La máquina de asesinar - Gaston Leroux - E-Book

La máquina de asesinar E-Book

Gastón Leroux

0,0

Beschreibung

En un mundo donde el crimen comienza a parecer impersonal y metódico, una serie de muertes sacude a la sociedad por su precisión inquietante. A partir de esta amenaza invisible, la investigación conduce a la idea perturbadora de una máquina concebida para matar. A medida que se desentrañan los hechos, salen a la luz conspiraciones, intereses ocultos y una inquietante reflexión sobre el progreso técnico. Con esta novela, Gaston Leroux se adelanta a los temores del siglo XX y construye un relato de suspense tenso y visionario, donde la intriga criminal se combina con una crítica lúcida a la deshumanización y al poder de la técnica. La máquina de asesinar es una obra oscura y absorbente, que inquieta tanto por su misterio como por las preguntas éticas que plantea.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 287

Veröffentlichungsjahr: 2026

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La Colección Clásicos Libres está destinada a la difusión de traducciones inéditas de grandes títulos de la literatura universal, con libros que han marcado la historia del pensamiento, el arte y la narrativa.

Entre sus publicaciones más recientes destacan: Meditaciones, de Marco Aurelio; La ciudad de las damas, de Christine de Pizan; Fouché: el genio tenebroso, de Stefan Zweig; El Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa; El diario de Ana Frank; El arte de amar, de Ovidio; Analectas, de Confucio; El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, entre otras...

Gaston Leroux

LA MÁQUINADE ASESINAR

© Del texto: Gaston Leroux

© De la traducción: José Antonio Vidal

© Ed. Perelló, SL, 2026

Carrer de les Amèriques, 27

46420 - Sueca, Valencia, España

Tlf. (+34) 644 79 79 83

[email protected]

http://edperello.es

I.S.B.N.: 979-13-70194-56-7

Fotocopiar este libro o ponerlo en línea libremente sin el permiso de los editores está penado por la ley.

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución,

la comunicación pública o transformación de esta obra solo puede hacerse

con la autorización de sus titulares, salvo disposición legal en contrario.

Contacta con CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)

si necesita fotocopiar o escanear un fragmento de este trabajo.

Prólogo

«¡La máquina de asesinar!»… ¿Qué nuevo invento es este? ¿Era necesario realmente?

Tal vez, no es más, a fin de cuentas, que el viejo invento salido de las manos de Dios en los más bellos días del Edén y que había de llamarse el Hombre.

En verdad, desde los primeros dibujos en las paredes de tus cavernas hasta los más recientes estantes de nuestras bibliotecas, la Historia demuestra que aún no se ha encontrado mecanismo mejor para derramar la sangre.

Querer enmendar la plana al Creador es propio de un genio diabólico, es una nueva forma de la eterna lucha entre el Príncipe de las Luces y el Príncipe de las Tinieblas.

El Mal se desliza por donde quiere. Para quienes hayan leído «La muñeca sangrienta», que constituye el origen de este relato, no puede haber duda alguna de que se domicilió en la tienda del viejo relojero de la Île-Saint-Louis, ni de que era él quien animaba con sus maleficios el triple misterio que en aquel barrio antiguo, aún grisáceo por el polvo de los siglos, hacía intervenir, por una parte, a la inquietante familia del viejo Norbert, el cual pasaba por buscar el movimiento continuo, ayudado de su hija, la bella Cristina, y de su sobrino, el disector Jaime Constantin; por otra parte, al marqués de Coulteray, aquel ser eternamente joven, que no se sabía exactamente si tenía cuarenta o doscientos años y que al lado de la marquesa, su mujer, siempre pálida y agonizante, formaba un extraño tipo de vampiro; y, por otra parte, al terrible Benito Masson, el encuadernador artístico de la calle del Santísimo Sacramento, que acababa de ser condenado a muerte y ejecutado por haber quemado en su hornillo a media docena, cuando menos, de mujeres jóvenes y bonitas.

A este propósito, conviene citar aquí la última frase del anterior volumen, titulado «La muñeca sangrienta». El autor calificaba de «sublime» la aventura de Benito Masson. ¿En qué podía consistir la sublimidad de una aventura que llevaba a su héroe a una muerte tan ignominiosa? Es que la aventura, según el autor, no hacía más que empezar… Afirmación que resultaba muy extraña aplicada a un hombre a quien se le acababa de cortar la cabeza… Por eso se necesitaba un segundo volumen, el presente, que hemos titulado «La máquina de asesinar» con objeto de que dicha afirmación quede explicada de una manera quizá temible, pero desde luego normal…

… Normal, sí, porque está basado en la Ciencia, la cual nos protege, nos sostiene, nos alienta en esta incursión vertiginosa al borde del Gran Abismo…

—¿La ciencia? —preguntará alguien—. ¿No hablábamos ahora mismo de Satanás?

—Está bien… Está bien… La verdad es que algún día se llegará a un acuerdo respecto al nombre que ha de darse a cuanto nos aleja del Primitivo Candor…

G. L.

I

La «manzanilla» de la señorita Barescat

He aquí un tranquilo callejón, que duerme desde hace dos siglos, donde el mayor acontecimiento del día para ciertos fósiles que acaban de secarse tras la puerta de su tienda o las cortinas de su balcón, es una pareja de turistas perdidos, una visita inesperada del vecino, la salida inopinada de una joven con vestido nuevo, las repetidas entradas de la señorita de la relojería en casa del encuadernador… De pronto, se supo en el barrio que el encuadernador había sido detenido por haber tostado a media docena de pobres mujeres que se convirtieron en humo, y se supo también que había sido sorprendido en aquella tarea infernal por la misma hija del relojero, la cual escapó por un verdadero milagro a la muerte que le esperaba.

No es difícil figurarse la perturbación producida por aquel espantoso drama en las costumbres del rincón que era la Île-Saint-Louis, y, particularmente, entre las relaciones de la señorita Barescat.

Desde el muelle de Béthune hasta la Estacado se vivía bajo el «régimen del terror», como decía la señora Langlois, ex asistenta del terrible. Benito.

Los cerrajeros de la Île-Saint-Louis habían hecho el gran negocio durante los meses transcurridos entre la detención y la ejecución de Benito Masson. Nunca las puertas tuvieron más cerrojos; nunca fueron mejor cerradas por la noche.

¿Por miedo a qué?… ¿A que escapara Benito Masson? Tal vez; pero había otra cosa…

Ya nadie iba a la relojería desde que se había concretado el rumor de que también allí había «un gran misterio», según el señor Birouste, dueño de una herboristería.

«Un gran misterio —añadía— no aclarado en modo alguno por el proceso del encuadernador».

Unos hablaban a media voz de un secuestrado; otros, como Birouste, aseguraban que se trataba de un enfermo excepcional a quien el disector, ayudado por el relojero y su hija, trataba de una manera diferente.

—Si lo guardan tanto —añadía—, quizá se deba a que es peligroso… Solo puedo decirles que yo sé que el disector lo hace manipulaciones en el cráneo… ¡Deseemos, para bien del barrio, que no escape!…

Como se ve, las palabras del señor Birouste no eran nada tranquilizadoras en un momento en que la Íle-Saint-Louis, a decir verdad, no necesitaba que le dieran nuevos motivos de inquietud.

Sin embargo, la ejecución de Benito Masson en Melun había calmado muchos nervios. En ciertas trastiendas fueron reanudadas poco a poco las veladas. Así es que podremos asistir a la «manzanilla» que era servida los miércoles y los sábados, cuando habían dado las nueve, en San Luis de la Isla.

Aquella no fue la más brillante de las «manzanillas». Solamente la honraron tres personas. Pero lo que en ella ocurrió, por su importancia inmediata y por sus consecuencias incalculables, la convirtió en una «manzanilla» histórica…

El primero en acudir fue el señor Birouste, vecino contiguo de la señorita Barescat y que, precisamente por su cualidad de herborista, le facilitaba la manzanilla a precio reducido. Fue seguido por la señora Caraus, que alquilaba sillas en la iglesia y que era protegida del señor Lavieuville, mayordomo de la misma iglesia y persona de importancia. Pero aquella noche el principal prestigio de la pequeña reunión fue, desde luego, la señora Langlois.

Como ya hemos podido ver, esta, aunque asistenta, no era una cualquiera, pues había tenido posición. Luego de estar empleada en un almacén, se había casado y dirigido un pequeño negocio de modas, en el que pronto quebró, aunque muy honradamente. Muerto su marido, trabajaba como una mercenaria, pero «con la frente alta», para saldar con los últimos acreedores y recobrar el honor perdido. Aquella César Birotteau hembra se había quedado en el barrio teatro de su desastre para que asistiera a sus esfuerzos de hormiga, y, si Dios quería, a su triunfo.

Antes de lo sucedido a Benito Masson, cuyo pobre mobiliario tanto tiempo había limpiado la señora Langlois, esta era apreciada en el barrio. Y para recobrar ese aprecio y demostrar que era la primera en regocijarse del castigo supremo que aguardaba al monstruo, había tenido el atrevimiento, a pesar de ser una débil mujer, de ir a Melun, debidamente informada sobre el día de la ejecución por el señor Lavieuville, en casa del cual trabajaba dos horas diarias, y que era íntimo amigo de un alto funcionario judicial. Y en Melun asistió desde primera fila, según ella decía, al suplicio del Barba Azul de Corbilléres.

El heroísmo demostrado por ella en semejante trance, y el relato, facilitado de visu, de un acontecimiento tan impacientemente esperado, casi la habían puesto «de moda», por lo cual no hay que asombrarse de que la señorita Barescat la hubiera invitado a su «manzanilla»…

Todos la hicieron objeto de grandes halagos, y hasta el gato de la paquetera le dedicó el más cariñoso de sus maullidos…

Así se llegó a las nueve y media, que era como acercarse al minuto histórico.

—Ignoro —dijo la señorita Barescat— si esta noche tendremos el gusto de poseer al señor Tannegrin; pero no lo esperaremos mucho tiempo. El que tarde, que se fastidie. ¿Quién quiere manzanilla?

—Es una lástima —dijo la viuda de Camus, la que alquilaba sillas—. Tiene mucha simpatía… Pero dado el frío que hace, sentirá el reumatismo…

Luego de recordar así al señor Tannegrin, que ya se había retirado de la profesión de leguleyo, y que a la hora de los postres decía monólogos, se rindieron honores a la manzanilla de la señorita Barescat, que esta sabía aderezar «con una miajita de anís estrellado», lo cual, según la que alquilaba sillas, contribuía a hacer «un brebaje exquisito».

—El té —explicaba la señorita Barescat— impide dormir, mientras que la manzanilla es digestiva y buena para el intestino… En cuanto al anís estrellado…

—Nombre vulgar de la badiana —espetó gravemente el señor Birouste, el herborista—, planta de la familia de las magnoliáceas, antiespasmódica, galactóloga, estimulante, indicada para las flatulencias…

—¡Ya está usted con las palabras raras! —exclamó la viuda de Camus, que echaba de menos la presencia del señor Tannegrin, el que decía monólogos.

—Además —añadía el señor Birouste, que era un verdadero pozo de ciencia—, con el anís se elabora el… anís…

—A mí me gusta mucho —proclamó la señora Langlois, que hasta entonces no había dicho nada.

Se daba perfecta cuenta de su importancia y sabía que sus palabras eran muy esperadas. Así es que se reservaba. Se hacía rogar para referir la ejecución de Melun, como una señorita de la antigua pequeña burguesía para ponerse al piano.

Finalmente, a ruegos de todos, se decidió. Contó el heroico viaje en todos sus detalles. No olvidó nada. Con una recomendación del señor Lavieuville había ido seguidamente a casa del abogado general, «a quien había encontrado aún en la cama», y que la había recomendado al capitán de la gendarmería, el cual la había colocado en primera fila y la había recogido en sus brazos cuando cayó la cuchilla, pues entonces estaba «más muerta que viva».

Birouste insinuó:

—También él…

—¿También él?…

—Sí; también él estaba más muerto que vivo…

—¿Cómo es posible?… ¿Un capitán de la gendarmería?

—¡No! Hablo del guillotinado…

—¡Ah! ¡Hablando se entiende la gente!…

—Así es —dijo la señorita Barescat, interviniendo diplomáticamente— que usted, señora Langlois, se ha atrevido a mirarle cara a cara, ¿no es eso?… ¡Quieto. Mysti!… No sé qué le pasa esta noche al gato, que no puede estar tranquilo.

—Sí… Lo he mirado y nuestras miradas se han encontrado… Me ha reconocido… ¡Ay! ¡Cuántas cosas hemos dicho en un instante!… Me parece que no se alegrará…

—Es probable… —confirmó Birouste.

—No hay manera de hablar con usted —declaró la viuda de Camus, que lo tenía cierta ojeriza—. Si interrumpe tantas veces, no vamos a enterarnos en toda la noche…

—Mientras tanto —observó la señora Langlois sonriendo ácidamente—, el señor Birouste estaba tranquilamente en la cama.

—¿Tiene usted noticias particulares de sus últimos momentos, de cómo se despertó en la prisión, por ejemplo? —se apresuró a preguntar la señorita Barescat, que sabía que su deber era impedir que a su alrededor se envenenase la discusión.

—¡Oh, no me hable usted de eso!… Cuando le despertaron, porque dormía como una marmota, preguntó: «¿No es muy temprano?»…

La señorita Barescat volvió a interrumpir:

—¿Ha leído usted los versos que ha dejado? La señora Langlois respondió:

—Sí; los he leído en los diarios… Yo también tengo versos suyos, versos escritos de su mano…

—No…

—Sí… Además, los he traído… Pensé que tal vez me valieran dinero… Se los cogí de la carpeta un día que le limpiaba la mesa… ¡También estaban dedicados a Cristina!…

—¡Es curioso! —exclamaron simultáneamente la Barescat y la Camus.

Mientras tanto, la señora Langlois sacaba de su bolso un papel que desplegó y que estaba cubierto de líneas desiguales —prueba de que eran versos—; pero escrito con una letra extraordinaria, de signos enormes, que parecían combatirse o confundirse en un caos multicolor, porque unos signos eran verdes, otros rojos, o azules, o amarillos, y alrededor de ellos había garabatos de fulgurante matiz morado. Los manuscritos de Barbey d’Aurevilly eran, al lado de aquello, los manuscritos de un niño cuidadoso.

«He reunido mis pecados… (Los invitados: ¡No le faltaban, no!), los he amontonado delante de mí y he llorado… (¡No faltaba más, no faltaba más!) Hacia el cielo partía una caravana. Me he echado a la espalda mis pecados y la he seguido. Pero un ángel se me ha aparecido diciéndome: «Dónde vas tan lastimosamente con la carga que llevas, nunca llegarás al Paraíso». Y el ángel, Cristina, me ha ayudado a llevar la carga».

—Es definitivo, tiene gracia —concluyó la señorita Barescat—. Le ha ayudado a ir al Paraíso.

—¡Qué letra! —exclamó la viuda de Camus—. ¡Nunca la olvidaré!

—Es una letra de asesino —sentenció Birouste, que se había colocado los lentes.

—Otra noticia —añadió la señora Langlois, mientras guardaba cuidadosamente el manuscrito—. La Escuela de Medicina ha reclamado su cabeza.

—Ya lo han dicho los periódicos.

—Pero ¿saben ustedes quién se la ha llevado?

—No.

—Pues alguien que no es desconocido en el barrio…, al menos yo Jo he conocido en seguida… Estaba a la puerta del cementerio como si temiera que le arrebatasen la mercancía.

—Apuesto cualquier cosa a que es Bautista —exclamó el señor Birouste.

—¿Quién es ese Bautista? —pregunto la señorita Barescat.

—El empleado del anfiteatro de la Facultad de Medicina de quien ya les he hablado a ustedes, el ayudante de Jaime Constantin…

—Ya lo recuerdo —exclamó a su vez la señorita Barescat—. Es aquel tipo repugnante que llevaba una caja bajo el brazo cuando iba por la noche a la relojería.

—Eso es.

—La última vez que lo vi —añadió la señorita Barescat— fue el mismo día en que ejecutaron al tal Benito… Serían las nueve y media o poco más. A la puerta de la relojería se detuvo un automóvil, cosa que recuerdo perfectamente, porque es extraordinario… Del automóvil bajó ese hombre… El coche se marchó inmediatamente… Se abrió la puerta de la relojería y apareció en ella el mediquillo para coger la caja que le traían… La puerta se cerró en seguida… Y desde entonces ya no volvió a abrirse la puerta de la tienda. Esa casa parece ahora una tumba.

—Continúa el misterio —dijo seriamente el señor Birouste. Tras un silencio, preguntó la señorita Barescat:

—¿Qué piensa usted de todo esto, señor Birouste?

—No pienso —declaró solemnemente Birouste—. Reflexiono…

—Denos usted su opinión, señora Langlois —pidió la de Camus—, porque Birouste siempre se burla de nosotras.

La señora Langlois preguntó a su vez:

—¿Está usted segura de que eso no ocurrió la misma mañana de la ejecución?

—Estoy segura de lo que digo.

—¿Y ese Bautista llevaba la caja?

—La llevaba.

—Es que también la llevaba en Melun.

—Entonces —exclamó la de Camus—, es que ese Bautista llevó la cabeza al novio de Cristina.

—Con los médicos nunca sabe una a qué carta quedarse —sentenció la señora Langlois—. Yo lo digo porque he trabajado en casa de uno de ellos… Pues bien: en su despacho tenía una serie de verdaderas calaveras, que empleaba como pisapapeles… Semejantes sacrilegios debieran prohibirse…

—Está usted diciendo niñerías —sentenció Birouste.

Y las tres callaron, porque a juzgar por el tono de aquellas palabras, habían comprendido que Birouste hablaba en serio, como hombre que tenía algo que decir.

Y he aquí lo que dijo:

—La ciencia se debe a esos sacrilegios…

No creemos calumniar a nadie diciendo que el señor Birouste era un cominero, un espíritu mezquino. Claro está que solo nos referimos a aquel herborista, porque conocemos a otros herboristas que tienen verdadero ingenio y talento.

La naturaleza le había creado una posición mixta entre dos reinos: era más que el tendero de ultramarinos, pero menos que el farmacéutico. Por cierto que él, a pesar de ello, tenía amplias pretensiones. A pretexto de conocer las leyes que rigen la conservación de las plantas creía conocer las que regían la naturaleza entera. Y ante él no podía aludirse a la ciencia, a sus milagros, a lo que nos reserva en un próximo porvenir, sin que se irguiera como antaño el señor de Prudhomme en cuanto se trataba de la guardia nacional o de las grandes instituciones del país que había tenido el honor de «darle a luz».

Como él decía:

—No me asombra nada de lo que se hace en nuestros días.

Ya hemos visto también que nada asombraba a Jaime Constantin, el cual, ciertamente, era un espíritu magnífico. Esto equivale a decir que los problemas profundos más importantes y que hacen que el término medio de las inteligencias se hurte a su consideración unen, sin embargo, a los espíritus mezquinos y a los espíritus magníficos, con la pequeña diferencia, no obstante, de que donde los espíritus magníficos demuestran todavía cierta inseguridad, los espíritus mezquinos afirman categóricamente. De ello puede sacarse la conclusión de que nunca se ha de sonreír de lo que diga un imbécil o un hombre de genio, porque, a veces, tienen ellos razón, mientras se equivocan las personas razonables…

La señorita Barescat, la viuda de Camus y la señora Langlois seguramente profesaban estas verdades elementales, porque estaban muy lejos de la sonrisa.

El conservador de la adormidera y del tomillo, del malvavisco y de la bardana, pasó revista a su auditorio. Auditorio que, por lo demás, despreciaba profundamente, según demostraban ciertas frases más o menos humorísticas e irrespetuosas para con el sexo al que pertenecía la madre del señor Birouste. Pero el caso es que aquellas damas le prestaban atención. Y mirándolas con severidad, dijo:

—No hablen nunca ligeramente de los hombres de ciencia… Me sacan ustedes de mis casillas cuando tratan despectivamente a Jaime Constantin… Jaime Constantin, señoras mías, es un hombre genial… Si ustedes no lo sabían, permítanme que se lo enseñe. Ha publicado artículos que ustedes no sabrían comprender, pero que a mí me han hecho reflexionar… Además, la Facultad de Medicina tiene puestos los ojos en él, y se espera de sus trabajos uno de esos milagros que hacen época en la historia de la Humanidad. ¿Cuál es? Eso ya no lo puedo precisar… ¿Tiene algo que ver con ello la presencia en la relojería de ese desconocido que, según la señora Langlois, se llama Gabriel?… Quizá. Un sobrino mío, Celestino, a quien ustedes conocen, que ha empezado trabajando en mi casa, que ahora estudia medicina, que hace prácticas en la Facultad y que conoce a Bautista, ha oído hablar de él como de un ayudante tan valioso como misterioso, encargado de poner a la disposición de Jaime Constantin piezas anatómicas que le entregan ciertos profesores en condiciones completamente excepcionales…

Esas piezas anatómicas, que todavía tienen la palpitación de la vida, permiten, sin duda alguna, que el joven módico se entregue a experimentos in aninux vili seguramente relacionados con las teorías que solamente ha abordado en sus notables comunicaciones a la Nueva Revista de Anatomía y de Fisiología Humanas. Estas teorías plantean claramente la cuestión de dónde acaba la vida y dónde empieza la muerte. Y han de saber ustedes que con su posible restauración de la energía utilizable en los seres vivos podemos tener la esperanza de que llegará un momento en que suprimiremos la muerte.

—¿Suprimiremos la muerte? —prorrumpió la señorita Barescat en un grito lleno de esperanza.

—¡Oh! Todavía no hemos llegado a eso —repuso Birouste a manera de una ducha fría.

—Por desgracia —suspiraron las otras señoras.

—De todos modos, quizá no estemos lejos de ello —añadió Birouste como si estuviera inspirado por un presentimiento—. ¿Qué hacemos hoy sino suprimir la muerte en casi todas las partes de la persona?… ¿Acaso la cirugía no rehace casi por completo al individuo?… La última guerra le ha dado una ocasión de rehacer por completo rostros humanos. Y por intervención de la mecánica, una locomoción artificial ha venido a añadir su milagro al de la cirugía. Se ha llegado a hacer que reviva un corazón muerto, lo cual, evidentemente, es cosa inaudita.

—¿Cómo puedo ser eso tan portentoso? —exclamó la señorita Barescat anhelante, porque frecuentemente tenía ahogos y estaba convencida de que moriría del corazón.

—De la manera más sencilla, señorita. Se abre una puerta en las costillas.

—¿Ya eso le llama usted sencillez?

—Por esa puerta, el cirujano ha practicado presiones rítmicas que han restablecido la circulación suspendida, es decir, ¡ha resucitado al muerto!

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —repetía la viuda de Camus, verdaderamente pasmada.

—Pues aún hay cosas más interesantes.

—¡Ca! ¡No es posible!

—¿Han oído ustedes hablar de Carrol?

—Los periódicos han llevado su nombro…

—Es uno de aquellos para quienes los norteamericanos han creado el Instituto Rockefeller. Pues bien: eso Carrel ha conservado un corazón vivo en un frasco sumiéndolo en cierto suero que solo él conoce. Y el corazón vivo todavía.

—¿Vivo todavía?

—Todavía… Lo mismo hace con un trozo de cerebro y lo mismo podría hacer con un cerebro entero.

—¡Es increíble! —exclamó la señorita Barescat—. Entonces, ¿ese Jaime Constantin es de esa clase de sabios?

—Yo, luego de haber leído de él lo que les he dicho y lo que no les he dicho, porque, repito, hay cosas que ustedes no podrían comprender, opino que algún día dejará muy atrás a todos los Carrel y a todos los Rockefeller del mundo…

—No lo creo… Entonces, ¿habrá hecho experimentos con Gabriel?

—Yo, señorita Barescat no conozco el secreto de los dioses o de los sabios, que son los actuales dioses. Me he limitado a emitir hipótesis. No vive más que de hipótesis el hombre de ciencia.

—No me extrañaría —aventuró la Barescat— que ese Gabriel fuera simplemente un mutilado de guerra al que pretendan mejorar un poco… ¿Quiere más manzanilla, señora de Camus?

—Muchas gracias, señorita Barescat.

—Gabriel es muy guapo —dijo la señora Langlois.

—Me gustaría verlo de cerca —acabó declarando el ama de la casa.

II

La Barescat, para su desgracia, ve por fin a Gabriel de cerca

La viuda de Camus se levantó y dijo:

—Me parece que oigo pasos en la calle, y podría apostar cualquier cosa a que es el señor Tannegrin. Aún podría divertirnos un rato —añadió mientras se dirigíaa la puerta—. ¡Todas esas cosas que me han contado ustedes me han puesto la carne de gallina!…

—¿No oye cómo silba el viento? —advirtió la señora Langlois—. Además, cuando yo venía comenzaba a nevar. Así es que supongo que con este tiempo no vendrá el señor Tannegrin…

Mientras tanto, se acercaban rápidamente los pasos y sonaron dos llamadas en la puerta.

—¡Es el señor Tannegrin! Reconozco su manera de llamar —exclamó la de Camus.

—No abra antes de estar segura de ello —observó la Barescat.

Pero ya la de Camus había descorrido el cerrojo y había abierto la puerta. Un torbellino de viento y de nieve se metió en la tienda. Luego…

Aportemos el testimonio de los invitados de la señorita Barescat y de la misma ama de casa: testimonio que tuvieron que hacer varios días después en defensa propia y con relación al sensacional acontecimiento que se coló de rondón en aquella casa como llevado por la tempestad.

Apresurémonos a decir que el acontecimiento en cuestión era un rapto; pero ¡qué rapto!…

He aquí las palabras de la señora Langlois:

—Voy a contárselo todo, señor comisario… Nunca conviene desear cosas que parecen imposibles, porque a lo mejor se cumplen con gran disgusto nuestro… Apenas la señorita Barescat, que nos había invitado a su manzanilla, acababa de expresar sus deseos de ver de cerca a Gabriel, cuando he aquí que Gabriel entra, como un demonio de la tempestad, completamente cubierto de sangre y llevando a la señorita Norbert, la hija del relojero, desmayada en sus brazos, como si fuera una pluma. También a ella le manaba sangre de la cara… Como usted puede figurarse, todos lanzamos un grito de horror… Yo exclamé:

»—¡Es Gabriel!…

»Quedamos como estatuas del terror ante una entrada semejante… Además, aquel hombre nos amenazaba con su revólver… La primera vez que lo vi en casa del relojero, me pareció guapo; pero esta vez no le vi más que unos ojos espantosos, unos ojos de asesino… Cuando me miraba, sentía que estaba asesinándome… Tengo confianza en la justicia de mi patria y espero que usted me protegerá… Pero ¿qué estoy diciendo?… No lo sé… ¡Ahora, ya está dicho!…

»Ahora, señor comisario, continuaré contándole lo que hizo… Comenzó por cerrar la puerta de una patada… ¡Creí que iba a hundirla!… Pero luego pasó el cerrojo… Entonces, el señor Birouste, el herborista, que se había refugiado detrás del mostrador, gritó:

»—¡Levanten las manos como yo!…

»Y todas levantamos las manos como se hace en el cine… Y el gato de la señorita Barescat se marchó dando un salto terrible… Luego ya no se le ha vuelto a ver…

»Por lo demás, Gabriel no decía nada… Pero luego de haber aplicado el oído a la puerta, dejó a Cristina tendida sobre el mostrador y se puso a buscar en sus bolsillos… Probablemente querría un pañuelo para enjugar la sangre que continuaba manando de la frente de la señorita Norbert… Pero por lo visto, no lo encontró… Y entonces, señor comisario… La tienda de la señorita Barescat… ¡Ay, señor comisario!…

Para saber lo que le ocurrió en la tienda de la señorita Barescat dejemos hablar a la propia interesada. Si su relato es algo incoherente no censuremos a la solterona, que desde aquella fecha histórica ha perdido algo de sus lozanas facultades, rebusca sus palabras, se anonada profundamente a veces y se reanima de repente, como por electricidad, para echar la cabeza hacia atrás, tan brusca y espasmódicamente que los cintajos que adornan su sombrero a la antigua parecen bailar una especie de shimmy epiléptico:

—¡Ay, señor comisario!… Por un pañuelo, porque buscaba un pañuelo… Al menos me lo hubiera pedido… Pero ni una palabra… Quise intervenir cuando vi que registraba mis cajones, que metía baza en mis estanterías. ¿No era natural, señor comisario? ¡Me alegro de verle! ¿Cómo está usted, señor comisario?… Protéjanos usted, porque si no, ¡adiós justicia, como dice la señora Langlois!… Ya sé que usted es justo… Y yo soy una pobre mujer soltera, que nunca ha querido casarse, a pesar de las ocasiones, y que ahora me encuentro metida en este berenjenal… Pregunte, pregunte a las señoras que han venido a mis «manzanillas» desde hace veinte años… Y disponga de mí, señor comisario… Usted es un hombre justo… Y yo… Cuando vi que registraba mis cajones sin consideración, quise intervenir; pero el señor Birouste, el herborista, me gritó que levantara las manos, y hasta soltó unas palabrotas, dicho sea con perdón del señor comisario y de Dios… Al parecer, Gabriel hubiera disparado su revólver si hubiéramos dejado de tener las manos levantadas como en el cine… ¿Va usted al cine, señor comisario?… Usted es un hombre justo…, y protegerá a esta pobre soltera que… Pero sigo mi narración. Aquel hombre terrible continuaba sin decir ni media palabra. Y el caso es que hablando se entiende la gente. Pero por lo visto, no quería que reconocieran su voz.

»Además iba disfrazado como un personaje de la época de la Revolución: llevaba una capa y un gran sombrero como los que también se ven en el cine… Tenía razón la señora Langlois… Es más: en la vida ocurren cosas que no pasan en las películas… Nunca he visto ninguna cinta en que se tratara una tienda de paquetería como se trataba mi casa… ¡Y con lo ordenada que soy yo!… ¡Diríase que por allí había pasado un desastre, una calamidad!… ¡Cómo me puso el madapolán, señor comisario!… ¿Y qué decir de las puntillas?… El tru-tru quedó hecho un guiñapo… ¿Y las cajas de algodón perlé? ¿Y las madejas de seda japonesa? ¿Y la lana de Hamburgo? ¿Y la lanilla de Saint-Pierre?… ¡Me entraban unas ganas de llorar!… De llorar y estrangularle… Pero en cuanto me movía un poco, el señor Birouste me mandaba, jurando, que tuviera las manos en alto… Menos mal que cesó de revolver cuando encontró la muselina, con la cual curó a la pobre herida… Pero ¿quién me recompensará lo del madapolán?… ¡Ay, señor comisario!…

He aquí las primeras palabras de la viuda de Camus, la que alquilaba sillas:

—Era terrible; pero ¡qué guapo!… Le advierto, señor comisario, que yo he visto muchos hombres guapos, porque no siempre he alquilado sillas en las iglesias… Aquí donde usted me ve, señor comisario, he estado empleada en la sección de caja de un establecimiento, donde mi tarea era la más importante, por lo cual, para desempeñarla, se escogía a la más lista… He recibido cartitas perfumadas y me han saludado «guantes amarillos», que es como en mi época se llamaba a los galanes. Pues bien: con toda sinceridad he de decirle que jamás he visto un hombre tan guapo como aquel…

»Forzosamente había de ser muy guapo para que me llamara la atención en un momento en que veíamos llegada nuestra perdición, por los brutales gestos que hacía… ¡Porque el señor Birouste no parecía dispuesto a salvarnos!… El herborista había perdido toda su compostura… Tiritaba detrás del mostrador y se desgañitaba gritando que tuviéramos las manos en alto… Llegué hasta creer que si bajábamos las manos hubiera cogido el revólver que había dejado Gabriel y hubiera disparado contra nosotras…

»¿Y eso es un hombre?… ¡Lo que pasa es que se da mucho postín porque es herborista!… Pero yo ya no compraré nada en su casa… ¿Comprende usted, señor comisario, lo que quiero decir?…

»Mientras tanto, el otro no pensaba más que en curar a su Cristina… ¡Todo para ella!… ¡Aquel sí que era un hombre…, a pesar de ser un bandido y de habernos hecho pasar un mal rato!… No se movía ni un músculo de su cara; por lo visto no le daba miedo la sangre… Y cuando quiso secar la frente de su víctima y no encontraba la tela que quería, arremetió contra las existencias de la señorita Barescat… He dicho su víctima, porque había raptado a Cristina… Se notaba que la llevaba a la fuerza, se le resistía… Y es probable que, por ello, se produjera un incidente a causa del cual manara la sangre de que estaban cubiertos… Además él estaba como perseguido, como apurado… Seguramente llamó donde llamó al azar, porque vio luz… Al abrirle, entró en la tienda… ¡Esa es la explicación que yo doy a lo sucedido!… Si hay alguien que adivine más que yo, que lo diga…

»Cristina, sin embargo, no abría los ojos… Entonces, él le mojó la cara con la manzanilla que había quedado, y que estaba fría… Apenas consiguió despabilarla… ¿Quién hubiera podido creer que a la señorita Norbert le pasaran cosas tan extrañas? … El domingo estaba yo en la iglesia cobrando… Le advierto, señor comisario, que es una tarea difícil, porque hay que tener los ojos en todas partes, vigilar a la vez a los que se quedan, a los que van a salir y a los que salen sin haberse metido la mano en el bolsillo… Pues bien: aún me quedaba vista para mirar a Cristina, que parecía una estampa de primera comunión y a la que se hubiera admitido a comulgar sin confesión… Pero a pesar de todo, ¡hay que ver cómo la encontraron en casa de Benito Masson!… ¡Y hay que ver el estado en que se hallaba cuando la entró Gabriel!…

»Pero ¿quién es Gabriel?… ¡Cualquiera lo sabe! ¿Acaso será verdad lo que empieza a rumorearse, lo que nos da tanto miedo?

»¡Y qué guapo es!… Solo puede comparársele al arcángel que lleva su mismo nombre… Si le he de decir verdad, señor comisario, yo no hubiera podido resistirle… ¡Claro está que me refiero a cuando estaba empleada en caja!…

En cuanto al señor Birouste, cuya intervención está lejos de haber terminado, como muy pronto veremos, solamente retenemos de momento esta declaración:

—¡Yo, señor comisario, tan solo pensé en salvar la vida de esas tres pobres mujeres!… Gracias a mi sangre fría y a mi presencia de espíritu, no quiero hablar de mi valor, pude evitar que ese miserable dejara solo cadáveres tras él… ¡He cumplido con mi deber!… Lo digo sencillamente, sin orgullo, como corresponde a un herborista que vive dedicado al consolador estudio de las plantas y que no tiene nada de héroe melodramático…

Ahora que, gracias a esta visión del estado de ánimo de nuestros personajes, podemos formarnos una idea de la perturbación causada en la «manzanilla» de la señorita Barescat por la fulminante invasión del terrible visitante, vamos a continuar narrando los hechos tal como los reconstituyó después una profunda investigación.

Para la salud moral, ya fuertemente quebrantada, de la señorita Barescat y de sus invitados, fue una suerte que la estancia de Gabriel en la paquetería de la calle del Santísimo Sacramento no se prolongara excesivamente. Gabriel demostraba una brutal ferocidad en todos sus gestos, pero estaba lejos de demostrar tranquilidad. Con frecuencia pegaba el oído a la puerta, para escuchar los ruidos del exterior. Luego volvía a curar a Cristina, la cual continuaba sin dar señales de vida.

La tempestad de viento y de nieve que se había levantado comenzaba a amainar. De pronto, se oyeron en la calle ruido de pasos y rumor de voces…

Gabriel, siempre mudo, pues aún no había pronunciado una palabra, se dirigió a la señorita Barescat y sus invitados que, con las manos en alto, parecían inmovilizados por el espanto en una actitud de súplica y de trágico asombro, les lanzó una mirada terrible, se registró el bolsillo, sacó una libreta y una estilográfica, escribió unas cuantas palabras, arrancó la hoja —todo ello en menos tiempo del que necesito para contarlo— y la pasó ante los ojos de las tres pobres mujeres que, por un instintivo sentimiento de horror, se habían arrimado unas a otras. En cuanto se dieron cuenta de la frase escrita en el papelito, lanzaron un chillido como para estremecer el más empedernido corazón: chillido que pronto ahogaron al ver que Gabriel, como movido por un resorte, daba un gran salto y volvía a empuñar el revólver para amenazarlas de nuevo…

Birouste, para ser molestado lo menos posible, y sin duda para velar mejor por la seguridad de aquellas damas en circunstancias tan trágicas y que tanta decisión requerían, se había parapetado tras el mostrador como un capitán de navío en su toldilla a la hora del peligro. Desde aquel lugar escogido como puesto de combate, nada podía leer. Gabriel, que no le había olvidado, le lanzó el papelito. Y entonces el herborista comenzó un grito que no acabó por el motivo anteriormente apuntado…

Mientras tanto, los pasos y las voces se habían ido acercando.

Gabriel había vuelto a tomar a Cristina en sus brazos y, de cara a la puerta, revólver en mano, esperaba los acontecimientos en actitud temible.

Los pasos y las voces se detuvieron ante la puerta. Y se oyó este diálogo presuroso:

—¡Le digo que no ha salido de la calle!…

—¡Oh! No puede estar lejos…

—Aún hay luz en casa de la señorita Barescat. Quizá haya oído algo…