Esa noche - K. I. Lynn - E-Book

Esa noche E-Book

K.I. Lynn

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Beschreibung

Esa noche fue sin duda la mejor de mi vida. Una noche mágica con el hombre de mis sueños. Pero a partir de ahí, todo se torció. Tras semanas de silencio por su parte y una prueba de embarazo positiva, lo único seguro era que estaba a punto de entrar en modo pánico total. Hasta que llegué a la sala de reuniones de la empresa donde trabajo y me encontré al hombre de mis sueños —y padre de mi futuro hijo— sentado a la cabecera de la mesa. Resultó que el vicepresidente financiero de la empresa no era un viejo aburrido con el pelo blanco. Aun así, vivíamos en ciudades diferentes, teníamos un bebé en camino, técnicamente era mi jefe… y entre nosotros se palpaba una intensa atracción que no creo que fuéramos capaces de frenar. ¿Qué podía salir mal? Definitivamente mi vida se acababa de complicar aún más todavía.

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Seitenzahl: 318

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Título original: That Night

Primera edición: agosto de 2023

Copyright © 2020 by K. I. Lynn

© de la traducción: María José Losada Rey, 2023

© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-19301-59-8

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: minervastock/melpomene/depositphotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Prólogo

Primera parte

Nochevieja

Segunda parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

Epílogo

Agradecimientos

Lista de reproducción

Contenido especial

Para Massy: todo esto es culpa tuya. ¡Te quiero!

Gracias a Danielle por salvarme cuando me estaba ahogando.

Prólogo

Me había invadido una oleada de náuseas porque alguien había calentado unas salchichas en la sala de descanso. Era un olor que normalmente habría hecho rugir mis tripas, pero no había sido así. Se me había revuelto el estómago hasta el punto de tener que correr al cuarto de baño para vomitar el desayuno.

—Nat, ¿estás bien? —me preguntó mi mejor amiga, Jenna, llamando a la puerta del cubículo.

Me limpié la boca apresuradamente y tiré de la cadena mientras me levantaba.

—Sí. —Abrí la puerta y me encontré con los ojos oscuros de Jenna, que me miraba con intensidad, mientras me tendía el cepillo y la pasta de dientes que tenía en la mano.

—Te adoro —dije mientras le arrebataba las dos cosas sin más.

—Tienes muy mal aspecto.

—Ya. —Se me volvió a revolver el estómago, pero conseguí respirar. Tenía esas oleadas de náuseas por culpa de lo que había hecho esa noche.

—¿No puedes cancelar la reunión?

Negué con la cabeza.

—No.

Jenna siempre estaba preparada para cualquier incidente, y yo me sentía muy agradecida por poder lavarme la boca. Observé su reflejo en el espejo; apretó los labios y sacó el coletero que llevaba en la muñeca. Me agarró el pelo, castaño, largo y liso, y me lo recogió de forma perfecta. Tiró de algunos mechones de arriba, lo que levantó un poco la parte delantera.

Terminé de peinarme yo misma y cogí el pintalabios que Jenna me ofrecía al tiempo que me pellizcaba las mejillas.

—No me gusta que hagas eso —alegué mientras me estiraba el jersey y me recolocaba la falda.

—Pareces un fantasma. Solo trato de darle algo de vida a tu piel.

Tenía razón, y, por supuesto, era efectivo.

—Gracias. —Me di la vuelta, crucé la puerta del baño y volví al escritorio para coger la carpeta con la documentación para la reunión con los ejecutivos financieros.

—¿Vas a decirme qué te está pasando? —preguntó Jenna mientras me seguía. Su escritorio quedaba a pocos metros del mío.

Mi teléfono eligió ese momento para pitar con un mensaje que apareció en la pantalla.

Número desconocido: Feliz San Valentín.

Era el segundo mensaje que recibía de ese extraño número en las últimas semanas, pero nunca venía acompañado de más información ni de nada que me permitiera identificar al remitente, así que lo ignoré.

—Ahora no. —Cogí la carpeta junto con un bloc de notas y un bolígrafo y me di la vuelta para ir a la sala donde empezaría la reunión al cabo de unos minutos.

Cuando Jenna me agarró del brazo, vi que la alegría que habitualmente brillaba en sus ojos había sido sustituida por una nube de preocupación. Hacía días que sabía que algo iba mal, y era obvio que ya no iba a pasarlo por alto.

—Llevas toda la semana de un humor de perros. Suéltalo ya.

Resoplé y miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me escuchaba antes de acercarme a ella.

—Ahora no.

—Cielo, estoy preocupada por ti y…

—Estoy embarazada.

Abrió los ojos de par en par mientras me miraba con intensidad.

—Espera, ¿qué has dicho?

—Ya me has oído. —Me di la vuelta y retomé el camino a la sala de conferencias, pero Jenna me siguió pisándome los talones.

—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué no me lo has dicho?

Solté un suspiro. Hablar de mi embarazo sorpresa en la oficina no era el mejor plan del mundo. Sin embargo, Jenna me había pillado vomitando en el cuarto de baño y me había ayudado a recomponerme. Tampoco entraba en mis planes ocultárselo a mi mejor amiga; de hecho, iba a decírselo al día siguiente en el desayuno, lo que hubiera sido mucho mejor que soltarlo en plena jornada laboral.

La noticia era reciente incluso para mí, y la estaba procesando y asimilando mientras intentaba averiguar si había alguna forma de dar con el padre del bebé. Ante ese pensamiento me dio un vuelco el corazón; era algo que había intentado ignorar lo mejor que había podido para no lamentar lo que había pasado: una noche mágica y gloriosa con el que consideraba, muy posiblemente, el hombre de mis sueños. La parte mala era que no había vuelto a saber de él y que no tenía forma de localizarlo. Ni siquiera sabía su apellido, y me sentía como una idiota por ello.

Le había dado mi número antes de separarnos, pero tal vez él no había sentido el nivel de conexión que me había inundado a mí, lo que empeoraba mi situación, porque quería más de una noche, y estaba segura de que él también.

—Fin de año. —Fui críptica, pero también Jenna era la única que lo podía entender, la única en el edificio que había estado allí.

Abrió todavía más los ojos.

—¿Richard? ¿En serio?

Asentí y continué el camino hacia la sala de conferencias. Richard, con esa sonrisa diabólica, ese pelo castaño perfectamente peinado y esos vibrantes ojos azules. El hombre de los brazos fuertes y una agudeza mental a la altura de la mía. Un caballero en toda regla con el que había sentido una atracción que ninguno de los dos podía negar. Algo que, combinado con su ingenio, había dado lugar a que flirteásemos y a que él acabara entre mis muslos.

—¡No puedo creer que te quedaras embarazada esa noche! —susurró Jenna mientras pasábamos ante la entrada de la sala de conferencias.

—¡Jenna! —siseé, fulminándola con la mirada.

Se tapó la boca con la mano cuando se dio cuenta de que ya no estábamos solas.

—Dios mío… —murmuró entre dientes.

Toda la sala lo había oído, y eso puso fin a las charlas. Estupendo.

Apreté los dientes y respiré hondo antes de volverme hacia aquella sala llena de ejecutivos. Era la primera reunión que tenía con ellos ostentando mi nuevo puesto de supervisora de contabilidad y directora en funciones mientras mi jefa, Nina, estaba, por irónico que resultara, de baja por maternidad.

La mayor parte de los ocupantes de la sala habían llegado de Chicago, y yo les estaba causando la peor primera impresión posible. Volviéndome hacia ellos, me aseguré de mantener la cabeza alta, ignorando lo que Jenna acababa de exponer ante todo el mundo.

Algunas miradas se apartaron de mí, y yo estaba dispuesta a seguir adelante con la reunión, pero me quedé helada al ver al hombre sentado a la cabecera de la mesa. Nuestros ojos se cruzaron, y sentí que los míos se agrandaban. Los suyos también lo hicieron, pero él controló rápidamente su sorpresa, aunque noté que aún tenía los labios entreabiertos por el shock.

—¿Natasha?

—¿Richard? —Me quedé mirándolo atónita. Era él. El hombre de mis sueños y el padre del bebé que se gestaba en mi interior tenían el mismo nombre, y no era otro que Richard Bennett, vicepresidente de Finanzas. El jefe del jefe de mi jefa.

¡Mierda!

La sala quedó en silencio mientras nos mirábamos. Parpadeó mirando mi abdomen y sus ojos se quedaron allí clavados un momento antes de volver a encontrarse con los míos.

—¿Feliz día de San Valentín?

Solté una risita ronca.

—Eso ya lo veremos.

—¿Cenamos? ¿A las siete? —preguntó, y supe que era un reconocimiento de lo que había dicho Jenna.

Las miradas de los demás ejecutivos cruzaron, confusas, entre nosotros.

—Suena genial. —Le dediqué una sonrisa tensa. Mientras tanto, el corazón me latía con fuerza en el pecho, con una combinación de miedo, ansiedad y un aleteo de esperanza. Se acordaba de mí. No había sido «olvidable» para él. Y no solo eso, sino que también quería verme enseguida, y de alguna manera intuí que no era solo por la información que Jenna acababa de soltar.

Verlo de nuevo me hizo recordar instantáneamente todo sobre esa noche…

Primera parte

Nochevieja

Me quedé mirando mi reflejo, analizando cada ángulo. Mis ojos, de color avellana claro, resaltaban con aquel maquillaje ahumado en los párpados y mi cara quedaba enmarcada por lo que yo llamaba unos milagrosos rizos castaños, ya que tenía el pelo liso como una tabla. El tono rosa de mis labios perfectamente pintados con mucha picardía completaba el look.

El vestido plateado sin hombros con falda acampanada era perfecto para una fiesta, además de bonito y sexy, pero su mejor baza eran los bolsillos.

Así que, aunque llevaba un clutch, también podía usar los bolsillos. El bolsito plateado tenía espacio suficiente para el móvil, la barra de labios, algunas tarjetas de crédito y dinero.

—¿Qué tal estoy? —pregunté al salir del baño del hotel.

Jenna curvó los labios en una sonrisa.

—Impresionantemente guapa, cabrona. —Se puso un brazalete plateado—. ¿Me subes la cremallera?

Me acerqué cuando Jenna se dio la vuelta. El intenso y brillante rojo del modelo entallado contrastaba con su clara piel dorada. Al igual que el mío, su vestido reflejaba la luz.

La Gala Chicago Resolution era puro glamour. Y también era el acontecimiento que llevábamos meses esperando: la fiesta de fin de año por excelencia. Habíamos reservado varias noches en el W Hotel en una habitación con vistas al lago y al puerto, que ya estaban iluminados.

A primera hora habíamos iniciado el viaje desde Indianápolis a Chicago. Durante el trayecto habíamos llenado el coche de canciones y de un creciente entusiasmo por el evento de esa noche.

Jenna me recogió el pelo, arreglando así algunos mechones que estaban destinados a soltarse en cuestión de minutos, aunque yo ya había pasado una cantidad considerable de tiempo peinándome. A pesar de que mi pelo era lacio por naturaleza y de que tenía que esforzarme mucho para rizarlo, Jenna no se amilanó. Su pelo negro era sedoso y más liso que el mío, así que sabía cómo domarlo.

—Creo que estamos listas. —Cogió el teléfono y pulsó sobre la pantalla varias veces antes de tirarlo sobre la cama. Había un sofá junto a la ventana, y me senté allí para ponerme las botas negras de plataforma, que en realidad eran una estilosa combinación de sandalias de tacón y botines. Al ponerme de pie, me di cuenta de que medía diez centímetros más.

—Ojalá fuera así de alta todo el tiempo —me lamenté.

Jenna enarcó una ceja; sus propios tacones de diez centímetros la hacían dos centímetros más baja que yo.

—Podrías serlo si los llevaras todos los días.

—Quería decir sin ellos, listilla.

—Sí, e imagina las piernas que tendrías todo el tiempo.

Nos pusimos los abrigos para que al menos una parte de nuestro cuerpo estuviera a salvo del frío invierno en la ciudad del viento y bajamos al vestíbulo.

—El Uber está a punto de llegar —dijo Jenna mientras miraba el teléfono—. ¿Preparada?

—Sí.

El trayecto fue corto, pero la cola para salir de los vehículos era casi tan larga como el propio muelle. Por suerte, avanzaba a un ritmo constante, porque hacía demasiado frío para ir andando, sobre todo con vestido.

Una ráfaga de aire gélido me rozó las piernas desnudas al salir del coche y grité mientras corría hacia la entrada. Presentamos los tickets y dejamos los abrigos en el guardarropa. Mi sonrisa crecía a cada paso que daba, y la emoción recorría mis venas con fuerza.

Sentía como si toda mi cara se iluminara mientras miraba a mi alrededor con asombro. La estructura de la gran cúpula era enorme, y ya estaba repleta de gente. Luces de todos los colores se movían por la sala y por las paredes de la cúpula, mientras la música resonaba por los altavoces. Los graves agitaban el aire y las notas más agudas me aceleraban la sangre.

—Oh, sí, esta noche va a haber tema —canturreó Jenna mientras escaneaba el entorno. Los hombres trajeados era su debilidad, así como la mía, y había cientos de ellos.

—Sin duda. Sí. —Chocamos los cinco y nos dirigimos al bar más cercano.

Jenna pidió dos vodkas con zumo de arándanos y decidimos alejarnos de la entrada para ir a una zona menos concurrida.

A cada paso que dábamos bailábamos un poco, ya que nos resultaba imposible ignorar la música y el movimiento que esta parecía exigirnos.

Entre la música y la multitud de gente tardamos varios minutos en cruzar el enorme espacio. Por fin, encontramos un sitio y rendimos homenaje al dj y sus ritmos endiablados.

Me dejé llevar, con los ojos cerrados y los brazos en alto, moviendo cada centímetro de mi cuerpo al ritmo de la música. No había pausa; cada canción se sucedía con fluida precisión. Jenna y yo cantábamos, y a veces gritábamos, al ritmo de la letra.

—Se me ha acabado —dijo señalando su copa vacía. Di los últimos sorbos a la mía y fuimos a la barra más cercana a por más.

Cogimos las bebidas y nos dirigimos de nuevo a la zona en la que habíamos estado cuando uno de los muchos cuerpos que nos rodeaban se giró de repente y se me echó encima. Noté que todo se movía muy despacio y muy deprisa al mismo tiempo.

Sin embargo, la ola de color rojo fue muy vívida antes de caer de repente en la parte delantera de mi vestido.

—¡Mierda! Lo siento mucho.

Me quedé con la boca abierta, la espalda encorvada y los brazos abiertos en un esfuerzo por alejar el líquido de mi piel. Ante mí había un traje negro con una camisa gris. A medida que subí la mirada apareció una mandíbula fuerte seguida de unos labios hechos para besar, una nariz algo torcida y unos brillantes ojos azules que resplandecían a pesar de la escasa luz y que hicieron que me diera un vuelco el corazón. Al tener en cuenta lo mucho que tuve que estirar el cuello para ver aquellos ojos, deduje que medía mucho más que yo, y me miraba fijamente, como si estuviera esperando algo.

—Mierda —repetí. Fue todo lo que pude decir antes de entornar los ojos y mirar hacia abajo. La tela, antes plateada, estaba manchada de rojo—. Tengo que limpiarme.

—Déjame ayudarte —dijo.

Parpadeé sin dejar de mirarlo mientras me preguntaba cómo iba a ayudarme, aunque poco dispuesta a negarme, porque era demasiado guapo. Se trataba de uno de esos tipos a los que no rechazarías a menos que te dijeran que estaba loco.

Asentí y miré a Jenna, que por alguna causa misteriosa no había acudido en mi rescate ni se había ofrecido a ayudarme; me sonrió como el gato de Cheshire.

—Será mejor que vayas a ocuparte de eso antes de que penetre en las fibras. Mientras buscaré a alguien para que limpie el suelo —dijo guiñándome un ojo.

Me tendió la mano para ayudarme a salir del charco de líquido y hielo que tenía a mis pies. Cuando nos alejamos unos metros, pensé que me soltaría la mano, pero me la sujetó con fuerza mientras avanzábamos entre la multitud.

Al llegar a los aseos me alegré de que hubiera uno para familias entre el de caballeros y el de señoras.

—Perfecto —comentó mientras mantenía la puerta abierta, asegurándose de cerrarla tras de sí. Dentro había mucho sitio y un lavabo con una encimera enorme.

Al momento empezó a mojar toallitas de papel mientras yo cogía algunas secas. Luego me arrebató el montón que yo tenía en la mano y, antes de que pudiera decir nada, me las metió por la parte delantera del vestido, dejándolas allí. Se me pusieron los ojos como platos, y respiré de forma agitada por la sorpresa de sentir la mano de un extraño invadiendo mi espacio de aquella manera.

Tensé los músculos para abofetearle, pero me detuve porque noté algo muy clínico en sus actos y en la forma en la que fruncía el ceño mientras manipulaba las toallitas. Pegó las húmedas a la tela y usó las secas de debajo para absorber la humedad. Tardó solo dos segundos en darse cuenta de su atrevimiento y abrió mucho los ojos antes de buscar mi mirada sorprendida.

—Lo siento mucho.

—¿Tirarme la copa por encima o meter la mano dentro de mi escote?

—Las dos cosas, pero mucho más la segunda. —En lugar de sacar la mano, siguió manoseando la tela. Debería haberme resultado incómodo, pero me pareció más gracioso que otra cosa—. Así es como quito las manchas de las camisas antes de que se fijen —explicó como si tal cosa.

Empecé a reírme y él me imito. Había un brillo en sus ojos que me atrajo.

—Al menos no ha sido la parte de abajo del vestido.

—Me habrías dado un bofetón, y con razón.

—O más bien una patada en los huevos. Quiero decir que ni siquiera sé tu nombre y ya estás en la segunda base.

Su sonrisa fue amplia, y dejó al descubierto una hilera de dientes perfectos y blancos.

—Hola, soy Richard. Encantado de conocerte.

Me mordí el labio inferior.

—Hola, Richard. Soy Natasha.

Apartó los ojos de los míos y los clavó en sus manos, donde me estaba secando.

—Creo que he retirado casi toda la humedad. —Cogió unas cuantas toallitas de papel secas más y sustituyó con ellas las húmedas para que siguieran absorbiendo—. Cuando se seque, ni siquiera lo notarás.

Ahogué un grito cuando me rozó los pechos con los dedos al sacar la mano.

Se aclaró la garganta y dio un paso atrás, mientras la atmósfera se volvía notablemente tensa. Hacía mucho tiempo que no sentía esa pesadez, y fue un placer experimentarla con un hombre al que había visto por primera vez hacía menos de quince minutos.

Me volví hacia el espejo para echar un vistazo al vestido, y vi que el rojo del líquido había sido sustituido por un plateado más oscuro y que incluso este empezaba a secarse.

—Vaya, qué buen truco. Tomaré nota. Siempre me mancho la blusa durante la comida.

—Lo único que se hace al limpiar es esparcir la mancha por todas partes.

—Cierto. —Notaba una comodidad que no esperaba. Me envolvía la calma, como si lo conociera desde hacía años—. Gracias por tu ayuda, Richard.

—A tu servicio —dijo, con una mueca en los labios—. Gracias por no darme un bofetón.

—He estado a punto, y nunca se sabe: la noche aún es joven. —Alargué la mano y le di una palmada en el culo, que me pareció delicioso y firme.

—Debo rectificar: gracias por no darme una bofetada en la cara. Puedes golpearme el culo todo lo que quieras.

—Qué masoquista…

Me cogió las manos y las puso sobre su pecho.

—¿Soy masoquista por querer sentir tus manos en mi cuerpo?

Respiré de forma entrecortada. Había una clara corriente entre nosotros que decía que quería más.

—Vaya, deberíamos salir antes de que haga algo que nunca he hecho antes y de lo que probablemente me arrepentiré por la mañana.

—Tienes razón. Debemos permanecer castos y puros, y no ceder a los pensamientos lujuriosos. —Abrió la puerta y me invitó a pasar. La música no era tan intensa en el pasillo como en la sala principal, así que nos quedamos atrás.

—¿Quién te dice que eran lujuriosos? —pregunté. Hacía tiempo que no flirteaba con un tío, y menos con uno que daba tanto como recibía.

—Supuse que ese «algo» en el que estabas pensando era el mismo «algo» en el que pensaba yo; el mismo del que probablemente no me arrepentiría por la mañana, sino del que seguiría queriendo más.

Lo miré con el ceño fruncido.

—¿Más de una noche? Acabamos de conocernos.

—Tu número de teléfono como mínimo.

Hice un mohín con los labios al mirarlo, aunque sí iba a darle mi número.

—Mmm, ya veremos cómo va la noche.

—¿Significa eso que serás mi pareja esta noche? —preguntó, y me tendió la mano.

Se la agarré y solté un jadeo ante la corriente que se desplazó entre nosotros.

—Me siento como si estuviéramos en el baile del instituto. Solo me falta un ramillete, que robemos una botella de licor en el mueble bar de mis padres y sexo adolescente; con eso la noche estará completa.

La arruga volvió a aparecer en su ceño.

—Me gusta pensar que mi rendimiento ha mejorado mucho desde el baile del instituto.

Me encogí de hombros.

—No tengo más base de comparación que mis propias experiencias, y… —tomé aire— no fueron precisamente maravillosas.

Apoyó el hombro en una de las enormes columnas.

—No sé si el listón está muy bajo o si tus expectativas son extremadamente altas.

—¿Puedes hacer que las mujeres se corran? —pregunté frunciendo el ceño.

—Ha pasado un tiempo, pero pondría toda mi atención en esa hazaña —dijo mientras yo observaba cómo se humedecía los labios con la lengua. Imité su postura, apoyándome en el fuste de otra columna, de cara a él.

—Es suficiente para que lo tenga en cuenta. ¿De cuánto tiempo hablamos?

—¿Cuánto tiempo es mucho para ti? —replicó.

—Tuve tres citas con un chico antes de un San Valentín, con la esperanza de sentir alguna gran conexión amorosa y no estar sola en el día de la fiesta del amor, pero el sexo hizo que no consiguiera mi propósito.

—¿Tan desastroso fue?

—No creo que hubiera progresado mucho en el sexo desde la graduación. Además, apenas me la había metido antes de correrse.

—Qué mal…

Hice girar la mano en el aire.

—De ahí mi período de sequía. ¿Para qué necesito a un tío si mi vibrador hace mejor el trabajo que cualquier hombre?

Su sonrisa perfecta apareció de nuevo.

—Eso suena a desafío.

—Bueno, sé que no tienes ningún reparo en meter tus manos en mi ropa. La asertividad es sexy. —Posiblemente era la primera conversación más extraña que hubiera tenido con nadie, pero me dejé llevar simplemente porque todo fluía muy bien y él nunca se acercó ni dijo nada que sonara sórdido.

—Ojalá mis empleados pensaran eso. Por otra parte, es posible que estén rezando para que eche un polvo.

Nuestro intercambio empezaba a tomar otra dirección, y quería una respuesta a mi pregunta antes de que nos desviáramos por completo.

—Entonces, ¿de cuánto tiempo hablamos?

Sus ojos se clavaron en los míos, inalterables, mientras sus labios empezaban a moverse.

—De dos años.

Lo miré con la boca abierta.

—No…

Levantó las manos y apretó los labios.

—Estoy casado con mi trabajo. Créeme, no es por falta de deseo o capacidad de rendimiento.

—Eso es un hándicap. —Me enderecé y lo rodeé para alejarme—. Vuelvo con la gente y a la bebida, que espero que no acabe en mi vestido otra vez.

Se mantuvo firme, haciendo que me girara y lo mirara.

—Espera, ¿qué es un hándicap?

—Que estés casado con tu trabajo.

—¿Y eso por qué?

Ladeé la cabeza para mirarlo. Me creía de verdad que llevara en dique seco dos años, y estaba segura de la falta de mujeres en su vida. Punto.

—Porque mi cerebro femenino ya está liberando sustancias químicas, haciéndome pensar en ti como en algo más que un rollo de una noche.

—¿Sustancias químicas?

—Hormonas, o lo que sea. —Agité la mano ante mí—. Existe una gran atracción física entre nosotros, y la conversación es muy picante; eso hace que me guste más tu personalidad a cada minuto que pasa, lo que hace que me pregunte qué puede pasar después de esta noche. ¿Será eso todo? Porque, tal y como están las cosas, ya estoy interesada en conocerte, lo que me lleva a pensar en un futuro contigo, porque no soy de las que viven el momento —expliqué.

—Yo tampoco.

—Pero acabas de decir eso, y ha sido como si me echaran encima un cubo de agua fría, porque todos esos pensamientos de tener algo más contigo se han extinguido tan pronto como he comprendido que no habría lugar para nada más que esta noche.

Me miró fijamente a los ojos, sin pestañear.

—Eres muy interesante.

Fruncí el ceño y lo fulminé con la mirada.

—No me gusta que me digan eso.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque puede significar muchas cosas. Tanto buenas como malas, y nunca sé a qué se refiere.

—He pensado que la inflexión de mi voz delataría que eres interesante en plan bien. Estoy flipado contigo. Y para dejarlo claro, estoy casado con mi trabajo porque no hay nadie en mi vida. Cuando entro en casa solo me recibe la soledad.

La última frase me resultó muy familiar, pero yo al menos tenía a Jenna.

—¿Y tus amigos?

Se encogió de hombros.

—Todos tienen familia o viven lejos.

—¿No tienes hijos?

Negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Mmm. —Me quedé observando el lago por la ventana, mirando cómo un barco de fiesta partía del muelle. A bordo había un reflejo de lo que ocurría en el salón de baile donde estábamos.

—¿Y ahora qué pasa por ese interesante cerebro tuyo? —me preguntó tirándome de la mano.

—Nada.

—Te conozco desde hace menos de una hora y ya sé que te pasa algo.

El tipo era observador, impulsivo, ingenioso, educado y muy sexy. Y todo eso era lo que me había conquistado en poco tiempo.

—Otro punto a tu favor: eres demasiado bueno para ser verdad. ¿No serás un asesino en serie, verdad?

Echó la cabeza hacia atrás con una carcajada.

—Tengo algunos defectos, pero, por suerte, ninguno es ser un asesino en serie.

Lo miré con los ojos entornados.

—Mmm, no estoy tan segura de que tengas algún defecto.

—No sabes nada de mí —señaló.

Lo miraras como lo miraras, suponía un reto. Era el momento de ponerlo a prueba y demostrarle lo observadora que era.

—Eres adicto al trabajo y probablemente pides comida a domicilio todos los días o pagas uno de esos servicios que envían cajas de comida a casa. Tienes un enorme apartamento con vistas al lago carente de personalidad y lleno de comodidades. Tus empleados te detestan, aunque te respetan al mismo tiempo.

—¿Cómo sabes que vivo en Chicago? Es más, ¿cómo sabes que tengo un apartamento con vistas al lago? ¿Me estás acosando? —Su expresión era una mezcla de curiosidad y sospecha.

Se me escapó una carcajada.

—Ni siquiera sé tu apellido, así que no. Y un hombre que está casado con su trabajo no se va a ir lejos de casa para asistir a una fiesta de Nochevieja. Estoy segura de que mañana dormirás hasta tarde y te pondrás a teletrabajar después de comer mientras bebes café como si te fuera la vida en ello.

La sospecha y la curiosidad fueron rápidamente sustituidas por el asombro.

—Si no nos hubiéramos conocido por absoluta casualidad, estaría muy acojonado por lo precisa que eres.

Me encogí de hombros y sonreí.

—Tengo ese don.

—Lo único que sé es que eres muy guapa, sexy y posiblemente la persona más perspicaz que haya conocido.

—¿Solo?

—Y que puedes salir airosa de cualquier conversación o situación, pero me gustaría saber más que eso, y también quiero comprobar lo jodidamente fantástico que sería el sexo contigo.

—¿Crees que sería tan bueno? —pregunté, aunque tenía la misma sensación.

—¿Tú no?

Le cogí la mano y tiré de él.

—Vamos a bailar y lo averiguamos.

Nos detuvimos en una de las treinta barras que había de camino de vuelta a la zona donde habíamos dejado a Jenna. Richard pidió otro vodka con zumo de arándanos para mí y una cerveza para él. Di unos sorbos rápidos antes de volver a movernos entre la multitud.

Los cuerpos giraban por todas partes, todos estaban a tope de energía. Tuve que zigzaguear un poco hasta que localicé la figura familiar de Jenna bailando con un par de personas no muy lejos de donde la habíamos dejado.

—Keenan —llamó Richard.

Un hombre de color muy guapo con una sonrisa impactante se giró al oírlo, pero no dejó de bailar con Jenna.

—¿Qué te ha pasado, tío? —preguntó mirándome.

—La puerta se ha atascado.

—¿Y tú has sido todo un caballero y has ayudado a la señorita a salir? —Me guiñó un ojo.

—Ha sido un perfecto caballero. —No era mentira. Aunque nuestra conversación había estado llena de insinuaciones y bromas de alto contenido sexual, en un aspecto físico su objetivo había sido ayudarme y asegurarse de que estaba bien.

—¿Todo bien? —preguntó Jenna, y luego le echó un vistazo a Richard—. Está bueno.

—Lo sé —respondí antes de que Richard volviera a llamar mi atención.

—Natasha, este es mi amigo Keenan. Keenan, Natasha.

Keenan me tendió la mano, con esa sonrisa brillante aún en la cara.

—Encantado de conocerte.

Le estreché la mano.

—Lo mismo digo.

—Así que tienes amigos… —dije a Richard.

Se rio entre dientes.

—Unos cuantos.

Jenna se giró hacia mí cuando sonó un remix de Heathens. Al instante empezamos a cantar la letra y a saltar al ritmo de la canción. Richard y Keenan acabaron uniéndose a nosotras, haciendo gala los dos de algunos movimientos muy hábiles, en especial Keenan.

El dj estuvo muy bien, y mantuvo la energía de la sala en todo lo alto, mezclando canciones conocidas con ritmos eléctricos. Cada canción sucedía a la anterior sin esfuerzo, y no parábamos en ningún momento. Las luces se movían entre el público con colores vivos, y se reflejaban en cualquier superficie brillante.

Las sonrisas iluminaban los rostros de todos los presentes, aunque solo fuera por unas horas.

Me volví hacia Richard, sonreí y lo miré con intensidad mientras inclinaba la copa y me bebía de un trago lo que quedaba del vodka con zumo de arándanos.

—Tenemos que alcanzarlos.

Asintió y siguió mi ejemplo.

—¿Una más? —preguntó una vez que su copa estuvo vacía. Cuando le dije que sí, se dirigió a Jenna—: ¿Te traigo otra copa?

Ella abrió los ojos de par en par y asintió.

—¡Gracias!

—Te ayudaré —dijo Keenan, y se alejaron, para dejarnos seguir perdidas en el ritmo.

—Hay chispas entre vosotros dos —comentó Jenna mientras se abanicaba.

—Créeme, lo sé.

—¿Habéis echado uno rapidito en el cuarto de baño? —preguntó.

Me quedé con la boca abierta.

—¿Qué? ¡No!

Se encogió de hombros.

—Habéis estado fuera tanto tiempo que lo daba por hecho.

—¿Unos minutos después de chocar literalmente conmigo?

Arqueó las cejas.

—Yo lo habría hecho.

—No sé qué está pasando —dije.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—Hemos tenido una conexión instantánea. Siento como si lo conociera desde hace años, por no hablar de la química sexual, que es… flipante.

Jenna dio saltitos de emoción.

—Tienes mi permiso para ir a por él. Soy una buena amiga.

Jenna era una mariposa social, así que no lo dudaba, pero yo no estaba segura de poder hacerlo.

Richard y Keenan volvieron en ese momento con las bebidas y nos las dieron.

—¿Tengo que examinarla? —preguntó Jenna, y los dos hombres la miraron confundidos—. Ya sabéis, ¿habéis echado drogas? —Abrieron los ojos de par en par mientras negaban rotundamente con la cabeza en señal de protesta—. Perfecto. Gracias.

Richard se inclinó hacia mí y dijo mirando a Jenna:

—¿De qué está hablando?

Metí la mano en el clutch y saqué un llavero con un disco blanco.

—Detector de drogas de violación.

Se quedó con la boca abierta.

—No sabía que existiera algo así.

Asentí.

—Sí. A Jenna le encanta ir a bailar, y ha detectado unas cuantas en el pasado. Por suerte siempre había alguien de su confianza cerca para cuidarla. En cuanto estos detectores salieron al mercado, compró un montón e insistió en que yo llevara uno encima.

—Eso es muy inteligente, y es bueno que lo tengas. —Se me acercó un poco más—. Para que lo sepas, yo nunca haría algo así.

Choqué mi hombro con el suyo.

—Creo que los dos sabemos que no necesitas usar nada así conmigo.

Me devolvió el golpecito.

—Si lo hiciera, llevo equivocado toda la noche.

Volvimos a bailar, y en algún momento se acercó un grupo de gente que obviamente conocía a Richard y Keenan. Jenna y yo no les hicimos caso, y seguimos bailando.

Cuando terminé la tercera copa, achispada, me incliné hacia Jenna.

—¡Tengo hambre! —grité—. ¡Vamos a comer, mujer!

Ella siguió bailando mientras señalaba la pared donde estaba colocado el bufé.

La fulminé con la mirada.

—No me quieres.

Un beso en la cara fue toda la respuesta que obtuve antes de que ella utilizara el baile para disimular y señalar algo detrás de mí.

Richard me miró con una sonrisa en la cara desde el centro de un grupo de chicos con los que estaba hablando.

Utilicé un dedo para señalar mi boca abierta. Para mi sorpresa, sus ojos se abrieron de par en par. Tras unas breves palabras de despedida, se acercó a mí.

—¿Quieres hacerme una mamada? —preguntó.

Yo lo miré horrorizada.

—¡No! Oh, dios mío, es… es el símbolo internacional de «Quiero comer».

—Dadas las conversaciones que hemos mantenido esta noche, me lo he tomado como «Quiero comerte la polla».

Negué con la cabeza.

—Tienes que cumplir antes de que eso ocurra. No todo gira en torno a ti.

Se le escapó una risita, y asintió.

—Trato hecho.

—Me muero de hambre.

—Cojamos unos platos y vayamos arriba. —Negué con la cabeza—. A los asientos vip —continuó él.

—¿Qué? —Me quedé mirándolo, con la boca abierta—. ¿Tienes un palco vip?

—Sí.

—Muéstreme el camino, Señor Vip.

El bufé era enorme, y empecé a preguntarme por qué no habíamos ido antes. Llené mi plato, y Richard me siguió.

—¿Me estás copiando? —pregunté mientras él me quitaba las pinzas de servir.

Echó un vistazo a mi plato y se rio al ver que coincidían.

—No es algo intencionado.

Cuando empezamos a subir, teníamos los platos llenos de tostas, queso, chips de verduras, patatas, carne y salsa.

Richard enseñó una tarjeta al empleado de seguridad, y este se hizo a un lado para dejarnos pasar. Dimos un buen paseo por la zona vip hasta que nos detuvimos en un palco y dejamos los platos en la mesa. La vista de la multitud era una locura. Solo se veía un amasijo de cuerpos bajo los destellos de luz que iluminaban la oscuridad. Me alegré un poco de disfrutar de ese breve respiro.

Gemí de agradecimiento cuando me senté, dándoles a mis pies el primer alivio en horas.

—Vaya, estos asientos son geniales —dije.

—Agradéceselo a Keenan. Fue idea suya que alquiláramos un palco.

—Dime, ¿quién es Keenan? —pregunté riendo antes de morder un crujiente palito de zanahoria.

—Un amigo —repuso antes de dar un mordisco a una tosta.

—Ya, eso me lo imaginaba.

Se rio entre dientes y terminó de masticar.

—Nos conocimos en la universidad y ambos hemos acabado en Chicago. ¿Y Jenna?

—La conocí en mi primer trabajo después de la universidad, nos hicimos amigas con rapidez y hemos sido inseparables desde entonces.

Cogí una tosta, y me quedé sorprendida por la inesperada combinación de dulce y salado.

—¿Qué haces cuando no te tropiezas con hombres desconocidos y te meten la mano en el vestido menos de cinco minutos después?

Eché la cabeza hacia atrás riendo.

—Soy friki de los números. Trabajo en contabilidad.

Le tocó reírse a él.

—Yo también trabajo en finanzas.

—Estás de coña. —Negó con la cabeza—. Otro punto a favor del Señor Demasiado-bueno-para-ser-real.

Se rio mientras mordisqueaba una de las patatas.

—Confieso que también soy un friki de los números. Tengo una relación enfermiza con las hojas de cálculo.

Lo miré con la boca abierta.

—Me encantan las hojas de cálculo. Son una auténtica obsesión. Las hojas de cálculo son mi vida.

Se inclinó con aire cómplice.

—¿Te gustarán las tablas dinámicas tanto como a mí?

Un escalofrío bajó por mi espalda.

—Deja de hablarme como si fueras un empollón. Ya me gustabas antes de descubrir tu faceta friki debajo ese traje cubremúsculos.

—¿Qué?

Hice un gesto con la mano en su dirección.

—Esconde los músculos todo lo que quieras, pero tu culo no miente —le dije guiñándole un ojo.

Se encogió de hombros.

—Pienso mejor en el gimnasio cuando tengo la mente ocupada, y como ya te he dicho que soy un cabrón solitario, casi todo mi tiempo libre lo paso allí.

—¿Para poder pavonearte en las pocas noches que sales?

Sonrió con satisfacción y negó con la cabeza.

—Fui jugador de fútbol americano en el instituto. De hecho, conseguí una beca para ir a la universidad, aunque me lesioné a mitad del primer curso. Trabajar los músculos me ayuda a alejar el dolor.

Posiblemente era lo más serio que había dicho en toda la noche, y maldita fuera si no me hizo desearlo aún más.

—¿Qué te pasó?

Se limpió la boca.

—Intercepté un pase y corrí para anotar. Recorrí treinta metros antes de que me placaran dos jugadores y caí mal. Me rompí la pierna y el codo. —Se señaló la pierna derecha y el codo izquierdo—. Fin de un sueño.

—¿No se curaron bien? —No quería ni imaginar la profundidad de la desesperación que eso crearía.

Negó con la cabeza.

—Hicieron falta dos operaciones para arreglarme la tibia y una para el codo. Estaban muy jodidos. Tardé años en saber qué hacer para no tener que tomar pastillas durante el resto de mi vida. ¿Y tú?

—Yo no me he lesionado jugando al fútbol americano.

Otra risita antes de pinchar un trozo de queso.

—¿Haces deporte?

—¿Montar en bici cuenta? ¿Y pasar el verano en la piscina? —pregunté—. Practiqué algunos deportes en el instituto, pero en serio solo hice sóftbol en primero de bachillerato. Mi hermano es el deportista de la familia. Llegó a las ligas menores de béisbol. Juega para los Indians.

—¿De Cleveland? —preguntó, impresionado pero confundido, ya que los Indians de Cleveland jugaban en las ligas mayores.

Negué con la cabeza.

—Los Indians de Indianápolis. Juega en la Triple A.

—Ah…

—Confieso que mi deporte favorito no lo estoy practicando últimamente. —No pretendía desviar hacia el sexo lo que era una conversación neutra para conocernos, pero verle morder una fresa y lamerse el jugo de los labios era más de lo que podía soportar.

—¿El que se practica desnudo?

—Por supuesto, pero, como te he dicho, no va a pasar. —Solté un suspiro e intenté concentrarme de nuevo—. Así que me paso la hora más aburrida del día en la elíptica con la música tan alta que mis vecinos se quejan. Es lo malo de vivir en un apartamento.

—Tienes un mal aislamiento acústico —dijo en tono cómplice.

Asentí.

—Cierto. Es que la razón por la que pongo la música tan alta es porque los dos están gritando siempre.

Su plato estaba casi vacío, al igual que el mío. La comida me asentó el estómago, que tenía algo revuelto por la bebida.

—También he tenido vecinos que se pasan el día peleándose —alegó.

Negué con la cabeza.