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"Estoy intranquilo y venenoso", escribía Franz Kafka en sus Diarios. Al igual que él, en una serie de mails que se convirtieron en bitácora de la cuarentena, Olivia Gallo y Tamara Talesnik intercambian miedos, ansiedades, reflexiones y pequeñas alegrías que les traen consuelo en el encierro forzoso. No están solas, a este diálogo epistolar se suman las voces de veintidós autoras, amigas, compañeras, con sus diferentes visiones del mundo. Un libro especial, polifónico y reconfortante que quedará como testimonio de estos tiempos. Intranquilas y venenosas fue un newsletter epistolar escrito durante el aislamiento obligatorio en Buenos Aires, Argentina, en 2020. Toma su nombre de una entrada de diario de Franz Kafka que no leímos, pero que Florencia Kirchner había publicado en su cuenta de Instagram el día anterior a que empezáramos este proyecto: "Estoy intranquilo y venenoso. Ayer antes de dormirme tenía en la parte superior de la cabeza una llamita vacilante y fría. Ya se ha instalado encima de mi ojo izquierdo una tensión permanente". Enviamos el primer mail el martes 17 de marzo y el último el 3 de octubre. A veces escribimos diariamente y a veces estuvimos más de un mes sin hacerlo. Hubo casi 1000 suscriptores y 22 escritoras invitadas. Ahora es un libro. Si te spoileamos Mad Men, te pedimos disculpas.
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Seitenzahl: 411
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Olivia Gallo y Tamara Talesnik
22 AUTORAS INVITADAS
SILVINA GIAGANTI - ADRIANA RIVA - TAMARA TENENBAUMMARINA MARIASCH - VALERIA TENTONI - ANA NAVAJASANA OJEDA -NADINE LIFSCHITZ- MANUELA MARTÍNEZJULIETA CORREA - LALA TOUTONIAN -VICTORIA PÉREZ ZABALAGIANINA COVEZZI - EUGENIA SANTANA GOITIA - JULIA KORNBERG GABA NAJMANOVICH - BENITA LLACH - NOELIA TORRESLUCIANA CÁNCER - VALENTINA LAMASLUNA NEUMAN - MARÍA EVA ÁLVAREZ
Gallo, Olivia.
Intranquilas y venenosas / Olivia Gallo ; Tamara Talesnik. - 1a ed revisada. - La Plata : Odelia, 2021.
Archivo Digital: descargaISBN 978-987-47957-2-4
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Epistolar. 3. Pandemias. I. Talesnik, Tamara. II. Título.
CDD A866
Copyright © 2021 Odelia editora
www.odeliaeditora.com
Tipografías: ©BigNoodleTitling ©Calistoga ©Elbrush
Foto de autor: PH Jazmín Teijeiro @jazmintph
Diseño gráfico de tapa e interiores: che.ca diseño @che.ca.dg
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
ISBN edición digital (ePub): 978-987-47957-2-4
Intranquilas y venenosas fue un newsletter epistolar escrito durante el aislamiento obligatorio en Buenos Aires, Argentina, en 2020. Toma su nombre de una entrada de diario de Franz Kafka que no leímos, pero que Florencia Kirchner había publicado en su cuenta de Instagram el día anterior a que empezáramos este proyecto: “Estoy intranquilo y venenoso. Ayer antes de dormirme tenía en la parte superior de la cabeza una llamita vacilante y fría. Ya se ha instalado encima de mi ojo izquierdo una tensión permanente”.
Enviamos el primer mail el martes 17 de marzo y el último el 3 de octubre. A veces escribimos diariamente y a veces estuvimos más de un mes sin hacerlo. Hubo casi 1000 suscriptores y 22 escritoras invitadas. Ahora es un libro. Si te spoileamos Mad Men, te pedimos disculpas.
*Este libro incluye fotos, videos y links que formaron parte del newsletter. Para verlos, escaneá los códigos QR que aparecen en cada conversación.
Quiero empezar esto recordando la última vez que salimos juntas.No, la anteúltima. Salíamos de Los Galgos y caminamos por Callao hasta Santa Fe, donde te ibas a tomar un bondi para volver a tu casa. Era de noche y mientras bordeábamos una plaza vallada hablábamos de algunos miedos relacionados con crecer. En un momento, yo te dije algo así como que una de las partes que me daba miedo de crecer era la de tener que hacer cosas “en serio”; dejar de contar con el perdón o la condescendencia de los demás por ser pendeja.
Siento que vos me contestaste antes de que terminara de hablar; dijiste “ah, sí!!”, como si fuese algo que vos también habías pensado, y después llegamos a alguna especie de semi conclusión en relación a eso que quise retener y no pude.
Los días que le siguieron a esa salida pensé mucho en esa parte de la noche y en esa charla, porque me había parecido muy hermosa, pero ahora quiero acordarme más y no puedo. Tampoco creo que hayamos profundizado tanto, porque al toque pasamos por enfrente de un quiosco 24 hs y te pedí que me bancaras mientras compraba puchos. Quizás deberíamos profundizar ahora.
Ah, y después pasó algo que no te conté: ¿viste que nos saludamos sobre Santa Fe, medio rápido porque tu bondi ya estaba en la parada? Bueno, justo después de que te saludara, un tipo que estaba apoyado sobre el poste de un tacho de basura me tocó el culo por arriba de la pollera (¿o vestido?). Vos ya estabas lejos, casi corriendo al bondi, y yo no grité ni dije nada, solo me alejé para mirarlo y vi que estaba muy borracho y que no me miraba a mí, miraba un punto por encima de mi cabeza, un punto muy alto, como si detrás de mí hubiera un rascacielos o algo, y ni siquiera parecía consciente de haberme tocado el culo. No me quedé tanto tiempo mirándolo; me fui caminando rápido hasta lo de mi novio.
Quiero acordarme de toda esa charla porque esa noche sentí algo así como que las cosas tenían sentido. No lo digo de manera cursi, como de que le dio sentido a mi vida blablabla, sino literal; sentí que todas las cosas que hablamos en esa salida encajaban bien y que todo tenía una explicación, que la vida era como uno de esos videos de Instagram que se llaman satisfying o algo así y que son de gente que sabe, por ejemplo, cortar tortas en porciones exactas. Y pensé: re quiero escribir sobre una noche así, y no hice ninguna nota ni nada. A veces escribo las cosas que me inspiran en las notas del celular (soy muy vaga y pongo solo palabras clave de detalles que me hacen acordar a una escena, tipo “moza collar dije Nefertiti”), pero no hice ninguna de esa noche.
¿Cómo guardás vos las ideas que tenés para escribir?
X
Oli
Odio a la Tami de hace 15 minutos que bajó a dar una vuelta, vio el kiosco abierto y le pareció que estaba ok no comprar chocolate. Son las 21.50 y estoy tomando un Portillo que trajo ya abierto Agustina, mi mejor amiga, hoy 10 am. Recién fuimos a dar una vuelta y pensamos en sentarnos en algún lado. No está mal eso, ¿no? Por momentos pienso que decidimos autoimponernos cuarentena, hacer la full experience porque lo de un poquito o con ciertos recaudos es raro. Al final le dije que se me apresentó la cara de Alberto y me daba culpa, y ella me dijo que también le daba culpa, pero por su billetera, y nos volvimos. En la calle no había nada. Hicimos Soler por el puente, Dorrego, Costa Rica, bla. Había restaurantes y kioscos abiertos, pero estaban todos vacíos, pero 100% vacíos, eh. Estaban los empleados con el celular o hablando entre ellos o mirando a la calle. No nos convencimos si era por la pandemia, el martes o la lluvia o las tres cosas.
Aunque hoy estuve todo el día con Agus en casa, mi mayor contacto son Pablo y Lorena, mis vecinos de abajo. Espero que nunca encuentren mi vida de internet porque los menciono bastante. Pablo y Lorena son un matrimonio que debe estar por cumplir 40 y tienen dos hijos: Violeta, de cinco o seis, y Manuel de dos, creo. Quiero aclararte que ni Pablo, ni Lorena, ni Violeta, ni Manuel se llaman así, porque uno de mis objetivos para este año es no ventilar intimidad ajena. Digo mucho esto en voz alta: no corresponde opinar ni divulgar la vida de les otres, pero vos sabés muy bien que oh, cómo me fascina. Es por eso que con Pablo y Lorena tengo un romance lleno de odio. Mi balcón da a su patio de planta baja y ahora, que no hace tanto frío todavía, se la pasan con la puerta abierta. La escucho a ella hablando por teléfono con el trabajo, lo escucho a él llegar y gritar “¡Dylan!”, lo escucho estornudar y que después ella le responda a los gritos “¡ay, amor! ¡Por favor!” (esto me fascina especialmente: usa el vocativo “amor” porque bueno, la costumbre, pero está cargado de deseo de muerte). A veces también le grita “¡Pablo!” y la hija imita “¡ay, Pablo!”. Cada tanto estás haciendo cualquier cosa y terminás revoleando un plato por el sobresalto de un grito de Lorena. Hoy le dije a Agustina que no sabía si iba a sobrevivir a la convivencia obligada que me toca con esta gente y me dijo: “Bueno, ¿pero vos no te volverías loca con dos pendejos todo el día?”. Mi teoría es que hay ruidos de vecinos del mal y ruidos del bien. Del mal: portazos y gritos de resentimiento. Del bien: sexo, el último disco de Bad Bunny, mis amigas chusmeando en el balcón. Hace un tiempo que estoy esperando alguna queja, algún golpe con la escoba en su techo/mi piso para entonces bajar y decirle: “Lorena, qué me venís vos a decir a mí, si mis ruidos son todos de la alegría, de la celebración de estar viva, en cambio vos...”, y cosas así. Pero por ahora, no dice nada.
Este mail fue interrumpido por la llegada del tuyo. Me iba a poner a escribir sobre lo que realmente quería contarte que era mi casa, el departamento en el que vivo. Pero leí tu mail y te voy a tratar de contestar. Sí, me acuerdo de qué estábamos hablando y del momento antes de cruzar al kiosco. No compraste puchos. Le pediste fuego al kiosquero y te dijo que no, que te vendía un encendedor, y me pareció bastante garca. La idea era más o menos que hasta los 25 una es joven promesa y ahora arranca la cuenta regresiva hasta los 30, en la que tenemos que hacer algo relevante. Vos ya publicaste tu libro, seguro te dije eso en el momento y no me acuerdo qué me respondiste porque soy muy autorreferencial. Ahí hablamos sobre la publicación, sobre por qué compartir lo que una escribe. Y me dijiste algo que me pareció que estaba muy bien: la gente que va a danza hace muestra en diciembre, una va a talleres y pum, publicás tu libro, qué más vas a hacer. Más allá de la idea en sí, me pareció que era quitarle peso al asunto y me funcionó. Pero sí, hubo algo como de que las cosas encastraron: tampoco me acuerdo frases concretas, pero en el diálogo en Los Galgos nos repetíamos temáticamente. Un poco las cosas de siempre: las edades, los varones, la escritura, ¿no? No sé. Bueno, no puedo creer que no me contaste lo del chabón en la parada del bondi. Odio a los chabones. Hoy justo especialmente porque estoy viendo Mad Men por primera vez y ugh, qué tarado es Don (y cuánto que gusto de él, mi tipo de hombre: alto, con algo de aire en la carta astral y con la oscuridad bien a la vista). Recién, cuando leí tu mail, me fui al balcón y vi como una rata caminaba por la medianera de mis vecinxs de punta a punta.
Sobre anotar, sí, a veces anoto, pero lo tengo poco sistematizado. Algo en el chat de WhatsApp conmigo misma. Algo en las notas del celu. Algo en papel.
Me gustó lo que me dijiste hoy de empezar a concentrar durante estas semanas de mails: dejar de escribirnos por chat y hacerlo solo por acá. Me gusta, pero a la vez me da pena perder dos cosas: todo lo que no podemos ventilar en esta vía y tus stickers, porque realmente sos la mejor mandadora de stickers en mi agenda de contactos. Mis favoritos de tus envíos: el tuit de Alberto de “chau, pelotudo”; el que dice “dale, reina” con una foto de Marcelo Iripino, el coreógrafo de Susana; un caniche con lentes de sol que dice “nos vemos en Tribunales”.
Voy ya mismo al chat a contarte lo que no da por acá.
Tam
Hola, amiga. No sé cuándo voy a enviar este mail, pero ahora Fito está cantando en la tele. Recién cantó algo de Caetano y ahora un tema nuevo que ni idea. Mi favorita es la que dice tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal tu amor cambió mi vida para siempre como un rayo para siempre para lo que fue y será.
Hoy tuve cinco videollamadas: dos del trabajo; una clase con Juliana, mi profe de yoga; un cumpleaños con mis amigas del colegio, y cociné con Luna y Julián.
Acá escribí tres párrafos y los borré. Decían más o menos:
+ Que cuando veo a Luna y Julián me pasan dos cosas: por un lado, me muero de angustia al ver las imágenes domésticas del amor, todas cosas que conozco muy bien y que tuve durante mucho tiempo y hasta hace muy poco; por el otro, ver a mi amiga enamorada me genera una alegría que nunca sentí por ninguna cosa ajena. Esto me hace sentir buena amiga, inteligente y aferrada a la vida en general.
+ Algo sobre reservar volverme loca para la semana que viene y que, aunque esto es un chiste, hay algo de la combinación feminidad, soledad y locura que con mis amigas vemos siempre en nuestras mamás y nos parece aterrador y también destino.
+ Algo que era muy privado, así que ni siquiera lo enuncio.
¿Viste que el drama estos días es estar muy solo o demasiado juntes? Hablando de demasiado juntes, ayer la forra de Lorena me gritó “bajá esa música, dios” y fue una gran oportunidad para decirle qué te pasa Lorena la concha de la lora, pero obviamente lo único que hice fue bajar la música. Ayer la conferencia de prensa de Alberto la vimos con Agustina comiendo una tarta de berenjenas que hizo ella y una chocotorta que hice yo. Después terminamos una botella de whisky. Pasaron varias cosas que voy a enumerar así no me hago lío:
1. Nos dimos cuenta de que no somos Peggy Olson como pensábamos, somos Megan Draper.
2. Después de esta conclusión lloré, pero prefiero no explayarme.
3. Grité cuando mostraron a Axel porque para qué me traen si ya saben cómo me pongo.
4. Once menos cuarto la acompañé a Agustina hasta la esquina y antes de que se vaya la abracé muy fuerte.
Igual lo peor que pasó en estos días es esto: una invasión de hormigas culonas se comió mi planta favorita, un jazmín del país que me regaló mi mamá para mi cumpleaños de 2018, cuando recién me mudaba. Entera se la comieron, ¿podés creer? Me rompió el corazón. Ahora me rompe el corazón cualquier cosa, como hace un rato que abrí el frasco de mix de semillas y había un gusano. La tenía a Luna en la videollamada y me gritó “¡No llores! Pero tirá el frasco”.
Lo último: me desespera saber que voy a estar varias semanas sin tener sexo, no por lo del sexo en sí, pero por lo de la falta de contacto humano. Estuve pensando algunas opciones para romance virtual. Una que me parece divertida es obsesionarme con alguna pareja heterosexual de Okcupid, chatear con ellos todos los días, ver la misma peli a la vez, aun sabiendo que al final de la cuarentena me van a dejar de hablar. Otra opción es tener un romance picante por Hangouts con un conocido que tengo en redes, uno en particular, eh, ya lo seleccioné. Lo estuve pensando mucho y no sabría cómo iniciarlo, pero sería así: sexteo, nudes, sexteo, nudes y cuando entramos en confianza cita virtual por videollamada. Y después nos bloquearemos o algo así cuando vuelve la vida normal. Hoy Juliana, mi profe de yoga, me dijo: vos exprimís las rocas, sacás un vínculo de cualquier lado. Esto no es real, pero es un mito sobre mí que me gustaría que se impusiera.
¿Viste la cantidad de gente que está conviviendo por primera vez por la cuarentena? Contame cosas de tu cotidianidad, por favor, tipo qué hiciste hoy.
Hola, amiga:
Hasta hace un rato estuve sentada en el balcón de la casa de Rafa, que vive en un primer piso enfrente de un Disco, y vi cómo los empleados se despedían y se decían “buenas noches, que descansen”, y después vi un taxi con el cartel de libre prendido en rojo, que pasaba muy lento por la calle, y después a una señora del edificio de enfrente que quería pasear a su perro y el perro se resistía, se quedaba en el palier del edificio moviendo la cola sin bajar el escalón que lo separaba de la vereda y de su dueña, un border collie parecía, muy lindo, con el pelo bien peinado, los pelos blancos y negros alineados en la misma dirección, y después escuché pero no vi las ruedas de una bicicleta, el ruido aeróbico y coordinado, y al rato aparecieron doblando por la esquina dos colectivos 137, uno después del otro (los 137 siempre pasan así por acá; dos a la vez, muy pegados, como si fuera un colectivo siamés). Y después apagué el pucho y entré para escribir este mail.
Anoche me vine a lo de Rafa. Me traje solo dos pantalones, dos remeras, dos bombachas, dos pares de medias y un suéter. También las cosas del trabajo: la compu, la agenda, algunos libros... Vine ayer, antes de que Alberto dictara la cuarentena total, a eso de las siete de la tarde. Aunque ya medio se sabía que iba a haber cuarentena total, se estaba anunciando hacía rato.
Creo que lo que quiero decir con esto es que podría haberme preparado un bolso de ropa mucho mejor, uno que me aguantara más tiempo, porque el que me traje parece útil solo para un fin de semana largo, pero por algún motivo no me armé una mudanza más definitiva y lo dejé ahí, a la mitad. Ni siquiera me traje los aros que compré en la joyería del papá de mi amiga Andi, que son de plata y son casi los únicos que uso porque si no siempre se me cierran los agujeritos. Supongo que porque nunca pasé tanto tiempo con mi novio. Aunque nos íbamos a ir este domingo al norte, Salta y Jujuy, por el mismo tiempo que dura la cuarentena.
En fin, ahora estoy tirada en un sillón tomando vino en el living de la casa de mi novio, que canta y toca la guitarra en la cocina, y no sé qué más decir de este momento y de toda esta situación. No tengo la capacidad que sí tienen otres de explicar las cosas mientras están pasando; creo que solo puedo describir imágenes pero no procesar toda esta información y reflexionar acerca de ella, no todavía. Me imagino escribiendo sobre esto después de que pase. Pero ahora, en cambio, quiero escribir sobre el poeta alemán Hölderlin, que hoy cumpliría 250 años. Lo estudié en la facultad y preparé mi final de alemana sobre él, pero no pude dar mi tema por una historia que no vale la pena contar ahora.
Hölderlin nació en un lugar que se llama Lauffen junto al Neckar. Su mamá quería que fuera pastor protestante y lo mandó a un internado confesional luterano, pero después se fue de ahí y a los dieciocho años se hizo amigo de Hegel y juntos plantaron un árbol y bailaron alrededor de él cuando estalló la Revolución Francesa. Y un tiempo después, y después de escribir varias cosas, se volvió loco y se encerró en una torre.
En la elegía Pan y vino, que le dedicó a su amigo Heinze, escribió: “¿Y para qué poetas en tiempos de indigencia? Pero ellos son, vos decís, como los sacerdotes sagrados del dios del vino, los que fueron de un país a otro en las noches sagradas”.
Y con esta cita muy cursi cierro el mail.
Queridas, muy queridas:
Siempre que empiezo a escribir tengo miedo. No sé si es eso, si así lo pude definir bien. Creo que más que miedo es vértigo, como un dolorcito en la panza, un calambre o un temblor. Como si tuviera dentro de mi estómago un gong milenario que me retumba agotado cada vez que tipeo palabras. Creo que me gusta más leer que escribir. Leer me da placer y salvajismo mental, puedo pensar y sentir cosas que no entiendo bien y algunas otras las entiendo perfectamente. Hace un par de años, mi mamá tuvo un infarto y mientras lloraba esperando la ambulancia no podía dejar de pensar: ¿cuándo voy a poder escribir sobre esto?
Ayer vi el video de una española a la que llevaron presa por correr. Era literal eso. Una mujer que había salido a correr por el parque en pleno estado de alarma, como le dicen allá en España a la cuarentena o aislamiento obligatorio. Las imágenes son ella llorando y gritando que la suelten. Los que la tenían que soltar eran dos policías. La que filmó el video era una vecina que gritaba desde su edificio de enfrente que se la lleven presa.
Me pasa por encima un mar de sustancias emocionales cuando veo ese video. Quiero entender. Quiero entenderlas porque creo que así también puede haber chances de que al final me entiendan a mí. Entiendo que somos individuos y comunidad al mismo tiempo. Entiendo a la runner que no puede dejar de correr porque es su placer, y entiendo a la vecina que está encerrada. Entiendo a las dos porque soy las dos al mismo tiempo. Soy la que no puede dejar de escribir ni muerta y soy la que se enoja con los que rompen las reglas que afectan a todos en la comunidad. Creo entonces que tal vez leer pueda ser algo como pertenecer a la comunidad y participar de alguna manera. Entonces escribir es salir como la runner, sola a perseguir la locura, la pulsión de lo infinito que solo se encuentra en el camino. Siempre parece que escribo sobre escribir y también el miedo. Temas únicos e indispensables de mis textos.
Aunque últimamente lo que me está salvando de la crisis mental es leer un cómic japonés que se llama Haikyuu! (“voley” en japonés) y es un coming of age disfrazado de historieta deportiva para jóvenes. La trama es: dos pibes que se conocen durante un torneo y uno pierde muy mal y jura venganza contra el otro, y como en una novela de la tarde terminan jugando juntos en el mismo equipo y deben aprender a convivir. En el último capítulo que leí de forma ilegal (perdón, señor copyright) cuentan el pasado de uno de los protagonistas. ¿Cuál fue su mito origen? Su abuelo le enseñó a jugar al voley y él amaba a su abuelo. ¿Qué me llama la atención de esto tan sencillo? La verdad no sé, pero me divierte y me emociona. Y creo que eso es todo lo que busco. Me gusta esto de escribirles porque siento que hay alguien del otro lado leyendo y no soy sola. Lo dije bien, digo soy en lugar de estoy.
Me pediste, Tam, un poema, te mando un pedazo corto de uno que escribí hace poco.
Beso grande para las dos y gracias, y a seguir encerradas apaciguando los monstruitos hechos de hilos y arena.
La quinta dirección
Es domingo a la noche
abro la heladera y no hay nada
la luz de adentro se enciende
me confirma el vacío
dónde irán
dónde vivirán
los duendes noctámbulos
que se comen mi comida
cuando no estoy
Salgo a la calle voy al chino
me gusta comprar ahí
tiene una bandera roja afuera
colgada del balcón
ellos viven arriba del negocio
ella y él son mis chinos
la pareja joven migrante fraguados
en el comercio inteligente de los víveres
la bandera tiene letras
letras chinas
que no entiendo
pero me gusta ver
tal vez diga algo así
como esperanza
Cruzo la calle la plaza
no tiene nada
solo un mástil masticado
en el cuadrado de una cuadra
por una cuadra
llena de pasto y nada de sombra
algunos bancos sin respaldo
solo cemento
sobresalen como huesos
como en un cementerio
de elefantes asiáticos
en el medio del conurbano
Es de noche
y tengo frío y miedo
y no me gusta andar
por el barrio tan tarde
pero también pienso
que cualquier lugar
es un hogar
porque vengo de acá
y todas las cuevas
se parecen
Cruzo la calle las bocinas rotas
del colectivo que pasa vacío
las luces de las calles hacen
tic toc y me apuran
mis pasos hacen acordes y eco
como mis palabras que
nadie puede escuchar
porque están adentro
en la cuarta dimensión
Soy alguien que compra
galletitas de agua sin sal
agua con gas
cantimpalo
queso de máquina
monedas de chocolate
coca cola zero
millones de fósforos
que nunca encienden
Soy la que cruza la calle
con las manos llenas de bolsas
soy la anotación insignificante del universo
soy mi propia existencia y castigo
porque el talento es
un animal enjaulado
esta es
finalmente mi rabia
¡Noe! Me encanta. Gracias por escribirnos. Leí tu mail a la tarde desde la bañadera y fue un momento felizemocionante del día.
Anoto estas frases de tu mail para cuando tengamos que elegir asunto del mail con Oli:
un gong milenario que me retumba agotado dentro del cuerpo
la verdad no sé pero me divierte y me emociona
esta es finalmente mi rabia
Me quedé pensando en lo que decís de leer y escribir individuo/comunidad y creo que, así como después agregás que te gusta saberte leída y sentir que no sos sola, siempre hay una idea de que alguien va a leer, porque si no, no usaríamos el lenguaje. Como que de todas las actividades que uno hace solo, escribir me parece la menos solitaria por eso, porque el lenguaje siempre está dialogando con alguna cosa (con los que escribieron antes, con los que te van a leer, con destinatarios imaginarios), aunque uno no planee mostrar nunca lo que escribe. En cambio, salir a correr, ponele, ¿no es siempre solitario incluso aunque vayas con un grupo de running?, ¿qué tiene que ver con otrxs correr? (me encanta lo que contás de la runner; siento que si lo viera así nomás pensaría ay, qué forra egoísta, pero a la vez sí, lo de la pulsión, ¿cómo no estar siempre del lado de los que siguen la pulsión?).
Me llama la atención que digas lo de “siento (...) que no soy sola” porque justo ayer escribí y borré en el mail a Oli una cosa que me dijo mi ex-ex cuando le conté que me había separado este verano: “Pero vos siempre te arreglaste sola”. En ese momento, me había llevado a pensar que soy hija única y que mis papás son viejos, así que la mayor parte de mi vida adulta probablemente vaya a ser sin familia (porque la verdad hijes, no sé, no lo veo como algo que me vaya a pasar 100% confirmado). Y elegí vivir sola. Entonces, sé que esto es un esencialismo bastante pelotudo: pero puede que yo vaya a ser sola siempre, más allá de novies, amigas. ¿Viste cuando te imaginás a futuro? Hay algunas de mis amigas que ya sé que van a tener parejas que duren miles de años, tal vez bebés, y otras que no pero sí muchos novios, o sí bebés pero dentro de un tiempo muy largo. Y mientras yo pienso que es probable que mi futuro tenga más que ver con aceptar que soy sola.
Mis temas son la escritura (same Noe), la plata y el amor. ¿Los tuyos, Oli?
Por último, quiero dejar por escrito que hoy vi un episodio de Mad Men que tal vez sea mi favorito. Se llama “Far Away Places” y es el sexto episodio de la quinta temporada. (Si no llegaron, hay spoilers). Se centra en Peggy, Roger y Don (y Megan). Quise contar simplificada la línea de cada uno en el capítulo pero no podía: en Mad Men siempre parece que está pasando una cosa, pero en realidad es otra y a la vez hay algún elemento plantado que parece que no tiene nada que ver o que es como una imagen poética, una fuga y después resulta ser lo único que importaba. Bueno, quiero hablar de Megan, la esposa nueva y joven de Don. Acá él la saca de la oficina, donde ella ahora es creativa, porque una cadena de hoteles lo invita a un fin de semana largo con todo pago. Ella duda en abandonar a su equipo en un día laboral, pero él insiste: “Soy tu jefe, tomalo como una orden”. En el almuerzo vuelve a saltar que ella no quería irse y se lo dice: “Nunca sé cuándo soy tu empleada y cuándo soy tu esposa”. Ella quiere discutir, a él le parece ridículo: “¿Qué querés discutir? Entonces Don se levanta y se va, se sube al auto y la deja sola lejos de casa. Después vuelve y se sorprende porque Megan no está donde la dejó. No está en el hotel, no se fue a lo de la mamá, no llamó a la oficina, no atiende el teléfono en el departamento. Así que debe estar muerta. Cuando Don llega a su casa, la encuentra ahí y ella le dice que se tuvo que tomar un micro de seis horas y después volver desde la estación. Él la persigue por todo el living hasta que terminan los dos en el suelo. Cómo me pudiste hacer esto, le pregunta ella. Y él: fue una pelea, ya pasó. Y ella le dice que cada vez que discuten siente que se hacen más pequeños. Entonces, me encanta Megan, es mi favorita de todas las mujeres de Mad Men, lo decidí hoy. Está siempre corrida de lo que Don espera de ella, pero a la vez ahí está siendo su empleada y su esposa, subiéndose al auto cuando se lo ordena y, después de haberlo hecho, pensando qué hago acá y después, peor, pensando ¡cómo me hiciste esto!, habiendo sido dañada.
(Acabo de hacer un test que se llama “¿Qué mujer de Mad Men sos según los hombres que odiás?”)
Bueno, me duermo. Siento que todo esto es ilegible.
Besos a las dos
T
Vi a la misma señora que vi ayer en el edificio de enfrente, la que saca a pasear al border collie. Esta vez, antes de abrir la puerta de su edificio, se agachó y puso las manos en los costados de la cara del perro. Le dijo algo. El border collie movía la cola y esperaba. Después salieron y de nuevo ella tuvo que insistirle para que bajara a la vereda. Cuando lo hizo, me di cuenta de que rengueaba. El perro, no ella. Fue dando saltitos hasta la mitad de la cuadra y ella lo esperó hasta que terminó de hacer pis. Es una señora grande, como de setenta años o más, con el pelo plateado por los hombros. Parece atlética y despreocupada. Las dos veces que la vi tenía puestas unas New Balance verde agua.
Ahora tomo whisky en el living. No puedo creer las ganas de fumar y de tomar alcohol que me da Mad Men. Me pregunto lo que se deben haber preguntado todas las personas que vieron Mad Men cuando empezaron a mirarla: ¿es verosímil que esta gente se pase todo el día en la oficina escabiando y aun así parezca bastante sobria y capaz de cumplir con su trabajo? La estoy amando, igual. Y me gusta mucho el guión: en el capítulo que vi hoy, una escort le decía a Sterling que le gustaba caminar por la calle cuando llovía porque le encantaba el ruido que hacen las ruedas de los taxis sobre el agua del asfalto. Eso también me hizo pensar: qué raro que antes salíamos como si nada y podíamos disfrutar de cosas sencillas como el ruido de los taxis sobre la calle mojada. Ahora todas las salidas se sienten como algo lejano, y vamos apenas por el segundo día de cuarentena total (yo voy como por el séptimo porque desde el lunes hago home office). No lo digo como algo nostálgico, tipo qué ganas de poder salir: al contrario, estoy bastante conforme, por ahora, con el encierro. Con Rafa estamos bien: cocinamos hamburguesas de garbanzos y escuchamos a Ray Charles. Aunque hoy me dijo que podría hacer un poco de orden, y yo le dije ok, pero ayudame a detectar el desorden porque a veces no lo veo.
Noe, yo también siento algo parecido al miedo cuando empiezo a escribir. ¿Vieron que hay gente para la que esto no pasa, que necesitan escribir como cuando te duele mucho la panza y querés vomitar y sacarte de encima esa sensación asquerosa y seguir adelante con la vida normal? Nunca entendí esto. Y me cuesta sobre todo el principio, sentarme (o acostarme con la computadora encima) y romper la página en blanco, deformarla. Es tan linda la página en blanco, pienso a veces cuando quiero ponerme a escribir: no hace falta que yo la arruine poniéndole encima mis ideas y mis metáforas, con mi horror vacui.
Las quiere, Oli
Hay un grillo en el cuarto. Lo vi cuando llegué a lo de Rafa, el jueves. Estábamos en el living y el grillo estaba sobre una pared, quieto y callado. Con Rafa dijimos: no lo saquemos, se supone que traen buena suerte.
Ahora el grillo se mudó al cuarto y esta mañana lo escuché cantar un montón. Supongo que es el mismo grillo, pero en realidad no lo sé.
Fui a buscar qué significan los grillos en el diccionario de símbolos de Chevalier, un libro hermoso que descubrí en la facultad y que recomiendo mucho para cuando vayan quedando cada vez menos cosas para hacer (está en pdf en internet). Ahí dice que para los chinos y para algunas civilizaciones mediterráneas, la presencia de un grillo en el hogar simbolizaba “promesa de dicha”, y que los chinos ennoblecieron especialmente a los grillos cantores: los ponían dentro de jaulitas de oro en sus casas (esto se ve en Mulán) o incluso los hacían pelear (raro para las mentes en deconstrucción del 2020 que el hecho de pelear ennoblezca a alguien, sí, pero en fin).
Me sentí contenta y acompañada por ese grillo al que no podía ver, pero sí escuchar. Me levanté muy temprano, mi novio seguía durmiendo y no había ningún otro ruido a esa hora, ni de adentro ni de afuera, salvo por el canto de grillo, esa vibración aguda que se parece mucho al silencio, que es como el silencio pero mejorado. Pensé: si cierro los ojos, capaz me siento como si estuviera en el campo. Lo hice. No pasó eso, pero igual estuvo bien.
Después de un rato, empecé a sentirme mal por el grillo, para quien probablemente un departamento sea un lugar muy raro y hostil, y entonces pensé que el ruido que hacía era más como una protesta, o un llanto de angustia, y quise buscarlo para sacarlo afuera, pero aunque seguía sonando fuerte no lo encontré. Me acordé de un cuento de Miranda July en el que la protagonista ve pasar a un perro caniche con collar corriendo a toda velocidad por una calle de Nueva York, y no lo para porque, aunque obviamente es un perro que se escapó o se perdió, siente que es más feliz así, que corre rápido porque está eufórico por su libertad; un minuto después se da cuenta de que no, de que el perro corría así porque en realidad estaba desesperado.
No mucho más: vi Mad Men, como ya sabés porque te pregunto todo, y hablé por videollamada de WhatsApp con Indi como una hora. Quisimos sacar una foto a la pantalla, pero justo se cortó porque a ella se le acabó la batería. Qué angustia cuando las videollamadas se cortan de repente y no sabés bien por qué, o cuando, en el medio de una, se va la señal y la otra persona queda desfocada y borrosa, y vos le hablás y le decís “hola, ¿me escuchás?” y del otro lado nada, y estás como queriendo resucitar a alguien.
Qué lindos que son los azulejos de tu baño. Me acordé de la historia que subiste el otro día con la bañadera llena, espuma y todo. Los únicos paisajes posibles ahora son los de los departamentos y el tuyo me gusta mucho, con el piso de cerámica y las cosas rosas que tenés. Me acuerdo de que la primera vez que fui a tu casa tenías en el living una maceta con una planta muerta, y ya sé que vas a decir que qué deprimente, pero a mí me pareció al contrario, algo muy inspirador y conmovedor de tu parte aceptar la muerte de esa manera, dejándola ahí, como la gente de la Edad Media que se ponía una calavera en el escritorio.
Ahora escucho Nasty Gal, de Betty Davis, ¿vos qué hacés?
tkm
Oli
Hola, amiga, qué divino tu mail, creo que es mi favorito hasta el momento.
Estoy hace una hora y cuarto por responderte el mail. (Acá había unos comentarios bastante innecesarios sobre mi vida sexoafectiva virtual: nudes, chats y Okcupid, pero quiero empezar a ser discreta. Que digan de mí “ella es discreta, más bien reservada”).
Quiero enumerar lo que hice hoy, pero los días ya se me están volviendo confusos. Hoy leí a alguien en tuiter decir que es todo como un solo día que nunca empieza y nunca termina. Creo que hice panqueques, pasé el trapo por los pisos de toda la casa (limpié el balcón, por ejemplo, algo que nunca hago), lavé los platos, almorcé mirando a Alberto en la tele, limpié la heladera, leí un poco, hice una clase de yoga por Skype, cociné curry de calabaza y me bañé. Me doy cuenta ahora, así, enumerando, que el día no tuvo tantos momentos, ni hice tantas cosas, y creo que ahora tengo la ansiedad por debajo del nivel habitual. No tengo que ir a ningún lado, no estoy esperando que pase nada, nadie me reclama nada, solo tengo que quedarme en mi casa. Esto no quiere decir que no haya momentos desesperantes: cuando estaba haciendo la vela en la clase de yoga, pensé hacer algunas cosas demenciales, como mandar mensajes irresponsables, motivada por “total es el fin del mundo”. Apenas bajé de la posición invertida, se me pasó. Bailé reguetón en el pasillo e hice videollamada con Julián y Luna mientras cocinaba. Él me dijo “basta, Tamara, mañana sí o sí te pedís vino por Rappi” y me pareció bien.
Me fascina que me preguntes qué va a pasar en Mad Men porque yo hago lo mismo cuando empiezo cualquier serie. ¿Vos por qué lo hacés? Yo porque si me entusiasmo, quiero saber cuáles son los hechos futuros y así entusiasmarme más no sabiendo cómo va a pasar, cómo van a elegir contarlo. ¿Tiene sentido esto que digo? También me gusta que te sientas acompañada por el grillo. Yo me siento acompañada por cosas rarísimas, como una vecina desconocida que grita por videollamada todos los días (ayer decía “se nos acabó el vino, no va a quedar otra que salir”), o por Lorena y el marido. Hoy me dieron dos momentos de ternura: el primero fue cuando trataron de darle tranquilidad a la hijita y proponerle actividades (al toque igual pensé tipo pará, viejo, ¿todo el día hay que estimularla a la piba?, dejala aburrirse, no sé, controlá tu propia ansiedad), y después cuando la nena hizo videollamada con las amiguitas.
Nota de cuarentena: estoy en un grupo de WhatsApp con los amigos de Julián, a los que no conozco, que consiste en que te abrís un vino cada una de estas noches y lo comentás en un drive. Todavía no participé porque estoy sin vino.
¡La planta muerta! No me acordaba que la había dejado ahí, capaz sí la maceta con la tierra, pero no me acordaba de la planta muerta. Sí, hubiera dicho exactamente “qué deprimente”, pero ahora contado por vos me parece hasta medio canchero. Quiero escribirte todo un mail sobre el departamento en el que vivo, algo que vengo posponiendo y es tal vez de lo que más me obsesiona en este momento. Mañana me voy a sentar a escribirte temprano y va a ser todo sobre mi casa.
Últimas cosa: a esta hora debería estar en un avión camino a Madrid con mi mejor amiga, pero en fin.
Hola, chicas
Qué lindo leerlas. Gracias por invitarme. Estoy escribiendo poco. Me cuesta organizar lo que pienso. A veces me levanto enérgica, hago abdominales con alguna app, me ducho, me hago un café y vuelve el miedo y la ansiedad por cuándo y cómo se termina esto. Ojalá lo corten antes de mi cumpleaños. ¿Vieron ese video del pibe haciendo chin chin con un espejo en el baño varias veces? Le di play cinco veces seguidas sin parar de reír. Recomiendo.
Cuando se declaró que esto era una pandemia estaba con novio en Nueva York. Su papá nos venía avisando que volviéramos antes pero nosotros seguíamos en plan disfrute. Al final tuvimos que pagarle una torta de plata a Latam para volver haciendo dos escalas. Fue difícil la vuelta, pero acá estamos. Hace como veinte días que solo interactúo con Juli. Yo soy medio insoportable, odio que le quiera poner carne a todas las comidas y le hago bullying porque le gustan dos verduras. Por suerte al día dos decidimos que cenábamos juntos pero almorzábamos separados. Qué bueno, Tam, que te sumaste al grupo de amigues que toman vino, es una gran idea de cuarentena. Ahora estamos tomando un vino de Boca. Sin comentarios.
Tengo un grupo de WhatsApp con cuatro amigas del secundario: tres de cuatro vivíamos solas y ahora estamos inaugurando convivencia con novio o chongo sin mucho anticipo. Es raro porque sincronizar rutinas lleva tiempo y estar lejos de todo lo demás me hace extrañar mi vida pasada. Exploro mi rutina como si fuera de hace mucho. Quizás un motor importante en mi actividad habitual era tener poco tiempo y ahora que me sobra no sé bien qué hacer.
Hoy releí algo que escribí en diciembre. Estaba estresada en mi café favorito a las nueve de la mañana. Es mi café favorito porque el café viene muy caliente y tiene toda la ochava llena de ventanas. Hay aire acondicionado pero no necesitás un saquito, y los mozos una vez me prestaron un adaptador para el cargador de la compu. Lo más importante es que de lunes a viernes te pedís un desayuno y viene con refill de café. Me había pedido un día en mi trabajo de oficina para trabajar en otra cosa freelance. Una mujer detrás de mí estornudó como diez veces seguidas y pensé que era como yo, no me sale estornudar solo una vez. Cuestión que me di vuelta un poco molesta por el ruido y la vi y casi lloré. Tenía el pelo blanco, lacio y peinado. Tendría 80 años. Estaba leyendo un libro gordísimo y había sudokus sobre la mesa. Me hizo extrañar a mi abuela.
En el mismo texto de diciembre me quejo de lo ansiosa que estaba en la oficina. Tenía ganas de comer un brownie después de almorzar y tomaba agua fría pensando que era un brownie. Ahora es mucho peor. Todo gira alrededor de la comida. Creo que planeamos las cenas con un día de anticipación.
También me quejaba de estar demasiado abierta a las energías de los demás. No sabía cómo cerrarme. Ahora me pongo límites para entrar a tuiter porque si estoy con las endorfinas posabdominales lo leo lo más bien, pero si no me pega como el orto. Eso que dijo Noe de la pista de patinaje para los cuerpos me dio dolor de panza. Otra cosa hermosa que dijo Noe es que leer le da salvajismo mental, que puede pensar y sentir cosas que no entiende bien. Es tal cual. Terminé hace dos días Nuestra parte de noche, de Enriquez y extraño a los personajes. Cómo desaproveché el principio. En el primer capítulo hay un hombre con su hijo en un viaje en auto hacia Misiones. No los conocés, no los querés, no entendés nada. Creo que voy a tener que releer.
¿Les pasa que a veces no pueden incorporar información nueva? Yo ahí releeo libros o miro biografías o vuelvo a Mad Men o a Greys Anatomy. En JFK vi desde mi celular el S04E07 de Mad Men, el que me recomendaste, Tam. Es increíble porque Peggy no va a su propio cumpleaños para ayudar a Don a cerrar una campaña con Samsonite. Él está todo pachucho porque se había muerto su ex mujer (la de Los Ángeles). Peggy le dice que todos pensaban que ella había triunfado porque había cogido con él y él tiene que decirle que es atractiva pero que es respetuoso con el espacio de trabajo. Qué geminiano de mierda.
Otra cosa: mi amiga Marina, a la que iba a ver a Boston pero bueno, coronavirus, me pasó una nota del NYTimes que me hizo un agujerito en el corazón. Obvio que la leí interrumpida en cuatro veces porque estoy así de dispersa. Va la última oración: “If we want the rewards of being loved we have to submit to the mortifying ordeal of being known”. Sobre la nota: realmente lo más difícil de enamorarme y vivir con alguien y toda esta bola es que vea las cosas que no me gustan de mí. No sé si a todos nos cuesta lo mismo o es que soy muy narcisista o qué. Siento que lidio mejor con los defectos ajenos que con los propios, como que muevo la vara de distintas maneras.
Nos leemos
Lu
Hola, amigas.
Acá sigo yo en mis 45 metros cuadrados. Ayer Agustina me dijo que probablemente en los próximos días deje su monoambiente y vuelva a lo de la mamá, y yo decidí que voy a resistir hasta el final sola en Santos. Ya está, va a ser así. Entonces, Santos, algo de lo que quiero escribir desde que empezamos estas cartitas con Oli.
En septiembre de 2018 estaba viendo si me mudaba sola o con mi marido de entonces (me encanta “mi marido de entonces” porque me siento una señora que toma vino tipo Lucia Berlin). Fui a tomar algo con una conocida, un par de años más grande, escritora ella, y le dije que cuál hay si me mudaba con mi novio, no me estaba perdiendo de nada si no me regía por esta nueva imposición de época (las chicas primero tenemos que hacer la experiencia de vivir solas). Ella me dijo: “Tamara, no seas tannnn feminista liberal, algo hay que cuestionarse”. Y al día siguiente me llegó a mi mail laboral un newsletter de una editorial publicitando un libro: El placer de vivir sola. Como soy medio mística ahí pensé: listo, tiene que ser sola. Con el deseo me rijo más o menos así: nunca estoy muy segura de nada pero tengo una sensación y voy y hago; es muy raro que me arrepienta.
Una semana después me escribió Cata, una compañera del taller de los jueves. Que se mudaba con el novio a un tres ambientes y que dejaba su casa: un dos con balcón en Palermo casi Colegiales en el que ella había vivido once años. Fui a verlo un martes 15.30 después de salir del trabajo. Me acuerdo las calles que caminé y también el momento de ver el puente de Soler por primera vez. Me dio miedo: nunca había vivido cerca de puentes (hice cálculos de hasta qué hora estaba ok, pensé en comprarme una bici, etcétera). Cuando entré después de subir un piso por escalera, supe. Es así, ya lo conocen pero les cuento: entrás y hay como un hall con una lucecita que cada vez que llego de madrugada siento como si me esperara alguien; el piso es de cemento alisado; el balcón es corrido y se arma doble circulación por la cocina; hay un pasillo; un baño de azulejos rosas como escribía ayer Oli y el cuarto que es chiquito, pero no importa. Hace unas semanas, en la ventana había unas flores rojas que habían brotado de no sé qué planta de mis vecines.
Los días que siguieron a la primera visita vi en loop el video que había grabado cuando estuve ahí. Lo veía en la oficina, en el bondi, se lo mandaba a mi núcleo duro, se lo mostraba a mi compañera de trabajo.
Me mudé el 3 de noviembre. Los tres momentos más importantes de ese día fueron estos:
1. Todavía en lo de mis papás, llené un ascensor de cosas, y mi perro se subió y se sentó, esperando bajar con todas las cajas.
2. Mientras cargaba el auto de una amiga, mi mamá estaba parada en la puerta del edificio hablando con un vecino y trabando la salida.
3. Esa tarde en el Easy, Agustina y mi marido de entonces robaron clavos para mi pared, mientras yo me hacía la que no los conocía.
Creo que lo del depto es una saga o una carta de amor muy larga, así que lo voy a retomar.
