Enemigo y amante - Merline Lovelace - E-Book

Enemigo y amante E-Book

Merline Lovelace

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Beschreibung

La temperatura estaba aumentando... y no tenía nada que ver con el tiempo Cuando la cazadora de huracanes Kate Hargrave conoció al piloto de pruebas Dave Scott, la cosa empezó a calentarse. Pero era un calor del que Kate prefería alejarse después de haberse quemado una vez. Especialmente teniendo en cuenta la reputación de mujeriego de Dave... Era cierto que Dave había tenido mucho éxito con las mujeres, pero eso pertenecía al pasado. Porque en cuanto vio a la guapísima investigadora con la que iba a tener que trabajar en aquel proyecto, supo que tenía que convencerla de que las apariencias engañaban...

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2004 Merline Lovelace. Todos los derechos reservados.

ENEMIGO Y AMANTE, Nº 1410 - abril 2012

Título original: Full Throttle

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicada en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0043-4

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Capítulo Uno

Kate Hargrave llevaba más de siete kilómetros de su carrera matinal cuando divisó una columna de polvo que se elevaba del suelo del desierto. Se enjugó el sudor, a pesar de que era septiembre y ya había refrescado en el desierto, y miró hacia el vehículo que dejaba esa estela marrón en medio del amanecer de Nuevo México.

Kate, una prestigiosa investigadora del Instituto Oceanográfico y Atmosférico Nacional (IOAN), había hecho cientos de horas de vuelo como integrante de los famosos Cazadores de Huracanes. Volaba con pilotos que tenían la mano firme en los controles, unos nervios de acero y una confianza plena en su capacidad para desafiar a la muerte y salir vivos. Calculó la velocidad de la camioneta que se acercaba a ella y supo con certeza quién estaba al volante.

El capitán de las Fuerzas Aéreas Dave Scott, un piloto de pruebas experimentado con cientos de horas de vuelo tanto en aviones como en helicópteros. Scott había sido destinado al grupo de Operaciones Especiales como nuevo integrante de un destacamento supersecreto enterrado en un rincón perdido del sudeste de Nuevo México.

Tendría que haber llegado la noche anterior, pero había llamado al coronel Westfall desde algún punto de la carretera para comunicarle que se presentaría a primera hora de la mañana. No dio ninguna explicación del retraso, al menos ninguna que el coronel al mando de la Operación Pegaso hubiera comunicado a sus subordinados.

Eso era motivo suficiente para fastidiar el buen humor característico de Kate. Ella y el resto del escogido grupo llevaban semanas allí. Habían estado trabajando día y noche para llevar a cabo las pruebas definitivas del vehículo de asalto, adaptado a cualquier terreno y condición meteorológica, llamado Pegaso. Desde el primer día les habían dejado muy claro que era una misión de carácter urgente. A ella no le sentaba muy bien que el capitán Scott retrasara su llegada, aunque sólo fueran ocho horas de tiempo de descanso.

Además, las Fuerzas Aéreas habían elegido al capitán Scott para sustituir al teniente coronel Bill Thompson, el representante original de las Fuerzas Aéreas en la operación. A todo el mundo del equipo le gustaba el experimentado, respetado y simpático piloto de pruebas. Desgraciadamente, hacía unos días Bill había tenido un ataque al corazón por una infección producida por un virus que lo afectó a él y a otros integrantes del grupo. Bill había quedado apartado de la Operación Pegaso y, seguramente, dejaría de volar el resto de su vida. Su repentina partida había dejado un vacío en la piña que formaba el equipo de militares y civiles de todas las especialidades que trabajaban en la operación. Dave Scott tendría que hacer un esfuerzo para ponerse al día con el resto del grupo y hacerse merecedor de ocupar el puesto de Bill Thompson.

«Espero que estés a la altura, amigo».

Kate aceleró el paso. No tenía intención de encontrarse con su nuevo compañero en medio del desierto. Estaba despeinada y su malla de color turquesa para ir a correr tenía algunas manchas de sudor. Con un poco de suerte y de velocidad, llegaría al campamento antes de que él se presentara en el primer control.

Tendría que haber supuesto que no podría derrotar a un piloto de combate. La camioneta se paró en el control cuando Kate todavía estaba bastante lejos.

La deslumbrante luz que llegaba por detrás de los montes Guadalupe iluminó el vehículo. La camioneta estaba abollada. Era de un color indeterminado entre gris y azul y estaba cubierta de polvo. Sin embargo, no podía ver al conductor. Estaba demasiado lejos y el reflejo de la luz en el parabrisas formaba un escudo impenetrable.

Pronto podría verlo, se dijo Kate. Según lo que había oído del capitán Dave Scott, sabía que no era de los que montaban en su coche a una chica vestida con un ceñido traje de deportes aunque, para el caso, tampoco a una con medias y zapatos de cordones negros. Los rumores decían que Scott era de los que las amaba y las abandonaba y que tenía una legión de amantes satisfechas entre costa y costa.

Kate se conocía el tipo. Demasiado bien.

Por eso no se sorprendió cuando la camioneta metió la primera y salió disparada del control en medio de una nube de polvo. Se volvió a parar con un derrape a pocos metros de Kate.

El motor de la camioneta se quedó rugiendo con un tono bajo y gutural. Se bajó la ventanilla del conductor y ella pudo ver un antebrazo musculoso seguido de un perfil muy rudo. Scott llevaba un sombrero vaquero de paja y tenía unos rasgos curtidos; podía haber sido uno de los lugareños que se habían adaptado a la vida en el desierto. El sombrero dejaba en sombra la parte superior de su rostro. La parte inferior consistía en la punta de la nariz, una boca enmarcada por dos arrugas y una barbilla cuadrada y rotunda. En el antebrazo desnudo podía ver algo de vello dorado por el sol. Tenía los ojos tapados por unas gafas de espejo típicas de aviador, pero la sonrisa que esbozó era puro sexo.

–Vaya, vaya –dijo con un tono grave y profundo que se oyó perfectamente–. Este destino es cada vez más apetecible.

Kate, a lo largo de su carrera profesional, ya había oído centenares de veces distintas variantes de la misma frasecita. Su sonrisa, su pelo castaño con reflejos dorados y sus generosas curvas habían llamado la atención de todos los hombres con los que había trabajado. Hacía tiempo que había aprendido a distinguir entre los que no pasaban de mirarla con ojos desorbitados y los que eran verdaderamente molestos y a tratar a los dos con habilidad y despreocupación. Se echó al costado de la carretera.

–Guárdese la lengua y apriete el acelerador, el coronel Westfall está esperándolo –le aconsejó con cierta ironía burlona.

Él bajó la barbilla y asomó unos ojos azules por encima del borde de las gafas.

–El capitán puede esperar –replicó él–. Usted, en cambio…

No terminó la frase o Kate no oyó el final.

Lo había mirado a los ojos medio segundo más de lo conveniente y se separó de la carretera corriendo. Las zapatillas dejaron de pisar tierra compacta y se quedaron en el aire. Ella soltó un juramento y cayó en la zanja que había junto a la carretera. Se dio un golpe en la pierna derecha que le retumbó por todo el cuerpo y luego cayó sentada sobre un montón de hierbas secas y zarzas.

Eso sí que era habilidad y despreocupación.

Scott salió de la camioneta casi antes de que ella tocara el suelo. Sus botas de tacón bajo se deslizaron sobre la tierra y las piedras y llegaron al fondo de la zanja.

Cuando se inclinó sobre ella, Kate esperó notar una mínima expresión de interés. Sin embargo, se encontró con una mirada fugaz que la recorrió de arriba abajo y unas cejas arqueadas.

–Y yo que esta mañana me he despertado pensando que se había acabado la diversión y que me esperaban unas semanas de arduo trabajo…

Kate frunció el ceño. Lo mejor era dejar las cosas muy claras desde ese momento.

–Y ha pensado bien, capitán.

–No estoy muy seguro –él volvió a mirarla a los ojos–. Las cosas tienen muy buen aspecto desde aquí, muy bueno…

Kate resopló. Tenía unos ojos de color azul eléctrico cubiertos por unas pestañas quemadas por el sol. Las ligeras arrugas blancas que tenía en las esquinas de los ojos desaparecían cuando sonreía, lo que provocaba consecuencias devastadoras.

Gracias a Dios, ella estaba vacunada contra el encanto indolente y la seguridad arrogante de Scott. La vacunación había sido dolorosa, pero una vez administrada debería durar toda la vida.

Desgraciadamente, no estaba vacunada contra las espinas que se le habían clavado en el trasero y, una vez recuperada del susto de la caída, podía notarlas con toda su intensidad.

–¿No podría dejar de mirarme y ayudarme un poco? –le propuso ella con ironía.

–Faltaría más.

Scott se puso de pie con la facilidad natural de un atleta y extendió la mano. Tenía la piel curtida y caliente.

Naturalmente, el tobillo de Kate cedió en cuanto tocó el suelo y ella cayó con un gruñido entre los brazos expectantes de él. Esa vez, él tuvo el detalle de mostrar cierta preocupación. Al menos, ésa fue la excusa que dio para tomarla en brazos.

–Ha debido de darse un buen golpe en el tobillo.

La estrechó contra su pecho sin acusar el considerable peso de ella. Kate no pudo evitar percatarse de que era un pecho muy sólido y musculoso.

–Será mejor que la lleve al campamento.

Él había salido de la zanja y estaba rodeando la camioneta antes de que ella pudiera explicarle que tenía un problema más apremiante que el tobillo. Intentó pensar en alguna forma sutil de explicarle su problema. No se le ocurrió nada. Suspiró y lo detuvo antes de que él abriera la puerta de la camioneta y fuera a dejarla en el asiento.

–Antes de que me deposite en el asiento, creo que debería saber que me he clavado unas cuantas espinas. He aterrizado sobre unas zarzas –añadió al ver que él la miraba con sorpresa–. Tengo que quitármelas del trasero.

–¡Caray! –exclamó él con una sonrisa burlona–. Y yo que creía que no podía irme mejor…

Su gesto de lascivia fue tan exagerado que ella ni siquiera hizo un esfuerzo por contener una risotada.

–No compliquemos más las cosas. Déjeme en el suelo y yo me ocuparé de… la intervención de urgencia.

Él la dejó en el suelo y la miró con esperanza.

–Me gustaría ayudar en la operación…

–Me puedo apañar.

Scott hizo un esfuerzo por disimular su decepción y la observó mientras ella se agarraba al picaporte del coche y se retorcía para quitarse las espinas. Una a una fue tirándolas al suelo.

–Se ha dejado una –le avisó él mientras ella se limpiaba el trasero–. Un poco más abajo.

Kate se la quitó y se apoyó en el tobillo para probarlo. El dolor estaba remitiendo. Sonrió y se volvió hacia su rescatador.

–Soy la comandante Kate Hargrave, por cierto, y estoy en el Instituto Oceanográfico y Atmosférico Nacional.

Ella, como comandante del IOAN, tenía un rango superior al de capitán de las Fuerzas Aéreas. A Scott le parecía inmensamente divertido haber tenido la ocasión de ver a una superior quitándose unas espinas del trasero. Los ojos le brillaron detrás de aquellas pestañas rubias y extraordinariamente tupidas.

–Dave Scott, piloto de aviones.

Ante su desesperación, Kate comprobó que la vacuna contra los demonios guapos y atractivos no era tan efectiva como ella había esperado. Ni tan duradera. Notó un escalofrío por toda la piel cuando lo miró. Dave estaba tan cerca que ella podía ver la incipiente barba dorada; las arrugas en sus mejillas cuando sonreía; el reflejo de su propia cara sudorosa en las gafas de él…

También recibió una bocanada de él. Dave, al revés que Kate, todavía olía a ducha, a limpieza con un levísimo toque a polvo. También se percató de que el capitán Dave Scott no olía a loción para después del afeitado y se preguntó por qué se habría tomado la molestia de hacer un análisis tan exhaustivo.

Eso no podía ser inteligente, se dijo Kate mientras el corazón le golpeaba como un martillo contra las costillas. Había aprendido por las malas a no fiarse de los embaucadores demasiado guapos como aquél. Su desastroso matrimonio le había enseñado a utilizar la cabeza y no las hormonas en lo que se refería a los hombres.

Además, Scott y ella iban a trabajar juntos durante las semanas siguientes, e iban a hacerlo muy juntos. Kate, aparte de su belleza y seductora figura, era una profesional de los pies a la cabeza. Una mujer no llegaba donde había llegado ella en el Instituto Oceanográfico y Atmosférico Nacional si no se atenía a las normas, y la norma número dos era no tontear con el personal contratado. Quizá fuera la número tres pero, desde luego, estaba entre las cinco primeras.

Y no tenía intención de tontear con el capitán Dave Scott. ¡Al contrario! Aunque notara un cosquilleo por toda la espina dorsal cuando él la agarró de la muñeca para ayudarla a subir a la camioneta. Una vez sentada, él dio la vuelta al vehículo y se sentó detrás del volante.

–¿Desde cuándo lleva aquí? –le preguntó Dave mientras encendía el motor.

–Desde el primer día.

Cuando él apretó el acelerador, Kate notó que se pegaba al asiento, como si la camioneta se hubiera encabritado como una bestia poderosa y desbocada antes de lanzarse a una carrera silenciosa. Evidentemente, Scott había dotado de un motor impresionante a ese chasis tan poco llamativo. A ella le pareció interesante. El capitán se parecía bastante a ese trasto. Era todo músculo, y tenía unos ojos azules de impresión debajo de un sombrero vaquero de paja y una camisa blanca y arrugada.

–¿Qué tal el flacucho? –le preguntó él–. ¿Está Pegaso preparado para volar?

En ese instante, Kate dejó de pensar en el hombre que tenía sentado a su lado y se acordó del aparato que estaba guardado en un hangar, construido con materiales capaces de evitar hasta a los satélites espía de última generación.

–Casi –contestó ella–. Bill Thompson sufrió un ataque al corazón cuando estábamos terminando las pruebas en tierra.

–No he conocido a Thompson, pero he oído hablar de él. Las Fuerzas Aéreas han perdido a un piloto extraordinariamente bueno.

–Así es. Y Pegaso también. A usted le queda mucho para ponerse al día y poco tiempo para hacerlo –le avisó ella.

–No se preocupe.

La despreocupada respuesta irritó a Kate. Todo el equipo había estado trabajando mucho durante algunas semanas. Si Scott se creía que todo era coser y cantar, iba a llevarse una sorpresa monumental.

El capitán, que no se había dado cuenta de que le había tocado la fibra sensible, parecía más interesado en Kate que en la operación que iba a tenerlo absorto día y noche.

–He visto su historial profesional en la documentación orientativa que me ha dado el Cuartel General. Más de mil horas en el P-3… Es impresionante.

Efectivamente, a Kate le parecía que lo era. Sólo los mejores de entre los mejores llegaban a la escuadrilla especial del IOAN, donde estaba el P-3

Orion. Volar dentro del ojo de un huracán exigía arrestos, decisión y un estómago a prueba de bombas. Sin embargo, la sinceridad obligó a Kate a dar una explicación.

–No todas esas horas fueron en huracanes. A veces veíamos el cielo azul.

–Una vez salí con los cazadores de huracanes de la Fuerza Aérea con base en Keesler.

Kate se puso tensa. Su ex marido estaba destinado en la Reserva de la Fuerza Aérea de la base de Keesler, en la costa del golfo de Mississippi. Allí conoció a John durante una conferencia en la que participaban todos los organismos encargados de seguir y predecir la furia que desataba la madre naturaleza sobre el golfo. Kate guardaba pocos recuerdos buenos de Keesler.

–¿Qué tal te fue el vuelo? –le preguntó ella para olvidarse de su mayor error de cálculo.

–Digamos que he tenido bastante con una vez.

–Meterse en un torbellino de viento y lluvia no está al alcance de los pusilánimes –concedió ella con seriedad.

Él sonrió al oírlo. Cuando él apartó la vista de la carretera, ella captó un brillo burlón en sus ojos grisáceos.

–Desde luego. No lo está.

Kate no replicó, pero sabía perfectamente que Scott podía ser cualquier cosa menos pusilánime. Cuando le dijeron que iban a mandarlo como sustituto de Bill Thompson, ella había puesto en marcha a toda su red de amigos y fuentes de información para enterarse de todo lo que pudiera sobre ese hombre. Sus fuentes le habían confirmado que había reunido un montón de horas de vuelo durante los diez años que había estado en el ejército.

Entre esas horas de vuelo había varios centenares de horas de combate en helicópteros Blackhawk y en el cazabombardero AC-130H. El cazabombardero, una versión modificada del cuatrimotor turbopropulsado que tan buenos resultados había dado a las Fuerzas Aéreas, tenía una potencia de fuego de una precisión milimétrica que servía de apoyo para las fuerzas convencionales o poco convencionales, de día o de noche.

Kate estaba segura de que Scott había dado ese apoyo de precisión milimétrica durante sus últimas estancias en Iraq y Afganistán. Después de Iraq, lo destinaron al Ala 919 de Operaciones Especiales de Hurlburt Field, Florida, para que probara la última adquisición de las Fuerzas Aéreas, el CV-122 Osprey de geometría variable.

Como el Osprey mezclaba las características de despegue de un helicóptero con la capacidad de vuelo a distancias largas de un avión convencional, la experiencia de Scott hacía que fuera el sustituto natural, con tan poca antelación, de Bill Thompson. Cuando Pegaso terminara las pruebas, podría sustituir al CV-130 y al CV-122 como elemento de choque en el campo de batalla.

Kate, que pensaba en las tensas semanas que la esperaban, se mordió el labio inferior y no dijo nada hasta que pasaron el segundo control y entraron en las instalaciones del complejo.

Todo el complejo se había construido en menos de dos meses. Desgraciadamente, los constructores habían sacrificado la estética en favor de la utilidad y el campamento tenía el mismo aspecto que un campo de prisioneros. Todos los edificios prefabricados estaban rodeados de alambres de espinos y los remolques estaban pintados de un marrón neutro para que se confundieran con el desierto. Unas piedras pintadas de blanco delimitaban los caminos y carreteras entre los edificios. Aparte de algunas mesas para comer al aire libre que estaban diseminadas entre los remolques, todo era absolutamente funcional.

Unos módulos separados albergaban los centros de pruebas, el centro de comunicaciones e informática y la enfermería. En el centro de seguridad, llamado Serpiente de Cascabel, ingresaban los «no prisioneros», y la policía militar que se ocupaba de la vigilancia estaba en otro módulo. En un módulo mayor estaban el gimnasio y el comedor, que también servía de cine y de centro de reuniones cuando los mandos querían dirigirse a toda la tropa. El hangar donde se guardaba Pegaso se elevaba sobre las demás construcciones como un mamut gigantesco.

El personal se alojaba en los remolques en unidades de dos o tres personas. Kate y las otras dos oficiales compartían un remolque. Scott dormiría con el capitán de fragata Russ McIver, el representante de la Infantería de Marina. Kate le mostró el camino hacia la fila de módulos que llamaban, extraoficialmente, el Callejón de los Oficiales.

–Seguramente, querrá ponerse el uniforme antes de presentarse al coronel Westfall. Su remolque es el segundo por la izquierda. El módulo de Westfall es el que está solo al final del callejón.

–Lo primero es lo primero –le rebatió Scott mientras se dirigía hacia la enfermería–. Vamos a que le vean el tobillo.

–Ya iré yo. Será mejor que se cambie y se presente.

–Me expulsarían de la hermandad de Operaciones Especiales si dejara desamparada a una mujer con un tobillo torcido.

Lo dijo de broma, pero su despreocupación hacia su nuevo destino empezaba a molestar mucho a Kate. Ella apretó los labios al ver que él daba la vuelta a la camioneta y se bajó para esperarlo con los dos pies en el suelo.

–Me parece que no se ha dado cuenta de lo apremiante de nuestra misión. Yo me apañaré sola. Usted preséntese al comandante en jefe.

El tono era inapelable y era la orden de una superior.

Él arqueó una ceja. Por un instante, sus ojos reflejaron algo que no era la risa burlona con la que la había tratado hasta ese momento.

El brillo peligroso había desaparecido casi tan deprisa como había aparecido.

–A sus órdenes, señora –le contestó él con una voz exageradamente lenta.

Dave tuvo cuidado de no dejar a la comandante Hargrave envuelta en una nube de polvo, y siguió por el retrovisor su lento caminar hacia la enfermería.

Era tozuda y maravillosa, y no le imponía su rango. Eso encajaba perfectamente con lo que había oído de ella.

La sexy cazadora de huracanes no podía saberlo, pero su ex marido había pilotado la misión que él había llevado a cabo en Keesler y le había contado un par de cosas sobre la mujer que acababa de dejarlo, ninguna de ellas especialmente halagüeña. Según el dolido piloto, era ambiciosa, temeraria en el aire, una tigresa en la cama e implacable fuera de ella.

A Dave le pareció que tres de cuatro eran más que suficientes para él. Efectivamente, pensó mientras veía cómo se alejaba en el espejo, ese destino cada vez se ponía mejor.

Capítulo Dos