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Luego de 17 años, Jacob McKay regresa a su pueblo natal, Elizabethtown, dispuesto a saciar su sed de sangre, sin miedo, sin piedad y sumergido en su mundo de fantasía donde solo él posee el control. La chica de la cinta azul es un juego psicológico donde el pasado oscuro y violento de un pequeño deja al descubierto una aterradora personalidad que nadie sospecha que existe y que no se detendrá ante nada para conseguir lo que se propone. "Toda presa tiene un cebo perfecto que jamás podrá rechazar y por ello morirá", esas palabras quedarán grabadas para siempre en su perturbada mente.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Jet Hidalgo
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17990-55-8
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Nuestro destino no es aquel que nos impongan,
es aquel que seamos capaces de trazar,
haz que cada día valga.
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«Toda presa tiene un cebo perfecto que
jamás podrá rechazar y por ello morirá».
El cazador
1. Regreso del hijo pródigo
Y allí estaba él, sentado en aquella casa, una casa grande y perfectamente cuidada a pesar del tiempo que estuvo sola, como si se hubiese congelado en el tiempo, como si aún pudiese escuchar las voces del pasado rondando por cada esquina. No había pasado mucho desde su regreso, pero sentía que habían sido eones, como si el tiempo y el espacio le jugasen a diario una broma que se volvía en un círculo infinito, siempre se sintió como un extraño en ese lugar.
—Otra vez aquí, una vez más en este lugar tan irónicamente ajeno a mí, aquí viví tantas cosas, aquí aprendí a ser quien realmente quería ser —se decía así mismo como si hubiese alguien más en la habitación.
Esa bella vivienda blanca hueso de dos plantas, construida en los años cincuenta, cuando las mujeres se quedaban en casa esperando a sus maridos con las pantuflas y la cena lista, arregladas y perfumadas, con sus cabelleras impolutas recogidas por un sublime moño típico de aquellos años, ese vestido falda campana de colores pasteles que representaban tan icónicamente a la mujer estadounidense de esa época y aquel dulce delantal rosado o azul claro con bordados blancos perfectamente cosidos por toda la orilla, planchados y almidonados, una perfecta ecuación matemática, la hermosa y perfecta ama de casa, el sublime hogar bien predispuesto al orden y la alegría y los niños revoloteando con sus pantaloncitos cortos color beis y sus camisetas de rayas arremangadas; había sido una casa perfectamente conservada desde su construcción a principio de los años cincuenta por el teniente don Cooper, un viejo militar que había llevado a su mujer e hijos a vivir una tranquila vida en los suburbios, hombre de ceño varonil que causaba en los demás un aire de héroe de historieta, regio, con su uniforme e insignias presentadas a la perfección, pasando sus años de gloria en esa hermosa construcción al estilo Cape Cod, con la apariencia de una casa de campo con techo tipo ladrillo, era un diseño perfecto para soportar los inviernos de EE.UU. Dejando al descubierto esos magnificentes techos empinados y grandes chimeneas dignos de las construcciones de este estilo, caracterizadas por sus ventanas abuhardilladas y su imponente postura sobre los jardines más verdes y llenos de vida, fue una vida perfecta y llena de buenos momentos en esa inmensa casa, hasta que sus hijos crecieron y se fueron a la gran ciudad, que terminó con la decisión de llevarse consigo a sus ya ancianos padres; no deseaban que estuviesen solos en esa casa tan alejada de todos con tan avanzada edad, los años ya pasaban su factura, hasta subir una escalera se tornaba ya una actividad que demandaba más esfuerzo de lo que se aprecia cuando jovencillos. Por mucho tiempo esa hermosa construcción pasó a manos de diferentes familias, unas por tiempos cortos, otras por tiempos un poco más largos, hasta que la familia McKay la adquirió en los ochenta. Esta casita a las afueras de su poblado de procedencia era simplemente idónea, Elizabethtown, era una pequeña ciudad del estado de Kentucky, en el condado Hardin ubicada al centro sudeste de EE.UU, con no más de 30 000 habitantes, de espacios abiertos y gran hermosura de campos y bosques. Era un lugar de gente sencilla y agradable, personas preocupadas por sus vecinos, sonrientes, ocupados en sus simples y cotidianas labores diarias, siempre con su mejor cara al recibir a personas en sus establecimientos y hogares, un eufórico «hola» cuando se encontraban por las calles era algo común para la gente de allí, acompañado de una sonrisa desbordante que no escondía la satisfacción de sus habitantes de residir en tan bendecido lugar, ese pequeño y mágico entorno se alejaba tanto de la frialdad de New York a la cual ya se había acostumbrado Jacob, de esas frías calles rodeadas de luces y publicidades modernas, de personas que corrían desesperadas sin tener a donde llegar, tan ocupadas de sus vidas que les costaba apreciar el arte de las estrellas pintadas en el firmamento, o del sol cuando se esconde en el horizonte al caer la tarde, no se parecía en absoluto a ese rincón donde él había crecido, la gente de New York no se parecía a la gente amable de su pueblo natal, como la señora Hagins en su tienda de todo un poco, cerca de la plaza del pueblo, parecía hasta un crimen que debía ser castigado por la ley estar siempre sonriente y con mejillas rosadas e infladas cual manzanas acarameladas en primavera, esa mujer parecía no tener ninguna dificultad o desesperanza en su vida, hasta perturbador y repugnante se veía ya —se decía él siempre en el silencio de su cabeza, lo repugnante de ver tanta felicidad en una sola persona—. Ese cabello platinado y bien recogido que dejaba a la vista de todos su largo recorrido por la vida, o el señor Morgan, un ex militar que sirvió a su país tan noblemente en la guerra de Vietnam y que ahora pasaba sus días en el taller de autos que tantas veces el Señor McKay y el mismo Jacob habían usado para arreglar los autos de la familia.
Sí, Elizabethtown era un lugar que a pesar de sus problemas estaba siempre lleno de la mejor actitud, algo que lo hacía querer vomitar para ser más sincero, pero que sabía que como todo lugar, toda historia, esto también tenía un propósito y un balance perfecto en el universo, ese lugar de gente que siempre estaba dispuesta a dar la mano, personas que no podían si quiera imaginar la oscura historia que se escondía entre ellos, entre sus paredes bien decoradas y su perfecto cielo azul, una bestia que acechaba y afilaba sus garras cual león antes de atacar a su presa, un depredador listo para devorarse al mundo entero si le era posible, que saboreaba la dulce sensación y calidez de la sangre que pronto recorrerían sus colmillos afilados.
Para Jacob McKay, después de tantos años sin haber estado allí, regresar era casi una fantasía que estaba viviendo, se sentía atónito, algo desorientado, como cuando tomaba esas copas de más en el bar de Louis a un par de cuadras del barrio donde vivía en New York, sucio lugar de inadaptados solía decirse a sí mismo, aunque disfrutaba del lugar y en cierta manera se sentía aceptado, ese espacio tan pequeño rodeado de vagos y rameras de la cuadra, inmundo artilugio del destino llevarlo a tan paupérrima esquina, pero para ser sinceros no sabía aún si era una fantasía o una pesadilla estar de vuelta en Elizabethtown, acaso era preferible la inmundicia y pobreza de pensamientos de una ciudad que nunca duerme, o la simplicidad casi vulgar de este punto perdido en el mapa, mas eso era algo que tenía que descubrir.
2. El cazador
Poco después de su sorprendente reaparición, colmado de la sorpresa de todos los habitantes, todavía se podía escuchar entre líneas delgadas de conversaciones a distancia las innumerables preguntas sobre su regreso. ¿Era acaso un tanto masoquista el volver después de su historia en el pueblo? Los habitantes lo veían y admiraban su tenacidad infinita de volver a casa, aunque no siempre de la mejor manera se tomaba los cotilleos de los vecinos cuando caminaba o comía por las calles, ya hasta se sentía algo agobiado por la atención de las personas y las constantes y bastante irritantes preguntas que podían formularle a lo largo de los días, preguntas que respondía de la manera más cordial para no levantar ninguna mala opinión sobre su —para todos— encantadora y buena personalidad.
—Ya han pasado meses desde mi regreso aquí —se dijo cuando de un golpe se levantó del mueble de cuero marrón café donde su padre solía sentarse a tomar su cerveza y fumarse sus habanos, frente a aquella chimenea de mosaicos beisy azul cielo, decorado con un pequeño borde de madera clara donde en fotografías y marcos antiguos se dejaba ver los momentos más especiales de los McKay, se levantó de la misma manera que cuando es asustado un gato dormido, o cuando una idea sorprende la mente de manera intrincada y escandalosa.
Se apresuró a subir las escaleras de madera que rechinaban con sus fuertes pisadas, entrando a la habitación principal, finalizando el corredor, justo después de la puerta del pequeño clóset, detuvo sus apurados pasos y empezó a recortarlos, como si se tratase de un baile lento que disfrutaba a cada segundo, empujó la puerta entreabierta de la habitación y, justo frente al espejo que estaba al pie de la que ahora era su cama, se sentó abruptamente en una explosión de adrenalina que duro un poco más que segundos, y como marioneta sin dueño dejó caer sus brazos y posó su mirada ante aquel espejo victoriano que nada tenía que ver con la decoración de aquella desolada habitación, solo por ser una de esas llamadas «reliquias familiares» era por lo que permanecía en aquel sitio, pero no era precisamente un marco de su gusto, ni algo que para él tuviese un significado más que un par de dólares, pero no perdería su tiempo en llevarlo a algún lugar para venderlo, bien le hacía que estuviese allí siendo útil; se miraba fijamente como si estuviese perdido en sus pensamientos, sumergido en el profundo azul de sus ojos, tan concentrado que podía distinguir pequeños destellos azul oscuro tan delgados y brillantes como hilillos de seda, había tanto que hacer, había tanto por arreglar, por comprar, por distribuir en el bosque, conseguir el equipo nuevo necesario para tan especial cacería era indispensable, riñonera, soga, linterna, además de la ropa adecuada y desempolvar y limpiar sus armas, había tantas opciones que era difícil saber cuál le era más satisfactoria usar, había tanto que no sabía en realidad por dónde comenzar, así que su mirada, ya hacia un horizonte lejano, tan ubicadamente perdida que ni un buen psicólogo podría descifrar, mas a pesar de estar algo aturdido con tanta información que pasaba por su mente, una pequeña sonrisa se dejaba a penas escapar de la comisura de sus labios, miraba fijamente su rostro, su barba marrón con dorado, arreglada y bien poblada, sus cejas gruesas de aspecto regio, se preguntaba constantemente cómo era posible parecerse tanto a su padre, cómo se sentía ser su padre, cómo añoraba ser tan fuerte como él, ojos azules tan claros como el cielo de primavera, tan lleno de secretos, minuciosos escándalos encerrados en caja de metal metidos muy dentro en altamar, perdidos entre escombros de metal, madera y muebles de un barco que todos pensaban que jamás se hundiría, esa quijada fuerte de hombre de las montañas, magnífica y furiosa bestia sedienta de sangre. Tenía sin lugar a dudas un físico que sabía que era más que privilegiado, instrumento que utilizaba muy bien a su favor con las mujeres del pueblo, sobre todo con la tontuela de Laura Patterson, esa chica haría lo que fuese por un simple halago de él, se hacía hasta divertido verla poner cara de cachorro hambriento cuando él entraba en la tienda de artículos de cacería, lograba que esta jovencita no hiciera muchas preguntas sobre todos los implementos de caza que compraba.
Después de un rato largo de pensar y perderse en los detalles de su cara y sumergido en los más inhóspitos lugares de su mente, en esas miles de cosas que le pasaban por su cabeza, dijo en voz alta cambiando el tema sin previo aviso:
—Son unas hermosas sábanas, me parece. Quisiera compartir este enorme lugar contigo. Ya pronto lo haré —exclamó.
Volvió a quedarse en silencio por unos segundos más y entre dientes susurró:
—Toda presa tiene un cebo perfecto que jamás podrá rechazar y por ello morirá.
Era cierto, simplemente una verdad irrefutable, todos teníamos un cebo que puede ser utilizado en contra, todos tenemos ese punto de quiebre que hace que explote nuestro héroe interno, y allí, solo allí, somos aún más vulnerables, más propensos a pensar sin lógica.
