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Mientras Sam trota sin mucha convicción por el madrileño puente de Segovia, un desconocido se dirige a él y asegura ser su amigo del alma, Alberto Delgado, al que hace más de diez años que no ve. Sam duda unos minutos hasta que un comentario disipa su recelo. Alberto ha cambiado muchísimo para mejor: pertenece al cuerpo diplomático, nada en la abundancia y tiene un aspecto estupendo, incluso el mismo pelo que tenía de joven; por su parte, Sam ha engordado, su descuido indumentario es completo (igual que el de su piso, donde pasa casi todo el tiempo), malvive de unos erráticos encargos laborales y debe varios meses de alquiler. En su juventud, Sam era un escultor que prometía, y Alberto, un poeta en ciernes.
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Seitenzahl: 381
Veröffentlichungsjahr: 2021
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1. CARA A
2. CARA B
3. CARA A
4. CARA B
5. CARA A
6. CARA B
7. CARA A
8. CARA B
9. CARA A
10. CARA B
11. CARA A
12. CARA B
13. CARA A. EPÍLOGO. (ONCE AÑOS DESPUÉS)
AGRADECIMIENTOS
CRÉDITOS
Para Max, que es mi hijo, pero también es mi amigo
No fui capaz de reconocer a mi mejor amigo. Cierto que catorce o quince años sin ver a una persona es mucho tiempo, un océano de tiempo para una memoria como la mía que ya comienza a deshilacharse a causa del interminable rosario de noches en vela, excesos con el alcohol y el hachís, y horas pasadas ante el televisor y la pantalla del ordenador a causa de mi trabajo. Pero aún no sé si me falló la memoria, ese banco de datos desordenado y polvoriento que administra mi cerebro, o si fue otra la razón, pero el caso es que no reconocí a Alberto Delgado. Lo admito y confieso y a la vez no me lo creo, pues, aunque en catorce o quince años un hombre pierde pelo, gana peso, se le aflojan los músculos, se le agarrotan los huesos y su mirada pierde brillo, no reconocer a Alberto era algo absurdo e incomprensible que me dejó sumido en el más absoluto estupor y desconcierto durante muchos días, semanas enteras, porque Delgado era, lo fue durante muchos años y jamás ha sido sustituido en mis afectos por ningún otro, mi amigo del alma, mi mejor amigo.
Atravesaba una templada tarde de finales de mayo el viaducto de Segovia, con su estúpida y antiestética barrera de cristal antisuicidas, a un trote que me complacería calificar de atlético pero que sin duda, hay que ser sincero con uno mismo, debía resultar más cercano a lo patético que a lo glorioso a los ojos de cualquier viandante menor de cien años que se cruzase en mi camino, cuando un desconocido, sí, un desconocido, levantó su mano derecha y me obligó a detenerme. Aún seguí saltando unos instantes sobre mis deportivos antes de despojarme de los auriculares, apagar el walkman en el que sonaba una anticuada canción, Dreamer, de un grupo llamado Supertramp, y enfrentarme a una larga sonrisa que, inexplicablemente, me provocó una fuerte sensación de vértigo; había algo familiar en esos labios delgados y dilatados hasta el extremo de desbordar los límites del rostro para quedar anclados en los redondos lóbulos de unas orejas menos imperfectas que grandes.
—Sam, tío, ¡cuánto tiempo!
Le miré de arriba abajo, resoplando, tratando de recobrar el aliento, avergonzado de las manchas de sudor, las enormes alforjas dibujadas en mi descolorida camiseta de color gris con un dibujo en el pecho del una vez amarillo gato Garfield, de los pantalones cortos que habían sido holgados y que ahora se abrazaban a mi abdomen con la misma obcecación que lo haría un adolescente al cuerpo de su primera novia. Tenía que comprarme unos pantalones de deporte nuevos, era urgente, como también lo era renovar mi colección de cedés; llevaba años repitiéndomelo a mí mismo, pero nunca encontraba el momento, como nos sucede siempre a los que tenemos demasiadas horas libres al día y nos ocupamos única y exclusivamente de nosotros mismos, de ir satisfaciendo los caprichos, cada vez más blandos y estériles que nos asaltan y de los que no sabemos ni queremos defendernos, aunque en ocasiones nos engañemos afirmando lo contrario.
—¿Desde cuándo haces deporte?
—Tanto como deporte…
Resoplé, agotado y sucio, deseando librarme lo más rápido posible de aquel pelmazo de sonrisa excesiva y llegar a casa para darme una ducha, liarme un porro y sentarme delante del televisor. Me apoyé en la barrera protectora y desvié la mirada hacia el norte, con la esperanza de que la masa verde formada por la Casa de Campo ejerciese un efecto lenitivo sobre lo incómodo de la situación: alguien que te saluda como si te conociese de toda la vida y a quien tú no eres capaz de identificar. ¿Un compañero de mi anterior trabajo, de la universidad, del colegio?, ¿De otra vida?
—Sam. Samuel López Sañudo. Sammy. No podía creer que fueses tú cuando te he visto acercarte corriendo como un podenco que ha perdido la pista de su liebre. Algún kilito extra, pero en el fondo no has cambiado nada, el mismo Sam de siempre.
¿Que no he cambiado nada? Soy la prueba viva más evidente de la decadencia física y moral que conozco. Mi estómago antes plano ahora es una bola deforme e incontrolable que apenas logran contener mis calzoncillos; bajo mis ojos, cada vez más pequeños y saltones, se han formado dos antiestéticas bolsas grisáceas; la piel se me ha llenado de manchas y mi único recurso para ocultar la calvicie es raparme el cráneo por completo cada quince o veinte días. Por no hablar de mis sueños, mis megalomaníacos y supuestamente imperecederos sueños de juventud. He renunciado a todos, hasta a los más humildes, aunque miento, desde luego, miento cada vez que se me presenta ocasión y alguien tiene la amabilidad, o la torpeza, o incluso la impertinencia, de preguntarme por mis proyectos; entonces, ah embriaguez de la fantasía, despliego mi enorme cola de pavo real obligado a vivir entre pavos comunes y dibujo un futuro maravilloso y perfecto, a mi medida, que haría palidecer de envidia a un rey. En esos momentos de delirio verbal hasta yo creo en mis palabras. ¿Y por qué no? Siempre podría suceder que mañana fuese un gran día y me tocase la lotería, o que algún tío rico a quien no conozco me dejase una herencia tan desmesurada que hasta para un manirroto endémico como yo fuese imposible dilapidarla. No has cambiado nada. Una frase, por muy falsa que sea, que a cualquiera le gusta escuchar. Me quité la gorrita que cubría mi cabeza casi por completo descabellada; apenas unos islotes de pelos antiestéticamente diseminados como los de una muñeca a quien su dueña hubiese maltratado a conciencia; en cuanto llegase a casa me pasaría la máquina de afeitar por el cráneo. ¿Quién era aquel tipo de mirada burlona —ahora era evidente que se reía de mí, de mi desconcierto y probablemente también del ridículo aspecto de un hombre de mediana edad y fofo en ropa de deporte— que me había obligado a detenerme, abandonar mi pequeño mundo de canciones anticuadas, y que conocía no sólo mi nombre sino incluso mis dos apellidos?
—¿Qué estabas escuchando? ¿Supertramp? ¿Sigue siendo tu grupo favorito? ¿Crime of the Century?
Negué como un imbécil, molesto. Antes de que cante el gallo me negarás tres veces, mi amado Pedro.
—Les escucho alguna vez, pero ahora más bien me va la música étnica. ¿Conoces a Subramaniam? Un árabe insuperable, cojonudo.
—¿No sabes quién soy? ¡Es genial! Increíble. No me reconoces, ¡qué pasada! No puedo creérmelo.
Su carcajada, franca y desinhibida, sólo logró aumentar la gradación de mi creciente desconcierto. Era un sonido único, estridente y alegre al mismo tiempo, prueba de que quien la emitía se estaba divirtiendo realmente, no fingiendo, como sucede casi siempre en sociedad. Esa carcajada sí que me recordaba la de alguien, pero no era igual, no era la misma, joder, no era la misma. Quizá me estoy volviendo loco, pero fue la primera pista, y sigo estando seguro, casi seguro, de que no era la misma.
—Gordo no soy. Yo no soy el Gordo, porque el Gordo…
Recitó enarcando las cejas, bailando el índice derecho, antes de volver a reírse en mis narices, mi boca abierta a causa de la incredulidad. Esa risa alzándose sobre el estruendo de los coches que rodaban sobre el puente, robándole al cielo que se teñía de malva y rosa sobre la catedral de la Almudena el protagonismo del momento. Por fortuna no había testigos, sólo automóviles atravesando el viaducto en doble dirección ensimismados y veloces.
… Gordo no soy. No, él no era gordo porque Gordo era yo. Gordo y Delgado, así nos presentábamos, nos presentaba él, que solía ser quien llevaba la voz cantante cuando conocíamos a alguien nuevo, preferiblemente una chica, y teníamos ganas de guasa, que era casi siempre. Aun así no quise dar mi brazo a torcer, pronunciar su nombre, porque era inadmisible para mí no haberle reconocido. Alberto, Alberto Delgado. La última vez que supe de él fue en julio de 1998 cuando pasó por Madrid para despedirse de mí porque, según me explicó, había aceptado la plaza de canciller en la Embajada de España en el Líbano, en Beirut; un país por aquel entonces en guerra. Escudriñé, desconfiado, el rostro de facciones corrientes, y por un momento sí que le vi. Cuando se fue a Beirut llevaba barba, siempre había llevado barba o perilla o bigote y el pelo más bien largo, y ahora iba pulcramente afeitado y con un corte de pelo tan esmerado que hacía pensar en una peluca. Iba a rendirme cuando se quitó el antifaz, las gafas oscuras que le cubrían la mirada, y rehíce mi guardia al instante; no era él, no podía ser él. Aquellos ojos no eran los de Alberto Delgado, los ojos de mi mejor amigo. Mi mejor amigo desde los dieciséis hasta los treinta años. Entrecerró los párpados y volvió a reírse, haciéndome sentir como el idiota de los idiotas. Su cacareo era una excelente imitación de la risa de mi amigo, pero no pasaba de eso, de una excelente imitación que sonaba casi idéntica a la de Alberto, la famosa risa de Alberto Delgado, única en todo Madrid capaz de certificar que una noche de juerga había sido un éxito en la maravillosa época en la que aún éramos ingenuos cachorros recién destetados y pensábamos que la muerte y la decadencia eran estigmas que mancharían a los demás, pero que a nosotros jamás llegarían a alcanzarnos, porque éramos inmortales. La inmortalidad. El estupidísimo juego de la inmortalidad. A los cuarenta y cinco años no quiero que nadie me hable de semejante memez. Cuando veo a los nuevos y jóvenes cachorros, nuestro reemplazo, no puedo sentir sino compasión, deseos infinitos de cogerlos entre mis brazos y llorar sobre sus inexpertas cabezas, llorar hasta que se ahoguen en mis lágrimas y así no tengan que conocer jamás la decadencia y el futuro.
—¿Eres Alberto, Alberto Delgado? ¿En serio? Perdona, tío, pero es que estás cambiadísimo.
Mi guardia alta. Mi escepticismo desplegado sin el menor disimulo. Cambiadísimo era decir poco, y comenzaba a sospechar que se trataba de algún tipo de burla, de una broma macabra y sin sentido montada por alguien que me conocía bien y deseaba vengarse de alguna afrenta o simplemente reírse a mi costa. Hasta busqué con la mirada una posible cámara oculta filmando la escena. No vi ninguna, pero ese cabrón que tenía enfrente no había cumplido los cuarenta y cinco ni de broma, como máximo treinta y siete o treinta y ocho. Soy muy bueno calculando la edad del prójimo y no creo en pactos con el diablo, aunque sí en los milagros de la moderna cirugía estética… Pero también era más alto y corpulento que Delgado, mucho más corpulento. Hice un esfuerzo de memoria, apartando hilos, cortando telarañas, reconstruyendo con pixels imaginados los fragmentos perdidos para recordar cómo era Alberto antes de irse a Barcelona, la primera vez que abandonó Madrid, cinco años antes de que decidiese desaparecer tras aceptar aquella plaza diplomática en Beirut. Siempre había sido puro nervio, pero el nervio —mi memoria saltó cinco años en una milésima de segundo— se había transmutado en fragilidad tras el lustro pasado en la ciudad condal. No había rastro de nervio alguno en aquel hombre, y menos aún de fragilidad. Era como Anthony Hopkins interpretando a Nixon; los gestos iguales, demasiado iguales, pero el alma radicalmente diferente.
—A partir de cierta edad hay que cuidarse, Samuel.
Esos reflejos sí que eran los de Delgado: una máquina de procesar información a velocidad de vértigo. Respondiendo a mis dudas sin necesidad de que mi boca las formulase. Sonreí sin querer, ya el aliento recuperado, deseando ser capaz de preferir ser antes un paranoico que alguien a quien están engañando. Porque si simplemente era un paranoico, un iluminado que veía fantasmas donde no los había, eso significaba que mi viejo amigo había regresado para que este asqueroso mundo fuese un lugar un poco más soportable. Necesitaba que siguiese hablando, explicándose, y no vaciló en complacerme.
—Hago deporte todos los días. Estoy más en forma, creo, que hace veinte años. ¿Te acuerdas que antes no aguantaba una noche sin dormir? Pues ahora sí, ahora aguanto lo que me echen. Supongo que tanto ejercicio ha debido de transformarme físicamente, y además me hice un trasplante de pelo hace un par de años, pero no puedo creer —me pasma— que el cambio sea tan radical que ni siquiera tú seas capaz de reconocerme. Tú, el hombre que inventó conmigo el gordismo, que puso en pie él solo las oleadas irritantes del Manzanares, mi actor fetiche.
Jaque mate. Ahí me ganó. Ahí ganó Alberto Delgado al imbécil de Samuel López Sañudo. Me rendí y le puse una mano sobre el brazo. Su actor fetiche. Qué bárbaro; me sentí impresionado al tocarle; era cierto que se había convertido en un atleta. Y parecía factible, ya que había debido de ganar dinero a espuertas en su época de diplomático, que se hubiese hecho un trasplante capilar. Y quizá hasta se hubiese pasado una plancha láser sobre las arrugas del entrecejo. Mi mejor amigo, el único que siempre estaba a mi lado cuando el universo —tras dejarme bien claro que no sólo no iba a ser inmortal, ni en ese ni en ningún otro momento— había dejado de presentarse ante mí como una vagina rosa y acogedora que me podría a follar cada vez que me viniese en gana para convertirse en una gran polla fea y arrugada cuya mayor distracción era mearme encima. Pero cuando sucedía, cuando la realidad me meaba encima, aparecía Alberto —procedente de Barcelona o cualquier otro sitio— para explicarme que no, que nadie me estaba meando encima, sólo llueve, hombre, sólo llueve, y que seguía siendo inmortal y acabaría follándome al mundo. Éramos inmortales y no había prisa, ese era siempre su mensaje, su seguridad, aun en los peores momentos, cuando ya se había transformado en un manojo de nervios pero mantenía incólume su fe en los milagros; ya nos abrirían, repetía con absoluta convicción, los museos sus puertas y las mujeres de belleza imposible sus piernas.
—Flaco, eres tú. Realmente eres tú. ¡Qué alegría!
Abrí los brazos. Feliz, encantado, hechizado como un niño que encuentra su tebeo favorito perdido durante diez siglos.
—Gordo, siempre tan en tu propio mundo; pero antes no eras tan desconfiado. ¿Quién pensabas que era? ¿Un actor haciéndose pasar por mí? Todavía no soy tan famoso ni importante para que nadie me imite o pueda tener el menor interés en suplantar mi personalidad. Venga, Gordo, venga ese abrazo.
Me dejé caer, derrumbado, sobre sus hombros de gorila. Y así estuvimos un buen rato, abrazados y temblando; al menos yo temblando. Debíamos parecer dos maricones reconciliados tras una pelea amorosa, llorando, al menos yo, como croissants saliendo de un tazón de leche, en mitad del puente de los suicidas, desde el que ya no te puedes ni suicidar porque el Ayuntamiento ha puesto un muro transparente para que nadie salte, para que nadie muera haciéndose mermelada de fosfatina que ensucie el asfalto, nadie, sin su permiso.
Era demasiado difícil.
Tras la euforia implícita en la planificación de cualquier proyecto aparece la rugosa realidad. En el sueño de la imaginación todo es liso. Sencillo. Rápido. Perfecto. En la práctica nada es fácil. Nada es rápido ni sencillo. Jamás perfecto. Imaginar la meta no es prever los obstáculos. Los verdaderos obstáculos. Imprevisibles. Infinitos.
Una ciudad es como un idioma. No la domina igual quien la descubre de adulto que quien ha nacido entre sus calles. Delgado había nacido en Madrid. Yo no. Apenas había vivido allí alguna temporada. Semanas. Quizá meses. No recuerdo.
Leí. Historia. Anécdotas. Desde que el verdadero Delgado se marchara, la ciudad había cambiado. Crecido. Crecido brutalmente. Lo propio era sorprenderse. Sorprenderme. Nuevos barrios. Monumentos. Edificios. Carreteras. Podía arriesgarme a explorar alguna zona en compañía de Sañudo. Aunque prefería hacerlo solo y por mi cuenta. Un operario vestido con un mono azul que residía en un cuarto piso sin ascensor de la calle Salitre. El mismo camuflaje que había utilizado para seguir los pasos de Sañudo. Mi as en la manga. El que debería utilizar si un guante inesperado me alcanzaba en el mentón y se producía el KO. Una vez por semana dormía en el Ritz y pagaba la factura con la visa oro de Delgado. Eso me permitía recibir correspondencia en el hotel. Un pie dentro y otro fuera de cada escenario. De un hotel se puede desaparecer en cualquier momento. No hay raíces que cortar. Apartamentos que desmontar. Los conozco bien. Son útiles para mi trabajo. Tráfico de pasaportes y tarjetas de todo tipo. Retirada de «barriles defectuosos de cerveza».
No me costó localizar a Samuel López Sañudo. La guía telefónica. Llamé desde un locutorio público impostando levemente la voz. «Servicio de mensajería: tenemos un paquete para usted procedente de Barcelona». Me confirmó su nombre y apellidos en tono desganado.
—Sí, soy Samuel López Sañudo.
Era la primera vez que le escuchaba. A través del teléfono. En poco o en nada se parecía su voz a la que años atrás había quedado grabada en las películas de Delgado. No puso reparos en volver a darme su dirección. Expliqué que se entendía con dificultad en el albarán que habíamos recibido.
—Pero es mejor que me llamen antes de traerme el paquete. Tengo una profesión liberal y salgo con mucha frecuencia.
—¿Mejor por las mañanas?
—Sí, no sé, llamen antes.
Llamaríamos antes. Tranquilo señor López. Nuestra empresa llamaba siempre antes. La conversación que sosteníamos era prueba de ello. No preguntó en qué consistía el supuesto envío. Quién lo enviaba. Cómo se llamaba la empresa de reparto.
El siguiente paso fue vigilar su casa. Pretendía averiguar cuanto pudiese acerca de su vida actual antes de dar el salto al vacío. Porque de eso se trataba. De saltar al vacío. Soy lo bastante buen actor para engañar a un compañero de trabajo o a un amigo de copas del auténtico Delgado. Ya lo he probado en varias ocasiones. Incluso me he atrevido con alguna antigua novia de corta duración. Pero un amigo del alma es como un hermano. Alguien que ha visto la cara de otra persona y sus ojos y sus gestos continuamente. Sabe más acerca de su amigo que de sí mismo. Val Kilmer era exacto a Jim Morrison en la película que rodó Oliver Stone sobre los Doors. Eso aseguraron el público y los críticos. Pero habría que ver a Val Kilmer intentando convencer a Phil Manzanera de que él era Jim Morrison. Y eso era lo que me proponía yo. Convencer a Pablo Mármol de que yo era Pedro Picapiedra. A Sancho de que yo era don Quijote. A José el Carpintero de que yo era el hijo que tuvo con María sin necesidad siquiera de abrirla de piernas e inseminarla. El santo José habría sido menos difícil de convencer que Samuel López Sañudo; se creía cualquier cosa.
Había algo más. Mi objetivo no era únicamente convencer a Sañudo. Samuel López Sañudo me resultaba indiferente por completo. A mí mismo. Eso era lo que pretendía. Convencerme a mí mismo. Que merecía la pena. Merecía la pena ser Delgado. Merecía la pena su forma de vida a caballo entre la alegre bohemia y la cómoda burguesía. Como Alberto Delgado, yo había sido feliz en Murcia. Suficientemente feliz. Hasta que mis heridas quedaron cicatrizadas del todo y comencé a dudar. Por eso estaba en Madrid en la primavera del año cuatro. Por eso. Porque dudaba. Dudaba que mereciese la pena seguir siendo hasta el final de mis días el amable Alberto Delgado.
Reconocí a Samuel López Sañudo en cuanto le vi. Mal principio. Me repugnó. Cierto que aquel tipo era el amigo de Delgado y no el mío. El amigo del verdadero Delgado. Yo sólo le había visto en fotos y vídeos. Había cambiado. En nada se asemejaba al adolescente que jugaba a actor. Sólo quedaba la torpeza de sus movimientos. Acentuada. Pasó ante mí en dos ocasiones. No le seguí. Continué perdiendo las horas en el bar que había frente a su edificio. Controlando entradas y salidas. Habría preferido haberme equivocado. Que hubiese sido otro inquilino del edificio. Cualquier otro. Pero no había más candidatos. Era él. En aquel edificio habitado por ancianos y parejitas jóvenes, el único que tenía la edad de López Sañudo era aquel hombre gordo y desastrado. Prematuramente envejecido. Derrotado. Alguien que apenas se esforzaba en mantener la fachada. Un adulto siempre tiene la cara que merece. El cuerpo que merece. Caminaba con la abultada tripa hacia delante y los hombros hacia arriba. Fingiendo una imagen de seguridad. La misma seguridad que tendría un barco con la quilla llena de agujeros. Llevaba el pelo rapado. Al cero. Excepto algún mechón suelto en la parte baja de la nuca. Limitaciones de la vista o la cuchilla. El efecto de aquellos pelos ralos que no había alcanzado a guillotinar la cuchilla era descorazonador. Habrían podido ser —los mismos islotes capilares— geniales. Si hubiesen sido pretendidos. Voluntarios. Era evidente que no.
Pesaría veinticinco o treinta kilos más que cuando se dedicaba a corretear y hacer peliculitas con Delgado por la laberíntica ciudad de Madrid. En uno de aquellos vídeos, ambos firmaban la obra presentándose a sí mismos al final de la historia.
—Yo soy Gordo.
—Y yo soy Delgado.
Lo segundo lo decía Alberto. Lo decía yo. Y lo primero Sañudo. Aquel tipo tan flaco o más que el propio Delgado en la época y que ahora se había convertido en alguien enorme. Más enorme que realmente gordo. Me pregunté si le haría gracia que Delgado le siguiese llamando así: Gordo. No iba a darme demasiada prisa en averiguarlo. Primero recopilaría información. Datos. Costumbres. Modus vivendi. A quién frecuentaba. Horarios. Familia. Nivel de vida. Vicios.
La vida de Samuel López Sañudo era un cómodo desastre. Hasta en el Beirut devastado por la guerra los más desafortunados llevaban una existencia más coherente que Samuel López Sañudo en Madrid. Igual le daba salir de casa a las siete de la mañana que a las tres de la tarde. En cualquier caso iba a desayunar siempre al mismo café. Un sitio elegante y demasiado caro para él. Un ancla en los viejos y mejores tiempos. En lo que pudo haber sido y no fue. Nunca o casi nunca salía por la noche.
Frecuentaba media docena de bares. En uno de ellos compraba drogas. Hachís. El dueño era un tipo escurridizo y falsamente amable. Jamed. Los marroquíes listos montaban tascas para vender su mercancía y no la ofrecían por la calle. Sañudo fumaba todo el tiempo. Dos paquetes de cigarrillos diarios de los cuales uno casi entero se volatilizaba mezclado con resina de cannabis. Comía muchísimo. Como alguien que ha pasado hambre. En el Líbano durante la guerra era la norma. «Come todo lo que puedas hoy, porque es muy probable que mañana no haya nada». Y así se alimentaba el amigo del alma de Alberto Delgado. Devorando cuanto le pusieran delante. Sin disfrutar ni apenas masticar. Compulsivo. Ansioso. Indiferente a si se trataba de magdalenas o hamburguesas. Helados de vainilla o calamares rebozados. En casi todos los locales a los que acudía había al menos una máquina tragaperras. Su vicio más necio. Su última debilidad de idiota. Aunque ganase el jackpot todos los días no iba a retornar a su clase de nacimiento. Mediana burguesía con las necesidades vitales cubiertas. Por supuesto no ganaba. Nadie gana a una tragaperras. Perdía. Siempre perdía. El dinero. Los nervios. La poca alegría. Esa es la función de las tragaperras. Quitárselo todo a quien se acerca a ellas. Exprimirlo hasta la última gota. Cuando se secase ya aparecería otro para sustituirlo.
Tenía un hermano. Carlos Augusto. Realizador de televisión. Apenas se relacionaba con él. Su padre había muerto. Su madre estaba encerrada en un manicomio. Eso me lo contó la dueña del café al que iba a desayunar todos los días. Una argentina charlatana que le permitía ciertas libertades impulsada por la piedad o la pena.
Que la madre de Samuel López Sañudo había sido una muy respetada filósofa que escribía en los suplementos culturales de los periódicos no era ninguna novedad. Había varias notas sobre ella en los cuadernos azules de Delgado.
Sus amistades actuales eran más bien escasas. Fracasados absolutos. Parias. Incapaces e ineptos que vivían en los márgenes de la sociedad. En su compañía él debía sentirse casi un triunfador. Por eso abría para ellos la puerta de su casa. El miserable buscando la compañía de otros más miserables para sentirse menos miserable.
Apenas iba con mujeres. Una portorriqueña gastada a quien seguí hasta su lugar de trabajo. Limpiaba unas oficinas. También una señora elegante. Guapa de joven. Aún luchadora. Quizá una amiga de los tiempos de Delgado a quien yo no supe identificar. Le vi con ella dos veces tomando café. En ambas Samuel le pidió dinero. Ella se lo dio. Como la dueña del bistró que había prohibido a sus camareros llamarle la atención cuando se iba sin pagar. La sorprendente munificencia de las mujeres con los inútiles.
El trabajo de Sañudo consistía en diseñar logotipos y páginas web. Se anunciaba desde la suya en internet. Pegaba cartelitos publicitando sus habilidades en tiendas de informática. Cartelitos plastificados y tan avejentados como el propio Samuel. No parecían capaces de atraer a muchos clientes. Aún no me había acercado lo bastante como para comprender que él lo quería así. Candongo endémico. Vago supremo. Detestaba trabajar. Sólo aceptaba nuevos encargos cuando le clavaban sus colmillos la miseria y el hambre.
Era raro que saliese de su barrio. Allí encontraba cuanto necesitaba y podía pagar. Lo que hubiese visto Delgado en Sañudo era algo que yo no podría ver. Porque Delgado no había conocido a ese Sañudo a quien yo ahora seguía. Sino a otro. A un hombre joven lleno de esperanzas y expectativas de futuro. En sus cuadernos se refería a él como a «un enamorado de la vida. O un creador nato. O una persona con la que siempre se puede contar. El hombre de la eterna sonrisa». Si el auténtico Delgado se hubiese cruzado con el desecho en que se había transformado su amigo quizá habría mirado hacia otro lado. Pero yo no soy el verdadero Delgado. Sólo el hombre que se apoderó de su identidad cuando le halló moribundo en un callejón de tierra de Beirut.
—¿Cómo vas a hacerte pasar por mí? No nos parecemos.
—Claro que sí. Seré exacto a ti. Además no voy a frecuentar mucho a nadie que te conociese anteriormente.
Sí que acabé frecuentando a personas que le conocían antes de que me cediese su nombre y personalidad a cambio de hacer realidad su mayor sueño de venganza. Catorce años después seguía utilizando su identidad porque era el refugio más seguro. Yo también he envejecido. No me siento inmortal.
Las últimas notas en los cuadernos de Delgado sobre Samuel López Sañudo ya no eran optimistas. Me esforcé en recordar sólo las primeras. Las palabras que el poeta había escrito cuando conoció al escultor. Dos cachorros de artista descubriéndose mutuamente. En otra reencarnación. Podría decirse que en otra reencarnación. Habría sido gracioso que Sañudo tampoco fuese Sañudo. Que una bala como la que mató a Delgado o un accidente de tráfico hubieran dado la oportunidad a otro íncubo para sustituirle. Quizá les sucede a todos los seres humanos cuando descubren que el tiempo no es una enfermedad que ataca al prójimo. También a ellos. A Sañudo. A Delgado. A mí. A cualquiera.
El actual Samuel López Sañudo no era ni un creador ni un enamorado de la vida ni una persona con la que siempre se puede contar. Tampoco alguien en cuya cara brillase una eterna sonrisa. Sólo le hacía muecas al camello cuando iba a comprar hachís. Y se notaba que lo hacía sin ganas. Fastidiado y babeando hipocresía. Su mímica de la amabilidad la reservaba para las mujeres. Con las mujeres se derretía. Habría dado un brazo por encontrar una mujer de verdad. Digna de sus sueños. No como la pobre vieja que limpiaba oficinas y con la que quizá se acostase de vez en cuando. Tampoco como la ejecutiva. Toma mi dinero, pero no te me acerques demasiado. La pobreza es contagiosa. Una señora sabe y debe mantener la distancia de seguridad en todo momento. No es fácil encontrar una buena mujer. Como tampoco es fácil encontrar un buen amigo.
Delgado y Sañudo fueron jóvenes afortunados. Hijos de familias acomodadas. Con un papá o una mamá siempre dispuestos a levantarlos del suelo. Dos adolescentes despreocupados. Soñar y divertirse. Imaginar a medida un futuro de éxito y gloria. Sentí añoranza. Añoranza de esa época que yo no había vivido. Aunque la recordaba como si para mí hubiese sido real. Hasta ese punto había logrado identificarme con Alberto Delgado.
Me costaba ver en aquel pecio de humano al adolescente maravilloso que fue. Estuve tentado de abandonar mi maravilloso y audaz proyecto. Abortar. Cuando la misión es imposible hay que abortar. Era lo que más me tentaba mientras jugaba a ser la sombra de Samuel López Sañudo. Lo único sencillo. Inteligente. Abortar. Seguir adelante probablemente acabaría por conducirme a un callejón sin salida. Pero era peor rendirse. Volver atrás.
¿Otra vez Murcia? No deseaba regresar. Allí no había ninguna montaña que desease escalar. ¿Volcarme en mis actividades ilegales? Me aburrían.
Mi única opción era seguir adelante. Si terminaba en un callejón ante un muro ya encontraría el modo de hacerle un agujero y continuar avanzando.
Mi plan tenía sentido. Si encontraba un alma gemela encontraría la paz. O eso me decía a mí mismo. Si el mejor amigo de Alberto Delgado me aceptaba, habría realizado una suerte de milagro. Delgado no habría muerto en Beirut. Yo dejaría de sentirme un actor. Un farsante. Sería Delgado hasta el final de mis días. Desaparecería mi ansiedad. Mi incontrolable necesidad de escapar.
Para intentarlo había abandonado la horaciana Murcia. Una esposa. Un trabajo sin complicaciones. Lo había abandonado todo. Quizá yo también estaba acabado. Mis posibilidades de fracaso eran infinitamente más numerosas que las de éxito. Demasiado difícil. Era demasiado difícil.
Continuaba acumulando información sobre López Sañudo. Para no enfrentarme a la tarea. Al desafío insostenible. Hasta que no quedó más que averiguar. Había llegado la hora de dejar de ser sombra y mutar en luz solar.
Salí al paso de Samuel López Sañudo una tarde de mayo. Un luminoso lunes de finales de mayo. Los dos lunes anteriores le había visto dejar su casa a media tarde vestido con un pantalón de deporte en el que no cabía su vientre enorme y una descolorida camiseta. En las orejas incrustados dos microauriculares de color negro. La música que marcaba el ritmo de su suave trotecillo. Parecía su única actividad estable. El ejercicio de los lunes. Me bastó con andar a paso rápido para no perderle de vista ninguna de las dos tardes. Supuse que repetiría el lunes siguiente. Recorrido incluido. Lo cual implicaba que regresaría a su punto de partida atravesando el viaducto de Segovia. Un lugar interesante. Suspendido sobre la ciudad. Con amplias vistas sobre la masa verde de la Casa de Campo. Perfecto para un reencuentro entre dos viejos amigos. Estuve esperando que apareciese sentado en una terraza de las Vistillas. Apareció. Dos horas y media más tarde que el lunes anterior. Le vi coronar la cuesta de la Vega resoplando. Bufando. Su trote grácil como el de un pato en tierra. Más que correr en realidad saltaba o trataba de saltar sobre sus pies calzados con unas agujereadas zapatillas de lona azul. Salí a su encuentro. Cabeza alta. Sonrisa en los labios. Movimientos despreocupados. Cuando ya apenas nos separaban dos o tres metros levanté una mano para detener su carrera. Siguió saltando ante mí unos instantes. Queriendo huir. No me había reconocido. No había reconocido a su gran amigo. A su predilecto. Pero era en aquel momento o nunca. Mi cuerpo le cortaba el paso. No tenía otro remedio que detenerse del todo y retirar los auriculares de sus orejas. Al quitárselos distinguí las notas de una canción. Identifiqué al grupo. Supertramp. Blanditos y mediocres. Era un golpe de suerte haber reconocido uno de sus temas más populares: Dreamer. Algo más de que hablar. Una bala extra en la recámara por si fallaban las que ya giraban en el tambor. Marcadas para hacerle bajar la guardia y que me abriese sus flácidos brazos. Comencé a disparar. Una frase clásica. No has cambiado nada. Le rozó. Bang. Volví a apretar el gatillo. ¿Haces deporte? Ni se inmutó. Entonces recurrí a los Supertramp. Bang. ¿Aún sigue siendo tu grupo favorito? El tiro me salió por la culata. Negó que los estuviese escuchando. Mencionó otro músico. Un nombre árabe. Desconocido para mí. Mal. Iba muy mal.
No reconocía en mí a Alberto Delgado. Me había vestido y peinado exactamente igual que Delgado en una foto en que aparecían los dos. Una vieja blazer color azul sobre mis hombros. Pin en la solapa del Teatro de Autómatas de Covent Garden. Pantalones vaqueros lavados a la piedra. Bolsillos hinchados: repletos de cuadernos y llaves. Zapatos náuticos marrones y azules. Poco imaginativo por mi parte. Demasiado exactamente igual a cuando tenía veinticinco años. Faltaba evolución. Pero era absurdo lamentarse. La desconfianza crecía en las pupilas de Samuel López Sañudo. ¿Qué hacer? Bajo mis gafas negras viejas y rayadas llevaba lentillas cosméticas. Realizadas a medida para reproducir el color verdoso de la mirada de Delgado. No quería mostrarle mis ojos. Todavía no. Primero debía ganarme su confianza. ¿Cómo?
Nada de lo que dijese lograría impresionar a Sañudo. Se resistía. Pez listo que sabe mucho acerca de lombrices bailando dentro del agua. Lombrices que siempre ocultan anzuelos. Mi esfuerzo había sido en balde. No me reconocía. No reconocía a Delgado. Yo le era ajeno. Desconfiaba de mí. Su olfato le decía que sucedía algo extraño y no se molestaba en disimularlo. Estaba deseando zafarse de mi presencia. Seguir con su carrera estúpida.
No podía ser yo quien dijese: Hola, soy Delgado. No tendría siquiera una segunda oportunidad. Iba a noquearme en el primer asalto. ¡Sentí deseos de darle un puñetazo. Romperle la boca. Obligarle a decir mi nombre. Delgado. Alberto Delgado. Maldito gordo! Gordo…
—Gordo no soy. Yo no soy el Gordo, porque el Gordo…
Funcionó. El pez abrió y cerró la boca varias veces. Sorprendido. Mordisqueando con desconfianza la sabrosa lombriz. Pero me llamó Alberto. Sí. Me llamó Alberto. Y también Delgado. Añadió que estaba muy cambiado y algunas cosas más. Pero yo no escuchaba. Nada oía. Sólo el eco de mi nombre impostado. El frágil silabeo que me servía de máscara. Del-ga-do. Del-ga-do. Al-ber-to Del-ga-do.
El cielo se abrió ante mí. Tonos malvas y rojos dibujando un camino sobre el azul celeste. Un camino que recorreríamos juntos. Tendría un amigo. Un verdadero amigo. Avanzaríamos juntos… Tiré de mis propias riendas. Estaba todo por hacer. No había ningún camino que seguir aunque pareciese lo estaban dibujando en el cielo las nubes violetas y carmesí. Tenía que seguir apostando. Volver a disparar.
Me quité las gafas. Las gafas negras. Jugaban a mi favor las lentillas y los años pasados y que sé mirar y guiñar igual que Alberto Delgado. Pero mis ojos no eran —no son— los de Delgado. Samuel López Sañudo dio un involuntario paso hacia atrás. Chocó contra la barrera de falso cristal que protege de una fortuita caída al vacío a los peatones que atraviesan el puente. Me tocaba hablar. Arreglarlo. Proporcionarle un asidero al que pudiese agarrarse. Explicarle sin que me lo hubiese preguntado por qué no me había reconocido de inmediato.
—Hago ejercicio todos los días. Hemos cambiado en la misma dirección.
Me continuaba observando estupefacto.
—No te creas que mi pelo ha resistido el paso del tiempo mejor que el tuyo. Tuve que hacerme un trasplante en una de esas clínicas carísimas.
Me reí. Él no.
—Tus ojos son los de siempre. Qué suerte. Se ve que no has sufrido ataques de paludismo. África, ya sabes. Ahora estoy condenado a utilizar lentillas especiales para el resto de mi vida.
No funcionaba. Mi mejor amigo seguía en silencio. Atónito. Cada vez más pegado al falso cristal instalado por el Ayuntamiento. Si no hubiese estado allí, Sañudo se habría caído por la barandilla. Le perdía. Sin remedio. No podía permitírmelo. No debía. No quería. Pero aún me quedaba una bala. La última. Reservada por si fallaban todas las demás. Como había sucedido. Me callé durante casi un minuto. El sol comenzaba a ocultarse sobre el inmenso bosque de la Casa de Campo. Su vanidad. La vanidad de haberse visto inmortalizado en las películas que rodaba con Delgado. Amartillé. Disparé.
—¿Guardas copia de alguna de nuestras películas? Me he mudado tantas veces que no soy capaz de encontrarlas. Seguro que estarán en alguna caja. Pero a saber en cuál. Si tú, mi actor fetiche, no tienes ninguna, quizá nunca pueda volver a verlas.
Fetiche. Mi fetiche. Mi actor fetiche.
Diana. Yo nunca fallo cuando disparo al corazón. Acerté en el mismísimo centro de su sistema nervioso desactivando los mecanismos de protección. Desarmando la guardia tras la que se protegía Samuel López Sañudo. Se relajó. Dejó caer los brazos. Se secó la cara con la empapada camiseta gris en cuyo centro reía burlón el gato cínico y amarillo.
—Flaco.
Me llamó Flaco. Yo no conocía esa parte del juego. Que a Alberto le llamase Samuel López Sañudo Flaco. Respondí con un Gordo lleno de afecto. Afecto y alivio. Abrí los brazos para que fuese él quien avanzase. Diese el primer paso. Se dejase caer sobre mí. Advirtiese que era capaz de sostenerle. Soportar su peso por mucho que hubiese cambiado. Engordado. Me rodeó con sus fofos brazos. Lágrimas de amor y desconcierto mojaron mi cuello. Madrid se transformó en la ciudad más hermosa del mundo. El mejor lugar del universo. Suspiré. El primer asalto era mío. Lo había logrado.
El sol ya había caído. El cielo se hacía oscuro. Como yo, oscuro. Una nube de pájaros sobrevoló nuestras cabezas. Buen presagio.
—Flaco, Flaco…, Flaco.
Lo repetía. Una y otra vez. Mi amado Sam. Sammy. Samuel López Sañudo. Mi Gordo. El Gordo de Delgado. Le dejé llorar y desahogarse. Yo también me permití alguna lágrima. Demasiados años interpretando al sensible Alberto Delgado. Me había vuelto un hombre sentimental.
Debimos pasar así bastantes minutos. Estrechamente abrazados. Deshechos. Cada uno por sus propios motivos. Deshechos y estrechamente abrazados. Gordo y Delgado. De nuevo juntos. Reunidos por puro azar después de quince larguísimos años.
Los días, a partir de aquella tarde, comenzaron a tornarse mucho más soportables, pero más que achacarlo a la reaparición de Delgado en mi vida, preferí atribuirlo —no me gusta sentir que debo nada a nadie— al cambio estacional: los días se hacían más largos y el suave calor se enseñoreaba del ambiente calmando mis desquiciados nervios y los de mis conciudadanos, pues por fin, tras un invierno largo y crudo, mucho más largo y crudo de lo habitual, la primavera se había instalado en la Villa y Corte transformando sus calles en un escenario amable y sugerente en el que, y aunque no conservaba ninguna esperanza en mis capacidades como seductor para conquistar a una nueva y maravillosa mujer que diese sentido a mi existencia, al menos podía disfrutar contemplando a placer cómo se paseaban siguiendo el dictado de la moda, lo que equivale a decir: más desnudas que vestidas, las nuevas hornadas de divinas culotetas, como llamábamos a las chicas capaces de hacernos saltar los botones de la bragueta cuando éramos más jóvenes e imbéciles y todavía inmortales. La visión de fragmentos de piel, tejidos semitransparentes y realces varios de las convexidades infinitas del sexo femenino todavía era capaz de alegrarme la mañana o la tarde; la noche ya no. La noche no, porque en cuanto oscurece suelo refugiarme en casa. Tiene que suceder algo muy especial para que alguien se encuentre con Samuel López Sañudo en un bar o caminando por la calle a partir de medianoche, y las únicas hembras de hombre que degluten mis ojos son las que durante unos instantes dibujan los cuadraditos de la pantalla del televisor, virtualidad pura, y que yo voy cazando con mi videograbador, paciente y a la vez con más sensación de derrota que de triunfo, saltando de una a otra cadena en busca de unas piernas largas, un pecho antigravitatorio o un nalgatorio ante el que postrarme para rezar —tras congelar la imagen y vencer su forzada fugacidad— y luego apagar las luces de la casa, fumarme el último porro, tirarme en la cama, que jamás me molesto en hacer, y ponerme a dar vueltas y más vueltas hasta que al final el sueño vence a la angustia y caigo en los brazos del sopor y la inconsciencia.
Pero habría sido injusto por mi parte quitar a Delgado al menos algo del mérito de mi recuperación. Se me veía sonreír, carcajearme al menor pretexto, y hasta me permitía groserías como rascarme la zona púbica al modo de un clásico macho follador asediado por una comuna de ladillas (todos sabemos que no se adquieren sentándose en la taza del váter de un bar, aunque cuando uno tiene novia pueda afirmar con suma rotundidad lo contrario). A Delgado le encantaba todo lo que yo hacía, pensaba o decía; se doblaba de risa con el peor de mis chistes; se bebía mis palabras más intrascendentes como si ocultasen la quintaesencia de la sabiduría occidental y hasta secundaba mis ejercicios de yoga inventado —yo soy un profesor nato aunque detesto, ya lo detestaba de niño y en el colegio, ser alumno—, ejercicios que practicábamos al unísono, el gurú y su aprendiz, en la terraza de mi ático cuando caía la tarde y los vencejos se dejaban llevar por las térmicas hasta su refugio secreto en el ala oeste del gigantesco y desaprovechadísimo Palacio de Oriente.
—Y ahora vamos a hacer la postura del pato mareao.
La postura del pato mareao, como todo el mundo debería saber aunque quizá nadie la haya practicado nunca excepto servidora y su buen amigo Alberto Delgado, consistía en andar por la terraza con las alas —los brazos— extendidas, el culo hacia fuera y las piernas tan flojas que lo más normal era acabar desmembrándose sobre el suelo. Pero ¿qué tenía de malo el suelo? El suelo es el mejor sitio que se puede encontrar para practicar la posición de la tortuga feliz.
—Quédate tumbado así, boca abajo, cierra los ojos e imagina que puedes meter la cabeza y las patas, encógete cuanto puedas, dentro de tu cuerpo. Piensa que tu cuerpo es un caparazón enorme y confortable, una casa hecha a tu medida, exactamente a tu medida, fresquita y confortable, donde nadie, y cuando digo nadie quiero decir nadie —desgranaba mis instrucciones con una voz tan suave como incontestable— puede entrar, y mucho menos hacerte salir.
Era un puntazo tener un alumno tan entusiasta, y que ese alumno, a diferencia de lo que a mí me había sucedido, hubiese triunfado en la vida, lo cual compensaba un poco, tal vez hasta un bastante, mi propio fracaso, aunque tampoco él, que desde los quince años se imaginaba a sí mismo recitando versos para el mundo entero desde la platea de la sala principal del Ateneo, había logrado realizar sus sueños más íntimos. Eso, al menos, lo seguíamos teniendo en común, y quizá de algún modo explicaba que me hubiese buscado y ahora se preocupase por mí hasta donde alcanzaban sus fuerzas —se notaba su empeño—, pues no cabe duda que un fracaso común une más que dos éxitos, aunque estos se logren en impecable paralelo.
Claro que yo también tenía que pagar un precio a cambio de tener un alumno entusiasta, alguien que me escuchaba y era capaz de no sonreír con ironía o mirarme con desprecio cuando le aseguraba que volvería a mi primera vocación de escultor muy pronto y realizaría estatuas en mármol a tamaño natural; nada es gratis en el siglo XXI de la era de Jesucristo Super-consumo-star. Y como parte de mi pago me vi obligado a acompañar a Delgado en sus excursiones por la ciudad y alrededores, aunque los alrededores para él, y para mi fortuna, pues aborrezco los viajes largos, se limitaban a El Escorial, El Escorial y El Escorial, que es un sitio relativamente cercano y con —lo admito— cierto encanto. Delgado llevaba muchos años fuera de su ciudad, del viejo y asqueroso Mad Madrid, y sentía la necesidad imperiosa de comprobar todos y cada uno de los cambios que se habían producido durante su prolongada ausencia. En teoría yo habría debido de ejercer como guía o cicerone en nuestro deambular —algo frenético para mi gusto— por la capital del reino of Spain, pero en la praxis no era el caso y yo flipaba aún más que el ilustrísimo señor Delgado con los cambios, en su mayoría horrorosos, experimentados por la metrópoli desquiciada.
—¿Has visto eso? Pero si esto eran las afueras, puro campo, y ahora están construyendo una ciudad tan grande como todo Murcia.
Se asombraba Delgado cuando, por ejemplo, en dirección Burgos atravesábamos la monstruosidad de San Chinarro City, miles de apartamentos semi iguales, en los que pronto se hacinarían miles y miles de madrileños de clase media con pretensiones de adquirir como segundo apellido alta, clase media alta, y no clase media media, como eran y siempre serían. Ah, infelices. Como los colgaos
