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Esta obra literaria del género de ciencia ficción, es producto de un gran trabajo en equipo. Reúne la literatura del escritor Barreiro quien nos narra una bella novela que toca el tema de la Ufología. Es una novela que tiene 24 capítulos, muy interesantes. La novela comienza en la Alemania nazi de 1939, cuando Europa estaba en pleno conflicto bélico con sus estados vecinos. La tapa de la obra fue realizada por el dibujante Juan Saenz Valiente, Los dibujos interiores estuvieron a cargo de Maximiliano Murad quien nos va narrando al comienzo de cada capitulo desde una antropología visual parte de lo que vendrá. "Fue un solitario y magnífico testigo, de un sorprendente suceso extraordinario que nunca podría olvidar. El hombre vio como aquella gran bola de fuego perdía altura. Hasta que luego no la vio más por el espeso bosque; entonces oyó un estruendo, producto del impacto de aquel aparato metálico contra la superficie. El cual provoco un gran fogonazo a lo lejos. El solitario espectador, que no estaba lejos de donde se había estrellado el objeto, decidió acercarse hasta el lugar de los hechos. La curiosidad lo había invadido y hecho preso del fisgoneo decidió ir hacia allá".
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Seitenzahl: 310
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Haunebu II
Pastor Ulises Barreiro
Barreiro, Pastor Ulises
Haunebu II / Pastor Ulises Barreiro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Imaginante, 2022
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8919-77-5
1. Narrativa Argentina. 2. Nazismo. 3. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
Edición: Oscar Fortuna.
Dibujo de cubierta: del dibujante Juan Sáenz Valiente
Dibujos interiores: del artista plástico Maximiliano Murad
Diseño interior y cubierta: Jorge Córdoba
www.gordobueno.com.ar
© 2022, Pastor Ulises Barreiro
© De esta edición:
2022 - Editorial Imaginante.
www.editorialimaginante.com.ar
www.facebook.com/editorialimaginante
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright.
ISBN 978-987-8919-77-5
Conversión a formato digital: Libresque
Dedicado a todxs lxs seres humanos que dedican un poco de tiempo de sus vidas a mejorar la vida humana de este planeta, cuidando el medio ambiente y los recursos.
Agradecimientos: Claudia Vogel, Dr. Jones, Lucía Badaloni Marconi, Jack Gromez, Juan Brichetto, Martín Palermo, Oscar Fortuna, Diego Romero, Maximiliano Ruiz, El Principito, Maximiliano Murad, Juan Sáenz Valiente, Máximo Rodríguez, Federico Gallo, Eduardo Chekuz, Dr. Joseph Allen Hynek, Aurelio Aguirre, Jorge Córdoba, Maia Lenina B. G., Olimpia Amunet B. G., Dominique G.
Primeramente, me referiré al contexto histórico en el cual acontece esta novela. El mismo representa uno de los momentos más nefastos y sangrientos de la historia humana de occidente. Por eso, me es prioritario aclarar y fijar una postura como escritor al respecto de ciertos temas. Entre estas cuestiones está el nazismo, que tanto daño provocó a muchos pueblos en la historia de la humanidad. La aparición de cualquier imagen o información referente al nazismo en esta obra literaria debe ser entendida en términos de ficción histórica.
Por otra parte, este libro literario está dedicado sobre todo a lxs ciudadanxs de la clase trabajadora, históricamente excluida de la recreación cultural por las clases hegemónicas. Por supuesto que esto no implica que esas clases oprimidas no elaboraran sus propias manifestaciones culturales. Simplemente, sostengo que fueron descartadas por los sectores dominantes en términos culturales, es decir que no se les reconoció el estatus de intelectuales, artistas, cultos, etc. En este sentido, este libro fue escrito con fines de inclusión literaria de aquellos que no son tan habitués de la lectura, por su condición de pertenecer a la clase trabajadora. En la superestructura burguesa existe la idea de que la clase trabajadora no consume lecturas. Esto es intencional, pues un pueblo culto es un pueblo libre.
Retomando el argumento inicial, todos los datos históricos referentes al nazismo, y los matices antropológicos y sociológicos que aparecen en esta obra, no son de ninguna manera una apología del régimen nazi y las atrocidades que ese Estado genocida cometió. Todo lo contrario, me considero marxista leninista, y el nazismo antisemita era fundamentalmente anticomunista. Considero que dicha ideología y gobierno fueron responsables de una de las peores tragedias conocidas, al llevar a cabo un proyecto de exterminio en escala masiva. Creo fundamental que la clase obrera no olvide nunca los actos de terrorismo de Estado cometidos por los dirigentes burgueses nacionalistas alemanes, por un lado, y por otro lado, los actos cometidos por los países aliados contra muchos campesinos germanos en la etapa final de la guerra. Por esta vía, me parece necesario explicitar con claridad mi postura contraria a todo totalitarismo fascista burgués. Como diría Edgar Allan Poe: “El mal no viene de Alemania, sino que viene del alma”. No existen Estados buenos o malos, existen ideas que los hombres materializan en sus mentes y almas, las cuales se llevan a la práctica.
Otro punto importante del que quiero hacer mención en este prólogo es el de la ufología, dado que hay muchos estudiosos muy destacados en esta temática, aunque desde las esferas hegemónicas de la producción científica se los desacredita constantemente. Tomo postura en apoyar el estudio científico de estos temas, de manera tal que se la respete como una ciencia más entre las tantas que hay hoy en la actualidad del mundo occidental. Este tema está presente en la obra, con el rigor científico que merece el estudio de la ufología, mezclado con el hermoso arte de la literatura. Es lo que intenté reflejar en estas páginas. ¿Qué motivos hay para desacreditar a la ufología como ciencia frente a otras, como la psicología? A mi criterio, ambas pueden ser tan válidas como la sociedad contemporánea lo desee.
Ulises P. Barreiro
Corría el año 1939 de nuestra era, dando inicio a una nueva etapa de aquella civilización que los libros de historia en un futuro llamarían “la civilización petrolera”. Mientras tanto, en el hemisferio sur del Ecuador se estaban preocupando por meras cuestiones económicas de la vulgaridad e irracionalidad humana, dado que esos eran los designios de las hegemonías gobernantes burguesas. Estos consistían en adecuar las geografías latinoamericanas a la exportación de materias primas en beneficio de las grandes potencias capitalistas del hemisferio norte del planeta Tierra. En el hemisferio norte, comenzaban a tratarse temas relacionados con la carrera científica en pos de la ciencia aérea y aeroespacial, que ciertas hegemonías querían desarrollar para obtener réditos económicos y no para asegurar la existencia de la especie humana en el universo.
De esta forma, se daría comienzo a uno de los avances más importantes de toda la existencia humana hasta la actualidad: el dominio del espacio exterior.
En menos de 150 años, en materia de conocimiento científico, nuestra especie había progresado más que en los últimos 4000 años. En este escenario, un país estaba un paso más adelante que el resto: la Alemania del Tercer Reich; estaba unos veinte años adelantada al resto de las naciones dominantes de aquel momento histórico. Las células cancerígenas del canciller Bismarck se movían como Pacmans fascistas, deglutiendo todo alrededor.
En los pesados bosques de la zona, en la actual Selva Negra germánica, la plena Alemania nazi preparaba en sus entrañas el germen psicótico del imperialismo nazi, que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial, como se conoce a este conflicto en la historiografía occidental. Así la llamaría la sociedad occidental eurocéntrica, visibilizándola por encima de muchas otras grandes guerras con millones de muertos que hubo en el hemisferio oriental del planeta. Pero los lectores de occidente ni siquiera tienen acceso a esas historias de una parte de la humanidad que sucedieron y suceden en aquella parte de la Tierra. De esta manera, en 1939 comenzaba una gran, nefasta y larga guerra para la historia de la civilización petrolera.
Estos bosques de la Selva Negra son espesos y hermosos; para aquellas personas que son amantes de la naturaleza es realmente placentero estar allí. Si uno, a plena luz solar, camina por debajo de esos altos, anchos e inmensos pinos, verá cómo la luz apenas llega a traspasar las densas ramas de los añejos árboles que allí hay. Estos árboles eran muy tupidos en cuanto a vegetación. A pesar del frío existente, todos estaban cubiertos de ramas y hojas. El suelo en aquella región está cubierto por una vegetación bien espesa y apenas se puede ver un poco más allá de donde uno va caminando. En esos parajes, la naturaleza nos observa a nosotros más que nosotros a la naturaleza. Pero pocos humanos se percatan de estos asuntos.
Estas condiciones le ganaron el nombre de Selva Negra a este bosque. En aquella región, las arboledas son casi vírgenes, a excepción de algunas hectáreas que fueron podadas para ciertos cultivos. Pero por cada región cultivada hay un promedio de diez hectáreas vírgenes que se mantienen en estado natural, por fortuna para la humanidad. Si no fuera por el proceso de fotosíntesis de la vegetación, ya ningún humano estaría vivo.
En invierno, tras la puesta del sol, el frío invade la oscuridad. Durante una lluviosa noche de invierno, allá por enero de 1939, comienza nuestra historia. Era una noche fría, y una tremenda y furiosa tormenta arremetía. Habían caído noventa milímetros de agua en solo dos horas. El agua era tanta que no podía ser absorbida por la tierra, a pesar del incansable trabajo de las hormigas que no paraban de escarbar sus magníficos túneles, los cuales tienen como función que, cuando la lluvia cae, esta penetre más fácilmente en las capas inferiores de la superficie terrestre. Por eso, las hormigas son uno de los seres más felices de los que habitan en el bosque. Millones de hormigas vivían imperceptibles al ojo humano.
Esa noche negra y tormentosa, en el frío invierno europeo, un extraño objeto volador se desplazaba a alta velocidad por la frondosa zona, hasta que fue alcanzado por un rayo por esas cuestiones de la física y el azar. Tan solo unos añejos árboles del bosque, junto a unas ardillas mojadas, fueron los fieles espectadores de este suceso.
A raíz de este improvisado impacto, producto de este fenómeno atmosférico electromagnético, el misterioso objeto comenzó a perder el control y se terminó estrellando contra la superficie terrestre. Antes de impactar contra la Tierra, la nave dejó un gran surco de árboles cortados y quemados de aproximadamente un kilómetro de largo por unos veinticinco metros de ancho. Si hacemos el cálculo, el diámetro cuadrado del objeto caído sería de entre unos doce y quince metros cuadrados en su totalidad.
Esa noche, un solitario comerciante de productos campesinos de la zona, que regresaba cabalgando desde la ciudad de Heilbronn, se dirigía hacia un pequeño poblado no muy distante de ese lugar, en el cual residía junto a su familia. El mercader vio toda la secuencia del impacto de la nave en el bosque. Fue un solitario y magnífico testigo de un sorprendente suceso extraordinario que nunca podría olvidar. El hombre vio cómo aquella gran bola de fuego perdía altura. Hasta que luego no la vio más por el espeso bosque; entonces oyó un estruendo, producto del impacto de aquel aparato metálico contra la superficie, el cual provocó un gran fogonazo a lo lejos.
El solitario espectador, que no estaba lejos de donde se había estrellado el objeto, decidió acercarse hasta el lugar de los hechos. La curiosidad lo había invadido y, preso del fisgoneo, decidió ir hacia allí. Además, temía que alguien estuviese necesitando ayuda. Decidió desviarse de su camino y se adentró de esta manera en el bosque. Cabalgó despacio por unos cientos de metros, porque la luna estaba cubierta por las nubes y la visibilidad era nula. Por instantes, los relámpagos iluminaban levemente la vegetación. Por otros instantes, la negrura y oscuridad del bosque marcaban la nada misma en el vacío.
Después de cabalgar entre los árboles, encontró el hueco que el objeto había producido en su descenso forzoso. Siguió junto a su caballo por el gran surco que minutos antes había creado el extraño objeto o aeronave. Los leños cortados de los árboles todavía permanecían humeantes. El caballo esquivó matorrales y grandes árboles. Estos no eran muy anchos, pero sí altos, medían veinte o treinta metros. Gracias a estos, el viento no era tan fuerte dentro del bosque y la lluvia que se abatía se veía frenada como por un gran paraguas.
Avanzó cabalgando hasta que pudo ver el fondo del gran hueco sin árboles, ya que estos habían sido arrancados de cuajo o quemados por la energía que traía la nave al momento del impacto. Lejanamente, podía apreciarse el aparato estrellado. Aquel misterioso artefacto que el viajero tenía delante de sus ojos era algo nunca antes visto ni imaginado. Se bajó del caballo y lo amarró a una rama de un árbol. Observó a su alrededor y vio que las puntas de los arbustos aledaños aún emanaban vapores por el calor. Siguió caminando unos metros más por ese camino de forzosa construcción, hasta que llegó al lugar donde se posaba un extraño objeto cilíndrico. Su superficie se encontraba enterrada en parte y los restantes tres cuartos estaban clavados a cuarenta y cinco grados en la tierra.
Se acercó a pocos centímetros del objeto plateado. La mano derecha no soltaba su sombrero, sino que lo sujetaba firmemente. El miedo y la curiosidad lo tenían tenso. Enfrentado con aquella masa metálica delante de su cuerpo, no pudo creer lo que sus marrones ojos estaban observando. Nunca había visto algo así. Meditó por unos instantes el campesino y comerciante germano. Intentó elaborar alguna explicación para lo que estaba ocurriendo. Pronto, se le vino a la mente una premisa lógica —para su prematura cosmovisión—. “El extraño objeto será algún artefacto británico”, pensó. Por la época, no eran muy comunes los escritos sobre ovnis.
El artefacto misterioso y extraño yacía medio incrustado sobre la tierra, pero levemente. Observó a su alrededor y, en un espacio de unos cincuenta metros cuadrados, todos los árboles habían sido arrancados como de cuajo. La flora de la zona ardía. Un extraño calor se sentía en el aire, a pesar de ser una fría noche. La temperatura reinante en los alrededores de la nave era de unos treinta grados centígrados. “Demasiado calor emite esta nave”, pensó el solitario observador. Al estar unos instantes allí parado, intuyó que no era un artefacto convencional. Quedó atónito, del susto se dio media vuelta y se dirigió caminando hasta donde estaba amarrado el caballo y subió al mismo. Agarró la rienda del equino y comenzó a moverse.
Ya la temperatura era normal y se correspondía con la noche fría que hacía, el lugar había retornado a los tres grados promedio. La radiación no llegaba hasta esa zona.
Montado en su caballo, se colocó el sombrero y empezó a galopar por la brecha que la nave había abierto, hasta la carretera. El sendero llevaba al pueblo de su destino. Cabalgó raudamente unos treinta minutos bajo la fría lluvia que caía sin cesar. Un sentimiento patriótico, nacionalista, lo había invadido y sentía la urgencia de reportar lo visto. Creía firmemente que se trataba de alguna nave enemiga, pues aunque la guerra no comenzaría hasta septiembre, la tensión entre las naciones imperialistas burguesas ya era palpable.
El vendedor agrícola cabalgó durante una hora. Desde la ciudad de Heilbronn hasta el pueblo había un viaje de tres horas en total, no por la larga distancia sino más bien por los sinuosos caminos que había que transitar para recorrer el trayecto que unía las dos ciudades. El tiempo pasó rápido, por esas cuestiones de la relatividad, así que llegando al pueblo el hombre se dirigió hacia el cuartel policial local, bajo control de los nefastos hombres del Tercer Reich. Llegó, golpeó tres veces una antigua puerta de madera e ingresó.
La oficina de policía local no era muy grande, tendría unos treinta metros cuadrados, y unos altos techos, clásicos de ese tipo de construcción sajona. Era un antiguo edificio actualizado a las necesidades de la época y del capitalismo moderno, en el cual el funcionamiento del aparato represor del Estado era fundamental para sostener ese modo de producción. La oficina tenía unos misteriosos cuadros medievales colgados a ambos lados del escritorio central, donde se encontraba el oficial de guardia. Atrás del escritorio había una gran fotografía del Führer posando seriamente. Debajo de los cuadros medievales, a una altura prudente, había apostados unos bancos largos para sentarse en caso de espera. Todos los muebles estaban construidos en madera y habían sido divinamente barnizados.
—¡Buenas noches! —dijo el amable campesino Morlensen, quien tenía una altura prominente de un metro noventa y siete, junto a una gran contextura física.
—¿Qué sucede? —respondió no muy cortésmente un oficial alemán llamado Rundstedts, que recientemente se despertaba, pues había estado durmiendo un largo rato sobre el escritorio hasta aquel instante en que el viajero había ingresado. El escritorio estaba en la sala de guardia. Dicha sala era muy prolija y ordenada para ser una estación de policías. Por otro lado, los preparativos de la inminente guerra no habían llegado aún a aquella zona, y eso le daba otra dinámica a las relaciones de los pobladores de aquel lugar. Por su parte, a este oficial burgués le gustaba ser un parásito más del fascista régimen que comandaba Hitler.
—¡Quiero informar que se estrelló un avión en el bosque! Y creo que es inglés o francés, señor, o al menos no es de nuestro país —agregó el campesino según su propia inferencia, dado que no había visto nada igual anteriormente, pero sí había visto los aparatos voladores de su ejército. Por consecuencia, la nave estrellada no se parecía a ningún objeto que el aparato represor del ejército alemán poseyera.
Luego, el lugareño comerciante le indicó la zona exacta en donde estaba la extraña nave. Se despidió del soldado alemán que estaba de guardia y se retiró de esta forma para su domicilio a contarle a su familia el extraño suceso vivido. Por otro lado, se sentía muy fatigado y agotado, estaba todo mojado por la torrencial lluvia caída. Caminó no mucho más, dado que no vivía muy lejos del destacamento policial. En su casa, un rico plato de comida caliente lo aguardaba, pues en esa época el patriarcado gobernaba dentro de los espacios hogareños pueblerinos. Al menos esto sucedía en los estados capitalistas, donde la mujer era una costilla del hombre. Errónea manera de pensar tenían estos seres capitalistas.
Misteriosamente, Morlensen, el campesino, días más tarde, moriría de alguna extraña enfermedad que los médicos no podrían describir. Comenzó con pérdida de cabello y hemorragias internas. Además de tener sangrado por los ojos, también presentó extrañas manchas que le aparecieron en la piel. Años más tarde, esto se describiría como “muerte por contaminación de radiación”. Pero no solamente moriría él, sino además toda su familia, que presentó todos los mismos síntomas, desconocidos para la medicina civil de esa época.
Ni bien las autoridades policiales alemanas se enteraron del suceso, se dirigieron hacia la zona que el campesino había descripto, pues pensaban que se trataba de algún avión o artefacto espía, como había manifestado el campesino y comerciante Morlensen.
Desde que aquel objeto había caído, ya habían pasado seis horas. El aguacero nunca se había detenido y todavía llovía torrencialmente. Esto hacía que algunas zonas estuvieran anegadas, y el acceso a la zona del impacto no era cómodo.
Una vez informado el fatídico accidente por parte del campesino, apresuradamente la patrulla policial de guardia avisó a sus superiores y salió inmediatamente una primera partida de cinco policías hacia el lugar del impacto. Luego, a los siete minutos, se organizaron y salieron ocho policías más. En el destacamento quedaron solo dos agentes, dado que el número de policías allí apostados era nada más de quince esa noche.
Todos los uniformados salieron bien armados, por si hubiera que enfrentarse a soldados enemigos. En solo unos cuarenta minutos, los agentes llegaron al lugar a pesar de las condiciones climáticas, entendiendo que se trataba de una cuestión de seguridad nacional. Si algo había entendido Alemania en aquella época era la cuestión nacional gracias a Bismarck, que se encargó de pregonar el nacionalismo chauvinista burgués.
Los trece agentes policías nazis se sorprendieron enormemente cuando llegaron al lugar del impacto; la imagen que sus ojos vieron nunca la borrarían del imaginario cristalizado de sus mentes. Ni siquiera el agua fría de la lluvia que impactaba en sus caras los pudo hacer volver en sí. Tenían delante un extraño artefacto que nunca habían visto anteriormente, con forma de un enorme plato gigante. El momento de sorpresa pasó, pues su formación en los estamentos del aparato represor del Estado hacía que no tuvieran tiempo para las sorpresas, sino que todo era cuestión de resolver situaciones. Amarga vida debían vivir esta clase de sujetos que no tenían tiempo para sorpresas.
Los oficiales perimetraron el área, y tres de ellos se quedaron de guardia por si hubiese algún tipo de hostilidad presente en la zona, dado que al estar ese artefacto ahí los oficiales suponían que podría haber refuerzos en las inmediaciones.
Delante yacía la nave con forma circular, como ya dije, de unos treinta o treinta y seis metros cuadrados de diámetro, y de color plateado. Poseía en su lado izquierdo un gran agujero, seguramente producto del impacto del rayo o, tal vez, producto del choque contra alguna roca en su descenso descontrolado.
Se presentía un extraño calor alrededor del objeto, además de una mezcla de olores. Por un lado, se sentía olor a leña chamuscada, proveniente de los árboles que la nave había cortado por la alta velocidad con la cual había impactado al caer. Y, por otro lado, había un extraño olor como a plástico quemado, vaya uno a saber de qué componentes estaba hecha esta nave moderna, moderna. En toda época de la historia hay una clase de sujetos que se consideran modernos, pues su tiempo, creen, es distinto al de los sujetos que pasaron por este mundo en otro momento. Pero podríamos debatir si acaso el tiempo existe o si es solo una percepción de la mente humana. Tal vez, el tiempo no existe y solamente es la vida orgánica la que muta de un estado de ser a otro, sin la variable tiempo en la ecuación.
Con la nave a la vista, un sargento alemán se acercó muy lentamente. Paso a paso caminó por el suelo, que se encontraba casi carbonizado, que separaba el objeto y su cuerpo. Al llegar hasta el gran plato plateado, el oficial se detuvo y miró por la abertura que había producido el golpe del rayo. Pudo apreciar que en su interior había dos cuerpos ya sin vida.
Tras un momento de estar petrificado, retrocedió. Su rostro estaba blanco. Sus expresiones eran nulas o casi nulas. Pero, a pesar de todo, se sobrepuso y realizó unos ademanes; raudamente, dos soldados salieron con velocidad hacia el poblado a transmitir las noticias y buscar ayuda. No sabían que estaban ante un encuentro cercano del tercer tipo, pero sí sintieron algo inusual en la construcción de su subjetividad humana. ¡Lo diferente! ¡La sensación de lo desconocido! Claro está que para ellos esta construcción conceptual era desconocida. Tan solo sentían la praxis de lo diferente. Las concepciones terminológicas de la ufología aún no estaban desarrolladas en estos primeros años del siglo XX.
La sorpresa que sintieron esos humanos no era solamente por la presencia del extraño objeto, sino por la de los misteriosos cuerpos que había en su interior. Y fundamentalmente por la cristalización de la premisa de que no somos la única forma de vida inteligente en este universo. Algunos humanos creacionistas ingenuamente piensan que un dios nos hizo junto al planeta y en el sexto día descansó. Y ni hablar de lo que pasó en el séptimo día…
A todo esto, once oficiales quedaban en el lugar del hecho, eran tan solo once testigos. A simple vista, los cuerpos que estaban dentro de la nave eran físicamente muy similares a la especie humana. Pero, al mirar bien sus rostros con sus características, pudieron comprobar que estos cuerpos no eran humanos, sino más bien de alguna otra especie de vida inteligente —inteligente para los parámetros con los cuales los científicos clasifican etnocéntricamente a las especies vivas—. Eran muy análogos a la especie humana. Habría que estudiar la historia de su evolución para ver adaptativamente cómo habían llegado a su estado actual.
Sus cuerpos medían aproximadamente dos metros de largo, eran de una contextura muy delgada, y no poseían vello en ninguna parte del cuerpo. Lo que sería su piel era muy blanca, no blanca como la de algunos humanos, aquellos cuerpos extraños tenían su piel de un color blanco lunar, casi transparente, y eran bien pálidos. En astronomía, a este color se lo conoce como “blanco lunar”, para ser más específicos. Sus cuerpos estaban cubiertos con una extraña tela de color negro, como si se tratara de uniformes. Los agentes policiales ya se habían comunicado con los superiores de la SS a cargo de la región para pasar el detalle de los sucesos.
Al amanecer del otro día, cuando ya solo lloviznaba y la claridad de la energía solar estaba presente, unos cincuenta hombres de la SS llegaron al lugar y se hicieron cargo de la situación. Inmediatamente, separaron del operativo a los efectivos policiales, a quienes se les prohibió hablar de lo sucedido: no podían mencionar el tema, ni siquiera a sus familias. A partir de ese momento, los oficiales policiales solamente estuvieron encargados de impedirle el paso a cualquier viajero que intentase internarse en el área, la cual estaba muy próxima al camino que unía los dos pueblos antes mencionados. De esta forma, los agentes policiales fueron colocados en puestos estratégicos, bien alejados del lugar del impacto.
La SS ya estaba perimetrando toda la escena y estaba a cargo de toda la situación. También habían tomado posesión tanto de la nave como de los cuerpos, los cuales fueron resguardados en cajones térmicos y herméticamente sellados para su posterior traslado, dado que el Tercer Reich ya quería examinarlos. Luego, se pasó al desguace de la nave en secciones para poder ser trasladada. Y de esa manera, ese mismo día, fueron llevados tanto la nave como los cuerpos a un búnker secreto que los nazis tenían en algún lugar ubicado en el norte de Alemania.
En el desguace, trabajaron unos treinta técnicos y científicos del Tercer Reich, además de los cincuenta soldados de la SS, los cuales colaboraron en subir muy despacio las secciones de la nave a unos camiones debidamente preparados para su traslado. Había cuatro grandes camiones y una grúa en el lugar para agilizar la operación. Estos camiones eran de la última generación de blindados ligeros que el régimen nazi había construido.
Los oficiales de la SS tenían estrictas órdenes de mantener en extremo secreto toda la operación. Para el traslado, se decidió camuflar muy bien los camiones. Para esto, se decidió hacer planillas apócrifas, de esta forma, en el traslado de las partes, se simularía que se transportaban municiones. Además, este convoy adjuntaría una nota firmada por Hitler, que ordenaba que no se inspeccionaran los camiones en los diferentes puestos de control. No se debían dejar testigos en el camino del material que se transportaba. En otro lado de Alemania, Hitler, al enterarse de la situación, mantuvo uno de los secretos mejor guardados de todo el Tercer Reich. Se sabe de la inclinación de Hitler hacia el ocultismo y el misticismo, entre otros intereses, y este incidente le abría la perspectiva de disponer de una nueva tecnología que sus enemigos no poseían, y le allanaba el camino para dominar el mundo, como él quería. Sabemos que las sociedades, desde hace unos miles de años, se dividen en dos estamentos: por un lado, la sociedad civil y, por otro, la sociedad militar, la cual es parte de la hegemonía gobernante. La Alemania de Hitler no estuvo exenta de esta regla vigente en la división moderna de las sociedades de nuestro planeta.
Así, después de este incidente, Adolf Hitler ordenó crear la “Orden del Sol Negro”. Esta agencia fue la encargada del desarrollo de energías alternativas para el Tercer Reich, y trabajó fundamentalmente con base en los restos encontrados. Ese mismo año, desarrollaron un motor electromagnético gravitacional para ser puesto en naves de combate.
A partir de este acontecimiento, el Führer se encargó de buscar a los mejores científicos que había diseminados por todo el continente europeo para poder explicar y hacer funcionar aquella extraña tecnología que tenía en su poder. La mayoría fueron incorporados a la Orden del Sol Negro, otros fueron adjudicados a diferentes proyectos que el Tercer Reich manejaba. Podemos enumerar un sinfín de casos de grandes matemáticos, físicos, químicos y astrónomos entre las muchas mentes esplendentes de la época que emigraron hacia las distintas ciudades de Alemania, algunos por su propia voluntad y otros a la fuerza; estos tenían amenazadas de muerte a sus familias. Así, para comienzos de 1939, Alemania tenía modernos hospitales para la fuerza aérea y el ejército, ubicados en zonas alejadas de las ciudades y modernizados con equipos de rayos X, entre otras actuales máquinas médicas.
Por eso, entre los años 1933 y 1938, sabemos que el régimen de Hitler reclutó a las grandes mentes de su época. Para 1939, año en que comenzó la Segunda Guerra Mundial, tenía un vasto ejército de científicos en su poder. Con un capital científico tremendo en su Estado, Alemania se estaba preparando eficazmente para un largo conflicto bélico. Muchos de estos científicos fueron llegando al régimen de Hitler con una doble intencionalidad (no por parte de los científicos, sino por parte del régimen nazi en general) para la comunidad internacional de ese momento.
Estos científicos, durante algunas horas del día, trabajaban en distintas universidades para dar una falsa imagen y que nadie sospechara nada. Pero, durante otras tantas horas de trabajo, su verdadera especialidad era la de intentar hacer funcionar nuevos inventos que la sociedad burguesa y militar nazi estaba desarrollando. A partir de 1939 se encargarían, además, de explicar con qué función estaban diseñadas todas aquellas tecnologías que hasta el momento eran desconocidas para gran parte de los seres humanos.
Increíblemente, en 1933 Hitler había asumido democráticamente, dentro del modo burgués, como máxima autoridad alemana —sin embargo, por lo que la burguesía occidental del planeta entendía por “democracia” en 1939, era un dictador—. Hitler, el mayor totalitario burgués y racista, daría inicio a un gran conflicto bélico que acabaría con la vida de cincuenta millones de seres humanos, según estiman los especialistas del tema. Pero nosotros nos ocuparemos del desarrollo tecnológico que implicó tener esa fuerza extraterrestre en su poder militar.
Con la adquisición de esta nueva tecnología avanzada, la Alemania de Hitler creó secciones especiales en materia de desarrollo tecnológico. De esta forma, se llegó, entre otras cosas, a la creación de un grupo de investigaciones especiales en materia tecnológica y con base en la nueva tecnología disponible, al que el Tercer Reich llamó la “Orden del Sol Negro”. Dicha orden trabajó incesantemente para que la supuesta raza aria dominara el mundo, o al menos para que una parte de los arios lo lograra. Esta pequeña porción de población serían los integrantes de las distintas sectas secretas nazis existentes.
Algunas de las piezas de esta extraña aeronave fueron llevadas por los miembros de la Orden del Sol Negro a una zona denominada “Z”, en las afueras de la ciudad de Lübeck; otras piezas fueron llevadas a otra zona denominada con el código “Y”. De esta forma, el gobierno alemán garantizaba para sí mismo que no hubiera una fuga de información por parte de ningún científico o soldado de alto rango de la SS que participara en el proyecto. Y si hubiese una fuga de información, esta sería parcial, dado que ni los científicos tenían acceso a todas las fases de la investigación. Como dijimos, los primeros frutos se dieron ese mismo año, ya que fue en 1939 cuando se desarrolló el motor electromagnético gravitacional, que sería muy importante para el futuro de los nazis. Ese año, el jefe mayor del ejército alemán, el general Jodl, dio órdenes de que se terminase el aparato secreto aéreo de las zonas Z e Y para ser implementados en los combates del futuro frente oriental, contra los soviéticos, dado que Hitler odiaba a los comunistas, como los odian todos los reaccionarios burgueses. O reaccionarios obreros sin conciencia de clase.
Pero para poder lograr esto, la Orden del Sol Negro tuvo que tener a la mano de obra más capacitada de su tiempo. De esta forma, se encargó de buscar y cooptar a las mentes más brillantes que el mundo tuvo en esos momentos históricos de la humanidad. Entre los muchos científicos que se sabe que colaboraron desarrollando la ciencia nazi en la Orden del Sol Negro, había al menos unos ciento veinte científicos de distintas nacionalidades, si podemos decir que los científicos tienen nacionalidades, si no es que simplemente pertenecen a la nación de la ciencia. Cuando actúan en el campo de los Estados burgueses, son parte de la nación capitalista y científica, sin Estado al que responder. Si actúan en el campo de los Estados marxistas, estos sí tienen nacionalidad, la nacionalidad del trabajador y del Estado obrero. De esta forma, eran ciento veinte hombres científicos, sin contar técnicos ni ingenieros. Calculemos el tamaño y la magnitud de esta operación. De estos ciento veinte científicos se sabe que ninguno fue llevado, al término de la guerra, a los EE. UU. De hecho, en la operación denominada Paperclip (u Overcast) fueron llevados cien científicos a trabajar para los EE. UU. a seguir desarrollando todos los avances que Hitler había logrado en distintas ramas de la ciencia. Pero ninguno de estos eran pertenecientes a la sección Z o a la Y.
Sobre los científicos llevados en la operación Paperclip, algunos de ellos luego fundarían la NASA… ¿O algún lector cree que el fascismo desapareció del planeta Tierra? Solo cambió de logo el escudo de los soldados fascistas. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, muchos científicos simplemente desaparecieron y nunca se los volvió a ver. Sin embargo, con las ciento veinte mentes brillantes mencionadas previamente no se sabe qué pasó, pero la mayoría pareció haberse esfumado del mundo. Analicemos detalladamente este punto, dado que es muy importante en la operación la labor de estos científicos. Sabemos que les fueron dadas nuevas identidades en los países que le ganaron la guerra al Tercer Reich.
Entre los científicos que trabajaron para la Orden del Sol Negro se encontraban, entre otros: Johannes Plendl, Frederick Hibsä, Anselm Franz, Hans Von Ohain, Wernher Von Braun, Walter Dornberger, Ernst R. G. Eckert, Bernhard Tessmann, Arthur Rudolph, Ernst Stuhlinger, Hans Ziegler, Krafft Arnold Ehricke, Gerhard Reisig, Konrad Dannenberg, Kurt Debus, Georg Rickhey, Rudi Beichel, Werner Dahm, Otto Hirschler, Werner Rosinski, Eberhard F. M. Rees, Kurt Blome, Hermann H. Kurzweg, Franz Fischer, Hans Tropsch, Kurt Lehovec, Hans Hollmann y Otto Geinberg. Sus nombres no pudieron ser desclasificados después de las guerras, solo llegó la información del número de código con el cual ingresaban a la base militar por unos documentos encontrados fechados al período anterior, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
Sus cuerpos, vivos o muertos, nunca aparecieron. La historia oficial dice que murieron en los bombardeos finales de la guerra, desatados por el ejército aliado sobre casi todo el territorio alemán. La historia extraoficial nos dice, en cambio, que escaparon, no se sabe adónde, junto a un selecto grupo de miles de personas de la SS. Entre ellos, el capitán general Alexander Loehr, quien emigró a la Argentina junto a un grupo de científicos de menor rango para participar de los proyectos de energía nuclear del general Perón. Este general burgués no solo copió el modelo de casco alemán para su Estado burgués, sino que además muchas otras cuestiones. Esto es porque entre los militares burgueses se sienten afines a las cuestiones del poder personal sobre las masas obreras.
La Orden del Sol Negro fue eficaz porque no solamente reclutó mano de obra trabajadora calificada, sino que además se ocupó de otras disciplinas, lo que aumentaría el ritmo de trabajo de la clase trabajadora. Para entender a la Orden del Sol Negro hay que entrar en el campo de la metafísica, porque no fue una orden nacida al azar; todo lo contrario, fue producto de investigaciones que comenzaron a partir de 1920 por un reducido grupo nazi. Llegado el momento que ellos consideraron oportuno, dispusieron de los recursos materiales e intelectuales para ampliar esta orden a otros miembros de la raza aria. Recuerdo que muchos mariscales del Tercer Reich eran de esta orden. Previamente a asumir el título militar de mariscal, se los inducía a participar de esta orden sectaria. Entre estos mariscales que eran de la Orden del Sol Negro tenemos a Von Brauchitsch, Mannerheim, Goering, Von Witzleben, Keitel y muchos más. El Sol Negro sería uno de los motores metafísicos que movería a todo el Tercer Reich durante su existencia. Hubo otros motores, claro está, pero fueron de menor intensidad y se trataba de otros órganos del nazismo, de esa superestructura fascista.
Pero volvamos a la Orden del Sol Negro. ¿Qué representaba el sol negro de su emblema?
El sol negro es un símbolo muy antiguo de los pueblos nórdicos; para ellos, representaba el día del fin del mundo, una mística batalla de los dioses contra los jotuns. Luego, el nazismo se apropió de este misticismo y lo configuró en función de su doctrina. Por lo tanto, el sol negro estuvo relacionado durante todo el Tercer Reich con el misticismo nazi; solamente era accesible para los miembros de la SS, no cualquier alemán podía ingresar a esta orden. Tenían un sistema de ingreso similar al de las logias masónicas. Según manifestó el capitán general Freiherr Von Richthofen en su biografía publicada post mortem, en ese momento histórico, el resto de los soldados alemanes no sabía de su existencia. Además, dentro de esta tradición metafísica, aparecen nombres como el demiurgo.
Pero ¿quién es el demiurgo? Es el gran arquitecto, el ordenador de la materia, el creador de la partícula más pequeña, creador de la fuerza gravitatoria… Pero esta es otra historia. Tan solo hay que entender que estos ideales místicos movían a los miembros de la superestructura nazi y, por ende, a los miembros de la Orden del Sol Negro. De esta manera, comprenderán un poco mejor el relato que les contaré.
