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A Grace le encantaría tener un perro, pero vive en un piso pequeño y sin jardín y su madre cree que no es un buen lugar para una mascota. Por suerte, encontrará la manera de compensarlo haciendo de voluntaria en la perrera. Allí conocerá a Harry, un cachorro muy cariñoso que lleva apenas unas semanas en la perrera. Pronto Grace y Harry se convertirán en grandes amigos, pero Grace sabe que no puede quedárselo y que algún día u otro Harry encontrará un hogar y desaparecerá de su vida. El problema es que Harry no se siente agusto con nadie que no sea Grace. ¿Crees que encontrará un hogar?
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Seitenzahl: 59
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Harry,el cachorrosin hogar
Harry,el cachorrosin hogar
Holly Webb
Ilustraciones de Sophy Williams
Título original: Harry the Homeless Puppy
Publicado originalmente en Stripes Publishing, un sello de Little Tiger Press
© 2009, Holly Webb
© 2009, Sophy Williams, por las ilustraciones
© 2020, Marc Cornelis (La Letra, S.L.), por la traducción
© 2020, Shackleton Books, S.L.
Zanzara es un sello editorial de Shackleton Books, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Ilustración de cubierta: Sophy Williams
Realización editorial: La Letra, S.L.
Diseño de tripa y maquetación: La Letra, S.L.
Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)
Primera edición: septiembre de 2020
ISBN: 978-84-18139-77-2
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Para Robin y William.
—Beth, nos tenemos que ir —le dijo su padre suavemente. Pronto tendrían que salir hacia el aeropuerto.
Beth no contestó. Seguía acariciando la cabecita blanca y las orejitas marrones de Harry. No era capaz de parar las lágrimas que le caían por las mejillas. El cachorro se levantó de golpe, poniendo sus patitas en el hombro de la niña.
—Oh, Harry, te echaré mucho de menos. No quiero dejarte —susurró.
Su tono de voz era tan triste que Harry dejó de menear su colita. ¿De qué le estaba hablando Beth? No sonaba nada bien. Estaba deseando poder marcharse de aquel lugar cuanto antes. Había demasiado ruido y olores extraños, y muchos perros: los oía ladrar, gruñir y gemir. Harry quería volver a su hogar.
—Aquí están su cesta y sus juguetes —dijo la madre de Beth, poniéndolos en la jaula—. Lo siento mucho, pero nos tenemos que marchar, Beth, hay que ir al aeropuerto enseguida. Será emocionante, ¿no crees?
Harry vio que metían su cesta, su hueso preferido de goma roja y su pececito chillón en la jaula alambrada. Beth apretó el pececito un par de veces para distraerle y se frotó los ojos con la mano. El cachorro, sin dejar de mirar a Beth con sus grandes ojos marrones, soltó un quejido desconcertado. ¿Qué estaba ocurriendo?
—Oh, mamá, sabe que algo malo está pasando —dijo Beth cuando se puso en pie.
—No te preocupes —le tranquilizó la chica de la perrera. Se llamaba Sally y parecía muy amable, pero Beth deseó no haber tenido que conocerla en la vida—. Encontrará un buen hogar muy pronto, estoy convencida. Es un cachorro muy mono. A los cachorros no les cuesta encontrar un nuevo hogar y los jack russell son una raza muy popular.
Beth asintió antes de secarse las lágrimas de nuevo. Se decía a sí misma que debería estar contenta; no quería que Harry pasara años en la perrera, dentro de aquel armazón todo era tristeza. ¡Pero tampoco quería que fuera de nadie más! ¡Era su perrito!
Solo hacía dos meses que tenía a su perro cuando su padre le contó que su empresa lo mandaba a Estados Unidos durante tres años. Al principio, la idea de ir a vivir a Nueva York le había parecido muy emocionante, pero enseguida pensó en Harry. ¿Le gustaría vivir allí?
Entonces, papá dijo que no podría ir con ellos. Que sería demasiado complicado con la cuarentena y que vivirían en un piso en la ciudad donde no podrían tener perro. Tenían que dejar a Harry y, como no conocían a nadie que quisiera cuidarlo, no había otro remedio que llevarlo a la perrera, un hogar para perros no deseados. A Beth no le parecía nada justo, porque ella sí que lo quería, y mucho.
—Te escribiremos para informarte cuando le encontremos un nuevo dueño —le prometió Sally—. Sé que pronto encontrará un buen hogar.
Beth quería gritar para decir que ya tenía un buen hogar, pero asintió y dejó que su padre la sacara de allí, cosa que agradeció, porque estaba llorando tanto que no podía ver nada.
Harry gemía sin dejar de ladrar y rascar la puerta de alambre. ¡Beth estaba bañada en lágrimas! Algo malo le pasaba y, además, lo estaba dejando allí solo. Después de aullar durante dos horas, agotado, se durmió.
Cuando el cachorro se despertó, Beth todavía no había vuelto.
—Oh, mira este —dijo Grace, con ilusión—. Una perra labrador. Es preciosa, ¿no?
Su mamá le sonrió.
—No tenemos sitio, Grace, ya lo sabes. Aunque sea preciosísima. Tiene unos ojos muy bonitos.
—Entonces, ¡podríamos escoger un perro pequeñito, como un jack russell! —dijo Grace, navegando por la página web de la perrera de manera frenética para ver si tenían perros de menor tamaño.
—Esos perros terrier son muy monos; antiguamente los solían utilizar para cazar ratas. Son muy listos. ¡Y pequeños! Seguro que tenemos sitio para uno de estos. —Grace miró a su madre, esperanzada.
—No, no tenemos sitio. Y tendrás que apagar el ordenador enseguida, Grace, tengo que echar otro vistazo a la página web de la agencia inmobiliaria, para ver si han publicitado más pisos.
La familia Winter quería mudarse, porque el piso actual no tenía espacio para todos; Grace y su hermano Danny se estaban haciendo mayores.
—No sirve para nada, Grace —suspiró Danny, deslizándose entre la silla del ordenador y la pared para prepararse otra tostada. El ordenador estaba colocado en un rincón de la cocina—. Llevo años intentando convencer a papá y mamá de coger un perro.
Su madre lo miró, frunciendo el ceño.
—No empieces, Danny. Los dos sabéis muy bien que no tenemos sitio. Por más pequeño que sea, no está bien que viva encerrado en un piso. Si tuviéramos un jardín, sería otra cosa. ¡Pero no en una séptima planta!
Grace asintió. Claro que lo sabía, pero de vez en cuando, aunque fuera solo un minuto, pensaba que existía una pequeña posibilidad de tener uno. Volvió a remover los cereales sin dejar de imaginarse corriendo por el parque con un precioso labrador negro o un pequeño jack russell juguetón de color marrón y blanco a su lado. Pero si se iban a mudar… ¿Era demasiado esperar poder vivir en un piso con jardín? Soñando, chupó la cuchara.
—¡No eches cereales sobre el teclado, Grace! —avisó su madre.
—¡Eh! —Danny se había detenido detrás de la silla de Grace con una tostada encima de un plato y asomó por encima de su hombro—. ¡Grace, mira! ¡Mamá, ven a mirar esto!
—Nunca me haré con este ordenador —se quejó mamá, acercándose para mirar la pantalla—. Residencia de Salvamento Animal Fairview. ¿Todavía estás con la página de la perrera? Danny, ¿no acabamos de acordar que no podemos tener un perro?
—Sí, pero mira. ¡Nuestros fantásticos voluntarios! Es gente que ayuda en la perrera. —Cogió el ratón y le dio al enlace—. Mira, ¡sacan a los perros a pasear! —Danny miró a Grace—. Nosotros podríamos hacer eso, ¿verdad? Ya sé que no podemos tener nuestro propio perro, pero nos podrían dejar algunos. ¡Sería como tener muchos perros!
Grace se abalanzó sobre la pantalla como si quisiera entrar en ella. Había una enorme foto de un perro con mirada esperanzada y una correa en la boca. Al parecer, se llamaba Bonnie.
—¿Nos dejarías, mamá? —preguntó ilusionada—. La residencia está muy cerca. A un par de manzanas, al otro lado del parque Fairview.
