2,99 €
¿Qué puede pasarle a una chica y a su amiga cuando acuden al concierto de su banda favorita de k-pop? ¿Se emocionarán y cantarán todas las canciones? ¿O pasará algo más? En esta novela, el lector acompañará a su protagonista, Paula, hasta Seúl, donde vivirá una bella historia, una historia de leyenda, que tiene su origen hace más de 500 años. Gracias a Paula, conoceremos a una banda de k-pop desde dentro, y viviremos una aventura amorosa que nos tendrá enganchados hasta el final.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2022
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Raquel Garcia
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-570-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Esta es una historia dedicada
a mi familia, por su apoyo, ayuda y paciencia.
A los amigos que, ciegamente, estuvieron a mi lado.
Y cómo no, a tod@s los fans del k-pop, en especial a las Armys del mundo, que han inspirado esta historia.
Prólogo
Destino. Eternidad. Nuestra protagonista, Paula, y Choy, su acompañante en esta aventura, están marcados, señalados por una marca que los une. Una historia que tendrán que descubrir, desentrañar y descifrar para encontrar la respuesta correcta, la chispa adecuada, aquella luz que los termine de conectar por encima del tiempo y de la propia leyenda.
Sin embargo, esta historia no trata solamente de la relación entre dos personas. Paula nos retrata Seúl y su relación con una banda de k-pop, nos dibuja la vida de sus integrantes en el día a día, pero también cómo alguien externa a una cultura tan lejana reacciona a estas costumbres diferentes. Así, su amiga en la distancia, Talía, con la que cualquier lector bien pudiera identificarse, dará, en ciertos momentos clave, un punto de vista diferente a nuestra amiga para que sea capaz de reconducir su vida y tomar las decisiones correctas.
Destino. Eternidad. Pero un destino que ha de recorrerse. Un destino al que hay que enfrentarse, un destino que hay que trabajar, no solo en la rutina de las semanas, sino allá fuera, en el exterior, donde Paula encontrará obstáculos que superar.
Ese es el destino de Paula, su eterno destino: el amor.
Eternal — Destino
La vida de Paula, una joven como cualquier otra y Choy, el integrante de un grupo de k-pop, cambiarán cuando una antigua leyenda se cruce en sus vidas, haciendo que sus vidas den un giro inesperado.
Sorprendidos por la leyenda, descubrirán que no podrán estar separados, dependiendo en todo momento el uno del otro. Pero en su camino aparecerá un misterioso y guapísimo millonario, obsesionado con Paula, haciendo que todo se complique aún más, hasta limites que sus vidas correrán peligro.
Ahora más que nunca, Paula ha de tener la mente abierta, dejarse querer y divertirse mucho con sus nuevos amigos. En una nueva ciudad, con un idioma nuevo y muchas aventuras que la harán crecer.
Una historia, donde las fronteras y el idioma no son obstáculos, donde el amor se abre paso con fuerza a través de los siglos para poder ser felices, donde los sueños y la realidad van juntos de la mano…
CAPÍTULO 1 — EL CONCIERTO
Voy a contar mi historia…
Algo que pasó hace mucho tiempo, que es difícil de explicar o de creer si no fuera porque estuve allí…
Mi nombre es Paula, mi vida transcurría como la de cualquier chica de mi edad: trabajo, amigos, casa, nada fuera de lo corriente hasta aquel día. Era un viernes de julio; era la primera vez que iba a un concierto y era justamente a ver al mejor grupo del momento.
Nada me hacía pensar que después de aquel día toda mi vida cambiaría por completo.
Esa semana fue de lo más tranquila, pero cuando se acercó el viernes, comencé a notar mucha ansiedad, cansancio e incluso tuve sueños extraños. Sueños en los que estaba en un paraje idílico, no veía caras, pero no estaba sola, no reconocía el lugar y no paraba de ver un dibujo difuso, pero naturalmente no le di importancia y todo lo iba justificando sobre la marcha.
Por algún motivo que no alcanzaba a entender, notaba en cada momento del día y de la noche como si alguien estuviera a mi lado. Llegué a pensar que estaba volviéndome loca. ¿Cómo y por qué me pasaba esto? ¿Serían los nervios del concierto o estaba estresada del trabajo? No lo sé, pero dejé de pensar en ello cuando por fin llegó el momento de ir al estadio Olímpico de Barcelona. Por fin podría conocer en persona a los chicos más guapos que había visto en mi vida.
El timbre comenzó a sonar como si se volviera loco.
—Por fin abres, tardona, ¡vamos a llegar tarde al final! —Ella era mi amiga Talía. Una mujer que no pasaba desapercibida. Su cuerpo era impresionante con proporciones perfectas, aunque siempre le había acomplejado su baja estatura.
Éramos amigas desde el colegio y siempre que necesitaba algo, ella estaba allí para dar una vuelta al tema. Era una persona muy divertida, alocada y positiva, además de ser con quien acudiría al concierto esa misma noche. La diversión estaba asegurada.
Talía era la causante de mi devoción por el grupo TEXIS. Los ponía a todas horas, hablaba de ellos sin parar, no podía ni decir una palabra sin que me interrumpiera para decirme algo de ellos. Siendo muy típico en ella, compró las entradas sin decirme nada.
—Te has puesto muy mona —dijo Talía sarcásticamente.
—¿Y cómo quieres que vaya? Vamos literalmente a una guerra de adolescentes y mujeres locas por ver a sus ídolos, no querrás que me ponga minifalda y tacones, ¿no? —le contesté mientras la cogía del brazo y salíamos de mi piso.
Al llegar a la zona del concierto, aquello era un caos. No encontraba sitio cerca y tuve que aparcar súper lejos. Al acercarnos hasta la entrada todo el mundo gritaba, cantaba, lloraba…
—No pongas esa cara —dijo Talía—. Estamos aquí y los vamos a conocer, ¡al fin! —gritó hasta casi quedarse sin voz.
—¿Estás loca? ¡No grites! Ya gritarás dentro. —Ambas nos reímos al unísono, mientras corríamos hacia la entrada del estadio para llegar a nuestros asientos.
TEXIS era un grupo coreano que en los últimos años había dado mucho juego en la industria del pop. Siete chicos guapos, inteligentes, divertidos, muy buenos cantantes y bailarines, con un gran impacto social y humanitario. Eran los típicos chicos de cualquier barrio que por las modas habían entrado a formar parte del gran sueño de los jóvenes coreanos, el k-pop, sus nombres lo inundaban todo y en su país eran como dioses. Se les conocía como Min Ho, con veinticuatro años; Choy, Jung y Bae, con veintiséis años; Hyo y Chul Moo, con veintiocho años, y el mayor de todos, que tenía veintinueve, Man Young.
—¡Dios, no me lo puedo creer, son geniales! —gritábamos una y otra vez para tratar de creer que estábamos en la zona vip, viéndolos en directo. Estábamos como locas, bailamos, saltamos, cantábamos sus canciones. Definitivamente eran geniales.
—Mañana en el curro no se lo van a creer —dijo Talía, agarrándome con fuerza del brazo.
Cuando acabó el concierto, nos tocaba ir a la zona vip para hacernos fotos con ellos y que nos firmaran autógrafos, pero en ese mismo, instante sin esperarlo, comenzó todo…
—¡Vamos! ¡Vamos, lenta! —chillaba Talía mientras me llevaba a rastras por los pasillos del estadio hasta la zona de photocall.
—Quieres tranquilizarte, loca, no puedo seguirte con tanta, gente ¡eres muy inmadura!—le decía mientras no podía aguantar la risa e intentaba respirar. De pronto, al entrar en la sala donde estaba TEXIS, no sé lo qué me pasó, pero me quedé paralizada, no podía seguir, me faltaba el aire, algo que no entendía me hizo salir de allí.
—Pero ¿qué estás haciendo? ¿A dónde vas? —gritaba Talía a pleno pulmón.
—Lo siento, no puedo, tengo que salir de aquí, no puedo respirar.
Talía no entendía nada, me seguía como podía con cara de preocupación y confusión.
—Pero quieres parar, ¿adónde vas? —me gritaba cada vez más fuerte.
—Lo siento, lo siento, ve tú, no te lo pierdas —le decía casi sin aliento, y lo peor es que no entendía nada de lo que me estaba ocurriendo.
—Me estás asustando, ¿qué es lo que te está pasando?
Como pude, me enderecé y, aguantando el aliento, conseguí decirle, lo más tranquila que pude, lo que ella quería oír:
—Perdona estoy bien, ha sido un ataque de claustrofobia. Por favor, perdona la escena y ve corriendo, aún estás a tiempo de hacerte fotos con ellos.
Talía me miró algo confusa, pero pidiéndome perdón con las manos, mientras andaba hacia atrás, salió corriendo en dirección al photocall.
Cuando me repuse un poco, decidí salir a tomar el aire a una zona en la que estaría un poco apartada del bullicio del concierto. Al parecer, era la zona de atrás del Estadio Olímpico; había algunos bancos y un parque donde podría esperar tranquila a que saliera mi amiga. Lo que entonces no sabía es que dentro del recinto se había liado algo bueno que me enteraría mucho más tarde.
De pronto sonó la melodía en mi teléfono rompiendo mis pensamientos. Llevaba esperando fuera alrededor de hora y media y había perdido la noción del tiempo leyendo una novela desde mi móvil.
—¿Dónde estás? He salido y no te encuentro, yo estoy al lado de nuestro coche —era Talía, que al salir se había ido directa al coche.
—No te preocupes, ya voy —le dije sin pensar en dónde estaba y lo tarde que era. Me levanté y me encaminé hacia donde ella estaba.
—¿Dónde vas tan sola? —me gritó alguien en la oscuridad.
—Una chica tan guapa no debería estar por esta zona y a estas horas… a no ser que quiera marcha.
«La noche no podía ir mejor», pensé poniendo los ojos en blanco.
—No quiero problemas, me están esperando.
Eran tres hombres de unos cuarenta años; altos, corpulentos y no demasiado pulcros. Y era verdad que daban respeto.
—Pues si te están esperando, ¿por qué estás sola? —contestó uno mientras se reían y caminaban hacia mí.
—No quiero problemas, dejadme tranquila, por favor.
Pero no parecía que fueran a dejarme tranquila. ¿En qué mala hora se me fue la pinza y me quedé sola tan apartada?
—He llamado a la policía, estarán a punto de llegar.
Me miraron, se miraron y con una risa burlona empezaron a acercarse más rápido hacia mí. Al estar pendiente de ellos no me di cuenta de que detrás de mí había tenido un cuarto hombre todo el tiempo, el cual me agarró fuertemente con sus brazos alrededor de mi cuerpo levantándome del suelo, mientras se reía como un loco.
—¡Suéltame! ¡Socorro! —Estaba aterrada, cuando de pronto escuché su voz.
—Soltadla.
Alguien me había oído, pero ¿quién?
—¡He dicho que la dejéis!
Los cuatro hombres lo miraron y uno de ellos, adelantándose hacia donde estaba él, le dijo:
—¿Quién te ha dado vela en nuestra fiesta?
Tal y como me tenía cogida no podía verlo, solo oírlo, pero por su acento y su forma de hablar no parecía español. Desde luego era valiente, aunque al pobre le iban a dar la paliza de su vida.
Sin esperarlo nadie, el chico cogió un palo del suelo y volvió a repetir:
—Soltadla, no lo volveré a decir.
En ese momento, el que me tenía cogida me soltó con tanta brusquedad que me tiró al suelo haciéndome rodar, al mismo tiempo que salía como un toro, hacia mi descerebrado salvador.
—Te voy a dar lo que te mereces, por fastidiarnos la fiesta. —Antes de que terminara la frase, le dio tal golpe con el palo que le reventó la mandíbula. El resto titubearon si ir a por él o correr, pero como siempre, hay algunos que no aprenden.
—¿Quién te crees que eres? Te voy a hacer cachitos —dijo otro de los hombres mientras sacaba una navaja de su bolsillo
—Yo de ti guardaba eso, te vas a hacer daño —le contestó el desconocido con burla.
No conseguía verle bien la cara, llevaba ropa negra, botas militares y una sudadera tres tallas más grandes con la capucha tapando casi toda la cara, pero no podía parar de preguntarme: «¿De qué me sonaba ese chico?».
De pronto, se escuchó un golpe seco.
—¡Joder!—gruñó mi salvador. Le habían alcanzado con un puñetazo en el costado mientras se defendía del hombre con la navaja. Sin entender nada, noté como mi costado empezaba a dolerme a horrores. «¿Qué? ¿Por qué me está doliendo a mí el costado? ¿Será por el golpe al caer?». Mis dudas se amontonaban mientras continuaba la pelea.
Me intentaba convencer de lo surrealista de la situación cuando, de pronto, pude escuchar otra voz desconocida.
—¡Eh! ¿Qué está pasando aquí? —gritó otro hombre mientras salía del estadio. Era más alto que mi salvador, también vestía de negro y corrió con el objetivo de ayudarlo. Los cuatro hombres no se lo pensaron dos veces, huyendo a la carrera en el momento.
—¿Se puede saber qué haces aquí fuera tú solo? —El recién llegado parecía estar regañando a mi salvador.
—Solo salí a tomar el aire y vi que necesitaba mi ayuda. —Ambos se giraron hacia donde yo estaba y, en ese momento, se dieron cuenta de que seguía tirada en el suelo. Sin pensárselo dos veces, salió corriendo hacia mí, mientras le hacía gestos a su compañero que lo seguía de cerca.
—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? —En el momento que se agachó para preguntarme, fue la primera vez que pude ver algo de su cara y por encima de todo, como si fueran dos luces en medio de la oscuridad, pude ver sus ojos. No sé qué nos sucedió, nos quedamos petrificados. Era como si el mundo se detuviese, como si algo nos envolviera. Realmente, no sabría cómo explicarlo, un extraño sentimiento de cercanía me embargó, como si lo conociera de antes.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre que estaba a su lado.
—Sí… Sí, estoy bien, yo… yo quiero… ir con mi amiga —parecía tonta tartamudeando mientras esos ojos me atravesaban sin piedad.
Mi salvador, después de ayudarme a ponerme de pie, le dijo algo a su amigo y con un gesto de inclinación que no pude evitar familiarizar con la cultura asiática, se despidió de mí y se fue hacia el estadio.
—¿Dónde está tu amiga? —dijo el otro hombre, más maduro, que se quedó conmigo—. Te voy a llevar hasta allí para que no vuelvas a tener problemas. —Yo lo miré confundida, tratando de asimilar lo que había sucedido.
A pesar de mi estado y de lo ocurrido, no necesitaba niñera, pero intenté ser amable.
—No hace falta, puedo yo sola, puedes ir con tu amigo.
El hombre me miró, con una sonrisa de lado, casi paternal.
—Lo siento, pero tengo que acompañarte y ver que llegas segura a tu coche.
Mientras andábamos hacia el coche, noté que el dolor del costado era horrible, pero no solo yo me di cuenta, mi acompañante también.
—¿Estás bien? Déjame ver…
—¿Qué? No, no es nada, supongo que ha sido la caída. —Pero sin pedir permiso se lanzó hacia mi costado y levantándome la blusa vio un enorme morado.
—No te preocupes, soy médico.
«¿En serio?», me pregunté para mis adentros.
—Cuando llegues a tu casa, ponte algo caliente para el hematoma y tómate un antiflamatorio si te duele mucho. Mañana por la mañana ve a que te lo revisen.
—¿Así que de verdad eres médico?
—Así es—me contestó.
—¿Y quién era tu amigo? Quisiera darle las gracias…
Él me volvió a mirar con esa media sonrisa paternal.
—Ya se las daré de tu parte.
No sabía qué decir, estaba confundida y era un momento algo incómodo, pero un grito me devolvió a la realidad.
—¡Eh! Ya era hora… ¿Dónde te habías metido?, ¿quién te acompaña?, ¿te ha pasado algo? —gritaba Talía desde el coche, corriendo hacia mí. En ese momento el hombre hizo el mismo gesto que realizó con mi salvador, se inclinó, me miró y, sin más, se fue por donde habíamos venido.
—¿Me lo vas a explicar? —preguntaba Talía sin parar. Mi cabeza era un mar de dudas y no estaba para interrogatorios, así que le conté lo justo y nos fuimos para casa, donde al despedirnos le prometí que al día siguiente con un café se lo explicaría todo.
CAPÍTULO 2 —UNA VISITA INESPERADA
Al día siguiente me dolía todo y lo peor es que no había dormido nada. Solo veía esos ojos en mis pensamientos y un extraño sentimiento difícil de explicar. Me sentía desdoblada, como si tuviera sensaciones de otra persona. Ya fuera de un modo u otro, me sentía perdida.
Decidí levantarme, darme una ducha calentita y tomarme un buen café. Intenté no pensar en nada más de todo lo sucedido la noche anterior y, sobre todo, en aquel desconocido. En el silencio de la mañana, sonó el timbre como si tuviera vida propia.
—Ya voy, ¿quién es? —pregunté tontamente, ya que estaba segura de que se trataba de Talía.
—¡Cuéntame con pelos y señales! ¿Qué coño pasó anoche? Y no te dejes nada —dijo quitándome el café de las manos mientras se sentaba en mi sillón con cara de querer oír una buena historia.
Empecé a contarle lo ocurrido, mientras su cara era un poema. No podía creer que me atacaran y la suerte que había tenido de haber pasado aquellos desconocidos por allí. Como siempre, comenzó a bromear con lo de encontrar un príncipe azul de cuento de hadas.
Tras separarla de mi cojín y que dejara de suspirar a cada frase que le contaba, le pregunté por el momento de conocer a TEXIS. ¿Cómo fue poderlos ver en persona? Por desgracia un momento único, que yo me perdí.
—Vale, ahora yo —comenzó Talía mientras se acomodaba—. No te puedes imaginar lo que se lió en el photocall.
Por un momento se me olvidó lo mío y me entró mucha curiosidad. Esperaba que me contase que hubo un desmayo colectivo de las fans o que alguien cogió a uno de los ídolos del cuello o algo así, pero no lo que me contó.
—Choy se desmayó en el photocall, lo tuvieron que sacar los guardaespaldas, fue muy surrealista.
—¿Tú lo viste? —le pregunté repleta de curiosidad.
—No, me lo perdí por tu culpa, por tu dichoso ataque de claustrofobia.
—Dicen que están agotados.
Talía me miró y con una sonrisa pícara.
—¡Yo seguro que los dejo como nuevos! —Y ambas rompimos a reír como locas.
Habían pasado varias horas cuando de pronto sonó el timbre de mi piso.
—¿Quién es? —respondió Talía al telefonillo-—. Es para ti, te traen un paquete —me gritó mientras abría la puerta al mensajero.
El mensajero trajo un ramo enorme de rosas blancas con una tarjeta en la que se leía:
«Espero que estés bien.
Siento lo del golpe, nos vemos pronto».
Me dejó petrificada, no sabía qué decir, y además no traía firma alguna. Talía, en cambio, no paraba de gritar, saltar y decir que quería ver la tarjeta. Comenzó a montar una boda sin novios.
—Para… para —le dije nerviosa—. ¿Cómo sabe donde vivo? ¿Quién es ese chico? Esto me da mal rollo, ¿y si es un acosador?, ¿y si era cómplice de los otros cuatro? —En ese momento miré a Talía y su cara era un poema. Ella era muy fantasiosa y alocada, pero en ese momento parecía que nos habíamos cambiado los papeles.
—No digas tonterías. Perderías algo en la pelea o cogería tu matrícula, para ser amables y mandarte ese pedazo de ramo impresionante. Mira que eres malpensada —dijo mientras olía una y otra vez las rosas.
El día estaba pasando muy rápido y a la hora de cenar Talía ya se había marchado a su casa. Como en otras ocasiones, tenía algún plan morboso con uno de sus ligues. «¡Quién fuera ella!», pensé en silencio. Era sábado y no tenía ningún plan. «¡Patético!», me repetía una y otra vez en mis pensamientos.
De pronto el timbre volvió a sonar haciendo que pegara un bote en el sofá. «¿Quién será a estas horas?», me pregunté inquieta.
—¿Sí? ¿Quién es? —el silencio me inquietó más. Una voz que me resultó conocida apareció de repente.
—¿Paula? Tengo que entregarle algo. —La curiosidad me mataba y corrí a ponerme algo más decente, aunque solo me dio tiempo coger una chaqueta para cuando sonó el timbre de la puerta de mi casa.
—Sí, ya voy —contesté corriendo hacia la puerta.
—Veo que estás mejor.
No me lo podía creer, era el médico. Qué narices hacía él aquí, qué estaba pasando.
—¿Tú? ¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo sabes dónde vivo?
Él me miró con mucho respeto e inclinándose hacia delante dijo:
—Tienes que venir conmigo.
—¿Cómo? —dije sin creer lo que estaba pasando, esto solo pasaba en las películas—. ¿Cómo voy a ir contigo? No te conozco, ¿por qué debería ir?
Él me volvió a mirar con respeto y con voz contundente, volvió a indicarme que tenía que ir con él, nos estaban esperando y que era un tema muy importante. «¿Y ahora qué hago yo?», me preguntaba para mí misma. Más extraño no podía ser todo lo que me estaba pasando.
La voz masculina de aquel hombre me hizo salir de mis pensamientos.
—Sé que puedes estar confusa, que esto no es muy normal y que posiblemente no confíes en mí, pero debes acompañarme para que te den todas las respuestas. Te prometo que estarás a salvo en tu casa esta noche, pero debes venir, tu futuro depende de ello.
Tras un silencio incómodo, suspiré y le dije que me esperara en el salón. Fui a mi habitación, cerré con pestillo y mientras mi cabeza me amargaba con todo tipo de desapariciones y asesinatos sin resolver, me fui arreglando.
No sabía qué ponerme, así que me decidí por no ir ni demasiado elegante ni incómoda por si tenía que salir corriendo. Me puse un vestido negro holgado y medias negras con botines. Me maquillé como siempre y me recogí el pelo con pincitas. Armándome de valor, y cogiendo aire, salí al salón.
—Bueno, ya estoy, cuando quieras nos vamos.
El hombre se levantó de inmediato, me miró de arriba abajo y, cortésmente, dijo:
—Estás encantadora. —Naturalmente me puse roja como un tomate. Situación que debió de hacerle gracia aunque no dijo nada, ya que le noté una sonrisa al darse la vuelta y salir hacia la calle.
Salimos de mi casa y al llegar a la calle nos esperaba un enorme coche negro. Se trataba de nada menos que un Audi SQ8 TDI, con chófer y todo.
—Señorita —dijo abriéndonos la puerta. Yo miré a mi acompañante y con un gesto amable me invitó a entrar.
—Sé que la situación es algo incómoda, pero confía en mí… No tienes que temer nada. —Hubo un momento de silencio entre los dos—. Por cierto, me llamo Myeong.
—Encantada —le dije con una risa tímida.
El camino fue rápido y pronto llegamos al centro de Barcelona, al hotel Barcelona Center donde, al parar el coche, un portero nos abrió la puerta y nos invitó a salir. Parecía un sueño o quizás una pesadilla. «¡Qué pinto yo allí!». Ese no era mi mundo, estaba totalmente fuera de lugar.
—No tengas miedo —dijo Myeong con un tono tranquilizador. Colocó su mano en mi espalda con respeto y me acompañó hacia la entrada del hotel.
Una vez dentro nos guiaron hacia una sala privada muy elegante, con una mesa redonda central, decorada con mucho gusto. Las sillas eran tipo sillón con detalles dorados y tela de rayas de un gris plata con negro. Las lámparas caían como en cascada de cristal y había adornos florales por toda la estancia. Era realmente un lugar de ensueño.
—Hola, buenas noches —dijo una voz fuerte con acento extranjero.
—Siento traerte así, a estas horas. Intentaremos explicarnos, pero antes… —Cuando terminó de decir esto, un chico entró por la puerta con la cara casi tapada por una mascarilla y con la capucha de la sudadera echada sobre el pelo y la frente.
Pensé: «¡Es él! Mi salvador. Pero ¿qué hace él aquí?».
—¡Ay! ¿Pero qué narices haces? —dije mirando al hombre acento extranjero con ganas de matarlo. Me acababa de dar un golpe seco en el costado donde tenía el hematoma, dejándome casi sin aire.
—Mira —me indicó señalando al chico; él también se estaba encogiendo de dolor en el mismo sitio.
—¿Qué está pasando? ¿Me estáis tomando el pelo? ¿Es una cámara oculta? —En ese momento el miedo me inundó, estaba muy confusa e intenté salir de allí.
—No te vayas, espera, te lo vamos a explicar —dijo mi salvador. Aún no sabía ni cómo se llamaba, pero estaba tan asustada que las lágrimas empezaban a salir solas.
—No llores… —me cogió de los hombros y me dijo mirándome a los ojos—. Mi nombre es Choy —mi mirada se clavó en sus ojos y volví a notar que me atravesaban. Todo se paró en ese momento, dejé de tener miedo, aunque seguía temblando, supongo que a causa de los nervios.
—Lo siento, debéis pensar que soy tonta —dije mientras miraba a los individuos que había a mi alrededor, que parecían que se multiplicaban. Ahora, además de Choy, Myeong y el hombre mayor, que parecía el jefe, había dos hombres más.
—Siéntate, tenemos que explicarte algunas cosas que te harán entender lo que te está ocurriendo… Bueno, lo que os está ocurriendo a ambos —dijo el hombre mayor mirando a Choy—. Por favor, Choy, enséñale a Paula quién eres.
«¿Cómo? ¿Quién era?», pensaba, mientras él se bajaba la capucha y se quitaba la mascarilla.
—¡Joder! —grité y luego pedí perdón. Era Choy, pero no cualquier Choy, era el miembro del grupo TEXIS. «¿Él era mi salvador?». No podía ni imaginarlo. «¿Cómo no lo había reconocido? ¿Qué tenía que ver yo con él?».
—Paula, necesitamos que vengas con nosotros a Corea, tenemos que saber qué os está pasando y, como comprenderás, no podemos correr riesgos —dijo el hombre mayor con voz firme. Hablaba muy bien el español, aunque se notaba su acento. Su cara era cálida a pesar de los años y apenas tenía arrugas. Sus ojos estaban tan rasgados que apenas parecían estar abiertos, pero en el fondo me daba confianza.
Yo seguía alucinando. Conocer a Choy, todo lo que me estaba pasando en los últimos dos días y, para colmo, de pronto me dicen que me vaya a Corea.
—¿Cómo? ¿A Corea? ¡Yo!… —tartamudeé otra vez—. Mi trabajo, mi vida está aquí, no sé… —Volví a tartamudear. Estaba tan nerviosa que no podía dejar de temblar.
Aguanté la respiración, cerré los ojos y conté hasta tres para poder vocalizar mi pregunta.
—¿Qué hago yo en Corea?
Durante dos horas estuvieron explicándome que Choy había estado soñando con una mujer mucho tiempo, que no se encontraba bien, que estaba convencido de que la mujer de sus sueños era real y que tenía que conocerla. Así que empezaron la gira pensando que o se le pasaba o la encontraba, algo que dudaban, hasta que pasó lo del estadio. Cuando Choy y Myeong contaron lo que les había pasado a los demás, Choy empezó a decir desesperado y nervioso que tenía que encontrarme y verme otra vez porque era yo… la mujer de sus sueños. A lo que se sumó el extraño asunto del golpe. Además, al revisar las cintas de seguridad para encontrarme, vieron que el desmayo de Choy coincide con el ataque de claustrofobia de una chica en uno de los pasillos del estadio. Y que no es casualidad que en todo sea yo la involucrada.
—¿Por eso me habéis dado el golpe en el costado?
—Tenías que verlo tú misma. Compartís algo que no entendemos —contestó Myeong—, y eso os pone en peligro.
—¿Y qué vamos a hacer? ¡Yo no puedo parar mi vida así! —pregunté un poco incrédula, mientras los nervios me hacían levantar la voz.
—Tenéis que estar juntos hasta que sepamos la razón. En Corea hay un experto en estos casos especiales, al que queremos llevaros; por supuesto, tenéis que ir juntos.
Durante un rato me estuvieron intentando dar explicación a lo que no tenía sentido mientras nos iban sirviendo la cena, el postre y finalmente el café. Durante toda la cena Choy no dijo nada, hasta que cansada, frustrada y confusa, me levanté.
—Bueno…, yo tengo que irme, tengo que pensar en todo esto. Gracias por todo, perdonadme. —Con educación, me despedí de todos y salí del salón de donde prácticamente al momento salían voces incoherentes. Aparentaban estar discutiendo en coreano, pero no quise dar la vuelta, ya era demasiado extraño todo para seguir dando alas al tema. De pronto, alguien me sujetó del brazo cuando me disponía a salir ya del hall del hotel.
—¿Te puedo llevar? Quiero hablar contigo a solas. —Era Choy. Cómo iba a decirle que no, el día anterior me había ayudado sin mirar por sí mismo. En las distancias cortas era mucho más guapo que en los vídeos. Su pelo a capas rubio con tonos de color violeta le bailaba al viento. Su piel lisa y blanca no hacía justicia a su edad; sus ojos azules rasgados, que se clavaban en los míos, unos labios voluminosos rojos y un cuerpo no musculoso pero sí fuerte. Era más alto que yo, cosa que me sorprendió. Solo podía pensar en lo perfecto que era.
«¡Dios! Cuando se entere Talía», pensaba mientras lo seguía hacia el Audi que me había traído horas antes. Durante un rato estuvimos dando vueltas por Barcelona. La situación era algo tensa e incómoda, cada vez que nos arrancábamos para decirnos algo, nos mirábamos y se nos cortaba la voz.
Finalmente me armé de valor, no podíamos estar toda la noche dando vueltas por la ciudad en silencio.
—¿Tenías que decirme algo? —Traté de no tartamudear—, o ¿seguimos dando vueltas hasta que cojas el avión? —agaché la cabeza; al fin y al cabo, solo trataba de romper el hielo con un poco de sarcasmo.
—Sí —contestó Choy. Me miró, y continuó diciendo—: Perdona, tienes razón —dijo con voz baja suspirando.
Parecía intentar buscar la mejor posición para empezar a hablar. De pronto se lanzó hacia el chófer y le dijo que nos llevara a un jardín. No tardó en encontrar uno y, al parar, Choy bajó muy deprisa, corrió por detrás del coche, abrió mi puerta y me cogió de la mano sacándome como si hubiera fuego en el coche.
—Para… ¿a dónde vas? —Me sentía confundida, en cierto modo asustada.
Choy se paró en seco, se giró hacia mí y volvió a clavar sus ojos en los míos.
—Perdona… —dijo con la voz temblorosa—. No era mi intención asustarte, pero estoy muy nervioso. No entiendo nada de lo que nos pasa. Llevo soñando contigo semanas y no lo entiendo. Es como si estuviera dentro de ti, a través de esos sueños he sentido tu miedo, inquietudes, alegrías… Siento que ya he vivido muchas cosas… a tu lado.
En ese momento mi cuerpo se estremeció, estaba describiendo exactamente lo mismo que yo había sentido.
—Creo que deberías venir con nosotros —rompió el silencio entre ambos en aquel apartado jardín.
—¿Con vosotros? —contesté con voz quebradiza.
—Es la única manera de ver adónde nos lleva esto. Por otro lado —su voz se convirtió en un susurro—, si alguien se da cuenta de que compartimos esto, sea lo que sea, será peligroso para los dos…
La verdad es que tenía razón, no podía dejar así las cosas. Era famoso, si alguien atentaba contra él no sería nada bueno para mí.
—Vale, de acuerdo, iré, pero necesito un tiempo para dejar todo listo. No puedo abandonar mi trabajo sin más, no lo puedo perder y, además, pongo una condición…
En ese momento, antes de que pudiera continuar:
—¡Bien! ¡Bien! Te vienes—empezó a gritar cogiéndome en brazos dándome vueltas—. No te arrepentirás, el grupo estará encantado de tenerte con nosotros.
«¡Madre mía, dónde me he metido!», pensé mientras me balanceaba.
—No te preocupes por nada, mi gente se ocupará de todo.
—Pero no has escuchado mi condición —le dije seria, cuando de nuevo toqué el suelo, a lo que, intentando mantener la compostura, continué—: Si en algún momento estoy incómoda o no me siento bien, quiero tener la tranquilidad de que podré dejarlo todo y volver a mi vida.
Sin decir palabra, me abrazó tan fuerte que no podía ni respirar. El tiempo pareció detenerse por un instante.
—Te prometo que no te pasará, te cuidaré y no dejaremos que te sientas sola —me susurró justo antes de liberarme lentamente de sus fuertes brazos.
El resto de la noche dimos un paseo tranquilo y me acompañó a casa, donde al despedirnos me prometió que en unas semanas estaría todo resuelto y que vendrían a buscarme.
CAPÍTULO 3 — ME VOY A COREA
En cuanto me desperté por la mañana, tuve que pellizcarme varias veces para ver si todo había sido un sueño. No tardé ni dos minutos en coger el móvil y llamar histérica a mi mejor amiga.
—Talía, Talía tienes que venir ya, es urgente. —Ella me ayudaría a poner las cosas claras o, al menos, eso creía yo.
—¿Qué pasa? ¿Te ha ocurrido algo? ¿Estás bien? —preguntaba con la voz ronca y somnolienta; estaba claro que la había despertado.
—Estoy bien, pero tienes que venir ya —le dije sin darle más explicaciones. Colgué el teléfono aún con el pulso acelerado y las manos temblorosas.
