La leyenda de Erkjand - Isidoro Tsejan - E-Book

La leyenda de Erkjand E-Book

Isidoro Tsejan

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Beschreibung

La verdad y la libertad claman desde el inicio. El canto del alma refleja la historia. Un mito embebido de amor y traiciones, desencantos, soledades, infidelidades y esperanzas, descubrimientos y conversiones. La leyenda de Erkjand, ¿fue una epopeya redentora o la lucha de un rey contra sus propios demonios y la oscuridad reinando en su alma? La fidelidad y la traición, hacia los demás y hacia uno mismo, nos ponen a prueba. Cada quien es responsable de sus actos y los mismos acarrean consecuencias. Aunque a veces, no todo es lo que parece. ¿Sabes reconocer la morada que habita tu alma y el canto que canta? El ignorante no puede revestirse de inocente. Ni pretender ser libre. Aquí en la leyenda, vuela y canta…

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Seitenzahl: 160

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ilustración de tapa e interior: Cai Tesoriero.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Zanek, Pablo Agustín

La leyenda de Erkjand : y los cantares del hombre / Pablo Agustín Zanek. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

184 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-869-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Aventuras. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Zanek, Pablo Agustín

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A mi esposa e hijos, quienes eligieron acompañarme con amor desde antes de nacer, y perseveran.

La leyenda de Erkjand

y los Cantares del Hombre

Invitación inevitable

Atravieso la tormenta y aquí estoy: atado al palo mayor de la embarcación que navega en estos mares tumultuosos de los días de mi vida. Es allí cuando la inquietud penetra el corazón. Entonces, es inevitable buscar el motivo de la turbación y así, solucionado el asunto, se apaciguan el corazón y su galope vital.

Para encontrar la armonía que en ocasiones extraviamos, ocurre el trascurrir de una vida. Y la vida no parece ser eterna. Aunque lo sea.

Continúo embarcado, exponiendo al universo mis ataduras. Todo llega en el momento preciso y en el sitio indicado; el sonido, para ser eco en atentos oídos, depende simplemente de que sea recibido con atención plena. Así, los ecos de las palabras rebotan en el alma y pueden transformarse, de un trueno en mis oídos, en un suave susurro en los vuestros.

Ha pasado mucho tiempo desde el día de los acontecimientos que pude observar como testigo. Tiempo que, siendo necesario que transcurriera, permitió ordenar imágenes e ideas, curar impresiones y cicatrices. Después de meditar con la perseverancia de un monje tibetano, he arribado a una conclusión tan simple que condiciona mis pensamientos, mis historias erigidas y aquellas por construir con mi ser entero: es necesario narrar estos acontecimientos. Estoy convencido.

Esta historia se ha desarrollado delante de mis ojos porque el universo así lo dispuso. Y, pese a que no tenga seguridad de cuál espíritu intervino para manifestarme lo ocurrido (aunque alguna sospecha guarde en los vericuetos de mi pobre memoria), los eslabones invisibles de lo que es debido encadenan el alma. Por lo tanto, como dicen que la necesidad tiene cara de hereje, no puedo evitar la responsabilidad otorgada cuando emana sutil e imprevistamente de los hechos transcurridos. Me encadeno voluntariamente a ellos. Y, en consecuencia, al palo mayor de la embarcación que navega estos días de mi vida.

Porque lo visto y oído excede el común entendimiento; trasciende la quietud de las almas que navegan en aguas que ellas mismas creen, en acto de fe, mansas. No, hoy las aguas están ofuscadas.

El dominio que la creación ejerce en algunos hombres por medio de algunas de sus creaturas cómplices, al someter una vida, es tan abrumador que bien podría ser definido como tiránico. Universo que es cárcel, celda de barrotes luminosos y sombras atrapantes. Entonces, ocultarme las posibilidades de encontrar alguna tabla de salvación en este eventual naufragio cuando me desprendo de mis ataduras, donde pudiera aferrarme y alegar excepciones al compromiso, es parte de este juego creacional.

Pero “las excepciones son imposibles, y el compromiso, ineludible”, ha dicho el universo.

Por demás, en estas ocasiones, la vida y sus circunstancias se comportan de manera extraordinaria y caprichosa. Ni siquiera dan oportunidad alguna de ejercer la libertad en un afán de señorío antojadizo que se convierte en dueño de nuestro destino.

Entonces estamos llamados a un limitante juego, en donde los contornos de los días que transcurren dibujados con trazo grueso parecieran ser los barrotes de la celda, con líneas que todo lo abarcan, lo conservan, lo guardan. Y somos atrapados.

La creación y el universo inventan el juego y nos poseen.

¿Dónde ha quedado el libre albedrío? ¿Acaso todo lo acontecido puede ser callado? ¡Claro que no!, prefiero evitar ser cómplice compañero del silencio.

Por lo tanto, en esta encrucijada en la que me encuentro dominado, permanezco vigilante. Los caminos se unen en una travesía ancha que lleva a un único destino. Allí me dirijo y comienzo atestiguando lo que a continuación recito.

Cuando hablo, el universo entero se hace pequeño. Atrapado en él, simplemente me allano hacia donde fui convocado para cumplir el rol de testigo.

Y ya fuera del agua, mientras continúe a salvo, con vida; cuando me encuentre en un instante aplastando con mis pies esta tierra árida, desértica, persistente, con su natural sordera, ciega y muda, que pareciera carecer de cualquier raíz fecunda; entonces tendré que contender con quien ose entrometerse en mi camino para resguardar las semillas de verdad.

Algunos hombres podrán evitar el encargo por ignorantes o distraídos. Unos, arguyendo conveniencia; otros, incapacidad; otros, distraídos por desidia. Quedarán todos ellos expuestos en medio de esta ceremonia a la que son aquí invitados.

Solo queda permitirme esta advertencia sobre la leyenda y mi relato: para llegar a los frutos dulces de los acontecimientos, deberán atravesar primero la espesura del escenario donde la historia fue montada. En un rito que todo lo expande.

Una ceremonia donde el hombre se encuentra arando nuevos surcos en busca de felicidad mientras, con el riego abundante de su llanto, convierte la tierra yerma en fértiles terruños que se preparan para la primera siembra. O viceversa, cuando, acaso en otra ceremonia pueril y falsamente conveniente, por comodidad, convierte en desiertos los jardines con su silencio cómplice.

Podría arribar a esta conclusión para ser inicio: la historia encierra enigmas casi infinitos y algunas contadas certezas. Y estas, cuando se manifiestan, lo hacen como la fuerza del volcán que se expande en todas direcciones, que aleja su fuerza contenida para germinar nuevas vibraciones y originar tierras que, en un futuro que se avizora venturoso, serán extraordinariamente fecundas y sinceras.

Entonces, las certezas no son menos primordiales que el misterio y la duda. Me aferro a este pensamiento y creo.

De ser así, mientras hace la historia, el hombre podría trabajar menos en las tierras yermas, lo cual debería, por supuesto, agradecer. Como ahora debería agradecer yo esta oportunidad de testimonio. Una carga y una oportunidad. Y una prueba.

Más allá de todo lo expuesto, y si un testigo se negara a serlo cuando lo apremiasen las responsabilidades, la vida continúa. Y, considerando lo que algunos manifiestan, con malicia o no, sabrá cada uno discernir; en la viña del Señor habría habitaciones para todos. Particularmente, creo que, además, para otorgar justicia a los que atestigüen, aquel debería ser un lugar para catadores de buen vino.

¡Y allí vamos! Entonces, continuemos navegando.

La leyenda de Erkjand

I

Un ascenso y una caída

—Aquí estamos. Donde la historia se cumple inexorablemente, donde el futuro es realidad. No hay retorno, no hay esquivos instantes que confundan el destino.

—Tú estás aquí, yo imagino otro sitio. Donde las sogas en mis muñecas sean trenzas del viento, donde no haya claves encerradas en mentiras.

—Caíste por tu vanidad y por tu soberbia, es merecimiento propio lo que estas cosechando. No hay otro destino, Erkjand.

—Tu traición será tu perdición, es mi promesa.

—Mi destino es diáfano como este día. ¡Todo es tan claro! La claridad de las simples cosas. No creas tu proclama de venganza. La justicia fue pronunciada.

—Mientes, pues no es diáfano este día… está cargado de lúgubres tormentas. Y no declaro por venganza, pues llamo a la justicia verdadera. ¡Clamo! La creación será testigo. ¡Y la verdad, mi fiel acompañante! Tu traición será tu perdición, es mi promesa.

En medio de la celda, ambos de pie, enfrentados, nerviosos contendientes y crispados. Solitarios. Hilvanan palabras entre el hombre traidor y el hombre traicionado, son voces nacientes en alientos irritados, ellos se creen víctima y victimario; esas voces son vertientes del que asciende y del caído en verdad o en apariencia. Ellos fueron descubiertos y no podrían seguir ocultando mucho tiempo lo que guardaban dentro de sus almas.

Aunque el escenario fuera propicio para mantener en pie la mentira.

2

Aquel hombre lleno de sí mismo se henchía con orgullo en su egoísmo, en su vanidad y en sus esperanzas. Aunque él no supiera que sus esperanzas eran falsas y, por lo tanto, vanas. Por ello, manifestaba crudamente también su vacuidad. En su ser era nada y, paradójicamente, todo.

¿Qué sentido tendría completar ese vacío? Cuando él presentía y sospechaba que esta pregunta se acercaba a interpelarlo, se entregaba con mayor fuerza a su vacuidad. En su mar interior, soplaba aquel viento que agita por momentos y por instantes apacigua.

Aquel hombre manifestó sus intenciones perversas y exteriorizó lo que ocultaba cuando ejerció el rol que, creía en convencimiento pleno, la historia le tenía reservado. Y fue así que ocupó el sillón que no le correspondía. Aquel hombre se llamaba Erdogen.

Cuando llegó su conquista, definitivamente, la oscuridad anidaba en él; esa oscuridad que inventaba simbiosis se atragantaba y hacía suya el alma de aquel hombre, consumiendo, devorando su genuina luz original. Aquella luz, primer destello que le había sido otorgado como a todo hombre en el momento de su nacimiento y su primer llanto.

Descubría en aquel momento que el camino que había recorrido para llegar a la usurpación, que ahora podía hacer realidad en confabulación con otros individuos (algunos cómplices y otros pobres incautos, hombres que compartían su propio mundo en penumbras), había dado por fin su fruto.

Oportuno y abundante fruto recogido en aquellos días, que se distinguían por sus tonos grises y falsas elegancias de cadente lluvia, bañados con el frescor típico de los comienzos primaverales. Un tiempo que había sido ansiado con fervor durante siglos por seres versados en las sombras de la historia.

Una jornada incansablemente buscada en días traspasados de generación en generación, mientras permanecía oculta a los ojos de todo hombre ingenuo. Por lo menos hasta este momento y lugar, donde deja de ser oculta y se transforma en manifiesta.

Se observa la sombra desafiante del dominio que se agiganta, cuando, tiñendo el día de esta leyenda, se transformó mágicamente aquí en motor y en fractal de dominaciones casi eternas que se replican en la historia. De lugar en lugar, de hombre en hombre, de día en día.

2

Bajo las oscuridades de aquellos tiempos, estaban dispersos los guardianes del más alto dignatario y soberano. Eran soldados que, en su origen, tenían por destino cumplir con destreza su rol de último farallón humano de resistencia.

Guardianes entrenados en artes de batallas, hábiles y enérgicos, dúctiles con sus cuerpos y con las armas que portaban, que eran una extensión de ellos. Debían hacer honor a su promesa de lealtad hasta su último suspiro; ellos habían jurado proteger al rey y al reino, y con sus vidas estaban obligados a atestiguarlo.

Cuando el usurpador ocupó el trono, olvidaron sus palabras y las hicieron promesas incumplidas. Fueron devorados por el vacío del traidor y sus sombras. Fueron infieles al rey y a sí mismos, y se convirtieron en vástagos de la mentira.

Ellos, supuestos protectores, yacieron subyugados por engaños que confundían lo verdadero con lo falso. Las propias luces y sombras en sus mentes ya no encontraron límites precisos. Se fundía su luz interior de originales colores brillantes en grises tonos que trasmutaban su ser oscureciéndolo. Se transformaban sus saberes en encantadores e hipnóticos momentos de confuso entendimiento, pues su espíritu estaba consumiéndose en secreto.

Cuando sucedió el asedio y la caída de esas conciencias aturdidas de los guardianes, finalmente, el gran defraudador observó y comprendió que era el momento oportuno del asalto.

Ellos, comprometidos por su juramento original, debían oponerse a la entrega de sus sables y ofrendarse a sí mismos para proteger el reino y al rey con sus vidas. Y habían defeccionado. Convirtieron, desde ese momento, sus fútiles promesas en traiciones eternas.

2

Entre las personas del pueblo, sucedían hechos que nunca antes habían sido narrados, pues no había conocimientos ni experiencia de ellos. Primitivamente, el pueblo no había experimentado nada similar. Ahora mi misión y mi compromiso asumido es dar a conocer los acontecimientos.

Sabemos que hubo un trono y su rey, una usurpación, traiciones y mentiras. Días de sombras. Aciagos.

La anarquía reinante se paseaba atiborrada en pensamientos individualistas y extremos, de hombre en hombre, de mente en mente. La oscuridad se alimentaba de aquellos que se creían únicos y, a la vez, el todo. Se presentían las sombras que avanzaban más y más sobre los espíritus de los hombres. Primero tenues y luego indisimuladamente, se las podía vislumbrar cuando se corporizaban en los hechos y se hacían verdad.

Entonces, aquel hombre lleno de sí mismo por su egoísmo primordial fue precipitado para siempre hacia los acontecimientos. Ese hombre perverso, al avanzar hacia el momento crucial de la historia, continuaba a cada instante llenándose a sí mismo. Su entrega era completa. En su mente, solo anidaban estas palabras: “El universo me ha puesto en este lugar. Debo cumplir con el llamado. Estoy obligado y lo deseo”.

Lo involucraban obligaciones y compromisos que había adquirido oportunamente; él mismo se había constituido en donación para hacer realidad aquellos planes que conspiradores casi eternos edificaban desde tiempos ancestrales, actuando como tergiversadores fecundos de la historia de la humanidad.

Ellos, esos conspiradores, tenían como virtud principal la paciencia y, por lo tanto, el ejercicio de la espera, como las aguas del río cuando quedan suspendidas en el salto previo a su caída precipitada en la cascada. Ahora era el tiempo preciso de apreciar la furiosa caída del agua. El usurpador y los guardianes lo sabían plenamente. Algunos hombres, también.

Los acontecimientos, entonces, decantaron y arrebataron el escenario de la historia a velocidad exponencial, acelerando el tiempo.

2

Traiciones, planes, lealtades oscuras, anarquía y confusiones.

Los acontecimientos se atropellaron como una maraña de sucesos, en el tiempo que ocurre un simple parpadeo.

Allí estaba Erkjand, rey y víctima.

Se encontraba en una celda, privado de su preciosa y sagrada libertad. Sin poder ser dueño de ese momento, percibía que tampoco podría serlo de su futuro atormentado. Añoraba casi con desesperación los colores que le habían dado vida; respiraba, aunque apenas penetraba el aire en sus agitados pulmones.

En su mente, atolondrada y sacudida por la traición a la que había sido sometido, podía vislumbrar cómo se originaban estas palabras, que luego volvían una y otra vez para desgarrarlo: “¿Cómo no reconocer la vileza de las almas que horadaron, inertes, la confianza?”.

Eran palabras que rebotaban en las murallas de la celda y volvían en eco a su mente. En esas palabras, se arrullaba, y allí no tenía descanso. Ese momento era la crueldad de la creación en sonidos. No las entendía.

Activando su memoria, que retumbaba en su ser completo, también comenzaba a recordar un golpe y un reemplazo violento de su cargo. Pero algo en su interior era negación y su memoria se perdía en pensamientos desesperados.

En otro instante, durante su confusión y su niebla mental, divagaba aislado y esperaba que algún hombre justo declarara lo que había ocurrido para que pudiera actuar como defensor y testigo.

Y, mientras tanto, un pensamiento carcomía su ilusión: ¿cómo podría saber qué ocurría tras los muros de su celda?

Así trascurrían aquellas horas arrogantes cuando eran transformadas en días. Apenas comía y bebía. Solo era puro sentimiento doloroso y pensamientos tortuosos. Su deseo de justicia, cuanto más intenso, se convertía en sueño y, a medida que el tiempo se consumía, los días comenzaban a trastocarlo en pesadilla. Un sueño y una pesadilla altanera y lacerante en el alma del rey noble actuaban en sus reflexiones y socavaban la esperanza.

Comenzaba a cavilar si debía permanecer con vida o, simplemente, ceder y trascender de alguna manera para disponer su espíritu a un nuevo ciclo de existencia. Tal vez alguien, entonces, podría hacerle justicia. O tal vez su esperanza solitaria podía depositarse en aquellos que aún recordaran su figura paternal y justa, aquellos que se permitieran no detenerse en los errores que había cometido (o que ellos creían que él había cometido), e intentar iluminarlos y sanarlos.

Al fin y al cabo, era otro hombre sencillo cuando se despojaba de sus vestiduras. Y ahora, en la celda, habitación donde ocurría el saqueo absoluto a su alma, por sobre todas las cosas importantes, se encontraba su humanidad evidenciada en su debilidad extrema.

La distancia hasta el despeñadero que él divisaba en su interior, en el único horizonte posible dentro de su celda, era una medida justa y equivalente a lo que separaba su hoy de un pasado inmediato de felicidad.

Ahora, él miraba sus pies encarnecidos, descalzos y en llagas vivas. Su mente anidaba la tragedia y lo empujaba: dando un paso más allá de su existencia, podría deshacerse de su carga y de la presión que sentía sobre sus hombros, también desnudos y sensibles. Tal vez, si diera el paso, nuevamente podría ser feliz. Para ello, era necesaria una cuerda tan tensa como su momento.

Aun así, su alma insistía y guardaba en algún rincón, secretamente en su interior, la espera de un ser, otra alma, un hombre, un hermano, un amigo. Alguien que declarara ante los ancianos de aquel reino cómo había sucedido el ultraje del sillón que le pertenecía tanto por derecho propio como por merecimiento.

Aquel trono, que le había sido despojado con engaños vilmente inspirados, diseñados y ejecutados con sentido maquiavélico, no podía dejar de pertenecerle. Pero su pensamiento nuevamente bloqueaba su deseo y lo situaba cruelmente en la celda, pues aquella esperanza que él depositaba en secreto profundo no podía ser correspondida.

2

Ahora la mayoría del vulgo, entretenido y cruelmente adormecido en su consciencia, en su confusión imaginaba que el destino que Erkjand había adquirido con su conducta previa era la justicia de los dioses y debía ser anhelada por ellos. Era la correspondencia a su comportamiento.

En consecuencia, su vida y su futuro debían sujetarse a los lugares destinados al destierro, destino de aquellos hombres que sucumbían a la vileza interior del engaño. Ocupación de traidores consumados. El desierto.

Ellos veían ante sus ojos el siguiente destino: el monarca derrocado y expulsado debía asumir su responsabilidad y, encadenado en las tierras interiores, culminar sus días donde el hielo sobre la estepa actuaba como filo lacerante en la piel del condenado.

Esas conclusiones tenían asidero en el pueblo, pues la consciencia adormecida de aquellos a quienes el rey había considerado hijos suyos (aquellos que no eran vasallos ni súbditos, sino hijos suyos) estaba entretenida en materias banales que no les permitían salir de sus propias jornadas. Y estas se convirtieron lentamente en testigos de un ambiente cargado de egoísmo y desapego a la verdad.

Entre tanto dolor y bronca, a medida que avanzaban el tiempo, las horas, los días, los hombres pasaban a ser pertenencia de estas nuevas realidades, aferrados en los encantamientos de las comodidades vanas.

A veces con cierta lentitud y otras con acelerado vértigo, el quehacer cotidiano los atrapaba y los transformaba. Los encontraba perdiéndose en confusiones mentales y en los senderos tramposos de la imaginación contaminada, sumergida en laberintos de deseos sin sentido, lo que hacía que sus vidas fueran malgastadas sin que lo supieran. Ellos creían que era el camino correcto para conquistar de nuevo su futuro como hombres libres y verdaderos.

Aunque sus intuiciones los llamaban a verse como hombres esclavos, se sentían libres. Y sus mentes embotadas acallaban esas intuiciones.

Sin saberlo, estaban atrapados: una libertad vaga, frágil y embustera se hace en verdad estéril cuando el precio para obtenerla es la propia vida. Ya no es libertad.

2