Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
"España en guerra" nos brinda un nuevo y original enfoque de la Guerra Civil Española y de sus consecuencias en la posguerra, cuando el resto de Europa se desangraba a su vez. Pese al continuo aluvión de libros sobre el conflicto más importante y devastador que sufrió España en el siglo XX, los historiadores que lo han estudiado no le han dedicado la atención necesaria a la interacción entre el aspecto militar e ideológico del conflicto con la sociedad y la cultura, así como al papel de éstas en la movilización social durante la guerra. Cómo afectó a la sociedad la movilización militar. Este nuevo estudio corrige esa omisión analizando experiencias individuales de los ciudadanos de a pie, que son los que hacen y sufren las guerras. No se centra tanto en los personajes conocidos que dirigieron en sus respectivos bandos el esfuerzo bélico, sino en el papel y las repercusiones que tuvieron las decisiones de simples soldados, mandos intermedios, mujeres, niños..., tanto en el frente como en retaguardia. Coordinados por James Matthews, un elenco de los más prestigiosos historiadores de la Guerra Civil, tanto españoles como hispanistas extranjeros, abordan en "España en Guerra" temas como la organización de las distintas milicias que integraban cada bando y las motivaciones de sus miembros, así como las no siempre fáciles relaciones entre las mismas; los sistemas de reclutamiento; el impacto de las tropas musulmanas y su relación con la población peninsular; el espionaje y sus formas de operar; las deserciones; la asistencia social, llevada principalmente por mujeres; la situación económica y las políticas monetarias, cómo afectó la guerra a los niños, lo que se comía a diario... Temas que establecen un diálogo entre lo social y lo militar, que proporcionan una comprensión más compleja y matizada, una nueva visión e interpretación, del intenso periodo que vivió España entre los años 1936 y 1944.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 637
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
JAMES MATTHEWS(Ed.)
ESPAÑA EN GUERRA
SOCIEDAD, CULTURA Y MOVILIZACIÓN BÉLICA1936-1944
Traducido del inglés (con la excepción de los capítulos 5, 7, 9, 10 y 13) por Miguel Ángel Pérez Pérez
AGRADECIMIENTOS
LISTA DE COLABORADORES
1. INTRODUCCIÓN: LA MOVILIZACIÓN BÉLICA DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA, 1936-1944
Una «nueva» historia militar
Política y ejército
La movilización para la Guerra Civil y la Guerra Mundial
Bibliografía recomendada
PRIMERA PARTELA MOVILIZACIÓN INICIAL
2. «SIN OTRAS ARMAS QUE LA BARRERA DE SUS PECHOS»: LAS COLUMNAS ARMADAS REPUBLICANAS EN LA FASE DE MILICIAS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Movilización, composición y equipamiento de las columnas milicianas
Liderazgo e intentos de imponer disciplina
Las milicias en combate: actuaciones y políticas
El comienzo de la militarización y del Ejército Popular
Conclusiones
Bibliografía recomendada
3. BOINAS ROJAS, CAMISAS AZULES: LAS MILICIAS NACIONALES EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Una colaboración precaria contra el enemigo común
Una fusión poco entusiasta
Lenguaje simbólico y construcción identitaria
Conclusiones
Bibliografía recomendada
SEGUNDA PARTELA MOVILIZACIÓN PARA LA GUERRA TOTAL
4. LOS SOLDADOS DE A PIE DE LAS DOS ESPAÑAS: EL SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
La implementación del servicio militar obligatorio
Condiciones materiales y necesidades básicas en los frentes
Dando forma al conflicto: la movilización por medio de discursos, disciplina y educación
Conclusiones
Bibliografía recomendada
5. DESERTORES Y EMBOSCADOS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA: EL HOMBRE FRENTE A LA PROPAGANDA
Los primeros avisos contra la deserción
Una amnistía para los prófugos de filas
Las dos Españas contra los desertores
Mecanismos judiciales y medidas represivas contra los desertores
Bibliografía recomendada
6. LOS ROJOS Y LOS VERDES: LOS ENFRENTAMIENTOS ENTRE MARROQUÍES Y REPUBLICANOS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Cautivos en la Gran Vía: la visión que tenía la España republicana de los marroquíes
Los marroquíes se encuentran con los «rojos»
Hablando con los republicanos
El miedo de posguerra a los moros
Conclusiones
Bibliografía recomendada
7. EL ESPIONAJE DE LOS AGENTES Y ENLACES REPUBLICANOS EN LA RETAGUARDIA ENEMIGA DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Empezar de cero (julio 1936-septiembre 1937)
Profesionalizar el servicio (octubre 1937-octubre 1938)
A la desesperada (octubre 1938-marzo 1939)
Conclusiones
Bibliografía recomendada
TERCERA PARTELAS ZONAS DE RETAGUARDIA Y SUS PARTICIPANTES
8. ECONOMÍA POLÍTICA Y POLÍTICAS MONETARIAS EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Propiedades, dinero e impuestos
Trabajo y producción
Conclusiones
Bibliografía recomendada
9. ASISTENCIA SOCIAL EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Introducción
«No hay vanguardia ni retaguardia en la guerra civil»: la organización de la asistencia social en los dos bandos
«Nadie mejor que la mujer para cuidar a un enfermo»: mujeres e identidades de género en el trabajo de retaguardia
La Guerra Civil y los significados de la España nueva
Conclusiones
Bibliografía recomendada
10. ¿UNA GENERACIÓN PERDIDA? LOS NIÑOS Y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Guerra e infancia
Vivir la guerra «desde dentro»
Vivir la guerra «desde fuera»
Ver y contar la guerra con «ojos de niño»
Bibliografía recomendada
11. LA ALIMENTACIÓN Y VIDA COTIDIANA EN LAS CIUDADES REPUBLICANAS DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Los platos hogareños de retaguardia
La gastronomía urbana durante la Guerra Civil Española
Conclusión: el fin de la guerra
Bibliografía recomendada
CUARTA PARTELOS LEGADOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, 1939-1944
12. LA DESMOVILIZACIÓN DE LOS VETERANOS DE GUERRA FRANQUISTAS Y REPUBLICANOS, 1939-1944: ¿UNA GRAN DIVERGENCIA?
La movilización bélica y los veteranos
Los veteranos después de la guerra
Epílogo: un periodo de convergencia
Conclusiones
Bibliografía recomendada
13. LA DIVISIÓN AZUL (1941-1944): UNA EXPERIENCIA BÉLICA TRANSNACIONAL
Españoles y alemanes en el frente oriental
Prácticas de ocupación y población civil de la División Azul
Conclusiones
Bibliografía recomendada
14. «DE NIÑOS A HOMBRES»: MASCULINIDAD CASTRENSE Y CONDUCTA SEXUAL EN EL EJÉRCITO DE FRANCO, 1939-1944
La inculcación de los valores marciales de género
El control de la sexualidad masculina
Homosexualidad
Conclusiones
Bibliografía recomendada
CRÉDITOS
Mi mayor agradecimiento es para todos los que han aportado artículos a este libro de cuya edición me he encargado. Ha sido un placer colaborar con un grupo de historiadores de tanto talento y con sus traductores, así como tener con ellos tan ricos intercambios sobre sus variadas áreas de especialización. Me alegro de haber trabajado con dos personas en particular: la primera es el co-autor de mi capítulo, Michael Alpert, el mentor que suscitó mi interés por los aspectos militares de la Guerra Civil Española y del que tanto he aprendido a lo largo de los años. La segunda es mi padre, Alan Matthews, traductor profesional que tuvo la amabilidad de traducir dos capítulos para la edición inglesa de este libro y corrigió las pruebas de otros dos. También doy las gracias a Robert Gerwarth, director del Centro para Estudios Bélicos del University College de Dublín por su favorable reacción a mi propuesta inicial de hacer este libro. Este proyecto se concibió en su centro irlandés, en el que estuve con una Beca Intra-europea Marie Curie en 2012-2014, y se llevó a cabo en buena parte mientras trabajaba como delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja en Colombia, la República Democrática del Congo e Irak. Mi agradecimiento a la editorial, colaboradores y traductores por su comprensión cuando en ocasiones no les era fácil ponerse en contacto conmigo durante largos periodos de tiempo; y a Mary Vincent y los críticos anónimos que me proporcionaron unos comentarios tan incisivos como constructivos. También ha sido un placer trabajar por tercera vez con el excelente equipo de Alianza Editorial y en especial con Manuel Florentín. Como siempre, mi principal apoyo ha sido mi familia: mis padres, Carol y Alan, y mi hermana (y ahora colega), Hannah.
James MatthewsBagdad, junio 2019
Ángel Alcalde es profesor de la Universidad de Melbourne. Es doctor en Historia y Civilización por el Instituto Universitario Europeo (Florencia, Italia) y especialista en la historia social y cultural de la guerra en el siglo XX, centrándose en los veteranos de guerra. Su última monografía es War Veterans and Fascism in Interwar Europe (Cambridge: Cambridge University Press, 2017).
Michael Alpert es catedrático emérito de Historia de España de la Universidad de Westminster. Es autor de muchas publicaciones sobre las fuerzas armadas del gobierno, entre ellas la muy elogiada El Ejército Popular de la República, 1936-1939, 3.ª edición (Barcelona: Crítica, 2007).
Ali Al Tuma es becario de postdoctorado en la Sociedad Japonesa para la Promoción de la Ciencia de la Universidad de las Naciones Unidas de Tokio, y doctor por la Universidad de Leiden. Investiga la participación marroquí en las fuerzas nacionales en la Guerra Civil Española y en el ejército francés en la Segunda Guerra Mundial. Es autor de Guns, Culture and Moors: Racial Perceptions, Cultural Impact and the Moroccan Participation in the Spanish Civil War (1936-1939) (Abingdon: Routledge, 2018).
Ángela Cenarro Lagunas es profesora titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Tiene numerosas publicaciones sobre el Fascismo, el Franquismo y la violencia política durante y después de la Guerra Civil Española. Es autora de La sonrisa de Falange: Auxilio Social en la guerra civil y la posguerra (Barcelona: Crítica, 2006), en el que estudió las políticas sociales del bando nacional.
Pedro Corral es periodista e investigador independiente. Ha escrito numerosos libros y artículos sobre la Guerra Civil Española que se centran en la dimensión social y militar del conflicto, entre ellos Desertores: La Guerra Civil que nadie quiere contar (Barcelona: Debate, 2006), reeditado como Desertores: Los españoles que no quisieron la Guerra Civil (Córdoba: Almuzara, 2017).
Suzanne Dunai es doctora de la Universidad de California, San Diego. Su tesis examinó las consecuencias sociales de la escasez de alimentos para las mujeres de las ciudades durante la Guerra Civil Española y la primera etapa de la dictadura de Franco. Su anterior publicación estudiaba los cambios de la opinión pública con respecto al consumo de despojos en los años cuarenta en Madrid y Barcelona.
James Matthews es investigador independiente, trabaja en la actualidad para el Comité Internacional de la Cruz Roja en Irak y antes tuvo una beca Marie Curie en el Centro para Estudios Bélicos del University College de Dublín. Es autor de Soldados a la fuerza: Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil 1936-1939 (Madrid: Alianza Editorial, 2013) y editor de la antología analítica Voces de la trinchera: Cartas de combatientes republicanos en la Guerra Civil Española (Madrid: Alianza Editorial, 2015).
Xosé M. Núñez Seixas es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. Estudia las identidades regionales y nacionales en la Europa moderna y la historia cultural de la guerra y la violencia, en especial la de la Guerra Civil Española y el Frente Oriental en la Segunda Guerra Mundial. Es autor, entre otros, de Camarada invierno: Experiencia y memoria de la División Azul (Barcelona: Crítica, 2016), y coeditor de War Veterans and the World after 1945 (Londres: Routledge, 2018).
Mercedes Peñalba-Sotorrío es profesora de la Universidad Metropolitana de Manchester. Investiga el impacto de la guerra en países neutrales y la historia del Franquismo y del Fascismo transnacional, con especial atención a las relaciones entre partidos fascistas, su uso de la diplomacia cultural y el análisis de su propaganda y la relación con sus políticas y la propagación de la violencia. Es autora de La Secretaría General del Movimiento: Construcción, coordinación y estabilización del régimen franquista (Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015) y trabaja actualmente en una monografía sobre el desarrollo de las campañas de propaganda nazi en España y las relaciones hispano-germanas en la Segunda Guerra Mundial.
Hernán Rodríguez Velasco es doctor en Historia por la Universidad de Salamanca y ha escrito sobre los servicios de inteligencia militar de la República, lo que incluye al represivo SIM. Es autor de Una derrota prevista: El espionaje militar republicano en la Guerra Civil española (1936-1939) (Granada: Comares, 2012).
Michael Seidman es catedrático de Historia de la Universidad de Carolina del Norte, Wilmington. Su especialidad es la historia social/individual de la Europa moderna. Su libro más reciente es Transatlantic Antifascisms: From the Spanish Civil War to the End of World War II (Cambridge: Cambridge University Press, 2017). También ha escrito La victoria nacional:La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil (Madrid: Alianza Editorial, 2012) y A ras de suelo: Historia social de la República durante la Guerra Civil (Madrid: Alianza Editorial, 2003).
Verónica Sierra Blas es profesora de Historia de la Universidad de Alcalá, donde coordina el Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre Cultura Escrita (SIECE) y el grupo de investigación Lectura, Escritura, Alfabetización (LEA). Está especializada en el estudio de documentos personales contemporáneos, en especial cartas, y es autora de Palabras huérfanas: Los niños y la Guerra Civil (Madrid: Taurus, 2009) y Cartas presas: La correspondencia carcelaria en la Guerra Civil y el Franquismo (Madrid: Marcial Pons, 2016).
Ian Winchester es doctor por la Universidad de Nuevo México, donde investigó sobre el concepto de masculinidad y el servicio militar en la dictadura de Franco (1939-1975). Ha presentado su trabajo en numerosas conferencias, entre ellas en la Asociación de Estudios Históricos de España y Portugal.
James Matthews
El día primero de año de 1937 desafiamos al enemigo a un partido de fútbol. Concertamos la hora, salimos de las trincheras, construimos las porterías con ramas de árbol clavadas en el suelo y se inició el partido. Les ganamos por seis goles a dos. Cuando volvíamos y ya estábamos a punto de meternos en nuestras trincheras, comenzaron a dispararnos; pero creo que no lo hacían porque éramos rojos y ellos nacionales, sino porque les habíamos metido seis goles. Esto fue lo que les cabreó.
Memorias de Miguel Gila1Humorista y veterano de la Guerra Civil
Pese al incesante aluvión de libros sobre las fuerzas armadas españolas y sus guerras, los historiadores que se ocupan de la España del siglo XX se han centrado relativamente poco en la interacción entre sociedad, cultura y fuerzas armadas incluso en el periodo que goza abrumadoramente de mayor atención: la Guerra Civil Española de 1936-1939.
En su lugar, las historias militares de España existentes han tendido a analizar los aspectos organizativos y políticos de los distintos ejércitos del país2, así como los detalles precisos de sus diversas campañas militares3 y las biografías de sus líderes4. La bibliografía que se basa en esos marcos analíticos ha dado unos resultados extraordinarios y ha aumentado sustancialmente nuestros conocimientos sobre los ejércitos españoles en tiempos de guerra. Sin embargo, solo en las últimas décadas han examinado y dado prioridad los historiadores al estudio de las experiencias y motivaciones de los soldados de baja graduación y los civiles de las clases populares en sus trabajos sobre la sociedad española durante la guerra5. Como tales, las divisiones entre los historiadores sociales y culturales y los que se ocupan del aspecto militar tradicional han seguido siendo relativamente impermeables.
En la segunda década del siglo XXI la llamada nueva historia militar ya no es nueva en absoluto. A principios de los años noventa Peter Paret identificó que la etiqueta de «nueva» historia militar se remontaba al menos a finales de los años sesenta y la definió como:
Un distanciamiento parcial del concepto de que los grandes capitanes y las armas, tácticas y operaciones son los principales intereses del estudio histórico de la guerra. En su lugar, se nos pide que prestemos mayor atención a la interacción entre guerra y sociedad, economía, política y cultura6.
El razonamiento de que un enfoque social y cultural de la guerra y la violencia enriquece nuestra comprensión de su causalidad, experiencia y consecuencias es ampliamente aceptado7. También ha servido para subrayar «la variedad y el cambio que han caracterizado a las instituciones, pensamiento y prácticas militares a lo largo de las distintas épocas»8. Una definición más amplia de la historia militar, así como el apartarse de la perspectiva basada en el campo de batalla, han permitido formular nuevas preguntas sobre las sociedades y gentes en guerra, sobre todo cuando también se emplean análisis comparados y transnacionales. Los enfoques metodológicos más recientes de las guerras se centran en la fenomenología y lógica de la violencia9, lo cual acostumbra en buena medida a estar ausente de la historia militar tradicional, y las nuevas y originales evaluaciones que producen han transformado en especial el estudio de la Primera Guerra Mundial. En ese caso concreto, el diálogo entre historia militar e historia social y cultural ha conseguido cuestionar las interpretaciones políticas y nación-céntricas tradicionales de ese conflicto, e incluso sus límites espaciales y temporales10. De esa manera permite una comprensión más compleja y matizada de la Primera Guerra Mundial, al incorporar experiencias y narraciones en tiempos de guerra y, lo que tiene igual importancia, su legado en el mundo de posguerra. Estos enfoques aún no se han aplicado de forma tan exhaustiva a la Segunda Guerra Mundial, por más que hay algunos estudios recientes que también han proporcionado nuevas percepciones dignas de encomio de las preocupaciones y motivaciones de quienes participaron en ese conflicto11.
Este volumen, que quiere desarrollar un diálogo similar entre historia militar e historia social y cultural aplicado al caso español, tiene dos objetivos principales. El primero es presentar investigaciones recientes e innovadoras sobre la relación entre las fuerzas armadas españolas y la sociedad y la cultura. El hilo principal que recorre este libro es el impacto de la movilización bélica en la vida de las personas, con la ambición de volver a introducir la experiencia de ese grupo que no pertenecía a la élite en la historia estructural del periodo. Los participantes de baja graduación de las fuerzas armadas y los de clase baja de la retaguardia son tratados como personas con cierto grado de poder propio, más que como meros peones dentro de rígidos sistemas organizativos en los que solo los que ostentan el mando toman decisiones e influyen en los resultados12. La idea subyacente es que la toma diaria de elecciones por parte de los subalternos, por muy limitadas que sean, puede afectar significativamente al desarrollo de los procesos históricos y a nuestra comprensión de ellos. Este centro de atención analítico también arroja una importante luz sobre las particularidades de la experiencia bélica española, lo cual incluye el modo en que el conflicto estuvo enmarcado por los relatos embellecidos de ambos bandos, así como por los mecanismos para movilizar a la gente en masa13. El segundo objetivo es permitir que los lectores puedan acceder a una parte representativa de la principal historiografía en castellano sobre este tema que no estaba disponible en inglés.
Estos capítulos complementan, y a veces cuestionan, la historiografía política tradicional, al poner el énfasis en la perspectiva de la experiencia bélica y de la movilización de las bases entre 1936 y 1944. Elegimos esas fechas para incorporar los años en que la sociedad española vivió el periodo más intenso de «movilización cultural» en tiempo de guerra de todo el siglo XX14. Eso no solo ocurrió durante la propia Guerra Civil, sino también durante la Segunda Guerra Mundial, ya que entonces, aun siendo tiempo de paz en España, el régimen del general Francisco Franco se reafirmó por medio de una continua movilización contra sus enemigos republicanos y siguió en pie de guerra a causa del encarnizado conflicto global que estaba teniendo lugar15. Este libro se centra considerablemente en la Guerra Civil Española por el doble motivo de que fue el periodo en que la mayoría de españoles, tanto soldados como civiles, se vieron directamente afectados por el conflicto bélico, y porque posteriormente eso es lo que ha recibido la mayor atención por parte de los historiadores que estudian sus dimensiones sociales y culturales. También se concentra en el ejército de tierra, más que en la marina o en las fuerzas aéreas, por ser de los tres cuerpos el mayor y más influyente en que sirvieron los españoles o con el que más tuvieron contacto. No obstante, la guerra aérea se tiene en cuenta por el profundo efecto que los continuos bombardeos tuvieron en la experiencia del conflicto por parte de los civiles. Por último, también se ocupa de los aspectos humanos y empíricos de la «nueva» historia militar e intenta cubrir un amplio sector de la sociedad española (y colonial). Sin embargo, han quedado fuera excelentes trabajos sobre, por ejemplo, la financiación de la guerra en España y la participación de combatientes internacionales, así como lo relacionado con la memoria de la guerra16.
Durante la mayor parte del siglo XX la política y el ejército españoles estuvieron muy relacionados, por más que una España cada vez más empobrecida había dejado de ser una importante potencia militar europea a principios del siglo XIX y que con frecuencia aquejaban a sus fuerzas un equipamiento obsoleto, los bajos sueldos y un adiestramiento inadecuado. Pese a asociarse con las reformas liberales y el progreso en el siglo XIX, durante buena parte del XX las fuerzas armadas se convirtieron en buena medida en sinónimo de conservadurismo y políticas reaccionarias, con unas pocas excepciones destacadas17.
En las postrimerías del siglo XIX, el ejército español quedó muy tocado por la pérdida de los restos del imperio de ultramar del país, sobre todo por la de Cuba, Filipinas y Puerto Rico en 1898. Su mayor reto era mantener su relevancia y dignidad tras esas catastróficas derrotas a manos de Estados Unidos. Por lo tanto, a lo largo de las siguientes décadas las fuerzas armadas canalizaron sus ambiciones colonialistas a través de una serie de guerras relacionadas entre sí en Marruecos, intercaladas con campañas de «pacificación» a pequeña escala y expansionistas. La Guerra de Melilla de 1909-1910 y la del Rif de principios a mediados de los años veinte ampliaron el control de España en el norte de África, pero no sin sufrir reveses sangrientos y humillantes, entre ellos la derrota en 1909 en el llamado Barranco del Lobo, y el desastre de Annual de 1921, en el que bereberes del Rif mataron a unos 10.000 españoles, en su mayoría reclutas.
Esos sucesos tuvieron consecuencias directas en la política de la península. En 1909, reservistas catalanes que iban a embarcarse para Marruecos se sublevaron y desataron las huelgas de la «Semana Trágica» y una oleada de quemas de iglesias; el desastre de Annual, como se le llamó en España, llevó a la caída del gobierno de Manuel Allendesalazar y animó al general Miguel Primo de Rivera a dar un golpe militar en 1923, en parte para evitar que el ejército tuviera que enfrentarse a una investigación a fondo y hubiese de asumir la responsabilidad de la derrota. También se ha argumentado convincentemente que la experiencia de los oficiales en los conflictos de Marruecos dio como resultado que usaran métodos propios de las colonias contra los movimientos proletarios en España. Eso es lo que ocurrió especialmente en la revolución de mineros asturianos de octubre de 1934 y luego durante la Guerra Civil18.
Durante el periodo inmediatamente posterior a 1898 las fuerzas armadas también pulieron el papel que se arrogaban de garantes de la nación española tradicional y de sus jerarquías sociales y económicas. Eso se manifestó en su prerrogativa para identificar y reprimir a «enemigos internos» tales como los separatistas catalanes y vascos y las organizaciones políticas obreras, incluidos socialistas, anarquistas y comunistas, así como a sus sindicatos, que querían conseguir el sufragio político masivo y la reforma agraria19. Esa proclividad pretoriana, marcada por los «pronunciamientos» de oficiales, fue especialmente destacada en la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), así como en el alzamiento de julio de 1936 que desencadenó la Guerra Civil y luego durante la larga dictadura de Franco. Los oficiales que servían en Marruecos (los «africanistas», para distinguirlos de los «peninsulares») se identificaron particularmente con el llamamiento a defender la España tradicional y destacaron entre los insurgentes del inicio de la Guerra Civil. No obstante, también hubo muchos llamamientos a que se diera un golpe de Estado militar en 1919 en el punto álgido de las numerosas huelgas que provocaron un «temor rojo» antibolchevique, además del fallido golpe militar de 1932, con el general José Sanjurjo a la cabeza, contra el gobierno republicano-socialista de la Segunda República. Esa tendencia se veía fomentada por existir unas líneas divisorias poco claras entre el ejército y las fuerzas del orden público, lo que permitía que incluso hubiera traslado de oficiales de un cuerpo a otro. De hecho, las fuerzas armadas fueron decisivas a la hora de sofocar levantamientos potencialmente revolucionarios tanto durante los conflictos en el sector industrial de 1917, organizados por socialistas y anarquistas, como en la huelga de mineros asturianos de 1934. Además, entre 1906 y 1931 las fuerzas armadas siguieron teniendo jurisdicción judicial sobre la población civil española que ofendiera el «honor» del ejército o de la patria20.
Ni 1914 ni 1945 fueron los principales momentos cruciales de la historia política o militar de España, en contraste con la mayoría del continente europeo. En ambas guerras mundiales España fue oficialmente neutral, aunque esos conflictos produjeron divisiones políticas internas. En la Primera Guerra Mundial, las tensiones entre los que apoyaban a la Entente —por lo general, liberales y socialistas— y los que respaldaban a las Potencias Centrales —conservadores, ejército y aristocracia— han sido descritas como una enconada «guerra civil de palabras»21. Desde principios de la Segunda Guerra Mundial hasta sus fases intermedias, los falangistas de línea dura urgieron a Franco a unirse a las potencias del Eje para hacer realidad sus ambiciones expansionistas para España, lo que incluía a Portugal y el norte de África francés. Aunque formalmente España no entró en guerra, en parte porque tras la Guerra Civil su ejército estaba en una situación crítica de falta de fondos y equipamiento pese a estar también hipertrofiado, sí envió unidades de voluntarios —la División Azul (ejército de tierra) y la Escuadrilla Azul (aviación)— para luchar junto con Alemania en el este de Europa contra la Unión Soviética y el comunismo.
El marco temporal de la historia militar española es sustancialmente distinto al de las grandes potencias europeas. La guerra más importante y devastadora que sufrió el país en el siglo XX fue un conflicto intestino, lo cual no ocurriría en la mayor parte del continente, en el que dos bandos combatieron para imponer su versión de la identidad española y configurar el futuro del país. Y aunque las fuerzas armadas españolas estuvieron con frecuencia combatiendo en el periodo que cubre este libro, en ningún momento participaron a gran escala en cualesquiera guerra internacional. Pese a que los artículos de este volumen se ocupan principalmente de personas, sería imposible escribir una historia de España y de españoles en tiempos de guerra sin esbozar el curso de las campañas militares que se libraron en ese periodo y el modo en que los capítulos de este libro se ajustan a él.
La Guerra Civil que se inició el 17 de julio de 1936 se desencadenó cuando facciones del ejército destacado en el Protectorado de Marruecos se sublevaron contra el Gobierno republicano, haciendo que volvieran a estallar una serie de conflictos diversos y superpuestos —entre centralistas y autonomistas, tradicionalistas y reformistas, creyentes y laicos, urbanitas cosmopolitas y tradicionalistas rurales, así como la lucha de clases y de distintas ideologías— que habían sacudido España produciendo conflictos sociales a menudo teñidos de violencia. Los conspiradores actuaron movidos por su miedo común a la izquierda española, que pensaban que estaba ganando terreno y que relacionaban directamente con el separatismo, la revolución social, la secularización y el desmoronamiento del orden público. Para ellos, la Segunda República española, sobre todo bajo el gobierno del Frente Popular que fue elegido en febrero del 36, encarnaba ese ataque a la España tradicional y estaba detrás del aumento de la violencia callejera y de las huelgas. Aunque los conspiradores militares esperaban una victoria rápida, el relativo equilibrio de fuerzas dio lugar a una violenta guerra civil de tres años en la que también se vieron implicadas la Alemania nazi y la Italia fascista en el bando nacional y la Unión Soviética en el republicano22. Y resultó que su sublevación contra el Gobierno desencadenó la revolución social de la que precisamente querían defender a España.
Durante la división inicial y confusa de España en dos bandos, ambos se afanaron en conseguir tanto apoyo armado como legitimidad. El 18 de julio de 1936, numerosas unidades militares de la península siguieron el ejemplo de las de Marruecos y se hicieron con el control de considerables franjas de territorio: la totalidad de Castilla la Vieja, León, Galicia y Navarra; las partes occidentales de Aragón y Andalucía, así como Cáceres, la provincia del norte de Extremadura. Incluían zonas en las que había altos niveles de activismo izquierdista, entre ellas Sevilla y Zaragoza, y en tres ciudades destacadas, Oviedo, Toledo y Granada, las guarniciones de los militares rebeldes quedaron aisladas por la población hostil hasta que fueron liberadas. Las fuerzas leales al Gobierno conservaron el control del resto de España, lo que incluía a las urbes más grandes, Madrid, Barcelona y Valencia; sin embargo, los territorios del norte, esto es, Asturias, Santander y la mayor parte del País Vasco, quedaron aislados de la zona republicana principal. Fue también el periodo de mayor represión en las retaguardias de las dos zonas, de manera que la violencia que hubo en ellas por parte de ambos bandos se cobró casi tantas vidas durante la Guerra Civil Española como los combates en sí. Se debió a causas de muy diversa índole que se remontaban a bastante antes de la Guerra Civil y que llevaron a muchos miles a cometer matanzas que fueron más intensas justo después del levantamiento.
En ambos bandos, unidades ad hoc de milicianos y columnas móviles formadas por militantes políticos y miembros de las fuerzas armadas y de seguridad combatieron entre sí para hacerse con el control de ciudades y posiciones estratégicas, por ejemplo, los pasos de montaña al norte de Madrid. En el bando del Gobierno, socialistas, anarquistas y el Partido Comunista cada vez mayor movilizaron a sus militantes y sindicatos, que creían estar tomando parte en una gran guerra civil revolucionaria de carácter sociopolítico. También montaron columnas de milicianos que fueron la espina dorsal de la defensa inicial, improvisada y a la desesperada, de la República contra los sublevados, por más que no siempre cooperasen de forma efectiva entre sí. Ese es el tema de la aportación de Michael Alpert y James Matthews, que estudia el periodo anterior a la creación formal del Ejército Popular de la República en octubre de 1936 y dilucida cómo un levantamiento militar que tuvo éxito en parte encontró la suficiente resistencia para que el conflicto se convirtiese en una larga guerra convencional. En el bando nacional, las milicias las formaron principalmente falangistas y carlistas, además de seguidores de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Las milicias falangistas y carlistas son el tema del capítulo de Mercedes Peñalba-Sotorrío. Aunque también ellas fueron parte fundamental de la movilización inicial de los nacionales, se unieron rápidamente en una identidad política única subordinada a los líderes militares de los rebeldes. Eso provocó importantes fricciones entre las dos organizaciones que tuvieron su reflejo en los milicianos que luchaban en el frente, por más que las divisiones en el bando nacional no fuesen tan fuertes como aquellas a las que se tuvieron que enfrentar sus enemigos.
Si bien antes de la guerra el ejército español estaba a grandes rasgos dividido por igual entre los dos bandos, en el nacional siguió en buena medida intacto desde el punto de vista organizativo en marcado contraste con el republicano, en el que muchas unidades se dispersaron en medio de la revolución social. En ese periodo ambos bandos también intentaron procurarse ayuda internacional. Por un lado, aviación alemana e italiana colaboró en el transporte del Ejército de África de élite a Sevilla para que empezara su vertiginoso avance hacia Madrid, y, por otro, la ayuda militar soviética y las primeras Brigadas Internacionales llegaron a la zona republicana a tiempo de participar en la victoriosa defensa de la capital. En muchos sentidos, el que los sublevados no consiguieran tomar Madrid —una situación en la que el equilibrio de fuerzas era tal que ninguno de los dos bandos podía imponerse de pleno— marcó la transición de un golpe de Estado militar que en parte había triunfado a una guerra civil en toda su extensión. Ese cambio estuvo acompañado por la militarización y organización del bando republicano, especialmente con la creación del Ejército Popular y su comisariado político. Ambos bandos impusieron el servicio militar obligatorio en masa —los nacionales de forma automática y los republicanos con mayores vacilaciones por razones políticas—, con lo que a lo largo de tres años casi tres millones de hombres recibieron la orden de movilizarse para servir en los dos ejércitos. James Matthews estudia la creación y organización de los ejércitos de reclutas en las dos zonas en el contexto de la «guerra total», así como la experiencia concreta de los españoles que se vieron obligados a luchar en comparación con la de otras guerras europeas contemporáneas23. Mientras que los nacionales heredaron la mayor parte de las estructuras y tradiciones del ejército de preguerra, los republicanos crearon un nuevo modelo de fuerza armada que surgió de sus milicias.
En la siguiente fase del conflicto, dos ejércitos de considerable tamaño se enfrentaron alrededor de Madrid sin que ninguno fuera capaz de salir del impasse en que se encontraban, y los nacionales consiguieron volver a tomar la franja aislada de territorio republicano del norte. Dos veces intentaron los nacionales rodear la capital, una por el sur, en el valle del Jarama (febrero de 1937), y luego por el norte, avanzando con sus aliados italianos, el Corpo Truppe Volontarie (CTV), por Guadalajara en marzo. Y las dos veces los republicanos los repelieron con un gran coste para ambos bandos. Los republicanos contraatacaron en Brunete en julio, pero su ofensiva no consiguió dar ímpetu a sus acciones bélicas en general. Sin embargo, en el norte fue distinto, ya que el avance de los rebeldes nacionales aplastó las aspiraciones independentistas de los vascos tras tomar Bilbao en junio y entrar en Irún, cerca de la frontera con Francia, en agosto. A finales de septiembre de 1937 la zona republicana del norte ya estaba sometida. Al mismo tiempo, facciones comunistas y anarquistas del bando republicano lucharon entre sí en las calles de Barcelona en mayo de 1937, lo que provocó una crisis gubernamental que obligó al presidente Largo Caballero a dimitir. Su sucesor, el médico Juan Negrín, aunque socialista, era más afín a las posiciones comunistas. También quiso mantener la revolución fuera del Gobierno, para lo que consolidó el poder de este sobre las organizaciones obreras y pudo introducir una disciplina más tradicional en el Ejército republicano.
Pese a la afluencia masiva de hombres a las dos fuerzas armadas y la adquisición a gran escala de material bélico, ningún bando tuvo la capacidad de desplegar más de un solo ejército operativo principal en ningún momento de todo el conflicto. Los dos ejércitos también se tuvieron que enfrentar al importante reto de mantener a sus combatientes comprometidos con la causa, como examina Pedro Corral en su estudio sobre las deserciones. No obstante, fue el bando republicano el que tuvo problemas especialmente graves como resultado de las ausencias no autorizadas, sobre todo hacia finales de la guerra, cuando los suministros —y, por tanto, la moral de los combatientes— eran a menudo extremadamente escasos. El afán de los nacionales por crear una fuerza de combate eficaz también incluyó la movilización de un número sin precedentes de soldados marroquíes procedentes de los protectorados de España y Francia. Casi 70.000 de ellos, que contaban con una aterradora reputación militar, lucharon con los sublevados en España, y Ali Al Tuma analiza sus experiencias, motivaciones e interacción con la población española. Los dos bandos también quisieron tener una comprensión eficaz de los movimientos y moral del enemigo. En un capítulo que se sirve de la «nueva» historia de combate, Hernán Rodríguez Velasco traza el funcionamiento a nivel de bases de los servicios de información y espionaje del Gobierno por medio del estudio de los agentes de primera línea y sus contactos civiles en territorio nacional. Sin embargo, ningún bando hizo un uso importante de guerrillas, en parte porque sus líderes desconfiaban de la independencia política que eso podría suponer.
Después de Madrid, los nacionales se concentraron en el centro-este del país y avanzaron hacia Aragón. Aunque la República todavía tenía un ejército grande y poderoso, fue perdiendo poco a poco territorio a manos del enemigo. No obstante, fue capaz de llevar a cabo dos últimas ofensivas de importancia. La primera fue la de Teruel, la única capital de provincia que fue vuelta a tomar por el Gobierno en toda la guerra y que se rindió a las tropas republicanas en diciembre de 1937. Aun así, al final la victoria quedó en nada, ya que los nacionales contraatacaron y volvieron a hacerse con la ciudad en febrero de 1938, en pleno invierno gélido, y avanzaron hasta partir de nuevo la zona republicana en dos al llegar a la costa mediterránea en abril. Esa derrota republicana en Teruel del invierno de 1937-1938 suele considerarse el punto de inflexión militar de la guerra. A partir de ahí, el Gobierno estuvo cada vez más falto de hombres y suministros, por lo que tuvo que esquilmar los campos agrícolas antes de la finalización del conflicto y obligar a hombres reacios a luchar, de edades comprendidas entre los dieciséis y los cuarenta y cinco años, a unirse a las unidades del frente. La segunda ofensiva republicana, lanzada a lo largo del río Ebro en julio de 1938, de nuevo triunfó al principio y cogió por sorpresa al mando militar de los nacionales. Sin embargo, al igual que en la campaña de Brunete, la infantería republicana quedó inmovilizada y en noviembre los refuerzos de los sublevados ya habían hecho que se replegasen hasta su punto de inicio, tras lo que el Ejército republicano se batió en retirada en plena confusión y desorden y los nacionales avanzaron rápidamente hacia el noreste del país. La ciudad de Barcelona cayó el 26 de enero de 1939, lo que provocó un éxodo masivo de refugiados a Francia. En la escena internacional, Gran Bretaña y Francia firmaron el Acuerdo de Múnich en septiembre de 1938 con la Alemania nazi y la Italia fascista —que daban abiertamente ayuda militar a Franco desde el principio de la contienda—, con lo que el Gobierno republicano perdió la esperanza de que el estallido de un conflicto europeo obligara a esas dos democracias a intervenir en España de su parte24.
En la Guerra Civil los ciudadanos españoles se vieron expuestos por primera vez a los efectos de la «guerra total» sin que ni su género, edad o condición de no combatientes los librasen de sus consecuencias directas, que incluyen la violenta represión en la retaguardia de la que hablábamos antes, así como los bombardeos, enfermedades y amplias escaseces críticas, sobre todo de alimentos, que constreñían el esfuerzo bélico republicano y hacían que sus ciudadanos, muchos de los cuales eran refugiados, pasaran hambre y se desmoralizasen. En su capítulo, Michael Seidman aporta un análisis comparativo de las economías de los dos bandos enfrentados y argumenta que los nacionales sublevados fueron más eficaces a la hora de establecer controles económicos y proveer a su zona de necesidades básicas, un factor crucial para su victoria. No obstante, los civiles también entraron en contacto con los militares durante la guerra y en el periodo posterior de otras formas: por ser familia y cónyuges de soldados llamados a filas, por trabajar en enfermería y otras ocupaciones, así como por el número cada vez mayor de mujeres que se dedicaron a la prostitución. En ese contexto, Ángela Cenarro estudia el trabajo social durante la guerra y la importante y politizada movilización femenina para cuidar de ancianos, refugiados, mujeres y niños. En su capítulo, Verónica Sierra Blas examina la experiencia de los niños en la guerra no solo como víctimas del conflicto, sino como agentes históricos por derecho propio. En ese sentido, fueron tanto la fuente como el objetivo de los relatos de movilización bélica. Suzanne Dunai aporta un estudio sobre ciudades republicanas durante la guerra, centrándose en la alimentación y en la situación cada vez más desesperada para conseguir comida, una preocupación cotidiana para todos los españoles de esa zona independientemente de su edad, género o filiación política.
En la fase final de la Guerra Civil, el Gobierno de la República volvió a discrepar sobre si continuar resistiéndose a toda costa o intentar negociar con los nacionales. Esas divisiones terminaron llevando a la sublevación que tuvo lugar en Madrid, por el que los comunistas se enfrentaron a los otros grupos políticos que formaban el gobierno que en marzo de 1939 se rebelaron contra la presidencia de Negrín para intentar negociar el fin de la contienda. Esa segunda oleada de luchas callejeras acabó por desmoralizar definitivamente a los que todavía defendían a la República, y el 28 de marzo de 1939 Madrid se rindió a las tropas nacionales sin apenas oponer resistencia. Unos días después, el 1 de abril de 1939, Franco declaró concluida la Guerra Civil tras la derrota de la República.
No obstante, la España nacional no dejó de estar en pie de guerra ni desmovilizó a sus fuerzas de inmediato. Por el contrario, se pasó sin fisuras a un periodo de posguerra caracterizado por la elaboración de narraciones sublimadas por parte de los vencedores y su represión de los republicanos, bajo la sombra de la guerra europea que se cernía. Como muestra Ángel Alcalde, la represión cultural de los derrotados fue fundamental para la construcción y consolidación del régimen de Franco, que excluyó a los republicanos de la vida nacional y dejó a muchos en la mayor miseria. A la vez que el estado concedía beneficios a veteranos del bando vencedor, como eran puestos preferentes en la administración pública, muchos otros tuvieron que enfrentarse a grandes penalidades en la posguerra, como ese estudio demuestra. El violento relato anticomunista de los nacionales se mantuvo en la guerra mundial durante el conflicto, tan limitado como encarnizado, de España contra la Unión Soviética, como analiza Xosé M. Núñez Seixas en su capítulo sobre la División Azul y su despliegue en el este entre 1941 y 1944 junto con la Wehrmacht nazi. Desde el punto de vista numérico, sin embargo, la movilización de españoles que lucharon en Rusia fue relativamente pequeña en comparación con la que continuó activa en el interior de España en la fase temprana de la Segunda Guerra Mundial, en la que las infladas fuerzas armadas también lucharon contra guerrillas de organización comunista que querían derrocar a Franco. Las fuerzas armadas fueron, junto con la Iglesia católica, un pilar fundamental del régimen franquista, y, como examina Ian Winchester en su capítulo, las autoridades franquistas hicieron uso del servicio militar obligatorio y generalizado en tiempo de paz para imponer su modelo prescriptivo de masculinidad sobre gran cantidad de hombres españoles a través de su discurso militar, educación y cultura. También aprovechó el largo periodo de cuatro años de servicio militar para castigar a los que habían luchado en el bando republicano en la Guerra Civil y mantener durante la Segunda Guerra Mundial un gran ejército permanente de carácter preventivo.
En definitiva, los capítulos que siguen buscan recuperar a los individuos de la historia política de 1936 a 1944 y examinan minuciosamente la experiencia y movilización bélicas en un contexto de «guerra total», con lo que se reconsidera una faceta humana fundamental de la historia española del siglo XX.
Casanova, Julián. España partida en dos: Breve historia de la Guerra Civil española.Barcelona: Crítica, 2013.
Graham, Helen. Breve historia de la Guerra Civil. Madrid: Espasa, 2006.
Lannon, Frances. The Spanish Civil War 1936-1939. Oxford: Osprey, 2002.
Thomas, Hugh. La Guerra Civil Española, 2 vols. Barcelona: Grijalbo, 1978.
Vincent, Mary. Spain, 1833-2002: People and State. Oxford: Oxford University Press, 2007.
1 Miguel Gila, Y entonces nací yo: Memorias para desmemoriados (Madrid: Temas de Hoy, 1995), 181.
2 La mejor visión de conjunto del ejército español es A Military History of Modern Spain: From the Napoleonic Era to the International War on Terror, ed. Wayne H. Bowen y José E. Álvarez (Westport, CT: Praeger, 2007). Véase también Fernando Puell de la Villa, Historia del Ejército en España (Madrid: Alianza Editorial, 2009), así como el excelente El Ejército Popular de la República, 1936-1939, 3.ª edición (Barcelona: Crítica, 2007), de Michael Alpert, y José Semprún, Del Hacho al Pirineo: El Ejército nacional en la guerra de España (Madrid: Actas, 2004).
3 El autor más prolífico de descripciones minuciosas de campañas es José Manuel Martínez Bande, Monografías de la guerra de España, i-xviii (Madrid: San Martín, 1964-1979).
4 La biografía más conocida, que va mucho más allá de la historia militar tradicional, es la magistral Franco: Caudillo de España (Barcelona: Grijalbo, 2002), de Paul Preston. Véase también, por ejemplo, José Andrés Rojo, Vicente Rojo: Retrato de un general republicano (Barcelona: Tusquets, 2005).
5 Destacan especialmente Pedro Corral, Desertores: La guerra civil que nadie quiere contar (Barcelona: Debate, 2006); José Hinojosa Durán, Tropas en un frente olvidado: El ejército republicano en Extremadura durante la Guerra Civil (Mérida: Editora Regional Extremadura, 2009); y los dos libros de Michael Seidman, A ras de suelo: Historia social de la República durante la Guerra Civil (Madrid: Alianza Editorial, 2003) y La victoria nacional: La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil (Madrid: Alianza Editorial, 2012). Mi libro Soldados a la fuerza: Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil 1936-1939 (Madrid: Alianza Editorial, 2013) sigue esa misma línea. En los años setenta Rafael Abella publicó dos relatos muy vívidos de la retaguardia nacional y la republicana durante la Guerra Civil, pero lamentablemente no indicó sus fuentes: La vida cotidiana durante la guerra civil: La España Nacional (Barcelona: Planeta, 2006) y La vida cotidiana durante la guerra civil: La España Republicana (Barcelona: Planeta, 2004). La mayoría de estas obras subrayan el papel jugado por individuos que actuaban por puro interés personal y no estaban a la altura del compromiso ideológico que cabía esperar de ellos. Para una visión alternativa del bando republicano, que argumenta que «una cultura antifascista […] se estaba desarrollando en España», la cual, aunque sincrética, era auténtica y popular, véase Hugo García, «Was There an Antifascist Culture in Spain during the 1930s?», en Rethinking Antifascism: History, Memory and Politics, 1922 to the Present, ed. Hugo García et al. (Nueva York: Berghahn, 2016), 92-113.
6 Peter Paret, «The New Military History», en Parameters, The US Army War College Quarterly (otoño 1991): 10-11.
7 Mark Moyar, «The Current State of Military History», en The Historical Journal 50 (2007): 225-240. Véase también Jeremy Black, Rethinking Military History (Oxford: Routledge, 2004). Sin embargo, sus críticos argumentan que tal vez el péndulo haya oscilado demasiado en el otro sentido, lo que lleva a un «papel reducido de los combates dentro de las narraciones analíticas» en la «nueva» historia militar. Véase William P. Tatum III, «Challenging the New Military History: The Case of Eighteenth-Century British Army Studies», History Compass, 5/1 (2007): 80. Los ensayos incluidos en Warfare and Culture in World History, ed. Wayne E. Lee (Nueva York: New York University Press, 2011) también abogan por el «regreso al campo de batalla», pero sin dejar de examinar el papel de la cultura.
8 John A. Lynn, Battle: A History of Combat and Culture (Nueva York: Westview, 2003), xiv.
9 Véase especialmente Joanna Bourke, An Intimate History of Killing: Face-to-Face Killing in Twentieth-Century Warfare (Londres: Granta, 1999); Dave Grossman, On Killing: The Psychological Cost of Learning to Kill in War and Society (Nueva York: Back Bay, 2009) y Stathis N. Kalyvas, The Logic of Violence in Civil War (Cambridge: Cambridge University Press, 2006).
10 Para un ejemplo reciente e innovador de estudio histórico comparado y transnacional que amplía el propio concepto de la Primera Guerra Mundial, véase War in Peace: Paramilitary Violence in Europe after the Great War, ed. Robert Gerwarth y John Horne (Oxford: Oxford University Press, 2012).
11 Para las motivaciones de determinadas personas, véase, por ejemplo, Sönke Neitzel y Harald Welzer, Soldaten: On Fighting, Killing and Dying (Londres: Simon & Schuster, 2012). Para las experiencias en primera línea del frente, véase Omer Bartov, The Eastern Front, 1941-1945: German Troops and the Barbarisation of Warfare, 2.ª edición (Basingstoke: Springer, 2001).
12 Para un enfoque teórico de esa capacidad de poder aplicada a la historia, véase Alex Callinicos, Making History: Agency, Structure, and Change in Social Theory (Leiden: Brill, 2004).
13 Esto se aparta de lo que Lynn llama el concepto del «soldado universal», que no explica suficientemente las variaciones culturales al estudiar distintas sociedades en guerra, y que por extensión también podría, en la era de la «guerra total», ampliarse para incluir el concepto también defectuoso del «civil universal». Véase Lynn, Battle, xiii-xvii. En ese contexto, se entiende que los relatos adornados son lo que sintetizaba y caracterizaba los significados fundamentales del conflicto para los que participaban en él. Véase, por ejemplo, Samuel Hynes, «Personal Narratives and Commemoration», en War and Remembrance in the Twentieth Century, ed. Jay Winter y Emmanuel Sivan (Cambridge: Cambridge University Press, 1999), 207.
14 El término «movilización cultural» lo acuñó John Horne, «Introduction: Mobilizing for «Total War», 1914-1918», en State, Society and Mobilization in Europe during the First World War, ed. John Horne (Cambridge: Cambridge University Press, 2002), 1-18.
15 La argumentación de que la Guerra Civil no terminó al finalizar el conflicto bélico en sí está estrechamente relacionada con Michael Richards, Un tiempo de silencio: La guerra civil y la cultura de la represión en la España de Franco, 1936-1945 (Madrid: Crítica, 1999). El régimen de Franco empezó a desmovilizarse ya avanzada la Segunda Guerra Mundial. Véase Ismael Saz Campos, «El primer franquismo», Ayer, 36 (1999): 201-222.
16 Véase, por ejemplo, el meticuloso La financiación de la Guerra Civil Española: Una aproximación histórica (Barcelona: Planeta, 2012), de José Ángel Sánchez Asiaín; Richard Baxell, British Volunteers in the Spanish Civil War: The British Battalion in the International Brigades 1936-1939 (Londres: Routledge, 2004), y Paloma Aguilar, Memoria y olvido de la guerra civil española (Madrid: Alianza Editorial, 1996).
17 Por ejemplo, Fermín Galán fue ejecutado en 1930 por liderar una sublevación militar republicana y antimonárquica en Jaca. Durante la Segunda República, algunos oficiales de izquierdas se unieron a la clandestina Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA).
18 Sebastian Balfour, Abrazo mortal: De la guerra colonial a la guerra civil en España y Marruecos (Madrid: Península, 2002).
19 Para estudios clásicos sobre política y ejército en ese periodo, véase Stanley G. Payne, Los militares y la política en la España contemporánea (París: Ruedo Ibérico, 1968), y Carolyn Boyd, La política pretoriana en el reinado de Alfonso XIII (Madrid: Alianza Editorial, 1990).
20 Manuel Ballbé, Orden público y militarismo en la España constitucional 1812-1983 (Madrid: Alianza Editorial, 1983).
21 Gerald H. Meaker, «“A Civil War of Words”: The Ideological Impact of the First World War in Spain», en Neutral Europe between War and Revolution 1917-23, ed. Hans A. Schmitt (Charlottesville: University of Virginia Press, 1988), 1-66.
22 Los términos «nacional» y «republicano» se usan en todo el libro simplemente para identificar a los dos bandos enfrentados.
23 La definición de «guerra total» tiene sus detractores, sobre todo en lo referente a si se debería tomar como modelo a la Primera Guerra Mundial o a la Segunda. Véase Roger Chickering y Stig Förster, «Are We There Yet? World War II and the Theory of Total War», en A World at Total War: Global Conflict and the Politics of Destruction, ed. Roger Chickering, Stig Förster y Bernd Greiner (Cambridge: Cambridge University Press, 2005). Para el caso español, véase Roger Chickering, «The Spanish Civil War in the Age of Total War», en «If You Tolerate This…»: The Spanish Civil War in the Age of Total War, ed. Martin Baumeister y Stephanie Schüler-Springorum (Fráncfort: Verlag, 2008), 28-46.
24 Michael Alpert, A New International History of the Spanish Civil War, 2.ª edición (Basingstoke: Palgrave Macmillan, 2004), 165-170. La política de resistencia se asociaba especialmente con el presidente Negrín.
Michael Alpert y James Matthews
El levantamiento de militares de derechas que tuvo lugar el 17 de julio de 1936 y que resultó victorioso solo en parte provocó una rápida respuesta de la izquierda española, la cual se movilizó para enfrentarse a la facción insurgente del ejército. Los grupos que lucharon en defensa de la República justo después del golpe de estado eran una combinación descoordinada y diversa de milicias de voluntarios organizadas por sindicatos y partidos políticos. Socialistas, anarquistas y comunistas, todos los cuales querían promover sus propias agendas políticas —que incluían la revolución social— mientras luchaban para el gobierno, formaron columnas y armaron a sus militantes con la ayuda de las autoridades para sofocar la insurrección. Se vieron reforzados y a veces también dirigidos por miembros de las fuerzas armadas y de seguridad26. Esos hombres, y en menor medida mujeres, fueron la primera línea de defensa de la República contra los insurgentes después de que el ejército español regular de preguerra se desintegrara —sobre todo en las zonas en que el levantamiento militar fracasó— y la revolución reinase en general27.
Esa fase inicial de la Guerra Civil Española, dominada por las milicias republicanas, cautivó a sus contemporáneos y a posteriores observadores, de manera que la imagen de semejante movilización popular ha persistido como principal punto de referencia hasta hoy. Ciertamente, las milicias han eclipsado a otros participantes republicanos en la memoria popular de la guerra, con la excepción tal vez de las famosas Brigadas Internacionales. El proceso empezó a principios del conflicto y fue dirigido tanto por españoles como por extranjeros, a menudo con un objetivo ideológico. Las versiones politizadas de las luchas que se libraban en España, así como las fotografías propagandísticas que se orquestaron de milicianos y milicianas, contribuyeron en gran medida a ese desarrollo28. Una de las principales razones era que la imagen de la movilización popular beneficiaba al Gobierno de la República y a sus partidarios, pues iba asociada a un apoyo masivo y les proporcionaba legitimidad. También era conveniente desde el punto de vista político, ya que las milicias estaban compuestas en su mayor parte por obreros industriales y agricultores.
No obstante, pese a la elevada posición que ocupan las milicias en el panteón de la defensa de la República en la Guerra Civil, se ha estudiado relativamente poco a esos primeros defensores29. Este capítulo es un intento de llenar ese vacío haciendo amplio uso de fuentes primarias para examinar el periodo de milicias republicanas de la Guerra Civil Española en la zona central del conflicto30. La mayoría de esas fuentes proceden de la propia jerarquía militar republicana y reflejan la evidente desazón de los oficiales profesionales que intentaban mandar a unas milicias sin disciplina ni formación, y tienen que sopesarse con otro material menos voluminoso. Con tal fin, este capítulo estudia la composición de las milicias, su equipamiento y reclutamiento, así como su organización y efectividad en el campo de batalla. Tal estudio de las fuerzas milicianas de la República es importante para entender cómo un levantamiento militar que consiguió su objetivo en parte encontró la suficiente resistencia para que tuviera que convertirse en una guerra convencional de tres años. También ayuda a explicar la necesidad de la República de militarizar y regularizar sus fuerzas, con tal de controlar unas unidades muy dispares, y la creación del Ejército Popular de la República cuando aún no hacía tres meses del levantamiento de los insurgentes31. Este capítulo también examina las razones por las que las milicias republicanas llegaron a considerarse un lastre que había que controlar y regimentar, a diferencia de lo sucedido en la zona nacional, donde las milicias falangistas y carlistas se militarizaron desde el principio del conflicto y se consideraron un activo de mucho valor en el campo de batalla (como se verá en el capítulo 3).
Los historiadores tienden ahora a reconocer que las milicias republicanas estaban formadas por militantes politizados y no eran el resultado de una extensa movilización popular. Por lo tanto, «las milicias no se pueden describir como “la nación en armas”»32. Madrid y su área metropolitana circundante tenían una población de aproximadamente 1,5 millones de habitantes, y sin embargo solo aportaron 10.000 voluntarios, según una estimación33. El número de voluntarios también fue bajo en Valencia y Cataluña, los otros dos centros importantes de población de la República34. Un cálculo de los milicianos de Barcelona habló de solo 5.000 hombres y de que había menos voluntarios que armas35. Franz Borkenau, que presenció el conflicto, describió una situación similar en el campo: «aunque prácticamente no existan en las aldeas voluntarios para el ejército»36. El número de reclutamientos en las milicias siguió siendo bajo pese a las contundentes campañas de prensa y la continua presión social para que se alistaran, lo que subrayó las limitaciones del reclutamiento de voluntarios a través de partidos políticos y sindicatos37. Lo cierto es que no se dio una gran movilización popular en ninguno de los dos bandos38.
Así pues, tanto en el caso de los republicanos como en el de los nacionales fueron principalmente los militantes más politizados los que se presentaron voluntarios, mientras que las masas solo se movilizaron más tarde por medio del reclutamiento obligatorio. Aunque el número total de milicianos de la República varía según las estimaciones, la cantidad es de alrededor de 100.00039. A partir de los registros de la Comandancia General de Milicias, organización que se ocupaba de coordinar a los combatientes voluntarios, resulta «verosímil» que hubiese 89.391 hombres en armas en la zona central en octubre de 193640. Otro cálculo, este de los historiadores militares Ramón y Jesús María Salas Larrazábal, da un total de 120.000 voluntarios republicanos en los primeros meses del conflicto41.
Antes de que la República instituyese el servicio militar obligatorio, no obstante, intentó controlar sus fuerzas creando dos organizaciones distintas. Eran la Inspección General de Milicias y su sucesora, la Comandancia antes nombrada42. El propósito de ambas era crear una fuerza de combate disciplinada y de confianza, para lo que usaban tácticas como la de negarse a pagar y aprovisionar a los batallones mal organizados con el fin de fomentar su sumisión. De hecho, los suministros y la paga de las milicias no estuvieron centralizados o regularizados hasta que se instituyó la Inspección43. No obstante, como se analizará a continuación, la jurisdicción y autoridad de ambos cuerpos eran puestas con frecuencia en entredicho.
En respuesta al golpe militar, las milicias republicanas iniciales fueron montadas a toda prisa, con lo que su composición de integrantes era muy heterogénea. Eran una mezcla ad hoc de militantes de partidos y sindicatos, así como personal de fuerzas militares y de seguridad que seguían siendo leales a la República tras el intento de golpe de Estado de sus colegas. La columna al mando del general Bernal, que a finales de julio del 36 defendía el paso de montaña de Somosierra, al norte de Madrid, menos de una quincena después del levantamiento, ejemplifica esa diversidad. Tenía un total de 2.166 componentes, entre ellos 764 voluntarios civiles (lo que posiblemente incluyera a mujeres, aunque su género y afiliación política no figura en la lista), 458 soldados de infantería del ejército español de preguerra, 138 de caballería, 125 guardias civiles (la fuerza policial rural militarizada), 80 guardias de asalto (la fuerza policial urbana instituida en la Segunda República) y 62 carabineros (la policía de fronteras). El resto procedían de las unidades de artillería, zapadores, medicina militar y comunicaciones del ejército de preguerra44. Otras columnas de milicianos muestran asimismo una amplia variedad de combatientes de distintos orígenes45 (véase ilustración 2.1).
En las primeras fases del conflicto no solo reinó la confusión mientras ambos bandos intentaban conseguir apoyo armado, sino también mientras se establecían las primeras líneas de cada uno. Los informes de las milicias indican la tensión en los días previos a entrar en contacto con el enemigo. La Columna de Navacerrada, por ejemplo, indicó a principios de agosto que la escasa información sobre los movimientos de las columnas del enemigo de que disponían incluía el interrogatorio a un «amigo del Ministro de la Gobernación» que veraneaba en el pueblo de Valsaín, al norte de Madrid, y cuyo testimonio fue corroborado por dos mujeres que también estaban allí de vacaciones y habían ido de paseo con sus hijos al paso de montaña46.
ILUSTRACIÓN 2.1. Milicias republicanas se preparan, con un equipamiento variopinto, para luchar contra el alzamiento militar. España, Ministerio de Defensa. Instituto de Historia y Cultura Militar. Archivo General Militar de Ávila (AGMAV), F.11, 3/3.
El armamento de las milicias era por lo general bastante heterogéneo, lo que dificultaba su suministro y mantenimiento por el gran número de piezas y calibres distintos que se necesitaban. Una unidad sin nombrar, por ejemplo, tenía más de 2.500 rifles procedentes de cinco países que precisaban de munición de tres calibres diferentes47. Otras unidades no tenían tanta variedad, pero de todas formas sufrían escasez de suministros y no contaban con equipamiento fiable. Un problema importante era el mantenimiento de armas más complejas como piezas de artillería y ametralladoras; la Columna de Guadarrama, que defendía una posición del norte de Madrid, informó de que «de las cinco ametralladoras de que dispone Asalto, funcionan bastante deficientemente tan solo dos de ellas, no contándose con maestros armeros que realicen las adecuadas operaciones de reparación»48. La calidad de la munición no era mucho mejor, y en septiembre de 1936 la columna también calculó que necesitaban un 25 por ciento más «para suplir los [estopines] que pudiesen no funcionar»49
