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Lucy y su hermano se mudan. Hace ya unos años que su mamá murió y su padre necesita la ayuda de la abuela para cuidar de los niños. La niña desearía una mascota, pero a su querida abuelita no le gustan los animales. Un día no puede evitar enamorarse de una gatita callejera, a la que comienza a cuidar en secreto… hasta que ese secreto tan particular se descubra y entonces se da cuenta de que a lo mejor la abuela y papá aceptarían con gusto a la minina.
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Seitenzahl: 60
Veröffentlichungsjahr: 2020
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La gatitasecreta
La gatitasecreta
Holly Webb
Ilustraciones de Sophy Williams
Título original: The Secret Kitten
Publicado originalmente en Stripes Publishing, un sello de Little Tiger Press
© 2009, Holly Webb
© 2009, Sophy Williams, por las ilustraciones
© 2020, Ricard Vela, por la traducción
© 2020, Shackleton Books, S.L.
Zanzara es un sello editorial de Shackleton Books, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Ilustración de cubierta: Sophy Williams
Realización editorial: La Letra, S.L.
Diseño de tripa y maquetación: La Letra, S.L.
Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)
Primera edición: noviembre de 2020
ISBN: 978-84-18139-88-8
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Para Poppy y Star, mis gatitas no tan secretas.
Lucy estaba de puntillas con los codos apoyados en el alféizar de la ventana, y se asomó para mirar hacia el jardín. No había tenido nunca una habitación como esa, en la parte superior de la casa. Estaba tan arriba que el patio parecía muy lejano y extraño, con aquellos árboles altos que desde allí parecían menudos y achaparrados.
En realidad, nunca había tenido una habitación para ella sola. Siempre la había compartido con William, su hermano pequeño. Pero ahora vivían en casa de la abuela y cada uno podía tener su propio cuarto. Era bonito y a la vez raro.
En ese momento, la niña tenía sentimientos encontrados. El hogar de la abuela resultaba acogedor y tenía un jardín mucho más grande que el diminuto de su antigua casa, pero no podía dejar de pensar en ella. Claro que habían estado aquí un montón de veces antes, pero siempre habían ido de visita. Vivir en esa casa era otra cosa, aunque papá les había contado que había comprado la mitad y la compartirían entre todos. La abuela se ocuparía de Lucy y de William, papá arreglaría aquel terreno lleno de malas hierbas y todos se harían compañía.
Mientras apoyaba la barbilla entre las manos y miraba fijamente los árboles, la niña pensó que todo eso ayudaría a su padre. Desde que mamá había muerto, hacía cinco años, se había hecho cargo de sus hijos él solo. Algunas niñeras habían ayudado, pero apenas un poco. Ahora la abuela le echaría una mano y él no estaría siempre tan preocupado. Cuando había tenido que quedarse a trabajar hasta tarde, y no había llegado a recogerlos… aquello había sido muy difícil. La niña tragó saliva. No volverían a sus actividades extraescolares, ni siquiera a su antiguo colegio, porque la casa de la abuela quedaba demasiado lejos. El lunes, William y ella empezarían en un nuevo centro. No es que tuviera muchas ganas.
—Todo irá bien —murmuró para sí misma—. Cuando fuimos a verlo, era bonito.
El profesor había sido simpático y había sonreído, a William le había encantado el gran castillo para escalar que había en el patio, y el cole estaba a solo cinco minutos andando de su reciente hogar. Pero era nuevo y distinto, y aunque en el aula le esperara un colgador con su nombre y un cajón para sus libros, Lucy intuía que ella no encajaría allí.
Algo se movió entre los árboles y echó un vistazo hacia aquel lado, intentando descubrir qué pasaba. ¿Era un pájaro? Después sonrió. Un gran gato anaranjado se estaba paseando por encima de la valla, caminando silencioso, lentamente y de manera majestuosa. La niña supuso que sería de la casa de al lado, ya que la abuela no tenía ningún animal, aunque su gran jardín era perfecto para acoger a alguno. «La sala de estar, perfectamente ordenada, sería mucho más bonita con un gato acomodado sobre el respaldo del sofá o hecho un ovillo en la alfombra», pensó Lucy.
Pero papá les había dicho que a la abuela no le gustaban las mascotas. Decía que eran demasiado sucias y alborotadoras, que lo dejaban todo perdido y que daban mucho trabajo. A Lucy le hubiera gustado hablarlo con ella para conocer su verdadera opinión. No se creía que a la abuela le disgustara escuchar el ronroneo de un gato o tenerlo cerca durante una noche fría. Pero no se puede mantener este tipo de discusión con una abuela, por lo menos no con la suya, que no era de esas personas abiertas al debate. Aunque Lucy la quería, sabía que era de las que creen que siempre tienen razón.
—¡Lucy!
¡Era William! La niña se giró al oír el deje temblante y lloroso de su voz.
—¿Qué te pasa? —le preguntó preocupada.
—La abuela me ha gritado —le dijo sorbiendo por la nariz.
Se sentó en el suelo, apoyado contra la cama de su hermana. Tenía la cara sucia, excepto en los dos pequeños surcos que habían dejado las lágrimas al descender por las mejillas.
—¿Por qué?
La niña se sentó a su lado y le rodeó los hombros con un brazo. Su hermano se acurrucó contra ella.
—Estaba jugando a fútbol en el jardín y después he entrado con la pelota y la he botado...
—¡Oh, William! ¿Dónde? —le preguntó Lucy, y él se alejó un poco mientras se encogía de hombros.
—En la sala de estar.
—No habrás roto nada, ¿verdad? —le preguntó la niña con inquietud.
Papá les había hecho prometer que irían con cuidado, pero William tenía solo seis años y a veces se olvidaba de ese tipo de cosas.
—¡No! —protestó él con indignación—. Pero la abuela se ha enfadado de verdad. Me ha dicho que no podía chutar la pelota dentro de casa, ¡pero yo no la había chutado! Solo la estaba botando.
Suspiró y volvió a apoyarse en el hombro de su hermana, mientras escudriñaba la habitación de Lucy, con todas esas cajas de cartón, casi todas por abrir.
—¿Te gusta tu habitación? —le preguntó seriamente en un susurro.
La niña afirmó con la cabeza.
—Sí... Pero esta noche he echado de menos oírte hablar sobre tus legos —añadió, para hacer que se sintiera mejor.
—A mí me gusta mi cuarto —dijo él sin acabar de sonar muy seguro—. Pero, ¿crees que podría tener allí todas mis cosas y dormir aquí contigo? Podría traer mi saco de dormir.
—A lo mejor algunos días —le contestó ella para consolarlo.
Para Lucy, había sido raro irse a dormir esa noche sin tener a William roncando y resoplando al otro lado de la habitación, pero estaba contenta de tener un espacio solo para ella.
«Solo para ella»… ¡excepto que sería muy bonito compartirlo con un gato! «Con cualquier gato», pensó Lucy, preguntándose si aquel gran minino anaranjado de los vecinos se acercaría alguna vez a visitarla.
Una gatita blanca y negra inspeccionaba un montón de cajas viejas. Tenía las orejas hacia atrás y movía la cola nerviosamente. Estaba en una esquina del callejón que quedaba entre la pastelería y el quiosco. Desde allí, podía ver a su hermano y a su hermana persiguiéndose y peleándose. Sus patas estaban deseando unirse a ellos. Salió a caminar un poco más lejos.
