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En el año 2031, un robot sonda detecta rastros de actividad biológica en Encélado, una de las lunas de Saturno. Este sensacional descubrimiento demuestra que, en realidad, hay pruebas de vida extraterrestre. Quince años más tarde, una nave espacial construida a toda prisa emprende el largo viaje hacia el planeta anillado y su luna.
La tripulación internacional no solo se enfrenta a unos difíciles veintisiete meses; si la nave espacial consigue llegar a Encélado sin incidentes, debe usar una nave tuneladora para penetrar en la capa de hielo de kilómetros de espesor que sepulta a la luna. Si existe vida en realidad en Encélado, solo podría estar en el fondo del salado océano cubierto de hielo que fue formado hace billones de años.
Sin embargo, poco después del despegue, el desastre golpea la misión y las oportunidades de que la tripulación llegue a Encélado, y mucho menos que vuelva a casa, no parecen muy optimistas.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Parte 1: El camino
Parte 2: El objetivo
Nota Del Autor
Una visita guiada a Encélado
Glosario de acrónimos
Conversión del sistema métrico al anglosajón
Notas
La sala se quedó en silencio en anticipación. Todos los ojos en el Centro de Control estaban clavados en la mujer a la que todos llamaban MOM1. Su apodo, un acrónimo de su título más formal en inglés como «Directora de Misiones», derivaba de la etiqueta identificativa que alguien, en algún momento, había pegado como broma en su pantalla. Martin estaba sentado muy derecho para verla más allá de su monitor. Era casi tan mayor como su madre. Situada en su estación, MOM se ajustó los anticuados auriculares y habló con claridad por el micrófono, con una voz que revelaba signos de nerviosismo.
—Señal de la nave recibida. Esperando datos telemétricos.
No pasó nada durante varios segundos. Alguien hacía crujir una hoja de papel. El sonido de un nudillo restallando pudo oírse en la sala. Pasó medio minuto antes de que el silencio volviera a romperse, esta vez por la voz transmitida de un hombre con un inconfundible acento español.
—Carlos Fuentes, Equipo de Operaciones y Misiones, Red del Espacio Profundo.
La transmisión era tan chirriante como si estuviera llamando desde Marte. Sin embargo, Martin sabía que Fuentes se encontraba en Madrid, sentado delante de un monitor similar a los que tenían allí en la NASA.
—¿Qué tenéis para mí? —preguntó Fuentes.
MOM casi susurró:
—Longitud de símbolo correcta. —El micrófono de sus auriculares cerca de su boca. Había tanto silencio que pudo oírse cada palabra.
Por el modo en que lo había dicho, no quedaba claro si era una pregunta o una afirmación. Ella miraba fijamente y con expectación su propia pantalla como si pudiera ver algo allí. La liberadora respuesta, sin embargo, tendría que llegarle de Fuentes a través de los auriculares, ya que él era el primer humano del planeta en ver los datos que llegaban de la Red del Espacio Profundo.
—Longitud de símbolo correcta —respondió él.
MOM sonreía cuando repitió en voz alta lo que Fuentes había dicho.
—Longitud de símbolo correcta.
Era fácil ver que estaba contenta porque el sonido de su voz había ido subiendo con cada palabra pronunciada. Lo había dicho mucho más alto a todos los presentes en el Centro de Control, incluso a Martin, a pesar de que él era la persona menos importante allí.
La tranquila y silenciosa voz del hombre sentado junto a MOM anunció:
—Los datos están llegando.
Había tocado el teclado de su ordenador y abrió un programa que ahora mostraba los datos, codificados en formato hexadecimal, que cruzaban la pantalla de arriba abajo. AE00020F, A02F2F00… Reconfortante magia numérica. Nadie podía interpretar aquellos valores sin la ayuda de un ordenador, ni siquiera Martin.
De repente, MOM habló con un tono fuerte y triunfante.
—Confirmado. Estamos recibiendo datos telemétricos.
Aquella era la señal que todo el mundo en el Centro de Control estaba esperando. Todo el mundo se levantó de un salto, vitoreando y aplaudiendo. Martin participó, aplaudiendo mientras las comisuras de su boca ascendían para formar una sonrisa. Había aprendido a comportarse en aquellas situaciones.
—Sistemas, tan pronto como tengáis datos suficientes, voy a necesitar informes de estado —dijo MOM.
El aplauso se desvaneció. De inmediato, el traqueteo de rutina volvió, llenando la sala.
—MOM, RF está informando.
—RF, por favor, informen.
—RF informa transmisión de energía normal, telemetría normal, sistemas de radio normal.
—Confirmado, RF, todo normal.
RF era el sistema de radio del satélite.
—MOM, ELF-AI está informando.
Martin reconoció al instante la voz que salía de los altavoces. Era la de un hombre localizado varios despachos más allá, bajando por el pasillo. Era el responsable de IA, la inteligencia artificial. Él también sonaba como si estuviera llamando desde Marte.
—Adelante, ELF.
—Me alegra informar que ELF-AI no muestra ninguna alteración. Ninguno de los programas de emergencia se ha activado.
«Podría haber dicho eso con menos palabras», pensó Martin. »¡Qué poco eficiente!» MOM arrugó la frente, como si hubiera oído sus pensamientos.
—MOM, C&DH al habla.
—Adelante, C&DH.
La voz vibraba nerviosa. Martin también la conocía. Era la de un programador que debía llevar en la NASA muchísimo tiempo ya que había conseguido el puesto de Director de Sistemas para el Manejo de Datos y Comandos. Ese hombre no parecía disfrutar de una actuación pública. Sabía que todo lo que estaba pasando allí estaba siendo retransmitido en directo por internet.
—C&DH informando de estado normal. Todos los punteros SSR están donde deberían estar, lo cual significa que estamos recibiendo exactamente los datos que esperábamos.
Bajo circunstancias normales, esa explicación habría sido innecesaria. Todo el mundo en la sala sabía cómo se determinaba el estado normal de un subsistema de satélites. Martin había ayudado a depurar el software para el Rastreador SSR que monitorizaba el estado de los dos grabadores independientes de estado sólido, o SSRs, en la sonda espacial.
—Confirmando datos como se esperaban.
—MOM, GNC para ELF al habla.
—Sí, GNC, adelante.
—Hardware completo y funcional, todos los sistemas de guía normales, todos los propulsores registrados.
—Excelente, GNC.
El Sistema de Guía, Navegación y Control estaba funcionando, así que la sonda era capaz de dirigirse a su objetivo.
—MOM, Propulsión tiene un informe de estado.
—Adelante, Propulsión.
—Todos los sistemas de propulsión normales. Presión del tanque como se esperaba: 326.5. Podemos continuar. Encélado nos espera.
—Confirmado. Gracias, Prop.
MOM mostró una profunda sonrisa de contento. La sonda —su sonda— había llegado muy lejos. Martin todavía era un colegial cuando fue inicialmente lanzada. MOM debía haber estado esperando este momento desde entonces.
—MOM, Energía en ELF-1 al habla.
MOM cuadró sus hombros.
—Sí, MOM al habla.
—Todos los datos de las fuentes de alimentación nominales. RTG está proporcionando la energía necesaria.
Martin se acordó de las protestas de los ecologistas antes del lanzamiento. El Generador Termoeléctrico de Radioisótopos, o RTG, contenía una gran cantidad de plutonio radioactivo. Si algo hubiera ido mal durante el lanzamiento… Pero había sido una necesidad absoluta porque los paneles solares no recibían suficiente energía del sol como para que la sonda recorriera una distancia tan larga.
—Gracias, Energía.
—MOM, entrando.
—¿Sí?
—Térmico informando de valores normales. Todas las temperaturas están en verde.
«Siete subsistemas». Martin había ido contándolos físicamente, como se dio cuenta en ese mismo instante. Se miró los dedos. A excepción de tres en su mano izquierda, todos estaban estirados.
—IP al habla. ¿Me recibís?
MOM levantó la voz para el Investigador Principal.
—IP, tenemos una nave saludable. Los datos van llegando. Menos 20 para llegar a Saturno. Gente, está será nuestra primera visita a Saturno en veintisiete años. Directora de Misiones, cambio y corto. Al menos por hoy. Y gracias a todos.
MOM estaba visiblemente emocionada, como le correspondía a una madre.
* * *
A la mañana siguiente, la madre de Martin le llamó. Le había parecido verlo un instante en las noticias de una cadena de televisión alemana. Todo el mundo había seguido con ansiedad el lanzamiento de la sonda ELF a Saturno. La NASA, la ESA, y la JAXA habían prometido imágenes impresionantes tras la llegada de la sonda al anillado planeta en 2031. En ese momento, nadie anticipaba los sensacionales descubrimientos que cambiarían radicalmente las creencias de la humanidad y que, con el tiempo, obligarían a Martin a meterse en una sombría y maloliente lata para recorrer a una velocidad aterradora el lugar más inhóspito de todos: el espacio.
Pero, para eso, todavía le quedaba un largo camino por delante.
La rueda de prensa comenzó con unas breves palabras introductorias por parte del físico Stephen Hawking, quien había muerto quince años atrás. Los organizadores habían usado una colección de los escritos de Hawking para entrenar a un IA, de modo que expresara el mismo entusiasmo que el famoso y respetado investigador habría utilizado para referirse a este proyecto.
De algún modo, Time se había enterado del evento por adelantado. Su noticia de portada prometía que la NASA y la ESA iban a anunciar algo que causaría sensación en las próximas semanas. Los periodistas debían haber oído a los científicos charlando en los servicios. «Vida en el espacio. No estamos solos», proclamaba la revista en grandes letras en negrita. Sin embargo, el titular era demasiado bueno como para ser verdad. El artículo solo podía insinuar lo que había tras la invitación a una rueda de prensa en un auditorio del MIT, invitación enviada conjuntamente por las revistas científicas Nature y Science. Martin veía la transmisión con retraso y un botón de pausa porque quería escuchar a su propio ritmo.
Tras la seudo charla de Hawking, las dos jefas de redacción de dichas publicaciones simularon un diálogo que, en realidad, no estaba dirigido a los científicos presentes, sino a un público mundial. La editora de Nature, quien parecía ser unos veinte años mayor que su colega de Science, tenía una rata de laboratorio que sentada tranquilamente sobre su hombro.
—¿Qué es la vida? —preguntó, mirando primero al público y luego a su colega—. ¿Está viva esta dulce criatura que tengo aquí? —continuó diciendo, cogiendo a la rata de su hombro para acariciarla.
—Sí, lo está. Lo pueden ver ustedes mismos —dijo la editora de Science, metiendo la mano en su bata de laboratorio. Martin pensaba que sus atuendos eran ridículos. «Las jefas de redacción no trabajan en laboratorios, sino en despachos.»—. Y esta preciosa esmeralda —dijo la mujer de Science mientras sostenía en alto un brillante cristal verde de un tamaño impresionante—, ¿está viva?
—¡Pues no!
La editora de Nature ni siquiera la miró, sino que se dirigió al público como para pedir confirmación.
La otra mujer levantó las cejas.
—Aah, pero creció por medios naturales a partir del germen de un cristal. No en la naturaleza, sino en un laboratorio. Claro que, probablemente, tu rata tampoco nació en las alcantarillas. Y aunque mi piedra creció y prosperó, también creó orden, y así aumentó el desorden o entropía en su ambiente. Esos son los rasgos de la vida, ¿verdad?
—Y ese es el problema con la definición de vida —explicó la editora de Nature—. Si la ves en acción, piensas que puedes reconocerla inmediatamente, ya que tienes una idea de qué aspecto debería tener.
—Eso es. Debería parecerse a ti —respondió la joven editora de Science.
Martin pensaba que todo el espectáculo se estaba volviendo bastante tonto. Aun así, él sabía que la ciencia necesitaba dinero —mucho dinero— y los políticos solo aprobaban grandes becas cuando el electorado le daba la bienvenida a la investigación.
—Imagínate una civilización robot —volvió a hablar la editora de Nature—. Hay suficientes ejemplos en la ciencia ficción. Si los extraterrestres enviaran una nave a la Tierra y observaran un coche, ¿qué considerarían como algo vivo? ¿El vehículo? ¿El conductor? ¿Sería tan disparatado pensar en su escrutinio que la Tierra estuviera dominada por una civilización de coches inteligentes que hubieran construido unidades orgánicas para ocuparse de su reproducción?
Su colega de Science se encogió de hombros pero no dijo nada.
—Bien, solo quería demostrarles los problemas a los que se han ido enfrentando nuestros investigadores… y a los que se siguen enfrentando. Por favor, consideren sus resultados en el contexto adecuado. La doctora Danielle Shriver de la Universidad de Harvard nos explicará algo ahora. No estamos del todo seguras de lo que Elf ha encontrado.
La doctora Shriver ocupó su lugar delante del público, comenzando por ajustarse las gafas. Se podía advertir que le molestaba la actuación preparada, pero de todos modos les siguió el juego por pura necesidad. Comenzó su presentación con el momento en que la sonda ELF —el Buscador de Vida en Encélado, aclaró— había enviado sus primeros datos. Explicó qué instrumentos habían medido qué formas moleculares y en qué concentración; cómo el ECDA, o Analizador Mejorado de Polvo Cósmico, había detectado compuestos de hidrocarburo en los chorros géiser; y cómo un instrumento especial en la sonda había identificado lípidos a menos de un metro por debajo de la superficie de hielo. Demostró qué indicadores de aminoácidos habían sido hallados por el espectrómetro de masa y el detector de fluorescencia. Pero lo más importante de todo fue que la doctora Shriver describió cómo el equipo había llegado a la conclusión, a través de específicas simulaciones por ordenador, que estas sustancias eran, con toda probabilidad, resultado de procesos biológicos. Lo cual significaba que no habían sido provocadas por fuerzas aleatorias, sino por un proceso consistente hacia la obtención de más orden, la misma antítesis de la destrucción y el deterioro.
—Por esta razón, creo que puedo corregir a la anterior oradora en un aspecto. Hemos encontrado signos definitivos de vida. La sonda ha detectado los derivados de la digestión de vuestra rata espacial. ¡Ahora solo tenemos que capturar al bichito!
La doctora Shriver soltó la hoja de papel de la que había estado fingiendo leer, volvió a subirse las gafas, y parpadeó ante los miembros del público mientras le dedicaban un merecido aplauso. Un escalofrío recorrió la espalda de Martin cuando oyó eso y vio lo que estaba manuscrito en la pared. «Algún día, alguien tendrá que viajar 1,2 billones de kilómetros, cruzar medio sistema solar, y explorar Encélado», pensó. En ese momento, si alguien hubiera predicho que él formaría parte de esa tripulación, simplemente les habría dedicado una sonrisa de lástima y habría dicho que les faltaba un tornillo.
El mundo había cambiado para siempre tras ese anuncio. No todo el mundo reaccionó del mismo modo ante la certeza de vida desarrollándose en otro lugar. La mayor parte del público estaba entusiasmado con ese nuevo descubrimiento, y la cultura popular de la época reflejaba ese entusiasmo de diversas maneras. Coca-Cola cambió la forma de su clásica botella de cristal. Los documentales describían lo que los científicos habían hallado… o lo que los productores y periodistas pensaban que tenían que mostrar para ganarse la atención del público. Los estudiantes se lanzaban a estudiar la carrera de biología. La NASA recibió un increíble número de solicitudes para entrar a formar parte del entrenamiento como astronauta. Incluso los militares se beneficiaron, ya que muchos creían que los pilotos de combate tenían mayores oportunidades de ser aceptados para una misión espacial.
Las agencias espaciales de todo el mundo permanecieron sorprendentemente calmadas. Se suponía que la NASA, la ESA, y la JAXA no habían planeado misiones tripuladas, ni estaban pensando hacerlo. Nadie esperaba mucho de los rusos, quienes habían estado crónicamente faltos de fondos desde su anexión de Ucrania y, como resultado, habían sido excluidos durante una década de la economía mundial. Ni siquiera los chinos, quienes invertían ingentes cantidades de dinero en proyectos de prestigio, presentaron planes para una visita a las formas de vida en Encélado. Martin y muchos entusiastas del espacio como él se quedaron, inicial y profundamente, decepcionados; pero, a posteriori, esa reticencia resultó ser una inteligente estrategia.
Al principio, compañías espaciales privadas aprovecharon la oportunidad creada por la reticencia de las agencias gubernamentales. Resultó así que cada compañía principal ya había desarrollado planes para una expedición al espacio profundo. SpaceX que, en principio, tenía que haber llegado a Marte con cien astronautas hacía mucho tiempo, sugirió convertir la nave espacial destinada para esa misión —construida ya en un noventa por ciento— para una tripulación más pequeña, pero para un viaje significativamente más largo. Blue Origin desempolvó TransHab, un viejo proyecto de la NASA, y planeó lanzarlo al espacio con su cohete de tres etapas New Glenn. El emprendedor malayo Amirul bin Yusof, quien durante los últimos quince años había comprado un grupo de grandes corporaciones para crear su imperio económico (entre ellos el ex líder aeronáutico Boeing), prometió investigar la naturaleza de la vida en Encélado usando una tripulación exclusivamente asiática.
Tras varias semanas de enorme entusiasmo, las primeras voces críticas comenzaron a escucharse. Los medios de comunicación, cuyos documentales y noticias habían experimentado un descenso en sus niveles de audiencia, y cuyo público estaba desesperado por algo nuevo, concedieron a esos críticos mucho tiempo en antena. De repente, los biólogos se veían confrontados con presentadores de programas de debate, quienes les disparaban preguntas incisivas que podrían ser improbables a nivel científico, pero que eran comprendidas por la gente de a pie. ¿No podría esta nueva forma de vida suponer un peligro para todos nosotros? ¿No sería una célula que sobrevivió a temperaturas de ciento ochenta grados bajo cero muy superior que las frágiles y débiles formas de vida de la Tierra? ¿Podría ser que hubiera un gigante dormido en esta luna de Saturno y que despertara por una visita… con consecuencias impredecibles para la Humanidad?
La gente preocupada es agradecida si el Estado se ocupa de sus problemas, no obstante, a menudo desconfía de los emprendedores que podrían no estar trabajando en favor de los intereses de una nación o de la Tierra. A Martin le parecía que las agencias espaciales habían estado esperando ese momento. En un evento compartido en Pekín, presentaron los planes de China, Europa, Japón, India y los Estados Unidos al mundo, y al final incluso a un invitado especial. Se trataba del líder de la agencia espacial rusa, Roscosmos, quien anunció que estarían encantados de apoyarlos y muy contentos por volver a la escena internacional.
El corto periodo de preparación no había sido suficiente para desarrollar planes específicos. Sin embargo, las agencias estatales presentaron un conjunto de reglas detalladas para prevenir cualquier contaminación de la Tierra, e insistieron para que los viajeros espaciales implicados no tuvieran que estar internados en Marte durante el resto de sus vidas, a pesar de que un grupo de congresistas lo había exigido. Esos mismos gobernantes también tenían un acuerdo elaborado sobre el reparto de costes y recursos, por no hablar de la gloria, para que ninguna nación ganase más prestigio que las demás.
Más tarde, los expertos trabajarían para preparar un concepto de misión. Por primera vez en la historia de la Humanidad, prometieron que el dinero no sería un problema… siempre y cuando la misión no se llevara más de ochenta, o quizás cien, billones de dólares. Las corporaciones espaciales privadas pronto se dieron cuenta de que su papel en esa empresa sería la de proveedores de servicios pagados.
Después de todo, todavía no habían presentado un concepto del todo convincente. Para llevar a cabo un viaje a Saturno, una nave espacial tardaría aproximadamente seis veces más de lo requerido para realizarlo a Marte. En vez de los ciento veinte días de tiempo de vuelo que Elon Musk, el líder de SpaceX, había planeado para su nave Heart of Gold1, la nave a Saturno necesitaría dos años solo para llegar allí. La gravedad cero y la radiación cósmica convertirían esa travesía en una misión suicida para los astronautas. Los viajeros del espacio que volvieran a la Tierra como una masa pulposa de huesos, o como nada en absoluto, no podrían cantar las alabanzas de sus jefes en los programas de debates. Ninguno de los países implicados quería eso.
Al final, una compañía privada especializada en construir accesorios para satélites bajo demanda, tuvo éxito encontrando una solución. Princeton Satellite Systems, una sucursal de la universidad del mismo nombre, había desarrollado el Reactor de Fusión Directa (DFD) usando solo un pequeño presupuesto. El sistema de impulsión estaba basado en la fusión nuclear de helio-3 e hidrógeno pesado (deuterio). Esta reacción no producía neutrones, los cuales habrían convertido el reactor en material radiactivo antes o después. En vez de eso, producía protones cargados eléctricamente e iones de helio que podían ser derivados hacia el propulsor usando campos magnéticos, propulsando de ese modo la nave espacial. Al mismo tiempo, esto también generaría electricidad; los investigadores de Princeton Satellite Systems estimaban que unos dos megavatios de un total de diez megavatios de salida del motor.
El hecho de que esto solo fuera una estimación, en principio, preocupaba a los líderes del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, porque el sistema DFD nunca había sido testado en el espacio. Princeton Satellite System había creado una maqueta a escala 1:1 en un laboratorio y lo había arrancado con éxito, confirmando aproximadamente las proyecciones. Sin embargo, el DFD todavía no había sido usado como motor en una nave espacial. No había habido necesidad de hacerlo por ahora; en un viaje a Marte, el tiempo de vuelo era soportable incluso con motores convencionales, y las misiones hacia objetivos más lejanos siempre habían sido realizadas sin tripulación, así que la velocidad no era tan importante.
Martin había sido en parte responsable del primer test del DFD y había señalado veintisiete errores en el software de control al ingeniero jefe de Princeton Satellite Systems. El ingeniero japonés, Hayato Masukoshi, estaba avergonzadísimo por ese descubrimiento y presentó su dimisión inmediata ante el director ejecutivo. Para sorpresa del ingeniero, sin embargo, no se la aceptaron y, además, le ordenaron que probara el DFD en la ingravidez del espacio junto con «ese empollón del JPL». Algún tiempo después, Hayato le contó a Martin que así fue como se lo había descrito el director ejecutivo.
Martin siempre había pensado que él controlaba su vida. «Si hubiera sabido que un poco de resolución de problemas me condenaría a las profundidades del espacio, ¿se me habría ocurrido pasar por alto esos errores? Unos cuantos fallos de memoria por aquí, una condición ilógica por allá… “Eso nunca mató a nadie”, como diría su madre». La realidad, sin embargo, era bien distinta ya que un importante número de personas había muerto por tales errores, ya que se había permitido que las entidades de software actuaran de modo independiente en áreas críticas. Los robots autónomos de la India, por ejemplo, habían provocado una masacre en un templo hindú durante la Guerra de Cachemira. Más tarde, ese suceso había llevado oficialmente a un fallo en la depuración de la memoria intermedia en las IA. A estas alturas, el análisis de ese código fuente se había convertido en lectura obligada para los alumnos de ciencias informáticas. No, era lógico que Martin se encontrara allí hoy, aun cuando, al echar la vista atrás, él nunca lo hubiera visto venir.
Por supuesto, por aquel entonces no había sido coincidencia que su jefe les hubiera enviado a él y a Hayato a Tiangong-4. En ese momento, a Martin se le consideraba como un héroe secreto en su departamento. Eso hacía que se sintiera incómodo, pero ya no podía evitarlo. Él pensaba que todo lo que había hecho era sentarse y pulsar la tecla correcta en el instante adecuado.
Naturalmente Martin había luchado con uñas y dientes contra esta tarea en el espacio exterior.
—Después de todo, sería suficiente si los japoneses volaran al espacio —argumentó.
Martin creía que él sería mucho más capaz de analizar los datos generados por una prueba del motor mientras estaba sentado cómodamente allí en su despacho, pero su jefe no cedió.
—Ni siquiera he pasado por un entrenamiento básico como astronauta —razonó. Cuando sacó ese tema, su jefe sonrió mientras metía una mano en un cajón y sacaba un folleto, tamaño carta, diseñado en elegante azul.
La aventura de tu vida, leyó Martin después de que su superior le hubiera tendido en silencio aquella carpeta.
—Blue Origin te llevará al borde del espacio en un viaje de ida y vuelta.
Martin había cometido el error de leer el folleto antes de irse a dormir. El delgado panfleto anunciaba viajes espaciales en las cápsulas propiedad del billonario del comercio online Jeff Bezos. Parecían elegantes, y los pasajeros llevaban trajes de material azul ceñidos al cuerpo mientras sonreían a la cámara. El entrenamiento, decía el folleto, era completamente innecesario. Debías pasar dos días aprendiendo las técnicas para llevar a cabo el lanzamiento, el aterrizaje, y procedimientos de seguridad, y luego podías ir al espacio. «Ojalá hubiera investigado de antemano quién estaba intentando participar en el proyecto Encélado», reflexionó Martin. Parecía que Bezos había reservado dos de sus naves espaciales para vuelos de transporte. Tras un auge en los 2020s, el turismo espacial ya no era tan popular como Bezos había esperado.
Martin se imaginaba levantándose despacio de su asiento tras el lanzamiento, flotar con cuidado hacia la amplia ventana de observación, y entonces… vomitar todo el contenido de su estómago. Sus compañeros pasajeros se alejarían de él, parcialmente asqueados, en parte divertidos, y él sería incapaz de sacudirse el vértigo durante todo lo que durase el vuelo. Incluso la mera idea hacía que se le encogieran las entrañas.
La realidad, cuando llegó, resultó ser mucho peor… y mucho mejor. No tuvo que vomitar, puesto que su sistema digestivo eligió otro puerto de salida. Se había concentrado en su tarea durante veinte horas, durante toda la duración del viaje. Todo el tiempo intentó evitar mirar el abismo que se extendía junto a él, debajo de él, detrás de él, y por encima de él. No siempre tuvo éxito, pero cuando empezó a tambalearse Hayato le cogió de la mano. La mayor parte del tiempo, sin embargo, la estrategia de Martin funcionó. Se había sentido mejor cuando se conectó con una correa de sujeción a la consola de control externo del Reactor de Fusión Directa y se metió a gatas dentro de un tubo cerrado de dos metros de longitud que hedía a aceite. Entonces había estado en su elemento. El motor respondía a sus órdenes. No tuvo problemas para adaptar las secuencias de lanzamiento a la supuesta gravedad cero. El problema que los programadores no habían podido resolver en la Tierra era que los líquidos se movían de un modo diferente allí arriba a como lo hacían bajo la influencia de la gravedad de la Tierra. Eso podía ser simulado y calculado, por supuesto, y el ingeniero japonés había tenido éxito haciendo. No obstante, alguien tenía que adaptar los resultados conseguidos por este método a la realidad.
—Eso fue todo —había dicho Hayato finalmente. Solo entonces Martin se dio cuenta de que acababa de pasar dos horas consecutivas en el espacio sin marearse. No había podido quitarse el pañal para adultos que todavía llevaba desde el lanzamiento, y ahora estaba empezando a irritarle. Durante el aterrizaje, sin embargo, se alegro de seguir llevándolo puesto.
—Buen viaje. Nos vemos la próxima vez —dijo el japonés, despidiéndose de él.
Martin sacudió la cabeza.
—Nadie conseguirá volver a meterme en una de esas cosas otra vez —afirmó—. Pero ha sido interesante conocerte. Tenemos que hablar alguna vez sobre los algoritmos para la simulación termodinámica de fluidos. ¡Resolviste eso muy elegantemente!
El ingeniero japonés le dedicó una sonrisa inescrutable y se marchó.
La tarea más importante del proyecto Encélado era encontrar la prueba definitiva para la existencia de la vida. Para hacerlo, los astronautas debían encontrar vida con las manos en la masa, lo cual solo se esperaría en el salado océano que se encontraba debajo de una cubierta de hielo de varios kilómetros de grosor. ¿Cómo podía cavarse un agujero tan profundo con los recursos limitados de una expedición interplanetaria, formada por una tripulación de no más de seis miembros, y sin taladros de perforación gigantes?
Los europeos tenían la más extensa experiencia con tales intentos de perforación. Habían alcanzado una profundidad de diez metros en Marte durante su infructuosa misión para encontrar rastros de vida allí. Pero no se podía aprender mucho de eso. En Encélado se esperaba que las temperaturas llegaran a los ciento ochenta grados bajo cero. El hielo sería tan duro como el acero y los taladros de metal se volverían quebradizos.
A los ingenieros de la NASA se les ocurrieron varias ideas. Consideraron, por ejemplo, hacer que una nave espacial aterrizara verticalmente en la luna para que el calor de sus motores abriera un agujero en el hielo. Los motores de fusión de diez megavatios se verían definitivamente implicados en esto. Un prototipo DFD no volador fue llevado a un glaciar en Alaska para probar aquel método. La energía resultó ser suficiente para realizar un agujero considerable, pero el chorro de aire caliente no podía concentrarse lo suficiente. Conforme se hacía más profundo, el agujero se volvía más y más ancho. No formaba un cilindro, como habían planeado, sino un cono con la punta hacia abajo. Los ingenieros extrapolaron que el agujero debería tener más de un kilómetro de ancho para alcanzar una profundidad de cinco kilómetros. ¿Y cómo podrían mantener el motor del cohete centrado mientras el cono se ensanchaba? La razón para que esta idea fuera rechazada al final fue una muy diferente, sin embargo. Resultó que el agua derretida se volvía más contaminada por la radiactividad de lo que esperaban, lo cual no era bueno para la mayoría de formas de vida. Sin embargo, el experimento había demostrado que el calor era mejor herramienta que una taladradora mecánica en lo que concernía a la penetración del hielo.
¿Cómo podían calentar un aparato durante un periodo de tiempo suficiente? Pronto quedaría claro que añadir energía una vez —como llenar una botella de agua caliente— nunca sería bastante, a menos que alguien detonara una bomba atómica o, aún mejor, una bomba de hidrógeno. Esto significaba que la taladradora tenía que llevar su propia fuente de calor. La exploración espacial había usado un método fiable, aunque no particularmente popular, para acceder a una fuente inagotable de calor: la energía en descomposición de los materiales radiactivos. Los ingenieros rebuscaron en su arsenal. Incluso la sonda Cassini que había encontrado los primeros indicios de vida en Encélado allá por 2015 había contenido un RTG, o Generador Termoeléctrico de Radioisótopos, que generaba electricidad a través de la descomposición del plutonio-238. El Buscador de vida en Encélado usaba la misma tecnología demostrada dieciséis años más tarde.
Por desgracia, las matemáticas pusieron trabas al proyecto de los investigadores de la NASA. ¿Cuánta energía se necesitaba para calentar un cilindro de hielo de cinco kilómetros de profundidad, y casi dos metros de diámetro hasta el punto de fusión, y luego derretirlo del todo? La corteza de Encélado bien podría estar hecha de hierro porque no habría supuesto que la tarea fuera más complicada de lo que ya era. En el mejor de los casos, les mostraba alcanzando una profundidad de cinco kilómetros en doscientos días. Para conseguirlo, el vehículo taladrador tendría que llevar, aproximadamente, una tonelada y media de plutonio. Para la sonda Cassini, unos veinte kilos del material altamente radiactivo habían sido suficientes. El factor decisivo resultó ser el dinero. Un kilo de plutonio-238 costaba unos diez millones de dólares, con lo que una tonelada y media costaría quince billones de dólares y, así, devorarían una gran parte del presupuesto, por no mencionar el hecho de que no había tanto plutonio disponible en todo el mundo.
El espíritu nórdico que guía a los caídos con honor al Valhala resolvió el problema: Valkyrie, el tunelador de hielo propiedad de la compañía del sector privado Stone Aerospace. El aparato ya había sido probado con éxito en la Antártida, aunque solo usando una versión sin tripulantes que medía unos treinta centímetros de diámetro. La compañía tenía la seguridad de que podrían usar su diseño para un modelo con un diámetro de dos metros, y eso fue incentivo suficiente para que la NASA financiara el proyecto. Valkyrie no necesitaba una fuente de calor a bordo, ya que recibía toda su energía del exterior por medio de un cable de fibra óptica conectado a un poderoso láser. El cable en sí debía de tener menos de un milímetro de grosor. Servía como un cordón umbilical que proporcionaba a la tuneladora la energía necesaria, y también permitía la transmisión de datos. La cobertura estaba limitada solo por la longitud del cable de fibra óptica que llevaban a bordo. Los especialistas de la NASA habían exigido cien kilómetros y, a la luz de los cientos de millones ofrecidos, Stone Aerospace había aceptado encantada cualquier petición. Sin embargo, se suponía que la agencia espacial debía ser la responsable de buscar una fuente de energía que proporcionara varios megavatios de energía al láser mientras el vehículo estuviera en Encélado. Al principio, los especialistas de la NASA consideraron, con algunas dudas, un pequeño reactor nuclear, pero entonces el motor de fusión solucionó ese problema.
De todos modos, hasta el 2038 no conseguieron que el primer gran Valkyrie estuviera operativo. Nadie parecía tener tiempo para inventarse un nuevo nombre, así que el viejo se mantuvo.
La prueba inicial fracasó de modo grandioso. En junio de 2038, un equipo de técnicos probaron esta versión en un glaciar de Alaska que el gobierno estadounidense había excluido de su estado como parque nacional para este propósito en particular. El vehículo tunelador fue transportado en un barco carguero y, luego, llevado por aire al glaciar en un gran helicóptero. No obstante, mientras los técnicos intentaban desenganchar el cable de soporte del helicóptero, Valkyrie comenzó a deslizarse. Aquello era un ejemplo perfecto de planificación defectuosa abocada al desastre. Nadie había considerado que un tubo gigante de acero podría empezar a moverse de manera no deseada sobre terreno desnivelado, por lo que el helicóptero se vio obligado a llevar la tuneladora de vuelta al carguero.
Después, los técnicos necesitaron una semana más para nivelar la zona inicial y construir unos andamios. Los ingenieros habían olvidado de algún modo que Valkyriedebía ser colocado en posición vertical para perforar el hielo. Simplemente, habían mejorado el modelo en miniatura que podía ser sostenido en pie por dos hombres, y fabricaron una variante más grande. A pesar de todo eso, el director de la compañía, Stone Jr., hijo del fundador de la misma y famoso por ser un auténtico cabrón, no despidió a ninguno de sus empleados.
El segundo intento empezó dos semanas más tarde. La NASA lo retransmitió en directo en su página web. Martin lo recordó durante mucho tiempo después porque el resultado había sido típico en cierto modo. El helicóptero llevó una vez más al Valkyrieal lugar y lo colocó en su andamio. Se suponía que el vehículo perforador tenía que realizar una prueba sin tripulación primero. Un IA fue entrenado para manejarlo, usando el modelo en miniatura como práctica. El mismísimo director de la compañía insistió en activar el generador y encender el láser al que alimentaba. Una fracción de una fracción de segundo más tarde, la luz alcanzó el Valkyriepor medio del cable de fibra óptica. Realizaba dos funciones al mismo tiempo. Calentaba una placa de metal para derretir el hielo cerca de la cabeza de la taladradora, y generaba electricidad por medio de fotocélulas para alimentar las bombas que bombeaban el agua caliente contra el hielo debajo del Valkyrie, creando así un agujero.
Los técnicos eran optimistas y parecían haber pensado en todo. De hecho, el vehículo perforador empezó a moverse como estaba planeado y el público aplaudió. El director Stone fue lo bastante cauto como para no unirse a los vítores todavía. El cilindro del cual el prototipo del cable de fibra óptica se rebobinaba iba girando despacio. No tenían prisa. Esta solo era la primera prueba de la nueva versión. Habría muchas más, durante las cuales también podrían aumentar la velocidad.
Toda la tripulación aguardaba expectante. Un profundo ruido sordo pudo oirse, mezclado con un siseo constante. El agujero excavado por el Valkyriesolo era unos centímetros más grande que el mismo vehículo. Todo parecía perfecto. Sin embargo, tras exactamente siete minutos y diez segundos, se detuvo.
—Mierda —dijo Stone. Su rostro se enrojeció, pero no pronunció ni una palabra más. Los técnicos parecían avergonzados. Uno de ellos apoyó una oreja en el hielo.
—¡Silencio! —ladró Stone.
Los sensores informaban que Valkyriese había quedado atascado a una profundidad de ochenta y siete metros. De repente, agudas señales de alarma sonaron desde el panel de control, como si la inteligencia artificial hubiera necesitado tiempo para pensarlo.
—¡Apagadlo! ¿Qué ha pasado?
Tres de los especialistas intentaron responder la pregunta de Stone al mismo tiempo.
—Los chorros de agua caliente están atascados con porquería. —El diagnóstico era demasiado obvio—. Lo siento, quiero decir que están bloqueados con sedimentos.
—¿Lo decís en serio? —La mirada furiosa de Stone parecía intentar quemar el glaciar sin usar el Valkyrie. No sonó a pregunta, sino más bien a amenaza. Todos ellos debían haberse dado cuenta de que el vehículo tunelador no iba a atravesar hielo de laboratorio, sino un glaciar crecido de modo natural. El viento y el clima depositaban arena fina y otras pequeñas partículas en él, y los depósitos se hundían gradualmente en el hielo polar. No solo lo sospechaban, sino que lo sabían. Los depósitos debían haber atascado los chorros de agua caliente mucho más rápido de lo esperado, convirtiéndolos en inoperables.
—Ya se lo dije —exclamó uno de los técnicos, y luego se tapó la boca con rapidez cuando los otros le miraron con rabia.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Stone, colocándose enfurecido delante de él.
—Es un problema de escala. Simplemente aumentamos la escala de todo. Pensamos que las pequeñas partículas podrían ser peligrosas para el modelo en miniatura, pero solo los trozos grandes serían un problema para el Valkyrie.
—¿No simulasteis eso? ¿Por qué no se me ha informado de nada de esto?
—Señor, le enviamos una descripción del tema a su correo el… —navegó por su tableta—, el diez de julio.
Stone guardó silencio, se dio la vuelta, y se rascó la cabeza. Se estaba enfrentando a un problema real: el prototipo del Valkyrieestaba perdido. ¿Cómo se suponía que iban a recuperar un tubo de metal que pesaba varias toneladas de un agujero que se congelaba gradualmente y que estaba a ochenta y siete metros de profundidad? El cable de fibra óptica para el láser era demasiado delgado como para poder usarlo para tirar del Valkyriehacia arriba por el cogote.
El director no dijo nada más. No le habló a nadie y bajó por el glaciar, pasando junto al andamio del Valkyrie. Ocho horas más tarde pudo verse un helicóptero despegar del barco carguero y recoger a una sola persona en la costa.
Stone Aerospace prometió construir un nuevo Valkyrietan pronto como fuera posible pagándolo de su propio bolsillo, usando el diseño exacto del antiguo. En realidad, el Valkyrietenía todo el equipo necesario para contrarrestar el atasco, pero el software de control no había iniciado esas medidas a tiempo, ya que había sido innecesario en la versión en miniatura. Como la NASA confiaba en este contratista privado gracias a su descaro y a su talento para la improvisación, pero no en su habilidad para programar un IA tolerante a los errores, enviaron a Martin en viaje oficial. Al principio se sintió incluso feliz por ello. Por el momento todavía era capaz de suprimir el pensamiento de que un día tendría que situarse sobre el hielo de la Antártida.
El frío le estaba matando. Martin echó una mirada hacia atrás y pudo divisar el lugar donde se hallaba la estación. La otra persona que iba con él, el cocinero de la estación, se quedaría sorprendido si de repente echara a correr en la dirección equivocada, pero aquel era el único modo de sobrevivir. Pequeños dardos de hielo se clavaban en las pocas áreas desprotegidas de su piel, aun cuando ese día no hacía viento y el cocinero había alabado el cálido clima de aquella mañana. Martin se sentía como un faquir plantando su rostro sobre brasas ardientes. No conseguía saber si era el frío o el calor lo que le estaba torturando y no le importaba: estaba seguro de que iba a morir de todos modos.
El cocinero caminaba ahora delante de él. Durante la cena se había presentado como Tadeusz, aunque Martin se había olvidado de su apellido. También era uno de los científicos líderes de la Estación Antártida Polaca. En la región polar nadie tenía solo un trabajo. Justo cuando Martin estaba a punto de huir del infierno helado que le rodeaba, el hombre se giró en redondo y le habló en inglés. Martin no pudo entender lo que había dicho y solo se encogió de hombros.
Tadeusz habló en voz más alta.
—Maravilloso paisaje, ¿eh?
«Apenas puede esperar una respuesta a eso, ¿no?», pensó Martin. Al menos consiguió asentir. El cocinillas investigador o cocinero de investigación se rio.
—Es tu primera vez más allá del círculo polar antártico, ¿verdad?
Martin volvió a asentir.
—Eso es bastante normal. Una vez que te acostumbras al frío, no está tan mal. Tienes que abrirte camino en la Antártida.
Obviamente, Martin aún parecía escéptico.
—Yo tampoco quería creerlo en mi primer día. ¡Solo mira a tu alrededor! Aquí hay una libertad ilimitada, ya que este continente no pertenece a nadie y le pertenece a todo el mundo. Creo que puedes ver eso en el paisaje.
«¿Paisaje?», Martin solo veía la desolación de un desierto helado, con montañas de fondo, también cubiertas de hielo. «Sin duda fascinante de un modo morboso», se dijo porque él prefería regiones más acogedoras.
—Créeme, no hay otro paisaje en la Tierra que sea tan honesto que este. Si cometes un error, el frío te atrapa por las pelotas. Si cometes dos errores, mueres. El único entorno que se parece a la Antártida en este aspecto es el cosmos.
Pronunciada por el polaco, la palabra sonó particularmente dura. Martin no tenía intención de visitar ese «cosmos» durante un periodo largo, ya que su corto viaje al espacio había sido más que suficiente.
—Venga, tenemos que darnos prisa porque los demás nos están esperando.
Tadeusz colocó una mano sobre el hombro de Martin y le dio un apretón simbólico.
«¿Cómo se me ocurrió la estúpida idea de probar el software directamente en la consola del Valkyrie? ¿No podían haber establecido un enlace láser sin más? Esto es culpa del señor Stone», decidió Martin. El señor Stone Jr., quien había mencionado casualmente un corto paseo hacia el lugar de las pruebas. Valkyrieno podía ser testado en la estación polar porque la estación estaba construida sobre terreno sólido. La taladradora de hielo se suponía que tenía que abrirse camino hacia el océano por debajo del hielo y luego bucearía durante un rato. Como no importaba si el agua era profunda, habían seleccionado un lugar a unos tres kilómetros al norte de la estación. En otras regiones eso habría sido un paseo de cuarenta minutos, pero allí se requería una expedición menor. Las tres motonieves habían partido antes con provisiones y herramientas.
Martin solo se dio cuenta de que habían llegado cuando, perdido en sus pensamientos, colisionó con el investigador polaco, quien se había detenido de repente. Martin se disculpó con Tadeusz, quien se dio la vuelta y le sonrió.
—Ya está mejorando, ¿verdad?
Martin no tuvo corazón para sacudir la cabeza. Intentó decir algo, pero sentía como si sus músculos faciales se hubieran congelado. Sin embargo, notaba un punto cálido justo encima de su corazón.
Una vez dentro, el resto de su cuerpo necesitó un cuarto de hora para volver a alcanzar su temperatura normal. La tienda laboratorio y la tienda común estaban bien climatizadas. Stone Aerospace había transportado por barco una pequeña planta de energía diesel que ahora alimentaba el láser en el Valkyriecon electricidad, y también proporcionó calefactores, ordenadores, y otras cosas. El señor Stone le había saludado en persona justo después de su llegada, aunque Martin tenía tanto frío que apenas podía recordarlo.
No obstante, el viaje había merecido la pena, tan solo por la oportunidad de usar esos ordenadores. «Stone debe de haber invertido un gran cantidad de dinero para realizar este despliegue», especuló. Martin podía haber ejecutado una simulación celular de un kilómetro cúbico de la circulación Antártida para las próximas dos semanas. En la NASA, primero habría tenido que reservar hora en un superordenador. Actualmente, el Valkyrieera el único proyecto de Stone, y este parecía estar apostando toda la compañía en él. Un robot tunelador usado con éxito en Encélado también podía ser comercializado en la Tierra.
Después de que su cuerpo hubo alcanzado una temperatura más soportable, Martin se sentó y acercó su silla de oficina más al escritorio, ajustando el asiento a la altura adecuada. Si usaba la postura errónea, pronto lo sabría por el dolor en su muñeca derecha. Se acercó un poco más al teclado, estiró las piernas y abrió el depurador. «Lo normal sería que no tuviera ninguna oportunidad de éxito en esta tarea. Valkyriey su software de control han estado desarrollándose durante más de veinte años. Los diferentes programadores han documentado el código muy bien, de hecho. Debería felicitar a Stone por ello la próxima vez que le vea, ya que esto no siempre ocurre». Aun así, el software tenía una tendencia natural a volverse más complejo. Al principio había una rutina que se suponía que generaba un resultado claramente definido bajo específicas circunstancias. El programador probaba la rutina bajo esas circunstancias. Si era inteligente, también comprobaba lo que pasaría bajo circunstancias diferentes, si tenía imaginación suficiente para visualizar circunstancias distintas.
Sin embargo, nadie puede predecir el futuro. Tres años más tarde, el módulo podría tener que trabajar con subrutinas que no existían cuando fueron creadas. Cinco años después, las condiciones originales para las que fueron escritas podrían no existir ya, pero como el primer programador las había testado bien, no aparecían errores bajo diferentes requisitos… al menos todavía no. En algún momento la realidad probaría los, hasta ahora, límites desconocidos de la programación, y entonces sucedería que se quedaba colgado. Se suponía que Martin tenía que ayudar a asegurar que ese fallo del sistema no sucediera a una profundidad de más de tres mil metros.
En el caso de un corto programa primitivo, él habría repasado cada línea de código. Habría comprobado qué comando llevaba a qué comportamiento, en qué momento, si las variables estaban bien definidas, y si la memoria quedaba liberada a tiempo. Sin embargo, para un software de esta complejidad, tal enfoque no era eficiente. Martin habría tardado meses en repasar decenas de miles de líneas de código, y se suponía que Valkyrietenía que empezar a perforar la capa de hielo al día siguiente.
Por supuesto, los programadores de Stone ya habían realizado todo tipo de tests.
El peligro consistía en una especie de visión corta de miras. Martin se preguntaba si no habrían confiado ciegamente en los programas en casos que les parecían demasiado triviales. Por esa razón se había llevado sus propias herramientas de prueba. Estas simulaban una misión real para el software del Valkyrie, transmitiéndole datos por medio de las interfaces definidas por los programadores, conocidas como APIs, o Interfaces de Programación de Aplicaciones. Entonces Martin podía seguir la reacción del software en directo en el depurador. Trabajar en este llamado arenero1 también era más rápido, ya que podía probar varios escenarios con mucha más rapidez que en la vida real. No tenía que esperar hasta que el chorro trasero hubiera arrancado en realidad; podía cancelar la prueba tan pronto como el comando de arranque correcto para el chorro hubiera sido emitido.
Martin comenzó sus pruebas de software en los momentos críticos y pensó en lo que debería pasar una vez que Valkyriehubiera terminado de abrirse camino a través del hielo. En ese punto, un número de componentes tenían que cambiar su función. Los chorros ya no despedían el agua caliente hacia la parte delantera del tunelador; ahora servían como motor. Si el comando para cambiar llegaba demasiado tarde, empujarían al Valkyriedesde abajo contra la capa de hielo. El vehículo taladrador, por lo tanto, debía reconocer exactamente cuándo ocurría ese momento crítico. El software también precisaba tener en cuenta las irregularidades, como burbujas locales en el hielo que podrían dar la breve impresión de que el objetivo había sido alcanzado. Martin cambiaba sistemáticamente los parámetros de entrada. Para el software, esto parecía como si se estuviera volviendo caliente y luego frío, como si el Valkyrieresultara primero aplastado por el hielo y, luego, pareciera estar nadando en un granizado viscoso de hielo y agua. En todos los casos, el software reaccionó del modo más óptimo. Esto no significaba que los pasajeros siempre hubieran sobrevivido, sin embargo. El vehículo taladrador había sido construido con ciertos márgenes de seguridad, y si esos resultaban excedidos, la tripulación no podría salvarse. «De todos modos, esto refleja el excelente trabajo que los programadores de Stone han realizado», reconoció Martin. El software extendía la zona segura, que ya había sido definida dos veces más grande a como se esperaba en realidad, por otro veinte por ciento, como si reaccionara del modo correcto para compensar. «La verdad es que tendré que felicitar a Stone.»
Martin trabajó intensivamente durante dos, tres, cuatro horas. Estaba absorto en sus simulaciones y observaba ansioso cuando el Valkyrietenía éxito contra el entorno —el cual había programado para que fuera particularmente agresivo— y cuando fracasaba. Por lo tanto, se llevó un susto mayúsculo cuando una cálida mano le tocó el hombro. Su cuerpo se sacudió de repente y casi se cayó de la silla.
Una sonora y cálida voz con acento del sur de Europa habló suavemente:
—Oh, lo siento.
Martin se levantó con rapidez.
—No, por favor, sigue. No quería interrumpirte.
La mujer, que aparentaba tener cuarenta y muchos años por las líneas de expresión de su rostro, era un poco más alta que él. Tenía el cabello largo y oscuro, labios carnosos y hombros anchos. Martin bajó la mirada y se fijó en la etiqueta identificativa cosida a su uniforme, la cual decía «Francesca Rossi». Él se sentía ruborizado, además estaba enfadado consigo mismo, y no se le ocurría ninguna respuesta.
—Yo, eh…
—No pasa nada, vuelve a sentarte. Te aseguro que no quería molestarte. Me dijeron que estabas haciendo pruebas en el Valkyrie, y como va a ser lanzado mañana conmigo dentro…
—¿Tú eres la piloto? —Martin se sentó mientras recordaba la lista de la tripulación. No sabía dónde la había visto, pero la imagen estaba clara en su mente.
—Sí. Aunque mañana vamos a ser más bien pasajeros —respondió Francesca—, si he entendido la descripción de la misión correctamente.
—Yo… no lo sé. Acabo de llegar hoy y me he pasado todo el tiempo conectado a las simulaciones.
—Parece que nuestros superiores han perdido de repente su coraje… ¿o hay algo más tras el hecho de que te hayan contratado para esta tarea? —Francesca le miraba con genuino interés. Él podía entender su curiosidad. «Si fueran a lanzarme dentro del hielo mañana, sentado en un gran tubo de acero…», Martin ni siquiera quería imaginarse ese escenario.
—Tranquila, todo está bien —dijo él—. Valkyriesolo falló en dos tercios de los casos de prueba.
Francesca se quedó con la boca abierta y los ojos como platos.
—Lo que quería decir es que… funcionó de modo excelente, mucho mejor que su rango operativo definido.
—Entonces ¿todo va bien? —preguntó la mujer.
—Bueno, se podría decir así. Siempre y cuando… —Martin no terminó la frase.
—Entiendo. Confío en ti. —Sin añadir nada más, Francesca se giró en redondo, al parecer deseaba marcharse.
—¿Es esta tu primera misión en el hielo? —Se sorprendió a sí mismo por hacer esa pregunta. La italiana le miró.
—En realidad, sí. Soy piloto de combate.
—Entonces probablemente has visto muchas cosas.
«No la envidio. Ya es bastante malo leer sobre los horrores del mundo moderno mientras estoy en mi bonito y cálido despacho», decidió.
—Por suerte, mi última misión de combate fue hace ya tres años. En Turquía. —Martin recordó el golpe islamista que había sucedido entonces—. Me parecía… extraño pulsar el botón… como si se tratara de un videojuego. El IA se encarga de la mayor parte del trabajo.
—Entonces ¿por qué estás haciendo esto? —Tras formular esa pregunta, le entró vergüenza. «Tal vez eso haya sido demasiado personal. La verdad es que no conozco a esta mujer», se lamentó. Francesca le miró, sus párpados temblaban ligeramente.
—Es por la sensación que notas cuando el avión se pone en marcha contigo dentro. Claro, está el IA, pero yo todavía puedo pulsar el gran botón rojo. ¿Dónde si no podemos seguir alcanzando nuestros límites estos días? Estamos protegidos por software por todas partes…
—¿Esa es tu razón para unirte al Valkyrie?
—Ciertamente, y accedí a participar de inmediato.
Martin se giró. Se sentía acalorado de repente y supuso que su rostro luciría ruborizado. Una sensación de incomodidad le pasó por la mente. «¿Qué pasaría si cometiera un error en mis simulaciones? ¿De verdad puedo estar seguro?», se preguntó para sí. Su trabajo nunca había decidido tan directamente si un ser humano vivía o moría. No podía quedarse quieto. Se levantó y paseó sin rumbo por la sala. Podía sentir la mirada de Francesca siguiéndole.
—No te preocupes —dijo él por fin—. Solo estoy un poco confuso. Normalmente me siento en un despacho pequeño. Hay demasiada acción aquí para mi gusto, pero el aparato Valkyriees seguro.
Se dio cuenta de que estaba intentando tranquilizarse a sí mismo con aquellas palabras, pero funcionaba. Finalmente consiguió sentarse y volver a mirar a Francesca.
—Bueno, eso hace que me sienta mejor —afirmó la piloto con una sonrisa, como si pudiera ver dentro de él—. Nos vemos mañana. —Ella se giró en redondo y abandonó la sala.
A trescientos metros bajo tierra, el hielo era tan oscuro como el espacio exterior sin un sol. Martin miró el monitor. Le mostraba varias perspectivas de una escena que la tripulación del Valkyrie también podía ver en una pantalla similar. Las ventanas eran inútiles en una tuneladora, así que Valkyrie no tenía, aun cuando se movería como un submarino tras atravesar la capa de hielo. Su casco estaba hecho de acero especial y tenía que soportar altas presiones, calor y frío. Por lo tanto, cualquier hueco en la estructura presentaría un riesgo de seguridad.
Las voces de las dos personas que iban a bordo sonaban calmadas y claras en los oídos de Martin, como si estuvieran justo a su lado. Martin no se sorprendió por la calidad del sonido. Esta era una ventaja del cable de fibra óptica que no solo alimentaba a Valkyrie con energía del láser, sino que también permitía una excelente transmisión de datos. «No puedo imaginarme cómo Francesca y Devendra permanecen tan tranquilos», pensó. Mientras que Francesca era una piloto de combate experimentada, Devendra, un indio sij, parecía en paz consigo mismo de un modo que Martin nunca había experimentado con nadie. Y sí, Valkyrie no se estaba moviendo a través del hielo profundo por primera vez y, después de todo, había sobrevivido a sus propias simulaciones.
Esto no cambiaba la realidad de que la tripulación estaba dentro de un cilindro de acero con el diámetro de un cuarto de baño pequeño, sin visión directa al exterior, ni la oportunidad de simplemente salir a la superficie. Valkyrieno era un submarino, sino un vehículo único atascado en las profundidades del hielo de la Antártida. El canal que había perforado ya se había congelado por completo hacía mucho tras él. Si por alguna razón la perforadora de agua caliente fallara, no podrían tirar del cable para devolver el vehículo a la superficie. Valkyrie,de algún modo, tendría que liberarse por sí mismo. Había una medida de seguridad en el lugar donde debería romper por debajo la capa de hielo y luego maniobrar cerca del fondo del océano para llegar a mar abierto. Aquí, era un ejercicio más o menos sencillo y llegarían a su objetivo tras seiscientos metros. Era vastamente diferente en Encélado porque allí tendrían que atravesar de cinco a once kilómetros de hielo. Solo sabrían, después de su llegada, con exactitud cuántos kilómetros debían atravesar.
El lanzamiento no parecía espectacular. Valkyriesimplemente yacía plano sobre el hielo, con la punta en dirección al polo sur. El único sonido procedía del módulo del tamaño de un frigorífico que albergaba el láser. La misma unidad láser era silenciosa, pero su ventilación hacía un ruido siseante. Martin también oía el sordo zumbido de los generadores diesel desde dentro de sus contenedores, casi una pequeña planta de energía en sí misma, ya que Valkyrie necesitaba hasta cinco megavatios de energía. Gruesos cables transportaban la energía de los contenedores de vuelta al láser. El blindaje tenía la función de proteger el cable de todo daño, ya que sin electricidad no funcionaría el láser, y sin luz láser el Valkyrie quedaría varado en el hielo. Los generadores diesel no formarían parte del vuelo al espacio; una nave espacial no podía llevar tanto combustible.
Desde la distancia, el cable que corría desde la unidad láser hasta el Valkyrie parecía alarmantemente delgado. Lo habían apodado «el cordón umbilical» y por buena razón: a través de este manojo de fibras ópticas, con un diámetro de menos de un milímetro, el láser enviaba la energía que se suponía abriría un camino para el Valkyrie. En la popa del vehículo había una bobina que podía rebobinar varios kilómetros de este cable. Un cable eléctrico de tal longitud apenas cabría en un vehículo perforador de este tamaño.
Los dos pilotos de pruebas se habían despedido de los presentes con un movimiento de sus manos y luego reptaron dentro de una escotilla hasta el final del cilindro de acero. No había suficiente espacio para entrar erguidos. Más tarde Martin les vio en su monitor mientras se sentaban en sus sillas, las cuales serían rotadas hacia arriba unos noventa grados.
Valkyrieinició el procedimiento de lanzamiento con solo pulsar un botón. El control automático había activado el láser. Lanzó su rayo a la velocidad de la luz a través del kilométrico cable. Al final de este, en la proa del Valkyrie, se estimulaba un elemento calefactor que comenzó a derretir el hielo y a evaporar el agua. Valkyrieutilizaba este vapor caliente de dos maneras. Primero, como una pequeña estación de energía para generar electricidad para los instrumentos de a bordo; y segundo, para fluir por ocho boquillas en la proa para crear un camino a través del hielo para el vehículo. A diferencia del taladro metálico, esta tuneladora por chorros nunca se desgastaba. Siempre y cuando estuviera alimentado con energía láser, el vehículo continuaría su camino. Tres motores a chorro más, movibles y localizados a dos metros por detrás de la proa, permitían seleccionar la dirección de perforado. Empujaban la proa del vehículo, que siempre nadaba en una sopa caliente, en la dirección deseada. Y una vez que el Valkyrie hubiera atravesado el hielo, serían los responsables de su propulsión.
El lanzamiento comenzaba en posición horizontal y, conforme la proa se iba calentando, el vehículo se hundía gradualmente en el hielo con su punta por delante. Los ingenieros de Stone habían elaborado esta sencilla técnica poco después de que fallaran la prueba del año 2038. Era impresionante que el Valkyrie alcanzara la posición deseada en un ángulo de noventa grados sin ningún control, simplemente porque seguía el camino de menor resistencia. Martin podía entusiasmarse con esos métodos inteligentes; sabía que el software escrito por humanos siempre tendía al error.
Tras solo cuarenta y cinco minutos, el Valkyrie había alcanzado una profundidad de trescientos metros, donde Martin estaba viendo ahora a la tripulación. Esta parada había sido planeada para que tuvieran tiempo suficiente de comprobar el curso del agujero y las condiciones de la maquinaria. No necesitaban la ayuda de Martin para ello. La comprobación tampoco era necesaria en realidad, ya que el software habría emitido una alerta en caso de cualquier alteración. Sin embargo, ellos no iban a confiar ciegamente en la programación.
