La Novela de Genji - Murasaki Shikibu - E-Book

La Novela de Genji E-Book

Murasaki Shikibu

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Beschreibung

La novela de Genji  es una exploración profunda de la vida cortesana, las dinámicas sociales y las complejidades emocionales en la era Heian de Japón. Escrito por Murasaki Shikibu, el relato sigue la vida del príncipe Genji y sus relaciones, abordando temas como el amor, el deber y la fugacidad de la belleza. La obra retrata una sociedad refinada y estructurada, donde el estatus y la etiqueta determinan los destinos individuales, mientras los personajes enfrentan deseos personales y restricciones impuestas por las normas aristocráticas. Desde su publicación en el siglo XI, La novela de Genji ha sido reconocida como una de las primeras grandes novelas de la literatura mundial. Su compleja caracterización y su detallado retrato de la cultura cortesana japonesa han asegurado su lugar como un hito literario. La narración, rica en matices psicológicos y sensibilidad estética, sigue fascinando a generaciones de lectores, ofreciendo una mirada única a los valores y emociones de su tiempo. La relevancia perdurable de la obra radica en su capacidad para capturar las sutilezas de las relaciones humanas y la melancolía inherente a la impermanencia de la vida. Al explorar la intersección entre el deseo, el deber y el destino, La novela de Genji invita a los lectores a reflexionar sobre la naturaleza efímera del amor y el papel de las emociones en la construcción de la identidad y la memoria.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Murasaki Shikibu

LA NOVELA DE GENJI:

EL PRÍNCIPE RESPLANDECIENTE

Título Original:

源氏物語”

Sumario

PRESENTACIÓN

LA NOVELA DE GENJI

PARTE 1: EL PRÍNCIPE RESPLANDECIENTE

Capítulo 1 - Kiritsubo

Capítulo 2 - El hahaki-gi

Capítulo 3 – Utsusemi

Capítulo 4 – Yugao

Capítulo 5 – Murasaki

Capítulo 6 – Suetsumuhana

Capítulo 7 – Una excursión de otoño

Capítulo 8 – La fiesta de los cerezos en flor

Capítulo 9 – Aoi

Capítulo 10 – El árbol sagrado

Capítulo 11 – Hanachirusato

Capítulo 12 – Exilio en Suma

Capítulo 13 – La dama de Akashi

PRESENTACIÓN

Heinrich Murasaki Shikibu fue un escritor japonés de la era Heian, ampliamente reconocido por su contribución a la literatura clásica japonesa. Nacida en el siglo X, Murasaki Shikibu es conocida principalmente por su obra El cuento de Genji, considerada la primera novela del mundo. Su escritura refleja la vida en la corte imperial, explorando temas como el amor, la transitoriedad de la existencia y las complejidades de las relaciones humanas. A pesar de las limitaciones impuestas a las mujeres de su época, su legado literario ha perdurado a lo largo de los siglos.

Vida temprana y educación

Murasaki Shikibu nació en una familia aristocrática con una fuerte tradición académica. Su padre, un funcionario de la corte, reconoció su inteligencia y le permitió recibir una educación poco común para una mujer de su tiempo. Aprendió chino clásico, un privilegio reservado principalmente a los hombres, lo que influyó en su estilo literario y en su perspectiva sobre la sociedad de la corte. Tras la muerte de su esposo, ingresó al servicio de la emperatriz Shōshi, donde su talento como escritora fue ampliamente valorado.

Carrera y contribuciones

La obra más importante de Murasaki Shikibu, El cuento de Genji, es un extenso relato que sigue la vida del príncipe Hikaru Genji y sus relaciones en la corte imperial. Con una prosa refinada y una profunda introspección psicológica, la novela ofrece una visión detallada de la aristocracia japonesa del periodo Heian. Además de El cuento de Genji, también escribió un diario y una colección de poemas que reflejan su aguda observación de la vida en la corte y su sensibilidad artística.

A través de su narrativa, Murasaki Shikibu exploró la fugacidad de la belleza y la inevitabilidad del cambio, temas centrales en la estética japonesa. Su habilidad para describir las emociones humanas con profundidad y matices hizo de su obra una pieza fundamental de la literatura universal.

Impacto y legado

Murasaki Shikibu no solo dejó una marca indeleble en la literatura japonesa, sino que también influyó en la narrativa mundial. El cuento de Genji ha sido estudiado y admirado por generaciones, considerado un modelo temprano de la novela psicológica. Su capacidad para capturar la complejidad de la naturaleza humana ha inspirado a escritores y estudiosos a lo largo de los siglos.

A pesar de vivir en un periodo donde las mujeres tenían un acceso limitado al ámbito intelectual, su obra trascendió su época y continúa siendo un referente de la literatura clásica. Su legado demuestra la riqueza cultural del Japón antiguo y su relevancia perdura en la literatura contemporánea.

Sobre la obra

La novela de Genji es una exploración profunda de la vida cortesana, las dinámicas sociales y las complejidades emocionales en la era Heian de Japón. Escrito por Murasaki Shikibu, el relato sigue la vida del príncipe Genji y sus relaciones, abordando temas como el amor, el deber y la fugacidad de la belleza. La obra retrata una sociedad refinada y estructurada, donde el estatus y la etiqueta determinan los destinos individuales, mientras los personajes enfrentan deseos personales y restricciones impuestas por las normas aristocráticas.

Desde su publicación en el siglo XI, La novela de Genji ha sido reconocida como una de las primeras grandes novelas de la literatura mundial. Su compleja caracterización y su detallado retrato de la cultura cortesana japonesa han asegurado su lugar como un hito literario. La narración, rica en matices psicológicos y sensibilidad estética, sigue fascinando a generaciones de lectores, ofreciendo una mirada única a los valores y emociones de su tiempo.

La relevancia perdurable de la obra radica en su capacidad para capturar las sutilezas de las relaciones humanas y la melancolía inherente a la impermanencia de la vida. Al explorar la intersección entre el deseo, el deber y el destino, La novela de Genji invita a los lectores a reflexionar sobre la naturaleza efímera del amor y el papel de las emociones en la construcción de la identidad y la memoria.

LA NOVELA DE GENJI

PARTE 1: EL PRÍNCIPE RESPLANDECIENTE

Capítulo 1 - Kiritsubo

I

En la corte de cierto emperador, cuyo nombre y año en que subió al trono omitiré, vivía una dama que, aun sin pertenecer a los rangos superiores de la nobleza, había cautivado a su señor hasta el extremo de convertirse en su favorita indiscutida. Como es natural, su posición de privilegio en el corazón del soberano le ganó muy pronto la enemistad y el desprecio de otras damas de mayor categoría que le reprochaban haber hecho añicos esas aspiraciones y sueños de poder que ninguna dama de la corte confesará nunca, aunque casi todas los tengan. No le mostraban más simpatía sus antiguas compañeras de rangos inferiores, pues, al verla tan por encima de ellas, se sentían profundamente humilladas.

La infeliz dama, expuesta a celos y malquerencias de todo tipo y objeto constante de los agravios más mezquinos, acabó cayendo enferma y se convirtió en una criatura triste y melancólica que pasaba más tiempo en su casa que en palacio. Con todo, el emperador nunca le reprochó que hubiera dejado de ser la muchacha sana y alegre que le había cautivado, y cada día que pasaba le demostraba mayor ternura y afecto. Eran muchos los que le reprochaban su conducta insensata, pero el soberano no les hacía ningún caso. Poco a poco la pasión imperial se convirtió en tema favorito de todas las conversaciones. Comentaban que, en China, una historia muy parecida acabó provocando rebeliones y desastres, y se la comparaba en voz baja con la infortunada Yang-Kuei-Fei.

Su padre, un consejero imperial, había muerto, pero su madre, que siempre tuvo muy presente la importancia de su marido, consiguió darle una educación tan exquisita como la de las hijas de padres vivos y pudientes. Hubiera hecho cualquier cosa por contar con un protector influyente en la corte capaz de interesarse por la muchacha, pero la pobre mujer estaba sola, y, cuando llegaban a sus oídos las humillaciones que había de sufrir su hija por culpa de sus rivales, lamentaba amargamente carecer de un valedor adecuado.

Llegado el momento, la joven favorita regaló al emperador (quizás porque en una vida anterior ya habían estado unidos de algún modo) un príncipe hermosísimo. La costumbre dictaba que el padre debía aguardar algunas semanas hasta ver al recién nacido: el soberano pasó este tiempo sobre ascuas, y, cuando la criatura fue finalmente presentada a la corte, pudo comprobar que los rumores no habían exagerado un ápice la belleza de su retoño. Amando a la madre como la amaba, recibió al niño como un tesoro muy especial que le pertenecía exclusivamente a él.

La madre, de rango intermedio, no estaba obligada a atender al emperador personalmente como otras de menor categoría, de modo que el hombre se empeñó en tenerla siempre a su lado, e incluso exigía su presencia en fiestas improvisadas que se celebraban de noche y en las que se cantaba y tocaba en su honor. A veces dormían juntos hasta muy entrado el día, y ni siquiera entonces la dejaba marchar con gran escándalo de la corte, que acusaba a la muchacha de falta de modestia. El nacimiento del niño había reforzado su posición de favorita indiscutible del soberano. No es de extrañar, pues, que Kokiden, hija del ministro de la derecha, esposa principal del emperador y madre del primogénito, empezara a temer que el niño que acababa de llegar sería nombrado sucesor de la corona si ella no tomaba medidas drásticas. Confiaba en que todavía estaba muy por encima de su rival: contaba con el apoyo de su influyente familia, había entrado en palacio mucho antes y había dado numerosa descendencia al soberano, el cual no podía permitirse el lujo de ignorarla. Los detractores de la nueva favorita, en cambio, eran legión y estaban continuamente al acecho de la falta más leve para acusarla. Tarde o temprano la muchacha cometería fatalmente algún error irreparable que provocaría un alud de acusaciones y entonces, ¿quién iba a defenderla?

La favorita vivía en el pabellón que llamaban "de las paulonias. De ahí que se la conociera como Kiritsubo. Para llegar a su habitación el emperador debía atravesar una serie de aposentos asignados a otras damas, pero este pequeño inconveniente no impedía que la visitara con frecuencia ni que ella acudiera a su lado siempre que tenía ganas de estar con él. Los paseos continuos en uno u otro sentido generaban resentimiento entre las damas afectadas en su intimidad, y ellas se vengaban sembrando de basura el suelo de corredores y estancias para que las ropas de la favorita y sus sirvientas se mancharan. Como los escarnios y humillaciones que había de sufrir no hacían sino aumentar con el paso de los días, el emperador se negó a soportarlo por más tiempo, y desalojó a una dama que ocupaba un aposento contiguo al suyo para asignarlo a Kiritsubo.

Cuando el príncipe cumplió tres años, el Tesoro imperial no ahorró nada para que la fiesta de sus primeras calzas resultase tan fastuosa como la que en su día se celebrara en honor del heredero aparente. Una vez más muchos lo criticaron con dureza, pero como, a medida que se iba haciendo mayor, su hermosura y virtudes no hacían sino aumentar, nadie osaba detestarlo ni criticarlo públicamente. Incluso los hombres más inteligentes estaban asombrados de que en unos tiempos tan degenerados hubiese nacido una criatura tan extraordinaria.

A principios de verano Kiritsubo pidió licencia para marchar a su casa porque, decía, su salud era mala, pero el emperador se resistía a separarse de ella. No era la primera vez que la dama se quejaba de achaques e indisposiciones, de modo que el hombre, que la tenía por un poco hipocondríaca, le rogó que permaneciera a su lado hasta que se aclararan los síntomas de su enfermedad. Pero la muchacha no hizo sino empeorar, y tanto insistió su madre para que la dejasen marchar, que el emperador acabó cediendo.

Temiendo ser víctima de nuevas humillaciones, la dama decidió irse sin ceremonia alguna y dejar al niño en palacio. Todo en esta vida tiene su fin, pero el emperador no permitió que la persona que más quería en la tierra se fuera sin despedirse, y corrió a su lado. Aquella criatura que fue tan bella estaba tan delgada y mustia que daba lástima. Cuando trató de participarle sus tristes pensamientos, el murmullo a que había quedado reducida su voz resultó prácticamente inaudible. El emperador estaba desesperado, y en su corazón de amante el recuerdo de pasadas alegrías se mezclaba con los peores augurios sobre el futuro que les esperaba. Lloraba como el caño de una fuente, y le juró mil veces amor eterno sin obtener respuesta. ¿Vivía aún o ya había muerto aquella figurilla pálida y extenuada que parecía ajena a cuanto pasaba a su alrededor? El emperador ordenó que se le concediera el honor de una litera y cuatro porteadores para el traslado, pero, en cuanto todo estuvo ya a punto para el viaje, volvió una vez más al aposento de la dama.

 — Nos juramos que recorreríamos juntos el camino que a todos nos espera — le dijo, incapaz de resignarse a la separación definitiva — . No puedes dejarme atrás, amada mía.

Kiritsubo le miró con tristeza y le contestó, improvisando unos versos:

 — Si hubiese imaginado que las cosas sucederían así...

“Te dejo porque me toca seguir el camino de todos. Si tuviera elección, no sería éste el camino elegido.”

Hubiese querido añadir muchas cosas, pero se sentía tan débil que apenas fue capaz de decir lo que dijo. El emperador seguía reacio a la partida, hasta que llegó un mensaje de la madre exigiendo que se apresuraran. "Hemos convocado sacerdotes ilustres para que se encarguen de las plegarias, escribía, "y deben empezar esta misma noche. A la vista del mensaje, el hombre se rindió y dio su licencia para la marcha, desconsolado, pero no pegó ojo en toda la noche por culpa del dolor.

Al alba, angustiado e impaciente, le faltó tiempo para enviar un mensajero a casa de la dama. Cuando llegó, se encontró con la mansión llena de lágrimas y suspiros: la enferma había expirado poco después de la medianoche. Al conocer la terrible noticia el emperador se encerró en sus aposentos. Hubiese deseado conservar el niño a su lado, pero no podía ser: la costumbre exigía que estuviera presente en el entierro de su madre. La pobre criatura era incapaz de entender lo sucedido y contemplaba, desconcertada, el llanto de su padre, de cortesanos y servidores: a pesar de su tierna edad, intuía que había ocurrido algo terrible.

Tomáronse medidas para el funeral. La madre no se cansaba de repetir cuánto hubiera deseado que el humo de su cuerpo subiera al cielo mezclado con el de su hija. Iba en el mismo coche que las damas de la corte que habían acudido para la ceremonia fúnebre. La incineración se celebró con la máxima solemnidad en la cima del monte Otaki, al este de la capital. La pobre mujer no apartaba los ojos del cadáver de su hija y se negaba a aceptar su muerte mientras las damas hacían todo lo que estaba en su mano para consolarla.

Un mensaje de palacio les anunció que la difunta había sido elevada al tercer rango. Un pregonero especial se encargó de leer públicamente el decreto. El caso es que el emperador, incapaz de perdonarse su falta de coraje en vida de la dama, pues no osó proclamarla oficialmente emperatriz, quiso compensarla elevándola de rango dentro de la jerarquía cortesana. Una vez más fueron muchos los que le criticaron, pero otros, más sensibles, admitían que la infortunada dama fue en vida un ser realmente excepcional, y no sólo por su belleza, sino por su sencillez, discreción y afabilidad, y se alegraron profundamente de la medida que se acababa de tomar. Sólo el amor excesivo del emperador, que enviaba sin parar ofrendas para los servicios fúnebres, y la mezquindad del corazón humano explicaban que hubiese sido tan detestada. A pesar de todo, había una dama que mantenía incólume su malquerencia contra la muerta: la implacable Kokiden, primera consorte del soberano.

 — ¡Qué vergüenza! — se quejaba la madre del primogénito — . ¿Quién hubiese dicho que su enamoramiento iba a durar tanto?

Llegó el equinoccio de otoño, y los atardeceres empezaron a refrescar. Hundido todavía en su dolor, el soberano, que no había dejado en ningún momento de enviar mensajeros para seguir de cerca los progresos de su hijo, mandó una carta a la madre de su favorita por medio de Myobu, una mujer de rango intermedio, hija de un oficial de la guardia. La envió una bellísima noche de luna que había llenado su corazón de recuerdos. En noches como aquella, los dos enamorados solían tocar el koto alternándose en las cuerdas. El koto de la muerta sonaba de un modo distinto al de todos los kotos que había escuchado a lo largo de su vida, y, cuando ella dejaba de tocar para hablarle, también su voz estaba llena de resonancias incomparables. Todo en ella resultaba excepcional: su rostro, su voz, sus maneras... por más que ahora aquellos méritos no tuvieran ya más sustancia que la de un luminoso sueño, como escribiera el poeta.

Cuando Myobu llegó a casa de la abuela y su coche atravesó el portal, ¡qué lugar más solitario le esperaba! La mujer era viuda desde hacía relativamente poco tiempo, y, aunque vivía retirada, procuró siempre mantener su casa presentable para que su hija no tuviera que avergonzarse de los suyos. Pero después de su muerte la desolación se había adueñado del lugar y el jardín era una selva de raíces y malas hierbas en el que los vientos de otoño amenazaban paredes y puertas. Sólo los rayos de la luna llena se abrían paso entre tanta ruina.

Cuando Myobu se apeó del coche, la anciana no supo qué decirle.

 — ¡Mi vida ha durado demasiado! — se excusó — . Cuando pienso que una mensajera imperial como tú se ha visto obligada a abrirse camino entre los hierbajos que casi imposibilitan el acceso a mi casa, se me cae la cara de vergüenza.

 — Una dama de la corte que te visitó hace poco — le contestó Myobu — nos contó que, de no haberlo visto con sus propios ojos, no habría dado crédito a tu triste situación. No soy persona de poco carácter, y me cuesta retener las lágrimas ante tanta soledad...

Hizo una pausa y pasó a recitar el mensaje del soberano.

 — El emperador ha declarado que en los últimos tiempos su vida ha sido sólo una pesadilla, un mal sueño que teme no ha de acabar ya nunca. Su único anhelo es contar con alguien a su lado que le permita compartir su dolor... Si tú estuvieras dispuesta a trasladarte a palacio, te lo agradecería muchísimo. Con el niño, claro está. La idea de que su hijo está creciendo en esta casa desolada le resulta insoportable. Os suplica que vayáis a la corte cuanto antes: he aquí lo que ha dicho, suspirando como un moribundo, nuestro emperador.

 — Veo muy mal — dijo la madre — , pero déjame su carta.

En la carta halló por escrito la misma petición que acababa de oír. Al final el emperador había escrito un poema, pero los ojos arrasados en lágrimas de la anciana casi no se lo dejaban leer:

"Al escuchar la canción del viento que esparce el rocío sobre la llanura de Myagi, pienso en los tiernos tréboles de los pantanos.”

 — Dile al emperador — contestó la abuela tras reflexionar un poco — que mi larga vida ha sido una prueba muy dura. Avergonzada ante los pinos de Takasago, como dice el poeta, no quisiera ahora ser vista en la corte, de modo que, por mucho que me lo pida, no aceptaré. En cuanto al niño, no sé qué quiere hacer. Parece que está impaciente por regresar. Me temo que pesa sobre mí una maldición ganada en una vida anterior, y que sería terrible querer mantener al niño a mi lado a toda costa. Cuéntale lo que te he dicho al emperador.

 — Me hubiese gustado verlo pero me han dicho que duerme — dijo Myobu, mientras se levantaba para irse — . Y no puedo demorarme porque su padre me está esperando y ya es muy tarde.

 — Ven a visitarme siempre que puedas. Un poco de conversación arrojará un rayo de luz sobre este corazón perdido en las tinieblas... El destino no se ha mostrado muy clemente con nosotros. Todas nuestras esperanzas descansaban sobre nuestra hija desde el día que nació. Su padre no paraba de repetir que había que enviarla a palacio, y que, si él moría antes, ésta era su última voluntad. Yo sabía perfectamente que, faltándole a mi hija una protección adecuada, hubiese sido más feliz por otros medios, pero no podía pasar por alto mis promesas, y acabé haciendo lo que mi esposo quería. Aunque contaba con el favor imperial, la muchacha hubo de sufrir insultos y groserías que muy pocas damas hubiesen tolerado. Pero ella aguantó hasta que la tensión constante y el resentimiento acabaron por romperla. ¡Ojalá el emperador no se hubiese fijado nunca en ella!

El llanto no la dejó proseguir. La luna empezaba a ocultarse tras las montañas. El aire era transparente como el cristal y la brisa fresca y el canto de los insectos entre las matas hubiesen hecho llorar al hombre más alegre. Myobu se despidió con un poema:

 — La noche de otoño es demasiado breve para contener todas mis lágrimas por más que el canto de grillo insista en romper el silencio.

Era un poema de despedida al que contestó la abuela con otro:

 — Triste es el canto de los insectos entre las cañas, pero más triste resulta todavía el rocío que cae de las nubes.

Aunque no parecía ocasión para regalos, la madre entregó a la dama vestidos, peines y adornos que habían pertenecido a su hija para que los hiciera llegar al emperador. Las mujeres que habían acompañado al príncipe todavía lloraban a su madre, pero echaban de menos la vida en la corte, de modo que insistieron en que se plegara a la invitación del emperador. Todo fue en vano: la anciana había decidido quedarse en su casa aunque la idea de perder de vista a su nieto le partía el corazón.

Cuando Myobu llegó a palacio, el emperador la estaba esperando en el jardincillo que había hecho plantar delante de sus aposentos y que ya lucía los colores gloriosos del otoño. Se entretenía conversando con cuatro o cinco damas, las más discretas y sensibles de su entorno. Le gustaba admirar en su compañía las ilustraciones que el emperador Uda había encargado para La canción del dolor infinito y leer los poemas de Ise, Tsurayuki y algunos literatos chinos sobre la historia deYang-Kuei-Fei. Comparaban su legendaria belleza con el loto del Estanque Sublime y los sauces del Palacio Eterno, pero cuando él trató de evocar a la dama que había perdido, no halló flor ni canto de ave comparables a sus encantos. Sólo recordaba cómo, noche tras noche, se leían el uno al otro dos versos de La canción del dolor infinito que parecían escritos para ellos:

"En el cielo, como dos pájaros que comparten una misma ala. En la tierra, como dos árboles que comparten una misma rama.”

¡Vanas promesas que acabaron convertidas en mera ilusión!

Después de oír la narración de Myobu, el hombre cogió la carta de la abuela del príncipe, que acababa con un poema comparando al niño con una flor que había perdido la protección del árbol que la cobijaba por culpa del huracán. Esta pobre mujer se explica de una forma muy extraña, pensó el soberano, sin querer entender que aquel árbol incapaz de proteger a la flor era seguramente él mismo.

 — Muy bien... Que haga lo que quiera... — concluyó con un profundo suspiro — .Tal vez algún día, si desea ver al chico...

Luego pasó a examinar los regalos que le había traído Myobu, y deseó con toda su alma — ¡imposible deseo! — que un mago le trajese un peine desde el país en que habitaba su amor, tal como le ocurrió al emperador de China. Con los ojos clavados en el rollo pintado, murmuró:

 — ¿No hay ningún brujo que quiera hacerme feliz y me haga saber dónde se encuentra ahora el espíritu de mi amor?

Mientras, el bordoneo de los insectos y los gemidos del viento no hacían sino estimular su dolor. No ocurría lo mismo en los aposentos de Kokiden. Como la noche de luna era tan hermosa, ordenó que tocaran música, pero el emperador, sintiéndose injuriado, mandó hacerle saber que, en aquellas circunstancias, le parecía una idea de mal gusto. Kokiden tenía un carácter arrogante, y, con su capricho, sólo pretendía dejar bien patente que el dolor del emperador no la afectaba lo más mínimo.

La luna desapareció del cielo y el aceite de las lámparas se consumió hasta la última gota. Pero el emperador se sentía incapaz de acostarse, y, con su amada y su hijo en la cabeza, escribió este poema:

"Las lágrimas hacen empalidecer la luna, incluso encima de las nubes. Pálido es, por tanto, su reflejo entre los juncos del estanque.”

Oyó el ruido del cambio de guardia: era la hora del Toro. Al fin se encerró en su dormitorio pero no durmió en toda la noche y se levantó antes del alba. No probó el desayuno, y cuando los criados le preguntaron qué quería para comer, los echó a gritos. Pero no todos sus súbditos le compadecían: unos afirmaban que era una cuestión de su karma y otros recordaban, una vez más, que en la lejana China una actitud absurda como la suya había resultado funesta para el país.

Pasaron los meses y el príncipe regresó a palacio. Era un mocito tan bello que no parecía una criatura de este mundo. ¡Tanta hermosura tenía que ser forzosamente efímera! Cuando en la primavera del año siguiente llegó la hora de designar heredero para el trono, el emperador estaba empecinado en pasar por alto al primogénito y elegir a Genji, aunque la familia de este último carecía de toda influencia. Pero sus consejeros le hicieron ver que la decisión que se proponía tomar era muy peligrosa: un exceso de favores podía perder al muchacho del mismo modo que había perdido a su madre. El emperador optó de momento por guardar silencio, y la corte pensó que su afecto tenía un límite. Incluso la suspicaz Kokiden se tranquilizó.

La abuela permaneció inconsolable hasta que el cielo escuchó sus plegarias y la dejó morir. Para entonces Genji tenía ya seis años y la lloró mucho: nunca dejó de recordar lo que había visto durante las visitas que hiciera a aquella pobre mujer que tanto le amó. Vivía en la corte, y al cumplir los siete años protagonizó la ceremonia de la lectura de los clásicos chinos. Los que estuvieron presentes declararon que nunca nadie lo había hecho con tanta competencia. El emperador volvió a asustarse: ¿cuánto tiempo permanecería en la tierra aquel prodigio?

Un día decidió llevarlo a los aposentos de su primera consorte, pensando que, al ser huérfano de madre, la mujer ya no tenía motivos para odiarlo.

 — Espero que te muestres afectuosa con él — dijo a Kokiden, y se retiró.

El más feroz de los guerreros o el más implacable de los enemigos no hubieran podido reprimir una sonrisa al contemplar al príncipe, y Kokiden también se rindió a su fascinación.

Pronto se aficionó tanto a su compañía que no le dejaba partir. Tenía dos hijas, pero no se le podían comparar en belleza. Además, el joven no sólo dominaba los clásicos y todas las ciencias a su alcance sino que era un auténtico maestro en el arte de tocar el koto y la flauta. Si quisiera glosar todos y cada uno de sus méritos, el lector llegaría a la conclusión de que pretendo engañarle o de que me estoy excediendo en adulaciones. Las damas que acompañaban a Kokiden solían sentarse a su alrededor para admirarlo y divertirlo, y no se avergonzaban de mostrar sus rostros aun sabiendo que no podían rivalizar con el del joven príncipe.

Un día llegó a la capital una misión diplomática de Corea. Cuando el emperador se enteró de que entre sus miembros había un fisonomista ilustre, quiso consultarlo, pero como un decreto del emperador Uda prohibía recibir extranjeros en el palacio real, envió a su hijo al pabellón del sur de la ciudad donde se alojaban los emisarios coreanos. Lo hizo presentar como un hijo de un cortesano principal, el gran moderador. El sabio coreano lo examinó detenidamente, lleno de admiración, y dijo en voz baja como hablando consigo mismo:

 — Tiene el rostro de quien ha sido elegido para llegar a lo más alto y ser padre de la nación. Pero si esto llegase a ocurrir, sería el origen de infinitas desgracias. Por otro lado, no descubro en él los rasgos de un ministro...

Aunque el soberano procuró que aquella historia se mantuviera en secreto, algo trascendió de ella. El ministro de la derecha, padre de Kokiden y abuelo del primogénito, tuvo conocimiento del juicio del fisonomista coreano y su natural inquietud aumentó. Pero el emperador ya había hecho examinar los rasgos fisonómicos de su hijo por adivinos japoneses, y el de Corea no había hecho sino darles la razón. Para acabar de asegurarse, hizo llamar a un fisonomista hindú, que coincidió en todo con los demás. Finalmente el padre se decidió: al carecer el niño de valedores por el lado materno, nombrarle heredero aparente hubiese supuesto exponerlo a peligros innecesarios, porque el soberano no sabía cuánto tiempo duraría su propio reinado. En cambio, el muchacho podía prestar servicios muy valiosos al país como cortesano y funcionario de alto rango. De momento, se limitó a animarle para que perseverara en sus estudios, en los que siempre había destacado muy por encima de sus compañeros. El príncipe sería, pues, sólo un cortesano de alto rango y se llamaría Minamoto o Genji.

II

Pasaron los meses y los años, y el emperador seguía sin resignarse a la pérdida de su gran amor. Se rodeó de damas para que le consolasen, pero parecía locura pretender que existiera otra mujer en el mundo comparable a la madre infortunada de Genji, y el hombre pasaba la vida hundido en sus recuerdos sin interesarse por nada. Un día le hablaron de la Cuarta Princesa, hija de un emperador difunto, dama famosa por su belleza excepcional y por haber sido educada con infinitos cuidados por su madre, una emperatriz jubilada. Cierta azafata de la corte que servía al soberano había estado muy ligada a la princesa en tiempos de su antecesor cuando todavía era una niña, e iba a visitarla de vez en cuando.

 — He vivido en la corte durante el reinado de tres emperadores — le dijo — , y aún no he conocido a nadie capaz de rivalizar con la dama difunta. Pero ahora que la hija de la emperatriz se ha convertido en una mujer, lo cierto es que se le parece muchísimo. No sé de ninguna otra que la supere en méritos.

Tanto insistió que el soberano acabó pidiendo que le enviasen la princesa a la corte. Su madre se oponía, temerosa de las consecuencias.

 — Recordad — decía — que la madre del príncipe heredero es una mujer de muy mal carácter que hizo sufrir mucho a la dama del pabellón de las paulonias. Puede decirse que la mortificó hasta matarla.

Pero cuando la madre hubo muerto, y la Cuarta Princesa se quedó sola en el mundo, el emperador reiteró su solicitud y prometió a la familia que, una vez en palacio, la princesa sería tratada como una de sus hijas.

A la vista de tanta insistencia, los parientes maternos de la dama y su hermano, el príncipe Hyobu, se reunieron para tomar una decisión. La conclusión a la que llegaron fue que era preferible enviar a la muchacha a la corte que obligarla a quedarse en casa hasta que su esplendor se agostase. De modo que la enviaron al palacio imperial. La llamaban Fujitsubo porque fue instalada en el pabellón de las glicinias. Tal como habían comentado al emperador, se parecía mucho a la difunta, pero, como pertenecía a un linaje mucho más elevado, los aduladores que pululaban por la corte (y eran muchos, como suele ocurrir en todas las cortes) proclamaron que era infinitamente más graciosa y delicada. Por su alta categoría el emperador podría mostrarse a su lado sin vergüenza alguna. La madre de Genji no hizo nada por estimular su amor: de hecho, fue la pobre víctima de una pasión excesivamente intensa. Sería falso decir que Fujitsubo borró del corazón del soberano su antigua pasión, pero era una mujer tan maravillosa que el hombre empezó a interesarse por ella, pues a su lado se consolaba de tanto dolor. Así es la vida.

Como Genji nunca se alejaba de su padre, la princesa recién llegada, cuyos aposentos visitaba el emperador con frecuencia, no pudo ocultarse de él. Las damas que la rodeaban ya no eran jóvenes, y la belleza de Fujitsubo resplandecía entre ellas por su perfección y frescura. Aunque, dominada por una timidez casi infantil, procuraba no dejarse ver, Genji tuvo múltiples ocasiones de contemplar su rostro y, no pudiendo recordar el de su madre, cuando le dijeron que la princesa era su vivo retrato se emocionó hondamente. ¡Hubiera deseado pasar la vida a su lado!

 — No te muestres arisca con el muchacho — dijo el emperador a la princesa — . A veces yo mismo creo estar viendo a su pobre madre... Tus ojos, tu expresión... ¡Eres su viva imagen! No le juzgues impertinente y trátale con afecto.

La admiración de Genji por Fujitsubo aumentaba de día en día para disgusto de Kokiden. La madre del primogénito no simpatizaba con la Cuarta Princesa, y la antipatía que había sentido contra Genji volvió a avivarse. Era infinitamente más bello que su hijo, el heredero aparente, y toda la corte lo comentaba a sus espaldas. Le llamaban "el resplandeciente Genji, y a Fujitsubo, la nueva favorita, "la dama del sol radiante, y el emperador les colmaba de atenciones muy por encima de las que dedicaba a sus demás mujeres e hijos. Se decía que el calificativo de "resplandeciente — hikaru — le había sido impuesto por el fisonomista de Corea.

Aunque parecía disparatado vestir de adulto a aquel muchachito tan encantador, al cumplir doce años llegó la hora de su iniciación. Su padre se ocupó personalmente de dirigir los preparativos de la ceremonia, temeroso de que los intendentes y encargados de los graneros imperiales no pusiesen en ella el celo que exigía. Hacía ya algunos años que había sido iniciado el heredero aparente en el Gran Salón, pero la ceremonia de Genji no resultó menos brillante. El soberano añadió nuevos detalles a los ritos ancestrales, y los banquetes fueron realmente extraordinarios.

La fiesta tuvo lugar en el ala oriental de los aposentos imperiales, y el trono se colocó mirando al este. Delante del sitial había los escabeles destinados a Genji y al ministro de la izquierda, que era quien había de imponer el gorro oficial al príncipe. Genji llegó a la hora del Mono , y, al contemplar su rostro fresco y el peinado infantil que tanto le favorecía, el emperador lamentó una vez más la ceremonia que iba a empezar. Pero el secretario del Tesoro procedió a cortarle los cabellos, y, mientras los rizos oscuros iban cayendo al suelo, su padre no pudo eludir el recuerdo de su difunta madre. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no echarse a llorar.

Cuando hubo concluido la primera parte de la ceremonia, el muchacho fue a ponerse las calzas de adulto, y, vestido ya "de hombre, descendió al patio para la ceremonia de acción de gracias en presencia de todos los espectadores. El emperador, que en los últimos tiempos creía haberse librado definitivamente de los recuerdos del pasado, notó que todo volvía a hacérsele presente. No obstante, su temor a que las ropas de adulto restaran belleza a Genji no se vio confirmado: vestido de hombre, el muchacho resultaba más "resplandeciente que nunca.

El ministro de la izquierda sólo tenía una hija a la que llamaban Aoi, y la madre de la muchacha y primera consorte del ministro, Omiya, pertenecía a la casa imperial con el rango de princesa. Aunque el heredero de la corona se había interesado por ella, el ministro decidió que prefería casarla con Genji. Le habían hecho saber que el emperador estaba de acuerdo, de modo que cuando el soberano le comunicó que, a falta de padrinos adecuados para la ceremonia de iniciación, habría que recurrir a los parientes por matrimonio, el ministro aceptó.

Los cortesanos se retiraron a las estancias exteriores, y Genji se sentó entre los príncipes imperiales. Entonces el ministro le susurró sus planes al oído, pero Genji, que todavía era muy joven, no supo contestarle. Notando su confusión, el ministro se disponía a explicarse mejor cuando se presentó un chambelán reclamando su presencia en la cámara real. Partió deprisa: le esperaban los obsequios de rigor, un gran uchiki blanco y otras prendas de vestir, que agradeció cumplidamente. Mientras servía una copa de vino al ministro, el emperador recitó un poema que ocultaba una proposición muy seria:

 — Cortados los rizos de la infancia, ya es todo un hombre. ¿Será conveniente atar un vínculo de larga duración para el futuro?

El ministro le respondió:

 — Apretad el nudo, obra de un corazón honesto, y que el espliego conserve su color purpúreo con la misma perseverancia.

El ministro atravesó un puente y salió al jardín para dar las gracias. Allí le regalaron un caballo procedente de los establos imperiales y un halcón. También fueron obsequiados según sus rangos los príncipes y cortesanos principales que habían asistido al acto con bandejas, cestas y cajas chinas de vituallas, que el ministro había hecho preparar siguiendo instrucciones del emperador. En conjunto, fue una ceremonia mucho más espléndida que la que se había organizado cuando le tocó el turno al hijo de Kokiden.

Al caer la tarde Genji acompañó al ministro de la izquierda a su casa como invitado de honor, y al día siguiente se pusieron en marcha los preparativos de la boda. Todos los miembros de la familia estuvieron encantados con Genji, con la única excepción de la que iba a convertirse en su mujer. Tenía cuatro años más que él, y la notoria diferencia de edades la hacía sentirse profundamente incómoda. Pero su padre y su madre, hermana del emperador, se mostraban entusiasmados con la idea de convertir al "príncipe resplandeciente en su yerno.

El ministro de la derecha, abuelo del heredero aparente, no podía evitar sentirse un tanto humillado. Aunque Aoi era la única hija de su colega de la izquierda, éste tenía un montón de hijos varones de sus esposas y concubinas, y uno de ellos, To no Chujo, joven apuesto de rostro viril y atractivo, era ya teniente de la guardia imperial. A pesar de que nunca había simpatizado con el de la izquierda, el de la derecha no había pasado por alto los méritos del joven oficial, y lo había casado con su cuarta hija. El cariño que profesaba a To no Chujo no era inferior al del ministro de la izquierda por Genji, de modo que ambas familias tenían razones sobradas para tratarse en público con cortesía y evitar desaires recíprocos que forzosamente las pondrían en ridículo a los ojos de los cortesanos.

Como solía hacer compañía a su padre, Genji pasaba muy poco tiempo en casa de su futura esposa. Para él Fujitsubo era la encarnación de la belleza suprema y soñaba con hallar a alguien que se le pareciera, empresa nada fácil. También era hermosa su prometida, y había vivido siempre rodeada de lujos, pero Genji dudaba que estuvieran hechos el uno para el otro.

El deseo que Fujitsubo había despertado en él se convirtió muy pronto en una auténtica agonía. Como ya era un adulto, había dejado de tener libre acceso a los aposentos de la dama. A pesar de todo, si se tocaba música al caer la tarde, el joven soplaba la flauta con dulzura para acompañar la voz y el koto de Fujitsubo, aunque ahora debía hacerlo desde el otro lado de una cortina. De este modo procuraba hacerle saber su anhelo y se consolaba escuchando la voz de la dama de sus sueños.

Prefería la vida en la corte a alojarse en casa de su futuro suegro, de modo que por cada dos o tres días que pasaba en el palacio de Sanjo, estaba seis o siete junto a su padre. El ministro no daba importancia a esta actitud, que atribuía a la juventud del novio, y seguía entusiasmado con su yerno. Eligió las azafatas más bonitas que pudo encontrar para que se ocupasen de la joven pareja, y continuamente organizaba juegos y espectáculos para que Genji se divirtiese cuando estaba bajo su techo.

El emperador le asignó en palacio las estancias que su madre había ocupado y todo el personal que la había servido, e hizo reconstruir para él la casa de su abuela en Nijo con resultados espléndidos. La mansión contaba ya con unos bosquecillos y un lago artificial de un gusto exquisito y no resultó difícil devolverle el esplendor de otros tiempos. Aquella iba a ser "su casa, por si le apetecía estar solo sin el agobio de los parientes. Cuando, terminadas las obras, Genji la recorrió parándose a admirar todos los detalles, no hacía sino pensar en cuánto mejoraría aquella casita encantadora de lograr traer a ella a la dama de sus sueños...

Capítulo 2 - El hahaki-gi

Poco cambiaron las cosas después del matrimonio de Genji y Aoi. El joven esposo pasaba mucho más tiempo en el palacio de su padre que en el de su suegro. Aunque procuraba esconder sus indiscreciones para no ganarse fama de frivolo, todo acababa sabiéndose en un mundo tan cerrado como el de la corte de Heian. Tampoco deseaba que, si en un exceso de pudibundez evitaba todas las aventurillas que le salían al paso, sus amigos se mofasen de él a sus espaldas. Corría la voz de que el joven capitán de la guardia vivía en el más puro desenfreno. En realidad, aunque no aprobaba la promiscuidad de sus compañeros que perdían el tiempo en sórdidos burdeles, no podía evitar sucumbir a veces a los encantos de ciertas personitas que pululaban a su alrededor como mariposas sin que le importara provocar con ello la infelicidad de la familia de su esposa.

Cuando llegaron las lluvias de estío, la vida en la corte resultaba muy aburrida y, sin embargo, Genji permanecía lejos de la mansión de Sanjo durante semanas enteras. Aunque ello causaba un profundo dolor a su familia política, en cuanto el príncipe iba a visitarlos se deshacían en atenciones para que se encontrase a gusto en su casa. Los hijos del ministro le querían más que al emperador y, muy en especial, To no Chujo, con el cual compartía la afición por la música y otras distracciones menos inocentes. To no Chujo era muy rijoso y no se sentía bien en la casa que su suegro, el ministro de la derecha, había puesto a su disposición sin reparar en gastos. Prefería alojarse en el palacio de su padre, y, cuando Genji se presentaba, no se separaban ni un instante y compartían sin reservas estudio y placer.

Cierta tarde lluviosa Genji, To no Chujo y dos compañeros de palacio — un oficial de la guardia y un funcionario del ministerio de los ritos — estuvieron charlando largo y tendido sobre los pros y los contras de las mujeres, a las que clasificaron de mil maneras distintas según sus propias experiencias. No llegaron a ninguna conclusión definitiva — aunque todos parecían dar preferencia a las mujeres "de la clase de en medio a la hora de embarcarse en una aventurilla — , y, a medida que la tarde lluviosa dejaba paso al anochecer, las historias resultaban cada vez más estrafalarias. Temiendo que su suegro se enfadase, Genji partió a Sanjo. Allí le esperaban el acogedor pabellón nupcial, su esposa — el summum de las gracias, según sus amigos — y un orden exquisito. Desgraciadamente aquella dama resultaba demasiado perfecta, demasiado fría, demasiado dueña de sí misma para que Genji se encontrase cómodo a su lado, de manera que prefirió quedarse en la antesala y ponerse a charlar con Chunagon, Nakatsukasa y otras azafatas de su esposa.

El ministro se presentó a saludarlo y, al encontrarlo en deshabillé — hacía calor y Genji se había desabrochado la túnica — , le saludó desde detrás de una cortina.

Aunque la idea de recibir a un personaje tan distinguido no hacía ninguna gracia a Genji, su mirada expresiva hizo callar las risas que empezaban a aflorar en las bocas de sus bellas interlocutoras, divertidas por su embarazo. Entonces se dejó caer en un diván, francamente avergonzado de su actitud.

Ya era casi de noche, y un anciano sirviente muy versado en tabúes astronómicos observó que la posición del Señor del Centro en el cielo desaconsejaba que el joven pasase la noche en la casa de Sanjo.

 — ¡Seguro que tienes razón! — dijo el joven — . Pero mi casa está en la misma dirección, y me siento muy fatigado...

Y se echó en la cama, dispuesto a pernoctar allí sin hacer caso de la posición de los astros.

 — No lo hagas, señor, pues te traerá muy mala suerte — insistió el anciano.

 — El gobernador de Iyo — comentó uno de los pajes de su cortejo — tiene una casita maravillosa. Ha desviado el curso del río del Medio, y ahora riega su jardín... ¿Por qué no te refugias allí?

El príncipe tenía a su disposición muchos lugares agradables para pasar la noche y conjurar el tabú, pero se había presentado en la casa de Sanjo después de una larga ausencia, y el ministro o Aoi podían pensar que lo había hecho en una noche poco propicia justamente con la intención de partir deprisa. Con todo, al fin decidió aceptar el ofrecimiento de Ki no Kami, hijo del gobernador de Iyo. Su padre, le dijo, estaba de viaje y le había encargado que cuidase de su esposa, una mujercita joven con la que recientemente había contraído matrimonio. Sólo podía ofrecerle sus propios aposentos, que no eran muy grandes, pero los ponía gustosamente a su disposición.

 — Tal vez no te encuentres muy cómodo...

 — ¡Todo lo contrario! — le tranquilizó Genji — . Me encanta tener gente a mi alrededor y, si hay una damita cerca, aún me gusta más... Búscame un rinconcito detrás de la cortina de su dormitorio...

 — Si eso es lo que quieres — le dijeron sus hombres — , la casa del gobernador parece el lugar más adecuado.

Ki no Kami envió un mensajero a su casa con la orden de que se hicieran los preparativos necesarios, y Genji se puso en marcha inmediatamente con unos pocos pajes sin despedirse del ministro. El hijo del gobernador se asustó de las prisas que le habían entrado al príncipe en cuanto había oído mencionar la presencia en la casa de su joven madrastra y se reprochó duramente haberlo invitado en un exceso de celo cortesano.

Los criados limpiaron las estancias que se encontraban al este del pabellón central. El efecto del riachuelo era delicioso. Una cerca tejida con ramas de acacia, de aspecto muy rústico, marcaba los linderos del jardincillo, y las plantas habían sido elegidas con sumo acierto. Soplaba una brisa fresca, y el zumbido de los insectos, casi invisibles, llenaba el aire de una música rara. El vuelo de las luciérnagas evocaba unos fuegos artificiales improvisados pero difíciles de superar.

Los acompañantes de Genji bebían al aire libre allí donde el riachuelo pasaba por debajo de una galería, mientras el hijo del gobernador iba a buscar la cena. Al observar la casa que le acababa de acoger, Genji llegó a la conclusión de que estaba en una mansión característica de la clase media, y recordó que, en la conversación del día anterior, había oído encomiar a las damas que pertenecían a ella. Le constaba que la madrastra de su huésped, una mujer con fama de espiritual e ingeniosa, se encontraba bajo aquel mismo techo, y empezó a buscar señales de su presencia.

Muy pronto empezaron a llegar a sus oídos rumores procedentes del ala oeste. Distinguió un frufrú de sedas y el son de voces juveniles y alegres... Parecían proceder de un grupo de muchachas que procuraban ahogar sus risas para no ser oídas. El hijo del gobernador ordenó cerrar las persianas. Una luz mortecina atravesaba las paredes de papel del corredor, y Genji se acercó a ellas pero no halló el agujero o la rendija que esperaba. Sólo podía escuchar. Tuvo la impresión de que las damas se habían reunido en la sala principal, que se hallaba al lado de la que le había sido asignada, y que hablaban de él.

 — Se dice que es muy serio y que ha hecho un gran matrimonio — susurró una vocecita — . ¡Tan joven! Por fuerza ha de encontrarse muy solo... También se comenta que de vez en cuando no desdeña embarcarse en aventuritas...

Genji no pudo evitar un sobresalto. En aquel tiempo sólo una dama ocupaba su pensamiento. La posibilidad de que hubiese trascendido algo de su pasión por Fujitsubo le espantó. Otra muchachita citó — mal — un poema que había escrito y enviado a su prima Asagao junto con unas flores. Llegó a la conclusión de que las muchachas que estaban de chachara no eran nada del otro mundo, y pensó que si llegaba a conocer a su señora, le decepcionaría con toda seguridad, de modo que se alejó de la pared y dejó de prestarles atención.

El hijo del gobernador se presentó con un farol en la mano, lo colgó de una viga de la galería, y, tras apagar la luz de la habitación, ofreció una bandeja de fruta a Genji.

 — ¿Ya has colgado todas las cortinas? — le preguntó Genji, citando un poema famoso — . Si no lo has hecho, eres un mal anfitrión.

 — ¿Qué te apetece comer? — le contestó el otro — . Espero que te conformes con algo sencillo...

Genji eligió un lugar fresco cerca de la galería exterior, y se tendió encima del césped. Sus pajes callaban y contemplaban con curiosidad un grupito de mocitos muy bellos y magníficamente ataviados que, por su edad y aspecto, sólo podían ser hijos del gobernador o de Ki no Kami. Uno de ellos resultaba particularmente atractivo. Tenía doce o trece años, y Genji fue informado de que era el hermano pequeño de la madrastra de su anfitrión. Su padre, un oficial de la guardia, se había hecho muchas ilusiones sobre su futuro porque era muy listo, pero había muerto cuando su vástago todavía era un crío, de manera que, al casarse su hermana con un funcionario, se fue a vivir con ella. Según Ki no Kami, tenía un gran dominio de los clásicos y un carácter muy apacible, pero no le iba a resultar fácil prosperar porque carecía de los apoyos necesarios.

 — ¡Qué lástima! ¿Y dices que su hermana es tu madrastra?

 — Sí.

 — Una madrastra muy joven. Tengo entendido que mi padre había pensado invitarla a la corte. El otro día le oí preguntar qué había sido de ella. ¡Qué vueltas da la vida!

 — Fue cosa del destino — comentó Ki no Kami — . La fortuna determina la vida de la gente, especialmente la de las mujeres, pues eleva a unas y hunde a otras...

 — Tu padre debe de estar muy enamorado...

 — Muchísimo. En casa ya no se sabe quién lleva las riendas. Y la situación dista mucho de satisfacernos... Nos quejamos, pero nadie nos hace caso.

 — ¿Y cómo la ha dejado bajo la tutela de un hombre joven como tú? ¿Es que se ha vuelto loco? Tuve siempre al gobernador por hombre sesudo y razonable. ¿Dónde está la dama?

 — Las mujeres tienen órdenes de no salir del gineceo, pero todavía no se han recluido todas.

Bajo los efectos del vino, algunos hombres del cortejo del príncipe se estaban amodorrando en la galería. En cambio, Genji estaba muy despierto: no soportaba la idea de dormir solo. Su olfato le decía que en el ala norte estaba la dama de que acababan de hablar. Aguantándose la respiración, se acercó a la puerta y se puso a escuchar.

 — ¿Dónde estás? — preguntó una voz musical y oscura que pertenecía al muchacho que le había llamado la atención.

 — ¡Estoy aquí!

Genji tuvo la seguridad de que acababa de oír la voz de su hermana. Ambas voces, aunque soñolientas, se parecían mucho.

 — ¿Y dónde está nuestro huésped? — prosiguió ella — . Creí que estaba cerca, pero debe de haberse alejado.

 — Está en el ala este. Lo he visto y es tan hermoso como dicen.

 — Si fuese de día, iría a verlo — dijo la hermana, bostezando.

Al ver que la dama no hacía más preguntas sobre su persona, Genji se sintió decepcionado.

 — Dormiré junto a la galería. ¡Qué luz tan débil! — comentó el muchacho y se puso a despabilar la lámpara. Todo inducía a creer que la muchacha dormía en el otro lado del aposento.

 — ¿Dónde está Chujo? No me gusta estar sola — dijo la dama.

 — Está tomando un baño. Ha dicho que regresaría enseguida.

Cuando todos hubieron callado, Genji intentó abrir la puerta. No habían puesto el pestillo, de modo que pudo correrla y avanzó en las tinieblas hasta hallarse en una especie de antecámara dividida por una gran mampara. A pesar de la paupérrima iluminación, pudo ver unos baúles chinos llenos de ropa desordenada. Siguió avanzando a tientas hasta llegar al lado de la dama, una figurita delicada que yacía de lado procurando dormir. La dama lo confundió con su criada Chujo y se incorporó de mal humor.

 — ¡He oído que gritabas "Capitán — le dijo Genji — , y he pensado que mis plegarias habían sido escuchadas!

La dama soltó un chillido que quedó ahogado por la colcha que la tapaba.

 — Si me reprochas no haber actuado correctamente, te doy la razón... Pero quiero que sepas que durante años he vivido admirándote. Y el hecho de que, habiéndoseme presentado una ocasión para confesártelo, no haya callado, indica que mis sentimientos no eran superficiales.

Se expresó de un modo tan gentil y cortés que ni los diablos se hubiesen enfadado con él.

 — Creo que te has equivocado de persona — le contestó la dama en tono ultrajado pero evitando levantar demasiado la voz.

Aquella personita frágil, que parecía a punto de morir de vergüenza, le pareció una preciosidad.

 — No, no me he equivocado... Y eres muy cruel conmigo. No voy a hacer nada indigno de los dos. Sólo quiero que me escuches.

Era tan pequeña que la levantó de la cama sin dificultad y se la llevó a su aposento. Por el camino tropezó con Chujo y se le escapó un grito. También la pobre Chujo se sorprendió y trató de ver qué estaba ocurriendo en las tinieblas que la envolvían. El perfume inconfundible del vestido del príncipe proclamaba con quién había topado, y la sirvienta, muy confusa, no sabía qué hacer. De haberse tratado de un hombre de linaje inferior, hubiera saltado encima de él para defender el honor de su señora y de su amo, pero, conociendo con quien se enfrentaba, prefirió no dar pie a un escándalo y se limitó a seguirle.

 — Vuelve a buscarla mañana por la mañana — le dijo Genji, y le cerró la puerta en las narices.

El cuerpo de Utsusemi — pues con este nombre ha pasado a la historia la mujer del gobernador de Iyo — estaba húmedo de sudor. Temblaba al imaginar qué pensarían Chujo y las demás sirvientas si llegaban a enterarse de su secuestro. Aunque Genji era un maestro consumado a la hora de improvisar respuestas a toda clase de preguntas, y contestó a los reproches e insultos de la mujer con la mayor ternura, no logró obtener el éxito que esperaba.

 — ¿Cómo quieres que no piense que te estás burlando de mí? Las mujeres humildes como yo sólo merecen esposos humildes... Además estoy casada.

El la compadecía y se avergonzaba de sí mismo, de manera que se explicó con mucha prudencia:

 — ¿Me tomas por uno de esos libertinos que tienes a tu alrededor? Soy muy joven todavía y no entiendo de rangos ni de linajes. Si te han hablado de mí, sabrás que detesto las aventuras frívolas... Soy el primero en ignorar qué poder irresistible me ha obligado a actuar de este modo... Tal vez nos conocimos ya en otra vida...

La dama siempre había destacado por su carácter dulce y complaciente, pero se mostró firme. Al igual que el bambú joven, se dobló pero no se rompió. Lloraba y el príncipe la compadecía, aunque en el fondo de su alma disfrutaba de la escena.

 — ¿Cómo es posible que yo no te agrade? — le preguntó, suspirando, impotente ante el llanto de Utsusemi — . ¿No sabes que esos encuentros inesperados son obra del destino? Querida mía, se diría que ignoras cómo funciona el mundo.

 — Si te hubiese conocido antes (antes de casarme, quiero decir) — respondió la dama — , habría podido consolarme pensando que quizás algún día llegarías a amarme de verdad. Pero ahora ya no hay esperanza. Cuando te pregunten si me has visto, di que no.

Genji intentó consolarla con la mayor ternura hasta que cantó el gallo y sus hombres se despertaron.

 — ¿Habéis dormido bien? — decía una voz.

 — Preparad el coche — ordenaba otra.

Ki no Kami salió al jardín y preguntó por la razón de tantas prisas.

 — ¡Si os mueve el tabú del Señor del Centro, proclamo que esas historias son cuentos de mujerucas ignorantes!

Genji se sentía muy desgraciado. No sabía cuándo volvería a ver a la dama y carecía de pretextos para visitarla o hacerle llegar cartas. Cuando Chujo se presentó a reclamar a su señora, Genji se resistía a dejarla partir.

 — ¿Cómo te voy a escribir? — dijo, levantando la voz para que la sirvienta le oyera — . Ni mi amor ni tu crueldad son vulgares. ¡Nunca me ha sucedido una cosa tan inexplicable!

Genji lloraba, y las lágrimas hacían resplandecer aún más su belleza. Mientras los gallos cantaban insistentemente, el príncipe improvisó un poema:

 — ¿Por qué turban el alba con este alboroto cuando hacen falta tantas horas para que el hielo se funda?

Utsusemi se avergonzaba de haber despertado el deseo de un hombre tan por encima de su rango, y no hacía caso de sus palabras de afecto. Pensaba en su marido, al cual, por cierto, siempre había considerado un payaso y un imbécil, pero temía que un sueño le hubiese revelado los acontecimientos de aquella noche fatal. Contestó a Genji con este poema:

 — El día ha llegado sin poner fin a mi llanto. Ahora hay que sumar a mis quejas el canto de los gallos.

Genji la acompañó hasta la puerta porque la gente de la casa empezaba a moverse. De todos modos, el muro que les separaba había desaparecido. Genji, a medio vestir, se puso a mirar el jardín desde la galería encarada al sur mientras se alzaban las persianas del ala oeste. Aparecieron unas mujeres que se pusieron a contemplarlo con no poco placer. La luna, que todavía no se había borrado del cielo matinal, contribuía a aumentar la belleza de la escena. Genji se sentía angustiado... ¿Cómo se las arreglaría para enviarle un mensaje? Con esta idea — que ya empezaba a ser obsesión — en la cabeza, se presentó en casa de su esposa, donde fue recibido con las atenciones de siempre. Tan sólo su mujer continuaba mostrándose distante como el Fuji y fría como la nieve que lo corona.

Encerrado en la mansión de Sanjo, Genji pasaba las noches en blanco. La idea de que no volvería a ver nunca más a la mujer del gobernador lo atormentaba. La dama no era una belleza excepcional, pero le había parecido atractiva y culta. "De la clase de en medio, se repetía. El tipo de mujer que el oficial de la guardia recomendaba por encima de todas las demás.

Un día decidió llamar al hijastro de Utsusemi.

 — Me cayó muy bien el mocito que me presentaste el otro día en tu casa, tu jovencísimo tío... — le dijo — . Un muchacho francamente prometedor. Estoy considerando la posibilidad de tomarlo a mi servicio y presentarlo a mi padre el emperador.

 — Te agradezco tus buenos propósitos. ¿Quieres que hable con su hermana?

Al oír hablar de Utsusemi el corazón del príncipe estuvo a punto de estallar.

 — ¿Tiene hijos?

 — No. Lleva dos años casada con mi padre, pero me temo que no es feliz. Su padre quería enviarla a la corte, pero las cosas se torcieron con su muerte.

 — Lo siento. Dicen que es preciosa. ¿Tú qué crees?

 — No sé qué decir. Recuerda que hijastros y madrastras nunca se han llevado bien...

 — Excepto cuando se llevan demasiado bien — dijo el príncipe a Ki no Kami, guiñándole el ojo.