3,99 €
La luna Ío de Júpiter tiene un entorno extremadamente hostil. Hay arroyos de lava ardiente, mares de azufre hirviente, y frecuentes erupciones volcánicas directamente del Inferno de Dante, además del constante bombardeo de radiación y una temperatura en la superficie que oscila alrededor de los ciento ochenta grados bajo cero.
¿Es de verdad el hogar de un gran peligro que amenaza a toda la humanidad? Eso es lo que un mensaje sorpresa de la forma de vida descubierta en Encélado parece indicar.
La tripulación de ILSE, la Expedición Internacional para la Búsqueda de Vida, finalmente en su ansiado regreso a la Tierra, acepta de mala gana aceptar un desvío hacia Io, solo para descubrir que un enemigo de su interior está a punto de destruir todas sus esperanzas de volver nunca a casa.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2023
Preparación
Ejecución
Nota Del Autor
La visita guiada a Ío
Glosario de acrónimos
Bailong Li ya no recordaba la época cuando conoció a su esposa por primera vez, pero ella le contó más tarde que solo se había ido con él porque le había ofrecido espontáneamente calentarle sus frías manos. Incluso ahora, cuando la habitación estaba casi a oscuras y ya no podía ver bien sin gafas, Bailong pudo reconocer la mano derecha de su mujer. A él le pareció que la mano brillaba bajo la tenue luz. Se veía delicada, pero sabía que podía agarrarla con firmeza porque su esposa había trabajado como costurera durante cuarenta años.
Cuando el cristal izquierdo de sus gafas se volvió a caerse de su montura, y de nuevo se esforzó por recogerlo del suelo, los delgados dedos de su mujer solo necesitaron unos segundos para recuperarlo y arreglarle las gafas. Luego le riñó otra vez, diciéndole que debería ir a una óptica y comprar otro par, ya que podían permitírselo. A pesar de eso, a él no se le escapaba que su esposa sabía lo encariñado que estaba con sus viejas gafas.
Él apoyó su mano sobre la de ella y le sorprendió por un momento lo fría que sentía su piel. Fue un recordatorio instantáneo de que su esposa había sentido frío durante toda su vida. Incluso ahora no sentía el calor, aunque vivían en un moderno apartamento en el que podían subir la temperatura a treinta grados o más, ya que el dinero no era problema en esa época. Cerró su mano sobre la de ella y miró el perfil de su rostro. La piel de su rostro también parecía brillar en el crepúsculo, y para Bailong nadie tenía una piel tan translúcida como la de su esposa, Chen Lu. Rocío de la Mañana. Ese era el nombre que sus padres le habían dado, y el nombre seguía sentándole perfectamente. Vio sus arrugas —las antiguas de pena, y las nuevas que la edad había añadido— y su mirada siguió la forma de su nariz y su barbilla, ambas apuntando hacia delante como si la personalidad de su dueña las impulsara allí.
Bailong Li se inclinó un poco hacia delante. Le dolía la espalda, ya que el banco de madera en el que ambos estaban sentados no resultaba para nada cómodo. Era lo único que les quedaba de su anterior vida en el pueblo, antes de que su terca hija, en contra de sus consejos, se uniera al ejército para seguir su carrera. Bailong siguió la mirada de Chen Lu, quien miraba fijamente al infinito. Su esposa nunca había sido muy habladora, sino callada, incluso cuando dio a luz a su hija, pero a él no le importaba. Se sentía bien con solo estar junto a ella. A Chen Lu le encantaba sentarse en la ventana y dejar que su mirada vagara. A veces parecía que había dejado su cuerpo atrás. Y por eso le gustaba sentarse allí junto a ella: para salvaguardar la carcasa que permanecía allí. De ese modo, seguía sintiéndose necesitado, aun cuando ahora otros cuidaban del anciano matrimonio que había criado a la hija más famosa de China actual.
Un mar de rascacielos se erguía delante de ellos. Al principio, Chen Lu se había negado a mudarse a esa monstruosa ciudad. Pero cuando les enseñaron el apartamento, ella simplemente se quedó ante aquel enorme ventanal y apenas pudo convencerla para marcharse. Después de mudarse, colocó el banco de madera justo junto a la ventana, y ahora casi siempre se sentaba allí después de la puesta de sol.
Bailong giró la cabeza tanto como pudo. Detrás de él vio que la noche había caído sobre la ciudad, aun cuando él miraba a un muro sólido. Cuando la pareja vio el apartamento por primera vez, el agente inmobiliario del gobierno les enseñó con orgullo el gigante monitor montado en la pared que usaba imágenes de una cámara para crear la ilusión de un segundo ventanal. Si el inquilino así lo deseaba, el aire acondicionado podía soplar una fresca brisa por la sala, creando la ilusión de estar sentados en el tejado de un rascacielos. Según les susurró el hombre, esta característica exclusiva había sido idea del dueño anterior, un multimillonario que más tarde había perdido el favor del Partido.
Chen Lu nunca usaba el monitor porque, según afirmaba, las vistas que ofrecía, de algún modo, fracasaban al describir el mundo real que la rodeaba. A Bailong Li no le importaba que su esposa se negara a usarlo. Mientras se daba la vuelta para mirar por el enorme ventanal, percibió la escena que se desarrollaba ante él como si estuviera dividida en dos mitades. Debajo estaba la esfera de los humanos que parpadeaba caóticamente. Nadie podía ver desde allí arriba que los puntos brillantes, que parecían marchar como un ejército de hormigas, pertenecían a coches sin conductor, o autobuses, o camiones que se movían a través de la oscuridad hacia destinos desconocidos. Rascacielos, la mayoría más bajos que su propio edificio, se estiraban como dedos hacia el cielo sin alcanzarlo nunca.
El cielo era la esfera superior para él. Como China se esforzaba mucho para luchar contra la contaminación, parecía del negro más puro. Bailong recordó haber visitado Shanghái hacía treinta años, cuando durante una semana dorada se había maravillado ante la ciudad y había admirado el rojo fulgor de la puesta de sol, pero se habían perdido el ver el cielo nocturno. Ahora, las puestas de sol eran mucho menos espectaculares, pero sus ojos solo podían mirar al espacio infinito una vez más, esperando distinguir a su hija Jiaying, quien se hallaba actualmente volando de vuelta a la Tierra en una “lata de aluminio”. ¿Volvería alguna vez a casa? Bailong suspiró, ya que no podía imaginarse a la nueva heroína de China mudándose a la habitación que habían mantenido libre para ella en el nuevo apartamento. Casi parecía como si Jiaying nunca les hubiera pertenecido de verdad. Ella siempre había sabido lo que quería, y había seguido sus propios planes sin contárselos a nadie. Tras su regreso, pertenecería al Partido, tanto si quería como si no.
Sonó el timbre de la puerta, pero Bailong no reaccionó porque no esperaba visitas. Luego su brazalete, el que su médico le hacía llevar debido a su debilitado corazón, y que también estaba vinculado al software de control del apartamento, vibró de repente. Levantó el brazo. En la pantalla del brazalete, el símbolo de la puerta parpadeaba en rojo. Sin duda la inesperada visita era algo serio, ya que ese color señalaba la activación de la función de apertura prioritaria, la cual era requerida por la ley para permitir el acceso las veinticuatro horas del día, todos los días, a los servicios de emergencia o a la policía. Si no acudía ahora, la puerta se abriría sola en ciento ochenta segundos.
Bailong se sintió molesto. «¡Debe de tratarse de ese maldito conserje otra vez!», se dijo el anciano. Dos semanas antes, el hombre había aparecido de pronto en la cocina, presumiblemente preocupado por su salud porque no habían abierto cuando había llamado al timbre. El conserje era un tipo maloliente y mal pagado, además de antipático, que suponían solo quería demostrar su poder a los que consideraba simples advenedizos de provincias. También era más que probable que fuera uno de los muchos espías del gobierno, ya que habían estado bajo supervisión constante desde que su hija se convirtiera en heroína nacional.
Bailong acarició la mano de Chen Lu. Su esposa asintió como respuesta, lo cual significaba «ve tú, yo me quedo aquí». Él parecía sentir sus sentimientos en su propia cabeza, y eran cálidos. Se levantó y caminó despacio hacia la puerta del apartamento. A medio camino, el brazalete volvió a vibrar. Solo le quedaban sesenta segundos para abrir la puerta.
—Ya voy —gritó, y se quedó sorprendido por lo floja que le sonaba su voz. No hubo respuesta desde el exterior. La cerradura mostraba la cuenta atrás, y había llegado a veinte cuando empujó el picaporte hacia abajo. Bailong dio un salto cuando la puerta se abrió con brusquedad. Por suerte, ya se no hallaba directamente tras de ella. Ahora su brazalete le advertía que su presión sanguínea había sobrepasado los niveles deseados.
—¿Señor Li? —Dos hombres con trajes azules estaban en el pasillo. Podrían ser padre e hijo. Ambos llevaban una chapa del Partido en la solapa. Le miraron sin mostrar ninguna emoción.
Bailong asintió.
—Sí, en efecto.
—Somos del Departamento para el Bienestar de los Ciudadanos de la Tercera Edad. Queríamos asegurarnos de que están bien cuidados. ¿Podemos pasar?
Él nunca había oído hablar de tal agencia del gobierno. Sabía que los servicios de inteligencia a veces se ocultaban detrás de organizaciones oscuras. No importaba. No tenía elección, debía invitarlos a pasar al apartamento con gesto educado.
Ambos se inclinaron. Luego, el más joven sacó un aparato que se parecía de algún modo a una burda pistola y apuntó con ella a la cara de Bailong.
—Solo se trata de un tecnicismo —explicó con calma cuando Bailong se encogió—. Voy a confirmar su identidad con un escáner del iris.
Bailong se quedó quieto, aun cuando deseaba huir. Pero ¿a dónde iría? ¿Y cómo podía escapar un anciano de dos agentes fuertes y bien entrenados?
—Gracias —dijo el joven.
El hombre más mayor metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un par de protectores de plástico para los zapatos.
—Tendrá que excusarnos, pero tenemos un poco de prisa.
En vez de seguir la adecuada etiqueta de quitarse el calzado antes de entrar en el apartamento, los recién llegados se pusieron diestramente los protectores de los zapatos, que eran tan azules como sus trajes.
—¿Puedo? —Bailong seguía bloqueando la puerta, así que el hombre más mayor le empujó a un lado. Ahora, ambos visitantes entraron del todo y el joven cerró la puerta. En ese mismo momento abandonaron toda pretensión de educación.
—Debemos hablar con usted y con su mujer de inmediato. —Era obvio que el hombre mayor era el jefe—. ¿Señora Li?
Los desconocidos ni siquiera esperaron la respuesta de Chen Lu, y ambos pasaron directos al salón. El mayor de los dos arrastraba a Bailong con él, mientras que el más joven tecleaba algo en la pantalla de su brazalete.
Chen Lu se puso de pie, dándole la espalda a la ventana, apoyándose contra el cristal. Bailong tenía miedo, ya que nunca había confiado del todo en ese cristal, y siempre se mantenía un paso alejado de él. Intentó unirse a su esposa, pero aquel hombre agarró su muñeca con un firme apretón.
—Señor y señora Li, tenemos que pedirles que vengan con nosotros. Es un tema del gobierno de suma importancia.
Bailong miró a su esposa, pero ella no mostraba ningún rastro de emoción y parecía mirar directamente a través de esos visitantes no invitados.
—¿Nos entiende? —El extraño iba subiendo la voz.
Bailong asintió.
—Bien. No tienen que recoger nada. Ya nos hemos ocupado de todo.
Bailong reunió las escasas fuerzas que su anciana edad le permitió, consiguió liberarse, y dio cuatro pasos hacia su esposa.
—No tengas miedo —murmuró, aunque presentía que principalmente estaba intentando tranquilizarse a sí mismo. Él la tomó de la mano.
—Deberíamos irnos ahora. Hay un coche esperando en la calle —dijo uno de los hombres.
—Sí, señor… —El hombre no respondió.
Como gesto de despedida, Bailong se giró en redondo una última vez y miró al cielo. En alguna parte allí fuera, a una distancia casi infinita, su hija viajaba a través del espacio hostil. Estaba orgulloso de ella, sin importar lo que fuera a pasarles a Chen Lu y a él mismo.
Solo necesitaba colocar un pulgar sobre el sol para extinguirlo. En los bordes de la izquierda y la derecha, sin embargo, podía ver delgadas tiras que no habían estado allí el día anterior. Día a día, el sol parecía agrandarse, atrayéndole como un imán lejano. Incluso su luz semejaba calentar su piel más que antes, aunque eso era una tontería. Ni siquiera observaba la estrella central del sistema solar a través de una ventana de cristal, sino más bien a través de un monitor adherido a la pared de su diminuta cabina, justo al lado de su litera.
Martin Neumaier quería llegar a casa de una vez. Estaba cansado de esa aventura al parecer interminable, pero la tripulación del ILSE todavía tenía unos once meses de vuelo por delante. Ahora mismo, Martin deseaba poder acurrucarse entre los pliegues de la falda de su abuela, como solía hacer de pequeño. Quería alguien que le acariciase y le dijera que todo saldría bien. Desde luego, él no lo estaba. Antes de ayer, Jiaying le había dicho que todo había acabado entre ellos.
«¿Por qué? ¿Pero ¿por qué?», se preguntaba. El día anterior, Martin se había saltado su turno diciendo que estaba enfermo. Tampoco hizo ejercicio, sino que se pasó todo el tiempo tumbado en su cabina, rindiéndose a los sentimientos que iban desde la pena hasta la rabia. Él le había salvado la vida, y ella se la había salvado a él. Se entendían, habían compartido sus sueños y la monótona rutina a bordo de la nave a la que, finalmente, habían regresado. ¿Y ahora esto? ¿No tenía al menos derecho a averiguar el porqué de su ruptura? ¿No tenía derecho a saber qué había hecho mal? Sin embargo, en vez de eso, había tenido que escuchar frases sin significado como «No es culpa tuya», «No tiene sentido», y «Te mereces a alguien mejor».
¿Cómo se suponía afrontaría los meses venideros? ¿Cómo se imaginaba ella que iba a hacerlo? La nave espacial no era tan grande como para que pudieran evitarse. Todavía tendrían que hablarse y compartir turnos, especialmente ahora. Con una tripulación de cinco personas, no cabían enemistades personales. ¿Cómo podía aquello volver a ser normal si Jiaying no contestaba a ninguna de sus preguntas?
Martin ocultó el sol con su dedo índice. A esa escala, no podía encontrar la Tierra sin la ayuda de un ordenador. De todos los planetas, solo Júpiter se veía con claridad. Se movía alrededor de la estrella con su propia órbita y se acercaba a la trayectoria del ILSE, que iba apuntando a la futura posición de la Tierra a una velocidad de trece kilómetros por segundo.
Júpiter es un remanente del periodo primitivo del sistema solar. Esta gigantesca bola de gas tiene once veces el diámetro de la Tierra y posee trescientas veces su masa. Sobrepasa el peso de toda la masa combinada de los demás planetas en dos veces y media, y su fuerza gravitatoria tuvo una influencia significativa en la construcción del sistema solar.
«En nuestro viaje de ida, Júpiter estaba detrás del sol cuando cruzamos su órbita, así que pronto podremos admirar su verdadero tamaño por primera vez. El planeta necesita casi doce años terráqueos para orbitar alrededor del sol». Martin entonces se burló de sus pensamientos. No llegarían al plano orbital de Júpiter “pronto” y, habiendo llegado a ese punto, estarían a medio camino de casa. Todavía pasarían meses antes de que el planeta gaseoso y sus numerosas lunas introdujeran algún cambio en su rutina diaria.
Llamaron a la puerta. Debía de ser Amy, ya que nadie llamaba de un modo tan anticuado, usando los nudillos. «La comandante solo está cumpliendo con su deber al comprobar cómo estoy», pensó. Al mismo tiempo, estaba enfadado consigo mismo por ser tan injusto con ella, aunque ahora mismo el mundo tampoco le estaba tratando exactamente de un modo justo.
Llamaron otra vez. Amy, por supuesto, nunca irrumpiría en su habitación sin anunciarse. Era tan jodidamente educada y considerada.
—Entra —dijo Martin. La puerta se abrió y, en efecto, fue Amy quien entró en su cabina. Llevaba un mono de la NASA, algo que no resultaba extraño en ella. Rara vez la veía con un atuendo informal, sobre todo porque la ropa especial cumplía el propósito de mitigar, a largo plazo, los efectos secundarios de la baja gravedad.
—¿Cómo estás? ¿Puedo hacer algo por ti? —preguntó Amy.
Martin sintió ganas de soltarle una respuesta cortante, pero no pudo porque el rostro de Amy expresaba auténtica preocupación. No podía darle una bofetada a Bambi, ¿verdad?
—Gracias. Estoy bien —respondió, intentando usar un tono neutro.
—He hablado con Jiaying. Me dijo que había roto contigo, lo cual te ha dejado devastado.
—¿En serio? —«Si Jiaying, de verdad, se preocupara por mí, podría decírmelo ella misma», pensó sacudiendo la cabeza.
—Sí —dijo Amy—, y tengo la impresión de que lo dice de verdad.
—Genial —respondió Martin—. Eso ayuda mucho.
Como si la hubiera golpeado con su cínica respuesta, Amy se encogió ligeramente.
«¿Cómo puede ser una comandante tan sensible?», se dijo.
—Amy, lo siento, pero no lo estoy llevando muy bien y es que no lo entiendo qué ha ocurrido —dijo—. ¿Te ha dado alguna explicación?
La comandante negó con la cabeza.
—Por desgracia, no sé más que tú. Tal vez ni ella misma comprenda las razones. Cuando yo tenía veinte años, dejé a un novio estupendo porque sentí que tenía que hacerlo… en ese momento. Más tarde, lamenté mi decisión pero, para entonces, ya se había casado.
—Jiaying ya no tiene veinte años.
—Eso es cierto. Honestamente, no me dio la impresión de que fuera una decisión espontánea. Jiaying es muy ambiciosa, como ya sabes. Si ha tomado una decisión, tendrá una buena razón.
—Eso es lo que me molesta. Tiene que ser algo relacionado conmigo porque, de otro modo, me lo habría contado.
—Imagino las vueltas que le estás dando a todo esto. —Amy se concentró en la pared, como si algo le estuviera pasando por la mente—. Necesitas distraerte —dijo—. ¿Quieres ver una película conmigo? —Miró su reloj—. Hayato está cuidando a Sol y mi turno no empieza hasta dentro de tres horas.
Martin no pudo evitar sonreír. Amy quería sacrificar su tiempo libre por él. Eso le conmovió. Desvió la mirada hacia un lado para que ella no se diera cuenta.
—No, no pasa nada —respondió—. Haré ejercicio en la bicicleta estática durante un rato. Gracias por venir a verme.
—Vale, pero no tienes que agradecerme nada. Si necesitas hablar con alguien, ya sabes…
Martin asintió, se sentó en el borde de la cama, y comenzó a ponerse las zapatillas.
—Te veo luego —se despidió Amy, cerrando la puerta de su cabina al salir.
Martin se dejó caer de lado sobre la cama, se quitó los zapatos, cogió su tablet, y rodó hasta ponerse de espaldas, abriendo en la pantalla el libro que había empezado a leer hacía una semana. De repente, recordó que Jiaying se lo había recomendado. Casi sintió el impulso de dejar la tablet a un lado, pero se obligó a seguir leyendo.
Un sedán negro se acercó a un bajo edificio rectangular más negro aún. El vehículo rodó despacio atravesando el enorme aparcamiento. Solo unos cuantos coches seguían allí a esa hora. Más o menos cada veinte metros, el sedán era bañado por la luz de una farola, pero ni siquiera así, los pasajeros que viajaban dentro podían ser vistos debido a las ventanillas reflectantes del vehículo. El edificio al que se aproximaban ocultaba un esqueleto metálico bajo su brillante superficie. Este evitaba que la radiación entrara o saliera. Pudieron ver una entrada en mitad de la pared que, a esa distancia, parecía más bien una cavidad y el silencioso sedán negro condujo a través de ella.
—Queridos invitados, hemos llegado —dijo una voz por los altavoces. Era imposible distinguir si se trataba de una grabación generada por ordenador o la voz de un ser humano real. «En fin, el sistema automático es el que conduce el coche», pensó el Mayor Shixin Tang, aunque no podía estar totalmente seguro de eso tampoco, ya que el asiento del conductor se hallaba rodeado por una caja opaca. Miró a la mujer que le acompañaba. Decía llamarse Lining Li, pero el nombre seguro que era tan falso como el suyo. Al menos, a él se le había permitido escogerlo, y le gustaba porque significaba “corazón de león”. Se preguntaba si su colega había elegido su nombre debido a su significado: ¿fuerza, paz? Sin embargo, nunca lo averiguaría ya que no se les permitía discutir asuntos privados durante una misión para evitar que sus enemigos usaran esa información contra ellos.
«Sus enemigos», sonrió Shixin al pensarlo. Estaban a punto de entrar en el cuartel general de uno de ellos, en el centro de un importante servicio de inteligencia: la Agencia Nacional de Seguridad. Veinte años antes, ese país y el suyo propio se habían visto implicados en un enorme conflicto concerniente a Corea del Norte y, de repente, ahora eran grandes amigos. Con cuánta rapidez puede una amenaza común sentar las bases para una relación temporal.
—Por favor, camine hacia la puerta —dijo una voz. Luces verdes en el suelo le mostraron dónde situarse. Luego oyó un ligero murmullo. En ese momento, un escáner de terahercios buscaba en él objetos ocultos, y un ordenador comparaba la estructura de su iris con los datos que sus superiores habían enviado previamente a la NSA.
—Bienvenido, Mayor Tang —dijo la voz mientras se abría una puerta escondida. Shixin miró alrededor, pero no pudo ver a su colega. Esperó hasta que la voz volvió a hablar.
—Por favor, siga el pasillo —dijo, y el mayor obedeció. Llegó a una pequeña habitación donde su colega ya le estaba esperando. Ella le dedicó una mirada burlona.
—¿Y bien? ¿Ha tenido problemas con Inmigración? —preguntó Lining con sarcasmo.
Él esperaba que fuera problemática. Después de todo, había alcanzado el mismo rango que él a pesar de ser quince años más joven. El único modo de ascender en la jerarquía tan rápido era dejando de lado, de un modo inteligente, a quienes hubieran estado trabajando más tiempo en el mismo campo. Tal vez sus propios superiores la estuvieran usando para ponerle a prueba a él. Si no podía controlarla, aunque era oficialmente su subordinada, sin duda, le obligarían a jubilarse… ¡con solo cincuenta y dos años!
«No lo permitiré », pensó Shixin. Miró alrededor. La habitación era una zona de unos tres metros cuadrados, cuatro como mucho. Las paredes parecían ser perfectamente lisas y no pudo detectar ninguna puerta, aunque él y su colega no solo habían entrado por alguna sino que, además, lo hicieron proviniendo de diferentes direcciones. En uno de los laterales había dos sillas estrechas, pero ni él ni Lining se molestaron en sentarse. Lo más probable es que les estuvieran observando. Desde luego, los americanos querrían saber qué tipo de agentes había enviado China.
Lo que les habían dicho debía de ser cierto: esa gente disfrutaba con inteligentes juegos mentales. Como típicos occidentales, usaban la confusión y la persuasión en vez de, simple y llanamente, dirigirse a sus clientes de modo que no permitiera oposición. Shixin sacudió la cabeza. Podía pensar por sí mismo, lo cual era una ventaja que solo tenían los agentes que eran enviados al extranjero, como Lining y él.
En el pasado, un cirujano altamente cualificado había implantado un blindaje electromagnético bajo sus cueros cabelludos. De otro modo, el peligro de que sus enemigos leyeran sus ondas cerebrales sería demasiado grande. Por supuesto, este atributo también le protegía en casa, siempre y cuando no actuara de manera sospechosa ni les diera un motivo para que un médico realizara el doloroso procedimiento de retirar la red metálica, la cual hacía mucho que había enraizado en su cráneo.
Sin previo aviso, una pequeña puerta se abrió. Lining le hizo un gesto para que pasara primero, aun cuando ese era su derecho de todos modos, debido a su edad y antigüedad. «Esto es una provocación», se dijo Shixin al darse cuenta. Esperaba que los americanos no notaran tales sutilezas, ya que podrían explotar ese detalle. Sin embargo, estaban allí como amigos, así que quizá sus preocupaciones eran infundadas.
El pasillo que se abría ante ellos estaba suavemente iluminado arriba y abajo. Giraba en un ligero ángulo y, al llegar, se encontraron con un muro disfrazado de espejo. Debieron escanear sus iris de nuevo, ya que pasaron unos segundos antes de que la puerta se deslizara hacia un lado.
—Buenos días, Mayor Tang —dijo un sonriente y alto hombre negro. «Su inglés no suena muy puro. Debe de ser un acento sureño», pensó Shixin.
—Soy Michael Butterfield, pero pueden llamarme Mike.
—Encantado de conocerle —saludó Shixin—. Pero ¿por qué no usamos nuestros nombres de pila?
Mike sonrió aún más al comprender el pequeño test de lingüística que su colega le había lanzado. Respondió:
—Gracias, Shixin —pronunciando la “x” correctamente como “kh”. A continuación saludó a la compañera de Shixin, Lining.
Entonces el norteamericano señaló hacia otra puerta que pareció abrirse por sí misma, revelando el interior de una gran sala de conferencias. Shixin accedió a su invitación. Cuando entraron, un general del Cuerpo de Marines y una mujer, vestida de traje, se levantaron para saludarles. La mujer se presentó como analista, sin dar su nombre, mientras que el del oficial lucía en su uniforme. Shixin hizo algunas fotos con la cámara integrada en su retina, por si acaso. Quería saber quién era esa mujer. Presumiblemente trabajaba para la NSA y también era muy guapa, para ser estadounidense.
Mike parecía ser quien estaba al mando, o al menos fue él el que dirigía la reunión, ya que pidió a todos que se sentaran a la gran mesa. Él también lo hizo, mientras que la analista sin nombre continuó de pie. La pared opuesta, que parecía de cemento gris, se convirtió en una pantalla gigante. «No está mal», pensó Shixin sin revelar su interés. La tecnología de proyección ni siquiera era visible, lo cual significaba que la capa ópticamente activa debía estar directamente en la pared. Debía tratarse de un mosaico de pantallas de puntos cuánticos más pequeñas porque ese era el único modo —que él supiera— de conseguir ese nivel de brillo.
La pantalla mostraba Encélado, una luna de Saturno. El visor se acercó a su superficie en un picado rápido, mientras que la analista comenzó su informe.
—Ya saben de qué va todo esto, así que no les aburriré con detalles nimios —dijo la mujer. Entonces chasqueó los dedos y el vídeo se congeló.
—La tripulación del ILSE encontró una forma de vida alienígena en el océano Encélado. Parece ser pacífica. Y mantuvieron una exitosa comunicación con ella. La criatura, a la que le hemos dado el nombre en clave Hidra, consiste de un gran, y quiero decir grande de verdad, número de células que parecen primitivas a primera vista, pero que pueden cumplir cualquier función necesaria.
La pantalla mostraba ahora las células a través de un microscopio. Shixin ya estaba familiarizado con las fotografías tomadas por el tripulante alemán del ILSE. Estas células, obviamente, no eran todas idénticas. Aunque no era biólogo, reconoció que estaba viendo estructuras repetitivas. Una experta de su servicio de inteligencia las había comparado con copos de nieve, que parecían bastante diferentes individualmente, pero sus estructuras seguían unas reglas específicas.
—Básicamente, hay menos de veinte tipos diferentes de células. Sin embargo, los biólogos no están seguros, ya que las células semejan ser capaces de cambiar de un tipo al otro. Por desgracia, no hemos podido observar este proceso en su hábitat original y tampoco hay muestras a bordo del ILSE que podamos examinar con más detenimiento.
—Menos mal —dijo Shixin—, ya que no queremos ninguna vida alienígena en nuestro planeta.
La analista asintió.
—Estamos totalmente de acuerdo con usted, pero ya sabe cómo son los biólogos.
Shixin se preguntó si los estadounidenses estarían ocultándole algo. Los expertos de su propio país lo consideraban improbable porque la comandante norteamericana de la nave nunca había tenido contacto con la forma de vida. Los rusos, por otro lado… bueno, no le extrañaría viniendo de ellos. Shixin había sentido respeto por su hombre —Marchenko se llamaba— cuando se enteró de su increíble acción en Encélado, yendo solo en un submarino hacia el origen de esa forma de vida a sabiendas de que no sobreviviría. ¿Qué consiguió a cambio? Fama póstuma como héroe en Rusia, tal vez, pero ¿eso de qué sirve? «Por otro lado, me alegro de que su aventura no acabara siendo un completo éxito…»
—… al menos cien millones de células por centímetro cuadrado. —Lining le dio un codazo a Shixin. «¡Maldita sea!», pensó. «No debo distraerme». Sin mostrar ninguna emoción, volvió a concentrarse en la analista, quien ahora parecía especular sobre el tamaño de la entidad. Él no miró a su colega más joven.
—Según nuestras estimaciones, calculamos que su número de células es de diez elevado a veintitrés, pero podría ser diez elevado a veinticinco. De todos modos, eso no importa. El ser humano medio, como probablemente sepan, tiene un número de células de diez elevado a catorce. Por lo tanto, Hidra tiene el mismo número de células que al menos cien millones de humanos, o quizás incluso diez billones. Bien, imaginemos que cien millones de humanos pudieran unir su capacidad mental. ¿A qué nos llevaría eso? Por un lado, la idea es asombrosa; pero, por otro, también aterradora. No conocemos qué porcentaje de las células de Hidra pueden cambiar a funciones mentales de ser necesario. Podríamos estar frente a un súper ordenador biológico que sobrepase, con mucho, cualquier cosa que la humanidad haya creado nunca.
Los números eran impresionantes, sí, pero los expertos chinos ya habían llegado a las mismas conclusiones. Shixin esperaba que los americanos tuvieran más que ofrecerles, sobre todo por el trabajo que su propia gente les había proporcionado por adelantado.
La analista continuó hablando:
—Esto podría ser bastante peligroso si Hidra fuera un recién nacido. Pero esta criatura tiene, como mínimo, cientos de millones de años… si no billones. ¿Qué podría conseguir la humanidad si dispusiera de todo ese tiempo para poner en práctica semejante capacidad mental? Y debemos añadir el sentido de la percepción. Tenemos informes creíbles que indican que Hidra puede percibir tanto rayos equis como rayos gamma, y también campos magnéticos. Cuenta con una inmensa información de entrada y capacidad de procesamiento, lo que nos lleva a la cuestión por la que estamos todos aquí. ¿Qué pasa con la información de salida de Hidra?
Shixin había seguido de cerca aquellas discusiones en su propio país. El encuentro con ese ser alienígena había generado muchas esperanzas, en especial entre los científicos de las universidades, quienes ansiaban resolver las grandes preguntas de la humanidad. El líder del Partido —o para ser más exactos, el lado conservador del Partido— intentó suprimir esas expectativas. El último “Gran Salto Hacia Delante” de su país había tenido lugar no hacía mucho tiempo. En aquella época, murieron millones de personas y, desde entonces, el continuo progreso había sido el objetivo del país. El sistema seguía funcionando en la actualidad, a pesar de las predicciones escépticas de Occidente. ¿Sería inteligente desviarse de la senda conocida?
—Para ser sincera —dijo la analista sin nombre—, ahora mismo, no puedo responder a la pregunta concerniente a su información de salida. Una cosa parece obvia, sin embargo, su potencial es enorme. Hidra es tan inmenso que la humanidad, a día de hoy, ni siquiera puede comenzar a competir con él. Naturalmente, algunas naciones pueden intentar convertir cualquier descubrimiento en un arma contra sus vecinos. Se ha tardado mucho en conseguir el equilibrio mundial del que ahora disfrutamos, aunque este apenas sea estable. No podemos permitir que nada, de ningún modo, ponga en peligro ese equilibrio.
Shixin asintió. Su gobierno había llegado a la misma conclusión que los norteamericanos, y esa era la razón por la que estaban allí.
La analista continuó:
—Sería diferente si tuviéramos a Hidra bajo control. Por desgracia, eso no es posible.
«Sí, vuestro ejército está interesado en las nuevas tecnologías», pensó Shixin.
—Los europeos, los japoneses, los rusos, los indios… todos querrán participar —dijo la mujer—. Ahora bien, para empezar, tenemos que pagar el precio de no poner la expedición bajo mando militar. Nunca deberíamos haber permitido que unos civiles la controlaran. Dicho esto, ninguno de nuestros científicos se atrevió a predecir un resultado tan asombroso.
«Nosotros no cometimos ese error», pensó Shixin. «Pero eso no nos ayudará ahora. Dentro de treinta años podríamos haber controlado la expedición nosotros solos». Se emocionaba al pensar en la República Popular China como propietaria de esa enorme mina de conocimientos. ¡Entonces sus científicos lo investigarían con calma y metódicamente! «Dentro de cien años, como mucho, podríamos haber destruido, por fin, el dominio de Occidente».
—No es demasiado tarde para intervenir… aún —dijo la presunta analista de la ANS, subiendo de volumen de su voz.
«Si no podemos tenerlo nosotros, nadie debería tenerlo. Ese es mi lema», pensó Shixin. Y, por una vez, las fuerzas conservadoras que le habían enviado allí estaban de acuerdo.
—Esa fue su sugerencia. Llegará lejos —le susurró Mike.
—Hemos hablado con algunos de nuestros investigadores en el campo de la guerra biológica. Por supuesto, de un modo puramente defensivo, solo como precaución. —La mujer escudriñó a la pequeña delegación china y Shixin asintió con condescendencia. Todo el mundo sabía que los estadounidenses investigaban en secreto armas biológicas, aun cuando eso estaba prohibido por los tratados internacionales. Los rusos también lo hacían, y por supuesto la República Popular no podía permitirse el lujo de quedarse atrás.
—Los científicos modelaron las estructuras celulares basándose en nuestros datos actuales. No pueden recrearlas, y mucho menos hacer que vivan. Pero están seguros de ser capaces de crear un virus para destruir a Hidra.
Shixin no se sorprendió, pero aún así la idea de eliminar al ser alienígena le dio que pensar. No sería la primera especie a la que la humanidad destruyera, pero sí la primera extraterrestre. «En fin, tenía que pasar en algún momento, ¿no?», pensó filosóficamente.
—¿A qué se refiere con ese «pueden»?
—Verá, Mayor Tang, el virus en realidad ya está terminado… al menos, dentro de un ordenador. Y funciona.
—Dentro de un ordenador —repitió. La analista sonrió. Incluso pensó que podía detectar lástima en su sonrisa. Shixin lo sabía todo sobre gente como ella. Había lidiado con mujeres así al comienzo de su carrera, poco antes de la Segunda Guerra Coreana. Al principio habían sido duras, pero la más leve de las insinuaciones del dolor que les esperaba hacía que traicionaran a su propia familia. Las americanas eran blandas y mimadas.
—Por supuesto, en un ordenador —dijo la analista—, pero hemos ejecutado unas simulaciones muy buenas. Los biólogos nos dan un noventa y cinco por ciento de posibilidades de implementarlo. Hidra nos lo pone muy fácil. No ha tenido que competir con nada ni nadie durante billones de años. Todos ustedes saben lo mala que puede ser la falta de competencia.
Shixin casi soltó una carcajada. «Si esta mujer supiera…» Ella podría ser una brillante analista de la NSA, pero no sabía nada sobre China. En su país, siempre había habido competición. Incluso dentro del Partido había, al menos, dos facciones luchando por dominar a la otra.
—Este ser no parece tener defensas —continuó diciendo la analista—, ni sistema inmunológico como las especies de la Tierra. La criatura estaría completamente indefensa contra cualquier atacante.
—¿Parece? —preguntó Shixin. Los expertos chinos habían dicho lo mismo, pero él no quería que la mujer de la ANS se librara tan fácilmente.
—Solo estaremos seguros cuando lo intentemos.
—¿Y cómo se supone que funcionara? —preguntó Shixin.
—Gracias, Alice —interrumpió Mike Butterfield—. Ha sido una impresionante presentación. Ya me ocupo yo. —Se puso en pie y volvió a conectar la pantalla en la pared. Durante aquellos minutos solo había mostrado el logotipo de la agencia. Ahora, en ella apareció un diagrama de la nave ILSE.
—Vamos a sintetizar el virus a bordo del ILSE, a volar de nuevo a Encélado y a insertarlo en el océano. El resto sucederá por sí solo. Por supuesto, eso significa sacrificar a toda la tripulación, pero no podemos arriesgarnos a que esto, algún día, llegue a oídos de la opinión pública.
—Usted sigue hablando en plural —dijo Shixin.
—En efecto, porque ustedes y yo nos encargaremos de hacer esto juntos. ¿Ha traído la garantía que le pedimos? —preguntó Mike.
—Sí —asintió Shixin—. ¿Y quién será el responsable de la operación? En China, le garantizo que tanto el líder del Partido como el país respaldan el proyecto, aunque, por supuesto, solo ha sido informado un pequeño círculo.
—Quiero ser completamente honesto con ustedes —respondió Mike—. El Pentágono ha aprobado el Proyecto Anti Hidra, eso tiene que ser suficiente. Sin embargo, no se ha alcanzado un acuerdo sobre si el Presidente debería ser informado.
—Eso es problema suyo —dijo Shixin—. Mi colega y yo estamos deseando liderar este proyecto conjunto y llevarlo a término con éxito.
Un sonido como de zumbido interrumpió el sueño de Hayato. «Jodido despertador», pensó. Abrió los ojos. La cabina estaba oscura. Alargó la mano hacia la derecha y se sorprendió al encontrar vacío el otro lado de la cama. Entonces se acordó. Amy estaba pasando la noche en su propia cabina para recuperar algo de sueño. Levantó la unidad de su muñeca hasta colocarla delante de su rostro y vio que eran las seis en punto. Su turno empezaría pronto. No hacía ni una hora que había alimentado a Sol con la leche que Amy se había sacado. Él mismo había construido el sacaleches para que la comandante y madre de su hijo pudiera dormir más de tres o cuatro horas seguidas. El método funcionaba bien, pero la desventaja era que ahora había noches en las que le tocaba a él alimentar a Sol.
Hayato hizo unos cálculos. Esta noche había dormido probablemente unas cuatro horas en total. Tras darle la primera toma al “pequeño diablillo” a la una en punto, había sido incapaz de quedarse dormido durante un rato, así que le había dado por pensar. ¿Habían hecho lo correcto al meter de contrabando la conciencia de Marchenko a bordo? ¿Seguía siendo de verdad el fiable colega que se había embarcado en ese viaje con ellos y se había convertido en su amigo? El comportamiento de Marchenko —a falta de una palabra mejor— desde el comienzo del viaje de regreso no había provocado dudas, pero ¿podían estar seguros de que no estaban exponiendo la Tierra a un grave peligro?
Luego consideró el extraño comportamiento de Jiaying. Durante los últimos días se había alejado del resto de la tripulación y casi se había aislado por completo. ¿Era un efecto secundario de haber roto con Martin o, por el contrario, había sido la separación de su novio precipitada por otra cosa? Hayato recordaba bien las semanas posteriores a su despegue desde la Tierra. A la mujer china le había costado algo de tiempo convertirse en un verdadero miembro del equipo, lo cual con toda probabilidad tenía más que ver con haber sido entrenada por separado por su agencia espacial nacional mientras que los demás habían llegado a conocerse en el entrenamiento conjunto. Pero después de que el alemán le salvara la vida, ella había cambiado casi por completo. Algo debía haberle pasado para hacerla retraerse tanto. Amy había intentado hablar con ella, pero no consiguió nada. Hayato decidió intentarlo también. Quizás, al ser un hombre, podía establecer una conexión diferente con Jiaying.
Retiró la delgada manta que lo cubría y se levantó. Buscó sus cosas lo más silenciosamente posible para no despertar a Sol. Antes de deslizarse fuera de la cabina, se quedó mirando una vez más a su hijo. Dimitri Sol yacía con los ojos cerrados en la cuna que el mismo Hayato le había construido. El bebé se había destapado a patadas y estaba tumbado de lado con la boca abierta. Hayato se sintió tentado a acariciar su suave piel, pero no quería despertarle y, entonces, tener que llevarle con Amy. Sin embargo, no pudo controlarse; tenía que sentir el calor del niño y la fina pelusilla de su cabello. Con mucho cuidado, pasó la punta de los dedos por la mejilla de su hijo. La sensación fue asombrosa e indescriptible, y aún, a veces, se preguntaba si estaría preparado para la tarea de criarle. No había estado nada preparado y el espacio, que comenzaba a menos de medio metro de su hijo y se extendía hacia el infinito, era muy hostil.
Sol continuó respirando tranquilo. Moviendo sus diminutos labios, parecía estar soñando. Hayato sonrió en la oscuridad. «Tengo que irme ya. Mi turno está a punto de empezar», se dijo. El IA le informaría si Sol se despertaba, ahora que lo había puesto al mando al pulsar el comando en su brazalete. Se giró en redondo, abrió la puerta de la cabina, y salió. Portando su mono de trabajo bajo el brazo, entró en el compartimento de tratado de residuos para lavarse, y se vistió. Dejó su pijama allí porque compartía el WHC con Amy, cuya cabina se hallaba junto a la suya, y no quería arriesgarse a despertar al bebé.
El módulo de habitación no rotaba como era habitual porque la nave espacial seguía en su fase de aceleración. La pseudo-gravedad actuaba, en ese momento, en la parte trasera de la nave en vez de en todo el perímetro exterior. Eso significaba que no podían usar las duchas. Sin embargo, la mayor parte de los otros componentes del WHC estaban construidos de tal forma que, o bien funcionaban de modo independiente a la dirección y la fuerza de la gravedad, o bien podían ser reconfigurados según sus necesidades.
Bajo esas condiciones, llegar a la sala de máquinas era más arduo de lo normal, ya que Hayato tenía que trepar en dirección al módulo de mando. Lo que él llamaba “la sala de máquinas” era, en realidad, un módulo universal. De hecho, las actuales condiciones también hacían que fuera más difícil trabajar en el combinado de laboratorio y taller, situado entre el anillo de habitación y la cápsula de mando en la punta del ILSE.
Martin Neumaier, al no ser astronauta de profesión, había sido el primero en usar nombres imprecisos. Y ahora, por ejemplo, ninguno de ellos llamaba ya al CELSS por su auténtico nombre porque “jardín” sonaba mucho mejor. Como ingeniero, a Hayato le gustaba emplear términos precisos ya que una mala comunicación podía ser peligrosa, pero en este caso se dio cuenta de que ni podía ni debía poner objeciones.
Numerosas luces parpadeaban en la sala de máquinas. Con una mano, Hayato se sujetó a la escalera que llevaba hacia el módulo de mando. Miró alrededor. A primera vista, todo parecía estar bien. Watson le habría advertido de cualquier irregularidad. Ahora la supervisión y el control de la nave estaban, una vez más, manejadas por el IA. Todas las comunicaciones con el exterior, sin embargo, eran controladas por Marchenko. La conciencia del médico ruso de la nave había sido transferida al Valkyrie por la entidad multicelular inteligente de Encélado, y ahora también funcionaba en el hardware del ordenador cuántico. Marchenko tenía que estar absolutamente seguro de que nadie en la Tierra le descubriera, ya que su existencia misma se hallaba en conflicto con todas las leyes concernientes a la IA. Por otro lado, era libre… o como el mismo Marchenko decía, estaba buscando significado. La tripulación accedió a que él decidiera por sí mismo cómo interactuar con el primer IA verdaderamente consciente.
Hayato comprobó los instrumentos. Los astrónomos de la Tierra eran felices con cualquier medición que pudieran introducir en sus modelos. El vacío alrededor de la nave no estaba vacío. Los instrumentos registraban tanto flujos magnéticos como unidades de radiación cósmica. Cualquier cosa que ILSE viera, colisionara con él u oyera, en diversas longitudes de onda, podría ser importante para un entendimiento más preciso del espacio. Hasta ahora, solo unas cuantas sondas habían atravesado esa región del sistema solar exterior. Por lo tanto, esto ofrecía una rara oportunidad para investigar, aun cuando las mediciones individuales no resultaran ser particularmente excitantes.
«A menos que», pensó Hayato, «procedan de cierta dirección, como ahora mismo». El receptor de radio usaba una luz amarilla para indicar que había llegado una señal externa del rango esperado. Hayato subió otro peldaño para ver mejor la pantalla en miniatura. Reconoció de inmediato que la señal se hallaba en un rango de longitud de onda en la que no transmitía ninguna tecnología fabricada por el hombre. Estudió los cambios con el paso del tiempo, y parecía como si el remitente hubiera buscado primero una frecuencia adecuada. La curva mostrada era ancha al principio y, luego, se volvía más estrecha. Solo entonces cambió su amplitud. Hayato pensó en el código Morse, pero esas combinaciones en particular le eran desconocidas.
«Es inútil», decidió. «La pantalla del monitor es demasiado pequeña». Transfirió la secuencia de la señal a una estación de trabajo en el módulo de mando, donde podría sentarse y pensar cómodamente. Luego le pidió a Watson que solicitara a Martin Neumaier que se reuniera con él allí. El empollón siempre tenía buenas ideas en lo concerniente a interpretar señales. Martin debería tener tiempo libre ahora y, después de lo de Jiaying, seguro que se alegraría de tener una distracción.
Hayato subió hasta arriba del todo. La cápsula de mando estaba vacía. «¿No debería estar Jiaying aquí?», se preguntó desconcertado.
—Watson, ¿dónde está Jiaying?
—Trabajando en el CELSS.
Hayato sacudió la cabeza. Eso no figuraba en el horario. Trabajar en el jardín era un cambio bienvenido —a pesar del hedor—, ya que estabas rodeado de verde. «Tal vez eso la ayude a relajarse y ser la de antes», pensó.
—¿Qué pasa? —preguntó Martin cuando entró.
—Amigo mío, tengo algo para ti. —Hayato sabía que podía ir directo al grano con el astronauta alemán—. Échale un vistazo a esta señal —dijo, señalando al monitor.
Martin Neumaier se inclinó hacia la pantalla y manipuló el diagrama con sus dedos.
—Hmm… Esto es… interesante —dijo.
—Eso pensé yo también —respondió Hayato.
—Fíjate en el eje temporal. Parece que quien quiera que enviara esto tuvo que practicar primero. Al cabo de un rato, la señal se volvió estable.
—¿Y el código? Al principio sospeché que sería Morse.
—Modulación de amplitud. Tienes razón. Deberíamos enseñárselo a Watson y, tal vez, a Marchenko también le interese. ¿Hay algún indicio respecto a la fuente? —preguntó Martin.
—Sin duda, se halla detrás de nosotros. Espera un momento. —Hayato hizo que el ordenador calculara la secuencia temporal de la fuerza media de la señal. Después de un momento, apareció el resultado en la pantalla.
—Hmm, solo el componente relativo a la distancia es significativo —dijo Martin, un poco decepcionado.
—¿Significa eso que la fuente nos persigue lentamente? —preguntó Hayato.
—Prefiero pensar que no hemos estado recibiendo la señal el tiempo suficiente como para ver su paralaje, el desplazamiento lateral de la fuente. Dentro de unos días deberíamos poder triangular el punto de origen.
—Creo que ya sospechas algo.
—En efecto, Hayato. ¿Recuerdas nuestro primer despegue desde Encélado, cuando corrí de nuevo hacia el concentrador de láser?
—Sí. Jiaying casi se muere de miedo. —En el mismo instante en que lo dijo, Hayato se preocupó por habérsela mencionado.
—Reconfiguré la antena del concentrador para poder usarlo como una antena. Esperaba que la entidad del océano pudiera comunicarse con nosotros de ese modo, incluso a través de largas distancias. Quizá funcionara de verdad. Sería genial.
Hayato no había visto a Martin tan animado desde hacía días. «¿Quién dice que el trabajo útil no ayuda a la gente a superar sus problemas?»
—Espero que Watson pueda decirnos si es un mensaje —dijo Hayato.
—Watson, necesitamos un análisis de la información contenida en esta señal —le ordenó Martin al IA—. Y también una interpolación de la fuente basada en nuestra recepción continua.
—Confirmado —dijo el IA—. Según el análisis inicial, la estructura de la señal es muy compleja. Tiempo requerido para su desencriptación: cuarenta y ocho horas. O veinticuatro horas si usamos las capacidades del súper ordenador de la Tierra.
—Cuarenta y ocho horas está bien —dijo Hayato—. Preferiría evitar que, por ahora, la Tierra se enterara de esto.
Hayato ordenó sus pensamientos antes de llamar a la puerta de la cabina de la astronauta china. Amy había aprobado este intento de conversación. Ella misma se sentía inútil en lo concerniente al repentino cambio de Jiaying. ¿Le iría a él mejor que a su comandante? Llamó suavemente pero nadie respondió. A continuación usó el timbre. Jiaying lo oiría, considerando que el sistema de control de la nave se aseguraba de que todo el mundo escuchara la alarma en caso de emergencia.
No pasó mucho tiempo antes de que oyera la voz de Jiaying.
—Pasa.
Hayato abrió la puerta. Había un olor fresco, y la cabina estaba limpia y ordenada, como si su ocupante acabara de mudarse allí. Jiaying se incorporó en la cama, sus manos presionadas entre sus muslos.
—Hola, Hayato. —Le saludó sin modular la voz. Casi sonaba como un robot de antaño, de la época antes de que los programadores aprendieran a hacerles usar patrones naturales de entonación.
—Buenos días, Jiaying. —Hayato intentó mirarla a los ojos, pero ella la evitó enseguida.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó, pero su expresión facial mostraba, sin lugar a dudas, que quería que abandonara su cabina lo antes posible. Le temblaban los antebrazos, como si estuviera a punto de sufrir convulsiones… o un ataque de nervios. «¿Qué le pasa?», se preguntaba Hayato. «¿Una psicosis provocada por el estrés de estar en un entorno hostil? Pero ¿por qué ahora, cuando vamos de camino a casa?», Hayato no era médico y no podía evaluar sus síntomas. Y cuando se lo comentó a Marchenko más tarde, este no pudo encontrar indicios claros de una enfermedad específica.
—No necesito que hagas nada por mí, pero me preguntaba si yo podría ayudarte de algún modo.
Jiaying rio brevemente, pero su risa no sonaba alegre.
—¿Quieres ayudarme? Nadie puede hacerlo… no. Estoy bien. No te preocupes.
—Nosotros, es decir, Amy, Francesca, yo, y también Marchenko, creemos que sí te ocurre algo. —No mencionó el nombre de Martin a propósito—. Desde hace dos semanas, te comportas de un modo muy extraño.
—¿Extraño? ¿Intentas decirme que estoy descuidando mis obligaciones?
—No, no es eso. Aunque no siempre te ocupas de lo que hemos acordado, pero ese no es el problema. Estás… diferente, y te distancias de nosotros.
—¿No se me permite tener un poco de privacidad? Hemos estado juntos veinticuatro horas al día durante más de un año. También tengo la menstruación, así que no estoy de buen humor todo el tiempo.
—Esto no va de estar de buen humor. Siento que has construido un muro a tu alrededor para que nadie pueda acercarse. Esa no es la Jiaying que solíamos conocer.
—La gente cambia, ¿sabes? Tal vez la niña tonta y esperanzada ya no exista. Quizá, simplemente, he madurado. ¿Es tan difícil de creer?
—No creo que sea tan sencillo, Jiaying. La gente no cambia tan rápido. Recuerdo los primeros días en el ILSE. Tardamos meses en hacernos amigos. Algo así no sucede de un día para el otro.
—A veces sí, Hayato, a veces sí.
Le pareció detectar una profunda tristeza en su voz. Ojalá pudiera hacerle entender que estaban allí para ayudarla. Si alguien podía hacerlo, eran ellos, sus colegas y amigos. Sin embargo, le dio miedo estar equivocado. ¿Habían sido capaces de ayudar a Marchenko?
Hayato se sobresaltó cuando la profunda voz del médico sonó por los altavoces de la cabina de Jiaying en ese mismo instante.
—Tenemos noticias interesantes. Por favor, ¿podéis venir al módulo de mando?
Hayato pensó que el ruso no podía haber elegido peor momento. Miró hacia Jiaying, quien parecía estar más contenta. «Una pequeña distracción le vino bien a Martin», se dijo. «Tal vez le ayude a ella también», Hayato sacudió la cabeza con pesar. Dudaba que su problema fuera tan fácil de solucionar. Martin experimentaba algo que le había pasado a billones de personas: perder a su amor verdadero. No obstante, el motivo del brusco cambio de Jiaying debía ser muy diferente. Decidió que hablaría con Marchenko sobre ello.
Ahora mismo estaba más interesado en las noticias que les había prometido el ruso.
—¿Vienes? Antes de ayer grabamos una posible señal que Watson prometió desencriptar en dos días. Parece que ha llegado el momento.
Al principio, Jiaying hizo ademán de levantarse. Luego sacudió la cabeza.
—Martin estará allí también, ¿verdad?
Hayato dudo en mentirle, pero luego asintió.
—Estoy segura de que me mantendrás informada de todos modos —dijo Jiaying. Su cuerpo se derrumbó, como si la conversación le hubiera supuesto un esfuerzo enorme, y volvió a acostarse.
—Vale, me voy. Te veré mañana durante el primer turno.
Jiaying no respondió. Hayato se giró en redondo una vez más al llegar a la puerta y vio que había cerrado los ojos. Una lágrima brillaba entre sus increíbles pestañas negras.
* * *
Amy y Martin esperaban a Hayato en el módulo de mando.
—Francesca está durmiendo, así que no quisimos despertarla. ¿Y Jiaying? —preguntó Amy.
Hayato sacudió la cabeza.
—Vale, entonces no nos tengas más en ascuas, Marchenko.
La pantalla de niebla se activó automáticamente. Hayato se quedó sorprendido, ya que no estaba acostumbrado a que Marchenko tomara decisiones espontáneas. A veces el ruso parecía un fantasma que hubiera encantado toda la nave espacial.
—Primero, veamos la interpolación de la fuente de la señal —comenzó Marchenko.
La pantalla mostró dos puntos: uno rojo que se movía hacia el sol, y uno plateado que orbitaba un planeta anillado.
—Esta pequeña luna de aquí —dijo Marchenko, refiriéndose al punto plateado—, se mueve con un componente de su velocidad en la misma dirección que ILSE, y con otro componente en ángulos rectos. El del aproximación a nosotros provoca que la frecuencia de la señal de radio medida varíe ligeramente, de un modo similar al sonido diferente que produce un coche de carreras al acercarse y, luego, alejarse de ti. El movimiento lateral, por contra, reduce la fuerza relativa de la señal, ya que el emisor se aleja de nosotros. El corrimiento al rojo y el cambio en la fuerza de la señal nos permiten determinar la posición del emisor. Una vez reunimos suficientes datos, Watson solo tardó unos segundos en identificarlo. Y, en mi opinión, ha hecho un buen trabajo.
Hayato había notado, durante los últimos días, que Marchenko se refería al IA de la nave como si fuera una mascota bien entrenada. Esperaba que eso no provocara a problemas adicionales porque, desde luego, no necesitaban más.
