La cazadora - Armandina Castilla - E-Book

La cazadora E-Book

Armandina Castilla

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Beschreibung

En esta intrigante novela policíaca, seguimos la vida de una mujer que ha experimentado traumas desde su adolescencia, habiendo sido víctima de abuso. Llena de miedo, escapa de su entorno opresivo y se encuentra sola en un mundo desconocido. Sin embargo, su vida da un giro cuando entran en escena dos jóvenes que se convierten en sus protectores y hermanos elegidos, brindándole un sentido de pertenencia y seguridad que nunca antes había experimentado. A medida que la trama se desarrolla, la protagonista enfrenta altibajos en su vida, luchando por superar su pasado y encontrar un camino hacia la sanación. Pero justo cuando parece que ha encontrado cierta estabilidad, un episodio doloroso de su pasado resurge, desencadenando una serie de eventos que la llevan a tomar una decisión crucial. ¿Buscará justicia para poner fin a lo que ha sufrido? ¿O se entregará a la venganza para saldar cuentas pendientes?

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Seitenzahl: 508

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección: Lorena Mangieri

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Mansilla, Adriana Neli Armandina

La cazadora / Adriana Neli Armandina Mansilla. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

434 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-639-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Acción. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Mansilla, Adriana Neli Armandina

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Agradecimientos

A mis hijos: Antonela, mi Luna; Giuliano, mi Sol.

A mis capullitos: Agostino, mi asistente incondicional; Lorenzo, mi distracción.

A Luis, por su apoyo y paciencia.

A mis hermanos, mis primeros lectores: Silvia, Kuka, Sonia, Vivi, Clau, Néstor y Mariela.

A Nany: mi hermana de la vida, que me alentó.

A Marlene Fernández, por intentar amigarme con la tecnología.

Y en el cielo: a mi amada Madre y a mi amado hermano Fabián.

Armandina Castilla

Prólogo

Cuando somos niños, tenemos a alguien que nos protege, que nos cuida y vela por nosotros, nos abriga, nos alimenta y nos ama. Pero no siempre es suficiente.

Muchas veces, somos acosados desde pequeños y tenemos que estar alertas, porque, adonde vayas, habrá un pene malo, acechando para hacerte daño, con un solo fin: satisfacer su maldad y deseo perverso.

La cazadora

Capítulo 1

Esta es la historia de una mujer que, siendo adolescente, conoció la maldad de un pene malo que cambió su vida para siempre. Corría el año 2015, en el pueblo de Belmont, Boston, en el estado de Massachusetts, Estados Unidos.

Elle era una muchacha inquieta, traviesa y divertida. Su sonrisa blanca le iluminaba el rostro, y sus ojos grandes bailaban con su mirada algo tristona.

Le gustaba volver a casa en el autobús escolar, vivía cerca, y, mientras regresaba, observaba los fresnos rojos, que se movían al compás del viento, trayendo un aroma a tierra húmeda. Siempre se distraía mirando los pájaros cantar o cuando estos bajaban a algún charco a beber agua. Iba con su mochila en los hombros, cargada de libros, sueños e ilusiones.

Vivía con su madre, Clara, su hermana, Karen, y su padrastro, Hernán. Tenían una casa sencilla y cómoda, con frente de ladrillos rojos y un jardín hermoso.

Hernán no era su padre, pero las quería, cuidaba y protegía a ambas.

Solían salir los domingos en el auto e iban a pescar. Su madre preparaba emparedados, y hacían pícnics en el césped. Se divertían los cuatro, hacían carreras o jugaban con la pelota.

Tenía una mejor amiga, Belinda. Con ella compartían el curso en el colegio y los secretos: cada una sabía de quién gustaba la otra. Tenían proyectos juntas y aventuras vividas de niñas.

Hacían pijamadas como excusa, para quedarse hasta tarde, escuchando música, practicando pasos de baile o maquillándose, mientras soñaban que eran modelos de pasarela o alguna actriz famosa.

Algún sábado a la tarde, iban al centro comercial a tomar un helado o al cine, a ver una película romántica, o se quedaban frente a las vidrieras, imaginando que podían comprarse todo lo que les gustara.

A Elle le gustaba un chico del colegio, de su edad, que se llamaba Benjamín, pero todos le decían Ben. La única que lo sabía era Belinda y siempre le hacía bromas al respecto.

Ben era un flaco desgarbado con acné y pelusas en lugar de bigotes, pero tenía una sonrisa seductora y una mirada dulce y pícara que enamoró a Elle.

Se veía florecer y sentía mariposas en la panza.

Se miraban en el recreo sin que nadie se diera cuenta. Ella se sonrojaba cuando él fijaba su mirada en ella y le regalaba una sonrisa. Su corazón galopaba como mil caballos y pensaba que eso era el amor. Por las noches, pensaba en él hasta quedarse dormida y deseaba con ansias que llegara el otro día, para volver a verlo.

Por esos días, se estaba organizando el baile de graduación. Y estaban todos entusiasmados. Las chicas comentaban qué se pondrían esa noche, y los muchachos, cómo hacer para ingresar alcohol y marihuana.

Fueron con Belinda a comprarse ropa para esa noche, era toda una aventura. Se probaron de todo en cada tienda del centro comercial.

Belinda se compró un vestido azul con brillos y un par de zapatos negros de charol. A Elle no le gustó nada de lo que vio.

Ya estaban cansadas y no encontraban algo que le gustara, hasta que en una vidriera Elle encontró lo que quería: un vestido de encaje rosa, con un lazo ancho al tono, que marcaba su figura. Le encantó. Y también se compró unos zapatos plateados.

Ya tenían lo más importante, la ropa y el calzado. Ahora tenían que ver el peinado y el abrigo, porque estaba finalizando el otoño y ya comenzaban los primeros fríos.

Su madre le dio una gargantilla plateada que había usado cuando se graduó. Elle se emocionó. Y también le prestó un tapado de lanilla blanca, con los bordes de piel sintética.

Como su madre trabajaba en el hospital en el turno noche, porque era enfermera, Hernán la llevaría al baile.

Se bañó, se envolvió el cabello con una toalla, se puso crema en todo el cuerpo y comenzó a maquillarse. Se delineó los ojos, se colocó rímel y un brillo rosa muy suave en los labios. Se puso el vestido, ajustó el lazo en su cintura y se calzó los zapatos. Luego se soltó el cabello y lo peinó para atrás, todo suelto y lacio. Le robó un poco de perfume a su madre y se puso el tapado sobre los hombros.

Cuando bajaba las escaleras, Hernán se quedó mirándola.

—¡Guau! Eres tan hermosa como tu madre.

—¡¡Gracias!! Estoy muy nerviosa.

—Tranquilízate, todo saldrá bien.

Le ofreció el brazo, y ella se tomó de él, miró al cielo y agradeció por la noche mágica que viviría.

Subieron al auto. Ella iba callada, sintiendo el aire que entraba por la ventanilla con el aroma de la noche. Quería recordar todo para siempre, cada detalle.

—Estás muy callada, ¿en qué piensas?

—Pienso en cómo será esta noche, tengo muchas expectativas.

—No me digas que tienes novio y estás ansiosa porque lo verás.

—No tengo novio.

—¿Pero te gusta alguien?

Elle se puso incómoda y nerviosa, no sabía si contarle, tenía miedo de que la regañara.

—¡Hey! Puedes contarme, yo también tuve tu edad y es maravilloso tener diecisiete años. La vida es hermosa a esa edad, tienes el mundo para disfrutarlo. Vamos, cuéntame, prometo no contarle nada a tu madre, será nuestro secreto.

Elle se sonrojó y le contó tímidamente que gustaba de un chico del colegio y que se verían esa noche, por eso estaba nerviosa.

—¿Y ya se besaron?

—No, somos amigos, pero creo que esta noche sucederá, lo del beso, digo.

—¿Y sabes lo que pasa después del beso?

—No, ¿qué tendría que pasar?, ¿que ya seríamos novios?

Él siguió manejando, y ella se sentía avergonzada.

—Pero tienes que estar preparada, si no, te verá como a una niña inmadura y tonta y ya no le interesarás.

—Pero, ¿qué debo decir o hacer entonces? No quiero que piense que soy una mojigata.

—Te voy a explicar, porque te quiero y no me gustaría que te viera como una tontita, y deseo que disfrutes esta noche y siempre.

Estacionó el auto en una calle oscura, camino a la fiesta, y Elle se quedó mirándolo, esperando que le explicara qué debía hacer para seguir gustándole a Ben.

Hernán le corrió el cabello para un costado y comenzó a tocarle la oreja. Ella no entendía nada, pensó que le hablaría en secreto, sin embargo, lejos de decirle algo, le metió la mano en el escote, tocándole los senos. Intentó detenerlo, pero él la tomó del cuello y le dijo que se quedara quieta, si quería saber cómo tratar a un hombre.

—¡¡Déjame!! ¡Ya no quiero tener novio ni aprender nada!

Pero Hernán estaba como loco, tenía los ojos inyectados en sangre y la miraba con lujuria, y le rozaba con su lengua la comisura de los labios.

—Por favor, ¡nooo! Déjame, ¡me haces daño!

Luchaba con todas sus fuerzas para sacárselo de encima, pero él era más fuerte y no le daba tregua.

Le arrancó la ropa interior e intentó separarle las piernas. Ella se resistió, pero él logró meterle la mano en la entrepierna y con sus dedos hurgó en su intimidad.

—Basta, por favor, detente. ¡Me estás lastimando!

Lloraba y temblaba como una hoja, no podía defenderse, estaba agotada.

Sintió un dolor agudo y que algo duro había entrado con violencia en su cuerpo, desgarrándola.

Él se movía frenéticamente, lastimándola, mientras le besaba el cuello y apretaba sus senos con fuerza. Ella quería gritar, pero él le había tapado la boca casi hasta asfixiarla.

Exhaló fuertemente y dejó de moverse. El cuerpo de él la aplastaba y sentía náuseas. Se levantó de arriba de ella y se sentó en el asiento del conductor.

—No le cuentes a nadie, ¿entendiste? O mataré a tu madre y a tu hermana, ¿está claro?

Asintió con la cabeza, mientras el miedo se apoderaba de ella; no quería contradecirlo.

Él siguió manejando, mientras le decía que se arreglara la ropa y el cabello.

Ella sollozaba en silencio, con temor de que Hernán se enojara. Siguieron callados el resto del camino, que pareció una eternidad.

Cuando llegaron, ella bajó del auto como un rayo, dejando el tapado. Estaba tan nerviosa que no se dio cuenta.

Vio a Bel, que la esperaba en la puerta.

—Hola, ¿por qué te demoraste? ¡¡Estás hermosa!!

—Entremos, ya es tarde.

—¿Qué te pasa? ¿No estás emocionada? Te verás con Ben.

—Por cierto, tú también te ves hermosa. Voy al baño.

—¿Estás indispuesta? Tienes el vestido manchado con sangre.

—Creo que me vino, voy a fijarme y a limpiar el vestido.

Se metió en el baño y cerró la puerta con la traba, se arrodilló y comenzó a llorar desconsoladamente. Vomitó y siguió arrodillada, mirando al vacío, tratando de entender lo que le había sucedido. Era una pesadilla, un infierno. Esa debía ser su noche especial, sin embargo, alguien con pene malo había decidido destruir su inocencia, con toda la brutalidad de un ser maligno. Tomó su cuerpo como si tuviera derecho e hizo lo que quiso para saciar su instinto de bestia. ¿Cómo alguien podía creerse dueño de un otro indefenso y aprovecharse de su vulnerabilidad? Hacer tanto daño para satisfacer a su pene, que dominaba a su mente. Y, después, seguir como si nada, y además amenazando, como todo un cobarde, y ejerciendo poder sobre su víctima. Terminábamos siendo presas en la selva, acechadas por hienas que esperaban el momento para atacarnos.

Ella solo quería tener una noche especial con el chico que le gustaba, experimentar su primer beso, bailar y divertirse. Compartir y disfrutar el último día con sus compañeros y su mejor amiga. Y, al siguiente día, comentar todo lo vivido con alegría y recordarlo como lo mejor de la adolescencia.

Llamaron a la puerta. Elle se incorporó y se lavó la cara. Se limpió el vestido y se aseó como pudo. Salió del baño. Su amiga la estaba esperando con un vaso de cerveza.

—Vamos, los chicos nos están esperando.

No quería ver a nadie, menos a Ben, le daba vergüenza pensar que él podía darse cuenta de lo que le había pasado.

Se acercaron a la barra, donde estaban ellos, y se saludaron. Ben le dio un beso en la mejilla.

—Estás muy linda con ese vestido, y el cabello suelto te queda bien.

—Gracias, tú también te ves muy bien. Es bonita tu camisa.

Se miraron y sonrieron. Elle se sentía incómoda.

Ben la tomó de la mano y la llevó a la pista de baile. Estaban tocando una canción que les gustaba a los dos, pero ella estaba como un zombi, y se dejó llevar por él.

Bailaron un par de temas y salieron al jardín interno a tomar un poco de aire.

—Estás muy callada, no te voy a comer la lengua.

Ella lo miró asustada y le soltó la mano.

—¿Qué pasa?, ¿ya no te gusto?

—No es eso, hace calor.

—Vamos a esa fuente a refrescarnos un poco, ¿te parece?

La llevó hasta la fuente y se mojaron la cara.

—Está linda la noche, ¿no? Vinieron casi todos.

—Sí, está muy linda —dijo, mientras caminaba hacia un banco que estaba cerca. Se sentó y él la siguió. La besó suavemente en los labios y la miró diciéndole:

—Me gustas mucho.

Elle no dijo nada, solo lo miró mientras una lágrima cristalina recorría su mejilla.

—¡Hey, linda! ¿Tanto te emociona un beso?

—Es mi primer beso, nunca tuve novio.

—¿En serio? ¿Nunca tuviste novio? Me encanta ser tu primer novio y ser el primero que te besa. ¿Te parece que seamos novios?

Elle le devolvió el beso, suave, rápido, pero dulce.

—Vamos debajo de ese árbol a conversar un poco.

Caminaron unos metros hasta un frondoso árbol de tilo, se sentaron en el césped y se apoyaron contra el tronco leñoso. Corría una brisa fresca que hacía bailar a las hojas amarillas, con un aroma sutil que le encantaba. No sabía si contarle lo que le había sucedido en el trayecto a la fiesta, temía que no le creyera, se desencantara y no quisiera estar más con ella.

Él le ofreció de su vaso de cerveza, y ella bebió como si tuviera mucha sed. Cerró los ojos y él volvió a besarla, esta vez más apasionadamente. Ella le respondió con otro beso igual de apasionado. Comenzó a sentirse mareada y pensó que era porque no estaba acostumbrada a beber alcohol.

Abrió los ojos, pero no podía fijar la mirada. La cabeza le daba vueltas y se sentía flotar en el aire. Escuchaba muy lejana la voz de Ben, y se desmayó.

Cuando se despertó, era de día. Estaba acostada sobre un colchón mugriento. Trató de incorporarse, pero no pudo, le dolía todo el cuerpo y sentía que la cabeza le explotaba. Tuvo náuseas y se vomitó encima.

Miró alrededor y se dio cuenta de que estaba en la vieja cancha de básquet abandonada donde a veces iban los chicos a beber y a fumar, y también las parejitas a estar tranquilos, sin que nadie los juzgara, para amarse libremente.

No recordaba nada de la noche anterior, ¿cómo había llegado hasta allí?

Tenía muy presente lo de Hernán. Después estaba en el baile con Belinda, luego con Ben debajo del árbol, la cerveza, el mareo, algunas voces y risas y nada más.

Se miró el cuerpo y vio sus brazos y piernas llenas de hematomas y mordeduras, y la entrepierna mojada y con sangre.

—¿Qué pasó? ¡Dios mío!

Estaba confundida y desorientada. Se levantó como pudo, tambaleándose. Se sentía débil y entró en pánico. Comenzó a caminar muy despacio, porque se sentía como apaleada. Buscó la salida. Estaba desesperada, no comprendía por qué se encontraba en ese estado. ¿Quién podría haberle hecho eso con tanta saña?

Apareció un chico de la nada a medio vestir. Elle se asustó y tomó un palo para defenderse, por si él quería hacerle daño.

—¡Qué linda noche nos regaló Ben! La pasamos bien, aunque no saliste gratis. ¿Sabes que nos mintió? Nos dijo que eras virgen. ¡Qué putita mentirosa, mosquita muerta!

—¿De qué estás hablando? No te entiendo.

—Pregúntale a tu novio, él organizó todo.

—¡Estás mintiendo! ¡¡Ben no haría algo así!!

—Ya te dije, pregúntale a él. A mí no me reclames, yo pagué por el servicio. ¿Sabes que tienes un culito hermoso? Te resististe bastante, ¡pero igual lo disfrutamos!

Elle salió corriendo, tratando de alejarse de esa pesadilla, ¡no podía ser cierto!

Lloraba porque no podía creer en las palabras de ese muchacho, estaba mintiendo.

Pero, entonces, ¿cómo se explicaban los hematomas y mordidas en todo su cuerpo?

¿Cómo fue que llegó hasta allí? ¿Qué le hicieron? ¿Acaso Ben había puesto algo en su bebida?

No, Ben no le haría tal cosa, jamás. ¿O sí?

No se animaba a volver a su casa, temía que su madre no le creyera o que Hernán les hiciera daño, como se lo había prometido si les contaba.

Fue corriendo hasta la casa de Belinda, a lo mejor ella sabía algo.

Golpeó la puerta y esperó, nadie atendía. Insistió nuevamente y nada. Cuando estaba por retirarse, se corrió la cortina de la ventana y se asomó Bel, que la miró a través del vidrio con cara de enojada.

—Bel, tienes que ayudarme, no sé qué pasó anoche, no recuerdo nada, estoy confundida. No entiendo nada. Aparecí en la vieja cancha de básquet, ¡no sé cómo llegué hasta ahí! Estoy toda lastimada.

—No te hagas la inocente. ¡Tú sabes bien lo que hiciste!

—Yo no hice nada. Es más, no recuerdo nada. Tienes que ayudarme, ¡eres mi amiga y te necesito! Por favor, ¡estoy desesperada y desorientada! ¡¡Ayúdame!!

—¡Cómo nos engañaste a todos con tu imagen de niña correcta! ¡Anoche te convertiste en una cualquiera, mostrando tu lado obsceno y libertino!

—¿De qué estás hablando? Tú me conoces mejor que nadie, ¡yo no soy así! Me pusieron algo en la bebida, seguramente, porque no recuerdo nada de nada.

—¿Ahora te defiendes culpando a otro? ¡Nadie te obligó a hacer lo que tú no querías!

—Tienes que creerme. Por favor, no tengo a nadie. No quiero volver a mi casa. Anoche, antes de llegar al baile, Hernán abusó de mí, ¡fue horrible!

—¡¡Basta!! Lo que faltaba, sigues culpando a otros de tu irresponsabilidad. ¿Cómo te atreves a decir una cosa tan grave de Hernán? Cuando él fue un padre para ti, te cuidó siempre y ahora quieres desprestigiarlo con tus mentiras para salvarte, ¡eres una descarada!

Salió la madre de Belinda y le dijo que se retirara de su casa, que ya no era bienvenida.

—Y aléjate de mi hija, no eres buena compañía para ella, solo una mala influencia.

Le cerró la puerta en la cara, y Bel corrió la cortina, cubriendo la ventana.

Elle se quedó parada, sin hacer nada. Se sentía avergonzada por la situación. No comprendía, Bel era su mejor amiga, y la madre siempre había sido amorosa. Y ahora la veían como una lacra.

Miró al cielo y le pidió a Dios que la protegiera y la ayudara, y que no la dejara desamparada.

Caminó sin rumbo, llorando como una niña desprotegida, sin saber adónde ir. No tenía más ropa, ni abrigo, ni dinero.

Llegó hasta un parque. Se sentía agotada, ya era el atardecer. Se sentó en un banco y lloró de nuevo.

Se apretaba los dedos con desesperación, no sabía qué hacer. Entonces, comenzó a correr una brisa fría que la hizo estremecerse. El cielo se puso negro: pronto habría una tormenta, se sentían los truenos y se visibilizaba un relámpago a lo lejos.

Estaba sola, con frío y con hambre. Buscó un periódico en el cesto de basura, para protegerse del frío. Se acostó en el banco, acurrucándose en posición fetal, y se cubrió con el papel. Se quedó mirando al vacío, con la mente en blanco. Estaba muy cansada de caminar, y se durmió.

La despertaron las gotas de lluvia que caían y golpeaban como agujas. Se asustó, no recordaba dónde estaba. Se incorporó y se dio cuenta de que estaba en el parque.

No tenía a nadie y, de ahora en más, era ella sola. Debía cuidarse y protegerse, pero no sabía cómo hacerlo. Pensó en su madre y hermana, en su cama cómoda, pero no volvería a la boca del lobo, después vería cómo contarle a su madre.

Miró hacia el cielo. La lluvia se hizo intensa y el viento silbaba entre las ramas de los arces y los fresnos; parecía una melodía triste. Estos se movían como si bailaran descoordinados.

Ya era de noche, no había nadie. Sintió temor y se fue rápido del parque, debía encontrar un lugar donde refugiarse.

Caminaba rápidamente, mientras la lluvia la envolvía y la empapaba. El agua corría por su cuerpo, tirándole el vestido hacia abajo; los zapatos, llenos de agua, se le salían. Era dificultoso seguir adelante. No podía ver bien, la cortina de agua era espesa y abundante, pero no la amedrentó, siguió como pudo. Pero era imposible controlar el frío. Por la manera en que temblaba, parecía que estaba convulsionando.

Llegó hasta una avenida iluminada y se sintió más tranquila. La lluvia estaba cesando. Vio que estaba cerca de la estación de subte, y fue hasta allí. Entró a la sala de espera de los pasajeros y se sentó en una butaca. Algunos la miraban raro, por el aspecto que tenía, pero la mayoría no la notó.

Sintió olor a comida y se dio cuenta de que tenía bastante hambre por el ruido que hacía su estómago. Se acercó a un puesto de hamburguesas y buscó restos en las mesas. Un camarero se le arrimó y le dijo al oído que se retirara y fuera a pedir limosna a otra parte.

—Solo quiero algo de comida y no tengo dinero, ¡por favor! Puedo limpiar las mesas y así le pago.

—¡Lárgate!

Se sintió humillada y se marchó.

Siguió recorriendo todo el lugar, pero, cuando se acercaba a algún puesto, la miraban con cara de pocos amigos.

Llegó hasta una escalera que llevaba hasta el subsuelo, no se animaba a bajar. Se veía oscuro y no sabía con qué se encontraría en ese lugar. Siguió dando unas vueltas más, pero ya estaba cansada, y decidió bajar.

Cuando bajó, encontró gente de lo más extraña: había una fogata en un tacho grande y un hombre barbudo estaba calentándose las manos; también vio a una mujer vieja, apoyada en la pared, que se rascaba la cabeza y se sacaba los piojos. Tenía puestas medias de distinto color.

Una chica toda sucia y despeinada se le acercó y la miró de arriba abajo. Era más o menos de su edad.

—Y tú, ¿qué haces aquí a esta hora? ¿Te perdiste?

—No tengo adonde ir.

—Bueno, ya somos varios. Ven, acércate al fuego, estás mojada, te vas a enfermar. ¡Toma! Ponte este abrigo, yo tengo otro.

—¡Gracias!

Le ofreció un trago de vodka barato, pero Elle lo rechazó.

—Te aseguro que, para pasar una noche fría, es mejor calentarse un poco con un trago fuerte.

—Más bien tengo hambre, busqué comida pero no encontré. Me sacaron casi a las patadas de los puestos.

—Vamos, yo te mostraré cómo conseguir comida sin pedir y sin pagar.

—Ahora te acepto el trago.

Bebió un sorbo y se ahogó; comenzó a toser y la chica se rio.

—Se nota que eres novata. Deberás acostumbrarte si quieres sobrevivir.

—La verdad es que tengo que aprender mucho de la vida.

—Para eso tendrás tiempo, ahora vamos a buscar comida que yo también tengo hambre.

Se fueron a recorrer los contenedores de basura de los restaurantes cercanos.

Encontraron media hamburguesa con papas, que todavía estaban tibias, y, en otro lugar, una bandeja de espaguetis a la boloñesa sin abrir: la recogieron y también hallaron una lata de gaseosa a medias.

—Bueno, ya tenemos la cena, ¿qué te parece?

—No sé qué decir. ¿Estará en buen estado?

—No lo sabremos hasta probar.

—Prueba tú primero —dijo Elle.

Carla le dio un buen mordisco a la hamburguesa y le dijo:

—Mmm, está buenísima. ¡Prueba!

Elle la saboreó como si nunca hubiera probado una.

—Sí que está buena, o es el hambre que tengo.

Comieron las papas también y luego atacaron la bandeja de espaguetis, con las manos.

Tomaron la gaseosa que quedaba en la lata. Y se fueron caminando en la oscuridad de la noche.

Iban calladas, y Elle pateó la lata vacía, como si fuera una pelota, y miró a Carla. Las dos comenzaron a correr para alcanzarla primero y ver quién pateaba más lejos.

Hicieron eso como dos cuadras, hasta llegar al parque. Allí se detuvieron a descansar. Se recostaron en el césped, mirando el cielo, mientras recuperaban el aliento.

—Por cierto, yo soy Carla.

—Elle, encantada.

Se miraron y se rieron a carcajadas. Ya habían vivido una aventura y ni siquiera sabían sus nombres, eso las hizo reír.

—Y tú, ¿por qué vives en el subte?

Y Carla le contó su historia, como si no le afectara, pero, en la voz, se sentía cierto reproche hacia su familia.

—¿Qué te puedo decir? Siempre fui una chica rebelde, desde niña. Tenía malas compañías, me escapaba de noche y me iba al club a beber y a fumar marihuana con mis amigos, y a escuchar un poco de música. Una noche, cayó la policía y se armó un revuelo tremendo. Todos salieron corriendo, menos yo. Estaba tan ebria y drogada que no me enteré de nada hasta que me arrestaron. Llamaron a mis padres, para que se presentaran y dieran cuentas por mí. Les dijeron que mis cargos eran resistencia a la autoridad en estado de ebriedad y un alto grado de drogas en mi cuerpo. Por supuesto que la resistencia y el alto grado de drogas era mentira, solo había fumado marihuana.

—¿Y qué hicieron tus padres?

—Muy sencillo, dijeron que estaban cansados de mi comportamiento, que jamás obedecía y que siempre hacía lo que quería, sin importar que me castigaran; que no era la primera vez que pasaban por esto, que ya no podían hacerse cargo de mí, porque tenían a mis hermanos menores, a quienes debían proteger de mi mal ejemplo. Y que preferían que servicios sociales se encargara de mí.

—¿Y entonces qué pasó?

—Me enviaron a un hogar sustituto, con una madre a cargo, que me odió desde el principio, y un padre abusador. Esa vieja bruja me maltrataba, me hacía limpiar, lavar y cocinar y, si algo no le gustaba, me agarraba con el palo de escoba y me dejaba sin comer dos días. Me decía que me tenían por el dinero que les daba el Estado y que no servía para nada.

—¡Dios! ¡Qué terrible! Debes haber sufrido mucho.

—¿Sabes que no? Solo me hacía más fuerte y entendí que, en esta vida, estás sola para defenderte y cuidarte. Mi “papá” era otra cosa. De noche, se metía en mi cuarto para hacerme cariño y consolarme por el maltrato de su esposa. Yo, al principio, le creí, hasta que empezó a tocarme las partes íntimas y a preguntarme si ya tenía vello o si ya menstruaba. Jamás se excedía de eso, pero yo sabía que cualquier noche me iba a hacer algo, entonces tomé un cuchillo de la cocina y lo escondí debajo de la almohada… Cuando llegó la noche, lo estaba esperando. Estaba aterrorizada, pero no iba a permitir que abusaran más de mí, ni él ni ella.

—¿Y entonces qué pasó?

—Vino hasta mi cuarto, como todas las noches, para acariciarme y consolarme, y estaba ebrio. Yo le pedí que se fuera, que estaba muy cansada, pero él estaba insistente y más agresivo que de costumbre. Se arrojó sobre mí, intentando sacarme la ropa interior, entonces saqué el cuchillo y se lo clavé hasta el cabo, en el hombro. Eso lo enojó mucho y me dio una bofetada que me hizo sangrar la boca y la nariz. Me arrastró de los pelos por la habitación y me llevó hasta el comedor, mientras me gritaba.

—¿Y qué te decía?

—“¡Puta desagradecida! Con todo lo que hicimos por ti, ¿así nos pagas? Vete de esta casa, ¡eres una perra maldita!”. La mujer me tiró la poca ropa que tenía a la calle, diciéndome que era una putita provocadora y que me largara ya, mientras se acercaba al marido para verle la herida. Y así, de la noche a la mañana, estaba en la calle, sola y desamparada, sin un centavo. Caminé toda la noche, sin saber adónde ir, y llegué a la estación de subte. Ahí conocí a un muchacho que me rescató y me ayudó a sobrevivir en esta selva. Y ahora es mi mejor amigo, ya lo conocerás.

—¿Y son novios?

—¡No! Él es mi ángel salvador, me enseñó a buscar comida, cigarrillos, sin pagar nada. Y a pasar desapercibida cuando es necesario.

—Es un buen amigo, entonces.

—¡Sí lo es!

Y se quedó mirando al vacío y una lágrima cayó detrás de la otra. Elle la abrazó y le dijo:

—Ya no estarás más sola, nos cuidaremos la una a la otra, no te dejaré. Ahora llora y desahógate, sácate toda la mierda que tienes adentro. Ya nadie te hará daño.

Y se quedaron abrazadas un rato, conteniéndose ambas. Eran solo dos muchachas que habían tenido la desgracia de conocer un pene malo, que buscaba saciar su deseo maligno y perverso.

Se levantaron, ayudándose la una a la otra, y fueron caminando de la mano hasta la estación. Bajaron la escalera que llevaba hasta el subsuelo y se acercaron a la fogata, para calentarse un poco.

Un muchacho flaco y alto se les acercó e increpó a Carla.

—¿Dónde estabas? ¡Me tenías preocupado! ¡Ya sabes que no debes andar sola por ahí tan tarde!

—Te presento a Juan, mi mejor amigo. Ella es Elle.

—¡Hola! ¡Un gusto! Carla me habló mucho de ti.

—Espero que hayan sido cosas buenas las que te contó.

—¿Y qué podría decir de ti más que eres hermoso y protector, y que me cuidas siempre?

Lo abrazó, colgándose del cuello y hablándole como una niña. Juan se rio y le ofreció un cigarrillo de marihuana que estaba fumando, Carla dio una pitada profunda, conteniendo el humo y exhalando suavemente. Elle observó cómo perdía la mirada y bailaba, alejándose de ellos. Se apoyó contra la pared y cantaba una melodía triste, y se quedó así, en su mundo, disfrutando la sensación que le brindaba esa bocanada de humo.

Juan le preguntó a Elle cómo había llegado allí.

—Larga historia. Ya te la contaré. ¿Y tú?

—¿Ves esta gente que está aquí? Son los marginados, los que no tienen hogar, los que están fuera del sistema y a nadie le importa, pero acá es distinto, somos como familia, nos cuidamos entre todos, nos ayudamos, compartimos los cartones en las noches para protegernos del frío, y más que nada compartimos la soledad. Todos han perdido algo o a alguien, tienen el corazón triste, y solo sobreviven cada noche, esperando no despertar al otro día y tener que sufrir el abandono, ya sea por elección o no. Deseando que la muerte les arrebate el dolor que tienen en el alma. Algunos encuentran en la bebida un poco de consuelo, otros en la droga, pero la mayoría solo espera que la parca los busque y ya no sufrir más.

—¡Qué triste todo!

—Es la vida, que a veces te arrebata todo lo que tienes y te deja desnuda el alma. La gente mal intencionada, que hace daño y no le importa nadie. Esa gente inescrupulosa te arroja a sitios como este, y ellos siguen su vida normalmente. Entonces, aunque seas un niño o no, debes aprender a defenderte, a cuidarte y a vivir, o, mejor dicho, a sobrevivir.

Elle lo miraba y escuchaba atentamente, y sabía que tenía razón. Ella ahora era uno de ellos. Estaba sola y debía aprender a subsistir en este mundo injusto, donde los débiles eran aplastados por los que tenían poder, ya sea por dinero o por fuerza.

—No te sientas mal, al principio es duro, pero uno se acostumbra y aprende a sobrellevar el dolor y la necesidad.

—No sé si podré

—Te aseguro que sí, y no estarás sola, Carla y yo te enseñaremos cómo hacerlo y nos cuidaremos los tres.

—¡Gracias! Me sentía tan sola, jamás hubiera pensado que en un lugar tan lúgubre encontraría gente solidaria y empática con el dolor ajeno.

—No me agradezcas, todos estamos en la misma situación y nos entendemos. Cada uno tiene una historia dura y dolorosa, no creo que nadie esté por gusto.

—¡Tienes razón! Todos llevamos una mochila pesada en las espaldas.

—Te contaré mi historia, si no estás abrumada con todo lo que ya te dije.

—Cuéntame, por favor.

—No es nada del otro mundo: soy hijo de una madre alcohólica y sometida y de un padre golpeador. Era un infierno. De vez en cuando, yo también la ligaba, y mi madre no hacía nada, solo se refugiaba en la bebida. Un día, mi padre estaba como loco y comenzó a pegarle a mi madre, con tanta violencia que se desmayó, y yo, que estaba parado, mirando la situación, lo miré con furia y agarré un bate de béisbol y se lo rompí en la espalda. Él cayó revolcándose del dolor y yo aproveché para subir a mi cuarto, agarrar mi mochila y meter un par de prendas. Tomé mi celular, le robé un par de billetes y me escapé. Deambulé un par de días y llegué hasta aquí. Me escondí, pensando que me buscarían, pero eso no sucedió. Y fue pasando el tiempo y me di cuenta de que ya no tenía a nadie a quien le importara si estaba vivo o muerto, y empecé a moverme por todos lados sin ocultarme y a vivir lo que me tocaba. Ya hace dos años que estoy acá.

—¿Y cómo haces para aguantar? ¿No extrañas una cama limpia o una comida caliente?

—Eso es un lujo, y no es imprescindible. Te vas acomodando con lo que tienes y te acostumbras. No es el fin del mundo. Ya lo sabrás.

—¡Qué dura es la vida cuando estás acostumbrada a tener todo y, de repente, no tienes nada! Quedas despojada de todo lo que creías seguro, que se esfuma en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Ni me lo digas! Lo que más extraño yo es el desayuno, porque mis padres se iban a trabajar y la casa quedaba para mí solo. Y sentía una paz, porque no tenía que presenciar las peleas y golpizas. Y a ti, ¿qué te trajo por acá? No pareces haber sufrido tanto. Estás bien cuidada, al margen del aspecto que tienes ahora.

Carla se acercó en ese momento, ya despejada de su relax, y se unió a la conversación.

—Bueno, ahora que están los dos, les contaré mi experiencia.

Se sentaron alrededor del fuego, como si estuvieran en un campamento por escuchar cuentos de terror.

—No hace mucho tiempo, yo era una adolescente feliz, con sueños y proyectos, que vivía una vida tranquila y sencilla, iba al colegio, tenía una mejor amiga con la cual compartíamos todo, un chico que me gustaba, una madre amorosa, una hermana traviesa, pero dulce, y un padrastro que siempre demostró que me quería. Hasta que llegó la noche de graduación, mi noche mágica, donde todo sería perfecto y disfrutaría, como todos los demás, del último baile, pero el más importante.

—¿Ese vestido que llevas puesto es el que usaste esa noche? —preguntó Carla.

—Sí, eso fue apenas hace veinticuatro horas. Me preparé para el baile: me sentía una mujer, vestida y maquillada como una actriz, con zapatos con tacones. Estaba emocionada, me miré al espejo y me di cuenta de que había crecido, ya no era una niña.

Mi padrastro se ofreció llevarme, pero, antes de llegar, abusó de mí. Yo, que era su niña protegida, y él solo estaba aguardando con paciencia a que me viera como mujer para aprovecharse de mi inocencia, de mi vulnerabilidad, para hacerme daño y lastimarme, disfrutando de su poder de hombre. Se dejó dominar por su pene, que controla su mente perversa. Y, de repente, pasé de ser una niña protegida e inocente a un objeto de deseo malvado de quienes se creen con derecho sobre tu cuerpo, que no conocen la palabra no y que solo quieren saciar su hambre de sexo; que se creen machos dominantes, y con la convicción de decidir sobre tu vida.

»Somos presas de la perversión de alguien que demuestra ante la sociedad ser correcto, un buen ciudadano, servicial, atento y solidario, pero, cuando tienen la oportunidad, muestran su lado oscuro y demoníaco, para quitarte todo lo bueno de tu vida. Y luego de descargar su ira y bestialidad primitiva y desahogar su deseo en tu cuerpo, te desechan, como un pedazo de nada, y siguen con su vida normal, no sin antes amenazarte, como cobardes, de que no digas nada, si no, matan a tu familia, y uno, con todo el temor y dolor del mundo, les cree. Y te sometes a su voluntad, pensando que, si cuentas algo, les pasará algo malo a quienes quieres.

»Quedas a la buena de Dios y, cuando crees que el chico que te gusta te salvará, te entenderá y te protegerá, te droga y él y un par de amigos hacen lo mismo: te violan entre varios, mientras estás inconsciente y no puedes defenderte. Hacen de tu cuerpo lo que les place, dejando volar su imaginación salvaje y morbosa, concretando sus más bajos instintos. Y luego vuelven a ser los chicos traviesos, pero buenos. Y tú te quedas con toda la humillación, avergonzada y con culpa, creyendo que tú lo provocaste, y no te das cuenta de que no hiciste nada, que los tipos de mente maligna y “penes malos” creen que son dueños de ti, cuando ellos lo deciden o el deseo incontrolable los domina, y te quedas como un pequeño animal asustado, buscando protección, y todos te rechazan como si fueras una paria, pero esperas que en algún lugar te acepten y te cuiden.

»Y los conocí a ustedes, pasó todo muy rápido, como en una película, pero agradezco haberlos encontrado, porque ya no me siento sola. Y sé que entienden lo que me pasó, porque vivieron lo mismo, porque, siendo inocentes, nos dejaron solos, sin saber nada de la vida, que, por lo que estoy conociendo, es bastante cruel. Y lo peor de todo es que las personas son las que hacen que sea tirana y dura para los que no están preparados para enfrentarla. Pero sé con seguridad que los tres saldremos adelante y cumpliremos nuestros sueños, no permitiremos que nadie nos diga lo contrario o nos quiera juzgar.

Carla le tomó la mano, para que supiera que estaba con ella.

—Te entendemos muy bien —dijo Juan—. A mí me violó un amigo de mi padre cuando tenía diez años. Siempre venía los sábados a jugar a las cartas o ver algún partido, y mi madre bebía sola en la cocina, mirando sus novelas. Una noche, mientras mi padre estaba concentrado frente al televisor, subió a mi cuarto y se sentó en la cama, preguntándome qué estaba haciendo, si no estaba aburrido, que él conocía un juego muy divertido. Le dije que bueno, que sí quería jugar. Entonces me tapó los ojos con un pañuelo con un perfume a colonia barata y me dijo que tenía que tocar sin ver y adivinar qué era. Me agarró la mano y la acercó a algo que yo no reconocía, era suave y caliente y estaba duro. Me dijo si ya había adivinado y yo negué con la cabeza. Me pidió que siguiera tocando y comenzó a jadear. Y, de repente, mi mano se mojó con un líquido espeso. Me quedé quieto, sin entender nada.

»Cuando me saqué el pañuelo de la cabeza, se estaba limpiando el pene con la camisa. Luego, se arregló y me dijo que fuera a lavarme las manos y me durmiera. Lo hizo por varios sábados: un día me pidió que me pusiera de espaldas, yo estaba temblando de miedo, porque no sabía qué haría conmigo. Me susurró al oído que lo haría despacito, que me dolería un poco, pero que después me gustaría. Yo no entendía nada, hasta que me penetró y sentí un dolor agudo y desgarrador que me hizo vomitar. Él se detuvo, me limpió y me dijo que respirara profundo, así sería más fácil para los dos. Comenzó con movimientos suaves, pero que no disminuían mi dolor, luego más rápido y con más fuerza. Me tapó la boca cuando quise gritar y eyaculó.

»Se relajó, suspiró con placer y me limpió con su pañuelo, que se manchó con sangre y semen. Luego, me miró como con ternura y me dijo que la próxima vez sería más placentero y ya no me dolería. Yo odiaba los sábados, porque sabía lo que me haría y me daba asco y miedo.

»Lo hizo un par de veces más y un día desapareció y no fue más a mi casa. Yo igual tenía terror de que se presentara como si nada y volviera a hacerme daño, pero, gracias a Dios, eso no sucedió. No volví a verlo más. Pasaron unos años y crecí. Y luego tuve el episodio con mi padre, que me escapé y pude salir de esa vida nefasta.

Se abrazaron los tres y lloraron como niños; casi lo eran, los unía el desamor y la necesidad de sentirse aceptados y queridos.

Durmieron juntos y compartieron el calor de sus cuerpos, y el afecto que se estaba gestando dentro de cada uno hacia el otro.

Capítulo 2

Salían siempre juntos a todos lados, a buscar comida y a recorrer la ciudad. Se bañaban en la gasolinera, lavaban su ropa y la compartían; de vez en cuando, iban a “comprar” ropa a alguna casa, o calzado.

Por las noches, iban un rato al parque y se quedaban tirados en el césped, contando las estrellas o buscando la Osa Mayor, o, por las tardes, miraban las nubes, buscando formas de animales y jugando al veoveo.

Un día, Elle les dijo que buscaría trabajo, que necesitaban dinero, que no podían vivir siempre así.

Carla y Juan se rieron. Ella no sabía si por lo que había dicho o porque estaban fumados.

—¡¿Qué dices?! —dijo Juan—. Así estamos bien, tenemos comida, un lugar para dormir y todo gratis.

—¿Pero no les gustaría cambiar de vida? Conocer el otro lado, sin sentirnos marginados, como gente decente, con una vida normal, ser alguien y dejar de ser anónimos.

—No lo sé —contestó Carla—, yo estoy cómoda.

—Pero podrías estar mejor, volver a estudiar o trabajar, prosperar y crecer, sin tener que esperar la limosna de nadie. ¡Dejar de ser víctimas y hacernos cargo de nuestras vidas!

—Si lo dices así, suena bien, pero, ¿qué podríamos hacer? No sabemos nada, solo robar y escapar y ocultarnos, eso lo hacemos muy bien —contestó Juan.

—Yo estuve buscando, y mañana tengo una entrevista de trabajo en un bar.

—Bueno, si ya lo tienes decidido, iremos de “compras” —dijo Carla, riéndose.

—Necesito algo sencillo, que no llame mucho la atención.

—Veremos qué encontramos. Vamos a buscar algo sencillo y elegante, para que te veas presentable y bonita.

Fueron por un barrio medio elegante y tranquilo, y deambularon casi toda la mañana para encontrar algo que fuera de su talle. Ya estaban desistiendo de seguir cuando vieron una ventana baja que estaba abierta en una casa. Aparentemente, no había nadie. Juan se metió despacio, sin hacer ruido, y con cuidado para no romper nada. Recorrió el interior y, efectivamente, no había nadie. Luego, abrió la puerta principal e hizo entrar a las chicas.

Elle estaba aterrorizada de que llegaran los dueños y los encontraran in fraganti. Carla estaba relajada: subió las escaleras y se metió en una habitación.

—¡Eureka! Encontré lo que necesitas, ¡ven arriba!

Elle subió con Juan lentamente y, al entrar al cuarto, vieron un placard lleno de ropa: deportiva, elegante, con brillos, y muchos calzados y abrigos.

—¡Parece una tienda! —dijo emocionada Carla.

—¡Silencio! Nos pueden escuchar desde afuera y pueden denunciar que hay unos ladrones dentro de la casa. ¡Y vendrá la policía!

—Bueno, veamos qué tenemos acá. —Abrió las puertas del mueble y Elle se quedó mirando embelesada. “La dueña de todo esto debe ser muy importante”, pensó.

Empezaron a elegir y encontraron una camisa blanca de seda de algodón, otra rosa; un suéter negro, otro color marfil, uno cuello alto, un tapado de paño negro y una chaqueta verde, símil cuero; un pantalón de vestir negro, otro color marrón claro, un jean azul; un saco largo de lana también color marfil y dos faldas, una negra y otra estampada en la gama del verde y el rosa.

Juan buscó unos zapatos clásicos negros, un par de botas largas negras y otras cortas, color marrón; un par de zapatillas, dos pañuelos para cuello y dos bufandas; una cartera mediana negra y una mochila sport, pero elegante.

Guardaron todo en una maleta que había en un rincón y se fueron. Carla, que no pudo con su genio, se llevó un vestido negro con lentejuelas y ropa interior muy fina, también algo de maquillaje.

Salieron por la ventana, para que nadie los viera. Esta estaba a un costado y daba al garaje, era más seguro. Caminaron tranquilos, pero nerviosos, mirando de vez en cuando hacia atrás, para ver que nadie los siguiera, hasta salir del barrio, y recién se relajaron cuando llegaron a la avenida. Se rieron como chiquillos que hacen una travesura y no fueron descubiertos.

Carla sacó de entre sus ropas un frasco de perfume francés, de un aroma exquisito, y volvieron a reírse.

Ya faltaba poco para la hora de la entrevista.

Fueron hasta el baño de la gasolinera, para que Elle se bañara. Entró a la ducha y Carla le pasó un jabón de tocador y shampoo.

Elle sacó la cabeza para mirarla y se sonrió, Carla también lo había robado. Tenía todo pensado.

Elle se secó con las toallas de papel y, en el dispenser de aire caliente, hizo lo mismo con el cabello.

No sabía qué ponerse, pero al final eligió un pantalón negro, la camisa blanca y la campera verde, y los zapatos clásicos negros. Carla la maquilló y la peinó y le puso un poco de perfume, estaba preciosa.

—¡Oye! Si no te conociera, diría que tienes veinticinco años y eres abogada, ¡y una muy bella!

Elle sonrió y le agradeció el cumplido, y por haberla ayudado a arreglarse. Se miró al espejo y le gustó verse.

Juan las esperaba afuera, ansioso por ver el resultado y porque casi era la hora de la entrevista y no quería que Elle llegara tarde.

—¡Mírate! Si eres toda una ejecutiva. ¡Y con clase! —exclamó Juan.

—¿No es mucho? ¿Estoy bien? No me mientan.

La abrazaron y le dieron un beso, y le dijeron que estaba bella y que todo saldría bien.

Se iba a despedir de ellos, para ir hasta el bar, y Juan le dijo:

—No te dejaremos sola, nosotros te acompañaremos. Además, no tenemos nada importante para hacer. Elle los miró con ternura y se fueron caminando los tres de la mano.

Llegaron al bar, que se llamaba Cacahuete. Había una escalera de cemento que desde la vereda subía al primer piso: estaba llena de luces blancas que, en ese momento, estaban apagadas. No parecía lo que era, más bien se veía como un depósito. La puerta era mediana, pintada de rojo; el cartel era pequeño y tenía pintada una jarra de cerveza.

Elle subió y tocó a la puerta. Tardaron en abrir. Salió una chica joven, la miró de arriba abajo y le dijo que no querían ningún seguro, que ya tenían.

Elle le explicó que venía por el aviso. La chica le dijo que esperara, entró y cerró la puerta.

Pasaron dos horas, ya le dolían los pies, y los miraba a los chicos, haciéndoles señas con las manos. Debía ser paciente, pero ya se estaba poniendo nerviosa.

“¿Por qué tardaban tanto, si no era la Nasa?”, pensaba y suspiraba, mientras caminaba por el estrecho espacio que tenía.

Se abrió la puerta y salió un hombre calvo y grandote, con una barriga prominente y unos bigotes enormes; tenía un aro en una de sus orejas. A Elle le dio miedo su aspecto, miró a sus amigos y ellos la alentaron a entrar. El calvo los vio y le dijo:

—¿Traes guardaespaldas?

—No —contestó y sonrió nerviosa—, son amigos que viven por acá cerca nada más.

La hizo entrar: el lugar era grande, lleno de mesas y sillas; una barra larga, con muchas copas, jarras y vasos. En la pared de atrás, había un estante lleno de bebidas de todos los colores, algunas ni las conocía.

La chica que la atendió limpiaba el piso y un muchacho acomodaba las botellas en la barra. Estaba todo muy limpio, pero era bastante oscuro. Las luces eran tenues y había música estridente de fondo.

“Supongo que esa música te levanta el ánimo y te da ganas de trabajar”, pensó.

—Bueno, como sabrás, necesito una camarera, para el turno de la noche, que sirva las mesas y a los clientes.

Elle lo miró un poco asustada.

—Quédate tranquila, no debes hacer nada del otro mundo, solo ser amable al servir las mesas y anotar lo que te pidan. Luego, ir hasta la barra y pedirle al barman que te prepare los tragos. Los colocas en la bandeja y se los llevas a los clientes. Después de que se desocupa la mesa, recoges todo y la limpias bien: te llevas los vasos sucios a la cocina y así es todo. Te tocarán unas cuantas mesas; Rebeca te ayudará y atenderá otras. Se pueden ayudar entre ambas. Yo siempre estoy en la barra o sentado en alguna mesa, y no permito que ninguno de mis clientes se propase con mis empleadas, ¿está claro? ¿Quieres el trabajo?

—¡Sí! Por supuesto, ¿cuándo empiezo?

—Esta noche. Ve con Rebeca al vestidor, te dará un uniforme. La paga es quincenal y las propinas te las quedas para ti.

—¡Gracias, señor…!

—Calvo, así me dicen

—Gracias, señor Calvo. ¡No se arrepentirá!

—Eso espero, ¡y ahora apúrate! Abrimos a las veinte, debes estar media hora antes.

—Sí, está bien, a esa hora estaré. Bueno, nos vemos entonces.

Y salió contenta, bajó las escaleras y abrazó a Juan y a Carla.

—¡Ya tengo trabajo! Me pagarán quincenalmente, ¡y las propinas me las quedo para mí!

Les mostró el uniforme, un pantalón, un chaleco a cuadros, con una boina del mismo género que el resto, y una camiseta blanca.

Se rieron y se fueron hasta el subte. Carla bromeaba con el traje de payaso que le habían dado.

—¿Y cuándo empiezas? —preguntaron al mismo tiempo.

—Esta noche.

—¿¿Qué?? ¿Tan pronto? Debes apurarte a disfrazarte entonces, ¡no querrás llegar tarde a tu primera función! —le dijo Juan, riéndose.

Cuando estuvo lista, no quería salir, sabía que se reirían de ella, pero era gracioso.

Apareció haciendo morisquetas de payaso, y Juan y Carla la imitaron. Pero se fueron rápido, porque estaban sobre la hora.

Era viernes, la noche más movida, al igual que el sábado.

Llegó cuarenta minutos antes, ya estaba lista para comenzar.

Rebeca le explicó cómo llevar la bandeja, para que no volteara nada.

La gente iba llegando en grupos y ocupaba una mesa; otros iban solos y había algunas parejas, pero la mayoría eran hombres que salían de trabajar y se iban hasta ahí a beber un trago y relajarse.

Fue hasta una mesa donde estaban sentados tres hombres, se acercó, la limpió y les preguntó qué se servirían

—Tres cervezas y maní —dijo uno de ellos.

—Muy bien —contestó y anotó en su libreta—. Ya se las traigo.

Fue a otra mesa e hizo lo mismo.

Luego fue hasta la barra con los pedidos, acomodó todo en la bandeja y la llevó muy despacio, para que no se derramara nada.

Sirvió en las dos mesas, y se fue a otra a tomar el pedido, y así transcurrió toda la noche, sin descanso, hasta las cuatro de la mañana, que cerraban.

Limpiaban entre todos, lavaban los vasos y jarras, sacaban la basura y eso era todo: dejaban todo ordenado y preparado para el otro día.

Cuando se retiró, se dio cuenta de lo agotada que estaba. Le dolían los pies y los brazos, por el peso de las bandejas cargadas.

Bajó las escaleras, para irse, y ahí estaban acurrucados Juan y Carla. Le dio tanta ternura verlos así, esperándola en la noche fría.

—¿Qué hacen aquí? No era necesario que se quedaran todo el tiempo a esperarme, ¡deben estar congelados!

Les dio una bolsa de maní y otra de papas fritas y dos botellitas de cerveza.

—Tomen, eso es por la espera. —Los abrazó con cariño—. Gracias por estar, no sé qué haría sin ustedes. ¡Vamos, los invito una pizza!

—¿De dónde sacaste plata? —preguntó Carla.

—Es mi propina, no sé cuánto tengo, pero me dieron bastante. ¡Vamos a festejar!

Y se fueron a una pizzería cercana que estaba abierta las veinticuatro horas. Se sentaron como gente importante y pidieron una pizza grande napolitana y tres cervezas y, mientras comían, contaron el dinero de la propina. Eran doscientos cincuenta dólares, un montón, no podían creerlo. Hicieron un brindis por el nuevo trabajo de Elle y por el dinero ganado.

—Te lo mereces, eres muy competente, emprendedora y determinada —le dijo Juan.

—Esto es de los tres, sin ustedes no lo habría logrado. Me ayudaron con la ropa y me acompañaron todo el tiempo. Eso es impagable, son mis mejores y muy buenos amigos.

—No nos pongamos melancólicos, por favor —dijo Carla—, ¡y brindemos de nuevo por la amistad verdadera!

—¡¡Salud!! —dijeron los tres. Elle pagó lo consumido: eran treinta dólares, y dejó cinco de propina. Luego, se marcharon, pasaron por un kiosco y compró un paquete de cigarrillos y una botella de vodka.

—Para el camino —dijo Elle y les sonrió con cara de pícara.

Llegaron a la estación del subte y acomodaron toda la ropa en una caja. Se acostaron sobre los cartones, se taparon con una frazada vieja y durmieron abrazados. Elle no podía dormir, estaba haciendo planes para el futuro.

Pasaron dos semanas y el trabajo iba bien. El señor Calvo resultó ser un bonachón. Era justo y siempre cuidaba que nadie hiciera nada inapropiado en contra de las chicas. Llegó el día del pago y fue bastante generoso.

Sumado a las propinas que iba ahorrando, Elle tenía bastante. Les propuso algo a Juan y Carla.

Cuando la fueron a buscar a la salida del trabajo, les dijo que tenían que hablar.

Carla se puso seria y, con cara de preocupación, le dijo:

—Ya sé, quieres independizarte, y me parece bien. Donde vivimos no es lugar para una chica con clase.

—Todavía no escuchaste mi propuesta, no te pongas a la defensiva, ¡por favor!

—Sí, deja que nos cuente, ella tiene derecho a decidir por su vida.

—¡Qué susceptibles que están! No me conocen nada todavía. Lo que quería decirles o proponerles es que nos vayamos los tres juntos a vivir a alguna casita sencilla, con jardín, y que sea nuestro hogar, como una familia se merece.

—¿Qué dices? No podemos, no tenemos dinero, y sería injusto que tú sola costees todos los gastos.

—Sí —dijo Carla—. Además, no tenemos muebles y eso sale caro, y tú sola no te harás cargo de nosotros, es ridículo.

—Escuchen, ya cobré la primera quincena, y tengo ahorrado lo de las propinas. Nos alcanza para alquilar una casa pequeña que, por cierto, ya la encontré, y es de ensueño. Por lo demás, no nos preocupemos, se consigue de todo en la calle. Y lo que falta lo compramos en las ventas de garaje.

Carla y Juan se miraron.

—¿Qué les parece? ¿Aceptan? Seamos una familia, ¡es lo que más deseo de todo corazón! Y, por cierto, Calvo necesita a alguien que controle la salida y una camarera más, porque ahora abrirán desde las catorce. Ese sería el turno tarde y ya los recomendé como los mejores, así que no pueden negarse, mañana tienen la entrevista.

Juan la levantó y la hizo girar. Carla saltaba de alegría. Realmente parecían tres chiquillos que habían recibido su regalo de Navidad.

Al otro día, se presentaron muy prolijos los dos para la entrevista. Los recibió Calvo y les dijo qué era lo que necesitaba de Juan: él debía cuidar la salida y observar que nadie se fuera sin pagar; debía hacerle una seña a él si eso sucediera y, al terminar, tenía que ayudar con la limpieza. Carla haría lo mismo que Elle: atender las mesas y también, al final del turno, dejar todo ordenado.

—Comienzan hoy. Tú, esta tarde —le dijo a Carla—. Cada tres meses hacemos rotación de turno, y a ti te espero esta noche. Rebeca les dará los uniformes y algunas instrucciones. Y una regla importante: no llegar tarde y ser buenos compañeros. Bueno, ya pueden retirarse, no hagan quedar mal a Elle. Hoy es lunes y ella descansa, así que no tendrán un hada que los guíe.

Se marcharon con los uniformes de payasos y, en la esquina, los esperaba Elle. Ahora ella era quien se burlaba de los dos.

—¡Les tengo una sorpresa!

—¿Qué?, ¿compraste el bar y eres la dueña? —la chicaneó Carla.

—¡Algo mejor! ¡¡¡Ya tengo las llaves de la casa!!! ¡Ya es nuestra!

—¡No! ¿En serio? —gritaron Carla y Juan, y empezaron a girar tomados de las manos, haciendo una ronda.

Fueron a conocer la casita, y realmente era de ensueño: era blanca, con tejas rojas, un jardín florido, con ventanales; adentro había un living comedor y una pequeña cocina, que tenía una puerta que llevaba al patio, donde se veían limoneros, naranjos y diversidad de macetas con plantas hermosas y una hamaca (en el momento en que la vio, Carla se enamoró). El interior tenía una escalera de madera lustrada, que llevaba a dos habitaciones cómodas, y un baño con tina. Era perfecta.

—¿Qué les parece? ¿No es ideal para los tres?

—¡Es genial! Amo esa hamaca en el patio. Podemos tirarnos allí a tomar una cerveza o fumar un cigarro —dijo Carla.

—¡Es fabulosa! ¡Seremos una familia de verdad! Tendremos nuestras cosas y compartiremos todo —comentó Juan.

—¿Qué les parece si comenzamos a limpiar y luego, cuando Carla vaya a trabajar, tú y yo nos encargaremos de encontrar algunos muebles para decorarla?

—Bueno, comencemos entonces.

La casa estaba en perfectas condiciones, no tuvieron que hacer mucho. Lo bueno era que tenía placares en las habitaciones y, en el living, había una chimenea. La cocina tenía un desayunador pequeño y una heladera en buenas condiciones y muebles para guardar los utensilios y la mercadería.

Compraron hamburguesas y comieron en la cocina, para estrenarla, y brindaron con agua, porque Carla debía ir a trabajar.

Buscaron las pocas cosas que tenían en el subte y se las llevaron. Se despidieron de todos allí y se marcharon con un dejo de nostalgia.

Carla se preparó, se puso el “traje de payaso”, como lo llamaban ellos, Elle le recogió el cabello y la maquilló suavemente. Le explicó lo necesario para que no hiciera papelones, y la acompañaron al bar. La casa no quedaba muy lejos: estaba cruzando una avenida, en un barrio tranquilo.

Se despidieron de Carla, deseándole éxitos, y se fueron a buscar por ahí algunos muebles en desuso, pero que estuvieran en buenas condiciones.

Encontraron un sofá gris, que estaba nuevo, con sus almohadones; una lámpara de pie y un televisor. Buscaron un flete para llevar todo y, en el camino, vieron una cama grande con respaldo de hierro forjado, pintado de blanco; también, una mesa ratona y un jarrón.

El chofer del camión les dijo que conocía un lugar donde dejaban de todo, para que la gente que necesitara se lo llevara. Así que fueron hasta un depósito y encontraron lo que necesitaban.

—¿Y no debemos pagar por nada? —preguntó Elle.

—No, es todo gratis. Vayan a buscar lo que necesiten, yo haré lo mismo.

Encontraron una mesa con cuatro sillas distintas, un sillón pequeño de pana azul, una cama chica con su colchón y respaldo de madera, unas cortinas claras, que quedarían bien en el comedor y el living, unas almohadas bien mullidas y dos acolchados tejidos, frazadas y una cómoda de roble claro; tres mesitas de luz y dos lámparas pequeñas. Cuando ya se retiraban, vieron un colchón para la cama grande, que estaba impecable,

también sabanas limpias y toallas, varios almohadones bordados y una biblioteca pequeña y una alfombra peluda, gris clara.

Cargaron todo en el camión y se fueron a la casa a acomodar, para que, cuando llegara Carla, estuviera todo en orden. Le pagaron al chofer, agradeciéndole por el dato que les proporcionó y por ayudarlos con la mudanza.

Juan y Elle comenzaron a acomodar todo: ubicaron los sillones cerca de la chimenea, la mesita ratona en el centro, con la alfombra, y la lámpara de pie en un rincón. Se veía cálido el lugar. La biblioteca quedó ubicada contra la pared, pero no tenían

libros, aunque ya la llenarían. La mesa y las sillas quedaron bien en el comedor (les hacía falta una mano de pintura). La cómoda quedó perfecta; esta serviría para guardar manteles y servilletas, y otras cosas más.

Colocaron las cortinas y colgaron el televisor en una pared del living, y quedó todo perfecto: ya se veía como un hogar.

En el resto de la tarde, se dedicaron a subir las camas a las habitaciones, les pusieron las sábanas y los acolchados, con sus almohadas, y terminaron de decorarlas con los almohadones.

Elle estaba feliz y Juan también. Se abrazaron y luego él se preparó para su turno.

Carla salió agotada, pero les dio tiempo para conversar un poco y que los chicos le contaran todo lo que habían logrado con muy pocas cosas, gratis. Solo habían gastado en el camión de mudanza. Querían seguir contándose todo, pero ya era hora del debut de Juan como persona de seguridad.

—No te quedes por ahí, ¿me oíste, Carla? —le dijo Juan—. Ya está anocheciendo y es peligroso andar sola.

—Sí, “papá”, te entendí.

Se saludaron con un abrazo y un beso, y Elle le preguntó cómo había sido el primer día.

—Genial, Calvo es buena gente, Rebeca se hace la severa, pero por dentro es un osito de peluche. Que tengas buena jornada, ¡esperaré despierta! ¡¡Yo también gané propina!! Compraré comida para cuando regreses.

Al otro día se levantaron y Carla preparó el desayuno, café con tostadas y crema de maní, queso blanco y jugo de naranjas. Era un día soleado, pero ya se sentía el frío del invierno; se notaba en las hojas doradas en el piso y en los árboles desnudos…

Salieron temprano a comprar algunas cosas de segunda mano, recorrieron la feria artesanal y encontraron un juego de vajilla al que le faltaban algunas piezas, pero que era antiguo y hermoso; además de cubiertos, vasos y unas copas de colores muy exóticas; un par de cacerolas, una pava eléctrica, una sartén y dos fuentes para horno. Luego, fueron a una tienda y compraron toallas y manteles, cortinas para los dormitorios; también productos de limpieza y tocador.

Volvieron al depósito y se llevaron un microondas, una cafetera, una licuadora y lo más lindo que encontraron fue un viejo tocadiscos en perfectas condiciones y una colección de discos de música muy variada. Agregaron un espejo enorme con marco de madera tallada.

—¡Miren esto! —dijo Carla, mostrándoles un minibar—. Aquí pondremos las mejores bebidas y colgaremos las copas de colores.

—Este juego de té nos lo llevamos, es precioso —dijo Elle. Este venía con una tetera y una azucarera muy delicadas.

—Creo que por hoy es suficiente, ya tengo hambre, y tenemos que cargar todo, deberemos tomar un taxi —comentó Juan.

—¡Está bien, aguafiestas! —le gritó Carla.

—Es que, si no las freno, son capaces de estar todo el día, ¡son incansables!

—Tienes razón, ¡es que todo esto es como una juguetería donde te dejan llevar lo que desees gratis! —exclamó Carla.

Hicieron parar un taxi y acomodaron en el baúl todo lo que podían; llevaban lo demás sobre sus regazos.

Llegaron apresurados, porque era casi mediodía, y Carla tenía su turno a las catorce.