El Triángulo de Hielo - Marcos Nieto Pallarés - E-Book

El Triángulo de Hielo E-Book

MARCOS NIETO PALLARÉS

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Beschreibung

«Marcos ha creado un asesino memorable y despiadado, con una motivación de lo más original». PAUL PEN Cuando un cadáver congelado aparece en un columpio de un parque del barrio de Vallecas, en Madrid, la inspectora Paloma del Moral sabe que se enfrenta a un asesino como ningún otro. El Hombre de Escarcha no solo mata a sus víctimas: las somete a una terrible muerte por hipotermia, dejando mensajes crípticos. Mientras los cuerpos se acumulan y las investigaciones dirigen a la policía al Triángulo de Hielo, la gélida región comprendida entre Teruel, Calamocha y Molina de Aragón, Paloma, atormentada por el fallecimiento de su esposo y luchando contra su creciente obsesión con el caso, descubre que sobrevivir a los juegos psicológicos del Hombre de Escarcha puede ser tan peligroso como sus trampas mortales. Con una atmósfera inquietante, retratos psicológicos complejos, ritmo implacable e increíbles giros de guion, El Triángulo de Hielo es un thriller helador que explora la obsesión, la supervivencia y la delgada línea entre la justicia y la venganza. Perfecto para los fanáticos del noir nórdico y la ficción criminal psicológica, esta novela dejará a sus lectores cuestionándose en quién pueden confiar cuando las temperaturas caen bajo cero. Un thriller criminal que esconde un escalofrío en cada página. Los lectores están OBSESIONADOS con los thrillers de Marcos Nieto Pallarés: «Admirable la imaginación de Marcos». «En cada obra vuelve a cautivarme». «Esta novela confirma, una vez más, que Marcos es un maestro de primer nivel en novelas de suspense policiaco». «Si algo domina el autor son los giros». «A la misma altura que los escritores noruegos o suecos». «Cada palabra se te clava hondo y no te deja indiferente». «El autor domina el género y lo demuestra».

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Seitenzahl: 407

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www. harpercollinsiberica.com

 

El Triángulo de Hielo

© Marcos Nieto Pallarés, 2026

© 2026, para esta edición HarperCollins Ibérica, S. A.

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas omuertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S. A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

 

Diseño de cubierta: CalderónStudio

Imágenes de cubierta: Dreamstime y Shutterstock

 

ISBN: 9788410645196

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Nota del autor

Cita

Preludio

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Toño Castro

Lidia Trapé

Paloma del Moral

El Hombre de Escarcha

Paloma del Moral

Toño Castro

Lidia Trapé

Paloma del Moral

Paloma del Moral

El Hombre de Escarcha

Toño Castro

Paloma del Moral

Toño Castro

Lidia Trapé

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Lidia Trapé

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

El Hombre de Escarcha

Lidia Trapé

Lidia Trapé

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Toño Castro

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Toño Castro

Toño Castro

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Lidia Trapé

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Diego Fresneda

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Toño Castro

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Toño Castro

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Paloma del Moral

Diego Fresneda

Paloma del Moral

Nota del autor

 

 

 

 

 

Estimado lector:

 

Los personajes que aparecen en esta novela son de mi invención. Del mismo modo, sus ideas y opiniones no se corresponden con mis criterios personales. Dicho esto, solo me queda agradecerte que hayas elegido El Triángulo de Hielo como lectura.

Cita

 

 

 

 

 

«Acepta la locura. Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia».

JOHN KATZENBACH

Preludio

 

 

 

 

 

Enero

 

Una columna de nubes oscuras irrumpió en las calles junto a un aire que acariciaba los huesos con dedos de hielo, y liberó gotas que parecían haberse descolgado de témpanos. La lluvia dibujó lágrimas en los cristales y un velo plateado en el asfalto, y su ruido blanco enmascaró cualquier sonido distractor.

Un hombre desanduvo sus zancadas poco después de haber empezado a cruzar la calle. Una joven de rostro enjuto cortó el viento aguado con su paraguas; pocas veces había deseado tanto llegar a casa. Los dientes de dos niños castañearon bajo el toldo de un restaurante… Los más afortunados presenciaron cómo el agua barría las calles al calor de un fuego crepitante, una estufa eléctrica o una calefacción central. Pero un hombre desnudo contemplaba el aguacero por una ventana abierta, en tanto las entrañas de su dormitorio se retorcían de frío. El agua salpicaba en el alféizar y le humedecía la piel mientras el viento sacudía su pelo negro.

Le echaba un pulso a la borrasca.

«Me quema un hielo por dentro que nunca se agota —pensó, crecido ante la adversidad—. El frío es una prueba de nuestra resistencia; la belleza reside en nuestra capacidad para enfrentarlo».

Inspiró hondo un aire que a cualquiera le hubiera irritado las vías respiratorias y espiró un susurro:

—Es la hora.

Se vistió con unas bermudas, una camiseta de manga corta y unas zapatillas transpirables. No se puso calcetines. Y, así ataviado, caminó al encuentro de la mujer a la que había secuestrado, a través de una vivienda con ambiente de cámara frigorífica.

Paloma del Moral

 

 

 

 

 

Avenida de San Luis, Madrid

 

«¡Sal por la ventanilla!».

Me desperté sudorosa.

Mi móvil vibró encima de la mesita de noche.

Pesadilla y teléfono parecían haberse confabulado para desvelarme en plena noche.

Le eché un vistazo al reloj despertador.

—No son ni las cuatro.

Respiré hondo y me incliné para ver quién llamaba: «Toño».

Solo podía quererme para una cosa.

—¿Me vas a hacer salir a estas horas de la cama? —espeté tras descolgar.

—Yo estaba teniendo un sueño con una rubia de toma pan y moja cuando Rojas me ha dado el aviso. No son horas, lo sé, Palomita, pero es que, desde hace un tiempo, los asesinos nos han perdido el respeto. ¿Recuerdas cuando esperaban a que acabáramos de desayunar para deshacerse de los cadáveres? Qué tiempos…

—No me interesan tus sueños húmedos ni estoy para tu… —Estuve cerca de decir «puto sarcasmo», pero me mordí la lengua—. En fin. ¿Dónde?

—Avenida Valdeculebras, en Vallecas. Te pilla bastante lejos. ¿Te paso a buscar?

—No.

—Te mando un wasap con la dirección.

—¿Hombre o mujer?

—Mujer.

—¿Juez?

—Estoy poniéndome los pantalones. Sé lo mismo que tú.

—Pues nos vemos allí.

—Tráeme un bollito o algo para desayunar.

—Claro. Lo que sea para que no mantengas la línea.

—Mira que eres mala.

Colgué con una sonrisa triste y salí perezosa de la cama.

Subí las persianas del ventanal de mi habitación y le eché un vistazo a la avenida de San Luis. Madrid dormía pasada por agua. Las gotas en el cristal generaron hermosos brillos a un palmo de mis narices. A cualquiera le hubieran inducido una sensación de frescura y vitalidad; a mí, los peores momentos de mi día más aciago.

«¡Sal por la ventanilla!»:la voz exaltada de César resonó en mi cabeza por enésima vez.

Dejé el pijama, las bragas y el sostén encima de la cómoda que llevaba tiempo usando de cesto para la ropa sucia. Me invadía por momentos una preocupante falta de voluntad para hacer cualquier cosa desligada de mi trabajo. Si no fuera por el curro, me pasaría el día deambulando por este piso. Llevaba días sin barrer y los platos se amontonaban en el fregadero.

Con los ojos hinchados y las piernas cansadas, me puse una sudadera roja, unos vaqueros y unas botas de agua encarnadas. Presentí que Toño se mofaría de mi calzado. Pero yo llevaba meses pasando del qué dirán.

Cogí un paquete de dónuts de un armario de la cocina.

Le di un beso a la foto enmarcada de César que tenía sobre el mueble del recibidor, como era mi costumbre desde hacía un año.

—Hasta luego, amor.

Salí del piso rumbo a mi Peugeot 2008.

Y conduje hacia la escena de un crimen.

 

 

«El mal no entiende de día y noche, de estación del año», pensé adormilada. El asfalto reflejaba las luces de los coches y las farolas. El sol no tardaría en intentar secar las calles, pero las nubes no se lo permitirían. Según los meteorólogos, llovería intermitentemente al menos un día más. «Como para fiarse de los hombres y mujeres del tiempo», medité, y supliqué a los nubarrones que aguantaran hasta que examinara la escena.

La avenida Valdeculebras se encontraba lejos del agotador centro de Madrid y gozaba de la amplitud de un polígono industrial, con amplias rotondas y medianas ajardinadas que separaban dos carriles en cada dirección, flanqueados por casas adosadas.

No tardé en ver el cordón policial al fondo de la calle, la ambulancia, los coches patrulla, los agentes de uniforme y los de paisano y los embutidos en monos blancos. Me sorprendió que las cintas amarillas protegieran un parque infantil. Había esperado encontrar la escena en uno de los descampados de la zona.

Tiré del freno de mano entre dos vehículos del Cuerpo Nacional de Policía. A pesar de las horas intempestivas, de las calles encharcadas y de que corriera una brisa que congelaba el aliento, un corro de vecinos y periodistas se agolpaban al otro lado del perímetro. Gracias a Dios, ni los objetivos de las cámaras ni los ojos de los curiosos grabarían a la muerta: mamparas desplegadas en el corazón del parque la protegían de los no autorizados.

Fruncí el ceño al ver las aristas de un columpio que asomaban como huesos por encima de las mamparas.

Caminé hacia el acceso dando un pequeño rodeo, esforzándome por esquivar a los periodistas. Una reportera avispada advirtió mi maniobra y corrió a hacerme preguntas. Lo único que consiguió fue una frase de advertencia:

—Ni se te ocurra pasar de aquí.

Se detuvo con cara de decepción ante las señales que le prohibían el paso.

Le mostré mi placa al oficial encargado de llevar el registro de quienes entraban y salían de la escena. Dejó constancia de mi ingreso y me facilitó unos cubrezapatos y unos guantes de nitrilo, si bien yo llevaba un par de cada en los bolsillos.

Toño estaba en el centro del lugar de recreo. Sus casi dos metros y ciento veintipico kilos no lo hacían pasar precisamente inadvertido. Lo acompañaba Darío Rojas, nuestro inspector jefe, que a su lado parecía un renacuajo. Mi compañero vestía un tejano negro, un jersey gris de cuello alto y un abrigo marrón. Parte de la comisión judicial charlaba a sus anchas espaldas. El juez Almarcha no era de personarse en las escenas, lo que me hizo suponer que el crimen llenaría portadas de periódicos.

«Se avecina presión mediática», temí.

Caminé por un pasillo creado con cintas mientras mi respiración dejaba una estela en el aire y los árboles parecían seguirme con la mirada. Los gritos de los periodistas llegaron a mis oídos tras saltar el cordón. Me invadió una sensación que no me era desconocida. Un especialista cortaba un pedazo de suelo de corcho arrodillado a la orilla del camino. Un segundo criminalista fotografiaba una colilla destacada con un indicador de indicios, usando un testigo métrico como escala de referencia. Un tercero tomaba medidas por las inmediaciones de las mamparas…

«El agua habrá borrado la mayor parte de los indicios», pensé justo antes de saludar a Toño y a Rojas con un escueto «hola».

Mi compañero levantó las cejas a modo de bienvenida.

—Hola, Del Moral. —Rojas usó su voz de «cuidado, que estoy que trino».

A esas horas todos lo estábamos.

El inspector jefe llevaba un pantalón de vestir beis, un jersey ceniza y una chaqueta de color camel. Tanto Toño como Rojas no habían escatimado en elegancia.

Y yo en tejanos, sudadera y botas de agua.

—Bueno —exhaló Rojas—. Voy a hablar con el inspector jefe Segura, de la Científica, y con el juez Almarcha. Habrá que empezar a pedir permisos. Mientras la Científica y el forense ultiman los informes, revisaremos las cámaras de seguridad de los comercios de la zona y de vigilancia, y les tomaremos declaración a los familiares. Lo de siempre.

—¿Se sabe quién es la víctima? —pregunté.

—Belén Rivera.

—¿En serio?

—¿Me ves con ganas de bromear? Y, para más inri, el asesino se deshizo de su cadáver cuando en Madrid caían chuzos de punta; y no creo que sea una casualidad. Me temo que andamos tras la pista de un robasueño.

Así llamaba Rojas a los asesinos organizados.

—Hoy, sin ir más lejos —afirmó Toño.

—Hoy ¿qué? —preguntó Rojas con hosquedad.

—Que hoy ya le ha robado sueño.

—Muy observador, Castro. —Nuestro superior hizo una mueca de hastío—. Examinad el cadáver y luego hablamos. No andaré lejos.

Asentí con la cabeza; Toño levantó los pulgares con cara de payaso psicópata. El modo de actuar de Antonio Castro —cuarenta y siete años— podía descolocar al más versado en apariencias. Yo conocía las entretelas de mi compañero, pero entendía que, de buenas a primeras, a uno pudiera parecerle un sinsustancia.

—Oye, te quedan bien esas botas de agua —opinó en cuanto Rojas nos dio la espalda, a pesar de que los cubrezapatos ocultaban parte de la goma roja—. «Para presumir hay que sufrir» no va contigo, ¿eh, Palomita?

—¿Tú cómo tienes los pies?

—Los he metido en un socavón nada más bajar del coche. Digamos que hago lo que puedo para mantener mi fama de patoso.

Me fijé en sus zapatos: al menos gastaba un 46.

—Pues yo los tengo sequitos.

—No te pongas a la defensiva, que lo decía de buen rollo. Soy tu mayor fan, y lo sabes.

Lo mejor de Toño es que te hacía sentir valorada.

En temas laborales era un fenómeno achantando al personal, y su talento para los interrogatorios no tenía parangón. Siempre lo vi como una curiosa fusión entre Peter Pan y Harry el Sucio. Actuaba como Toño con los compañeros y como Antonio Castro con los mezquinos. Una vez le vi cambiar de acera a un tipo de un guantazo. La calle no era muy ancha, pero el tipo pasó de una fachada a otra en lo que dura un pestañeo. Le permitía llamarme Palomita; a cualquier otro lo hubiera mandado a la mierda al primer diminutivo. Toño sabía mejor que nadie lo mal que lo estaba pasando y se esforzaba —demasiado, a mi parecer— por animarme. Él tampoco atravesaba por un buen momento, lógicamente, pero, al menos en apariencia, lo sobrellevaba mejor que yo.

—Ya hablaremos de moda invernal durante el almuerzo —dije, forzando una sonrisa—. ¿Quién la ha encontrado?

—Un jubilado que padece insomnio ha salido a dar un paseo a las tres de la madrugada. ¡A las tres, con la que estaba cayendo!

—Hay gente para todo.

—Lo que hay es mucho rarito. En fin. Se ha topado con la chica y ha llamado a una comisaría de la Policía Local. Una patrulla ha llegado antes de que nadie pudiera grabarla o fotografiarla. Aunque, según Paseador Nocturno, sorpresa: las calles estaban desiertas cuando la ha encontrado.

—Pues veamos ese cadáver.

—Me he asomado y es una rayada máxima.

—Siempre lo son.

—No tanto como este.

Toño logró que arrugara la frente antes de traspasar las mamparas y que mis ojos colisionaran con Belén Rivera, y entendiera su «No tanto como este».

«Y que lo digas», pensé impactada.

La luz de un foco portátil destacaba el cuerpo de un modo impecable, como la lente de un microscopio una fibra.

La puesta en escena me dejó muda.

El forense me miró de soslayo y continuó examinando el cadáver; como mi compañero, me dio tiempo para digerir lo que estaba viendo.

Desaparecida en Molina de Aragón; hallada en Madrid.

Su rostro había aparecido en las redes sociales de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Antes de acostarme aquella misma noche, me enteré de que su búsqueda se había suspendido por culpa de una tormenta de nieve. Resultaba increíble que su cuerpo sin vida permaneciera sentado en un columpio de un parque infantil de Madrid, a doscientos kilómetros del pueblo de la provincia de Guadalajara en el que se perdió su rastro.

«No hace falta que sigáis buscándola», me dije, afligida. E imaginé a una madre y un padre destrozados.

—Hola, Cacho Carne —saludé al fin, haciendo un juego de palabras con el apellido del forense.

—Buenas noches, Del Poca Moral —procedió Cacho—. ¿Cómo estás?

—Todo lo bien que se puede estar ante un desastre como este.

La cara del forense exteriorizó un «qué me vas a contar».

Luis Cacho era un tipo de cincuenta y muchos, de pelo cano y barba recortada que en aquel momento cubría una mascarilla. Ojos azules, rostro redondo y nariz carnosa, y un ligero sobrepeso. Me caía bien y trabajaba aún mejor, de ahí mi saludo en plan coleguita; nunca bromeaba con los compañeros a los que no tragaba.

Las manos de Belén Rivera se aferraban a las cadenas de un columpio mediante cuatro bridas. Las tiras dentadas se ceñían a sus muñecas y a sus dedos a fin de que pareciera estar disfrutando de unos pueriles momentos de esparcimiento. Un cuadro macabro potenciado por el tono violáceo que habían adquirido su nariz y las puntas de sus dedos, las manchas rojizas que salpicaban sus articulaciones y el hecho de que solo la cubrieran un sujetador, unas bragas y unas zapatillas tipo Converse.

Me pregunté si había muerto de frío o si se trataba de daños post mortem, mientras me fijaba en que sus orejas, nariz y manos estaban hinchadas.

El rigor mortis le confería un extra de tenebrosidad al panorama. Su rostro, de ojos de pez, se mantenía erguido. Si alguien la hubiera empujado por la espalda, su balanceo habría provocado más de un estremecimiento.

Las raspaduras y arañazos que marcaban sus brazos y piernas, de incuestionable factura reciente, me suscitaron sospechas: «¿Te diste a la fuga? —me pregunté/le pregunté—. ¿Lograste escapar del lugar en el que te retenía? No conseguiste darle esquinazo, eso es evidente. Pero tu instinto de supervivencia tal vez nos sirva a nosotros. Toda herida esconde un motivo».

Las hipótesis no tardaron en hacer su aparición. En aquel parque infantil, empezó la caza: la perfilación criminal, la recolección de evidencias… Respiré hondo mientras el forense libraba a la muerta de la brida que constreñía los dedos de su mano derecha. Una vez cortada con unas tijeras, la guardó en una bolsa de pruebas para su posterior análisis. El minucioso trabajo de forenses y policías científicos me procuran lo que yo llamo «tranquilidad provechosa». Su indiscutible pericia me permite analizar las características que el asesino ha dejado en la escena sin tener que preocuparme de lo tangible. Mi fuerte son los patrones conductuales, los modus operandi, los detalles que ayudan a comprender la dinámica del crimen y la personalidad del criminal. Algunas pistas no pueden recogerse. ¿Cómo se recolecta el amor, la ira, el odio, el miedo…? Esas cosas hay que saber buscarlas. Toda escena cuenta una historia, y yo había aprendido a destaparla.

—Chalado a la vista —opinó Toño.

—Podemos estar delante de una escena simulada —conjeturé yo.

—Ahora mismo todo es posible —estimó el forense—. Pero quien ha matado a esta pobre chica tiene un trastorno mental. No creo que eso admita discusión. El cuerpo presenta arañazos y algún que otro moretón, y las uñas guardan residuos que, a primera vista, parecen vegetales, lo que me lleva a pensar que corrió a campo abierto antes de morir, quizá a través de un bosque o… —Se encogió de hombros—. Todo apunta a que murió por hipotermia, eso sí. El cuerpo muestra una isquemia generalizada y… —Hizo una mueca de contradicción—. ¿Sabéis? No me apetece hablar por hablar. Procedo a quitarle las bridas restantes y continúo en el instituto. El estudio histológico confirmará mis sospechas. O no.

La colocación del cuerpo me sugirió dos posibilidades: el asesino mandaba un mensaje, tal vez una amenaza expresa dirigida a alguien que supiera interpretarla, o la escenificación guardaba un significado especial para él en el ámbito social, familiar o psicológico.

«¿Qué pretendiste al colocarla así? ¿Por qué trasladaste el cuerpo tantos kilómetros? ¿Buscabas ofender a la sociedad o humillar o degradar a la víctima? ¿Quisiste vengarte de un familiar? ¿O solo buscas fama?».

Me vino a la memoria una mujer de setenta y dos años asesinada por estrangulación con ligadura. El agresor adornó su cuerpo con numerosas joyas; un collar ocultaba la marca de estrangulación. Un comportamiento anómalo, que consiste en la tentativa simbólica de «deshacer» psicológicamente el asesinato por remordimientos. El asesino trata de devolver a la víctima a un estado de apariencia natural. En estos casos, es habitual que haya existido una relación previa entre el agresor y la víctima. El caso de la anciana —cerrado hacía años: la mató su hijo— y el de la Chica del Columpio —bauticé el caso en mi fuero interno— tenían ciertas similitudes.

«¿La conocías o saliste a cazar?».

—Hablemos con Rojas —propuso Toño.

—Aquí está todo visto, sí. Hasta luego, Cacho.

—Hasta otra, pareja.

—Ta luego —dijo Toño.

Volvimos a poner las mamparas de por medio; mis ojos agradecieron desprenderse del cadáver alterado por el frío.

Nos acercamos a Rojas, que conversaba con el juez Almarcha. Su señoría era un tipo alto y delgado de piel blanca que sufría problemas de espalda: de vez en cuando caminaba doblado hacia la derecha.

—Se le ha vuelto a quedar pillado el intermitente —bromeó Toño por lo bajini. No le reí la gracia.

Saludamos al juez.

—Hay que ponerse las pilas. —Nos aguijoneó sin dignarse a devolvernos el saludo—. Os iré dando instrucciones, pero ya sabéis lo que tenéis que hacer. Ahora tengo que irme. Un asunto familiar.

—Vamos hablando —dijo Rojas.

—Que echen más horas que un sereno —le sugirió a nuestro superior inmediato, y nos guiñó un ojo a nosotros.

—Ahí va, el cabronazo —dijo Toño, más doblado que las cucharas de Uri Geller.

—Reunión a las ocho y media —ordenó Rojas. Y, con las manos hundidas en los bolsillos, se alejó cercado por cintas amarillas.

—Oye, Palomita, ¿no tienes frío sin abrigo ni guantes ni bufanda?

—Estoy bien.

—Puedo prestarte mi abrigo.

—¿Estás sordo o tonto? Deja de tratarme como a una cría, joder. Tengo treinta y dos años. Eres mi compañero, no mi puto padre, hostia.

—Vaaaale… Dejo de cuidarte un rato, mujer.

Puse los ojos en blanco, a medio camino entre la sonrisa y el cabreo monumental.

—Ah, por cierto. —Metí la mano en un bolsillo de mi pantalón y saqué un dónut de chocolate en su envase, un poco aplastado—. Un regalo, por ser tan pelmazo. Tengo tres más en el coche. Este barrigón no va a mantenerse solito…

Le di unos golpecitos en el estómago.

—No sé si te quiero o te odio a muerte.

—No estás obligado a comértelo.

—Anda, trae p'acá.

Me lo arrancó de las manos, lo sacó del envase y se lo zampó en tres bocados.

—Mmmm…

Se limpió el glaseado de los labios con la manga del abrigo —al estilo Toño— y habló con decisión:

—Mientras el forense y la Científica ultiman los informes, revisaremos las cámaras de vigilancia y de seguridad de la zona. Tomaremos nota de las matrículas y procederemos a pedir coartadas. Desde ya mismo empezaremos a redactar una lista de sospechosos. Una vez que tengamos los informes, hablaremos con los familiares.

—¿Seguimos planificando con un café? —propuse.

—¿En la sala de descanso de la comisaría?

—Dónde si no. A estas horas no están abiertos ni los puticlubs.

Paloma del Moral

 

 

 

 

 

Comisaría General de Policía Judicial, Madrid

 

A pesar de las preguntas de los periodistas, del cuchicheo de los vecinos y de los ruidos que nosotros mismos provocábamos, la noche le confería un aura de tranquilidad a la escena. Una calma densa inundaba asimismo la comisaría. No obstante, la atmósfera que respiré en el parque infantil tardaría en abandonar mi cuerpo. Tal vez nunca diría adiós. Aún recuerdo las sensaciones que me produjo el primer muerto al que me confiaron hacer justicia. Con el tiempo, mi memoria olvidaría los detalles. Para refrescármela, tendría que echar mano de los expedientes. Pero el ambiente perduraría bajo mi piel como un tatuaje.

«El perímetro era insuficiente —pensé, sentada a una de las mesas de la sala de descanso, mientras Toño preparaba los cafés—. Tras acordonar el parque, los oficiales debieron cortar la avenida por sus extremos. Pero supongo que desde fuera todo parece más fácil. Que nos lo digan a nosotros cuando llegan los artículos con frases como “La Policía no logra avances en la investigación” tres días después del hallazgo de un cadáver».

—Aquí tienes tu cafecito.

Toño dejó mi taza sobre la mesa y se sentó ante los dónuts que yo, con un poco de maldad, había dejado delante de una silla vacía alejada de la mía: no me apetecía oler el rancio aliento que se le quedaba después de beber café.

Toño hizo una mueca de descontento de pie ante la silla.

—¿Qué? —pregunté áspera.

—Que he pillado la indirecta. La próxima vez, si quieres, me siento en otra mesa.

Toño era el tipo más avispado que conocía. Su inmadurez podía despistarte. De tanto en tanto le perdían las formas, pero rara vez hacía gala de un mal criterio.

—Siéntate y calla.

Sonrió, apartó la silla y se repantingó como un adolescente que desafía las normas.

—¿Puedo hablar sin tapujos? —rogó mientras desenvolvía uno de los dónuts.

—¿Sabes hablar de otra manera?

—A estas alturas no voy a negar que César era la mejor persona del mundo. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Era mi hermano, joder, y lo echo tanto de menos que ahora mismo tengo ganas de partir esta mesa de un cabezazo.

—Con el melón que gastas, lo veo factible.

—Hoy te has levantado con ganas de marcha, y eso me gusta. Pero, cabezón al margen, te diré una cosa que ya sabes: César era un hermano cojonudo, un marido de puta madre y un policía ejemplar. Pero la palmó. Y tú mejor que nadie sabes que querría que siguiéramos adelante con nuestras vidas. Incluso que tú volvieras a enamorarte.

—Eso no lo digas ni en broma. Estás a un paso de que te mande a la mierda. Avisado estás.

Toño alzó las manos en son de paz. Cada vez le brillaban más los ojos.

—La cuestión es que llevas un año dando pena, y a él eso no le gustaría.

—Tu hermano era mi mejor amigo, mi compañero y el amor de mi vida. Y murió ante mis propios ojos. Tengo derecho a estar destrozada. ¿Sabes?, no sé por qué acepté ser tu compañera. Ahora me doy cuenta de que fue una idea nefasta.

—Eso me ha dolido. Antes eras una fuente de alegría y ahora amargas a los buitres. Solo quiero que vuelva algo de la Paloma de antes; ahora mismo pareces alguien que se hace pasar por mi cuñada. —Me miró a los ojos, serio, como casi nunca permanecía cuando estaba conmigo—. Voy a contarte un secreto. ¿Sabes lo que me dijo mi hermano, tu marido, más o menos un año antes de morir, un día que estábamos viendo el fútbol en vuestro piso? Tú andabas por tu habitación haciendo no sé qué…

—Si estaba en mi habitación, ¿cómo quieres que lo sepa?

—Era una pregunta retórica, malasombra —dijo sonriente—. «Prométeme que, si algún día me pasa algo, cuidarás de ella». Me lo hizo jurar, el cabrón, más serio que una trombosis. Y sabes que conmigo estaba de coña a todas horas. Pero si no te sientes a gusto trabajando con tu cuñado, le pedimos de mutuo acuerdo un cambio de compañero a Rojas y santas pascuas. Seguro que no pondrá pegas.

—Lo único que pido es espacio. No puedes estar todo el día ahí, erre que erre. Que corra el aire, ¿entiendes? Tú te encargas de rastrear al asesino por medio de las cámaras, las pistas criminalísticas y forenses, las…

—¿Pesquisas palpables?

—Eso. Y yo de los patrones de comportamientoy los detalles psicológicos. Tarde o temprano vamos a necesitar un perfil criminal. Lo del parque infantil no tiene pinta de quedarse ahí. Si no lo detenemos, volverá a matar.

—Es más o menos lo que hacemos siempre.

—Ya. Pero en este caso lo haremos más en modo independentista.

—Me parece bien. Y, sobre lo que comentas de que no piensa detenerse, estoy contigo. La escenificación, el traslado del cuerpo… Se ha tomado demasiadas molestias como para quedarse en un asesinato. Como no le hagamos la zancadilla, llega a asesino en serie.

—Presiento que el perfil criminal será de ayuda, que no abundarán los indicios materiales. Espero equivocarme, pero me da que se avecina una búsqueda larga. De ahí que vaya a afrontar la investigación como si ya fuera un asesino en serie. ¿Me entiendes?

—Adelantarse a sus movimientos.

—Exacto.

—¿Y las entrevistas?

—Las haremos juntos, o las harán otros. Sinceramente, no creo que aporten nada. Todo apunta a que no conocía a la víctima, más allá de haberla vigilado. Seguiremos siendo compañeros y, por tanto, llevando el caso juntos, pero cada uno se dedicará a hacer lo que mejor se le da.

—Me parece estupendo.

—Tenía restos en las uñas. Si acaban siendo de plantas, como ha intuido Cacho, es probable que en algún momento estuviera a campo abierto antes de morir, puede que en un bosque. La chica desapareció en Molina de Aragón y el pueblo está a 1213 metros de altura, muy cerca del Parque Natural del Alto Tajo. Lo lógico es pensar que su asesino viva en un paraje natural. Y su cadáver ha acabado en un columpio de Vallecas, a doscientos kilómetros de donde se le perdió la pista. No parece que el móvil sea pasional o la venganza, ni siquiera la locura del típico perturbado que padeció maltratos en su infancia. Puede que el forense determine que sufrió una agresión sexual, y eso cambiaría las cosas. Queda mucho por recorrer.

—No son ni las seis y cuarto de la mañana —espetó Toño tras echarle un vistazo a su reloj de pulsera. Y se metió en la boca la mitad del último dónut.

—Comes como un cerdo, ¿lo sabes?

—Ya te digo —admitió, enseñándome el dónut que daba vueltas por su lengua.

Puse los ojos en blanco por enésima vez y me incorporé con la taza en la mano.

—Voy a redactar el informe de la inspección ocular hasta que llegue la reunión.

 

 

A las ocho y cinco entré en el despacho de Rojas para comentarle cómo había pensado afrontar la investigación. Me interrumpió cuando aún no había terminado de explicarme:

—Sí, sí… Es lo que tenía pensado.

Hizo un aspaviento que traduje como un «largo de mi despacho». Rojas no me trataba como una flor que se marchita poco a poco; y se lo agradecía. Supuse que estaba sobrepasado. El crimen le robaría muchas horas de sueño y se había puesto las pilas desde el primer segundo para que fueran las menos posibles. Lo cierto es que siempre lo daba todo en las investigaciones: por eso no lograba conciliar el sueño durante el transcurso de las complicadas. En consecuencia, no le robé más de su valioso tiempo y salí silenciosamente de su despacho.

Todo me recordaba a César. El despacho del que me alejaba. La sala de descanso y la de reuniones. El parquin de la comisaría. Su mesa, que ahora ocupaba Toño. Los servicios, donde una noche nos metimos a hacer el amor… Jamás pediría un traslado ni vendería nuestro coche ni nuestro piso; ni siquiera quitaría su ropa del armario. No quería olvidarlo. No quería dejar de llorar su pérdida. Quería sentirlo a cada paso. Creer, al despertar, que estaba durmiendo a mi lado; aunque la vuelta a la realidad quemara como un hierro al rojo vivo.

Cuando entré en la sala de reuniones me encontré con dos parejas de inspectores con las que solíamos formar equipo: Manolo Vázquez y Laura Lobo, y Miriam Acosta y Ramón Vera.

Vázquez era un tipo bajo y calvo con bigote. Su compañera, Lobo, le sacaba una cabeza entera y lucía una despampanante melena rubia. De habérmelos presentado como marido y mujer, el instinto me habría empujado a buscar una cámara oculta por las esquinas. Acosta y Vera, en cambio, podrían haber pasado por hermanos, morenos, de piel clara, ojos marrones y una altura cercana al metro ochenta. Toño y yo éramos del estilo Vázquez-Lobo. A veces, para mirar a mi compañero a los ojos tenía que echar la vista al cielo. Por aquel entonces yo pesaba cincuenta y cuatro kilos y descalza mido un metro setenta; Toño es un mastodonte de espalda ancha y cabeza grande que con botines casi llega a los dos metros.

Los saludamos en conjunto y Toño los agasajó con su característica zalamería:

—No sabía que hoy se celebraba una reunión de intelectuales.

—Y yo me pregunto, ¿qué coño haces tú aquí, Castro? —Vera le siguió la broma.

—Pasaba a ver si se me pega algo.

La entrada de Rojas, acompañado por el comisario Madrona, que solía limitarse a supervisar, truncó aquellos momentos de confianza entre compañeros. Tras los saludos de rigor, el inspector jefe conectó su tableta a la tele de la sala de reuniones vía wifi, como era su costumbre. Llevaba ocho años a las órdenes de Darío Rojas y sus métodos siempre conducían a buen puerto. Lo consideraba un policía inteligente, avezado y resolutivo.

—Es pronto para tener nada ni medianamente claro, pero lo razonable es pensar que el asesino reside en esta zona. —En la pantalla del televisor apareció un mapa con parte de las provincias de Teruel y Guadalajara marcadas con un círculo rojo; dentro destacaban Calamocha, Molina de Aragón y Teruel—. Es una hipótesis, pero la tuvo que retener en algún lugar, y es improbable que fuera en un piso. Planeó el asesinato con tiempo, de eso no me cabe duda. La chica, además, mostraba síntomas de haber estado en una zona con ramas, maleza… Como si hubiera tratado de escapar campo a través. Cuadra que la retuviera en una casa de campo o en una situada a las afueras de Molina de Aragón, donde residía la víctima, o de una localidad cercana. —Suspiró—. Habrá que esperar a los informes de la Científica y del forense; con un poco de suerte, arrojarán algo de luz sobre el asunto.

»No hay testigos. Es pronto, lo sé, pero, sinceramente, con el aguacero que caía cuando se deshizo del cuerpo no creo que aparezcan. La meteorología no va a ponérnoslo fácil. Pero no por ello vamos a obviar ningún paso.

»Acosta y Vera, os desplazaréis a Molina de Aragón y haréis preguntas. Hablad con los padres y familiares. Los padres no suelen pisparse de los asuntos turbios de sus hijos, así que entrevistad a sus amigas, o amigos, íntimos. Enteraos de qué bares frecuentaba, si salía con alguien, quiénes fueron sus novios… Y pedid coartadas. Lo visto en la escena de abandono no apunta a un asesino de su entorno. El hecho de que la secuestrara en Molina de Aragón y su cuerpo haya aparecido a doscientos kilómetros y sentado en un columpio señala hacia un asesino organizado de los que creen recibir órdenes de Dios o del mismísimo demonio, o de los que se han impuesto una misión personal. Un loco con piel de persona corriente. No obstante, debemos encontrar la escena primaria, donde se produjo mayor contacto con la víctima, y donde seguro encontraremos evidencias del crimen.

—Ahondaremos en la vida de la víctima —dijo Vera—. Hasta los dimes y diretes.

—Como ha de ser. Ah, y asistid al funeral. Sé que los padres no estarán para nada, pero pedidles que echen un vistazo en busca de alguien sospechoso, de un tipo de entre treinta y cincuenta años que no les cuadre en la iglesia o en el cementerio. La víctima tiene dos hermanas; pedidles también que observen. Sed extremadamente amables. Esa familia está pasando ahora mismo por un infierno. Pero todos tenemos que arrimar un poco el hombro si queremos atrapar a ese desgraciado.

—A la orden —acató Acosta al tiempo que su compañero asentía.

—¿Descartamos que fuera una mujer? —preguntó Toño.

El comisario Madrona dio un paso al frente y habló con su distinguida voz ronca:

—No podemos descartar nada. Esto acaba de empezar. Pero los tiros no apuntan en esa dirección. La venganza y los celos son los principales motivos que empujan a las mujeres a terminar con la vida del prójimo. Las mujeres matan menos que los hombres. Es un hecho, y también que su forma de actuar conlleva menos violencia que la de los hombres.

El comisario dio un paso atrás.

—Vázquez y Lobo —prosiguió el inspector jefe—, vosotros hablad con el teniente Daniel Sans, de la Sección de Desaparecidos de la Policía Judicial de la Guardia Civil. Le he llamado hace un momento para avisarle de que os pasaréis a recabar información. Que os ponga al tanto sobre los indicios que han descubierto acerca del secuestro, que, dado el poco tiempo transcurrido, serán pocos. Pero seguro que han examinado el contenido de su ordenador, tableta…, y sus redes sociales.

»Se solicitó la colaboración ciudadana. En consecuencia, anotad los nombres de los sujetos que la buscaron. No sería el primer asesino que se ofrece voluntario para buscar a su víctima y luego hasta asiste al entierro. Y, como he dicho antes, no descartaremos ninguna posibilidad hasta haberla exprimido del todo. Asimismo, que Sans os remita los informes de las tomas de declaraciones a testigos, familiares, amigos y demás contactos personales, de haberse efectuado, para, una vez que los hayamos entrevistado nosotros, poder buscar contradicciones.

»Castro, tú ocúpate de la localización de cámaras de vigilancia y de seguridad en las proximidades de la escena del crimen y analiza las grabaciones. Por fuerza tuvo que transportarla en un vehículo. Que lloviera a mares cuando se deshizo del cuerpo es bueno y malo: las imágenes no se apreciarán nítidas, pero apenas habrá tráfico. —Toño asintió y Rojas me clavó su profunda mirada, que aquella mañana andaba rodeada por párpados hinchados y bolsas—. Del Moral, tú, a lo tuyo: acota el cerco mediante un perfil criminal. Enfoca la investigación hacia blancos realistas.

—Eso está hecho.

—Presiento que los patrones de comportamiento van a ser decisivos. —Rojas dio una palmada en el aire y pronunció la frase con la que siempre llevaba a término la primera reunión de un caso—: ¡Que no se diga que no somos infalibles!

Paloma del Moral

 

 

 

 

 

Comisaría General de Policía Judicial, Madrid

 

Sentada a mi mesa, había empezado a enfocar la investigación hacia blancos realistas, como me habían ordenado.

Tomaba notas en una hoja DIN-A4 que más tarde pasaría a limpio:

 

• La escena indica que el asesino ha tratado de dejar un mensaje. Pero ¿para quién? ¿La Policía? ¿La sociedad? ¿Una persona a la que busca provocar daño emocional?

• El lugar del secuestro (Molina de Aragón) y la escena de abandono (Madrid) están separados por doscientos kilómetros. ¿Por qué arriesgarse de esa manera a ser descubierto? Pudo haber abandonado el cuerpo en cualquier cuneta o descampado.

 

«Una opción es buscar casos similares en busca de patrones de conducta —me planteé, en mi elemento; por unos segundos olvidé que era una desdichada—. Los asesinos que matan de un modo similar actúan de un modo parecido. Pero en España no encontraré un asesinato con las características del de Belén Rivera. Buscaré en países extranjeros, con énfasis en Estados Unidos, donde los psicópatas son, por así decirlo, más creativos. Trataré de elaborar un perfil criminal a través de características demográficas o conductuales compartidas. Pero, por el momento, dicha posibilidad la meto en el cajón de los “últimos recursos”. Y espero no tener que sacarla de ahí».

 

• Factores que provocaron que Belén se convirtiera en víctima. ¿Hubo una segunda persona implicada o solo actuó el azar?

 

Salió a buscar un cuerpo con el que montar su espectáculo y Belén se le puso a tiro, di por hecho.

 

• Perfil geográfico. La ubicación de la escena de abandono del cuerpo y la del secuestro inducen a pensar que la escena primaria, la residencia donde la retuvo, se encuentra en o cerca de Molina de Aragón. Conoce la zona, lo que refuerza esa hipótesis.

 

Abrí Google Maps y leí lo que rezaba internet sobre Molina de Aragón, «municipio y localidad española de la provincia de Guadalajara, en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Cabeza del partido judicial de su mismo nombre y capital y centro económico de la comarca del Señorío de Molina-Alto Tajo, cuenta con una población de 3280 habitantes. Tiene el título de ciudad…».

Estudié el municipio detenidamente. Y el pueblo de tres mil y pico habitantes arrojó una potencial conexión. El estado congelado del cuerpo y las hierbas bajo sus uñas sugiriendo que la víctima había estado corriendo a la intemperie cuadraban con una zona de unos dos mil kilómetros cuadrados enmarcada entre las provincias de Teruel y Guadalajara: el Triángulo de Hielo.

La zona más fría de España.

«No puede deberse a una casualidad que la víctima apareciera con signos de hipotermia y que Molina de Aragón se encuentre, según reza el artículo, “en la franja geográfica donde se han registrado las temperaturas más bajas en zonas pobladas de España según los datos oficiales de la Agencia Estatal de Meteorología”».

«Eso es frío y lo demás tonterías», pensé tras leer que en el invierno de 2021, en la localidad de Torremocha del Jiloca —a setenta kilómetros de donde residía Belén Rivera—, situada dentro del Triángulo de Hielo, se registraron −26,5 °C en la madrugada del 12 de enero.

«¿El asesino vive en el Triángulo de Hielo?», me pregunté. No creía en las coincidencias; no al menos en las que aparecen en el curso de una investigación.

—Eh, Toño.

Mi compañero se movió sobre su silla.

—¿Qué pasa, Palomita?

—El móvil está asociado con el frío. No sé de qué modo, pero pondría la mano en el fuego por que el asesino tiene alguna extraña obsesión con las bajas temperaturas. Y creo que vive en la zona más fría de España, conocida como el Triángulo de Hielo.

Toño echó la cabeza hacia atrás y me miró con cara de incredulidad, como quien aparta la vista de las páginas de un libro tras leer un final absurdo.

 

 

Avenida de San Luis, Madrid

 

Entró con un término rondándole la cabeza, «el Triángulo de Hielo», y soltó las llaves sobre el mueble recibidor con la desgana de un desahuciado.

Besó la foto de César que descansaba sobre el mueble recibidor.

—Ya estoy en casa, amor.

En otro tiempo, su piso fue su refugio. Abandonaba los malos rollos en el descansillo y entraba sonriente en su nidito de amor. Ahora solo veía sombras del pasado. Dolía vivir entre aquellas paredes, pero no barajaba vender lo que compraron juntos; deshacerse del sofá donde veían la tele los domingos, de la cama donde hicieron tantas veces el amor, de la cocina en la que prepararon platos entre risas… El dolor puede llegar a ser adictivo, y Paloma no podía dejar de chutarse la pena que le provocaba el recuerdo de César.

«Tiene un plan. —Pensó en la escena del crimen—. Ha diseñado un principio y un final. Si no lo remediamos, los plazos se cumplirán».

«Baila conmigo»: la voz de César apareció de la nada cuando su silueta se reflejaba en la pantalla del televisor de su dormitorio. Se imaginó entonces durante una de sus clases de baile de los jueves, cogiéndose y soltándose las manos, estirando las piernas mientras giraban sobre sí mismos…

A César le gustaba mover el esqueleto al ritmo de un rock and roll o un twist.

Suspiró.

Buscó enYouTube la canción que le pirraba bailar con ella, que una vez le prometió «jamás bailaré con otra». Y ella nunca tendría una pareja de baile que no fuera él.

Le dio al play y Rock ’n’ Roll Is King, de Electric Light Orchestra, llenó la habitación con su endiablado ritmo.

Los pies cansados de Paloma no pudieron evitar moverse al son de la música. Y sin darse cuenta, bailaba como una loca con un compañero imaginario. Si aquel baile hubiera formado parte del final de una película, la cámara habría volado más allá de la ventana del dormitorio y se habría alejado por encima de las azoteas de los edificios colindantes, y los créditos finales habrían opacado el rock and roll de la inspectora.

Pero la película La chica del columpio aún iba por la secuencia de arranque.

Toño Castro

 

 

 

 

 

Calle de Aldonza Lorenzo, Madrid

 

Tiró del freno de mano enfrente del bloque de pisos donde residía con su madre. Se le caía el alma a los pies cada vez que dejaba su Audi A3 a merced de las inclemencias del tiempo. El enlucido que alguna vez cubrió la fachada había pasado a mejor vida. Algunos ladrillos parecían estar a punto de rendirse ante la gravedad. Con sus grietas y su desgaste, el rostro del edificio era un reflejo de las historias que yacían tras sus muros. Los inquilinos eran personas mayores que luchaban contra los achaques o inmigrantes que lo hacían por subsistir en un país que no siempre les tendía la mano.

Llevaba seis meses viviendo con su madre. Concha se había negado a mudarse con él; mucho menos a una residencia.

Toño la llamaba number one. Adoraba a su madre.

Concha necesitaba ayuda y le costaba admitirlo. Así que el inspector, además de irse a vivir con ella, contrató los servicios de una empresa de cuidados para personas mayores y estos le proporcionaron a un cuidador a domicilio para que la asistiera cuando él perseguía homicidas. Mantenía su piso en Sanchinarro, por el que pagaba una hipoteca, pero empezaba a cansarse de llegar justo a fin de mes. Su madre cobraba una pensión irrisoria que no daba ni para pagar la mitad de lo que cobraba el cuidador.

Entró en el bloque sin ascensor y caminó por un portal de terrazo desgastado por décadas de pisadas. Subió por fuerza por las escaleras mientras le cedía su peso a una barandilla desconchada, y accedió a un piso de paredes cubiertas por un papel pintado descolorido con un patrón floral que se repetía a lo largo del pasillo. El espejo del recibidor reflejó a un inspector que dejó las llaves con desgana sobre un mueble anticuado. Antes de entrar en el salón, cambió su cara de desánimo por una de júbilo. Las cortinas de terciopelo descoloridas…, el retrato de su padre en blanco y negro colgado en la pared de enfrente… por poco le restituyen la expresión.

—¿Qué pasa contigo, namber uan? —saludó enérgico.

—¿Y contigo, namber chu?

Toño soltó una risotada.

—Calla. —Concha se levantó con dificultad de la butaca en la que hacía punto—. Ha sobrado guiso. Al… —Concha pareció quedarse en blanco—. ¿Cómo se llama el que viene a molestar todos los días?

—¿Te refieres a Bruno?

—Sí, el mayordomo. Ha traído guiso para comer. El mío le da tres vueltas a ese mejunje, pero como no me dejáis cocinar… En un mes me veo con grilletes.

—Y esposas.

Concha miró a su hijo con un gesto que osciló entre el enfado y la guasa.

—Acábate tú el guiso —dijo Toño—. Yo me preparo un bocata de salchichas con tomate.

—Hazte una ensalada, por Dios.

—Tengo hambre, mamá.

—Pero estás mu gordo. Cualquier día de estos habrá que cambiar las puertas para que entres con ese cabezón. ¡Si te caes de la cama por los dos lados!

—¿Has estado buscando chistes de gordos por internet? Te tengo dicho que no lo hagas. Vieja mala… ¿Y qué os ha dado a todos hoy con mi cabeza?

Poco a poco, los dos iban levantando la voz.

—Que tienes que controlarte con las comidas, hijo. Que engulles como los patos y sin miramientos. Y eso no es sano. El día menos pensado te da un jamacuco, y entonces ¿qué hago yo sola en este piso?

—Deberías mudarte conmigo. Podríamos venderlo y vivir desahogados. Pero, oye, aún estamos a tiempo.

—Eso ni hablar. En este piso te concebí. Y aquí sé dónde están las cosas. Cada vez me cuesta más encontrarlas. ¿Qué se me ha perdido a mí en un piso de soltero? ¿Dónde iba a sentarme a hacer punto?

—¿En el sofá? Y tengo hasta sillas. Es que soy muy moderno. Y una mesa, un cuarto de baño… Ah, y una tele en color.

—¿En qué color? —Toño no pudo evitar sonreír por el chiste malo de su madre—. ¿Quieres que te prepare una ensalada o no?

—No, mejor un guisante. Tengo que hacer régimen, ¿no?

—Pues marchando un guisante.

Concha anduvo renqueante hacia la cocina; Toño, hacia su habitación, a ponerse un pijama y unas zapatillas de estar por casa. Al volver, encontró un plato encima de la mesa con un guisante en el centro adornado con hojas de perejil.

«Y yo sin saber que mi madre era chef de alta cocina».

—Que aproveche —dijo Concha desde la cómoda, maliciosa.