Esencia de Cada Alma - Franco Avolio - E-Book

Esencia de Cada Alma E-Book

Franco Avolio

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Beschreibung

Sumergido en una vida tranquila, Franco y su entorno de amistad y de pareja se ven atormentados cuando Nicole, una amiga del grupo, es asesinada en las cercanías donde realizaban el festejo de su cumpleaños. El dolor que sintieron al enterarse de aquella muerte no parece suficiente porque, al poco tiempo, el grupo se entera de que aquel horrible asesinato pudo haber sido perpetrado por alguien que ellos conocen. La suspicacia y la tensión se apoderan de todos mientras intentan descifrar quién es el traidor y quién está detrás de la serie de amenazas con un objetivo y un esmero impensados que comienzan a bombardearlos. ¿En quién se puede confiar? ¿Cuáles son los pensamientos más oscuros de las personas que creemos conocer?

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Seitenzahl: 553

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Avolio, Franco Enrique

Esencia de cada alma : perspectiva Franco / Franco Enrique Avolio. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

456 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-024-4

1. Novelas. 2. Novelas de Misterio. 3. Novelas de Suspenso. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Avolio, Franco Enrique

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Esencia de cada almaPerspectiva Franco

Franco Enrique Avolio

Contenido

Parte 1: El final

La casa perfecta

Era una mañana gélida de domingo. Una de esas mañanas en las que solo querés quedarte en la cama mirando el techo, disfrutando de tu último día libre antes de comenzar de nuevo la semana. Claramente, no podía quedarme más tiempo acostado, así que me levanté muy lentamente, me senté en el borde de la cama unos segundos, mirando la nada misma, y luego me puse de pie. Una vez en el baño, me senté en el inodoro para orinar ya que si lo hacía de pie, seguro haría un desastre de lo dormido que aún me sentía. Mientras estaba ahí, con mi reflejo en el espejo de enfrente, pensé dos cosas. Una era que me arrepentía de haberles confirmado a Valentín y Nicole que iríamos a almorzar a su casa ese mediodía, ya que el frío que hacía y la resaca que tenía por la noche anterior me retenían en casa. La segunda cosa que pensaba era preguntarme acerca del verdadero motivo por el que Emiliano había querido poner un espejo tan alto justo enfrente del inodoro. Era raro ver mi reflejo allí sentado. Mi pelo castaño claro estaba todo despeinado y mis ojos miel se veían cansados. Al lavarme la cara, traté de hacerme ver más presentable y que ese horrible dolor de cabeza desapareciera. Mi cara mojada se reflejaba en el espejo de encima de la bacha blanca, mientras trataba de recrear mi jopo en el pelo, pensando nuevamente en cómo me arrepentía de haber confirmado ese almuerzo.

—¿Estás viviendo en el baño ahora, Franco? Apurate —me dijo Emiliano, mientras golpeaba la puerta insistentemente.

Claramente, por su voz a través de la puerta y su humor, pude deducir que la resaca le estaba afectando el doble que a mí. Pensé en bromear diciéndole que cómo podía ser que en ese metro sesenta que él media entrase tanto mal humor y tanto alcohol, pero no era el momento, ya que se sentía muy mal.

Salí del baño lo más presentable que pude, sonriendo, pensando en ese chiste que no pude decirle, y mientras me alejaba por el pasillo, lo escuché vomitar. Ya era obvio que estaba peor que yo.

Los demás estaban sentados en la mesa redonda de la cocina con caras de malhumorados y de dormidos. Todos menos Nicolás. Él no tomaba alcohol, así que se podría decir que estaba tan fresco como para levantarse a las diez de la mañana un domingo luego de una noche de salida.

—Me quiero quedar en casa —dijo Luciana con voz de rendida.

—Tu prima nos invitó. Si nosotros vamos, con más razón vas vos —contestó Joaquín con una leve sonrisa.

Él ya estaba cambiado y peinado y poniéndole, como era su costumbre, toda la onda posible. Pero los demás no queríamos saber nada.

Con Joaquín teníamos ya cinco años de novios y desde hacía tres que vivamos juntos. Esa era su casa, regalo de sus padres, donde vivía con su mejor amigo, Emiliano, desde que lo conocía. Luciana, amiga y antigua compañera de baile de Joaquín, vivía con nosotros desde hacía dos años. Último, había llegado Nicolás, luego de una pelea muy fuerte con su madre. Era uno de mis mejores amigos y una persona muy especial para mí. Lo consideraba como un hermano, de sangre prácticamente, así que, cuando vino a vivir con nosotros, fue uno de los días más felices.

Al principio, la convivencia con esas cuatro personas fue medio rara. A pesar de que yo sabía lo que era vivir con amigos, nunca había convivido con tantos así que, podría decirse, hubo una pequeña etapa de adaptación por parte de todos. Era algo hermoso poder transitar el día a día con tu novio y tus amigos, así que eso hizo que la etapa de adaptación fuera corta y que viviéramos en paz.

La casa era especial para mí. Detrás de la reja de entrada, tenía un pequeño patio delantero con pasto, dos faroles negros y un hermoso asiento de madera barnizada. Al ingresar, estaba la cocina con un ventanal que se continuaba con las puertas corredizas de vidrio del comedor, desde el que se podía ver un enorme patio trasero con sus asientos y una hamaca. La cocina se comunicaba inmediatamente, y solo separados por el desayunador, con el inmenso comedor, donde se lucían dos sillones color gris, una chimenea de ladrillos rojizos y el televisor en la pared. Tanto la cocina como el comedor estaban decorados con una hermosa pintura blanca y luces del mismo tipo que le daban, a mi parecer, un toque de paz. Hacia el extremo izquierdo estaba el angosto pasillo, que comunicaba con el baño y las cuatro habitaciones, con una hermosa alfombra con decoraciones extrañas y luces anaranjadas que colgaban en la pared. Era muy lindo, al anochecer, ver el contraste que daban las luces blancas del comedor y las anaranjadas del pasillo. Era algo muy relajante de observar.

Luego de varias quejas por parte de todos y hora y media después, salimos hacia la casa de Nicole y Valentín en mi auto. Emiliano, sentado a mi lado, en el asiento del acompañante, tenía el vidrio de la ventanilla bajo para poder recuperarse y que el aire lo ayudara. Eso hizo que todos nos congeláramos por el viento que entraba, pero necesitábamos que llegara en condiciones al almuerzo.

Los novios

Había conocido a aquella pareja hacía años. Valentín había trabajado mucho tiempo junto con Emiliano, en una fábrica, antes de que yo los conociera, incluso. Ahí se habían vuelto amigos, pero lo mantenía separado del resto del grupo. Una noche que decidimos ir al bar donde Emiliano trabajaba, Valentín junto con Nicole ya estaban ahí, por lo que nos lo presentaron y de a poco se fueron integrando al grupo.

Eran una pareja muy peculiar. Eso que dicen de que los opuestos se atraen se aplicaba muy bien es este caso. Nicole era una chica de unos veinticuatro años, de pelo largo y muy lacio y de unos hermosos y grandes ojos verdes. Era una mujer muy fina y elegante, con un carácter un poco fuerte que se hacía notar y más en momentos de enojos. Era una de esas personas que no se guardan en absoluto lo que piensan o sienten, sin importar cómo caiga su pensamiento en los demás. Valentín, en cambio, era un chico muy tranquilo y pacífico, con una cara de rasgos más de nene y un hermoso pelo rubio. Con veintitrés años, ya estaba recibido de enfermero y trabajaba en la clínica donde trabajaba su padre. Se podría decir —aunque no me sienta cómodo al hacerlo— que era un chico bastante sumiso con Nicole. Ella era la que marcaba el ritmo de la relación, e impartía las órdenes.

Valentín vivía en una casa que había recibido de sus padres, en un lujoso barrio privado, a unos cuarenta minutos de la nuestra. Nicole pasaba mucho tiempo allí, por lo que se podría decir que prácticamente vivían juntos. La casa era de dos plantas, con ladrillos de color rojo y tejas negras; y tenía un gran patio trasero, con una hermosa piscina y pasto, donde solíamos pasar muchas tardes en verano.

Cuando llegamos, para recibirnos, el perro de Valentín se nos tiró encima; con el efusivo saludo nos llenó de sus pelos rubios. No le daba el tiempo para saludarnos a todos: su cola se movía muy rápidamente y con entusiasmo.

—Bonnie, déjalos en paz —le dijo Valentín, entre risas, al perro.

—Deberías controlar más a ese odioso perro —dijo Nicole, revoleando los ojos y acercándose a nosotros para saludarnos. Ella no era muy de animales.

Siempre nos dijo que odiaba cualquier tipo de mascota, pero que permitía que ese perro se quedara en la casa por el hecho de que era del abuelo fallecido de Valentín. Por mi parte, yo amaba a ese animalito. Era muy cariñoso y alegre.

Nicole nos saludó a todos con un beso y a su prima Luciana con un gran abrazo, eran muy cercanas.

Al entrar, pudimos ver que ya nos estaban esperando con la comida servida en la enorme mesa de roble y con la chimenea prendida, lo que le daba al comedor una ambientación muy acogedora. Valentín había preparado una exquisita paella con todo tipo de ingredientes, ante lo que Nicole se molestaba en buscar pequeños detalles para criticar, según ella, en forma de consejos y críticas constructivas. Era medio irónico por el hecho de que ella no sabía cocinar y no le interesaba aprender porque no era lo suyo. Para mi gusto, la comida estaba perfecta.

En el almuerzo nos dedicamos a contar cómo nos había ido en la semana y a planificar el cumpleaños de Nicole, que era en diez días. Como era de esperar, ya Nicole tenía todo planeado, desde antes, así que solo nos comunicó lo que se haría, por lo que, prácticamente, no lo planificamos entre todos.

Nos dijo que su cumpleaños caía un jueves y que ese día se haría una cena en la casa para las personas que consideraba más íntimas. Luego, el sábado siguiente, iríamos a bailar a un boliche que ella amaba. Se la veía muy ansiosa por sus planes, ya que el cumplir años la emocionaba mucho; pero me imaginé que se venían unos diez días muy estrictos porque haría todo lo posible para que nada arruinase sus planes. Si algo puedo resaltar de Nicole es su perfeccionismo y su carácter.

—¿Ustedes van a ir ese sábado? —preguntó Nicole refiriéndose a Joaquín y a mí.

Por su forma medio sarcástica y por su sonrisa en la cara, me di cuenta de que había algo más atrás de esa simple pregunta.

—Sí. ¿Por qué no iríamos? —preguntó, retóricamente, Joaquín.

—Es que, quizás, ese lugar es cosa de jóvenes —dijo entre risas Nicole.

En la mesa, todos nos miramos con cara de confundidos. Nadie entendía a qué se refería ni podíamos entender cuál era el chiste.

—Lo que pasa es que ustedes, por la vida que llevan, parecen personas mayores.

—¿Personas mayores? —repreguntó Joaquín con una leve risa.

—Sí. Ustedes llevan vida de personas mayores. Viven juntos, comen juntos, duermen juntos. Esa convivencia es rara en personas de nuestra edad.

Nicole nos había dado a entender que no era algo tan común a nuestra edad la convivencia que yo tenía con mi novio, Joaquín. Además, al leer un poco entre líneas, interpreté que esa misma convivencia haría que la relación con Joaquín fuese menos duradera ya que nos aburriríamos.

No estaba para nada de acuerdo con esas palabras. Hacía casi tres años que vivía con él y nuestra relación iba viento en popa. Era medio irónico que ella dijera algo así, porque con Valentín prácticamente también vivían juntos ya que pasaba mucho tiempo en esa casa junto a él. Igualmente eran de esperarse comentarios de esa índole de parte de Nicole. Comentarios que no vienen al caso y que nada tiene que ver con la charla y que, además, son dichos con negatividad. Creo que, en cierta medida, ella lo decía por envidia ya que Valentín no quería que viviera con él: sus padres se lo habían prohibido, porque Nicole no les caía del todo bien. Y esa era una de las pocas cosas en las que Valentín se mantenía firme.

—Ay, Nicole… —dijo Joaquín, sonriendo de manera sarcástica—. Nosotros sabemos bien cómo ocuparnos de nuestra relación, quizás más que otros. Quedate tranquila que ese sábado vamos a estar ahí.

Ella sacó su sonrisa rápidamente al escuchar eso. Claramente Joaquín le había tirado una indirecta de que, si no se ocupaba más de su propia relación, esa era la que iba a terminar mal.

—Valentín, traeme la sal de la cocina —dijo Nicole con tono imperativo.

—Ya voy —contestó él con la cabeza gacha.

Típico de Nicole. Luego de quedar en “ridículo” tenía que marcar su poderío con alguien y quién mejor que su novio. Eso me molestaba y me hacía, en cierta medida, arrepentir de haber ido a ese almuerzo. Pero tengo que admitir que fui más por Luciana que por Nicole.

Ella no lo sabía, pero con Joaquín teníamos nuestras técnicas para mantener la relación a flor de piel y que no se volviese algo monótono. Habíamos pasado por muchas etapas, y hacía dos meses que nos habíamos propuesto un plan. A los dos nos fascinaba salir a comer, así que nos propusimos, cada quince días, salir a recorrer la ciudad de noche y conocer bares y hamburgueserías para descubrir nuevos lugares y hasta, se podría decir, nuevos sabores. Eso, entre otras cosas, hacía que tuviéramos más cosas para hacer. Además, nos gustaba la idea de reinventarnos a nosotros mismos: lo aplicábamos a varios ámbitos en el día a día y por eso sabíamos muy bien que Nicole solo hablaba por hablar.

Emiliano, luego del almuerzo y durante toda la tarde, se quedó acostado en el gran sillón marrón que estaba delante de la chimenea de la sala de estar y durmió hasta que nos fuimos, cerca de las seis de la tarde.

El encuentro

Lunes. El día tan odiado por tanta gente y el menos esperado. No es mi caso. Para mí es un día más y no me molesta cuando me toca transitarlo. Normalmente, me levanto alrededor de las seis de la mañana, aún de noche en esa época del año. Me preparo mi café, mis tostadas con mermelada y me siento en el desayunador de la cocina, a mirar mis redes sociales. No soy muy apegado a ellas, pero me gusta chequearlas de vez en cuando para estar al tanto de las cosas que pasan. Eso en un día normal, cosa que no era el caso de esa mañana.

El despertador no sonó, o no escuché cuando lo hizo, y por eso me levanté cuarenta minutos más tarde. Salí disparado de la cama y me preparé rápidamente el café mientras me cambiaba la ropa y preparaba todo en la mochila. Odiaba mucho andar atrasado y tener que despertarme de golpe, eso me ponía de mal humor y para prevenirlo me levantaba siempre con tiempo. En menos de veinte minutos, y con mi vaso térmico en la mano, ya estaba de salida cuando llegó Emiliano de trabajar.

—¿Recién llegás? —pregunté.

—No, todavía sigo allá —contestó, sarcástico.

—Tenía entendido que salías a las tres de la mañana del bar.

—Sí, pero… Se atrasaron varias cosas. ¿Sos mi mamá, ahora?

Estaba seguro de que se había quedado con alguien y por eso había llegado tarde. Y ese alguien seguro que era una chica y probablemente venía de estar con ella, de estar muy cerca de ella, precisamente. Pero no tenía tiempo para quedarme charlando así que solo le sonreí y me fui.

Trabajaba en una pequeña escuela secundaria, a unos veinte minutos de casa. Había estudiado fotografía y hacía un año me había propuesto hablar con el director de mi antigua escuela para proponerle crear un taller al que los alumnos interesados pudieran asistir. Me presenté ante él con un plan bien desarrollado en donde detallaba el temario a dar y los días y horarios que se podrían destinar a esas clases para poder hacer un curso que durara un año, todo el ciclo lectivo. Luego de un par de encuentros con él y con el vicedirector pudimos llegar a un acuerdo y me permitieron clases de una hora, de lunes a viernes. Creo que ese fue uno de mis momentos de máxima felicidad. Por fin iba a poder trabajar de lo que tanto amaba y en un lugar que ya conocía a la perfección. Mi pasar por la secundaria, quizás, no había sido una de mis mejores experiencias, debido a que no tenía mucha gente con la cual me relacionara, pero igualmente ahora iba a poder mirar todo desde otra perspectiva al trabajar allí e intuía que, de alguna manera, eso iba a ser mejor. Sabía que estar desde la vereda del profesor me iba a permitir también poder ayudar a chicos que lo necesitaran y eso era una cosa que me ponía contento.

La escuela, a mi parecer, era hermosa y no dejaría que los malos recuerdos de lo allí vivido interfieran en eso.

La fachada de la entrada estaba cubierta por cerámicas de color anaranjado que luego se continuaban con ladrillos pintados de blanco. Al entrar estaba el pasillo que, hacia la izquierda, conectaba con el comedor y la biblioteca y, hacia la derecha, con la escalera que llevaba a las aulas. Luego, el pasillo terminaba en el gran patio de recreo.

Llegué cinco minutos tarde, odiaba eso. Sentía que ya hasta ser puntual era tarde y por eso siempre estaba quince o veinte minutos antes.

—¿Franco López?

Escuché esa voz muy aguda y de mujer mientras firmaba mi llegada en el parte de administración. Me resultaba muy familiar y me di vuelta lentamente.

—¿Te acordás de mí? —dijo con una sonrisa —. Soy Analía.

Me acordaba perfectamente. Ella había sido una compañera con la que hice los primeros tres años de secundaria y una que no había sido precisamente muy amigable. Yo sufría muchas burlas de parte de ella y de su novio de ese entonces y ahora, de repente y por lo que pude ver, estaba trabajando allí. No era una sorpresa muy linda saber que ahora seríamos compañeros de trabajo y me sorprendió como me sonreía tan amablemente, como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. No entendía por qué estaría trabajando en esa escuela que ella había dicho detestar tanto. Solo reaccioné a saludarla con un hola y una sonrisa muy pequeña y me fui directo a dar la clase del día.

Ese encuentro logró en mí una distracción que duró toda la clase. No era algo que me perturbara o molestara, pero tenía muchas dudas y no me agradaba del todo la idea de que ahora ella sería mi compañera. En ese tiempo desde la última vez que la había visto, había madurado y crecido mucho y, entonces, ahora tendría el coraje de preguntarle qué era lo que hacía en la escuela como profesora. Así que, luego de esperarla, al finalizar las clases, le hablé.

—Analía… ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Sí, Fran. Por supuesto.

—¿Ahora sos profesora?

Ella largó una pequeña sonrisa, luego de mi pregunta. Claramente, no esperaba que el chico tan tímido e introvertido que ella había conocido en la secundaria le preguntara algo, siquiera. Me explicó, sacando su sonrisa de la cara, que estaba desempleada y necesitaba el trabajo urgentemente y como su madre era muy amiga del señor Rodríguez, el director de la escuela, le consiguió un puesto de profesora suplente. No me animaba a preguntarle cuáles eran los motivos urgentes por los cuales necesitaba el trabajo porque supuse que si no me los había contado no era un tema que ella quisiera tomar como tópico en una charla; así que solo me limité a escucharla y luego de darle una corta respuesta, le sonreí y me marché.

Mientras me dirigía hacia mi auto me quedé pensando en cuáles podrían ser esos motivos urgentes que la habían hecho pedir un trabajo en la escuela a la que ella tanto había desprestigiado. Era algo típico de mí, darle vueltas a ese tipo de asuntos y esa no sería la excepción, pero mis pensamientos se interrumpieron al ver a una mujer y un hombre apoyados en mi auto.

Eran Valentín y Nicole.

—Perdón que no te hayamos avisado que veníamos —me dijo Nicole mientras me acercaba a ellos.

—No hay problema. ¿Qué hacen acá? —pregunté con una sonrisa.

—Vamos para tu casa, a hablar con Luciana, sobre la vestimenta para mi cumpleaños.

Era clara la emoción de Nicole por eso. Sus ojos verdes parecían iluminados y estaba entusiasmada. Todo lo contrario de Valentín que parecía cansado y malhumorado y que, claramente, no quería estar allí.

—Estoy un poco apurada —dijo Nicole mientras se subía al auto—, así que, por favor, si podemos ir rápido, mejor.

—¿Apurada? ¿Por qué? —le pregunté mientras me ponía el cinturón de seguridad.

—Valentín está cansado —dijo resoplando y revoleando los ojos—. Trabajó toda la noche.

—¿Por qué no te quedaste durmiendo? —le pregunté a Valentín, mirándolo por el espejo retrovisor mientras encendía el auto.

—Porque si se quedaba no iba a poder explicarle la vestimenta que tengo preparada para él —interrumpió Nicole—. Y no se lo pienso explicar dos veces.

Cuando a ella se le metía algo en la cabeza tenía la particularidad de parecer no sentir empatía. Solo le importaban su fiesta y que todo saliera perfecto; pero me alegraba verla con esa sonrisa de oreja a oreja y tan emocionada. Su anterior cumpleaños había sido muy “trágico” para ella. Recuerdo verla llorar por todos lados cuando, en el salón que había alquilado, se cortó la luz prácticamente durante toda la fiesta y tuvimos que cancelar el evento. Desde entonces, transcurrió todo el año asegurando que nada iba arruinar su fiesta. Claramente era algo que se tomaba muy en serio y de ahí salía esa obsesión y esa necesidad de controlar todo.

Todo el viaje de camino a casa me estuvo hablando sobre el hermoso vestido color verde agua que pensaba usar, mientras recorría rápidamente las hojas de un catálogo que había sacado de su cartera. Me explicó dónde lo compraría, de qué tela era, qué precio tenía y qué posibles descuentos podrían hacerle. Valentín, desde el asiento trasero, me veía por el espejo retrovisor con una pequeña sonrisa de resignación. A pesar del carácter fuerte de Nicole, él la amaba. Se le notaba en la mirada y en todo lo que hacía por ella.

El hermano mayor

Me consideraba una persona muy tranquila, paciente y pacífica, y raramente me encontraba con una persona que no fuese de mi agrado. Para que eso pasara, la persona debía ser engreída, egoísta o de mente cerrada. Y ese era el caso del hermano de Joaquín, Eric. No era mala persona, pero era una de mente antigua y muy engreído, al punto que solo se interesaba en él. Siempre vestido de etiqueta, muy pulcro y fino, había vuelto a la ciudad hacía poco tiempo.

Eric se había ido a vivir a Francia cuando tenía cerca de dieciocho años, dejando a sus padres y a Joaquín en casa. Desde allá, jamás se comunicó con nadie y nunca supieron qué fue de su vida hasta hacía cinco meses cuando apareció de la nada en nuestras vidas, y cuando su madre estaba ya muy enferma. La historia de los hermanos Irigoytia era poco conocida, a Joaquín no le gustaba hablar mucho de eso, solo se sabía que no se habían llevado muy bien en la niñez y adolescencia y que ese distanciamiento que tuvo Eric al irse a vivir a Francia había sido muy raro e inesperado, pero que, de cierta manera, alivió todo en su familia. A pesar de eso, a Joaquín se lo veía bastante contento con que su hermano estuviera de nuevo. Él siempre fue muy de la familia.

Por mi parte, mi relación con él era nula, prácticamente. Aunque lo tratara de disimular, Eric nunca había aceptado mi relación con su hermano y eso hizo que nuestra poca relación se volviera cada vez más chica. A Joaquín parecía importarle poco esto, estaba más concentrado en la vuelta de su hermano. A pesar de todo eso allí estábamos, en una noche de miércoles, cenando con él en casa.

Joaquín quiso que hiciéramos una cena distinta ese día, ya que, en el estudio de baile donde él era profesor, lo habían elegido para organizar el evento de fin de año. Eso era algo que le hacía mucha emoción ya que se había esforzado para que le dieran esa oportunidad, así que quería festejar.

Valentín y Nicole vinieron a cenar también esa noche, junto con mi mejor amiga, Rocío. Ella, con Nicolás, era una de mis más antiguas amigas y una de las personas a las que más quería en la vida. Así que, para evitar el mal trago de ver a Eric, quise que viniera y pasáramos un buen rato; además hacía bastante que no la veía.

Joaquín estaba eufórico. No paraba de reír, hacer bromas, hablar, bailar y demás. No se calmaba un segundo. Era algo muy lindo verlo sonreír tanto y ver cómo sus ojitos se le achinaban aún más. Había puesto música de la década de los ochenta de fondo, su preferida, y nos agarraba uno por uno para que cantáramos junto a él.

—¿A qué se debe tanta alegría y euforia? —preguntó Eric, mirando a Joaquín que iba de un lugar a otro.

—¿A qué se debe? Me eligieron para organizar el evento de baile —le contestó tomando a Eric por los hombros.

—No recordaba que bailaras —dijo Eric, mientras se sacaba de encima las manos de su hermano.

La sonrisa en la cara de Joaquín se esfumó y puso una expresión rara. Diría que esa expresión tenía cierto grado de decepción.

—Sí, te lo dije apenas volviste a la ciudad —le contestó con una sonrisa de resignación.

—Sinceramente, no me acuerdo. Igual era de imaginarse que un chico de tu… índole… baile. ¿Qué tipo de baile? ¿Ballet?

Nicole largó una pequeña risa al escuchar eso. Joaquín era muy abierto a chistes estereotipados, pero había algo en la forma de decir que tuvo Eric que nos dio a entender que no era un chiste lo que decía. Claramente, otra vez, él había mostrado su mente cerrada en decir que, como le gustaban los chicos, seguro bailaba ballet. Para todos en la mesa pareció solo un chiste, pero para mí no lo fue porque sabía muy bien que esa no era la intensión.

Mis ojos se clavaron en él con cara de ira, ante lo cual Eric me miró y me sonrió con una asquerosa risa soberbia. Rocío, sentada junto a mí, me agarró la mano y, al mirarla, me hizo un gesto de que lo dejara pasar. Siempre tan pacífica. Ella sabía muy bien que no me caía en gracia nada que proviniera de Eric, pero no quería que me pusiera mal por algo así.

—¿Emiliano dónde está? —me preguntó Rocío para cambiar de tema, mientras agarraba una porción de pizza.

—Trabajando o con alguna chica. Una de esas opciones —contesté.

—Qué raro Emiliano saliendo con una chica —dijo Rocío, sarcástica, entre risas.

—Para ponerse de novio seguro que no es.

—Claramente no. No es la onda de él.

La noche transcurrió tranquila, dentro de todo. Luciana y Nicole se la pasaron hablando sobre la fiesta de cumpleaños próxima. Eric, apenas terminamos de cenar, se fue a su casa así que desde ahí estuve más tranquilo.

Se notaba que no quería estar mucho tiempo con nosotros, no había apuro para irse ya que era temprano y él vivía a tres cuadras de nosotros, pero de todas formas lo hizo. Me dolían esas actitudes de su parte, me dolían por Joaquín, pero él no se daba cuenta del desprecio que su hermano le hacía. Sentía que tenía que hablar con Joaquín. Hacerle ver que no le caíamos muy bien a Eric. Pero sabía que si lo hacía, de alguna forma, le rompería la linda visión que tenía de él y lo pondría triste. Así que aún no quería hacerlo, o, por lo menos, no esa noche.

Nicole Gonzales

El viernes, luego de salir de trabajar en la escuela, había acordado ir con Nicole y Nicolás para comprar el vestido verde agua que ella había encargado para la fiesta del sábado de la semana siguiente.

No tenía muchas ganas, sinceramente. Era un mediodía lluvioso, ventoso y frío. De esos días en los que las copas de los árboles se mueven muy fuerte de acá para allá y cuando la lluvia no te deja ver más que a cien metros de distancia.

Al salir de dar las clases, me crucé con Analía que salía del aula de al lado y tuvimos una pequeña charla. Se la veía bastante desarreglada para lo que había solido ser ella. Estaba despeinada y con un saco de lana apolillado de color verde oscuro. Era raro verla de esa forma ya que siempre era de las que presumían su ropa de marca que se cotizaba en dólares, y de sus viajes por todo el mundo. Sentí que esos problemas personales que había mencionado iban por la parte económica.

—¿Querés ir a tomar algo, un día de estos? —me dijo sonriendo en el pasillo oscuro de la entrada, mientras abría su paraguas transparente para irse.

Esa pregunta me sorprendió. Estaba siendo muy amable conmigo desde que había llegado. Me imaginé que, en ese tiempo en el que no nos habíamos visto, había tenido problemas que la hicieron madurar y ver que en la vida no era todo ropa cara, gente rica y viajes a Europa. No quise hacerle desprecios así que accedí a su propuesta, por lo que ella se fue contenta bajo la lluvia para subirse al taxi que la estaba esperando en la puerta. Yo me dirigí hacia el comedor del colegio donde me estaba esperando Nicolás para ir a buscar a Nicole a su casa.

El comedor de la escuela era muy amplio. Tenía ventanales que daban hacia el patio de recreo y unas luces blancas que le daban una buena iluminación. Al entrar al lugar, vi a Nicolás sentado en una de las mesas que daban al patio, con un cuaderno y un lápiz.

—¿Vamos a buscar a la reina al palacio? —me dijo entre risas, levantándose de la mesa del comedor al ver que me acercaba.

—Sí, no queda otra. ¿Qué estabas dibujando?

—No, esta vez no estaba dibujando. Estaba escribiendo.

—¿Una carta…? —le dije burlándome, inocentemente. Él solo sonrió tímidamente a lo que yo reaccioné revolviéndole el pelo con mi mano, algo que amaba hacer.

Nicole vivía a una media hora de la escuela. De camino, paramos a comprar unas hamburguesas y las comimos en el auto, mientras yo manejaba y cantábamos con Nicolás a todo pulmón una canción que estaba sonando en la radio. Era un lindo momento que pasábamos juntos. Sentía que el ambiente frío y lluvioso de afuera contrastaba muy bien con el ambiente alegre de dentro del auto.

Al llegar a la casa, le mandé un mensaje a Nicole para que saliera, pero como era de esperar, aún no estaba lista. A los dos minutos de mandado ese mensaje, la puerta de la casa se abrió y un señor nos hizo señas para que pasáramos. Era su padre. En el tiempo que conocía a Nicole nunca había conocido a sus padres. La única persona de su familia a la que conocía era a Luciana.

—Nicole se está preparando arriba, enseguida baja —nos dijo sonriendo para luego buscar el vaso de agua que nos había ofrecido.

La casa era pequeña. Al entrar estaba el comedor y, hacia el rincón derecho, la escalera de madera que comunicaba con el piso superior. El lugar estaba lleno de fotos de Nicole con su madre y fotos con Luciana. Me pareció raro que no hubiera fotos del padre por ningún lado o por lo menos no a la vista.

A los pocos minutos, mientras observábamos la casa, el padre volvió con un vaso de agua para cada uno.

—¿A dónde van? —preguntó con una sonrisa.

—A ningún lado que te importe —dijo Nicole de repente, mientras bajaba la escalera.

Junto con Nicolás la miramos sorprendidos. No sabíamos por qué ese desprecio hacia su padre. Él solo se apartó, se despidió de nosotros y se fue del lugar.

—¿Había necesidad de tratarlo de esa manera? —pregunté.

—Si no sabés, no te metás —me contestó Nicole, mirándome con una sonrisa sarcástica.

Supongo que cada familia es un mundo. El no tener fotos con él y la forma de tratarlo daban a entender una clara escasa relación entre ellos. Me pareció raro, igualmente, ya que el señor parecía muy agradable, pero nunca se sabe.

El lugar de donde Nicole debía retirar el vestido que había encargado quedaba en pleno centro. Amaba ir por esa zona. El centro de la ciudad podía ser muy turístico, incluso para alguien que ya vivía allí como yo. Recuerdo que hubo una época, apenas me pude comprar mi primera cámara profesional, que salía prácticamente todos los días a sacar fotos. Iba y recorría todos los barrios y rincones que podía de la ciudad. Me había comprado un cuaderno anillado e iba anotando todos los lugares que había recorrido y los que me faltaban aún por ver. Hacer eso me daba muchísima paz y era mi cable a tierra. Así que volver allí siempre me hacía recordar esa linda época de mi vida.

Al llegar, estacionamos el auto en un oportuno estacionamiento al lado del edificio donde Nicole tenía que ir. Ese edificio era de unos veinte pisos aproximadamente. La fachada toda de vidrio reflejaba las estructuras de la vereda de enfrente. La escalera de la entrada estaba bordeada de canteros con hermosas flores de todos colores y con luces.

Al subir las escaleras, Nicole presionó el timbre número catorce y una voz metalizada de mujer se escuchó del otro lado. Yo miraba la calle y cómo la lluvia prácticamente caía de costado por el viento que había, cuando escuché que se abrió la puerta y un hombre muy joven nos saludó. Parecía un chico de unos veinticinco años, vestido muy elegante y lo que yo catalogaría como “muy a la moda”, aunque no supiera bien cuándo se debía aplicar esa frase.

Subimos por un pequeño ascensor muy moderno, prácticamente inaudible y en el que no se sentía en absoluto cuándo nos movíamos, luego de unos segundos habíamos llegado al piso. Al abrirse el ascensor, vimos una puerta de vidrio del otro lado del pasillo y detrás de ella, un mundo de gente yendo para todos lados. La oficina era inmensa. Estaba decorada con alfombras, que seguro provendrían de algún país de oriente, y con luces tipo araña de color anaranjado que caían desde el techo. Había varios mostradores dispuestos a los lados de la puerta y varios percheros con cientos de prendas tanto de mujeres como de hombres. Lo que más me enamoró del lugar fue el gigantesco ventanal que iba de una esquina a la otra del lugar y que permitía ver toda la ciudad, prácticamente.

—Ustedes quédense acá —nos dijo Nicole mientras se alejaba con el chico “a la moda”.

Le di un pequeño golpecito a Nicolás en el brazo en señal de que me siguiera y fuimos hasta el ventanal. Quería ver la vista desde esa altura y con ese clima. Mientras me acercaba, podía sentirme cada vez más sobre la ciudad y me pasaba por la mente la cantidad de gente que había en ese momento en las calles, los edificios, las casas y la cantidad de historias increíbles que debía haber por ahí. Yo, que prácticamente tenía una vida muy tranquila, pensaba en la cantidad de gente que atravesaba historias tan dolorosas como tan felices.

—La cantidad de historias que debe haber ahí afuera, ¿no? —me preguntó Nicolás.

—Estaba pensando exactamente eso mismo, Nico —le respondí, mirándolo sorprendido.

Parecía que con Nicolás teníamos una especie de conexión, porque pasaba seguido que en ciertas circunstancias pensáramos lo mismo. No sé si realmente era una conexión o si era casualidad, pero amaba que pasara eso.

—¿Sabés qué creo, Franquito? —preguntó Nicolás mientras miraba por la ventana—. Que muchas de las personas engreídas y egoístas que hay en esta vida deben tener una vista así del mundo.

—¿A qué te referís?

—Muchas personas, que se paran frente a una ventana, en un edificio tan alto, y miran a la ciudad, se deben sentir con cierto aire de poderío y superioridad.

—Nunca lo había visto de esa forma.

—Yo creo eso. Miran a las demás personas desde tan arriba y eso, más su personalidad, los hace ser engreídos.

Eran hermosas las reflexiones que a veces tenía Nicolás y más cuando las compartía conmigo. Lo conocía y sabía que tenía más de esas reflexiones en su cabeza, pero no se animaba a compartirlas por timidez.

—¿Sabés qué creo yo, Nico? Que el dueño de todo esto debe tener su oficina en el último piso.

—Seguro —asintió Nicolás con una pequeña risa.

Los dos nos quedamos en silencio, uno al lado del otro, mirando por ese inmenso ventanal durante varios minutos.

Estuvimos en esa oficina alrededor de media hora, cosa que no entendí; por qué tanto tiempo, si Nicole ya tenía encargado y listo el vestido, aun así tardamos esa cantidad de tiempo.

Se la veía tan contenta con el vestido en sus manos y tan emocionada al contarnos todos los detalles que tenía, cómo lo hicieron y las complicaciones que tuvieron al hacerlo. En lo único que podía concentrarme era en la euforia que manejaba ella en ese momento y que, por ese motivo, hablaba tan rápido que no pude entenderle mucho.

—Pensé que era color verde agua el vestido —dijo Nicolás.

—Y lo es ¿no lo ves? —le contestó Nicole, mientras presionaba el botón del ascensor.

—Para mí es celeste.

—No podés ser tan ciego, nene —dijo Nicole, entrando al ascensor.

Ellos seguían discutiendo el color del vestido mientras bajábamos, cuando, sin previo aviso, el ascensor se frenó de golpe y las luces blancas del interior titilaron. Cerré los ojos y me mordí el labio inferior. Tenía muchas ganas de llegar a casa y ahora el ascensor parecía haberse roto a mitad de camino.

Nicolás buscó en el tablero del ascensor la tecla que se debía presionar en estos casos y, una vez que la encontró, la presionó varias veces. Tanto él como yo parecíamos muy tranquilos. La que no estaba tranquila era Nicole que comenzó a girar la cabeza rápidamente para mirarnos en busca de alguna respuesta que, claramente, no teníamos. Pudimos escuchar que pronunciaba muy por lo bajo y repetidamente un “no” seguido de golpes insistentes en la puerta de metal del ascensor.

—Ay, no, ¿sos claustrofóbica? —pregunté asustado.

Ella no contestaba, pero de igual manera no hizo falta ya que pudimos ver cómo comenzaba a respirar muy aceleradamente, hasta hiperventilar, mientras intentaba abrir a toda costa la puerta del ascensor. Nicolás intentó agarrarla para poder calmarla, pero eso hizo que ella se descontrolara aún más y empezara a pegar patadas contra las paredes del ascensor mientras gotas de transpiración le caían por la cara.

Era una situación horrible para todos, pero más que nada para ella. No sabía muy bien cómo actuar ya que mucho no se podía hacer. Entonces recordé que un exalumno mío sufría de claustrofobia y una vez nos contó qué hacer en esas situaciones y qué cosas podrían servir. Primero la agarré por los hombros y le hablé en un tono muy fuerte para que se centrara en mí. Si no me miraba y no me prestaba atención, todo iba a ser peor. Le dije que respirara profundamente y que inhalara y exhalara muy lentamente, junto conmigo. Sabía que lo mejor era que escuchara su cuerpo y que se diera cuenta de que no estaba en peligro.

—Me estoy quedando sin aire —dijo muy nerviosa y alterada.

Le insistí en que se centrara en la respiración y que sintiera cómo sus pulmones se llenaban completamente de aire y que eso no iba a dejar de pasar. Me senté en el piso con ella y la apoyé contra la pared opuesta a la puerta del ascensor. Mientras le aferraba la mano, le hablaba sobre que mirara fijamente la puerta y que en cualquier momento se abriría, pero que, mientras tanto, solo escuchara mis palabras y se centrara en su respiración. Sentía que debía sacarle charla de alguna forma, sino sus pensamientos la harían volver a esa desesperación de hacía unos segundos.

—Vamos a jugar un juego —le dije con una voz muy tranquila—. Cada uno va a decir en dónde les gustaría estar en este preciso instante.

Ella asintió con la cabeza muy lentamente, mientras me apretaba muy fuerte la mano. No era una idea mía el jugar a eso, lo había visto una vez en una serie y me pareció buena oportunidad para jugarlo. Lo miré a Nicolás para que comenzara el juego.

—Yo quisiera estar delante de un paisaje montañoso, lleno de arbustos, de pájaros y con un hermoso cielo azul. Con mi lápiz en la mano y mi cuaderno para poder dibujarlo.

—Yo quisiera estar en tu fiesta de cumpleaños del sábado —dije, para lograr que Nicole pensara en la fiesta que tanto amaba.

Cuando le pregunté a ella, cerró los ojos y tardó unos segundos en responder mientras respiraba más tranquila.

—Yo quisiera estar en mi cumpleaños número doce, con mi papá.

En ese momento pude ver que ella puso una muy pequeña sonrisa en su cara. Miré confundido a Nicolás y él me miró de la misma forma. Hacía pocas horas en su casa, pudimos ver cómo le contestaba tan mal a su padre y ahora recordaba un cumpleaños que pasó junto a él.

—¿Con tu papá? —pregunté.

—Sí, mi verdadero papá —me contestó con lágrimas que caían de sus ojos cerrados.

Era obvio que ese no era un momento en el que podría bombardear a Nicole con preguntas, así que le seguí la corriente y le dije que pensara en ese cumpleaños junto a él, que pensara en cada detalle y que lo viviera ahora mismo.

Pude entender que el señor que nos abrió la puerta en la casa no era el padre biológico de Nicole, sino que era su padrastro. Por eso no tenía ninguna foto con él y por eso esa manera de tratarlo ya que claramente no se llevaban bien.

Los minutos pasaron y Nicole se fue tranquilizando y para cuando ella ya estaba calmada, el ascensor volvió a funcionar de la nada y pudimos bajar.

Al salir de aquel cubículo, unos señores que parecían de mantenimiento nos recibieron y pidieron disculpas. Nicole pasó por su lado rápidamente sin decirles una palabra y se dirigió hacia la salida del edificio. Nosotros la seguimos y la vimos con la cabeza mirando hacia el cielo, los ojos abiertos y respirando aliviada. Se le veía con mucha paz, con el viento y la lluvia de fondo.

El camino hasta la casa de Valentín lo hicimos en absoluto silencio. Ninguno de los tres hablaba. Podía verla a ella sentada a mi lado con su cabeza apoyada en la ventana del auto y sus manos agarrando fuertemente el vestido. Era muy raro verla así, tan callada y pacífica. Me sentía mal por ella y por lo que había pasado.

Al llegar, frené el auto justo en la puerta. Ella se quedó en silencio unos segundos, mirando fijamente sus manos.

—Mi verdadero papá murió un día después de mi cumpleaños número doce —dijo Nicole, de la nada, mientras arrugaba la bolsa plástica que recubría el vestido.

Con razón recordaba tan vivamente ese cumpleaños. Fue el último que pudo pasar con su padre antes de que muriera. Nicole nos siguió contando que ese era el recuerdo más feliz que tenía y que, desde que él murió, algo cambió en ella y por eso a veces actuaba tan cruelmente y parecía no tener empatía. Era su forma de defenderse ante el mundo y de mostrarse para que no la lastimaran y que por eso, a veces, prefería ser ella quien lastimara.

Me sorprendió mucho escuchar cómo Nicole se abría ante nosotros. Conocí mucho de ella esa tarde y también entendí por qué esa obsesión para que todo saliera bien en su cumpleaños. Sentí que el abrirse con nosotros había sido su forma de agradecernos por haberla ayudado en ese ascensor.

Luego de contarnos todo eso, me miró fijo y me sonrió. Se bajó del auto y justo antes de cerrar la puerta mostró de nuevo ese lado que ya conocíamos bien:

—Si llegan a contarle algo de esto a cualquier persona, los desfiguro a golpes —dijo tajante y justo antes de cerrar la puerta con un portazo.

Claramente tenía que mostrar algo de autoridad luego de haberse abierto tanto con nosotros.

—El vestido es celeste —le dije riendo mientras se alejaba hacia la puerta de la casa.

—Callate —me contestó de lejos, con una sonrisa que intentó disimular a toda costa.

Fue todo muy raro y eso hizo que nos quedáramos estacionados por unos segundos ahí, tratando de analizar todo lo que nos había dicho Nicole. Miré a Nicolás a través del espejo retrovisor del auto y él me devolvió la mirada con las cejas levantadas. Puse música en la radio y, con la misma canción que cantaba con él a todo pulmón horas antes, nos fuimos a casa.

La charla

Martina y Ezequiel eran cantantes y amigos nuestros desde hacía ya varios años. Esa pareja de novios habían sido amigos, primeramente, de Joaquín, desde antes de que yo lo conociera. Esa noche daban un show en un bar del centro. Iban a cantar y nos invitaron a verlos, así que con Joaquín decidimos ir un poco más temprano a cenar, en nuestras salidas en busca de nuevos lugares; y luego Nicole, Valentín, Luciana, Rocío y Eric vendrían a buscarnos para ir allí. Al ser sábado, los bares estaban en su máximo esplendor y por eso Emiliano trabajaba y Nicolás quiso quedarse a solas en casa.

No quería que se cancelara mi cena con Joaco por dos motivos. Primero, porque no quería perder nuestra costumbre tan especial; y segundo, porque quería hablar con él sobre su hermano. Ya que Eric iría esa noche con nosotros, quería hablarle y ver si veía esos desprecios que yo notaba que tenía con nosotros. Quería hablar del tema muy a grandes rasgos, sin entrar en detalles ya que no quería arruinar la cena y que Joaquín se pusiera mal.

Cerca de las ocho de la noche salimos para comer. Joaquín estaba vestido con una hermosa remera muy holgada de color blanco y unos pantalones un tanto ajustados de color marrón muy claro, que combinaba con el sombrero fedora que llevaba puesto. Estaba hermoso esa noche, incluso más que otras. Por mi parte, me vestí con una camisa bordó y un pantalón de jean de color casi negro. A veces consideraba que mi vestimenta era muy simple en comparación con la extravagancia de Joaquín, pero ese era mi estilo.

El lugar adonde iríamos a comer lo teníamos programado desde hacía unos días. Quedaba en unas calles muy poco transitadas del centro y, por lo que pudimos ver en Internet, no era un lugar muy conocido, pero igualmente tenía muy buenas reseñas. Al entrar vimos que tenía una luz muy tenue y todas las paredes estaban decoradas con grafitis y dibujos raros. Las mesas tenían calcomanías pegadas y superpuestas unas arriba de la otra. De fondo se podía escuchar, muy levemente, una canción que parecía rock. Todo eso le daba un estilo muy peculiar al lugar, un estilo que no podría describir con una palabra.

Al ver a Joaquín con una sonrisa mientras revisaba el menú, tuve dudas de si era el momento adecuado para hablarle de su hermano. Así estuve durante varios minutos mientras él comenzaba a hablarme sobre su semana en el estudio de baile. No podía concentrarme en sus palabras. Después de un largo rato, y ya con nuestra cena servida, me decidí a comentarle lo que pensaba. Si buscaba el momento que yo consideraba perfecto, jamás lo iba a encontrar.

—Joaco… ¿qué pensás de Eric?

—¿Qué pienso de qué? —contestó con la boca llena.

Hice una pausa y me rasqué un poco la cabeza en señal de incomodidad.

—De los desprecios que tiene hacia nosotros.

—¿Cuáles? Yo nos lo noté.

Sabía que los había notado, pero no los quería ver porque eso significaría aceptar que a su hermano no le caía bien nuestra relación.

A medida que le iba remarcando y “recordando” cada desprecio que yo había visto de parte de Eric, Joaquín se comenzaba a impacientar y a mostrarse muy incómodo. Claramente su sonrisa se esfumó y prácticamente ni me miraba. Debía ser feo para él tener que escuchar todo eso de la persona a la que no veía hacía mucho y que, en resumen, era su hermano; pero me sentía bastante incómodo por esos desprecios y quería encontrarle una solución pacífica. Eric era mi cuñado, y lo iba a tener que seguir viendo siempre y por eso quería tratar de estar en paz con él; y supuse que, quizás y solo quizás, Joaquín podría hacer algo al respecto.

—Peque, estás exagerando. Él es así, quizás un poco más a la antigua que nosotros, pero estoy seguro de que se alegra de vernos contentos.

—¿Y eso se lo preguntaste?

Él se quedó callado ante mi pregunta. No se lo había preguntado así que esa era solo una suposición suya.

No quise pedirle que hablara con Eric. Creí que era algo en vano ya que ni siquiera podía ver lo mismo que veía yo. Decidí cambiar el tema y darlo por finalizado ahí. No quería que termináramos peleando y la cena se arruinara. Quizás no fue la charla que esperé tener, pero hizo que me diera cuenta de que yo mismo debía hablar con Eric, si quería arreglar las cosas.

Luego de dos horas, los demás nos pasaron a buscar por el lugar donde estábamos comiendo. Luciana estaba encantada con el lugar donde habíamos cenado, ya que encajaba con su personalidad. Nicole y Eric parecían haber entrado a una cárcel prácticamente. Tenían una cara que hasta podría decirse de asqueados así que, luego de diez minutos de su llegada, nos fuimos al bar donde Martina y Ezequiel cantarían.

Ese bar quedaba muy cerca del lugar donde estábamos, a unos quince minutos aproximadamente, por lo que llegamos sin demora. Como aún era temprano, en la puerta estaban esperándonos Martina y Ezequiel, ella con un hermoso vestido largo negro con pequeños brillos y él de esmoquin. Estaban hermosos así vestidos y encajaban a la perfección.

Al entrar al bar, nos llevaron a unas mesas reservadas para nosotros justo delante del escenario donde cantarían. Nos acercamos a nuestra mesa por entre las demás, apenas iluminadas y entre la poca gente, y pudimos ver que había una mujer sentada en nuestro lugar. Era alta y de pelo negro rizado, con un vestido ajustado y de color bordó. Era Francisca, la novia de Eric. Se habían conocido en Francia y habían vuelto como novios a vivir acá los dos. Ella era italiana y a pesar de que manejaba muy bien el español, tenía un acento muy marcado. Había intercambiado muy pocas palabras con ella desde que la conocía ya que, al ser la novia de Eric, no tenía muchas ganas de fraternizar.

Luego de llegar a nuestra mesa, le dije a Eric si me podría acompañar a comprar algo a la barra ya que quería hablar con él; luego de que le insistiera dos veces, aceptó venir a hablar conmigo.

Una vez allí, me pedí una cerveza y él pidió un vino del que exigió que fuese el mejor.

—Eric —comencé a decir lentamente—, sé que no te caigo muy bien, pero quisiera que estemos en paz.

—No entiendo por qué lo decís. Estamos inmersos en paz —dijo tomando un sorbo del vino y sin mirarme a la cara.

Ya habíamos comenzado mal. Por lo que entendía, él creía que no estaba haciendo nada malo y si ya no podía ver eso la charla iba a ser imposible.

—Yo creo que no es así. Siento mucho tus indirectas y desprecios.

—No puedo tomar este vino asqueroso —dijo, y con cara de asco escupió el vino hacía el interior de la copa, para luego alejarla de sí.

—Eric. ¿Me estás escuchando?

—Sí, solo escucho que te molesta mi forma de ser, cuando no hago nada que tenga una índole irracional.

—¿Qué me estás queriendo decir?

—Que no siento que deba cambiar mi forma de ser porque, como es costumbre, es la adecuada. Ahora me voy a mi asiento que está por comenzar el show.

Él se alejó y yo me quedé sentado en el asiento de la barra con mi vaso de cerveza en la mano. De fondo la música arrancó y Martina y Ezequiel comenzaron a cantar; mientras miraba un punto fijo, pensando en lo que me había dicho Eric. Estaba claro que él no veía que estuviera haciendo desprecios ya que, para él, actuaba normalmente y como debía. No sabía bien qué pensar y hasta dónde podría llegar con esos desprecios. Eso hizo que no prestara atención al show que daban mis amigos. Sinceramente, no pude hacerlo ya que tenía mi mente en otro lado.

Luego de dos canciones y de los aplausos interminables del público, nuestros amigos cantantes bajaron a sentarse con nosotros.

La noche fue pasando y entre risas y charlas pude olvidarme del mal trago de lo hablado con el hermano de Joaquín. La verdad era que el estar con mis amigos, a pesar de que estuviera él, me alegraba la noche. Creo que eso era lo que valía al final de cuentas, las buenas personas, y no tenía que permitir que un solo individuo me arruinara la noche. Además, y principalmente, nada que hiciera Eric o cualquiera haría que me pudiera alejar de Joaquín. No podía alejarme de la persona que amaba.

El indicio

Emiliano tenía un primo que vivía a unos cien kilómetros de casa y que estaba con problemas de salud. Era un poco lejos para ir en moto, así que, luego de salir de trabajar en la escuela, me preguntó si lo podría llevar en mi auto a verlo. Había que recorrer una larga avenida que luego pasaba a ser una ruta que se metía muy adentro de la provincia y que atravesaba varias hectáreas de campos. Nunca había ido para esos lados y sinceramente no tenía muy en claro cómo ir, pero Emiliano me aseguró que conocía muy bien el camino y que me guiaría. Además de nosotros dos, Valentín quiso acompañarnos ya que, según él, necesitaba alejarse un poco de todo y despejarse del hospital donde trabajaba ya que ese día lo tenía libre. Era raro salir con Valentín solo ya que siempre lo seguía Nicole. Eran como un combo y si venía uno probablemente vendría el otro. Pero ese día no sucedió. Nicole tenía que terminar de comprar la comida y demás cosas para el día de su cumpleaños y tenía que pedir un turno en la peluquería para el festejo del sábado.

Luego de que ellos dos me esperaran fuera de la escuela, compramos para comer y nos pusimos en marcha para el viaje. Según Emiliano, volveríamos antes de la diez de la noche a casa ya que tenía que ir al bar. Sinceramente, no me importaba mucho la hora porque el día estaba hermoso, con un sol radiante y no hacía mucho frío, así que era un día perfecto para viajar y eso a mí me encantaba.

Luego de una hora de arrancado el viaje, Emiliano sacó su celular y colocó en el GPS la dirección adonde teníamos que ir.

—Pensé que conocías muy bien el camino, Emi.

Él no me contestó y siguió fijándose en el celular para dónde había que ir. Veía que su cabeza bajaba para mirar el mapa en el teléfono y subía para mirar el camino por donde íbamos, pero su mirada era de bastante confusión así que ya estaba intuyendo que estábamos perdidos.

—¿Cuándo vas a admitir que estamos perdidos? —le pregunté.

—No estamos perdidos, dejame que ya te digo por dónde ir.

Muchas opciones no teníamos de todos modos. Estábamos en una ruta que parecía eterna y que solo se prolongaba hacia delante, sin ninguna curva ni ninguna desviación más que pequeños caminos de tierra que interrumpían las hectáreas de campo de los costados. Valentín, en el asiento de atrás, miraba por la ventana del auto con la mirada perdida en el paisaje.

—¿Estás bien, Valen? —le pregunté.

—Sí, solo estoy disfrutando del camino.

No era un chico de muchas palabras, pero se notaba de verdad que lo disfrutaba ya que estaba hipnotizado en el paisaje del alrededor. Parecía que hacía mucho tiempo que no salía de la ciudad y del ajetreado hospital. Se lo veía estresado esos últimos días así que esa distracción del viaje le hacía bien.

—Según esto, tuvimos que haber doblado en la ruta que cruzaba a esta hace varios kilómetros atrás —dijo Emiliano mirando su celular.

—¿En serio? —pregunté con una pequeña sonrisa de resignación—. Dijiste que sabías cómo ir.

—Tranquilo, doblá en el siguiente camino de tierra que, según veo en mi celular, después se convierte en ruta y se cruza con el camino donde deberíamos ir.

No sabía si hacerle caso o no, ya que me parecía raro que un camino de tierra tan inhóspito como en el que me dijo que doblara apareciera en el mapa del celular, pero confié en que realmente fuera así.

Al doblar, el auto comenzó a tambalearse para todos lados de lo irregular que era. No hicimos ni dos kilómetros cuando se sintió como si el auto se arrastrara por la tierra acompañado del típico sonido de la rueda desinflada que gira. Arrimé el auto hacia el costado de esa calle, si es que se la podía llamar así, y bajé a ver qué había pasado. Grande fue mi sorpresa cuando vi que no solo tenía una rueda pinchada, sino tres. Era mucha casualidad y, mejor dicho, mucha mala suerte ya que no tenía tres ruedas de auxilio.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Valentín confundido.

—Yo por mi parte me alejaría de Franco, porque cuando le diga que me confundí y que no tuvimos que doblar acá, me va a matar —dijo Emiliano.

Me fijé en su celular y claramente ese no era el camino por donde teníamos que ir, sino que tuvimos que haber seguido por esa ruta hasta la próxima salida. Pero ya era tarde y allí estábamos con tres ruedas desinfladas en el medio de la nada.

Después de ver las pocas opciones que teníamos y de analizarlas, decidimos llamar a una grúa. Una grúa que tardaría unas seis horas en llegar hasta donde estábamos nosotros, pero ¿qué otra opción teníamos? Estábamos en medio de la nada y sin ninguna casa a la vista para pedir ayuda. Lo único que nos quedaba era sentarnos a esperar.

Los minutos pasaron y se transformaron en horas, sentados bajo el sol en una gran piedra que estaba enfrente de donde estacionamos el auto.

—¿Qué haces, Valentín? —preguntó Emiliano.

—No sé por qué mi celular no tiene señal e intento conseguir para llamar a Nicole —contestó mientras alzaba su brazo hacia arriba, con el teléfono en la mano.

Yo podía escuchar eso mientras miraba el horizonte que parecía infinito. Sin ninguna construcción a la vista y sin ningún árbol tampoco. Solo había campo y la ruta por la que veníamos antes, a lo lejos.

—¿Qué necesidad hay de llamarla? —preguntó Emiliano.

—Tengo que decirle que voy a llegar más tarde por esto que pasó.

Giré mi cabeza y miré a Valentín. Podía verlo realmente nervioso por tratar de conseguir señal para avisarle a Nicole lo que había pasado. Se lo veía muy impaciente y resoplando. Emiliano, por su parte, lo miraba y se mordía el labio inferior con una expresión que decía: “No puedo creer lo que hace”.

En cierto punto, no entendía la forma de mirar a Valentín. Yo también le había avisado a Joaquín lo que había pasado y que por eso seguro llegaría más tarde, pero como Emiliano era de no querer ponerse de novio, veía esas actitudes como amarres y como controles que tenían las parejas. “No tengo que dar explicaciones de nada a nadie” siempre decía; y bajo ese lema no quería ponerse de novio ya que, según él, eso implicaría dar siempre explicaciones.

Luego de varios intentos fallidos por llamar a Nicole, le estaba por dar mi celular para que se comunicara, cuando Emiliano me miró y me detuvo. Él sacó su billetera de su bolsillo y, mientras Valentín seguía concentrado en obtener señal, la tiró dentro del auto que tenía la puerta del conductor abierta.

—Valen, ¿me alcanzás mi billetera que está dentro del auto? —dijo Emiliano.

Yo lo miraba muy confundido, porque sinceramente no sabía qué pretendía. Valentín se levantó de la piedra donde estaba sentado y fue en busca de la billetera.

—¿Me alcanzarías mi campera que está adentro del auto, Valen? —dijo de nuevo Emiliano, luego de unos segundos cuando Valentín ya se había vuelto a sentar en aquella gran piedra.

Yo estaba a punto de hablar, pero Emiliano me hizo una seña con su mano para que me callara. Valentín, nuevamente, se paró y le dio la campera en la mano.

Por tercera vez y, luego de otro par de segundos, Emiliano le pidió el celular que había dejado también adentro del auto. Esta vez Valentín lo miró y le hizo un gesto para que dejara de molestar, y siguió con sus inútiles intentos de llamadas.

—¿Te molesto, Valentín? —preguntó Emiliano.

—Sí, mucho.

—Esto es para que veas cómo te tiene Nicole a vos. De un lado a otro y como su sirviente.

Claramente, las actitudes desesperadas de Valentín por llamar a Nicole habían saturado a Emiliano y por eso quiso darle una charla sobre lo que debería hacer y cómo debería actuar.

Valentín siguió escuchando a Emiliano mientras él le decía lo mucho que se estaba aprovechando Nicole de su bondad. De cómo, por ser tan permisivo, ella sacaba ventaja y lo convertía en alguien muy manipulable. Fue una larga charla que tuvieron en donde la idea de Emiliano era hacer que Valentín se diera cuenta de que Nicole no lo valoraba en absoluto y que lo tenía como una marioneta para todos lados.