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Al final de la Guerra de Secesión, en un minúsculo pueblo del Salvaje Oeste, Abigail y su madre son atormentadas por un terrible círculo religioso recién llegado. Un enigmático reverendo viene para imponer su fanatismo a base de versículos bíblicos y condenar a los infieles. Un oscuro secreto del pasado obligará a Abigail a reclamar una vida arrebatada. Un juicio impredecible la llenará de desilusión, brutalidad y depravación hasta el punto de cuestionar su propio código moral.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Amador Díaz Gervasio
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17897-84-0
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A mis padres, quienes me dijeron que la vida es demasiado corta para estar viviendo el sueño de otra persona, y por eso hoy he cumplido el mío.
A mi esposa, quien me enseñó a cambiar el mundo, aunque finalmente
fue el mundo el que me cambió a mí.
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«Si la esclavitud no está mal, nada está mal. […] Y, sin embargo, yo nunca he comprendido que la presidencia me confiera un derecho ilimitado para actuar oficialmente según este juicio y sentimiento. […] Afirmo que no he controlado los sucesos, pero confieso dolorosamente que los sucesos me han controlado a mí».
Abraham Lincoln a A. G. Hodges.
4 de abril de 1864
PRÓLOGO
Cuando la guerra de Secesión comenzó en abril de 1861, la relación económica global colapsó. Al principio, la Confederación esperaba forzar el ansiado reconocimiento de los poderes europeos al restringir la exportación de algodón, pero una vez que el sur entendió que esta política estaba destinada a fracasar porque el reconocimiento europeo no llegaría, la Unión bloqueó el comercio sureño por cerca de cuatro años. La hambruna del algodón, como llegó a ser conocida, creó una crisis global de materia prima del capitalismo industrial.
Años más tarde, a mediados del segundo año de guerra, se dio a conocer la Proclamación de Emancipación, que otorgaba libertad a todos los esclavos en áreas aún controladas por la Confederación. Los mosquetes confederados no pudieron contra los rifles de repetición de la Unión.
Algunos condados aún reclamaban y disfrutaban de la esclavitud para satisfacer sus tierras en pequeñas lagunas legales, lo que dio lugar a la Reconstrucción impuesta por el norte,donde garantizaban a los esclavos recién liberados los mismos derechos que la ciudadanía blanca.
Aquel movimiento del Gobierno no fue aceptado por el sur y se crearon diversas rencillas internas entre los estados confederados, provocando regiones inestables. En uno de aquellos estados se encontraba Oldwing, lugar donde el reverendocompendió en su persona el ardor evangelizador con la actividad social, donde comenzó a predicar, desde su púlpito, sermones abiertamente delicados sobre la creación de una nueva nación.
Una tierra de infieles, un lugar gobernado por el odio y por el puñal donde sus protagonistas anhelan continuar con vida un día más, pasando por circunstancias cuyas condiciones de supervivencia se vuelven cada vez más extremas.
Una historia que introduce una apreciable ambigüedad moral y donde se acompañará a los personajes por diferentes caminos y decisiones, las cuales nos mostrarán diversos puntos de vista que podrían llegar a causarnos tanto simpatía como grandes percepciones de esa característica picaresca del viejo Oeste. Se mezclarán sentimientos de amor y odio frente a los personajes más malvados y perversos, quienes, quizás (y por qué no), podrían llegar a convertirse en auténticos héroes.
Y, por si fuera poco, la extraña presencia de unas misteriosas criaturas hará que los protagonistas crean que se enfrentan no solo a sus enemigos más cercanos y adversos, sino también a fuerzas sobrenaturales que superan por momentos su razón y sus creencias.
AGRADECIMIENTOS
Cómo empezar…
A todos aquellos lectores de mis primeros borradores: Eva Maroto, Ángel Calvo, Mercedes Plaza, Blanka y Csongi Fülöp, Rubén y David Corroto… Y, si me permitís un inciso, en general a todos los Arrow. Sois muchos, demasiados como para nombraros a todos, pero si seguí escribiendo fue gracias a ellos.
Y, sobre todo, gracias a los ánimos de la familia Maroto, ya que, si seguí mejorando, fue por todas sus críticas.
Tampoco pueden faltar los consejos y alientos de toda la familia Sotero. Estoy orgulloso de ser uno de ellos.
Por otro lado, no podría olvidarme de mi otra familia cubana. Gracias a Romel e Yskra por sus reparos y apoyos.
Especial dedicación a Jorge González González por su gran patrocinio, a Ernesto el Sabio y también a nuestras excelentes colaboradoras Marta Cuchelo, por esas ilustraciones, y Ana Belén Rodríguez, por aquel poema con tanta elegancia.
Tampoco podemos olvidarnos de todos aquellos mecenas que siempre confiaron en el talento; de no ser por ellos, no tendríamos este libro entre las manos. Entre ellos están Jacuju, Juanitohijo, Sergio PM, Leti, Aarone, Gorjo Love, Yoerdani, David Calurano, Knpuma, Amparo Hernández Daza, Jose Manuel Barberá, Isaac Occam, Juan Pe, Mateo, TurboSpirit, Joan Pagès Fageda, Revok, Hurd4n0, Agata Pérez, joven e insensato Honrubia, Esther Cobo, Isabelle Roldan, Luis Díaz, Ana Isabel Gervasio, Adoración Díaz, Begoña Cáceres, Lidia Enciso, Rubén Álvarez, Loli Castaño, JMiguelpetit, Patricia Fernández Sánchez, Noite y Micke1980…
Por último, pero no menos importante, gracias a Conchi Peiró y a Leonor Mora.
Un placer compartir esta historia con todos ustedes.
Capítulo 1: La llegada
Me dio lástima mirar y ver cómo se apenaba al quedarse sola en la vida. Se quedó sola en su mundo, llorando de noche y de día. El tiempo todo lo puede y luego se va olvidando, pero nunca podré olvidar el valor de la joven Cassei, una inocente niña llena de vida, de energía y, sobre todo, de una gran inocencia. Con tan solo trece años presumía de unas largas trenzas de raíz rubias y de una dulce carita inmensamente apegada y cariñosa (claro, con quien ella aprecia y conoce), pero se sentía vulnerable e intimidada en un territorio desconocido, con adultos que poco o nunca ha visto. Igual que su madre, una hermosa mujer de treinta y un años con una figura esbelta de altura media. Siempre atenta a su familia y buena esposa, bien cuidada y acicalada. Sus ojos almendrados y aterciopelados de mirada tristona contradecían su amplia sonrisa de un intenso color rojizo y dientes blancos digna de una dama aristócrata, con un sedoso cabello tintado y recogido en un moño. Descendiente de una familia de buena reputación, ambas recibieron una excelente educación, aunque eso no les sirvió para estar preparadas ante una aventura que cambió sus cómodas vidas para siempre.
Se avecinaban tiempos modernos, un nuevo tratado del Congreso en Washington D. C. aludía que cualquier ciudadano podía adquirir hasta ciento sesenta acres de terreno por tan solo diez dólares por acre de pago en mano. Aquello provocó que mucha población de las ciudades se desplazase a las praderas, creando un movimiento bullicioso de colonización masivo que cambió las altas hierbas por cultivos y granjas llenas de piezas de ganado.
A ello había que añadir el «gran trato» que el Gobierno hizo con las compañías ferroviarias, con el que expropiaba todo terreno que estuviese a ambos lados de las nuevas líneas de ferrocarril para luego cederlo a empresas privadas y obtener un beneficio máximo del 100 %. Estas empresas privadas, incluso, podían revenderlos luego a nuevos colonos.
Así fue como multitud de personajes variopintos e individuos extravagantes iban llegando al pueblo; desde inversores, rancheros, tahúres y mineros hasta los médicos más prestigiosos de las universidades de las grandes ciudades de alrededor. Todos ellos buscaban proliferar en la pequeña (aunque en auge) Oldwing.
Sin más, Oldwing era un pueblo que destacaba por la homogeneidad que se extendía a sus gentes, generalmente de carácter muy conservador y muy suyos. Se encontraba a las faldas del Monte Evihan, con una gran superficie donde sus habitantes vivían muy desperdigados debido a las zonas montañosas y a los grandes lagos que albergaba. No obstante, el grueso del territorio estaba integrado por pequeñas casas y granjas de naturaleza similar que se intercalaban a lo largo de enormes llanuras. A su vez, un clima muy frío, con mucha nieve en invierno y templado en verano. Aun así, en otoño era todo un espectáculo presenciar in situ la caída y el cambio de color de las hojas de los árboles.
Washington D. C.
Enero, 1871
—Por favor, señorita Ming, disculpe que la interrumpa, pero… No se centre tanto en los detalles —dijo con solemnidad el magistrado—. Vaya directamente al grano. Y recuerde que está usted bajo juramento.
Me quedé unos instantes en blanco. Aquel lugar me hacía sentir incomoda. Quizás fuese la atenta mirada del jurado o quizás los nervios de testificar contra alguien que estaba sentado dos sillas a mi derecha. Aunque en aquella sala hacia bastante frío, una leve gota de sudor que no cesaba resbalaba por mi sien, empapando poco a poco hasta llegar al cuello. Mis manos delataban mi inquietud: necesitaba mover los dedos, entrelazarlos y apretarlos para mantener la calma. Las punteras de mis pies tampoco se quedaban quietas y temblaban constantemente apoyadas en la madera del estrado. Según avanzaba la mañana, mi lengua se iba soltando y, gradualmente, podía seguir contando lo sucedido con más naturalidad.
—De acuerdo, magistrado. Como iba diciendo —continué.
El 24 de diciembre de 1865 no fue un día alegre para ninguno de sus antiguos habitantes. Era mediodía, y el sol estaba en lo más alto creando una sombra alargada a lo largo de la calle principal. Era el funeral de Thomas Cassei, antiguo sheriff de Oldwing, muy querido por los pocos habitantes originales que aún quedaban en la ciudad, ya que, desde que cerró la mina, la mayoría de los habitantes migró a la ciudad de Pigstone mucho antes de la colonización masiva.
Ese día todo el pueblo estaba en la iglesia. No quedaban asientos libres en los bancos y la gente se apoyaba en las paredes. Esperaban la llegada del párroco para empezar la homilía, bendecir el féretro y realizar la misa. Ya venía con minutos de retraso cuando una voz afónica y áspera (que no era la del pastor) irrumpía a las puertas. El silencio se acentuó y resultaba incómodo mirar hacia atrás.
—Mucha prudencia con falsos profetas que vienen disfrazados de corderitos y que por dentro son lobos feroces. ¡Jesús es el pastor que cuida de vosotros y os protege de esos lobos! ¡Yo! ¡Yo soy su perro! El que devuelve a las ovejas al redil cuando se desvían del camino —hablaba con voz hosca—. Como algunos de vosotros.
Ocurría una pausa incómoda entre los asistentes a la iglesia. Sus miradas se cruzaban, pero nadie se movió de sus asientos. Las mujeres agachaban la cabeza y miraban de reojo la silueta de aquel hombre, que cada vez se adentraba más en la iglesia; los caballeros, con los sombreros en la mano apoyados en su pecho, miraban hacia atrás de forma inquietante. A cada segundo la silueta se dejaba ver más y más. Se podía observar un gran chaquetón negro y largo con forro de piel y detalles en cuero repujado; viejo, estropeado y lleno de polvo. Al llevar los botones sin abrochar, se podía apreciar un chaleco negro y una camisa gris con cuello de ópera levantado con un cubre cuello negro. Y a juego con la puntera de sus botas, un sombrero Stetson también negro con adornos dorados y de solapa ancha.
Poco a poco, el forastero alcanzó el final de la iglesia y subió el último peldaño que separa a los vivos de los muertos.
—Algunos de ustedes, seguramente, merecerían ir al infierno. De eso no me cabe duda. Incluso podría hablaros del infierno. —Acaecía una pausa discreta—. Podría hablaros del dolor, del sufrimiento. Seguro que todos habéis imaginado alguna vez cómo es aquello, ¡pero es mucho peor! —alzó la voz.
Por fin, la silueta dejó ver su aspecto. Su expresión era dura y sus ojos negros irradiaban una frialdad inusual. Tenía medio rostro cuarteado, media cara quemada, incluso uno de sus ojos era prácticamente opaco. Mostraba un pelo gris aplastado por el sombrero y un gran bigote que se unía con la barba de, al menos, seis días sin afeitar.
—Sea por casualidad o por haber sido elegido, todo hombre viaja hacia su ruina o hacia su salvación. El azar guía a los sordos y a los ciegos, aunque solo los elegidos escucharan la voz del señor, al igual que hice yo. Jesús se dirigió a mí: «Humilde siervo, echa aquí tus raíces, ya que esto es tierra bendita. Siembra cultivos, cría ovejas y construye para prosperar, ya que el centro de poder está en tus manos». Sin embargo, al presentarme ante vosotros en sagrado testimonio, veo la impureza extenderse como la obra del señor: la del Diablo, cuyas argucias y maquinaciones no esperan fin…
Aquel forastero se mostraba muy seguro de sí mismo, y daba la impresión de estar acostumbrado a ser el centro de atención. El pueblo lo observaba inquietante. Todos los ojos se movieron en su dirección. El silencio angustiaba.
—Debemos mantenernos firmes, eliminar a los conspiradores del Diablo que hay entre nosotros y poner en orden la casa del Señor —continuó hablando el predicador.
Durante varios minutos inquietantes, los hombres y mujeres empezaron a levantarse de sus asientos y, sin mirar atrás, salían de la iglesia.
—Solo os daré un consejo a todos aquellos que se marchan —sus palabras sonaron como un lastimero sermón—: ¡el camino es más fácil cuando vas hacia el infierno!
Al cabo de unos pocos minutos, solo quedaban dentro de la capilla la viuda Lucie y su hija, quien tenía enfundadas las manos en unos guantes de color gris roca, cruzadas la una sobre la otra y el rostro serio (aunque a la vez encantador) y ligeramente ladeado, atrayendo las miradas de todos los hombres próximos a ella que iban saliendo de la capilla. A su lado, su hija Abigail Cassei reflejaba en sus mejillas calidez (aunque poco color) y unos ojos verdes grandes, brillantes por culpa de las lágrimas de toda la noche llorando.
—No os preocupéis, estoy aquí para ayudar. —El predicador se acercó a ellas con una compasiva voz.
Hubo otro espeso silencio.
—Muchas gracias, pastor. —A Lucie le temblaban los labios y las palabras le salieron entrecortadas.
Abigail no paraba de mirar el rostro del forastero de forma discreta. Sus ojos eran puro hielo, su rostro mostraba tal frialdad que intimidaba con solo echarle una ojeada. Su piel era tosca y la parte de la cara que tenía cicatrizada era un vasto barbecho donde no crecía barba.
Tras unos instantes…
—No tengas miedo de mi aspecto, jovencita… —Se percató que Abigail, mirándole con los parpados entornados y con mucho detenimiento, le seguía la mirada.
—¿Quién es usted, señor? —preguntó con la voz quebrada la joven Abigail.
—He realizado un largo viaje para llegar a este pueblo. He venido a sustituir al anterior pastor. —Ambas asentían con la cabeza.
—Mucho gusto, padre. —Lucie acercaba su mano al predicador mientras se ponía de pie. Su mirada hacia él indicaba como si ya se hubiesen conocido de mucho antes. A ella no parecía incomodarle su aspecto, y mucho menos aún su actitud.
—Por favor, llámenme Fred.
—Reverendo Fred, ¿podría decir unas plegarias para poder llamar al sepulturero y enterrar a mi esposo? Me gustaría irme a casa pronto —dijo Lucie con voz entrecortada. Los ojos se le llenaban de lágrimas cada vez que lo recordaba.
El reverendo dejó caer la mano enfundada de la viuda Lucie y, con ligereza, se acercó al féretro. Con una breve y sutil zancada se colocó frente a las dos parientes.
—Señor mío, acepta nuestras súplicas. En sus manos dejamos esta alma. Dios todopoderoso, tú creaste el cielo, los mares, la tierra y todo lo que vive en ella. Acoge esta alma perdida para que pueda gozar de la dicha eterna.
A mitad de las plegarias, la puerta de la capilla se abrió de un golpe. El sepulturero irrumpió en la iglesia reclamando sus tres dólares por el trabajo a realizar por adelantado.
—¡Vamos aligerando, que aún tengo que recoger otros tres cuerpos en Pigstone! —comentaba jocosamente aquel hombre de pala en mano.
La mala educación de este hizo cabrear tanto a la viuda como al reverendo. El reverendo alzó una de sus cejas y miró de forma desafiante al sepulturero mientras apretaba sus puños, aguantando su cólera. El mismo sepulturero reaccionó al ver su cara.
—¡Maldita sea! ¡Pero qué lentitud, por Dios! ¿Es que nadie va a mover un dedo en este pueblo? ¿Qué os corre por las venas? ¿Zarzaparrilla? —seguía quejándose el sepulturero mientras salía de la iglesia agachando las orejas.
El enterrador se limpió con el antebrazo el sudor de su frente y, al ver tal reacción, abandonó la capilla.
—Señora, no se preocupe, ignore las palabras de ese paleto maleducado. Enterraré yo mismo a su marido —dijo el reverendo de forma caballerosa en dirección a la puerta de salida—. Os ayudaré con todo.
—De nuevo, mil gracias, señor —dijo Lucie.
—Señora —Se echaba una mano a la solapa del sombrero y bajaba la cabeza, desviando su mirada al suelo—, iré a buscar un carro para llevarnos a su marido.
* * * * *
No eran más de las seis de la tarde cuando el reverendo finalizó la sepultura clavando de un golpe seco la pala en el nicho y colocando en ristre la cruz sobre aquel montículo de tierra. La tierra estaba dura y poco húmeda para ser invierno. Aún no habían empezado las fuertes lluvias. El reverendo sin camisa no parecía un simple párroco; su cuerpo trabajado y herido por múltiples cortes y algunos agujeros de pólvora indicaban que no hacía mucho que Fred era un simple predicador del señor. Era difícil imaginar qué le podría haber ocurrido en su vida anterior a aquel hombre infeliz y qué le traía a este pueblo tan olvidado de la mano de Dios.
—¡Reverendo! —interrumpió Lucie.
—Por favor, insisto, llámenme Fred.
—Fred, es tarde. En breve anochecerá. ¿Por qué no se queda en casa esta noche? Tenemos varias habitaciones libres. Además, hoy es el día del Señor, teníamos pensado preparar un buen guiso para cenar —preguntaba Lucie simpáticamente.
—No, no se moleste, mi señora. Buscaré una habitación en la posada.
—Insisto, por favor. ¡Quédese! —volvió a hacer hincapié la viuda.
—Sí, por favor, quédese —insistía Abigail—. Hace un estofado con patatas buenísimo, para rechupetearse los dedos —volvía a corroborar.
—Es cierto, la salsa es una receta secreta de mi abuela, de generación en generación. No existe salsa igual en todo el condado.
—No le quito mérito, señora, pero no querría molestar. No dejo de ser un forastero que ha aparecido nuevo en el pueblo.
—Sí, señor, pero el único hombre con el arrojo suficiente para ayudarnos con el funeral, algo que agradezco de veras con todo mi corazón. —A Lucie se le amedrentaba el estómago ante tal verdad.
—Está bien, señora, si insiste tanto, habrá que probar esa vianda…
Capítulo 2: Negocios
Oldwing
Diciembre, 1865
El pueblo parecía proliferar, pues cada vez llegaba más gente al pueblo: la taberna estaba a rebosar de jornaleros sedientos, el hotel siempre estaba lleno, los dispensarios con escasez de productos por la gran demanda de los trabajadores y las prostitutas cada día más contentas, con tanto hombre no daban abasto. Como era de esperar por la reapertura de la mina, bandoleros y bandidos tampoco tardarían en llegar al pueblo.
En la hacienda Cassei, aparentemente, todo seguía igual que antes. La muerte de Thomas no había cambiado gran cosa, ya que, principalmente, era Lucie la que se encargaba de dirigir a los trabajadores. Ese mismo mes comenzaba la cosecha de los campos de algodón. Debería haber comenzado en noviembre, pero, por culpa de las lluvias, tuvo que retrasarse. Las plantaciones de la familia eran enormes y abarcaban gran parte del valle, lo que requería una gran cantidad de mano de obra.
Sin embargo, el éxito del cultivo de algodón requiere un largo período de mucho sol, precipitaciones moderadas y sin heladas. Podría considerarse la octava maravilla del mundo ver aquellos campos blancos creados por los brotes de pequeñas cápsulas ondulantes, casi hipnóticas, al movimiento del viento e intercaladas por jornaleros de color que recogen kilos y kilos al son del blues.
—Madre, aún tengo que ir a Pigstone a cerrar algunos asuntos de padre —habló Abigail.
—Está bien, hija. Que te acompañe César —dijo Lucie—. Estará en los campos. Búscalo y que vaya contigo.
—No es necesario, madre —dejó escapar un suspiro cansado—. Puedo apañármelas sola —insistía Abigail testarudamente.
—Prefiero que alguien te acompañe. Últimamente no es seguro salir sola, y mucho menos a las afueras.
—Está bien, aunque no volveremos tarde —dijo la joven soltando de nuevo otro suspiro.
—Abrigaros bien, el invierno está al caer —la increpó—. Hace mucho viento por los desfiladeros. Podríais coger un buen catarro. Aguadaros si os alcanza la lluvia —dijo Lucie al aire mientras la joven caminaba en el sentido de los campos de algodón.
Abigail y César partieron hacia Pigstone en dos yeguas de color alazán (mezcla entre matiz dorado y canela) con las crines y la cola con tonos pelirrojos. En realidad, con un tono más tostado al anterior, semejante al color del café, pero con bandas bronceadas hacia ijares y muslos.
César era un jornalero de color de unos cincuenta y nueve años, pelo rizado y blanco por las canas debido a la avanzada edad y una actitud muy amigable y servicial, siempre sin levantar una palabra más alta que otra. Estaba asalariado por cuatro dólares al día junto a otros tantos para mantener en pie la hacienda abanderada por la familia de Lucie…
—Señorita Abigail, ¿qué tarea prefiere que hagamos primero? —preguntó César desinteresadamente mientras iban al paso de camino a Pigstone.
—Creo… Creo que deberíamos dividirnos para aprovechar el día. Yo me encargaré del pago del funeral de padre y otros encargos menores de madre.
—Está bien, yo realizaré la devolución de las piezas de ganado enfermas que compró su padre para el rancho antes de morir —confirmaba César.
—Recuerda que te devuelvan el dinero por las que llegaron muertas —añadía Abigail.
—Sí, no se preocupe señorita, tengo el recibo de venta aquí mismo.
El viaje a Pigstone no fue largo. En menos de dos horas estaban a la entrada de la bulliciosa ciudad. Aunque fue raro no encontrar nadie por las calles ni tierras del lugar. Abigail y César no le dieron importancia y se separaron. César se desvió de la calle principal y dejó continuar a Abigail hasta la plaza del pueblo.
—Quedaremos aproximadamente en dos horas en este mismo lugar, señorita Cassei —confirmó César mientras se distanciaban.
—Muy bien, César. Aquí estaré —dijo firmemente Abigail.
—No se retrase, ya sabe que a su madre no le gusta esperar. Y no quiere que estemos lejos de casa tanto tiempo —hablaba a media voz César.
—No se preocupe, César, seré puntual —dijo ella con un tono coloquial.
* * * * *
En mitad de la plazoleta, al otro lado del teatro y enfrente de la casa de cambio, junto al aserradero, empezaba una ejecución de rufianes y cuatreros, de modo que la plazuela estaba abarrotada. La gente se arracimaba lo más cerca posible del altillo. El olor a muerte se podía apreciar en el ambiente. Los pobres condenados tenían la soga al cuello, las manos atadas a la espalda y, con las puntas de los pies, tocaban el patíbulo que mantenía en vilo sus vidas. Con desprecio miraban las caras de la muchedumbre, excepto uno de ellos, que empezó a hablar al público:
—¡Damas y caballeros! —El silencio cogió fuerza—. Solo quiero decir que… Estoy aquí por no haber matado a la persona que lo merecía. No es por fanfarronear, pero veo entre el público a gente mucho peor que yo. —Se lamentaba uno de los «desperados» mientras intentaba aflojarse la cuerda del cuello—. ¡Personas más miserables! ¡Ratas! Pero aun así, por favor, eduquen bien a sus hijos. Conmigo ya no hay solución. No dejen que se vayan con malas compañías al igual que hice yo, pues eché mi vida a perder.
Después de acabar su discurso, aquel rufián secó como pudo las lágrimas de sus ojos restregándose con el hombro de su austera camisa. A los pocos instantes, el verdugo le tapó la cabeza con un fardel de tela sin ajustar el cordel. A continuación, otro de ellos empezó a hablar.
—Yo solo estoy aquí por acuchillar en el saloon a un mesero por culpa de una botella de brandi —hablaba aún beodo otro de los cuatreros—. Lamento lo que hice, pues no era yo, era el alcohol. —El embriagado cerraba sus ojos con fuerza y, a su vez, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Automáticamente, el verdugo cogió otra talega del suelo preparada a sus pies y, con las mismas, tapó su cabeza casi sin dejarle acabar aquel discurso. Junto a él, colocó al resto de los acusados, menos al último.
Apartando la vista, se podía ver a Abigail mezclada entre la muchedumbre que observaba a los cuatreros moviéndose de un lado a otro, escabulléndose entre la gente.
—Perdone, señora, ¿podría indicarme quién es el sheriff? —preguntó Abigail a una de las mujeres que asistía como público en la ejecución.
—Jovencita, el marshall es aquel, el del bigote alargado —contestó.
Con la misma discreción, Abigail empezó a moverse juiciosamente entre la aglomeración apartando con sumo cuidado a las personas que se interponían en su camino para no molestar a nadie.
Finalmente y por sorpresa, un chasquido de tablas hizo asombrar al público expectante. El suelo cedió y el cadalso de madera se abrió dejando colgados a los cinco acusados, únicamente sujetos por la soga al cuello. El pequeño tirón del nudo rompió las dos primeras vértebras de los cuatreros, provocando una lesión medular irreversible. Aunque no había asfixia, la soga impedía la circulación sanguínea. La presión de las venas quedaba interrumpida por la cuerda de retorno. Todos tenían la cabeza tapada excepto el Holandés, en el que se pudo observar cómo sus ojos se hinchaban y se creaba un tono azulado en su rostro.
Desde ese momento, dio comienzo el «baile» —o así lo llamaban en las grandes ciudades—, cuando el ahorcado sufría movimientos convulsivos incontrolables. Los individuos sacudían las piernas insistentemente buscando un balance constante y un apoyo. En algunos varones era usual que la presión de la cuerda produjese una erección y mandase un fuerte estímulo al cerebelo, provocando así una descarga de orina o incluso semen. Finalmente, las arterias se comprimen y en el fallecido se desvanece aquel color azulado y aparece un tono más pálido. El Holandésera bastante más alto que el resto y su columna vertebral se desencajó y se abultó sobre la espalda al rebotar contra el suelo una vez había cedido el patíbulo.
Aquel acto fue impúdico, aunque a su vez atrayente. Abigail, con disimulo, aprovechó el asombro y el aplauso del gentío para interrumpir al marshall tocando su hombro.
—Señor, disculpe. Vengo a pedirle ayuda. —Abigail lo miraba con una mirada enternecedora, intentando dar algo de pena.
Los ojos del marshall radiaban felicidad, aunque sus arrugas tapaban su entusiasmo, el cual desapareció por completo al escuchar la voz de la joven Cassei.
—¿Quién eres, chica? —preguntó fugazmente el marshall.
—Soy hija del sheriff Tom Cassei, asesinado hace unos días por un mal nacido francés al que llaman Cható.
—Sí, oí hablar del caso —confirmaba el agente de la ley—. ¿Tú eres su hija? Te creía más mayor. ¿Qué haces sola tan lejos de casa?
—¡Quiero que se haga justicia! —dijo mientras chocaba el puño derecho con su mano abierta—. Necesito su ayuda.
—Eres una cría —dijo firmemente el marshall—. Lo siento, chica, no puedo ayudarte. Tengo entendido que el Cható huyó del condado buscando refugio en las grandes montañas humeantes, y allí no tengo autoridad. Es una reserva india. No hay quien se atreva a acercarse por allí.
—Pero sabría de alguien que pueda ayudarme a buscar a ese hombre, ¿verdad? —preguntaba la joven Abigail con más entusiasmo que vergüenza.
—¿Sin dinero de por medio? —Se reía el marshall—. No lo creo.
—Tengo dinero —se molestaba Abigail metiéndose rápidamente la mano en los bolsillos de la chaqueta.
—¡Valeee! —El marshall apoyó sus manos en la joven—. Cálmate, chica. Te diré quién puede ayudarte. —El marshall echaba la vista al cielo intentando recordar—. Si lo que codicias es cogerle vivo y cobrar una recompensa por él, el mejor alguacil autorizado y con jurisdicción sería Jacobo Beans, mitad piel roja mitad mejicano. Dicen que su padre era indio y es un buen rastreador. Es todo un espectáculo verle trabajar.
Abigail escuchaba al marshall mientras, impaciente, vigilaba sus alrededores…
—Si, por el contrario, lo que quieres es verle muerto y bien muerto, quizás te interesaría contar con Sam el Buitre. La verdad es que ya está algo añoso y bastante seboso, aunque siempre ha hecho bien su trabajo. Lástima me da su caballo cuando tiene que galopar. —Se reía con maldad el marshall.
A Abigail no le convencía ninguno de los alguaciles y se exasperaba. Se le echaba el tiempo encima…
—Aunque, sin duda, el que mejor te podría ayudar es Duke Lafayette. Se conoce bien aquella zona, e incluso habla una de las lenguas álgicas. Le podrás encontrar beodo cerca de la funeraria. Siempre anda husmeando por la trastienda de ultramarinos por si cae algo de comer. Solía tener la mejor puntería del condado, o eso dicen las leyendas. Podía agujerear una moneda al aire y guardar la pistola antes de que esta caiga al suelo. Pero ya es un viejo cascarrabias. Yo solo te aviso, porque no tiene muy buena educación y no creo que te haga demasiado caso.
—Gracias, marshall —dijo agradablemente Abigail.
—Un placer. Y recuerda, no es más que un borracho.
Abigail miró al cielo y por la posición del sol calculó la hora. Era bastante tarde y aún tenía que ir a la funeraria a pagar las deudas de la muerte de su padre antes de que César llegase.
A las puertas de la funeraria, Abigail se echó las manos a los bolsillos metiendo la mano bien al fondo, comprobando una vez más que seguía teniendo todo el dinero que necesitaba para los recados en su poder.
—Hola, buenas tardes. ¿Hay alguien ahí? —Abigail preguntó a un tipo que estaba de espaldas en la funeraria.
—Hola, joven. Cuénteme qué desea —dijo aquel hombre al girarse.
—¿Es usted el regente de la funeraria? —preguntaba la joven Abigail.
—Sí, señorita. Dígame qué desea —contestó.
—Vengo a saldar la cuenta de mi padre, Thomas Cassei —dijo ella firmemente y sin discreción.
—Sí, un momento por favor —dijo mientras buscaba su cuaderno—. Aquí lo tengo. Veamos… Sí, aquí esta —aquel hombre se colocaba los anteojos—. Bien, por el ataúd son ciento veinte dólares; el servicio de transporte son veintisiete dólares y el trabajo del sepulturero dieciséis dólares. En total son ciento sesenta y tres dólares, más intereses, ciento setenta y un dólares. ¿Cómo saldará la cuenta, señorita? ¿En pesos o en dólares?
—La cuenta no está bien, caballero, ya que no hubo trabajo del sepulturero —Abigail no se dejaba amedrentar y el hombre empezaba a exacerbarse.
—Eso no puede ser, chica. Yo mismo le envié con el carro —achacaba el funerario.
—Le pagaré cien dólares por la caja y veinte dólares más por el transporte —Abigail desafiaba al dueño del local.
—Que insensatez, niña. ¿Dónde está tu madre? —El funerario parecía incomodarse ante la necedad de la joven—. ¡No hago tratos con niñas!
—Siento comunicarle, señor, que mi madre no ha venido ni vendrá. Ella no tiene buena mano para los negocios y aún está en shock por la muerte de padre.
—¡Estupideces! Quiero hablar con alguien que mida más de metro y medio. —levantó la voz el funerario girando la cara con exasperación.
—Lo siento, caballero. En ese caso, no podremos cerrar la cuenta. —Parecía que la joven sabía moverse.
—Bien, pues en ese caso, el precio por todo son ciento setenta y un dólares. —El caballero repetía el mismo importe una y otra vez.
—Señor, no le pagaré más de ciento veinte dólares por todo. Además, ese ataúd ni siquiera es de buen material —dijo la joven.
—Eres una chica testaruda. Está bien. Ciento veinte dólares por el ataúd y veintisiete dólares por el transporte. —El hombre empezaba a perder la paciencia—. No bajo más.
—Esta es mi última oferta. Le ofrezco cien dólares por el ataúd y veinte por el transporte o el próximo día volveré con una bonita demanda de nuestro letrado por intento de engaño y fraude. —Abigail alzaba la voz sin llegar a gritar, aunque con voz firme.
—Maldita seas, chica. Está bien, está bien. Aceptaré esos ciento veinte dólares —decía a regañadientes —. Más impuestos, claro.
—Sin impuestos y trato hecho.
Cuando Abigail cerró el trato con la funeraria, fue a buscar al tal Duke Lafayette por los rincones de la ciudad hasta que, al final, dio con él. No fue difícil, pues aquel hombre estaba donde el marshall dijo que estaría. Aquel lugar parecía un estercolero, lleno de ropa vieja, multitud de botellas de whisky vacías y restos de comida por todo el suelo.
—¿Señor Lafayette? —interrumpía Abigail con su dulce impertinencia al beodo que reposaba entre la tienda de ultramarinos y las letrinas públicas.
El caballero abría un ojo mientras apartaba con un solo dedo el sombrero de su cara. «¿Qué será este mal olor?», pensó ella.
—¿Qué quieres, chica? —contestó mientras se incorporaba en una postura más vertical.
—Señor Lafayette, llevo horas buscándole —dijo la joven famélica.
—Enhorabuena, me has encontrado. ¡Ahora láááárgate! —Lafayette hablaba con desprecio a la joven.
Sin dar mucha importancia, Abigail insistía.
—He venido a buscar sus servicios —dijo ella mirándole directamente a los ojos, aunque él apartaba su mirada.
—Lo siento, pero no puedo ayudarte, chica —decía con voz ronca mientras pegaba un pellizco al tabaco de liar.
—Señor, necesito hablar de negocios con usted. —Ella entrelazaba sus manos y se las acercaba a la cara con aire de desesperación—. Necesito su ayuda.
—No me interesa —decía Lafayette en susurros, como si eso importase algo.
—¡Tengo dinero! —Enseñándole una bolsita llena de monedas.
Lafayette levantó levemente la vista del tabaco de liar y la miró fijamente, frunciendo el ceño. Su aspecto desaliñado no era el de un hombre cuerdo; más ebrio que el corcho de una botella, vestía con ropa interior blanca, mohína, como si de un pijama se tratase, con un color más que amarillento por las manchas. El hedor que desprendía a licor no era mucho mejor que el olor de sus pies. Calzaba unas botas desgastadas por el paso de los años y un sombrero bastante estropeado. Aún llevaba en la solapa la chapa de «alguacil cazarrecompensas» que le otorgaron hace quince años. Por el color de su barba, más pajiza que grisácea en la parte superior del bigote debido al vicio a la cerveza, se apreciaba que la vida no le había tratado muy bien estos últimos años.
—Mi tarifa vale más que lo que tienes ahí, chica —rezongó él.
—Puedo pagar lo que pida. —Le arrojó un pequeño zurrón de monedas al pecho.
A su vez, Abigail recogía del suelo el chaquetón de Lafayette que utilizaba para arroparse mientras dormía y lo sacudía. Lafayette movía la escarcela llena de monedas de arriba abajo, calculando a ojo y por el peso el valor de la bolsa.
—No tengo tiempo, chica, lo siento. —El beodo le devuelve el dinero lanzándoselo al suelo—. Tengo otros asuntos entre manos —dijo el alguacil mientras se daba la vuelta y hacía aguas menores junto a la letrina, ni siquiera dentro de ella.
—¡Qué asuntos! ¿Estar todo el día ahí tirado malgastando su tiempo? —acusaba ella.
—¡Mis propios asuntos! —Gargajeaba y escupía al suelo a su vez.
—Ya lo dijo el marshall, no es más que un viejo tullido y borracho que no puede ni mantenerse a sí mismo. Muestra usted una estampa detestable. ¡Qué vergüenza! —decía Abigail mientras colocaba cuidadosamente el abrigo limpio en el bordillo, donde tenía el alguacil recogidas todas sus cosas. Con disimulo, recogió el dinero del suelo y deshizo el camino por donde vino.
Aquella frase le rompió al alma. Aunque seguía ignorando a la joven, recordó aquellos tiempos donde era alguien, un buen hombre que ayudaba al pueblo. Durante unos instantes no alzó la cabeza. Ni siquiera siguió liándose aquel cigarrillo. De nuevo, con un solo dedo elevó el sombrero y se metió de un golpe brusco el cigarrillo a medio liar en su boca torcida.
—Cuando el odio nos nubla la razón, confundimos venganza con justicia, chica —dijo resignado Lafayette.
Abigail, enajenada, se dio la vuelta y lo miró. Una pequeña muesca en su cara se convirtió en una alargada sonrisa, que rápidamente hizo esfumar para no parecer ansiosa.
—Necesito atrapar a alguien —comentó ella.
—Ya imagino. ¿Quién es ese paleto? —dijo Lafayette mientras volvía a escupir deplorablemente a los pies de la joven.
—Le llaman Cható. —Miraba ella con cara de asco—. Asestó a mi padre un disparo por la espalda mientras impedía un robo en Oldwing.
—¿Y por qué no pides ayuda a las autoridades locales? —preguntaba él.
—Porque escapó el muy cobarde hacia las montañas humeantes —afirmaba la joven.
—Vale, de acuerdo —dijo el pistolero borracho mientras abría sus manos y contaba con los dedos—. Mmm… La mitad del dinero ahora y el resto al finalizar el trabajo. Lo necesitaré para comprar munición, víveres… —dijo intentando engañar a la joven.
—¡No! —alzaba la voz—. Lo quiere para bebida y tabaco.
—¡Señorita Abigail! —sorprendía César en la conversación.
El siempre fiel amo de llavesde la hacienda Cassei interrumpía en los asuntos de la joven.,
—Hola César. —Ambos se miraron incómodamente—. Ya tengo todo el papeleo arreglado. Podemos volver a la hacienda cuanto estés listo.
—Sí, deberíamos volver a la hacienda antes de que caiga la noche. Su madre estará preocupada. Traeré los caballos —comentaba César mientras se daba media vuelta.
—Por favor, señor Lafayette. Considérelo… —decía Abigail en voz leve mientras se montaba en su corcel.
Capítulo 3: Una buena acción
Oldwing
Febrero, 1866
—«¡Escupideras y orinales! ¡Las mejores escupideras en los almacenes Owen & Claw! ¡Todo a mitad de precio por nueva apertura!» —Se apreciaba a lo lejos.
El sol salía pronto en la pequeña pero en constante crecimiento Oldwing. Los edificios bajos dieron paso a tiendas y posadas más altas. Los jardines y calles anchas habían sido sustituidos por callejuelas y puestos de vendedores ambulantes. Las avenidas estaban abarrotadas de trabajadores y comerciantes. El valle se sentía vivo, pues asiduamente se oían cascos de caballo y gritos de gente y los callejones más estrechos olían a cerveza y a brea. Decenas de carretas y peatones se adueñaban de la calzada.
No sería más tarde de las nueve de la mañana. Aparentemente, cuando el reverendo Fred paseaba apaciguadamente con los brazos cruzados a la espalda observando los alrededores y disfrutando de la inimaginable belleza que rebosaba en el pueblo, era otro día tranquilo.
—¡Pum! ¡Pum! —Sendos escopetazos rompían aquella armonía sincronizada, entre martillazos de los obreros y los voceos de los tenderos, sonido que escapaba entre el camino de la casa de Jenkins y la taberna.
Aquellos disparos hicieron llamar la atención del reverendo, quien se salió del camino empedrado en busca del alboroto. No tardó en encontrar el origen.
—Vaya, parece que el Señor nos bendice con un nuevo y perfecto día. —El reverendo llamaba la atención con sus manos en alto.
—Buenos días, reverendo —saludaba el viejo Jenkins desde la distancia.
Aquel hombre debía medir más de metro ochenta y era bastante corpulento, aunque ya de avanzada edad. Podía observarse el deterioro de sus manos debido al trabajo en el campo. Su cara mostraba tal rabia que un mínimo despiste podría hacerle salir de sus cabales, si no lo estaba ya.
—¿Qué está haciendo? Diría que está disparando a sus propias gallinas, pero… —El reverendo alzaba sus cejas—. ¿Qué le perturba?
—Nooo, —negaba con sarcasmo—. No disparo a mis gallinas. Disparo al hijo de la gran puta escurridizo ladrón de huevos que se esconde ahí dentro con ellas.
—¿Está usted seguro? Quizás sea un animal salvaje —preguntó el reverendo.
—No es la primera vez que lo veo. Sé que está ahí. No puede ser un animal, es un hombre. No puedo perder más huevos. Bastante arruinados estamos ya. ¡Pum! —Otro disparo más. Jenkins no quitaba ojo a la puerta del cobertizo—. ¡Sal de ahí, maldito hijo de puta borracho!
—Y… ¿No va a perder más huevos y gallinas cada vez que dispara? —intentaba convencer al viejo Jenkins.
—Un hombre debe conservar sus principios, ¿sabe? —explicó.
—Quizás ya se haya ido —insinuó el reverendo.
—Nooo, no. Sigue ahí, el muy zorro.
—Por favor, déjeme esto a mí. —El reverendo se acercó al viejo Jenkins y apartó el cañón del mosquete Enfield de aquel cobertizo minúsculo con sumo cuidado.
—No le conviene involucrarse, padre —añadió Jenkins con la boca torcida.
En ese instante, Jenkins sacó una cajetilla de cerillas (cuya estampita trasera tenía un bonito dibujo hecho a mano prácticamente borrado) y prendió uno de los fósforos.
Fred lo miró firmemente y repitió:
—Insisto, déjeme esto a mí.
El reverendo se arremangó de un fuerte tirón los pantalones y, paso a paso, se adentró con delicadeza en el cobertizo de las gallinas del señor Jenkins.
—Maldita sea, Jenkins, esto está asqueroso. Debería limpiar más a menudo este lugar ¿sabe? Verá como sus gallinas no enferman tanto. —La voz se perdía entre los cacareos de aquel chamizo de madera repleto de gallinas.
«Será posible, ¿dónde se habrá metido?», pensó él mientras pisaba aquel pegajoso suelo. Al fondo del cobertizo, tras unas maderas, un joven agazapado se escondía de los disparos del viejo. Solo dejaba ver sus ojos, aunque volvió a esconderse al ver cómo el reverendo se adentraba en el cobertizo.
—So-solo iba a coger un huevo. —Asustado, le daba explicaciones al reverendo mientras alzaba una de sus manos con un huevo en la mano.
Su mirada permanecía gacha, sus manos aún temblaban y a cada disparo de mosquete le titilaban las rodillas. Por su estatura, el joven no tendría más de nueve años. Sus ropas indicaban que llevaba tiempo viviendo en la calle. No llevaba zapatos y tenía el pelo muy sucio. El color hollín de su cara exteriorizaba que realmente se buscaba la vida por sí mismo.
—Sigue agachado muchacho —hablaba en voz baja el reverendo al jovencito. A su vez, agitaba la mano de arriba abajo indicando que se mantuviese en su sitio.
—¿Le he dado? —preguntaba a voces desde fuera el viejo.
—¡No! —contestó Fred también a voces medio agachado. El techo era tan bajo que prácticamente tocaba con la cabeza.
—¿Qué? —contestaba el viejo—. ¡¿Que si le he dado?! —volvía a gritar. Aquel hombre tenía el oído fatal. O quizás fuese el ruido del mosquete.
—¡No! Y no es un hombre… ¡Es un chico! —voceaba Fred.
—Bueno… —dijo dubitativo el viejo—. Si tiene edad para robar, la tiene para afrontar las consecuencias.
Aún con los pantalones arremangados, continuó avanzando por la gallinácea hasta la salía del cobertizo, esquivando los comederos llenos de grano y las maderas caídas de la cochambrosa tenada. Al llegar a la tranquera, asomó los brazos para evitar que el viejo les disparase y avisó de que iban a salir.
—¡No dispare! ¡Vamos a salir! —dijo.
—De acuerdo, no está cargada —contestó el viejo.
—¡Chico! Ya puedes salir.
Una vez fuera del cobertizo, Fred alargó su mano para ayudar a salir al joven de la tenada y, a su vez, apoyó su otra mano en el hombro de Jenkins.
—«Bienaventurados sean los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia». Deje ir al joven. Ni siquiera le ha salido pelusilla en los huevos —comentó.
—¡Maldita sea, padre! —se enfurruñaba el viejo Jenkins—. Sabe que no puedo dejarle ir. ¿De verdad me lo está pidiendo?
—Si lo hace, Dios agradecerá de por vida su buena actitud.
—¿Me está diciendo que lo único que ganaré si no mato a ese maldito ratero será no ir al infierno? —replicó el viejo.
—Correcto, señor Jenkins.
—No me convence. ¿Qué más recibiré?
—Aparte de la salvación imperecedera… —Se reía el reverendo—. Igual puedo conseguirle un trato con algún proveedor de la zona para que pueda sacar adelante su negocio y no se le estropee la mercancía…
—Mmm, su argumento, predicador, sigue sin convencerme. Pero confío en su palabra. Trato hecho —dijo mientras entrelazaban sus manos.
El reverendo acompañó al joven de vuelta a casa. Durante todo el camino hacia las afueras de la ciudad, la situación fue algo incómoda, pero el reverendo acabó sermoneándole para aconsejar al joven que no se metiese en más líos.
—Gracias por acompañarme, padre. Hemos llegado. Yo vivo aquí. Y gracias por su ayuda.
El joven comenzó a alejarse.
—¿Aquí? Yo no veo ninguna casa donde vivir.
—No he dicho que la hubiera. —Bajaba la cabeza ruborizado el joven.
—No hay de qué avergonzarse. Pásate por la iglesia mañana, damos de comer después de la misa de las doce —comentaba Fred tocando la cabeza del joven.
—Gracias, padre. Pero prefiero vivir en el campo y pasar hambre a que nadie me diga cómo y dónde tengo que vivir… —El joven fruncía el ceño.
—Tranquilo, no somos ese tipo de iglesia —dijo mientras se metía las manos en los bolsillos.
A su vez, empezó a rebuscar en estos y sacó dos huevos en la misma mano, entre los dedos. El joven quedó estupefacto con la mirada fija en los huevos, pendiente de que no cayesen al suelo.
—¿Los ha robado del corral de ese viejo? —El joven seguía enajenado.
—Todos somos parte de Dios. Yo no lo llamaría un hurto. Yo solo he cambiado estos huevos de mano —contestó—. ¡Toma!
—Lo siento, pero no acepto caridad —añadió el joven exasperadamente.
—Ni yo la ofrezco, es solo un trueque por escuchar lo que voy a decirte —así conseguía evadir al joven.
Tras unos instantes de desconcierto, el joven alargó la mano.
—De acuerdo… Suelte el sermón. —El joven dejó escapar un suspiro.
—Bien, escucha bien lo que voy a decirte. La próxima vez no te conformes solo con dos huevos. Usa la inteligencia. Planea una fuga, haz algo de ruido y coge directamente una gallina. Pura supervivencia —sermoneaba el reverendo.
—De acuerdo —dijo mientras se le escapaba una leve mueca que rápidamente se convirtió en una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ah! Y luego esparce algo de sangre, plumas y barro antes de irte. Así una alimaña cargará con la culpa.
Cuando el joven se estaba despidiendo de Fred, vieron cómo alguien corría hacia ellos incesante por el camino lindante a los cultivos, levantando las manos agitadamente.
—¡Reverendo! ¡Revereeendo! —gritaba desde lejos acercándose.
El joven miró al reverendo y este le devolvió la mirada. Aquel hombre corría como si su vida dependiese de ello. No era un clérigo ni un alguacil. Con las mismas, ambos fueron acercándose lentamente hacia el caballero que correteaba hacia ellos.
—Cuénteme qué le ocurre, buen hombre —contestó el reverendocon buenos modales.
—Han sido esos malditos indios. Han encontrado la diligencia de una familia de buena reputación. Muertos todos ellos, señor. Algunos decapitados. No cabe duda de que han sido indios.
—Llévame hasta ellos —comentaba el reverendo con voz firme.
—Sí, ya han partido unos pocos hombres hacia allí. Debió ser en la noche —añadió aquel hombre.
—Por favor, señor, déjeme ir con ustedes —insistía el joven mientras agarraba del hábito al reverendo.
—Lo siento, un niño no debería ver estas cosas. Vámonos —añadía el reverendo.
Aquel hombre y el reverendo se dirigieron caminando a paso rápido por el camino del sur. No tardaron en llegar al lugar del suceso, a pocos metros de la salida del pueblo.
Todos allí rodeaban el lugar del crimen. Tanta aglomeración de gente no dejaba ver lo sucedido.
—¿Alguna novedad por aquí? ¿Habéis avisado al sheriff? —preguntaba el reverendo mientras se asomaba al gentío.
