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Diez años han transcurrido desde la última aparición del Fantasma de los Nanjō, cuando su sed de venganza condujo a la desgracia al entonces líder del clan Akamatsu. Tras su período de letargo, la máscara maldita que da vida al espectro vuelve a tomar forma en las calles de la concurrida Edo, una bulliciosa urbe en constante expansión, donde una pujante nueva clase social, la de los chōnin, se afana por prosperar y sobrevivir a las extorsiones de los grupos mafiosos, que extienden sus redes hasta el rincón más insospechado de la capital Tokugawa. Arrastrado por la vorágine desatada, Akamatsu Muneaki, dirigente de esta otrora poderosa familia, se enfrentará a todas las adversidades con el objeto de mantener el honor de su clan. En este escenario que consume a la boyante metrópoli, ¿qué partido tomará el nuevo portador de la máscara? ¿Habrá alguien capaz de truncar sus ambiciones? ¿Quién se alzará con la victoria final en la encarnizada lucha de poder desplegada en el corazón de Edo?
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Seitenzahl: 582
Veröffentlichungsjahr: 2023
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EL ÚLTIMO DE LOS AKAMATSU
El fantasma de los Nanjō
Sergio Vega
© Sergio Vega, 2022
© de la ilustración de cubierta: Alba Pérez Mansilla, 2022
© de la presente edición: Chidori Books S. L., 2023
Archiduque Carlos, 64-1-4, 46014 Valencia
http://chidoribooks.com
Corrección: Margarita Adobes
Diseño de cubierta: Terelo
Maquetación: Booqlab
ISBN: 978-84-124692-4-0
Quedan reservados todos los derechos. Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización previa por escrito de los titulares del copyright, cualquier forma de comunicación pública, transformación, reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, y la distribución de ejemplares.
Para Elena,en recuerdo de días soleadosy por darme cobijo en los de tormenta.
Para Alba,con la esperanza de queperciba las almasocultas tras las máscaras.
LA ELECCIÓN DEL ABAD
EL INFORTUNIO DE LA DAMA HINODE
LA CASA DE TÉ
TRIBUTO AL HONOR
EL NUEVO TSUYOI
ENCUENTRO INESPERADO
EL RŌNIN
LA PRESENCIA
MASUME
LAS TUMBAS DE LOS NO NACIDOS
LA MALDICIÓN DE LOS AKAMATSU
REFLEJO FLOTANTE
LA DECISIÓN DE FURUI DAIKU
SIGUIENDO LAS HUELLAS
LOS HOMBRES DEL RÍO
LUNA DE SANGRE
EL ESPECTRO COBRA VIDA
EL HONOR DE UN DAIMIO
PÉRDIDA
LA AUDIENCIA
UN NUEVO ENEMIGO
EL DESTINO DE LOS AKAMATSU
LA DECISIÓN DE TSUYOI
VENGANZA
LA VOLUNTAD DE LA MÁSCARA
TRAMPA PARA UN FANTASMA
EL ÚLTIMO VERSO
Agradecimientos
Han pasado diez años desde que el Fantasma de los Nanjō acabara con la vida del líder de los Akamatsu en la ruta Nakasendō. Cumplida su venganza, el espectro se retiró al mundo de los muertos y ningún ojo humano volvió a ver su espantoso rostro. Sin embargo, la historia de cómo doblegó a tan poderoso daimio, acabando con la vida o con la cordura de todos los samuráis que trataron de evitarlo, sigue pasando de boca en boca. Su historia se cuenta alrededor de las hogueras nocturnas de los boyeros, se susurra en las casas de los humildes durante los largos inviernos, se narra para corregir el comportamiento de los niños díscolos, la ensalzan los cantores de gestas, la repiten los campesinos oprimidos que anhelan justicia… Porque es la creencia de muchos que el Fantasma castiga al injusto de forma implacable, sin que lo detengan los altos muros o los ejércitos que se interpongan en su camino. No importa el tiempo transcurrido. Un espectro es un volcán dormido, presto para liberar su furia en cualquier momento. Pobre, entonces, de aquel que sea objeto de su interés, porque nada de este mundo será capaz de detenerlo.
Escuchad, pues, su segundo despertar. Esta es la historia.
El monasterio de Chīsanayama ya existía cuando las guerras Genkō dividían el país. Se mantuvo en pie durante el conflicto posterior entre las cortes del norte y el sur y también durante el auge y la caída del clan Ashikaga y el largo período de guerras endémicas posterior. Nada de todo aquello había traspasado su entrada ni alterado el modo de vida de sus monjes.
Durante más de trescientos años, las sombras de la montaña no habían dejado de mecer los terrenos de la comunidad religiosa, ahogando los sonidos del mundo en las inmensidades del bosque milenario donde se cobijaba. El pulso del tiempo allí lo daba el chirriar de los insectos, la transformación de los colores de la floresta, el paso de las densas nieblas, la nieve o las lluvias y el ulular del viento entre las altas ramas.
El esfuerzo de aquellos bonzos no era difundir la palabra del Iluminado, alcanzar influencia entre la comunidad budista o interceder en la política del país y sus luchas de poder. La austeridad y el trabajo meditativo eran su sello de identidad y, pese a no encontrarse muy lejos de la ruta Nakasendō, una de las principales vías que recorrían el país, eran pocos los que sabían de su existencia.
En el huerto, la tarde transcurría acompañada del trinar de los pájaros y el susurro de las hojas entre las ramas. Los tres monjes que trabajaban allí no despegaban los labios, plenamente entregados a su tarea. Al contrario de lo que los hombres vulgares pensaban, la meditación no acababa en el silencio de una postración solitaria. El verdadero acto contemplativo era dedicarse a la labor cotidiana de forma plenamente consciente, despreciando cualquier pensamiento o inquietud ajena a la misma.
Por ese motivo, tardaron unos instantes en percatarse de que otro monje se había acercado para comunicarles un requerimiento del abad. Solicitaba la presencia de Egao, el más joven de los tres. El bonzo poco podía saber del motivo, pero abandonó lo que estaba haciendo de inmediato. No se despidió de sus compañeros ni a ellos les importó que su marcha provocara más trabajo. La vida religiosa implicaba una negación del ego y la idea de separación, por lo que no existía un yo perjudicado ni un otro al que culpar por ello.
Egao se alejó del huerto con pasos rápidos y llegó al pabellón de oración sin apenas levantar la mirada. Desde el interior, llegaba el susurro de los que a esa hora se abandonaban a la recitación de las palabras sagradas y el humo purificador del incienso. El bonzo continuó por la avenida enlosada que dividía los terrenos del recinto. Sus oscuros hábitos se confundían con las sombras que proyectaban los árboles centenarios que arañaban el mismo cielo.
Saludó a otro bonzo que salía de la capilla y avanzó hasta dejar atrás la fuente de abluciones y la gran campana del templo. Todo a su alrededor rezumaba orden y una profunda serenidad. Era un mundo rutinario, delimitado en un espacio demasiado pequeño para las aspiraciones mundanas, pero que para él se traducía en seguridad y equilibrio.
Junto al depósito de sutras1, tomó una angosta vereda que partía de entre unos arbustos, casi oculta a la vista. Siguió hasta un pequeño edificio con techo de tejas grises y se descalzó antes de entrar.
Como era su costumbre, el superior de la comunidad lo esperaba tras dos habitaciones diáfanas, en la galería abierta al exterior de la parte posterior de la casa. Al contrario del exquisito cuidado dedicado a los jardines de los grandes señores, aquel espacio de exuberante vegetación apenas había sido alterado, y solo para evitar que el edificio fuera engullido por el bosque.
—¿Me habéis llamado? —se anunció Egao.
—Así es —respondió el abad, invitando con la mano extendida a que se acercara. Permaneció unos momentos en silencio antes de volver a tomar la palabra—: Importantes acontecimientos se vienen sucediendo en este mundo doliente. He tenido una revelación, un sueño en el que la diosa Kannon se manifestaba tan nítidamente como el suelo que pisamos. Ha llegado el momento de asumir nuestra responsabilidad.
Aunque el tono despreocupado del abad parecía el mismo de siempre, las graves palabras pronunciadas aceleraron el ritmo del corazón de Egao. Todos y cada uno de los sueños de Kyūri eran proféticos.
—¿La mismísima diosa de la compasión? —interrogó Egao, alarmado. Aquel ser celestial percibía las alteraciones en el tejido del mundo de los mortales, siempre vigilante en su afán por protegerlos. Su manifestación solo podía significar la llegada de un grave peligro.
Egao apenas pudo contener su impaciencia mientras se sentaba junto al superior de la comunidad y esperaba a que continuara.
La cabeza tonsurada del abad mantenía la forma de pepino que lo había hecho célebre entre los novicios, pero hacía mucho que no despertaba la hilaridad de Egao. Lo respetaba demasiado, precisamente porque jamás había exigido ni obediencia ciega ni manifestaciones de sumisión.
—Hoy no ha venido la alegre bandada de anteojitos —volvió a hablar Kyūri sin apartar la vista de los matorrales y la tupida maleza frente a ellos. A Egao no le extrañó que cambiara radicalmente la dirección de la conversación nada más empezar. Romper el orden o la forma, tanto en las palabras como en sus actos, era usual en él—. Están ocupados en la crianza de sus polluelos —prosiguió—. Resulta acertado entender que todos los seres vivos ajenos a la búsqueda del Despertar actúan según el ritmo de las estaciones, atendiendo a las obligaciones y las necesidades que el ciclo del universo les exige.
Egao esperó, sin molestarse en interpretar sus palabras, sabedor de que aquella introducción desencadenaría alguna inesperada revelación.
—Dichosos aquellos seres que, libres de la obsesión por buscar aquello que ya poseen, pueden manifestar su verdadera esencia llevando a cabo la tarea para la que han sido creados.
El abad tomó aire muy despacio antes de continuar.
—Al contrario que el anteojito, que vive despreocupado todo el año hasta la época de apareamiento, nuestro trabajo ha sido largo e intenso, sin que viéramos el final de nuestro esfuerzo y preparación. Tú lo sabes bien, Egao. Eres uno de los elegidos.
El bonzo no se atrevió a expresar con palabras una respuesta y, en su lugar, optó por inclinar levemente la cabeza como gesto de sumisión. Ser uno de los designados era un honor reservado únicamente a un selecto grupo de entre todos ellos.
—Sí —prosiguió el abad—, desde luego que conoces el precio de nuestro camino. Has dedicado tu vida a la formación y el cultivo del carácter, esperando el momento de desarrollar tus habilidades. Hoy vengo a anunciarte que ese momento ha llegado y que debes abandonar las puertas de este sagrado recinto.
—¿Yo? —respondió Egao, perplejo—. Hay mejores candidatos. Mi valía es superada en muchos aspectos por varios de mis hermanos. Debéis perdonarme, pero no acierto a entender el criterio que habéis usado para discriminar entre todos nosotros.
—No es necesaria ninguna prueba entre hombres con los que convivo cada día. Más allá del resultado, puedo comprender lo que motiva cada una de vuestras acciones. A mis ojos, camináis desnudos, me ofrecéis vuestros sueños, pensáis a gritos. No hay duda, tú serás quien emprenda la búsqueda. Partirás de inmediato, sin decir nada a nadie. Ya me ocuparé yo de justificar tu ausencia el tiempo suficiente para que ningún otro sienta la tentación de seguir tus pasos. Una peregrinación a algún templo hermano, por ejemplo.
—¿Por qué irme de forma tan precipitada? Necesito, al menos, meditar y equilibrar mi espíritu. La notica es… inesperada.
—No puede ser. Al igual que yo, muchos de nuestros hermanos han aprendido a leer en el semblante de los miembros de nuestra comunidad. No deben interferir. Este viaje es solo para uno, tanto física como espiritualmente.
Egao guardó silencio, sin ver más allá de su propio interior. En él, se sucedían las dudas que era incapaz de expresar en voz alta por respeto al abad. Pero, como bien aseguraba Kyūri, no era necesario hacerlo para que este las adivinara.
—Atesoras un rasgo que te hace diferente a todos los demás —aseguró el abad.
—No imagino cuál es.
—Se trata simplemente de tus raíces. Al contrario que el resto de los elegidos, no fuiste samurái. Cuando, siendo niño, llegaste a las puertas de este monasterio, fue un pobre campesino quien te entregó. Todos los que estamos aquí hemos aceptado los sagrados votos y muerto en vida, hemos renunciado a nuestro nombre, a lo que conocimos y lo que éramos, por lo que algo así no debería suponer una diferencia. Sin embargo, nuestro limitado entendimiento no termina de deshacerse de lo que fuimos. Estamos muy lejos aún de alcanzar la budeidad. ¿No lo crees así?
Egao lo miró, para descubrir una amplia sonrisa en el semblante de Kyūri.
—Somos muchos los que caminamos la senda hacia la iluminación —prosiguió el abad—. Seguimos, ilusionados, las huellas de los sabios, olvidando que ellos renacieron innumerables veces sin alcanzar el final del viaje. Creemos que, cargados con nuestra imperfección, llegaremos más lejos. ¡Qué estúpidos!
—Perdonadme, pero todo esto… Solo lográis que comprenda aún menos…
—¡No! —gritó de pronto Kyūri, sobresaltando a Egao—. ¡No pretendas aventurarte más allá de lo tangible! Quieres una explicación lógica, pues bien, ya te la he dado. Pero, si quieres alcanzar la verdad, no puedes analizarla por el tamiz de la razón.
—Ya sé lo que pretendéis. Habéis logrado confundirme lo suficiente para retirar el velo de los prejuicios y así aceptar plenamente lo que está por venir.
El abad volvió a sonreír, de nuevo sereno, como si su explosión de ira no hubiera sido más que un espejismo.
—¿Quieres saber por qué eres el elegido? Es muy fácil conducirse con virtud cuando no existen distracciones o tentaciones. Aventurarse en el mundo más allá de este recinto es encontrarse con todas ellas y los demás no están preparados.
—¿Y yo sí? Insisto en que no soy más sabio que ningún otro, ni tampoco más diestro.
—En efecto, no lo eres —respondió, categórico.
—¿Entonces…? —preguntó Egao, cada vez más desorientado.
—La tarea que debe ser realizada implicará, en primer lugar, confraternizar o espiar a los Akamatsu, uno de los grandes clanes victoriosos tras la batalla de Sekigahara. Todos los que en otro tiempo fuimos samuráis y estamos aquí pertenecíamos a alguno de los clanes derrotados en aquella decisiva confrontación que cambió el rumbo de nuestra nación. Tras esos sucesos, tuvimos dos opciones: seppuku2 o renunciar al mundo abrazando la religión. La mayoría de los que viven aquí tuvieron que sobrevivir a sus señores, padres y hermanos, mientras estos se suicidaban, eran asesinados o acababan desterrados. Hubieran preferido morir en batalla, abandonar este mundo doliente para seguir en la próxima existencia a quienes habían jurado servir. Pero alguien debía rezar por el renacimiento en la Tierra Pura de todos los que perecieron. Por eso no tuvieron permiso de sus señores para quitarse la vida. Si envío a alguno de los otros elegidos, tendrá delante a los culpables de la vergüenza y el deshonor de la vida que dejaron atrás. Semejante carga emocional nublaría su visión, restaría claridad de juicio y conduciría a decisiones equivocadas. Probar su fe enviándolos de vuelta al pasado sería algo cruel y, además, pondría en peligro nuestra misión.
—¿Por qué un solo hombre?
—La búsqueda no necesita de cientos de ojos, solo del discernimiento o la intuición adecuados. Si son muchos los que siguen su rastro, será fácil que nuestro enemigo perciba nuestra presencia. Para esta tarea, es necesario mimetizarse con el mundo, evitar la mínima sospecha, incluso de los inocentes, porque su ignorancia los convierte también en enemigos. Deberás ser prudente y esperar el momento adecuado para revelarte. Pero recuerda: si la situación te supera, no pierdas la vida inútilmente. Regresa hasta aquí y pide la ayuda que solo tus hermanos pueden ofrecerte.
—¿Y por qué ahora, después de tanto tiempo?
El abad torció el gesto, lo que alarmó a Egao. Quizá había ido demasiado lejos. Pero, tras tomar aire profundamente, Kyūri volvió a hablar con voz pausada y rostro calmado.
—Esa no es la pregunta adecuada. ¿No te atreves a pronunciar en voz alta tu mayor duda? ¿Temes con ello escandalizarme, tal vez contrariarme? —Kyūri volvía a sonreír.
Egao nunca había intercambiado tantas palabras con el abad, ni tampoco había obtenido tal sinceridad en sus respuestas. La condición de los bonzos allí era devoción absoluta a su sagrada misión, hasta el punto de considerar una falta de virtud cuestionarla, así que tuvo que armarse de valor antes de expresar en voz alta lo que pensaba.
—Ser bonzo significa renunciar al mundo de los seres sufrientes —recitó—. Siempre creí que la máscara no era real, que la preparación para enfrentarse a ella era una parte de nuestra formación espiritual, una motivación para dirigir nuestra voluntad. Hasta hoy mismo no he comprendido que estaba equivocado. La pregunta es: ¿debería importarnos si la humanidad sufre, si es corrompida más allá de estos muros? Nos enseñó, maestro, que todos somos uno, por lo que basta una sola iluminación para que todos los seres mortales la alcancen. En lugar de correr a ayudar a otros, deberíamos centrarnos en buscar nuestra realización, pues será la mejor forma de servir a toda la humanidad.
—Ah, querido Egao —soltó el abad ante el franco estupor de su acólito por aquel trato despreocupado—. No soy un hombre tan virtuoso como crees. Una noche de hace demasiados años, en mitad de mi sueño, atisbé la realidad última de la existencia. Me sobrevino una revelación tan plena que desperté súbitamente, como si cayera del cielo sobre mis huesos. Fue un estallido que sacudió todo mi ser. Vislumbré en un solo instante que la realización de Buda se manifiesta en cada uno de los seres y que gracias a esta comprensión podía sentir un amor incondicional por todos ellos, desde el insecto más ínfimo. Sé que esa visión solo representa el primer paso hacia la iluminación, pues el fin último es interiorizar plenamente que la naturaleza original es vacuidad, que todo es impermanente y no tiene objeto salvar de su ignorancia o su dolor a nadie, pues esos conceptos no son más que ilusión.
—¿Y qué pasó después de esa revelación? —preguntó Egao con beatífico respeto.
—No quise seguir progresando en mi realización. Preferí regresar a mi imperfección y no olvidar mis pecados.
Egao estaba atónito. ¿Renunciar a la iluminación? ¿Era eso posible? Y, llegado el caso, ¿era un ejercicio de valor, locura o irresponsabilidad?
—Una mentalidad destructiva muy samurái —habló el abad—: preferí pagar mis culpas mundanas a elevar mi espíritu. Mi conciencia no me lo permitió.
—¿Qué culpas son esas? Sois un hombre santo.
Kyūri estalló en una sonora carcajada.
—No soy nada de eso. Aún dispongo de muchas vidas para intentarlo —confesó—. Pero antes debo librarme de la culpa, procurar la paz a cuantos hombres, mujeres y niños he puesto en peligro por mi negligencia. Soy el mayor de los egoístas, pues renuncio a la iluminación por atención a mi ego.
El abad perdió la vista en el exuberante bosque frente a ellos antes de proseguir.
—Muchas son las ocasiones en las que he soñado con el rostro maldito desde que estuvo entre mis manos. Me reproché una y mil veces que no tuviera valor para enfrentarme a él y que el miedo me empujara a apartarlo de mi custodia. Sé, también, que está a punto de regresar. Las cadenas que lo habían mantenido lejos del mundo mortal se han roto y su advenimiento está próximo. De nada hubiera servido buscarlo antes, pero ahora siento que no tenemos tiempo que perder. No volveré a cometer el mismo error. La máscara del Fantasma de los Nanjō nunca debió abandonar este sagrado recinto. La única pista es ese clan: los Akamatsu. Debes ir a su encuentro. La máscara volverá a través de ellos, como ya sucedió en el pasado.
Egao inclinó el rostro en una sentida reverencia, conmovido por el reconocimiento de flaqueza, de imperfección y, por tanto, de humildad de su abad.
—Empiezo a comprender, maestro…
—En ese caso, olvídalo todo: lo que crees saber, lo que dejas atrás, las limitaciones de la voluntad, incluso que respiras y que una vez tuviste nombre. Solo recuerda qué debes hacer. Ese es tu único sentido de existencia ahora, como el de la luna brillar cada noche y el del sol despertar cada día. Sé como el curso del río de montaña, sortea las barreras que impidan tu paso o supéralas, pero no te detengas hasta lograr tu objetivo. La salvación de muchos depende de ello.
—Así será. Podéis confiar en mí, maestro.
El abad asintió satisfecho.
—Te tendré presente en mis oraciones, Egao. Ahora, vete. Busca la máscara del Fantasma de los Nanjō.
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1Sutra: textos sagrados donde se recogen las enseñanzas de Buda en parábolas y sermones, tanto en prosa como en verso.
2Seppuku: suicidio ritual con el objetivo de expiar una falta grave o elevar una protesta.
Edo se desdibujaba bajo el cielo nocturno del séptimo día del octavo mes3. El miedo a los incendios restringía el uso de farolas y hachones, por lo que los guardias que custodiaban la entrada a la villa de los Akamatsu apenas distinguían la calle. No hacía falta. Quince años después de que Tokugawa Ieyasu aplastara el último foco de oposición a su poder, las guerras endémicas del país habían terminado. Además, el señor de aquellos hombres, el daimio Akamatsu Muneaki, hacía un mes que había regresado a la provincia de Shinano, finalizado el tiempo obligado de residencia alterna en Edo impuesto a los grandes apellidos por los sogunes Tokugawa. La mayoría de los servidores y guerreros se habían marchado con él. Lejos de los populosos barrios del centro de la gran urbe, la hora del tigre4 pasaba tranquila una noche más y podían relajarse dentro de sus garitas, esperando el relevo de la mañana.
Unos pasos apresurados en el patio rompieron la calma. Tres samuráis corrían como si sus vidas dependieran de ello. Desde sus posiciones, los vigilantes se pusieron en guardia, alarmados, pero los guerreros provenientes del interior de la mansión no se dignaron a explicar su comportamiento. Sin detenerse, alcanzaron el nagaya5 integrado en el muro exterior de la villa.
Llegaron ante la puerta corredera de la residencia del médico del clan sin aliento y con el pulso acelerado. Uno de ellos penetró en la estancia iluminándola con la linterna que portaba y zarandeó violentamente a la persona que dormía en su interior.
—¡Despierta! ¡El clan te necesita!
El cuerpo de Ishi reaccionó de inmediato, pero su mente tardó en cobrar plena consciencia de la realidad. El sofocante verano de Edo había quedado atrás, pero seguía costándole descansar. No era hasta la madrugada cuando caía en un sueño profundo, aunque solo fuera por un corto espacio de tiempo. Sin embargo, hoy no podría disfrutar de aquel breve solaz. ¡Ah, qué desdicha para un espíritu cansado como el suyo!
—Ya voy, ya voy —acertó a responder, aún abotargado.
—¡Rápido! —insistió el joven samurái que lo apremiaba impaciente.
—Espera —pidió el anciano—. Todavía tengo que vestirme y tendré que encender una linterna. Eso es algo que no se puede hacer a la ligera. ¿O quieres que la mansión de tu señor arda por los cuatro costados?
El aludido contuvo a duras penas su furia. Aquel viejo, lejos de temer la ira de un guerrero, se comportaba con una intolerable indiferencia que rayaba el insulto.
—¡No hay tiempo para eso! ¿Te atreves a demorar la atención debida al dirigente de la casa? El propio Toshimoto es el que reclama tu presencia.
—¿Toshimoto? ¿A estas horas de la noche?
Esta vez, Ishi fue capaz de despejar las tinieblas del sueño en un solo instante. Toshimoto era alguien a quien no podía permitirse contrariar. La mano derecha del señor del clan y dueño de las vidas de todos los que se encontraban en la mansión mientras durara la ausencia del daimio Muneaki era hombre de poca paciencia y fuerte carácter.
—Ya te he dicho que es urgente —insistió el guerrero.
—Pero ¿cuál es la naturaleza de su llamamiento? ¿Qué mal lo aqueja?
—Basta de preguntas. ¡Tu deber es obedecer sin dilación!
Detrás de aquel jovenzuelo con ínfulas de autoridad descubrió a dos guerreros más, casi a oscuras en la larga veranda del edificio donde dormían los cerca de cincuenta sirvientes y guerreros de la mansión. El médico estaba acostumbrado a que lo llamaran a horas intempestivas para atender a alguno de los habitantes de la casa, pero aquello tenía una notoriedad especial. ¿Qué podía haber ocurrido?
Ishi se vistió con prendas teñidas de índigo, la tonalidad oficial de los doctos en la sanación, con la mayor celeridad que le permitieron sus gastados músculos. Dejó abandonada su ropa de cama sobre el futón y buscó sus medicinas.
—¡No es necesario que lleves nada más! —lo amonestó el samurái.
—Pero —protestó Ishi—, sin mis herramientas, no podré practicar mi oficio. Debes comprender lo inútil de mi asistencia si no…
—¡Está bien! Pero hazlo rápido, antes de que la ira de nuestros superiores se desate.
—¿Cómo? ¿Acaso hay alguien más enfermo?
—El subcomandante Kita también nos espera.
¿El jefe de la guardia también lo llamaba? El viejo estaba completamente desconcertado.
Siguió a los samuráis por el largo y estrecho corredor. El suelo de oscura madera crujía bajo el enérgico paso de los guerreros y alguna luz cobraba vida desde el otro lado de las puertas correderas que dejaban atrás. Sin embargo, nadie se atrevía a asomarse para protestar por aquel alboroto. Los gritos del alterado samurái habían llegado claramente hasta al interior de las estancias cerradas y todos sabían ya que los dos máximos responsables de la villa exigían un servicio urgente del viejo médico.
A Ishi le costaba seguir la carrera de los guerreros. Le dolían los huesos a cada paso y tenía dificultades para respirar, pero no osó quejarse. Juntos, dejaron atrás el edificio de paredes enyesadas para salir al patio y alcanzar un porche de techo ornamental al estilo chino, mantenido por gruesos pilares. Jadeaba cuando subió a la plataforma que daba acceso al edificio principal y comenzó a sudar copiosamente mientras cruzaban las salas desiertas.
A medida que recorrían pasillos y dejaban atrás diversas estancias, su preocupación aumentaba. Se dirigían a la zona privada del daimio y allí solo había una persona con derecho a ocuparla en su ausencia: la dama Hinode, esposa consorte del señor de los Akamatsu.
Su peor sospecha se confirmó cuando llegaron a una antesala, custodiada por dos nuevos samuráis.
—Debes pasar tú solo —le anunció el mismo joven que lo había despertado.
—¿Yo solo? ¿Y el permiso de la primera esposa de nuestro señor?
El samurái no supo contestar a eso. En ese momento, el viejo médico comprendió que ninguno de ellos conocía la naturaleza del requerimiento.
—Esa es la orden de Toshimoto —insistió el samurái, testarudo.
Lo de pensar no iba con la casta de los guerreros. Ellos solo obedecían ciegamente las órdenes de sus superiores, incluso ahora que la paz reinaba en toda la nación. No servía de nada dilatar más la espera. No averiguaría más de ninguno de ellos.
—Está bien —accedió Ishi corriendo el fusuma6 y penetrando en el interior.
La amplia sala, al otro lado, tenía todos los postigos cerrados, iluminada por linternas que revelaban murales y biombos decorados con motivos ornamentales, paisajes de montaña o hermosas flores de llamativos colores. Destacaban las pantallas con escenas de la Historia de Genji, de mano del maestro Sotatsu, del que se decía predilecto del mismísimo emperador Go-Mizunō. Abundaban los cofres y los armarios empotrados, además de cojines y mesas esmaltadas con incrustaciones de oro. Sin embargo, lo que atrapó de inmediato toda la atención del médico fue la figura de su señora, vencida sobre un escritorio, inerte.
Alarmado, hizo ademán de correr hacia ella, pero una voz atronó en la sala.
—¡Quieto, Ishi!
El viejo médico se sobresaltó, sorprendido por la cercanía de la imperiosa orden. Los nervios le habían jugado una mala pasada, pues en su precipitación no había visto que no estaba solo. Dos samuráis estaban sentados en el suelo, a un lado. El que había hablado era Toshimoto, el comandante más importante del clan y mano derecha de Muneaki.
Toshimoto ya no era joven. Que los años restaran vitalidad y que sus deberes de administración no le permitieran ejercitarse como antaño habían dado al traste con su condición física. Había dejado atrás los tiempos en los que lideraba a los guerreros en la batalla y una voluminosa barriga atestiguaba lo lejano de aquellas jornadas de valor, sangre y muerte. A su lado, con mirada arrogante, estaba Kita, subcomandante y jefe de la guardia en la villa. Mucho más joven, heredaba la posición social encumbrada de la casta guerrera, pese a no haber participado jamás en una batalla. Eso no le impedía sentirse superior a quien no compartiera el camino de la milicia.
—Perdonadme —respondió Ishi, apesadumbrado por su falta—. No los había visto.
Se arrodilló para inclinarse respetuosamente, lo que fue correspondido con leves asentimientos de los samuráis.
—He acudido lo más pronto posible —continuó Ishi—, pero no acierto a comprender por qué… Quiero decir… No sé si la dama… Debería acercarme.
—La dama Hinode, esposa consorte de nuestro señor, ha muerto —anunció sin tapujos Toshimoto—, así que no tienes necesidad de correr hasta ella para intentar restaurar su salud.
El viejo médico sintió una fuerte sacudida y su boca se abrió desmesuradamente, con gran estupor. No podía retomar la palabra.
—Estamos perdiendo el tiempo —intervino Kita con los brazos cruzados sobre el pecho, beligerante—. Está claro que la dama se suicidó, incapaz de seguir manteniendo su vergüenza por más tiempo. No necesitamos al médico del clan para confirmar algo tan obvio.
Toshimoto no se alteró por el tono áspero de Kita. Él también había sido un inflexible guerrero, pero el paso de los años había suavizado su carácter. En cambio, conservaba su legendario pragmatismo y resolución. Salvo el daimio de los Akamatsu, no existía hombre o demonio a quien permitiera cuestionar su criterio.
—Ya lo hemos hablado —respondió a Kita sin despegar la mirada de Ishi—. No podemos dar por supuesto lo evidente cuando hay formas sencillas de corroborarlo. Precipitar nuestro juicio, cuando no hay necesidad, puede hacer que pasemos algo por alto. ¿No estás de acuerdo?
—Repito que la dama solo hizo lo correcto —insistió Kita—. Al igual que todos los vasallos de nuestro señor, está obligada a servirlo. Si yo no fuera capaz de atender los deberes que se esperan de mí, también me quitaría la vida.
Ishi sabía a lo que se refería. La dama Hinode había sufrido dos abortos, el segundo de ellos hacía tan solo una semana. No ser capaz de dar descendencia a su marido era uno de los motivos por los que una mujer podía ser repudiada. Teniendo en cuenta que el señor de los Akamatsu tenía varias esposas, su favor podía ser retirado sin ninguna otra consideración. El único motivo por el que el médico no había acompañado a su señor de vuelta a la sede del clan, en la provincia de Shinano, era cuidar de la dama Hinode y vigilar la salud del heredero de los Akamatsu en su vientre.
—Olvidas que es Akamatsu Muneaki —amonestó Toshimoto con voz gélida— quien debe determinar quién cumple y quién no cumple con sus deberes y que seré yo quien le informe de lo acontecido esta noche.
Kita no era estúpido. Supo ver en las palabras de Toshimoto la velada amenaza. Sin embargo, su orgullo no podía ceder tan fácilmente delante del médico. Por eso fue a este a quien redirigió su ira.
—Solo digo que Ishi no ha sido capaz de evitar los dos abortos de la dama Hinode. Es el menos apropiado para ser tomado en consideración. ¿Cómo confiar en alguien que no ha sabido cumplir con su cometido?
—Mi señor lo hace, ¿por qué debería ser yo quien lo contradiga? —Con la última amonestación de Toshimoto, el samurái palideció, acallando definitivamente sus protestas. El comandante se incorporó con cierto esfuerzo para caminar hacia el médico—. Escúchame, Ishi. Acércate a la dama Hinode y dinos qué ves. Olvida las palabras del jefe de la guardia. Ignoramos lo sucedido, salvo que la esposa consorte de nuestro señor está muerta. Necesitamos saber qué ha ocurrido. Estoy seguro de que eres consciente de la trascendencia de tus observaciones.
El viejo médico interpretó lo que realmente pasaba. La muerte era algo impuro, que manchaba el espíritu de todo el que se relacionaba con ella. No en vano, los despreciados de la sociedad, los hombres sin casta, se dedicaban a tareas como curtir las pieles de los animales, actuar como verdugos de los condenados por la justicia o enterrar los cadáveres. Toshimoto quería estar seguro de lo que había sucedido, pero ni él ni Kita se atrevían a acercarse a la dama Hinode. Para eso lo habían llamado a él. No pensaban que su juicio fuera más acertado, dados sus conocimientos de anatomía humana, simplemente querían evitar el pernicioso contacto con la muerte.
Ni siquiera tenía cerca un puñado de sal purificadora para protegerse, pero Ishi aceptó la demanda bajando una vez más su cabeza. Al tiempo que se acercaba al cuerpo de la primera esposa del daimio, sus pasos se hicieron más inseguros y el aire entró con más dificultad en su pecho. Se sentía sucio, rompiendo sin permiso el aura invisible de privacidad que envolvía la honra de la dama. Cerró los ojos por un instante y mentalmente solicitó su perdón. De haber estado solo, no hubiera dudado en arrodillarse y pegar la frente al suelo, pero sentía el frío escrutinio de los dos hombres a su espalda y temía despertar su ira si demostraba tal respeto por una mujer.
Lo primero en lo que se fijó fue en que la dama Hinode había estado practicando la caligrafía y que a su lado seguía encendido un brasero. Estaba vencida sobre la mesa, pero ninguno de los pinceles había caído al suelo. El frasco de agua y la piedra de tinta también seguían sobre la pequeña escribanía, junto a un rollo de papel. La linterna que usara para escribir estaba apagada. Era como si, asaltada por el sueño, se hubiera tomado un instante de descanso, cuidando de no tocar los objetos de la mesa.
—¡Perdonad! —pidió el médico en voz alta para hacerse oír—. ¿Se ha cambiado algo?
—La sirvienta que la descubrió asegura que ella no tocó nada —manifestó Toshimoto—. Nosotros tampoco lo hemos hecho y nadie más ha entrado en la habitación. ¿Qué es lo que te extraña? Habla.
Ishi arrugó la frente. Pasada la congoja inicial, su metódica profesionalidad había tomado el mando y se dedicaba a estudiar lo ocurrido con mirada crítica.
—No te calles nada —lo apremió Toshimoto—. Dinos en voz alta lo que interpretas y si de alguna forma podemos inferir la causa de su muerte.
—Bueno, simplemente no veo ningún signo de violencia. Y me llama la atención que apagara la linterna que la alumbraba. La tinta aún está líquida, preparada para escribir, por lo que no ha pasado mucho tiempo desde que dejara de usarla.
—Eso no prueba nada —interrumpió Kita.
—Demuestra que, si fue sometida a algún tipo de violencia, no ocurrió aquí —objetó Ishi—, pues es fácil hacer caer alguno de los objetos de la mesa.
—Podría ser un engaño —intervino Toshimoto—. Bastaría con colocar primero el cuerpo y luego los utensilios sobre la mesa.
Ishi no contestó. En su lugar, se arrodilló para mirar por debajo de la escribanía.
—¿Qué hace? —censuró Kita dirigiéndose en voz baja a Toshimoto.
Pero este no despegó los labios. Ahora era él quien cruzaba los brazos sobre su prominente barriga. Pese a la distancia, estudiaba con ojo crítico los movimientos del médico, esperando.
—Tiene las piernas atadas —observó Ishi.
—¡Os lo dije! —recordó Kita a su superior—. Que se anudara los muslos para evitar que su cuerpo quedara en una posición indecorosa es una de las precauciones del jigai7.
En efecto, la visión de una dama con las piernas separadas era deshonrosa, pero el veterano samurái siguió sin decir nada, fija la mirada en el médico del clan.
Ishi pasó al otro lado de la escribanía. La ilusión de que la dama Hinode dormía se truncó al descubrir la sangre derramada.
—Hay demasiada sangre para que haya muerto en otro lugar —interpretó el médico en voz alta—. La sangre no puede ser recogida una vez vertida y aquí hay suficiente para provocar la muerte.
En esta ocasión, ninguno de los samuráis objetó nada.
Tomando aire para armarse de valor, Ishi alargó las manos y apartó la abundante cabellera que caía en cascada hasta el suelo. El rostro de la dama parecía de jade, casi transparente.
La dama Hinode había muerto a los dieciocho años, en el máximo esplendor de su belleza. Ishi había tenido una relación cercana con ella, en especial durante todo su segundo embarazo, y había tenido oportunidad de conocerla mejor. La calidez de su trato y la contenida vitalidad que emanaba de su presencia en vida se habían roto definitivamente. Allí solo quedaba un cascarón vacío, una grotesca imitación de la belleza y dulzura que había encandilado al viejo médico.
—¿Qué ocurre? —interrogó Toshimoto salvando la distancia que los separaba.
El médico no contestó de inmediato. Con delicadeza, soltó los cabellos y se dispuso a alejarse. Antes de eso, reparó en un papel sobre la mesa, pulcramente doblado. Creyó adivinar su contenido y, despacio, lo tomó antes de regresar con los samuráis.
—¿Y bien? —insistió Toshimoto cuando llegó hasta ellos.
—Se ha suicidado, en efecto —declaró el anciano—. Tiene una incisión en su cuello. La arteria carótida está seccionada y por ella perdió la mayor parte de la sangre de su cuerpo. En su mano aún sostenía el kaiken8.
—¿Murió desangrada, entonces? —preguntó el comandante de los Akamatsu.
—Así es. Eso explica la ausencia de desorden. Es una muerte indolora. Tras la punción, el cuerpo va perdiendo su vitalidad rápidamente, mientras la consciencia se desvanece. Tuvo que ser en el lugar donde se encuentra. La gran cantidad de sangre que se extiende a sus pies hace pensar que no fue trasladada hasta aquí por otra persona tras su muerte. Debió de apagar ella misma la lámpara antes de apoyar su cabeza sobre la mesa para estar segura de la imagen que mostraría tras su muerte. También encontré esto.
Sin atreverse a desdoblar la hoja de papel, inclinó el rostro antes de entregársela al máximo responsable de la casa en ausencia del daimio.
—¿Qué es?
—Esta es la última caligrafía de la dama Hinode. Estaba sobre la escribanía, a su lado.
Toshimoto dudó unos instantes, pero finalmente tomó la hoja y leyó los trazos:
Si la bendición
del venerado Jizō9
me es negada,
¿cómo alentar por más
tiempo mi esperanza?
El samurái tomó aire con gesto grave antes de volver a hablar.
—No debes mencionar nada de lo ocurrido en esta habitación —exigió al médico—. No hace falta que te explique lo comprometido de la situación y lo que puede desencadenar su publicidad. Ahora, vete.
Ishi se dobló por la cintura respetuosamente una última vez antes de salir a la antesala y dejar a los dos hombres solos en la habitación.
—¿Qué decía la nota? —preguntó Kita.
—No puedo revelar su contenido por respeto al espíritu de la dama, pero es una prueba más para reforzar la idea del suicidio.
Esta vez, Kita no volvió a crispar su tono al responder. La situación era demasiado grave para seguir pensando en su orgullo.
—La maldición nos persigue. No hay nada que nosotros, meros humanos, podamos hacer al respecto —afirmó.
—No debes pronunciar palabras tan funestas en voz alta —lo recriminó Toshimoto—. Con ellas, podrías alterar la armonía de esta casa aún más. El destino de muchos hombres está marcado desde el nacimiento, en efecto, y, por añadidura, el de los que los servimos, pero no por ello nuestra lealtad debe resentirse. Al contrario, adquiere mayor valor. Somos samuráis y nuestra vida está ligada al servicio a nuestro señor, sin buscar beneficio propio por ello.
Kita aceptó, inclinando solemne el rostro.
—Perdonadme, estáis en lo cierto. Lamento mi pasajero estado de debilidad. No volverá a suceder.
—Estoy seguro de ello, Kita. Y, ahora, nuestro único pensamiento debe ser asistir a nuestro señor en esta hora sombría. Dime, ¿qué has averiguado?
—Las damas de compañía aseguran que su señora estaba esta noche muy serena, al contrario que los días pasados, en los que estuvo encerrada en sí misma por el dolor tras la pérdida de su hijo. Se retiró pronto y pidió que la dejaran sola. Ni siquiera quiso que quedara alguna sirvienta para que dispusiera el lecho. Fue una de las doncellas más jóvenes la que se atrevió a venir aquí mucho después de que todas se hubieran marchado.
—¿Quién era?
—Una tal Amai. Al parecer, entró en el servicio de la casa no hace mucho.
Con esa afirmación, daba a entender que no era de fiar. Los Akamatsu ya no eran el clan de antaño, favorecido por Tokugawa Ieyasu tras la batalla de Sekigahara. Los innombrables acontecimientos que habían protagonizado la locura del padre de Muneaki y el asesinato de su hermano Fujifusa, el anterior daimio, habían condenado el buen nombre del apellido Akamatsu. De nada había servido la intachable conducta de Muneaki desde que se hiciera con las riendas del clan. Las habladurías y el temor a la supuesta maldición que perseguía al clan desde entonces los apartaban del favor del nuevo régimen. Ya no residían en el interior del castillo, como en los primeros días del establecimiento del sogunado Tokugawa. Ahora, la mansión de los Akamatsu en Edo estaba situada en un barrio favorecido, solo para señores cercanos al régimen, pero fuera de la protección de los muros de la fortaleza y del valor simbólico que eso representaba. Mientras otros prosperaban, los Akamatsu iban perdiendo poder. Por ese motivo, ya no había familias destacadas que enviaran a sus hijas a servir a su casa con la esperanza de ganar prosperidad y buen nombre. Había pocas damas de honor y las nuevas sirvientas en la mansión carecían de apellido, algo impensable para un clan de abolengo como el Akamatsu.
—¿Has hablado personalmente con ella? —preguntó Toshimoto.
—No ha dicho mucho, solo que encontró muerta a su señora. No parece muy despierta. Me extrañaría que dijera algo de importancia.
—¿Quién más lo sabe?
—Solo la sirvienta mayor. Fue ella la que, con buen juicio, acudió a mí.
La sirvienta mayor era la mujer de más categoría entre las que servían en la casa, directamente responsable de la atención de la dama Hinode, entre otros cometidos.
—Está bien. Trae a esa doncella hasta aquí. Quiero oír de su boca lo que me has dicho.
Kita inclinó el rostro antes de salir. Cuando regresó, lo acompañaba una niña de apenas nueve años, aterrada por estar en presencia de Toshimoto y en la misma sala donde había un cadáver.
—¿Sabes quién soy? —le preguntó Toshimoto.
Amai, arrodillada frente a él, no levantaba la vista del suelo por temor a encontrarse con la imagen de la dama Hinode. Como respuesta, se limitó a inclinar la cabeza.
—Bien. Entonces, conoces mi posición en esta mansión y que debes obedecerme en todo lo que te ordene. Al mismo tiempo, debes saber que no has de temer nada. Solo tratamos de comprender qué ha ocurrido. Ahora, dime, ¿cuándo encontraste a la dama Hinode?
Amai tardó en hablar y, cuando lo hizo, su voz era un susurro entrecortado.
—Creo que a mitad de la hora del buey10.
—¿Y por qué viniste hasta aquí? Tu señora había pedido que no se la molestara, ¿verdad? Era una hora muy inapropiada para andar por los pasillos de la casa principal.
La niña empezó a gimotear, sin atreverse aún a mirarlo a la cara.
Toshimoto levantó la mano para detener a Kita, que, exasperado, parecía a punto de reprender a la niña por su tardanza en ofrecer una respuesta.
—No te preocupes —pidió Toshimoto—, no serás castigada por tu comportamiento. Es más importante saber lo que viste. Vamos, contesta a la pregunta, ¿por qué viniste hasta aquí?
—No… no lo sé…
Toshimoto sabía que de nada serviría amenazar a Amai. Si no lo había dicho ya, era que no tenía ninguna justificación para curiosear en la alcoba de su señora. Su conducta, ahora descubierta, podría acarrearle la expulsión de la casa. Seguramente acabaría mendigando en la calle. Su familia la habría enviado a la mansión porque era incapaz de mantenerla y no la aceptaría de nuevo. Eso era lo que realmente preocupaba a la niña, así que a Toshimoto le daba igual que inventara una mentira o que guardara silencio. No era importante, y la paciencia era la única arma de la que Toshimoto disponía en ese momento.
—Está bien. —Trató de tranquilizarla—: Supongamos que no podías dormir y que, imaginando que tu señora podría necesitar alguna cosa, te acercaste hasta aquí.
—Sí, sí —corroboró la niña, visiblemente aliviada.
—Y, después, ¿qué pasó?
—Corrí el panel y entré.
—¿Qué fue lo que viste?
Amai temblaba, incapaz de hablar. Toshimoto esperó, mientras Kita no dejaba de resoplar, unos pasos más atrás, tratando de no perder su escasa paciencia.
—La señora estaba muerta —anunció la niña por fin.
—¿Viste a alguien? Quizá, una persona que abandonara la habitación o que estuviera cerca cuando llegaste…
—No, no había nadie.
Toshimoto creyó a Amai. No se hubiera atrevido a entrar, de haber encontrado a otra persona. Entonces, recordó las observaciones de Ishi al revisar el cuerpo de la dama Hinode.
—¿Y la luz? ¿Estaba encendida?
—¿Qué luz?
—Tu señora estaba escribiendo. ¿Tenía la luz de la lámpara encendida cuando entraste?
—Sí, sí… —afirmó.
—¿Cómo sabías que estaba muerta?
—Yo… No se movía. La llamé y no contestó.
—Pero no te acercaste hasta ella para comprobarlo.
—Tenía miedo…
—Ya… ¿Y qué hiciste a continuación?
—Corrí para avisar a la sirvienta mayor.
—¿No hablaste con nadie más?
—No…
La niña rompió por fin a llorar, sin poder reprimir los sollozos.
—Está bien —concedió Toshimoto—. Puedes marcharte.
Amai casi corrió para alejarse de la habitación. Cuando estuvieron de nuevo a solas, fue Kita quien tomó la palabra.
—¿Qué pensáis sobre la lámpara? ¿Alguien más vino y la apagó?
—En el supuesto de que fuera así, ¿qué buscaría con ello? Creo, más bien, que la niña estaba asustada y que da por supuesto que, si su señora escribía antes de morir, la luz debía seguir encendida. También pudo acercarse, aunque no lo recuerde, y apagarla al huir corriendo. Un soplo de aire hubiera sido suficiente. En realidad, le pregunté sobre ese extremo para desviar su atención de la verdadera cuestión.
—¿Y cuál era?
—Si vio a alguien merodeando por la habitación.
—¿Creéis en la posibilidad de que fuera asesinada?
—Yo no creo nada, Kita. Solo trato de averiguar lo ocurrido. Dime, ¿algún guardia vio algo inusual esta noche?
—Mandé a un samurái para que hablara con los vigilantes. Todos estaban despiertos y nadie se percató de nada anormal.
—Bien… Si nadie entró ni salió esta noche de la mansión y tampoco hay el menor indicio de violencia alrededor del cuerpo de la dama Hinode, podemos concluir que se quitó la vida.
—Bueno… Debéis perdonarme, pero sí salió alguien.
Toshimoto giró el rostro para mirarlo directamente.
—¿Por qué no lo has mencionado hasta ahora?
—No creí que fuera relevante… Se trata de Oki y… Tsuyoi. Abandonaron la mansión en cuanto se fue el sol. Los vio uno de los hombres que custodian el muro, pero ya estaban demasiado lejos cuando estuvo seguro de que eran ellos. Al instante, se perdieron tras doblar una esquina. No salieron por ninguna de las puertas. Debieron de escalar el muro y saltar al otro lado. Aún no han regresado.
El veterano samurái comprendió de inmediato el motivo de la prudencia de Kita y no lo censuró por su reserva. Ambos sabían lo que estarían haciendo en la ciudad en mitad de la noche.
—Ya veo… Envía a Tsuyoi a mi presencia en cuanto regresen. No me importa la hora.
—¿Y Oki?
—Aplica el castigo que creas más oportuno. No es necesario que hagas lo mismo con los guardias. Esos dos ya han generado suficientes quebraderos de cabeza. Son los únicos responsables de su comportamiento y necesitamos que nuestros hombres sigan comprometidos con nuestra casa más que nunca.
La lealtad de los samuráis Akamatsu corría el mismo peligro que el del servicio, aunque fuera un asunto que no se pudiera tratar abiertamente. Puede que hubieran jurado fidelidad al clan Akamatsu hasta la muerte, pero esos compromisos ya no tenían el valor de antaño. La moral era baja y convenía ser prudentes a la hora de imponer castigos o rescindir privilegios.
—Por supuesto —corroboró Kita.
Toshimoto suspiró antes de estirar su espalda. Había asuntos mucho más urgentes que atender que la salida nocturna de Tsuyoi, por muy doloroso que pudiera resultar.
—Y ahora, regresando a la tragedia de esta noche, debo comunicárselo de inmediato a nuestro señor. Saldré con las primeras luces del nuevo día. Bastará una escolta de tres samuráis. Prepáralo todo.
—¿No se debería enviar a un emisario? Si sale de inmediato a galope tendido y cambia de montura regularmente, podría llegar a Shinano mañana al mediodía.
—La noticia es demasiado importante para delegar la responsabilidad. Debo comunicarla personalmente. Mientras, clausura estos aposentos. Que nadie entre hasta que el daimio o yo mismo ordenemos lo contrario. Soy consciente de que los chismorreos del servicio son irrefrenables, así que prohíbe que nadie abandone la casa hasta nueva orden. Mantén a toda costa el secreto de la muerte de la dama Hinode dentro de estos muros.
Toshimoto se incorporó para marcharse. Kita lo miró, sin atreverse a pronunciar en voz alta las implicaciones de ese nuevo revés para el prestigio del clan.
—Prepárate —ordenó Toshimoto, adivinando su turbación—. Es nuestra hora más sombría y debes estar a la altura de tu posición. Tuyo será ahora el mando de la villa. Viajaré hasta Shinano y consultaré a nuestro señor sobre las medidas que debemos tomar.
—Así lo haré —manifestó Kita inclinándose marcialmente, como si acabara de recibir la orden de atacar al enemigo—. No os fallaré.
—Estoy seguro de ello.
Y, dicho esto, abandonó la habitación.
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3 Octavo mes: de mediados de septiembre a mediados de octubre en el calendario gregoriano.
4 Hora del tigre: entre las 03:00 y las 05:00.
5Nagaya: edificio estrecho con un corredor exterior por el que se accedía a pequeñas residencias independientes.
6Fusuma: panel deslizante opaco, en ocasiones decorado con pinturas, que separaba las estancias interiores.
7Jigai: nombre formal del suicidio femenino, mucho menos ritualizado que su homólogo masculino y que se practica siempre en solitario.
8Kaiken: puñal corto de uso femenino que las mujeres samuráis llevaban siempre consigo en la manga o fajín.
9 Jizō: En la religión budista, bodhisattva o santo patrón de las parturientas.
10 A mitad de la hora del buey: sobre las 02:00.
Dos cuerpos entrelazados, pero con espíritus a un mundo de distancia. Búsqueda visceral de placer inmediato para uno, resignación forzada para el otro. El mismo vacío al terminar la escenificación violenta de un anhelo insatisfecho.
Tsuyoi se separó de la oiran11 nada más alcanzar el clímax con una brusquedad que arrancó un airado grito de protesta de la mujer. Aliviado su apetito, la oscura y poderosa lascivia que lo había llevado hasta aquel sucio lecho había sido extirpada, como el aire restado al sumergirse súbitamente bajo el agua. En ese instante, cobraba verdadera consciencia del repulsivo tacto de la piel ardiente bajo su cuerpo, del hedor malsano de la estancia, de las risas y resuellos de las habitaciones contiguas, separadas por un fino tabique de papel. Mientras se incorporaba, reparó en las manchas del lecho, vestigios del paso de otros hombres esa misma noche.
—¡Eh! ¿Qué ocurre? —demandó la oiran—. ¿Acaso no te he chupado la verga? ¿No te he dejado hacer lo que has querido? No me vengas ahora con que no te ha gustado. Has disfrutado como un animal y ahora tienes que pagarme.
—No temas, te pagaré. ¿Por quién me has tomado?
—Déjame adivinarlo… Por tu edad, diría que eres un gran samurái. Todos los que vienen por aquí con menos de treinta años lo repiten sin parar. Sin embargo, según van pasando los años, el discurso cambia.
—No seas tan descarada —contestó el joven mientras se vestía todo lo rápido que podía. Necesitaba salir de allí cuanto antes, librarse de la sensación de continuar adherido al cuerpo de aquella mujer, como un insecto atrapado en la tela de una araña—. ¿De qué estás hablando?
—Hablo de que la juventud grita lo que le gustaría ser y que la vejez llora lo que nunca fue. Ahora me miras con desprecio, pero créeme: algún día volverás a mí lamentándote de las oportunidades de prosperar que perdiste por la mala fortuna o por la inquina de algún otro. No habrá el menor resto de la soberbia que leo en tus ojos y no pararás de desahogar penas y más penas sin el menor pudor, suplicando una de mis caricias.
—Te equivocas, yo no soy una persona vulgar y no volveré por aquí nunca más.
—Ya. Seguro. Te crees mejor que yo, que cualquiera de los que están aquí, pero hace tan solo un instante implorabas toda mi atención, como un perro famélico a la puerta de una casa de comidas. ¡Bah! Tanto da. Tú págame y sé todo lo que quieras.
Tsuyoi se volvió hacia ella, furibundo por aquella repentina condescendencia. Estuvo a punto de abofetearla, gritando a pleno pulmón que él era un auténtico samurái, que su apellido estaba ligado al clan Akamatsu, pero tuvo fuerzas para reprimirse. ¿Qué era lo que esperaba? Aquella no era más que una moza de té en un antro para aquellos que no podían permitirse nada mejor o que tenían prohibida su entrada al barrio del placer de Yoshiwara. Reconocer su verdadera condición le habría acarreado aún más vergüenza. Estaba allí de incógnito, sin blasón en su kimono desgastado, sin portar sus sables de vainas lacadas, ocultando el peinado propio de su casta. ¿Quién iba a creerlo?
En ese momento, la cortina que hacía las veces de puerta se echó a un lado y asomó un hombre con el rostro marcado por una cicatriz que descendía por la mejilla desde la frente. El corte terminaba donde hubiera estado el lóbulo de la oreja cercenada. En su mano portaba una linterna.
—¿Qué pasa aquí? ¿Qué oigo de que no vas a pagar, jovenzuelo?
Tsuyoi pasó las manos por su cabeza para asegurarse de que la peluca no se había movido. Era habitual entre la clase samurái recurrir a estratagemas parecidas para evitar ser reconocidos en lugares como aquel. Tenía ya veintiún años, pero no era muy alto y, para su contrariedad, su cara aniñada y la falta de gravedad en su voz confundían a muchos.
Terminó de ajustarse el kimono aún más molesto con aquel nuevo insulto, reteniendo a duras penas la respuesta mordaz que rondaba por su cabeza. Aquel malnacido era un rōnin, un samurái deshonrado que ya no tenía señor y que trabajaba como matón en aquel tugurio. Aunque no fuera otra cosa que escoria, portaba los dos sables, mientras que él estaba desarmado. Cualquier falta de respeto justificaría un rápido desenvaine y su cabeza rodando por el suelo, así que, por mucho que lo incomodara, no tenía más remedio que bajar los humos.
—¡Está bien! —contestó—. Nadie ha hablado aquí de no pagar. Toma tu dinero y déjame en paz. —Dos monedas de cobre pasaron a la mano extendida del rōnin—. ¿Puedo irme ya?
El hombre de la cicatriz asintió con un gruñido y se apartó a un lado para dejarlo salir al pasillo.
Tsuyoi accedió a un estrecho corredor. Estaba en el primer piso del edificio. En el lado que daba a la calle, los postigos estaban siempre cerrados para ocultar lo que allí sucedía, impidiendo la ventilación y haciendo el aire irrespirable. No había ningún farol, por lo que tuvo que caminar guiado por el tenue resplandor que emanaba de los cuartuchos que iba dejando atrás. Apresuró su marcha, huyendo de los susurros y jadeos.
Cuando bajó por la escalera a la sala principal de la casa de té, buscó a su amigo Oki entre la multitud de hombres que se entretenían bebiendo o comiendo tirados por el suelo cubierto de esteras, pero no lo vio por ninguna parte. Estaría todavía arriba, exprimiendo al máximo el precio del servicio. Para su disgusto, le tocaba esperar.
—¿Un poco de sake? —ofreció una joven con un kimono de vivos colores. Las más agraciadas se dedicaban a servir en la planta baja de la casa de té, estimulando la entrepierna de los clientes y ofreciendo su cuerpo en contadas ocasiones. Con el tiempo, perdían su encanto y acababan sustituyendo a las que se afanaban en la primera planta. Sin embargo, a esas alturas, a Tsuyoi le parecían todas igual de repulsivas.
—Sí —pidió—. Tráeme algo para pasar el rato hasta que salga mi amigo.
Se dejó caer sobre un cojín descolorido junto a la pared, bajando la mirada y maldiciendo en su interior. Siempre se juraba no volver y, con el paso de los días, siempre faltaba a su palabra. De nada servía recordarse que todo hombre que se preciara de tal condición se aliviaba con mujeres a cambio de dinero, desde el sogún al más pobre de la casta de los parias. Lo martirizaba haber sucumbido a su debilidad, pero solo ahora, después de haberla saciado. Demasiado tarde recordaba el ideal samurái de austeridad y sereno autocontrol y se arrepentía de su comportamiento. Si al menos fuera un samurái respetado, pensaba, tendría una imagen que mantener y una reputación que defender, y por eso mismo habría sido mucho más fácil imponerse a sus pasiones.
Mientras el daimio cumplía con su última residencia periódica en Edo, Tsuyoi había mantenido la esperanza de poder formar parte de su escolta de regreso a Shinano. Se había esforzado más que nunca en atender sus obligaciones, manteniendo en todo momento la actitud de sereno equilibrio y abnegada entrega propia de su casta. Pero, un año más, el comandante Toshimoto, su preceptor, le había negado el permiso. Según él, nunca estaba preparado. De nada servía destacar en el manejo de las armas. Una y otra vez, otros menos capaces eran promocionados, mientras que él seguía esperando. Según Toshimoto, siempre faltaba una virtud que adquirir, un aspecto de su carácter que mejorar, una lección que aprender… El daimio Muneaki ni siquiera sabía que existía.
¿Por qué debía seguir allí, en Edo, sin ninguna oportunidad de promoción? ¿Cuándo acabaría su interminable formación? En el pasado, muchos antes que él, con quince o dieciséis años, habían ganado la gloria. Su tiempo se agotaba y no había ni guerras ni otras oportunidades para destacar. Era un desconocido y así seguiría.
Por eso había perdido su equilibrio y autocontrol. Era prisionero de una vida carente de verdaderos estímulos. A este paso, moriría de viejo sin haberse enfrentado a muerte con ningún enemigo. ¿De qué servían las interminables jornadas de perfeccionamiento físico? ¿Por qué había que estudiar estrategia militar, equitación o esgrima? ¿A qué venía leer textos aburridos en el idioma de los Ming?
Aquella tarde, al concluir otra agotadora jornada de entrenamiento marcial, su amigo Oki había propuesto burlar las restricciones de Toshimoto y salir solos a la ciudad, ocultando su condición de samuráis.
Así que, nada más ponerse el sol, habían saltado el muro por el lado sur para dirigirse al populoso barrio de Sakai-chō. No era la primera vez. Oki frecuentaba aquella zona poco recomendable por el simple hecho de que era emocionante. En ocasiones, Tsuyoi lo acompañaba. Allí acudían cuando necesitaban desinhibirse y tenían el dinero suficiente para visitar los salones de té, jugar a las cartas o apostar en las peleas de gallos. Para Tsuyoi, había sido una liberación cambiarse de ropa y olvidar su nombre y condición. Libre de normas, exigencias o necesidad de autocontrol, perdido entre la muchedumbre que abarrotaba las calles estrechas y las barracas destartaladas, sin otro objetivo que buscar diversión. Eran dos espíritus jóvenes, anhelantes de emociones y poderosamente tentados a probar sus límites.
Pero ahora Tsuyoi se sentía sucio. Se había dejado arrastrar por Oki a aquel tugurio solo por satisfacer el impulso de romper con las barreras disciplinarias impuestas. En realidad, odiaba aquel sitio y odiaba a todos los que lo rodeaban.
Cuando la muchacha le trajo el sake, salió de sus cavilaciones y levantó la vista para observar a su alrededor. Mientras tomaba el primer trago, se percató de que debía ser ya muy tarde, pues los clientes empezaban a levantarse para regresar a sus casas. Muchos eran arrastrados por sus compañeros de juerga, tan borrachos que apenas se tenían en pie. Oki seguía sin aparecer. ¿Qué demonios hacía? ¿Se habría quedado dormido en el regazo de alguna de aquellas mujerzuelas? Tsuyoi chasqueó la lengua, disgustado. Esperaba no tener que volver a subir para buscarlo.
