La cruz de ferro - Adam Schrager - E-Book

La cruz de ferro E-Book

Adam Schrager

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Beschreibung

La Cruz de Ferro es un santuario en El Camino de Santiago. Cada peregrino lleva consigo una piedra que deposita al pie del mástil de esa cruz para desprenderse de lo más oscuro de sí mismo; lo inconfesable, lo que mas duele, lo que pesa de manera insoportable. En este libro se narran las vidas detrás de algunas de esas piedras, depositadas en el curso de los siglos; desde la de un druida celta en el segundo siglo antes de Cristo, hasta la de un científico en la posguerra del siglo XX. Desde el misterio que rodea el juicio a San Patricio y el infierno de Felipe II de España, hasta la miseria humana de un visitador en el México novohispano. La única encrucijada de estas vidas es La Cruz de Ferro, donde las piedras se vuelven polvo, quizás por el tiempo o por la corrupción de lo humano. El Camino de Santiago nunca volverá a ser el mismo luego de conocer las profundidades de la condición humana que ha llevado a miles y miles de peregrinos a emprender esta ruta de expiación imposible.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Adam Schrager

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-770-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para y por Yvonne

PREFACIO

Quedé fascinado por la historia del Camino de Santiago luego de que un amigo hiciera el camino francés y nosotros, familia y amigos, lo seguimos en un blog. Cada día leíamos las narraciones de cada jornada. Un lugar me cautivó por su simbología: la Cruz de Ferro.

Se trata de un santuario que, desde los celtas, es utilizado como lugar de expiación. La tradición de los peregrinos del Camino es llevar desde su lugar de origen una piedra que es depositada al pie del mástil de la Cruz de Ferro, como un acto para desprenderse de su lado más oscuro, de sus pecados desde la perspectiva católica, e iniciar una vida nueva como tabula rasa.

Este libro contiene la historia de las vidas detrás de seis de esas piedras.

~ o ~

Cruz de Ferro. Monte Irago. Foncebadón. Santa Colomba de Somoza. Castilla y León. España.

Este es el infierno en la tierra; la Cruz de Ferro. Sumando días con años y siglos, miles de hombres y mujeres han arribado aquí; traen consigo, desde su lugar de origen, una piedra o un guijarro. En esa piedra se deposita la miseria humana, la fetidez que invade las moléculas de sílice y granito para descargar el alma. Las piedras se acumulan alrededor de un mástil; las primeras de druidas celtas para marcar este lugar de purificación humana. La España católica acogió esta costumbre milenaria y aceptó la coronación del mástil con la cruz de hierro del abad Gaucelmo en el siglo XI; lo importante era captar fieles. Lo que nadie entiende es cómo esas piedras parecen disolverse, pulverizarse hasta quedar en nada.

Al pie de la cruz se vislumbran las nevadas montañas de León, la muralla que contuvo el ímpetu invasor de los moros, dejando el norte de España en la cristiandad goda, aliada a la Francia católica y al imperio Carolingio. Desde aquí se debía combatir a la Iglesia del centro religioso de España en Toledo, rechazando la convivencia orgiástica con los árabes invasores.

Iria Flavia pasó a ser el punto señalado por una estrella en el campo que resguarda los restos del apóstol Santiago. Santiago en el campo de la estrella. Santiago de Compostela.

Alfonso II, rey de Asturias, devoto católico y ferviente guerrero contra los sarracenos, partió de Oviedo para ver con sus propios ojos la tumba del apóstol, convirtiéndose en el primer peregrino al santuario. Luego, desde Alemania, Holanda, Suiza, Austria, Francia, Bélgica, todo el norte y centro de Europa, pocos primero y luego miles empezaron a caminar hasta los pies del altar dedicado a Santiago. Cientos de brechas empezaron a formarse como un delta de flujo humano que confluía a Santiago de Compostela. La Iglesia católica pobló estos senderos con ermitas, construyó puentes y hostales para hacer la travesía posible, lubricando así el flujo masivo a través de las venas que formaron el Camino de Santiago.

Cruz de Fierro. Cada día, cada año, cada siglo. Cada peregrino. Cada guijarro. Cada piedra.

.

FERGAL

~250 a. C.

.

Cuando Fergal volteó al cielo, buscaba algo más que descifrar el significado de las nubes que solían colgarse de los picos de las montañas hasta que el sol las desperezaba. Buscaba paz y certidumbre para transmitirlas a su gente ahora que la cosecha estaba en su apogeo y cualquier lluvia tardía podría significar escasez y tristeza, convirtiendo en luto el festejo esperado durante todo el año por los celtas: el Lugh Samhain, en el que agradecían la recolección de los frutos de la tierra, el tiempo del sacrificio, la época en que la barrera que divide el mundo de los vivos y de los muertos desciende y se festeja el Fuego Nuevo. Buscaba algo más, las señales de los dioses para entender sus designios, su pertinaz y caprichosa forma de conducir el destino humano por sendas incomprensibles.

Lo que vio fueron tonos rojizos que manchaban los desgarrados hilachos de las nubes que entraban del norte y cuya comba descendente les hacía parecer una lluvia de fuego.

Fergal era el principal druida de las mesetas y de Astur, la región más norteña de la Iberia. Tenía un especial conocimiento y profundidad de pensamiento que, al paso de los años, se había templado en un juicio certero en asuntos humanos y divinos. Había sido formado en el más avanzado centro de educación céltica en Ynys Mon; ahí llegaban, a través una ruta secreta y con los ojos vendados, los pocos elegidos a convertirse en druidas, desde la cuna celta de Hallstadtt, de todos los clanes del continente y de las islas, para formar a cada generación de sacerdotes, manteniendo así vivas sus creencias, celosamente pasadas en estricta forma verbal a los jóvenes. Aunque llegó con la alegría de su infancia a cuestas, el entorno austero y el rigor de la academia no daban para mucha diversión, pero este muchacho de la península apenas si dormía tratando de entender las leyes que rigen al mundo y a los humanos, la armonía mágica de la naturaleza y sus secretos.

A su regreso al continente, ya con 19 años a cuestas, se convirtió en la sombra del druida de su pueblo. Aprendió de la práctica de gobernar y de la solución de las necesidades de su gente.

—Iremos al norte —anunció una mañana su guía espiritual.

Emprendieron el camino como lo habían hecho muchas veces antes, sin alimento en el estómago ni en sus bolsos. Recolectaban frutos y cazaban en el camino, se detenían solo a meditar o a discutir.

—Caminamos para descansar y paramos para trabajar —decía el druida, en tanto que Fergal conectaba en su mente las hebras del conocimiento adquirido en su educación con la práctica del druida.

Llegaron a los acantilados que limitan la tierra firme con el mar; prendieron una fogata y se dispusieron a buscar su cena, hurgando entre los árboles y los arbustos para encontrar moras y bayas; con suerte, quizás una liebre. De pronto, Fergal escuchó el crujir de una rama al que siguió un silencio que terminó en un golpe seco, apenas audible y lejano. El muchacho empezó a buscar al druida, pero recorrió varias veces el perímetro y le llamó a gritos sin resultados. En el filo del acantilado descubrió el tronco desgajado de un árbol y a Fergal se le enfrió el estómago. Con la luz de la luna alcanzó a ver el cuerpo del druida que se mecía en las olas muchos metros abajo, rodeado de un halo rosa formado por su sangre y la espuma que se producía con el choque de las olas contra la roca.

Fue así como Fergal se convirtió en el novel druida de su gente.

~ o ~

Fergal mostró autoridad desde el principio a pesar de su juventud. La precisión de sus pronósticos sobre el comportamiento de la naturaleza para iniciar las siembras, para conjurar y atacar las plagas de sus cultivos, para anticipar el ciclo de lluvias, sumada al justo criterio para dirimir las diferencias por la distribución de la cosecha, la solución de conflictos de herencia y familiares y la organización para la defensa de su territorio pronto le colocaron como el líder de los clanes que habitaban en las mesetas y montañas del norte de la península.

Como una nube que ocupó toda su mente, en Fergal creció la idea fija de encontrar una esposa. Pasaron dos agónicos años hasta que conoció a Bidelia. La celebración de Samhain empezaba durante el día con el sacrificio de los animales que les alimentarían durante las fiestas. Las madres escogían los nabos más grandes y los labraban dejando el interior hueco y solo una delgada pared de la raíz suficientemente grande para perforar los rasgos de un rostro humano, y rellenaban el centro con cera que sería encendida durante la noche. Los líderes espirituales deliberaban sobre los designios para el nuevo año y lanzaban conjuros para evitar que, en esta noche en la que la pared entre vivos y muertos se desvanecía, retornaran las almas que habían hecho daño en vida.

Entrada la noche, todos los fuegos eran extinguidos, empezando por los que ardían en las oquedades de los nabos que cargaban los niños; luego, las fogatas exteriores y, finalmente, los que ardían en los hogares de las chimeneas de cada choza, dejando a los pueblos en una absoluta y perturbadora oscuridad.

Aquella noche, Fergal caminó al centro del círculo que formaban todos los habitantes del pueblo, sacó de su bolso un puño de paja seca y su pedernal, golpeó las piedras entre sí hasta que una chispa prendió la paja. Alimentó el fuego con hojas secas de muérdago que llenaron el ambiente con un incienso agrio y apiló palitos de pino con resina que hicieron crepitar las llamas. Finalmente, colocó ramas más grandes hasta que, con la ayuda de otros, formó un cono de troncos que lanzaban lenguas de fuego a gran altura. Fergal dio la señal y cada jefe de familia se acercó a la hoguera y encendió una antorcha que luego cedieron a sus mujeres para prender el fuego de sus chozas. De esta manera, el pueblo entero compartiría este vínculo en común por todo el año, asegurando la unidad de todos como un invisible cordón umbilical.

Sonaron la flauta y el bodhrán convocando a las jóvenes solteras a bailar alrededor del fuego nuevo. Fergal no tuvo ninguna duda cuando vio a Bidelia. De su pelo salían destellos rojizos que filtraban la luz de la hoguera. Su vestido de paño entallaba una figura delgada y fuerte.

Bidelia lo descubrió con los ojos prendidos de sus pechos, de su cintura y de su boca. El trance no pasó desapercibido a quienes les rodeaban, pero en el aire se tejía un pacto silencioso.

~ o ~

Hacía ya tiempo que lo que primero fueron distantes noticias empezaron a convertirse en tambores de guerra al sur de los Pirineos. El ejército romano continuaba arrasando con todo lo que se oponía a su ímpetu de conquista y dominación. Con especial saña devastaba cualquier vestigio de los clanes celtas que, por mucho, eran los principales centros de resistencia y beligerancia eficaz. Los castros eran quemados y demolidos, las cosechas incendiadas y, por órdenes directas de los cónsules romanos, los bosques rapados y quemados, sabedor de que de ahí emanaba el poder mítico de los guerreros celtas.

Los celtas de la península no podían entender la pasividad de los clanes galos y sabían que las fuerzas romanas aprovecharían esa debilidad para acumular un ejército invasor que luego entraría como marea incontenible a la Iberia.

~ o ~

Fue justo ese día, cuando Fergal escudriñaba el cielo rojo como sangre, que vio los primeros hilos de humo negro procedentes de sus campos de cebada. Con sus hombres, tomó sus armas y cruzaron el pequeño bosque que separaba su castro de las doradas parcelas de cultivo. Las llamas apenas empezaban y el viento estaba a favor de ellos, así que avanzaron en formación creando un arco adelante de las llamas y trillaron las plantas de cebada hasta formar una brecha sin cultivo, de tal forma que, cuando el fuego terminó de quemar la cabecera de la parcela, se apagó al llegar a la brecha, no encontrando más combustible que lo alimentara. Fue cuando terminaron de pisotear los últimos tizones y chispas que a Fergal se le erizó la piel. Ahí, tirada entre las cenizas, vio la antorcha que había provocado el incendio.

Entendió que el fuego había sido una distracción para alejarlos de su castro. Todavía corriendo entre los árboles, pudo ver el brillo del metal en las cabezas y espaldas de los últimos soldados romanos de la columna de asalto saliendo del pueblo. No había señales de incendio ni conmoción. Los niños veían alejarse a los soldados al galope, sin entender quiénes eran ni por qué habían venido.

—Se han llevado a nuestras mujeres —dijo el más avezado de los niños.

Se lanzaron en su persecución, pero se los había tragado el bosque y regresaron temiendo que luego volvieran los romanos por sus hijos. Al amanecer, Fergal vio llegar al druida del clan del Ebro, un anciano de pelo banco ayudado por su aprendiz y seguido por las mujeres secuestradas. Excepto Bidelia.

—Vimos la polvareda de caballos al galope por la vereda después de atravesar el puente del río —empezó a relatar—. Nos apostamos armados a lo largo del camino. La cuerda doble que pusimos se tensó justo en el momento en que el caballo más veloz de la columna romana pasó encima. Sus patas delanteras tronaron como carrizos, lanzando al jinete; detrás, el resto de los caballos se estamparon unos con otros. Los pocos soldados que no habían quedado aturdidos o desmayados se incorporaron para encontrarse con nuestras flechas y piedras. Un soldado logró agazaparse a tiempo detrás de su caballo y salió corriendo hacia el bosque donde lo atraparon los nuestros. El soldado empezó a chillar en el poco celtíbero que sabía: cumplían órdenes del centurión y tenían la misión de hacer escarnio de ti, Fergal. En ese momento, di la orden y fueron sacrificados uno a uno.

La información era valiosa, pero flotaba en el aire una ausencia. El líder del clan del Ebro miró sus pies, cerró un instante los ojos y tomó aire:

—Cuando empezábamos a bajar por la ladera, vimos a un grupo de mujeres agazapadas. Eran sus mujeres, Fergal. Nos contaron cómo los romanos las habían secuestrado y violado para luego abandonarlas, dejándote el mensaje de que «la semilla de Roma estaba ahora en el vientre de tus mujeres; que tus nuevos hijos serían romanos».

La conmoción fue instantánea.

—Bidelia prefirió morir, Fergal; se arrojó del caballo al galope y se estrelló contra las piedras. —Sin poder verlo a los ojos, remató—: Los soldados la violaron aun muerta.

Todos siguieron a Fergal cuando el jefe del clan de Ebro pidió a su ayudante traer el cuerpo de Bidelia, atado a las ancas de un caballo dejado fuera del castro hasta haber rendido su informe. La cargó en sus brazos y se fue solo, vacío, a sepultarla. Se disgregaron con una nueva pesadumbre en sus corazones, con un sentido de orfandad que los separaba de sus ancestros. Entendieron que ese día había iniciado el fin.

~ o ~

En los años siguientes, las incursiones romanas por el norte de la Iberia llegaban cada vez más lejos, y contra poca y desorganizada resistencia, ocupaban los pueblos, construían sus caminos y puentes y cobraban sus impuestos. La Pax Romana se instaló en las mentes y corazones de los celtas y nadie ni nada volvió a confrontar a los ejércitos estoicos de Roma. En el curso del tiempo, las capas rojas, los yelmos metálicos y los carruajes militares pasaron a ser parte del paisaje rutinario, y se inició el lento pero inexorable proceso de fusión de dos grandes culturas, que dividía las opiniones entre quienes veían en su pertenencia al imperio un paso hacia el futuro y quienes percibían en esta actitud la más miserable de las traiciones.

~ o ~

Aine, la única hija que Bidelia dio a Fergal, creció al cuidado de las mujeres del clan. Cualquiera podría haber distinguido en ella a su madre. De Fergal había heredado una piel blanca y sus grandes ojos verdes. Los días de Aine transcurrían en las labores del campo, cortando la lana de las ovejas, preparando la comida y atendiendo a su padre; por las tardes, escuchaba las enseñanzas que Fergal impartía a los miembros del clan. Sin hermanos que la acompañaran, Aine era la amiga de todos, jugaba con los pequeños que, encantados, trataban de tomarla por sus trenzas cuando ella los hacía volar en círculos. Con los de su edad le gustaba competir.

Aine salía poco del castro, pero ocasionalmente acudía con sus amigas al mercado a comprar algún encargo de su padre o solo para distraerse.

Poco antes de una celebración religiosa, arribó al mercado. Las calles de tierra estaban flanqueadas por vendedores de toda clase de mercaderías: frutas secadas al sol para el invierno, aves y cerdos, lechones de jabalí, coas para la siembra y otros utensilios agrícolas, ropa y alpargatas. Y estaban también los siempre presentes bufones y apostadores. Aine y las muchachas recorrieron lentamente cada puesto observando la mercadería hasta arribar con los vendedores de ropa. Cada chica se colocaba listones sobre el pelo buscando que las demás dieran su opinión. Al escuchar un sonido de metal a sus espaldas, Aine se volvió y observó a un grupo de soldados romanos ocupados con un juego que nunca había visto. Sentados en círculo, se turnaban para echar a un vaso un puñado de piedrecillas labradas, y cada vez que uno de ellos vaciaba las piedrecillas sobre el suelo, el grupo vitoreaba o resoplaba dependiendo de la forma en que las piedrecillas mostraban sus caras. Aine estaba tan intrigada y tratando de descifrar el secreto de aquel juego que no advirtió cuando uno de los soldados se plantó de pronto frente a su rostro.

Aine saltó hacia atrás, pero sus pies no obedecieron la orden de girar sobre sus talones y echar a correr.

El romano aprovechó la sorpresa y acercó su cara hasta casi tocar la de Aine.

—Soy Curtius, ¿tú cómo te llamas?

—Aine —dijo, sin componer todavía su postura.

Curtius percibió que debía hacer sentir cómoda a Aine para que no saliera disparada.

—¿Qué significa Aine?

—No te lo diré.

—Está bien, yo lo adivinaré: Burbuja del cielo… Pasto verde… Nube con lluvia… Nosotros, los romanos, somos más aburridos, no sabemos elegir buenos nombres.

Una de las chicas tomó del brazo a Aine obligándola a alejarse del romano.

Curtius envió a un pretoriano de su guardia a seguir el camino de Aine y sus amigas. El romano guardó una prudente distancia y las vio salir del pueblo. No podía seguirlas por el camino sin ser descubierto, por lo que llamó a un niño que jugaba en la calle y le dijo:

—Te daré una moneda si sigues a esa muchacha de pelo rojo y me dices dónde vive.

El niño extendió la mano y, una vez cobrada su recompensa, respondió:

—Te lo diré ahora mismo.

El soldado supo que había ofrecido la moneda demasiado pronto.

—Es Aine, la hija de Fergal, el druida, y vive con su padre.

El niño recogió su juguete y echó a correr, apretando la moneda.

El pretoriano entró a una de las casas pidiendo un poco de agua para beber. Los locales hacían estos favores a los romanos para no ser objeto de su animadversión, pues, cuando se emborrachaban, destruían sus propiedades o violaban a sus hijas.

—¿Quién es Fergal? —preguntó de sopetón. El padre de familia dio unos pasos y se paró delante del romano.

—Es un agricultor del castro más cercano a Bile —respondió. El soldado sabía que nadie delataría a los líderes religiosos de los celtas, así que dejó el trasto en el suelo y se marchó.

Volvió a dar el parte a Curtius, reportando que se trataba de la hija de la autoridad religiosa en la región.

—¿Quién te lo ha dicho? —inquirió Curtius. El soldado sabía que quedaría en ridículo si decía que su informante era un niño, pero corrió el riesgo de decirlo, sabedor de que una mentira descubierta le significaría un severo castigo. Curtius echó a reír aliviado, porque si la identidad de Fergal hubiera sido delatada por un colaborador de los romanos, tendría que haber ejecutado al padre de la chica que había prendido en él un sentimiento profundo que inconfundiblemente tenía que ser amor.

~ o ~

Todo el mundo conocía la historia de la esposa de Fergal y madre de Aine, y Curtius supo que aquella muchacha representaba demasiados problemas; Aine guardaba un profundo dolor por la muerte de su madre y conocía el destilado resentimiento de su padre por la Roma conquistadora, sus soldados y sus métodos brutales. La muerte de su mujer era el pensamiento omnipresente de Fergal cada mañana y la razón por la que perdía el sueño cada noche.

No obstante, Curtius apostó a un soldado para espiar a Aine.

El espía le informó que la muchacha estaría visitando el millodorio de la región con los niños de su castro, ese montón de piedras en la cúspide de la montaña en el que los celtas afirmaban limpiar su alma y entrar en comunión con la madre tierra; los niños debían llevar consigo una piedrecilla para depositarla al pie del mástil. El día del evento, Curtius recorrió el camino a galope y arribó antes que Aine y los niños. Desmontó y escondió el caballo lejos del millodorio, se despojó de su uniforme militar y se vistió con ropas de la península.

Cuando arribó el grupo de Aine, el romano estaba sentado observando el cono de rocas y el mástil. No era extraño encontrar a una persona en ese lugar de reflexión, por lo que pasaron junto a él sin molestarlo. Aine formó a los niños y uno a uno los hizo pasar para depositar su piedrecilla en el millodorio pronunciando la palabra que describiera aquello que habían hecho desde su última visita y que más les hubiera avergonzado. «Robé», «desobedecí», «engañé», fueron diciendo los niños bajo la tierna mirada de la joven. Al terminar, decidieron que pasarían un rato cortando flores para llevar a sus casas. Pequeños grupos de niños se adentraban en el bosque y Aine condujo a algunos de ellos a lo largo de un arroyo que descendía por la montaña. Curtius la siguió.

Aine había notado que el hombre se levantó y empezó a andar detrás de ella, lo cual la puso en alerta. Se detuvo cuando escuchó las hojas y ramas crujir bajo los pies de quien la seguía y, al volverse, reconoció esos ojos color de miel que se había vuelto a encontrar en más de un sueño. Curtius se supo descubierto y no pudo evitar una amplia sonrisa que apareció cuando Aine clavó sus ojos en los suyos; le cautivaba la manera en que esta muchacha podía mostrarse frágil y feroz con esa verde mirada penetrante.

Aine dirigió sus pasos hacia él con determinación y Curtius dio un par de pasos hacia atrás.

—Pero si es el romano. ¿Por qué me sigues? —le reprochó la muchacha con ambas manos en las caderas y el mentón echado hacia delante—. ¿Acaso los romanos son tan cobardes para hablar con las mujeres que no pueden dar la cara?

—Aine, quiero conocerte. —El tono de su voz era humilde. La chica se dio cuenta que el sarcasmo salía sobrando.

—No tengo nada que hablar con un romano —respondió secamente y regresó con los niños.

—Sé lo que pasó con tu madre.

La muchacha se paró en seco y miró a Curtius con la furia acumulada durante toda su vida.

—Y qué, así son ustedes. Asesinos y ladrones.

—Aine, somos personas, como ustedes. Antes que romanos o soldados somos humanos con dos ojos, dos piernas y dos brazos. Con padres y hermanos. Déjame platicarte cómo somos en realidad, sin estos uniformes.

La muchacha no respondió y echó a andar.

Caminaron largo rato, él detrás; luego, Curtius se aventuró:

—Yo nací en una región llamada Toscana, es hermosa. Desde cualquier punto puedes ver ondulantes colinas cubiertas de cultivos y de vides. Al lado de los caminos crecen altos cipreses alineados que se mecen suavemente con el viento y siempre me han parecido elegantes recordatorios de que el camino continúa. Mi padre fue soldado como yo y mi madre es ya una dulce anciana; mi hermano mayor cuida de nuestras tierras y mi hermana se casó con un comerciante gordo que parece una vejiga a punto de estallar. —Hizo una pausa y vio que había logrado relajar el ceño de Aine—. Desde niños nos enseñan que lo más importante es la República: más que la familia, más que la vida misma y por ella hay que darlo todo, porque sin ella no somos nada. Para hacerme soldado me fui a Roma. No podía creer la cantidad de palacios y fuentes magníficas que había por todas sus calles. En la ciudad viven los hombres más sabios de la República y conversan y dan sus puntos de vista a los cónsules. Ellos y sus discípulos educan a los niños de las familias importantes y no sus padres.

Aine sintió la necesidad de mostrar la otra cara de la realidad y le confió de la silenciosa rabia del conquistado, de la omnipresente sed de venganza contra el invasor, de la esperanza de regresar a lo antiguo. Poco antes de que se separaran, le platicó del sufrimiento que, como tizón, le quemaba las entrañas todos los días. Se descubrieron como dos seres humanos determinados por su origen y circunstancias, pero sin saber qué hacer al respecto.

~ o ~

Tratando de aparentar un encuentro fortuito primero y luego con la naturalidad que da la recurrencia, Curtius emprendió un cortejo que estaba más allá de sus intenciones originales, totalmente fuera del control de su voluntad. Por su parte, Aine podía ver más allá del bronce que cubría el pecho del militar. Estos encuentros fueron procurados en forma secreta y fuera de la mirada vigilante de romanos y celtas.

Aine sabía que cada encuentro representaba el peligro de que su padre se enterara de su relación con un romano.

~ o ~

—Cuéntame, ¿quién fundó Roma?

—Fueron dos hermanos, Rómulo y Remo, quienes, abandonados por su madre, fueron alimentados por una loba.

—Es increíble cómo pudimos ser conquistados por gente tan idiota —alcanzó a decir Aine en palabras entrecortadas por la risa incontenible que acabó por contagiar a Curtius.

Escuchar a Aine describir la relación de su gente con la madre tierra, su adoración por los elementos naturales, la fidelidad a dioses que exaltaban las virtudes del hombre y no su capacidad de conquista, de guerrear o de estoicismo, produjo en el joven la percepción de que podía existir un mundo en el que la violencia no fuera el motor del ser humano. Pudo entender cómo el pueblo de esta mujer era a la vez sabio, pacífico y creativo, habiendo sido también un enemigo formidable para Roma.

~ o ~

Una de las últimas mañanas de aquel invierno, Fergal no encontró la respuesta acostumbrada cuando llamó a Aine. Salió de su castro y la buscó primero en derredor, después entre el caserío y, al final, alzando su mirada a lo lejos, hacia el bosque, los campos y el camino. El clan dejó sus labores para buscar a la muchacha. Fergal emprendió el camino preguntando a sus conocidos, que negaron haber visto a Aine. Entrada la tarde, y a punto de volver a su castro, Fergal preguntó al último tendero, quien tampoco tuvo noticias para él. Cuando se alejaba, el comerciante le hizo regresar con un grito: «¡Fergal!».

—Probablemente esto no tiene ninguna relación, pero… No, perdona, estaba pensando locuras. —Fergal no tuvo más que clavar en él su mirada para que continuara hablando—. Lo que pasa es que todo el día los romanos han estado preguntando por uno de sus oficiales, de quien no tienen noticias desde ayer en la noche.

Fergal dio media vuelta y empezó a andar deprisa, tratando de que nadie pudiera ver cómo se encendía su rostro. Al llegar a su castro, no dijo nada y nadie tampoco dijo algo cuando le vieron tomar su caballo y salir en plena nevada en busca de su hija.

Habían pasado tres días con sus noches cuando Fergal regresó. No pasó a su castro. Fue directamente al monte Irago. Pasó la noche ahí y en la madrugada, antes de regresar a su clan para decirles que había perdido a su hija para siempre, arrojó junto al mástil la piedra que todavía guardaba el rastro de sangre seca.

.

SUCCAT

~410-461 d. C.

.

Sintió cómo la cuerda le apretaba los brazos contra el cuerpo mientras veía a sus ovejas correr despavoridas. Lo tiraron al piso y empezaron a arrastrarlo a la orilla del arroyo para hacerlo caminar a empujones sobre el cauce de agua helada. Sabía que un intento de gritar sería inútil, no solo porque no había nadie para escucharlo, sino porque las caras de sus captores dejaban claro que no dudarían en matarlo. Siguieron caminando a lo largo del arroyo por varias horas hasta que Succat dejó de sentir sus pies y únicamente percibía el impacto de cada paso en sus rodillas, como si debajo de ellas solo hubiera muñones inertes.

Sabía que caminaban rumbo a la costa y el sol pronto dejaría de proyectar su sombra delante de ellos. Succat estaba más allá de lo que conocía y las tierras de Dumbarton habían quedado muy atrás. En todo el trayecto, nadie abrió la boca para hablar o comer. Igual que los demás, tomaba un sorbo de agua del arroyo de vez en cuando. Ya entrada la noche, el jefe del grupo habló por primera vez y ordenó establecer un campamento. A lo lejos se escuchaba el romper de las olas en los acantilados y fue entonces cuando el muchacho de 16 años supo que abandonaría Escocia con rumbo desconocido. Lo desataron para comer un pedazo de pan y los restos de la comida de sus captores. Poco a poco, sus pies empezaron a hormiguear y luego a doler de manera insoportable. Conforme el calor de la fogata traspasó la piel de sus botas, el alivio fue llegando y ya entrada la madrugada logró conciliar el sueño con su espalda atada a un viejo árbol.

Antes del amanecer, lo despertaron de un puntapié y le ordenaron reiniciar el camino. Bajaron el acantilado hasta llegar a una playa pedregosa donde habían escondido su pequeña embarcación. La arrastraron sobre un par de troncos haciéndolos rodar conforme la barca se acercaba al agua. Cuando Succat recibió la orden de abordar, caló en su mente la idea de que ese paso hacia el hueco de la embarcación podría significar su último contacto con tierra escocesa y, por terror, corrió hacia el acantilado, pero antes de empezar su ascenso, cayó de boca al perder el equilibrio, con las manos atadas a la espalda. Sintió un seco mazazo en la cabeza y el tibio correr de la sangre por su frente antes de perder la conciencia.

Cuando volvió en sí, le pareció que una mano invisible con ganchos le desgarraba el estómago por dentro y apenas pudo incorporarse para vomitar fuera de borda. No sabía qué le molestaba más, si el oleaje brusco y repetido del mar de Irlanda o el dolor de cabeza que punzaba hasta sus oídos. Vio el sol sobre su cabeza y dedujo que habrían estado navegando ya varias horas, buscó la proa para confirmar que efectivamente había tierra a la vista. No podía ser otro lugar que el norte de Irlanda, isla de la que su padre le había hablado numerosas veces, describiendo los esfuerzos que había hecho el abuelo de Succat, Potitus, un sacerdote romano, para evangelizar a los bárbaros celtas de Irlanda. Supo entonces que su suerte no era otra que la de cientos de jóvenes escoceses raptados para trabajar en la campiña irlandesa como esclavos.

La embarcación fue conducida hasta una pequeña ensenada donde otros barcos similares habían atracado, atados a un largo muelle natural de piedra. En tierra firme, un grupo de hombres vigilaba el arremolinamiento de jóvenes que, como Succat, habían sido la cosecha de la semana de la banda de secuestradores. Los ojos voltearon con pereza para atestiguar la llegada de Succat y sus captores.

—¿Qué pasa con ustedes, imbéciles? —tronó una voz de entre los observadores, haciendo que las conversaciones cesaran de inmediato y los ojos miraran a Milchu, el comprador de esclavos.

—¿Por qué no echan a ese muchacho de una vez al mar? Les he dicho que no compraré mercancía dañada y, a juzgar por la cantidad de sangre que pintó su camisa, este muchacho no soportará la caminata hasta mis tierras, menos aún estará listo para trabajar.

—Milchu —respondió el jefe de los captores—, yo mismo lo habría dado a los tiburones si no hubiera visto la fuerza que tiene esta bestia. Caminó por aguas heladas sin quejarse, no pidió descanso en la travesía hasta el mar y aun en la madrugada quiso escaparse de nosotros.

Milchu se acercó a Succat y pegó su nariz a la del muchacho, atisbando el fondo de sus ojos. El druida arrancó la camisa del escocés para constatar que se trataba de un ejemplar flaco pero fuerte, observó su aplomo y finalmente asestó un golpe en su frente. Succat no se inmutó a pesar de que la sangre volvió a correr sobre su rostro.

—Está bien, lo tomo —sentenció Milchu—, pero si no trabaja desde mañana, por Ériu que haré caer sobre ti todos los males.

La amenaza hizo palidecer a todos, pero el vendedor no titubeó:

—Así sea —respondió.

Los capataces de Milchu llevaron a Succat con el resto de los jóvenes, atados unos a otros y engarzaron la cuerda que amarraba sus manos a la de un muchacho bajo, rollizo y de ojos azules, varios años más joven que Succat. Una vez que los capataces se retiraron, el chico buscó los ojos de Succat:

—Ya solo falta un bote por arribar para que nos lleven —informó atingente, como llevado a dar un parte informativo a alguien de mayor jerarquía.

Succat bajó su vista para ver que, a pesar del miserable destino que compartían, este muchacho sonreía, dejando ver una hilera de dientes tan chuecos como las montañas de Escocia, tierra de ambos a juzgar por su acento. La dentadura le recordó una ilustración que le había mostrado su padre, Calpurnius, en una de las clases bíblicas que, como diácono, impartía en la iglesia de Dumbarton: era un retrato del demonio convertido en bestia mitad hombre y mitad lobo, de cuyas fauces asomaban verdaderas navajas.

El chico esperaba algo de Succat, por lo menos una pregunta para saber dónde estaba, quiénes eran sus captores, hacia dónde irían, dado que en dos días de espera tenía buena información proveniente de las conversaciones nocturnas de sus secuestradores. Sin embargo, Succat cerró los ojos y empezó a mover sus labios. El gordito dio un pisotón a Succat, quien instintivamente correspondió con un rodillazo en su vientre, haciendo que se doblara en dos, jalando al resto de los muchachos atados. Pasaron varios minutos antes de que el gordito recuperara el aliento.

—Vaya manera de agradecerme —resopló entre dientes.

—¿Agradecerte qué, enano? ¿El que encima de mi dolor de cabeza ahora debo cojear en el camino que nos espera?

—Si Milchu te descubre orando, te matará en el acto. Ha combatido por décadas a quienes han tratado de cristianizar la isla —dijo el muchacho parado de puntillas tratando de acercarse lo más posible al oído de Succat.

— ¿Y cómo sabes eso?

—Tengo buen oído y quiero salvar mi pellejo. Anoche escuché al mismo Milchu hablar del peligro que se cierne sobre la isla conforme los romanos y su religión avanzan en el continente. Los irlandeses no temen una conquista militar, porque saben que morirán todos sin vacilar antes de vencerse ante cualquier invasor. Milchu teme más a las ideas que traen consigo, que, como musgo, van infestando las mentes de los celtas en el continente.

Succat quedó admirado de la claridad de mente y del vocabulario de este muchacho.

—Pues tienen razón en temer. Estas ideas dominaron al propio Imperio romano para extenderse con sus soldados por todo el mundo —musitó Succat en parte para el muchacho y en parte como una declaración de fe.

—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Acaso eres romano?

Entendiendo que el chico había actuado para protegerlo, miró hacia abajo, dio un leve pisotón al pie del muchacho y dijo:

—Gracias… y perdón.

Por un momento, el chico quiso capitalizar su posición de fuerza, pero inmediatamente su rostro dibujó una enorme sonrisa, mostrando de nuevo su serrucho de dientes, ante cuyo despliegue, exento de pena, Succat no pudo dejar también de sonreír.

En ese momento, los hombres empezaron a levantarse y a arremolinarse con la vista hacia el mar, señal de que la embarcación esperada estaba a la vista. Unos minutos después, y en maniobra idéntica al arribo de Succat, el bote lanzó su cuerda, que fue atada al muelle de piedra. Desembarcaron cuatro hombres y dos muchachos cautivos.

~ o ~

Succat notó cómo los campos irlandeses eran mucho más verdes y proveían mejor pastura, contrastando con las áridas tierras de Escocia. A pesar del dolor de cabeza, se encontró disfrutando de la larga caminata, oliendo el fresco pasto que brotaba a borbollones por todos lados, viendo las enormes manadas de ovejas pastando y los frescos arroyos. El sonido de un latigazo lo hizo regresar. Uno de los muchachos, delgado y pálido como una paja, había caído por tierra y el capataz de la vanguardia le azotaba para que se levantara. La carne se abría con cada latigazo sin que el joven reaccionara al castigo. Milchu regresó en su caballo.

—Déjenlo a los lobos —ordenó—, ya luego haré cuentas. El capataz cortó la cuerda que unía al muchacho al grupo, dejándolo tendido sobre el camino. Cuando Succat pasó a su lado, pudo trazar una cruz sobre su frente.

El resto del camino lo recorrieron hundidos en lodo y empapados por un constante aguacero hasta que arribaron al rath del druida Milchu. El grupo fue encerrado en la cueva que se formaba al pie de una montaña, donde encontró a otros cuya antigüedad en este cautiverio, sabría más tarde, duraba hasta varios años, por lo que se trataba de un abigarrado grupo de muchachos imberbes y de hombres macizos. Fue hasta entonces que Succat entendió la gravedad de su situación y de que este extraño curso de eventos podría representar para él su destino último en la vida.

El muchacho regordete que había hecho la travesía con Succat inició inmediatamente su labor de recopilar información. Se acercó a uno de los mayores, un hombre con canas entreveradas en el pelo y musculatura de toro.

—¿Qué idioma hablas? —inquirió al gestudo individuo, quien volteó a verlo con desdén—. Yo soy Angus, de Clachan —insistió el jovencito.

—No te queda mal el nombre, pedazo de animal —replicó maliciosamente, provocando una risa sofocada de los veteranos. Angus no se amilanó.

—Pues sí, en mi tierra, criamos las mejores reses y comemos las mejores carnes, y, por lo que veo, tú solo has comido mierda en un buen tiempo. —Se hizo un silencio instantáneo y las miradas se fijaron en el mastodonte, quien clavó la vista en el altanero gordito para luego estallar en una carcajada sonora.

—¡Tienes razón, pedazo de res! Qué daría por un suculento trozo de tus petacas. —Y corrió detrás del despavorido Angus hasta atraparlo, le dio una buena mordida en la nalga y quedó tirado rebotando de risa y con el rostro enrojecido.

Angus, por instinto, se colocó detrás de Succat. El hombre volteó a verlo mientras se recomponía.

—¿Y tú quién eres, muchacho? ¿El cuidador del hato? —Succat sostuvo su mirada, pero no movió un solo músculo de la cara.

—¿No me vas a responder?

—¿Respondiste tú a mi amigo? ¿Por qué habría de darte un trato diferente al que tú das a los demás? —El resto empezó a separarse, haciendo un círculo alrededor de ambos, con Angus pegado a la espalda de Succat.

—Mira nada más, un valiente —dijo el veterano viendo a los demás, que ya no reían tan convencidos—. Pues te voy a enseñar a tener miedo.

El hombre tomó tierra y la frotó entre sus manos para luego cerrar sus enormes manos. Se lanzó solo para estrellarse contra Angus, quien salió disparado a la pared de piedra una vez que Succat lo esquivara. El hombre se levantó sin entender, volvió la vista y encontró a Succat inmutable. Se sacudió la cabeza y embistió de nuevo para descubrir que el flacucho muchacho era más ágil que una liebre y había de nuevo saltado antes de que lo pudiera alcanzar. Los aliados del hombre ahora se divertían viendo a su compañero toparse con un personaje que no le mostraba ningún miedo a pesar de su corta edad y enclenque figura. Las risas empezaron a subir de tono aumentando la furia del atacante hasta que este, desesperado, tomó dos rocas del suelo y se aprestó a lapidar al muchacho.

—¡Basta! —El hombre congeló sus movimientos y bajó los brazos. Se fue abriendo una brecha entre el atacante y el dueño de la voz que detuvo el pleito. Al final apareció un hombre delgado y alto, de larga barba cana rojiza y profunda mirada azul.

—Aindreas, déjalo. —Para sorpresa de Succat y de todo el nuevo grupo de esclavos, el enorme hombre bajó la vista sin rencor y obedeció en silencio. El hombre alto caminó hasta Succat y le dijo—: No es nada personal; a veces nos portamos como nos tratan. —Dio vuelta y regresó a sentarse junto a Aindreas pasando por la valla de hombres.

Angus no sabía si agradecer a Succat o reclamarle el tremendo empellón que recibió, pero decidió quedarse a su lado sin hablar. De manera natural, los recién llegados se agruparon alrededor del dúo, mientras que los veteranos se mantuvieron junto al hombre de la barba. Entre ambos grupos corría el viento que entraba en la caverna.

Ese día se celebraba la festividad de los irlandeses por la luna nueva, razón por la que los esclavos la pasaron encerrados sin trabajar. No se trataba de un gesto humanitario, sino de una precaución para evitar que los escoceses se escaparan. Ya entrada la noche llegaron unos niños a arrojarles pan duro, un saco de pescado salado y un odre medio podrido con agua. Nadie se abalanzó sobre la comida y todos aguardaron a que el hombre barbado contara a los esclavos, distribuyera el pescado y el pan y pasara el odre para que, uno a uno, fueran bebiendo. Cuando terminaron de comer, notaron que Succat había dejado intacta su porción. Solo tomó agua. Nadie tocó su comida, ni siquiera el hambriento Angus.

Cuando la oscuridad cayó sobre la cueva, era imposible ver la mano propia colocada frente a los ojos; afuera caía otro aguacero ensordecedor. Succat aprovechó el momento, se puso de rodillas y empezó a orar como lo hacía cada noche. Le invadía una paz suprema al habitar ese espacio que Dios había preparado para conversar con el hombre. No hubo un solo reproche. Pidió por Aindreas, por Angus y por sus compañeros esclavos, por el muchacho caído en el camino. Pidió por sus captores, por su bienestar y por su prosperidad.

Un relámpago convirtió la noche en día el tiempo suficiente para que Succat viera el perfil del hombre barbado con el oído pegado a su boca. El hombre puso una mano sobre la boca de Succat y musitó: «La paz sea contigo». Cuando Succat se repuso y extendió la mano para tocarlo, ya no había nadie ahí.

Por fin el cansancio pesó en los párpados del joven y, sin importar el frío, la humedad y el suelo rocoso, entró en un profundo sueño. Despertó entre jadeos.

~ o ~

Habían pasado seis años desde que Succat fue tomado cautivo. Sus días transcurrían entre intensos trabajos. Succat era templado, había coordinado a su gente con eficacia para defender el rath de enemigos y de la naturaleza y, para sus adentros, Milchu sabía que, si no fuera por Succat, probablemente su clan habría sido diezmado aún más.

—¿Dónde aprendiste a pelear? —le preguntó un día el druida mientras reparaban una de las cercas afectadas por el río.

—Todos los romanos sabemos de armas.

Milchu se preocupó al enterarse de que ese muchacho no era de sangre escocesa, sino el hijo de un político y religioso romano. Se imaginó a los ejércitos de Roma atravesando el mar para rescatar a uno de los suyos y le inquietaba entender qué hacía un romano en tierras no conquistadas.

—Nuestros ejércitos no han conquistado Escocia, pero nuestras ideas sí.

Pretendiendo demostrar superioridad, Milchu se dio a la tarea de adoctrinar a Succat en la religión celta. Le explicó su adoración por la madre naturaleza, creadora del bien, de la inmortalidad del alma y la convicción celta de la segunda vida, de la Nueva Vida a través del agua, de los diversos dioses de tres partes. El muchacho escuchaba con atención y ambos guardaban silencio al final. Las largas horas en que Succat trabajaba lograba domar el impulso que le comía las entrañas, el deseo que debía contener, la culpa que le quemaba el estómago.