La mujer del miliciano - Aureli Vázquez - E-Book

La mujer del miliciano E-Book

Aureli Vázquez

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"La mujer del miliciano" es la novela ganadora del I Premio de Novela Histórica de Vallirana.

En enero de 1937 las fuerzas franquistas aún no han alcanzado Barcelona, que vive en una calma tensa las noticias sobre la Guerra Civil en el resto de España. A trescientos kilómetros de la línea de combate, los barceloneses saborean una cierta normalidad, en medio de una revolución igualitarista que ha cambiado el orden social de una forma inédita, pero temerosos ante la posibilidad de sufrir un duro asedio, similar al de Madrid. Los sindicatos controlan las calles y la larga mano soviética impregna la vida cotidiana.

Es entonces cuando llegan a la ciudad Emma y Henry. Ella es una joven británica educada en las mejores escuelas, que acompaña a su marido, un idealista alistado como voluntario en las milicias del POUM. Los protagonistas traban amistad con un inglés intrépido e inquieto, el prometedor escritor Eric Blair, que empieza a ser conocido como George Orwell, y su mujer, Eileen. Pero tanto Orwell como Henry son destinados al Frente de Aragón y abandonan la ciudad, Emma se queda sola y deberá enfrentarse entonces a los peligros de una ciudad revolucionaria y peligrosa, convertida en un nido de espías, en la que abundan personajes con secretos que ocultar y objetivos inconfesables.

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Seitenzahl: 424

Veröffentlichungsjahr: 2023

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AURELI VÁZQUEZ

PREMIO NOVELA HISTÓRICA DE VALLIRANA 2022

 

Esta novela ha recibido el Premio de Novela Histórica de Vallirana 2022, fallado por el jurado compuesto por Raúl Montilla, Glòria Sabaté, María Pilar Queralt del Hierro, Pilar Argudo, Eva Cañadas, Josep Perajuan,Teresa Amiguet y José Ángel Martos.

 

 

Primera edición: marzo de 2023

 

© de esta edición:

Editorial Diéresis, S.L.

Travessera de les Corts, 171, 5º-1ª

08028 Barcelona

Tel.: 93 491 15 60

[email protected]

 

© del texto: Aureli Vázquez

© de la foto principal de portada: Suteishi / iStock

© de la segunda foto de portada: Ilustrowany Kuryer Codzienny /Dominio público

© de la foto del autor: Darío Méndez

Contraportada: Bcnpress / Shutterstock (Everett Collection)

Diseño: dtm+tagstudy  

Impreso en España

 

ISBN libro: 978-84-18011-32-0

ISBN ebook: 978-84-18011-33-7

Depósito legal: B 5549-2023

 

Todos los derechos reservados.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

 

editorialdieresis.com

@eddieresis

«La indiferencia generalizada por la guerra me pareció sorprendente y repulsiva.

Horrorizaba a los que llegaban a Barcelona procedentes de Madrid o incluso de Valencia.

En parte se debía a lo lejos que estaba Barcelona del frente».

 

George Orwell,Homenaje a Cataluña (1938)

 

 

«Con frecuencia me encontré sorprendida, entre aquellas gentes de la calle Aribau, por el aspecto de tragedia que tomaban los sucesos más nimios, a pesar de que aquellos seres llevaban cada uno un peso, una obsesión real dentro de sí, a la que pocas veces aludían directamente».

 

Carmen Laforet,Nada (1944)

ÍNDICE

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

XL

XLI

XLII

XLIII

XLIV

XLV

XLVI

XLVII

XLVIII

XLIX

L

LI

LII

LIII

LIV

LV

NOTA DEL AUTOR

EL AUTOR

I

 

 

Barcelona, enero de 1937

 

—Yo te ayudo con las maletas, camarada.

Henry y Emma escuchaban atónitos al mozo que les atendía en el Gran Hotel Continental, convertido ahora en una torre de Babel que hacía las veces de oficina de tramitaciones, alojamiento para observadores internacionales y, cuando se requería, residencia temporal para milicianos.

A sus treinta y dos años, Henry había visto ya mucho mundo, pero no acababa de acostumbrarse a la inaudita revolución que se palpaba en las calles de Barcelona. Echó un vistazo a su alrededor: el suelo de mármol del vestíbulo, la majestuosa balaustrada de la escalera principal, las suntuosas lámparas del techo. Hacía ya varios meses que la Generalitat había tomado la decisión de colectivizar el prestigioso hotel de las Ramblas, y aun así no conseguía desprenderse de su aire señorial. Todo aquello que había sido concebido para seducir el gusto refinado de las clases pudientes era, sin más, propiedad del pueblo. Y ahora estaba frente a un ascensorista que lucía con orgullo un brazalete de la CNT y transgredía el principio más elemental de cualquier establecimiento exclusivo: nunca, bajo ningún concepto, tutear a un cliente.

—Compañero —insistió el mozo—. Déjame que te ayude, vas muy cargado.

—Oh, disculpa, amigo —respondió Henry en un torpe español—. Todo esto es tan... tan...

—Estimulante —le interrumpió Emma—. Es lo más maravilloso que hemos visto nunca.

El ascensorista los escrutó de arriba abajo sin demasiado disimulo.

—¿Nunca habíais estado en un hotel?

—Sí, claro. Por supuesto —respondió Henry—. Me refiero a las colectivisa...

—Colectivizaciones.

—Eso es, disculpa mi pobre español.

El mozo se ocupó ágilmente del equipaje de Emma y parte del de Henry, lo introdujo en el ascensor y pulsó el botón del tercer piso. Emma se miró unos segundos en el espejo y concluyó que tenía un aspecto deplorable. Tampoco Henry estaba mucho mejor: la camisa sucia, la americana arrugada y esa horrible barba de tres días que tan mal le sentaba. En fin —se dijo—, habían venido a luchar por una causa, no a hacer turismo.

—¿Ingleses? —preguntó de repente el mozo.

Ambos asintieron.

—¿Hablas inglés? —preguntó Henry, con una chispa de brillo en los ojos.

—Ni una palabra. Aquí casi nadie lo habla.

Henry no pudo ocultar una mueca de decepción.

—Mejor —dijo Emma—. Cuanto antes nos familiarizamos con el idioma, mejor.

—Familiaricemos —corrigió el chico.

—¿Disculpa?

—Se dice «familiaricemos». Con e.

Henry y Emma se dirigieron una mirada fugaz.

El mozo no se dio por vencido y continuó con su particular interrogatorio.

—¿Te has alistado con el POUM?

—Más o menos —respondió Henry, titubeando. Su primera intención había sido incorporarse a las Brigadas Internacionales, pero en el último momento un excompañero universitario con vínculos en el Independent Labour Party, afín al POUM, le había recomendado. Así que viajaba en condición de refuerzo del ILP y, en la práctica, eso lo convertía en un miliciano del POUM. En realidad, le daba igual combatir con la columna Durruti, con los Aguiluchos de la FAI o con cualquiera de las numerosas milicias y brigadas que, según le habían contado, se lanzaban al frente con decisión; él quería luchar por la libertad y contra el fascismo. Eso le habría contestado al ascensorista si su español no hubiera sido tan macarrónico. La respuesta ambigua de Henry no pareció convencer al chico, que ahora fijaba su atención en los zapatos impecables de Emma.

—Esta habitación es la vuestra, la primera a la izquierda.

Henry rebuscó entre las monedas de su bolsillo y le ofreció una propina. El chico chasqueó la lengua, movió la cabeza con un gesto de desdén y, tomando la mano de Henry, la cerró sobre sí misma.

—Aquí somos todos camaradas, amigo. Nadie está por encima de los demás. Ni siquiera un señorito inglés.

Henry miró avergonzado al muchacho, que en seguida le dio la espalda, y Emma contuvo la respuesta enérgica que le hubiera gustado proferir. Ambos permanecieron unos segundos en silencio.

—Tenemos que «familiarizarnos» —le dijo Henry en castellano, y los dos rieron con ganas por primera vez desde que habían pisado Barcelona.

 

 

Mientras Henry se aseaba en el baño, Emma miró por la ventana. Las Ramblas eran un hervidero de gente, tal como ya les habían adelantado sus amigos de Londres. Pero además se percibía un ambiente de euforia muy poco común, nada que ver con lo que uno esperaría encontrar en la retaguardia de un país en guerra.

Desde la habitación de la tercera planta, veía las paredes pintadas con los colores rojo y negro de los anarquistas, banderas de la CNT y la FAI, pancartas del PSUC, retratos de Lenin y Stalin por doquier. A unos pocos metros estaba la Casa Lenin, auténtico cuartel general del POUM, y en el extremo de las Ramblas el hotel Falcón, que hacía las veces de pensión de los milicianos de este mismo partido. Por algún motivo que a Emma se le escapaba, a ellos se les había asignado el Continental, sin duda más elegante y glamuroso. A Emma le avergonzó pensar que se alegraba por ello: el Falcón tenía un aspecto sobrio y aguerrido que contrastaba con el empaque señorial del Continental. Si fuera posible extirpar quirúrgicamente ambos edificios del mapa y situarlos frente a frente, parecerían personajes novelescos: uno esbelto y amable; el otro tosco y arisco. La cordialidad de Edgar Linton y las cicatrices de Heathcliff en esa borrasca amenazadora que era la guerra.

La conversación con el ascensorista la había incomodado y ahora se sentía insegura: ¿cómo se suponía que debía vestirse? Nunca se había considerado especialmente refinada con la ropa, pero incluso así, ¿resultarían excesivos el vestido negro y el abrigo de piel? Este último era un regalo de boda de su madre, pero no dejaba de ser una prenda cara. Demasiado, dadas las circunstancias, concluyó. No quería parecer una mujer frívola; no en una ciudad donde la población hacía largas colas para conseguir pan.

—¿En qué piensas?

Henry había salido del lavabo y se secaba el cabello con una toalla áspera. Por fin se había deshecho de esa barba incipiente.

—En nada. ¿Dónde cenaremos?

—El restaurante del hotel está abierto para los milicianos. Pero si lo prefieres podemos dar una vuelta por la ciudad y...

—No. El restaurante del hotel es perfecto —atajó Emma mientras colgaba el abrigo de piel en el armario.

 

 

El comedor del Continental parecía más un campamento militar que un salón de hotel. Los milicianos ocupaban anárquicamente las mesas y correteaban por los pasillos como si aquella cena fuera el preludio de una gran fiesta de fin de curso. Henry y Emma se plantaron en la entrada, inmóviles, esperando alguna señal que les indicara el procedimiento. Los milicianos se giraron hacia ellos y la presencia de Emma arrancó silbidos, que se apagaron poco a poco con algunas risotadas. A ella le contrariaba relativamente. Por encima de todo, querían evitar el bochorno de una nueva salida de tono. ¿Estaban las mesas asignadas? ¿Sería descortés ocupar sin más una de ellas? ¿Se ofendería de nuevo algún empleado del hotel si se dirigían a él en busca de ayuda? De pronto se sintió ridícula: había decidido acompañar a su marido a la retaguardia de una guerra y ni siquiera era capaz de lidiar con los protocolos de una cena. Miró con el rabillo del ojo hacia la recepción, con la inconfesable esperanza de que un responsable de sala les indicara la mesa, les tomara nota y les recomendara los platos del día. ¡Qué reconfortantes eran los hábitos de un hotel y qué lejos quedaban ahora!

Desde el fondo de la sala, un miliciano alto, con aspecto de extranjero, les invitó a unirse a su mesa con un gesto amigable y algo desmedido. ¿Acaso los conocía? Emma se giró instintivamente, temiendo que la invitación se dirigiera a un tercero.

Henry lo vio también y ambos se acercaron. El estrépito de los gritos, las risas y las conversaciones a viva voz les impedía comunicarse entre ellos mismos. Emma todavía no se había habituado a la costumbre mediterránea de alzar la voz incluso para las cosas más elementales. Aunque podía distinguir el inconfundible acento británico en algunas mesas, parecía que hasta los milicianos ingleses se hubieran contagiado de la necesidad típicamente española de multiplicar los decibelios.

—Welcome to Barcelona—les saludó su inesperado anfitrión con una amplia sonrisa.

Era un tipo alto, lo suficiente como para destacar incluso en el contingente británico. Lucía un finísimo bigote y se cubría el cuello con un pañuelo de seda. Si lo que pretendía era pasar desapercibido en las milicias locales, desde luego había fracasado.

Emma y Henry aceptaron su invitación para compartir mesa y se sentaron junto a él. Le acompañaba una joven morena, con aspecto retraído, que sonreía igualmente. Parecía agradecida de contar con algo de presencia femenina para contrarrestar el coro de voces masculinas.

—Soy Eric y ella, mi esposa Eileen —se presentó.

Estrecharon sus manos y se relajaron, por fin, con la satisfacción de poder intercambiar impresiones en su propio idioma.

—¿También vienes con el ILP? —preguntó Henry, usando las siglas inglesas del Partido Laborista Independiente.

—Sí, llegamos hace tres días junto con el primer grupo —respondió Eric, señalando a la treintena de milicianos que llenaban las mesas colindantes.

—Nosotros hemos llegado hoy. ¡Casi no nos dejan venir!

—Cierto —corroboró Eric—. Creo que nuestro querido Gobierno británico no ve con muy buenos ojos que estemos aquí. En fin, por suerte no tuvimos problemas.

Eric se ajustó el pañuelo con sus dedos huesudos, como si le preocupara que en algún momento dejara de cubrir totalmente su cuello pálido. Emma lo observaba.

—Es una superstición —dijo, sintiéndose observado—. Si me tapo el cuello, seguro que no recibiré un tiro.

Rieron las bromas ocurrentes de Eric y hablaron sobre la situación de España, sobre la escasez de alimentos en la ciudad y sobre los diferentes grupos de milicias que se estaban organizando.

—Es increíble que en tan poco tiempo se haya construido una economía alternativa —comentó Henry.

—Lo han colectivizado casi todo —explicó Eric—. Los comercios, los hoteles, las fábricas... Nunca había visto nada igual.

—¿Y funciona?

Eric torció el gesto.

—No lo sé. Diría que sí: la gente aquí está ilusionada y parece feliz. Por primera vez, tienen algo que decir en la construcción de su país. ¡Esta gente paró los pies a los sublevados en la calle, Henry! ¡Los propios ciudadanos! Se han ganado el derecho a poder decidir sobre su economía, ¿no crees?

—Por eso estamos aquí —respondió Henry rápidamente.

Emma dirigió una mirada fugaz a Eileen, que parecía pensativa.

—Pero esas tremendas colas para conseguir pan...

—Eso es verdad —concedió Eric—. Tampoco es fácil encontrar carbón, ni leche. Y los huevos tienen un auténtico mercado alternativo. Pero es normal, ¿no creéis? Apenas hace unos pocos meses que están poniendo orden y la Consejería de Abastos del Ayuntamiento trata de organizar la logística.

Acabaron de cenar y Eric propuso salir a dar un paseo.

La noche barcelonesa era gélida y húmeda, pero las Ramblas estaban incluso más animadas de lo que Emma y Henry habían visto a primera hora de la tarde. Centenares de personas deambulaban arriba y abajo con la aparente determinación de saber exactamente a dónde iban. La mayoría eran milicianos vestidos con el mono de las diferentes formaciones a las que representaban, pero había también parejas, grupos de jóvenes, gente de toda clase que sonreía e incluso les saludaba al pasar junto a ellos.

Por alguna extraña razón que Emma y Henry no acababan de comprender, se percibía claramente un sentimiento de admiración hacia «ellos», los extranjeros, por el mero hecho de serlo. Lo cierto es que era fácil distinguirlos de los milicianos barceloneses: les delataba su piel blanquecina, su estatura —una cabeza por encima de la media— y, por supuesto, su inconfundible acento.

—¿Qué te parece, Emma?

Henry la rodeó con su largo brazo y la besó en la mejilla. No era un hombre cariñoso, así que Emma interpretó ese gesto como una muestra de plena satisfacción: Henry estaba exactamente donde quería estar. No estaba segura de poder decir lo mismo.

—Tengo frío —se limitó a responder.

—Tenías que haberte puesto el abrigo negro.

—¿Te refieres al abrigo de piel?

—Ese mismo.

Emma echó un vistazo alrededor.

Definitivamente, Henry no tenía ni la menor idea de lo que decía.

 

 

Recorrieron las Ramblas en dirección al mar y se detuvieron frente a las Atarazanas, de las que Eric había oído hablar. Comentaron algunos detalles sobre su arquitectura singular y lamentaron que su visita no se hubiera producido con fines más lúdicos. Pero cada vez que alguno de ellos sacaba a relucir ese argumento, Eric o Henry lanzaban una proclama antifascista. A veces Emma y Eileen se apresuraban a aplaudir su entusiasmo y a veces les recordaban que no debían exponerse innecesariamente.

Los grupos con los que se cruzaban les jaleaban y animaban con gritos y vivas que a duras penas conseguían comprender, pero el entusiasmo compartido y el ambiente de euforia que flotaba en el ambiente se habían convertido en un poderoso elixir.

Desde las Ramblas, la idea de combatir en «el frente» parecía un concepto abstracto, como un poema épico o una novela de caballerías. Emma no se imaginaba a todos esos hombres que ahora saltaban y coreaban lemas anarquistas saliendo de la trinchera con un fusil en la mano. Peor aún: no estaba segura de que ellos mismos lo hicieran.

 

 

De vuelta al hotel, se detuvo a observar los nombres de las calles que atravesaban las Ramblas; pensó que sería una buena idea recorrerlas durante el día. Después de todo, si las cosas iban según lo previsto, iba tener mucho tiempo para ello.

II

 

 

Un sol espléndido iluminaba la habitación y Emma se despertó con la sensación de haber vivido un sueño. Necesitó unos segundos para recordar que estaba en Barcelona y que, por extraño que pareciera, aquello era la guerra. La retaguardia de una batalla que se libraba apenas a unos cientos de kilómetros de allí, y que con toda probabilidad no tardaría en llegar, como una mancha de aceite que se expande irremediablemente.

Henry dormía como un niño. Tanto mejor: pronto iba a echarlo de menos. Emma se preguntó si esos ideales ingenuos y exacerbados, que en buena parte compartían, serían suficientes para mantener la moral en el frente. Sin embargo, él había tenido formación militar, aunque sólo fuera fugazmente y en refinadas academias. Menudo disgusto se había llevado su suegra, la madre de Henry, cuando él le había anunciado su intención de combatir en el frente de la guerra española.

—Esa sucia guerra de anarquistas que ni te va ni te viene —le había espetado la señora Bennett, enfurecida y asustada a la vez—. Y pensar que renuncias a una carrera brillante como ingeniero por esa gente.

—Esa gente podríamos ser cualquiera de nosotros, madre —le había respondido Henry en presencia de Emma—. Los fascistas les arrebataron el poder y ese pueblo se defiende. Tengo el deber de ayudarlos, eso es lo que me habéis enseñado vosotros: es de justicia.

Incluso Emma se había sentido enternecida por la ingenuidad elemental de su marido. Pero en una cosa tenía razón: a esa gente le habían arrebatado el poder que había surgido de las urnas. Y ahora esa gente era «su» gente.

Saltó de la cama y se vistió con sigilo. No quería despertar a Henry. Aunque la cena había sido de lo más frugal —una patata hervida, unas pocas judías y algo de pescado—, no estaba especialmente hambrienta. Sentía, no obstante, unas ganas tremendas de conocer Barcelona a la luz del día. Le dejó una nota a Henry en el espejo y salió.

Esta vez sí, se había puesto el abrigo de piel. La mañana era fría, pero el sol empezaba a calentar las Ramblas y a Emma le reconfortó la apacible sensación de normalidad que imperaba en las calles.

Los quioscos de prensa dispensaban periódicos a un ritmo endiablado y abundaban los corrillos alrededor de los milicianos. En los ojos de los hombres brillaba la determinación por el cambio, Emma percibía claramente esa convicción. No podía dejar de preguntarse qué esperaban encontrar en la batalla, y temía que esa seguridad, incluida la de su marido, no fuera sino un espejismo infantil; la vana esperanza de un mundo mejor. Como los peregrinos que acuden a un lugar milagroso convencidos de que su sola fe puede devolver la vida a un moribundo.

Emma los observaba hablar, reír, discutir. La mayoría de ellos tenía serios problemas para alimentar a sus familias, y algunos preparaban su inminente partida al frente. Y sin embargo departían con entusiasmo, ajenos a su destino. Tal vez no eran conscientes de que sus vidas pendían de un hilo; de que sus ilusiones eran un frágil castillo de naipes.

Siempre que pensaba en esas cosas, Emma se sentía culpable. Henry la había arrastrado a Barcelona con su entusiasmo vital y sus ideales sólidos. Ella le adoraba por eso, pero no era estúpida. Había visto y vivido lo suficiente como para saber que no bastaba con buenas intenciones para detener los golpes. Quizá esa forma de ver las cosas la convertía en la peor de las traidoras, pero estaba segura de ver con claridad.

Pasó de nuevo frente a un pequeño grupo de hombres que debatían la mejor estrategia para cambiar las cosas. Esta vez Emma aminoró la marcha y escuchó con discreción. Eran cinco hombres, unos chicos en realidad; el mayor de ellos no alcanzaría los veinticinco. Había también una mujer de unos veinte años, que intervenía igualmente enérgica y decidida. Emma la observó: vestía un mono azul, algo descolorido, como el resto de milicianos. Mencionaban por igual a Lenin y Stalin, a Companys y a un tal Durruti, del que ya había oído hablar en la cena con Eric y Eileen.

Siguió caminando en dirección al mar, como ya había hecho la noche anterior. Era estimulante reconocer los lugares que había visto en postales o fotografías, como el mercado de la Boquería, el Liceo o el teatro Poliorama. Se detuvo ante cada uno de ellos, embelesada.

En la esquina de la Rambla con la calle de San Pablo ocurría algo. Un gentío se agolpaba frente a un camión. Emma se acercó: un numeroso grupo de mujeres, también algunos hombres, se aglomeraban caóticamente para conseguir una barra de pan. Todas ellas parecían acostumbradas, o resignadas, a invertir a diario largo tiempo en esas colas. La ruborizó comprobar que muchas de ellas la miraban. Tardó unos segundos en darse cuenta de que su abrigo, y su inconfundible aspecto de extranjera, la delataban como una extraña. Ya había visto esa mirada el día anterior: había un punto de admiración, la que puede sentirse ante alguien que procede de otro mundo, presuntamente más desarrollado y complejo. Pero ahora leía en esas miradas otro matiz nuevo: la incomprensión. ¿Qué hacía aquella extranjera allí, rodeada de miseria por voluntad propia? ¿Qué se le había perdido a ella en esa guerra? Varias de las mujeres de la cola del pan la escrutaban de arriba abajo y sin disimulo. Quizá trataban de entenderla. O quizá la estuvieran juzgando.

Emma se sintió abrumada por el peso de esas miradas y reanudó la marcha por la calle de San Pablo. Ahora se sentía ridícula con su caro abrigo de piel. «¿Cómo he podido ser tan estúpida?», se preguntaba mientras caminaba por las calles adoquinadas de la ciudad.

Mirara donde mirara, todo eran negocios colectivizados. Había algo especial en la omnipresencia de ese sustantivo, «colectivización», que presidía la mayoría de los rótulos, carteles y toldos. ¿Cómo había conseguido esa gente socializar toda una economía e incluso proclamarlo a los cuatro vientos en tan poco tiempo?

Ni siquiera Emma, la oveja negra de una familia aburguesada, había creído que tal cosa fuera posible. Ni en el mejor de los sueños de Henry entraba la posibilidad de que una ciudad de un millón de habitantes hubiera subvertido el orden establecido. Apenas se habían cumplido cinco meses desde que el pueblo, desde las bases y sin preparación militar, había subyugado a los militares sublevados. La fuerza de los sindicatos obreros había sido clave para detener el levantamiento militar, y desde luego habían aprovechado la ocasión para tomar el control de la calle. Y con ella, el poder real sobre la economía, las finanzas mismas del país. Hasta el presidente Companys se había visto obligado a reconocerlo: sin ellos, sin esos grupos precariamente organizados, pero extraordinariamente motivados, Barcelona sería ya una ciudad ocupada.

¿Cuánto tiempo iban a poder mantener esa increíble excepcionalidad?

 

 

Poco a poco el bullicio de las Ramblas fue quedando atrás. La calle de San Pablo no era un remanso de paz, pero el ligero ajetreo de sus pequeños comercios le resultaba a Emma mucho más acogedor. Entre los colmados, bares y oficios varios, un escaparate menudo llamó su atención: una librería.

 

LLIBRES PALAU

 

Emma no se lo pensó dos veces: empujó la pesada puerta de madera, que chirrió sobre sus goznes, y el sonido familiar de una campana alertó al librero, que se limitó a levantar la vista un segundo.

—Buenos días, señora.

Señora no era una palabra muy popular en Barcelona, así que Emma se sintió súbitamente interesada por ese hombre de apariencia taciturna, poblado bigote y cabello canoso.

—Buenos días —respondió Emma, tratando de disimular su acento—. ¿Le importa si echo un vistazo?

Esta vez el librero ni siquiera apartó sus lentes del libro en el que al parecer se había sumergido sin remedio.

—Mal negocio haría si eso fuera un problema para mí —respondió secamente.

Emma se entretuvo unos segundos con las novedades del escaparate, la mayoría de ellas ensayos sobre política. También había algunos títulos en catalán: Moment musical, de Carles Soldevila, o Fira de ninots, de un tal Castanys. Ella siempre había preferido descubrir rarezas y tesoros ocultos, así que se entretuvo unos minutos quitando el polvo a algunos libros viejos. Durante los últimos meses había preparado su visita a España leyendo a Emilia Pardo Bazán. Su bibliotecaria de cabecera le había dicho que Los pazos de Ulloa era un buen retrato de las clases sociales españolas, así que le hizo caso. Le costó entender buena parte del vocabulario porque su español era todavía muy precario, pero con la ayuda de un profesor y de sesiones de obstinada lectura había aprendido mucho sobre el idioma, y muy poco sobre las clases sociales.

De vez en cuando dirigía una mirada de soslayo al librero, que seguía profundamente interesado en lo que quisiera que estuviera leyendo.

—¿Podría recomendarme un libro?

El librero apartó parsimoniosamente la vista de su lectura y observó con atención a la clienta. Se quitó las lentes y las depositó sobre el ejemplar.

—¿Busca usted un libro para aprender español? Si es así...

—No, no. Busco un libro interesante, alguno que usted me recomiende —le interrumpió Emma.

El hombre cerró su libro y Emma pudo leer en la cubierta el nombre del autor: Ramón María del Valle-Inclán. El librero se percató de su interés.

—Un gran dramaturgo —reflexionó, mientras se abría paso entre los estantes y pilas de libros—. Murió hace un año. Un exaltado para algunos, pero muy lúcido en mi opinión. Pero ahora, no sé cómo decírselo... no es un tipo de lectura que tenga mucho éxito. No en una ciudad como Barcelona. A la gente le gustaba ver sus obras en el teatro, ¿sabe?

Mientras escuchaba su disertación, Emma se preguntaba qué tipo de persona podía consagrarse a los libros, la mayoría polvorientos, mientras la ciudad se preparaba para una guerra.

—Yo fui a ver uno de sus estrenos al teatro Goya —prosiguió el librero—. Me interesaba más el personaje que se había creado que su ficción, pero aun así tengo que decirle que disfruté. Esta ciudad siempre le acogió bien, aunque ahora esas cosas ya no importen.

Tenía la costumbre de aferrarse a los muebles mientras hablaba, como si necesitara asirse a las cosas terrenales para no perderse en sus divagaciones. Ahora el escritorio donde reposaba la escuálida caja registradora, ahora la jamba de la puerta, ahora los anaqueles repletos de libros.

—¿Me lo recomienda, entonces?

El librero se interrumpió con un pequeño sobresalto. Parecía haber olvidado el motivo de la conversación.

—Eso depende. Valle-Inclán era un tipo, cómo se lo diría... contradictorio. Conservador y revolucionario a la vez; crítico con el sistema, con el poder, con las leyes. No sé si es demasiado peculiar para... en fin, no sé si es el tipo de libro que usted busca.

—¿Cómo se titula ese libro que lee?

—Este libro —respondió tomándolo entre sus manos— es una obra de teatro, Luces de bohemia.

—¿Está ambientado en Barcelona?

El hombre apartó la mano de la estantería y la depositó sobre la pila de libros que le separaba de su clienta.

—No. Pero aparece un preso anarquista de Barcelona.

Emma se encogió de hombros, divertida.

—No parece un motivo de peso para decidirme por él. Pero siento curiosidad, me lo llevo.

El librero permaneció inmóvil unos segundos, como si necesitara retomar el hilo.

—Bien, pues no se hable más: se lo envuelvo.

Emma acompañó al hombre al mostrador y lo observó mientras empaquetaba su adquisición en un sobre de papel de estraza.

—¿Se marcha su marido al frente? —preguntó de repente el librero, mientras le entregaba el sobre.

—Así es —respondió Emma, que aún no se había acostumbrado a esa forma mediterráneamente directa de abordar a las personas.

—Disculpe la indiscreción. He supuesto que era usted la mujer de un miliciano, espero que no le importe...

—Lo soy, sí. No se preocupe.

—Me han contado que cada vez son más los voluntarios venidos de otros países.

—Debe de haber conocido ya a unos cuantos.

—Si quiere que le diga la verdad, la mayoría de ellos no se dejan caer por aquí. Supongo que la lectura no es exactamente un bien de primera necesidad.

—Para mí lo es.

El librero apartó la mano de la caja registradora y se la tendió a Emma con algo parecido a una sonrisa.

—Armand Palau. Me ha gustado conocerla, señora. Si necesita las recomendaciones literarias de un pobre viejo, aquí las encontrará.

Emma sonrió.

—Lo tendré en cuenta.

 

 

Cuando Emma regresó al hotel, Henry desayunaba en el comedor en compañía de Eric, Eileen y otros dos hombres, ambos españoles. A la luz del día, el ostentoso salón le parecía más bien una cantina. Henry le sirvió un café con aspecto de achicoria y Eric le acercó una rebanada de pan untada de tomate.

—Aquí lo comen a todas horas: pan, tomate, aceite y un poco de sal.

Emma pensó inmediatamente en las largas colas para conseguir una barra de pan y se lo llevó a la boca con ganas. Estaba muerta de hambre.

Compartió con el grupo su pequeña incursión por la ciudad y se entretuvo con el capítulo de la librería. Los dos milicianos desconocidos la escuchaban con inesperada atención, lo que halagó a Emma. Relató sus impresiones, compartió la alegría de haber encontrado una librería acogedora y detalló la conversación con el peculiar librero.

—Me ha alegrado comprobar que aún hay quien guarda las formas en esta ciudad —añadió en tono jocoso.

—¿A qué te refieres? —preguntó uno de los españoles.

—A que alguien se dirija a mí como «señora» y me hable de «usted» —respondió.

Henry cambió repentinamente el semblante.

—Luego haremos una visita a ese compañero —intervino el segundo de los españoles, en un tono que Emma no supo discernir—. ¿Cómo dices que se llamaba la librería?

—La verdad es que no lo recuerdo —mintió Emma.

El grupo se levantó de la mesa y Henry se llevó a Emma aparte.

—Deberías ser más cuidadosa con lo que dices —le recriminó—. Aún no conocemos la sensibilidad de la gente de aquí.

—Qué tontería —se ofendió Emma—. ¿Es que está prohibido tratar bien a una dama?

Henry se detuvo en seco.

—¿Te estás escuchando, Emma? No hay «damas» aquí. Somos todos iguales, así son las cosas. Por eso luchamos.

—¿Luchamos? ¿Has venido aquí a luchar por eso, Henry? Espero que no.

—Me has entendido perfectamente. Sólo digo que debemos ser prudentes. Alguien podría malinterpretarnos. Llamamos la atención, hay muchas suspicacias, Eric me ha puesto al día. Fíjate: en esta ciudad hay gente que se muere de hambre y tú sales a pasear como si esto fuera una mañana de domingo en Hyde Park.

Emma se apartó bruscamente de Henry y lo miró con dureza.

—Descuida, Henry. A partir de ahora mediré mejor mis palabras.

III

 

 

Cuando Henry bajó de la habitación, Emma le esperaba en la puerta con cara de pocos amigos. Ambos empezaron a caminar en dirección a la plaza de Cataluña en un incómodo silencio. Él, llevado por su incorregible curiosidad, se detenía constantemente para leer carteles, pasquines y pintadas. Ella, cansada de los inesperados parones, se adelantó. De vez en cuando se giraba sobre sus pasos para asegurarse de que Henry no se había quedado petrificado; la notable altura de su marido le permitía sobresalir respecto a la estatura más bien corta de los barceloneses, así que bastaba con una rápida mirada.

Enseguida llegaron a la plaza de Cataluña. A Emma le impresionó ver dos enormes retratos de Lenin y Stalin impresos sobre lonas en la fachada del Hotel Colón. Cada uno de ellos debía de medir cinco metros de altura, por lo que ocupaban dos balcones de sendas plantas respectivamente. Sobre ellos, una pancarta transversal anunciaba el nombre del gran inquilino del hotel: PARTIT SOCIALISTA UNIFICAT DE CATALUNYA.

Echó un vistazo alrededor: sorprendía ver que el renovado aspecto revolucionario de la ciudad convivía en cierta armonía con la estética monumental del paseo de Gracia y de la misma plaza de Cataluña. Había incontables esculturas de artistas locales enmarcando la plaza y su fuente central, herencia de la última Exposición Internacional, la de 1929. Emma no había visitado antes Barcelona, pero había leído mucho sobre ella. Se preguntaba cómo era posible que una ciudad en plena efervescencia industrial se viera inmersa de repente en un conflicto de ese calado.

No podía obviar que sus propios ideales, tan receptivos al cambio, chocaban con sus orígenes acomodados, con su educación exquisita, sus clases de francés y sus modales de niña rica. Tampoco Henry era ajeno a ese salto: ambos pertenecían a un privilegiado grupo de población bendecido por la fortuna. Y los dos sabían que, por mucho que trataran de disimularlo, aquella no era su guerra. Emma albergaba esa certeza. Henry no lo decía en voz alta, pero desde luego así era. ¿A qué venía esa angustia repentina por aparentar modos rudos? ¿Y esa agónica prisa por sumar lecturas marxistas?

Adoraba a Henry, sus ideas rupturistas, su necesidad de discutirlo todo. Le parecía un hombre inteligente y osado. Pero ahora le dolía ver que esa inteligencia se ponía al servicio de las proclamas uniformes que él mismo habría criticado si no estuviera en ese mismo instante en una ciudad de la retaguardia republicana española.

Por supuesto, no le diría nada de todo eso a Henry. Aún no.

—Te había perdido de vista.

Emma se giró.

—¿Has visto eso? —Emma señaló con un discreto gesto las dos fotografías que colgaban de la fachada del Colón.

Henry contempló en silencio la estampa y asintió sin decir una palabra. Sabía exactamente lo que pensaba Emma.

—El pueblo necesita referentes —respondió al fin—. Supongo que los símbolos reconfortan. Y a esta gente le han arrebatado su democracia unos militares fascistas. Si quieren empapelar la ciudad con la hoz y el martillo, por mí que lo hagan. No cambia nada: su causa es justa. Y pienso luchar por ella.

Ahí estaba el Henry de siempre: justicia, fascismo, democracia, lucha.

Emma le cogió de la mano.

Una voz les interrumpió.

—Compañero, llevas los zapatos muy sucios.

Era un chico joven, de unos dieciséis años. Vestía unos pantalones holgados y una chaqueta sucia y raída con el sospechoso aspecto de ser la única prenda de abrigo que colgaba de su armario. La gorra le venía tan grande que a duras penas se le veían los ojos. Tenía la cara tiznada de betún, pero las manchas quedaban disimuladas por su piel morena. Con todo, exhibía una mirada franca y directa, de las que inspiran confianza.

Emma le sonrió; eso era todo lo que el chico necesitaba para dar por iniciado su trabajo. Dejó en el suelo su caja de madera, pintada con los colores rojo y negro de la CNT, e invitó a Henry a tomar asiento en un poyete junto a la fuente. El limpiabotas sacó rápidamente un bote de betún y una gamuza y empezó su trabajo sin que Henry tuviera siquiera tiempo de protestar.

—Buenas botas, camarada —observó con criterio profesional el chico—. Te van a ser útiles en el frente, no dejes que te las cambien en el cuartel.

Henry agradeció el comentario. Le tranquilizó saber que su aspecto no era el de un señorito inglés sino el de un miliciano.

—No te ofendas, amigo, pero pensaba que tu oficio se había prohibido en Barcelona.

El limpiabotas ni siquiera se inmutó.

—¿Por qué? Es tan digno como cualquier otro. Lo que se han prohibido son las propinas. Ahora nuestra tarifa ha subido veinte céntimos, eso sí.

—¿Y no es esa subida otra forma de dar propina? —inquirió Emma.

Esta vez sí, el chico se detuvo un segundo. La miró con una amplia sonrisa.

—Exactamente, compañera. Ahora la propina es oficial. Pero a mí eso me da igual. He perdido las generosas gratificaciones de los señores que estaban de buen humor, pero como a esos ahora no se les ve mucho el pelo, para mí está bien. Yo hago mi trabajo.

—¿Te han llegado noticias del frente? —preguntó Henry, incómodo por el rumbo que tomaba la conversación.

—Dicen que en Huesca los nuestros capturaron un cañón y varias ametralladoras. También un camión con armamento, eso he oído. Fusiles, munición... ya sabes, compañero —el limpiabotas alzó la mirada un instante para lanzar un guiño a Henry.

—Bien, buenas noticias entonces.

—Eso espero —respondió con escepticismo el chico.

—Hay que ser optimistas.

—Optimistas, sí. Pero uno escucha tantas cosas... no sé, compañero.

—¿A qué te refieres? —intervino Emma, sentándose junto a Henry. Aborrecía esa odiosa costumbre de mantener a las mujeres al margen de las conversaciones sobre la guerra.

—Yo sólo soy un limpiabotas.

—Tú mismo has dicho que es un trabajo tan digno como otro cualquiera. También tus opiniones lo son —apuntó Emma con habilidad.

El muchacho dio un último repaso a las botas de Henry y se puso en pie.

—Si algo he aprendido en mi oficio es a escuchar. Y veréis... no hago mucho caso de lo que dice la prensa. Madrid aguanta como puede. El Gobierno se marchó a Valencia, eso no me inspira mucha confianza. Y encima los italianos y los alemanes ponen sus aviones al servicio de los fascistas... ¿Vamos a ganar esta guerra arrebatando camiones en un pueblo de Huesca? ¿Cuánto tardarán en bombardear Barcelona? La verdad, no soy muy optimista, camaradas.

El comentario del limpiabotas les cayó como un jarro de agua fría. Tendría buen criterio o no, pero era evidente que había verdades como puños en lo que había dicho. Emma observó con detenimiento al chico, que le mantenía la mirada con aparente seguridad. Sorprendía la clarividencia de un joven limpiabotas ante un asunto tan complejo. Pero esa misma sencillez resultaba apabullante.

—No quería preocuparos...

—Lo que has dicho tiene mucho sentido —le tranquilizó Henry—. Pero para eso estamos aquí. Y cada vez somos más.

—Por supuesto.

—Eso de los bombardeos... —insistió Emma—. ¿Has oído que haya planes de ataque?

El limpiabotas se encogió de hombros.

—Lo sabe todo el mundo. Están construyendo refugios antiaéreos por toda la ciudad, por algo será. Ya lo han hecho en Madrid, o en Valencia. Lanzan bombas sobre la población, sin miramientos por la muerte de niños.

—Con un poco de suerte, los pararemos antes de que eso suceda.

Emma dirigió una mirada compasiva a Henry. Definitivamente, no quería ver la realidad.

—Me quedo más tranquilo escuchando a gente como tú, camarada —dijo el chico quitándose la gorra. Su fisonomía al descubierto lucía ahora un aspecto decidido, a pesar de su pelo alborotado.

—Ya tengo ganas de salir hacia el frente —dijo Henry—. Y si hay que ganar la guerra capturando camiones de uno en uno, que así sea.

—Y si hay que morir con las botas puestas, al menos que estén limpias —contestó el muchacho.

A Henry no le hizo mucha gracia la broma.

 

 

Prosiguieron con su paseo. En la esquina de la plaza de Cataluña con la calle Vergara, un quiosco del Socorro Rojo vendía libros de pensamiento político y filosófico inspirados en el marxismo. Era la forma del POUM de recaudar fondos para las «víctimas del fascismo». Henry saludó al quiosquero con camaradería y éste le devolvió el saludo con una amplia sonrisa y una palmada en el hombro. Esas muestras de espontánea camaradería emocionaban a Henry. Y tras la conversación con el joven limpiabotas, las necesitaba más que nunca.

La vida en Barcelona proyectaba una relativa normalidad: abrían las tiendas de ropa, los bazares y los comercios en general, la mayoría de ellos colectivizados. Muchos barceloneses seguían vistiéndose con esmero, lo que contrastaba con el clima generalizado de revolución. Los bares y restaurantes mantenían también un ambiente distendido.

Sin apenas cruzar palabra entre ellos, Henry y Emma recorrían la ciudad atentos a todos los detalles. La mayoría de los cines proyectaban películas con esa misma capa de aparente normalidad que cubría toda la ciudad.

 

 

Pasaron junto al Coliseum, que había sustituido su sesión de cine por una conferencia de Gastón Leval, un destacado militante del sindicato. Ni Henry ni Emma habían oído hablar de él, pero pensaron que sería bueno escuchar lo que se cocía en la ciudad, especialmente cuando se trataba de un acto de la poderosa CNT, que movilizaba a la mayoría de obreros y controlaba buena parte de los recursos de la ciudad.

Aunque se les escapaban muchas palabras del rico léxico del orador, la poderosa dialéctica les llegaba con la misma fuerza que al resto de asistentes que llenaban las butacas del Coliseum. Contrariamente a lo que esperaban, no se hablaba de la guerra ni del avance de los fascistas. La conferencia abordaba en realidad conceptos más bien abstractos: la burguesía, los partidos políticos, el poder del pueblo, la socialización de los recursos agrarios... Envueltos en la seductora atmósfera de una ciudad revolucionaria, aquellas palabras sonaban a música celestial. Tanto Henry como Emma escuchaban con atención, subyugados por las ideas que sustentaban el discurso: justicia social, el Estado como accidente transitorio, y sobre todo la conquista del pan. Esto último levantó aplausos y gritos unánimes de aprobación.

La oratoria de Leval buscó también referentes de apuntalamiento intelectual: citaba a Marx y Lenin, Engels y Kropotkin, a Bakunin y Malatesta... La inmensa mayoría de los presentes no habían leído ni una línea escrita por esos autores, pero sus ideas flotaban sobre el patio de butacas como nubes de esperanza.

Al acabar, hubo una gran ovación. También Henry y Emma aplaudieron.

 

 

Al salir del Coliseum, entraron en un bar colectivizado y pidieron una copa de vino. La vida social e incluso la diversión nocturna se mantenían muy activas. La Generalitat había impuesto una hora límite para el cierre de locales: las doce y media de la noche para las salas de espectáculos y la una y media de la madrugada para los bares y restaurantes. Era una forma prudente de mantener una cierta actividad económica para la ciudad y, a la vez, respetar a los milicianos que se jugaban el físico en el frente.

Sin embargo, la medida más celebrada por el personal de los restaurantes era la prohibición de hacer detenciones en el interior de los locales. Al parecer, estas irrupciones policiales en los bares provocaban que los detenidos se marcharan con la cuenta sin pagar, lo que mermaba los ingresos de los negocios.

 

 

Por la tarde, decidieron pasear por las Ramblas antes de volver al hotel. Los habituales grupos de curiosos alrededor de los milicianos charlaban animadamente. Parecían ilusionados por lo que fuera que estuviera por venir, y eso les reconfortó. Se hablaba de los ataques sobre Málaga y, sobre todo, de la admirable defensa de Madrid, convertida en un símbolo de resistencia.

Henry se acercó a uno de los grupos y automáticamente todos se prestaron a escucharle, con la absurda presunción de que un extranjero estaría en condiciones de aportar una opinión definitiva sobre cualquier asunto. Henry apenas empezaba a acostumbrarse a esa percepción, así que rogó al grupo que continuaran hablando.

Emma pidió a uno de los hombres, un chico de unos veintipocos años, que le prestara el ejemplar de Solidaridad Obrera que llevaba doblado en el bolsillo. El chico se lo tendió con una sonrisa. «¡Venciendo en Madrid, venceremos en España!», proclamaba uno de los artículos.

Devolvió el ejemplar al chico y se acercó a un quiosco de prensa. Le llamó la atención una ilustración en la portada de La Vanguardia. Aparecía un soldado con un fusil en la mano y un mensaje corto: «Mientras los obuses caen en las calles de Madrid y los aviones ametrallan a las mujeres y niños que salen en busca de alimentos, en Barcelona no se sufre la amenaza de la muerte y nadie se queda sin comer. Catalanas: ¡Acordaos de las mujeres madrileñas cuando estéis en una cola!».

 

 

Ya en el hotel, Emma apenas probó bocado en la cena. No podía dejar de pensar en la charla con el limpiabotas. Aquella noche le costó pegar ojo.

IV

 

 

—¡Henry, coge tus cosas! ¡Nos vamos al cuartel!

A Henry se le cayó en el café el pedazo de pan que iba a llevarse a la boca. Le hablaba Eric, tan entusiasmado como de costumbre con cualquier novedad. A Emma le gustaba ese tipo jovial e hiperactivo, de quien había oído hablar muy bien; era un hombre de mundo que había publicado varios libros sobre sus experiencias y se había ganado con ello cierta reputación. Además, se contaba que había recibido formación militar y parecía tener las ideas claras. Pensaba que sería un gran compañero de viaje para Henry.

Este rescató el pedazo de pan del naufragio y apuró su café: no estaban las cosas para desperdiciar alimentos. Además, ya se había dado cuenta de que en España había que convivir con la improvisación.

—¡Ni siquiera me he fumado un cigarrillo! —bromeó mientras saltaba de la silla y abandonaba a toda prisa el comedor. Emma lo vio desaparecer por la puerta a la velocidad del rayo. Dos minutos más tarde volvió con un cigarrillo apagado en los labios y su petate al hombro. La besó brevemente y le dijo que la quería.

—¿Qué cuartel es ese? —quiso saber Emma.

—El cuartel Lenin, está cerca de la plaza de España.

—Pero ¿ya te quedas allí? ¿Vais al frente... hoy?

Cuando acabó de formular la pregunta, Henry ya estaba en la puerta del comedor.

—¡No tengo ni idea! —respondió mientras estrechaba la mano de un miliciano desconocido para ella—. ¡Tendrás noticias mías en cuanto lo sepa!

Emma se levantó, echó un vistazo a las mesas semivacías del comedor del hotel y a los carteles propagandísticos que empapelaban algunas de las paredes.

—Bienvenida a la soledad de la retaguardia —susurró una voz femenina desde un rincón junto a la ventana. La luz del sol incidía directamente sobre ella, y aun así Emma no había reparado en su discreta presencia.

—Eileen, estás aquí. No te había...

—Lo sé. Tampoco Eric me ha visto, según parece. A ti al menos te han dado un beso de despedida.

—La guerra es una situación extraña para todos.

—Tonterías. Son como niños.

Emma no sabía qué decir. La había sorprendido el tono amargo de Eileen, que fumaba un cigarrillo mientras miraba distraídamente por la ventana que daba a las Ramblas.

—¿Te importa si me siento?

—Claro, compañera. Aquí todos somos camaradas. ¿No es así?

—Oye, Eileen. Estás triste, es normal. Yo también lo estoy...

Eileen esbozó una sonrisa. Tenía la mirada perdida en algún punto indefinido entre los corrillos de milicianos del extremo de la Rambla y la anárquica cola del pan que se había formado cien metros más abajo.

—¿Has visto a alguna mujer fumando en esta revolucionaria ciudad? —preguntó sin esperar respuesta mientras se fijaba en sus propios dedos sosteniendo el cigarro—. Yo no. Qué tontería, ¿verdad? Llevo más de una semana aquí, pero no me había dado cuenta hasta hoy.

—La verdad, Eileen, no me he fijado. Pero es un detalle sin importancia. Además, las dos hemos visto mujeres preparadas para ir al frente, milicianas de uniforme. Es irrelevante si fuman o no...

Eileen no la escuchaba.

—¿Sabes, Emma? A veces me pregunto qué papel jugamos nosotras, las mujeres de los valerosos milicianos y brigadistas, en esta retaguardia extraña y hostil. Ahora somos extranjeras en una ciudad que pronto nos verá como... no lo sé, ¿cómo crees que nos verán esas mujeres que se disputan un sitio en la cola ahí abajo para conseguir una barra de pan para sus hijos? La conseguirán y mañana volverán de nuevo a la misma lucha, que será más difícil que hoy. Y así sucesivamente hasta que acabe esta estúpida guerra. ¿Cuánto va a durar eso? Dime, ¿seis meses? No lo creo. ¿Dos años? ¿Cuatro años, como la Gran Guerra?

—Ahora lo ves así, Eileen, pero no eres objetiva.

Emma se esforzó por insuflar credibilidad a sus propias palabras a pesar de que ni siquiera ella misma acababa de creérselas. Eileen había dado en el clavo. ¿Qué iba a ser de ellas si las cosas se complicaban? Apenas conocían a nadie en la ciudad y los pocos conocidos que tenían se irían al frente, o sencillamente estarían ocupados en otros menesteres bastante más importantes.

Eileen ya no respondió. Dejó que su cigarrillo se consumiera en el cenicero y se levantó.

—Dios te oiga, Emma —dijo antes de abandonar el comedor.

Emma miró por la ventana. Se daba cuenta de que el espíritu de unidad ante el fascismo impregnaba Barcelona de algo parecido al optimismo. Tal vez fuera sólo la adrenalina de la guerra. Había leído lo suficiente sobre Barcelona como para saber que corría sangre caliente por las venas de los obreros. Habían conseguido logros muy importantes con huelgas extenuantes; habían levantado barricadas y defendido sus derechos con las armas. Cualquier persona informada de cualquier país europeo sabía que Barcelona había sido un polvorín pocos años atrás: explosiones, reyertas, bandas de pistoleros, asesinatos de líderes obreros y sindicales, venganzas. Todo eso había quedado en el pasado, y esa gente tenía ahora la oportunidad única de lograr aquello por lo que tanto había luchado. Estaban desorganizados y eran idealistas, eso era indiscutiblemente cierto. Pero habían sido ellos, los obreros, quienes habían hecho fracasar el levantamiento militar con su decisión y echando mano de los fusiles. Esa idea le daba esperanzas: Barcelona, como otras grandes ciudades, seguía siendo republicana. Tenían que seguir luchando por eso. Ya no había vuelta atrás.

Y si para lograrlo ella, la humilde mujer de un miliciano extranjero, una rara especie a la que casi todos los locales se referían indistintamente como «los brigadistas», tenía que pasarlo mal, el sufrimiento valdría la pena. No, ella no iba a compadecerse de sí misma.

Se llevó a los labios el cigarrillo que Eileen había dejado en el cenicero y le dio las últimas caladas. Ni siquiera un cigarrillo podía desaprovecharse.

 

 

Emma subió decididamente a su habitación, cogió el bolso y metió en él el libro de Valle-Inclán que había comprado el día antes. Salió a toda prisa y caminó en dirección al único destino que la había reconfortado en los pocos días que llevaba en Barcelona: la librería de Armand Palau.

Empezó a caminar por las Ramblas y pensó que le iría bien dar una vuelta. Después de todo, necesitaba conocer la ciudad en la que iba a vivir por un tiempo indeterminado, en eso tenía razón Eileen. Y si las cosas se ponían feas, cuantos más conocidos tuviera, mejor. Giró a la izquierda por Portaferrisa. Poco a poco, el bullicio quedó atrás y fue sustituido por los pasos precipitados de los barceloneses y algún que otro camión cargado de género para repartir. Alejada de su hotel, su aspecto llamaba aún más la atención. Pensó que le iría bien contar con un nuevo abrigo; el suyo resultaba demasiado llamativo. Se detuvo en un escaparate. ‘La física. Sedas y estampados’, rezaba el cartel.

Entró y entabló una breve charla con la dependienta, encantada de contar con una clienta distinguida.

—¿No quiere ver nuestra sección de lencería? —preguntó, con el viejo instinto de vendedora avezada.

—No, gracias. Sólo quiero un abrigo.

—Muy bien, tenemos abrigos estupendos de remate total. Fíjese en este, sale a cuarenta y cinco pesetas —le mostró un abrigo beige de tres cuartos, con unas elegantes hombreras y un ribete fino en los bordes. Emma pensó que era un abrigo precioso.

—La verdad, había pensado en algo más... sencillo.

La dependienta, algo decepcionada, entendió perfectamente.

—Acompáñeme aquí dentro.

—Fíjese en este, tiene un color claro que le sentará a usted de maravilla. Es muy alegre, ¿no le parece? Cuesta treinta y dos pesetas.

—Es muy bonito, tiene usted razón —mintió Emma—. ¿Y ese otro de ahí?

Emma señaló un abrigo oscuro y sencillo, muy parecido al que había visto a algunas de las mujeres de la cola del pan.

—Oh, ese también es bonito, claro.

—¿Cuánto cuesta?

—Dieciocho con noventa.

—¿Puedo probármelo?

 

 

Emma salió de la tienda de la calle Portaferrisa con su nuevo vestido. A medida que avanzaba en dirección a la Puerta del Ángel se iba comparando con las mujeres que se cruzaban en su camino. Casi parecía una de ellas.

Sonrió: había hecho una buena compra.

 

 

Volvió a las Ramblas y retomó su camino hacia la librería Palau. Cuando llegó a la Rambla de las Flores, un tumulto congregaba a decenas de curiosos. Se escuchaban gritos estremecedores que hacían pensar en algún altercado. Emma se acercó.

—¿Qué ha pasado? —p