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Cleto, un jubilado bancario y viudo, debe hacerse cargo de sus nietos después de que su único hijo se divorciara. Así, su cotidianeidad y sus rutinas se verán modificadas y su estilo de vida de soltero tendrá que cambiar para ayudar en la educación de esos niños, que han tenido escasa relación hasta ese momento con su abuelo. Un desconocido mundo lo espera luego de mudarse a Anchimallén. No se siente preparado, pero tiene que aceptar el desafío. El pueblito tiene una magia que enamorará a los pequeños, los llenará de felicidad y conocerán el sabor a la libertad que terminará por conquistarlos.
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Seitenzahl: 207
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Fernández, Facundo Gabriel
Esferas de fuego / Facundo Gabriel Fernández. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
186 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-949-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Misterio. 3. Espiritualidad. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Fernández, Facundo Gabriel
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Esferas de fuego
Facundo Fernández
Dedicatoria y agradecimientos
En memoria de Cristian y de mi abuelo Celestino.
A mi padre y a mi madre, por la educación y por el amor que nos brindaron y nos brindan.
A mi nona Ilda y a mi nono Teto, por haber entregado su vida a nosotros y por criarnos con toda la paciencia y el entendimiento del mundo.
A mi tío Juan, a mi tía Beny y a mis primas María Cecilia y María Soledad, por estar desde el inicio de nuestras vidas y por compartir tantos momentos bellos y no tan bellos.
A Bianca, a Joaquín y a Faustina, mis hijos. Los amo.
En especial a Paola y a María Cecilia, mis hermanas. Gracias por las travesuras, por los miedos, por las salvadas, por las peleas, por los enojos. Sin ustedes, mi vida sería muy aburrida.
Gracias a vos, que cuando pensé en dejarlo todo me impulsaste a dar el gran salto.
Palabras del autor
Esferas de fuego es una historia muy reveladora, también podría llamarla catártica.
Muchos se preguntarán si lo que aquí les narro realmente sucedió.
En verdad, ese juego entre la ficción y la realidad es lo que me sedujo para dejarme atrapar en ese hermoso año vivido por la familia Vitale. Podría decirles que es la novela más hermosa que he escrito.
¿Quién no ha disfrutado de los goles de Maradona? ¿Quién no recuerda ese 1986? ¿Cuántos de nosotros hemos querido vivir en un lugar mágico?
Anchimallén es un pueblito soñado y fabuloso. ¿Que si existe? A lo mejor sí, a lo mejor no; puede que lo haya imaginado e incluso que se me haya aparecido un anchimallén cuando viajé en ese bello sueño.
¿¡Qué puedo decirles!?
He llorado, he reído, pero por sobre todas las cosas lo he disfrutado muchísimo; deseo que les suceda lo mismo.
Les pido que me concedan un deseo: si pudiera volver atrás todos estos años, le pediría al universo y a Dios que me dejaran disfrutar más de mi nono; se fue de nuestras vidas muy rápido cuando éramos muy pequeñitos.
Estoy seguro de que estaríamos sentados frente a la televisión viendo alguna pelea de box, jugando a la lotería o escuchando algún partido de fútbol en su radio.
Crear esta obra fue todo un desafío; traerla al papel fue alucinante. Espero que la disfruten tanto como yo haberla escrito.
En el nombre del padre
—¡Ah, sos una reverenda hija de puta! No te importa un carajo. Ni tus hijos, ni tu vieja, nadie —gritó Manuel totalmente desquiciado mientras festejaban el cumpleaños de Bárbara.
Hay noticias que, por más que no te resultan inesperadas, te dejan con el traste en el piso. Manuel llevaba ya tres años divorciado de Adriana, una exuberante porteña imitadora de Madonna que lo había engañado con uno de sus mejores amigos.
Manuel no tardó en descubrir el engaño gracias a la insistencia de sus pequeños hijos; Bárbara de nueve años, Salvador de seis y Florencia, a punto de cumplir cinco.
Sus pequeños lo alertaron en muchas ocasiones de las visitas de Mauricio, su fielamigo músico. Este personaje sacaba provecho de la confianza y del cariño de toda su familia para con él para abusar de una amistad de toda una vida.
Al parecer las melodías y los ensayos diurnos no alcanzaban y, mientras los pequeños dormían en las noches que Manuel se desempeñaba como mozo en la capital, se entretenían tocando la guitarra y otras cosas más, por ejemplo: el teclado, según ellos, para armonizar el ambiente.
Adriana no tuvo reparo y no negó en ningún momento que eso hubiera pasado.
Siempre decía que era muy joven y que había cometido un grave error en casarse y ser madre tan pronto; cuestión que de solo oírla a Manuel lo irritaba. Llegó a odiarla, de hecho, la aborrecía; no podía comprender por qué todavía estaba al pendiente de todas sus locuras y desplantes.
Ya habían pasado tres años desde que la democracia se había instaurado nuevamente en la Argentina. Se respiraban aires nuevos. Manuel distribuía su vida laboral siendo conductor de trenes, y cuando la plata no alcanzaba, trabajaba como mozo en una pizzería en Palermo.
Los niños, en cierto modo, eran un trofeo de guerra, deambulaban desde la localidad de San Miguel a Ituzaingó en la zona oeste del gran Buenos Aires cuando los llevaban de visita a lo de su abuela materna.
Los pequeños iban al colegio por la mañana, después el transporte los llevaba hasta su casa para luego esperar encerrados, rogando al dios celestial que Manuel llegara pronto o bien que su exsuegra se iluminara y fuera a buscarlos para entretenerlos por un rato.
Adriana, por su parte, aprovechaba su “adolescencia tardía”. Había optado por una vida distinta y discutible que se adaptaba según ella a sus deseos de triunfar con la música. Su familia no entraba en sus nuevos proyectos, por esta causa pensaba viajar por el mundo actuando, cantando o bien disfrutando de lo que el universo le regalara.
—¡Manuel, no me insultes! Sos bastante insensible, lo único que se te ocurre es querer joderme la vida. Yo tengo las cosas bien claras, nos vamos con Mauricio a hacer arte por las calles. Primero estaremos en los Estados Unidos, y si todo va bien, volamos para Europa.
—¿Y los chicos? ¿No pensaste en ellos? Sos la mamá. ¡Adriana, no nos podés hacer esto! ¡Son unas criaturas! Cómo se te ocurre abandonarlos e irte atrás de un tipo que solo quiere arruinarte y sacar provecho de tu capacidad.
—¡Te tienen a vos! Yo me los llevaría, pero ahora no puedo. Te aseguro que si me va bien se podrían venir a vivir conmigo y vos cada tanto nos visitás.
—¡En verdad estás más loca de lo que te creía! ¡Nuestros hijos jamás se van a ir con vos! ¡Nunca te importaron y no creo que por arte de magia te interesen algún día! Es algo que nunca va a estar en discusión. Te aseguro que los chicos siempre van a estar conmigo.
—Yo no estaría tan seguro. Qué, ahora sos futurólogo. Mirá, no tengo ganas de pelear, me voy y punto.
—¿Cuándo te vas?
—El sábado de esta semana. No lo pensé mucho.
—¡No podés ser peor! En cuatro días te vas y hace como un mes que no visitás a los chicos. Adriana, no sé qué tipo de madre ha sido la tuya, pero vos sos la mierda más grande que he conocido. No entiendo cómo carajo fui tan ciego para haberme enamorado de vos.
—Es una decisión. Cortala con insultarme. Traeme a los chicos que les doy un beso. Después les explicás mejor todo; estoy segura de que a vos te van a saber entender más que a mí. Aparte, nunca me gustaron las despedidas.
Se produjo un súbito silencio. Un cruce de miradas mezcladas de odio, tristeza y millones de dudas de cómo continuar con su vida. Manuel estaba aniquilado por la incertidumbre y por la locura de lo que el futuro le traería a causa de la partida de su exmujer.
Trajo a sus hijos. En un primer momento, no entendieron que su mamá se iba de la Argentina, es más, creyeron que se marchaba a vivir a otra provincia o a otra ciudad de Buenos Aires; pero cuando Adriana comenzó a llorar, se dieron cuenta de que ese era otro tipo de despedida, una con un aire a un adiós sin fecha de retorno ni a corto ni a mediano plazo.
Cuando su ex se fue, Manuel llevó a los chicos a una plaza cerca de su casa. Necesitaba respirar aire puro, tenía millones de palabras cruzadas en su garganta. No quería llorar enfrente de sus niños, porque, más allá del rencor y la bronca que sentía por la mamá de los pequeños, aún la quería y mucho.
Manuel era un muy buen tipo, hijo único, cordobés nacido en Río Cuarto, pero después de haber hecho el servicio militar en Campo de Mayo se había quedado a vivir en Buenos Aires. Estaba encantado con las posibilidades que la ciudad le otorgaba; su joven cuerpo adaptable a nuevos desafíos no le hizo dudar en ningún momento de aventurarse a vivir allí y aprovechar todo lo bueno que un lugar como aquel le obsequiaba.
Primero trabajó en una fábrica de trapos de piso, luego en una automotriz y después de mozo. Era un muchacho con mucha capacidad de aprendizaje, fue por esto que, gracias a la insistencia de la mamá de uno de sus amigos, se había recibido de maquinista ferroviario.
Su madre había fallecido el mismo año en el que Bárbara, su hija mayor, nació. Su papá, don Cleto, había decidido quedarse a vivir en Río Cuarto, pero pensaba mudarse a la localidad de Anchimallén, un hermoso paraje serrano a doscientos kilómetros de allí.
Bárbara, que era la mayor de sus hijos, lo había comprendido a la perfección, siquiera ese día en el que festejaba su cumpleaños pudo evitar oír la noticia:
—Papi, ¿mamá nos abandona otra vez? Pero ahora ¿para siempre?
—No sé qué decirte, hijita. Pero presumo que algo de eso hay. En apariencia, viajaría a otro país.
Cuando sus hijos notaron su tristeza y amargura, se sentaron junto a él en un tronco de un árbol. Lo abrazaron y lloraron. Porque era una situación para poder largar todas las lágrimas y desahogarse hasta que su alma les dijera basta, tal vez buscando con ellas que se fueran para siempre junto a Adriana y nunca más volver a sentir semejante angustia.
Una vez más calmados, Salvador le consultó:
—Papi, ¿y ahora qué vamos a hacer?
—La verdad es que no lo sé, Salvi. Esto me tomó por sorpresa. No puedo pensar en nada, perdón, hijito. De algo estén seguros, no voy a dejar que nada malo les pase.
Y fue cuando al unísono los tres le dijeron:
—Queremos quedarnos con vos, te amamos, papi. Jamás te vamos a dejar solo. Te lo prometemos. —Se abrazaron, fue tan genuino ese gesto que, con tranquilidad, hubiesen abrigado a todo el planeta.
Una suerte de combustible ingresó por las venas de Manuel inyectando energía. Analizó los próximos pasos a seguir. Siempre supo que dejarlos al cuidado de su exsuegra no sería una buena opción; no era Adriana, claro que no, pero tampoco había demostrado interés por los niños. ¿Qué otra alternativa tenía?
Solo faltaban tres meses para la finalización del colegio. Tenía todo ese tiempo para pensar y tomar la mejor determinación, pues esperaba hallar la correcta. No quería actuar a puro reflejo, sino más bien con certezas, buscando lo mejor para sus pequeñitos.
Una vez en su casa, lo poco que había quedado de su exesposa, sin que sus hijos lo supieran, fue a parar a la basura. Fotos, cartas y algunos papeles insignificantes fueron arrojados al asador, que poco a poco fue consumiendo todo hasta dejar esos recuerdos hechos cenizas.
Al otro día temprano debía tomar servicio y subirse a una locomotora. Las próximas determinaciones tenían que ser resolutivas; por esa causa fue hasta lo de su vecina Edith. Le contó todo lo sucedido y acordaron que los ayudaría hasta que Manuel tuviera todo más claro. Ella les prepararía el almuerzo y después la merienda hasta que él regresara en la noche. Prometió cuidar de los chicos mientras su empleadora se lo permitiese.
Otra determinación que tomaría sería renunciar a los fines de semana luego de haber trabajado toda su vida como mozo. Ya no lo iba a poder seguir realizando. El resto sería una tarea muy estresante.
La abuela de los niños no aportó muchas soluciones, sí las mismas de siempre: ir a buscarlos cuando pudiera, sentarlos frente al televisor y dejar que las horas pasen.
El sábado llegó tan rápido como dañino.
Manuel no realizó ningún comentario sobre Adriana y su viaje, los chicos tampoco demostraron siquiera interés por algún acontecimiento importante. Ese día, más allá de la partida de su exesposa, tenía como última jornada laboral su tarea como mozo, por eso le había rogado a su vecina que se hiciera cargo de los pequeñitos.
Edith iría cada tanto a la casa y en cierto modo los vigilaría un poco hasta que pudieran dormirse. Ella cuidaba la casa quinta que daba al lado de la de Manuel. El barrio en donde vivían era una mezcla rara de casas humildes con dos o tres quintas muy elegantes a su alrededor. Su vecina trabajaba cama adentro, era una señora mayor y adoraba a los pequeños, pero no podía cuidarlos todo el tiempo. Edith, en todos esos años compartidos, había demostrado entendimiento y una agradable compañía que había logrado conquistar a los pequeños, que la querían muchísimo.
El barrio era bastante tranquilo. Lo más incómodo eran sus calles de tierra; cuando llovía era intransitable y generalmente se cortaba la luz haciendo que la pesadez y la bronca de la espera a que todo volviera a la cotidianeidad se quedara más de lo normal. Todo el sector se caracterizaba por estar rodeado de altos árboles de eucaliptus y escasa luminosidad en las noches, convirtiéndolo en un lugar muy distinto cuando caía el sol.
Los niños, de tanto pasar tiempo solos, fueron aprendiendo algunas cosas, por ejemplo: hacerse el mate cocido, acomodar su habitación y las camas, también untar pan con manteca y azúcar, sacar la basura y llevarla hasta la puerta de su casa, regar las plantas y saber que si algo malo pasaba debían salir corriendo hacia el patio, cruzar el alambre y llegar hasta la pequeña habitación de Edith.
Ese sábado, gracias a Dios todo resultó bien, y se puso mucho más lindo cuando Manuel llegó pasadas las veintitrés y les dio un hermoso beso en la frente a cada uno. Los pequeños abrieron sus ojitos sabiendo que ya no había nada por qué temer.
Su papá, para ellos, era como un superhéroe de carne y hueso dispuesto a defenderlos de las garras malditas de los lagartos de Invasión V o de cualquier persona que quisiera lastimarlos. En fin, para ellos, Manuel era como Mr. T de Brigada A.
El día de la madre y otros días terribles
Ya habían pasado varias semanas desde que Adriana se fuera de la Argentina. Las cosas más o menos se fueron acomodando, pero eran parches o más bien tapar huecos y destapar otros.
La abuela de los chicos solo una vez fue por los niños, por súplica de Manuel, ya que tuvo que redoblar su trabajo un viernes.
El día de la madre estaba llegando. En el jardincito y en los grados de los chicos les preparaban dibujos y regalos a sus mamás. Barby, Salvi y Flor no quisieron participar en ninguna actividad. Se los notaba muy tristes y muchos compañeritos se burlaban porque su madre los había abandonado. Cansada de estar a la defensiva, a Bárbara se le ocurrió inventar que su progenitora se había muerto. Con esa acción logró que ningún chico la molestara, cuestión que sus hermanitos copiaron y así superaron las peleas que se suscitaban a causa de Adriana.
En verdad, sentían eso en su corazón: que ella estaba muerta, y lo deseaban con todas sus fuerzas; incluso Florencia, la más pequeña, disfrutaba de esa mentira.
Manuel, por su lado, estaba muy estresado y asustado, ya que no tenía la menor idea de cómo continuaría una vida sin la madre de sus hijos. Si bien prácticamente habían estado solos esos últimos tres años, no le parecían suficientes como para haber logrado rearmarse y ser papá y mamá al mismo tiempo.
Otra cosa que lo tenía muy preocupado era enfrentar a su padre. Él siempre sostuvo que Adriana era una mujer terrible y una mala influencia para todos ellos, y que tarde o temprano el tiempo le iba a dar la razón.
Muchas noches se le venía a la mente cuando Cleto le decía: «Menos mal que tu madre está muerta; si estuviera viva, se volvería a morir por culpa de esta chica. Sos mucho para ella. Es una desgraciada».
La relación con Cleto se había hecho cuesta arriba por culpa de Adriana, y de enterarse de esa noticia, con seguridad se pondría peor.
Su papá era muy chapado a la antigua. Después de haberse jubilado, el tiempo le sobraba y disfrutaba de la paz que reinaba en su hogar. Era un radical de cepa y ahora con Alfonsín en la presidencia se sentía dueño y señor de todo. Con certeza le echaría en cara no haberlo escuchado las veces que se lo avizoró.
Para colmo de males, por la distancia, por Adriana y por culpas conjuntas, solo había visto a sus nietos seis veces: cuando nacieron y cuando cumplieron el primer año de vida, después por alguna foto, algún llamado por teléfono y no mucho más que eso.
Por esa causa, Manuel todavía prefería seguir esperando, y cuando se sintiera más seguro, se lo contaría; mientras tanto, esperaría a que el tiempo le diera alguna ayuda o un salvavidas oportuno que evitara darle la noticia que traería un nuevo dolor de cabeza.
El famoso día de la madre llegó y fue caótico, resultó terrible de soportar, ni siquiera la visita al Italpark tapó esa ausencia y el recuerdo de algunos días en los que fueron una hermosa familia. Lo más destacable de esa jornada fue haber invitado a las primas de los niños, Eugenia y Gimena, y a sus papás, para que los acompañaran en su visita al parque.
Allí Manuel pudo librarse de muchas ataduras, logrando expulsar la bronca y la angustia que le generaba el abandono y el vacío que sentía en su corazón.
Sus familiares también tenían una noticia para comunicarles, y era que el año entrante se irían a vivir a la provincia de Misiones, más precisamente a Posadas.
Esta noticia, más allá de ser hermosa, lo terminó por desacomodar. No tenían otro familiar directo y ellos se sumarían a una larga lista de ausencias.
Solo le quedaba seguir confiando en Edith, su vecina, que era lo más parecido a un familiar, y contar con las ganas de su exsuegra, cuya actitud no era muy distinta a la de su hija: “Si puedo o tengo ganas, los busco”.
A sus compadres no les pareció descabellada ni sorpresiva la decisión tomada por Adriana, es más, hasta les pareció una oportunidad para Manuel como para que él pudiera arrancarla de su cabeza, pero estaban los niños. ¿Qué pasaría con ellos? ¿Qué sería de la vida de los pequeños sin su mamá? Buenos Aires era Buenos Aires, un lugar inmenso a las sombras de un pasado no muy lejano a causa de la última dictadura militar. Las fatalidades siempre estaban latentes y expectantes.
Todo eso se sumaba a un tedioso cúmulo de negativas, como por ejemplo: que el lugar de residencia de los chicos era muy distante al trabajo de Manuel, y que cualquier problema sería terrible. Las dudas ya se habían convertido en mucho miedo, miedo que a Manuel cada vez le hacía hervir la sangre y terminaba por derrocarlo.
Bárbara, en su cabecita infantil, según las propias palabras de sus hermanitos quería cumplir con la labor de su mamá y les decía: “Ahora yo voy a ser su nueva mamá”, y se había tomado las cosas tan en serio que un par de veces golpeó a sus hermanitos cuando estos no le hacían caso, cuestión que le valió varias penitencias que nunca cumplía por la ausencia obligada de Manuel y su trabajo.
Las cosas podían ponerse peor. Tanto Manuel como sus niños esperaban que eso no pasara, pero no todo se puede controlar, y más cuando las criaturas pasan mucho tiempo solas y sin cuidados. Las travesuras y los juegos eran la justificación más excitante para que raspones, golpes o caídas desde el techo a un arenero se convirtiesen en proezas peligrosas, pasando de lo cómico a lo traumático en un santiamén.
Los días transcurrían entre nuevos aprendizajes y aventuras que, tambaleando, podían convertirse en dañinas. Salvador, que era un nene tranquilo, se puso muy activo y demandante, siempre jugaba a la pelota adentro de la casa y ya había roto varios adornos, y cuando llovía, manchaba con la pelota de fútbol alguna que otra pared. Bárbara trinaba de furia y se lo hacía saber una y otra vez de muy mala manera, demostrando así que esa relación no venía bien. Los aires de grandeza se le habían subido a la cabeza, ya no jugaba a las muñecas, apenas tenía nueve añitos y quería suplantar a su mamá, y en verdad parecía que había copiado lo peor de ella.
La más pequeñita tenía una confusión gigante, no sabía a quién hacerle caso, jugaba solita al papá y a la mamá. Aunque después jugaba al papá y sus hijos, demostrando con eso ciertas necesidades afectivas en retroceso.
Las semanas se fueron superando como podían.
Sí, se vivieron dos acontecimientos importantes que aceleraron los siguientes pasos por venir…
El primer momento crítico fue cuando un trío de mujeres se acercó hasta la casa de los pequeños y estos las atendieron a través de la ventanilla de la puerta. Las damas intentaron venderles agujas e hilos, también bolsas de residuos. Una señora mayor le ofreció a Bárbara leerle las manos y la nena, creyendo en el juego, aceptó. Les dijo algunas pavadas y comentarios sin sentido que lograron ganarse su confianza hasta que la niña le confirmó que no había ningún adulto en la casa.
Las mujeres les pidieron dinero que obviamente no tenían, se pusieron violentas y comenzaron a pretender ingresar a la casa, los chicos empezaron a gritar y a llorar mientras que con sus pequeñas fuerzas intentaron cerrar la ventanilla de la puerta.
Entre tanto griterío y manoseo, una de ellas logró tomar del pelo a Florcita y la aprisionó contra la reja, Salvador, sin saber qué hacer, le mordió la mano y esta dejó de hacerlo. Recién en ese momento, gracias a todos los lloriqueos y al ver que de la casaquinta de al lado venía Edith a su resguardo, las mujeres salieron corriendo sin lograr su cometido.
Esa tarde, su vecina se quedó hasta que Manuel llegó cerca de las diez de la noche.
El segundo y decisivo acontecimiento pasó cerca de la Navidad, cuando una noche sorprendió a los niños con una fuerte tormenta de relámpagos y truenos. Fue un diluvio terrible, les entró agua por debajo de la puerta que inundó la cocina. Los pobrecitos no daban abasto intentando sacar el agua con jarras y baldes, pero todo se puso peor cuando empezó a granizar y tras ello un corte de luz.
Barby, asumiendo su liderazgo, fue a buscar velas para alumbrar el lugar; solo quedaban dos, y no eran velas largas sino más bien cortas. Entre el susto y la alegría por haberlas encontrado, las encendieron sin percatarse de que las colocaron sobre una tabla de madera de asado. La primera se consumió rápido y la segunda vela le dio camino al desastre. Como estaban a punto de quedarse sin esa pequeña llama, trajeron papel y pedacitos de algodón y la mala fortuna se hizo dueña de la madera, que se prendió fuego.
Aterrados, comenzaron a llorar sin saber qué hacer. Salvi tomó coraje, agarró la tabla y la arrojó al piso. No saben el porqué, pero por la combustión o por el maldito demonio hizo una llamarada gigante que coincidió con la llegada de Manuel desde su trabajo, totalmente empapado; cuando vio el fuego abrazó a sus hijos con un amor que movía montañas. Los cuatro estaban realmente muy asustados. Eran pequeñitos viviendo en un mundo de adultos por culpa de los adultos.
Adriana los había dejado por irse a descubrir América y conquistar según ella el globo terráqueo, mientras que Manuel daba manotazos de ahogado, haciendo agua por doquier, valga la redundancia.
El padre de la familia, a causa de esos acontecimientos, debía tomar una pronta decisión y ya había pensado en que la única alternativa que él veía posible era pedir que lo trasladaran a Río Cuarto y vivir con su padre, cuestión que no sería tan sencilla; principalmente porque un traspaso de esos le llevaría un largo periodo, y que su padre tuviera que hacerse cargo de sus hijos durante ese tiempo era aún más difícil e improbable.
Los niños sabían que su nono se llamaba Cleto y que era un señor pedante, muy anticuado, con un estilo de vida muy distinto al suyo, que estaba a punto de irse a vivir a un lugar llamado Anchimallén, donde poseía tres cabañas en alquiler. Esos eran los únicos conocimientos que tenían de su abuelo, alguien que para ellos era un completo desconocido y un adulto más.
Pensar en esa posibilidad irracional puso a Manuel en jaque, pero de algo estaba seguro: que la vida de sus hijos frente a tantos peligros ya no era vida.
Él, en su infancia tanto en Río Cuarto como en Anchimallén, había disfrutado de esos lugares de manera formidable; pero claro, de eso ya habían pasado muchísimos años, y contaba con su mamá, Irma. De lo que estaba seguro era que, si ella estuviese con vida, no hubiese titubeado en llevarlos a vivir con ellos, pero la realidad era otra, era una desgraciada realidad que lo cacheteaba a cada instante sin anestesia ni preparativos.
Lo analizó y sin darle muchas vueltas decidió ir a pasar las fiestas con su papá e indagar cómo estaba el panorama.
Se fue hasta un teléfono público y lo llamó.
Noche buena, no tan buena (1985)
—¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Si no te molesta, queríamos ir unos días para allá y pasar juntos las fiestas.
