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Soy Peter Berger, capitán de la Gestapo. Estoy en peligro. No sé bien quién soy, mi mente se niega a revelar mi pasado. Esta información es la única información que poseo. Desconcertado y asustado debo emprender la huida y descubrir mi identidad. Soy Peter Berger, capitán de la Gestapo en Múnich. Esta información puede parecer insuficiente para conocer a una persona, pero en mi caso es la única información que poseo. Me desperté en una habitación extraña rodeado de desconocidos. Mi mente se negaba a contestar a las preguntas más sencillas ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? La única pista que me indica donde me encuentro son los carteles que empapelan los edificios. Un individuo aparece en todos ellos, un nombre se repite: Adolf Hitler.
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Seitenzahl: 278
Veröffentlichungsjahr: 2015
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LUIS GUERRA
Colección: Novela Históricawww.nowtilus.com
Título: El verdugo de la Gestapo Autores: © Luis Guerra
Copyright de la presente edición © 2015 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3.º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Elaboración de textos: Santos Rodríguez Revisión y adaptación literaria: Teresa Escarpenter
Responsable editorial: Isabel López-Ayllón Martínez Conversión a ebook: Paula García Arizcun Diseño de cubierta: Universo Cultura y Ocio
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN Edición impresa: 978-84-9967-692-0 ISBN Impresión bajo demanda: 978-84-9967-693-7 ISBN edición digital: 978-84-9967-694-4 Fecha de publicación: Marzo 2015
Depósito legal: M-4967-2015
A Olga, Álvaro y Naiara
Ser una víctima no te convierte en inocente.
Cuando intento recordar cuál fue la primera sensación que me asaltó al despertarme aquel día, a mi mente sólo acude una palabra: dolor. No se trataba de un leve malestar del que uno se libra con una rápida visita al escusado, ni un fuerte dolor de cabeza que atajar con analgésicos. Mi cuerpo se revelaba con auténtica furia, como si estuviese enfadado conmigo por algún motivo, si era así, tenía que ser un asunto muy serio. No podía pensar en nada que no fuese el sufrimiento que estaba padeciendo, era consciente de que intentar cualquier movimiento resultaría una tarea casi imposible. Entreabrí un instante los ojos y la luz que alcanzó mis pupilas se añadió a la larga sinfonía de dolor en la que se había convertido todo mi ser. Comprendí que de momento lo más sensato era permanecer a oscuras, no sabía si podría soportar más dolor, ya tenía el suficiente.
Cuando mi cerebro consiguió librarse por un instante de la información que le suministraba el sistema nervioso, oí una voz femenina que tarareaba en voz baja una alegre canción. La melodía llenó todo mi ser, como si hubiesen abierto las compuertas de una presa, aquel sonido inundó cada rincón de mi cuerpo. El dolor se amortiguó, se volvió lejano, casi como si fuera a desaparecer. Por un momento pensé en volver a abrir los ojos, observar a la persona que había conseguido con su voz aliviar mi sufrimiento. La idea no obtuvo la autorización del cuerpo, no estaba dispuesto a añadir más padecimiento al ya acumulado, por lo cual me obligó a permanecer inmóvil escuchando la melodía.
La canción cesó abruptamente haciendo que la atroz realidad me golpeara con fuerza. Quise concentrarme en el exterior, olvidarme de mi ser y recopilar cualquier información que captasen mis sentidos para entender qué sucedía. Esos sentidos que debían ayudarme se aliaron para aturdirme con nuevas oleadas de martirio. No podía pensar con claridad, todo lo que obtenía de mi cerebro era información de mi cuerpo.
—¿Alguna novedad?
Aquellas palabras llegaron hasta mí sobresaltándome, mi corazón bombeó con tanta fuerza que pude sentir su potente latido en el pecho. A pesar de mi estado pude discernir que el sonido que acababa de escuchar era demasiado grave para ser el de una mujer.
—Aún no, ¿cree usted que despertará pronto?
De nuevo volví a oír el timbre de voz que había aliviado momentáneamente mi tormento. Deseaba con toda mi alma que siguiera hablando, parecía que ella poseía el único bálsamo que aplacaba mi enardecido cuerpo. Busqué dentro de mí las fuerzas necesarias para actuar. Necesitaba hacer algo, no podía permanecer quieto. Por fortuna encontré la energía suficiente para modificar mi comportamiento. Negándome a ser vencido por las punzadas que me recorrían la espina dorsal abrí los ojos.
La claridad atravesó mis pupilas cegándome, parpadeé con rapidez mientras notaba las lágrimas brotar como respuesta ante aquella agresión. Tras unos segundos agónicos, no sólo por las molestias oculares, sino por la impaciencia de descubrir qué había más allá de mis acuosos ojos, mi vista se acostumbró a la luz. Ante mí se presentó la blancura de un techo. Si una persona quiere hacerse a la idea de cómo es un lugar, debería mirar hacia arriba, nada mejor que comprobar las manchas de humedad para llevarse una impresión exacta del sitio que está visitando. En mi caso pude comprobar que el moho estaba ganando la batalla a las capas de pintura, el blanco de antaño se iba transformando en un marrón tenue que certificaba el paso del tiempo. Con el mero hecho de abrir los ojos fui consciente de que estaba tumbado en una cama no demasiado cómoda. Un nuevo sentido se añadió al de la vista, un olor vino a mi encuentro, una fragancia penetrante, suave, limpia, agradable que por alguna extraña razón me reconfortó.
Una cara ocupó todo mi campo de visión, era una mujer de facciones suaves, su nariz respingona le profería un aspecto alegre y las pecas diseminadas por toda su cara la convertían en una joven bella. Para lo que no estaba preparado era para sus ojos, cuando los fijó en los míos pude perderme en un azul inmenso, era como contemplar un mar en calma después de una tormenta.
—Se ha despertado –anunció con su voz cantarina–. ¿Qué tal se encuentra?
Quise responder que el dolor era insoportable, que cualquier movimiento se convertía indefectiblemente en una tortura. Deseaba hacerle saber que necesitaba ayuda, que mi garganta exigía agua para calmar el fuego que me consumía y que las punzadas de la cabeza hacían que hasta mirarla fuera una tarea casi imposible. No conseguí articular palabra, de mi boca no salió sonido alguno, ni siquiera un ruido gutural, sólo silencio.
La joven percibió mi esfuerzo por comunicarme, colocó una de sus manos sobre mi frente y me miró con cariño. El contactó, al igual que su voz, volvió a tranquilizarme, a hacer que por un instante olvidara el dolor.
—Enfermera, retírese, tengo que examinarle.
¿Enfermera? Al fin me llegaba una información del exterior que me servía para hacerme una composición del lugar donde me encontraba. Estaba en un hospital. Suena ridículo, pero ante tanta oscuridad esa pequeña revelación me calmó, por lo menos conocía mi ubicación y estaba atendido. Mi efímera felicidad dio paso a la frustración. Era incapaz de transmitir mis dudas. ¿Por qué estaba en un hospital? ¿Qué me había ocurrido?
El amable rostro de la enfermera desapareció para dar paso al adusto semblante del que presupuse debía ser el doctor. Su cara inexpresiva proporcionaba la imagen de una persona que no se guiaba por sus sentimientos. Alguien acostumbrado a convivir con el padecimiento ajeno sin que le llegase a afectar. Sus ojos de rata me miraron con aséptica curiosidad. Colocó su dedo índice a la altura de mi vista y lo movió a derecha e izquierda.
—Siga mi dedo con la mirada sin mover la cabeza –ordenó el médico dejando ver una dentadura sucia, hasta mí llegó su repulsivo aliento, sin duda prefería la fragancia que desprendía la enfermera.
Mover los ojos, esa labor aparentemente inocua, causó un lacerante dolor que me hizo cerrar los parpados.
—Abra los ojos –exigió el médico.
Me negué a acatar el dictado del galeno. El trastorno padecido era demasiado intenso, aunque quisiera, mi voluntad estaba sometida por las necesidades de mi organismo, sólo deseaba que el dolor remitiese, que me abandonase antes de que perdiese la razón.
Noté una mano en la mejilla, por un instante especulé con que fueran las suaves manos de la enfermera. Me equivoqué. Los golpes que me propinaron dejaron claro que eran las del médico. Abrí los ojos encolerizado, si mis fuerzas me lo hubieran permitido, aquella afrenta no hubiera quedado sin respuesta. El doctor percibió la furia de mi mirada y dio un paso hacia atrás.
—Necesito que esté despierto, debó hacerle varias preguntas. –En su voz pude apreciar un cambio, como si estuviera asustado. No podía ser por mí, no creí posible que una mirada pudiera causar tal efecto–. Hay que comprobar que no se ha producido ningún daño cerebral.
Ahora el asustado era yo. ¿Daño cerebral?, pero ¿qué demonios me había sucedido? De nuevo me esforcé porque mi mente proyectase mis pensamientos a través de mi garganta. Sólo conseguí un fracaso que se añadió a mi larga lista de problemas. La angustia no es un buen compañero de viaje si lo acompaña el dolor físico.
—Para empezar, una pregunta sencilla. ¿Cuál es su nombre?
¿Cuál es su nombre? Esas cuatro sencillas palabras provocaron un terremoto en mi interior. Mi cerebro estaba tan ocupado con lidiar con el dolor que no había permitido centrarme en lo realmente importante. No sabía quién era.
Casi pude oír a mi cerebro buscar en los lugares más recónditos de mi mente una respuesta. No obtuve contestación, ante mí se presentó una pared que obstinadamente me impedía conocer mi propia identidad. Miré a la enfermera en busca de auxilio, deseaba poder expresar el pánico que me embargaba, verbalizar mi desamparo. Supe que en ella no podría encontrar la solución a mi problema. Boqueé en busca de un oxigeno que me permitiera usar mis cuerdas vocales. Sentí una presión en el pecho que me estrangulaba. No podía respirar, la sensación de ahogo era tan intensa que por primera vez pude moverme olvidándome del dolor. Moví las extremidades desesperado, todo a mi alrededor se volvió borroso. Estaba convencido de que iba a morir.
Una parte de mi mente fue consciente de la proximidad de la enfermera. La vio acercarse mientras yo intentaba luchar por permanecer en el mundo de los vivos. Con determinación la mujer me sujetó el brazo izquierdo y sin perder un sólo instante me inoculó el contenido de la jeringuilla que portaba.
—Acabo de suministrarle una dosis de morfina –susurró la enfermera en mi oído–, enseguida se sentirá mejor.
En esa ocasión no fue su voz la que me relajó, la droga suministrada por vena actuó con rapidez, la presión del pecho cedió y por primera vez desde que desperté el dolor lacerante desapareció, sólo una inespecífica y difusa molestia se quedó para recordar mi estado. Mi mente dejó de concentrar su atención en la mortificación de mi ser para centrarse en ella misma. Quizás hubiera sido preferible permanecer en la agonía anterior que penetrar la nueva senda que acaba de descubrir. La desesperación acudió a mi encuentro, no importaban mis dolencias, sólo una única cuestión era trascendental; no sabía quién era.
La pérdida de la identidad iba más allá de un nombre y una dirección, desconocía todo sobre mí mismo, las cuestiones más mundanas, como la edad, mis gustos, hasta mi aspecto se convertían en una pregunta sin contestación. Intenté pensar, escudriñé en cada rincón de mi cerebro hasta cerciorarme que todas mis dudas se dirigían al mismo lugar; el vacío, la nada, una pared que terca me devolvía todos mis interrogantes lanzados.
—¿Cómo se llama?, ¿cuál es su nombre? –insistió el médico–. ¿Dónde vive? ¿En qué año estamos? ¿Sabe lo que le ha ocurrido? ¿Está casado? ¿Cuántos años tiene?…
La batería de preguntas parecía no tener fin, como un interrogatorio policial realizado por un charlatán de feria. Cada nueva interpelación sólo conseguía que me asaltasen más dudas. ¿Cómo podía saber que estaba en un hospital, que el que me hablaba era un doctor, que la joven que me miraba con empatía era una enfermera y en cambio no era capaz de acordarme de quién era y en qué año vivía?
El facultativo continuó con su monologo que sólo detenía para anotar mis respuestas en una libreta de tapas amarillas, pero ¿qué respuestas? Si ni siquiera era capaz de decirle que cerrase el pico de una vez. El médico tuvo suerte de que estuviera mudo; si no, hubiese recibido una cascada de improperios que hubieran hecho enrojecer a la enfermera. Me imaginé levantándome de la cama, donde mi debilidad me tenía postrado, y dándole un puñetazo que le hiciera enmudecer. Mientras mi imaginación hacía estragos en el galeno, él seguía con sus preguntas.
La enfermera, dando muestras de una inteligencia superior a la del médico, se acercó a la cama, me agarró la mano y depositó en ella un lapicero. Colocó un papel frente a mí y con una sonrisa me invitó a escribir.
Me sentí inseguro, con un nudo en la garganta miré a la joven. ¿Y si no era capaz de hacerlo? Quizás se me había olvidado, o peor aún, igual nunca había sabido. Con mano temblorosa situé el lapicero en el papel y realicé unos movimientos limpios y firmes. El rostro de la mujer cambió cuando leyó lo escrito. Le tendió la nota al médico sin dejar de mirarme.
—¿Qué significa «no lo sé»? –dijo el facultativo, parecía que aquel hombre sólo sabía hacer preguntas.
—No creo que haya muchas variables a esa cuestión. Cuando alguien dice que no lo sabe, suele significar eso, que no lo sabe –comentó la enfermera con una sonrisa que desde mi posición poco privilegiada me pareció sardónica.
—Hasta que no recupere el habla no podré evaluarle –apuntó el médico molesto por las palabras de la mujer. Con el gesto serio, seguramente no le gustó el tono de voz de la enfermera, desapareció de mi campo de visión, por lo que me imaginé que había abandonado la habitación.
—Entre usted y yo –comenzó la enfermera a hablar en voz baja–, a los médicos no les gusta quedar mal, pero qué le vamos hacer, cada uno es como es y por mucho que haya estudiado, si Dios no le ha dado más lucidez, no se puede hacer nada. –Me guiñó un ojo y se echó a reír con una risa cristalina que, de haber estado en plenas facultades, me hubiese evocado algún recuerdo feliz.
Con un ademán de mi cabeza supliqué que me dejase comunicarme con ella, necesitaba las respuestas que pudieran unir el puzle en el que se había convertido mi existencia. Esta vez con pulso firme tracé con seguridad las preguntas que me asaltaban: «¿Qué me ha ocurrido? ¿Dónde me encuentro? ¿Quién soy?».
Los azules ojos de la enfermera me observaron con aflicción, se aproximó a mí, me ayudó a incorporarme y me colocó un almohadón en la espalda. Mientras realizaba la maniobra apreté los dientes para no gritar de dolor, no quería demostrar debilidad delante de ella. Cuando terminó me di cuenta de lo innecesario de mi gallarda actuación, aunque hubiese querido no habría emitido sonido alguno.
—Así estará más cómodo, las camas del hospital no son nada confortables y además tendrá una mejor perspectiva de lo que ocurre a su alrededor.
En efecto, esa nueva posición me permitía ver lo que me rodeaba. La habitación no merecía ningún comentario, aparte de la austeridad reinante. Una silla marrón de madera que por su aspecto había vivido ya demasiado y la cama donde estaba postrado eran el único mobiliario del cuarto. Me alegré de que sus reducidas dimensiones hubieran hecho imposible instalar a otro enfermo, así disfrutaría de un poco de privacidad, teniendo en cuenta que en un hospital eso es bastante complicado incluso teniendo la habitación para uno solo.
Aunque la habitación hubiese estado repleta de artilugios médicos, y atestada de enfermos, mis ojos sólo hubiesen visto a una única persona. Rememorando aquel instante, una imagen acude a mí, aún la veo allí de pie, vestida con su uniforme blanco y la cofia sobre sus rubios cabellos. En mi mente no había recuerdos, estaba vacío de experiencias personales, pero estaba seguro de que jamás había contemplado nada más hermoso. En su joven rostro salpicado de pecas destacaba una boca de labios carnosos que cuando se curvaban en una sonrisa eran capaces de animar al hombre más desconsolado. ¿Y cómo describir sus ojos con una sola palabra?: hipnóticos. Al contemplarlos descubrías que no podías apartar la mirada, cautivadores como un par de zafiros relucientes que merecían ser admirados.
—No puedo ni imaginarme el sufrimiento que está padeciendo –dijo la enfermera mientras releía el papel con mis preguntas–, despertarse y no saber qué le ha ocurrido ni quién es. Debe de ser una pesadilla.
Asentí esperanzado por las palabras de la enfermera, aquella joven era la única persona que podía ayudarme. Intenté de nuevo hablar, abrí la boca y el torrente de palabras que surtían de mi mente chocó con mi garganta, ni siquiera fui capaz de articular un gruñido.
—Y encima no puede hablar.
La enfermera movió la cabeza lentamente expresando así la pena que le producía mi estado. Eso no era lo que yo deseaba, no quería que se compadeciera de mí, necesitaba su ayuda, que de una vez por todas contestara a mis preguntas, que me sacara de la negrura en la que me había sumergido mi mente.
La joven, comprendiendo lo que deseaba, se dispuso a responder a mis dudas. Es posible que por su dubitativa forma de hablar estuviera desobedeciendo al doctor, o quizás no deseaba hacerme más daño.
—Desconozco qué le ha ocurrido, sólo sé que hace varios días llegó aquí sin conocimiento, los médicos tras examinarle le detectaron fuertes contusiones en las extremidades, tórax y cráneo. Han descubierto varias costillas rotas, por lo que han procedido a inmovilizarle la zona afectada mediante un vendaje compresivo. No soy médico, pero creo que la amnesia y su incapacidad para hablar se deben al fuerte golpe de la cabeza.
No esperé a que me facilitase un nuevo papel, use uno que había quedado encima de la cama.
«¿Qué me ha ocurrido?», escribí con rapidez antes de que pudiera marcharse con cualquier pretexto.
Noté como la joven titubea ante la idea dar su opinión, por lo que con un gesto de mi cabeza la animé a continuar.
—Creo que le dieron una paliza –terminó diciendo con rostro circunspecto.
Estaba preparado para que me dijera que había sufrido un accidente de automóvil, que me había caído por las escaleras e incluso que me había pisoteado un elefante escapado de un circo. Lo que no esperaba era recibir la noticia de que había sufrido una agresión. Puede parecer que el motivo por el cual me encontraba en ese estado carecía de importancia, pero el haber sido asaltado abría nuevos interrogantes. ¿Quién había sido y qué motivos tenían para golpearme hasta que acabé en un hospital? Y sobre todo, ¿estaba en peligro? ¿Su intención era la de acabar con mi vida y volverían para terminar su trabajo?
La enfermera advirtió el estado de ánimo en el que me había sumergido su contestación e inició la retirada. Levanté la mano derecha para llamar su atención. Antes de que se fuera necesitaba urgentemente una nueva información.
«¿Quién soy, cuál es mi nombre?».
La enfermera se encogió de hombros y por primera vez vi en sus ojos cruzar la sombra de la tristeza. En seguida comprendí por qué. Llevaba tres días ingresado y nadie había acudido preguntando por mí. La enfermera dio media vuelta y desapareció. La única persona que conocía acababa de desaparecer.
Mientras la veía alejarse una idea cruzó mi mente. ¿Qué clase de hombre era yo? Nadie se había presentado buscándome, ninguna persona me había echado de menos, ¿acaso no tenía familia que se preocupase por mi paradero, no tenía compañeros de trabajo a los que les inquietase mi desaparición, ni siquiera un vecino que se extrañase al no oír ruido proveniente de mi apartamento?
Cerré los ojos vencido por el cansancio, la morfina me adormecía, el sopor ganaba terreno. Antes de dormirme un pensamiento me sobresaltó. Mi intuición me alertó de que allí no estaba seguro. Quise levantarme y huir, abandonar el hospital cuanto antes. Mi cuerpo no respondió a mis deseos y el sueño ganó la batalla.
Las piernas no me respondían, les ordenaba ir más deprisa, moverse a más velocidad, debía escapar, desaparecer antes de que el peligro me encontrase. No me atreví a mirar atrás como si al realizar ese gesto acercase aún más a mis perseguidores. La calle se convirtió en un camino lleno de obstáculos que impedían mi avance, me iban a alcanzar y no podía hacer nada por evitarlo. Apreté los dientes y reuní toda mi fuerza con un solo objetivo, correr. Con desesperación comprobé que no avanzaba, mis pies sí se movían pero continuaba en el mismo sitio, me impulse con ímpetu hacia adelante con nulo resultado, continuaba anclado en el mismo lugar. Cuando una mano me zarandeó intenté gritar, pedir ayuda. El silenció fue el único resultado que obtuve. Me rendí a la evidencia de que me habían atrapado, este era el fin.
Abrí los ojos sobresaltado, tras unos segundos de incertidumbre mi mente me devolvió a la realidad. Por fortuna en esa ocasión lo primero que vi no fue un mugriento techo, sino a mi bella cuidadora que me contemplaba con su sempiterna sonrisa. Sin embargo, sus ojos desmentían la calidez de sus labios, el azul había perdido parte de su vivacidad, estaba preocupada.
—Perdone si le he asustado, pero debe comer e hidratarse.
La enfermera transportaba en sus manos una bandeja con lo que debía de ser la siempre apetecible comida de hospital y un vaso lleno de agua. El pulso se me aceleró al ver el recipiente con el transparente líquido. Con gestos más propios de un animal que de un ser humano, le indiqué que necesitaba beber. La joven depositó la bandeja a los pies de la cama y se apresuró a llevar el vaso a mis labios. Recibí el líquido con fruición, noté como el agua recorría mi garganta aplacando una sed que creí que nunca llegaría a ser saciada. Tras apurar el vaso sonreí satisfecho, el dolor había reaparecido, pero la sensación al apagar el fuego de mi cuerpo me hizo por un instante sentirme dichoso.
—Tiene usted una bella sonrisa –comentó la joven sin que se apagará de su mirada la sensación de desazón.
No conocer tu pasado tiene algunas ventajas, una de ellas es la de volver a sentir por primera vez la euforia ante el halago de una bella mujer. El entusiasmo duró escasos segundos, de nuevo y ante mi incapacidad para detener a mi cerebro, las dudas sobre mí resurgieron. ¿Y si estaba casado? ¿Quizás en alguna casa me esperaban una mujer e hijos? ¿Y si era así, dónde estaba mi familia? La desazón devolvió a mi rostro el gesto helado de quien conoce las preguntas y no tiene ninguna respuesta.
—Ahora tiene que alimentarse, ha de recuperar fuerzas lo antes posible, las va a necesitar. –En esa ocasión la sonrisa desapareció de sus labios, su semblante se volvió cetrino, el miedo apareció en sus ojos.
Sus palabras sonaron a advertencia, pero parecía que existía algún motivo para no ser más clara, era como si estuviera aterrada ante la posibilidad de que la pudieran escuchar. Deseché la posibilidad por absurda, lo más probable era que el golpe recibido en la cabeza hubiese alterado mi percepción convirtiéndome en un paranoico.
El simpático doctor hizo aparición en la escena llevando un estetoscopio al cuello y el cuaderno amarillo en las manos. Miró con su cara ratonil a la enfermera y en su cara apareció un rictus que no supe interpretar. Quizás sorpresa, repulsión o temor. Fuera una de esas tres cosas o las tres a la vez, cambió el gesto inmediatamente adoptando el de profesional entendido en medicina.
—Enfermera –dijo en tono autoritario, muy lejos del empleado la última vez que se dirigió a ella tras ser ridiculizado–, ¿qué hace usted aquí? Su turno acabó hace más de media hora.
La joven no se dejó amedrentar por la inflexión enérgica del médico, le miró con dureza, en sus ojos ya no había miedo, ni recelo, sólo determinación.
—Es un alivio saber que hay doctores que se desvelan por el bienestar de una simple enfermera, pero quizás debería usted preocuparse más por afianzar su puesto. Créame, le hace falta.
Al terminar de hablar, la esbelta figura de la joven mostraba una furia contenida, tenía los puños apretados y casi se podía oír el rechinar de dientes. Me dirigió una última mirada aún con la rabia dibujada en su rostro y se dispuso a abandonar la estancia.
—Por cierto, el enfermo que tiene en esta habitación necesita comer, así que yo que usted buscaría a alguien que le diese la comida, porque usted no lo va a hacer, ¿verdad? –dijo la joven dando por terminada una discusión en la que sólo había hablado ella.
El doctor se quedó en medio de la habitación atónito, sin saber muy bien qué hacer. Para disimular su indecisión, miró la libreta fijamente como si entre sus hojas hubiese alguna fórmula mágica que hiciese desaparecer su vergüenza. Tras unos segundos que debieron de parecerle horas, levantó la vista y me observó aún con la turbación en el rostro.
Por supuesto que no buscó a nadie que se preocupase por proporcionarme la comida, él sólo había venido a repetir las mismas preguntas que ya me había realizado. Dejé de prestarle atención cuando me di cuenta de que todo iba a ser igual que la vez anterior, no iba a recibir por su parte ninguna respuesta, así que mi mente decidió concentrarse en la enfermera. En esa ocasión no por su belleza ni su simpatía, sino por su comportamiento. Después de presenciar el enfrentamiento con el médico, que seguía con sus preguntas, desparecieron todos los recelos respecto a mis sentidos. Estaba seguro de que su comportamiento resultaba extraño, quizás un problema con el novio –pensar en ella con otro hombre me hizo sentirme celoso– o con el casero.
Un insólito silenció me sacó de mis pensamientos, el médico había dejado de hablar. En la habitación apareció un hombre alto y fornido que vestía un uniforme blanco con ribetes verdes.
—Vamos a tener que examinarle a conciencia para determinar qué le ocurre –apuntó el médico dejando paso al hombre que esperaba tras él.
Las siguientes horas fueron un cúmulo de pruebas para determinar mi estado. Pasé por la fría sala de radiología donde me realizaron incontables placas de rayos X. Cada movimiento era un nuevo desafío a mi tolerancia al sufrimiento. Después llegaron los exámenes a manos del doctor. Me miró el interior del ojo, de nuevo me hizo seguir con la mirada su dedo, verificó mis reflejos y comprobó la fuerza que podía ejercer sobre un objeto. Cuando el fornido celador por fin me devolvió a la cama, yo era un hombre abatido por el dolor. Y lo peor era la sensación de que todo aquel sufrimiento padecido no iba a dar como resultado una clarificación de mi estado.
La bandeja de la comida seguía donde la había dejado la enfermera. Mi estómago rugió con fuerza, me di cuenta de la ironía, yo no era capaz de hablar, pero mi estómago sí. No podía llamar a nadie para que me acercara las estupendas viandas, por lo cual tuve que vencer mi dolor y coger la bandeja por mí mismo. Apoyé la espalda en la fría pared y me dispuse a disfrutar de la comida en aquel maravilloso paraje.
La bandeja contenía un recipiente con algo parecido a una sopa y un plato con un panecillo. Me llevé la sopa a la boca que, gracias a la amabilidad del buen doctor, se había enfriado convirtiendo aquella agua sucia en una sustancia incalificable para el paladar. Su sabor peculiar no fue impedimento para que mi estómago la recibiera con satisfacción. El panecillo, que inesperadamente estaba duro, corrió la misma suerte que la sopa. Una vez saciadas mis necesidades físicas, decidí que era momento de descansar y reponerme de tan magnífica comida. La bandeja descansaba aún en mi regazo, quise levantarme y dejarla en el suelo, pero me fallaron las fuerzas y todo su contenido acabo cayendo sobre las baldosas. Un papel, como si fuera una pluma de ave, descendió con lentitud hasta posarse sobre los trozos rotos de porcelana. No me apetecía agacharme para recogerlo, pero mi instinto me obligó a realizar el esfuerzo.
El papel era uno de los que había usado para comunicarme, maldije a mi instinto, el dolor al bajar hasta el suelo no había recibido recompensa. Me disponía a arrugarlo cuando discerní que había dos tipos de letras. Una, aunque no la reconocí, era la mía. La otra, fina y elegante, me cortó la respiración. Todos mis temores estaban allí escritos, mi pesadilla se hacía realidad.
«Huya, corre peligro».
Las decisiones que tomamos marcan nuestro rumbo, a veces somos conscientes de ello, otras veces son sobrevenidas, ocurren sin darnos cuenta, no tenemos control sobre ellas y nos percatamos tiempo después de que ese momento marcó nuestras vidas. Yo en ese instante me enfrentaba a uno de esos momentos. No sabía cuántos había tenido anteriormente, ni qué hubiese hecho mi antiguo yo, pero tenía claro que tenía que actuar.
Me senté en la cama para poner las ideas en orden, ¿quién había dejado la nota? No me fue difícil encontrar al autor del escrito, sólo conocía a dos personas y no veía al doctor advirtiéndome de nada, era una persona fría que no se involucraría en nada turbio, así que sólo me quedaba la joven enfermera. Mi intuición me ordenó hacer caso a lo que me decía, salir de allí cuanto antes.
La adrenalina inundó mi cuerpo, el dolor que me había atenazado desapareció casi por completo, me enderecé y busqué algo de ropa que ponerme, no podía salir con la exigua ropa del hospital, no era la indumentaria adecuada para pasar desapercibido. Rodeé la cama hasta topar con la maltrecha silla, me golpeé el pie desnudo con una de sus patas y por primera vez me alegré de haberme quedado mudo. En el asiento encontré un bulto de ropa doblada a conciencia. Lo examiné con rapidez, eran unos pantalones algo deshilachados de color negro, una camisa blanca con pequeñas manchas descoloridas que al parecer no habían desaparecido por completo al lavarla, una chaqueta cruzada también negra a la que le faltaba un botón y unas botas oscuras casi nuevas. No me preocupé en comprobar si el vestuario era de mi talla, esa era una información que no poseía, así que con toda la celeridad que pude reunir procedí a vestirme. Al desnudarme contemplé los estragos de mi cuerpo, el vendaje que me protegía el pecho no ocultaba en su totalidad los cardenales que hinchaban todo el tórax. Toqué con suavidad la parte más amoratada y el dolor subió por el dedo hasta recorrer la espina dorsal. La cabeza comenzó a producirme punzadas de dolor, sin duda la parte más dañada era la zona de la nuca, cualquier roce producía un daño difícilmente soportable. Terminé de colocarme la ropa intentando minimizar el dolor que me causaba cada contorsión. No disponía de un espejo para comprobar si la ropa me quedaba bien, tampoco iba a perder el tiempo preocupándome por la moda, por lo menos no daba la impresión de ser pequeña, y el calzado sí era de mi número.
Agarré el pomo de la puerta con la intención de salir cuanto antes, cuando mi cerebro me recordó lo precario de mi situación. No recordaba nada de mi pasado, no sabía quién era, ni dónde vivía, ni a qué me dedicaba, no conocía a nadie. ¿Dónde demonios iba a ir? Una vez abandonado el hospital, ¿a dónde me dirigiría? Ni siquiera conocía en qué país me encontraba, y por ende tampoco la ciudad, ni siquiera el año. Sentí como la cabeza empezaba a darme vueltas, la energía con la que había iniciado la huida parecía abandonarme y aún no había salido de la habitación. Me quedaba la opción de permanecer en el hospital, puede que la nota estuviese equivocada y los días trascurriesen sin ninguna novedad hasta el momento que me diesen el alta. Con ese pensamiento accione el picaporte hasta que el pestillo liberó la cerradura.
De un rincón de la mente surgió la orden de actuar con normalidad, no debía moverme ni demasiado deprisa ni excesivamente despacio. Una información útil de un cerebro defectuoso. Asomé la cabeza como un animal asustado ante la posible presencia de un depredador y observé el lugar en el que me encontraba. A mi izquierda un pasillo largo, estrecho y bien iluminado con habitaciones a ambos lados. En el centro se encontraban las escaleras que conducían al piso inferior, donde debía de estar la salida. Huir sin llamar la atención hubiese sido fácil de no estar el control de enfermería al lado de las escaleras. El control consistía en un pequeño mostrador y una salita adjunta donde descansaba el personal de enfermería cuando el trabajo se lo permitía. A mi derecha había dos habitaciones a cada lado y una pared con una ventana cerrada. Por allí descarté una posible fuga, no estaba en condiciones de practicar escalada.
