La gran pausa - Manuel Carballo - E-Book

La gran pausa E-Book

Manuel Carballo

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Beschreibung

La gran pausa es una radiografía uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. Asistimos a pérdidas humanas en cifras sin precedentes fuera de una guerra, así como a un impacto económico de proporciones bíblicas, abocándonos a la desazón y al caos; pero como en el caos también hay orden, un grupo de intelectuales y especialistas nos propone un análisis, una suerte de gramática de la pandemia, para entender cómo un pequeño virus 900 veces menor que el diámetro de un cabello humano está redibujando el mundo. Coordinados por José Ramón Calvo, una feliz conjunción de especialistas que van desde médicos y enfermeros a economistas, pasando por sociólogos, juristas o un Premio Nobel de la Paz, nos ofrecen herramientas para reorientarnos en este mundo que desde ya no es el que conocíamos.

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Seitenzahl: 345

Veröffentlichungsjahr: 2020

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LA GRAN PAUSA

GRAMÁTICA DE UNA PANDEMIA

 

JOSÉ RAMÓN CALVO, CECILIA KINDELÁN y M.ª DE LOS ÁNGELES CALVO (EDS.)

LA GRAN PAUSA

GRAMÁTICA DE UNA PANDEMIA

 

 

Cubierta: Malpaso Holdings, S. L. U.

© Los autores, 2020

© Malpaso Holdings, S. L. U.

C/ Diputació, 327, pral. 1.ª

08010 Barcelona

www.malpasoed.com

ISBN: 978-84-18236-69-3

Diseño de interiores: Sergi Gòdia

Maquetación: Palabra de apache

Imagen de portada: Sasha Freemind

Diseño de la portada: Ezequiel Cafaro

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.

 

Dedicado a todos aquellos amigos, familiares

y desconocidos que no pudieron continuar

con sus sueños por causa de esta pandemia.

 

PRESENTACIÓN

José Ramón Calvo, Cecilia Kindelán y M.ª de los Ángeles Calvo (eds.)

Este libro quiere proponerle a usted, lector, una serie de reflexiones sobre la tremenda situación en la que un mundo que teníamos más o menos bajo control se ha dado la vuelta y nos ha puesto a todos en alerta máxima y luchando por nuestra supervivencia de una manera en la que en nuestra generación ni habíamos previsto ni teníamos en mente. Un virus, una minúscula partícula novecientas veces menor que el diámetro de un simple cabello humano, ha sido capaz de cambiar nuestras vidas, de forzarnos a modificar nuestros hábitos, de llevarse por delante a muchos seres queridos a los que ni siquiera podemos despedir y llorar salvo en la distancia, de destruir millones de puestos de trabajo, de cambiar de arriba abajo la economía, de hacer vivir a un cuarto de la población mundial encerrada a cal y canto para evitar el contagio, en definitiva, de hacer que lo que antes era ya no será ahora, y de colocarnos en una situación de emergencia planetaria solo asimilable a las que se produjeron durante las grandes guerras que azotaron y asolaron al mundo en el siglo XX.

Para conseguir el objetivo de promover esta reflexión, encaminada al momento de «después», que nadie sabe cómo será ni nadie puede prever sus consecuencias, cuando aún están calientes las cifras de afectados y fallecidos, hemos elaborado este documento en el que grandes pensadores, junto a científicos, economistas, comunicadores, humanistas y juristas, proponen, cada uno en su estilo y con su manera de trasmitir la información, un viaje en forma de artículos de pensamiento y opinión, unos más largos, otros más cortos, unos más personales, otros más generales, aportando una nueva visión a un túnel que se hace largo a los que lo estamos viviendo y que se ha cerrado ya tristemente para los que se han quedado en el camino y a los que hemos querido, de manera simbólica, dedicar este libro. No se trata en modo alguno de un libro académico, aunque no por ello deja de ser enormemente riguroso, ya que sus autores lo son, pero hemos pretendido, tanto los editores como los autores, hacer un ejercicio de reflexión sobre esta situación, que sirva no solo para este momento concreto de nuestras vidas, sino que dentro de unos años pueda ser leído con perspectiva. Lo que en él se cuenta, se describe y se plasma es la visión transversal de un grupo de personas que tienen en común, además de su perfil académico, su capacidad de comunicar y divulgar, de manera fácil y amena, los pensamientos y conceptos que rodean a una situación inédita, ofrecida desde la inmediatez de la misma por gente comprometida en lograr que el mundo salga más fortalecido tras esta prueba de resistencia y supervivencia.

El primero de los escritos de este ensayo lo escribe el Dr. Manuel Carballo, uno de los más reconocidos expertos del mundo en crisis humanitarias. Fue el cofundador del programa mundial de lucha contra el SIDA de la OMS y es actualmente el director general del Centro Internacional para las migraciones, la salud y el desarrollo, con sede en Ginebra. En él hace un recorrido breve y crítico por la situación en la que vive el mundo a partir de esta situación y centra sus palabras en aquellos desfavorecidos que se han visto obligados a migrar en busca de mejores oportunidades y se han visto sorprendidos por esta situación de consecuencias inimaginables, y plantea ideas y propuestas que al menos deberán ser reflexionadas para evitar que cuando una situación como esta se repita, que lo hará casi con seguridad, estemos prevenidos y preparados para afrontarla con menos errores que los que cometimos en esta.

José Ramón Calvo, coeditor de este libro, hace una reflexión sobre lo que nos ha pasado y cómo afectará eso a nuestras vidas en diversos ámbitos y, sobre todo, qué lecciones podemos extraer de una situación crítica como esta y qué soluciones podemos ofrecer para mejorar algunas de las carencias con las que la sociedad, en general, y los que luchan contra el virus, en particular, se han encontrado.

El siguiente artículo lo escribe una extraordinaria mujer, Rosalía Arteaga. Fue ministra de Educación, vicepresidenta y presidenta de Ecuador, es actualmente una mundialmente reconocida escritora y poeta, con libros traducidos a catorce idiomas, miembro del directorio de la renovada Biblioteca de Alejandría y, sobre todo, una persona comprometida en mejorar la educación en su país y en el mundo. En su escrito hace un relato extraordinario, muchas veces en primera persona, que lleva a emocionar, reflexionar, pararse a pensar y, sobre todo, a valorar lo que tenemos, lo que teníamos y lo que tendremos a partir de ahora, en el que se plantea una realidad, y es que esta pandemia va a ocasionar un auténtico cambio de era.

La contribución que sigue corre a cargo de un gran médico, poeta y humanista, el profesor Ernesto Kahan, quien fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz a través de la organización de la que era vicepresidente, la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear, y con el premio Albert Schweitzer por sus esfuerzos en pro de la paz en Oriente Próximo. El Dr. Kahan hace una profunda y atinada comparación entre tres de las más grandes pandemias que han azotado al mundo: la peste negra, la gripe española y la COVID-19. A partir de su reflexión, plantea lo que hemos aprendido como seres humanos de cada una de ellas y en qué hemos de mejorar, a partir de esta, para estar más preparados para la próxima, y finaliza su escrito con un poema original preparado para este libro, en el que hace un canto donde el ser humano se encontrará con un «[…] prometedor arcoíris, podría ser realidad, pero solamente, si en acuerdo, usamos la oportunidad…».

La siguiente reflexión la ofrece uno de los más respetados economistas españoles, el Prof. José María Gay de Liébana, quien es ampliamente conocido por su faceta como gran divulgador de temas de economía, que hace accesible con su verbo y su pluma los más enrevesados conceptos económicos, para que queden al alcance de cualquiera que tenga interés en seguirlos. Como siempre en el Dr. Gay, hay reflexión profunda, amplia, crítica y muy documentada sobre lo que el mundo, a nivel global, la Unión Europea, y España, en particular, se enfrentan y las medidas que deberán tomarse para paliarlas, así como algunos planteamientos para el futuro pospandemia, a partir de lo que él llama «el cisne negro» que se coló como actor inesperado en una obra en la que no se le esperaba.

Nuestra siguiente invitada es una reconocida catedrática de Derecho Constitucional y experta en la Unión Europea, la Dra. Teresa Freixes, quien reflexiona sobre el papel de la Unión Europea en esta crisis, lo que debió hacer y los problemas y tensiones que eso genera en una institución que ha puesto en juego su propia existencia por la forma de abordar esta crisis inimaginable, pero, al mismo tiempo, es un canto al optimismo, ya que presenta de manera clara unos argumentos irrefutables sobre la ventaja de la Unión Europea, especialmente en momentos como estos, tanto para sus miembros como para el resto del mundo. Ojalá sus reflexiones lleguen a aquellos que deben tomar decisiones sobre lo que tenemos que hacer para tener un mejor futuro, a pesar de un presente oscuro, porque están llenas de sentido común, solidaridad y datos muy evidentes que deben ser considerados por los que siguen tomando decisiones basadas en el ombliguismo nacionalista o en los criterios populistas, que no van a mejorar, sino todo lo contrario, la vida de las personas a las que afectan sus decisiones.

Con la siguiente autora, que es además coeditora del libro, cambiamos de perspectiva, ya que nos invita a reflexionar sobre cómo la dirección de las empresas tiene que cambiar y adoptar otro paradigma después de esta crisis. La Dra. Cecilia Kindelán es profesora en la Universidad de Barcelona y directora del programa de intercambio internacional de la escuela de negocios IESE, y es una experta en networking y en liderazgo empresarial. Su texto, lleno de sentido común, sensatez y practicidad, ofrece al lector una visión de la nueva era empresarial, desde la perspectiva de los que dirigen las compañías y los nuevos retos a los que se enfrentan las empresas a partir del final de esta crisis.

«Confianza, velocidad y mal ejemplo» es el título del siguiente artículo, que está a cargo del Prof. Jordi Martí, que es profesor de Economía y Contabilidad de la Universidad de Barcelona, y además un gran experto en estrategias empresariales. Su reflexión pone el dedo en la llaga sobre las causas por las que los países de la Unión Europea que sufrieron de entrada el azote mayor de la pandemia —Italia y España— fracasaron en sus previsiones, en sus estrategias iniciales y en su logística de suministros; y, sobre todo, analiza qué lecciones deben sacar todos los estamentos que se han visto implicados, sorprendidos y afectados por esta situación crítica, para evitar que una situación así vuelva a sorprenderles a todos sin ninguna previsión y sin haber preparado y previsto los diversos escenarios que se dan en una situación inesperada y de desarrollo tan fulgurante como esta.

El autor que nos ilustra en la siguiente reflexión es el Prof. Manuel Murillo, un veterano periodista y profesor de la Universidad de Barcelona, quien, con una pluma ágil, afilada y crítica, plantea, partiendo del contrato social que nace a partir de la Revolución francesa con las teorías de Rousseau, lo que la poscrisis va a representar para los medios, cómo van a tener que cambiar y adaptarse mucho más de lo que lo hacían a las nuevas realidades, cómo van a ser los garantes de que las noticias lleguen a su destino de forma veraz, honesta y verificada, cómo los que no lo hagan caerán por el camino, y cómo una crisis es siempre una oportunidad para aquellos que son un servicio esencial —los informadores—, que deben también adaptar su manera de actuar a la de la nueva era en la que, inexorablemente, vamos a entrar gracias a la intervención de un ente minúsculo que vino, parece ser, para cambiarnos el mundo.

En el siguiente artículo se aborda, en esta reflexión sobre la poscrisis, un tema que merece un análisis detallado, sereno y profundo, por su trascendencia ética, moral y social. Su autora es María Rosa Rubio, que es Fiscal y vocal del máximo órgano de gobierno del ministerio fiscal español, el Consejo Fiscal. Con su trabajo del día a día, lidiando hasta la extenuación para proteger a los más desprotegidos, los ancianos recluidos en residencias geriátricas, nos ofrece, de una forma ágil, amena y siempre extremadamente rigurosa, una serie de reflexiones éticas, sociales y jurídicas que nos llevan a pensar en cómo estamos tratando a aquellos gracias a los cuales hemos llegado al nivel de desarrollo y bienestar del que hemos disfrutado hasta ahora y cómo en su último tiempo de vida entre nosotros vemos que están siendo relegados y, a veces, olvidados por la Administración pública, que debería hacerles gozar de un final de vida placentero y digno, acorde con el esfuerzo que ellos hicieron para nuestro bienestar.

No cabe duda de que uno de los grandes problemas que quedan por resolver después de esta crisis existencial a la que nos ha tocado enfrentarnos dentro de nuestra generación es el de las consecuencias psicológicas que afectarán a aquellos que se han visto confinados en circunstancias a veces dramáticas, mujeres maltratadas conviviendo muy estrechamente con sus maltratadores, familias enteras compartiendo minúsculos espacios donde la convivencia diaria se convierte en un reto, sobre todo en países menos desarrollados, sanitarios que se encuentran al borde de la extenuación física y mental y que deben seguir adelante, ya que no tienen recambio para seguir salvando vidas y tratan, además, de cuidarse para no contagiar a sus propias familias. En fin, una auténtica pléyade de circunstancias que son abordadas de manera rigurosa por la Prof. Mónica Rincón, psicóloga clínica y forense, profesora de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, quien hace un análisis detallado y pormenorizado de estos factores y ofrece, también, elementos para reflexionar sobre lo que podemos y debemos sacar como conclusiones a partir de esta crisis de vida. En su análisis aborda claramente las consecuencias de una situación que por su naturaleza genera incertidumbre y afecta al estado de ánimo, además de afectar a la economía y a la gestión de la vida diaria, y da algunas pistas sobre cómo afrontarlas y, sobre todo, de cómo prepararnos para el futuro que nos espera a partir de ahora.

Un tema crucial en esta situación crítica es, sin duda, la educación. Hemos visto que en todo el mundo millones de niños, jóvenes y estudiantes universitarios se han visto privados de poder seguir sus actividades académicas de manera presencial y, de la noche a la mañana, se han encontrado encerrados en sus casas, teniendo que seguir, cada uno con los medios técnicos de los que disponían, su formación educativa. Eso ha llevado a nuestra invitada Zaira Santana, Dra. en psicopedagogía, profesora de las Universidades de Las Palmas y de la UNIR y experta en el uso de nuevas tecnologías en el ámbito educativo, a plantear una reflexión profunda y detallada sobre la manera en la que los sistemas docentes y sus usuarios —alumnos, padres y profesores— van a tener que enfocar sus acciones a partir de estas experiencias provocadas por el confinamiento, cómo el uso de las TIC pueden cambiar los paradigmas de la enseñanza y el aprendizaje y cómo los Estados deberán garantizar que todos los estudiantes de cualquier nivel tengan acceso a estas herramientas para poder cumplir los objetivos docentes en igualdad de condiciones y evitar lo que hemos aprendido de manera dolorosa durante esta pandemia, que al menos un 10 % de los estudiantes de España —que son muchos más en otros países de menor nivel de desarrollo— no tienen ningún tipo de acceso a las tecnologías, incluido el acceso a internet, y que, por tanto, sus posibilidades de recibir formación durante el tiempo de ausencia física de las aulas acentúa su marginación y los convierte en víctimas inocentes de una situación que debe ser prioritaria para cualquier Estado, como es garantizar el derecho a la educación en igualdad de condiciones y en libertad, y que en esta crisis se ha visto paliada, las más de las veces, por héroes anónimos de los que a veces nadie se acuerda, los profesores, que, de día y de noche, fines de semana y días de fiesta, están pendientes de esos alumnos y de que su formación no se vea afectada por esas carencias tecnológicas.

En el último de los capítulos de este libro se hace una reflexión desde el punto de vista científico de lo que ha significado la aparición del virus SARS-CoV-2 y de la enfermedad que causa, la COVID-19, en los sistemas de salud, tanto humanos como veterinarios (no olvidemos que esta enfermedad es una zoonosis, o sea, enfermedad transmitida de animal a hombre). Para ello, nadie mejor que una de las mayores expertas que hay en nuestro país en estos temas, la coeditora de este libro, la Dra. María de los Ángeles Calvo, catedrática de microbiología en la Universidad Autónoma de Barcelona, académica numeraria de numerosas instituciones e investigadora reconocida con numerosas publicaciones internacionales de primer nivel. La Dra. Calvo hace un pormenorizado análisis del estado de la cuestión desde un punto de vista científico y reflexiona sobre las lecciones que debemos aprender de esta situación para que la próxima pandemia que llegue —porque eso es lo único que sabemos con certeza— no nos pille a todos con la guardia baja y a las autoridades sin las previsiones necesarias para hacerle frente, y hace también una reflexión muy atinada sobre lo que hemos aprendido y seguimos aprendiendo con esta nueva enfermedad y sus dramáticas consecuencias.

El epílogo de este libro lo escribe José Ramón Calvo, y en él trata de recoger las reflexiones a las que le ha llevado la lectura de estos artículos y la gran cantidad de información que nos está literalmente sepultando, y, a partir de todo ello, hacer una síntesis y destacar las conclusiones que cree deben ser extraídas de una situación como la que nos ha tocado vivir a partir de todos esos datos que hemos tenido al alcance gracias a la ventaja de vivir en una sociedad donde la información se produce en tiempo real y donde esa misma ventaja puede transformarse en desventaja si no se filtra y se verifican las fuentes de las que provienen.

Una característica común a todos los autores es su relación, de una u otra manera, con la Real Academia Europea de Doctores. Esta institución centenaria, que tiene como objetivo fundacional servir a la sociedad a través del conocimiento —y que pone a disposición de todos los interesados de manera totalmente altruista en todos sus actos— se ha distinguido especialmente en estos tiempos difíciles por haber mantenido desde el confinamiento de todos sus miembros una destacada actividad científica, dando respuestas a preguntas planteadas sobre la COVID-19 por personas procedentes no solo del ámbito científico, sino también por ciudadanos que han encontrado en nuestras comunicaciones una forma de recibir información veraz, contrastada y honesta.

Por tanto, es de justicia dedicar unas líneas a esta institución que nos acoge y que nos ha permitido llegar a un gran número de personas con inquietudes culturales, dudas o, simplemente, con la necesidad de saber qué es lo que está pasando.

 

LA COVID-19 Y SUS CADENAS DE ERRORES

Manuel Carballo

El nuevo coronavirus SARS-CoV-2, que causa la COVID-19, ha sorprendido a un mundo que en gran medida no estaba preparado para prevenir o controlar su propagación. Sin embargo, esta no es la primera vez que una pandemia viral ha barrido el mundo. Entre 1918 y 1920, una pandemia de gripe, mucho más letal y rápida, se propagó desde Estados Unidos por todo el mundo y mató a unos cincuenta millones de personas. Hoy sabemos que la por entonces mal llamada «gripe española» probablemente se originó en una granja en el estado de Kansas, saltando, como muchas enfermedades zoonóticas, desde las aves de corral hasta los humanos, y luego se extendió a sociedades que no tenían inmunidad colectiva contra el virus. La velocidad de propagación fue tal que esa pandemia acabó matando a más personas en veinticuatro semanas que el VIH/SIDA en 24 años.

En 2003, la primera cepa identificada de SARS, el coronavirus agudo severo relacionado con el síndrome respiratorio agudo (SARS-CoV), nuevamente recordó al mundo cuán fácilmente un virus puede saltar de un animal a otro, cuando un agricultor en la provincia de Guangdong, China, fue infectado y murió en un espacio de tiempo muy corto de un virus propio del murciélago de herradura que se encuentra en esa región. En unas pocas semanas, el SARS se trasladó de Guangdong a Ontario, Canadá, y a otros países antes de que se declarara «contenido» a través de un esfuerzo internacional masivo coordinado por la Organización Mundial de la Salud.

A pesar de su velocidad de propagación, el SARS, para cuando se controló en junio de 2003, solo había infectado a ocho mil personas, pero la tasa de letalidad era alta y alrededor de ochocientas personas murieron.

Queda por ver si la COVID-19 afectará a tantas personas como lo hizo la gran epidemia de gripe entre 1918 y 1920, pero está claro que su capacidad para moverse a través de continentes y océanos, y luego a través de las sociedades, probablemente excede la de los países.

Desde finales de diciembre de 2019, cuando se notificó el primer caso de COVID-19 en Wuhan, China, el virus se ha trasladado a la mayor parte de Europa occidental y Estados Unidos de América. Su presencia en Europa del Este también se está haciendo evidente, y se informan muertes por COVID-19 en África, Asia y América Latina. Hoy, día 14 de abril, se han reportado oficialmente casi dos millones de casos y más de 120.606 muertes relacionadas con la COVID-19. Sin embargo, la realidad puede ser mucho peor, porque no todos los países y zonas de algunos países están informando o lo hacen de la misma manera.

Queda por ver de qué forma todas las partes del mundo se verán afectadas en la misma medida, pero la gripe de 1918, el SARS y la COVID-19 comparten una característica común y aterradora, a saber, que los seres humanos los transportan de manera fácil e inconsciente cuando se mueven. Esto, más el hecho de que la enfermedad puede transmitirse por portadores asintomáticos en un mundo de globalización y transporte rápido, significa que, para el verano de este año, la COVID-19 probablemente habrá tocado tierra en todos los países del mundo. En el caso de la gripe de 1918, cientos de miles de hombres jóvenes estadounidenses fueron reclutados apresuradamente por el ejército y llevados en trenes llenos a través de Estados Unidos, hacia la costa este, antes de ser enviados a Europa para luchar en la Primera Guerra Mundial.

Algunos murieron antes de salir de Estados Unidos. Otros murieron por el camino, pero la mayoría fueron desplegados en ciudades y trincheras de primera línea en Francia, donde entraron en contacto con una amplia gama de nacionalidades de la Commonwealth británica y otros países europeos.

En el caso del SARS, fue nuevamente el movimiento de personas, en particular pasajeros de negocios, viajando por el sur de China y o hasta Canadá. Sin embargo, a diferencia de la gripe de 1918, el virus se aisló, caracterizó y describió rápidamente.

Su composición no era simple ni directa, pero la base de conocimiento para hacerlo estaba presente y se utilizó con éxito. El rápido movimiento de la COVID-19 de Wuhan a Italia y luego a otros países ha sido un recordatorio de que la velocidad del movimiento de los virus está creciendo rápidamente junto con los avances en el transporte moderno. También ha sido un recordatorio violento de que cuando las personas se mueven lo hacen llevando consigo su historial médico. El coronavirus que causa la COVID-19 es parte de ese equipaje, y, desafortunadamente, ha tenido la capacidad de esconderse mejor que muchos otros virus que hemos conocido hasta la fecha.

Por ahora, países como China y Corea del Sur parecen haber podido contener la propagación a través de medidas de cuarentena draconianas pero factibles, y se están intentando variaciones en sus estrategias mediante medidas de cierre en Francia, Italia, España y Rusia. En otros países de otros continentes, como India y Sudáfrica, también han optado por ordenar cierres nacionales y, sin duda, más países intentarán hacer lo mismo en las próximas semanas. Sin embargo, la cuarentena y otras medidas de cierre tienen una vida útil corta. Solo se pueden mantener durante un período limitado de tiempo y, mientras se mantienen, causan caos en las economías nacionales e internacionales y en los sistemas de mercado. La COVID-19 y su contención es un recordatorio de que existen diferentes niveles de emergencia en el mundo. Hay emergencias simples que causan muertes y lesiones, pero que son relativamente de corta duración y no interrumpen las estructuras nacionales, y hay emergencias complejas que pueden producir un efecto dominó que afecta a la industria, la interacción económica y social, la educación y los sistemas políticos. La COVID-19 es una emergencia tan compleja que es probable que cambie la estructura demográfica y socioeconómica de muchos países antes de que se contenga o se disipe por sí sola.

A diferencia de otras gripes estacionales, que se posicionan fundamentalmente en el invierno y que generalmente afectan más a niños pequeños y ancianos, la gripe de 1918 se desató en los meses de verano y otoño y afectó a adultos de entre veinte y 40 años. Al hacerlo, se sumó a la Gran Guerra para eliminar una gran proporción del talento joven de Europa y Estados Unidos, y retrasó significativamente toda actividad económica y el crecimiento.

También afectó a las mujeres embarazadas, y en algunos hospitales de Estados Unidos la tasa de mortalidad entre ellas osciló entre un 7 y un 23 %, y entre las mujeres embarazadas que sobrevivieron más del 2 % perdió a sus bebés.

Si bien en China y Europa occidental la mortalidad ha sido más alta entre las personas mayores de 65 años, todavía es demasiado pronto para decir cómo afectará a las poblaciones en otras partes del mundo donde la salud general tiende a verse más comprometida.

Sin embargo, independientemente de la morbilidad y mortalidad específicas por edad, la COVID-19 ha creado una necesidad global de imponer un cierre en la interacción social y, por lo tanto, económica, y ya está retrasando la productividad económica hasta tal punto que la probabilidad de recesión mundial es alta.

Incluso si esto no se materializa, el hecho es que las estructuras económicas nacionales se han dañado, y esto, inevitablemente, tendrá graves consecuencias para las inversiones en salud pública y, de hecho, para la capacidad de la gente de procurarse alimentos.

La pandemia de la COVID-19, mientras tanto, ha expuesto muchos de los fallos en la sociedad global y nacional. A nivel internacional, está destacando la brecha de inversión en salud entre los países posindustriales y en desarrollo, y dentro de todos los países está demostrando nuevamente cuán desiguales han sido nuestras sociedades, incluso en el período de crecimiento económico que se ha disfrutado en las últimas décadas.

En Estados Unidos se pone de manifiesto la profundidad de las desigualdades definidas racialmente y cuán frágil es la salud pública en un país con gastos de salud masivos, pero dependientes de una mentalidad de pago por servicio privado.

En Europa nos recuerda que este es un continente que envejece, y que, sin embargo, nunca hemos planeado realmente la promoción activa de la salud y el bienestar de las personas mayores. Tampoco hemos planeado emergencias de salud pública en una era en la que las pandemias bacterianas y virales serán cada vez más probables. Por lo tanto, en países donde los trasplantes de órganos se han vuelto casi rutinarios e indicativos del progreso que es posible obtener en la medicina clínica, la COVID-19 repentinamente ha obligado al sistema hospitalario y al personal clínico a trabajar con muy poco acceso a batas, mascarillas quirúrgicas y otros sistemas protectores de sus vidas, y ha empujado a los directores de hospitales a competir por equipos de ventilación mecánica y respiradores a precios con importantes sobrecostes. La COVID-19 también ha revelado la aterradora realidad de la rapidez con que los encargados de formular políticas de salud en algunos países se han prestado a hacer declaraciones a la ligera sobre la mortalidad aceptable de personas, definidas por la edad y/o las condiciones subyacentes, para alcanzar el santo grial de la inmunidad de rebaño o de grupo sobre un virus del que sabemos tan poco.

A medida que la COVID-19 invada países más pobres y menos preparados en África, Asia, América Latina y Oriente Próximo, ridiculizará la llamada al lavado frecuente de manos con agua y jabón en países donde 884 millones de personas aún no tienen acceso a agua corriente, y donde el jabón y los detergentes siguen siendo un lujo. La COVID-19 se reirá de nuestras recomendaciones sobre la necesidad de distanciamiento social entre los mil millones de personas que, según la ONU, viven en barrios marginales urbanos masivos y muy superpoblados, donde el espacio mayor de un codo es un sueño lejano y donde el saneamiento no es ni siquiera un sueño.

Y cuando la COVID-19 ataque a los 75 millones de refugiados y desplazados internos que viven en carpas construidas apresuradamente y bajo refugios improvisados de plástico y chatarra, los planificadores y los financiadores de la salud pública se preguntarán cómo el mundo en 2020 permitió que políticos y señores de la guerra, con absoluta carencia de ningún escrúpulo moral, permitieron este abismo humanitario que obligará a terceros países a pagar más de 20 mil millones de dólares estadounidenses para mitigar sus efectos, y que ahora matará inexorablemente a cientos de miles de personas desplazadas.

Estas múltiples cadenas de errores no son nuevas. Han existido y se han discutido y comentado repetidamente durante décadas, pero estos errores han sido descuidados por los gobiernos, los encargados de formular políticas, los académicos y el público que elige a esos líderes. Con suerte, la COVID-19 podría hacer que los líderes mundiales y los votantes que los eligen entiendan cuán frágil es nuestro entorno de salud y cuán rápido podría destruirse el delicado equilibrio que hemos dado por sentado.

Esperemos que haya un verdadero esfuerzo por parte de las Naciones Unidas para trabajar de manera imaginativa y coherente y crear un mundo en el que se aborden estos fallos no solo por razones éticas y morales, sino porque, si se les permite persistir en esos errores, terminarán con el mundo tal y como nosotros lo hemos conocido. Una confluencia aterradora del cambio climático y el próximo ataque viral masivo que inevitablemente vendrá podría ser justo lo que se necesita para lograr eso.

 

¿SERVIRÁ PARA ALGO LO QUE NOS HA SUCEDIDO? NOTAS PARA LA REFLEXIÓN

José Ramón Calvo

La situación inédita que vive el planeta, con más de un tercio de su población confinada, hace que este sea un buen momento para reflexionar sobre lo que importa y lo que no, sobre lo trascendente y lo intrascendente, sobre lo útil y lo inútil, sobre lo que hemos hecho mal y debiéramos hacer mejor. Es, en definitiva, un tiempo para que cada uno de los seres humanos que habitamos este mundo en el que estamos, y para el que no disponemos de recambio, seamos capaces de establecer un nuevo paradigma social, una nueva forma de ver la vida, de relacionarnos con otros seres humanos, de cambiar nuestra visión cortoplacista y puramente consumista por otra en la que se prioricen otros valores.

Es hora de cambiar algunas cosas y entender que la naturaleza nos ha dado un aviso. Cuán frágiles somos si una partícula que, sensu stricto, no tiene vida propia, sino que necesita otras células vivas para poder reproducirse, ha sido capaz de ocasionar una hecatombe mundial que ha puesto en solfa el mundo tal como lo conocemos, ha paralizado los sistemas productivos, ha ocasionado que los gobiernos hayan decidido medidas nunca vistas antes para contener la expansión de este virus y hecho de facto una auténtica «gran parada», que es como llaman en aviación al momento en el que un avión debe someterse, tras un número establecido de años volados, al completo desmontaje para revisar pieza a pieza y zona por zona cómo está cada una de sus partes y garantizar de esa manera su seguridad.

Pues ahora mismo la naturaleza nos ha impuesto, de manera obligada, una gran parada. Es, sin duda, hora de reflexionar sobre algunos puntos críticos y descubrir si aquellas cosas que entendíamos como verdades absolutas son tales o si, por el contrario, podemos analizarlas de nuevo a la luz de esta nueva situación que nos ha tocado vivir.

Siguen saliendo falsos gurús que intentan minimizar la trascendencia del problema de la pandemia o dan explicaciones peregrinas y «conspiranoicas» a la causa original del problema, añadiendo más confusión, si cabe, entre personas de buena fe que, sin conocimientos científicos sobre el tema, siguen y difunden toda esa sarta de sandeces, aunque afortunadamente también han aparecido plataformas de profesionales sanitarios y de comunicadores serios y responsables que se encargan de estudiar, analizar, verificar y desmentir esos bulos. También ha habido, y eso sí que es mucho más grave, gobernantes incapaces, necios o simplemente ignorantes que decidieron que esta pandemia no merecía dedicarle una atención especial en sus países. Algunos han comprobado por sí mismos cuán equivocados estaban, y otros están sufriendo ya la debacle en sus países ante un virus que no entiende de fronteras ni de querencias nacionalistas. La realidad de los hechos es dura y testaruda y comprobar cuán equivocados estaban significará que el virus se habrá llevado por delante por culpa de su inanidad y falta de previsión a un buen montón de vidas humanas que podrían haberse salvado.

Dentro de este proceso de análisis y reflexión ante un mundo que se nos ha vuelto del revés en un tiempo récord, creo que es pertinente, también, referirnos a la situación climática y su relación con la pandemia. Hay un hecho claro que no podemos olvidar, ni siquiera en medio de esta crisis. El mundo estaba y sigue estando en una emergencia climática, que no puede quedar en absoluto ni olvidada ni diluida por el estado de emergencia planetaria en el que vivimos. La suma de estos dos factores, el clima y el virus, pueden acabar con nuestra civilización, o al menos con la manera en que la conocemos y con las libertades de las que disfrutamos en los países de nuestro entorno.

Cuando nos cuentan los expertos cómo las concentraciones de determinados gases de efecto invernadero —NO2, CO2— han bajado más de un 25 % en zonas del mundo altamente contaminadas, gracias a la escasa circulación de personas y vehículos, lo que sin duda es una buena noticia para la tierra, podemos empezar a pensar que los que llevamos años defendiendo que el calentamiento global por causa antropogénica no es un invento, ni una exageración, sino una situación evidente con una causa y un efecto, no éramos unos alarmistas indocumentados. Es la dura y cruda realidad. Pero, como dicen los expertos de la Organización Meteorológica Mundial, es demasiado pronto aún para evaluar las implicaciones para las concentraciones de gases de efecto invernadero que son responsables del cambio climático a largo plazo que tendrá esta situación. Por ahora los datos que tenemos son positivos y es, por tanto, un buen momento para reconsiderar cómo se pueden utilizar los imprescindibles paquetes de ayuda económica que tendrán que llegar para paliar los devastadores efectos de esta crisis, y convertirlos en prácticas comerciales, sociales y personales que sean más sensibles a la situación climática en la que seguimos estando y evitar a toda costa que esos «brotes» de aire más limpio vuelvan otra vez a la situación anterior a la crisis. Es oportuno también recordar las palabras del papa Francisco cuando dijo: «Dios perdona siempre; los hombres, a veces, pero la naturaleza no perdona nunca». Si volvemos a nuestras prácticas anteriores, si no cambiamos la forma de afrontar el desafío que la naturaleza nos está poniendo delante, es probable que terminemos pagándolo en muchas más vidas humanas y en nuevas pérdidas económicas, dentro de esta misma generación, que pueden hacer insostenible nuestra actual manera de vida.

Otro problema que debemos considerar como aprendizaje de esta crisis es un aspecto relativo a la educación, al que una de las autoras de este libro, la Dra. Teresa Freixes, denomina «sostenibilidad del espíritu crítico», para conseguir a través de la educación de las nuevas generaciones que todas las personas sean conscientes de sus derechos y obligaciones, en tiempos de bonanza y en tiempos de calamidad, y, por tanto, sean capaces de discernir, cuándo se puede y se debe renunciar y aceptar la restricción de determinados derechos, porque en esa renuncia va implícita la consecución de un bien superior que trasciende del «yo» al «nosotros». Por otro lado, esa formación en el espíritu crítico debe servir igualmente para ayudar a nuestras generaciones venideras a no seguir de manera ciega al conjunto de individuos que pueblan las redes sociales con noticias falsas, o seguir y votar a aquellos representantes de la voluntad popular que con su ignorancia y atrevimiento ponen en riesgo a sus ciudadanos. Es muy importante que los jóvenes sean capaces de analizar, criticar y formarse una opinión documentada en fuentes fidedignas, para que puedan saber qué camino tomar en cada momento, y si no conseguimos transmitir esos valores, si, sobre todo, no conseguimos impregnarlos de sentido común, de la cultura del esfuerzo y de la necesidad de salir del egocentrismo en el que muchos viven inmersos, tendremos unas generaciones futuras que verán aún más incrementados los problemas que nos hemos encontrado en esta por imprevisión, por falta de unos liderazgos realistas y no populistas, y, sobre todo, por no pensar y valorar que el mundo en el que vivimos es finito, es muy frágil, y basta una catástrofe causada por algo tan simple como una partícula vírica para acabar con nuestro modelo de civilización.

La otra gran lección que debemos extraer de la situación que vivimos y que marcará sin duda a una generación entera tiene que ver con la inversión en salud y en investigación. Parece obvio que los recortes en salud y en investigación que se han hecho en los últimos años, en aras de la austeridad y la contención de gasto público, no es la mejor de las opciones, y así ha quedado demostrado en el devenir de esta crisis. Aquellos Estados donde el tejido investigador no es potente no pueden dejar de considerar que los investigadores, tanto de ciencias básicas como aplicadas, necesitan una regularidad financiera para poder conseguir resultados a medio o largo plazo. Cuanto más dinero se recorta, menos líneas de investigación pueden abrirse. La prueba de esto es que otros países, con una inversión significativamente más alta dentro de su PIB, han sido capaces, en tiempo muy corto, de adaptarse y estimular la búsqueda de soluciones diagnósticas y terapéuticas dentro de sus propios grupos de investigación, ya que disponen de los recursos materiales y humanos necesarios para ello. Eso no significa que no deban existir controles férreos sobre el destino de los fondos dedicados a la investigación. No se trata de dar «el mismo café para todos». A aquellos grupos que son capaces de demostrar, con los medios usualmente aceptados por la comunidad científica, básicamente producción de resultados validados por pares, sean en ciencia básica o aplicada, hay que darles los recursos necesarios para que sigan su crecimiento investigador y no se vean compelidos a mendigar recursos o a prescindir de personal de investigación en formación, que además suelen recibir emolumentos muy precarios, que lastran sus capacidades de trabajo de calidad.

En cambio, países como España, que sufrieron drásticos recortes en este terreno a partir de la crisis del 2008, aunque la I+D+i no fue nunca una prioridad de primer nivel para ninguno de sus Gobiernos anteriores ni posteriores, aun considerando que mucho de lo poco que hay es de primer nivel mundial, dependen casi en exclusiva de la reconocida capacidad y habilidad de sus científicos, que son capaces de obtener grandes resultados con medios precarios ante situaciones críticas como las actuales y que han podido, gracias a esa calidad inmensa y a esa capacidad de «sacar petróleo» donde se supone que solo había agua, ser competitivos a nivel mundial en el potencial desarrollo de vacunas y tratamientos para paliar los efectos sanitarios de esta pandemia.

Otra cosa distinta es el ámbito industrial, en donde la inversión privada ha mantenido, en aras de su propio interés de desarrollo comercial, equipos de I+D en continuo crecimiento y que han sido capaces en muy pocos días de adaptar y reconvertir sus líneas de producción para producir desde material textil de protección sanitaria a transformar una cadena de montaje de piezas de vehículos en una línea de producción de respiradores autónomos, aunque en este caso contaron además con la genialidad de, entre otros, un joven ingeniero, Ignasi Plaza, que fue capaz de entender la magnitud del problema que había que resolver, como era la escasez de respiradores en los hospitales, y encontró una fácil y económica solución en un tiempo récord.

Una reflexión que creo que ahora es pertinente discutir, al hilo de lo anteriormente expuesto sobre la precariedad del tejido investigador, es el hecho de que España, por ejemplo, solo ha recibido hasta ahora un Premio Nobel por cada 21 millones de habitantes (y eso considerando a Severo Ochoa como Premio Nobel Español, aunque su carrera, sus descubrimientos y su ciudadanía fuera en Estados Unidos). Si lo comparamos con Suiza, que tiene un Premio Nobel por cada 440.000 habitantes, Austria, uno por cada 470.000, Hungría, uno por cada 900.000, Israel, un ganador del Premio Nobel por millón de habitantes, Bélgica, uno por cada dos millones, Francia, uno por cada 3,5 millones, Italia, uno por cada 4,6 millones o Polonia, con uno por cada 6 millones, vemos cuán alejados estamos de la media de países de características educativas o geográficas similares al nuestro.