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En este libro, Édouard Schuré nos invita a mirar a Jesús más allá del dogma y de la historia. Con una prosa clara y visionaria, nos revela el mundo espiritual, político y humano en el que nació Jesús, y narra cómo las circunstancias de su tiempo permitieron que se convirtiera en un maestro y guía de consciencia universal. ¿Fue Jesucristo un loco o un sabio? Si hubiera sido un simple visionario, su mensaje se habría desvanecido hace siglos. Pero ¿y si fue un Iniciado, portador de una sabiduría antigua y de un despertar espiritual que trasciende toda religión? Schuré explora esta posibilidad con audacia, trazando el retrato de un hombre que unió lo divino y lo humano en un mismo sendero de conocimiento interior. Publicado por primera vez en 1908, Jesús, el último gran iniciado sigue siendo un libro esencial para quienes buscan comprender el vínculo entre espiritualidad, sabiduría ancestral y fe. * * * Esta colección reúne obras olvidadas, ensayos y testimonios que exploran los límites entre lo visible y lo invisible: esoterismo, fenómenos sobrenaturales, misterios históricos y experiencias del espíritu. Rescatamos del olvido textos antiguos, valiosos y difíciles de encontrar, no como curiosidades del pasado, sino como ventanas a una época en la que lo desconocido aún conservaba su poder de asombro. Cada título ha sido cuidadosamente seleccionado y revisado para ofrecer al lector contemporáneo una mirada distinta sobre los enigmas que nunca dejan de fascinarnos.
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2026
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En este libro, Édouard Schuré nos invita a mirar a Jesús más allá del dogma y de la historia.
Con una prosa clara y visionaria, nos revela el mundo espiritual, político y humano en el que nació Jesús, y narra cómo las circunstancias de su tiempo permitieron que se convirtiera en un maestro y guía de consciencia universal. ¿Fue Jesucristo un loco o un sabio? Si hubiera sido un simple visionario, su mensaje se habría desvanecido hace siglos. Pero ¿y si fue un Iniciado, portador de una sabiduría antigua y de un despertar espiritual que trasciende toda religión? Schuré explora esta posibilidad con audacia, trazando el retrato de un hombre que unió lo divino y lo humano en un mismo sendero de conocimiento interior.
Publicado por primera vez en 1908, Jesús, el último gran iniciado sigue siendo un libro esencial para quienes buscan comprender el vínculo entre espiritualidad, sabiduría ancestral y fe.
Biblioteca Mysteria
Esta colección reúne obras olvidadas, ensayos y testimonios que exploran los límites entre lo visible y lo invisible: esoterismo, fenómenos sobrenaturales, misterios históricos y experiencias del espíritu.
Rescatamos del olvido textos antiguos, valiosos y difíciles de encontrar, no como curiosidades del pasado, sino como ventanas a una época en la que lo desconocido aún conservaba su poder de asombro.
Cada título ha sido cuidadosamente seleccionado y revisado para ofrecer al lector contemporáneo una mirada distinta sobre los enigmas que nunca dejan de fascinarnos.
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Edición original: Este libro fue en principio un capítulo de la obra Los Grandes Iniciados: un estudio de la historia secreta de las religiones, publicada en 1889. Por su interés, el autor la amplió y publicó de manera independiente como Jesús, el último gran iniciado, en 1908.
© 1889, Édouard Schuré
© 2026, Ushuaia Ediciones
EDIPRO, S.C.P.
Carretera de Rocafort 113
43427 Conesa
ISBN edición ebook: 978-84-19405-67-8
ISBN edición papel: 978-84-19405-58-6
Diseño y maquetación: Ushuaia Ediciones
Traducción: Carlos Gutiérrez
Ilustración de cubierta: Ushuaia Ediciones
Todos los derechos reservados.
www.ushuaiaediciones.es
Prefacio
Condición del mundo en el nacimiento de Jesús
María, el primer desarrollo de Jesús
Los esenios -Juan el Bautista - La tentación
La vida pública de Jesús - Instrucción popular y esotérica - Milagros - Apóstoles - Mujeres
Lucha con los fariseos - Huida a Cesarea - La Transfiguración
Viaje final a Jerusalén - La promesa - La Cena - El juicio de Jesús - Muerte y resurrección
La promesa y su cumplimiento: el templo
El autor
Las críticas a la vida de Jesús durante el siglo pasado han sido muy destacadas. Un relato completo de estas críticas se encontrará en el luminoso bosquejo hecho por M. Sabatier1, en el que se da toda la historia y el estado actual de esta investigación. Baste por el momento referirme a las dos fases principales proporcionadas por Strauss y Renan, con el objeto de determinar el nuevo punto de vista que ahora quiero ofrecer.
Apartándose de la escuela filosófica de Hegel para aliarse con la crítica e histórica de Bauer, Strauss, sin negar la existencia de Jesús, se esforzó por demostrar que su vida, tal como se relata en los Evangelios, es un mito, una leyenda creada por la imaginación popular para satisfacer las necesidades de un cristianismo naciente, y de acuerdo con la profecía del Antiguo Testamento. Su posición, puramente negativa (pero que defendió con gran habilidad y erudición), ha sido declarada cierta en algunos detalles, pero completamente insostenible en su totalidad y elementos esenciales. Tiene, además, el grave defecto de no explicar ni el carácter de Jesús ni el origen del cristianismo. La vida de Jesús, según Strauss, es un sistema planetario sin sol. Sin embargo, hay que conceder un mérito a esta obra: haber trasladado el problema del terreno de la teología dogmática al de la crítica textual e histórica.
La vida de Jesús del señor Renan debe su brillante éxito a sus elevadas cualidades estéticas y literarias, así como a la audacia del escritor, el primero que se atrevió a hacer de la vida de Cristo un problema de psicología humana. Pero ¿ha resuelto el problema? Después del deslumbrante éxito del libro, la opinión general de todos los críticos serios ha sido negativa.
El Jesús de Renan comienza su carrera como un soñador gentil, un moralista entusiasta pero ingenuo; lo termina como un taumaturgo violento, desprovisto de toda idea de la realidad. «A pesar de todas las precauciones del historiador —escribe Sabatier—, es la marcha de un espíritu sano en dirección a la locura. El Cristo del señor Renan oscila entre los cálculos de la ambición y los sueños de un vidente». El caso es que se convierte en el Mesías sin quererlo (o saberlo). Se permite que se le dé este nombre solo para agradar a los apóstoles y cumplir el deseo popular. No es con una fe tan débil que un verdadero profeta crea una nueva religión y cambia el alma de la Tierra. La vida de Jesús, según Renan, es un sistema planetario iluminado por un sol pálido, desprovisto de magnetismo vivificante o calor creador.
¿Cómo se convirtió Jesús en el Mesías? Esa es la cuestión primordial, cuya solución es esencial para la recta comprensión del Cristo. Es también aquello ante lo cual el señor Renan vaciló y se apartó. M. Théodore Kein vio que esta cuestión debía ser afrontada con audacia, y así lostró en su obra Das Leben Jesu. Muestra una vida de Jesús más notable que la que mostró Renan. Arroja sobre la cuestión toda la luz que dan los textos y la historia esotéricamente interpretados. Pero el problema no puede resolverse sin la ayuda de la intuición y la tradición esotérica.
Es por medio de esta luz esotérica, la llama interior de todas las religiones, la verdad central de toda filosofía fecunda, que he tratado de reconstruir en sus líneas principales la vida de Jesús, teniendo en cuenta lo que la crítica histórica anterior ha despejado y preparado hasta ahora el terreno. No hace falta definir lo que entiendo por punto de vista esotérico, la síntesis de la religión y la ciencia. En cuanto al valor histórico y relativo de los Evangelios, he tomado como base los tres Evangelios sinópticos (los de Mateo, Marcos y Lucas), y el de Juan como el arcano de la enseñanza esotérica de Cristo, reconociendo al mismo tiempo el lenguaje y la forma subsiguientes, y la tendencia simbólica de este Evangelio.
Los cuatro Evangelios, que deben ser mutuamente examinados y verificados, son igualmente auténticos, aunque en diferentes afirmaciones. Los de Mateo y Marcos son preciosos evangelios de letras y hechos, donde se encuentran las obras públicas y las palabras del Cristo. El gentil Lucas permite vislumbrar el misterio y significado bajo el velo de la leyenda poética; es el Evangelio del Alma, de la Mujer y del Amor. San Juan desvela estos misterios; en su Evangelio se encuentran las profundidades íntimas de la doctrina, la enseñanza secreta, el sentido de la promesa, la reserva esotérica. Clemente de Alejandría, uno de los pocos obispos cristianos que tenía la clave del esoterismo universal, lo llamó acertadamente «el Evangelio del Espíritu». Juan tiene una profunda comprensión de las verdades trascendentes reveladas por el Maestro y una gran facilidad para presentarlas. En consecuencia, su símbolo es el Águila, cuya ala hende el firmamento y cuyo ojo llameante abarca las profundidades del espacio.
11 Diccionario de ciencias religiosas, de François Lichtenberger, tomo 7, artículo «Jesús».
Se acercaba un período solemne del destino del mundo. El cielo estaba ensombrecido por la oscuridad y lleno de siniestros presagios.
A pesar de los esfuerzos de los iniciados, el politeísmo, en toda Asia, África y Europa, solo había terminado con la caída de la civilización. La sublime cosmogonía de Orfeo, tan gloriosamente cantada por Homero, no se había alcanzado, y la única explicación posible es que la naturaleza humana encontró grandes dificultades para mantener una cierta altura intelectual. Para los grandes espíritus de la antigüedad, los dioses no fueron nunca más que una expresión poética de las fuerzas subordinadas de la naturaleza, una imagen parlante de su organismo interior. Es como símbolos de las fuerzas cósmicas y anímicas que estos dioses viven indestructibles en la conciencia de la humanidad. Esta diversidad de dioses y fuerzas, pensaban los iniciados, estaba dominada y penetrada por el Dios supremo o Espíritu puro. El objetivo principal de los santuarios de Menfis, Delfos y Eleusis había sido precisamente la enseñanza de esta unidad de Dios con las ideas teosóficas y la disciplina moral que de ella se derivaban.
Pero los discípulos de Orfeo, Pitágoras y Platón fracasaron ante el egoísmo de los políticos, la sordidez de los sofistas y las pasiones de la muchedumbre. La descomposición social y política de Grecia fue la consecuencia de su descomposición religiosa, moral e intelectual. Apolo, el Verbo Solar, la manifestación del Dios supremo y del mundo supraterreno, calla. ¡No se oyen más oráculos, no se oyen más poetas inspirados! Minerva, Sabiduría y Previsión, vela su semblante en presencia de su pueblo convertido en Sátiros, profanando los misterios e insultando a los dioses en farsas aristofánicas en el escenario de Baco. Los misterios mismos se corrompen, porque los aduladores y las cortesanas son admitidos en los ritos eleusinos… Cuando el alma se embota, la religión cae en la idolatría; cuando el pensamiento se materializa, la filosofía degenera en escepticismo. Así vemos a Luciano, pobre microbio nacido del cadáver del paganismo, poner en ridículo los mitos, cuando una vez Carnéades había negado su origen científico.
Supersticioso en religión, agnóstico en filosofía, egoísta y dividido en política, tambaleándose bajo la anarquía y fatalmente abandonado al despotismo, Grecia había cambiado tristemente desde el tiempo en que transmitía la ciencia de Egipto y los misterios de Asia en formas inmortales de belleza.
Si hubo uno que comprendió lo que el mundo necesitaba, y que se esforzó por restaurar esta necesidad mediante un esfuerzo de genio heroico, ese fue Alejandro Magno. Este legendario conquistador, iniciado, como también lo fue su padre Filipo, en los misterios de Samotracia, demostró ser aún más un hijo intelectual de Orfeo que un discípulo de Aristóteles. Indudablemente, el Aquiles de Macedonia, que, acompañado de un puñado de griegos, atravesó Asia hasta la India, soñó con un imperio universal, pero no a la manera de los Césares, mediante la opresión del pueblo y la destrucción de la religión y de la ciencia sin trabas. Su gran idea era reconciliar Asia y Europa mediante una síntesis de religiones, apoyada por la autoridad científica.
Impulsado por este pensamiento, rindió homenaje a la ciencia de Aristóteles, como lo hizo a Minerva de Atenas, al Jehová de Jerusalén, al Osiris egipcio y al Brahma hindú, reconociendo, como lo haría un verdadero iniciado, una divinidad y sabiduría idénticas debajo de estos símbolos diferentes. Este nuevo Dioniso poseía una amplia simpatía y una poderosa perspicacia profética. La espada de Alejandro tipificó el último destello de la Grecia de Orfeo, iluminando tanto Oriente como Occidente. El hijo de Filipo murió en la embriaguez de la victoria y el glorioso cumplimiento de su sueño, dejando los jirones de su imperio a generales egoístas y rapaces. Pero su pensamiento no murió con él; había fundado Alejandría, donde la filosofía oriental, el judaísmo y el helenismo habían de fundirse en el crisol del esoterismo egipcio, hasta que llegara el momento oportuno para la palabra de resurrección del Cristo.
A medida que Apolo y Minerva, las constelaciones gemelas de Grecia, palidecían en el horizonte, la gente vio un signo amenazador, la loba romana, que se elevaba en el cielo turbulento.
¿Cuál es el origen de Roma? La conspiración de una oligarquía codiciosa, en nombre de la fuerza bruta; la opresión del intelecto humano, de la religión, de la ciencia y del arte, por el poder político divinizado: en otras palabras, lo contrario de la verdad, por la cual un gobierno recibe su justificación, de acuerdo con los principios supremos de la ciencia, la justicia y la economía.2
Toda la historia romana no es más que la consecuencia del pacto inicuo por el cual los Padres Conscriptos declararon la guerra, primero, a Italia y después a toda la raza romana. Eligieron un símbolo apropiado; porque la loba de bronce, con el pelo rojizo erguido y la cabeza de hiena vuelta en dirección al Capitolio, es la imagen de este gobierno, el demonio que se apoderará del alma romana hasta el final.
En Grecia, al menos, los santuarios de Delfos y Eleusis fueron respetados durante mucho tiempo; en Roma, desde el principio, la ciencia y el arte fueron rechazados. La tentativa del sabio Numa, el iniciado etrusco, fracasó ante la sospechosa ambición de los Padres Conscriptos. Trajo consigo los libros sibilinos, que contenían parte de la ciencia de Hermes, nombró magistrados elegidos por el pueblo, distribuyó el territorio y sometió el derecho de declarar la guerra a los sacerdotes feciales. En consecuencia, el rey Numa, largamente apreciado en la memoria del pueblo, que lo consideraba inspirado por el genio divino, parece ser una intervención histórica de la ciencia sagrada en el gobierno. No representa el genio de Roma, sino el de la iniciación etrusca, que seguía los mismos principios que la escuela de Menfis y Delfos.
Después de Numa, el Senado romano quemó los Libros Sibilinos, arruinó la autoridad de las llamas, destruyó las instituciones arbitrales y volvió a sus antiguos sistemas en los que la religión no era más que un instrumento de dominación pública. Roma se convirtió en la hidra que engulló a los pueblos y a sus dioses con ellos. Las naciones de la Tierra fueron gradualmente reducidas a la sujeción y al pillaje. La prisión mamertina se llenó de reyes del Norte y del Sur. Roma, empeñada en no tener más reyes que esclavos y charlatanes, destruyó a los últimos poseedores de la tradición esotérica en la Galia, Egipto, Judea y Persia. Ella fingía adorar a los dioses, pero el único objeto de su adoración era la Loba. Y ahora, lejos, en el amanecer manchado de sangre, allí aparece la última descendencia de esta criatura voraz, la encarnación del genio de Roma: ¡César!
Roma ha conquistado todas las naciones de la Tierra. César, su encarnación, se arroga el poder universal. No aspira simplemente a convertirse en el gobernante de la humanidad, sino que, uniendo la tiara con la diadema, se hace proclamar Sumo Pontífice. Después de la batalla de Thapsus se le vota la deificación como héroe, después de la de Munda, el Senado le concede la apoteosis divina; se erige su estatua en el templo de Quirino y se nombra un colegio de sacerdotes oficiantes, que lleva su nombre. Para coronar todo en ironía y lógica, este mismo César que se deifica a sí mismo niega en presencia del Senado la inmortalidad del alma.
¿Sería posible proclamar más abiertamente que ya no hay otro Dios que César?
Bajo los Césares, Roma, heredera de Babilonia, extiende su poder sobre todo el mundo. ¿Qué ha sido del Estado romano? Se dedica a destruir toda la vida colectiva fuera de los gobernadores y recaudadores de impuestos en las provincias. La conquista de Roma se alimenta como un vampiro del cadáver de un sistema desgastado.
Y ahora las orgías romanas se exhiben libre y públicamente con todas sus bacanales de vicio y crimen. Comienzan con el voluptuoso encuentro de Marco Antonio y Cleopatra, y terminarán con los libertinajes de Mesalina y el loco frenesí de Nerón. Señalan su presencia con una parodia lasciva y pública de los misterios, y están destinados a cerrar en el Circo Romano, donde vírgenes desnudas, mártires de su fe, son despedazadas y devoradas por bestias salvajes, entre los aplausos de miles de espectadores.
Y, sin embargo, entre las naciones conquistadas por Roma, había una que se llamaba a sí misma el pueblo de Dios, cuyo genio era todo lo contrario al de Roma. ¿Cómo se puede imaginar que Israel, agotado por las luchas intestinales, aplastado por tres siglos de esclavitud, haya conservado su fe indomable? ¿Por qué este pueblo conquistado se levantó, como un profeta, para oponerse a la decadencia griega y a las orgías romanas? ¿De dónde sacaron el valor de predecir la caída de los amos que tenían los pies en la garganta de la nación, y hablar de algún vago triunfo final, cuando ellos mismos se dirigían a una ruina irremediable? La razón era que una gran idea, inspirada por Moisés, vivía en la nación. Bajo Josué, las doce tribus habían erigido una columna conmemorativa con la inscripción: «Este es un testimonio entre nosotros de que Jehová es solo Dios».
El legislador de Israel había hecho del monoteísmo la piedra angular de su ciencia y de su ley social, así como de una idea religiosa universal. Había tenido el genio de comprender que del triunfo de esta idea dependería el futuro de la humanidad. Para preservarlo, había escrito un libro jeroglífico, construido un arca de oro y levantado a un pueblo del polvo nómada del desierto. Sobre estos testigos de la idea espiritista, Moisés hizo descender del cielo el relámpago y el rayo. Contra ellos conspiraban no solo los moabitas, los filisteos, los amalecitas y todas las tribus de Palestina, sino también las flaquezas y pasiones del propio pueblo judío. El Libro dejó de ser entendido por el sacerdocio; el Arca fue capturada por los enemigos, numerosas fueron las veces en que la gente casi olvidó su misión. ¿Por qué, entonces, a pesar de todo, permanecieron fieles a esta misión? ¿Por qué la idea de Moisés había permanecido grabada en la frente y el corazón de Israel con letras de fuego? ¿A quién se debe esta perseverancia exclusiva, esta magnífica fidelidad en medio de las vicisitudes de una historia turbulenta, una fidelidad que dio a Israel un carácter único entre las naciones?
Se puede atribuir audazmente a los profetas y a la institución de la profecía; por tradición oral se remonta a Moisés. El pueblo hebreo ha tenido Nabi en todos los períodos de su historia, hasta su dispersión. Pero la institución de la profecía aparece primero bajo una forma orgánica en el tiempo de Samuel. Fue él quien fundó las cofradías de Nebiim, esas escuelas de profetas, frente a una realeza en ascenso y un sacerdocio ya degenerado. Los convirtió en austeros guardianes de la tradición esotérica y del pensamiento religioso universal de Moisés contra los reyes, en quienes debía predominar la idea política y el objetivo nacional. En estas cofradías se conservaban las reliquias de la ciencia de Moisés, la música sacra, el arte oculto de la curación y, finalmente, el arte de la adivinación, ejercido por los grandes profetas con una fuerza y abnegación magistrales.
La adivinación ha existido bajo las formas más diversas entre todos los pueblos del ciclo antiguo, pero la profecía en Israel posee una amplitud, una altivez y una autoridad que pertenecen a la naturaleza intelectual y espiritual en las que el monoteísmo conserva el alma humana. La profecía ofrecida por los teólogos, literalmente, como la comunicación directa de un Dios personal, negada por la filosofía naturalista como pura superstición, no es en realidad más que la manifestación superior de las leyes universales del Espíritu.
En su excelente obra sobre los profetas3, Ewald dice:
Las verdades generales que gobiernan el mundo, en otros términos, los pensamientos de Dios, son inmutables e incapaces de ser atacados, completamente independientes de las fluctuaciones de las cosas o de la voluntad y acción de los hombres. Originalmente, el hombre está destinado a participar en ellos y a traducirlos libremente en actos. Pero para que el Verbo del Espíritu entre en el hombre carnal, debe ser influenciado fundamentalmente por la gran conmoción de la historia. Entonces la Verdad Eterna brota como un destello de luz. Por eso leemos con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento que Jehová es un Dios vivo.
Cuando el hombre escucha la llamada divina, se crea en él una nueva vida; ahora ya no se siente solo, sino en comunión con Dios y con toda la verdad, dispuesto a pasar eternamente de una verdad a otra. En esta nueva vida, su pensamiento se hace uno con la voluntad universal. Posee una clara comprensión del presente y plena fe en el éxito final de la idea divina. El hombre que experimenta esto es un profeta, es decir, se siente irresistiblemente impulsado a manifestarse ante los demás como representante de Dios. Su pensamiento se convierte en visión, y este poder superior que arranca la verdad de su alma, a veces con angustia desgarradora, constituye el elemento profético. Las manifestaciones proféticas, a lo largo de la historia, han sido los relámpagos y los relámpagos de la verdad.
