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Antonio, protagonista de Guarda tus lágrimas, admirador de La Ilíada, es un exitoso operador de inversiones, con un nivel de vida que despertaría la peor envidia de sus coetáneos: departamento de lujo, autos de alta gama, ropa cara y mujeres a granel. En una fiesta organizada por compañeros de trabajo, para salvarle la vida a un amigo, en un confuso incidente, se ve conminado a batirse a duelo con un desconocido. A partir de ese momento, la existencia del protagonista comienza a entrar en crisis. Finalmente, con un paisaje de desmoronamiento general, el protagonista de Guarda tus lágrimas no encuentran más salida que hacerse presente en el lugar del duelo, obsesionado por enterarse de la identidad de quien lo ha desafiado. Y es que el motivo del misterioso desafío ha estado siempre en conocimiento de Antonio. Editorial Forja Un thriller sicológico que no da respiro al lector desde aquella fatídica primera línea: "En una hora debo enfrentar un duelo a muerte". La novela tiene tanto de cine negro como de película de Hitchcock. En esta novela los lectores estamos condenados "a vivir con ansiedad y miedo", hasta que se cumplan los designios y con ellos emerja esa verdad que ha estado celosamente escondida. Ana Josefa Silva Presidenta del Círculo de Críticos de Arte de Chile.
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Seitenzahl: 142
Veröffentlichungsjahr: 2023
GUARDA TUS LÁGRIMASAutor: ROBERTO VEGA MASSÓ Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: junio, 2023. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N°2022-A-6777 ISBN: Nº 9789563386370 eISBN: Nº 9789563386387
“Como lector, las novelas que más me conmueven son aquellas que no se limitan a contar una historia apasionante, sino que tienen fogonazos de reflexión, frases, pensamientos, a veces una escena en la que uno reconoce algo que probablemente ya sabía, pero no sabía que lo sabía”.
Javier Marías (Entrevista de Infobae.com en Madrid, 2018)
“No existen las personas honestas, todos tenemos un lado oscuro que nadie logra penetrar”.
Antonio, es el hombre exitoso que siempre quiso ser y está exactamente en el lugar al que decidió que pertenecía.
No necesita ni confía en nadie, sus relaciones son meramente utilitarias.
Su refinamiento y cultura son logros personales que ha sabido utilizar para su beneficio.
Con decisión, y resiliencia, siendo aún niño, también determinó que el destino que su origen familiar le había trazado, no se interpondría en sus ambiciones.
Pero he aquí que el sino trágico, ese del que tanto ha leído en las páginas de Homero y Virgilio, se le aparece como una pesadilla cuando menos lo espera.
El hombre frío, soberbio, pagado de sí mismo, de pronto es capturado por un miedo real, que le infiltra como un virus su vida perfecta e impoluta.
Como su admirado Aquiles, “el mayor héroe de la historia”, en su opinión, él también tiene un talón vulnerable, el que ha sabido ocultar con la perfección y tenacidad con que hace todo.
Y como todo hombre, Antonio tiene una conciencia, aunque hasta ese momento parecía habérsela extirpado.
Sin dilaciones, Roberto Vega Massó nos introduce en Guarda tus lágrimas, en un thriller sicológico que no da respiro al lector desde aquella fatídica primera línea: “En una hora debo enfrentar un duelo a muerte”.
Narrada en primera persona por Antonio —este hombre joven, que se ha hecho rico como corredor de Bolsa, que se mueve entre el barrio El Golf y La Dehesa, consciente de su “inteligencia superior”— la novela tiene tanto de cine negro como de película de Hitchcock.
Todos los pasos de Antonio, aún los más inconscientes, están inspirados en los poemas de Homero que declama de memoria y que hasta ese instante fatídico lo situaban por sobre esa jauría de hombres de negocios, en una suerte de ventaja comparativa inalcanzable.
Para el lector, el anzuelo ya está lanzado en aquella primera frase.
Siempre desde la desesperada visión del protagonista, se irán develando sus propios lados oscuros, los que había sabido barrer prolijamente debajo de la alfombra y que ahora, no sabe bien cómo, amenazan con salir a la superficie.
¿A qué teme un sujeto que tiene todo bajo control? En esa alma esculpida en mármol ¿tiene cabida la culpa?
¿Qué puede conseguir desarmar a un ser que confiesa sin tapujos que: “reírme y mentirle a la gente es algo que he disfrutado como nada?”.
Aquellos versos de La Ilíada, a los que tantas veces recurrió para fanfarronear, de pronto emergen amenazantes. De manera paulatina, su Whatsapp se empieza a llenar de ellos, cobrando una escalofriante cercanía y actualidad.
“Siempre había sido yo el que inventaba los malos ratos para los otros”, reconoce.
Ahora, Antonio y los lectores estamos condenados “a vivir con ansiedad y miedo”, hasta que se cumplan los designios y con ellos emerja esa verdad que ha estado celosamente escondida.
Ana Josefa Silva V. Presidenta del Círculo de Críticos de Arte de Chile. Junio 2023.
En una hora debo enfrentar un duelo a muerte. Son las cuatro de la madrugada. No he podido dormir. Mi cuerpo tiembla, no hace frío. Una sensación de náuseas me acompaña desde la medianoche. Encendí una vela. No soy creyente.
Hasta hace unos pocos días, trabajaba como director de la mesa de dinero de un importante banco de inversiones suizo. En mi trabajo todo era riesgo, eso me seducía, sentía la necesidad de escuchar los latidos del corazón en mi cabeza, disfrutaba vivir el vértigo del movimiento incesante de las transacciones financieras. Mirar vigilante, por horas, pantallas que no dan pausa es algo que te hace vivir con la adrenalina al tope. La sensación de que puedes perder o ganar todo en un instante es una droga para los sentidos. Siempre me he movido en esos límites. Gané mucho dinero para mis cortos treinta y cinco años. Más del que hubiese soñado. Todos veían en mí un rockstar de las inversiones. Vivo en el vigésimo segundo piso de un amplio e iluminado departamento, de un edificio ubicado en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Me gusta vestir ropa de marca, viajar por el mundo y cenar en los restaurantes de moda. No sé vivir de otra manera.
La emoción que proviene de experimentar una situación extrema y el placer que produce no tiene comparación. Todo ello se forjó en mí a partir de la lectura de la vida de los héroes contada por los clásicos. Siempre soñé estar en medio de las batallas del gran Aquiles, pies ligeros, cantadas por Homero. Eso sí que es adrenalina. Desde pequeño quise ser un héroe, alguien imbatible como el gran Aquiles.
Para mí, competir y vencer era insustituible como forma de vida. Pensar en ser un ganador me entregaba placer, sentir ese cosquilleo en el cuerpo era el mayor deleite. Incluso durante la tragedia. En esa maldita ocasión logré, después de gran esfuerzo, controlar totalmente mi mente; fue mi mayor triunfo. Todos estos eran los pensamientos que me desbordaban hasta hace algunos días. Sin embargo, el último mes todo se vino completamente al suelo. Toda esa retórica sobre mi valentía y vivir al límite cambió radicalmente aquel viernes siete de septiembre.
Me fui dando cuenta de que mi inclinación a moverme en los límites era una fantasía que había construido como una ilusión, como una manera de olvidar ese momento oscuro de mi existencia. Ahora siento pánico de perder la vida. Tengo miedo, como nunca antes lo había sentido.
Siempre quise llenarme de emociones fuertes y renegar de los sentimientos. No puedo amar sinceramente a nadie. Ni siquiera a mis padres. Nunca he podido experimentar lo que realmente significa el anhelo y la pasión. Mi primer fracaso amoroso ayudó a trazar esos rígidos y oscuros límites. Fue una línea dibujada sin razonamiento, una línea sobre la cual me he desplazado, pero que con el tiempo se ha vuelto relativa y compleja, ni recta ni curva, sino fatal.
Me gradué en historia, pero decidí abandonar esos estudios para realizar un posgrado en administración de negocios. Fui el mejor estudiante de la clase del MBA, cursado en Babson College gracias a una beca. Este logro académico me abrió las puertas para mi único empleo. A pesar del brusco cambio que me llevó a apartarme de las humanidades, nunca he podido dejar de lado mi obsesión por la lectura. Es algo que me ha permitido manejar mis emociones y mis excesos. Cada noche leo los clásicos. Homero es mi favorito, lo he leído y releído mil veces.
Debo reconocer que mis lecturas me hacían sentir diferente entre mis compañeros de clase y de trabajo, también me han servido para seducir a más de alguien. Las últimas semanas, a pesar de mi nerviosismo por el maldito duelo, he buscado distraerme durante las noches con alguna lectura. Lo que no es nuevo en mí, cada vez que he estado en medio de un embrollo he buscado refugio en la lectura. Es una forma de contención. Esta vez el libro escogido fue La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Es una forma oblicua de pensar en la muerte. Como todo en mi vida, en que no existen los trazos rectos.
Soy capaz de recitar de memoria cada uno de los poemas épicos de LaIlíada. He perdido la cuenta de las veces en que he repetido en voz alta:
La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles; maldita, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al Hades muchas valientes vidas de héroes, y a ellos mismos los hizo presa para los perros y para todas las aves —cumplíase la voluntad de Zeus— desde que por primera vez se separaron tras haber reñido el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles, de la casa de Zeus.
Debo confesar que soy un hombre solitario, desconfío de la gente, sobre todo de aquellos a quienes no conozco. No existen las personas honestas, todos tenemos un lado oscuro que nadie logra penetrar. No existe la lealtad. Yo mismo diría que muchas veces he mentido descaradamente. También soy incapaz de olvidar un maltrato o un desaire. Cuando alguna vez me sentía ninguneado por alguien inferior a mí, caía en un estado de rabia o furia que me hacía perder el control de mí mismo, romperlo todo y, a veces, maltratar físicamente a ese alguien. Lo hice muchas veces en mi juventud. Tal vez por eso, desde niño aprendí a cultivar la soledad. Nadie me conoce realmente, no tengo amigos íntimos, ni siquiera las parejas que he tenido han llegado a conocerme, a nadie le he revelado mis verdaderos secretos. Siempre he sentido el impulso de transgredir los límites como el gran Aquiles, y un profundo deseo también de negarlos. Entiendo que los límites existen y, objetivamente, debo reconocerlos. Pero, emocionalmente, no los acepto.
Carlos, uno de mis tantos amigos del posgrado, al que no veía hacía un año por la pandemia del coronavirus, pero con el que mantengo contacto por las redes sociales, me invitó a una fiesta en donde nos emborracharíamos para cerrar la semana. El encuentro iba a ser en el departamento de uno de sus jefes. Todos ellos eran unos desconocidos. En un momento del día, dudé en aceptar la invitación. Sin embargo, habían pasado muchos meses de encierro. Era una buena oportunidad para pasar un buen momento. Eran hombres y mujeres jóvenes, dedicados a mi pasión. Sabía cómo actuarían y lo que dirían, he aprendido a leer las intenciones y las mentiras de la gente, todos somos un poco predecibles. Como en cada cosa en mi vida, tenía todo controlado. Nada que temer. Es lo que creía hasta esa fatídica noche.
Esa reunión nuevamente me daba la oportunidad de declamar los poemas clásicos ante desconocidos. Eso siempre ha sido, para mí, una droga insustituible. Tener un espacio para que esos perdedores tuvieran la oportunidad de conocer a un ser superior, me motivó a no rechazar la invitación.
El departamento estaba ubicado en el vigésimo quinto piso de un lujoso edificio en La Dehesa. Un departamento bellamente decorado con esculturas y cuadros originales de destacados pintores expresionistas; había mucho dinero invertido en arte. La vista panorámica de la ciudad era simplemente maravillosa, no pude resistir el quedarme un largo rato mirando por la terraza sin decir nada. Una vez que llegaron todos los invitados, la conversación, como era de prever, fue acerca de los éxitos en los negocios. Cada uno se jactaba, muchos mentían sobre sus aciertos y presumían sobre sus ganancias. El lugar estaba invadido por las risas, la música electrónica y el incesante sonido de botellas de cerveza que chocaban ruidosamente en el aire.
Con el correr de las horas, todos estábamos sufriendo el efecto del alcohol. Yo comencé, como siempre, a declamar los poemas de Homero; me gusta llamar la atención en estas circunstancias, que todos se fijen en mí, así logro eliminar la ansiedad. Me gusta presumir de mi portentosa memoria. En medio de las risas y bromas que iban y venían, me puse de pie sobre una mesa para declamar:
¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? ¿El hijo de Leto y de Zeus? Airado con el rey suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida interfiriera al sacerdote Crises. ¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permiten destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria. ¡Aquiles, es el mayor héroe de la historia!—terminé diciendo, en voz alta—. Nada se puede comparar al amor que sintió por Patroclo y dar muerte a Héctor en un duelo de guerreros. Defender el honor de un amigo con la vida, es el mayor gesto de un hombre noble de espíritu —aplausos y silbidos acompañaron el cierre de mi discurso.
Recuerdo que un tanto frenético y mareado, me senté de forma muy poco ortodoxa en uno de los sillones. Tenía la camisa fuera del pantalón, casi completamente desabrochada, el pelo revuelto. Había logrado que todos se fijaran en mí. Reía sin parar.
—¿Tú estarías dispuesto a defender con tu vida a un amigo? —me preguntó, en medio del ruido incesante, una bella rubia, que estaba sentada a mi lado. Ella pareció disfrutar de mis poemas y mis relatos, lo que no era nuevo, de esa misma forma había seducido a muchas mujeres, incluso mayores que yo. Había notado que no me quitaba los ojos de encima mientras declamaba, al término de cada verso aplaudía y lanzaba vítores.
—¡Por supuesto! No lo dudaría, ni siquiera un instante.
Era imposible que pudiera responder algo distinto, menos frente a ella. El ruido se hizo ensordecedor, yo intentaba conversar con aquella chica, saber algo más de su vida, la verdad quería seducirla. Comencé a desesperarme. Cuando una mujer me atrae no existe nada que me detenga. Todos bailaban y gritaban, hasta que de un momento a otro, el grupo completo corrió hacia la terraza.
—¡Lánzalo! ¡Lánzalo! Déjalo caer, veamos si su fiel Aquiles viene al rescate.
En medio de las risas y gritos, no lograba entender lo que ocurría. Hasta que me di cuenta de que Carlos estaba colgando en el vacío, por fuera del muro de la terraza se sujetaba con las dos manos de los brazos de un fornido joven que lo subía y bajaba con mucha facilidad.
—¡Ven, joven Aquiles, esta es tu oportunidad de salvar a Patroclo! —me gritó la misma rubia que antes parecía interesada en mí.
Intenté pasar por entremedio de todos y correr hasta donde colgaba mi amigo. Dos desconocidos me tomaron de ambos brazos y me detuvieron. Por más que intenté escapar, la fuerza con que me sujetaban, me impedía moverme.
—¡No hagas eso, joven Aquiles! Si quieres ayudarlo tendrás que batirte a duelo a muerte con uno de nosotros. ¡Tu vida por la de tu amigo! ¡Si aceptas, le salvarás la vida!
Se me congeló la sangre, pensé que era una broma, pero todo indicaba que iba en serio. Mi amigo Carlos gritaba pidiendo auxilio, de forma desesperada.
—¡Acepto! ¡Acepto! ¡Mierda! ¡Huevones locos… súbanlo de una vez! —grité con rabia.
Con el cuerpo paralizado, no atinaba a nada. En otra época habría intentado golpearlos a todos, pero ahora solo los pensamientos negativos volvían de manera imparable a mí mente, además de las náuseas y la angustia. No podía cargar con la responsabilidad de otra muerte en mi vida. Parte de la borrachera se me había ido. Me soltaron, caí al suelo. Desde allí observé cómo subían a Carlos, pálido, sudoroso y con los ojos desencajados.
—¡Malditos imbéciles! ¿Por qué hacen esto? ¿Es que acaso se volvieron locos? ¡Tropa de maricones cobardes! —gritó Carlos lanzando golpes a diestra y siniestra. Todos retrocedían para evitar la furia de sus manotazos.
—¿Qué pasa, Patroclo, tuviste miedo de morir? —le preguntó con sarcasmo la joven rubia.
Carlos gritó como enajenado, se abalanzó sobre ella para golpearla, pero lo detuvieron. En ese momento, apareció un muchacho más joven con un papel que enarbolaba por los aires.
—¡Aquí quedará todo registrado! En treinta días más tendremos, de madrugada, un duelo a muerte en Farellones, la cordillera será la sepultura para el apuesto Aquiles.
Todos gritaron eufóricos. Lo que a mí me sonaba a tragedia, para ellos era una comedia. El documento, escrito a mano, indicaba que yo aceptaba batirme a duelo con alguien, no se especificaba quién, las armas que se usarían también quedaban por definir. Si yo no me presentaba el día del duelo, mi amigo Carlos aparecería muerto de forma accidental.
Firmé aquel acuerdo sin leer cada línea, casi con la mente en blanco. Sentí el retumbar del corazón en los oídos, respiraba agitado, como si fuera a explotar. Sudaba, mi camisa estaba empapada, sentía un extraño ardor en las mejillas. Esbozaba una sonrisa nerviosa que hacía que los músculos de la cara me dolieran por la tensión. Solo escuchaba risas y gritos. Estaba siendo humillado y deseaba escapar luego de aquel lugar.
Después de firmar el documento y arrojarlo al suelo, Carlos me tiró del brazo para salir del departamento. En el ascensor no pronunciamos ni una palabra. Ambos mirábamos al suelo. Eran la cinco de la mañana. Cuando llegamos al estacionamiento, nos despedimos con un abrazo.
—Conversemos el lunes —fue lo único que pude decir.
