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1873: el explorador George Musters emprende su última aventura. Esta vez no recorrerá la longitud de la Patagonia, sino el interminable torbellino del tiempo. Un manuscrito en extraños símbolos que esconde la verdad sobre el viaje que cambió la noción del orbe, será el origen de un recorrido épico que comienza y termina en Londres. El corsi e ricorsi de la historia lo llevará a trasponer la Edad de los Hombres para ingresar en el tiempo mítico. Una odisea donde los dioses regresan del pasado para renovar sus alianzas y sus odios. Pero hay un terror oculto que es imposible descubrir, y George Musters sabía de él. Ahora deberá enfrentarlo por toda la vida. Él, sus amigos, y sus enemigos, serán Esclavos del Tiempo, algo que es imposible evitar.
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Seitenzahl: 916
Veröffentlichungsjahr: 2019
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Brito, Mario Álvaro de
Esclavos del tiempo / Mario Álvaro de Brito. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2019.
580 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-472-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2019. Álvaro de Brito.
© 2019. Tinta Libre Ediciones
Para Helena, Julia, Bautista, Clara, Sofía…Que puedan volar por el tiempo y el espaciocomo yo lo hice desde muy joven leyendo a Verne, Poe, Dickens, Defoe, Lovecrafty tantos otros relatores de fantasías.
No hay secretos que el tiempo no revele.
Jean Racine
Advertenciaal lector
Todo lo escrito en las siguientes páginas pertenece al brumoso ámbito de la ficción. Por ello, lo dicho y hecho por los personajes –tanto históricos como ficticios– no ocurrió en la realidad de la historia.No obstante, al terminar su paciente lectura,no olvide la sentencia que perdura a través de los siglos desde que fuera arrojada al viento y también escrita con extraños símbolos…
Esclavos del tiempo
Álvaro de Brito
Personajes principales
Históricos
George Ch. Musters: marino y viajero inglés nacido en Nápoles en 1841. Primer europeo en recorrer la Patagonia en toda su longitud. Valiente que decide develar el misterio.
Herminia Williams: distinguida dama sucrense. Esposa de George.
James Abott McNeil Whistler: artista yanqui que pinta en Londres y fuma en una pipa de maíz.
Samuel Lafone Quevedo (Joven Samuel): emprendedor uruguayo apasionado por la arqueología y devoto de la Virgen del Valle.
Dr. Germán Burmeister: sabio alemán y amante del telégrafo. Director del Museo de Buenos Aires.
Richard Francis Burton: explorador y políglota inglés. Cónsul en Trieste, traductor de Las mil y una noches.
Maximilianus Transilvanus: húngaro de origen székely. Secretario del emperador Carlos V y origen de todas las desgracias futuras.
Fernando de Magallanes: navegante portugués muerto en extrañas circunstancias. Capitán General de la expedición a las islas Molucas en 1519.
Antonio Pigafetta: joven viajero veneciano, cronista de Magallanes y celoso guardián de sus secretos.
D. Pedro de Mendoza: conquistador español y fundador de la primera Buenos Aires, que pierde hasta la vida buscando un árbol que jamás encuentra.
D. Gonzalo de Mendoza: conquistador español, primo de D. Pedro. Gran lector de Erasmo.
Fr. Reginaldo de Lizárraga: fraile dominico español, obispo del Río de la Plata. Gran viajero que cumple con su palabra escondiendo la de otros.
Fr. Francisco de la Cruz: fraile dominico español inflamado por el Apocalipsis y quemado en la hoguera.
Ficticios
Duncan Boyd: ingeniero en minas escocés. Entrañable amigo de George Ch. Musters y claustrófobo grave.
Tobías Amery: anticuario húngaro. Eximio falsificador de objetos medievales y dueño de una tienda en Londres.
Zoltan Kiraly: inescrupuloso húngaro. Asistente de Amery y ladrón por naturaleza.
Santiago Elías Francisco María Paganel: eminente geógrafo francés. Personaje creado por Julio Verne para su obra Los hijos del capitán Grant, que aparece en esta historia porque otra vez perdió su barco.
Gyula Teleki: húngaro székely. Religioso de la orden de San Pablo, Primer Eremita.
Luciano de la Cárcova: erudito valenciano. Valiente que viaja de Asunción a Lima, pero no llega.
Monsieur Rêne Latour: chef francés que regentea Le Petit Bouchon de Valparaíso. Propietario del afamado Hotel Lafayette.
Jack: curioso ejemplar de la raza pitbull. Fiel compañero de Musters, su dueño. Enemigo declarado de Zoltan Kiraly.
Nabulione: valiente ejemplar de la raza Lima poodle y orgullo de la escuadra francesa. Vencedor del ratpit en la Semana Santa de 1866.
Las cartas
Buenos Aires, mayo de 1989
Mi padre murió en octubre de 1951 al final de una dolorosa y fulminante enfermedad. Horas después me fue entregado un maletín de cuero que contenía cierto documento escrito por mi abuelo. Al leerlo, sentí que el peso de la historia me abrumaba. Mi padre siempre tuvo gran interés por el pasado, no solo el reciente, sino también por el más antiguo. Conservo aún –como su legado más importante– las colecciones líticas pretehuelche que pacientemente reunió a lo largo de interminables viajes de exploración entre la costa de la Patagonia argentina y la región de los lagos del sur. Infinidad de testimonios gráficos de su permanencia en aquellas latitudes: mapas antiguos y grabados, fotografías valiosísimas y cuanta cosa hubiere hallado que recordara tiempos pretéritos: huesos humanos y de animales, extraños fósiles, muestras minerales y objetos del más variado tipo y material. También conservo la valiosa biblioteca que leo desde muy joven y me permitió abrir la mente al conocimiento del mundo entero.
La exploración de América y todo lo relativo a los viajes de navegantes europeos por esas regiones fueron los temas favoritos de su análisis. Las aventuras de españoles, portugueses, ingleses y franceses, resultaron cuestiones excluyentes por mucho tiempo desde que volviera del lejano sur. Cuando tuve la edad suficiente para comprender sus intereses me alentó a sumarme en las pesquisas e intentar profundizarlas con mis propios criterios. Curiosamente, manifestaba un interés especial en que yo estuviera al tanto, con el mayor detalle, de esa parte de la historia americana. Que debía conocerla, por alguna razón, más allá de una estricta necesidad cultural.
Siempre decía que sus viajes a la Patagonia respondían a un claro sentimiento del deber. Que en 1910 la Argentina tenía una misión para cada uno y que era obligado cumplirla. También decía que sus sufrimientos en el desierto eran nada comparados con las desgracias y miserias de otras aventuras del pasado. Nunca quiso hablar acerca de ello, como tampoco me atreví a exigirle una explicación detallada; era cuando de sus palabras emanaba una energía tan negativa que era imposible seguir conversando. Supuse que algo extraño permanecía oculto, pero ni siquiera mi madre se atrevía a insinuarlo temiendo desatar alguna crisis en un espíritu permanentemente agobiado.
Después de tantos años lo descubrí en el documento que me fuera legado. Debo confesar que me resultó difícil admitir que mi abuelo guardara una versión distinta de hechos narrados por generaciones y aceptados como “historia oficial”. No porque resultara vergonzante o maligna, como pudiera haber sido considerada en el pasado, sino por la interminable e insólita serie de maquinaciones efectuadas para ocultarla a través de los siglos. Una especie de ridícula confabulación por la que un grupo de personajes (algunos de ellos sin vinculación alguna) optaron por callarse para no sufrir las consecuencias de sus acciones. No obstante, esta revelación ha sido tan sorprendente que la tentación de mantener todo en silencio una vez más es muy fuerte.
Al leer por primera vez el manuscrito, recuerdo que surgió en mí una sospecha que repugnaba al espíritu racionalista que creía poseer. Una especie de temor oculto que se trasmitía desde el pasado, vaya a saber de qué extraña forma, culminando en una encarnación de ese miedo en mi persona. Hasta llegué a creer, en el colmo del desvarío, que alguna sombra misteriosa necesitara expresarse a través de esas palabras que clamaban ser leídas.
Después de la primera lectura decidí guardarlo bajo llave e intentar olvidarlo, pero la triste verdad emergía en mis sueños como una burla fantasmal que era imposible soterrar nuevamente. Por eso necesité meditar largamente estas cuestiones –y una gran dosis de valor– para decidirme a publicar las siguientes páginas, más allá de toda otra consideración. Varias veces estuve a un tris de dejar el asunto a la generación siguiente. Hoy creo que es hora de que la verdad salga a la luz, completa y directa. Además, la posmodernidad permite ver con otros ojos los sucesos de la historia. ¿Acaso no son siempre el reflejo de nuestras fantasías?
Y advierto –como lo hacía O’ Neill– que “no hay presente ni futuro, es solo el pasado que se repite una y otra vez, ahora”. Veremos.
Así, pues, dispongo a la consideración del lector especializado y público en general las siguientes páginas, transcripción exacta del documento que mi abuelo redactara en soledad hacia 1912, cuando su hijo –mi padre– partiera hacia Puerto Deseado para la construcción de los Ferrocarriles Patagónicos.
Y lo hago dichoso, sabiendo que mi hijo se verá por fin liberado de este desgraciado asunto. Ya muchos lo hemos sufrido demasiado…
M.B.
Contenido del maletín que me fuera entregado el 16 de octubre de 1951:
Ejemplar de la obra At home with Patagonians, escrita por George Chaworth Musters, 2ª Ed., Murray, Londres, 1873, con la dedicatoria “To my friend, R.B.”.Carta 1, escrita por J.E.B., mi padre, legándome el documento:Buenos Aires, 5 de octubre de 1951
Querido M...:
La frágil salud me obliga a tomar las previsiones necesarias para dejar la carga que llevo hace demasiado tiempo. Cuando esta mañana anunciaste tu paternidad, un velo de incertidumbre cayó sobre mí. Era la buena nueva que esperábamos hacía tiempo, pero también la noticia que faltaba para saber que mis días estaban contados. Un sentimiento fatídico que me es imposible evitar. ¿Será que para que la vida continúe, algo debe dejar de hacerlo?
Sé también que irse antes de los sesenta es un desperdicio, pero a veces la vida resulta ser más dura que lo esperado. En realidad, siento que tengo cien, o mil años si se pudiera vivir tanto. Muchas veces te hablé de los años de mi juventud, allá en el sur, en el viento, aunque obvié ciertos detalles para no entristecerte o, tal vez, asustarte. Tu madre conoce algunos, revelados en momentos de gran angustia. Quizás algún día te los cuente (pero no se lo exijas: ha sufrido demasiado). Muchos otros se irán conmigo, aunque es bueno que sepas algo de todo ello para que tu juicio sobre mí sea algo más benévolo.
Todo empezó durante el crudo invierno de 1915 en Puerto Deseado: “el invierno de Shackleton”, como le llamaríamos desde entonces. Los indios del lugar no tenían memoria histórica de los varios metros de nieve que cubrieron la zona en esos meses nefastos. Yo vivía en un furgón ferroviario del estilo de los que todavía corren por la línea Mitre. Allí tenía mi oficina-dormitorio y el “pañol de los vicios” (así le llamábamos a la reserva de tabaco y alcohol) del que era único responsable.
El ingeniero Stoltz, jefe de Vía y Obras, ofreció instalarme en una de las nuevas casas de piedra y chapa construidas cerca de la estación. Yo, como siempre, prefería continuar sobre rieles y moverme de vez en cuando. Allí dispuse del tiempo necesario para mis lecturas favoritas: la historia americana y la aventura del descubrimiento y colonización de la Patagonia. Contaba con muchas obras sobre el tema, algunas en lengua inglesa. Desde Magallanes hasta Moreno la historia austral pasó por mi mente como una vista cinematográfica y con los mejores intérpretes: los actores verdaderos. La primera edición castellana del libro del comandante Musters –que mi padre me obsequiara cuando la zarpada del Neuquén en Puerto Madero– finalmente me vinculó a esas regiones esclavizadas por la intemperie. Apenas cuarenta y cinco años atrás el gran viajero recorría la Patagonia a la edad de veintiocho.
A principios de julio de ese terrible 1915, aprovechando que los trabajos estaban suspendidos por fuertes nevadas, y ante la amable invitación del capitán de la torpedera Espora de paso por nuestro campamento, efectuamos una navegación hasta Puerto San Julián. Era necesario relevar con urgencia al personal destacado allí. Desembarqué con algunos compañeros en ese extraño sitio y visitamos el lugar donde se desarrollaron en 1520 los sangrientos eventos tras la llegada de Magallanes, el gran navegante. En ese momento percibí un aura tan oscura y adversa que tuve que abandonarlo rápidamente. Luego navegamos hasta Puerto Santa Cruz para reconocer el sector de la abandonada factoría Rouquaud y el Cañadón de los Misioneros. Recordarás que allí se instaló la abortada misión anglicana de Schmid y Hunziker. Otra vez, en esos parajes, una desazón injustificable ensombreció mi espíritu.
Días después, recordando esos extraños sucesos en la comodidad del coche-cama, anidó en mí una idea desdichada: ¿habría un hilo conductor que uniera todas esas desgracias? El descuartizamiento de Cartagena, el asesinato de Mendoza, el abandono de Quesada y la soledad del fraile en una isla, apenas con la compañía de pingüinos. Todos, hechos ocurridos en ese crudo invierno de 1520 cuando la flota de Magallanes invernaba en el lugar, ¿acaso estos acontecimientos fueron el inicio de una saga sangrienta? ¿Sería posible que el abandono por el hambre y el escorbuto de la colonia instalada años después por D. Antonio de Viedma estuviera relacionado con lo anterior? Y todavía más: la muerte del hijo de Rouquad, ahogado durante una noche de tormenta en 1862, y luego la de su madre de pena sin remedio, ¿formarían parte de un extenso rosario de muerte y dolor originado por alguna y misma causa? ¿Y la locura de Hunziquer ante la ausencia de Schmid en la Misión anglicana? ¿Quizá los innumerables naufragios con centenares de ahogados frente a esas interminables costas reconozcan una sola y desgraciada fuente? Estas miserias rondaban mis pensamientos cuando ocurrió lo peor.
El 11 de julio se desató una extraordinaria tormenta de viento y nieve. Me fue imposible salir del coche por muchos días. El hielo sellaba las puertas y la nieve llegaba a las ventanillas, quedando apenas unos centímetros de luz en la parte superior. No había escapatoria alguna. Y si la había, ¿hacia dónde? Un extenso manto de nieve tan blanco como mortal lo cubría todo. Solo se veía el techo de la estación, a muchos metros del suelo. La temperatura media de los días era -18º C, por lo que tuve que racionar al máximo el carbón para la estufa, el combustible de la lámpara y los pocos víveres que disponía. Cuando se acabó el carbón me vi en la necesidad de quemar la madera de los muebles, las resmas de papel y todo otro material combustible, incluyendo las sacas de correo y parte del piso. La excepción fue la biblioteca, que de ninguna manera iba a sacrificar. Antes, prefería morir.
Durante esos días trágicos (muchos murieron de frío por congelamiento en el campamento y en la meseta), inevitablemente me aficioné al tabaco y el alcohol. ¡Y gracias a Dios que los hubiera, y en abundancia! Fue lo único que me permitió superar el trance hasta que una cuadrilla de salvamento me rescatara con el último hálito de vida. Subsistí, pero solo por caer en un sopor inconsciente que me hizo olvidar el hambre, el frío, la soledad y la angustia de una muerte segura. Mi espíritu y mi físico quedaron desde entonces marcados por esas horas mortales de aislamiento total y total alcoholismo. En mis desvaríos, la historia de la región pasó por mi mente como una fantasía aterradora plena de misterios, dolor y muerte. Todo lo leído desde la llegada de Magallanes apareció en mi delirio como una representación teatral que mostraba los hechos ocultos que nunca se cuentan por completo: los ajusticiamientos, la tortura, el odio de la venganza, la pérdida de la fe, la falta de esperanza, la muerte misma… La historia de los cuatrocientos últimos años cabalgó en mi espíritu desfalleciente en unas pocas horas. El aura que conocí durante la excursión en San Julián y se repitió junto al Santa Cruz, mostró su peor cara. Y no es que pudiera verla, pues no era más que una sombra perniciosa, irreverente, ominosa. Una especie de Abadón que recorre los tiempos como un ángel destructor.
Así desperté, delirando y esperando la muerte en alguna de las múltiples formas presenciadas en mi subconsciente. Mucho tiempo tardé en recuperar el habla, refugiado en un mutismo insensato del que nada podía sacarme. Y la falta de bebida también me afectó, aunque pude superarlo con el tiempo.
Los inviernos siguientes no fueron tan duros, pero tampoco para recordar como buenos (a pesar de su costo ya sabía cómo combatirlos). Cuando regresé a Buenos Aires recuperé algo de salud, aunque las corrientes de aire y el frío del invierno resultaron enemigos con los que tuve que luchar hasta el fin de mis días. Parecía que mis fuerzas hubieran quedado allá, en el lejano sur. Tú fuiste testigo de esos años difíciles; tu pobre madre, la secreta mártir que soportó todos mis males y vicios con entereza y resignación.
Querido hijo: cuando leas esta carta ya me habré ido. Te será entregada junto a un portafolio de cuero con el monograma “JEB”. En él encontrarás un documento escrito por mi padre –tu abuelo– acerca de una serie de hechos increíbles relatados por George Musters, el gran explorador inglés de la Patagonia. También su famosa obra publicada en Londres en 1873 y la carta con la que mi padre me encargara la tenencia de todo ello.
Deberás decidir si estás dispuesto a ventilar su contenido o legarlo a otro, como yo lo estoy haciendo contigo. Por distintas razones todos preferimos ocultar con un manto de piedad ciertos hechos ocurridos hace tanto tiempo que habría que olvidar. Algún día llegará en que el justo lema ‘con la verdad no ofendo ni temo’, se haga realidad. En lo que a mí respecta, aun preparado por años de estudio en la aventura del descubrimiento, el miedo instalado en mi espíritu impidió anunciar una verdad que parece imposible. Pero no, es cierta: yo mismo (como algunos otros) fui testigo de una sombra perniciosa que parece subsistir en el tiempo. Me sobrevoló en esos parajes desolados y la reconocí en mi delirio enfermizo. El documento de mi padre, finalmente, confirmó mis peores sospechas.
Adjunté una serie de fotografías tomadas en las regiones del Sur que me tocó explorar y que mantenía en reserva. Las sumarás a las colecciones arqueológicas y paleontológicas que te dejo. Esa será tu mayor herencia, junto a la biblioteca de historia nacional, los clásicos latinos y la literatura universal, que ya conoces de sobra. Te recomiendo muy especialmente las obras de Leopoldo Lugones, muchas de las cuales están autografiadas. Son mi mayor tesoro y el gran legado para tu hijo.
Que Dios ilumine tus decisiones.
Tu padre, J. E. B.
Carta 2, escrita por R.B., mi abuelo, para legar el documento a mi padre:Buenos Aires, 11 de junio de 1916
Hijo mío:
Escribo sin saber si lo veré otra vez. Las noticias recibidas después de meses de incomunicación no son tranquilizadoras. El invierno fue muy crudo el año pasado y sé que actualmente la línea está suspendida por nevadas extraordinarias. Confieso que me pesa el haber consentido (y hasta incitado) que partiera Ud. a un destino tan lejano e inseguro. Pero es que ambos participamos de lo que el Centenario ha renovado en todos nosotros. Después de décadas de desencuentros la unión nacional finalmente cristalizó en una idea: trabajo, trabajo y progreso en paz. Increíblemente, el viejo lema “en unión y libertad” nos lanza a un futuro que no tiene límites, siendo aceptable cualquier sacrificio que la hora imponga. ¡Como enviar el único hijo a vencer al desierto, esta vez con el tren, la lanza del progreso! Es el momento de construir la Nación sobre la base del espíritu de esa Constitución que tanta sangre ha costado. ¡Cuánto dolor y tierra arrasada para conquistar el interior! Sembramos entre lágrimas. Llegará el momento para sus hijos de cosechar entre canciones, como reza el salmo.
Le repito, no sé si le veré otra vez. La edad me pesa demasiado y los achaques me limitan cada vez más. Por lo pronto (y ante la irreparable falta de su madre para actuar de custodio), dejaré un maletín de cuero con mis iniciales “RB” en el bufete del Dr. Juan Segundo Eguía, mi notario y mejor amigo. Le será entregado solo después de mi muerte. En él encontrará un manuscrito en el que narro una serie de hechos tal como me fueran revelados en Londres en 1879 mientras era corresponsal del Standard. Recordará que más de una vez me referí al inglés que conocí en esa oportunidad, autor de la obra At home with Patagonians. Su versión castellana se la obsequié en la cubierta del Neuquén cuando partiera para Puerto Deseado, hace ya seis largos años.
El viaje a Inglaterra fue para entrevistarlo e investigar su misterioso periplo por las sierras del noroeste. Fue extraño: no me esperaba, pero me recibió como si lo hubiera hecho desde siempre. Durante tres días completos George Musters me confió las insospechadas razones que lo llevaron a efectuar ese viaje. Lo emprendió con su esposa Herminia Williams, su entrañable amigo Duncan Boyd, y Samuel Lafone Quevedo, actual director del Museo de La Plata. Fueron tres días en los que nos internamos en los escabrosos caminos de lo desconocido. Su gran conocimiento de la Patagonia le permitió advertir los secretos ocultos en la pesquisa y las oscuras implicancias de todo ello. Al fin, cuando me disponía a despedirlo pues partía hacia Mozambique como cónsul británico, murió repentinamente de un absceso en el vientre. Algo extraño, pues el hombre era fuerte y gozaba de la mejor salud. Los médicos no comprendían cómo su sangre se había envenenado de tal forma en tan pocas horas. Llegué a verlo cuando, aún caliente por la fiebre, yacía muerto en brazos de la mujer. Una mueca inescrutable reflejaba el sentimiento de los últimos momentos de vida. No era paz, precisamente, lo que sus ojos aún abiertos expresaban con esa mirada profunda, lejana, propia de la visión de algo inexplicable. Sus últimas palabras fueron: “¡Annesley, Annesley!”, el lugar donde pasara su infancia…
Se preguntará por qué me fue confiado este misterioso asunto. Las razones son varias. Creo que desde que nos conocimos en la Real Sociedad Geográfica se estableció un vínculo mutuo de confianza y respeto. Advirtió en mí un interés genuino por la verdad histórica y la necesidad de establecerla más allá de toda otra consideración. Quizás, el hecho de ser argentino, conocer al detalle su aventura en la Patagonia y la historia de estas regiones, influyó en su decisión. Creo también que hacía tiempo buscaba alguien adecuado para trasmitir el secreto. Sin hijos varones (los hechos narrados resultan difíciles de aceptar para el espíritu femenino), con Duncan Boyd desaparecido en un extraño accidente y con su hermano bastante enfermo, no confiaba en nadie más. Sobre todo, advertí una real necesidad de que la verdad volviera a su lugar de origen.
Le confieso que la historia es tan aberrante que me pesó escribirla(¡y no sabe Ud. cuánto me costó aceptarla!), aunque los documentos que mostró abonan con seguridad todos sus dichos. Con paciencia y perseverancia reconstruí las partes que me parecían oscuras y confirmé la existencia de los personajes, vivos o muertos, que la historia contiene. Algunos conocí personalmente y fueron muy buenos informantes; otros eran figuras de la historia, por lo que efectué un minucioso estudio documental en ambos continentes que me permitió confirmar lo apuntado en el relato. Sin embargo, y es necesario advertirlo, hay algo que permanece en las sombras y que no fui capaz de iluminar. Sentí rechazo y hasta miedo, por lo que no investigué mucho más.
También creí conveniente agregar diálogos (tal como me fueron relatados) y todo comentario curioso o ameno acerca de la personalidad de los actores y sus acciones para que la historia fuera más creíble y convincente (y de paso, atenuar en algo las infamias que se ocultaban en la trama). De más está decir que todo esto lo mantuve en estricta reserva. Como corresponsal, ofrecí al Standard solo una crónica completa del itinerario del viaje, los preparativos, las impresiones de los viajeros sobre el paisaje, la vida en las poblaciones del interior y poco más, pero no las verdaderas razones que los llevaron a efectuarlo. Tampoco ninguno de los interesados –extranjeros o argentinos– dio a publicidad nada de lo ocurrido.
Cuando partió Ud. a la Patagonia, con mis notas y recuerdos me dispuse a escribir estas páginas que le dejo como pesada herencia. Esperaba darlo a conocer, pero la muerte sorpresiva de su madre y un temor insano a lo desconocido lo impidieron. Sabrá encontrar el momento oportuno para terminar con este asunto. Si no, legarlo a un valiente que se atreva. Resistí la tentación de destruirlo en un momento de grave turbación. Hubiera sido destruir la verdad, algo contrario a mi naturaleza. Y ya no tengo la fuerza necesaria para sostenerla públicamente.
Dejo todo el amor de un padre a su único hijo. También mi admiración por su compromiso con la Nación. No esperaba menos.
R.B.
PS: Me siento feliz por saber que su sacrificio se realiza en paz y por el progreso de todos nosotros. Decenas de miles de jóvenes como Ud. están siendo masacrados en esa espantosa guerra europea que parece no tener fin.
El documento
1
—¡George Musters, entra ya…, que está inclemente! —La mujer llama por quinta vez y entorna la puerta para evitar que el viento helado se cuele.
—¡Ya voy, Herminia, no debes preocuparte! Es un poco de aire fresco…, nada más —responde con paciencia el convocado.
George Chaworth Musters así replica por quinta vez a su esposa mientras descubre las ocultas señales del clima en un cielo amenazante, con nubes bajas y oscuras que corren presurosas hacia el sudoeste. Un termómetro de pared señala, al amparo del amplio pórtico, casi -3º C, marca bastante baja para la fecha en las tierras de Robin Hood. Es el último día del mes de octubre de 1873.
La mujer no se acostumbraba a las extrañas conductas del marido que parecía disfrutar de los ventarrones y el clima revuelto. De hecho, jamás lo haría en los escasos seis años de matrimonio que el destino les impuso cumplir. Se casaron unos días antes en Londres, al final de un rápido viaje turístico por París junto a los padres de ella. Felizmente unidos se instalaron en Wiverton Hall, una de las residencias familiares de los Chaworth Musters cercanas a Nottingham, la gran ciudad de la región central de Inglaterra. Los acompañaba Dña. Teresa, madre española de Herminia y Antonio, el joven hermano. George Williams, páter familias, regresó anticipadamente a Bolivia para ocuparse de sus negocios como próspero comerciante en minas de plata y oro. Y fue precisamente frente al altar de la capilla de St. Mary, en Kensington, donde la novia, de impecable blanco, confirmaría la fatal sospecha que la madre inoculara maliciosamente unas semanas atrás, cuando de mala manera le advirtió: “Ten cuidado, ese hombre no aguantará mucho pues es un culo de mal asiento”.
El sujeto contaba treinta y dos años. Era un ejemplar inocultable de la raza marina, retirado de la Marina Real en grado de comandante. De talla normal, plantado sobre dos firmes piernas que lograban el equilibrio tanto sobre una embarcación arrafagada como sobre un caballo lanzado. Recios brazos modelados por el remo, cabeza voluminosa y tronco macizo. El rostro, delineado geométricamente por amplias y prominentes patillas, que adosadas al poblado bigote otorgaban cierto aspecto feroz y competían con la mirada, serena pero ardiente, vivaz, en constante parpadeo. Una cabellera abundante –que parecía una melena peinada por los vientos “a babor y estribor”– aportaba un aire leonino que condecía con todo el resto. Labios delgados contorneaban una boca perfecta; nariz de corte atrevido precedía a una frente amplia, elevada, con profundos surcos que denotaban inteligencia y sagacidad. Para sintetizar esta farragosa pero necesaria descripción se dirá que George Musters estaba fundido con legiones de audaces y forjado por las huellas del destino. Su carácter le impedía retroceder. Era calmoso, frío y prudente, pero inflexible y de resoluciones impostergables.
Su encuentro con Herminia fue providencial. Ambos se hallaron sin buscarse (aunque lo hicieran toda la vida) sobre la cubierta de un vapor en viaje a Europa. Una mirada les bastó para saber que el destino los llamaba y sellar el compromiso de un pronto casamiento en Londres. Unos días después, a las diez en punto de la noche y momentos antes del arribo del barco a Lisboa, Musters se presentó en el salón de fumar y pidió al futuro suegro la mano de la hija. El hombre no puso objeciones, aunque la madre desconfiaba de sus ropas raídas y su desaliño general, propio de los que andan sin rumbo fijo y a la pesca de cualquier oportunidad. De nada sirvieron las averiguaciones de la mujer en la escala de Valdivia, cuando al verlo hablar animadamente con el capitán Simpson de la marina chilena, se acercó luego a este y le sonsacó toda la información posible. Ni le importó saber tampoco que el hombre había escapado de milagro (y desnudo) a una curiosa ceremonia indígena que requería sus vísceras para honrar a los dioses tribales, embarcando luego casi sin ropas y ni un penique. Tanto, que debió trabajar de camarero para pagar su pasaje hasta Valparaíso. Tuvieron que llegar a Londres para advertir, por fin, que provenía de noble cuna y contaba con una renta anual que lo catalogaba como miembro vitalicio de la clase adinerada. Sus elevados contactos en la metrópoli, los conocimientos de la clase política y del mundo financiero, terminaron por rendir a la recta señora que no pudo oponerse al inminente casamiento. Es más, tuvo que reconocer que el hombre era reconocido por ese tiempo como el “gran explorador de la Patagonia”.
Los elevados arcos góticos que el arquitecto Gilbert Scott erigió para sostener el magnífico abovedado de St. Mary Abbot, ofrecían un marco de serena elegancia para cualquier ceremonia. Herminia quedó encantada con la iglesia y Musters cedió, aunque hubiera preferido un acto más íntimo en la vieja capilla familiar de Annesley, deteriorada por el paso de incontables siglos, pero con el numen de centenares de antepasados. St. Mary databa de apenas un año y ocupaba el mismo solar que la iglesia anterior, más pequeña y demolida. El 25 de septiembre de ese año la capilla se reservó con especial cuidado para consagrar el matrimonio del comandante George Chaworth Musters y Herminia Williams, joven y distinguida dama sucrense. Todo fue minuciosamente previsto por manos diligentes y mentes piadosas. Hasta el mismísimo vicario Sinclair –hacedor de la nueva iglesia– aceptó con honra ser el oficiante. Un reconocido organista de San Pablo esperaba para ejecutar el salmo 122, y en el campanario de la torre –la más alta de Londres por aquellos años– alguien se disponía en el momento oportuno para el cambio de timbre que anunciara el fin de los esponsales. Esa mañana, los treinta canastos de lirios de Casa Blanca y ornitógalas fueron enviados en un carretón desde el mercado de la calle Columbia para engalanar el largo pasillo central alfombrado de rojo. El altar, bajo los notables vitrales del ábside, sostenía dos exquisitos arreglos florales ejecutados por algún artista del Jardín Botánico Real que realzaban la majestad del neogótico inglés.
A la hora señalada todos esperaban ansiosos que el novio llegara, pues misteriosamente aún no estaba presente. Los que ocupaban el lado izquierdo del templo, parientes y amigos de la novia, miraban de pie y con creciente impaciencia al vicario que curioseaba por tercera vez la hora en su leontina de oro. Los de la derecha, amigos y parientes del novio, sentados pacientes y en resignado silencio pues sabían de quien se trataba. Cuando parecía que todo iba a concluir de la peor manera, cuando el padre de la novia amagó con reventar la ira expresada con un puño amenazante y la madre fulminó a la hija con una mirada de “yo te lo advertí”, la novia, al borde de las lágrimas, sintió morir.
Fue entonces cuando un trueno demoledor estalló su furia antes que el diluvio se extendiera sobre Londres. Con el trueno la puerta se abrió de par en par, y con la lluvia entró Musters a la carrera salpicando a diestra y siniestra. Pálido como la cera y esgrimiendo una disculpa que nadie oyó, se ubicó rápidamente frente al altar. Alguien alcanzó a oír por los últimos bancos que se había retrasado en Sotheby’s en una subasta de documentos y mapas antiguos por los que tuvo que pujar más de la cuenta. Por fortuna, se hallaba en la ocasión con su entrañable amigo, el ingeniero en minas Duncan Boyd, quien pudo recordárselo:
—George, hace media hora que debías estar casándote con Herminia…
—¡Dios santo! ¡Duncan, cómo no me has avisado! —Y mirando su reloj se incorporó de un salto.
—Te lo advertí varias veces, pero esos mapas te enloquecieron.
—¡Esos mapas pueden valer oro! —concluyó, al tiempo que trepaban en una berlina que paciente esperaba algún cliente.
La subasta se había complicado más de lo esperado. Un lote de mapas antiguos salió a la venta formando parte de una gran colección de documentos, libros raros, grabados y otros extraños objetos que durante más de cincuenta años acumuló el honorable Titus Fergusson en sus viajes por medio mundo. Los últimos doce como embajador inglés ante las repúblicas del Perú y Bolivia, un destino bastante odioso para quien ofrendara su vida al Imperio. Y si mucho era tolerable en la Sucre de esos años, jamás pudo acostumbrarse a los caprichos del dictador de turno, D. Mariano Melgarejo, que obligaba a todo representante extranjero (en especial a los europeos) a terminar la visita con un beso en las nalgas de Juana Sánchez, la joven paceña y amante del bruto que se paseaba desnuda por los pasillos del palacio de gobierno. A la muerte de Titus, retirado ya en su Londres natal, la liberta viuda limpió la casa de los trastos viejos y mandó a subasta todo aquello que le recordara la maniática afición del marido por acumular basura, que además era vieja. Había decidido quemarlo todo, pero cuando tenía encendida la cerilla, alguien le dijo que podía ganar unas cuantas libras y resarcirse algo de los años perdidos en la trastienda del mundo.
El “Lote 37” salía a la venta con una base de una libra e incluía tres mapas plegados de los Andes Centrales entre los paralelos de 11º y 23º de latitud sur. Uno era el detallado mapa de Perú y Bolivia de Charles Deshin de 1856 y carecía de relevancia por lo conocido y reciente. Otro era del siglo anterior, aunque no más valioso y bastante deteriorado por una antigua humedad que lo hacía poco legible. El tercero mostraba parte del territorio boliviano con indicaciones sobre la minería de la región y correspondía, aparentemente, a un relevamiento efectuado por ingenieros británicos hacía años. El lote incluía un pequeño libro con tapa negra, encerada, marcada con “I” (en caracteres romanos) y con un título manuscrito en la primera hoja: La oración del Señor. Las siguientes, también manuscritas, pero en un lenguaje de signos totalmente incomprensible. Centenares de símbolos extraños y muy pequeños cubrían la superficie de cada hoja, de borde a borde. Una treintena de líneas ordenaban una escritura continua, sin oraciones ni parágrafos. Finalmente, un sobre de papel amarillento por su vejez, con algunos folios manuscritos en español antiguo con tinta ya muy desleída por la oxidación del tiempo.
Todas las piezas estaban numeradas consecutivamente con un número arábigo escrito con lápiz, guardadas en un estuche de cuero que parecía de oveja, muy sobado y percudido, con las señas inocultables del transporte permanente. La solapa mostraba dos caracteres grabados a fuego: “X)”. Un cordón trenzado de cuero crudo de antigua factura, oscuro y brillante por manipuleo, lo ataba fuertemente. Cuando los organizadores de la subasta estudiaron el contenido (al que no dieron demasiada importancia), decidieron sacar a la venta el conjunto y no separar las partes, pues advirtieron que formaban un todo. Consideraron, además, que los mapas no eran valiosos por ser recientes y que un libro religioso español –e ilegible– no sería de interés para coleccionistas de antigüedades geográficas.
Pero un anticuario extranjero de ascendencia húngara con local en Mayfair mostró cierto interés por los mapas y decidió alzarse con la venta. Musters, atraído especialmente por el mapa minero de Bolivia –una región que tenía previsto conocer en detalle– lo apabulló con una oferta final de ocho guineas que fue un certero golpe a la mezquindad del anticuario. El subastador presentó el lote como “Conjunto de documentos relativos a la minería en Bolivia y un libro de oraciones antiguo”. No resultaba muy atrayente para nadie que no tuviera un especial interés por la zona, frente a los magníficos mapas españoles y cartas marinas inglesas que se vendían luego y por lo que se aseguraba una puja violenta entre los muchos asistentes. Los dos interesados compitieron de a peniques en una interminable serie de ofertas hasta que Musters, que gozaba con la desesperación del hombre, decidió poner en claro quién era quién. Rápidamente finiquitó el asunto extendiendo un cheque para salir disparados hacia la iglesia con el estuche bajo el brazo.
Más de veinte minutos necesitaron para llegar a destino entre un viento cargado de electricidad que presagiaba lo peor. Una catarata de agua los envolvía al momento de cruzar el pequeño atrio y subir presurosos la escalinata del templo para zambullirse en el claustro. De un empujón abrieron las puertas cuando un gran trueno estallaba. Fue suficiente una rápida mirada para advertir que la demora había sido excesiva. El silencio indicaba que el organista ya no estaba. Unos, con miradas iracundas, casi deseaban pegarle; otros miraban compasivamente al suelo sin atreverse a expresar su desencanto. Para colmo, su aspecto era muy extraño, pues si bien calzaba un sombrero de copa y el infaltable paraguas que creaba ya una laguna frente al altar, cubría sus hombros un salvaje manto de piel de algún animal desconocido, bastante sucio y percudido, con manchas grasosas negras y encarnadas, con irreconocibles símbolos y figuras. El lado izquierdo de la capilla trocó la ira por la sorpresa, y con cierta desconfianza por lo que pudiera significar esa ofensa a la etiqueta nupcial; los del lado opuesto se apresuraron a extender con algo de vergüenza el pellejo mojado sobre un banco para que escurriera el agua. Fue cuando Musters miró al oficiante y reconoció, disculpándose: “Nada mejor que un manto de guanaco cuando hay mal tiempo”. Algo que aquel jamás comprendiera en los años que le quedaban de vida, a pesar de advertir con sorpresa que efectivamente el hombre estaba seco como una rana.
Por fin se casaron, aunque sin música, a no ser el concierto de truenos que acompañó la ceremonia hasta el final y contribuyó a acallar la conciencia del organista, escapado antes que el mundo se viniera abajo. Herminia renovó su confianza en el futuro sin arriar del todo el orgullo herido por una espera sacrílega y pese a su madre, que no cesaría de creer que el hombre no era confiable como esposo para su hija –y para nadie– a pesar de sus nobles pergaminos y su decisiva renta de tres mil libras anuales. El suegro, más práctico y ajeno a todo resentimiento, olvidó rápidamente el mal rato aceptando las disculpas y al propio Musters, a quien terminaría respetando y queriendo como un verdadero hijo y hasta más que al suyo propio, ya que Antonio era algo pobre de carácter, para decirlo compasivamente. John y Mary, hermanos mayores de Musters, felices porque suponían que al fin esa bala perdida asentaría su escurridizo espíritu allí donde finalmente cayera, con esposa y muchos hijos que lo retuvieran. Pero ninguno de ellos –incluido el mismísimo Musters– supuso por un momento la infinita y terrible serie de disgustos por las que tendrían que pasar los miembros de la nueva familia en los aciagos meses que se avecinaban.
Por aquellos años, Wiverton Hall continuaba albergando la Gate House, oscuro túnel que daba paso al viento arremolinado por las altas paredes almenadas. Así se la conocía desde el siglo XV cuando resistió estoicamente la furia de Oliver Cromwell. Sería remozada a principios de siglo XIX conservando la Gate House y el Guard Room, únicos sectores que sobrevivieron a las hordas revolucionarias. Seguía en manos de los Chaworth, ahora Chaworth Musters desde que la bella y deseada Mary Ann, “last of a time–honoured race” según Byron, casara con John Musters, señor de Colwick. La mansión, una de las varias que el clan Chaworth Musters poseía en el Nottinghamshire, era ocupada temporariamente por alguno de los tres hermanos que ya desde muy pequeños la habitaron junto a sus tíos pues eran huérfanos a causa de la tuberculosis que fulminó a sus padres.
A principios de octubre de 1873, momentos en que empieza a desgranarse esta dramática historia, la propiedad quedó plenamente a cargo de George, el menor de los tres. Fue el más aventurero, el más arriesgado y de quien todos decían que “el mundo le queda chico”. Por ello, a su muerte ocurrida no muchos años después, sería recordado como The King of Patagonia, aludiendo al insólito viaje que protagonizara en 1869 por las vastas soledades del país del viento y que a juicio del venerable Murchison, presidente de la Real Sociedad Geográfica, constituía “el viaje de exploración más arriesgado de todos los hombres vivientes, a excepción del Dr. Livingstone”.
George Musters nació en Nápoles mientras sus padres atravesaban la Calabria en el invierno de 1841. Si los andarines aires de la Magna Grecia fueron decisivos en su posterior temperamento de viajero infatigable, sería sin dudas porque Emily Hammond, su madre, los respiraba a borbotones mientras el hijo ya caminaba por su vientre. Finalmente, las alturas de Calopezzati y la esforzada caminata hasta el Convento dei Riformatique fatalmente hacía todo visitante, los obligaron tres días más tarde a llegar a marchas forzadas a Nápoles y conseguir de apuro una partera algo decente en la calle Spaccanapoli. La mujer proclamó a los cuatro vientos con un vozarrón varonil y los brazos ensangrentados: “¡Questo sbarbatello è un bersaglieri!”, mientras agradecía a San Jenaro poder sujetar al niño que salía al trote, casi escapándosele de las manos.
El viento arremolinado en el pórtico azotaba el manto de pieles con el que George Musters se cubría de las inclemencias de ese precoz invierno. Húmedo y por momentos salobre, asolaba los bosques del Lincolnshire antes de llegar algo más cansado al célebre Vale of Belvoir.
Las hierbas se inclinaban con mansedumbre. Los enormes robles azotaban sus ramas perdiendo las hojas que ya cubrían la grava del camino. George Musters terminaba su diaria recorrida por los jardines antes de cumplir con el llamado perentorio de su esposa. Miraba todo ávidamente. Nada escapaba a su mirada certera, propia del rastreador experimentado. Cada piedra, cada lugar, cada rincón y cada señal tenían un lugar preciso en su memoria y formaban los recuerdos más preciados de su pasado. Temía perderlos en algún remoto rincón del mundo, seguramente todavía inexplorado o poco frecuentado, como le gustaba decir. Se detuvo un momento donde solían atar los caballos jadeantes con su hermano John, cuando a galope tendido recorrían las veinte millas que los separaban de Annesley. Fue la época de las aventuras adolescentes, cuando descubrió la libertad del jinete y cada prado representaba en su acalorada mente una nueva tierra descubierta, jamás hollada por ningún hombre. Nunca olvidaría esos viajes, cuando incubó la necesidad vital del adelantado, descubriendo y señalando el camino a los que vienen detrás. Siempre recordará con regocijo las noches veraniegas tendidos al amparo del Cockpen Tree, apenas cubiertos por una manta, después de comer una porción de pastel de Melton Mowbray o una tajada de queso Stilton, tan famosos en todo el país. Después de un par de días corriendo ciervos en alocadas cabalgatas regresaban a Annesley no sin antes bañarse en el Trent, a la vista de la capilla de Burton Joyce.
—¿Sigues con la idea de irte a la Patagonia? —una vez preguntó John a quemarropa, mientras dejaba escurrir las aguas—. ¿No te parece algo alocado? ¿Habrá caníbales como en África o en la Nueva Zelanda? Tío Robert siempre relata la muerte horrible del capitán Cook en las islas de Hawái. Si quieres viajar, deberías pensar en lugares más civilizados como China o la India. Allí también es posible beber un buen té.
—Precisamente es lo que quiero evitar —contestó George enfáticamente—. ¿Qué gracia tiene recorrer lugares donde hay millones de personas desde hace milenios? Además, en la Patagonia no hay caníbales. El capitán FitzRoy conoció a las gentes del país y son cazadores de animales, no de hombres. Estuvo entre ellos, en las costas del Estrecho de Magallanes y conoció a su reina, una mujer llamada María. Si tienen una reina como nosotros no han de ser tan salvajes… Y si no hay té es porque beben chicha.
—Aun así, no veo la necesidad —concluyó John con desánimo.
Casi oscurecía en Wiverton Hall. El viento era más frío y las nubes comenzaban a disolverse en una fina lluvia. Musters cruzó el pórtico en tres zancadas e ingresó en la atmósfera entibiada del caserón. Dio su capa y gorra a Gwinfor (el mayordomo galés), ascendió rápidamente a su alcoba y se vistió de etiqueta para la ocasión. La mesa estaba puesta en la gran sala donde se servía a las siete en punto la cena para los cinco habitantes: George Musters, señor del lugar, Herminia Williams, su esposa; Dña. Teresa, la suegra española, Antonio Williams, el cuñado, y Jack, el pitbull terrier que ocupaba un sitio de privilegio sobre un grueso tapete negro. Jack era un bello ejemplar de los antepasados de los colby, esos manojos de músculos con cuello corto y cabeza voluminosa plantada sobre un cuerpo mediano de color habano, a veces atigrado, que serían tan famosos como perros de pelea en los Estados Unidos. Tenía una mirada de tiburón que lo decía todo, a amigos y enemigos. La boca acompañaba esa impresión con plena autoridad. Era parco de ladridos y los profería con gravedad y mesura en momentos de estricta necesidad. De carácter calmoso y frío, gozaba tiernamente de las caricias de quienes merecían su simpatía, muy pocos, por cierto. Acompañaba fielmente a su dueño a toda hora, aunque desde el casamiento debía dormir fuera de la alcoba por imposición de Herminia, que no toleraba el tufo a zorro que siempre cargaba pues se negaba obstinadamente a cualquier baño que no fuera en las aguas del Trent. Así que las periódicas visitas de la familia a Nottingham siempre lo tenían como pasajero viajando en el pescante. En el momento preciso de atravesar el arco central del nuevo puente sobre el río, camino al mercado, se lanzaba a tomar su baño utilizando la balaustrada como trampolín. El salto conllevaba sus riegos ya que era imposible prevenir la navegación de algún tren de chalanas repletas de carbón.
Herminia empezó a tolerarlo con resignación, pero acabó por valorarlo con aprecio desde que advirtió con sorpresa que siempre compartía sus posiciones en las refriegas con su madre. Se interponía entre las dos clavando su odiosa mirada de escualo en la anciana, que lo odiaba visceralmente y que jamás lo llamó por su nombre, refiriéndose a él como “ese cabezón desalmado”. En más de una oportunidad fue sorprendido agazapado y mirando fijamente con sus ojos amarillos la garganta de la española, que enmudecía de espanto. Finalmente, y casi a la fuerza, se impuso una paz relativa que todos valoraron, especialmente Dña. Teresa, que trocó el temor de Dios con el que debió nacer por el temor de Jack con el que habría de morir.
La relación con Antonio era muy particular pues el animal lo tomó desde el principio casi por un congénere y mantenía sobre él un férreo control, propio del carácter dominante de la raza. Lo sometía con una simple mirada y bastaba con un imperceptible movimiento de la cola o un rápido guiño de alguno de sus ojos (pues tenía esa humana habilidad) para que obrara en consecuencia. Antonio le reservaba los mejores bocados y hasta sustraía subrepticiamente de la despensa –ubicada en los subsuelos– patas de cerdo conservadas en salmuera, o tiras de tasajo de ciervo, las predilectas del can. Lo acogía en su alcoba para permitirle dormir junto a la cama a pesar del tufo y lo calmaba con paciencia de madre durante las noches que el pobre animal soñaba malamente con su enemiga. Llegaban a ser inseparables cuando Musters estaba de viaje y todos, sin excepción, asumían como razonable que Antonio compartiera sin chistar las sabias decisiones de Jack. Era una sociedad de mutuos beneficios por la que Antonio lograba, al fin, un propósito acariciado desde siempre: evitar pensar.
Una hermosa vajilla Wedgwood (fabricada por los parientes de Darwin desde 1759) se ubicaba milimétricamente sobre la mesa estilo Tudor de macizas columnas centrales. La cubertería también era inglesa y provenía de la Company of Cutlers en Hallamshire, proveedores de los Musters desde el siglo XVII. Las copas de cristal llegaban de Baviera, donde Spiegelau Glas las fabrica desde 1521. A excepción de Musters y de Jack, nacidos entre maderas nobles, escudos heráldicos y objetos del más variado y fino origen, los otros comensales no estaban habituados a esa parafernalia regia, y menos aún a la etiqueta victoriana que obstinadamente cumplía la clase ilustrada de la región. Como si las alturas de Sucre, en la lejana Bolivia donde residían los Williams, oprimieran toda necesidad de lujo en maneras y objetos y aunque su residencia fuera una de las más amplias y bellas en la ciudad. En la casa boliviana primó finalmente el ascetismo castellano de Dña. Teresa, para quien la vida era un perpetuo camino sobre espinas solo amenizado por las florecillas del poverello de Asís. Ya el noviazgo con un protestante resultó intolerable para la familia, que al fin logró aceptarlo al momento que el hereje abjuró de sus creencias frente al altar de la Iglesia Mayor, ante el obispo y el Santo Oficio, bajo amenaza de anulación perpetua de las concesiones mineras. Así que la mujer, una vez opacado el frenesí de los primeros años de convivencia (y en plena comunión con el obispo y la familia), se ocupó con diligencia de evitar cualquier estilo que en la casa recordara el origen reformista del pobre infeliz, que prefería la atmósfera irrespirable de túneles malsanos y oscuros pero plenos de libertad, al sacrosanto pero dañino aire de la casa exhalado por su mujer y regido por la regla franciscana. La hija seguiría los pasos de la madre en cuanto a ser libre con el primer hombre aceptable que se le presentara, siempre y cuando la llevara de allí y cuanto más lejos mejor. Solo quedaba Antonio, un imberbe melindroso que servía para poco, anulado por la madre que lo usaba como paño de lágrimas y sirviente personal.
Por el contrario, las estancias de Wiverton Hall no olían al incienso de celdas conventuales, sino que ofrecían la fragancia distinguida y elegante de las lavandas. Todo lo que se admiraba, sea sobre los pisos de roble o colgados de las paredes estucadas, eran accesorios decorativos de estilos refinados y aristocráticos. Escudos antiguos, vitrinas con cristales brillantes, tallas en maderas raras y hasta la inevitable armadura normanda, engalanaban los espacios de la planta inferior.
La gran sala que se anteponía al comedor, iluminada por la lumbre de un enorme hogar enmarcado por columnas talladas en pizarra Swithland, se comunicaba por una imponente puerta de cedro a un estudio y biblioteca con anaqueles de madera oscura repletos de libros, periódicos y revistas científicas del mundo entero. Un gran rectángulo libre de anaqueles contenía en el centro un óleo de Turner, un pintor ya famoso: El lago del Averno. Eneas y la Sibila, adquirido por su abuelo John Musters al mismísimo artista. Una amplia mesa rectangular de caoba contenía infinidad de objetos entre los que sobresalía un gran globo terráqueo de Hasting, junto a sextantes, monóculos antiguos e infinidad de cartas marinas y geográficas que, en completo desorden, hablaban de un continuo y minucioso estudio de la superficie del planeta
Una caja fuerte construida en 1834 por C. J. Gayler, regalo de su tío Robert, ocupaba una esquina. Se guardaba allí todo lo demasiado valioso para estar a la vista, como primeras ediciones de obras famosas, un alhajero, una bolsa de cuero con piezas de oro y varios fajos de banco con algunos cientos de libras. Entre el conjunto se hallaba el viejo estuche de cuero comprado en la subasta del malhadado día. Musters lo reservaba para un atento examen, cuando Duncan Boyd estuviera de regreso de la visita a su prima Elena Tuffnel, en Escocia. De un perchero de pie colgaba un manto de piel de guanaco (aquel de la boda) y un bastón de ébano con empuñadura de asta de ciervo. El piso alto guardaba las alcobas, los baños y demás ambientes necesarios para una vida cómoda y abrigada, al amparo de los innumerables hogares a leña y las recientes estufas de hierro que ya quemaban carbón mineral. La decoración era de igual naturaleza, pero menos recargada. Se destacaban los doseles de las camas que recordaban la época isabelina. Ambos niveles se comunicaban por una magnífica escalera de roble con barandal de columnas labradas que formaban un amplio semicírculo. Del muro que la acompañaba pendían retratos al óleo de los antepasados familiares. La casa era muy cómoda y se ubicaba en uno de los parajes más bellos y plácidos del centro de Gran Bretaña.
Durante la cena de esa noche –ofrecida con especial gala para festejar el cumpleaños de Herminia– se ultimaban detalles del próximo viaje de regreso a Bolivia de Dña. Teresa y Antonio. Dos pasajes en primera clase fueron reservados por telégrafo desde Nottingham para el servicio que la PSNC hacía semanalmente entre Liverpool y El Callao. El tema era importante para todos, sobre todo para los recién casados que no veían la hora de disfrutar de una vez la intimidad de la casa. Herminia no se liberaba aún de la fatal tutela materna, cada vez más insidiosa y maledicente y las refriegas estaban a la orden del día. La anciana no era precisamente “The Angel in the House” que Patmore pregonaba en su saga poética. Musters, con disgusto, se veía obligado a poner orden interviniendo en los momentos más ríspidos, temiendo que Jack perdiera los estribos y atacase a la mujer que ya no sabía cómo librarse de su acoso. Antonio no contaba: el pobre ya sufría su futuro ausente de Jack, temiendo resultar único depositario de la amargura materna. Como las cosas estaban desmadradas se acordó finalmente confirmar la partida de Dña. Teresa y su hijo para el 13 de diciembre, fecha prevista para el zarpe del John Elder, vapor recientemente ingresado al servicio de la PSNC. Musters y Herminia acompañarían a los viajeros para una formal y apropiada despedida, pasar unos días en Liverpool haciendo unas compras demoradas y asistir al Philharmonic Hall, donde Julius Benedict reponía su aclamada The hide of song. La velada concluyó con la paz y armonía que auguraban tiempos mejores mientras Herminia ejecutaba al piano The Golden Days, canción de sir Arthur Sullivan que era furor en ese tiempo. Tras los saludos de rigor todos se recluyeron en sus dormitorios, bien calefaccionados con carbón. La noche se presentaba amenazante con un viento cruzado que ululaba entre los robles. La temperatura seguía bajando y densos nubarrones que llegaban del noreste presagiaban horas tormentosas. Finalmente, la oscuridad y el silencio cubrieron con un manto expectante la vida en Wiverton Hall.
Hacia las tres de la madrugada el viento arreciaba. La atmósfera cargada de electricidad fue el anuncio del temporal que no tardó en descargarse con furia. El parque, desierto, era un campo de batalla ametrallado por las hojas de los robles. Bajo una cortina de agua que todo lo envolvía, una sombra voluminosa se aproximó con sigilo a la mansión. Con el rostro oculto por un pasamontaña, capa impermeable, cubierto con un sombrero de ala ancha, el intruso corrió agazapado hasta llegar al ventanal del estudio y biblioteca. Con una palanqueta de acero separó hábilmente las hojas hasta que el pestillo cedió con un ruido sordo y metálico. Las hojas se abrieron de par en par empujadas por el viento y la lluvia. Se introdujo con rapidez y cerró suavemente el ventanal, se quitó la capa y el sombrero arrojándolos a un lado y encendió la lámpara más cercana. Una tenue luz iluminaba la estancia mientras buscaba con afano. Revolvió las cartas geográficas y los mapas sobre la gran mesa, abrió los cajones del escritorio y revisó con paciencia los anaqueles de la biblioteca sin hallar lo que buscaba. Por fin vio la caja fuerte en la esquina opuesta y se detuvo frente a ella estudiándola con ojos de entendido. Sabía lo que hacía. Extrajo del bolsillo un fino tubo de bambú con una ampolleta flexible de caucho en un extremo y otra pieza más grande, de forma plana y circular, en el otro. Esta la apoyó en su oreja, la ampolleta sobre la superficie de la caja fuerte, unos centímetros arriba de la rueda de combinaciones. Empezó a girarla en ambos sentidos, pero luego solo en el sentido horario. Tardó varios minutos ya que debía esperar a que el rumor del vendaval diera un respiro, aunque ya no tronaba y el viento disminuía. La tormenta se alejaba rápidamente hacia el sur y solo el repiqueteo de la lluvia en la grava del camino hería el silencio de la noche. Tres veces repitió la operación hasta que el sonido final de un clic señaló que los pistones del mecanismo se liberaban. Guardó el tubo, secó el sudor de la frente y manipuló la manija de la puerta hasta que abrió. Ante sus ojos apareció el valioso contenido, pero solo buscaba lo que finalmente halló y extrajo con cuidado y hasta con unción: un estuche sobado de piel de oveja atado con un cordón de cuero trenzado. Por un momento pensó en abrirlo y confirmar su hallazgo, pero desechó inmediatamente la idea. Prevaleció la rapidez de la fuga ya que hacía largo rato estaba en la maniobra y no quería tentar la fortuna. Cerró la puerta y giró la rueda para que se aplicara el mecanismo de cierre. Se incorporó, volvió a cubrirse con la capa y el sombrero, guardó el estuche en un morral impermeable que puso en bandolera y se aproximó al ventanal para preparar la huida.
Cuando apagó la lámpara y la oscuridad era total, no reparó en la palanqueta apoyada a un lado del escritorio. El acto no fue violento, pero sí lo suficiente como para que la herramienta golpeara ruidosamente contra el ventanal. Un sonido agudo, metálico y cimbreante recorrió la estancia y el éter por toda la mansión. El intruso suspendió hasta la respiración para advertir alguna señal de alarma. Al minuto de un silencio mortal que le pareció eterno, decidió la fuga. En el momento que abría el ventanal con ambas manos, otro sonido, sordo, grave, animal y maligno, heló su sangre. No terminaba de reconocer el origen cuando un gruñido ominoso confirmó su peor sospecha. Inmóvil, percibió a pocos pasos detrás el resuello característico de un perro bravo. Era Jack, que oyó con toda claridad el golpe desgraciado. Después de salir del dormitorio de Antonio bajó con rapidez la escalera hasta la puerta del estudio. Fue cuando lo encontró y se decidió a encararlo, pues la oscuridad no impedía ver a esos ojos amarillos llenos de rabia. La boca entreabierta mostraba la hilera de sus dientes. Una baba espumosa caía de los carnosos belfos mientras el gruñido escapaba lento y paralizante. Cuando se transformó en un ladrido potente que resonó en toda la casa, el intruso optó por ganar la sorpresa y salir a la carrera, aun sabiendo que era un error. El animal salió en su persecución trotando sobre la grava mientras ladraba. Casi llegaban al grupo de árboles donde se ocultaba el caballo cuando Jack lo acorraló. El intruso tiró de las riendas para acercar al animal que, nervioso, empezó a relinchar. Quiso extraer el revólver, pero el viento que revoleaba la capa de lluvia se lo impidió. Entonces se acercó de a poco al caballo e intentó montarlo, pero Jack mordió con fuerza el pie que aún seguía en tierra. La bota era gruesa, pero no evitó que la mordida de tiburón le arrancara un grito de dolor. Jack soltó su presa y saltando todavía más volvió a morder, esta vez en el brazo izquierdo. La acción fue tan violenta que el intruso trastabilló y dejó caer el morral a los pies del caballo. Con desesperación hizo un intento de recuperarlo, pero Jack se lo impedía lanzando rápidas tarascadas. En ese momento se oyeron voces de alerta que provenían de la casa. Más de una sombra se movía en el pórtico y sonó un disparo al aire que retumbó en la negrura de la noche. Jack volvió a ladrar con furia avisando donde estaba mientras el intruso, al fin libre, montaba el caballo y se alejaba velozmente bajo los robles. Ya llegaban las voces a la carrera: era Musters empuñando una escopeta y un sirviente con una pistola de chispa. Jack los recibió bajando su furia al nivel de los gruñidos y recogiendo el estuche en sus imponentes fauces para ofrecerlo a su amo.
Se reunieron todos en el estudio para intentar descifrar lo ocurrido. Descubrieron la palanqueta sobre el suelo: era del tipo corriente con un extremo aguzado y aplanado al fin de un arco apropiado para ejercer la palanca. Según el sello de fábrica procedía de Middlesbrough y podía adquirirse en cualquier ferrería del país. Nada más reconocieron que aclarase el origen del intruso, a excepción de la huella barrosa de un pie izquierdo a la entrada del ventanal. Húmeda aún, Musters tuvo la precaución de sacar una plantilla en una cartulina tomando las medidas y la forma, advirtiendo que el taco mostraba en su lado interno una acumulación de barro mayor que en el resto, lo que evidenciaba una zona muy gastada, propia de un andar muy peculiar. La recuperación del estuche de piel indicaba que la caja fue abierta, aunque no violentada. Aplicando la combinación correcta, Musters la abrió y verificó su contenido, hallando que nada faltaba además del estuche. Ninguna otra señal o huella podía interpretarse porque no la había. Musters volvió a guardarlo, pero era evidente que la caja ofrecía una seguridad muy relativa en vista de lo ocurrido. La primera reacción de Herminia se tradujo en la pregunta de rigor, formulada con fastidio y nerviosismo:
—George, ¿por qué intentaron robar ese estuche?, ¿qué es lo que contiene?
Era la primera vez que se hablaba del tema por el mal recuerdo que engendraba. Y estuvo guardado desde la llegada al lugar, por lo que no había motivos para referirse a él.
