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Situaciones de la vida cotidiana se entremezclan con relatos oníricos, mundos fantásticos e historias espeluznantes en una selección de cuentos que perturbará la inocencia del lector a cada vuelta de página. En los doce relatos que componen Heterocromía las reminiscencias a los maestros de lo siniestro (el Unheimlich freudiano) son constantes, desde Kafka y Stephen King a Cortázar, Silvina Ocampo y Felisberto Hernández, pero en todos los casos las referencias están actualizadas y adaptadas a nuestros tiempos. El resultado es la creación de mundos cerrados, que construyen el clima ideal para que lo familiar se trastoque y genere la intranquilidad propia del fantasy y el terror. Con este nuevo libro, Julián Ciocia demuestra que su anterior novela, Dragón, no era una pieza única, sino la primera de una obra que promete ser vasta, con una voz autoral fácilmente reconocible y una misión entre ceja y ceja: perturbar la tranquilidad de quien lo lea, exhibir la policromía de nuestra mirada. En estos cuentos, sin dudas, lo logra con creces.
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Seitenzahl: 139
Veröffentlichungsjahr: 2021
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HETEROCROMÍA
JULIÁN CIOCIA
OYD EDICIONES
Ciocia, Julián
Heterocromía / Julián Ciocia. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : OyD Ediciones, 2021.
Libro digital, EPUB - (Creaciones Libres ; 3)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-47884-6-7
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Fantásticos. 3. Cuentos de Terror. I. Título.
CDD A863
© 2021, OyD Ediciones © 2021, Julián Ciocia
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Dirección editorial: Nicolás Scheines
Diseño de la colección: María José Galanda
Maquetación y diseño de tapa: Pablo Alarcón | Estudio Cerúleo
Corrección: Nicolás Scheines
Imagen de tapa: Juan Carlos Galeazzi
Foto de solapa: Macarena Piazzese
Primera edición en formato digital: mayo de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
www.oyd-ediciones.com.ar
García del Río 4645 2º 4, Ciudad de Buenos Aires
Aún recuerdo cuando escribí mi primer cuento de adulto. Lo festejé como si hubiera ganado algo. Me sentía extasiado, a punto de devorar la vida. Había escrito algunas cosas antes, pero ese fue mi primer gran desafío. Debía animarme a escribir una historia, en la que desarrollara principio, nudo y final. Pero debía ser… perfecta, como suelen ser los cuentos, donde nada sobra y todo encaja en su sitio para que la historia sea redonda. Como dije, estaba extasiado y sentía que la literatura fluía por mis venas. Lo empecé a mediatarde, y para la noche ya lo tenía listo. Claro que, en ese momento, apenas me corregía algunos detalles, por lo que ese breve relato estaba plagado de errores gramaticales. Pero no importaba, porque estaba ahí. Ya existía, tenía una lógica y una estructura. Y, por supuesto, podía dárselo a otro para que lo leyera. Ese era mi mayor regocijo.
La idea me surgió de una película que encontré por televisión: 1408, de Mikael Håfström. Está basado en un cuento de Stephen King, que siempre me inspiró mucho a la hora de pensar historias. No es de extrañar que lo haya hecho también en mi primer cuento. Una habitación de hotel embrujada, y un hombre al que no le importa y está empecinado en pasar la noche en ella. ¿Podrá pasar la noche? ¿Qué cosas pasarán? ¿Logrará salir con vida?
No es la mejor película de terror ni por lejos, y quizás abunda en clichés. Pero eso no importa. Porque una obra no tiene por qué ser revolucionaria, clásica o épica para despertar algo en uno. Es parte de lo grandioso del arte: no necesita manuales para encender el alma. La cinematografía y la literatura comparten una cualidad: nos dibujan un camino perfectamente detallado y nos dan algunas herramientas para que los podamos cruzar, pero nos dejan que lo crucemos solos. Y en ese camino, uno sale distinto. Qué mejor para un artista que escuchar cuando uno habla de tu obra. No siempre tendrás las mejores devoluciones, pero al menos tocaste la vida de quienes lo cruzaron.
Finalmente, el cuento no entró en esta selección. Quise dejar que otras historias dibujen el camino. Cada una conlleva un por qué. Algunas son como ese primer cuento que surgió de una inspiración cinematográfica. Otras, quizás, son más vivenciales, como cuando nos ocurre algo en la vida que nos hace sentir que tenemos que contar una historia.
Les debo mucho a estos cuentos. Algunos fueron escritos antes de que pensara siquiera en escribir Dragón, mi primera novela. Se quedaron allí, resguardados, esperando el momento oportuno para atacar. Siempre observándome, agazapados, y siguiéndome los pasos de cerca.
Aún conservo todos los borradores en papel, y me emociono al encontrar que las páginas de los más viejitos están amarillas. En algunos casos pasó tanto tiempo, que para mí tiene un valor especial que hoy puedan ser leídos en un libro. Es una especie de revancha, o de impulso para nunca dejar de creer que se puede hacer aquello con lo que uno un día soñó.
Disfruté escribiendo cada una de estas historias, y lo sigo haciendo cada vez que surge una nueva. A diferencia de las novelas, los cuentos llevan otro adoctrinamiento. Los buenos cuentos —o los que, en mi caso, escribí de corrido— te quitan el sueño si no los descubrís a tiempo. Te piden que no los abandones hasta tenerlos cerrados. Y, si no, te persiguen adonde vayas.
Ya no hay remedio, porque ahora también te alcanzaron a vos.
Y por un ratito me gustaría sacarte de tu mundo y llevarte a otros sitios. A lugares en donde no hay reglas de ningún tipo. Donde todo es posible. Incluso las historias más enloquecedoras.
Julián Ciocia
Diciembre de 2020
Todo comenzó cuando Santiago vio a un extraño sujeto que merodeaba cerca de la plaza de su barrio. Llevaba ropa andrajosa y sucia. Era divertido sentarse a observar cómo en cuanto él pasaba cerca de los juegos, las madres tomaban a sus hijos y los llevaban lejos.
El vagabundo era una personalidad famosa de hacía años. Santiago recordaba que a él también le habían dicho que nunca se le acercara. Con treinta años más, el hombre continuaba teniendo la misma figura aterradora. Su barba grasienta había tomado un color gris, el mismo de su pelo enrulado. Era un tipo imponente y de una mirada intensa con sus ojos verdes.
Santiago había vuelto a su barrio luego de dos años, y le parecería que todo seguía igual a como estaba antes de marcharse. Se alegró de que así fuera. No había nada mejor que sentir como si el tiempo nunca hubiera pasado.
—Ojalá algún día saquen a este tipo de acá —oyó que decía una voz de mujer. A su lado se había sentado una señora. Tenía un bolso, al que se aferraba con fuerza—. Siempre ahí, mirando. Tendrían que encerrarlo.
El vagabundo se había acomodado en un banco, y con una de sus manos se tocaba una y otra vez la barba. Tenía la vista fija en una niña que jugaba en el tobogán del arenero sin soltar un osito de peluche gris y blanco debajo de su brazo.
—Nunca supe su nombre.
—A quién le importa. Es un vago —dijo la señora, y acentuó particularmente la última palabra.
Santiago lo observó con detenimiento, pero su visión resultó entorpecida cuando una joven se cruzó delante del vagabundo y avanzó a gran velocidad. Llevaba un mapa en la mano. Santiago la siguió con la mirada. Observó cómo ella se paró en el lugar y levantó la vista perdida. Luego suspiró fastidiosa y volvió la vista hacia el mapa.
Santiago no supo en qué momento comenzó a caminar hacia ella. Y a medida que avanzaba, se fue sintiendo demasiado estúpido como para decirle cualquier cosa. Así que se acercó y pretendió mirar hacia otra parte. Fue ella quien le habló.
—Disculpá… ¿Me podrás ayudar?… ¿Hola?
Santiago se dio vuelta desconcertado.
—¿Me hablás a mí?
—Necesito tu ayuda.
Ella le mostró el mapa, nerviosa. Era más alta de lo que había supuesto. Y en cuanto sus ojos se cruzaron, quedó fascinado. No había notado esa maravillosa anomalía que la afectaba. Solo había visto personas con heterocromía en fotografías, pero jamás en persona. Su ojo izquierdo era celeste muy claro, mientras que el derecho era marrón. Esta condición le daba un aspecto excéntrico y atrapante.
—Tengo un problema —comenzó a decir ella—. No soy buena para ubicarme… y siempre me pierdo. Tengo que llegar a esta dirección. —La joven estiró su brazo y le señaló en el mapa la calle «San Blas»—. Tengo que ir al 2100. ¿Vos conocés por acá? ¿Sabés dónde es?
Santiago no podía dejar de mirarle los ojos, que le parecían maravillosos.
—Sí, sí. Son seis cuadras para allá —señaló con su mano.
—¡Gracias!
La joven caminó en la dirección que le había indicado Santiago, pero se detuvo a mitad de camino.
—¿Te molesta acompañarme? No conozco por acá… y vos parecés copado.
—Sí… Te acompaño, no hay problema.
—Por cierto, ¿cómo te llamás?
—Santiago, ¿y vos?
—Camila.
Ella estiró su mano y apartó el cabello de sus ojos. Tenía un color rubio brillante, y a la luz del sol parecía una mecha encendida y dorada.
Santiago sonrió y no pudo evitar darse vuelta para comprobar si aún estaba el vagabundo. Se alegró de que no fuera así: eso significaba que se había ido a otro sitio y ya no observaba a los niños.
—Yo no conozco nada por acá. En realidad sí, pero no lo recuerdo —dijo Camila. Hizo una pausa, y luego continuó—: Ocurrió un accidente hace mucho tiempo, pero por suerte salimos las dos con vida. Mi mamá y yo.
—Pasando esa rotonda, son dos cuadras —dijo Santiago señalando una plazoleta.
Ella la miró confundida.
—Me resulta familiar…
—¿Qué cosa? ¿La rotonda?
—Sí. Quizás sea parte de esos recuerdos que perdí.
Ambos bordearon la plazoleta, y Camila se detuvo en una fuente circular que había en el centro. La observó con detenimiento.
—¿Qué es ese símbolo que tiene grabado? —preguntó ella.
—Es el nudo infinito. Simboliza los tiempos, el karma… y que todo siempre vuelve. Si te fijás, es un laberinto donde todo está conectado.
—¡Guau! —dijo ella entusiasmada—. Se ve que sabés mucho del tema.
Santiago sonrió.
—No sé tanto. Pero este pueblito fue fundado por mis antepasados. De hecho, mi bisabuelo fue quien diseñó esta fuente que ves acá. Y muchas de las casas que aún se conservan. Era arquitecto, y tenía esas creencias. Fueron pasando de generación en generación.
—¿Y se pueden pedir deseos? Yo siempre vi que arrojan monedas.
—Eso no sé. Pero podés probarlo si querés.
Camila revolvió en su cartera en busca de alguna moneda, pero no encontró. Entonces fue Santiago quien le alcanzó una.
—Gracias —dijo ella. Desplegó su amplia sonrisa y nuevamente lo miró con esos ojos heterocromáticos. Luego los cerró y permaneció unos instantes pensando el deseo.
—Listo— dijo.
Arrojó la moneda a la fuente.
—Ojalá que la fuente de tu bisabuelo me lo cumpla.
Vieron la moneda suspenderse en el agua, junto a muchas otras. Santiago nunca se había puesto a pensar que la gente depositaba sus deseos ahí. Quizás esas mismas monedas estaban hacía mucho, mucho tiempo. Y no estaba seguro de que esa fuente se hubiera construido con ese fin.
Estaban bordeando la plazoleta cuando se desató un fuerte viento huracanado. Se tuvieron que cubrir los ojos.
—¡Dios, qué viento! —dijo Santiago.
Desvió la vista hacia Camila. Pero ella parecía asumir el clima con total naturalidad.
Para suerte de Santiago, duró solo unos instantes. Del otro lado de la plaza el clima volvía a estar caluroso y soleado.
Fue entonces cuando él volvió a ver al vagabundo. Lo estaba observando de lejos. Le pareció verlo sonreír. Mostrando sus dientes amarillos y sucios.
—¿Qué pasa?—preguntó Camila al ver la cara de Santiago.
—Nada. No pasa nada. Vamos rápido.
Pero sí pasaba. Él no podía entender cómo el vagabundo había llegado hasta allí tan rápido. ¿Qué camino había tomado para llegar? ¿Por qué sonreía?
Continuaron caminando.
Las calles se hicieron pavimentadas y el suelo, que en otro tiempo él creyó que era de tierra, estaba muy prolijo. Se sorprendió al ver las calles de su infancia tan cambiadas.
—¿Dónde vivías vos?
—En la otra cuadra, ahora vamos a pasar por ahí.
Camila consultó su reloj y luego tomó del brazo a Santiago.
—¡Uy, apurémonos! Le dije que iba a estar a las siete como mucho, y son menos diez.
Caminaron en silencio todo el trayecto; resultaba algo aterrador escuchar únicamente los pasos y sus respiraciones.
—No me contaste cómo fue tu accidente —dijo Santiago.
—Es verdad, pero vos tampoco me dijiste cuál era tu casa.
—Es verdad… —dijo él, confundido.
Se sobresaltó, ya que no recordaba algunas de las fachadas de las casas. Era como si estuviese caminando en su barrio, pero que a la vez fuera distinto.
—¿Cuándo pusieron ese local? —preguntó Santiago señalando una heladería.
—¿Me preguntás a mí? —rio ella—. Este es tu barrio. Vos sos el que lo conoce bien.
—¿A qué calle me dijiste que teníamos que ir?
—San Blas 2156.
—Es la que viene, entonces… —Santiago aceleró el paso, y se acercó al cartel de la intersección de la calle. Leyó «Beethoven 2156».
—No puede ser —dijo—. Esta es la calle.
Camila se acercó a su lado y luego se encogió de brazos.
—Seguro te equivocaste.
—No, esta es la calle. Hicimos cinco cuadras, esta es San Blas.
Camila sacó el mapa. Efectivamente, le marcaba que el punto a donde debía dirigirse estaba en esa cuadra, pero el nombre era Beethoven.
—En el mapa figura que es acá. ¿Puede tener dos nombres?
—Imposible.
—Quizás me equivoqué yo al decirte.
—No. La calle existe y es esta. No hay otra explicación. ¡Está escrito ahí!
—Bueno, no importa. Capaz es un error de imprenta. O ese cartel está mal. Acompañame, que tiene que ser esta cuadra.
A Santiago le tomó un par de segundos reaccionar. Finalmente la siguió, incómodo.
—¿Cómo puede ser? Son demasiados cambios, y además tampoco recuerdo pasar por mi casa.
—No te diste cuenta. Estabas pensando en otra cosa.
Los dos se acercaron a la dirección, y Santiago comprobó que a cada paso que daba el aire se hacía más intenso. Era como si estuviera entrando en un túnel. Se sentía una especie de humedad sofocante. Los colores también eran raros, estaban apagados, y parecía como si alguien o «algo» hubiese absorbido la vida del lugar. Se le erizaron los pelos de los brazos, y se contuvo porque estuvo a punto de tomar a Camila y apartarla. Pero ella caminaba decidida. Nuevamente no parecía tener en cuenta el cambio espacial. Incluso se apresuró aún más cuando estaban cerca.
—Creo que es esta casa.
Se pararon frente a una cerca de madera y alambres de púas. A través de los espacios se veía un extenso patio y, a lo lejos, una casa derruida. Sobre el mármol estaba pintada la numeración que ella había mencionado.
—Mirá—dijo Camila—. ¡Tiene tu símbolo!
Con la misma pintura de la numeración, estaba grabado en el mármol.
—Pero… ¿quién es este tipo? —preguntó él, confundido.
—No tiene timbre —dijo Camila.
—No me gusta nada este lugar… No tenemos que entrar.
—¡Hola! ¿Hay alguien acá? —Camila aplaudió tres veces, y luego bajó el tono de voz, dirigiéndose nuevamente a Santiago—. ¿Eh? No es para tanto.
—Nadie sano puede vivir en un lugar así… Además, no hay nadie. ¿Dónde está todo el mundo? No es el barrio más poblado, pero siempre te cruzás con gente.
—Ay, estás exagerando. Sí que nos cruzamos con personas. Vos no las viste.
Aguardaron un lapso indeterminado, ya que en los momentos de tanta tensión a Santiago el tiempo le resultaba engañoso. Hasta que finalmente de la casa salió una figura.
—Ahí viene alguien. Por fin.
El sujeto abrió la puerta de la cerca. Era un hombre corpulento. Tenía una camisa manchada y un pantalón deportivo viejo. Su cabello era enrulado, y una incipiente barba se dibujaba debajo de la barbilla. Su barriga era excesivamente grande; por el contrario, sus pantorrillas eran muy delgadas, lo que le daba un aspecto gracioso y desagradable a la vez.
—Perdón… Venimos…
El hombre le hizo una seña con el brazo para que Camila se callara, y luego comenzó a caminar al interior de su casa. Se detuvo a mitad de camino en el patio, y les indicó que entraran.
—Esto no me gusta nada… —susurró Santiago. Pero Camila lo tomó de la mano y avanzaron por el patio. Eso lo tranquilizó un poco, pero de todos modos no le quitó ni un poco la terrible sensación de angustia que sentía.
Una vez dentro, Santiago sintió lo mismo. Un terrible agobio que impregnó el aire le produjo arcadas. Era una casa macilenta de la época colonial. La humedad había comido las paredes, y había pedazos de pintura seca esparcidas por el suelo. Todo estaba muy sucio. Y había manchas, muchas manchas que prefirió no mirar.
—Es por acá —indicó el sujeto. Y se abrió camino por el corredor de la casa, esquivando restos de ropa y comida.
No tardaron en desembocar en lo que en otro tiempo pudo haber sido un living, pero que ahora más bien parecía una sala abandonada.
A Santiago le llamó la atención un cuadro que había colgado. Era el rostro de Audrey Hepburn, pero solo una mitad. La otra era un esqueleto negro, con restos de piel pegado por debajo de las cuencas de los ojos. Era incluso llamativo, porque la pintura parecía suplicar que terminara aquel martirio que la tenía presa.
—Enseguida voy por el paquete —dijo el sujeto—. Ustedes espérenme acá, y no se muevan ni toquen nada.
