William Le Queux
El tesoro misterioso
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tabla de contenidos
DEL AUTOR AL LECTOR
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
CONCLUSIÓN
DEL AUTOR AL LECTOR
En
estos tiempos modernos, de agitada precipitación y grandes
combinaciones, cuando el origen de familia no tiene valor alguno, las
fortunas se hacen en un día, y las reputaciones se pierden en una
hora, los secretos de los hombres son, algunas veces, muy extraños.
Uno de éstos es el que revelo en este libro; uno que será, aseguro
anticipadamente, enigmático y sorprendente para el lector.El
misterio ha sido tomado de la vida diaria, y hasta hoy la verdad
concerniente a él ha sido considerada estrictamente confidencial por
las personas mencionadas aquí, aun cuando ahora me han permitido que
haga públicas estas notables circunstancias.William
Le Queux
I
EL
DESCONOCIDO DE MANCHESTER
—¡Muerto!
¡Y se ha llevado su secreto a la tumba!
—¡Jamás!
—Pero
se lo ha llevado. ¡Mira! Tiene la quijada caída. ¡No ves el
cambio, hombre!
—¡Entonces,
ha cumplido su amenaza, después de todo!
—¡La
ha cumplido! Hemos sido unos tontos, Reginaldo... ¡verdaderamente
tontos!—murmuré.
—Así
parece. Confieso que yo esperaba confiadamente que nos diría la
verdad cuando comprendiese que le había llegado el fin.
—¡Ah!
tú no lo conocías como yo—observé con amargura.—Tenía una
voluntad de hierro y un nervio de acero.
—Combinados
con una constitución de caballo, porque, si no, haría mucho tiempo
que se hubiera muerto. Pero hemos sido engañados... completamente
engañados por un moribundo. Nos ha desafiado, y hasta el último
momento se ha burlado de nosotros.
—Blair
no era un tonto. Sabía lo que el conocimiento de esa verdad
significaba para nosotros: una enorme fortuna. Lo que ha hecho,
sencillamente, es guardar su secreto.
—Y
dejarnos sin un centavo. Aunque hemos perdido miles, Gilberto, no
puedo menos de admirar su tenaz determinación. Recuerdo que ha
tenido que atravesar por momentos aciagos, y ha sido un buen amigo,
pero muy bueno, con nosotros; por lo tanto, creo que no debemos
abusar de él, aun cuando nos cause mucho sentimiento el hecho de que
no nos haya dejado su secreto.
—¡Ah,
si esos labios blancos pudiesen hablar! Una sola palabra, y los dos
seríamos hombres ricos—exclamé con pena, contemplando la cara
pálida del muerto, con sus ojos cerrados y su barba afeitada, que
yacía sobre la almohada.
—Desde
un principio su intención fue ocultar su secreto—observó,
cruzando los brazos, mi amigo Reginaldo Seton, que estaba de pie al
otro lado de la cama.—No a todos los hombres les es dado hacer un
descubrimiento como el suyo. Años ocupó para resolver el problema,
cualquiera que fuese; pero no podemos dudar, ni por un momento, que
consiguió su objeto.
—Y
el beneficio que sacó fue de más de un millón de libras
esterlinas—agregué yo.
—Más
bien dos, calculando por lo bajo. Recuerda que, cuando por primera
vez lo conocimos, pasaba las mayores estrecheces de dinero... ¿y
ahora? En la semana pasada solamente, regaló veinte mil libras al
fondo del Hospital. Y todo esto lo debe a haber podido resolver el
enigma que hace tiempo nosotros nos esforzamos por descubrir. No,
Gilberto, no ha procedido bien con nosotros. Debes acordarte que
fuimos nosotros quienes le ayudamos, lo enderezamos, y, en fin,
hicimos todo lo que pudimos por él, y en vez de revelarnos la clave
del secreto que descubrió, y lo colocó entre los hombres más ricos
de Londres, se ha negado a hacerlo, a pesar de que sabía que iba a
morir. Le prestamos dinero cuando su situación era precaria, le
costeamos la educación de Mabel cuando él no tenía con qué
pagarla y...
—Y
él nos pagó hasta el último centavo... con intereses—le
interrumpí.—Vamos; dejémonos de discutir aquí su proceder. El
secreto se ha perdido para siempre: eso basta.—Y cubrí con la
sábana la cara del pobre muerto; el semblante de Burton Blair, el
hombre que, durante los últimos cinco años, había sido uno de los
misterios de Londres.Una
vida extraña y aventurera, una carrera más notable quizá que
muchas de esas que forjan los novelistas, se había cortado
repentinamente, mientras el secreto del origen de su enorme fortuna
(secreto que ambos habíamos anhelado compartir durante los últimos
cinco años, porque en cierto grado tenemos justos títulos para
participar de sus ventajas) había desaparecido junto con él para
nunca más volver.La
pieza en que estábamos era un pequeño dormitorio, bien amueblado,
del Queen's Hotel, de Manchester. La ventana daba sobre la obscura
fachada del Hospital, y el ruido y bullicio del tráfico de
Piccadilly ascendían hasta la habitación del muerto. Su historia
era ciertamente una de las más extrañas que hombre alguno haya
referido. Su misterio, como lo veremos, era verdaderamente pasmoso.La
luz de aquella tarde triste de febrero desaparecía con rapidez, y al
darnos vuelta lentamente para bajar e informar al gerente del
establecimiento del fin desgraciado que había tenido un pasajero,
noté que en un rincón estaba la maleta del muerto, y las llaves
colocadas en sus cerraduras.
—Mejor
es que tomemos posesión de ellas—observé, cerrando la maleta y
poniendo en mi bolsillo el pequeño manojo de llaves.—Sus albaceas
las necesitarán.Luego,
cerramos la puerta, y dirigiéndonos a la oficina, comunicamos la
desagradable noticia de la muerte ocurrida en el hotel.El
gerente estaba preparado, sin embargo, pues, media hora antes, el
médico le había manifestado que el desconocido no tenía remedio.
Desde el principio su enfermedad había sido un caso sin esperanza.He
aquí, en breves palabras, lo que había sucedido: Burton Blair se
había despedido de su hija Mabel, partiendo en la mañana del día
anterior de su mansión de la plaza Grosvenor, para ir a tomar el
expreso de las diez y media que de Euston salía para Manchester,
donde tenía que arreglar algunos negocios particulares, según había
dicho. Antes que el tren llegara a Crewe, se sintió mal
repentinamente, y uno de los sirvientes del coche-restaurant lo
encontró desmayado en uno de los compartimientos de primera.Le
dieron brandy y algunas otras bebidas reconfortantes, que le hicieron
revivir lo bastante para llegar hasta Manchester, donde le ayudaron a
bajar del tren en London Road, y dos mozos de cordel lo subieron
después a un
cab
y lo acompañaron al hotel.Una
vez allí, al acostarlo, volvió a caer en un estado de completo
desvanecimiento. Se llamó a un médico, pero no pudo emitir ningún
diagnóstico sobre la enfermedad, contentándose con decir que el
paciente tenía gravemente afectado el corazón, y que, en vista de
eso, el desenlace sería fatal y rápido.A
las dos de la mañana del día siguiente, Blair, que no había dado
su nombre ni había manifestado quién era, a la gente del hotel,
pidió que telegrafiaran a Seton y a mí, lo que dio por resultado
que ambos, llenos de ansiedad y de sorpresa, nos pusiéramos en viaje
para Manchester, adonde llegamos una hora antes del desenlace final,
encontrándonos con que nuestro amigo estaba en un estado
desesperante.Al
entrar en la pieza nos encontramos con el médico, un tal doctor
Glenn, hombre joven y más bien agradable, que estaba asistiéndolo.
Blair se hallaba en ese momento completamente consciente, y escuchó
la opinión médica sin alterarse.En
verdad, parecía que acogía con gusto la muerte en vez de temerla,
pues cuando oyó que se encontraba en tan crítica situación, una
débil sonrisa se dibujó en su pálida cara arrugada, y observó:
—Todos
tenemos que morir; así, pues, lo mismo da que sea hoy que
mañana.—Luego, volviéndose a mí, añadió:—Ha sido mucha
bondad en usted, Gilberto, venir expresamente a despedirse—y alargó
su delgada mano fría, buscó la mía y la estrechó fuertemente,
mientras sus ojos se clavaban en mí con esa extraña mirada fija que
sólo aparece en los ojos de un hombre cuando se encuentra al borde
de la tumba.
—Es
el deber de un amigo, Burton—respondí con profunda
solemnidad.—Pero todavía puede tener esperanza; los médicos se
equivocan a menudo. ¿No tiene usted, acaso, una espléndida
constitución?
—Desde
que era muy chico no recuerdo haber estado casi un solo día
enfermo—contestó el millonario en voz baja y débil;—pero este
ataque me ha vencido completamente.Tratamos
de cerciorarnos con exactitud de cómo se había enfermado, pero ni
Reginaldo ni el doctor pudieron sacar nada en claro.
—Perdí
el conocimiento de pronto, y no recuerdo nada más—fue todo lo que
el moribundo dijo.—Pero—añadió, volviéndose otra vez a mí,—no
avisen a Mabel hasta que todo haya terminado. ¡Pobre criatura! Mi
única pena al irme de este mundo, es tener que dejarla. Ustedes dos
fueron en los años pasados sumamente buenos con ella; ¿no es verdad
que ahora no la abandonarán?—imploró, hablando lentamente y con
grandísima dificultad, mientras sus ojos brillaban llenos de
lágrimas.
—Ciertamente
que no, viejo amigo—contesté yo.—Viéndose sola, necesitará de
alguien que la aconseje y se ocupe de sus intereses.
—Los
pillos de los abogados se encargarán de eso—exclamó con una
extraña dureza en su voz, como si no hubiera tenido estimación
alguna por sus abogados.—No, quiero que usted vele por ella, que se
cuide de que ningún hombre la haga su esposa por amor a su dinero,
¿me comprende? Docenas de individuos andan en este momento detrás
de ella, lo sé, pero preferiría antes verla muerta que casada con
uno de ellos. Debe casarse por amor... sí, por amor, ¿me oye?
Prométame, Gilberto, que la protegerá, que velará por su suerte,
¿quiere?Reteniendo
todavía su mano entre las mías, le prometí cumplir lo que me
pedía.Estas
fueron las últimas palabras que pronunció. Sus pálidos labios se
contrajeron de nuevo, pero no brotó de ellos ningún sonido. Sus
ojos vidriosos estaban fijos en mí con una mirada terrible y dura,
como si hubiera estado esforzándose por decirme algo.Tal
vez me estaba revelando el gran secreto, el secreto de cómo había
resuelto el misterio de hacer fortuna y de poseer más de un millón
de libras esterlinas, o tal vez me hablaba de Mabel. Pero nosotros no
pudimos saber lo que fue. Su lengua se negaba a articular una palabra
más; el silencio de la muerte habíase apoderado de él.Así
desapareció de este mundo, y así fue cómo yo me encontré ligado a
una promesa que tenía la intención de cumplir, aun cuando él no
nos había revelado su secreto, como nosotros confiadamente lo
habíamos esperado. Cuando nos mandó llamar, habíamos creído que,
dándose cuenta de su estado agonizante, lo hacía para darnos a
conocer ese misterioso medio que nos haría más ricos de lo que
jamás habíamos soñado. Pero en este caso el desengaño había sido
cruelísimo. Durante cinco años, lo confieso, habíamos esperado
confiados en que algún día repartiría con nosotros parte de su
fortuna en compensación de los servicios que le habíamos hecho en
lo pasado. Sin embargo, parecía ahora que fríamente había
despreciado la deuda de gratitud que tenía para con nosotros, y al
mismo tiempo me había impuesto a mí una obligación no muy fácil
de cumplir: la tutela de Mabel, su única hija.
II
DONDE
APARECEN CIERTOS HECHOS MISTERIOSOSDebo
declarar que, teniendo en cuenta todas las misteriosas y curiosas
circunstancias de lo pasado, la situación, para mí, estaba muy
lejos de ser satisfactoria.Al
encaminarnos juntos aquella noche fría por la calle Market
discutiendo el asunto, porque habíamos preferido salir a quedarnos
en el salón del hotel, a Reginaldo se le vino a la imaginación la
idea de que tal vez entre los objetos pertenecientes al muerto
estuviese el secreto escrito y sellado.Pero
en este caso, salvo que estuviera dirigido a nosotros, sería abierto
por las personas que el moribundo había designado con el
calificativo de «los pillos de los abogados,» y, según todas las
probabilidades, ellos sabrían sacarle para sí todo el provecho
posible.Sus
abogados eran, como nosotros lo sabíamos, los señores Leighton,
Brown & Leighton, firma eminentemente honorable de Bedford Row;
por lo tanto, les dirigimos un telegrama desde la oficina central,
informándolos de la muerte repentina de su cliente, y pidiéndoles
que uno de ellos viniera en el acto a Manchester, para que estuviese
presente en las indagaciones que se iban a efectuar, por haber
declarado el doctor Glenn que serían necesarias. Como el muerto
había manifestado el deseo de que, por entonces, Mabel ignorase la
realidad, no le avisamos el trágico y doloroso suceso.La
curiosidad nos hizo volver pronto al hotel y subir a la habitación
del muerto, para examinar el contenido de su maleta y pequeña
valija, pero, fuera de sus ropas, un libro de cheques y unas diez
libras esterlinas en oro, no encontramos nada. Sin embargo, no creo
estar equivocado al afirmar que ambos habíamos tenido la esperanza
de encontrar la clave del notable secreto que de una manera
desconocida había conseguido, aun cuando no era creíble que un
objeto tan valioso lo hubiera tenido en su equipaje.En
el bolsillo de una pequeña cartera de apuntes, que formaba parte de
lo que había en la maleta, descubrí varias cartas, todas las cuales
examiné y vi que no eran de importancia, salvo una, sucia y mal
escrita en incorrecto italiano, que contenía algunas frases que
despertaron mi curiosidad.Verdaderamente,
tan extraño era el tenor en que estaba escrita esa carta, que, con
aprobación de Reginaldo, resolví guardarla y hacer algunas
averiguaciones.Muchas
cosas y hechos secretos habían rodeado la vida de Burton Blair, los
cuales durante años nos habían intrigado, y en consecuencia,
estábamos dispuestos, si era posible, a aclarar el extraño misterio
que lo había envuelto en vida, a pesar de haberse llevado a la tumba
el secreto de su enorme fortuna.Nosotros
éramos los únicos en el mundo que conocíamos la existencia del
secreto, pero ignorábamos la clave necesaria para poder abrir esa
fuente de inagotables riquezas. Para todos era un misterio
indescifrable el medio de que se había valido para hacer esa enorme
fortuna, y hasta su hija Mabel no lo conocía.En
la City y en sociedad creían algunos que poseía grandes sumas
invertidas en minas, y que era un feliz especulador en acciones,
mientras otros declaraban que era dueño, por lo menos, del terreno,
o, mejor dicho, de toda la planta urbana de dos grandes ciudades de
los Estados Unidos, afirmando algunos, con más aplomo, que el origen
de su fortuna provenía de concesiones que había conseguido del
Gobierno otomano.Todos,
sin embargo, se equivocaban en sus suposiciones. Burton Blair no
poseía un acre de tierra, no tenía un solo chelín invertido en
compañía alguna, no se interesaba, ni estaba comprometido en
concesiones de ningún Gobierno o empresas industriales. No. El
origen de la gran fortuna que en el espacio de cinco años lo había
puesto en condiciones de comprar, decorar y amueblar de una manera
regia, una de las más espléndidas mansiones de la plaza Grosvenor,
mantener tres de los más costosos Panhards (los automóviles eran su
pasión favorita), y poseer esa magnífica morada antigua de tipo
jacobiano, conocida con el nombre de Mayvill Court, en Herefordshire,
era completamente desconocido para todo el mundo y procedía de donde
nadie sospechaba siquiera. Sus millones eran ciertamente muy
misteriosos.
—Me
asombraría de que se sacara algo en claro de las averiguaciones que
se van a hacer—exclamó Reginaldo, algunas horas más
tarde.—Indudablemente sus abogados tampoco saben nada.
—Puede
ser que haya dejado algunos papeles que revelen la
verdad—contesté.—Los hombres que en vida son silenciosos y
reservados, a menudo suelen confiar sus secretos al papel.
—No
creo que Burton lo haya hecho.
—Recuerda
que puede haberlo hecho en beneficio de Mabel.
—¡Ah!
¡por Job!—murmuró mi amigo,—no había pensado en eso. Si
deseaba que fuera para ella, debe haber dejado su secreto en manos de
alguna persona en quien confiara implícitamente. Sin embargo, él
confiaba en nosotros... hasta cierto punto. Somos los únicos que
tenemos algún conocimiento verdadero del estado de sus asuntos.—Y
mi amigo Reginaldo, rubio, de piernas largas y seis pies de alto, el
tipo perfecto del inglés muscular y flexible, aun cuando estaba
dedicado al comercio de frivolidades y monadas femeninas, se calló
lanzando un sordo gruñido de disgusto, y encendió cuidadosamente un
nuevo cigarro.Pasamos
una noche triste vagando por las principales calles de Manchester,
sintiendo que con la muerte de Burton Blair habíamos perdido un
amigo sincero; pero, cuando a la mañana siguiente nos encontramos en
el hall del Queen's Hotel con Herberto Leighton, el abogado, y
tuvimos una larga consulta con él, el misterio que rodeaba al
muerto, aumentó considerablemente.
—Ustedes
dos conocían muy bien a mi difunto cliente—observó el abogado,
después de algunos preliminares.—¿Saben si existe alguna persona
a quien pudiera ser de provecho su muerte repentina?
—Esa
es una pregunta extraña—dije yo.—¿Por qué?
—Es
que tengo motivos para creer—explicó con cierta vacilación aquel
hombre moreno y de facciones afiladas,—que ha sido víctima de una
infamia.
—¡De
una infamia!—exclamé atónito.—Usted no cree seguramente que ha
sido asesinado, ¿no es verdad? Eso no puede ser, estimado amigo. Se
enfermó en el tren, y ha muerto aquí en nuestra presencia.El
abogado, cuya fisonomía había tomado un aspecto más grave aún, se
encogió de hombros sencillamente, y dijo:
—Debemos,
por cierto, aguardar el resultado de la investigación, pero tengo la
creencia, por ciertos informes que poseo, de que Burton Blair no ha
fallecido de muerte natural.Aquella
misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó su
investigación en una pieza privada del hotel, y, en conformidad con
la opinión de los dos médicos que habían comprobado la defunción
y hecho la autopsia en la mañana de ese mismo día, declaró que la
muerte se debía únicamente a causas naturales. Se descubrió que
Burton Blair había padecido de debilidad natural al corazón, y que
el desenlace fatal había sido acelerado por el movimiento del tren.No
había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que se
hubiese cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció el
veredicto, de acuerdo con la prueba pericial, de que la muerte era
debida a causas naturales, y concedió permiso para trasladar el
cadáver a Londres, donde debía ser sepultado.Una
hora después de terminada la investigación llamé aparte al señor
Leighton, y le dije:
—Como
usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimos
amigos de Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber qué
razones ha tenido usted para sospechar que se ha cometido una
infamia.
—Mis
sospechas eran bien fundadas—fue su contestación, algo enigmática.
—¿En
qué se fundaban?
—En
el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de no
haberlo comunicado a nadie más que a mí y reírse de las
precauciones que yo le indiqué, vivía constantemente temeroso de
ser asesinado.
—¡Extraño!—exclamé.—¡Muy
extraño!Nada
le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipaje del
muerto. Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en
la muerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los más
extraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y
misteriosa vida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin
igual.Pienso
que será necesario explicar las curiosas circunstancias que nos
pusieron en contacto con Burton Blair, y describir los hechos
misteriosos que se produjeron después que hicimos relación. Es tan
notable esta historia desde el principio hasta el fin, que muchos de
los que la lean se sentirán inclinados a dudar de mi veracidad. A
éstos, antes de empezar, les indicaré que pueden hacer
averiguaciones en Londres, en ese pequeño mundo de aventureros,
especuladores, prestamistas y perdedores de dinero, conocido con el
nombre de la City, donde estoy seguro que no tendrán dificultad
alguna en obtener aún más detalles interesantes sobre el hombre de
los misteriosos millones a que en parte se refiere esta narración.Y,
ciertamente, los hechos fieles concernientes a él se verá que
forman, no vacilo en decirlo, uno de los más notables romances de la
vida moderna.
III
EN
EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑACon
el fin de explicar la verdad sencilla y llanamente, debo, en primer
lugar, decir que yo, Gilberto Greenwood, era un hombre de escasos
recursos, a quien una tía, ascética y de la iglesia bautista, pero
poseedora de una pequeña fortuna, le había dejado una renta
vitalicia; mientras mi amigo Reginaldo Seton, a quien conocía desde
niño, cuando juntos habíamos estado en Charterhouse, era hijo de
Jorge Seton, dueño de un negocio de encajes de la calle Cannon y
concejal de la Municipalidad de Londres, el que murió dejando a
Reginaldo de veinticinco años, con una pesada carga de deudas y un
negocio anticuado y noble, pero que iba decayendo rápidamente. Sin
embargo, como Reginaldo se había formado en una fábrica de
Nottingham, conociendo el comercio de encajes, continuó
valientemente los pasos de su padre, y, debido a su dedicación al
negocio, consiguió desenvolverse lo bastante bien para evitar
presentarse en quiebra ante los tribunales, y pudo asegurarse una
renta anual de algunos cientos de libras.
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