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Parupak, un soldado extraterrestre, llega a nuestro planeta durante los albores de la civilización con la misión de estudiar el comportamiento y las acciones humanas. Las reglas son tan claras como estrictas, los grises no deben intervenir en el devenir de la historia. La naturaleza inquisitiva de nuestro protagonista lo hará romper sus juramentos y lo lanzará a una aventura milenaria en busca de un solo objetivo, convertirse en humano. En su empeño, terminará liderando un grupo de desertores que intentarán evitar la extinción de nuestra raza. En paralelo, en un futuro postapocalíptico, un misterioso personaje camina por páramos desérticos en busca de pistas que le permitan recuperar sus recuerdos y su identidad. ¿Quién es este vagabundo? ¿Qué misteriosas fuerzas se mueven tras las bambalinas de la historia? ¿Podrá Parupak convertirse en un verdadero ser humano? Y más importante, ¿se salvará la humanidad de sus propias inclinaciones autodestructivas?
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Seitenzahl: 110
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Habitant.
Colección: Ciencia Ficción Chilena
Sello: Layca
Primera edición: Enero 2023
© Víctor Manuel
Edición general: Martin Muñoz
Ilustración de portada: José Canales
Ilustraciones Interiores: Luis Naranjo
Corrección de textos y estilo: Felipe Uribe
Diagramación: Martín Muñoz Kaiser
© Mantícora Ediciones
www.manticora.cl
@manticoraediciones
@manticoraED
Esmeralda 973 Of 502, Valparaíso, Chile.
ISBN: 978-956-6228-00-4
ISBN Digital: 978-956-6228-01-1
Registro de Propiedad Intelectual N°: 2022-A-10348
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Para las mentes inquietas.
Con tan solo mirarnos a nosotros mismospodemos ver cómo la vida inteligentepodría resultar ser algo que no nos gustaría conocer. Stephen Hawking
Advertencia a los lectores
Siempre he creído que las historias fueron creadas para ser contadas y cada generación debe asumir esa gran responsabilidad. En tus manos tienes un relato que nos describe hechos históricos. Reconocerás sucesos y lugares que existieron o que existen. Sin embargo, al leer estas páginas hazlo sabiendo que este relato no pertenece a una persona común. Nuestro protagonista estuvo entre nosotros por mucho tiempo: la historia y la mitología, de hecho, lo mencionan de diferentes maneras y con diferentes nombres. La siguiente crónica no tiene como objetivo cuestionar tus ideas personales acerca del mundo y su devenir, sino que más bien intenta incorporar a ese rompecabezas cognitivo una pieza de encaje explicativo que nos acerque a la verdad.
Al fin y al cabo, las creencias que mantienen unidas a las sociedades son producto del consenso generalizado de sus miembros y no tienen relación con la verdad.
Recuerda siempre que el privilegio de estar en este mundo es importante y codiciado; muchos otros anhelan la oportunidad de existir. La razón es más compleja que la vida misma, y aun cuando la mayoría piense que la realidad y la ficción transcurren en planos diferentes, el mundo está lleno de maravillas que sobrepasan la lógica y los límites de nuestro entendimiento. Creer o no, dependerá de ti, querido lector.
Víctor Manuel.
PrimeroUn recuerdo lejano
Año desconocido en el futuro, después del cataclismo.
Pienso en el rostro del lago.
En sus ojos.
En ese cabello, había mucho cabello; quizá, barba en su cara, no lo puedo asegurar. No recuerdo bien las cosas, ni siquiera los nombres; hasta los sabores me resultan ajenos. Quisiera saber cuánto tiempo llevo en este oscuro lugar, qué es este sitio que me aprisiona. Solo recuerdo que no recuerdo.
Abro los ojos. Oscuridad. Paredes. Soledad. ¿Son paredes?
Contar los días es imposible. Simplemente se han ido, como mi nombre y mi memoria.
Lucho de forma constante con mi cuerpo, no sé si es normal no poder moverme; lo intento, pero no funciona. Percibo un olor repugnante, que no se va aunque cierre los ojos.
***
Luz. Algo pasa. Me duelen los ojos. Me incorporo de a poco, observo las paredes. Estoy en una especie de cabina circular, con luces que parpadean en el centro. Símbolos y números que no entiendo pasan por una pantalla, una y otra vez. ¿Cómo salgo de aquí? ¿Es una prisión? Necesito pedir ayuda. Tengo miedo. Estoy solo.
El olor putrefacto me impide respirar con normalidad. Obligo a mis músculos a reaccionar. Me levanto de algo que parece una silla, mis huesos crujen. Me desplomo.
Estando en el piso, sin poder levantarme, creo ver una salida. Me arrastro hacia ella. No tengo fuerza para abrir, pero lo deseo. La puerta se abre. Entra luz por fin y siento, después de mucho tiempo, alivio.
Salto de aquella extraña prisión y el golpe me hace sentir vivo. Escupo sangre. Aunque el viento es hostil, avanzo sin rumbo, convencido de que ese es el camino correcto. El sol y la noche pasan muchas veces. Mi piel muestra grietas profundas. Vuelvo a cerrar los ojos.
—¡Despierta! —Escucho una voz a lo lejos—. ¡Despierta! —Una especie de punzón se clava en mi costilla—. El rey te espera.
Me llevan en una jaula dorada. En los barrotes hay palabras escritas en un idioma que no puedo leer. Hay símbolos que me resultan familiares, pero no logro recordar. Los hombres que me escoltan me resultan parecidos a mí, pero no puedo asegurarlo. Ni siquiera sé cómo soy yo.
Llegamos a una especie de montaña pulida o roca construida con un material que se asemeja al sol. Brilla tanto que es imposible mirarla de modo fijo. Uno de los escoltas abre la jaula y me tira de un brazo. Caigo al suelo.
—¡Arrodíllate ante el gran y excelentísimo Zirah, rey de los primeros, hijo de Thur, gobernante de Tiamat! —declamó mi captor.
Me quedo mirando el piso. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Levanto la mirada y lo veo. Su rostro es aterrador: está cubierto de escamas y tiene los ojos negros como la soledad infinita; la lengua bífida entra y sale de entre los inexistentes labios. Los brazos son largos y los dedos afilados; además, una enorme cola se mueve al ritmo de las zancadas que lo acercan a mí.
—¿Quién eres? —su voz paraliza mis sentidos.
—No recuerdo quién soy ni de dónde vengo —logro responder con un hilo de voz.
El rey mira a sus hombres y hace un gesto. Me llevan a un calabozo. Hay más prisioneros, muchos otros. Me tiran dentro de una celda, como si estuviese muerto.
Me encierro en mis reflexiones. Pienso en el vacío, en que quiero pasar desapercibido. Nadie me toca: pasan por mi lado como si no estuviese ahí, como si no pudiesen verme.
Los cautivos muestran su naturaleza animal. Se matan entre ellos. Se alimentan de los muertos para prolongar su propia existencia.
—¿Por qué te comportas así? —pregunto al último superviviente.
No responde, parece asustado. Vuelvo a preguntar. Comienza a gritar, a golpearse la cabeza contra la pared. Cae desplomado. No se levanta.
No sé cuántos días han transcurrido, estoy solo. La tranquilidad se rompe con la llegada de un nuevo prisionero. Es joven, muy joven, de rostro escuálido y ojeras como surcos. Me mira y me sonríe temeroso.
—Triciuh, hijo de Calieh, de la tierra seca de las montañas negras; espero que no se enoje conmigo —dice, transparentando miedo y tristeza.
Lo miro sin decir nada.
El tiempo vuelve a correr. Triciuh se ha ido desvaneciendo poco a poco. Recién comprendo que esto no es una prisión. Es una condena a muerte. Quienes entran no salen hasta expirar. Cinco personas me han acompañado en mi celda: soy el único sobreviviente. No siento frío ni hambre. Permanezco sentado en un rincón de la celda, tratando de recordar quién soy. Mi mente divaga, intentando descifrar el mundo en el que me encuentro. Me distraigo pensando en galaxias, estrellas, planetas y la vida que estos albergan. Hasta ahora no me había preocupado por otra persona que no fuese yo. Este niño me ha hecho cuestionarme aquello. Siento que le debo algo. Decido que debo salir de este lugar y llevarlo conmigo. ¿Pero cómo, cómo escapar?
Recuerdo lo que pasa cuando alguien muere. Viene un guardia y saca su cuerpo para quemarlo. Me tiro al piso y finjo estar muerto, pensando que una vez fuera podré volver por el muchacho, liberarlo y escapar.
Han pasado tres días sin que nadie baje a los calabozos. Mi compañero ya comienza a sentir los efectos de la inanición. Morirá si no hago nada al respecto. Me levanto y comienzo a desear que los barrotes se doblen y se derritan.
Sucede.
Tomo al muchacho entre mis brazos y camino con la cabeza gacha, pidiendo en mi mente que nadie nos vea. En efecto, nadie nota nuestro escape, así como tampoco nuestro paso por la ciudad o cuando cruzamos las murallas y nos perdemos en el horizonte.
IParupak el viajero
Libro del primero, génesis.Planeta Ninzu.
Mi padre conservaba en sus archivos dibujos y notas respecto de los humanos. La información era siempre ambigua y las historias que de ellos contaban las antiguas deidades de Ninzu resultaban en su mayoría aterradoras.
Nací en el año treinta mil D. E. (después de Enki). Mi padre, un soldado de nivel medio, me engendró en las colinas del monte Tarupá, en la ciudad de Teruck. Cuando de nombres se trataba, los grises eran muy preocupados y místicos en la elección. Mi progenitor demoró mil años en iluminarse con mi nombre.
Sucedió una noche que coincidió con el cruce de las lunas.
—¡Parupak! ¡Parupak! —La voz del guerrero Trenka resonó como un tornado por las calles.
En su origen, Parupak significa: “El que de mente se extiende”.
Durante mis primeros siglos aprendí a manipular la energía de la naturaleza y la materia de nuestro planeta. Comprendí que todo ser y todo objeto creado tienen un propósito y una duración; que cada luz y cada color transmiten mensajes diferentes; que la vida circundante es una sola en su origen y formación. Si no existiera el equilibrio, los mundos posibles se reducirían a nada.
En los milenios siguientes dominé los tres aspectos esenciales que cada ninzuniano debe controlar: telepatía, matemáticas y tecnología. Cada uno disímil en su particularidad, pero congruente en su omnipotencia. Luego estudié y practiqué combate con armas, lucha cuerpo a cuerpo y estrategia. Como hijo unigénito de Trenka, mi vida estaba destinada a la milicia: así había sido y así sería por generaciones, a excepción de nuestro Tronque (el primero del que nuestro linaje se desprende), que fue nombrado por el rey AN durante los primeros eones como sacerdote supremo de Ninzu. Mi padre me había contado historias sorprendentes de nuestro Tronque y de cómo llegó a tener un puesto tan alto. Pero esa historia merece un capítulo aparte.
Al alcanzar lamediana edad, en un congreso que reunió a muchas familias, en la selva Mirack, conocí a mis iguales. La razón de esta asamblea era hablar de los habitantes del planeta Tiamat, lo cual resultaba nuevo para mí. La reunión comenzó cuando los soles de Ninzu se encontraban paralelos a las lunas rojas.
—El hombre es un peligro para nosotros y para ellos mismos —declamó Krucerckh Urucco, cuyo nombre significa: “El de espíritu salvador”.
Recordé un cuento de infancia acerca del tigre Tirudoth: existía un tigre de tres metros de altura, rojo y que podía reproducirse solo, sin la ayuda de un compañero; podía, además, correr a velocidades jamás vistas por ningún gris y hasta saltar montañas. Tirudoth o “Tigre de sangre” era magnífico en todos los sentidos, pero su raza desapareció transcurridos tres mil seiscientos millones de años. Y es que en las noches de luna llena luchaban los padres contra sus hijos. El vencedor devoraba al perdedor en una suerte de ritual malévolo. Se dice que prolongaban su existencia comiéndose la carne de su simiente, adquiriendo sus años potenciales de vida. El precio a pagar por la búsqueda de la inmortalidad fue la condena del creador. Cuando solo quedó uno vivo, este se devoró a sí mismo.
Era posible que los habitantes de Tiamat terminaran de la misma forma, y sentí tristeza por ellos.
La asamblea se extendió por ocho mil setecientas sesenta horas solares y se llegó a varios acuerdos, entre ellos los siguientes: visitaríamos a los seres humanos durante su crecimiento; estudiaríamos la flora y la fauna del planeta; y, por último, experimentaríamos con animales. Ahora bien, estaría prohibido intervenir en las acciones de los sujetos inteligentes.
Los acuerdos establecidos debían ser respetados bajo juramento al rey AN. Si alguno de los puntos anteriores llegaba a transgredirse, las penas serían ejemplares. Cuando la asamblea terminó, los clanes volvieron a sus carros estelares y pusieron rumbo a su región para seguir con sus labores. Estaba a punto de seguir a los demás, cuando un viento sopló sobre los grandes árboles de Shión y una hoja tocó las aguas del río Tara, provocando ondas en la superficie. En el reflejo vi unos pequeños ojos azules, enmarcados por un pelo que crecía en algunas partes de la cara y la cabeza; ese ser tenía la piel clara y una expresión diferente. Jamás había visto algo así. No era mi rostro lo que reflejaba el agua, pero se me hacía familiar.
Cuando regresé a Teruck, pedí hablar con mi padre. La visión se repetía una y otra vez en mi cabeza. Mientras le relataba la experiencia, su cara comenzó a cambiar; parecía asustado. Cuando terminé, guardó silencio. Después de un rato, me miró y dijo que jamás hablara de eso con nadie, que lo olvidase. No supe el porqué de su reacción hasta mucho tiempo después.
Por supuesto que no olvidé lo que había visto y, compelido en parte por la preocupación de mi padre, decidí investigar. El primer paso fue buscar a ninzunianos que se suponía que manejaban información más detallada sobre el origen de los mundos periféricos y los seres que los habitaban. Recorrí gran parte del planeta recopilando datos. Sin embargo, nada de lo que escuché parecía tener sentido: era como si me ocultaran verdades importantes.
***
La expedición a Tiamat despegó durante un doble eclipse solar. Alrededor de veinte mil carros usaron la anomalía gravitatoria que producía la alineación de los cuerpos celestes que componían nuestro sistema solar binario, permitiéndonos abrir sin mayor dificultad un agujero de gusano hasta las inmediaciones orbitales del mundo objetivo.
