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ELLA SE CONVIRTIÓ EN LO QUE MÁS TEMÍA. ÉL ES EL VERDADERO ASESINO. Y LA FURIA APENAS COMIENZA Elena ha cruzado el umbral: ahora es un vampiro. Lo que temía... y deseaba. Stefan no puede creer su elección por Damon, y la batalla final entre los hermanos Salvatore parece inminente. Pero una nueva y salvaje amenaza acecha Fell's Church, un enemigo desconocido que los obligará a dejar de lado sus disputas. Porque el verdadero asesino de Elena está libre, y Stefan y Damon deberán unir sus fuerzas para protegerla, o el infierno se desatará. En "Furia", la pasión, el misterio y la acción se desbordan en un torbellino de emociones que te dejará sin aliento.
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Seitenzahl: 284
Veröffentlichungsjahr: 2026
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L. J. Smith
Traducción de Gemma Gallart
Crónicas vampíricas III
Saga
Furia
Translated by Gemma Gallart
Original title: The Fury
Original language: English
Produced by Alloy Entertainment, LLC.
Copyright © 1991, 2026 L. J. Smith and Saga Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788727194325
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser. It is prohibited to perform text and data mining (TDM) of this publication, including for the purposes of training AI technologies, without the prior written permission of the publisher.
This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
www.sagaegmont.com
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Vognmagergade 11, 2, 1120 København K, Denmark
Lisa Jane Smith, cuyas obras son una combinación de género de terror, ciencia ficción, fantasía y romance, obtuvo el reconocimiento del público con la serie Crónicas vampíricas, cuyo primer título es Despertar. Publicado en los años 90 y convertido en referente de la literatura juvenil de terror, retoma el clásico tema de la lucha entre la luz y la sombra de sus adorados C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien. Y es que, según palabras de la autora, «quería escribir libros como los suyos, donde el Bien se enfrenta al Mal y gana. Quería ser Frodo, muerto de miedo en Mordor, consciente de que el Mal al que se enfrenta es mucho más fuerte y poderoso que él, y aun así capaz de reunir el valor necesario para intentarlo y llegar a ser un héroe. Quería transmitir a los jóvenes que no deben renunciar a la esperanza».
A mi tía Margie, y en memoria de mis tías Agnes y Eleanore, por alentar la creatividad.
Elena penetró en el claro.
Bajo sus pies, jirones de hojas otoñales se congelaban en la nieve fangosa. Había oscurecido, y aunque la tormenta empezaba a amainar, el bosque se volvía cada vez más frío. Elena no sentía el frío.
Tampoco le importaba la oscuridad. Sus pupilas se abrieron completamente, recogiendo diminutas partículas de luz que habrían sido invisibles para un humano. Distinguió con toda claridad las dos figuras que forcejeaban bajo el gran roble.
Una tenía una oscura cabellera espesa que el viento había revuelto y convertido en un alborotado mar de olas. Era ligeramente más alta que la otra, y aunque no podía ver su rostro, en cierto modo supo que sus ojos eran verdes.
La otra tenía una mata de cabellos oscuros también, pero los suyos eran más finos y lisos, casi como el pelaje de un animal. Sus labios estaban tensados hacia atrás, mostrando los dientes con furia, y la gracia perezosa de su cuerpo estaba reunida en la pose agazapada de una pantera. Sus ojos eran negros.
Elena los observó durante varios minutos sin moverse. Había olvidado por qué había acudido allí, por qué la habían arrastrado allí los ecos de la pelea en su mente. A tan poca distancia, el clamor de su rabia, su odio y su dolor era casi ensordecedor, como gritos silenciosos surgiendo de los combatientes. Estaban enzarzados en un combate a muerte.
«Me pregunto cuál de ellos vencerá», pensó. Los dos estaban heridos y sangraban, y el brazo izquierdo del más alto colgaba en un ángulo antinatural. Con todo, acababa de empujar al otro contra el tronco retorcido de un roble, y su furia era tan fuerte que Elena podía sentirla y paladearla, así como oírla, y sabía que le estaba proporcionando una fuerza increíble.
Y entonces Elena recordó por qué había ido allí. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Él estaba herido. Su mente la había llamado allí, apaleándola con ondas expansivas de rabia y dolor. Ella había acudido a ayudarle, porque ella le pertenecía.
Las dos figuras estaban caídas en el suelo helado ahora, peleando como lobos, gruñendo. Veloz y silenciosa, Elena fue hacia ellos. El de los cabellos ondulados y ojos verdes —Stefan, musitó una voz en su cabeza— estaba encima, con los dedos buscando desesperadamente la garganta del otro. La cólera inundó a Elena, la cólera y una actitud protectora. Alargó el brazo entre los dos para asir aquella mano que intentaba estrangular, para tirar hacia arriba de los dedos.
Ni se le ocurrió que no sería bastante fuerte para hacerlo. Era bastante fuerte, eso era todo. Arrojó su peso a un lado, arrancando al cautivo de su oponente. Por si acaso, hizo presión sobre su brazo herido, derribando al atacante de cara sobre la nieve fangosa cubierta de hojas. Luego empezó a asfixiarlo por detrás.
Su ataque le había cogido por sorpresa, pero no estaba ni con mucho vencido. Devolvió el golpe, la mano sana buscando a tientas la garganta de la muchacha. El pulgar se hundió en su tráquea.
Elena se encontró abalanzándose sobre la mano, yendo a por ella con los dientes. Su mente no lo comprendía, pero el cuerpo sabía qué hacer. Sus dientes eran una arma y desgarraron la carne, haciendo correr la sangre.
Pero él era más fuerte que ella. Con una violenta sacudida de los hombros se liberó y retorció entre sus manos, arrojándola al suelo. Y entonces fue él quien estuvo encima de ella, con el rostro contorsionado por una furia animal. Ella le siseó y fue a por sus ojos con sus uñas, pero él apartó la mano de un golpe.
Iba a matarla. Incluso herido, era con mucho el más fuerte. Sus labios se habían echado hacia atrás para mostrar dientes manchados ya de escarlata. Como una cobra, estaba listo para atacar.
Entonces se detuvo, cerniéndose sobre ella, mientras su expresión cambiaba.
Elena vio que los ojos verdes se abrían de par en par. Las pupilas que habían estado contraídas en forma de fieros puntitos se ampliaron de golpe. La miraba fijamente, como si realmente la viera por primera vez.
¿Por qué la miraba de aquel modo? ¿Por qué no se limitaba a acabar? Pero la mano férrea sobre su hombro la estaba soltando ya. El gruñido animal había desaparecido, reemplazado por una expresión de perplejidad y asombro. Se sentó hacia atrás, ayudándola a sentarse, sin dejar de mirar su rostro ni un instante.
—Elena —murmuró, la voz quebrándose—. Elena, eres tú.
«¿Es ésa quien soy? —pensó ella—. ¿Elena?»
En realidad, no importaba. Dirigió una veloz mirada en dirección al viejo roble. Él seguía allí, de pie entre las raíces que sobresalían de la tierra, jadeando, apoyándose en el árbol con una mano. Él la miraba con sus ojos infinitamente negros y las cejas contraídas en una expresión ceñuda.
«No te preocupes —pensó ella—. Yo puedo ocuparme de éste. Es estúpido.» Luego volvió a arrojarse sobre el joven de ojos verdes.
—¡Elena! —chilló él mientras ella lo derribaba de espaldas.
La mano sana empujó su hombro, sosteniéndola en alto.
—¡Elena, soy yo, Stefan! ¡Elena, mírame!
Ella miraba, y todo lo que veía era el trozo de piel al descubierto de su cuello. Volvió a sisear, el labio superior retrocediendo para mostrarle los dientes.
Él se quedó paralizado.
Sintió cómo la conmoción reverberaba por todo el cuerpo del joven, vio que su mirada se quebraba. El rostro adquirió la misma palidez que si alguien le hubiera golpeado en el estómago. Sacudió la cabeza ligeramente sobre el suelo fangoso.
—No —susurró—. Oh, no...
Parecía estárselo diciendo a sí mismo, como si no esperara que ella le oyese. Alargó una mano hacia su mejilla y ella intentó morderla.
—Ah, Elena... —murmuró él.
Los últimos restos de furia, de deseo animal de matar, habían desaparecido de su rostro. Tenía los ojos aturdidos, afligidos y entristecidos.
Y era vulnerable. Elena aprovechó el momento para lanzarse sobre la carne desnuda de su cuello. Él alzó el brazo para detenerla, para apartarla, pero luego volvió a dejarlo caer.
La miró fijamente por un momento, con el dolor de sus ojos alcanzando un punto álgido, y luego simplemente se abandonó. Dejó de pelear por completo.
Ella sintió cómo sucedía, sintió cómo la resistencia abandonaba su cuerpo. Se quedó tendido sobre el suelo helado con restos de hojas de robles en el cabello, mirando más allá de ella al cielo negro y cubierto de nubes.
«Acábalo», dijo su voz cansada en su mente.
Elena vaciló por un instante. Había algo en aquellos ojos que evocaba recuerdos en su interior. Estar de pie bajo la luz de la luna, sentada en una habitación de un desván... Pero los recuerdos eran demasiado vagos. No conseguía aferrarlos, y el esfuerzo la aturdía y la mareaba.
Y éste tenía que morir, este de los ojos verdes llamado Stefan. Porque le había lastimado a él, al otro, al que era la razón de su existencia. Nadie podía hacerle daño a él y seguir vivo.
Cerró los dientes sobre su garganta y mordió profundamente.
Advirtió al momento que no lo hacía como era debido. No había alcanzado una arteria o una vena. Atacó la garganta, furiosa ante la propia inexperiencia. Resultaba satisfactorio morder algo, pero no salía demasiada sangre. Contrariada, alzó la cabeza y volvió a morder, sintiendo que el cuerpo de él daba una sacudida de dolor.
Mucho mejor. Había encontrado una vena esta vez, pero no la había desgarrado lo suficiente. Un pequeño arañazo como aquél no serviría de nada. Lo que necesitaba era desgarrarla por completo, para dejar que la suculenta sangre caliente saliera a borbotones.
Su víctima se estremeció mientras ella trabajaba, los dientes arañando y royendo. Empezaba a sentir cómo la carne cedía cuando unas manos tiraron de ella, alzándola desde atrás.
Elena gruñó sin soltar la garganta. Las manos eran insistentes, no obstante. Un brazo rodeó su cintura, unos dedos se enroscaron a sus cabellos. Forcejeó, aferrándose con dientes y uñas a su presa.
—¡Suéltale! ¡Déjale!
La voz era seca y autoritaria, como una ráfaga de viento frío. Elena la reconoció y dejó de forcejear con las manos que la apartaban. Cuando la depositaron en el suelo y ella alzó los ojos para verle, un nombre acudió a su mente. Damon. Su nombre era Damon. Le miró fijamente con expresión enfurruñada, resentida por haber sido arrancada de su presa, pero obediente.
Stefan estaba incorporándose en el suelo, con el cuello rojo de sangre que también corría por su camisa. Elena se lamió los labios, sintiendo una punzada parecida a un retortijón de hambre pero que parecía provenir de cada fibra de su ser. Volvía a estar mareada.
—Me pareció —dijo Damon— que dijiste que estaba muerta.
Miraba a Stefan, que estaba aún más pálido que antes, si es que eso era posible. Aquel rostro blanco estaba lleno de infinita desesperación.
—Mírala —fue todo lo que dijo.
Una mano sujetó la barbilla de Elena, ladeando su rostro hacia arriba. Ella devolvió directamente la mirada de los oscuros ojos entrecerrados de Damon. Luego, largos y finos dedos tocaron sus labios, sondeando entre ellos. Instintivamente, Elena intentó morder, pero no muy fuerte. El dedo de Damon localizó la afilada curva de un colmillo y Elena sí que mordió entonces, dando un mordisco parecido al de un gatito.
El rostro de Damon era inexpresivo, la mirada dura.
—¿Sabes dónde estás? —preguntó.
Elena miró a su alrededor. Árboles.
—En el bosque —dijo con picardía, volviendo a mirarle.
—¿Y quién es ése?
Ella siguió la dirección que indicaba su dedo.
—Stefan —respondió con indiferencia—. Tu hermano.
—¿Y quién soy yo? ¿Sabes quién soy yo?
Ella le sonrió, mostrando sus dientes afilados.
—Claro que lo sé. Eres Damon, y te amo.
La voz de Stefan sonó quedamente feroz.
—Eso es lo que querías, ¿verdad, Damon? Y ahora lo has conseguido. Has hecho que sea como nosotros, como tú. No era suficiente con limitarte a matarla.
Damon no le dirigió ni una mirada. Miraba a Elena atentamente con ojos entrecerrados, todavía arrodillado y sujetándole la barbilla.
—Es la tercera vez que has dicho eso, y empiezo a estar un poco cansado de oírlo —comentó en voz baja.
Despeinado, todavía un poco jadeante, seguía estando sereno y controlando la situación.
—Elena, ¿te maté yo?
—Desde luego que no —dijo Elena, entrelazando los dedos en los de la mano libre del joven.
Empezaba a impacientarse. ¿De qué estaban hablando, de todos modos? Nadie había sido asesinado.
—Jamás pensé que fueras un mentiroso —dijo Stefan a Damon, sin que la amargura de su voz cambiara—. Te creía capaz de cualquier cosa, pero no de eso. Nunca antes te he oído intentar encubrir lo que habías hecho.
—Un minuto más —replicó Damon—, y perderé los estribos.
«¿Qué más podrías hacerme? —replicó mentalmente Stefan—. Matarme sería un acto de misericordia.»
—Me quedé sin misericordia por ti hace un siglo —dijo Damon en voz alta, y soltó finalmente la barbilla de Elena—. ¿Qué recuerdas sobre hoy? —preguntó a la joven.
Elena habló con voz cansada, como una criatura que recita una lección odiada.
—Hoy era la celebración del Día del Fundador.
Alzó los ojos hacia Damon, enredando los dedos en los de él. Hasta allí era lo máximo a que podía llegar por sí misma, pero no era suficiente. Irritada, intentó recordar algo más.
—Había alguien en la cantina... Caroline —le ofreció el nombre, complacida—. Iba a leer mi diario ante todo el mundo, y eso era malo porque... —Elena hurgó en su memoria y no lo consiguió—. No recuerdo por qué. Pero la engañamos. —Le dedicó una cálida sonrisa, con complicidad.
—Ah, «nosotros» lo hicimos, ¿verdad?
—Sí. Se lo quitaste. Lo hiciste por mí.
Los dedos de su mano libre se deslizaron bajo la chaqueta de Damon, buscando la cuadrada dureza del pequeño libro.
—Porque me amas —dijo, localizándolo y arañándolo levemente—. ¿Me amas, no es cierto?
Se escuchó un leve sonido en el centro del claro. Elena miró y vio que Stefan había desviado la mirada.
—Elena, ¿qué sucedió a continuación? —inquirió la voz de Damon.
—¿A continuación? A continuación tía Judith empezó a discutir conmigo. —Elena reflexionó un momento y por fin se encogió de hombros—. Sobre... algo. Me enfurecí. Ella no es mi madre. No puede decirme qué debo hacer.
La voz de Damon sonó cáustica.
—No creo que eso suponga ya un problema. Después, ¿qué?
Elena suspiró profundamente.
—Después fui y cogí el coche de Matt. Matt.
Pronunció el nombre de forma reflexiva, chasqueando la lengua sobre los colmillos. Mentalmente vio un rostro apuesto, cabellos rubios, hombros fuertes.
—Matt.
—¿Y adónde fuiste en el coche de Matt?
—Al puente Wickery —dijo Stefan, volviendo la cabeza hacia ellos con mirada desolada.
—No, a la casa de huéspedes —corrigió Elena, irritada—. Para esperar a... mmm. Lo olvidé. Como sea, aguardé allí. Entonces..., entonces empezó la tormenta. Viento, lluvia, todo eso. No me gustó. Me metí en el coche. Pero algo vino tras de mí.
—Alguien fue tras de ti —dijo Stefan, mirando a Damon.
—Fue algo —insistió Elena, que estaba harta de sus interrupciones—. Marchemos a alguna parte nosotros solos —le dijo a Damon, alzándose de rodillas de modo que su rostro quedara cerca del suyo.
—Dentro de un minuto —replicó él—. ¿Qué clase de cosa fue a por ti?
La muchacha se recostó, exasperada.
—¡No sé qué clase de cosa! No era como nada que haya visto nunca. No como tú o Stefan. Era...
Ondularon imágenes por su mente. Niebla discurriendo a ras del suelo. El viento que aullaba. Una forma, blanca, enorme, que parecía como hecha de la misma niebla. Acortando distancias con ella como una nube empujada por el viento.
—A lo mejor era simplemente parte de la tormenta —dijo—. Pero pensé que quería hacerme daño. No obstante, escapé. —Jugueteando con la cremallera de la cazadora de Damon, sonrió confidencialmente y alzó los ojos para mirarle por entre las pestañas.
Por vez primera, el rostro de Damon mostró emoción; los labios se crisparon en una mueca.
—Escapaste.
—Sí. Recordé lo que... alguien... me contó sobre las corrientes de agua. Las cosas malvadas no pueden cruzarlas. Así que conduje hacia Drowning Creek, en dirección al puente. Y entonces...
Vaciló y frunció el entrecejo, intentando hallar un recuerdo sólido en medio de la nueva confusión. Agua. Recordaba el agua. Y alguien que chillaba. Pero nada más.
—Y entonces lo crucé —finalizó por fin, alegremente—. Debí de hacerlo, porque estoy aquí. Y eso es todo. ¿Podemos marchar ahora?
Damon no le respondió.
—El coche sigue en el río —indicó Stefan.
Damon y él se contemplaban como dos adultos celebrando una conversación por encima de la cabeza de una criatura que no entiende nada, las hostilidades suspendidas por el momento. Elena sintió una oleada de irritación. Abrió la boca, pero Stefan seguía diciendo:
—Bonnie, Meredith y yo lo encontramos. Me sumergí y la cogí, pero para entonces...
«Para entonces, ¿qué?», Elena frunció el entrecejo.
Los labios de Damon se curvaron burlones.
—¿Y la diste por perdida? Tú, entre todas las personas, deberías haber sospechado lo que podría suceder. ¿O te repugnaba tanto la idea que no podías ni considerarla siquiera? ¿Preferirías que estuviera realmente muerta?
—¡No tenía pulso ni respiración! —estalló Stefan—. ¡Y nunca había tenido en su interior suficiente sangre como para hacer el cambio! —Los ojos se endurecieron—. Al menos no de mí.
Elena volvió a abrir la boca, pero Damon posó dos dedos sobre ella para mantenerla callada; luego dijo con suavidad:
—Y ése es el problema ahora... ¿O estás demasiado ciego para verlo también? Me dijiste que la mirara; mírala tú mismo. Está conmocionada, irracional. Ah, sí, incluso yo admito esto. —Hizo una pausa para mostrar una sonrisa deslumbrante antes de seguir—. Es más que la confusión normal tras el cambio. Necesitará sangre, sangre humana, o el cuerpo no tendrá la energía suficiente para finalizar el cambio. Morirá.
«¿Qué quieres decir con irracional?», pensó Elena, indignada.
—Estoy perfectamente —dijo desde detrás de los dedos de Damon—. Estoy cansada, eso es todo. Iba a echarme a dormir cuando os oí pelear, y vine a ayudarte. Y entonces ni siquiera quisiste dejar que le matara —finalizó, asqueada.
—Sí, ¿por qué no la dejaste? —inquirió Stefan.
El muchacho miraba a Damon como si pudiera agujerearle con los ojos. Cualquier rastro de cooperación por su parte había desaparecido.
—Habría sido lo más sencillo.
Damon le devolvió la dura mirada, repentinamente furioso, la propia animosidad fluyendo al encuentro de la de Stefan. Respiraba con rapidez y ligereza.
—Quizá no me gusten las cosas sencillas —siseó, luego pareció volver a recuperar el control de sí mismo y los labios se curvaron burlones al añadir—: Míralo de este modo, querido hermano: si alguien va a tener la satisfacción de matarte, seré yo. Nadie más. Planeo ocuparme de esa tarea personalmente. Y es algo en lo que soy muy bueno; te lo prometo.
—Ya nos lo has demostrado —repuso el otro en voz baja, como si cada palabra le produjera náuseas.
—Pero a ella —indicó Damon, volviendo la cabeza hacia Elena con ojos resplandecientes— no la maté yo. ¿Por qué tendría que hacerlo? Podría haberla cambiado en cualquier momento que hubiera querido.
—A lo mejor porque acababa de comprometerse en matrimonio con otra persona.
Damon alzó la mano de Elena, todavía entrelazada en la suya. En el anular centelleaba un anillo de oro, con una gema azul oscuro engastada en él. Elena lo contempló con el entrecejo fruncido, recordando vagamente haberlo visto con anterioridad. Luego se encogió de hombros y se inclinó contra Damon con gesto cansado.
—Bien —dijo Damon, bajando la mirada hacia ella—, eso no parece que sea un gran problema, ¿verdad? Creo que podría haberse alegrado de olvidarte. —Alzó los ojos hacia su hermano con una sonrisa desagradable—. Pero lo descubriremos una vez que vuelva a ser ella misma. Podemos preguntarle entonces a quién de nosotros elige. ¿De acuerdo?
Stefan sacudió la cabeza.
—¿Cómo puedes sugerirlo siquiera? Tras lo que sucedió... —La voz se apagó.
—¿Con Katherine? Yo puedo decirlo, si tú no puedes. Katherine hizo una elección estúpida, y pagó el precio. Elena es distinta; sabe lo que quiere. Pero no importa si estás de acuerdo —añadió, haciendo caso omiso de las nuevas protestas de Stefan—. El hecho es que está débil ahora y necesita sangre. Me ocuparé de que la consiga, y luego voy a averiguar quién le hizo esto. Puedes venir o no. Haz lo que quieras.
Se puso en pie, arrastrando a Elena para que se incorporara con él.
—Vamos.
Elena se levantó de buena gana, contenta de ponerse en marcha. El bosque resultaba interesante de noche; nunca antes lo había advertido. Los búhos lanzaban sus lastimeros e inquietantes gritos por entre los árboles, y los ratones ciervo se escabullían rápidamente de sus pies en movimiento. El aire era más frío en algunas zonas, al helarse primero en las hondonadas y huecos del bosque. Descubrió que era fácil moverse en silencio junto a Damon por entre las hojas secas desperdigadas por el suelo; era simplemente cuestión de tener cuidado sobre dónde pisaba. No miró atrás para ver si Stefan los seguía.
Reconoció el lugar por el que abandonaron el bosque. Había estado allí más temprano aquel día. En aquellos momentos, no obstante, había una especie de actividad frenética: luces rojas y azules que centelleaban sobre coches, proyectores que enmarcaban las oscuras formas de gentes apelotonadas. Elena las miró con curiosidad. Varias le eran familiares. Aquella mujer, por ejemplo, con el rostro delgado y angustiado y los ojos inquietos... ¿Tía Judith? Y el hombre alto que tenía al lado... ¿El prometido de tía Judith?
Debería haber alguien más con ellos, se dijo Elena. Una niña con cabellos tan pálidos como los de la misma Elena. Pero por mucho que lo intentó, no consiguió darle un nombre.
Las dos chicas abrazadas una a otra, de pie en medio de un círculo de agentes de policía, a aquellas dos sí las recordaba, no obstante. La pelirroja menuda que lloraba era Bonnie. La más alta con la melena oscura, Meredith.
—Pero ella no está en el agua —decía Bonnie a un hombre uniformado, y su voz temblaba al borde de la histeria—. Vimos cómo Stefan la sacaba. Se lo he dicho y repetido una y otra vez.
—¿Y le dejasteis aquí con ella?
—Teníamos que hacerlo. La tormenta empeoraba, y algo se acercaba...
—Eso no importa —intervino Meredith, y sonó sólo ligeramente más tranquila que Bonnie—. Stefan dijo que si... tenía que dejarla, la dejaría yaciendo bajo los sauces.
—Y exactamente, ¿dónde está Stefan ahora? —preguntó otro hombre uniformado.
—No lo sabemos. Nosotras regresamos a buscar ayuda. Probablemente nos siguió. Pero en cuanto a lo que le sucedió a... a Elena... —Bonnie se dio la vuelta y enterró el rostro en el hombro de Meredith.
«Están apenadas por mí —comprendió Elena—. Qué tontas. De todos modos puedo aclararlo.» Empezó a avanzar hacia la luz, pero Damon la retuvo. Le miró, dolida.
—No de ese modo. Elige a los que quieras, y nosotros los sacaremos de ahí —dijo.
—¿Los que quiera para qué?
—Para alimentarte, Elena. Ahora eres una cazadora. Ésas son tus presas.
Elena presionó la lengua contra un colmillo con expresión dubitativa. Nada de lo que había allí le parecía comida. Con todo, ya que Damon lo decía, se sentía inclinada a concederle el beneficio de la duda.
—Lo que a ti te parezca —respondió servicial.
Damon ladeó la cabeza atrás, con los ojos entrecerrados, escudriñando la escena como un experto evaluando una pintura famosa.
—Bien, ¿qué tal una pareja de amables enfermeros?
—No —dijo una voz detrás de ellos.
Damon apenas echó una ojeada por encima del hombro para mirar a Stefan.
—¿Por qué no?
—Porque ya ha habido suficientes ataques. Puede que necesite sangre humana, pero no tiene que cazar para conseguirla.
El rostro de Stefan era insondable y hostil, pero había un aire de denodada determinación en el joven.
—¿Existe otro modo? —inquirió Damon irónicamente.
—Sabes que lo hay. Encontrar a alguien que esté dispuesto a hacerlo... o al que se pueda influenciar para que lo haga. Alguien que lo haría por Elena y que es bastante fuerte para manejar la situación mentalmente.
—¿Y supongo que sabes dónde podemos encontrar a ese dechado de virtud?
—Llévala a la escuela. Me reuniré con vosotros allí —dijo Stefan, y desapareció.
Abandonaron aquella actividad aún en plena efervescencia, las luces centelleando, la gente dando vueltas. Mientras marchaban, Elena advirtió algo curioso. En medio del río, iluminado por los focos, había un automóvil. Estaba totalmente sumergido, a excepción del guardabarros delantero, que sobresalía del agua.
«Vaya lugar estúpido en el que aparcar un coche», pensó, y siguió a Damon de vuelta al interior del bosque.
Stefan empezaba a sentir otra vez.
Dolía. Había creído que el sufrimiento se había acabado para él, que había dejado de sentir para siempre. Al sacar el cuerpo sin vida de Elena de las oscuras aguas, había pensado que nada podía volver a hacerle sufrir, porque nada podría igualar aquel momento.
Se había equivocado.
Se detuvo y permaneció con la mano ilesa apoyada con fuerza contra un árbol, la cabeza gacha y respirando hondo. Cuando las neblinas rojas se disiparon y pudo volver a ver, siguió adelante, pero el ardiente dolor del pecho permaneció igual. «Deja de pensar en ella», se dijo, sabiendo que era inútil.
Pero ella no estaba realmente muerta. ¿No era eso importante? Había creído que jamás volvería a oír su voz, sentir su contacto...
Y ahora, cuando ella le tocaba, lo que quería era matarle.
Volvió a detenerse, doblándose hacia adelante, temiendo que iba a empezar a vomitar.
Verla de aquel modo era una tortura peor que verla yacer fría y sin vida. Quizá porque Damon le había dejado vivir. Quizá ésta era la venganza de Damon.
Y a lo mejor Stefan debería hacer simplemente lo que había planeado hacer después de matar a su hermano. Aguardar hasta el amanecer y quitarse el anillo de plata que le protegía de la luz solar. Dejarse bañar por el abrazo ardiente de aquellos rayos hasta que le consumieran la carne que envolvía sus huesos y pusieran fin al dolor de una vez por todas.
Pero sabía que no lo haría. Mientras Elena deambulara por la Tierra, él jamás la dejaría. Incluso aunque ella le odiara, incluso aunque le diera caza. Haría cualquier cosa que estuviera en su mano para mantenerla a salvo.
Se desvió hacia la casa de huéspedes. Necesitaba limpiarse antes de permitir que los humanos le vieran. Una vez en su habitación, se lavó la sangre del rostro y el cuello y examinó el brazo. El proceso de curación ya se había iniciado, y con concentración podía acelerarlo aún más. Estaba agotando sus poderes rápidamente; la pelea con su hermano ya le había debilitado. Pero esto era importante. No debido al dolor —apenas lo advertía—, sino porque necesitaba estar en forma.
Damon y Elena aguardaban frente a la escuela. Percibió la impaciencia de su hermano y la alocada nueva presencia de Elena allí en la oscuridad.
—Será mejor que esto funcione —dijo Damon.
Stefan no dijo nada. El auditorio de la escuela era otro núcleo de agitación. La gente debería de estar gozando del baile del Día de los Fundadores; pero, de hecho, los que se habían quedado durante la tormenta deambulaban por el lugar o se reunían en pequeños grupos, conversando. Stefan miró por la puerta abierta, buscando con la mente una presencia concreta.
La encontró. Una cabeza rubia estaba inclinada sobre una mesa en el rincón.
«Matt.»
Matt se irguió y miró a su alrededor, perplejo. Stefan deseó mentalmente que saliera al exterior. «Necesitas aire fresco —pensó, insinuando la sugerencia en el subconsciente del muchacho—. Sientes ganas de salir afuera un momento.»
A Damon, de pie e invisible justo más allá de la luz, le dijo:
«Llévala dentro de la escuela, al aula de fotografía. Ella sabe dónde es. No os dejéis ver hasta que yo lo diga.» Luego retrocedió y aguardó a que apareciera Matt.
Matt salió, su rostro ojeroso alzado hacia el cielo sin luna. El joven se sobresaltó violentamente cuando Stefan le habló.
—¡Stefan! ¡Estás aquí! —Desesperación, esperanza y horror lucharon por obtener el predominio en su rostro; se acercó a toda prisa a Stefan—. ¿La han... traído ya de vuelta? ¿Hay alguna noticia?
—¿Qué es lo que has oído?
Matt le contempló fijamente un momento antes de responder.
—Bonnie y Meredith entraron diciendo que Elena había caído del puente Wickery con mi coche. Dijeron que... —Hizo una pausa y tragó saliva—. Stefan, no es cierto, ¿verdad? —Sus ojos suplicaban.
Stefan desvió la mirada.
—¡Dios mío! —exclamó Matt con voz quebrada; dio la espalda a Stefan, presionando las bases de las manos contra los ojos—. No lo creo; desde luego que no. No puede ser cierto.
—Matt... —Tocó el hombro del muchacho.
—Lo siento. —La voz de Matt era ronca y entrecortada—. Debes de estar sufriendo mucho, y yo no hago más que empeorarlo.
«Más de lo que crees», pensó Stefan, dejando caer la mano. Había llegado con la intención de usar sus poderes para persuadir a Matt, pero en aquellos momentos eso parecía un imposible. No podía hacerlo, no al primer —y único— amigo humano que había tenido en aquel lugar.
La única otra opción era contarle a Matt la verdad. Permitir que Matt efectuara su propia elección, sabiéndolo todo.
—Si hubiera algo que pudieras hacer por Elena en estos momentos —dijo—, ¿lo harías?
Matt estaba demasiado ensimismado en sus emociones para preguntar qué clase de pregunta idiota era aquélla.
—Cualquier cosa —respondió casi con enojo, restregándose una manga por los ojos—. Haría cualquier cosa por ella.
Miró a Stefan con algo parecido al desafío, la respiración temblorosa.
«Felicitaciones —pensó Stefan, sintiendo de repente un enorme vacío en el estómago—. Acabas de ganar un viaje a la Zona Crepuscular.»
—Acompáñame —dijo en voz alta—, tengo que mostrarte algo.
Elena y Damon esperaban en el cuarto oscuro. Stefan percibió su presencia en el pequeño anexo cuando empujó la puerta que daba al aula de fotografía y condujo a Matt al interior.
—Se supone que estas puertas deberían estar cerradas —dijo Matt mientras Stefan pulsaba el interruptor de la luz.
—Lo estaban —respondió Stefan, sin saber qué otra cosa decir para preparar a Matt para lo que se avecinaba. Nunca hasta entonces se había dado a conocer deliberadamente a un humano.
Se quedó de pie, callado, hasta que Matt se dio la vuelta y le miró. El aula estaba fría y silenciosa, y el aire parecía flotar pesadamente. Mientras el momento se alargaba, vio cómo la expresión de Matt cambiaba lentamente del aturdimiento producido por el dolor al desconcierto.
—No comprendo —dijo Matt.
—Ya sé que no comprendes.
Siguió mirando al muchacho, dejando caer a propósito las barreras que ocultaban sus poderes a la percepción humana. Vio la reacción en el rostro de Matt a medida que la inquietud pasaba a transformarse en miedo. Matt pestañeó y sacudió la cabeza, a la vez que su respiración se aceleraba.
—¿Qué...? —empezó a decir con voz áspera.
—Probablemente hay un gran número de cosas que te has preguntado respecto a mí —indicó Stefan—. Por qué llevo gafas de sol cuando la luz es intensa. Por qué no como. Por qué mis reflejos son tan rápidos.
Matt le daba ahora la espalda al cuarto oscuro. Su garganta se movía espasmódicamente, como si estuviera intentando tragar saliva. Stefan, con sus sentidos de depredador, podía oír cómo el corazón del muchacho latía con un sonido sordo.
—No —respondió Matt.
—Sin duda debes de haber sentido curiosidad. Tienes que haberte preguntado qué me hace tan diferente de todos los demás.
—No. Quiero decir... No me importa. Me mantengo alejado de cosas que no son asunto mío.
Matt se iba acercando poco a poco a la puerta, los ojos dirigiéndose raudos hacia ella en un movimiento apenas perceptible.
—No lo hagas, Matt. No quiero hacerte daño, pero no puedo dejar que te vayas ahora.
Percibía necesidad apenas contenida emanando de Elena desde su escondite. «Aguarda», le dijo mentalmente.
Matt se quedó inmóvil, abandonando cualquier intento de alejarse.
—Si quieres asustarme, lo has conseguido —observó en voz queda—. ¿Qué más quieres?
«Ahora», indicó Stefan a Elena, y a Matt le dijo:
—Date la vuelta.
Matt se volvió. Y ahogó un grito.
Elena estaba allí de pie, pero no la Elena de aquella tarde, cuando Matt la había visto por última vez. Ahora los pies estaban descalzos bajo el dobladillo del largo vestido, y los finos pliegues de muselina blanca que se pegaban a su cuerpo estaban incrustados de cristales de hielo que centelleaban bajo la luz. La tez, siempre blanca, tenía un extraño lustre invernal, y los cabellos de un dorado pálido parecían recubiertos con un resplandor plateado. Pero la auténtica diferencia estaba en el rostro. Aquellos ojos de un azul profundo estaban entrecerrados, parecían casi adormilados, y a la vez anormalmente despiertos. Y una expresión de sensual expectación y hambre serpenteaba por sus labios. Estaba más hermosa de lo que había sido en vida, pero era una belleza aterradora.
Mientras Matt la miraba fijamente, paralizado, Elena sacó la rosada lengua y se lamió los labios.
—Matt —dijo, deteniéndose un largo rato en la primera consonante del nombre, y a continuación sonrió.
Stefan oyó cómo Matt inhalaba profundamente con incredulidad, y el casi sollozo que profirió cuando finalmente retrocedió ante ella.
«No pasa nada», dijo, enviando el pensamiento a Matt en una oleada de poder. Cuando Matt se volvió violentamente hacia él, con los ojos desorbitados por la conmoción, añadió:
—Así que ahora ya lo sabes.
La expresión de Matt decía que no quería saber, y Stefan vio la negativa en su rostro. Pero Damon salió para colocarse junto a Elena y se movió un poco a la derecha, añadiendo su presencia a la cargada atmósfera de la habitación.
Matt estaba rodeado. Los tres se cernieron sobre él, inhumanamente hermosos, amenazadores de un modo innato.
