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Un nuevo inicio para sobrellevar la muerte de su esposa. Una casa alejada en un pueblo del Pirineo. Una leyenda local de una mujer bella y seductora, un ser vampírico que solo se manifiesta cada tantos años, un estado de embriaguez emocional, en el que los delirios se adueñan de la vida del protagonista. Espera un momento... ¿Esos colmillos solo han sido un destello de alucinación? ¿O han rasgado la carne de mi cuello? ¿Estoy sangrando, o sufriendo delirium tremens? En esta segunda novela, el autor vuelve a su esencia: el terror gótico. Una historia en la que los monstruos vienen de dentro del protagonista, fruto de su pérdida... ¿o tal vez de leyendas antiguas que cobran vida?
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© Marc Tello
© La colina del frío
ISBN papel: 978-84-685-0094-2
ISBN digital: 978-84-685-0096-6
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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El último hálito de Carlos Ramos
Sus colmillos blancos relucen con la luz tenue y grisácea de la luna. Sus ojos me miran de un modo demoníaco. Mi corazón se encoge al sentir el frío hielo de su iris. Antes de que me hipnotice, me lanzo a correr por el bosque. Los árboles me retienen con sus afiladas ramas, me arañan la piel, me hacen sangrar en la cara y en los hombros mientras sus raíces me enredan los tobillos, y cada paso me cuesta más. Ella lo tiene todo a su favor, este es su bosque, su guarida centenaria. Yo no soy más que un intruso.
Mi aliento se entrecorta cuando oigo sus pasos cerca, muy cerca. ¿Por qué tuve que ser tan curioso? Puede que me maten esta noche por el vicio de querer saber algo que ningún humano debería ni siquiera imaginar. Corro y salto en el último instante. La raíz retorcida de un fresno sale furiosa a mi encuentro. Está casi encima, corre más.
Los aldeanos lo saben, conocen el terrible secreto. Intentaron mantenerme alejado. Salta esa piedra, ella está cerca, corre más. Pero no escuché. Como siempre, no escuché. Mamá tenía razón, mi vanidad me causará algún día un gran problema. Pensé que aquello solo eran estúpidas habladurías de estúpidos aldeanos. ¡Maldita sea mi vanidad! El más humilde de los granjeros es más inteligente que yo, pues sabe que hay cosas en las que uno no debe mezclarse nunca. Creo que nunca he corrido tanto ni tan rápido. Esto también es obra suya, su amor retorcido me ha cambiado.
Me detengo en el lago y miro a mí alrededor. No la veo. La luna llena se refleja en su inmensidad en las cristalinas aguas del lago. La tranquilidad serena mi alma. Si sobrevivo a esta noche, juro por mi alma que creeré a las gentes de este lugar y sus buenas intenciones. Aguanto la respiración y escucho a mi alrededor. Nada. Quizá la haya despistado. Me dejo caer sentado en el suelo, recuperando el aliento. Levántate otra vez, sigue corriendo hasta casa, no estarás seguro en ningún otro lugar.
Qué razón tenía mi abuelo cuando decía que a la naturaleza no se la puede domesticar. Los árboles parecen haber recobrado su tranquilidad, su mansa actitud nocturna. Pero una arcada de terror vuelve a invadir mi corazón. Siento su aliento gélido en mi nuca, dudo en si girarme o no... Si lo hago no debo mirarle a los ojos... Los ojos... ¡Es ella otra vez! Arranco a correr con la poca fuerza que me queda dentro. Sorteo de nuevo las raíces de los árboles, que se alzan del suelo riéndose otra vez de mí. La luna me mira con furia, por unos instantes me creí más listo que el monstruo por haberle despistado, y he cometido el mismo error. Aguanta un poco más, corre más, ya casi estamos en casa. ¡Por tus huesos corre más! No escuches sus gemidos, no oigas sus gruñidos, ¡corre, corre!
Los árboles ya han desaparecido, estoy en el claro de mi casa. Ya veo la puerta... Saca las llaves con cuidado... Si ahora caen será el fin, llego a la puerta. ¡Haz que esa mano deje de temblar! ¡Encaja llave maldita! ¡Encaja en la cerradura de una vez! ¡Estoy dentro…! Una victoria momentánea, ese monstruo viene a por mí.
Siempre dejo las ventanas cerradas, pero me aseguro de que todo está cerrado. Cogeré el rosario de la abuela, ah... Ella sí que sabía, todo lo sabía, ¡Y pensar que alguna vez la vi como una pobre supersticiosa de pueblo! ¡Que necio fui!
Me pondré el rosario en el pecho. Casi es una estupidez, apenas sé rezar, ¡Nunca me interesó creer en nada!, Me encomiendo a Dios con súplicas desesperadas y llorosas. Si ella existe, Dios también debe de existir. ¿Por qué tuve desafiar una verdad con siglos de existencia en estos parajes? Me odio a mí mismo por acabar con mi propia vida.
Todos los aldeanos me lo dijeron al poner los pies es esta tierra; “No vayas a la casa del otro lado del lago... está maldita. Aquella joven... brutalmente asesinada por su marido, ahora no puede descansar en paz. No pises su tierra, o la liberarás.”
¡Y voy yo y profano su tierra, la molesto, por eso ahora estoy maldito! La muerte no tardará en visitarme. No podré salir con vida de esta, tengo esa fúnebre seguridad. No pienses así, eso no te ayudará. Mi corazón se resigna a latir, hasta que ella llegue. Es la Némesis que caerá sobre mí por méritos propios. Cierro los ojos, tiemblo de terror. ¡Ah Dios ten piedad de mí!
Algo golpea la ventana situada detrás de mi sillón. Me giro... no veo nada. Me levanto. Miro por la ventana. Toda la casa está a oscuras, así que puedo ver el exterior con la claridad de la luna. Escudriño todos los rincones. Nada, ni tan solo viento, pero noto su presencia aunque el bosque está tranquilo. Vuelvo al sofá, con el rosario en la mano, y miro por la ventana que tengo enfrente.
Un rayo de luz de luna, brillante y luminoso, entra por mi ventana. El Rayo es extrañamente denso, pequeños haces de luz revolotean en su interior, fluctuando como olas de un mar embravecido. Una silueta se va dibujando dentro de mi salón, la luz de la Luna la perfila. Ahora la veo con claridad, es irremediable... es mi fin...
Es increíble ser testigo de cómo un demonio de más de seiscientos años de antigüedad puede ser tan hermoso. Dolorosamente bella. Ese tipo de belleza desgarradora, que se hiende en tu alma, que te arrebata la inteligencia, y que va más allá de lo físico. Su cabello castaño revolotea como si en mi salón hubiera un huracán. Sus dos ojos verdes son dos pozos esmeraldas en los que toda la humanidad podría caer y no se llenarían. La voluptuosidad de su cuerpo es el resultado del sueño de todos los hombres de la historia.
No debo dejarme llevar por su extremada belleza. Debo hacer algo para evitar su hechizo. En un intento de salvar mi vida, alzo el rosario de mi abuela, sin apartar la vista de ella. En su cara se dibuja una sonora carcajada que muestra la textura amenazadora de sus colmillos. ¡No quiero morir sin haber luchado antes defender mi vida!, Me alzo y lanzo el puñetazo más brutal que mi cuerpo me permite. Ella lo esquiva con suma facilidad, sin borrar su sonrisa. Me vuelvo desesperado, pero ella no hace ningún gesto, se limita a mirarme con la ternura de una madre. Oigo su voz, pero sus labios no se mueven:
“No temas, ven conmigo, y yo te protegeré a lo largo de los siglos.”
Sus ojos se han instalado en mis pupilas. Es tan encantadora, tan dulcemente irresistible... Se abalanza suave y delicadamente sobre mi cuello, donde posa sus labios. Este es mi triste final, o quizás mi dulce despertar.
El nuevo hogar
Llegaba tarde. No me fue fácil encontrar el camino hacia aquel pueblo escondido, Arcos de Luna, situado en algún punto entre el pirineo Catalán y el Aragonés. Supuse que mi agente inmobiliario me estaría esperando aún. La verdad es que el camino era precioso. Los pinos hacían de tapiz para los ojos, y cuando estos no estaban, aparecían unas vistas de valles y ríos de ensueño.
Por fin divisé el letrero que anunciaba el pueblo. Me adentré por la única calle de entrada, adoquinada. Al recorrer unos metros llegué a una bonita plaza, toda empedrada, con la iglesia a la izquierda y el ayuntamiento enfrente de ésta.
La iglesia pese a tener los principales rasgos de la arquitectura románica, con su portalada cincelada, sus vueltas de medio punto y un crucero definido, tenía otros estilos en ella, puesto que la torre del crucero tenía agujas góticas. El ayuntamiento era del mismo estilo, algo más recargado quizá, con arcadas enormes, a estilo de lonja, de medio punto y con unos adornos más bien pobres.
Eran los dos únicos edificios de la plaza. Comprobé el nombre en la placa, efectivamente era la Plaza de España. Un hombre recostado sobre un todo terreno blanco, no cesaba de mirar el reloj. Era un hombre de estatura media, rechoncho, con bigote, una gran calva en la mitad de su cabeza. Pantalones azules, camisa a rayas, (horrible para mi gusto), y una corbata algo vieja. Todo ello embutido en una gruesa gabardina. Antes que tuviera tiempo a salir se acercó a mi coche y me dijo:
—¿Es usted el señor de Olesa? —su voz era rasposa, como si sufriera de ronquera crónica. Sus ojos dieron un repaso inmediato al interior de mi coche, como si fuera un policía en acto de servicio.
—Sí, disculpe el retraso, pero he tenido algunas dificultades para encontrar el camino.
—Le entiendo, es muy fácil perderse si no se conoce bien la tierra. Si no le importa seguirme con su coche, le llevaré hasta el inmueble.
Asentí con la cabeza, él sonrió amablemente y se introdujo en su coche. Le seguí, no era difícil memorizar el trayecto del pueblo hasta la casa. Nos adentramos por un camino de tierra. A nuestra derecha, se encontraba la falda de una montaña, al cabo de un rato el camino se retorcía a la izquierda dejando la montaña atrás, y a lo lejos se podía ver la cuna de un río.
A partir de aquí el bosque espeso de pinos y hayas no dejaban ver nada más. El camino concluía en un claro de bosque donde se encontraba la casa. Una construcción típica y rústica, con los sillares de piedra, casi rectangular, con los bloques de piedra perfectamente tallados y alineados. Tuve la sensación que si midiese cada uno de los bloques, tenían los mismos centímetros y milímetros. El aspecto exterior, el lugar de su ubicación, me agradó mucho.
Las ventanas estaban reforzadas con fuertes celosías, y detrás de ellas se veían unas maderas que no eran la propia ventana. Parecía que el anterior inquilino hubiera querido protegerse de un ataque externo. El señor De Graas, mi agente inmobiliario, abrió la puerta con un chirrido estrambótico, pesaba mucho;
—Verá, señor de Olesa...
—Puede llamarme Diego — interrumpí.
—Bien, Diego, el anterior inquilino sufría de accesos histéricos, un problema espinoso y caro de tratar, que sufría desde niño. Se le metió en la cabeza que estaba maldito. Al llegar aquí era un hombre normal, pero... —su cara redonda adquirió un semblante serio, demasiado—, las leyendas e historias le trastocaron. A veces la gente habla demasiado sin tener en cuenta la sensibilidad de los otros. Supongo que también le ayudaría la soledad de este paraje. Le cuento todo esto por el aspecto exterior de la casa, con todas esas rejas. El pobre murió en el sofá del salón, presa de un ataque de corazón. Supongo que no tendrá nada en contra porque alguien haya fallecido en el interior de la casa ¿verdad?
—No, no se apure, no soy maniático.
Aunque no me gustaba esa idea. Por su manera de hablar comprendí por qué aquel hombre no podía trasladarse a una ciudad a trabajar. Hablar demasiado es igual de malo que hablar de menos en el momento de vender un producto. Pude ver en sus ojos marrones una sombra al hablar del anterior inquilino. No quise preguntar más sobre el asunto, la copiosa manera de sudar del señor De Graas, a pesar de estar en invierno, no me invitó a ello. Tarde o temprano me enteraría de su historia.
Entramos en una pequeña estancia. El recibidor, con un armario empotrado a la izquierda. Bajamos dos escalones. Al frente había unas escaleras que daban paso al segundo piso. A nuestra izquierda quedaba el salón, De Graas se apresuró a abrir las ventanas y dejar entrar el torrente de luz del mediodía.
El salón era enorme, más largo que ancho. Se deslizaba de manera vertical e iba desde la fachada de entrada hasta la posterior. Me sobraba comedor para mí solo. Al otro lado de donde me encontraba estaba la chimenea. El lado más largo del comedor estaba horadado con dos enormes ventanales, que a su vez se dividían en dos ventanas que se podían abrir independientemente. Detrás de mí, o sea, en la pared que daba a la fachada de la entrada, había otra ventana. En ese rincón colocaría la mesa. Saqué mi libreta, y apunté el orden de los muebles según mi gusto. De Graas se adelantó mientras yo me entretenía con el comedor, y había abierto todas las ventanas de la casa.
Antes de subir al primer piso asomé la cabeza a la cocina, que quedaba enfrente del comedor, y del pequeño baño, que consistía en un urinario y un grifo para lavarse las manos. Subimos al primer piso, De Graas me iba dando todo tipo de explicaciones sobre la construcción, con su redonda cara estirada de tanto sonreír.
El segundo piso estaba más aprovechado que el primero. Las escaleras te dejaban justo enfrente de una habitación, no muy grande, con una ventana que daba a la parte trasera de la casa, desde la cual se veía el camino que venía del pueblo. A continuación venía un gran baño, con una bañera enorme y redonda.
Le seguía a otra habitación, esta vez más grande, con una ventana que daba a la parte izquierda de la casa según se entraba. En la parte delantera había dos habitaciones. Según me dijo De Graas, una había sido utilizada como despacho, y la otra como habitación. Las dos tenían ventanas que daban a la fachada principal del edificio. Aquí empezaba la escalera que subía al último piso que estaba dividido en una terraza amplia que daba una visión increíble del bosque, y una buhardilla que aún conservaba muchos trastos y recuerdos.
—Me quedo con la casa—dije sin ninguna duda.
La cara redonda del agente inmobiliario adquirió un tono y una luminosidad casi angelical. Como si de repente mis palabras le hubieran devuelto un sueño perdido de la infancia. Supongo que no tenía muchas esperanzas de poder venderla.
De Graas se alegró de mi decisión. Firmé los papeles de compra ya redactados y salimos. El agente me acompañó hasta el pueblo. Nos despedimos y regresé a la ciudad. Lo dispusimos todo de tal modo que antes de un mes pudiera instalarme. El señor dinero es un fiel amigo en estos casos. Necesitaba alejarme de todo lo que me recordase a mi mujer y su fatal accidente. Su muerte estaba muy fresca en mi alma y su recuerdo me sumía en unas depresiones horribles, que acompañaba con botellas con alto contenido de alcohol y mezclaba con la medicación.
Los médicos y mis amigos me insistieron en que me alejara del mundo, que me tomara unas vacaciones indefinidas. Cuando no se necesita el dinero, uno puedo poner en práctica este tipo de consejos. Tengo una de las diez mayores compañías de transporte por tierra de Europa. He dejado el cargo de presidente, pero sigo siendo el accionista mayoritario, hecho que me permite vivir de las rentas. Y si con eso no fuera suficiente mi mujer, primero modelo, y después una brillante actriz, que tuvo pie y medio en el todopoderoso Hollywood, me había dejado una suma de dinero que no me gastaría en el resto de mi vida. Así que me fui a vivir al rincón de la naturaleza más apartado que pude encontrar.
El quince de marzo todo estaba preparado para que pudiera instalarme en mi nueva casa. Los pintores hicieron un buen trabajo. La casa parecía haber recobrado la vida. Los muebles estaban tal y como yo había dispuesto, y los paletas habían hecho un buen trabajo en la construcción del garaje. En las ventanas ya no había celosías ni maderas de refuerzo, por lo que ya no parecía una prisión. Necesitaba respirar aire puro, poder ver terreno delante de mis ojos, sentirme pequeño delante de la inmensidad de la naturaleza y gritar a cualquier hora de la noche o el día sin llamar la atención. Echarme a correr por los bosques con toda tranquilidad y sobretodo, no despertarme por la noche con sobresaltos.
Después de revisar que las habitaciones estaban a mi gusto, me introduje por lo que en otros tiempos había sido la despensa y ahora era la ante sala para el garaje. En la parte posterior de la casa, cogí el coche y me dirigí a hacer gestiones al pueblo.
Primero fui al pequeño ayuntamiento, para inscribirme en el padrón del municipio. El ayuntamiento por dentro era casi más impresionante que su exterior con los arcos cincelados. Al igual que el resto de construcciones del pueblo, tenía un aire gótico general, pero con diferencias sustanciales.
El ayuntamiento estaba construido casi como una catedral. Tres naves, una central ancha y espaciosa, y dos laterales más estrechas. Las nervaduras de los arcos cubrían cada una de las dos bóvedas que conforman el espacio central. Pero no eran tan altas como el gótico acostumbraba a construir, sino de forma algo más redonda, no tan elíptica, una redondez que casi pertenecía al Renacimiento, con sus columnas neo Dóricas soportando el peso de loa bóveda final. Un estilo extraño y peculiar. Tras preguntar en información me dirigí al primer piso, donde se encontraba el departamento de empadronamiento.
Mientras subía las amplias escaleras, no pude dejar de fijarme en algunos grabados que aparecían en la pared, siguiendo de forma sinuosa las escaleras. En ellas predominaba una figura, la Luna. En la primera en la que reparé, salía un arquitecto y su grupo de trabajo, terminando el techo de una catedral o iglesia mayor. Lo que me llamó la atención fue que la obra parecía estar realizándose bajo la luz de la luna, y no a pleno sol. Más adelante la celebración de una boda, aparentemente lujosa, con un montón de invitados con signos de riqueza, congregados en la iglesia del grabado anterior, y la celebración también bajo una luna llena y esplendorosa. Jamás había visto grabados como aquellos, con una predilección tan directa a la luna.
El segundo piso seguía la extraña mezcla de estilos que el resto del edificio. El techo era alto, con las nervaduras soportando aquellas cúpulas extrañamente redondeadas para ser góticas, pero demasiado estilizadas para ser renacentistas. Una mujer de pelo negro, largo y brillante estaba sentada tras el mostrador.
—Buenos días—saludé con la única sonrisa que pude encontrar en mi repertorio. Y últimamente mis sonrisas iban caras, y algo forzadas.
—Buenos días señor. ¿En qué puedo ayudarle?
Tenía unos ojos negros a juego con su pelo, una cara afilada con mentón delgado que aportaba al conjunto una forma triangular pero elegante. Su sonrisa blanca y reluciente, escondía con gracia el gran tamaño de los dientes incisivos, por suerte sus anchos labios también los escondían con elegancia cuando cerraba la boca.
—He venido a empadronarme—dijo sin más, y dejando ya la sonrisa forzada en el bolsillo.
—Necesitaré su DNI para hacer una fotocopia, y una copia del contrato de compra de la casa.
Le di todos los papeles y la mujer despareció durante unos minutos. Intuí que debían ser pocos empelados en el ayuntamiento. No tenía idea de la población, pero no debía ser muy numerosa. Al cabo de un tiempo la mujer regresó con más papeles.
—Bien señor de Olesa, sólo debe firmarme aquí.
Firmé dónde la mujer me indicó. Hizo un par de copias, e introdujo el papel en una bandeja, al lado del ordenador.
—¿Necesito algo más, o ya puedo considerarme parte del censo municipal?—Pregunté.
—Con esto ya está todo, señor de Olesa.
—Por favor, puedes llamarme Diego. Y no me trates de usted, que me siento mayor.
—Ah, bien gracias Diego. Yo soy Irma. Ya eres parte de la población. Para ser más concretos, eres el vecino mil ciento cuatro de Arcos de Luna.
—Bueno es saberlo. Creo que he escogido bien, tenemos una población pequeña.
—Durante el año somos pocos, pero en fechas señaladas como Navidad, Semana Santa o verano, la cifra de habitantes se dispara. El verano pasado llegamos a ser cinco mil cuatrocientas personas durante el mes de agosto.
—Una buena cifra. Seguro que para las fiestas patronales, está lleno—dije recogiendo mi abrigo del mostrador y disponiéndome a marcharme.
—¿Has visitado el pueblo? —preguntó Irma en el último instante. Su cara reflejaba una expectación casi de adolescente, con su blanca sonrisa y las manos entrecruzadas sobre el mostrador.
—No, la verdad es que todavía no he tenido ocasión. Acabo de instalarme.
—Si quieres… mañana tengo el día libre, podría hacerte de guía...
—Irma, no sé si será buena idea, yo no…
—¿Sabes? También soy la coordinadora de turismo del municipio, así que no vas a tener mejor guía autóctona que servidora.
Su sonrisa casi se le salía de la cara. Me sentí comprometido. No quería que creyera que tenía ganas de ligar, lejos estaba de eso. Pero tampoco quería ser descortés recién llegado. En un pueblo con mil cien habitantes todo se sabe en la misma mañana. Al final su mirada, y su ingenuidad, genuina o fingida, pudo con mi reticencia.
—Está bien Irma, acepto tu propuesta, pero sólo como coordinadora de turismo que da la bienvenida al nuevo vecino.
—¡Perfecto Diego!—su sonrisa y alegría, parecían del todo genuinas—. Si te parece bien, quedamos a las diez de la mañana en esta misma plaza.
Me despedí amablemente de ella y la dejé sonriendo en el vestíbulo del ayuntamiento. Descendí la calle estrecha que me quedaba a la derecha del ayuntamiento, siguiendo las instrucciones de Irma, en busca de la carnicería y la farmacia. La fachada de la carnicería me llamó la atención. De hecho todas las casas de la calle me llamaron la atención por su similitud. Eran de forma rectangular, de tres pisos de altura. Las portaladas estaban decoradas con columnas que imitaban el estilo clásico. Dórico Jónico, cada casa con un toque diferente, pero todas con un patrón muy similar, que resultaba reconfortante. El paisaje tenía una harmonía peculiar. Todas las casas parecían tener una pequeña cúpula en la parte frontal, seguramente en la estancia del comedor, con grandes ventanales para recoger la luz. Curiosamente, en aquél momento, a ninguna de las cúpulas les daba el sol, quizá estaban diseñadas para recoger el sol del mediodía.
La carnicería, además de las falsas columnas, que a parte de soportar el peso de dos pequeños balcones, no tenían ninguna otra función más que la decoración, estaba perlada de pequeños detalles góticos. Las ventanas ojivales, estilizadas como dagas afiladas, la puerta con arco de media punta, y adornos llameantes. Aquella arquitectura me desorientaba. Tendría que preguntar a Irma sobre ello, parecía una amalgama de estilos, bien de un visionario, quizás de un imitador con delirios.
Entré. Ante mí se abría un patio cuadrado, con unas escaleras que subían a lo que supongo serían la casa del carnicero, y una gran cristalera a mi derecha, en la que diversas personas esperaban su turno. Entré. El carnicero, un tipo enorme, con brazos como troncos de árbol, pecho voluminoso, barriga prominente, y un pelo negro pegado al cráneo, me obsequió con una mirada profunda, y no tuvo reparo en mirarme durante los segundos que le parecieron adecuados, sin inmutarse por mi incomodidad, o por haber dejado de atender al resto de clientes para mirarme.
—Usted es el nuevo vecino ¿verdad?, el que ha comprado la casa del lago—preguntó una anciana con el pelo canoso delante de mí.
Las tres personas que había esperando su turno, y el carnicero, se giraron para mirarme. Algunas caras reflejaban curiosidad. Las otras, entre las que estaba la del carnicero, no sé bien que expresaban. Pero no era curiosidad, y dudé que ni mucho menos me estuvieran dando la bienvenida. Sus ojos escupían alguna clase de preocupación o incluso de rencor. Siempre se dice que la gente de los lugares pequeños es muy amable. Yo creo que eso es sólo una leyenda urbana de tantas otras.
—Sí, hoy será el primer día que pasaré en la casa. Las obras han tardado más de lo que esperaba—respondí intentando sonreír.
La gente asintió. La anciana me alabó por haberla comprado y me dijo que un vecino nuevo siempre era bienvenido, que de ese modo el pueblo no caería en el olvido, como a tantos pueblos de la montaña les había ocurrido. Un señor con un bigote grande y poblado me habló de la belleza del lago, que lo tenía muy cerca de mi casa, y se sorprendió de que aún no lo hubiera visitado. Cuando llegó mi turno, el carnicero escuchó mi petición, cortó la carne, la envolvió, pesó y puso en una bolsa. Me indicó el precio, y por todo comentario me dijo;
—Tenga cuidado cuando salga a pasear por los alrededores del lago. Hay animales salvajes más allá del lago, hacia la colina que hay al norte. Le recomiendo que nunca vaya solo hacia allí. Cerca de usted vive David, es el mejor pescador del lugar, y muy buen cazador también. En verano hace de guía de senderismo para los turistas. Él podría enseñarle la zona mejor que nadie.
—Gracias—contesté.
La voz del carnicero era profunda, cavernosa diría yo. Y la verdad, el consejo me sonó extrañamente a advertencia, no sé a qué, pero no pude evitar pensar que era como un padre diciéndole a su hijo que no cruzara el semáforo sin cogerle de la mano.
Acto seguido, me dirigí a la farmacia que estaba en la dirección opuesta, para encargar las pastillas antidepresivas, no me fuera a quedar sin ellas. La fachada de la farmacia era aún más curiosa que la de la carnicería. Las columnas Dóricas, esta vez gruesas, soportaban un portal de arco de medio punto, decorado con motivos florales que se enroscaban trepando por las propias columnas, y por la balconada regia, grande y majestuosa que se alzaba en el primer piso. Aquella edificación mostraba una nobleza mucho más destacada que la del resto del pueblo. Pero lo que más me llamó la atención, fue que en el centro de la balconada, un gran relieve representaba una luna llena gigantesca, y bajo ella, en una gran extensión de agua, una multitud de personas en un gesto coral de rezo, o adoración. El extraño estilo arquitectónico del pueblo me desubicaba.
Entré en la farmacia, y tras la puerta había una curiosa campanilla, hecha de plata, con medias lunas colgando entrelazadas, que hicieron una extraña y tenue melodía cuando las hice moverse con la puerta. La farmacia olía a milenaria. Las estanterías eran de madera pulida, y llegaban hasta el techo. Una escalera anclada a unos rieles estaba a un lado, y seguro serviría para alcanzar los medicamentos menos usuales.
Un vistazo me bastó como comprender que aquello se mantenía más por un estatus dentro de la jerarquía del pueblo, que por razones prácticas. Un letrero recargado, anunciaba que se hacían ungüentos y pócimas medicinales para un montón de afecciones comunes. Botellas de cuello largo y fino, seguro hechas a mano a finales del siglo XIX, coronaban una de las estanterías sobre las que el cartel de remedios caseros sobrevivía al paso del tiempo.
—¿En qué puedo ayudarle, señor?—la voz del farmacéutico me sobresaltó. Estaba tan perdido mirando los centenarios frascos que no lo vi aparecer. Ni lo escuché, se había colado como un gato por una ventana, atraído por un pescado recién cocinado. La cortina que había detrás del mostrador, por dónde seguro había salido el hombre, ni tan solo se movía. El hombre debía tener unos cincuenta años, cabeza con una prominente calva, que intentaba tapar con largas hebras de pelo que cruzaban el desierto de piel de su cráneo de derecha a izquierda. No pude reprimir el pensar que para eso no había podido encontrar un ungüento adecuado.
—Buenos días. Venía a ver si tenía esta medicación, o si sería posible encargarla.
Le extendí la receta, y el hombre alargó la mano de manera veloz. A pesar de la edad, y la calvicie, el hombre tenía los hombros anchos, el pecho abultado, y sus movimientos eran rápidos cadentes y fuertes. Se mantenía en buena forma. Seguro que era el típico vecino que salía a correr por las noches, o partía leña, o lo que quiera que fuese lo que hicieran allí para hacer ejercicio. Miró la receta, la volvió a leer, y me miró con un aire de superioridad evidente. Con una prepotencia que hasta un perro tuerto habría visto.
—No habrá problema, mañana llamaré para que la semana que viene me traigan sus pastillas—al decirlo arrugó la nariz, como si yo le oliera mal. Me devolvió la receta—. Los martes me llega la furgoneta que reparte la mediación. Aunque si le urge, podría adelantarlo.
—No se preocupe, puedo esperar hasta el martes—respondí.
El hombre me miró de arriba abajo.
—Yo lo decía, porque la gente en su estado no suele soportar bien la abstinencia, y eso le crea ansiedad, era por hacerle un favor. Pero si usted dice que aguanta…
—¿Disculpe? ¿Qué quiere decir con la gente en mi estado?—contesté con la rabia aflorando de mi garganta.
—Mi abuelo, que en paz descanse, fundador de esta farmacia, y creador de las recetas caseras que tenemos, siempre decía, que las depresiones eran una debilidad de la mente, y que acaban por quebrar la entereza de los hombres y mujeres que lo padecen.
—Ya, y supongo que ninguno de sus ungüentos o remedios caseros podrían aliviar mi debilidad, ¿no?—mi voz me sorprendió, la ira que contenía me asustó un poco.
