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No importa cuántas veces penetre uno en este libro; al final siempre se pregunta lo mismo: ¿Cómo lo ha hecho? Y es que se trata de una novela sin forro. Quiero decir con ello que le das la vuelta y es exactamente igual por un lado que por otro: ni siquiera es fácil advertir, una vez colocada del revés, esa fina cicatriz que en los calcetines delata si se encuentran de uno u otro lado. No hay forma de verle las costuras. [...] La simpleza aparente del relato es tal que si uno va levantando capas de materiales narrativos en busca del motor primordial, cuando levanta el último velo no hay nada detrás. Nada. En eso, curiosamente, La metamorfosis nos recuerda a la vida.
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Seitenzahl: 152
Veröffentlichungsjahr: 2015
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LA METAMORFOSIS
Franz Kafka
Ilustraciones de Antonio Santos
Prólogo de Juan José Millás
Título original: Die Verwandlung
© Del prólogo: Juan José Millás
© De las ilustraciones: Antonio Santos
© De la traducción y el epílogo: Isabel Hernández
Edición en ebook: marzo de 2015
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-16112-86-9
Diseño de colección: Diego Moreno
Corrección ortotipográfica: Ana Patrón
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico
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Contenido
Portadilla
Créditos
Autor
Ilustraciones
MAMÍFEROS E INSECTOS
LA METAMORFOSIS
I
II
III
Epílogo
Contraportada
Franz Kafka
(Praga, 1883 - Kierling, Austria, 1924)
Escritor checo en lengua alemana. Nacido en el seno de una familia de comerciantes judíos, se formó en un ambiente cultural alemán y se doctoró en Derecho. Su obra, que nos ha llegado en contra de su voluntad expresa, pues ordenó a su íntimo amigo y consejero literario Max Brod que, a su muerte, quemara todos sus manuscritos, constituye una de las cumbres de la literatura alemana y se cuenta entre las más influyentes e innovadoras del siglo xx. Entre 1913 y 1919 escribió El proceso, La metamorfosis y publicó «El fogonero». Además de las obras mencionadas, en Nórdica hemos publicado Cartas a Felice.
Antonio Santos
(Huesca, 1955)
Ilustrador, escritor, escultor, pintor... estudió Bellas Artes en la Universidad de Barcelona. Ha realizado más de sesenta exposiciones individuales. Su obra ha sido distinguida con el Premio Daniel Gil al Mejor Libro Infantil 2003 y el segundo Premio Nacional de ilustración 2004.
MAMÍFEROS E INSECTOS
James Joyce, con Ulises, y Franz Kafka, con La metamorfosis, se encuentran en los dos extremos de un arco en cuya curva cabe casi toda la literatura que se ha escrito a lo largo del siglo XX. Tratándose por otra parte de dos de las novelas que mejor lo han contado, llama la atención que sean tan distintas. Ulises es un libro complejo y de apariencia complicada al mismo tiempo: un artefacto literario lleno de palancas y botones y luces y compartimentos que solo se deja conducir por lectores muy experimentados. Además, es una novela larga. La metamorfosis, en cambio, que no tendrá más allá de 60 o 70 folios, es a primera vista un relato sencillísimo, sin dificultades formales visibles, en el que podría penetrar un adolescente cuya biografía lectora acabase de comenzar. La del irlandés es de 1922; la del checo, de 1915. Contemporáneas del todo, en fin. Por eso constituyen también dos modos de aproximarse a la realidad, tanto como a la literatura, y por eso cada una, en su registro, continúa siendo un misterio.
Pero hay misterios y misterios. De la novela de Joyce no extraña, cuando uno se aproxima a ella, que se trate de una obra importantísima, pues todos los detalles que la rodean dan cuenta de esa categoría, desde la textura de página de sus primeras líneas al significado de la disposición capitular, pasando por la referencia histórica a que hace alusión su título (nada menos que la Odisea). Hay cosas, en fin, que hablan por sí mismas. Si uno se encuentra junto a un águila no será preciso que ningún experto le señale la increíble funcionalidad de la curvatura de su pico, la impecable disposición de sus alas, el poder de sus garras... El águila, como el Ulises, sobrecoge al primer golpe de vista. Un mosquito, sin embargo, apenas llama la atención de nadie y, créanme, se trata de un artefacto biológico de una perfección turbadora. Parece mentira que en tan poco espacio quepa tanto cerebro, tantas prestaciones, tal cantidad de ingenio.
Trabé contacto con Ulises en mis años de estudiante universitario, en la Complutense de Madrid. Uno de los salvoconductos para ingresar en los círculos literarios de la época era desde luego haber leído esta obra de Joyce (curiosamente entonces no se citaba Dublineses, un libro de cuentos memorable), que circulaba en una edición argentina cuyas dimensiones eran aproximadamente las de una catedral. Uno no podía evitar participar de los sobrecogimientos de su época, de manera que recuerdo perfectamente cómo me conmovió introducirme en los intersticios de aquel monumento verbal y vivir, junto a Leopold Bloom y Stephen Dedalus, un 16 de junio de 1904 en las calles de Dublín.
Solo tenía una cosa molesta aquella visita: la sensación de que se trataba de un recorrido organizado para turistas. Quizá no para turistas exactamente japoneses, pero para turistas al fin. Uno sentía a su lado, rozándole el cuello, mientras leía la novela, el aliento de los adoradores de Joyce (de esta obra de Joyce, para ser exactos) y se preguntaba con angustia si algún día podría penetrar en ese libro solo, recorrerlo solo, perderse solo por sus páginas... Más aún, enseguida empezaron a recomendarnos guías turísticas para entenderla mejor. De manera que estabas obligado a visitarla no ya en grupo, sino con un manual en donde te iban explicando a pie de página el significado de cada capítulo. Uno no tiene nada contra las guías de lectura ni contra los amigos ni contra las catedrales ni siquiera contra los turistas, sean japoneses o no. Por otra parte el Ulises era, efectivamente, una novela magistral, sobrecogedora en todos los sentidos que quepa imaginar y también en los que no cabe imaginar. Pero uno acababa de salir de la adolescencia y todavía no estaba acostumbrado a viajar en grupo. Uno era muy dado, en fin, a los placeres solitarios, incluso a los pecados solitarios, y acababa de leer por casualidad una novela corta, quizá un cuento largo, de un escritor checo, un tal Kafka, en el que se podía entrar sin ir en grupo, un libro que no necesitaba guía porque todos sus ángulos, en apariencia al menos, estaban perfectamente iluminados. La metamorfosis, en cierto modo, era lo contrario de lo que representaba Ulises: corta, simple, muy manejable (cabía en el bolsillo de atrás de un pantalón vaquero tratándose también de una edición argentina), sin referencias cultas visibles que le atosigaran a uno. Y la había leído un día del mes de agosto de 1964 que nada tendría que envidiar al 16 de junio de 1904.
Me sorprendió que nadie, en los círculos que frecuentábamos entonces, hablara de esta novela, pero por otra parte, me decía, ¿puede tratarse de una obra maestra acumulando tantas características que la alejan del modelo vigente, el Ulises? Pues a las diferencias citadas todavía era preciso añadir una más: contaba la historia de alguien que se transforma en insecto. ¿No sería, pues, una novela fantástica apta para jóvenes que se iniciaban en la lectura, pero no para un verdadero gourmet literario? No me atreví, pues, a recomendarla a aquellos temperamentos sesudos con los que discutía cada día de cine, literatura y teología, pues éramos expertos en todo, no tanto por la suficiencia característica de esa edad como por las carencias de la época que nos tocó vivir.
Un día, no obstante, en un momento de debilidad me atreví a hablar de La metamorfosis a uno de los lugartenientes del grupo con el que había llegado a trabar cierta intimidad. Recuerdo que me miró con cierta condescendencia y me dijo lo que ya me temía oír:
—Es una buena novela juvenil.
Maldije mis gustos literarios, pero continué visitando y revisitando La metamorfosis en la intimidad, mientras continuaba acudiendo en grupo a las expediciones organizadas para visitar el Ulises (o la catedral). Tuvieron que pasar muchos años antes de que pudiera entrar en la novela de Joyce sin la impresión de estar en medio de un grupo de turistas japoneses (que tenían los rostros de mis compañeros de facultad, curiosamente), y sin que un listo (chino y prochino, si pensamos en la época) me explicara al oído por qué llevaba Leopold Bloom una patata en el bolsillo. Por fortuna, cuando esto sucedió yo ya no tenía ningún complejo en reconocer a La metamorfosis como una de las grandes novelas del siglo xx. Ni al Ulises, desde luego, aunque la distinta consideración de que gozaban en los medios entendidos de la época me ayudó a comprender algunas cosas que luego me fueron más útiles para la vida que para la literatura.
Una vez perdido el pudor, me entregué sin culpa también a la lectura de Kafka, de todo Kafka, aunque cuando tenía un rato volvía a La metamorfosis, que era el lugar del crimen, por decirlo de un modo rápido. Y regresaba, lo mismo que el criminal, para preguntarme cómo había sido posible la ejecución de aquella obra (después de todo, leerla es una forma de escribirla). No importa cuántas veces penetre uno en este libro; al final siempre se pregunta lo mismo: ¿Cómo lo ha hecho? Y es que se trata de una novela sin forro. Quiero decir con ello que le das la vuelta y es exactamente igual por un lado que por otro: ni siquiera es fácil advertir, una vez colocada del revés, esa fina cicatriz que en los calcetines delata si se encuentran de uno u otro lado. No hay forma de verle las costuras. Y nosotros, qué le vamos a hacer, estamos educados para hablar de las costuras. Gran parte de la crítica literaria consiste en un ejercicio de retórica sobre las costuras. Sin ellas, los estudiosos de este o de aquel autor se habrían quedado sin trabajo, o sin becas. Pues bien, en esta novela no hay cicatrices por las que perderse, o por las que introducir el dedo en la llaga. Si tratas de abrirla para verle el mecanismo te la cargas porque la caja que la contiene y la maquinaria son la misma cosa. Nos gustaría decir que es una pieza de relojería, pero tampoco sería cierto. Los relojes fascinan por el ritmo de las ruedas dentadas que transmiten el movimiento de un lado a otro del artefacto. Pero aquí tampoco hay ruedas dentadas, casi no hay artefacto. Si me apuran, no hay ni movimiento. La simpleza aparente del relato es tal que si uno va levantando capas de materiales narrativos en busca del motor primordial, cuando levanta el último velo no hay nada detrás. Nada. En eso, curiosamente, La metamorfosis nos recuerda a la vida.
Hay un libro pequeño, muy interesante, que puede ayudar a comprender lo que digo: Dios y la ciencia, de Jean Guiton. En él, dos reputados astrofísicos, Grichka e Igor Bogdanov, desnudan, en compañía de Guiton, la realidad quitándole un velo en cada capítulo. Los tres, alrededor de una mesa camilla o un mueble parecido, introducen sus bisturíes verbales en las costuras de la realidad sin llegar a dañarla, con una precisión asombrosa, como un buen abridor de ostras, yendo de la piel al tejido muscular, y de este a los cartílagos para profundizar luego en las vísceras, alcanzando así la célula, el átomo, el quark... Lo raro es que detrás del último velo no hay nada, o en todo caso, hay solo interacciones. De este modo, qué quieren que les diga, no hay forma de hacer crítica literaria, casi no hay manera de hacer existencialismo. De ahí que Guiton, cuando le preguntan por su confesada religiosidad, responda que esta se debe a que prefiere el misterio al absurdo. Parece que las alternativas se quedan ahí. Luego, algunos obispos se han apropiado de esta frase brillante, pero en sus bocas parece una blasfemia, la verdad, no ya porque no alcanza el mismo significado, sino porque ni siquiera alcanza la misma falta de significado.
No deja de ser curioso que nos hayamos acordado de la frase del pensador francés hablando de Kafka, calificado generalmente como el novelista del absurdo. Quizá todo se deba a un malentendido de colosales dimensiones: no hay más que leer el libro de Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka, para darse cuenta de que era un hombre bastante religioso en el sentido más real (que coincide con el etimológico). «Para mí —dice Janouch— el autor de La metamorfosis, El proceso, Un médico rural, En la colonia penitenciaria y las Cartas a Milena, obras que conozco, es el anunciador de una responsabilidad ética consecuente para con todos los seres vivos; un hombre en cuya existencia aparentemente rutinaria de funcionario sometido a las ordenanzas del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo de Praga ardía la llama crepitante de la nostalgia omniabarcadora de Dios y de la verdad propia de los más grandes profetas judíos.» Y concluye: «Franz Kafka es para mí uno de los últimos (y, quizá por su misma proximidad, uno de los más grandes) anunciadores de fe y de sentido con que cuenta la humanidad».
Llama la atención que aparezca el término «sentido» hablando de Kafka, de cuyo apellido procede el adjetivo kafkiano, que se utiliza como sinónimo de absurdo, ilógico, disparatado. No es la única de las contradicciones que aquejan al autor de La metamorfosis, que para mucha gente pasa por ser un escritor sombrío, triste, melancólico. En efecto, uno corre el peligro de leerlo de este modo, sobre todo en la juventud. Sin embargo, ya en los primeros encuentros con su obra, especialmente con La metamorfosis, y si uno está atento, puede detectar también un registro humorístico que solo una concepción demasiado severa de la literatura impediría detectar. Varios lectores de Kafka han llegado a afirmar de él que se trata de un humorista, entre ellos ninguno, en mi opinión, tan autorizado como Cabrera Infante. Debo confesar que para mí fue un respiro encontrar esa afirmación que sin embargo no llegaba a satisfacerme del todo por lo que había en ella de incompleta.
Y es que, si no hay duda de que La metamorfosis puede ser calificada desde algún punto de vista como una novela de humor, también, y simultáneamente, nos parece una novela de terror. Quizá en esta mezcla reside su acierto. A partir de su lectura uno comprende que el terror sin la risa, o viceversa, es puro género, y el género, ya lo sabemos, es una enfermedad que a veces le sale a la literatura. Cuando al atravesar las páginas de un libro el lector duda de si debe reír o llorar, excitarse o calmarse, padecer o gozar, porque no hay notas a pie de página, ni guías turísticos que lo indiquen, es cuando uno puede tener la seguridad de encontrarse frente a una verdadera obra de arte en cuyo interior de nada sirven los recursos morales o estéticos prefabricados. Pese a ello, como decíamos antes, La metamorfosis puede ser leída, y seguramente comprendida, por un lector no experimentado, por un adolescente que apenas haya comenzado a construir su biografía lectora. ¿Se puede dar más en tan poco espacio?
Así pues, el que parecía el autor del absurdo se nos revela de súbito como el escritor del sentido. Y el libro que se nos venía presentando como una novela de terror deviene ahora en un relato de humor. Lo curioso es que todo ello, referido a La metamorfosis, es rigurosamente cierto. Más aún: tratándose de una novela fantástica, La metamorfosis es al mismo tiempo sorprendentemente realista. Tampoco es de extrañar, después de todas estas contradicciones, que sin dejar de ser uno de los relatos más sencillos de su siglo sea también el más complejo.
Personalmente, si tuviera que repasar las habitaciones en las que he vivido, no podría dejar de mencionar la de Gregorio Samsa. Y no se trata de una afirmación retórica. Es tal el grado de realidad exudado por ese espacio fantástico, que, tras cerrar el libro, permanece en la memoria como un acontecimiento que le hubiera sucedido al mismísimo lector. Uno, pues, ha sido Gregorio Samsa, y se ha despertado un día convertido en un monstruoso insecto. Uno recuerda la puerta de madera a través de la que intentaba comunicarse con su familia y no ha podido olvidar la mutación de su voz cuando intentaba tranquilizar a su madre, que le llamaba desde el otro lado. A veces, en la cama, evoco sin esfuerzo el instante en el que descubrí que, gracias a una sustancia pegajosa segregada por mis patas, podía trepar por las paredes y permanecer durante horas en el techo, boca abajo, encontrándome, pese a la postura, más a gusto que en el suelo.
La metamorfosis, en fin, se incorpora a la propia biografía con una facilidad sorprendente para tratarse de una historia disparatada: la de un hombre que se transforma en un insecto. Con el paso del tiempo, si uno conserva el grado de ingenuidad preciso para no convertirse en algo peor (un contribuyente, pongamos por caso), tiene que reconocer que lo que le sucede a Gregorio Samsa es bastante normal, aunque no seamos capaces de explicarlo.
Pero las sorpresas no terminan en esa constatación. Hace algunos años, cuando mis amigos de la facultad y yo mismo nos despertamos convertidos en unos contribuyentes adultos, dotados de cabeza, tórax y abdomen, coincidí en la calle con aquel compañero para el que La metamorfosis no pasaba de ser, frente al Ulises, una obra juvenil estimable. Comimos juntos y en algún momento le recordé su juicio sobre la obra de Kafka. Entonces me aseguró que había cambiado de opinión. Se trataba de una novela importante, desde luego, pero muy mal leída, por lo general.
—Todo el mundo —añadió— se identifica con el insecto. Prueba a leerla desde el punto de vista de los padres de Samsa, de su hermana, de su jefe, ya verás qué curioso.
Corrí a casa, busqué mi edición favorita y me puse a leer la novela de ese modo esperando encontrar algo que no había visto hasta entonces: quizá una original interpretación de la lucha de clases, una explicación económica de la angustia, una revelación teológica... Lo sorprendente es que contemplada desde la perspectiva que me había aconsejado mi amigo la novela era idéntica a como la había leído yo hasta el momento. Todos los personajes se transformaban en escarabajos, en fin, aunque en escarabajos de distintas familias. Es preciso tener en cuenta que hay más de 30.000 especies distintas de esta clase de insecto y que no todos están dotados de idénticos apéndices ni del mismo aparato respiratorio. Los hay ciegos, videntes, terrestres, acuáticos, grandes, pequeños, sociales, solitarios, calvos, hirsutos, crueles, pasivos, caníbales... De hecho, uno de los momentos más impresionantes de la novela es cuando, después de la muerte del insecto, los padres y la hermana de Gregorio salen a pasear liberados al fin de aquella carga, y el señor y la señora Samsa hablan, en el tranvía, de la posibilidad de mudar
