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Un misterioso asesinato vuelve a sacudir a los habitantes de la Marina Alta. Tiempo después de los anteriores sucesos, el pueblo de Benitatxell se prepara como cada año para celebrar sus tradiciones en la festividad de Todos los Santos, sin saber que este año nadie está a salvo. La emblemática 'Cueva de las Brujas' se convertirá en el escenario de un siniestro crimen treinta años después; por lo que todo hace temer que la bruja ha despertado para terminar lo que empezó. La inspectora Patricia Salcedo y su equipo de la comisaría de Jávea deberán enfrentarse a un crimen donde pasado y presente se funden entre rituales, sacrificios y un silencio que intentarán romper para descubrir que terrible asesino se esconde tras la bruja.
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Seitenzahl: 576
Veröffentlichungsjahr: 2024
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LA CUEVA
DE LAS BRUJAS
Amparo Murgui
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión por cualquier procedimiento o medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro, o por otros medios, sin permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
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© Del texto: Amparo Murgui Maties
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-06-8
www.samaruceditorial.com
Agradecimientos
Un año después de la publicación de El Pozo de los Silencios vuelvo a estas líneas. No dudéis que si hoy La Cueva de las Brujas está en vuestras manos es gracias a vosotros, lectores, que acogisteis mi primera novela con los brazos abiertos. Quiero dar las gracias en especial, a mi familia, amigos/as y compañeros/as de trabajo, que se volcaron desde el principio en cuanto la primera parte vio la luz. Sin vuestro apoyo constante esto no sería posible. Me permitirán hacer un aparte a mi madre y a mi tía Dora, quienes las conocen saben por qué.
Ha sido un año de grandes recuerdos y experiencias en las firmas, en las ferias, las redes… de reencontrarme con amigos del camino que no veo tanto como quisiera, y de conocer nuevos lectores y escritores. Atesoro y aprendo de cada uno de vuestros comentarios y charlas. El glosario de personajes que podéis encontrar al final del libro viene de una de ellas.
Y como siempre, las gracias con nombre y apellidos.
Gracias a mi pareja Sergio, a mi hijo Adrián y a la pequeña Aitana que viene en camino. Sois mi pequeño universo en el cual todo gira.
A mis padres y a mis suegros, por ser, por estar y por darme ese valioso tiempo para sacar horas en el día a día.
A mi hermano Carlos, lector incansable de mis primeros folios. Sus consejos valen oro, pero él todavía más.
A mi compañera, amiga y lectora cero, Mª José Escriche. Por tus comentarios, correcciones y tu ayuda incondicional; pero sobre todo, por tenerte en mi vida.
A mis amigos y amigas, los de ahora y las de siempre (Marta, M.Àngels, Estel, Pilar, María, Susana, Lola, Cris, Rosa S….). Solo con veros conseguís que los días grises sean claros, y los claros brillen más.
A todo el equipo de Samaruc, por hacerme sentir como en casa en esta aventura literaria que empecé hace justo un año.
Y no podía faltar esa tierra que es 'La Marina Alta', donde me reencuentro cada vez que escribo. Su belleza y la de sus gentes van más allá de las palabras. Todos los lugares y locales que aparecen en la novela son dignos de visitar. Me he tomado la licencia literaria de crear a los personajes que allí habitan o trabajan.
Escribir La Cueva de las Brujas ha sido una vuelta a la infancia, un volver a la calle rey don Jaime (Llíria) donde el tiempo se paraba entre juegos de niños convertidos en detectives, los vecinos eran más que familia y las noches de verano no tenían horas sino momentos. Veréis en la novela un claro guiño a esos tiempos con una investigación paralela un tanto peculiar. Una de las primeras premisas en la novela policíaca es intentar averiguar quién es el asesino antes de que termine el libro. En este caso, querido lector, te lanzo otro desafío, ¿quién es la víctima?
Feliz caza de Brujas.
Amparo Murgui Maties
Septiembre, 2022
El olor era muy desagradable. Nadie debería morir en aquellas condiciones, pero allí estaba, entre envoltorios, latas y vómitos. Más que un lugar sagrado parecía un vertedero. Cogió uno de los botes, pero lo dejó al instante, ahora ya no tenía importancia. Sacó de la bolsa las tiras de mimbre, y se entretuvo en hacer cruces, nadie aparecería por allí. El día de Todos los Santos era un día para los cementerios, y no para aquel agujero. Las fue depositando alrededor del cuerpo hasta formar una gran cruz y contempló su obra, esperaba que sirviera para algo. En esta vida ya era imposible, pero quizás en la siguiente. Sintió la necesidad de levantar la máscara, y ver quién era, pero tampoco importaba ya, la cuestión era que estaba muerta. Eso lo sabía con certeza.
En unas horas todo el mundo contaría que una bruja se había llevado a otra. Las brujas siempre preferían a las niñas.
1
Faltaba un día para Halloween o como su abuelo prefería llamar, para La víspera de Todos los Santos. Ella a partir de ahora también lo llamaría así. Por fin había cumplido los ansiados nueve años, y estaba preparada para vivir las historias que su abuelo compartía con los niños del pueblo. El día 31 de octubre, cuando la luna empezaba a asomar en la noche, los niños mayores de nueve años acudían al corral del abuelo. Allí, con la única ayuda de una cuchara, una cuerda y una vela convertían melones de piel de sapo en farolillos. Con ellos colgando de la mano recorrían las sinuosas calles de Poble Nou ahuyentando a las ánimas que esa noche vagaban libremente en el mundo de los vivos. La procesión terminaba de nuevo en el corral. Una vez colgados los faroles en el dintel de la puerta, su abuelo empezaba el relato de las famosas historias de Tots Sants. Hacía años que en los paseos se encontraban con niños y niñas disfrazados pidiendo caramelos por las casas, y el número de asistentes a sus historias se había visto reducido. A su abuelo le reconcomía por dentro ver cómo sus tradiciones se estaban perdiendo, así que puso otra condición, ser mayor de nueve años y no haber participado de esas fantochadas.
Victoria estaba impaciente, no recordaba cuándo empezó a darse cuenta de lo que aquello significaba. Su hermano Pau siempre volvía relatando fragmentos que le entusiasmaban y aterraban a la vez. Cuando oyó a su abuela discrepar diciendo que una niña no debería participar, se le cayó el mundo al suelo, pero su abuelo afortunadamente no estuvo de acuerdo, y por primera vez iba a asistir a “Los Cuentos de Todos los Santos”.
· · · · · · · · · · · ·
Jack observó con disgusto colgado en el tendedero, el disfraz de vampiro que su padre había desempolvado del baúl y que le impediría ir a las historias. A pesar de la sensación de frío, el sol calentaba con fuerza y parecía que los rayos estuvieran proyectados en aquel corral, en aquel disfraz, que pronto estaría seco y listo para usarse.
Al mudarse a Poble Nou, el padre de Jack comprobó satisfecho que vivir en aquel pueblo, era como estar en casa, pero a treinta grados a la sombra. Sin embargo no contó con un pequeño detalle, su hijo, al contrario que él, cada vez se sentía más español. Por eso de manera subliminal fue incorporándole tradiciones inglesas en casa. Los domingos siempre acostumbraban a comer paella en un restaurante local, pero ahora se había convertido en el día del “Fish and Chips”; las cadenas españolas habían desaparecido de la parrilla de su televisión y estaba decidido a que Jack asistiera a una de las fiestas inglesas por excelencia.
—Encontraste el disfraz —dijo su padre posando su gran mano en el hombro de su hijo.
—Papá, este año iba a ir a las historias del abuelo de Victoria. Además no creo que pueda llevar ese traje —contestó Jack tímidamente. El traje había encogido con el lavado, y eso unido a que él había dado el estirón, podía ser una excusa perfecta para no ir ese año.
—Ven conmigo.
Fueron al comedor donde encima del sofá protegido por un plástico se podía ver una capa negra con capucha y al lado una máscara de color rojo con una expresión perversa.
—Y el de vampiro…
—Es para la hija de John. Este es nuevo, solo para ti. Y dentro de los bolsillos encontrarás otra sorpresa. —El padre de Jack le guiñó un ojo en gesto cariñoso—. Te da tiempo de sobra del Trick or Treat y luego puedes ir a las historias.
—Papá, he olvidado algo de la escuela… —balbuceó el niño—. Necesito ir a casa de Julen.
—De acuerdo, pero no llegues tarde. —El hombre sonrió satisfecho. Su mujer se encontraba lejos, pero tampoco hacía falta en casa. Lo tenía todo bajo control.
La casa de Julen estaba encima de la floristería de sus padres en la calle Llebeig, apenas a cuatro calles de distancia. En solo unos minutos recorrió el trayecto que lo distanciaba. Entró en la tienda, y haciéndose paso entre la multitud de clientes que esperaban los centros de flores para las lápidas, logró llegar al mostrador donde Julen con no mucha maestría intentaba ayudar a su madre. Esta al ver a Jack, alzó los ojos hacia el cielo agradeciendo en silencio la presencia del niño.
—Hola, Jack. Hoy no puedo jugar, tengo que ayudar a mis padres. Me necesitan. —Se adelantó Julen.
—¡No, tesoro! —replicó Irene que, al darse cuenta de la impetuosidad del tono, lo bajó a uno más moderado —. Quiero decir… ya nos has ayudado bastante.
—¡Pero mamá, todavía tenéis mucho trabajo!
Julen se encargaba de cortar la parte sobrante de las flores, pero en su empeño por hacerlo bien apenas dejaba tallo que clavar al corcho Había perdido más de una hora intentando arreglar con disimulo los desperfectos de su hijo.
—No te preocupes. Nos las arreglaremos. —Se limpió las manos con el trapo que colgaba de su delantal y le acarició el pelo. Aquella era su manera de decir que la conversación había terminado.
Julen salió con su amigo y se sentaron en la fría acera a unos metros de la floristería. En parte para evitar a los clientes que se agolpaban en la puerta y en parte, porque era el único sitio donde el sol calentaba.
—Tengo malas noticias —dijo Jack cuando apenas sus traseros habían rozado la acera—. No podré ir a los Cuentos de Todos los Santos. Mi padre me ha comprado un disfraz nuevo para Halloween, quiere que vuelva a ser inglés.
—¡Pero Jack, este era nuestro primer año de los cuentos!
—Ya lo sé, me da mucha rabia. —Dio un manotazo al suelo que solo le sirvió para ensuciarse. Se llevó las palmas de las manos a las mejillas que quedaron con restos de la gravilla del suelo.
—El abuelo se pondrá triste —dijo Julen apenado, pero no por el abuelo, sino por él. No podía imaginar nada peor que perder a su amigo en aquella noche tan especial—. ¿Y Victoria...? —Julen cayó de pronto, lo que diría su abuelo no era nada comparable a lo que podía salir por la boca de Victoria cuando se enterase—. ¿Cuándo se lo vas a decir?
—Todavía no lo sé.
Esa era la verdad. Se sentía muy triste, desde que Victoria le confirmó que podía presenciar la noche de los cuentos con ellos le inundó una alegría y un orgullo que solo cesó cuando vio el maldito traje. Él iba a ser el primer extranjero en formar parte de algo íntimo. No podía decir que lo hubiesen tratado mal, se sintió acogido por todos desde el primer momento en que decidieron instalarse allí, pero había algo, no podía explicar el qué. Aunque le dedicasen palabras amables y aparentemente lo trataran como al resto, podía percibirlo, él no era parte de aquello, de la vida de aquel pueblo. Él era el niño inglés. Y aquella noche, por fin, tenía la oportunidad de formar parte de ellos, y un maldito traje lo había estropeado.
· · · · · · · · · · · ·
Jessi miró el móvil con ternura, allí, ocupando toda la pantalla, se veía el rostro bien definido de su sobrino. No lo podía creer, apenas tenía quince semanas de gestación, pero ya se podían apreciar los rasgos de su cara. El teléfono vibró de nuevo, esta vez para dar entrada a una foto más grande, en esta su hermana miraba y acariciaba con mimo su ya hinchada barriga mientras que su sobrino se aupaba para darle besos. Se la veía feliz, y eso era lo único que importaba. Leyó el comentario de su cuñado Eduardo que seguía la foto y torció el gesto; su madre, que desde que descubrió el mundo de los mensajes instantáneos vivía enganchada a ellos, contestó al instante y acto seguido la llamó para comentarlo.
—¡Cariño! ¿Has visto a la niña? ¡Es increíble! —gritó de la emoción—. Con lo pequeña que es, y ya es clavadita a tu hermana, la misma nariz chatita, los mismos labios marcados. Es igual que cuando ella nació, solo dos horas de parto natural, nada de epidural y esas cosas modernas de ahora, y mírala salió como una bendita, igual que lo hará la pequeña Isabel.
Jess había escuchado aquella historia infinidad de veces, cada vez que su madre se encontraba con alguna embarazada se extendía sin miramiento en los pormenores de sus dos partos. El primero, cómodo, rápido, apenas sin dolor, dando la bienvenida a una niña preciosa y lozana. El segundo, el de ella, largo, complicado, dándose la vuelta en el último minuto y trayendo al mundo con dificultades a una bebé de más de cuatro kilos, dos de ellos acumulados en una cara demasiado hinchada. Las primeras palabras que escuchó al nacer fueron “Pero si parece una magdalena”, y con ese nombre se quedó. Durante muchos años creyó que ese era su nombre real y cuando le preguntaban siempre contestaba muy segura de sí misma “Me amo madalena”.
—Sí, está preciosa.... digo precioso. Mamá, ya te dijeron que era un niño.
—Pues se equivocan, la barriga de tu hermana es de niña.
Aquello era imposible, en la ecografía todavía no se podía apreciar claramente, pero los análisis de ADN lo confirmaron sin lugar a duda, XY, un niño. Pero entrar a discutir con su madre los entresijos de la ciencia genética no era el mejor plan para aquella mañana.
—Como tú digas mamá. ¿Me has llamado para eso?
—¿Ya me quieres colgar? ¿Ni cinco minutos tienes para hablar con tu madre? —Fingió estar enfadada, pero lo dejó al momento. Su hija podía inventarse cualquier excusa para colgarle y necesitaba hablar con ella— ¿Y Eduardo? ¿Qué me dices de Eduardo? Cada día doy gracias por la suerte que ha tenido tu hermana al encontrarlo. Tiene una mano para las fotos… Todas las que hace él salen perfectas, ¿has leído lo que ha escrito?
—No me ha dado tiempo —mintió Jess.
—Ves, menos mal que te he llamado. Este domingo no hagas planes, y si tenías alguno, lo cancelas. Venís a casa a comer y vemos el resto de las fotos y el vídeo de la niña.
—Este domingo... —titubeó Jess.
Su madre hizo una pausa, antes de continuar.
—Te encargas tú de traer el postre, la tarta de queso que a tu hermana le gusta tanto, así le das una alegría, que el otro día ya me dijo que se le antojaba. No sea cosa que la pequeña venga atiborrada de lunares como tú. Y todo porque tu padre no pudo conseguirme unas fresas en agosto, que tan difícil no sería, vamos digo yo. Y tendrás que venir a por nosotros, tu padre vuelve a tener el codo mal por el ácido úrico, y es que no me hace nada de caso y se atiborra a marisco. Vamos hablando. Un beso cariño. —Colgó.
Isabel sonrió, conocía demasiado bien a su hija. Cuando deseaba algo no necesitaba pensárselo dos veces, y esa pausa no le gustó nada. Pero con la excusa de la tarta ahora seguro que iría.
· · · · · · · · · · · ·
Victoria pasó la mirada de uno a otro con gesto enfadado, acabando finalmente en el de Jack, al que se le agolpaba la sangre en las mejillas tiñéndolas de un color rojo intenso.
—Si preferías ir a por caramelos, solo tenías que decirlo. No sabes lo que me costó convencer a mi abuelo para invitarte.
Exactamente no fue así, pero ellos no tenían por qué enterarse. Cuando el abuelo supo que un niño inglés prefería escuchar sus historias a disfrazarse dijo inmediatamente que sí, pero Victoria engalanó la verdad un poco a su favor. Miró a Jack con curiosidad, quizás estaba asustado y no quería reconocerlo.
—Es porque tienes miedo —dictaminó sin necesidad de oír la respuesta, ya había decidido que ese era el motivo y ella nunca se equivocaba.
—Él no tiene la culpa, es su padre —contestó Julen apoyando a su amigo.
—Pues díselo, dile que prefieres ir con nosotros y ya está.
—No lo entiendes, su padre quiere que vuelva a ser inglés —dijo Julen repitiendo las palabras de su amigo.
—Tú ya eres inglés, es porque... ¡Eres un miedica! ¡Eres un miedica!
Julen miró a Jack confuso, Victoria tenía razón, no podía volver a ser algo que ya era. Aquella era una buena pregunta para su madre, cuando llegara a casa le preguntaría.
—¡Yo no quiero ser inglés! —gritó Jack entre los insultos de Victoria que cada vez iban a más—. ¡No me gusta el té y odio los scones! Prefiero mil veces un arròs del senyoret a todos los fish and chips del mundo, y odio Halloween, odio disfrazarme, no quiero ponerme esa capa y esa ridícula máscara. —Jack se cubrió el rostro lamentando su mala suerte.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Victoria cesando los insultos de golpe.
—Mi padre me ha comprado un nuevo disfraz... —Sus ojos asomaron entre sus largos dedos.
—Sí, lo he oído, con una capa y una máscara, ¿verdad? ¿Y te cubre todo el cuerpo? ¿Tampoco se te ve la cara?
—Claro que no.
—Entonces podemos solucionarlo. —Los ojos de la niña adquirieron un nuevo brillo—. Una capa y una máscara… —dijo Victoria mirando fijamente a los dos—. Cualquiera puede ir debajo.
Se acercó a los chicos y bajando la voz les contó exactamente lo que iban a hacer. Los niños solo asintieron. Los planes de Victoria ni se consensuaban ni se rebatían, eran así y no había ninguna otra alternativa. Pero esta vez, si todo salía como estaba previsto, aquel podía ser uno de los buenos.
· · · · · · · · · · · ·
La inspectora Patricia atravesó con la mirada al hombre que tenía en frente, el mismo peinado, el mismo porte, incluso la misma ropa, pero un total desconocido. El miércoles anterior se presentó en su casa, la que un día fue de ambos, con un iPad en una mano y en la otra un Woody parlante. Estaba segura de que lo haría, iba a compensar cuatro años de silencio a base de regalos. Podía contar con los dedos de la mano las veces que había llamado en los últimos años: en navidades, y en los cumpleaños de su hijo mayor, del pequeño ni se acordaba. Acordaron que un solo hijo, sus profesiones eran demasiado demandantes para poder dedicar más tiempo a otro niño, perder más tiempo, fueron sus palabras exactas, pero pasó. Estaba demasiado ocupado para darse cuenta de sus constantes visitas al baño, de su barriga incipiente… En su diccionario personal solo había sitio para una palabra. Sus ganas de triunfar eran más fuertes que la familia que habían construido. Unos meses después nació Pablo, y ahí empezó el principio del fin. Este cogía con fuerza la mano de su madre, mientras Harvey a un lado toqueteaba las funciones de su nuevo iPad esperando lo que estaba a punto de ocurrir.
—Hi kids —dijo arrodillándose con una gran sonrisa en su rostro.
El mayor de los niños levantó ligeramente los ojos de la pantalla y saludó con un leve movimiento de cabeza. Su madre llevaba una semana advirtiéndoles de la nueva situación, del cambio que supondría en sus vidas, de la nueva experiencia que iban a vivir. Sus palabras eran alentadoras y estaban llenas de buenos propósitos, pero él sabía que esa no era la realidad. Tenía nueve años, no era tonto, por mucho que su madre tratara de ocultarlo sabía que odiaba esa situación. Sólo fue una vez, pero la escuchó detrás de la puerta mientras hablaba con su abogada. Las palabras que usó para hablar del hombre que estaba enfrente de él, eran las mismas que él tenía totalmente prohibidas. La situación no era nueva, su amigo Liam había pasado por lo mismo y le puso al corriente. Dos casas, dos armarios, dos mochilas, un colegio y por una parte papá y por otra mamá, básicamente esa era la vida de hijo de padres separados. En su caso era diferente, porque aquel hombre que esperaba su aprobación con una gran sonrisa en la cara, más que un padre, era un desconocido.
—Yo tengo…Yo tengo un… un regalo para vosotros —logró decir con un fuerte acento inglés.
Harvey levantó la vista de nuevo, ¿sería el nuevo iPhone? Su amigo Liam también le advirtió de aquel hecho, lo positivo que podía extraer de todo aquello, los regalos. Sus padres le colmarían con lo que pidiese para combatir el sentimiento de culpabilidad que sentían. El padre de Liam había pasado de no prestarle casi atención a comprarle las zapatillas de moda, ropa de marca, el Mac… y su madre no se quedaba atrás. Harvey dudaba mucho de que su madre actuara así, no podía decir que les faltase de nada, pero los caprichos tecnológicos no iban con ella. Cuando sugirió que el iPhone doce sería un regalo de reyes maravilloso para poder estar en contacto, ya que pasaba mucho tiempo en comisaría, lo que encontró debajo del árbol fue un motorola con botones gigantes y sin posibilidad de conexión.
—¿Qué es? —dijo el pequeño sin soltar la mano de su madre.
—They are in the car —dijo señalando el imponente BMW azul de detrás.
Abrió el maletero y le tendió un paquete a cada uno. Cuando Pablo con bastante esfuerzo logró desenvolver el suyo, Harvey con una mano ya sujetaba una gran capa negra y en la otra una máscara de color rojo.
—Os apetece una noche de brujas con papá? —dijo su padre cubriendo su rostro con una sonrisa.
2
El día amaneció gris, como un presagio de lo que en pocas horas iba a ocurrir. Victoria se levantó de la acera y se frotó los manos en el trasero, el rocío del suelo había traspasado su vestido, pero no tenía tiempo de cambiarse. Empujó la puerta de madera de su casa y entró custodiada por Jack y Julen. Desde la cocina venía un aroma inconfundible a mazapán, su madre arremangada mezclaba encima de una mesa salpicada por harina la masa con gran habilidad. Encima del banco había treinta huesos de santos perfectamente alineados.
—Me temo que si habéis venido a probarlos no va a ser posible. Los necesitamos todos para los cuentos del abuelo.
—Chicos, mi mamá es tan buena que nos va a preparar dulces para comer esta noche.
A escasos metros, Victoria balanceaba el cuerpo rítmicamente ocultando sus manos en la espalda. Detrás de ella, y casi escondidos, Jack y Julen.
—¿Qué quieres Victoria? —No tenía ninguna duda de quien era la artificiera de lo que se llevaban entre manos.
—Mamá, ¿se pueden quedar Julen y Jack a dormir en casa? —La niña miró con disimulo los huesos para evitar la mirada de su madre.
—¿Ellos están de acuerdo? —Belén intentó inspeccionar a los niños, aunque resultaba difícil ya que su hija los mantenía ocultos.
—¡Mamá, tienen que estarlo! —dijo atropelladamente—. Ya sabes que las historias del abuelo siempre acaban de noche. ¡No van a volver solos!
—Claro que no Victoria. —Empezó a dar forma a la masa—. Ya hablé con la madre de Julen, vendrá a recogerlo cuando acaben, igual que al resto de niños. Nadie va a ir solo esta noche.
—¿Y Jack? —soltó su hija— ¿Vas a dejar que Jack se vaya solo?
Belén dejó de amasar, no había caído en Jack, hasta última hora pensó que su padre cambiaría de idea, pero no había sido así. Dejó la preparación de los dulces dispuesta a solucionarlo.
—Jack, si me das tu teléfono ahora mismo llamo a tus padres. —Se limpió las manos con el trapo, aunque parte de la masa quedó adherida a sus finos dedos.
Victoria se movió nerviosa, el plan no estaba funcionando, de hecho, cada vez estaban más lejos de salir como había planeado.
—Queremos dormir juntos —soltó Julen de repente, pero paró al ver que todos los ojos estaban fijos en él—. Nos…nos han dicho…que las his…las historias dan mucho miedo.
La madre de Victoria no pudo sino sonreír, se vio a ella misma reflejada en la cara de Julen, de aquello hacía más de treinta años. Ese mismo año había soplado las nueve velas de la tarta de calabaza que le daba el pase directo para asistir a los cuentos de Tots Sants. Recordaba al detalle el paseo por el pueblo, su farolillo hecho con melón de piel de sapo, los escalofríos que le produjeron algunas de aquellas historias, y especialmente, recordaba lo que su padre encontró al día siguiente. Si cerraba los ojos podía ver todos los detalles, todos los gestos...Y sobre todo veía unos ojos vacíos.
—No sé si es buena idea... —dijo con los ojos muertos presentes en su mente.
—Por favor, podemos dormir en el cuarto de Pau —rogó la niña.
Belén se quedó mirando a su hija sin parpadear y tras unos instantes volvió en sí.
—Está bien, en casa estaréis seguros, hablaré con su padre.
Los tres amigos empezaron a dar saltos de alegría, solo faltaba la última parte del plan. ¡La noche iba a ser perfecta!
· · · · · · · · · · · ·
Se apretó las sienes con fuerza en un último intento de recordarlo, pero no funcionó. Hacía tiempo que no funcionaba, aunque tratara de negarlo algo andaba mal en aquella cabeza suya. Los recuerdos se escapaban de su mente sin intención de volver. Sacó el cuaderno de la chaqueta de lana que su Teresa le tejió hacía ya cinco inviernos y repasó de nuevo las historias que contaría aquella noche; de su mente podían escaparse, pero no de sus cuadernos. Su mujer, unos pasos por detrás, colocaba las naranjas en una de las cajas que le quedaban por sacar a la puerta del corral.
—Buenos días, don Antonio, ¿preparado para las historias? Nuestro Julen no para de hablar de otra cosa —dijo Irene, la de la floristería Llebeig, emocionada en la acera.
—Sí, hija mía, preparado como siempre. —Guardó la libreta con disimulo—. Los relatos siempre van conmigo.
—Desde niña me he preguntado de donde consigue los melones, aunque supongo que será un secreto.
El hombre la miró con pesar incapaz de responder. Aquello era lo que intentaba recordar sin éxito. Su mujer, que se percató de la escena, acudió presurosa hacia la puerta del corral.
—Buenos días, Irene. Está todo listo, nuestra hija Belén ha ido al mercado de Jávea a por ellos, nosotros hace años que no plantamos. Has venido muy pronto, todavía no hemos tenido tiempo de sacarlo todo y preparar tu pedido.
—Disculpe doña Teresa. Es el único momento que tendré hoy para hacer la compra, como sabe la víspera de Todos los Santos es cuando más trabajo hay en la floristería.
—Eso es buena señal. Hay que honrar a nuestros muertos. ¿Tienes mis flores preparadas?
—Sí, doña Teresa, crisantemos blancos y claveles rojos. Es el primer centro que he hecho esta mañana. Cuando quiera puede pasar a recogerlo.
—Enviaré a Belén, se alegrará de verte. En la escuela siempre fuisteis buenas amigas.
—Si me disculpa doña Teresa, he de volver a la tienda, nos quedan algunos pedidos por terminar. Mi hijo mayor tiene que estudiar, y ya solo estaremos mi marido y yo.
Aquello no era cierto, llevaba desde las seis de la mañana preparando arreglos, estaba todo dispuesto. Cuando se fue, su marido y Christian finalizaban los últimos detalles y temía dejarlos solos mucho tiempo.
—¿Quieres probar la calabaza? Hemos plantado este año y han salido deliciosas. Cuarenta minutos al horno con un poco de miel y nada más, no probarás hortaliza más deliciosa.
Don Antonio respirando tranquilo miró a su mujer con simpatía. No había nadie como su Teresa para vender, tenía un don natural, lo había heredado de su madre.
—De acuerdo —contestó Irene incapaz de decir que no. Detestaba la calabaza, pero no estaba en su naturaleza parecer descortés.
La anciana fue preparando el pedido en bolsas, una para las patatas y las cebollas; otra para la calabaza; y una última para los calabacines y las berenjenas.
—No me des nada, en la floristería ya harás cuentas con Belén.
—De acuerdo doña Teresa —dijo lamentándose por no haber llevado el carro de la compra—. Que tengan un buen día.
La mujer se fue a paso rápido y con los hombros caídos por el peso, dejando al matrimonio solo.
—Los melones… lo había olvidado por completo.
—No te preocupes por nada, nuestra Belén hizo el pedido hace semanas. Todo está a punto para tus cuentos.
—A veces esta cabeza...
—Ahora no te preocupes por eso. —Le dio un beso con gran ternura en su arrugada frente—. Concéntrate en tus historias.
El hombre sacó de nuevo el cuaderno, dispuesto a obligar a su maltrecha memoria a recordar aquellas líneas.
—Antonio, ¿la niña?
—La niña vendrá, igual que su madre e igual que su hermano. No pienses más en eso.
Teresa siguió colocando las frutas en las cajas, tenía razón, mejor no pensarlo, pero una extraña inquietud la acompañaba desde hacía días y no lograba apartarla de su cabeza.
· · · · · · · · · · · ·
Había perdido la cuenta de las veces que leyó aquel maldito correo, solo cuatro frases, pero eran suficientes para enterrar el futuro con el que había soñado. Leyó de nuevo: “Lamentamos comunicarle que hay un error en la solución que nos facilitó. La quinta operación es errónea. Es por eso por lo que no podemos dar por válido el resultado. Le animamos a intentarlo de nuevo.” Aquello era imposible, lo había comprobado, estaba seguro, su respuesta era correcta. Miró de soslayo el primer cajón de su escritorio. Allí, debajo de una caja de bombones estaba la carpeta con su solución, rectificó, con “la solución”. No valía la pena comprobarlo, eran ellos los que estaban equivocados. Empezó a redactar el e-mail “No sabríais ver el resultado, aunque lo tuvieses delante de las narices. No seáis tan jodidamente vagos y examinadlo de nuevo.” Le dio a la tecla de suprimir. Mejor un tono más cordial. “Queridos...”, “Estimados...”, ¿cómo coño se empezaba una carta? Solo le venían a la cabeza las que su madre año tras año le obligaba a escribir a su tía de Francia para felicitarle las navidades. Recordaba con total claridad la voz de pito de su madre diciéndole el día de Santa Cecilia: “Hipólito, tú que tienes la letra pequeña escríbele a la tía Susi”. Su madre, de nombre Asunción como su hermana, tenía una pésima imagen del servicio de correos y siempre procuraba enviar las cartas con varias semanas de antelación. Los primeros años transcribía textualmente en el poco espacio que dejaba la postal lo que su madre dictaba; el tercer año se dio cuenta que no variaba ni una palabra y el veintiuno de noviembre ya la tenía preparada. “Querida tía Susi, ¿cómo están todos por allí? Nosotros muy bien. ¿Qué tal el tiempo? Aquí ha refrescado últimamente. Les deseamos unas felices fiestas”.
No conocía a la comisión encargada de comprobar los acertijos matemáticos, pero tenía claro que el tiempo les importaría una mierda. Miró de nuevo el cajón y se decidió, la llave estaba en uno de los portalápices. Era diminuta, apenas le cabía entre las yemas de sus dedos, la cogió haciendo pinza y cuando apenas la había introducido en la ranura, un sonido proveniente del despacho de Patricia lo asustó y la llave se perdió entre los recovecos de la parte baja de su mesa. No tuvo tiempo de pensar quién era y se entregó a la tarea de encontrar la llave. No había caído pero el coche que estaba en la entrada era el de su jefa. Esta confirmó sus sospechas cuando instantes después apareció con un maletín.
—¿Qué haces aquí? No te he escuchado entrar. —Tal vez la siguiente pregunta era más importante—. ¿Se puede saber que estás haciendo?
Su compañero boca abajo estiraba los brazos por debajo de la mesa, el jersey se le había subido por encima de los riñones y la imagen no era nada agradable.
—Pensé que estaba solo. —Sin mirarla, siguió enfrascado en la ardua tarea de encontrar aquella diminuta llave, pero lo único que conseguía atrapar era polvo que se impregnaba en sus manos y en su ropa—. He venido a mirar unos papeles.
Patricia sonrió, lo conocía demasiado bien. Antes de trabajar juntos, fue compañero de su padre durante muchos años. Su presencia fue habitual en su casa y más tarde en comisaría, especialmente durante el tiempo que vivieron en Madrid, y en todos esos años nunca lo había visto dedicar más de lo estrictamente necesario al trabajo.
—Entiendo, unos papeles… —Hizo notar la ironía en su voz, pero Poli pareció no darse cuenta—. ¿Quieres que te ayude?
—¡La tengo! —Se incorporó no sin esfuerzo a la posición de sentado luciendo orgulloso el hallazgo entre sus dedos. El jersey no había vuelto a su posición original y la grasa a modo de flotador colgaba por todos lados, pero había algo incluso más desagradable.
—No es lo único que has encontrado ahí abajo —dijo Patricia señalando las pelusas como ratones pegadas a su ropa.
—¿Y tú qué haces aquí un sábado? —Se quitó como pudo algunas de ellas, aunque no era importante, compartirían hogar con las manchas que ya habían fijado su residencia en sus prendas.
—Es una larga historia que te contaré algún día, pero hoy no. Si me permites me llevo esto para revisar, necesito tener la cabeza ocupada, al menos este fin de semana. Nos vemos el lunes.
Patricia le tocó el hombro y salió por la puerta. Fue solo un roce, pero Poli lo sintió como una caricia. Se quedó un largo instante mirando hacia la entrada. Finalmente se decidió, abrió la cajonera, apartó la caja de bombones, su estómago se quejó, con el lío del e-mail se había olvidado de almorzar, una visita al Sunny’s lo solucionaría; sacó la carpeta y sus ojos buscaron sin demora la quinta operación. Allí, delante de sus narices, no solo un error obvio, un error de novatos, de los grandes, ¿cómo no podía haberlo visto? ¿Cómo no se dio cuenta antes? Eso significaba que las siguientes operaciones estaban todas equivocadas, tendría que rehacerlo todo de nuevo, eso le ocuparía como mínimo varios meses. ¿Y él? ¿Estaba dispuesto a dedicar tanto tiempo? Miró de nuevo la entrada, se acercó a la trituradora y sonrió. La respuesta era que no, había olvidado que había cosas mucho más importantes.
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Cuando quiso darse cuenta ya era demasiado tarde, se había levantado con el pie izquierdo y, siendo la víspera de Todos los Santos, solo podía tratarse de un mal augurio. Los calcetines negros dentro de sus zapatillas negras, protegiéndose del frío suelo, intentando pasar desapercibidos para no tentar a la muerte, ocultándose para no llamar su atención. Con gran esfuerzo subió los pies de nuevo al camastro, apretó la medalla de su cadena y rezó tres plegarias. Esta vez el pie que apoyó primero fue el derecho, lo mantuvo durante un instante para que la muerte tuviera tiempo de mirar. Se persignó, como le habían enseñado en la iglesia, como le había dicho su madre. Primero tres cruces: sobre la frente, para librarse de malos pensamientos; sobre la boca, para evitar palabras ociosas; y sobre el pecho, para rehuir malas acciones. Después la gran cruz que alcanzara todo su cuerpo y las protegiera de todo mal. Oyó el crujir de la cama en el cuarto de al lado, y seguidamente la voz de su madre llamándola. Giró el pestillo y se acercó a la habitación contigua. La encontró sentada en la cama, apoyando sus gruesas manos para tratar de levantarse. Esta vez lo consiguió al segundo intento. No recordaba cómo era su madre antes, hacía años que su cuerpo se había desdibujado y el sobrepeso se había adueñado de sus carnes. Cada movimiento suponía un esfuerzo extra para su debilitado corazón. Águeda le tendió el brazo, sus andares eran pesados, las varices sobresalían de sus piernas haciendo molesto cada paso que daba. Un paso, dos pasos, solo faltaban tres más para llegar a su destino, la antigua cómoda, herencia de su bisabuela, de color ébano, lóbrega, como todo lo que había en aquella vieja casa. Rodeándola un gran espejo, medio roto, envuelto en volutas florales con orificios, hogar durante años de las carcomas. Su madre se ajustó bien las gafas, una mano apoyada sobre la cómoda, con la otra extrajo con cuidado las estampas cogidas al espejo y las puso sobre el cristal que protegía el mueble. Las besaron y pidieron juntas a todas, a todas menos a una que seguía sujeta al espejo. Imploraron a Santa Lucía, para que le conservara la vista que ya hacía tiempo que empezaba a fallar; a San Blas, para que les permitiera pasar el invierno con salud; a San Miguel, arcángel protector del cielo, para que las cuidara. Cuando terminaron las oraciones, con gran fervor juntaron las manos sobre el cristal que protegía la figura de un cristo de principios de siglo, labrado en madera. Con los ojos cerrados, murmuraron sus oraciones, terminando con la gran señal de la cruz.
Águeda acompañó a su madre al camastro de nuevo. Sacó el orinal de debajo para vaciarlo. Antes de salir clavó los ojos, como siempre solía hacer, en la única santa a la que su madre nunca rezaba. Santa María Magdalena, patrona de Benitatxell, símbolo de los pecadores arrepentidos. Con disimulo se persignó ante ella, pidiéndole perdón por el silencio de su madre. Sabía que su madre nunca se uniría a esa oración. Para ella los pecadores no merecían remisión, debían arder en las llamas del infierno. No había otro lugar para ellos.
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Los encontraron tal como Victoria había predicho, detrás de la pista de fútbol junto a la Placeta dels Mestres. A su hermano Pau y a Esther apenas les dio tiempo de lanzar las colillas al suelo y pisarlas hasta hacer desaparecer el rastro. Christian por el contrario, siguió lanzando grandes bocanadas de humo, sin importarle la presencia de su hermano Julen o del resto de la panda del barrio, como él los llamaba.
—¿Qué haces aquí? —dijo Pau dando una aspiración al inhalador y metiéndose después una bola de chicle para camuflar el olor.
—Necesito que me hagas un favor. Necesitamos que nos hagáis un favor —corrigió. Aunque el plan había sido suyo, y solo suyo, los tres iban a ser partícipes. Si la idea no era tan bien acogida por su hermano y sus amigos como esperaba, mejor repartir las culpas entre todos.
Esther y Pau se incorporaron en la pinocha mientras los observaban con curiosidad. Christian sin prestarles atención siguió repantigado sobre esta. El plumífero le servía de almohada.
—¿Y de qué favor se trata? —preguntó Pau. Viniendo de su hermana podía tratarse de cualquier cosa.
—O tú o el hermano de Julen tenéis que disfrazaros y pedir caramelos esta noche.
Las carcajadas de los jóvenes empezaron antes de que terminara la frase. Christian empezó a toser del ataque de risa que sufrió al estar soltando el humo por la boca, solo pudo respirar con normalidad cuando Esther sin miramiento empezó a propinarle golpes en la espalda.
—Tío, tu hermana definitivamente es tonta.
Pau se quedó callado, con cualquier otro habría salido en defensa de su hermana, pero no con él.
Los tres niños ni se inmutaron, esperando en silencio una contestación.
—¿Pero va en serio? —soltó Esther confusa.
Victoria era asidua a emprender planes descabellados, pero aquel, sin ninguna duda, se llevaba la palma.
—El padre de Jack quiere que vuelva a ser inglés —aclaró Julen con total normalidad. El día anterior su madre le explicó con detalle qué era eso de volver a ser inglés—. Le ha comprado una capa y una máscara para que vaya a pedir caramelos, como hacen los ingleses, pero él no quiere hacer eso. Él quiere ir a las historias del abuelo. Aunque haya nacido en otro país, lleva mucho tiempo viviendo aquí y se siente español.
—Será por poco tiempo —pidió Jack—. Solo tiene que saludar a mi padre y dejarse hacer unas fotos, eso es todo.
—¿Y por qué no te disfrazas tú? —preguntó Esther con inquina. Aquellos niños le ponían de los nervios—. Cuando acabes de pedir caramelos vas a las historias y ya está.
El recuerdo era vago, solo asistió una vez recién cumplidos los nueve años, pero las pesadillas que siguieron a las historias le impidieron dormir durante tres noches. Esa fue su primera y única experiencia en los cuentos del abuelo.
—No puedo —contestó Jack bajando la vista al suelo.
—Mi abuelo no le dejaría —comentó Pau, que empezaba a entender todo aquello—. Para ir a las historias hay dos condiciones, ser mayor de nueve años y no haber participado en la fiesta de Halloween. Y las dos cosas se hacen a las ocho de la tarde.
—Por eso tú o Christian tenéis que disfrazaros, si no Jack no escuchará las historias y todo será por vuestra culpa. —Les recriminó Victoria con dedo acusador.
—Lo siento niña, pero tenemos otros planes —participó Esther.
—Sólo será un momento, por favor. Os dará tiempo de sobra de ir a la Cueva de las Brujas.
Se hizo el silencio, tanto Esther como Christian atravesaron con la mirada a un Pau que no quitaba los ojos de su hermana.
—¿Tú? ¿Cómo? ¿Cómo sabes que iremos allí? —dijo titubeando.
—Sé que esta noche no vas a casa de Esther como le has dicho a mamá.
—¿Por qué le has contado que vamos a la Cueva? —gritó Esther histérica.
—No, no ha sido él —corrigió la niña—. Yo… Os escuché el otro día, fue sin querer, estabais en su cuarto y la ventana que da al patio no cierra. Fue uno de los días que viniste a casa a hacer los deberes.
—¿Qué más escuchaste que íbamos a hacer? —preguntó Esther con el corazón en un puño.
—Nada, solo eso. Lo juro. Oí que pensabais pasar la noche en la Cueva de las Brujas en el lugar donde…donde murió la niña.
—Así que se trata de un chantaje, si no hacemos lo que nos pides se lo contarás a tu madre.
—No —contestó Victoria con tristeza. Su plan era ese, pero ahora ya no quería.
—Tampoco sería buena idea Victoria, bonita —apuntó Esther ocultando la ira que sentía hacia la niña—. Pau y Christian son mucho más altos que tu amigo, aunque vayan disfrazados su padre se dará cuenta enseguida.
Eran tantas sus ganas de encontrar, como siempre, la solución perfecta, que no reparó en que, aunque Jack era un chico alto para su edad, su hermano y el hermano de Julen le pasaban al menos una cabeza.
—Hay otra solución. —La voz de Christian les pilló desprevenidos. Desde el ataque de tos había permanecido en silencio.
Todos lo miraron expectantes, el chico disfrutó de su momento de gloria. Se tumbó de nuevo en el suelo y mirando al cielo saboreó cada una de las letras que iba a pronunciar.
—E...s...t...h...e...r
—¡Esther! ¡Pero si es una chica! —contestó Jack adelantándose a los demás que al igual que él iban a oponerse.
—Es más o menos de tu altura y con la capa y la máscara nadie notará la diferencia. Solo tienes que aprender a andar como él. Eso sí, Jack tan pronto llegue a casa tiene que fingir un resfriado repentino que le haya dejado sin voz —tomó una de las ramitas del suelo entre sus dedos.
—¿Quieres que me disfrace yo? —Esther se inclinó hasta coincidir con los ojos del chico que seguían apuntando al cielo—. ¿Estás majara o qué te pasa?
—Puede ser divertido —contestó esbozando una extraña sonrisa con la ramita en la boca.
—¡DI QUE SÍ! ¡POR FAVOR! —gritaron los tres niños a la vez esperanzados.
—Me parece que la panda del barrio te reclama.
Esther se sintió herida, hasta Pau se unía en su contra. Disfrazarse y pedir caramelos era lo último que le apetecía hacer en la noche de Halloween, tenían mejores planes, pero no podía correr riesgos, así que no tuvo más remedio que aceptar. Los tres críos empezaron a vitorearla dando saltos alrededor, la que más gritaba era Victoria. La maldita niña parecía sincera cuando dijo que no había escuchado nada más, pero no podía asegurarlo. Que hubiese escuchado que pasarían la noche en la Cueva de las Brujas ya era una calamidad, pero lo que vino después fue mucho peor.
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Solo arañó cinco minutos más a la alarma de su despertador, que por norma estaba silenciado los fines de semana. Se había olvidado por completo de reservar el pastel de queso. Por suerte, la anciana pastelera siempre tenía uno en el mostrador, si llegaba pronto podría comprarlo entero. Pero no llegó a tiempo. Los cinco minutos no fueron determinantes para Jessi, ni los diez que tardó en vestirse, ni siquiera los siete en llegar, porque, para ser exactos, llevaba dos días de retraso. “Este establecimiento permanecerá cerrado del 29 de octubre al 10 de noviembre. Disculpen las molestias”. Junto al texto, un adhesivo de una calabaza de rostro siniestro, pero la boca más que dar miedo parecía mofarse de ella.No había pastel, quizás fuera una buena excusa para escaquearse, sacó el móvil, pero lo guardó al momento. Tenía que ir, no solo sentía unas ganas inmensas de ver a su hermana y a su sobrino, sino que tarde o temprano tendría que afrontar el duro papel de encontrarse con su cuñado de nuevo. Alargarlo en el tiempo solo agravaría la situación. Su hermana había decidido apostar por su matrimonio y ella tenía que respetarlo, fuese cual fuese su opinión.
Lo cierto era que Jessi temía su reacción al verle, era incapaz de disimular. Sus facciones se tornaban en una mueca extraña cuando pretendía sonreír a alguien que no fuera de su agrado. No podía evitarlo, era algo genético, en todas las fotos de bebé aparecía frunciendo el ceño y apretando los puños con fuerza cuando alguien que no fuera su abuela la cogía en brazos. Cuanto antes pasara el trago mejor, ahora solo faltaba encontrar una tarta de queso con arándanos a la altura de su hermana y de su hinchada barriga. Si no lo hacía y el pequeño nacía con algún antojo, su madre se lo recordaría por siempre. Valoró las opciones; probar suerte en las pastelerías del pueblo, pero aparcar en un día como aquel sería prácticamente imposible. El parking de la plaza de la Constitución estaba en obras y durante los puentes Jávea volvía a ser un centro masivo de visitas turísticas; otra opción, hacerlo ella misma, rio, la cocina no se encontraba entre sus habilidades precisamente, aunque quizás… Tenía la mañana libre, tal vez podría intentarlo. Buscó la receta en internet y se sorprendió al verla, ¡aquello era pan comido! La base de galleta no presentaba ninguna dificultad y el resto solo consistía en mezclar los componentes. No podía creer que llevara años pagando un dineral por algo tan sencillo de hacer; y los ingredientes tampoco serían difíciles de encontrar. Su frigorífico, como venía siendo habitual estaba medio vacío, sería una buena excusa para hacer la compra de la semana.
La siniestra calabaza del cartel de la Pastelería Soler no fue nada comparado con el despliegue que encontró al llegar al supermercado. El negro y el naranja decoraban todos los rincones. Al lado de las cajas, a mitad de los pasillos, cualquier hueco por mínimo que fuera era destinado a bolsas de chucherías para el “trick or treat”, piruletas de chocolate con forma de arañas y recipientes de calabazas con los ojos y la boca tallados en un gesto aterrador. Jessi observó con fastidio las grandes colas que se estaban formando en las cajas. Cogió uno de los carros, y leyó de nuevo los ingredientes: galletas, queso de untar, mantequilla, nata líquida, leche, azúcar, mermelada de arándanos… Uno a uno fue depositándolos en el carro, añadiendo lo necesario para pasar la semana y de vez en cuando algún capricho. No le había dado tiempo de tomarse su tostada con jamón york y queso de media mañana y estaba hambrienta.
—Hola Jessi. —Una voz a su espalda le hizo detenerse en mitad del pasillo de los congelados.
Un ligero escalofrío le recorrió el cuerpo. La última vez que escuchó aquella voz fue en un mensaje en su contestador. De aquello hacía mucho tiempo, pero todavía recordaba algunas de las palabras que le dedicó. No le respondió, aguantó la tempestad como pudo esperando no volver a verlo jamás. En su fuero interno se imaginó qué se dirían al verse de nuevo. Sin embargo, el tiempo había atemperado su mal humor y no tenía nada preparado para ese primer encuentro, que estaba a punto de producirse en los pasillos de aquel supermercado con decenas de fantasmas y murciélagos colgando del techo.
—Hola Iván —dijo girándose poco a poco.
Había cambiado, los kilos que ganó durante los últimos meses que estuvieron juntos habían desaparecido convirtiéndose en músculos que se marcaban a su ajustada camisa. El pelo también era diferente. Él, que siempre lo llevaba muy corto, lucía ahora un flequillo demasiado exagerado para su gusto. El toque del cambio era completo por la ropa. Antaño asiduo a la ropa deportiva, ahora vestía camisa, un jersey verde oscuro que caía sobre sus hombros y unos pitillos exageradamente ceñidos. Este en cambio, pareció no reparar en ella, sino que miraba con atención el contenido de su carro. Jessi se arrepintió al instante del paquete de patatas fritas, los doughnuts de chocolate y las gominolas de fantasmitas que sobresalían de él.
—¿Cómo estás? —Se abalanzó de repente plantándole dos besos en las mejillas, reacción que pilló a Jessi totalmente por sorpresa y a punto estuvo de caer.
—Todo bien —dijo curvando la boca en una amplia sonrisa impostada e intentando recuperar el equilibrio.
Él le correspondió con otra sonrisa de oreja a oreja, que le pareció sincera. No era ese el encuentro que imaginó que tendrían después de la ruptura.
—Sigues sin enseñar lo dientes, con lo bonitos que son.
Tanta cordialidad le pilló desprevenida. Él sabía por qué, Jessi vivió toda su infancia y gran parte de la adolescencia con una de las palas rotas, tras evitar magistralmente un golpe de pelota jugando a balón prisionero. Se levantó con el labio sangrando y un trozo de diente en el suelo. Cuando su abuela María salió corriendo de casa por los gritos que profirieron sus compañeros de juego, ella se levantó orgullosa repitiendo “Pero no me han dado, iaia”. A pesar de tener el diente casi perfecto después de muchas visitas al dentista, aquella costumbre permaneció intacta en ella. Eran pocas, por no decir ninguna, las fotos en las que salía mostrando su dentadura.
—Por lo que veo hay cosas que no cambian nunca —sonrió de nuevo—. Otras por suerte, sí.
Su mirada pasó a alguien que se acercaba decididamente hacia ellos. Se trataba de una chica de unos treinta años, con una larga melena de color castaño, un estilo impoluto compuesto por unas botas de media caña de color camel, unos pitillos ajustados a sus delgadas piernas y oculto bajo su blazer de cuadros un jersey beige. No podía ser otra que Laura, la influencer, la mujer que su amiga Maica se empeñó en enseñarle en su día.
—Te presento a mi prometida —dijo Iván cogiendo con cariño la mano de su futura esposa—. Laura, esta es Jessi.
— ¡Oh! —La mujer ahogó un grito cubriéndose la boca con las manos.
La tal Laura la miró como si delante de ella hubiese tomado forma un espectro, en una mezcla de curiosidad y temor.
—Así que tú eres Jessi. —La miró de arriba a abajo como quién examina a una especie ultraterrestre.
Si la reacción de su ex le había sorprendido por su cordialidad, aquella le pareció descortés en extremo. Lamentó no haber prestado atención a su amiga Maica. Nunca había sido de naturaleza chismosa, solo ojeaba de vez en cuando las revistas de las que se proveía su madre semanalmente. Pero ahora, sin embargo, estaba ansiosa por saber aquello que su amiga le quiso contar en su momento.
—Sí, yo soy Jessi. —No pudo evitar demostrar lo contrariada que se sentía y así lo hizo notar en su tono de voz al contestar.
La chica bajó la vista sin decir nada y se fijó en el tipo de alimentos de su maldito carro. En el de ella, por el contrario, el color que destacaba por encima de todos era el verde y el naranja. Su ex asintió, en un gesto que solo podía significar “te lo dije”. Cuando dejó de examinar su carro, Jessi la miró molesta. La chica, dándose cuenta de su reacción, le dedicó esta vez una amplia sonrisa dejando ver unos dientes blancos de anuncio y le tendió la mano que tenía libre.
—Bueno, ahora ya es pasado. Encantada de conocerte, Jessi.
Le rozó con sus uñas infinitas de un color dorado impecable, las suyas en cambio cortadas casi a ras para evitar mordérselas. Tras las presentaciones, se quedaron los tres plantados, sin saber muy bien qué decir.
—Parece que va a hacer mejor tiempo —dijo Jessi en un intento de llenar el silencio. Se arrepintió al momento, ahora no solo era una especie de extraterrestre, sino uno de los tontos. Odiaba los silencios incómodos y siempre los llenaba dando el parte meteorológico, eran sus conversaciones de ascensor preferidas, pero no parecía la mejor conversación en aquel momento.
—¿Tú crees? —dijo la chica, que pareció encantada con el nuevo tema—. Me parece que van a volver a bajar las temperaturas, por lo menos una semana más. ¡Qué mala suerte! No podremos salir con el barco, con lo que le gusta a papá.
—Los padres de Laura tienen un yate anclado en el puerto de Moraira —explicó Iván.
—Nos tendremos que conformar con la piscina —dijo la chica que desde que había cambiado de actitud no dejaba de mostrar su dentadura perfecta.
—La casa, bueno, la mansión de los padres de Laura tiene piscina climatizada y jacuzzi —aclaró Iván de nuevo—. Está en Monte Olimpo.
Aquello venía a significar, “mis suegros están montados en el dólar”. Jess se esforzó en parecer amable, pero le dolía la mandíbula de tanta sonrisa fingida. Aquello no podía ser bueno para sus huesos maxilares.
—¡Cariño, tenemos que darnos prisa! —dijo la chica mirando su reloj de pulsera repleto de cristales de Swarovski—. Mis padres vendrán en unas horas.
—Tienes razón, amor. ¿Has cogido todo para la crema de calabazas?
—Todo, aquí tengo la lista que me ha dado Marisel. —Iván la premió con un beso. Cuando sus labios se separaron se giró hacia Jessi—. La pobre se ha roto el pie y no puede casi ni andar. Vamos a hacer una fiesta temática.
—Marisel es… —empezó su ex.
—La criada de los padres de Laura —se adelantó Jessi imitando sin querer el tono de voz de Iván.
—No —rio la chica—. Marisel es la cocinera, ¡con lo mal que se lleva con Valeria! Si llega a enterarse...
—Pero nosotros la ayudaremos, Laura sí que sabe cocinar —contestó Iván cortante.
Allí estaba, el primer aguijón, aquello iba más acorde con el Iván que conocía.
—Será mejor que nos vayamos —dijo su ex del que había desaparecido cualquier traza de amabilidad.
—Ha sido un placer conocerte, Jessi —alcanzó a decir la chica antes de verse arrastrada por Iván, que dándole la espalda se dirigía hacia las cajas. Jessi solo asintió, ya podía relajar la mandíbula.
Se fueron los dos cogidos de la mano sin mirar atrás, pero no podía olvidar la mirada que Laura le dedicó al principio. Tenía pendiente una llamada a su amiga Maica, ¿qué sería aquello que tenía que contarle?
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Los niños y niñas empezaron a dejarse ver por las calles, vampiros, fantasmas, esqueletos... pero sobre todo brujas, empezaron a transitar las calles de Benitatxell llenando el silencio a gritos de Trick or Treat. La asociación inglesa del pueblo, que organizaba el evento, marcó como punto de encuentro el Centro Social en laplazanueva a las ocho de la tarde. Esther, con la capa y la máscara de Jack, se dejaba fotografiar por un hombre que, intentando mantener el equilibrio que le habían mermado las cuatro cervezas del Bull and Bear, creía tomar una foto de su hijo. A esa mismo hora Victoria, Julen y Jack esperaban emocionados, en el que ellos creían que era el mejor sitio, delante de la silla del abuelo, la llegada de otros chiquillos dispuestos a escuchar las historias.
El corral comenzó a llenarse con los niños del pueblo que poco a poco empezaron a cubrir todo el suelo. Cuando la última campanada que marcaba las ocho dejó de sonar, llegó el momento que todos estaban esperando, la hora de los cuentos.
—Buenas noches niños y niñas y bienvenidos a las Historias de Tots Sants. —Con gran emoción el abuelo observó los ojos que, expectantes, aguardaban presenciar un año más sus historias, las historias del abuelo. Para algunos, la mayoría, era la primera vez. Estos se arremolinaban lo más cerca posible de él. Los más experimentados, más alejados, sonreían con la seguridad de saber cómo iba a transcurrir la velada. Su mujer y su hija esperaban detrás de las mesas que habían preparado durante la tarde. En una de ellas, los melones aguardaban a ser cortados; en la otra, bandejas con delicias de Tots Sants que cocinaron durante días, buñuelos, panellets, huesos de santo...
—Antes de empezar con las historias… —El abuelo señaló la mesa con la merienda.
Los niños más experimentados solo tuvieron que levantarse para llegar primero a elegir sus postres preferidos. Cuando las bocas de todos los asistentes se cubrieron con el azúcar que se desprendía de la mayoría de los dulces, empezaron a tallar los melones convirtiéndolos en farolillos. Salieron en silencio detrás del abuelo que, marcando un paso lento, peregrinó por las calles del pueblo mostrando respeto por los muertos que esa noche salían a su encuentro. La solemnidad de la procesión empezó a calar en los más pequeños, que de vuelta al corral se apretaron muy juntos intentando estar lo más cerca posible de la figura adulta que con una risa enigmática empezó las historias. La habitación se llenó de cuentos populares del bestiario valenciano. Su abuelo se dejó llevar por las leyendas que salían de su garganta como un torrente, sin necesidad de revisar las notas que guardaba en el bolsillo. Los niños conocieron a Butoni, el monstruo que hacía entuertos para asustar a los más pequeños; a Quarantamaula, el ser demoníaco que asustaba a los niños que no obedecían; a l’Home del Sac, el hombre que portando un saco vagaba por las calles en busca de niños perdidos y al Saginer, que no solo robaba niños sino que se los comía.
—Pero hay alguien más peligroso que todos ellos, un ser maléfico del que siempre tenéis que huir.
Los niños lo miraron con temor, sin poder imaginar nada peor que un ser que comía niños. El abuelo se quedó con la mirada en el vacío ajeno a las decenas de ojos que lo miraban aterrados.
—¿Es cierto que una bruja mató a una niña hace años? —Se atrevió a preguntar un niño de los mayores.
Pero el hombre ya no escuchaba, su mente había viajado atrás en el tiempo y solo veía los ojos muertos de aquella niña.
—¿Qué hizo? —preguntó un niño que asistía por primera vez temblando de miedo.
—¿Qué hizo? —Se unieron más voces a la pregunta.
—Me desobedeció —contestó el hombre finalmente—. En el día de todos los santos haz caso a lo que vas a oír, si no te duermes antes de las doce la bruja irá a por ti.
Varios niños empezaron a llorar, el abuelo salió de sus cavilaciones, miró el reloj y dijo con su voz habitual.
—Las diez y media, hora del fin de las historias, ya podéis iros a casa.
En la puerta varios adultos esperaban para recoger a sus hijos que salieron a toda prisa buscando la seguridad en los brazos de sus padres, lejos de las historias y de las brujas. Cuando lo dejaron solo y el silencio reinó de nuevo, el hombre juntó las manos y rezó, pidiendo como cada año no volver a ver aquellos ojos nunca más.
3
Julen se quedó callado mirando el techo, hacía rato que su vejiga había empezado a quejarse, pero no podía moverse. Victoria a su lado intentaba bajo las pesadas mantas encontrar una posición cómoda para unos minutos más de sueño, pero le fue imposible. Serpenteó bajo las frazadas hasta poder sentarse en el colchón, extendió los brazos exageradamente para desperezarse, notaba los músculos rígidos tras las horas de sueño inmóvil. Desde su nueva posición observó que faltaba uno de sus amigos en la cama.
—¿Y Jack? —dijo bostezando.
—No lo sé —contestó Julen con la manta por encima de la boca. Llevaba un buen rato preguntándose lo mismo. A un lado su amiga le propinaba patadas con cada cambio de posición, al otro lado nada, Jack había desaparecido—. Victoria...
—¿Qué dices? —El nuevo bostezo le tapó los oídos y no pudo escuchar a su amigo.
—¿Y si Jack se durmió después de las doce?
—Si se durmió después de las doce, ¿qué? —Aspiró con fuerza, estaba empezando a notar un olor que no podía precisar, pero que sin duda alguna se trataba de algo rico.
—Tu abuelo dijo… que la bruja...
—¡No digas tonterías! Las brujas no existen. —Julen muchas veces era igual que un niño pequeño y ahora no tenía tiempo de pensar en brujas. Afinó más su olfato, del resquicio de la ventana entraba un agradable olor a magdalenas recién hechas—. Creo que ya sé dónde está. Ven conmigo.
Con ayuda de Victoria se levantó de la cama, se abrochó la chaqueta y juntos bajaron a encontrarse con los bollos. Su madre sentada en una de las sillas de la cocina probaba uno de ellos.
—No me digáis que habéis dormido así. ¿Habéis pasado frío?
