La casa de al lado - Anne Rivers Siddons - E-Book

La casa de al lado E-Book

Anne Rivers Siddons

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Beschreibung

LA CASA ENCANTADA MÁS SOBRECOGEDORA DEL GÓTICO SUREÑO. En las afueras de Atlanta, la vida acomodada del joven matrimonio Kennedy se ve perturbada cuando comienzan a construir una magnífica casa en la finca vecina. Incluso antes de estar acabada, se convierte en escenario de varios accidentes y desgracias. Cuando todas esas fatalidades aumentan, los Kennedy empiezan a sospechar que ya no es producto de la mala suerte, sino que la casa encierra algo maligno. Escrita en 1978, La casa de al lado es la única novela de terror de Anne Rivers Siddons. Su ambientación, típicamente sureña, combinada con los crecientes elementos de horror presentes en un marco cotidiano, la convierten en una atípica obra maestra del género, admirada por Stephen King.

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Seitenzahl: 536

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Ähnliche


Índice

Prólogo de Stephen King

Prólogo

Primera parte. Los Harralson

1

2

3

4

5

6

7

8

Segunda parte. Los Sheehan

9

10

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Tercera parte. Los Greene

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Epílogo

Notas

Titulo original inglés: The house next door.

© del texto: Anne Rivers Siddons, 1978.

© del prólogo: Stephen King, 1981, 2004.

© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2026.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: marzo de 2026

REF.: OBEO054

ISBN: 979-13-7031-153-7

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

PRÓLOGO

de

STEPHEN KING

No es mi intención ni mi lugar hablar aquí de mi obra, pero mis lectores sabrán que he tratado el arquetipo del Lugar Maligno al menos dos veces, una de forma indirecta (en El misterio de Salem’s Lot) y otra directamente (en El resplandor). Mi interés por esta cuestión comenzó cuando a un amigo y a mí se nos ocurrió explorar la «casa encantada» local, una mansión decrépita de Deep Cut Road, en Durham (Maine), mi ciudad natal. Ese lugar, como suele ocurrir con las viviendas abandonadas, llevaba el nombre de los últimos residentes, así que en el pueblo la conocían como la Casa Marsten, a secas.

Aquella ruinosa construcción se alzaba sobre una colina lo bastante alta como para dominar buena parte de nuestro barrio, conocido como Methodist Corners. La puerta estaba cerrada con llave, y en ella había un cartel de prohibida la entrada, un cartel tan viejo y descolorido que apenas era legible, pero nada de eso nos detuvo. Esos carteles rara vez detienen a cualquier niño de diez años que se precie. Nos limitamos a entrar por una ventana que no estaba cerrada con pestillo.

Después de haber explorado a fondo la planta baja (y de habernos cerciorado de que las viejas cerillas de azufre que habíamos encontrado en la cocina ya no prendían, sino que solo despedían un olor nauseabundo), nos dirigimos al piso de arriba. Sin que lo supiéramos, mi hermano y un primo, dos y cuatro años mayores que mi amigo y yo, habían entrado sigilosamente detrás de nosotros. Mientras husmeábamos por las habitaciones de arriba, empezaron a tocar unos acordes horribles y discordantes en el piano del salón.

Mi amigo y yo gritamos y nos abrazamos, momentáneamente atenazados por el terror. Entonces oímos a aquellos dos idiotas desternillarse en el piso de abajo y, avergonzados, nos sonreímos el uno al otro. En realidad, no había nada que temer; eran solo dos chicos mayores que asustaban a dos más pequeños. No, no había nada que temer, pero no recuerdo haber vuelto nunca allí. Desde luego, no después del anochecer. Podía haber... cosas. Y, en realidad, ni siquiera era un Lugar Maligno.

Años más tarde leí un artículo especulativo que aventuraba que las «casas encantadas» podrían ser en realidad baterías paranormales que absorbían las emociones que se habían vivido en ellas, del mismo modo que una batería de coche almacena una carga eléctrica. Así, según el artículo, los fenómenos que llamamos «encantamientos» podrían ser una especie de película paranormal: la retransmisión de viejas voces e imágenes que podrían formar parte de antiguos acontecimientos. Y el hecho de que rehuyamos muchas casas encantadas y estas tengan la reputación de ser Lugares Malignos podría obedecer a que las emociones más fuertes son las más primitivas: la furia, el odio y el miedo.

No acepté las ideas de ese artículo como verdades incuestionables. Me parece que un escritor que trata con fenómenos paranormales en su ficción tiene la responsabilidad de tratarlos con respeto, pero no con una actitud de creencia absoluta, como un acto de fe. Sin embargo, me pareció interesante, tanto por la idea en sí misma como por el hecho de que sugería una referencia vaga pero fascinante a mi propia experiencia: que el pasado es un fantasma que acecha constantemente nuestras vidas actuales. Y con mi rigurosa educación metodista, empecé a preguntarme si la casa encantada podría convertirse en una especie de símbolo del pecado no expiado, una idea que resultó ser central en la novela El resplandor, que se desarrolla en la cúspide del Lugar Maligno: no en una casa encantada, sino en un hotel encantado, con una película de terror «real» diferente, que se proyecta en casi todas sus habitaciones y suites.

Huelga decir que la lista de posibles Lugares Malignos no empieza con las casas encantadas y termina con los hoteles encantados: se han escrito historias de terror sobre estaciones de ferrocarril, automóviles, prados o edificios de oficinas encantados. La lista es interminable, y probablemente se remonta al hombre primitivo que tuvo que salir de su caverna porque acababa de oír lo que le parecieron voces allá en las sombras. Si eran o no voces reales o eran las voces del viento, esa es una pregunta que todavía nos planteamos en las noches oscuras.

La casa de al lado, de Anne Rivers Siddons, sigue estrictamente la fórmula clásica de las casas encantadas: se nos permite presenciar una serie de encantamientos, que contribuyen a reforzar el concepto de la casa como un Lugar Maligno. Incluso podría decirse con ella que la definición más verdadera de la casa encantada sería «una casa con una historia desagradable». Un autor o autora debe ir más allá de presentar un repertorio de fantasmas con cadenas que tintinean, puertas que se abren o se cierran en plena la noche y ruidos extraños en el desván o en el sótano (el desván es especialmente propicio para un buen terror de los que te hacen vibrar; ¿cuándo fue la última vez que exploraste el tuyo con una vela, durante un apagón, mientras soplaba un fuerte viento otoñal?). El relato de la casa encantada exige un contexto histórico.

La casa de al lado proporciona a la perfección ese contexto histórico. Es una novela que se desarrolla solo en relación con su narradora en primera persona, Colquitt Kennedy, que vive con su marido, Walter, junto a la casa encantada. Los lectores van observando cómo sus vidas y su forma de pensar cambian a consecuencia de su proximidad con la casa, y la novela culmina, al final, cuando Colquitt y Walter se sienten impulsados a «entrar en la historia». Esto ocurre de forma muy efectiva en las últimas cincuenta páginas del libro, pero, durante la mayor parte de este, Colquitt y Walter son curiosamente personajes del todo secundarios. El libro está dividido en tres extensas partes, cada una de las cuales constituye una historia en sí misma. Se nos cuentan las historias de los Harralson, los Sheehan y los Greene, y vivimos la casa de al lado principalmente a través de sus experiencias.

Este enfoque funciona perfectamente para la señora Siddons. El libro está bien planificado y cuenta con un elenco de personajes brillante («Las personas como nosotros no salen en la revista People», dice la primera frase del libro, y Colquitt procede a contarnos cómo ella y su marido, dos personas reservadas, acaban no solo en la revista People, sino también condenados al ostracismo por sus vecinos, odiados por los agentes inmobiliarios de la ciudad y dispuestos a quemar la casa de al lado hasta los cimientos). Esta no es la historia de una mansión gótica cubierta de jirones de niebla que se mueven sin rumbo; no hay almenas, ni fosos, o ni siquiera un mirador en el tejado... ¿Es que acaso alguien ha oído hablar de esas cosas en las afueras de Atlanta? Cuando comienza la historia, la casa encantada ni siquiera se ha construido.

Colquitt y Walter viven en un barrio rico y confortable de los suburbios de Atlanta. La maquinaria de las relaciones sociales en esa zona —un barrio residencial de una ciudad del Nuevo Sur donde aún se conservan muchas de las virtudes del Viejo Sur, según nos cuenta Colquitt— funciona sin problemas y casi en silencio, bien engrasada con dinero de la Iglesia metodista. Junto a la casa de Colquitt y Walter hay un terreno arbolado que permanece sin edificar debido a su difícil topografía. Allí llega Kim Dougherty, un joven arquitecto, y construye una casa contemporánea que se adapta al terreno como un guante. De hecho..., casi parece viva. Colquitt escribe sobre su primer vistazo a los planos de la casa:

Me quedé sin aliento. Era magnífica. Por lo general, no me gusta la arquitectura contemporánea, porque me parece brusca, intrusiva y exigente, a pesar de las virtudes evidentes de aire y luz y facilidad de mantenimiento, de espacio vital funcional. Esta casa era diferente. De algún modo, imponía, pero a la vez tranquilizaba. Crecía de la tierra dibujada a lápiz como un espíritu elemental que había yacido encerrado y anhelando la luz, a través de interminables eones, esperando a ser liberado. Se elevaba hacia los árboles y a lo largo de la profunda ladera de la cresta como si se hubiera desenrollado, no como si fuera a construirse, capa a capa y piedra a piedra. Apenas podía imaginarme las manos y la maquinaria que la formarían. Pensé en algo que había empezado con una semilla, echado raíces profundas, crecido bajo el sol y las lluvias de muchos años hacia el aire. En los bocetos, al menos, los bosques se apretujaban intactos a su alrededor, como compañeros. El arroyo envolvía su masa y parecía alimentar sus raíces. Tenía un aspecto... espantoso.

Los acontecimientos se suceden. Un cambio caótico está llegando a este barrio apolíneo donde hasta ese momento ha habido un lugar para cada cosa y cada cosa ha estado en su lugar. Esa noche, cuando Colquitt oye el ulular de un búho en el terreno boscoso donde pronto se levantará la casa de Dougherty, se sorprende a sí misma haciendo un nudo en la esquina de la sábana para ahuyentar la mala suerte, como hacía su abuela.

Dougherty está construyendo la casa para una joven pareja, los Harralson..., pero también habría sido feliz construyéndola para Adolf Hitler y Eva Braun, les dice a los Kennedy mientras toman unas copas. Lo que le interesa es la casa, no los propietarios. Buddy Harralson es un joven y prometedor abogado. Su mujer, una chica de sororidad universitaria, con el cómico sobrenombre de Pie (que viene de Punkin-pie, el apodo que le puso su padre), pierde primero a su bebé en la casa en un aborto espontáneo que sufre allí cuando está embarazada de cuatro meses, luego a su perro y, por último, la noche de la inauguración de la casa, todo lo demás.

Salen los Harralson, entran los Sheehan. Buck y su mujer, Anita, tratan de recuperarse de la pérdida de su único hijo, que murió en un helicóptero en llamas mientras combatía en Vietnam. Anita, que se está recuperando de una crisis nerviosa a consecuencia de la pérdida (que encaja muy bien, demasiado, con la pérdida de su padre y su hermano años antes, en un accidente similar), empieza a ver películas de la horrible muerte de su hijo en la televisión de la casa. Una vecina que la ayuda también capta parte de esta letal película. Suceden otras cosas..., hay un clímax... y los Sheehan hacen mutis. Por último, pero desde luego no menos importante en términos del Grand Guignol, llegan los Greene.

Si todo esto suena familiar, no debería sorprendernos. La casa de al lado es una novela que hilvana una serie de relatos, una estructura que —nos gusta especular— Geoffrey Chaucer podría haber escrito para la revista Weird Tales. Es una forma de historia de terror que el cine ha intentado llevar a cabo con más frecuencia que los novelistas o los escritores de cuentos. De hecho, los cineastas parecen haber intentado poner en práctica muchas veces una máxima que los críticos del género han transmitido durante años: el relato de terror funciona mejor cuando es breve y va directamente al grano (se suele asociar esa máxima a Poe, pero Coleridge la formuló antes que él, y de hecho Poe estaba ofreciendo una pauta para los escritores de relatos de cualquier tipo, no solo los que tratan de lo sobrenatural y lo oculto). Curiosamente, la máxima parece fracasar en la práctica cinematográfica. La mayoría de las películas de terror que emplean el recurso de contar tres o cuatro historias cortas funcionan de forma desigual o no funcionan en absoluto.*

¿Funciona La casa de al lado? Ya lo creo que sí. No funciona tan a la perfección como podría funcionar, y el lector puede quedarse con un conjunto equivocado de ambigüedades sobre Walter y Colquitt Kennedy, pero está muy claro que funciona.

Sospecho que [La casa de al lado] surgió —escribe Siddons— porque siempre me ha gustado el género de terror o de lo oculto, o como quiera que se llame. Me pareció que la mayoría de mis escritores favoritos habían abordado la historia de fantasmas en un momento u otro: Henry James, Edith Wharton, Nathaniel Hawthorne, Dickens, etc., y he disfrutado con los escritores más contemporáneos del género tanto como con los viejos clásicos. La maldición de Hill House, de Shirley Jackson, es el relato más perfecto que he leído sobre una casa encantada..., y creo que mi preferido es el cautivador «Almas en pena», de M. F. K. Fisher.

La cuestión parece ser, como aseguran todos los prólogos de todas las antologías de relatos de terror que se pueden leer, que las historias de fantasmas son atemporales; traspasan todas las barreras culturales y de clase y todos los niveles de sofisticación; llegan de inmediato a algún lugar cercano a la base de la columna vertebral, y tocan esa cosa agazapada que todos llevamos dentro y que todavía escudriña con terror abyecto al otro lado del fuego, en la oscuridad que hay más allá de la puerta de la cueva. Si todos los gatos son pardos en la oscuridad, básicamente, todas las personas también le tienen miedo.

La casa encantada siempre me ha calado de un modo especial y directo como símbolo de un horror en particular. Tal vez sea porque, para una mujer, su casa es mucho más que eso: es su reino, su responsabilidad, su consuelo, todo el mundo para ella... o para la mayoría de nosotras, en cualquier caso, seamos o no conscientes de ello. Es una prolongación de nosotras mismas; resuena en respuesta a uno de los acordes más básicos que jamás escuchará la humanidad. Mi refugio. Mi tierra. Mi segunda piel. La mía. Es tan básico que su profanación, su corrupción, por así decirlo, por parte de algo ajeno, adquiere unos tintes de horror y una repugnancia peculiares y profundos. Es a la vez aterrador y... violador, como un astuto y terrible ladrón. Una casa «torcida» es una de las cosas más desagradables del mundo, y es terrible, fuera de toda proporción, para quien la visita...

Me puse a escribir sobre una casa nueva que era..., digamos maligna..., por la sencilla razón de que quería ver si era capaz de escribir una buena historia de fantasmas... Me sentía bastante agotada después de dos años de escritura pesada, seria y «de escritora», pero no quería dejar de trabajar y pensé que una historia de fantasmas sería entretenida... Y mientras buscaba en mi mente un buen reclamo o «gancho», un joven arquitecto compró el magnífico terreno boscoso que había junto a nuestra casa y empezó a construir en él una residencia contemporánea. El cuarto donde escribía, en el piso de arriba, bajo el alero de nuestra antigua casa, da directamente al terreno adyacente, y yo me sentaba a mirar, soñadora, por la ventana cómo desaparecían los bosques silvestres y las colinas y se construía la casa. Un día surgió en mi mente el inevitable «¿Y si...?» con el que empiezan a escribir todos los escritores, y me puse en marcha. ¿Y si —pensé—, en lugar de un antiguo priorato encantado en la costa de Cornualles o una granja prerrevolucionaria en el condado de Bucks, con un par de visitantes, o incluso las ruinas de una plantación de antes de la guerra con un espectro con falda de miriñaque lamentándose por la pérdida de su mundo alrededor de la chimenea profanada, se construyera un edificio contemporáneo en un barrio acomodado de una gran ciudad? Uno esperaría que el priorato, la granja y la plantación estuvieran encantados. Pero ¿una casa contemporánea? ¿No le daría eso un toque aún más maligno y desagradable? Por contraste, ¿no serviría para resaltar el horror? Pensé que sí lo haría...

Aún no sé cómo se me ocurrió la idea de que la casa atraería a las personas por su belleza y luego empezaría a volver sus flaquezas más profundas, sus puntos débiles, contra ellas. Me parece que en esta época pragmática y materialista, un espectro convencional resultaría casi cómico. En el suburbio que imaginé, la gente no cree en ese tipo de cosas; es casi inapropiado. A un espíritu tradicional lo echarían del vecindario entre carcajadas. Por tanto, ¿qué podría afectar a mi casi sofisticado ciudadano de un barrio residencial? ¿Qué rompería las relaciones, derrumbaría las defensas y penetraría las armaduras suburbanas? Tendría que ser diferente en cada caso. Cada persona tiene un botón del horror distinto. Que sea, pues, una casa que pueda aislarlo y pulsarlo, y entonces sí que tendremos un caso de terror suburbano.

El argumento del libro surgió de una sentada frente a mi máquina de escribir, casi completo y con infinitos detalles, como si hubiera estado ahí todo el tiempo, esperando a ser desvelado: La casa de al lado se planificó por completo en un solo día. A partir de ahí, parecía que todo iba a ser muy divertido, y me puse manos a la obra con agrado, porque pensé que sería un libro fácil de escribir. Y en cierto modo lo fue: esta es mi gente. Yo pertenezco a este mundo. Los conozco muy bien. Por supuesto, en la mayoría de los casos eran caricaturas. La mayor parte de las personas que yo conozco son, por suerte, mucho más excéntricas y no tan decididamente suburbanas como este grupo de personas. Pero necesitaba que fuesen como eran, a fin de demostrar algo. Y me di cuenta de que quedaban retratados a la perfección.

Porque, desde luego, el objetivo de este libro no es tanto la casa y su poder singular y terrible como el efecto que tiene en el vecindario y en las relaciones entre vecinos y amigos, y entre familias, cuando se ven forzadas a enfrentarse a lo increíble y a tener que creerlo. Este ha sido siempre, para mí, el poder de lo sobrenatural: que destruye con violencia las relaciones entre las personas y entre estas y su mundo y, en cierto modo, entre las personas y la propia esencia de sí mismas. Y esta destrucción las deja indefensas y solas, aullando de terror ante aquello en lo que se han visto obligadas a creer. Porque creer lo es todo. Sin creencia, no hay terror. Y creo que es aún más terrible cuando un hombre o una mujer modernos, rodeados de privilegios y formación y de todos los adornos de la llamada buena vida y de toda la carga de la mente moderna, inteligente, pragmática y hambrienta de visión, se ven obligados a enfrentarse a un mal y a un terror absolutos, ajenos y elementales. ¿Qué saben ellos de esto, qué tiene que ver con ellos? ¿Qué tiene que ver lo indecible y lo increíble con las segundas residencias, los paraísos fiscales, los colegios privados para los niños, un paté en cada terrina y un BMW en cada garaje? El hombre primitivo podía aullar antes de regresar, y su vecino verlo y aullar con él. Al residente de Fox Run Chase que se encuentra a un fantasma junto al jacuzzi lo harán callar en la pista de tenis si insiste en hablar de ello al día siguiente. Y ahí está, solo con el horror y condenado al ostracismo mire a donde mire. Es una doble vuelta de tuerca, y pensé que constituiría una buena historia.

Y lo sigo pensando... Creo que resiste bien el paso del tiempo... Pero solo ahora soy capaz de leer el libro con cierta ecuanimidad. Después de más o menos un tercio del libro, la escritura dejó de ser divertida y se convirtió en algo opresivo para mí, porque se hizo cada vez más obsesiva; me di cuenta de que estaba metida en algo inmenso, terrible y nada divertido; estaba dañando y destruyendo a personas, o dejando que las dañasen y las destruyeran, que viene a ser lo mismo. Me queda... algún resto de ética puritana, o de moral calvinista de ojos entornados, que insiste en que las cosas deben tener un sentido. No me gustan las cosas gratuitas. No se debe permitir que el mal quede impune, aunque sé que lo hace día sí y día también. En última instancia, tiene que llegar el día de expiación en el que lo Maligno deba rendir cuentas, y todavía no sé si esto es una virtud o un defecto... Ciertamente, no se presta a sutilezas, pero no me considero una escritora «astuta». Así que La casa de al lado se convirtió para mí en un asunto muy serio; sabía que Colquitt y Walter Kennedy, que me caían muy bien, serían destruidos por la casa que ellos, a su vez, destruían al final del libro, pero para mí había una valentía genuina en el hecho de que ellos mismos lo supieran y siguieran adelante de todos modos... Me alegré de que no huyeran. Me gusta pensar que, al afrontar algo tan abrumadoramente inmenso y terrible y tener tan pocas opciones, yo demostraría la misma elegancia y valor que ellos. Hablo de ellos como si estuvieran fuera de mi control porque me siento como si lo estuvieran, y es lo que sentí durante la mayor parte del libro. Hay una inevitabilidad en el resultado que, para mí, era consustancial al libro desde la primera página. Sucedió así porque así es como habría sucedido en esa época y en ese lugar a esas personas. Es una sensación satisfactoria para mí, y no la he tenido en todos mis libros. En ese sentido, creo que consigue su propósito.

En su nivel más simple, creo que funciona bien como elemento de ficción de terror que depende de la yuxtaposición de lo inimaginablemente terrible con lo completamente ordinario... El maravilloso síndrome del «terror a la luz del sol» de Henry James. La semilla del diablo es la obra maestra absoluta de este recurso en particular, y en parte era esa cualidad la que yo buscaba. También me hace sentir bien el hecho de que, para mí, todos los personajes siguen siendo personas que me inspiran una gran simpatía, incluso tanto tiempo después de escribirla y tras tantas relecturas. Me importaba mucho lo que les ocurría a medida que lo desvelaba en las páginas, y todavía me siguen importando.

Quizá también consiga ser un relato de terror del todo contemporáneo. Quizá esta sea la onda del futuro. No es lo que golpetea en tu casa por la noche lo que va a acabar contigo en este nuevo mundo feliz, sino tu propia casa. En un mundo en el que el mismo mobiliario de tu vida, los pilares básicos de tu existencia, se vuelven terribles y extraños, tal vez lo único a lo que podamos recurrir sea a cualquier decencia innata que podamos encontrar en lo más profundo de nosotros mismos. En cierto modo, no creo que esto sea malo.

Una frase que destaca en el análisis que Siddons hace de su propio trabajo —al menos, desde mi punto de vista— es esta: «Para mí había una valentía genuina en el hecho de que ellos mismos lo supieran y siguieran adelante de todos modos». Cabría pensar que se trata de un sentimiento propiamente sureño, y por muy «dama» que sea, Anne Rivers Siddons se inscribe de lleno en la tradición sureña de los escritores góticos.

Nos dice que se ha deshecho de las ruinas de la plantación de antes de la guerra, y así ha sido; pero en un sentido más amplio, La casa de al lado es, en gran medida, la misma casa de plantación espeluznante y en ruinas en la que escritores tan aparentemente dispares, pero tan similares en su esencia, como William Faulkner, Harry Crews y Flannery O’Connor —probablemente la mejor escritora estadounidense de relatos cortos de la posguerra— han vivido antes que ella. Es un hogar en el que incluso un escritor tan horrorosamente pésimo como William Bradford Huie ha alquilado espacio de vez en cuando.

Si hubiera que considerar la experiencia sureña como una tierra sin labrar, entonces habría que decir que casi cualquier escritor, por bueno o malo que sea, que sienta profundamente esa experiencia sureña podría plantar una semilla y hacerla crecer; recomiendo como ejemplo la novela de Thomas P. Cullinan The Beguiled (convertida en una buena película de Clint Eastwood, El seductor, dirigida por Don Siegel). Se trata de una novela que está «bastante bien escrita», como le gusta decir a un amigo mío, lo cual significa, por supuesto, que no es nada del otro mundo. No es Saul Bellow, no es Bernard Malamud, pero al menos no baja a las alcantarillas donde está gente como Harold Robbins y Sidney Sheldon, que al parecer no sabrían distinguir entre una línea de prosa equilibrada y una pizza de mierda con anchoas. Si Cullinan hubiera optado por escribir una novela más convencional, a nadie se le quedaría grabada en la memoria. En cambio, se le ocurrió una alocada historia gótica sobre un soldado de la Unión que pierde las piernas y luego la vida a manos de los letales ángeles de la muerte que habitan una desvencijada escuela para chicas que ha quedado en pie durante la marcha de Sherman hacia el mar. Este es el pequeño terreno de Cullinan en esa parcela de tierra sin labrar, una tierra que siempre ha sido asombrosamente rica. Uno se siente tentado a creer que fuera del Sur una idea así no daría mucho más que hierbajos. Pero en esta tierra crece una enredadera de poderosa y enloquecida belleza: el lector queda hipnotizado de horror por lo que ocurre en aquella olvidada escuela para señoritas.

Por otro lado, William Faulkner hizo algo más que dejar caer unas cuantas semillas; plantó el jardín entero... y de allí salió todo lo que se propuso a partir de 1930, cuando realmente descubrió la forma gótica de lo justo. La esencia del gótico sureño en la obra de Faulkner llega, para mí, en Santuario, cuando Popeye está de pie en el cadalso, a punto de ser ahorcado. Se ha peinado cuidadosamente para la ocasión, pero en ese momento, con la soga alrededor del cuello y las manos atadas a la espalda, el pelo le cae lánguidamente sobre la frente. Empieza a sacudir la cabeza, intentando volver a colocarse el pelo en su sitio. «Yo te lo arreglo», le dice el verdugo, y baja la trampilla del cadalso. Adiós a Popeye, con el pelo en la cara. Creo sinceramente que nadie que se haya criado al norte de la línea Mason-Dixon podría haber pensado en una escena así, o haberla escrito bien si lo hubiera hecho. Lo mismo ocurre con la larga, escabrosa y atroz escena en la sala de espera del médico que inicia el relato de Flannery O’Connor «Revelación». No hay salas de espera como esa fuera del imaginario sureño. ¡Dios mío, qué gente!

Lo que quiero decir es que hay algo espantosamente exuberante y fértil en la imaginación sureña, y se aprecia sobre todo cuando nos fijamos en el canal gótico.

El caso de los Harralson, la primera familia que habita el Lugar Maligno en la novela de Siddons, muestra con claridad cómo la autora ha puesto en práctica su propio imaginario gótico sureño. Pie Harralson, la chica, esposa y miembro de la sororidad ChiOmega, ejerce una atracción malsana sobre su padre, un hombre fornido y colérico del «sur de la línea Mason-Dixon». Pie parece bastante consciente de que su marido, Buddy, forma un triángulo en el que ella ocupa el vértice superior, y su padre, uno de los inferiores. Juega con ellos enfrentándolos entre sí. La casa en sí no es más que otro peón en la historia de amor-odio-amor que parece tener con su padre («esa cosa extraña e inquietante que tenía ella con su padre», dice con desdén uno de los personajes). Casi al final de su primera conversación con Colquitt y Walter, Pie dice con alegría: «¡Papá va a odiar esta casa! [...] ¡Oh, le va a dar un ataque!».

A Buddy, mientras tanto, lo han puesto bajo la protección de Lucas Abbott, un recién llegado al bufete de abogados donde trabaja Buddy. Abbott es del norte, y oímos de pasada que dejó Nueva York a consecuencia de un escándalo: «pasó algo raro con un secretario legal en Connecticut».

La casa de al lado, que vuelve las debilidades más profundas de las personas en su contra, como dice Siddons, fusiona estos elementos de forma nítida y horrible. Casi al final de la fiesta de inauguración, Pie empieza a gritar. Los invitados corren a ver qué le ha ocurrido. Encuentran a Buddy Harralson y Lucas Abbott abrazados, desnudos, en el dormitorio donde la gente ha dejado los abrigos. El padre de Pie los ha encontrado primero, y está en el suelo, expirando tras un ataque, mientras su Punkin-pie sigue gritando... y sigue... y sigue.

Si eso no es gótico sureño, ¿qué es?

La esencia del horror en esa escena (que por alguna razón me recuerda mucho a ese momento desgarrador de Rebeca en el que el narrador anónimo interrumpe la fiesta al bajar las escaleras flotando con el disfraz que también llevaba la terrible primera esposa de Maxim) reside en el hecho de que los códigos sociales no solo han sido transgredidos, sino que nos han explotado en la cara. Siddons lleva a cabo esta explosión de dinamita a la perfección. Es un caso en el que todo va todo lo mal que puede ir: vidas y carreras se arruinan de manera irrevocable en cuestión de segundos.

No hace falta que analicemos la psique del escritor de terror; no hay nada tan aburrido ni tan molesto como la gente que pregunta cosas como: «¿Por qué eres tan raro?» o: «¿Le asustó a tu madre un perro de dos cabezas cuando estabas en el útero?». Yo tampoco voy a hacer eso aquí, pero sí señalaré que gran parte del efecto demoledor de La casa de al lado se debe al buen conocimiento que tiene su autora de los límites sociales. Cualquier escritor de relatos de terror tiene una idea clara —quizá incluso una concepción morbosa y exagerada— de dónde acaba el ámbito de lo socialmente (o moralmente, o psicológicamente) aceptable y dónde empieza el gran espacio en blanco del tabú. Siddons sabe distinguir mejor que nadie entre lo socialmente aceptable y lo socialmente horripilante (aunque de nuevo me viene a la mente Daphne du Maurier), y apuesto a que a ella le enseñaron de joven que no se come con los codos sobre la mesa..., ni se hace el amor de forma anormal en el guardarropa.

Siddons vuelve una y otra vez a la ruptura de los códigos sociales (como hace en Heartbreak Hotel, una novela anterior, no sobrenatural, sobre el sur), y en su nivel más racional y simbólico, La casa de al lado puede leerse como un divertido, pero horrible, tratado sociológico sobre las costumbres y el folklore de los Modestamente Ricos de los Barrios Residenciales. Pero por debajo de esto, el corazón del gótico sureño late con fuerza. Colquitt nos dice que no podría soportar contarle a su amiga más íntima lo que vio el día en que Anita Sheehan perdió la cabeza de forma definitiva e irrevocable, pero es capaz de contárnoslo a nosotros con detalles vívidos y estremecedores. Horrorizada o no, Colquitt lo vio todo. Ella misma hace una comparación «Nuevo Sur/Viejo Sur» casi al principio de la novela, y la novela en su conjunto es otra. En la superficie vemos «el preceptivo Mercedes sedán de color marrón tabaco», las vacaciones en Ocho Ríos, los bloody marys espolvoreados con eneldo fresco en Rinaldi’s. Pero lo que hay debajo, lo que hace que el corazón de esta novela palpite con una tremenda fuerza bruta, es el Viejo Sur, el gótico sureño. En el fondo, La casa de al lado no está situada en una refinada zona suburbana de Atlanta; está situada en ese mugriento país del corazón que tan bien esbozó Flannery O’Connor. Si escarbamos lo suficiente en Colquitt Kennedy, encontraremos a la señora Turpin de O’Connor, de pie en su pocilga y esperando una revelación.

STEPHEN KING

PARA ANNALEE

PRÓLOGO

Las personas como nosotros no salen en la revista People. No somos ricos ni estamos a punto de serlo; no somos jóvenes ni ágiles ni prometedores, ni tampoco viejos ni venerables, ni estamos llenos de entrañables y enjundiosas perlas de sabiduría. No tenemos ningún talento especial, excepto, creo yo, un cierto talento para vivir bien y con serenidad la mayor parte del tiempo. Ninguno de nosotros ha escrito —ni escribirá— una primera novela que vendió por un millón y medio de dólares los derechos de su edición de bolsillo y atrajo la atención de Robert Redford, que pensó que sería una buena película. No hemos creado organizaciones de ámbito estatal para colectivos minoritarios o niños con enfermedades raras y desconcertantes. No tenemos hijos. Sí tenemos algunos amigos que han salido en la revista People, celebridades marginales, gente que hace cosas raras, pero ninguno de los grandes, ninguno de los que suscitan dos columnas de cartas al director. Tenemos algunos amigos ilustres en otros aspectos: en sus profesiones, en su posición social (aunque no muchos de ellos), en la cuantía de sus fortunas personales (tampoco demasiados de estos). Pero nosotros no somos ilustres. Somos buenos entendedores. Al parecer, nos sirve de algo.

Tenemos una buena casa, pero no una gran casa, en un barrio mejor de lo que realmente podemos permitirnos, porque la entrada fue un regalo de boda de mis padres. Tenemos dos coches, que es cuanto necesitamos porque solo somos dos. Walter tiene el preceptivo Mercedes sedán de color marrón tabaco, y yo tengo la preceptiva furgoneta compacta, en la que puedo llevar cómodamente las cosas que me gustan y que colecciono: algunas piezas antiguas del periodo federal de Georgia, que no encajan en absoluto con el ambiente de mi vieja casa cuadrada de ladrillo de dos plantas, pero que me encantan; muchas plantas; piedras recogidas junto al río para el jardín de rocas que estoy construyendo poco a poco. También va muy bien para llevar los gatos y su transportín, en sus frecuentes viajes al veterinario. Los dos están castrados, pero la memoria de raza es intensa y se enfrentan con placer a cualquier gato callejero que venga en busca de pelea. Suelen perder.

Nuestras profesiones nos gustan, o, mejor dicho, Walter tiene una profesión. Dirige una buena agencia de publicidad de tamaño medio que fundó hace siete años con su amigo y entonces compañero de trabajo en una agencia grande y muy aburrida. A Charlie y Walter les ha ido bien, y no se hacen ilusiones sobre la agencia, ni de que vaya a poner el mundo patas arriba y ganar el premio Clio todos los años, ni de que vaya a cerrar y dejarlos sin trabajo en plena crisis de los cuarenta. Kennedy and Satterfield, Inc. es la agencia adecuada para ellos. Crecerá, pero no demasiado. Nos ha permitido estar cómodos.

Yo soy relaciones públicas y trabajo como autónoma para unos cuantos clientes leales y bastante prestigiosos, gente a la que conozco desde que llegué a la ciudad recién salida de Vanderbilt con una licenciatura en Inglés y el ardiente deseo, no de escribir la Gran Novela Americana, sino de trabajar en una agencia de relaciones públicas. Lo hice, durante once años, y llegué a ser lo bastante competente como para tener una placa en la puerta y un Bigelow en el suelo, por así decirlo, y mi propia secretaria, y cuando dejé la agencia, me llevé, sin vergüenza alguna, tres o cuatro de mis pequeñas cuentas favoritas. Puedo ocuparme de ellas unos tres días por semana, y eso me deja el resto del tiempo libre para dedicarme a mis propios intereses. Son intereses autocomplacientes, placenteros, y yo creo que he pagado por mi derecho a disfrutar de ellos. No sería feliz si no hiciera algún tipo de trabajo. Por suerte, se me da bien lo que hago.

Todo esto para decir que Walter y yo somos gente bastante corriente. No la norma, quizá; creo que entre los dos somos algo bastante agraciado y especial, algo que enriquece y adorna el pequeño mundo en que vivimos. Eso dicen nuestros amigos. Pero, sin duda, no somos de los que salen en la revista People.

Y, sin embargo, ahí estamos Walter y yo esta semana. Sentados en las sillas blancas de hierro forjado del patio, con el aspecto que tenemos: personas de unos treinta y tantos años, ligeramente acomodadas, bien vestidas pero con un aire informal, bronceadas tras un verano de partidos de tenis mediocres en el club, personas agradables a las que les gusta su vida y que parecen quererse. Dos personas algo inclinadas hacia delante, mirando al otro lado de un césped que no aparece en la fotografía, hacia una casa, una casa construida en un bonito terreno arbolado al lado del nuestro, una casa que tampoco aparece en la fotografía. Pero la casa es la razón por la que estamos allí. La casa de al lado está encantada, y yo soy la responsable de toda la publicidad. Llamé al corresponsal local de People y le conté mi historia, y supongo que él pensó que estaba lo bastante chalada como para justificar una comprobación. Y después de hacerlo, pensó que era una buena historia. Pensó que a sus editores les gustaría. Y, sin duda, pensó que yo era un ama de casa de mediana edad, agresiva, un poco loca, que buscaba un poco de publicidad, sin nada que hacer y con una casa al lado en la que, hay que reconocerlo, pasaban cosas muy raras.

No importa lo que piense él o lo que piensen los demás. Ya no. Nuestros amigos van a pensar que hemos perdido el juicio, y vamos a perder a muchos de ellos. Este es el tipo de cosas que provocan leves burlas o agradables gritos sofocados de miedo, de ese miedo a algo que no te acabas de creer del todo, cuando se mantienen dentro de los límites del grupo. Es algo totalmente distinto ahora que lo hemos difundido para que lo vea todo el mundo. Eso no es lo que se hace en nuestro entorno. Es una falta de gusto y, aunque no usemos la palabra, de clase. Lo peor de todo es que nos hemos creído lo increíble y hemos dicho lo indecible. Sí, perderemos a nuestros amigos. Tampoco podemos preocuparnos por eso.

Porque la casa Harralson está encantada, y de una manera terrible. Y está a la venta de nuevo. Hemos contado la parte de historia que creemos necesaria —pero no toda, de ninguna manera— para advertir a la gente al respecto. Tomamos este camino porque a estas alturas sabemos que ningún medio de comunicación normal de prestigio nos dará tiempo en antena o espacio en sus columnas, y queríamos llegar al mayor número posible de personas lo antes posible. Solo podemos documentar lo suficiente de la historia para intrigar a People; no tratamos de explicarla. Tenemos una especie de teoría, pero no viene al caso.

Somos conscientes de que corremos el riesgo de atraer a la gente a la casa; hay cierto tipo de personas que, Dios los ayude, vendrán en tropel a ver la casa, y quizá quieran comprarla. A estas personas intentaremos verlas y advertirlas una por una, a medida que lleguen. Estaremos atentos. Los agentes nos detestarán, desde luego, y les dirán que estamos locos, pero seguiremos haciéndolo. Quizá nos demanden; no sabemos exactamente quién, ya que las personas que vivían en la casa hasta hace un mes ya están muertas. Hemos reparado en que esta vez es otra inmobiliaria la que gestiona la casa. No nos sorprende. Cada venta la ha hecho una empresa diferente. Esperamos que, al final, ninguna inmobiliaria respetable de la ciudad se ocupe de la casa y, tranquilamente, salga del mercado.

Pero hasta que eso ocurra, intentaremos llegar a todos los que vengan a ver la casa y les diremos lo que sea necesario para hacer que se vayan. Si el artículo de People provoca más publicidad —y es lo que suele pasar con este tipo de cosas—, la agradeceremos y la utilizaremos, y volveremos a hablar de la casa. Una y otra vez. Walter considera probable que tenga que retirarse de la agencia y venderle su participación a Charlie. La agencia se verá afectada si no lo hace. El sustento de treinta personas estará en peligro. Sé que yo voy a perder a mis clientes. Desde esta mañana, dos ya han dejado mensajes en mi servicio de contestador para que los llame. Tenemos algunas acciones, algunos ahorros, otras inversiones. La oferta de Charlie será generosa. Podemos vivir con cierto desahogo durante el tiempo que sea necesario.

Si descubrimos que todos nuestros esfuerzos han fracasado y alguien compra la casa, le prenderemos fuego. Lo haremos por la noche y antes de que la ocupen. En otros tiempos, habrían arado la tierra calcinada y la habrían sembrado de sal.

Si llegáramos a ese punto, no creo que nos castiguen.

No creo que vivamos lo suficiente.

PRIMERA PARTE

LOS HARRALSON

1

Claire Swanson, que vive dos puertas más arriba, fue la primera en hablarme de la casa Harralson. Roger y ella viven desde hace años en la casa colonial holandesa de color amarillo, desde hace mucho más tiempo que nosotros en la nuestra. Claire es angulosa, robusta y, en cierto modo, de un aspecto tan básico que reconforta: tan baja como el suelo, le gusta decir. Está hecha para la resistencia, no para la velocidad. Esas sólidas caderas, inmunes a sus habituales partidos de tenis y a sus más que habituales expediciones matutinas de footing alrededor del pequeño parque que divide nuestra calle, han acunado y engendrado a tres niños. Son unos chicos muy majos, en plena adolescencia. Toda la calle disfruta con ellos y los emplea con frecuencia para trabajos de jardinería y el tipo de tareas pesadas y desagradables que ya nadie quiere hacer por ti. Lo hacen con alegría, y abren la puerta de tela metálica de un golpe para buscar Coca-Cola y bocadillos al mediodía y para usar el teléfono.

«Hola, Colquitt», me dicen, mientras se asoman sudorosos tras una mañana de lucha con nuestro viejo y malhumorado cortacésped a un lado y otro de nuestro jardín delantero aterrazado. «Parece como si te hubiesen pintado esos Levi’s».

Como los he conocido con brazos rotos y acné y hoscas excursiones a clases de baile, y como, en efecto, parece que me han pintado los Levi’s por encima, y estoy orgullosa de tener todavía los muslos esbeltos para llevarlos, no me importa esa familiaridad. Me importaría, y mucho, si lo dijese casi cualquier otro chico de su edad. No soy una persona formal, pero sí bastante reservada.

Claire y Roger son viejos ricos en la ciudad, y los chicos no tienen por qué trabajar. Sin embargo, sus padres insisten en ello. En esta ciudad tan del Nuevo Sur, Walter y yo hemos reparado en que los elementos del Viejo Sur se aferran a las virtudes sustanciales del trabajo, la falta de ostentación y una cercanía a la tierra que sobrevive incluso en sus extremadamente cuidados barrios.

—No le veo sentido a toda esta humildad —me dijo una vez, en una reunión del grupo de ballet, una mujer vivaz e inquieta cuya empresa, destacada a nivel nacional y propiedad de su marido, acababa de trasladar aquí su sede. Llevaba un vestido de lino negro de corte lineal y joyas de plata de Elsa Peretti. Era una tarde de agosto en que fuimos a nadar en el legendario jardín trasero de Florence Pell, un cuervo con atuendo de diseño en un campo de vestidos de verano, pantalones y alpargatas—. Me refiero a que ¿de qué les sirve tanto dinero? Sé que lo tienen; Dios mío, Carl dice que algunos de ellos podrían comprar y vender el condado de Fairfield. Pero no he visto ni un criado ni un chófer desde que me fui de Nueva York. Van una y otra vez a Europa, por el amor de Dios, cada vez que viajan. No tienen barcos. Si tienen residencias de veraneo, están en esa isla dejada de la mano de Dios que tanto os gusta a todos. No he visto una sola pieza de joyería fantástica. Envían a sus hijos a Emory; ¿pueden nombrarme a un hijo de esta ciudad que vaya a Harvard, Yale o Vassar? Van al supermercado. Cuando salen por la noche es para ir a ese club que parece un mausoleo. ¿Para qué quieres tanto dinero si no te diviertes con él?

Supongo que me lo dijo con toda libertad porque sabía que Walter y yo no somos de allí. Y desde luego no jugamos en la misma liga, desde el punto de vista financiero, que algunos de nuestros amigos. Pero somos amigos precisamente porque entendemos la forma en que han elegido vivir. También es nuestra manera de vivir; le encontramos gracia y sustancia, una satisfactoria simetría y una especie de redondez. Nos gusta que nuestras vidas y nuestras posesiones vayan como la seda. El caos, la violencia, el desorden y el sinsentido nos perturban. No nos asustan, precisamente porque somos conscientes de ellos. Vemos las noticias, participamos activamente en nuestra propia variante política más bien liberal. Sabemos que nos hemos construido un cascarón, pero hemos trabajado duro para conseguir los medios con que hacerlo; lo hemos elegido. Tenemos derecho a hacerlo, ¿no?

En cualquier caso, Claire y Roger Swanson son una unidad satisfactoria en nuestro mundo, y buenos amigos desde que nos mudamos aquí. Así que cuando paré el coche junto al buzón, de camino a casa desde el trabajo, aquella tarde de hace un par de años —aún no había dejado la agencia—, y Claire me llamó desde mitad de la calle, donde paseaba a Buzzy, su anciano schnauzer, no me acerqué a medio camino para encontrarme con ella, como habría hecho con algunos de los vecinos con los que no estamos tan unidos.

—¡Ven al patio y tomemos una copa! —le grité—. Walter trabaja hasta tarde. Tráete a Buzzy.

—Tengo noticias que no te van a gustar —me dijo después de atar a Buzzy a la pata de la mesa de hierro forjado del patio y beber un largo trago del cóctel que le había servido—. Hummm, qué bueno. Se te da bien preparar bebidas. Roger dice que eres la única mujer de la ciudad cuyas bebidas no le dan diarrea a la mañana siguiente.

—Walter me hizo aprender antes de casarnos. Era una de sus condiciones. Vivir bien es la mejor venganza; es un viejo proverbio español o algo así. ¿Qué es lo que no me va a gustar? ¿No irás a decirme que Eloise está embarazada otra vez?

Eloise Jennings, que vivía en la casa gris de estilo Cape Cod de enfrente, en la esquina en diagonal con los Swanson, tenía cuatro hijos menores de ocho años, dos de ellos con pañales, y un jardín delantero lleno de triciclos de plástico de colores fluorescentes, piscinas infantiles y columpios. Eran niños antipáticos que gimoteaban todo el tiempo y aterrorizaban a las mascotas del vecindario, y que solían aparecer en la cocina sin que nadie los invitase, con los dedos en la nariz y buscando en el frigorífico. A Walter y a mí nos gustan mucho algunos niños, pero no en general, no como especie. A nadie en la calle le gustaban mucho los niños de los Jennings. Ni, a decir verdad, los Jennings en conjunto. La casa era el hogar de su familia. Habían sido personas de peso que habían muerto y dejado la casa a Semmes Jennings antes de que llegáramos nosotros. Semmes Jennings era corredor de bolsa en el centro, y tenía modales de matón. Eloise había sido su secretaria.

—Probablemente —dijo Claire, lamiéndose la sal del labio superior—. Pero no es eso. Han vendido el terreno de los McIntyre y van a construir una casa en él.

—¡Oh, mierda! —me lamenté. No suelo hablar así, no como algunos de nuestros amigos, para quienes alguna que otra obscenidad es un hábito que no deja de tener una cierta gracia. No es que lo desapruebe, es que no lo uso mucho. Pero esto merecía un sincero «mierda».

—¿No es horrible? Sabía que a ti te sentaría peor que a nadie. —Claire no parecía compasiva; una de las cosas que me divierten de ella es su malicia sin malicia. Además, el terreno de los McIntyre no estaba al lado de su casa. Separaba nuestra casa de la de los Guthrie, a la izquierda, y siempre me ha encantado.

Es un terreno singular, con forma de una porción de tarta, más ancha en la parte trasera y que se estrecha hasta una punta por el lado de la calle. Tiene —o tenía— una cresta empinada longitudinal, como una columna vertebral, poblada de árboles de madera dura y madreselva y altos y viejos rododendros silvestres. Es un terreno bastante llano, que se detiene más o menos alineado con nuestro patio trasero, y un arroyo lo atraviesa paralelo a la calle y lo divide claramente en dos mitades. El mismo arroyo serpentea por nuestro patio delantero y se sumerge bajo la calle, por una alcantarilla, para resurgir en el pequeño parque que divide la calle. Dadas su estrechez y falta de profundidad, debido a la cresta y el arroyo, siempre nos había parecido que nadie podría construir una casa allí. De hecho, había estado a la venta al mismo tiempo que nuestra casa, y no la habíamos comprado sobre todo porque, en la calle, todo el mundo nos aseguraba que varios arquitectos, uno tras otro, habían estudiado el solar y declarado que era imposible encajar una casa en él de forma satisfactoria.

Había quedado sin vender. En nuestro barrio del centro era un oasis de verdor silvestre y oscuro, luminoso en primavera por las blancas flores del cornejo, la madreselva y el rododendro, que daba la sensación de estar enclaustrado en un refugio de montaña a pesar de que nuestra calle está a solo una manzana de una de las principales avenidas de la ciudad. Las ventanas de nuestro dormitorio daban al terreno, al igual que el dormitorio de arriba, que estaba vacío y que yo pensaba convertir en despacho cuando dejara la agencia. En el piso de abajo, la cocina y la sala de desayunos se asomaban a su apacible masa a través de antiguas y valiosas puertas acristaladas. Fuera, nuestro patio daba al terreno. Los lugares, en resumen, donde vivíamos, donde pasábamos la mayor parte del tiempo. Aunque los Guthrie estaban al otro lado de la cresta, yo podía moverme libremente y sin restricciones en aquel lado de la casa en camisón, o sin nada, si me daba la gana. Tengo afición a ello, aunque me da un poco de vergüenza. Me gusta sentir el aire en el cuerpo. Me encantaba el murmullo intenso del arroyo, la cercanía del bosque, las ardillas, los pájaros, las ardillas listadas y, de vez en cuando, las zarigüeyas y los mapaches que correteaban por allí. Sabía que Virginia y Charles Guthrie adoraban el terreno por las mismas razones que nosotros. Son, como la mayoría de los que vivimos en esta calle, personas que aprecian el espacio, la vegetación y la intimidad. El terreno era un amortiguador, una nota ornamental. Cualquier casa del lugar, cualquiera en absoluto, no importa lo bien hecha que estuviera, miraría directamente al centro de nuestra vida. Por muy cuidadoso que fuera el arquitecto, los árboles desaparecían.

—¿Estás segura? —pregunté—. Ha habido un millón de rumores sobre casas que se iban a construir allí desde que llegamos, y todos se han quedado en nada. Todo el mundo dice que no es posible construir en ese sitio. Martin Sawyer, ese arquitecto tan bueno que es compañero de tenis de Walter, dijo que no se puede. ¿Quién te lo dijo? No hay cartel de inmobiliaria. Oímos que la vieja señora McIntyre lo retiró del mercado cuando no se vendió; eso fue cuando nos mudamos.

—La vieja señora McIntyre se ha ido al lugar donde le tocaba ir, sea lo lúgubre que sea —dijo Claire—. Su hija, la que vive en Mobile, lo puso en el mercado. De hecho, la hija se lo vendió directamente a alguien de aquí a quien conoce. Y yo lo sé porque quien lo gestionó en el banco se lo contó a Roger.

Es probable que Roger se convierta en el próximo presidente del tercer mayor banco de la ciudad. A sus cuarenta y ocho años, lleva ocho como vicepresidente ejecutivo. Su abuelo fue presidente. Su tío es consejero delegado. Roger debía de saberlo.

—Bueno, eso no significa que puedan construir en él. Ya sabes lo que dicen los arquitectos.

—Hay uno que dice lo contrario. Roger tampoco lo creía, así que lo comprobó, y dice que ya hay planos, bocetos, alzados, todo ese follón. Dice que se puede hacer; ha visto los planos. El arquitecto es una joven promesa procedente de una de esas escuelas de arquitectura del este; quiere meternos a todos en House Beautiful. Es muy contemporánea, por lo que dice Roger, una casa realmente bonita, si te gustan ese tipo de cosas. Sé que a ti no te va, pero a menudo he pensado que todo ese espacio abierto y la luz y esas cosas... Bueno, de todos modos está en marcha, y muy pronto. Están ansiosos por ponerse manos a la obra.

—Maldita sea, Claire. Eso va a significar excavadoras y motosierras y polvo rojo y barro rojo y hombres por todas partes; tendrán que aplanarlo. Tendrán que derribar árboles ¿Quiénes van a venir, lo sabes?

—No. Excepto que son una pareja muy joven, y el padre de ella les regaló el terreno y la casa para el futuro bebé. Sí. Embarazada y con un padre rico. Sé que ella lo llama Buddy y él la llama Pie. Roger lo supo por la persona que cerró la venta.

—Dios mío. Buddy y Pie y las excavadoras y el bebé, que hacen tres. ¿Sabes?, casi me dan ganas de mudarme. De verdad.

—No. —El rostro ancho y bronceado de Claire estaba serio; la suave malicia había desaparecido—. Esta casa y esta calle son perfectas para ti y para Walter, Colquitt. Encajáis aquí como si estuvierais destinados a vivir aquí, desde el primer momento. Tú... la haces mejor, sobre todo para Roger y para mí. Cuelga unas cortinas y empieza a llevar ropa... Oh, sí, ya sé que ahí dentro corres desnuda como un arrendajo. No, no voy a decirte cómo lo sé. Yo también lo haría si no tuviera tres maníacos sexuales adolescentes y al viejo Birdsong en la puerta de al lado y tuviera un cuerpo tan bonito como el tuyo. Cuelga unas cortinas y aprieta los dientes, y mientras tanto dame otra copa, que luego me tengo que ir a casa. Puede que incluso te guste la casa, y supongo que existe la posibilidad de que te gusten Buddy y Pie. ¡Por Dios! Pero, aunque no te gusten, no vale la pena mudarse. No es más que una casa.

Cuando se marchó, me acabé el cóctel aguado de la jarra y subí, un poco mareada por el vodka y la consternación, a darme una ducha. El cuarto de baño que conecta nuestro dormitorio con la habitación destinada a ser mi despacho es espacioso, y los árboles del terreno de McIntyre, junto con los helechos que he colgado en las altas y antiguas ventanas, le dan a la habitación una luz ondulante, verdosa, como submarina, que siempre me ha encantado. Me hace sentir como una sirena, húmeda y sinuosa, acicalándose en su propio elemento. Nunca había habido cortinas; nunca las habíamos necesitado. Las habitaciones daban directamente a las copas de los árboles. «Voy a odiar cualquier cortina que ponga —pensé, mientras me secaba con la toalla—. No importa si son Porthault y cuestan un dineral, las odiaré».

Me puse unos pantalones blancos y una camiseta y bajé, descalza, a la cocina a preparar una ensalada. La comeríamos con la mitad de la quiche de cangrejo que había hecho para el almuerzo del domingo y que había congelado. Metí una botella de chablis en el congelador, hice una nota mental para sacarla al cabo de media hora, y luego, por impulso, metí un par de copas en el congelador y preparé una jarra de martini con el vodka ruso que Walter había traído, suave, sedoso y delicioso. ¿Por qué no? ¿Por qué no, pues? Es viernes. Se acerca el fin de semana. Un largo, perezoso y dorado fin de semana. Brindemos por eso.

«Brindamos, amigo mío, hasta el fin...».

Pero qué lúgubre es usted, señora Colquitt Hastings Kennedy, que sorbe martinis y llora por un pedazo de tierra que ni siquiera es suyo, me dije. Pero lo es, me respondí. Es más mío de lo que nunca será de ellos, de esos espantosos Buddy y Pie sin rostro, y de su horrible bebé sin rostro. Miré por la ventana de la cocina hacia el trozo de tierra que no me pertenecía, asentado en la verde y cada vez más profunda oscuridad que parecía brotar de la misma tierra. Mi minimontaña.

Los faros del Mercedes cruzaron la cocina, se detuvieron y se apagaron. Oí el agradable y contundente ruido metálico de la puerta del coche al cerrarse y salí al porche trasero, con los gatos en los tobillos, para reunirme con Walter.

Aún no se habría enterado de lo de la casa de al lado.

2

Buddy y Pie no permanecieron sin rostro por mucho tiempo. Justo al día siguiente teníamos rostros, apellidos y genealogías casi intactas de ambos. Había sido un perfecto sábado de verano, uno de esos días azules y cristalinos que de vez en cuando se dan aquí a finales de agosto, cuando el calor húmedo y denso se disipa durante un breve espacio de tiempo y el aire presagia octubre. La noche anterior nos habíamos bebido la jarra de martinis, y otra más, y bastante más tarde nos comimos la quiche, sentados en la parte cubierta del patio y oyendo los grillos y la fantasmal disonancia nocturna de los saltamontes hoja, procedentes del bosque que hay detrás de nuestra casa y del terreno de McIntyre. Habíamos hablado de la futura casa, de lo que significaría para nosotros y para nuestra forma de vida, y Walter me había hecho sentir un poco mejor al respecto.

—Siempre hemos sabido que algún día podría ocurrir, Col —me había recordado—. No lo juzgues a priori