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UNA PARTITURA. UNA FÓRMULA. UN PODER MORTAL. Viena, a principios de diciembre. Peter Dauson, periodista de la Ópera de Viena, recibe una confidencia inesperada que lo arrastra a una carrera contrarreloj: encontrar en 72 horas la partitura original del «Lacrimosa» de Mozart. Perdida desde hace décadas, es uno de los objetos más codiciados por las élites políticas, sociedades secretas y mafias internacionales. Y no es para menos: en sus compases se esconde una antigua fórmula sumeria capaz de predecir la fecha exacta de cualquier muerte, un poder tan absoluto y perturbador que alimenta conspiraciones desde el siglo XVIII. Entre Viena, Salzburgo, Bruselas y Milán, Peter y la arqueóloga Silvia Weits se ven arrastrados a una espiral de asesinatos rituales, traiciones y una red masónica que conecta el pasado con el presente. En su avance —siempre un paso por detrás de quienes quieren silenciar la verdad— descubren que hay una partitura que mata, o por la cual la gente mata, y que seguir su rastro significa enfrentarse a quienes han protegido su secreto durante siglos. Este thriller entrelaza hechos reales —la construcción de La Scala, el asesinato de Kennedy, las sombras que se mueven tras los grandes centros de poder europeos— con una pregunta universal y profundamente humana: ¿hasta dónde serías capaz de llegar para vencer el miedo a morir?
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Seitenzahl: 401
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
Nota del autor
Lista de reproducción
Prólogo. Otoño de 1791
1. En la actualidad
2
3
4
5. 45 años antes
6 En la actualidad
7
8
9
10
11
12
13
14 En la actualidad
15
16. En la actualidad
17
18
19. En la actualidad
20
21. En la actualidad
22. En la actualidad
23. En la actualidad
24
25 Verano de 1776
26. En la actualidad
27
28
29
30
31. En la actualidad
32
33
34. En la actualidad
35
36
37
38
39. Dos días después
Epílogo
© del texto: Fernando Méndez, 2026.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: enero de 2026
REF.: OBEO057
ISBN: 979-13-7031-156-8
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
Esta es una obra de ficción. Los acontecimientos que aquí se narran no forman parte de la realidad, excepto algunos hechos, diálogos y personajes históricos que sustentan la trama de la novela. Lo que sí es real e irrepetible es la figura de Wolfgang Amadeus Mozart, un genio cuya obra y sensibilidad nos ayudan a amar el arte y la cultura musical, que es lo mismo que decir: a ser mejores personas.
Para Lucas,
que es equilibrio y bondad.
Solo uno hay sabio, en extremo temible, el que en su trono está sentado.
Para el que teme al Señor todo irá bien al fin; en el día de su muerte se le bendecirá.
Eclesiástico 1,8-13
Querido lector:
Esta selección musical es mi forma de acompañarte durante la novela. A medida que avances en la lectura, escucharás diferentes audios que, unidos al texto, aportan sentimiento y emoción en momentos especiales del relato. Deseo que los disfrutes.
FERNANDO MÉNDEZ
—Moriré en diciembre, antes de Navidad.
Constanze lo miró enfadada.
—¡Por Dios, Wolfgang! Detesto esas bromas.
Mozart sonrió levemente y su esposa frunció el ceño, suponiendo que se trataba de una de sus habituales salidas jocosas. Ambos venían de dar un pésame y estaban sentados en un banco del parque Prater, al final de la tarde.
Cuando el frío llega pronto en octubre, Viena se cubre con un tul azulado que lo envuelve todo. Se abriga. Los últimos días de aquel verano habían sido inusualmente húmedos y el cielo no tardó en perder la alegría de sus colores, con el invierno empujando impaciente.
Mozart concretó:
—Ocurrirá el 5 de diciembre. Exactamente cinco minutos antes de la una de la madrugada.
Constanze lo miraba confusa. Conocía esa expresión de firmeza en el rostro de su marido, pero tanta rotundidad la desconcertó.
—Es inquietante predecir la fecha de una muerte… —prosiguió él—. ¿A ti te gustaría saber la tuya?
—¡No! —saltó ella, y al instante se entristeció—. ¿Por qué dices eso?
—Está escrito, querida. ¿Recuerdas al hombre que me encargó una misa de difuntos hace un par de meses?
—¿El del traje negro?
—Exacto. Nos abordó en el carruaje antes de salir para Praga. ¿Qué dijimos?
Constanze se encogió de hombros.
—¿Que parecía un enterrador?
—¿Y aparte de eso?
Mozart la apremiaba moviendo los ojos de lado a lado.
—¿Su voz?… Nos extrañó que fuera el emisario de un conde.
—¿Y además?
—¡Ay, no lo sé, Wolf! ¿A qué viene tanto misterio?
El compositor sonrió mientras buscaba algo en el bolsillo de su casaca.
—Dijimos que alguien vestido así no podía traer nada bueno. —Imitando los movimientos de un mago, sacó una bolsa y la agitó haciendo sonar unas monedas.
Constanze se arropó con el chal que cubría su vestido robe à-l’anglaise de tonos pastel. Su pelo, adornado con un sombrero, estaba recogido en un moño que el viento iba desanudando. No dejaba de observar a su marido.
—¡Estábamos equivocados! —añadió eufórico—. Aquí hay treinta ducados de oro y, cuando termine la obra, ese conde me pagará otros setenta. —La besó en la frente—. No está mal para unos cuantos días de trabajo.
—¿Y qué tiene que ver eso con…?
—¿Con mi muerte?
Mozart guardó la bolsa y su rostro se ensombreció.
—Ayer estuve en Gloggnitz, en casa de ese conde… Walsegg, se llama. Es un arrogante. Un burdo imitador. Su palacio es como el de Versalles, pero en miniatura. —La cogió de la mano y le sostuvo la mirada—. Yo quería asegurarme de que la propuesta era cierta y, aprovechando que estabas en Brno, me animé a visitarlo.
Mozart corría el riesgo de no resultar creíble. Lo sabía. Pero no se le ocurría otra manera de abordar el tema. Además, recibía halagos constantes sobre sus dotes de oratoria y eso le daba cierta seguridad a la hora de lanzarse a tumba abierta a revelar el secreto. Sin embargo, con Constanze esa estrategia no funcionaba. Ella lo miraba con la intranquilidad de una duda hiriente, mientras él, dándose cuenta, comenzaba a sentirse nervioso. Al fin y al cabo, se trataba de ponerle fecha a su muerte.
Sin mucho ánimo, prosiguió:
—El conde me dijo que el réquiem es para su esposa; falleció hace unos meses. —Movió los brazos como un director de orquesta exagerando el gesto—. Quiere interpretarlo en su palacio, con sus músicos y junto al mausoleo «donde reposa mi amada»; así lo expresó.
Constanze negó con la cabeza.
—Sigo sin entender…
Él se tomó un instante para desbrozar el relato de cualquier matiz místico. Ciertamente, no lo tenía. «Nada hay de espiritual en una fórmula que aplica las matemáticas al devenir humano», pensó Mozart.
Y, fingiendo desapego, comenzó a explicarle que el conde Franz von Walsegg, en prueba de su buena fe, le dio, además de los treinta ducados de anticipo, una extraña fórmula «con la que podrá averiguar la fecha exacta de la muerte de cualquier persona. No me pregunte cómo, pero acertará. Yo mismo lo he comprobado con Anna; fue lo único valioso que tuve en mi vida y, ya ve, el destino me la ha arrebatado con apenas veinte años».
El viudo aristócrata, sin hijos y con propiedades repartidas por toda Austria, paseaba ahora su pena entre jardines, guardando como un tesoro aquel regalo que un amigo le había traído de territorio otomano: un pergamino sumerio comprado en la Ruta de la Seda.
«En Persia, entre jaimas y palmeras, cualquier negocio es posible», le había dicho su amigo. «Sin embargo, en Constantinopla, si quieres obtener un buen precio, tienes que sudarlo en un baño turco».
En realidad, no se refería al pergamino, ya que aquella hoja de papiro le había salido gratis. Venía envuelta en un elegante tubo de marfil con motivos de elefantes, y no era más que un simple complemento del trato acordado por la compra de un cargamento de alfombras.
Pero eso no les importaba. Ni a su amigo —un comerciante vienés— ni al conde. Ambos pensaron que se trataba de un souvenir adornado con una fábula sobre la vida y la muerte. De hecho, a Walsegg todos esos empeños adivinatorios le atraían. Eran un pasatiempo.
Tanto es así que, a los pocos días de recibirlo, decidió aplicar la fórmula por pura diversión y calculó la fecha en la que había muerto recientemente uno de sus sirvientes: le salió exacta, en día y hora.
Extrañado, repitió la deducción con otras dos personas de su entorno, fallecidas en un accidente de carruaje, y volvió a clavar las fechas con la máxima precisión.
Para el conde, aquello se convirtió en un juego adictivo y quiso ir más allá. Recordó que su amigo comerciante le había dicho entre bromas que esa fórmula también servía para predecir una muerte futura. «Se lo aseguró el vendedor de alfombras», le dijo a Mozart.
Y no dudó en comprobarlo.
Recopiló datos de algunos ancianos del pueblo —con los cuales no le unía el menor vínculo afectivo— y terminó por acertar en todos los casos las fechas exactas de los óbitos. Incluso llegó a jactarse de sus dotes de profeta en sus círculos más íntimos.
Sin embargo, un día su esposa enfermó. Para entonces, el conde Walsegg llevaba cinco años entreteniéndose con la clave sumeria y su macabro juego —del que nunca revelaba su secreto—, con el que repartía vida y muerte por la comarca en forma de descarnado acertijo, siempre utilizando personas ajenas a sus afectos.
Siempre con otros.
Sin sentir nada.
Hasta que lo probó con Anna.
Entonces todo cambió. Dijo que lo hacía para ayudarla. Sabía de la gravedad de su dolencia y, en ese papel de pseudodios, quiso combatir el temor a perderla y, a la vez, favorecer su curación.
Pero no lo logró.
Walsegg comenzó a hacer cálculos tres meses antes. La dura agonía no daba tregua. Anna, entre dolores, sufría y suplicaba que llegase el fin, mientras él no podía quitarse la fecha de la cabeza. La fórmula sumeria lo había revelado: 2 de marzo de 1791 a las 14:35.
Mientras su esposa se estaba muriendo, el conde se obsesionó con volver una y otra vez a calcular los datos. Quizá hubiese un error… Puede que no aplicase bien las variables… Tal vez volviendo a sumar y poniendo otras coordenadas… Pero no. Los números se empecinaban en dar siempre el mismo resultado: 2 de marzo de 1791 a las 14:35.
Y así fue.
La condesa Anna Walsegg partió en la fecha señalada y con ella se fue también la ilusión de su marido, quien guardó la fórmula tras una portezuela oculta en su biblioteca, lugar del que solo la sacó el día en que decidió contratar a un músico para componer un réquiem en honor de su esposa.
Mozart olisqueó el viento de la tarde y la proximidad de Constanze le trajo el aroma de Eau de Farina, la colonia que tanto le agradaba por su frescura cítrica. Luego se fijó en el Prater, que comenzaba a quedarse vacío con el atardecer y sus sombras llenándolo.
Le acarició la mejilla y la miró con ternura. Era consciente de la incomodidad que le había provocado. Aun así, su esposa seguía prestándole atención.
Entonces Mozart rememoró el momento en que el conde abrió la portezuela de la biblioteca y sacó el pergamino. Sobre el escritorio, fijó cada extremo con sendos pisapapeles, tomó una hoja pautada con pentagramas en blanco y copió en su parte superior aquellos extraños símbolos. En concreto, doce.
Al terminar, devolvió la pluma al soporte y levantó la vista para mirar a Mozart. «Estos son caracteres de una antigua civilización asiática. Para interpretarlos deberá saber algunos datos de la persona cuya muerte quiera conocer. Luego bastará con combinarlos adecuadamente y obtendrá la fecha y la hora exactas. —Le entregó el documento y una cuartilla con las instrucciones para interpretar la fórmula—. Créame, señor Mozart, es el mayor secreto que un ser humano puede poseer».
El músico tomó las hojas entre las manos como quien sujeta a un bebé y se cuidó de no emborronar la grafía, con la tinta aún fresca y desprendiendo un suave aroma a limón.
«No la pierda —le recomendó el conde—, vale más que toda su obra junta. Y cuando se convenza, transmítala, pero solo a personas rectas y solidarias. Nunca la dé como regalo; es un don supremo que se brinda para ayudar al alma en su camino hacia la trascendencia —y antes de despedirlo, concluyó—: Por favor, componga usted el réquiem más emotivo. Quiero que Anna esté presente en cada nota».
—¡Wolf!
Constanze llevaba varios segundos hablándole. Mozart se había quedado callado, con la mirada perdida en la lejanía del parque. Su gesto petrificado traducía una profunda pena.
Visto a distancia, podría decirse que ya asomaba en él la enfermedad, con esa tez pálida y reñida con el verano que Constanze achacaba a la aversión que le tenía al sol.
Claro que ella no conocía los acontecimientos que en pocas semanas iban a precipitar la muerte del genio. Es más, si alguien le preguntara por el aspecto cerúleo y ojeroso o por las repentinas evasiones mentales que Mozart experimentaba, ella lo justificaría diciendo «él es así», orgullosa de convivir con un ser tan excepcional, esclavo de su creatividad y al que las más altas dignidades hacían encargos para enaltecer celebraciones.
También diría Constanze que, tras esos instantes de máxima concentración, Mozart era una eclosión de vida. Su pluma llenaba pentagramas a borbotones mientras las notas musicales rebosaban en su cerebro.
Cualquier comentario banal servía para explicar sus excentricidades, pero, interiormente, ella sabía que ese niño insatisfecho jamás asumiría lo imposible. Para Mozart no existía esa palabra. En el mundo exacto del pentagrama, donde la creatividad y el genio transitan al filo de lo irreal, el daño no se percibe. Lo impide la fantasía. Y así, maravillado y maravillando, no se cansaba nunca de recorrer la noria del hámster, como decía Constanze.
Mozart era, al fin y al cabo, un preso en su propia cárcel.
Tal vez el origen de su conducta se debiera a las pócimas que tomaba. Sus continuas enfermedades… Y Constanze, aunque resignada a su lento deterioro, no pudo evitar inquietarse aquella tarde. Sabía de sus altibajos. De sus cimas y simas. Pero nunca hasta ese momento lo había visto con tanta carga de tristeza.
—¡Wolfgang! —Le agitó el brazo.
Él salió dulcemente del trance.
—Lo siento, querida. —Su voz aflautada sonó fingida.
Lentamente, sacó de su bandolera una partitura; ella reconoció su grafía. Se detuvo a observar el esmero con el que había escrito el título: «Lacrimosa». Y, justo debajo, vio unos extraños símbolos.
—Este también será mi réquiem.
Ella lo miró desconcertada.
—Ya lo es, cariño. —Señaló al pentagrama—. Has escrito varios compases.
—Me refiero a mi réquiem. El de mi funeral.
Antes de que ella comenzase a llorar, Mozart tiró la partitura al suelo y la abrazó pidiéndole que no contase a nadie lo que iba a revelarle.
Y así, como en un arrebato de creatividad, atropellando los segundos, le relató lo que el conde Walsegg había dicho de la fórmula sumeria. Una historia tan sombría como inquietante a la que iba añadiendo claves astrológicas y matemáticas, aspectos espirituales, físicos, meteorológicos, geográficos, químicos y hasta alquímicos, todo sin solución de continuidad, en tropel, a toneladas orales, como una sucesión de fusas que ametrallaban el intelecto con cada sílaba, sin calma, sin dejar de mirarla.
El músico que días antes había terminado de componer la ópera más maravillosa del mundo saltaba ahora desde lo alto de una flauta mágica hasta la voz de un oráculo de notas tristes como solo sugiere una tonalidad menor. Llenaba el pentagrama de melancolía, muerte, desesperanza, destino, tinieblas…
Y, a pesar de todo, «Lacrimosa» sonaría a gloria.
Constanze se arañaba el pensamiento en busca de optimismo. En aquel banco del Prater, la alegría resultaba inalcanzable.
Mozart recogió la partitura y regresó a su serenidad.
—Cuando quieras jugar a ser Dios —dijo sin ironía—, utiliza esta fórmula.
Pero ella ya se había transformado. Lloraba.
Entonces Mozart no tuvo más remedio que darle una prueba para que le creyera: le mostró un papel en el que había escrito el nombre de «Marcel Autemburg» seguido de una hora, las 11:45, y de una fecha, el 25 de octubre de 1791. El día en el que estaban.
Precisamente, venían del velatorio.
Marcel Autemburg era amigo de la familia. Había fallecido esa mañana en el nosocomio de Viena —el hospital más moderno de la ciudad—. Ingresó por una enfermedad que le provocaba insoportables dolores en los huesos.
—Ayer, al volver de Walsegg —relató enrollando el papel—, quise comprobar toda esta locura y, sabiendo de la gravedad de Marcel, me puse a calcular su muerte. Quizá no debí hacerlo, pero lo hice y esta mañana, antes de tu regreso, fui al hospital y el médico nos dio la noticia a su hermano y a mí. —La miró temeroso—. ¿Sabes a qué hora falleció Marcel?
Constanze negó con la cabeza.
En un arrebato de ira, Mozart golpeó la partitura contra su mano y volvió a ponérsela ante sus ojos.
—¡Exactamente a las 11:45! ¡Maldita sea! ¡Como yo predije! —Se agitó—. ¡Esta puñetera fórmula funciona!
—Pudo ser casualidad…
—¡Sí, claro!, y también es casualidad lo de Ignaz von Born. ¿Recuerdas a qué hora falleció mi maestro?
—Fue en julio, pero la hora…
—Yo te la diré: murió a las 17:22 o, si lo prefieres, a las 5:22 de la tarde. Lo recuerdo muy bien porque ese era su año de nacimiento: 1722. ¡Y también coincide, Constanze! ¡Lo he calculado!
—Es…
—¿Imposible? —la interrumpió él, sonriendo—. Espera al 5 de diciembre y lo comprobarás.
Entonces ella estalló:
—¡No quiero nada! ¡No me importa ese conde ni su fórmula! —Devolvió la partitura a la bandolera y lo miró con ternura—. Solo quiero que descanses, cariño.
Mozart se enfrió la frente con la mano.
—¿Cuándo lo he hecho?
—¡Nunca!… Por eso te lo pido.
—Tenemos deudas.
—Aquí no hay deudas. —Le tapó la boca con la suya intentando una táctica afectuosa—. En este parque no, Wolf; solo estamos tú y yo. Viena, nuestro amor. —Y añadió con firmeza—: Prométeme que descansarás.
Mozart la miró sin ocultar su aflicción. Despojado de la peluca blanca y la casaca roja con botones y charreteras doradas, su indumentaria beis no llamaba la atención. Tenía el mismo tono que ese atardecer en tránsito hacia la noche.
Asintió con gesto protocolario.
Posiblemente, en ese instante, ambos se aferraban al salvavidas de la duda. Deseaban que todo aquello no fuera cierto. Y así pasaron los días, mientras Mozart se metía de lleno en el Réquiem, liberado ya de los compromisos de La flauta mágica. Entonces su salud se debilitó. Constanze apelaba a la razón. Quería convencerse de que esa macabra predicción no era más que simple fatiga.
Así lo sostuvo hasta la noche anterior al fallecimiento. Cuando la medicina ya había tirado la toalla y Mozart parecía a punto de reventar, Constanze se apiadó de su alma y le dijo:
—Tú tenías razón. —Le acarició el rostro inflado.
Mozart apenas podía vocalizar. Aun así, intentó una última broma.
—Átame con una cuerda y sácame de paseo… Soy como un globo. —Al sonreír, una potente tos lo estremeció y agitó el dosel de su cama.
Las personas que aquella tarde habían pasado por la casa, discípulos, familiares y el personal de servicio, aguardaban el desenlace repartidas en varias estancias, mientras en la inmensidad del dormitorio —presidido por una mesa de billar en la que se apreciaban tallados dos ángeles practicando ese juego—, todo era soledad y una mezcla de madera con hedor a muerte.
La pareja se cogió de las manos.
—Tenías razón… —repitió Constanze llorando.
—¿Qué hora es?
Ella miró hacia la cómoda y, tras enjugarse las lágrimas, respondió:
—Casi las siete. Ya ha anochecido.
Mozart cerró los ojos con un rictus que amenazaba con ser definitivo:
—Buena hora… Me quedan seis. —Señaló hacia la puerta—. En el fortepiano está la fórmula. Hay dos copias. Llévale una a Otto, él sabrá qué hacer con ella. —La miró haciendo esfuerzos por mantenerse despierto—. Y la otra dásela al conde Cobenzl, dile que es la fecha que le prometí.
Constanze conocía bien a Otto von Gemmingen-Hornberg, chambelán de la corte y maestro de la Logia Masónica de Viena, a la que pertenecía Mozart. De hecho, la familia le estaba muy agradecida por la ayuda prestada durante los meses de penuria económica en los que el compositor había multiplicado su producción para atenuar las deudas. Con Philipp Cobenzl la relación era distinta; trascendía lo filantrópico. Mozart y él se conocían desde hacía años y compartían, además de una gran amistad, la confianza de sus confesiones más íntimas.
Pero en aquel momento el encargo estaba fuera de lugar. Constanze solo tenía en su mente la predicción sumeria, que volvía una y otra vez, como una testaruda certidumbre, anunciando el final señalado.
—¿Por qué he de hacerlo? —preguntó ella—. La obra es tuya.
—Querida… Por primera vez, mi música no es lo importante. Cumple el encargo, por favor.
Las siguientes horas fueron una sucesión de acontecimientos. Mozart alternaba momentos de calma y lucidez con otros en los que la fiebre lo empujaba a balbucear pidiendo papel pautado para dictar nuevos compases del Réquiem. Revivía y moría a ratos. Así había pasado toda la mañana y parte de la tarde, hasta que el médico de la familia, el doctor Closset, desaconsejó cualquier actividad y sugirió a su esposa que entrara para despedirse.
La extrema debilidad anunciaba el coma.
La pareja pasó junta otra media hora sin decirse nada. Y cuando él pareció sumirse en un placentero sueño —llegando incluso a roncar—, el médico le pidió a Constanze que saliera del cuarto.
Entonces ella fue hasta el estudio donde había un pequeño piano de madera de patas estilizadas, apartó la tela que lo cubría y levantó la tapa. En el paño interior, adherida a la tabla armónica, estaba la primera página de «Lacrimosa» y la fórmula sumeria sobre el primer pentagrama. En el envés de la hoja, Mozart había escrito las instrucciones que debían seguirse para interpretar los símbolos. Al pie de página, firmaba «Para Otto». En el otro extremo de la tabla, había otra copia y las mismas instrucciones; en este caso, la firma ponía: «Para Philipp».
Constanze nunca había visto nada parecido. Desconocía que aquellos símbolos eran la representación de los nueve dioses mesopotámicos y las tres etapas temporales de la vida: nacimiento, desarrollo y muerte. No imaginaba cómo aquellos soles, animales alados, ojos, guerreros y estrellas podían combinarse para deducir el destino vital de una persona.
Tampoco quería saberlo.
En un gesto de rabia, tiró los papeles dentro del piano y dejó caer la tapa con fuerza, lo que hizo que aparecieran en el estudio su hermana Sophie y la asistenta.
Al verla llorar echada sobre el mueble, intentaron consolarla, pero ella levantó el brazo y las detuvo. Quería pasar su pena en soledad junto a aquellos extraños símbolos que, como un tique de adivino de feria, acabarían por confirmar la más terrible predicción. A veinte centímetros de distancia, separadas por la madera del fortepiano, la clave y la mente de Constanze guardaban un mismo secreto: la fórmula magistral de la infelicidad.
La noche fue larga en el número 970 de la calle Rauhensteingasse. Mozart se pasó tres horas agonizando, durante las cuales recuperó la conciencia un par de veces, una de ellas para dictarle a su discípulo, Franz Xavier Süssmayr, las orquestaciones y algunas partes de la Sequentia y el Offertorium del Réquiem, transcripción que fue todo un reto para el joven compositor, ya que debía estar pegado a la boca del maestro para poder oír lo que decía. A pesar de ello, estuvieron trabajando casi una hora, consciente Mozart de que el tiempo se le acababa y de que ya no vería concluida «su» misa de difuntos.
Poco antes de sumirse nuevamente en el sueño, le pidió a Süssmayr una copia de «Lacrimosa».
—Quiero que el Amén final ahogue —susurró.
—Perdón, maestro, no lo entiendo.
Mozart cerraba y abría los ojos dejándolos en blanco, al tiempo que respiraba con mucha dificultad.
—Quince segundos, Franz… sostenidos… sin descanso para los cantantes… Que el arco de los violines baje lentamente, como una mano tendida que ayuda al caído.
Entonces, por un instante, Mozart pareció recobrar la lucidez por completo:
—Que sea un final triste, pero esperanzador. Sencillo. Igual que mi muerte, Franz. Fácil.
Süssmayr asintió.
—Así lo haré, maestro.
Mozart cerró los ojos con una sonrisa nerviosa:
—Tan solo unos segundos… Los que tarda el alma pura en subir al cielo.
Süssmayr repasó la composición y fue directamente a la parte final, que hasta ese momento solo estaba esbozada. La estudió durante unos minutos y al levantar la vista para sugerir un matiz vio que su maestro estaba profundamente dormido.
Nunca más volvería a hablar con él.
La última vez que Mozart despertó fue pasada la medianoche. Su cuñada lo acompañaba cuando comenzó a convulsionar, al principio con leves movimientos y enseguida con violentas sacudidas que alarmaron a Sophie, quien pidió a gritos la entrada del doctor Closset. El médico ordenó de inmediato que le pusieran compresas frías en la frente para bajar la fiebre, pero el cuerpo de Mozart seguía agitándose descontrolado.
Constanze había decidido no volver a entrar en la habitación. Oyó desde el estudio los frenéticos movimientos y preguntó qué estaba ocurriendo.
—La fiebre, señora. Ha vuelto a subir —confirmó una asistenta.
—La fiebre… —Con la mirada perdida, observaba desde el pasillo a las personas que entraban y salían del cuarto y, aunque se temió lo peor, permaneció impasible, con la quietud de una estatua o, más bien, de un espectador en el teatro asistiendo a un drama.
Mozart temblaba. Ardía sin remedio. El nerviosismo reinante hizo que incluso su cuñada se opusiera a las indicaciones del médico.
—¡El frío le provocará un choque térmico! —protestó ella, en un alarde de erudición, poniendo en práctica los escasos conocimientos de enfermería que había adquirido durante una estancia veraniega en un balneario.
Pero una mirada del médico bastó. Sophie recapacitó y pidió enseguida un recipiente con agua fría.
Aquellos fueron los últimos minutos del genio.
Nada más entrar su frente en contacto con el paño, Mozart abrió los ojos y comenzó a emitir sonidos acompasados como timbales. Pum, pum… Pum, pum… Pum, pum… Temblaba y se estremecía, pero ahora sin muecas de sufrimiento. Incluso parecía disfrutar de la sinfonía que se desataba en su interior.
«Nunca obligues a nadie a hacer esfuerzos por comprenderte. La música es gozo, no dudas», recordó su mente mientras se adentraba en la percusión de «Lacrimosa» y su hinchado cuerpo se agitaba, ahora sujeto por varias manos que intentaban contener la furia final.
«Llega el desprendimiento… pum, pum… El alma desencarna en un azul simple. Así debe ser. En perfecta creación. En perfecta ejecución. Encanto. Sencillez… pum… pum».
0:53.
«Faltan dos minutos», le dijo su mente. «Una vez más, cumplirás contigo mismo. Te irás exacto. Con tu métrica infalible. Con la que tocas el corazón… Emociónate. Siente. Ama todo… Aunque ya no seas Mozart, ni Trazom, ni Wolfgang, ni Amadeus, ni nada aprovechable, cuenta hasta sesenta, no pares, que pronto el mundo se hará pequeño para abarcar tu gloria».
Mozart (o lo que quedaba de él) escuchaba complacido, cráneo adentro, la despedida que le brindaba su intelecto. En ese instante, la música se hizo letra y, en aquella habitación, ahora llena de gente aguardando el desenlace, se le oyó cantar en perfecto latín:
Lacrimosa dies illa qua resurget ex favilla
judicandus homo reus. Huic ergo parce, Deus.
Pie Iesu Domine, dona eis requiem. Amen…
—Delira —dijo la asistenta.
—Enfríe de nuevo el paño —ordenó el médico.
Con los ojos cerrados, Mozart siguió canturreando entrecortadamente, como quien se distrae durante una tarea, hasta que los sonidos se fueron espaciando y su intensidad menguó. También los temblores desaparecieron y pronto serían ya leves espasmos localizados en sus extremidades.
0:54.
Entonces el frío dejó de hacer efecto. Ya no era necesario.
La temperatura corporal comenzó a bajar y su cuerpo se quedó inmóvil, con una mueca de burla instalada en el rostro. Todos sabían que aquello era debido al desajuste de los nervios faciales en el instante del óbito, pero por un instante la duda sobrevoló el ambiente; quizá estuviese guardando una última broma, la traca final.
Pero no. Todo había terminado.
El doctor Closset posó la mano sobre el hombro de la asistenta y la invitó a quitar la compresa de la frente. Sophie se volvió hacia la pared y se puso a llorar, y enseguida salió corriendo en busca de su hermana.
Mientras, el joven Süssmayr, aún con la pluma y la partitura en sus manos, miraba la escena desde el otro extremo del dormitorio. Él y todos los demás, situados como en el escenario de una ópera.
0:55.
Fin.
No por esperada, la muerte de Mozart fue menos impactante. Para quienes la presenciaron en directo, la imagen del genio convulsionando sería un traumático recuerdo, pero no para Constanze. Por voluntad propia, quiso permanecer fuera de la habitación hasta que le comunicaron el fatal desenlace, e incluso después solo accedió a ver el cuerpo una vez que estuvo amortajado —al estilo masónico, con manto negro y capucha—, lo cual favoreció el tránsito del luto y le permitió hacerse a la tragedia; quizá también porque asuntos mundanos como las deudas la obligaban a estar más concentrada en lo material que en lo espiritual.
Por el contrario, para el joven Süssmayr, la visión de un Mozart poseído por la enfermedad fue algo lacerante. Jamás lo olvidó. Siguió viendo a su maestro en cada pentagrama; allí donde hubiese una nota, el genio aparecía ahorcado entre fusas y corcheas; dicho en tono poético, como él mismo lo definía.
De hecho, cuando Franz Süssmayr terminó el Réquiem, pasó una larga temporada aislado en un balneario, y se dice que hasta el día de su muerte —acontecida también a temprana edad— no dejó de ver ni un solo instante a Mozart por donde quiera que fuese: como peatón, como conductor de carruajes, dirigiendo una ópera, limpiando las calles o muriéndose de hambre entre harapos.
Igual que a su maestro, el Réquiem lo superó. Fue una experiencia emocional de arrepentimiento creativo que marcaría toda su carrera. Tener que completar una composición de Mozart acabó convirtiéndose, más que en una honra, en una obsesión porque la gente no paraba de preguntarle: ¿Qué final habría escrito tu maestro? ¿Coincidiría con el tuyo? ¿Te habría felicitado Mozart o habría censurado tus propuestas?
Süssmayr hizo suyas esas preguntas durante toda su vida. Su corazón, arrepentido, se dijo mil veces que lo mejor hubiera sido dejar la obra inconclusa. Cualquier cosa con tal de no prostituir la creatividad del genio.
Pero fue débil y desoyó a su conciencia.
El empuje de Constanze, primero, y el éxito adherido a la leyenda de su maestro, después, lo llevaron a completar los esbozos del Sanctus, el Benedictus y el Agnus Dei y también la percusión de toda la obra. En realidad, de las siete partes, Mozart solamente llegó a escribir el Introitus, el Kyrie y los primeros compases de «Lacrimosa».
Cuando días después sonaron algunas de esas notas en la misa de funeral, Süssmayr no pudo permanecer en el templo. Un repentino mareo lo hizo salir y caminar en medio de una gran nevada; sacó del bolsillo la pluma que el maestro le había regalado para terminar el Réquiem y, en un arrebato de furia, la destrozó, echándose luego sobre la nieve a llorar su arrepentimiento.
Cuentan que, años después, en su lecho de muerte, Süssmayr pidió a un violinista amigo suyo que le tocase unos compases del Réquiem, del que dijo ser «tan padre como Mozart». Sin embargo, Viena había cambiado mucho. Mozart ya era un dios y quien osara poner en duda cualquier pasaje de su vida se arriesgaba al descrédito más absoluto.
Por eso, al final, aquel violinista tocó un réquiem, sí, pero no el de Mozart. No quiso profanar la memoria del maestro. Y Süssmayr, ya casi sordo a causa de la tuberculosis, no se lo pudo reprochar. Quizá se lo agradeció. Puede que, desde su silencio enfermo, se conformara con haber ganado en su juventud una pequeña porción de eternidad dentro de aquella habitación, con Mozart dictándole su sentencia.
Por algo a los genios se les perdona todo.
Por algo se les quiere.
Por algo son inmortales.
Viernes, 4 de diciembre, 20:00.
73 horas antes del fin
Morir ahogado en chocolate nunca es una opción de suicidio, y menos en Viena, ciudad de suave discurrir como la superficie de una tarta Sacher. Vayas donde vayas te inunda un aroma a cacao que evoca felicidad, sobre todo en vísperas de Navidad, con los mercadillos recién abiertos y la ciudad engalanándose para las fiestas más importantes del año.
Por eso, cuando el periodista Peter Dauson vio el cadáver sumergido boca abajo, con las piernas sobresaliendo del tanque, se dijo que de suicidio nada.
«Está como plantado en un tiesto», pensó.
La pasta de chocolate, a punto de solidificarse, le cubría el cuerpo hasta las rodillas y mantenía equilibradas las extremidades inferiores en un ángulo que retraía los bajos de un pantalón de raya impecable. Coronando el cuadro, unos brillantes mocasines salpicados de gotitas marrones delataban que su dueño tenía buen gusto además de buena cartera, a juzgar por la marca y por lo poco gastadas que estaban las suelas.
Llevaba así media hora. El mismo tiempo que había transcurrido desde que desconectaron la electricidad de la fábrica, provocando la detención de las palas de mezcla y el proceso de conchado, haciendo que el chocolate, aún tibio, fuera adquiriendo consistencia conforme perdía temperatura.
Ocurrió durante la última visita.
Doce personas habían pasado por allí minutos antes con el jefe de producción en el habitual recorrido vespertino que cada día realizaba un grupo de turistas. Conocer la historia y el proceso de fabricación de la Swenner Chocolat Factory ocupaba un lugar destacado en el programa cultural que ofrecían las guías de Viena.
La visita comenzaba en el almacén de recepción de cacao y terminaba en la tienda de ventas, una sugerente estancia decorada al estilo decimonónico de irresistible tentación. Si algo destacaba en esta centenaria empresa, era su cuidada estrategia de marketing, y el local de «producto terminado» así lo corroboraba: surtido con todas las variedades de la marca y elegantes cajas de bombones, predisponía al visitante al placer en una conjunción perfecta de aroma, sabor y color.
La fábrica estaba situada en una parcela ajardinada de Landstrasse, un barrio tranquilo del canal del Danubio donde nunca pasaba nada. Nunca, hasta ese día.
Ya por la mañana, unos trabajos de mantenimiento habían alterado el recorrido de las visitas, desviándolas de su itinerario habitual. Nada importante. La sección de conchado —donde apareció el cadáver— se había cerrado para mayor comodidad de los técnicos, lo cual no evitó que al descubrirse el crimen la noticia se propagara de inmediato. Los gritos de una mujer, amplificados por el eco de la techumbre, encendieron la mecha del macabro hallazgo justo en el momento en que los turistas se subían al autobús para regresar a Viena.
A los alaridos les siguió la aparición de un coche patrulla, y enseguida, una ambulancia y un pequeño furgón de bomberos. Todo ello convirtió la explanada de la fábrica en una sucesión de uniformes y sirenas que magnificaron la tragedia en un momento.
Por supuesto, el autobús fue inmovilizado; el conductor, obligado a bajar, y los viajeros tuvieron que permanecer en el interior mientras recluían a los trabajadores de la empresa en las oficinas y toda la zona era acordonada, con los vecinos avanzando temerosos hacia la verja intuyendo que algo grave acababa de suceder.
Pensaron en un ataque terrorista.
De la víctima nada se sabía, excepto que era un hombre —por su vestimenta—. Pero más allá de su letal posición, no se advertía señal alguna de violencia. Unas cuantas salpicaduras, algunas pisadas sobre la rejilla que circundaba el depósito, y poco más. A excepción de estar «plantado» en chocolate, el cadáver no ofrecía más evidencias. Un penetrante olor a cacao —paradójicamente, apetecible— era todo lo que revelaba la escena del crimen.
Peter Dauson seguía mirándolo.
«El instinto jamás lo permitiría… Aunque a ti no te han dado muchas opciones», pensó.
Un rato antes, mientras comía una chocolatina en el patio de butacas de la Wiener Staatsoper —la Ópera de Viena—, con la compañía ensayando la escena final de Las bodas de Fígaro, Peter Dauson no imaginaba que aquel suceso iba a cambiar su vida para siempre.
Tomaba notas en su tableta digital, en paz consigo mismo tras años buscando el sosiego de quienes han vivido la guerra en primera persona. Como periodista se consideraba un privilegiado. Hacer crítica musical en el diario Krone era un cómodo colchón profesional, teniendo en cuenta la situación laboral del gremio y, sobre todo, las secuelas que Siria le había dejado.
Cierto es que un informador de raza —lo que él entendía como un sabueso de la noticia— está en las antípodas de un crítico musical. Tal cambio tendría sentido, por ejemplo, si en la cima de las tramoyas apareciera un tipo con máscara de fantasma sembrando de cadáveres la trastienda del escenario. Pero la vida también tiene sus contradicciones; no hay otro animal con tanta querencia a ellas como el ser humano, pensaba él.
Y aunque cambiar los campos minados por la moqueta pueda parecer un contrasentido, en la vida de Peter Dauson no lo era. Más bien se trataba de una enmienda a la totalidad. Igual que adoptas un dogma y te afianzas en él o lo cambias por completo justificando que todo evoluciona.
Peter no era tan voluble. Lo de la crónica musical era, más bien, un salvavidas. Nada de giro de timón. Si hubiera que definirlo, sería el Titanic saliendo a flote porque el mar se había secado. Y tenía sus motivos.
¿Acaso no es contradictorio dejar de fumar de un día para otro o renegar de vivir en pareja después de estar veinte años juntos? Depende. ¿No debería guiarnos un proceso de adaptación en cada cambio que realizamos en nuestra vida? Puede ser…
Si todo fuera un orden establecido, habría que pedir permiso hasta para ir al baño. El cementerio está lleno de gente que tenía razón y, sin embargo, allí se quedan todos, archivados con sus argumentos, con el único consuelo de que sus deudos le harán justicia a su memoria mientras dure la descendencia.
Así pues, que no le vinieran a él con lecciones vitales.
Los biempensantes, cuanto más lejos, mejor. Quedan bien sobre una tarima sentando cátedra, pero no frente a un edificio tiroteado. Hoy en día, los mesías solo acumulan caspa y sus fanatismos no conducen absolutamente a nada, sostenía él.
Bombas por violines.
Trincheras por palcos.
Muertos por músicos.
«¡Bendito cambio!», pensaba al repetir como un mantra las causas de su transformación. ¿Realmente era necesario pedirle permiso al mundo?
Peter Dauson siempre lo tuvo claro: no.
Afirmaba que cuando la dignidad está a salvo, siempre aciertas con el camino que eliges. Lo dijo el primer día en que inició su nueva etapa profesional como periodista musical. Atrás quedaban meses de una traumática experiencia como corresponsal de guerra: desayunar muertos, almorzar secuestros y cenar mercenarios es una agenda que se graba a punzón en tu cerebro, sin contar las lágrimas que se te caen al suelo sin querer, porque en la guerra hacerse el valiente no es un gesto, sino una estrategia vital.
Ese mismo día, de vuelta a la redacción, reconoció que no tenía ni idea de música ni de Mozart y que sus visitas a la ópera se contaban haciendo un círculo: cero. Pero fue sincero.
Cuando asumes una deuda de gratitud, la convicción debe ser inquebrantable. Y Peter Dauson la tenía. Se había ido a Siria vacío por haber perdido a su hija, pero regresó lleno de ilusión porque le habían dado otra oportunidad: vivir.
Así se lo dijo a sus compañeros.
Pero en el teatro la impresión que causó fue la de un tipo duro —muy alejado del estilo que rodea a la ópera— y lo primero que juzgaron fue su aspecto: el cuero y los vaqueros no casan con la etiqueta. Entonces, ¿cómo se mide la fragilidad o la dureza de una persona? ¿Se calibra como un mineral? Si nunca has visto un coco, ¿dirías que esconde una pulpa tierna y un refrescante sorbo de agua?
Las apariencias, como los críticos musicales, también pueden engañar.
Dauson pensaba en todo esto el día en que cumplía su quinto aniversario desde que regresara a Viena.
Mientras apuraba la chocolatina, procurando no tirar ningún trozo sobre la alfombra, se veía solo en aquel mar de terciopelo, sentado en una de las carísimas localidades de abono que se llenarían durante los días de concierto entre diciembre y junio.
Era el último ensayo. La temporada lírica arrancaba con buenas perspectivas y los protagonistas de una de las óperas más famosas del mundo vestían el atuendo que lucirían al día siguiente en el estreno. Con el lleno asegurado, todos eran conscientes de que lo que Viena dictase iba a marcar el resto de la gira.
El montaje era arriesgado —más transgresor que clásico, con un Fígaro luchando contra la desigualdad social en un entorno urbano y moderno—; seguro que iba a generar polémica en un público mayoritariamente conservador y poco amigo de innovaciones escénicas.
Pero, en ese momento, en aquella sala vacía, la preocupación no era esa. Peter echó un vistazo a los palcos y vio que allí no había francotiradores o gente huyendo de las bombas. Solamente encontró lujo, caoba y mucho Mozart, y se dijo que las óperas «son como las películas: o matas o mueres, pero siempre es de mentira». Inspiró profundamente para prolongar el sabor del chocolate.
Recordó entonces el juramento hecho en el infierno de Alepo: dejar atrás los fanatismos. Era eso o acabar en un psiquiátrico con la mente taladrada por aquellos gritos automáticos, como los de un Kalashnikov, que salían de las casas y las trincheras llenas de inocencia y juventud moribunda.
«Solo conoces el verdadero dolor cuando un niño se te muere en brazos». Pronunció esta frase en una de las pocas entrevistas que concedió a su regreso de Siria tras seis años como corresponsal de guerra.
Pero ahora, viéndolo con su indumentaria informal y acomodado en el templo del bel canto, costaba imaginar a este hombre —atractivo a sus cuarenta años— teniendo la más mínima consideración por la música clásica. La duda no era por su cuidado cabello negro o su rostro siempre afeitado, sino por esa pose insolente de brazos extendidos sobre el respaldo; allí, en el patio de butacas donde el menor movimiento desceñía corsés o desnivelaba pajaritas.
Bien es cierto que en poco tiempo Peter Dauson se había ganado el respeto en el ámbito musical de Viena, no tanto por la profundidad de su análisis como por la «llegada» de su mensaje. «A ser corresponsal de guerra tampoco te enseñan», decía él cuando le preguntaban por su drástico cambio profesional. Sorprendía que sus crónicas, siempre exentas de retórica, fueran de las más leídas. Él no instrumentalizaba el sentimiento; lo narraba. Y eso a la gente le gustaba.
Y, por supuesto, también ayudaba mucho su inquebrantable admiración por Mozart.
—Él me salvó la vida —dijo una vez en televisión.
—¿Mozart?
—Sí.
En horario de máxima audiencia, la periodista medía los gestos, consciente del buen ritmo que llevaba la entrevista, la primera que concedía Dauson tras permanecer tres días sepultado entre los escombros de un edificio de Alepo.
—Supongo que eso es… una metáfora —precisó la mujer.
—Cuando se te cae un edificio encima, las metáforas sobran. —La miró con seriedad—. Piense en una losa de hormigón aplastándole el pecho. El aire no llega. No entra. Y entonces te dices: «Bueno, se acabó». —Contuvo la emoción tragando saliva—. Aun así, el instinto lo intenta. Da igual que tragues polvo o que te ahogues. Tú quieres rendirte, pero él te lo impide. Quieres que las fracturas duelan. Quieres desmayarte. Quieres que la sangre salga de una vez y te vacíe. Suplicas que la mente no coordine.
»Cuando todo eso ocurre y ya no te quedan motivos para vivir, entonces aparece Mozart. —Miró a la periodista para ver su reacción—. En medio de tanta destrucción, se presenta y suena para ti. Te anima desde el móvil que aún funciona. Y, créame: nada vuelve a ser lo mismo, porque antes de que intentes una llamada de emergencia, tu cuerpo ya empieza a curarse. Su música es esperanza.
—¿Me está diciendo que sobrevivió escuchando a Mozart? —preguntó ella, sorprendida.
—No —aclaró Dauson—: sobreviví por escucharlo.
Un redoble de tambores lo devolvió a la realidad. El director de orquesta mantenía el compás del fastuoso final, con los cantantes entonando las últimas notas de «Gente, gente! All’armi, all’armi!». Anticipando el cierre, levantó la batuta y describió un giro hacia abajo y de pronto se hizo el silencio.
—Gracias a todos. Buen trabajo. —Sonrió a la orquesta golpeando el atril con la batuta.
Unos tímidos aplausos procedentes de la zona de tramoya dieron paso a los habituales ruidos de intendencia: interruptores, operarios, pasos sobre el entarimado. La orquesta comenzó a recoger y el personal, a recomponer el decorado mientras el director artístico salía al escenario para hablar con los cantantes.
Peter Dauson dobló el envoltorio de la chocolatina y lo metió en el bolsillo. Luego se tomó unos minutos para terminar sus anotaciones mientras el teatro apagaba su magia y aparecían las luces de servicio.
Iba a levantarse cuando sintió una mano en el hombro.
—Un final muy simple.
Enseguida reconoció la voz. Era Lukas Volkheim, un joven violinista de la orquesta.
—Previsible… —respondió Dauson—. Aunque reconozco que no soy objetivo: es una de mis óperas preferidas.
El músico se soltó la pajarita y se atusó su melena trigueña; tenía un aire nórdico. Sin disimular su cansancio tras dos horas de ensayo, se dejó caer en la butaca y bebió agua de una botella que traía. Luego se quedó mirando el techo.
—Viendo esta maravilla —comentó—, ¿alguien se imagina que el arquitecto se suicidara por las críticas?
—Ya no queda sentido común.
—Cierto.
Dauson notó algo extraño en su mirada. Lukas lo disimuló con una sonrisa.
—¿Hace una cerveza de eucalipto?
El periodista palmeó su mochila.
—Voy a enviar la crónica. Quizá después.
Ambos se habían conocido hacía dos años. A pesar de su diferencia de edad —Peter le llevaba quince años—, empatizaron bien. Fue en un encuentro casual en el Café de Straff de Viena. Allí acudían músicos, periodistas y personal de la Ópera, normalmente tras los ensayos, y una de esas tardes descubrieron su afición común: los productos artesanales de los monasterios. Era extravagante, sin duda. Hasta ese momento, Peter Dauson no había encontrado a nadie que le gustasen esas cosas, pero un día, hablando de un licor de eucalipto que elaboran los monjes de un monasterio español situado en Oseira, cerca de Ourense, Lukas dijo haber pasado unos días de retiro en aquella abadía. «Me alojé en la habitación donde Graham Greene se inspiró para escribir Monseñor Quijote», le comentó.
Ciertamente, aquel cenobio del siglo xii era uno de los edificios medievales más enigmáticos de Europa. Su belleza y sus leyendas lo convertían en un marco perfecto para todo tipo de musas; tanto era así que el propio Jean Jacques Annaud lo había considerado como primera opción para el rodaje de El nombre de la rosa. Al final, cuestiones mundanas, como la económica, no hicieron posible esa localización, si bien, desde entonces, la fama de Oseira no dejó de crecer; tampoco la de su licor, al que llamaban «el remedio de Dios», por las propiedades curativas que los monjes atribuyen a la bebida.
En recuerdo de esa coincidencia, Peter y Lukas quedaban a veces en un local cercano para tomar lo más parecido a aquella bebida monacal: cerveza de eucalipto. Era el único pub de Viena que la servía. Sin embargo, la cita era más bien una excusa para comer una de sus generosas salchichas y, de paso, fortalecer una amistad entre dos vidas completamente diferentes.
—¿Sigues cubriendo sucesos?
La pregunta sorprendió al periodista.
—Sabes que no.
—Bueno… —Lukas sonrió irónico—, Siria no era precisamente crónica rosa.
—Era una guerra.
El músico descartó la confrontación y se recostó en la butaca con las manos en la nuca. Sus angulosas mandíbulas daban a su rostro juvenil un aspecto rudo.
—¿Sabes qué es lo mejor de la música? —Lo miró de reojo—: Da templanza.
