Gueto - Fernando Garrido Baixauli - E-Book

Beschreibung

Gueto de Cracovia, Navidad de 1941. La reacción violenta de las autoridades nazis ante el descubrimiento del cadáver profanado de una niña, hija de un empresario alemán, desata sangrientos altercados en el Distrito Judío. A fin de calmar las aguas, el Reichsführer Himmler encomienda la investigación del crimen a Kaspar Hauser, un general de alto rango al que todos conocen como Vorsitzender, el juez que todo lo ve. En el curso de sus pesquisas, Hauser, que es tan escéptico como manipulador y tiene una asombrosa capacidad para leer a las personas, se enfrentará a rivalidades políticas y conspiraciones raciales, todo ello con el exterminio de la población judía como telón de fondo.

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Seitenzahl: 655

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Ähnliche


Índice de contenido
· Cracovia, 23 de diciembre de 1941 ·
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Epílogo
RELACIÓN DE PERSONAJES
GRADUACIÓN DE LOS CUERPOS POLICIALES Y MILITARES DURANTE EL III REICH ALEMÁN

Título: Gueto

© 2024 Fernando Garrido

____________________

Diseño de cu­b­ier­ta: Eva Olaya

___________________

1.ª edición: noviembre 2024

____________________

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2024: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Calle Muntaner, 423, planta 2

08021 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

____________________

Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

Lo que sigue es una obra de ficción. Si bien la mayoría de personajes y escenarios son veraces, algunos protagonistas, fechas y otros aspectos han sido alterados para encajar en el argumento de la novela. Así, por ejemplo, no existió ninguna iglesia de Santa María en Podgórze, ni hubo una insurrección en el gueto de Cracovia. Personajes como Kaspar Hauser sintetizan rasgos biográficos de distintos sujetos reales, un recurso que se repite con detalles tal que el libro El judío errante, igualmente ficticio. Lejos de frivolizar con el periodo o las circunstancias que condujeron a la cosificación y exterminio de millones de seres humanos, hemos pretendido con estos artificios incidir en las contradicciones de un régimen asesino, que siempre se esforzó por preservar una cínica imagen fundada en el orden, el imperio de la ley y una pretendida superioridad civilizadora, racial y moral.

* N. de la E.: Para comodidad del lector, hemos incluido al final de la novela una relación de personajes y una graduación de los cuerpos policiales y militares durante el III Reich alemán.

· Cracovia, 23 de diciembre de 1941 ·

Capítulo 1

Los golpes repican en la conciencia, sumida en las tinieblas de la duermevela. Pankiewicz cabecea en la rebotica, con un libro abierto sobre el pecho y un hilo de saliva que cuelga de la comisura de los labios. De nuevo el murmullo, y de fondo, el eco de su nombre. El farmacéutico vuelve en sí con un respingo, e inmediatamente se pone en pie y se dirige a la puerta que comunica con el zaguán del edificio.

—¡Tadek! ¡Tadek! ¡Soy yo, Natan! ¡Ábreme! ¡Tadek!

Pankiewicz arrastra la puerta unos centímetros, insuficiente para comprender de quién se trata. Al abrir por completo, la claridad del interior alumbra el rostro embozado por las solapas y la bufanda, con un manto de nieve sobre los hombros y el cogote, indicio de que el temporal no ha amainado.

—Tadek, tienes que acompañarme. —El abogado exige, sin considerar la cortesía de quien lo invita a resguardarse de la tormenta en la farmacia.

—¿Estás bien? ¿Ha ocurrido algo? Ya no esperaba a nadie a estas horas. ¿Por qué no pasas y te preparo un…?

—Coge tu abrigo.

Pankiewicz confía en la urgencia implícita de las palabras y en los ademanes nerviosos de su amigo, y regresa a la rebotica sin formular preguntas; busca unos guantes y un sombrero, y se calza el barragán sobre la bata blanca, que ya se ha convertido en una segunda piel que rara vez muda.

—¿Necesitas algo? ¿Apósitos, calmantes?

—Nada. Vamos.

Con el vestíbulo en ascuas, Tadeusz duda antes de atrancar la puerta tras de sí. Aunque la farmacia resiste abierta las veinticuatro horas, con Pankiewicz siempre de guardia, dispuesto a prestar auxilio a cualquier residente del gueto, la entrada principal cierra tras el ocaso. Natan Oberlender se encamina a la salida sin estrechar siquiera la mano de su amigo. En la calle, la noche emborrona el tapiz nevado, y las ráfagas cortantes de la ventisca frenan la marcha. Antes de seguir, Pankiewicz agarra por el hombro a Natan y le grita una última duda, que llega susurrada a sus oídos en medio de la tormenta.

—¿¡Adónde vamos!?

—¡Santa María! —Natan responde con un rugido a la nada, que no espera ni requiere respuesta.

Pankiewicz resopla y niega con la cabeza, antes de bajar la vista y seguir al picapleitos. Natan camina con una mano en la gorra y la otra pinzando las solapas para que no se abran con un golpe de viento. Tras la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, el país, que había recuperado su independencia veinte años atrás, fue descuartizado por mor de un acuerdo secreto entre Hitler y Stalin. La Polonia bajo soberanía nazi sufrió dos suertes distintas: la parte occidental se incorporó al Reich, mientras el sur y el este pasaron a formar parte del Generalgouvernement, reserva de recursos y mano de obra bajo el yugo teutón. La ciudad de Cracovia se erigió en su capital, y Hans Frank, abogado de los líderes nacionalsocialistas desde la década de 1920, en regente y caudillo. La obsesión de Frank por germanizar Cracovia como modelo para el resto del Gobierno General, y las atroces intenciones del Reich hacia la comunidad judía de Europa llevaron a la creación del gueto de Cracovia en marzo de 1941. El nuevo Distrito Judío, según la parafernalia eufemística de la propaganda nazi, se estableció en Podgórze. Los vecinos de este municipio en la orilla sur del Vístula fueron desalojados de sus hogares, que pronto mudarían en parte del gueto, mientras que a unos quince mil judíos los obligaron a trasladarse a un área compuesta por una docena de calles y poco más de trescientos bloques de viviendas. Desde entonces, el número de desplazados no había dejado de crecer, rondando ya las sesenta mil almas.

El trayecto parece eterno a causa de la tempestad y las tinieblas, hasta que Pankiewicz divisa la modesta iglesia de Santa María. Al pasar junto a un callejón, el farmacéutico se detiene exhausto; apoya una mano en la esquina mientras intenta desbarbar los pies del suelo, atrapados por un túmulo de nieve virgen. Pankiewicz distingue, entre ráfagas de cellisca, la silueta de una carreta desvencijada. Aún no ha recobrado el aliento cuando Natan acude en su rescate, y así ambos completan el último tramo. La creación del gueto por orden del gobernador del distrito de Cracovia, Otto Wächter, provocó un aluvión de protestas, desde dueños de fábricas hasta vecinos desahuciados. Entre quienes apelaron a la responsabilidad de las nuevas autoridades se encontraba el párroco de las iglesias de San José y Santa María, el padre Jósef Niemczyński, quien, a través de la diócesis, puso en conocimiento del gobierno alemán su indignación por la ruina de ambos templos: la iglesia de Santa María, dentro de los límites del gueto, habría de ser clausurada, y la de San José perdería a sus feligreses, forzados a mudarse a la otra orilla del Vístula. La respuesta del gobierno de ocupación fue un consejo que invocaron cual funesto augurio: «Hay iglesias de sobra en Cracovia, así que mejor olvídense de Podgórze… si no quieren correr su misma suerte».

Al llegar al edificio, la puerta se encuentra ligeramente abierta. Natan se cuela entre los tablones transversales que continúan fijos a las jambas, a pesar de que hayan forzado la entrada. Antes de abandonar Santa María, los mismos albañiles que levantaron los muros del gueto tapiaron las ventanas de la iglesia y cruzaron maderos claveteados en las puertas. Para los residentes judíos, aquel templo católico es un tabú que nadie se atreve a enunciar, y todos tienen claro que la iglesia queda fuera de los límites permitidos. Sin embargo, en los últimos meses, las autoridades alemanas han traído nuevos residentes a Podgórze, judíos procedentes de áreas rurales, sobre todo en la frontera que se dibuja con Ucrania en el curso de la ofensiva nazi sobre la Unión Soviética, y ya se ha dado el caso de que algunos de estos ostjuden, campesinos desarrapados del este, han asaltado la iglesia en busca de madera para sus hogueras y estufas.

—¿Cuántas veces os lo he dicho? —Pankiewicz se estaba guardando la reconvención desde que salieron de su casa, y no espera ni a haber terminado de entrar en la iglesia para deslizarla. Natan desmonta su embozo mientras zapatea para desprenderse de la nieve que trae consigo. El farmacéutico se dispone a imitarlo, cuando lo sobresalta la presencia de un hombre en la oscuridad, a lo que reacciona con un respingo—. Natan, no podéis entrar aquí. Si los alemanes descubren a un judío robando madera de la iglesia… No estoy hablando del castigo por convertir un par de bancos en leña para la estufa, sino de algo mucho más grave. La propaganda de los boches…

—Tadek —interrumpe el abogado, tratando de contener la perorata que, por otra parte, ya ha escuchado en más de una ocasión.

—¿Ha sido él? —El farmacéutico se dirige a la sombra espectral que mantiene la cabeza gacha y la gorra asida con fuerza. Pankiewicz cambia el tono, y se gira hacia su nuevo interlocutor—. No pueden entrar aquí. Se lo he dicho a Natan más de una vez: si necesitan carbón, pídanmelo, hablen con sus vecinos, diríjanse al Judenrat, pero no pueden coger los tablones o los bancos de madera. Es…

—Tadek. —El abogado agarra a su amigo por la manga—. No te entiende. Solo habla yidis.

Pankiewicz resopla volviendo la vista al interior del edificio, y es entonces cuando se fija en la luz que resplandece al fondo. Tres figuras aguardan. Con un gesto, Oberlender invita a su amigo a acercarse al grupo. A medida que avanza, los rostros cobran forma.

—¿Filip? —Pankiewicz estrecha la mano del procurador, un tipo afable y sonriente que aprovecha la penumbra para ocultar su desazón—. ¿Doctor Lachs? ¡Erwina! —El farmacéutico se abraza a la mujer, enfermera en el hospital ginecológico de la doctora Feniger—. ¿Qué hacéis todos aquí? ¿Qué ocurre?

—Tadek —Natan no se atreve a elevar la mirada—, hay algo que debemos mostrarte.

El grupo se separa en silencio para que los dos hombres enfilen el pasillo en dirección a la luz que parpadea en el altar. El abogado se detiene entonces, coge a Pankiewicz por los hombros y lo enfrenta con ojos taciturnos.

—Tadek… Yo… Lo siento. No hay forma fácil de…

Natan retrocede un paso, y su amigo avanza hacia la luz, mientras él se apoya en el lateral de un banco para no derrumbarse. Pankiewicz sonríe algo confuso, y al momento se deja atrapar por el resplandor que lo reclama. Lentamente, el farmacéutico camina hacia el altar, desnudo de imágenes sagradas debido a la rapiña de los nazis.

—No entiendo —murmura Pankiewicz antes de volver la vista atrás por un instante. Pero entonces algo ocurre: un reflejo atrapa su atención, una silueta, una forma imposible al abrigo del altar, en el centro de una constelación de llamas que titilan—. ¿Qué es…? Las velas… ¿Habéis encendido…? ¿Qué…?

Cuando al fin Tadeusz descifra la imagen frente a sus ojos, el mundo se viene abajo, la conciencia colapsa, el flujo del estómago se invierte y a punto está de desmayarse. Con una mano en la boca, temblando, Pankiewicz da un traspié al retroceder. Natan lo auxilia, y al sentir sus brazos que lo reconfortan, el farmacéutico se derrumba. El resto del grupo se acerca a Pankiewicz. Tadeusz aún se aventura a volver la vista una vez más, y su mirada se encaja en dos cavidades vacías que le roban una lágrima.

—¿Se encuentra usted bien?

La pregunta del doctor Lachs, urólogo y cirujano, parece absurda a la vista de la expresión descompuesta del farmacéutico, pero ninguno de los presentes, ni siquiera el socarrón Steinberg, sabría cómo salir airoso de aquel trance. Solo Erwina logra serenar a Pankiewicz, agachándose para acariciarle el cabello con ternura.

—Por el amor de Dios… ¿Qué…? ¿Qué…? ¿Es…?

—Es un cadáver —constata Lachs—. La enfermera Order-Panzer y yo lo hemos examinado y creemos que se trata de una niña. Bueno… Es una niña, no cabe duda.

—Debe de tener ocho o nueve años —añade Erwina incorporándose—. Resulta difícil determinar la edad en esas… condiciones… Ya me entiendes…

—¿Una niña? ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo…? ¿Qué…? ¿Qué le han hecho a…? No entiendo…

—La han desollado —explica Steinberg, con un hilo de voz—. Se dice así, ¿no?

—Le han arrancado la piel. —El doctor Lachs dirige la mirada allí donde nadie más se atreve—. Le han vaciado las cuencas de sus ojos y le han quitado la mandíbula. También le han sacado las vísceras: corazón, pulmones, intestinos, todo.

—Por el amor de Dios —no deja de mascullar Pankiewicz—. ¿Quién la ha encontrado?

—El vecino de Oberlender. —Leon Steinberg señala al pobre infeliz que espera en la penumbra en la misma postura que hace unos minutos.

—Se llama Saul —explica el abogado—. Llegó hace un par de semanas con su mujer, tres hijos, dos hermanas y no sé cuánta gente más. No os lo imagináis. En mi edificio hay hasta cinco familias por apartamento y son pobres como las ratas; no tienen nada, ni siquiera les alcanza para comprar carbón, ya no digo comida. Hablé con ellos, traté de explicarles que no debían arrancar las puertas o el suelo para calentarse, pero apenas chapurrean cuatro palabras en polaco y solo atienden al frío y al hambre.

—Leon. —Erwina censura las divagaciones del abogado, que ha perdido el aplomo con el que ha sido capaz de traer a Pankiewicz hasta la iglesia sin venirse abajo.

—Lo siento... Hace unas horas el hombre aporreó mi puerta como si asediara una fortaleza. Cuando abrí, me lo encontré deshecho, lívido. Me agarró de la manga y me trajo a rastras hasta aquí. Luego he ido a por vosotros… Lo siento. No se me ocurría que…

—¿La encontrasteis así, en el altar, con las velas encendidas? —pregunta Pankiewicz.

—Claro —Natan se muestra casi ofendido por la duda—, no hemos tocado nada. Los únicos que se han atrevido a acercarse a menos de diez pasos han sido Erwina y el doctor Lachs.

La mención a la enfermera y al cirujano, de alguna forma, impele a Pankiewicz a enfrentarse de nuevo al horror. Con el conciliábulo a sus espaldas, el farmacéutico se aproxima a la cabecera de la sala, redescubriendo los detalles de la escena. Del altar apenas quedan dos pedestales. Una oquedad, que debió de albergar un cuadro, acoge el cadáver sedente, con las manos trabadas entre las piernas, y la terrible imagen del rostro con la cabeza apoyada en la hornacina. En el suelo, sobre el púlpito, centellean decenas de llamas menguantes, a las que les resta poca luz que compartir. Pankiewicz rompe a llorar de forma pausada y honda, sin alharacas ni desgarros, al comprender que aquel amasijo de carne teñida por una pátina transparente de tono cobalto, hará tan solo unas horas, era una niña. Al momento, Erwina acude de nuevo al rescate, reintegrando cierta esperanza con su calor.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —pregunta Pankiewicz de vuelta junto al grupo.

—Solo conozco a alguien capaz de un comportamiento tan monstruoso.

—¿Crees que han sido ellos, los alemanes? —pregunta Pankiewicz a Oberlender.

—¿Quién sino? Todos habéis oído historias de las atrocidades que cometieron durante la invasión de nuestro país: torturas, violaciones, asesinatos en masa, fosas comunes, piras funerarias. A su lado, los bárbaros de Salammbô bien parecen sensibles ilustrados.

—Esto es diferente. Además —puntualiza Steinberg—, ¿por qué han dejado el cadáver aquí, en una iglesia, rodeado de velas? No tiene sentido.

—Todo lo contrario. ¿No lo veis? —insiste Oberlender—. Nos están incriminando para luego culparnos. Dirán que los judíos asesinan a niñas inocentes arrancándoles la piel en sus oscuros rituales.

—Los libelos de sangre. —El doctor Lachs suspira contrariado—. ¿Os acordáis de aquel tipo? ¿Cómo se llamaba? Belis o Beilis. Lo acusaron de haber sacrificado a un niño para preparar el pan ácimo con su sangre. Y no ocurrió hace mucho: diez o veinte años. Fue en el este; en Rusia, creo.

—¡Miradnos ahora! Parecemos personajes de un folletín decimonónico, un cuadro de los Protocolos de los sabios de Sion. Si Trzeciak nos viera…

—¿No habrá sido cosa de Trzeciak y sus fanáticos? —Lachs se refiere a un sacerdote polaco, furibundo antijudío y propagador de las tesis más descabelladas sobre los planes de dominación mundial de las doce tribus de Israel.

—¡Venga! —protesta Oberlender—. Está claro quién es el responsable de esta crueldad.

—Sobrevaloráis las intrigas de los alemanes —añade Leon Steinberg—. Las velas, la posición del cuerpo, toda la escenografía; me parece demasiado elaborado. Frank no necesita tantos argumentos para llevarnos a todos al patíbulo.

—Ahí te equivocas. La propaganda es también un campo de batalla, tanto o más que el frente de guerra o los territorios conquistados. Mira, si no, la censura sobre la prensa.

—Dudo que un debate nos ayude en este momento. —El doctor Lachs reconduce la conversación con aplomo—. Ahora, lo más importante es decidir qué hacemos.

—Hay que avisar a alguien —concluye Pankiewicz, desconcertado pero resuelto.

—Ya hemos implicado a suficientes personas —arguye Erwina, con un reproche oculto dirigido a sus colegas—. No podemos contar con nadie más.

—Se trata de un asunto demasiado grave para tomar cualquier decisión. Debemos informar a alguien; no sé… con autoridad.

—¿Y quién es ese alguien? —pregunta Steinberg—. ¿Las SS, la Gestapo, el gobernador Frank? Si informamos a los alemanes, acabaremos todos con una soga al cuello.

—Deberíamos comunicárselo al Judenrat. —El doctor Lachs mira de reojo a la enfermera Order-Panzer en busca de apoyo—. Ya lo hemos discutido antes.

—El Judenrat trabaja para los alemanes —puntualiza Steinberg, subrayando lo evidente.

—El doctor Rosenzweig es un hombre honesto. —Romuald Lachs repite los mismos argumentos en los que llevan enredados desde hace horas, aunque Pankiewicz no lo sepa.

—Tal vez —replica Oberlender—, pero el Judenrat está bajo la supervisión directa de Kunde y del resto de oficiales de las SS. Rosenzweig jamás se aventuraría a poner en peligro a todo el gueto ocultándoles un cadáver, y mucho menos contando con un grupo de parias a los que incriminar por el bien común.

—Y eso si Spira no se entera antes y corre a delatarnos para ganarse el afecto de su amo.

—¡Por el amor de Dios! —Pankiewicz vuelve con su eterna admonición—. A nuestra espalda hay un cadáver mutilado. No creo que sea el momento de discutir sobre lealtades y enredos políticos. Esa niña a la que no nos atrevemos a mirar ha sido asesinada de forma... Ni siquiera… ¡Algo habrá que hacer!

—Tadek —replica Natan Oberlender—, somos conscientes de lo que dices, y no creo que ninguno de nosotros vuelva a conciliar el sueño sin que nos asalte la imagen de esa pobre chiquilla, pero tenemos que encontrar una solución antes de que otros se vean involucrados. Un paso en falso podría ser catastrófico para las sesenta mil personas que vivimos en el gueto, y no solo para los que estamos aquí reunidos.

—Hemos de sacar el cadáver de la iglesia. —El doctor Lachs manifiesta una idea en la que casi todos coinciden—. No podemos permitir que lo encuentren aquí.

—¿Sacarlo adónde?

—Podríamos enterrarlo —plantea Steinberg, sin pararse a considerar al detalle su propuesta.

—Esa niña es la hija de alguien —replica Pankiewicz—. No podemos sepultar su cuerpo sin saber antes quiénes son sus padres, su familia… Seguro que la están buscando.

—Además, hace demasiado frío. La tierra está helada y no se puede cavar. Pinie Koza lleva semanas sin abrir una fosa —añade Erwina, refiriéndose al enterrador, Pinkoza Ladner.

—Tadek —Steinberg se adueña de una cierta familiaridad en el trato con el farmacéutico—, ¿crees que… podrías sacar el cadáver del gueto? Ya sabes…

—¿¡Cómo!?

—Sobornando a alguno de los guardias.

—Steinberg, a lo sumo puedo colar unos pocos periódicos y algunos documentos falsificados. Intenta atravesar las puertas del gueto con un cadáver y acabaremos todos en Montelupich.

—Debemos ocultarlo —sentencia Oberlender—; tal vez en los sótanos, en las carboneras.

Y en ese momento, los cuatro conspiradores dirigen sus miradas a Pankiewicz con desigual impertinencia: algunos, como Erwina, articulan un ruego en sus ojos velados, mientras otros como Oberlender no se atreven a interrogar a su amigo.

—No.

—Tadek…

—¿Os habéis vuelto locos? ¿Por eso me habéis hecho venir en mitad de la noche?

—Llevamos horas discutiendo —confiesa el doctor Lachs— y no se nos ocurre otra idea.

—No podéis pedirme algo así.

—Tadek, todos nosotros vivimos en edificios abarrotados. En mi bloque hay más de doscientas personas, muchos de ellos ancianos y niños. Si ocultáramos el cadáver en cualquiera de nuestros sótanos, pondríamos en riesgo decenas de vidas.

—Además, tú eres el único polaco en el gueto —arguye Steinberg, incidiendo en los criterios raciales de la propaganda nazi, que no reconoce como polacos a los judíos.

—¿Crees que eso los detendrá cuando vengan a por mí?

—No, pero su farmacia es el último lugar donde buscarán —sentencia con rigor y firmeza el doctor Lachs—. Pankiewicz, serán solo unos días, hasta que encontremos la forma de deshacernos del cuerpo.

—Tadek —Erwina coge la mano del farmacéutico y respira hondo antes de pronunciar un ruego—, no tenemos otra opción.

Pankiewicz mueve la cabeza, negando sus propios impulsos. Después, se desprende del abrigo y de la bata, que entrega Oberlender con un movimiento airado.

—Bajad a esa pobre niña del altar. Envolved el cuerpo en la tela, y saquémosla de aquí antes de que amanezca.

Cuando Irena llega a la farmacia a primera hora, encuentra el lugar desierto. Busca a Pankiewicz en la rebotica, donde suele encontrarlo desperezándose tras una noche en calma; pero tampoco está allí. Irena sale al pasillo que sirve de zaguán, y a punto está de subir las escaleras hasta el primer piso, donde vivían los padres de Tadeusz y que ahora es la residencia del farmacéutico, la cual pisa muy de vez en cuando. En el último momento, Irena se arrepiente y decide no importunar a su colega. Entonces, regresa a la botica para abrir la puerta principal. Pankiewicz ve cómo la mujer saluda en la calle a un viandante con su acostumbrada cortesía; divisa la escena desde las ventanas del primer piso, oculto por los visillos, con un nudo en el estómago que difícilmente lo abandonará en los próximos días, ¿semanas? ¿Cuánto tiempo habrá de mantener oculto el cadáver de esa pobre niña?, se pregunta el farmacéutico.

Mientras, al otro lado de la ciudad, en el bucólico barrio de Salwator, un mensajero llama a aldabonazos a la puerta de una vivienda. Se oyen unos pasos, y al rato aparece una criada recia, de expresión adusta, bolsas en los ojos y piel ajada por la edad. La mujer mira en una dirección y otra sin ver a nadie; y justo cuando regresa al interior de la vivienda, su talón roza un paquete abandonado en el suelo. La criada sujeta la caja entre sus manos, envuelta en papel de seda de color crema, con el dibujo de una Estrella de David. La criada no comprende, y por eso llama a gritos al padre de familia, que estará en el primer piso poniéndose los pantalones. Un insólito impulso, una ilusoria esperanza, anima a la mujer a desgarrar el papel y abrir el embalaje dispuesto con primoroso decoro. Al principio no comprende qué hay en el interior del paquete, qué está viendo a las puertas de la casa un día apacible tras semanas de tormentas y nevadas. Pero cuando se atreve a palpar el contenido, la repugnancia se transmite como una corriente eléctrica desde las yemas de los dedos hasta la conciencia.

El hombre baja los escalones a pares al oír los gritos. Salwator es una ciudad jardín de treinta edificios, construidos hace dos décadas cerca de Zwierzyniec, un lugar tranquilo donde ni siquiera la guerra ha alterado la calma del pequeño bosque que lo rodea. Por ese motivo, las voces de la criada resultan aún más desconcertantes. Ya en el vestíbulo, el hombre encuentra a la robusta polaca en el suelo, llorando, entre gemidos que reprime sobre su regazo, hecha un ovillo. El señor Fischer pone una mano en el hombro de la cocinera, dirige la vista a la puerta abierta de la calle, y en la entrada ve un paquete volcado del que se derrama una tela áspera y acartonada. El hombre se aproxima al vestigio, lo coge con repugnancia y lo adriza para contemplarlo a la luz de la mañana, descubriendo el contorno de un cuerpo humano, la piel de una niña desollada que se extiende como una vela al viento.

Capítulo 2

Stroop ha pasado la mañana frente al espejo. Cuanto ha visto en el cristal es a un hombre menguado, estrecho de hombros y ancho de caderas, de cabello y tez oscuras, lejos del ideal que el uniforme representa. «Jürgen», declama el soldado ante su reflejo, regodeándose en cada sílaba. «Jürgen Stroop… Jüüüürgen». Y al pronunciar el nombre de su hijo muerto, Stroop se atraganta, da la espalda a la pared y termina de vestirse en el silencio de una vivienda compartida con otros dos oficiales. Tal es el déficit de alojamientos, o el exceso de tropas, que ni siquiera el rango garantiza una estancia apropiada. «Jürgen Stroop», musita de nuevo el SS-Standartenführer, quien hasta hace no mucho era Josef, Josef Stroop, el vástago de unos meapilas católicos del que todos se reían, del que se mofaban llamándolo Juzif, el papista judeocristiano que finge una pureza racial que escapa a su naturaleza; de ahí el nombre germanizado de su hijo, que ahora él ha adoptado. «Jürgen», repite el coronel, cobrando confianza en este nuevo destino, Cracovia, lejos de Gniezno, donde todos lo conocían pero pocos lo respetaban, aun siendo el comandante de las SS en ese remoto enclave de frontera. «Cracovia será un nuevo principio», medita Juzif, «el lugar donde me labraré un nombre», nunca mejor dicho, a sangre y hierro, según el más excelso ejemplo de la añeja Prusia.

Stroop avanza por las calles del gueto vestido con el uniforme de campaña, como si aquella tierra hostil fuera el frente soviético. A su lado, un judío no deja de suplicar; el viejo camina encorvado, como en las estampas difundidas por Goebbels y su maquinaria de propaganda: el judío Süꞵ implora con las palmas de las manos juntas mientras balancea la cabeza, cual penitente en éxtasis por la oración. El coronel se vale de la fusta, que nunca ha empleado a lomos de un caballo, para indicar el camino. A su derecha, varios soldados escoltan al oficial blandiendo sus fusiles frente a la multitud; a la izquierda de Stroop, los hombres de la OD forman una segunda barrera que contiene al gentío. La Jüdische Ghetto-Polizei o Jüdischer Ordnungsdienst, popularmente conocida por las siglas OD, es un cuerpo de orden en el gueto, integrado por judíos y bajo el mando del SS-Hauptsturmführer y Kriminalsekretär Wilhelm Kunde, responsable de la Sección IVB4 para Asuntos Judíos de las SS und Polizei en Cracovia. Symche Spira, jefe de la OD, tiene el dudoso privilegio de caminar junto a Stroop, arrastrando del brazo a una niña de once años llamada Rebeca, cuya madre y abuela ruegan desconsoladas tras la barrera móvil que forman los hombres de la OD, con sus palos de madera.

—Ahí está. Parece que al fin hemos llegado.

Juzif señala con su fusta a lo alto de una loma, donde unos operarios polacos rematan la estructura de madera en la que llevan trabajando desde antes del amanecer. La colina de Krzemionki quedó dividida por el muro que limita el gueto, de tal forma que una fracción se encuentra en el Distrito Judío, mientras el resto se derrama lánguidamente en los límites arios de la ciudad. La pared que surca el alcor está dentada por almenas semicirculares, que imitan los merlones de las lápidas en los cementerios hebreos. En esta mañana de diciembre, dos multitudes se agolpan a uno y otro lado del muro: desde el gueto, los judíos observan el tétrico relieve como un símbolo macabro, una amenaza de muerte constante e irreductible; desde fuera, los arios distinguen en el gueto un muladar de cadáveres que todavía guardan la insidiosa costumbre de respirar, emporcando el mundo con su aliento.

—Standartenführer Stroop, se lo ruego, no continúe. Permítame hablar con mi gente. Deme un día, unas horas para que podamos aclarar este espantoso malentendido.

Quien suplica es el presidente del Judenrat, el doctor Artur Rosenzweig. Lleva rogando clemencia a Stroop desde que comprendió adónde se dirigían y qué iba a suceder; pero Juzif lo ignora, como si el parloteo del viejo judío no fuera más que un eco ventoso. Al comprender que no le queda tiempo, Rosenzweig se lanza desesperado sobre Spira, a quien detiene a los pies del cerro. Para esquivarlo, el jefe de la OD agarra con más fuerza a la niña, pero Rosenzweig bloquea el camino. Stroop ni siquiera es consciente de que su séquito se ha quedado atrás; dos colegas de Rosenzweig en el Judenrat, Leon Salpeter y Jakub Wasserlauf, se adelantan para ejercer de parapeto.

—Symche, no puedes continuar con esta sinrazón —dice el presidente del Judenrat.

—¿Se ha vuelto loco? Apártese antes de que los alemanes le vean. ¡Apártese, le digo!

—Symche, no podemos permitirlo. Ni tú, ni yo, ni nadie con un ápice de humanidad puede permitir lo que va a suceder. Un crimen así destruiría a cualquier hombre; y ni el fondo de una botella frenará tu caída.

—No va a pasar nada —arguye Spira, apartando al viejo con su vara de madera—. Todo esto no es más que un teatro para asustarnos. Confíe en mí. Conozco a los alemanes.

Spira regresa con su amo. Tras la barrera humana que forman los hombres de la OD, niños y viejos se agolpan ansiosos, con la familia de la pequeña al frente bisbiseando sus súplicas. La madre reparte la atención entre la cría, que llora angustiada, y los miembros del Judenrat que la representan ante los alemanes. Rosenzweig ruega paciencia y vuelve a acercarse a Stroop con su perorata humilde.

—Standartenführer, se lo ruego, deme algo de tiempo para resolver este asunto. Por favor, se lo suplico; solo unas horas.

Pero Stroop no escucha, y ya junto a la tarima que los operarios han armado, el alemán no duda en poner un pie en la escalera que conduce a las tablas. Sin otra alternativa que la desesperación, Rosenzweig pierde el juicio y agarra al coronel por la manga del abrigo, a lo que Juzik responde cruzándole la cara con su fusta. El golpe abre una besana en el rostro del hombre, que cae al suelo, derramando un hilo de sangre sobre la nieve embarrada. Un soldado lo encañona con un subfusil MP40, dispuesto a descargar una ráfaga sobre su cuerpo enjuto, pero Spira lo detiene, acercándose a Rosenzweig con la pequeña asida del brazo como un pelele. La tensión persiste hasta que Stroop, desde el estrado que se alza por encima del muro, decide dirigirse a las dos multitudes: la de los volksdeutschen, alemanes étnicos nacidos en Polonia, que asumen la pregonada superioridad de su raza al otro lado de una sucesión de lápidas; y los untermenschen, los infrahumanos que no merecen su propia existencia.

—¡Mi nombre es Jürgen Stroop! ¡Jürgen… Stroop! —El coronel acalla a ambas multitudes, salvo por los susurros de quienes ejercen de circunstanciales intérpretes, traduciendo las palabras del alemán—. Hace una semana ocurrió algo espantoso, ¡abominable! Un monstruo asesinó a una pobre niña aria, y lo hizo arrancándole la piel. ¡Arrancándole la piel! Pero no acaba ahí la ruindad de la bestia, no. Después de cometer esta aberración, el criminal envió los restos de la pequeña en una caja a sus padres. ¡Entregó a la familia, devastada por la pena, la piel de su hija en una caja, con una Estrella de David como única firma!

»¡Mi nombre es Jürgen Stroop! —insiste Juzik, según lo ensayado esta mañana frente al espejo—. Las autoridades del Gobierno General me han encomendado la tarea de descubrir a los responsables de este crimen y castigarlos sin clemencia. Esa madre que llora desconsolada al otro lado del muro merece justicia.

El coronel apunta desde su atalaya a la sucesión de lapidas, tras las que se agolpan los buenos alemanes sedientos de venganza. La madre de la niña observa en primera fila con las manos en los bolsillos del gabán, mientras su esposo y su cuñada tiemblan. El padre abraza un marco de plata con la foto de su hija desaparecida. Varias personas asisten a la tía de la niña y tratan de que se ponga en pie. Tras ellos, los insultos e imprecaciones se multiplican a un ritmo sincopado.

—¿Sabéis por qué me han escogido a mí? Porque no siento compasión. Vuestros trucos, el embrujo de vuestros hechizos no os servirán conmigo. Yo os conozco, judíos —dice Stroop saboreando la última palabra—, sois intrigantes, arteros, siempre conspirando entre murmullos recitados tras esas barbas de chivo que ocultan las intenciones de vuestros labios. Sois lujuriosos, mezquinos y cobardes, y como todo cobarde que se regodea en la moral del esclavo solo respondéis al miedo, así que eso es lo que tendréis.

A una orden del coronel, Spira sube al estrado con la niña a rastras. Desde el endeble patíbulo, el jefe de la OD se arredra ante la visión de la multitud que, al otro lado del muro, pide la cabeza de todos los judíos del gueto. A instancias de Stroop, Spira sitúa a la pequeña junto a la primera de las cuerdas que penden del bastidor, y pasa su cabeza por el lazo de la soga, que termina engalanando su cuello. Al ver a su hija en la horca, la madre arremete contra los policías judíos, que no pueden contener la furibunda sucesión de aspavientos, manotazos y rebuznos ininteligibles. Desde el otro lado del muro, los buenos alemanes acogen con gritos entusiastas al cordero listo para el sacrificio. Un observador iluso diría que la pequeña parece haberse calmado porque ya no llora, cuando en realidad le falta el aire a causa de un ataque de pánico que le corta la respiración.

—Quiero que los asesinos den un paso al frente y confiesen su crimen, y quiero que me entreguéis el cuerpo de la niña alemana a la que vosotros, sucios judíos, depravados, arrancasteis la piel, ¡y que así los padres de esa pobre criatura puedan enterrar a su hija! Y para asegurarme de que obedecéis, cada día colgaré de este patíbulo a una de vuestras hijas, judíos, y veréis pudrirse su cadáver, y los cadáveres de todas las niñas que la seguirán, ¡hasta que se hayan cumplido mis órdenes! Así que, decidme: ¿¡quiénes son los asesinos!? ¿¡Dónde escondéis el cuerpo ultrajado de la niña alemana a quien mancillasteis!? ¡Hablad ahora, antes de que sea demasiado tarde!

No cabe duda de que Stroop es un tipo brutal e incompasivo, pero no inteligente. Mientras barruntaba su plan en el trayecto de Gniezno a Cracovia, esta mañana mientras ensayaba su discurso, hace unas horas cuando ha irrumpido en el gueto con una brigada, al acceder a uno de los edificios escogido al azar, mientras sus hombres derribaban una puerta a golpes de hacha, e inmediatamente después, ya dentro, cuando ha secuestrado a Rebeca frente a su madre, su abuela y el resto de viejos hacinados en el piso; a lo largo de este proceso, que a todas luces habría de servirle para rendir la determinación de sus enemigos judíos y obligarlos a claudicar, el necio Juzik Stroop no se ha percatado de un detalle en el que todavía no cae: buena parte de los residentes de Podgórze no están en el gueto. Los adultos salieron en procesión al alba camino de sus centros de trabajo, las fábricas que emplean esta mano de obra forzada; y los adolescentes han sido enviados en cuadrillas de limpieza a despejar de nieve las calles de Cracovia. En el gueto solo quedan niños como Rebeca, algunos ancianos achacosos y unas pocas mujeres al cuidado de todos ellos. Stroop se dirige ahora mismo a esa multitud decrépita, sin fuerzas para llorar, que reza en silencio y con los ojos cerrados para que la soga no estreche el cuello de Rebeca.

—Standartenführer Stroop, por favor. —El presidente del Judenrat, el doctor Artur Rosenzweig, aprovecha ese momento para dirigirse al oficial en lo alto del estrado. Juzik flaquea por un momento y baja la vista para prestar oídos al judío con el rostro marcado por su fusta—. Cualquiera de nosotros confesará cuantos crímenes desee; yo mismo me declararé culpable de la más abyecta atrocidad que se le pase por la cabeza si libera a esa niña inocente, pero no podremos entregarle el cuerpo que nos pide porque no sabemos de qué nos está hablando.

Stroop permite que Rosenzweig termine su alegato con una expresión rayana en el respeto; después, el coronel vuelve la vista y se encamina a la escalinata de madera para abandonar el estrado. La niña sigue temblorosa al alemán que se retira, y Symche, que aún la sostiene por el brazo para que no se desmaye, suspira con alivio y un amago de sonrisa dedicada a Rosenzweig. Stroop baja las escaleras, para sorpresa de todos, y camina hasta cuadrarse junto al presidente del Judenrat. Desde esa posición, en primera fila del espectáculo, el alemán ordena a Spira que proceda. El jefe de la OD tarda en reaccionar, hasta que, de pronto, como impelido por un resorte, coge la cuerda enrollada a sus pies y la lanza al suelo en la tramoya del patíbulo. Spira dirige una mirada nerviosa a sus hombres, hasta dar con la persona indicada: un tipo corpulento, de unos cuarenta años, chepudo y de semblante atrabiliario. Feiler, un campesino analfabeto que farfulla unas pocas palabras en polaco y en alemán, ha encontrado su sitio en la OD. Spira lo manipula a su antojo, y Feiler agradece el reconocimiento a una labor bien hecha, por brutal o comprometido que resulte el encargo. No es necesario que Spira lo llame; Feiler acude raudo. El hombre de la OD da la vuelta por detrás al patíbulo, y a los pies de Spira, que en lo alto de la plataforma se ha puesto en cuclillas para hablar con su subordinado, recibe la soga de sus manos.

—Tienes que hacerlo, Feiler. —El hombre alza la vista y contempla a Spira en el cielo, mirándole con desesperación—. Tienes que ser tú, Feiler; ningún otro podría soportarlo.

El hombre de la OD coge el ramal, se vuelve hacia un árbol cercano y respira hondo antes de tirar de la cuerda, que se tensa. La soga se desliza por el dintel sobre las cabezas de Spira y la niña, y con la primera sacudida, la pequeña siente como el nudo la estrangula, e inmediatamente la impele hacia el cielo. La pequeña grita asustada, se lleva las manos al cuello y patalea en el aire cuando la soga la eleva, colgando su cuerpo del bastidor como si fuera un cordero que pende del gancho del matarife. Feiler tira con fuerza y pasa la cuerda alrededor del tronco del árbol, repitiendo el proceso varias veces, hasta que Spira le indica con una señal que ya es suficiente. Mientras el verdugo asegura el ramal al tronco, la niña en el patíbulo pierde las fuerzas, y aún tarda un minuto en morir, con el rostro amoratado y las cuencas de los ojos encendidas. En esta parte del gueto, pocos se atreven a mirar; solo la madre, una temblorosa estatua que no mueve un músculo, y el sádico Stroop, impávido. Al otro lado, la multitud de buenos alemanes observa complacida con un regusto áspero, incluso la madre de la niña desollada, que también guarda silencio.

—Soldado, ¿cómo se llama? —Stroop interpela a un guardia de su séquito, un tipo robusto, de sienes rasuradas y ojos negros, con la mandíbula rígida y prominente de un púgil veterano.

—Thomalla —responde el SS-Sturmmann, con innegable gesto de disgusto.

—Venga conmigo, Thomalla. —El cabo se cuelga el subfusil al hombro y sigue a su superior escaleras arriba. Spira ve subir a los alemanes y teme qué va a ocurrir—. Coja eso, Thomalla.

El coronel señala varias herramientas que los carpinteros polacos han olvidado junto a la escalera; en concreto, Stroop se refiere a un hacha que los operarios habrán empleado para afilar los pilares que, como estacas, apuntalan la estructura. De nuevo en el estrado, los exhaustos espectadores de esta función asisten al segundo acto. Tanto en una como en la otra orilla, todos parecen abatidos, tal vez porque compartan una humanidad común.

—El cadáver permanecerá aquí —declama Stroop, señalando con su fusta al cuerpo de la niña que todavía se balancea—, y se pudrirá ante vuestros ojos hasta que me entreguéis lo que os he pedido. Y para que entendáis el dolor de la familia a la que habéis torturado mutilando a su preciosa hija, voy a regalaros un ejemplo de su angustia. —El coronel se dirige entonces al SS-Sturmmann Thomalla y le da una orden que implica también al desgraciado de Spira—. Cortadle la pierna.

Ninguno de los dos secuaces comprende las instrucciones del oficial. Stroop ha de insistir, y señala la rodilla de la difunta Rebeca, cuyo dolor tal vez haya terminado, pero que parece condenada a una continua humillación. Thomalla reniega, mientras Stroop retrocede un paso para que la sangre no le salpique. Spira es, curiosamente, el más despierto de todos y no tarda en prestarse a la empresa. Coge la pierna de la niña por el tobillo y la estira para ofrecer un buen ángulo de corte. Thomalla no termina de dar crédito a lo que está sucediendo, él que cree haberlo visto todo. El alemán da la espalda a los espectadores, avergonzado por su participación en la barbarie. Cuando al fin cede y blande el hacha, la multitud reacciona con negativas proclamadas a gritos. La madre y la abuela de la niña no miran esta vez; se niegan a presenciar la mutilación, que siguen a través de las expresiones descompuestas, horrorizadas y enfurecidas de quienes las rodean. Cada golpe del hacha despierta un alarido entre el público, y Thomalla parece no tener pericia porque el sufrimiento de la muchedumbre se prolonga en rítmicos compases, hasta que, al final, la pierna se parte a la altura de la rodilla. Spira, empapado en sangre, sostiene el resultado de la escabechina. Entonces, Stroop se acerca al judío, le arrebata la pierna y la muestra a ambos lados del muro como un trofeo de caza. No es necesario añadir nada más, pero los murmullos, el llanto y el destello de algún grito anuncian la rabia que ha despertado.

En lo alto del patíbulo queda el cadáver mutilado de la pequeña Rebeca, y a su lado, Symche Spira, preso de la locura. A los pies de la tarima, el doctor Artur Rosenzweig observa a la pequeña y se compadece de la maldición que ha recaído sobre todos.

***

Tras la fundación del gueto, los padres de Tadeusz Pankiewicz se mudaron a un piso al otro lado del Vístula, en la calle Staromostowa, mientras su hijo permanecía en la residencia familiar sobre la farmacia Pod Orłem, en Podgórze. Desde marzo, Tadek no se ha prodigado en visitas, por lo que su aparición esta mañana en el nuevo domicilio familiar ha sido un acontecimiento. Tras la cena, entrada la noche, la familia se deleita escuchando a Zofia, la hermana de Tadek, al piano. La mujer siguió hace años los pasos de su madre, convirtiéndose en profesora de música, a pesar de que su virtuosismo podría haberla llevado mucho más lejos. Tal vez si no fuera mujer ni polaca, en otra vida, piensa Tadek mientras Helena le sirve una segunda taza de café. Su madre la ha invitado, y Pankiewicz se alegra, si bien ninguna de las dos mujeres conseguirá que el farmacéutico siente la cabeza y forme una familia. Eso haría feliz a su madre, y también a su padre, aunque al anciano ya no le quedan fuerzas ni para imaginar un porvenir. Józef Pankiewicz languidece, y a Tadek lo aterra ver cómo el hombre fuerte y sereno que fue su padre se diluye en el amasijo de huesos que sigue la música con los ojos cerrados. El hijo pródigo debería volver a casa con más frecuencia, su único hijo varón, o al menos el único con vida. Sobre el piano, un marco metálico, que vibra sutilmente al compás de los acordes, contiene la fotografía de su hermano, Leon. Tadek siente que vive la existencia prestada del difunto. De no haber muerto en 1914, Leon hubiera seguido los pasos de su padre y heredado la farmacia, mientras Tadeusz habría acumulado aventuras y experiencias en sus viajes por tierras exóticas. Leon falleció en un campo de prisioneros en Kírov sin haber llegado a vestir el uniforme: los rusos lo prendieron antes de que pudiera ser reclutado por el ejército austro-húngaro. Murió de hambre y frío, tal vez de una enfermedad desconsiderada, enterrado en barro y lodo… El pasado está repleto de atrocidades; y, sin duda el fanatismo lleva años propagando el desconcierto y la miseria en estas tierras, pero parece que un género más descorazonador de desdicha ha llegado a Polonia de la mano de los alemanes. No hay más que ver el macabro hallazgo de solo unas noches atrás en Podgórze, piensa Pankiewicz al tiempo que un escalofrío le recorre la espalda. El principal motivo por el que hoy ha dejado a Irena al frente de la farmacia es porque necesitaba reencontrarse con la confianza que esta velada le proporciona: la certidumbre de que existe un mundo amable donde las familias pueden sentarse a escuchar una melodía ejecutada al piano por una virtuosa solista. Y aun en la sonrisa pletórica de su madre, la mirada cómplice de su hermana y el asedio amoroso de Helena, Tadek no deja de pensar en el cadáver desollado que se oculta en su sótano bajo media tonelada de carbón.

Pankiewicz apura tanto la velada que, cuando llega el momento de retirarse, le cuesta desestimar los argumentos de su madre para que se quede a dormir. Pero Tadeusz necesita volver; de otra forma, no habrá nadie en la farmacia en caso de urgencia. Mientras camina por las calles gélidas, el farmacéutico medita la proposición de Helena, tan persuasiva como inquietante. El matrimonio, ha insistido mientras se despedían en el zaguán del edificio, sería solo una forma de preservar la libertad de ambos: Helena obtendría el marchamo ario en sus papeles como esposa de Pankiewicz, y Tadek complacería a su madre, quien heredará la concesión de la farmacia a la muerte de su esposo.

Mareado por estas previsiones, Pankiewicz cruzó hace un rato el acceso principal al gueto, en la plaza Podgórski, sin percatarse de que no había guardias vigilando la puerta abierta, rematada por una enorme Estrella de David y un gran cartel en hebreo donde se lee: «Distrito Judío». Tadek no es consciente de que algo va mal hasta que, al bajar por la calle Limanowski, siguiendo las vías del tranvía, tropieza con un cadáver tendido sobre el pavimento. El gueto se le aparece de pronto como un pueblo fantasma, desolado y maldito, donde la muerte campa a sus anchas. Al llegar a una escuela, cerca de la esquina con la calle Lwowska, Pankiewicz cree oír el gorjeo de un moribundo y corre en su auxilio. El hombre, de unos cincuenta años, se ahoga en su propia sangre. Tadek desabrocha la chaqueta y la camisa del herido que agoniza sobre la nieve, buscando una razón que explique aquellos estertores, y es entonces cuando repara en el agujero en sus costillas, un vacío del tamaño de un puño, provocado seguramente por una bala expansiva. Nada se puede hacer por aquel infeliz, como queda patente a los pocos minutos, cuando el hombre deja escapar un último suspiro.

Tadek se aparta del cadáver, con sangre en las yemas y las rodillas empapadas a causa de la nieve. El hombre no da ni dos pasos cuando oye un silbato. Su reacción instintiva es llevarse las manos a la cabeza, como si estuvieran a punto de bombardear el gueto. Desde la calle Czarniecki, donde se encuentran los juzgados, dos alemanes de uniforme corren en dirección a Pankiewicz, azuzando sus fusiles. La pareja de policías ladra, y Tadek no encuentra otra solución para aplacar su ira que tirarse al suelo, todavía con los dedos entrelazados sobre el cogote. Los policías gritan, pisoteando las sílabas inconexas de un alemán abrupto que Pankiewicz no comprende; uno de ellos lo encañona con su fusil y le propina leves golpes con el extremo del arma. Al momento, aparece un oficial que serena a sus subordinados, especialmente nerviosos. Pankiewicz no se atreve a levantar la vista, y cuanto ve del tercer tipo son sus botas, como dos manchas negras sobre la nieve. El comandante entrelaza las manos a la espalda, se inclina para acercar su rostro al de Pankiewicz y estudia al aterrado farmacéutico, que se incorpora con precaución. Por los uniformes, Tadeusz distingue que se trata de la Policía de Orden o Schutpolizei. La Schupo es un cuerpo de seguridad especialmente voluble, donde conviven desde amables austriacos enrolados poco antes de la invasión de Polonia hasta temibles nacionalistas ucranianos que, tras el inicio de la campaña militar contra la Unión Soviética, se sumaron a las fuerzas nazis de ocupación en la Galitzia oriental. Por ese motivo, Pankiewicz respira aliviado cuando escucha el nasal acento austriaco del teniente que lo interroga.

—¿Quién es usted y adónde se dirige? —El oficial, un hombre de unos cuarenta años, cabello rubio y ojos avellana, se muestra sorprendido—. ¿¡Dónde está su brazalete!? ¿¡Se ha vuelto loco!? ¿¡Es que no ha oído el toque de queda!?

—Acabo de llegar a Podgórze. Vengo de la ciudad, de visitar a mis padres en… en...

—¿¡Y nadie lo ha detenido a la entrada!?

—No… No soy consciente de haber cruzado la puerta… Lo siento, iba distraído.

—¿Y su brazalete? —El policía se interesa por la banda con la Estrella de David que los judíos tienen la obligación de llevar.

—No soy judío. —Con un gesto audaz pero calculado, Pankiewicz se lleva la mano al bolsillo, de donde saca los papeles que acreditan su condición racial, así como el permiso, visado por las autoridades, que le da derecho a residir en el gueto—. Lo ve, no soy judío. Soy farmacéutico, en la plaza Zgoda. ¿La apteka Pod Orłem? ¿Bajo el Águila? ¿La conoce usted?

El comandante de la Schupo revisa los papeles mientras uno de sus subalternos lo ilumina con una linterna. Al final, el policía se da por satisfecho y le devuelve la documentación. Para sorpresa de todos, el oficial indica a la pareja de policías que puede retirarse. Al poco, ayuda a Pankiewicz a ponerse en pie y lo escolta hasta la farmacia.

—No debería haber entrado solo en el gueto. —A Tadek lo maravilla la gentileza con la que se expresa el oficial, más teniendo en cuenta que resulta un completo desconocido—. En el futuro, le aconsejo que, si quiere salir de su farmacia, llame antes por teléfono a uno de los puestos de control y le enviaremos una escolta. Hasta que las cosas se calmen, no es seguro caminar solo por estas calles. Cualquiera podría pegarle un tiro. A esta gente no le importa nada. —Al llegar a la plaza Zgoda, donde se encuentra la farmacia, la pareja ve a lo lejos a un destacamento de hombres de las SS que carga cadáveres en la panza de un camión—. Les da lo mismo si es usted ario o si tiene permiso para estar aquí; le dispararán si se les antoja.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Pankiewicz, desconcertado.

—Lo inevitable, teniendo en cuenta a quién han puesto al mando —responde el oficial de la Schupo de forma críptica.

La pareja ha llegado a las puertas de la farmacia, y el oficial ya se despide con una humillación de visera, cuando Pankiewicz tiene el arrojo de agradecerle su amabilidad, preguntándole su nombre.

—Oswald Bousko —responde el austriaco antes de desaparecer.

Pankiewicz pasa el resto de la noche en vela, vigilando la plaza tras unas cortinas en el piso sobre su farmacia. Antes de subir, Tadek bajó al sótano para comprobar que la pila de carbón que cubre el cadáver desollado sigue intacta. Un presentimiento le asegura que esa niña muerta y los cuerpos sembrados en la plaza están conectados. Poco antes del alba, el cansancio desarma al farmacéutico, que cabecea al sentir la caricia de las primeras luces. El amanecer riega la plaza, donde ya no quedan cadáveres, solo huellas de sangre sobre la nieve. Irena, Helena y Aurelia aparecerán en breve; eso si los alemanes no han cerrado el gueto. Policías de la Schupo y soldados de las SS van llegando a la plaza, al tiempo que algunos residentes forman en columnas, listos para el desfile que los conduce a las fábricas con la escolta de alemanes fuertemente armada. Parece que la normalidad se ha impuesto; lo confirma la silueta de Aurelia a lo lejos. Viene andando, seguramente porque habrán prohibido el paso de los tranvías como medida de seguridad. Pankiewicz corre escaleras abajo. La pareja se abraza con ternura en el pasillo de entrada al edificio, a la puerta de la rebotica.

—¡Por Dios, Tadek! Nos tenías preocupadas. ¿Dónde te metiste anoche? No sabes cómo ha sido esto.

—Pasé el día en casa de mis padres. —Pankiewicz abre la puerta de la farmacia y acceden al establecimiento—. ¿Qué ha sucedido? ¿Sabéis qué ocurre?

—¿No te has enterado? —La mujer deja su abrigo bajo el mostrador—. Cuando llegué, ya de noche, las calles estaban salpicadas de muertos. No he pegado ojo mirando a través de la ventana cómo retiraban los cadáveres. Ayer por la tarde hubo disturbios. Cuando las cuadrillas de trabajo volvieron al gueto y se enteraron de lo que habían hecho con esa pobre niña…

—¿Qué niña? —pregunta Pankiewicz con un hilo de voz y el corazón encogido.

—Claro, no estuviste aquí por la mañana. Poco después de que te fueras, un coronel de las SS llegó con varios hombres armados; Spira y los de la OD los acompañaban. El coronel sacó a una niña de su casa, cerca de la calle Józefińska, y la llevó hasta la colina de Krzemionki, donde la ahorcó.

—¿Qué?

—Le puso una soga al cuello y Spira en persona la colgó de un madero. El cadáver aún está allí. Un hombre de la OD lo vigila para que a nadie se le ocurra bajar a la pobre chiquilla. Además, el coronel de las SS se volvió loco e hizo que uno de sus soldados cortara la pierna de la niña con un hacha.

—¿Por qué? No lo entiendo.

—Los alemanes aseguran que una familia en Cracovia recibió un paquete con… Cuesta incluso decirlo en voz alta… Con la piel de su hija, que llevaba días desaparecida. Están convencidos de que los asesinos viven en el gueto, y no dejarán de ahorcar niñas judías hasta que se entreguen y devuelvan el cuerpo de la pequeña para que los padres puedan enterrarla.

»Es una historia macabra —asegura Irena, de espaldas mientras baja de la estantería varios botes de porcelana—. Y puedes imaginarte la reacción de los vecinos cuando regresaron ayer por la tarde. El padre de la niña ahorcada y varios familiares fueron a recuperar el cuerpo, y cuando los hombres de la OD dieron el aviso, los alemanes empezaron a disparar a cualquiera que veían por la calle. Las chicas y yo cerramos la farmacia y salimos del gueto antes de que bloquearan los accesos. He oído que varios alemanes resultaron heridos… ¿Tadek?

Pankiewicz corre por las calles vestido con su bata blanca. Los pocos viandantes con quienes se cruza se sorprenden por las prisas, y siguen al farmacéutico, que pierde el resuello antes de llegar al límite amurallado. Una sucesión de lápidas, corpulentas como una cordillera inerme, remonta la colina hasta lo alto de la loma; allí, Pankiewicz descubre una estructura de madera, y en el estrado, colgando de un madero, el cadáver lívido de una niña, con los ojos en blanco y la lengua amoratada que sobresale entre los dientes. Tadeusz rompe a llorar, se tapa la boca y baja la vista. No tiene intención de sustraerse a la culpa y la desolación, pero necesita un respiro, por lo que se aleja unos metros del patíbulo. Al cobrar distancia, aprovecha la inercia para huir, un paso tras otro, lejos de aquel horror.

Pankiewicz desanda el camino de vuelta a su farmacia, pero al momento se arrepiente y acelera la marcha en dirección a otro destino mucho más peligroso. Cuando enfila la calle Oleandry, Erwina Order-Panzer lo llama con apremio desde la distancia. Tadeusz le niega el saludo, decidido a no renunciar a su propósito.

—¡Tadek, espera! ¡Tadek! —grita la enfermera, tras dar alcance a Pankiewicz, a quien retiene por el brazo. Ráfagas de aguanieve vienen y van, y empapan la tela ligera de su bata—. He ido a verte a la farmacia, pero Irena me ha dicho que te habías marchado sin decirle nada. He pensado que…

—¿Has visto a esa pobre chiquilla? —pregunta Pankiewicz, encarando a su amiga sin atreverse a mirarla a los ojos—. ¿Has visto lo que le han hecho? Por nuestra culpa.

—No digas eso.

—¿Dónde estabas ayer? ¿Dónde estaban Natan y Oberlender? ¿¡Dónde estaba yo!? —Pankiewicz se desprende con un manotazo de las zarpas que lo retienen.

—Tadek, debes calmarte.

—¿Calmarme? ¡No! No quiero calmarme. No debo calmarme. No podemos tomarnos con calma nada de lo que ha sucedido en los últimos días, meses, años. Ayer por la noche el gueto estaba lleno cadáveres: ¡decenas de muertos, Erwina! Tú no lo has visto. Si hubiéramos informado de la niña que apareció en la iglesia…

—Si hubiéramos informado a los alemanes de lo que descubrimos en Santa María, ahora los cinco colgaríamos de una soga, y dudo que fuéramos los únicos.

—¿Eso debería consolarme?

Pankiewicz niega la premisa con la cabeza, le da la espalda a la mujer y retoma su camino. Erwina vuelve a adelantarse, y lo intercepta unos pasos más adelante. Le pone una mano en el pecho, con afecto y firmeza.

—Déjame pasar.

—¿Adónde vas, Tadek?

—No permitiré que ahorquen a otra niña por nuestra culpa… Por mi culpa, al menos.

—No puedes hacerlo, Tadek. —El farmacéutico esquiva a la mujer tras un rápido requiebro; se la quita de encima con una brusquedad que sorprende a Erwina—. No lo hagas, Tadek, por favor. No puedes... Piensa en todos nosotros.

—Vuelve al hospital —ordena el farmacéutico en un tono severo, de espaldas a ella.

Pankiewicz sube por la calle Oleandry hasta el cuartel de las SS. En el zaguán del edificio hay menos militares de los que cabría esperar tras los altercados de la pasada noche; se debe a que la mayoría ha escoltado a las brigadas de limpieza y a los obreros a las fábricas y otros centros de trabajo. En el gueto se ha quedado un destacamento que va de un lado a otro, fusil en ristre, acatando las órdenes de nerviosos oficiales. Aunque el SS-Standartenführer Stroop tomó el control del gueto por orden ejecutiva de los mandos en el Gobierno General, la máxima autoridad en Podgórze sigue siendo el SS-Sturmscharführer y Kriminalsekretär Wilhem Kunde, cuyo despacho Pankiewicz ha visitado más de una vez para comprar sus favores con sobornos, principalmente, para continuar al frente de la farmacia y que sus colaboradoras accedan diariamente al gueto sin contratiempos.

—Querría ver al Sturmscharführer Kunde, por favor.

El secretario de Kunde, sentado en una mesa de oficina a la entrada del despacho del oficial, en el primer piso, levanta la vista, sorprendido al oír la voz del extraño que se ha colado en los cuarteles de las SS sin despertar recelos ni preguntas.

—¿Cómo has entrado aquí? ¿Y dónde está tu brazalete, judío?

—Mi nombre es Tadeusz Pankiewicz. —El polaco le entrega sus papeles al oficinista castrense que a punto ha estado de desenfundar su pistola—. Soy el propietario de la farmacia Pod Orłem, en la plaza Zgoda. No soy judío. He estado aquí en otras ocasiones, con regalos para el Sturmscharführer Kunde.

—¿Pankiewicz? Sí, ya veo. No sé cómo le han dejado subir hasta aquí, pero debería marcharse cuanto antes.

—Necesito tratar un asunto con el Sturmscharführer Kunde. Es muy urgente. Él me conoce, y le puedo asegurar que agradecerá haber hablado hoy conmigo.

—El Sturmscharführer no se encuentra aquí. Puede esperar —añade el subalterno, apiadándose de Pankiewicz, que apenas se tiene en pie a causa del cansancio, el miedo y los nervios—, pero ya le digo que tal vez no venga hoy.