mano armada - No hubo arresto 160

¿Qué otorga la visa U? 161

¿Tiene costo la visa U? 161

¿Por qué estas visas? 162

¿Fui víctima de un delito hace muchos años, puedo calificar para una visa U hoy? 163

CÓMO EVALUAR EL SERVICIO DEUN ABOGADO 165

SIGNIFICADO DEL SUEÑO AMERICANO 171

LA CULTURA DE TRABAJO EN LOS EE. UU. 181

EL PROBLEMA DE LA SOLEDAD Y SUSCONSECUENCIAS 193

EL RETORNO A CASA 199

El arraigo del inmigrante y su sueño de retornar 199

Un restaurante en Colombia 200

Un salón de belleza en Medellín, Colombia 201

Nunca regresaré a Colombia - Mi historia 202

SOBRE LA AUTORA 213

Contrario a lo que muchos creen, Estados Unidos necesita más, no menos, inmigrantes. En épocas de expansión, especialmente después de la pandemia del Covid-19, amplios sectores de la economía norteamericana se encuentran cortos de personal. La mayoría de los 65 millones de Latinos o Hispanos que laboran en los Estados Unidos no dan abasto.

Aunque los Estados Unidos de Norteamérica no es el único destino, sigue siendo el más popular. Las leyes migratorias norteamericanas permitieron a partir de 1965 un creciente flujo de inmigrantes hacia el país, y hoy por hoy cerca de 50 millones de extranjeros se cuentan entre los aproximados 340 millones de habitantes estadounidenses.

Pese a que cada país de América Latina ha contribuido su cuota, destacan por supuesto los mexicanos, los cubanos y dominicanos en el Caribe; salvadoreños y guatemaltecos en Centro América, y de Sur América los colombianos y ecuatorianos, seguidos de cerca últimamente por los venezolanos. Poca gente, o casi nadie, puede imaginar con certeza lo que salir de su país de origen significará en su vida. Así la emigración sea eventualmente coronada con éxitos, fracasos, o una mezcla de ambos, pasar tiempo en los Estados Unidos, e incluso el proceso de llegar a este país, conllevan experiencias transformadoras, que no por ser frecuentemente dolorosas dejan de ser aleccionadoras.

La presente obra vibra con la vitalidad destilada de la experiencia vivida de Mercedes Cano, quien nos presenta un cuadro dinámico donde explora las variadas facetas de la experiencia migratoria. Bien sea por serendipia o ex profeso, el libro que tiene ante usted será una enriquecedora lectura.

Después de 50 años recorriendo el día a día de la vida en Norteamérica, y casi un cuarto de siglo representando inmigrantes ante las cortes del país, la autora logró acumular un acervo de vivencias y conocimientos que la convierten en un recurso único para quien esté considerando migrar a los Estados Unidos, resida en el país, o simplemente desee familiarizarse con lo que eso significa en sus dimensiones legales, económicas, y hasta emocionales.

Para muchas personas este texto fungirá como manual, porque asimilar las guías y consejos le será de mucho provecho al que se decida por la aventura de la emigración; podría ahorrarse problemas y hasta vivencias traumáticas. Pero incluso los que opten por desistir de cambiar de país se beneficiarán de las reflexiones aquí compartidas por una mujer que a sus dieciséis se enamoró de Nueva York, pero que medio siglo más tarde se reencontró con su patria.

Segundo S. Pantoja, Ph.D.

Profesor, Departamento de Estudios de Etnicidad y Raza,

Borough of Manhattan Community College,

The City University of New York

Mirando la imponencia del edificio de Baruch College, la primera universidad pública en la ciudad de Nueva York, que me había expulsado treinta años atrás cuando aún era menor e indocumentada, me invadió el gusto de las ironías de la vida. Mi hoja de vida que publicó el periódico El Diario, mostraba mi lucha desde haber dormido en los trenes hasta haber alcanzado el escaño de una prestante abogada. Estaba allí para participar en una conferencia sobre los logros de la mujer hispana en el mundo de las leyes.

Mientras seguía al guía, escuchaba el sonido de mis botas en el viejo mármol de sus pasillos y mi mente volaba repasando las luchas, triunfos y errores que pasé para poder llegar aquí. ¿De cuáles hablaría en la conferencia? ¿De mis huidas cuando el hambre me obligaba a correr después de comer en restaurantes?, ¿de las propuestas de algunos hombres cuando buscaba trabajo?, ¿del taxi amarillo que manejé por una década y que me enseñó como viven los gringos en su ciudad? ¿De mi arresto por manejar sin licencia y del policía que me encontró un paquete de marihuana y no lo reportó? ¿Cómo habían quemado mi apartamento cuando organicé a los inquilinos para forzar al dueño a darnos calefacción y agua caliente?, ¿o de mi trabajo en el sindicato federal cuando el gobierno de Ronald Reagan eliminó la mayoría de ellos?

Si alguien en la conferencia me pregunta por qué salí de mi patria, una pregunta muy común para los inmigrantes, hablaría del dolor de dejar a mis nueve hermanos en Colombia, de la complicada relación con mi madre y de los arrestos por marchar oponiéndome a los recortes de la universidad pública cuando yo apenas tenía catorce años.

En 1971 cuando me matricularon en una escuela pública en el Bronx no entendía nada de lo que decían los estudiantes. Escogía las clases donde no había que hablar, como matemáticas, geometría, dibujo y álgebra. Eran super básicas y las pasé divinamente. En otras palabras, no aprendí nada nuevo. La mayoría de los chicos elegían el taller de aire acondicionado y automotriz en vez de matemáticas, y las chicas, modistería.

En ese tiempo la educación bilingüe, en inglés y español, aún era incipiente y sólo algunos Estados la aplicaban. Un día una profesora me llamó, me entregó un paquete y me dijo algo que no entendí. Semanas después me enteré que no asistí a mi graduación y tuve que recoger el diploma por ventanilla, y cuando regresé a casa, fui a mi cuarto y abrí el paquete, ¡era mi toga y mi sombrero de graduación!

Sin televisor ni radio, solía caminar después de clases por las calles de aquel condado del Bronx que era bastante descuidado. Me sentía en otro planeta sin poder preguntar, sin guía, sin nadie con quien conversar. Las cuadras se parecían, la gente no saludaba y caminaba rápido como asustada. Un estruendoso tren elevado pasaba cada cinco minutos y a ciertas horas multitud de personas subían y bajaban. Yo buscaba dónde comprar comida pues la única tía que tenía y que me visitaba dos veces al mes, me dejaba algo de dinero para la comida ya hecha, pues el cuarto no incluía cocina.

En la calle leía todos los letreros y algunos se parecían al español pero no los entendía. Observaba algunas señoras entrando a lugares que parecían prohibidos ya que los letreros del lugar decían “grocery”. En la escuela regalaban sándwiches y jugos enlatados que guardaba para mi cena todos los días. Un día le conté a mi tía mi dilema con la comida y aquellos lugares de groserías. Ella me explicó que la palabra “grocery”, traducía tiendas de comestibles y no tenían nada de material prohibido. Por fin pude comprar pan, jamón, desodorante y pasta dental. Con esa dieta aumenté 30 libras (13 kilos) antes de graduarme del liceo.

Mi padre que había permitido que yo terminara mi bachillerato y regresara a casa, empezó a presionar a mi tía. Ella terminó el contrato de alquiler por mi cuarto, me compró el pasaje y me dio una fecha para mi regreso. Cuando se despidió me avisó que solo me quedaban cinco días en Nueva York. Empaqué unos cuantos jeans y camisetas que tenía, vendí el pasaje, pues se podía, me eché un bolso militar y un oso de peluche a mis espaldas y salí camino a la aventura de mi vida.

Después de mucho buscar trabajo alguien me dio la oportunidad de trabajar en un diner, el único que servía el Aeropuerto Internacional J.F. Kennedy. Los diners eran cafeterías de comida americana abiertas 24/7. Casi siempre estaban localizados en las afueras o entradas de las ciudades o en áreas retiradas del comercio y servían a los trabajadores del área y a conductores de camiones que cargaban y descargaban en el aeropuerto. Su menú era extenso y muy variado.1

No había meseras hispanas allí y casi todas las trabajadoras eran mujeres de avanzada edad. Me dieron el puesto solo si trabajaba de 10:00 p.m. a 6:30 am. La media hora era para el tiempo de almuerzo que tomaba en la noche y que no era pago.

Los salarios de restaurantes eran y siguen siendo muy bajos; la idea es que los comensales dejen propina y que eso complemente el salario de los meseros. Yo atendía muy bien a los choferes que eran la mayoría que utilizaba estos lugares a esas horas de la madrugada. Les daba todas las tazas de café que quisieran y extra de papas fritas, gracias a mi buena atención arrasé con las propinas. Mi jefe se dio cuenta ya que tenía que cambiar las monedas de propina por billetes y me cambió de sitio en el diner; según él, no era justo que yo sin saber inglés y sin papeles, ganara más propinas que mis compañeras.

Cuando llegaban los clientes la mayoría preguntaban por la mesera hispana, con mucho pelo y falda corta, y se iban a mi área a ordenar sus comidas. No le resultó la estrategia al jefe, seguía haciendo buenas propinas. En ese diner conversaba, en mi inglés “tarzan,” con ingenieros, mecánicos de avión, azafatas y choferes de todos los Estados. Los comensales a esas horas de la madrugada tenían todo el tiempo para conversar con la mesera latina de fácil sonrisa. En la simpleza de este trabajo, fui feliz.

Cuando cumplí 21 años, finalmente me dejaban entrar a los bares y discotecas. En aquel entonces la comunidad hispana estaba creciendo y había restaurantes de todos los países Latinoamericanos. Al mismo tiempo se multiplicaron las discotecas, los afterhours, los baños turcos, las playas nudistas, el uso de substancias psicodélicas y la marihuana. El género musical de la salsa se consolidó en Nueva York y en esa época las fiestas en las casas de familia eran de puertas abiertas. Bailábamos en los parques, en las calles, en las playas, los clubes y en nuestros cuartos. Nos enloquecía la salsa.

En ese tiempo yo soñaba con ser chofer y poder ir y venir sin un jefe que me supervisara, pero no tenía papeles para trabajar legalmente. El trotar como deporte se estaba volviendo muy popular en los 70’s, yo ya lo había practicado en mi ciudad natal jugando con mis hermanos y vecinos. Lo hacíamos en vez de montar en bicicleta ya que estas eran costosas y no teníamos cómo comprarlas. Entonces comencé a trotar diariamente, y los fines de semana a bailar, estas eran mis actividades favoritas.

Como buena joven católica cargaba un yugo religioso de querer formar un hogar y tener hijos, pero me parecía descabellado tener niños sin un apoyo sólido para su crianza. Estaba muy joven y pensaba que había tiempo para eso, pero lo que ignoramos en la juventud es lo rápido que pasan los años y que los treinta son como un tren que salió de la estación y no regresa. Realmente no sabía lo que quería, sentía un vacío de amor incomprensible pues lo llenaba con mis hermanos y ya no estaban. Me gustaban las chicas, pero lo creía un tema prohibido que solo logré resolver cuando empecé a salir a las discotecas que pululaban en otro barrio llamado Queens. Hoy el condado donde se hablan más de 165 idiomas, y la comida es mundial y deliciosa.

En una de esas discotecas conocí a un chico muy dominado por su madre buscando desesperadamente cómo librarse de ella. Bailaba bien y me hacía reír cuando caminábamos por los parques. Solo éramos amigos cuando me comentó que tenía un plan para dejar a su familia pero que necesitaba de la ayuda de una chica, sin mucho compromiso, y esa era yo. Nos casamos sin pompa y al tercer día de nuestra boda me informó que se iba para Alemania pues había firmado los papeles para servir en el ejército de los EE.UU. Me recordó que ambos nos necesitábamos y me dejaba su carro nuevo y una mesada que el gobierno me enviaría. No puse ninguna objeción.

Empecé mi proceso de legalizar mi estadía y a planear qué haría ahora con carro, mesada y papeles. ¡Estaba feliz!

Lo primero que hice cuando me salieron mis papeles fue buscar cómo manejar un taxi amarillo en la ciudad de Nueva York. Después de pasar el examen de geografía, me entregaron un carro inmenso amarillo, con capacidad de cinco pasajeros en el asiento de atrás. Asientos que prendían el reloj de cobro automáticamente cuando se sentaba el pasajero. En el garaje de taxis había cerca de 400 carros y por lo menos 800 choferes. La idea es que esos carros funcionaran 24/7 365 días al año.

A pesar de que esta es una industria legendaria en la ciudad de Nueva York, no había ningún entrenamiento o curso para orientar al nuevo chofer. Manhattan, la isla más poblada del país, era un hormiguero de cerca de millón y medio de personas caminando y corriendo de un lado a otro. El aprendizaje fue largo y tortuoso.

En un turno un taxista podía recorrer muchas veces los 21.5 kilómetros de largo y los 3.7 kilómetros de ancho que tiene la isla. Sin duda, una experiencia abrumadora que me costó sustos, multas y accidentes.

Aún hoy, las transacciones entre un taxista y un pasajero son rápidas, exactas y distantes. El pasajero entra al taxi y casi grita la dirección. En aquel tiempo, el reloj del taxímetro automáticamente se encendía y uno arrancaba a toda velocidad para poder maniobrar en el tráfico. Antes de llegar al destino, se esperaba que el pasajero llevara la tarifa lista, pues una vez el taxi se orillaba había otro pasajero esperando montarse al vehículo.

Nueva York era una ciudad muy peligrosa. Mucha gente andaba armada y pululaban los grupos criminales en la ciudad. Muchos de mis compañeros fueron atracados y a uno de ellos le dispararon en la cara a pesar de haber entregado todo el dinero que llevaba. La situación se puso tan peligrosa que obligaron a los garajes a instalar divisiones contra bala entre el conductor y el pasajero, las que no me gustaban, porque no escuchaba bien lo que algunas personas decían.

Corrían malos tiempos para los taxistas en los años ochenta y con las divisiones contra bala el trato con los pasajeros se volvió aún más distante, frío, a veces áspero y hasta grosero.

Yo prefería, cuando tenía la oportunidad, recoger a señoras con niños, a ancianos con sillas de ruedas, a los que llevaban perros y grandes cajas, que eran los pasajeros que los otros taxistas no querían. Al menos con ellos había una transacción más cercana, humana y agradecida. Con muchos tenía conversaciones interesantes y al final del día, las propinas sumaban y yo me sentía muy contenta.

Una tarde venía bajando de la parte alta de Manhattan, área que evitaban la mayoría de taxistas por ser peligrosa. De lejos observé a un señor con el brazo alzado pidiendo un taxi. No me gustó mucho su presencia; el pelo desgreñado, la ropa arrugada, sucia, y se tambaleaba, y apenas era medio día. Mas le paré, pues señalaba que iba para la parte baja de la isla y allí es donde la mayoría de taxis amarillos operan. Una vez sentado empezó a contarme lo que le había pasado. Su voz era muy ronca y la bendita división no me dejaba escucharlo bien. Me pidió parar para comprarle un peine para arreglarse.

—No señor, yo no hago mandados —le dije.

Me puso un billete de cien dólares en la cajita del cambio e inmediatamente me orillé junto a una tienda.

—¿Algo más fuera del peine, señor?

—Chicles y una botella de agua.

Le traje todo lo que me pidió y seguimos nuestro camino. Iba para el hotel Hilton, un hotel de cinco estrellas en aquel entonces. Pensé:

—«Bueno, al menos vamos para un lugar seguro y ya tengo los cien dólares para pagar los gastos de este señor».

Cuando llegamos al hotel, se bajó y me dijo que lo esperara.

—No hay problema —afirmé.

Lo esperé mirando el reloj que lentamente sumaba minutos. Cuando apareció de nuevo me dijo:

—Chica, para que vayas al Madison Square Garden a verme cantar esta noche.

Me entregó dos boletas y un cassette, y entonces me di cuenta que era Héctor Lavoe. Abrí los ojos, creo que grité, y hasta brinqué:

—Nadie me va a creer esta historia señor Lavoe.

Sacó un papel de su bolsillo y me dedicó el cassette. ¡Aún lo tengo!

Amé ese trabajo; conocí la ciudad y sus alrededores, pero la industria de los taxis amarillos cambió radicalmente cuando los sindicatos permitieron subarrendar los autos con sus licencias y eximir a los garajes de las obligaciones de salud y pensión a los choferes. Teníamos que trabajar doce a dieciocho horas, seis días a la semana para poder sobrevivir.

Empecé a llevar hojas de vida y llenar aplicaciones para cualquier otro trabajo con algún beneficio de salud y pensión. No podía obviar que estaba sola sin ningún familiar ya que la única tía que tuve había fallecido años atrás.

Me soñaba gozando de días festivos y la seguridad de un buen empleo, pero no tenía ninguna habilidad calificada por lo que no me llamaban de ningún lugar. Aplicaba para manejar un bus de la ciudad, limpieza en los trenes del área metropolitana y con el correo, que es un trabajo federal con muchos beneficios.2

Finalmente una decisión de la corte suprema ordenó cumplir con una ley llamada acción afirmativa con las minorías, para que nos dieran la oportunidad de buenos trabajos a todos los que no fuéramos blancos. Gracias a eso, aceptaron mi aplicación y me fui a trabajar con el gobierno federal.

En ese trabajo aprendí un poco más del sistema legal ya que a los pocos meses de haber empezado me reclutaron para fortalecer el contrato del gobierno con los trabajadores. La meta era reemplazarnos a todos los que teníamos beneficios por trabajadores temporales. Habían empezado en los EE.UU., a descuartizar los derechos de la población trabajadora.

Yo llegué en ese momento histórico donde las empresas, las corporaciones, las cortes y el gobierno se aliaron para desmembrar los sindicatos y las leyes que los protegían.

Se instituyó el trabajo por hora y los contratos sin beneficios. Fue una lucha campal, no solo contra los dirigentes de esa sección del correo, sino contra los mismos empleados que no entendían la protección que ofrece un sindicato a sus miembros.

Esa década de lucha en el correo cimentó mi deseo de estudiar más y volví a matricularme en una universidad, pero empecé con solo una clase. Tenía miedo de fallar y el correo demandaba mucha fuerza física ya que me tocaba descargar camiones de 11:00 p.m. a 7:30 a.m.

Me tomó cerca de seis años y medio graduarme Cum Laude en Literatura Inglesa y esta vez sí pude ir a mi graduación. Con ese diploma y cuatro años más de estudio logré mi doctorado en leyes de una universidad pública3.

Como la espera por la licencia es larga, tenía que ocuparme en algo, por eso un semestre antes de mi graduación apliqué para optar a una beca ofrecida por la Universidad de Yale. La histórica y famosa entidad me llamó a defender mi propuesta y en uno de sus emblemáticos auditorios con ahínco les expliqué la necesidad de informar y fomentar los derechos de los inmigrantes en la comunidad. ¡Me dieron la beca! Con esos recursos formé una entidad sin ánimo de lucro y abrí una pequeña oficina detrás de una barbería que en su existencia dictó más de mil talleres sobre los derechos y obligaciones de los inmigrantes.

Mientras trabajaba en la institución, me preparaba para una posible oferta de trabajo como abogada. Los abogados hispanos eran y siguen siendo pocos, y yo tenía 44 años, era inmigrante colombiana, ya declarada lesbiana y cero experiencia trabajando en una oficina, seguro al mundo corporativo no le interesaría mi hoja de vida. Mi inseguridad me hizo asistir a más de treinta entrevistas con diferentes despachos e instituciones. Lo hacía para ensayar y aprender a contestar mejor, ya como abogada.

Personalmente seguía buscando esa familia que tanto anhelaba y no se daba. Ya tenía muy claro que soy una mujer gay y quería formar un hogar con otra mujer, pero en ese momento tenía que resolver asuntos de la mala relación con mi madre y entonces busqué terapia. Esas sesiones me ayudaron mucho a entender la difícil situación que mi madre manejó en su niñez y en su juventud. Ella provenía de un hogar donde la violencia doméstica era pan de cada día. Mi padre fue un hombre muy espiritual y de gran talento literario, pero no tuvo la personalidad para exigir paz, respeto y tranquilidad a mi madre. Mi madre lo humillaba, maltrataba y golpeaba. Alguna vez tomándonos unos whiskies le pregunté:

—Papá, ¿por qué no dejaste a mi madre? ¿Por qué te aguantaste tantas vejaciones?

A lo que me contestó:

—Porque no podía dejar a tu madre sola con diez hijos. No hubiera podido vivir tranquilo.

Mi padre representaba a las minorías de hombres maltratados por su pareja mujer. Mi padre falleció a una temprana edad porque fumaba mucho. Después de su muerte y años de terapia, me acerqué a mi madre. La seguí visitando anualmente por casi quince años y la llamaba varias veces a la semana para escucharla y compartir con ella mis luchas y triunfos.

En una de esas visitas a Colombia conocí a una bióloga colombiana dedicada a su finca, enamorada de su profesión y con una niña de doce años. Mis amigas me alertaban de no envolverme amorosamente con una mujer que tuviera hijos, pero a mí siempre me gustaron los niños y comencé a visitarla. Ese romance terminó en que ella y su hija se mudaron a Nueva York y empezamos un hogar que me cambió la vida.

No fue nada fácil mi relación con la niña, pero mi esposa supo manejar la situación muy bien y me enseñó a compartir con ella cada evento y dificultad. Yo me enfoqué en buscarle todo lo que enriqueciera su mente e intelecto para que no le pasara como a mí, totalmente ignorante de oportunidades en esta ciudad.