3,99 €
Basado en hechos reales, este libro cuenta la historia de un hombre que fue decayendo en un abismo de violencia sin sentido, creando así un ambiente oscuro, frío y tenebroso a su alrededor, para su esposa e hijos. Una historia contada sin censura alguna, que presenta la violencia de forma explícita.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 85
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Macri, Gabriel Marcelo
Fragmentos de un psicópata / Gabriel Marcelo Macri. - 1a ed - Córdoba: Tinta Libre, 2023.
88 p. ; 15 x 21 cm.
ISBN 978-987-817-939-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
Tinta Libre no se responsabiliza por el tema que trata la obra. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
© 2022.
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Fragmentos de un psicópata
Prólogo
Esta obra es una historia ficticia basada en hechos reales. Los nombres y los apellidos fueron cambiados para proteger la identidad de las personas involucradas. Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
1
Siniestro y perverso: le sienta mejor esa descripción a Martín Ángel Verdugo, mi padre, aunque nunca representó ese rol y de Ángel no tuvo nada.
Voy a relatar la verdadera historia sobre esta persona que engendró a seis hijos; entre ellos estoy yo, Gabriel, que soy el cuarto.
Mi primer hermano se llamaba Edgar (falleció en dudosas circunstancias), le siguen Orlando, Érica, luego yo (Gabriel), Elisabeth y, por último, Mariano, el más chico de nosotros.
«Siniestro y perverso» es una gran definición para un ser oscuro. Según el diccionario, se le dice «siniestra» a una persona que es propensa a obrar con mucha maldad, y «perversa», porque disfruta cuando hace sufrir a los demás. Es como un placer para ese tipo de seres sin sentimientos ni corazón ni siquiera hacia sus propios hijos y su pareja (mi madre).
Como ya dije antes, nosotros éramos una familia medianamente grande y, como en esos tiempos no había tantas tecnologías como se ven hoy en día, era más complicado mantenernos quietos. Estoy hablando de los años ochenta y noventa, años en que nos tocó vivir y que podría recordar con mucho más cariño por ser una gran parte de mi infancia, pero quiero quitar esa máscara de buen ser humano que muestra esta persona nefasta, que, con su cuento de viejito inocente, siempre consigue que le crean en todos sus relatos.
Para empezar, hoy en día tengo 43años, casi 44, y voy a ir relatando desde los primeros momentos que yo recuerdo, para ir armando la historia.
Soy soltero y tengo dos hijos: a la primera, con su madre, la llamamos Anahí Verdugo. Yo estaba muy nervioso esperando su nacimiento y fue muy lindo ser padre. Luego llegó el segundo y lo llamamos Iván Verdugo.
Nunca los dejé solos o dejé de quererlos, ni siquiera dejé que les faltara nada, mucho menos amor. Los quise desde el primer instante, y digo esto porque cuando yo era un adolescente, mi papá me dijo: «Algún día vos vas a tener tus hijos y te vas a dar cuenta por qué yo los castigo de la manera en que lo hago». Sinceramente, hoy soy padre y sigo sin entender el porqué de tanta maldad con nosotros. Aunque podría ser un poco entendible que en esa época se los castigara a los chicos con alguna que otra varita de un árbol y debía existir cierta complicidad entre un padre y una madre para tener un control (por así decirlo) de los chicos.
Cuando nosotros éramos niños, no éramos unos santitos, pero tampoco unos salvajes incontrolables. Al principio, mamá nos decía: «Cuando llegue del trabajo tu papá, le voy a contar lo mal que se portan». Él trabajaba de lunes a viernes en Capital Federal, más precisamente en la avenida Warnes, en un taller mecánico.
Entonces, cuando él volvía los viernes, nosotros ya estábamos acostados, durmiendo, y cuando nos despertaban al otro día, nos llegaban los castigos en forma de golpes.
Comenzó a golpearnos con un cinturón muy grueso y de cuero que él usaba cuando hacía el servicio militar. Mamá no quería que pasara eso realmente. Solo quería que nos diera algún castigo para que no fuéramos tan traviesos y así poder controlarnos mejor, pero no que llegara al extremo de esa manera.
Los castigos iban desde golpearnos con el cinturón o con un rebenque trenzado. Y no solo eso: a este psicópata le gustaba ponernos de rodillas contra la pared, con los brazos levantados y ladrillos en las manos, y nos ponía sal gruesa o maíz en las rodillas. Este castigo podía durar horas.
Solamente éramos niños, queríamos jugar y hacer cosas de chicos de esa época, pero no podíamos hacerlo cuando él estaba en la casa, porque necesitaba que fuésemos sus esclavos para atender todo lo que pedía.
Todo empezaba cuando llegaba los viernes por la noche y mamá tenía que tener lista la comida para él, porque le exigía comer dos cortes grandes de carne con huevos fritos y papas fritas. Y se tomaba su vino en damajuana de 5 litros. Tomaba bastante, lo sé porque se le ponían los ojos rojos y por momentos se dormía en la silla. Y, para nosotros, sopa o polenta, porque, según él, merecía respeto y, al ser el líder de la casa, tenía que comer mejor que sus hijos e incluso mejor que su pareja.
Mamá comía lo mismo que nosotros. Y, una vez que él terminaba de comer, se levantaba y decía que limpiáramos todo, que no quería ver nada sucio. Y después se iba directo a su habitación, mientras mamá le preparaba un café para que se le pasara el mareo por tomar mucho vino. Nosotros enseguida teníamos todo limpio y ordenado y, después de terminar, nos podíamos ir a acostar.
Al día siguiente, sábado, debíamos levantarnos para trabajar en la construcción de la casa. Él compraba mucho material y se debía hacer la mezcla con la pala, ya que en esos tiempos no era muy común que se usaran trompos o máquinas para hacer el cemento o el concreto, así que tomaba un té con un pedazo de pan y a trabajar.
Creo que yo debía tener alrededor de 9 años en esos tiempos, cerca de 1987, y todavía recuerdo bastante bien todo; creo que se recuerdan más las cosas malas que las buenas. Y no digo que ayudar a construir la casa fuera algo malo, no es eso. Lo realmente malo empezaba a venir de parte de él mientras trabajábamos siguiendo sus órdenes, haciendo mezclas gigantes de proporciones enormes.
18 baldes de arena, 18 de piedras partidas, 2 bolsas de cal y una bolsa y media de cemento: esa mezcla solo era para cubrir los encadenados; después, a mojar ladrillos y ponerlos en fila, para que, a medida que los iba pegando, lo pudiera alcanzar. Y así nos tenía todo el día trabajando, pero no teníamos problema con tener que hacer trabajos pesados, porque, al fin y al cabo, era para vivir mejor y más cómodos.
Lo malo era recibir sus insultos y golpes todo el tiempo, y la mayoría de las veces sin motivo aparente («Apurate con esa mezcla, hijo de puta, mirá que la paja no es como el trigo»). Insultos tras insultos más los golpes; además, tenía que estar atento a lo que él hacía, pues, en cualquier momento, podía tirarme con un ladrillo o alguna herramienta por la cabeza solo porque algo no me salía de la manera en que él decía.
Estas cosas pasaban los viernes por la noche, cuando él llegaba de su trabajo, y sábados y domingos, que se quedaba para construir (según él) su imperio, pero, al llegar el lunes, nosotros estábamos aliviados al ver que se iba de la casa para su trabajo y que hasta el próximo viernes no lo veríamos.
Creo que todos nosotros le teníamos miedo, ya que nos golpeaba o castigaba de una manera muy brutal. Pero, según él, quería que lo respetáramos y que también lo llegásemos a querer de la misma manera en que queríamos a mamá, solo que eso jamás pasaría, porque no sentíamos respeto hacia él, solo mucho miedo.
Por suerte para nosotros, de lunes a viernes nos quedábamos con mamá y si bien mamá era estricta, puedo decir que ella era mil veces mejor y se divertía mucho. Nos enseñaba cosas de la casa, como limpiar o cocinar, y ayudaba con las tareas del colegio.
Nosotros éramos seis hermanos, y sé que para mamá fue mucho trabajo la crianza. Además, mi papá no le dejaba mucha plata, así que mamá tenía que encontrar la manera de que alcanzara hasta el próximo viernes, y varias veces no pasaba eso. Gracias a Dios, nosotros comíamos en el colegio y muchas veces nos dejaban llevar comida a la casa para la noche. Y, cuando no se podía, los vecinos nos compartían algo de sus provisiones o bien hubo un tiempo en el que unas personas hacían la olla popular, para que las familias que no tenían para comer se pudieran llevar un poco de comida a sus casas.
2
Mamá era descendiente de alemanes y, en casa, las veces que tenía plata, compraba harina, huevos y otras cosas más para hacer en el horno de barro unas tortas alemanas, que eran muy ricas, o nos hacía pan casero o pan con chicharrón. Recuerdo que unos chicos con los que nos hicimos amigos venían a la casa a jugar con nosotros cuando no estaba papá y, de paso, mi mamá los invitaba a comer torta alemana o lo que sea que pudiera cocinar en ese momento.
Muchas veces no teníamos nada para cocinar y nuestros amigos y nosotros le decíamos a mamá que saldríamos al campo a cazar algún animal, para que pudiera hacer un guiso. Así que todos agarrábamos las gomeras y entrábamos al campo. Un día no encontramos nada y los más grandes del grupo se fueron a otro campo, donde había un criadero de gallinas, y cazaron una. Al qué la cazó le decían «el Extraterrestre»: era un chico que vivía a la vuelta de nuestra casa, costeando el campo. Pero justo cuando la fue a buscar uno de los chicos, salió el cuidador y lo vio. Los demás salieron del lugar corriendo y este chico agarró la gallina y también huyó, y atrás lo seguía el cuidador, pero justo cruzó el alambrado, se tiró en el pasto alto y no lo pudo encontrar. Al rato se fue y nuestro amigo llegó con la gallina para comer.
